Puertas adentro: la intrahistoria


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Es evidente que el teatro, como espectáculo que es, vive de puertas para adentro. De lo que ve el público, lo que desarrolla en el escenario ante nuestros ojos. Fuera quedan lo que ocurre entre bambalinas y más allá, en las vidas de todos los que lo conforman y que nadie puede ver ni mucho menos sentir, por más que siempre haya algún Objetivo indiscreto –o no tanto- que pretenda hacernos creer que nos descubre sus vidas y sus almas. Lo que el ojo no ve es esa parte a la que nunca tendremos acceso. Como las propias vidas de los actores, muchas veces prefabricadas para dar una imagen que nada tiene que ver con la realidad. Como aquel Rock Hudson que nos vendían como prototipo de determinados clichés hasta que su forzosa salida del armario por culpa de una enfermedad maldita nos estalló en la cara. Gigante. Vaya que sí. Como otras miles de historias que nunca conoceremos.

Y si en algo es prolijo nuestro teatro, en esas historias ocultas, esa intrahistoria que esconde detrás de cada función, por no decir de cada toga. Hay miles de esas historias en las vidas de cada uno de los protagonistas, fijos o eventuales, protagonistas o secundarios. Y, si interpretan bien sus papeles, nadie se dará cuenta. Ya se sabe. Show must go on.

Aun antes de llevar la toga, ya existen detrás de códigos y apuntes muchas mochilas con las que cargar. Detrás de cada estudiante y, muy especialmente, detrás de cada opositor, un mundo de vivencias grandes y pequeñas tratan de alterar la rutina, a veces para siempre. El fallecimiento de un ser querido o una ruptura sentimental pueden introducir un terremoto de magnitudes incalculables en la calma chicha del enclaustramiento propio de quienes opositan. Solo reponerse de ello  puede suponer un esfuerzo titánico. Pero a veces hay más. He conocido casos en que la pérdida de un padre ha supuesto tener que dejar los estudios de golpe por una cuestión económica o compatibilizarlos con un trabajo que supone un obstáculo más en el camino. O enfermedades propias o ajenas, que hacen batallar en varios frentes distintos. Furia de titanes. Y el tiempo jugando siempre en contra.

Pero si hay una intrahistoria que me ha impresionado en mi vida toguitaconada, ésa es la de Amelia, nombre imaginario para una persona real. Tras su toga de juez de malos tratos en la lejana Bolivia, escondía un rosario de sufrimiento y superación. Un marido que la maltrataba, la difícil decisión de denunciarlo tras mucho meditar y un terrible desenlace. El marido de Amelia se suicidó tras ser imputado, y el mundo se le cayó encima. No solo la familia de él le echó la culpa sino que su propia familia le dio la espalda. Cambió de ciudad, donde sigue batallando día a día por sacar adelante a sus hijos y porque otras mujeres no padezcan el infierno por el que ella pasó. Una heroína anónima a la que tuve el honor de conocer y que me marcó para siempre.

Aunque quizás donde más intrahistorias existen es en las vidas de aquellos que acuden a nuestro escenario en busca de Justicia. Por un lado, no siempre les dejamos explayarse todo lo que quisieran. De una parte, la premura de tiempo y la necesidad de ceñirnos a los hechos controvertidos, de otra, incluso los propios consejos de su letrado, que le insta –acertadamente- a callar algunas cosas que le puedan perjudicar. Y, por otro lado, sus propios sentimientos. Mujeres que no declaran contra su pareja, hijos que no declaran contra sus progenitores, víctimas de agresión sexual a quienes la angustia les bloquea el recuerdo. Dramas que quedan soterrados y que incluso llevan a renunciar a juicios en pro de una conformidad que evite revivir tanto dolor.

Y, por supuesto, también puede haber dramas terribles detrás de algunas personas que haya cometido un delito. Pasados terribles, adicciones o vivencias que marcan. Algo especialmente doloroso cuando de menores se trata.

Aunque no todo es dolor. También hay entre bambalinas anécdotas que se guardan para evitar males mayores. Recuerdo en una de mis primeras guardias a un joven delincuente a quien su letrada no sabía cómo callar la boca porque, sorprendido con el radio cassette -sí, existía-de un coche recién sustraído, estaba empeñado en contarnos que él era mucho más hábil, y que en la mayoría de los casos no le habíamos pillado. Por suerte para el, su atribulada abogada consiguió que cerrara la boca antes de que saliera de allí imputado por una sucesión de robos que le habían salido niquelados. Salvado por la campana.

Las historias son infinitas. Por eso hoy la ovación es para quienes llevan a cuestas su intrahistoria y siguen adelante. A uno y otro lado del estrado. De puertas para adentro, como la imagen que ilustra este estreno, cedida generosamente por @JulioAntonio48. Gracias.

 

 

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