Danza: del tutú a la toga


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A lo largo de estos más de dos años de estrenos en nuestro gran teatro de la Justicia, hemos visto de todo. Desde las estrellas más rutilantes hasta el último y más olvidado figurante, desde el director al tramoyista, han ido desfilando por nuestras tablas, y también sus sentimientos, sus problemas y sus alegrías. Y seguirán haciéndolo, que aun queda mucha tela por cortar y esta modista tiene hilo y aguja de sobra mientras siga habiendo espectadores.

Pero, a pesar de la debilidad de esta humilde directora de pista por la danza, aún no había dedicado función alguna a la misma. O quizás por eso. Y el acompañamiento de baile es lo que da sentido a muchas obras, cuando no se convierte por sí misma en el tema de la trama. Las zapatillas rojas, El Cisne Negro, Billy Elliot, El último bailarín de Mao, Flashdance, Fiebre del Sábado Noche, Dirty Dancing, A chorus line, Fama, Noches de Sol.. y así hasta una lista interminable. Y luego están esas otras películas en las que nada sería igual sin danza: la escena de la azotea de West Side Story, el dùo de Grease, el tango de las asesinas de Chicago, los saltos entre los troncos de Siete novias para siete hermanos. Y no solo musicales. ¿Qué sería de Pulp Fiction sin el baile que se marcan Uma Thrman y Travolta, o de Perfume de Mujer sin el tango de Al Pacino?

En nuestro teatro no bailamos. Ya me gustaría a mí, que llevé tutú y zapatillas de puntas antes que toga y tacones. Pero quizás por eso, a veces imagino nuestras actuaciones en términos bailados.O bailables. Y cómo la propia danza, nunca son iguales.

Cuando todo transcurre como es debido, es como si estuviéramos ante un ballet de corte clásico. Evolucionamos al ritmo de una coreografía pautada, como las bailarinas de El lago de los cisnes, aunque cambiemos el vaporoso tul blanco por el solemne raso negro. E incluso, a veces, con nuestra Odile y nuestra Odette, el cisne negro y el banco, el autor y la víctima. Imaginemos un juicio por asesinato, por violación o por cualquier otro hecho terrible de los que tenemos la desgracia de andar sobrados.

Otras veces, cuando oímos a las víctimas en el juzgado de guardia, es inevitable pensar eso de “su vida es un tango”, de pro encadenamiento de tragedias. Me ocurre con muchas víctimas de violencia de género, pero también con otras. Su historia se podría contar a golpe de pasos del tango más intenso y sentido que imaginarse pueda.

¿Y cómo no pensar en un reggaetón cuando, en mitad de una declaración, escuchas a hombres que se creen con derecho a humillar a su mujer, solo porque es suya, y hasta a mujeres que asumen ese papel y que, en muchos casos acaban retirando las denuncias? No sé si perrean, pero, a veces, me parece oir de fondo la sintonía de una machacona canción que repite “eres mía, mía, mia”. Un peligro que, por cierto, acecha a nuestra juventud.

Pero no todo es triste, intenso ni negativo. En ocasiones, cuando el asunto acaba en una confomidad a satisfacción de todos –los hay, incrédulos, los hay-, me siento como si fuéramos a arrancar a cantar y bailar como si de un musical se tratara. Oh, what a beatiful morning, o what a beatiful day… Probad a imaginarlo. Igual creamos tendencia y los acuerdos se hacen coreografiados. Todo es cuestión de proponerlo.

También a veces, cuando de menores se trata y el hecho no pasa de ciertos límites, los imagino a ritmo de hip hop, o intentando arreglar sus diferencias en una batalla de break dance. Ojala lo hicieran siempre así y su escenario nunca fuera el nuestro.

.        Y. según sean los protagonistas, podríamos añadir una danza imaginaria a nuestras funciones. La multiculturalidad de la sociedad moderna y, por tanto, de los actores de nuestra función, nos lleva a imaginar Salsa, Bachata, ritmos africanos, danza de vientre y hasta valses vieneses o danzas húngaras. E incluso sevillanas o una jota, si me apuran, que nuestro folklore en bien rico.

Así que hoy, el aplauso es por todos los bailarines de nuestro teatro, aquellos que con sus evoluciones armoniosas saben seguir el ritmo de la música y arrancar los aplausos del público. Porque al ritmo de la música de la Justicia no es fácil, desde luego.

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