Imputación: ¿Dónde está el límite?


  

                Ya hemos visto que las películas sobre juicios, juzgados y tribunales son tropel y, si no éxito asegurado, una buena garantía de interés seguro. Por eso, una de las personas a cuyo alrededor pivota toda la acción no podía dejar de ser protagonista en muchas de ellas, en títulos como Presunto culpable, Presunto inocente, Sospechosos habituales o Inocentes, entre otros muchos. Diferentes nombres para mentar una misma realidad ¿O quizás no es la misma? Ahí está el quid de la cuestión.

                En nuestro teatro, ese sujeto al que llamamos “imputado” constituye el epicentro de nuestro trabajo. Y digo que lo llamamos así porque, técnicamente, dejó de tener ese nombre en la reforma del año 2015 en que, no sé sabe muy bien por qué -¿o si?- se le rebautizó como “investigado”, Entonces, cabría preguntarse por qué se sigue hablando en todas partes de “imputado/a” e “imputación”, tanto en ambientes jurídicos como, sobre todo, en medios de comunicación y opinión pública.

                La respuesta no es fácil, desde luego. Y, aunque es posible que yo no la tenga, lo que sí puedo hacer es dar las claves para encontrarla. Así que preguntad donde están las llaves, y yo seré quien diré que el fondo del mar, Matarile, rile rile.

                Cuando, en los primeros tiempos de este teatro nuestro dedicamos un estreno al imputado , todavía se llamaba así y nadie pensaba que fueran a cambiarle el nombre. Hasta que las aguas de fuera de Toguilandia empezaron a removerse tanto que el tsunami nos llegó de pleno.

                En el esquema original de nuestra vetusta ley de enjuiciamiento criminal, el procedimiento tipo, el sumario, tenía varias fases bien diferenciadas. Primero se investigaba, incluida la declaración como imputado -entonces, sí- y, una vez concluida la investigación, se decidía si se dictaba o auto de procesamiento, que era lo que marcaba un camino judicial de difícil marcha atrás. Ese imputado pasaba a llamarse “procesado” y ya estaba claro que la cosa seguía adelante por unos indicios claros. Por supuesto, sin perjuicio del resultado del juicio, presunción de inocencia mediante.

                Con el tiempo, este proceso resultaba demasiado largo y en aras a la economía procesal y a la rapidez se crearon otros que ahorraban trámites, quedando el sumario solo para los juicios realmente graves, en que la pena de prisión pueda -y recalco lo de “pueda”, porque se trata de la pena en abstracto, no la que se pida en concreto- superar los 9 años de prisión. En los ochenta se creo el proceso para delitos menos graves y flagrantes -PELO- que luego sería declarado inconstitucional- y en los noventa le sustituyó el llamado “procedimiento abreviado” -PALO- que sigue en vigor. Curiosamente, se regula como procedimiento especial cuando es el normal, ya que por él se conocen el 90 por ciento de los asuntos. Pero esa es otra historia.

                La cuestión es que en este proceso ya no había procesamiento y por tanto no había un auto que durante el procedimiento estableciera que la cosa iba en serio, como sucede con el auto de procesamiento. Así que como ya no se podía hablar en estos casos de “procesado” se empezó a usar como comodín el término “imputado”. Y ahí empiezan los problemas, porque, ¿cuándo está imputada una persona realmente? Se decía, y no deja de ser cierto aunque con matices, que en la citación en tal calidad, pero hay que reconocer que una mera citación es poca cosa para algo tan grave. En realidad, esta citación solo garantizaba que la persona iba a declarar con abogado, para salvaguardar sus derechos caso de que luego siga adelante el proceso, ya que citarla como testigo implicaría que tendría que decir verdad y no tendría derecho ni a un abogado ni a guardar silencio. Pero, paradójicamente, lo que era una garantía se convirtió en un estigma, sobre todo cuando empezar a frecuentar Toguilandia políticos y otros personajes de renombre.

                Para evitar este efecto, y también para su seguridad, más de una Señoría se sacó de la manga un denomina do “auto de imputación” que no prevé la ley en absoluto, aunque pueda hacerse en virtud de la cualidad maravillosa de los autos judiciales para abarcar toda decisión judicial. La jugada no era poca cosa, porque al ser un auto cabía recurso y sería en último caso la Audiencia quien decidiera sobre esa imputación. Así ocurrió, por ejemplo, en el famoso caso que, entre otros, afectaba a una infanta de España y a su cónyuge, hoy condenado al tiempo que ella absuelta, como es de dominio público,

                Pero, si se sigue el procedimiento a rajatabla,, lo verdaderamente definitivo es el auto de incoación de procedimiento Abreviado, que se dicta después de toda la investigación. Por tanto, hasta ese momento no se podría hablar con propiedad de “imputado”. Pero como se les citaba el tal concepto, los políticos -siempre del partido contrario al que resultaba afectado, qué casualidad– empezaron a exigir responsabilidades por esa supuesta imputación, adelantando en realidad el momento definitivo. Porque, en teoría la declaración podría haberlo aclarado todo y dar lugar a un sobreseimiento ¿Por qué no?

                Así las cosas, la reforma de 2015 complicó aun más las cosas. Temerosos de que esas citaciones como imputados causaran más de un cataclismo, se cambió el nombre a “investigado” algo tan absurdo como ambiguo ¿Se considera “investigado” a alguien a quien se está investigando para citarlo como “investigado·? Y, si es “investigado” a partir de entonces, ¿qué era antes¿? ¿preinvestogado? ¿Se le podía investigar si no le había citado como “investigado? O lo que es lo mismo ¿cómo decidir que alguien está investigado sin investigarlo previamente? Por todo esto y por mucho más se ha seguido usando la referencia a la imputación aunque se haya cambiado el nombre.

                En definitiva, la verdadera imputación se produce con el auto de incoación de procedimiento abreviado, no con la citación. Aunque, claro está, cuando se realiza un informe para decidir si se procede o no, se da un paso más que si solo existiera esa citación. Algo que tiene especial importancia en el caso de personas aforadas, porque determina la competencia, y, entonces sí, hace ese informe necesario. Pero cuando se llega a ese momento aun queda partido, aunque se tengan varios goles en contra y algún jugador expulsado, por usar un símil futbolístico. No olvidemos la famosa moral del Alcoyano, cuyo entrenador pasó a formar parte del imaginario colectivo por animar a sus pupilos cuando, con una diferencia de diez goles y a falta de un minuto del final, les decía que aun podían ganar- O eso es, al menos, lo que dice la leyenda.

                Hasta aquí, esta pequeña explicación de un tema que suscita grandes dudas y grandes problemas. Espero que haya quedado un poco más claro. Por eso, daré el aplauso a quienes, ant4es de sentar cátedra se informan bien sobre ello. Ojala ocurriera siempre

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