Protestas: togas caídas


HUELGA

Estamos acostumbrados a ver cómo en el mndo del espectáculo no les denle prendas a sus protagonistas a la hora de ponerse en pie de guerra contra todo lo qe consideran injusto. A posicionarse, sea contra la guerra, contra el IVA cultural, contra los recortes, o contra leyes, como la ley mordaza, la ley Sinde o la que se les ponga por delante. Se sirven de cualquier evento para, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, dar las gracias por su premio y un zasca a quien corresponda. Como debe de ser, por otro lado. Los artistas tienen una especial responsabilidad en ello, además. Como caras conocidas, deben aprovechar su repercusión mediática para alzar su voz y llegar adonde otros nos llegamos.

Y mientras tanto, en un universo muy lejano, nuestro teatro es más amigo del silencio que del ruido, de las tragaderas que de las protestas. Ya hablamos en otro estreno del activismo  en nuestro mundo, pero todavía nos queda un largo camino por recorrer. Un camino en el que los obstáculos somos muchas veces nosotros mismos, hay que reconocerlo.

Y ojo, no es que no haya motivos para protestar. Que tal como están las cosas, necesitaría mil millones de post y todavía me quedaría corta. Eso, por supesto, si me quedara tiempo entre revisar asuntos pasados, controlar asuntos futuros, buscar mi bola de cristal para adivinar los riesgos, manejar el GPS para encontrar la ley aplicable en BOE, practicar con la ouija para saber qué pasa, contar los plazos con el ábaco y dar con la varita mágica para encontrar soluciones. Una versión jurídica de los Juegos Reunidos Geyper de mi infancia. Y siempre esperando el momento que, como Juan Tamariz, pueda entonar el victorioso “Tachaaaán…” debidamente toguitaconada. Pero me temo que seguiré esperando.

Pero mientras, no deberíamos callar tanto como lo hacemos. En eso, como en otras mchas cosas, nos llevan ventaja los abogados a los togados puñeteros, aunque ahí no es del todo nuestra la culpa. O al menos, no toda.

Porque resulta que la Constitución prohíbe a jueces y fiscales sindicarse, al igual que pertenecer a partidos políticos. La defensa de nuestros derechos laborales queda en manos de nuestras asociaciones, en su caso, y por ello no tenemos los medios de presión que cualquier otro colectivo de trabajadores. Ni siquiera quienes forman parte de la ejecutiva de una asociación tienen el más mínimo derecho a exención de trabajo, como ocurre con cualquier representante sindical, ni ninguna subvención ni ayuda. Así que hacemos lo que podemos o, muchas veces, lo que nos dejan, que es poco.

Pero aún así, somos más de quedarnos quietecitos y quejarnos en el café. Hay que reconocerlo. No sé si por inmovilismo o por un mal entendido concepto de la función pública pero a veces tragamos más que el Krakatoa en plena erupción. Los jueces han hecho alguna huelga, aunque el número de ellas no supera al de los dedos de una mano. Los fiscales solo hemos participado, hasta el momento, en un Día de Togas Colgadas, como ya conté entonces. Y en alguna concentración que otra, aunque hay que reconocer qe no nos caracterizamos por nuestro espíritu reivindicativo. Y así nos va, con ordenadores del Pleistoceno, sistemas informáticos que no hablan con nadie, medios materiales que piden a gritos un plan Renove y haciendo que las personas nos multipliquemos por nosotras mismas. Y nos es que nos perjudique a nosotros –que también- sino que eso perjudica al ciudadano y al servicio público que le debemos. Algo que habríamos de hacer comprender y no acabamos de pilllar el punto. No se trata de andar todo el día gritando A las Barricadas pero tampoco podemos vivir aislados ni hacer ninguna suerte de Pacto de silencio.

Como dije, los abogados nos llevan ventaja. Ellos sí han participado en más movilizaciones en pro de la justicia, en general, y de sus derechos laborales en particular. Al César lo que es del César, aun cuando también ahí falte también camino por andar. Y luego está ese otro activismo, el de redes sociales y blogosfera. Ahí nos ganan por goleada. O mejor dicho, nos llevan varios cuerpos de ventaja en la carrera, porque mal vamos si seguimos viéndonos como rivales.

Así que hoy, en lugar del consabido aplauso, me subiré a mis tacones para espolear los ánimos. Aun a riesgo de que me llamen incendiaria, forraré mi toga de amianto y animaré a que protestemos por lo que nos parece justo. Porque la justicia es cosa de todos. Así que, “Arriba las togas”.

 

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#TodosSomosParis


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Consternados. Así nos sentimos todos desde que empezamos a asistir, entre la perplejidad y la indignación, a los acontecimientos de anoche, 13-N, una fecha que se unirá en nuestra memoria a otras que ya están fijadas a sangre y fuego. Las noticias goteaban como la sangre de las víctimas, primero 18, luego 25, 40, 60… y hasta las 140 que parece que han sido. Un respingo desde nuestra zona de confort, y de pronto, la memoria nos devuelve a aquellos momentos en que nos taladraron el alma: Nueva York, Londres… hace poco la matanza de Charlie Hebdo y, la que aquí nos dolió más por lo cercana, el terrible 11-M.

Mi toga y mis tacones lloran hoy como lloramos todos, y no podían dejar de decirlo. Hoy #TodosSomosParis, todos somos cada uno de los parisinos, cada uno de los franceses, cada uno de los ciudadanos del mundo que vemos cómo la sinrazón y la barbarie viene a sacudirnos sin piedad.

En nuestro escenario no queremos hablar de otra cosa. No queremos que nos callen, pero no podemos actuar como si no hubiera pasado nada, porque lo que ha sucedido es tremendo. Es tremendo hoy y tremendas serán sus consecuencias si no nos mantenemos unidos en el propósito de apoyar a las víctimas y de mantener nuestros principios firmemente. No permitamos que paguen justos por pecadores, que se tomen represalias contra personas o pueblos o que surja el odio. Porque entonces habrán ganado.

Porque la solidaridad y la defensa de los derechos son Justicia. Por eso esta bloggera hoy cambia su toga por un traje de parisina y viste sus tacones de luto. Y desde aquí hace su humilde propuesta: hoy el telón solo se alza para decir que #TodosSomosParis. ¿Me acompañáis en esta función?

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Eficacia: querer y poder


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Mucho se habla en el mundo del arte del talento. El talento es algo indefinible, un no sé qué con que los dioses obsequian a unos pocos afortunados y que les convierte en dueños de un regalo envenado. Tienen un don, pero tienen también la obligación de hacerlo crecer y compartirlo. No se lo pueden quedar para ellos solos. Y eso no siempre es fácil. Que se lo digan a todos esos artistas atormentados a los que el genio no les cabe dentro del cuerpo. La Virgina Woolf de Las horas, el Van Ghogh de El loco del Pelo Rojo o Frida nos lo muestran en el cine, como esa evocadora Alfonsina y El Mar de la canción.

Pero de poco sirve el talento si no se canaliza y se exhibe de la manera adecuada. E incluso, a veces, es más el trabajo con él que el talento en sí. Hay directores talentosos, pero que resultan tan poco eficaces de cara al público que nunca exhibirán su talento porque nadie les financiaría. Y los hay que obtienen grandes éxitos de público con talento dudoso, como esas infumables sagas de chiste fácil e inteligencia escasa. Pero a veces, se juntan talento y trabajo, y salen obras maestras que también son éxitos de taquilla, como esas cosas que suele hacer Spielberg desde que ET andaba buscando su casa y su teléfono.

¿Se necesita talento para nuestro teatro? Muchos creen que no, que basta con estudiar mucho, y colocarse esa capa de superhéroe que es la toga  para tirar adelante. Y así lo que se logra es eso, tirar hacia delante nada más. Cubrir el expediente. Y eso no basta.

Nosotros también tenemos vocación, como los artistas. Y muchos, tienen un talento innato que convierte en doctrina todo lo que tocan. Afortunado ellos, por supuesto. Pero también responsables, porque con el talento no es suficiente sobre nuestras tablas. Hay que estudiar, y mucho, y conocer las leyes casi al dedillo, algo que, en los tiempos que corren, se ha convertido en Misión Imposible, ya que cada juicio nos hace remedar eso de Buscando la ley desesperadamente. Cuando no acabamos Perdidos, claro, que no es de extrañar.

Lo que pasa es que, a veces, en nuestro teatro no somos tan agradecidos, ni tan glamurosos, como en la farándula. Tenemos nuestros Oscar  pero muchas veces una tiene la sensación que se los dan a aquellos que hacen algo distinto de lo que es nuestro trabajo, o a quienes se jubilan o nos dejan y, en algunas ocasiones, a quienes menos lo merecen. Y qe no hay reconocimiento alguno al trabajo diario, callado y eficaz. El trabajo del que saca sus sentencias, sus informes o sus dictámenes al día, aunque sea a costa de su tiempo de ocio, sin alharacas. Como esos actores secundarios de siempre, ésos que siempre cumplen su papel de modo tan perfecto que ni siquiera parece tener mérito lo que hacen. Y lo tienen, vaya que sí.

Hace apenas unos días supe de un reconocimiento a uno de los protagonistas de nuestro teatro por esa labor eficaz, talentosa y callada. Y con mi toga a cuestas, mis tacones dieron saltos de alegría. Por el qué y por el quién.

Así que hoy, ahí queda mi aplauso, fuerte y bien fuerte hasta que casi me sangren las manos. Un reconocimiento a todos esos actores secundarios que merecen una estrella en el paseo de la fama de la Justicia. Bien por ellos. Y que cunda el ejemplo, aunque no nos lo ponen fácil.

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Amistad: con mi sable y mis tacones


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Son complejas las relaciones humanas, qué duda cabe. En la ficción como en la realidad, en la vida analógica como en la digital, en el escenario y en nuestro teatro. Por eso, quizás, a más de uno le sorprenda la relación entre amistad y sables. Como si una entendiera la amistad como una suerte de riña de gatos y anduviera clavándole los tacones a todo el que se presente, para taparlo –cómo no- con la toga, como la protagonista de Las Amistades Peligrosas en versión jurista.

Pues nada de eso. Tendrán que esperar a leer el post, no vaya yo misma a hacerme spoiler y la cosa pierda la gracia. Paciencia (), que es la madre de todas las ciencias.

Todos sabemos que en el mundo del espectáculo hay grandes rivalidades, zancadillas y envidias, pero también hay grandes amistades, nacidas al albur de muchas horas de ensayos, de muchos kilómetros a cuestas, y de muchos aplausos compartidos o anhelados. Los amigos de Peter o Cuatro bodas y un funeral dan buena muestra de esa relación dentro de las pantallas. Y, a ritmo de rumba, nos lo cantan en todas las bodas Los Manolos, con aquel Amigos para siempre que marcó una época. Seguro que no la conocían, porque sino hubiera sido el leit motiv de La boda de mi mejor amigo, y hubiéramos visto a Julia Roberts marcándose una rumbita. Un toque cañí que no hubiera estado nada mal.

¿Y que tiene esto que ver con los sables? ¿Y con el Mensaje en la botella de la imagen? Un poco más de paciencia.

También en el reino de las togas se crean amistades, que traspasan la sala de vistas y el juzgado. Vínculos que nos unen con lazos invisibles a algunas personas, sin que sepa una muy bien por qué sí o por qué no. Y que tal vez empiezan hablando de Derecho y acaban hablando de todo menos de Derecho. O Del revés, que nunca se sabe.

La cuestión es que hoy en día muchas de esas amistades nacen en las redes. O se intensifican en ellas, de modo que una puede llegar hasta encontrar a su alter ego digital, con su toga y sin tacones. Lo que es altamente recomendable, una vez superada la sorpresa inicial, si se tiene la suerte de encontrarla.

Y es aquí donde llega el sable, la botella y los Piratas del Caribe. Todo a su debido tiempo. Y es que hace apenas unos días me ví envuelta en una vorágine de whatsapps sólo -¿sólo?- para celebrar el cumpleaños de alguien a quien no he visto nunca. Entre personas a las que apenas he visto una o dos veces pero con las que comparto mucho más cosas que con otras a las que conozco hace años. A las que llegué por la pelea, toga en ristre, por un deseo común, hacer que la justicia sea el servicio público que todos queríamos, pero a la que terminan uniendo muchas otras cosas.

Y hete tú aquí que, gracias al homenaje que un amigo brinda a otro, y en el que muchos servimos de merecido corifeo, me ví convertida en bucanera con mi sable y mis tacones. Y encantada de formar parte de ello, que no se diga. Por más que en ocasiones el móvil pareciera que se iba a suicidar de tanto mensaje y tanta vibración. Que los juristas hablamos mucho con toga y sin ella, arriba o debajo de estrados.

A veces uno puede creer que las togas no tienen corazón (). Y también que las redes sociales son una tontería para pasar el rato. Pero tanto dentro de las togas como detrás de los teclados que manejan las redes hay personas. Y las personas es lo que tienen, La capacidad de emocionar. Ahí es nada.

Y a esas personas es a las que brindo hoy el aplauso. A las que convierten las pantallas de los móviles en un espacio con alma.

Pero eso sí, si alguien esperaba verme de bucanera va aviado. Hay cosas que pertenecen al secreto de sumario.

Causas justas: Marcha contra violencias machistas


VIOLENCIA DE GENERO GANADOR

            Quienes habitan el mundo de la farándula suelen ser combativos con las causas justas.

            También somos, o debiéramos serlo, los protagonistas de nuestro teatro. Por eso, desde Con Mi toga y Mis tacones hoy quiero aportar mi granito de arena a la concienciación colectiva de cara a la lucha contra las violencias machistas con un relato. Precisamente, con el que tuve el honor de obtener el premio de narrativa contra la violencia de género Carolina Planells en 2012.

 

 

Relato ganador del 1er premio del certamen de narrativa breve Carolina Planells contra la Violencia de Género 2012 (Paiporta, Valencia)

 

  NUNCA DEJES QUE EL ARROZ SE ENFRIE

            “Nunca dejes que el arroz se enfríe”. Esa frase se había colado en mi cerebro y hacía varias noches que entorpecía el ya difícil sueño de un sillón en una habitación de hospital, persiguiéndome durante todas esas noches en duermevela.

            Llevaba ya varias veladas pernoctando en aquel sillón, junto a la cama de mi madre, que descansaba, en el limbo de la inconsciencia, víctima de un fulminante infarto. El peligro –o al menos el peligro de muerte inminente-, afortunadamente ya había pasado, y mi madre había sido trasladada de la Unidad de Cuidados Intensivos a una habitación donde tenía la suerte de poder estar a su lado. Teóricamente, estaba mejor, y debería haber recuperado casi totalmente la consciencia. Pero ahí estaba, con sus tubos y sus goteros y todos sus artefactos médicos, obstinada en no abrir los ojos. Y casi simultáneamente a su bajada a la habitación, empezó a aparecerme aquel mensaje que se empeñaba en quebrar el poco descanso que tenía: “nunca  dejes que el arroz se enfríe…”

            Pero es que no era para menos. Aquella frase fue lo último que dijo mi madre justo un instante antes de que su corazón se partiera en dos y cayera fulminada al suelo, víctima del ataque que hoy la encadenaba a la cama. En ese momento, le di tan poca importancia que prácticamente la borré de mi mente, claro está, ocupadísima en hacer todo lo que fuera preciso para salvar su vida. La llamada a emergencias, la ambulancia, el rápido traslado al hospital, el crudo diagnóstico y aquellos momentos angustiosos en los que casi la pierdo para siempre. Pero, una vez hubo pasado el peor momento, la frase empezó a habitar en mi mente y a hacerse su dueña, ocupando cada vez más espacio: “nunca dejes que el arroz se enfríe..”

            Y el caso es que, por más que pensaba, no tenía ni la más remota idea de lo que quería decir ni a qué aludía mi madre. Desde luego, en modo alguno podía referirse a algún guiso que estuviera haciendo, ni a ningún banquete al que pretendiera ir porque mi madre, y eso era lo más curioso, jamás probaba el arroz ni lo cocinaba.

            Yo nunca di importancia a tal cosa, todo el mundo tiene sus manías culinarias, y vete tú a saber si no lo habría aborrecido en alguna ocasión, como yo aborrecí las lentejas después de muchos años de comerlas obligada en el colegio. No tendría nada de raro que así fuera, máxime en un pueblo de Valencia como aquél en que se crió, donde no hay celebración que se precie si no va acompañada de una buena paella. A mí nunca me preocupó lo mas mínimo, jamás dediqué más de un minuto de mi tiempo a esa aversión de mi madre por el arroz.

            Pero lo bien cierto, es que lo de mi madre iba más allá de una manía. Nunca acudía a celebración alguna donde el arroz fuera el leit motiv, jamás se acercaba a concursos de paellas, tan frecuentes en las fiestas del pueblo, ni a esas cenas multitudinarias ante un caldero de arroz con marisco que se organizaban anualmente para recaudar fondos para las fiestas. Bien pensado, debí ser la única niña de aquel pueblo de Valencia que no se crió a base de arrocitos caldosos –que era como se llamaba entonces a ese arroz meloso que hoy todo el mundo ensalza-, y que no comía los domingos paella de la abuela. Lo bien cierto es que mi abuela se afanaba en darme un platito de arroz cuando comía con ella mientras mi madre no estaba, pero nunca puso un plato de arroz en la mesa si mi madre iba a venir. En esas ocasiones, yo devoraba mi plato con fruición pero más allá de ese detalle, nunca lo eché de menos. Una vez recuerdo que le pregunté por qué no hacía nunca arroz cuando venía mi madre, con lo rico que estaba, pero me dijo que mi madre no soportaba el arroz y asunto concluido. Ni siquiera le pregunté por qué.

            Y ahora, cuando mis sueños estaban rebosantes de tan primordial alimento, me arrepiento de no haberle hecho esa pregunta. Y una y otra vez la frasecita taladrándome las meninges: “nunca dejes que el arroz se enfríe..”

            Mientras, la situación clínica de mi madre permanecía estable, desesperadamente estable. Su cuerpo inmóvil, sus ojos cerrados… incluso me había acostumbrado ya al monótono pitido que, día y noche, emitía el monitor al que estaba conectada. Los médicos en principio, restaron importancia al tema y sólo me aconsejaron paciencia, pero ante la evidente tozudez de mi madre en no regresar de su particular limbo, comenzaron a preocuparse, y a preocuparme a mí, claro.

            – Creo que su madre no se despierta porque no quiere

            -¿Cómo? ¿Está fingiendo que duerme?

            – No es exactamente eso. Pero creo que se ha cansado de luchar y su inconsciente ha decidido marcharse de este mundo. Ha de recuperar las ganas de vivir, háblele, cuéntele cosas, recuerdos agradables, que sé yo.

            – ¿Pero ella me puede oír?

            – Científicamente no está claro, pero hemos comprobado que muchos pacientes reaccionan bien ante esos estímulos.

            Así que, para acabarlo de arreglar, me encasquetaron de un golpe la responsabilidad de encontrar algo que devolviera las ganas de vivir a mi madre. Nada menos. Pero en fin, habría que intentarlo.

            Comencé hablándole de mi vida, edulcorándola de algún modo para que a ella le motivara más, de lo que le echábamos de menos la abuela y yo, de los recuerdos de cuando era una niña, de mil detalles graciosos… Pero nada. Como el dicho, nunca más oportuno “que si quieres arroz, Catalina”. Y pasaba un día y otro día sin que nada cambiara. Y la dichosa frase, sin renunciar a amargarme el escaso sueño de cada noche: “nunca dejes que el arroz se enfríe…”

            Era preciso hacer algo, encontrar algo que hiciera que mi madre reaccionara, pero era difícil. Ella siempre había sido una mujer de pocas palabras y muy poco dada a contar intimidades. Con sorpresa, me percaté de lo poco que en realidad conocía a mi madre, y que mi egoísmo no me había dejado verlo hasta ahora. Mi madre siempre me preguntaba por mis cosas, me asediaba hasta que conseguía que se lo contara todo, notas, novios, amigas, aficiones, fiestas… pero nunca me contó nada suyo. Y quizás ya era tarde. Pero había que intentarlo.

            Haciendo memoria, no pude recordar ningún momento en que mi madre sonriera por razones diferentes a alguna que me atañera a mí directamente. En mis funciones del colegio, cuando mis notas eran buenas, cuando le contaba algo que me pasó y me parecía gracioso. Pero jamás sonrió por algo que le afectara a ella misma y, bien mirado, tampoco creo haberla visto reír de un chiste, o de una anécdota, o de un programa de televisión. Nunca. Yo siempre había pensado que ella era así, que era una mujer tristona y callada, aunque enormemente buena. Alguna vez quise anudar su casi permanente estado taciturno a la ausencia de mi padre, de quien apenas sabía nada, pero los pocos intentos de preguntar al respecto fueron rechazados de plano. Cuando fui creciendo, pensé que el hecho de que mi padre nos hubiera abandonado le afectó terriblemente, y que todavía no lo había superado. Probablemente, la dejó por otra mujer, y eso es un plato difícil de digerir. Así que decidí no hurgar en la llaga.

            A la desesperada, decidí emprender una pequeña investigación en busca de algo que moviera el maltrecho corazón de mi madre, en la medida que el tiempo que dedicaba a estar con ella me lo permitiera. Sólo contaba con mi abuela, que se había venido del pueblo donde nos criamos y ahora estaba conmigo en la ciudad, haciendo turnos para cuidar a mi madre, o más bien para hacerle compañía, porque hacer podíamos hacer poco. Por suerte, mi abuela era mayor pero disfrutaba de una salud de acero, y podía contar con ella como siempre había hecho.

            No sabía por dónde empezar en mis pesquisas. Mi madre y yo nos habíamos venido del pueblo cuando yo tenía unos ocho años, recuerdo que justo después de celebrar mi Primera Comunión, y no conocía a nadie que hubiera tenido relación con mi madre de joven. Bien pensado, tampoco conocía a alguien que la tuviera de mayor, más allá de mi abuela y yo. Mi madre nunca quedaba con amigas, ni trababa lazos ni intimaba con nadie, todo lo más con algún compañero de trabajo, y aún así, lo justo. Su mundo se reducía a mí y a mis circunstancias. A mí nunca me extrañó ni pensé en ello. Simplemente, me conformé con pensar que no era una mujer sociable, aunque fuera una madre excelente.

            No tenía otra vía que preguntar, o más bien interrogar, a mi abuela, que siempre había sido especialista en escaquearse sibilinamente a todas mis preguntas indiscretas. Y, desde luego, que ya sabía por dónde empezar…

          – Abuela, mi madre lo último que dijo antes de que le diera el infarto fue: “Nunca dejes que el arroz se enfríe…” ¿Tienes idea de por qué?

              – Y yo qué voy a saber, hija, estaría cocinando

               – Abuela, sabes de sobra que mi madre jamás hacía arroz

                -Pues no sé, habría oído algo en la tele. Dile cosas bonitas y déjate de bobadas.

         Mi abuela, como siempre, esquivó la pregunta, pero se puso nerviosa como pocas veces había visto. No me miró a la cara y se afanó en cambiar de tema. Ahí debía estar la clave, algo que yo no conocía y que seguiría sin conocer si no me empleaba a fondo. Y ahí estaba, como un mantra, persiguiéndome de nuevo aquella frase: “nunca dejes que el arroz se enfríe…”

         Tuve que emplear todas las dotes de persuasión que tenía, y las que no tenía, en sonsacar a mi abuela. Finalmente, entre lágrimas, me aseguró que había prometido no hablarme nunca de ello, que sentía que estaba traicionando a mi madre y no creía que la perdonase. Pero conseguí convencerla de que el fin justifica los medios, y que sacar a mi madre del abismo en el que se encontraba justificaba con creces romper una promesa hecha muchos años atrás.

           Mi madre se casó con mi padre enamorada hasta la médula. Al parecer, era una jovencita apasionada y habladora que vio en mi padre a su príncipe azul, con corcel blanco incluido. Aunque era guapo y encantador al trato, a mi abuela nunca le gustó, y ese rechazo no hizo sino que espolear el apasionamiento de mi madre y su decisión de casarse con él con mucha menos edad de lo que el sentido común aconsejaba. Pronto, como mi abuela se temía, el carácter jovial y franco de mi madre fue desapareciendo, y la que antes era una chica divertida y habladora dejó pasó a una mujer taciturna y callada. Ante la impotencia de mi abuela, mi madre iba rompiendo todos los lazos con amigas y parientes, y pronto dejó de relacionarse con alguien que no fuera su familia, y eso sólo en festividades señaladas. Mi abuela intentó hablar con ella, pero nunca le contó nada. Observaba desesperada cómo se apagaba por completo la llama que siempre había habido en la niña de sus ojos. Cuando yo nací, la cosa pareció mejorar, pero pronto volvió a ver a mi madre doblada por ese peso invisible que parecía llevar siempre encima. Su vida, ya entonces, se limitaba a su marido y a su hija. Ni siquiera trabajaba, porque después de mi nacimiento se dedicó en exclusiva a su casa y su hija. Y mi abuela no hacía nada, porque nada sabía ni podía hacer. Un día la llamó la policía: su hija había tenido un terrible accidente doméstico y estaba hospitalizada, debatiéndose entre la vida y la muerte. La imagen de mi madre exánime, con la cara tan magullada que apenas se la reconocía y con vendajes en todas las partes de su cuerpo es algo que mi abuela no olvidaría nunca. En principio, le contaron que le cayó un enorme caldero hirviendo en la cocina, que se cayó al suelo y perdió el sentido, y en la caída se causó todas aquellas lesiones. La historia era increíble y no tardó en saber la verdad. Había sido mi padre quien le había golpeado en todas las partes de su cuerpo, para acabar arrojando sobre ella el caldero que estaba al fuego. Fue él quien la golpeó, le causó graves quemaduras y la dejó inconsciente. Le contaron que lo hallaron llorando arrodillado sobre el cuerpo de ella, y que no opuso ninguna resistencia a la detención. Confesó y fue condenado a varios años de cárcel por intentar matar a su mujer, una condena dura y ejemplar en tiempos en que el maltrato familiar era visto como un delito menor, aunque nada decía la sentencia de los años en que había torturado a mi madre, conduciéndola al ostracismo más atroz.

             Mi abuela no podía continuar con su relato. Las lágrimas le ahogaban y la pesadumbre de no haber evitado aquello aún le pesaba en la conciencia. Sólo añadió que, cuando mi madre ya se había recuperado de las heridas de su cuerpo –que no las de su alma-, le contó que aquella terrible discusión comenzó porque, al llegar a casa, él le recriminó que el arroz que había cocinado estaba frío, ella intentó remediarlo poniendo al fuego un caldero con otra comida, y él, tras ensañarse a golpes con ella, se lo arrojó encima, directamente del fogón. Las quemaduras de su espalda le dejaron cicatrices y dolores que todavía perduran, después de tanto tiempo. Y debió dejar en su corazón un roto tan grande que finalmente se quebró aquel día en que desplomó ante mí en la cocina. Por eso, aún a punto de caerse muerta, le quedó fuerza para advertirme: “Nunca dejes que el arroz se enfríe…”

         Y ahora, quizás ya tarde, comprendo tantas cosas… Cuando era pequeña, y todavía vivíamos en el pueblo, le reprochaba constantemente a mi madre que fuera tan tristona, que nunca me llevara a excursiones con otros niños ni me acompañara a las fiestas; ella siempre respondía que no le apetecía, pero nunca me miró a los ojos cuando me contestaba. Siempre bajaba la cabeza, como buscando alguna diminuta mota de polvo en su sempiterno jersey de cuello vuelto. Cuando salíamos a hacer la compra, miraba constantemente el reloj, y si yo le pedía que parásemos a ver una tienda o a saludar a alguien, nunca accedía, diciendo que no quería que mi padre llegase y no estuviera en casa. Jamás iba a las reuniones del colegio, ni se quedaba a merendar con las otras mamás, pero si yo protestaba, enseguida me convencía con el argumento de que lo único que quería era estar siempre conmigo, y me cubría de besos, y me hacía la ropa más bonita y los platos más ricos. Incluso arroz, ahora lo recuerdo.

        Mi triste, callada y buena madre sólo me alzó la voz una vez, cuando, ya adolescente y viviendo en la ciudad, me sorprendió besándome con un chico en el portal. Cuando subí a casa, una lluvia de improperios, advertencias y recriminaciones me cayó encima sin esperarlo. Insistía en que era demasiado joven, que los hombres no eran cosa buena, que te encandilaban, y te enamoraban, y te hacían ver la vida de color de rosa para luego volverla negra para siempre… Me quedé estupefacta ante la salida de tono de mi madre, sobre todo, ante la sensación de oír su voz con mucha más fuerza que nunca antes la había escuchado. No supe ver más. Achaqué su reacción al despecho por ese abandono de mi padre que yo imaginaba pero del que jamás me habló, y pasé página. En lo sucesivo, simplemente tuve cuidado en que mi madre no supiera nada de mi vida amorosa. Ni de lejos se me pasó por la cabeza que mi madre, a su modo, quería advertirme, igual que hizo siempre. Hasta cuando la muerte le pisaba los talones, había sacado fuerzas de flaqueza para avisarme: “nunca dejes que el arroz se enfríe…”

        Continué el resto de mi investigación yo sola. Volví a casa, y busqué en ella algún vestigio de mi padre, algo que cerrara al círculo y permitiera a mi madre regresar al mundo en aquel punto en que lo dejó, hace tantos años… En la cocina, en el lugar donde había oído su voz por última vez, había un papel doblado. Tenía un sello del Juzgado. Temblando, lo desplegué y lo leí: Evaristo Martínez Fernández había sido excarcelado después de cumplir su condena en prisión.

         Lo comprendí todo. Mi madre, después de tantos años, todavía tenía miedo. “Nunca dejes que el arroz se enfríe…”

         Volví al hospital, entré en la habitación y cogí su mano:

            – Mamá, a mí el arroz me gusta frío. Y a quienes te queremos, también…

        De pronto, el monótono bip bip del monitor cambió de ritmo… y un soplo de vida entró en la habitación. Por fin.

Papel 0: brindis al sol


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                Uno de los géneros más celebrados del teatro es la comedia. Y es de entender. En un mundo lleno de disgustos y desgracias, que unos señores te hagan por un momento olvidar las preocupaciones y echarte unas risa es algo impagable. Y últimamente, además, en modelo low cost. Porque no hace falta un gran despliegue de medios. Basta un buen guionista, un actor o actriz con tirón, y se marca un monólogo que nos desencaja la mandíbula.

                Y en nuestro teatro, hay ocasiones en que pienso que estoy asistiendo a una de esas representaciones del Club de la Comedia que tanto gustan. Sólo en esa clave puedo interpretar determinadas declaraciones que, en otro caso, me harían girar la cabeza como la niña de El Exorcista y decir aquello de “¿Has visto lo que ha hecho la guarra de tu hija”?

                Precisamente, uno de esos casos en que el modo Festival del Humor On es el único posible es el relativo al tan traído y llevado Papel 0. Respecto a eso, no es que sea escéptica, es que directamente soy incrédula. Y no descarto, llegado el día hacer como Santo Tomás. Pero mucho me temo que ni así.

                Por si alguno lo ha olvidado, nuestra parcheada Ley de Enjuiciamiento Criminal todavía sigue hablando de tan bellas cosas como atar los sumarios atados con cuerda floja. Esa cuerda floja, por cierto, por la que andamos últimamente los juristas entre tanta reforma. ¿Qué ataremos ahora con cuerda floja entonces? ¿El teclado del ordenador para que no se nos escape? ¿El tóner de la impresora por si viene algún espabilado y nos lo quita? Seamos serios. O, casi mejor no lo seamos, que hay cosas que o se toman a broma o le entran a una ganas de arrojarse desde lo alto de sus tacones toga en ristre.

                Vivimos en un mundo donde los sistemas informáticos no se hablan entre sí. Y eso en el caso de que una consiga dos milagros: uno, poner en marcha el ordenador, y dos, acceder al programa adecuado. En cuanto al primero, bien sabe quien se mueve en estos lares que entre el momento de darle a la tecla de buenas mañana y que el cacharro funcione da tiempo no solo a tomar una café, sino a esperar que el mismísimo Juan Valdés con su impoluto taje blanco lo traiga desde Colombia. En cuanto a lo segundo, lo mejor es encomendarse a santa Rita, abogada de los imposibles según dicen. Y cruzar los dedos, que ya los tengo medio esguinzados de tanto cruce y recruce. Eso sí, cuidado con la pantalla, que a veces tengo la sensación de que estoy en Poltergeist y de un momento a otro voy a oir eso de “ven a la luz, Carolyn”.

                Pero luego hay que imprimirlo. Todo, todito, todo hay que imprimirlo, y llenarlo de cuños y sellos. Que no nos falte de nada. Y, para enviarlo, meterlo en esos fantásticos carritos de supermercado que son el prodigio tecnológico más avanzado, o en la consabida valija para que lleguen al juzgado de destino. Así que el único papel 0 en este caso sería que se perdieran y no llegaran, y que Dios nos pille confesados en ese caso. O que la máquina seismesizadora de la LEcrim acabe con ellos en un nanosegundo. Igual van por ahí los tiros, y nosotros sin saberlo.

                La cuestión es que en un mundo donde los pósits y las pinzas quitagrapas son un bien de lujo -la mía la tengo atada porque así me le ha recomendado la experiencia-, afirmar sin cortarse que en unos mesecitos tendremos el papel 0 con nosotros, no puede ser otra cosa que un brindis al sol. O, mejor, unas oposiciones a la Paramount Comedy.

                Y la cosa es que no estaría mal. Quitarse de encima los mamotretos que amenazan con desplomarse sobre nosotros como si de un alud jurídico se tratara no solo no sería una mala idea sino que sería una idea estupenda. Pero eso precisamente es lo que me hace dudar muy mucho, que la estunpendidad no parece ser la regla que siguen quienes tiene en su poder la llave del BOE. Y, por supuesto, las ideas son como esas bombillitas que le salían a Vicky El Vickingo, Muy monas, pero no se encienden si no hay electricidad conectada.

                Así que no nos queda otra que tomárnoslo con humor. Que para enfadarnos ya tendremos tiempo. Y el que nos queda, me temo.

                Por eso el aplauso hoy es especial. Y va dedicado a todos aquellos que con su sentido del humor dan la vuelta a las cosas para que al menos nos saquen una sonrisa. Que no es poca cosa, visto lo visto.

Bolos: plumas y togas


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Ya lo he dicho muchas veces. Las giras, también llamadas bolos, son parte inseparable de la vida del artista. Se estrene una obra, salga un disco al mercado o se presente un libro, toca hacer maletas y andar de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de país en país, tratando de promocionar lo que se trate. En la más pura tradición del umbralismo, hablando de su libro.
También nosotros hacemos nuestros bolos, que no se diga. Algunas veces más de andar por casa, que no es lo mismo estrenar en Matalasperas del Copete que en el mismísimo Broadway, y los bolos quedan reducidos a esos desplazamientos que nos llevan de punta a punta de la provincia En Busca del juicio perdido. Otras, con el más puro glamur hollywoodiense, cuando nos invitan a dar una charla, ponencia o seminario, y nos tratan tan bien que una piensa por un momento en eso de Ha nacido una estrella. Pero en esos casos la sensación dura poco, y la vuelta a la realidad de las trincheras convierte el regreso en un remedo de Aterriza como puedas. Es lo que tiene.
Pero sí es cierto que, de vez en cuando, alguien nos llama y hasta valora nuestros conocimientos o nuestra experiencia –o ambas cosas- Y, por un instante, se le quita a una esa sensación de desánimo que cada día nos invade más, cuando vemos cómo por más que gritemos que no tenemos medios, que no podemos hacer nuestro trabajo y que con estas leyes no podemos seguir, quienes tienen que escucharlo sufren una sordera mayor que las protagonistas de Hijos de un dios menor y la de El milagro de Anna Sullivan juntas.
Por suerte o por desgracia, nuestros estrenos son sin boa y sin plumas. Aunque no estaría mal bajar las escaleras del juzgado recibiendo a los encausados al más puro estilo Lina Morgan cantando eso de Gracias por venir. Pero no caerá esa breva. Nosotros somos gente seria y como tales nos hemos de comportar. O tal vez no, que quizás convendría quitar algo de caspa a nuestro oficio, aunque sin llegar a esos extremos de vedetismo, que una cosa es llevar toga y tacones y otra emular a Norma Duval en el Follies Bergere.
Así que, con nuestras plumas imaginarias, tan pronto vamos al colegio o al instituto de nuestros hijos –o los hijos de un amigo-a hablarles de nuestro trabajo o de una parte de él que les interese, como cruzamos el charco –alguna vez que otra- y participamos en un seminario internacional. Y, aunque no lo parezca, también es parte de nuestro oficio de servidores de la justicia, aunque haya quien lo cuestione. Aunque no todas las ocasiones son iguales, claro. Y entre el altruísmo y el interés crematístico hay un montón de estadios intermedios.
Trabajar de fiscal –o de abogado, juez, LAJ, procurador o lo que sea- no es algo que se ciña al momento en que una lleva la toga y los tacones. Yo también me siento cumpliendo con mi compromiso con la justicia cuando doy una charla a los jóvenes sobre violencia de género, o cuando hablo con alguien de justicia, y hasta cuando me muevo en redes sociales reclamando medios o cuando escribo este blog. Y soy fiscal, pero también soy madre, hija, lectora, aficionada a la danza o fallera, por poner un ejemplo, no vayamos a creernos que somos Napoleón Togaaparte. Pero creo que también estoy trabajando de fiscal cuando me dirijo a otros contando las alegrías, miserias y necesidades de mi oficio, y cuando trato fe explicarles que estamos a su disposición, porque somos un servicio público. Si nos dejan, claro, que como está el patio no nos lo ponen fácil.
Así que ahí estamos. Y ahí seguimos. Trabajando porque se haga justicia desde la sala de vistas o la guardia o desde los despachos, pero también desde las aulas o desde las mesas de conferencias, o desde donde se ponga a tiro. Con toga y tacones o con marabú. Y hasta con tutú llegado el caso.
Por eso el aplauso hoy es para los que sacrifican parte de su tiempo por servir al ciudadano más allá de los límites del juzgado. Porque a veces es preciso bajarse de estrados para tener contacto con la realidad. Y hacerlo mejor cuando volvamos a subir a ellos. Que la toga se acopla mejor si una la airea de vez en cuando.

Activismo: presente y futuro


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                De toda la vida, uno de los colectivos más reivindicativos ha sido el de los artistas. Sobran los ejemplos de aquellos que incluso se han dejado la vida por no claudicar de sus ideas, y de los que han  pagado bien caro su compromiso. Lo vimos en  los protagonistas de Ay Carmela o Las cosas del querer. Y, hoy en día, basta cualquier sarao para que salgan a reivindicar aquello por lo que creen que vale la pena luchar.

                Pero eso sí, cuando se piensa en activismo, parece que las imágenes que le vienen a una a la cabeza son las de obreros manifestándose en Billy Elliot, el Día del Orgullo Gay en Pride o acciones más iconoclastas como la ya clásica Full Monty.

                Y aquí sí que somos diferentes en nuestro teatro. Cuesta ponernos de acuerdo y más aún conseguir una movilización conjunta, aunque algunas causas han conseguido ya verdaderas mareas de togas, como la reivindicación contra las tasas. Que, por cierto, no han sido aún eliminadas totalmente -solo lo han sido para personas físicas-, por más que a veces se diga lo contrario.

                Y si hablamos de colectivos como los jueces y fiscales, la cosa se pone todavía más tibia. Por decirlo de algún modo. Pese a que hay quien, incluso, nos niega el derecho a ejercer la huelga, en alguna contada ocasión lo hemos ejercitado. Los jueces, alguna vez más, y los fiscales una sola vez. A pesar de que motivos para protestar -fundamentalmente, la falta de medios para ejercer nuestra función- nos sobran para salir todos los días a la calle. Pero no lo veo. Quizás habrá que decidirse algún día a hacernos un Full Monty, o a venirnos arriba en un calendario solidario solo con nuestras togas -con o sin tacones-. Si Las chicas del calendario lo hicieron, por qué no nosotros. Aunque me cuesta trabajo imaginarlo, claro… Pero seguro que al menos la atención la despertaríamos.

                La verdad es que pocas salidas nos dejan, teniendo en cuenta que jueces y fiscales tenemos proscrita la posibilidad de sindicarnos o de pertenecer a partidos políticos y que, como he dicho, desde algunos sectores se nos niega hasta el derecho de huelga.

                Aunque hay otro tipo de activismo. Hoy los tiempos han cambiado y, rige la cultura de lo instantáneo y la vida de cara a ese enorme escaparate que es Internet. ¿Por qué no aprovecharlo? Pues ésa parece ser la pregunta del millón, aunque compatibilizar un mundo de leyes decimonónicas y cortinajes de terciopelo con cualquier tipo de modernidad parece que chirríe. Y, en realidad, no se trata de otra cosa que de afinar el instrumento para que su sonido encaje en la melodía.

                No hay que hacer otra cosa que asomarse a las redes sociales para percatarse de la existencia de un fuerte movimiento reivindicativo en defensa de la justicia. Un movimiento en el que justo es reconocer que nos llevan la delantera, y por varios cuerpos de ventaja, quienes habitualmente visten toga sin puñetas sobre quienes las lucimos. Los abogados escriben, utilizan redes sociales, y son titulares de blogs como regla -al menos un amplio sector de ellos- y nosotros lo hacemos solo como excepción. Y claro, estamos privando de nuestra visión de las cosas no solo a los profesionales sino también al ciudadano.

                ¿Por que no les perdemos el miedo? Si todos estuviéramos de acuerdo en protestar, solo tecleando desde nuestro móvil, ante todos los dislates que estamos viviendo, quizás la presión fuera tan grande que motivara un cambio, por pequeño que fuera. Y tacita a tacita, ya se sabe, como decían en el anuncio de Nescafé. Si además, nos esforzáramos en comprender y aprender a usar este enorme potencial en vez de demonizarlo, como hacen algunos, sería la bomba. Por no hablar de hacerlo todos a una, como Fuenteovejuna, poniendo el acento en lo que nos une en lugar de hacerlo en lo que nos separa.

                Pero la tecnología es lo que tiene, que la manejan seres humanos. Y los seres humanos no siempre podemos evitar que los árboles nos impidan ver el bosque.

                Así que hoy, con mi toga y mis tacones, aprovecharé este púlpito para hacer un llamamiento.  Un llamamiento a todos los que creemos en la Justicia, y a todos los que queremos remover los obstáculos que hacen que sea efectiva, o todo lo efectiva que debería ser. Salgamos a la calle, o adentrémonos en ese enorme escaparate al que da entrada nuestro móvil o nuestro ordenador, como el del niño de La Historia Interminable, y no callemos ante la injusticia. No nos resignemos, o quizás mañana sea tarde. Que no hace falta quemarse a lo bonzo para dejar constancia del descontento.

                Y mientras tanto dejo el aplauso ahí. A la espera de saber hasta donde llega la resignación y hasta donde el activismo. Y espero no tener que resignarme nunca a recibir abucheos.

En tránsito: togas portátiles


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         Ya lo hemos comentado muchas veces. En el artisteo, los bolos y los viajes son parte fundamental. El baúl de la Piquer es un clásico, y hacer las Américas parte indisoluble de la profesión. Que de toda la vida los artistas han andado con sus funciones a cuestas, como aquellos entrañables cómicos e Ay Carmela o La niña de tus ojos.

         En nuestro teatro la verdad es que no somos tan viajeros. Permanecemos anclados a nuestros juzgados y a nuestras salas de vistas y, aunque de vez en cuando sacamos la toga y los tacones a pasear, no es lo más común. Y menos que lo va a ser, con la que se nos ha caído encima con una reforma tras otra, entre estudiar, revisar procedimientos y tratar de tirar hacia delante. En pleno siglo XXI, con unos medios del siglo XX y un proceso del XIX, como ya contaba hace no mucho en otro blog en el que ejerzo de okupa, No sin mi toga.

         Pero mira por dónde que el legislador se ha creído eso de la modernidad, y, en la última reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal ha introducido un precepto para prever situaciones de tránsito, en pleno vuelo o en plena travesía marítima, por si aparece entonces, que ya es casualidad, ese imputado –perdón, investigado- al que no habían encontrado. Y lo hace antes de seis meses, añado yo, porque si no ya nos puede hacer una cuchufleta desde su asiento de business.

         El caso es que me comentaba una amiga que el precepto (el artículo 520 ter) la tiene enamorada. Y no es para menos. Que nos habla de los espacios marinos y de informarle de sus derechos a bordo de la nave o aeronave y ponerlo a disposición por los medios personales y materiales de que se disponga, en un plazo de 72 horas. Y es que fue leerlo y empezar a imaginar a la azafata de vuelo, con su uniforme y su mímica habitual, informando de los derechos. Y, ya puestos, utilizando la pantalla de televisión donde normalmente ponen películas para hacer la videoconferencia de comparecencia de prisión. Incluso se podría activar un servicio de sms para que los pasajeros interactuaran, una vez puestos sus dispositivos móviles en modo avión, y votarán prisión si o prisión no. Y tal vez, si les dejaran utilizar internet, podrían hasta utilizar un hagstag #DETENIDO y darle a favorito o a retuit según sus preferencias. Igual hasta llegaban a trending topic, que nunca se sabe.

         El caso es que las compañías aéreas y navieras deberán plantearse dejar en los asientos, además del chaleco salvavidas y la mascarilla –que siempre me generan la duda de si realmente estarán-, un ejemplar del Código Penal y de la ley de Enjuiciamiento Criminal en varios idiomas. Y quizás tendría que viajar a bordo un abogado de guardia. Y hasta un fiscal, un juez y un Letrado de la Administración de Justicia. Que nunca se sabe cuándo puede aparecer el delincuente más buscado.

         Así que estoy encantada. Lo de la película Kamikaze nos puede pasar en cualquier momento. Y tenemos que estar preparados, vaya que sí. Y hasta podemos hacer una coreografía tipo Los amantes pasajeros, aunque nuestros medios sean más cercanos a Aeropuerto 78

         Por eso, hoy no me voy a privar de dar mi aplauso. Pero no para el legislador, que con la que está liando, los tomates me caerían a mí, y con razón. El aplauso va esta vez a todos los que desde hace mucho tiempo llevan trabajando en todas esas cuestiones de cooperación internacional. Sin alharacas y sin necesidad de modificaciones extravagantes. Va por ellos, porque aunque lo tomemos con humor, el tema es muy serio. Y su trabajo también lo es.

Unión: ¿Lo imposible?


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         En el mundo del espectáculo están, por desgracia, a la orden del día las rivalidades, zancadillas y todo tipo de jugarretas para conseguir un papel, un contrato o cualquier otra cosa. Eva al Desnudo en estado puro, vaya. Esa es la idea que muchas veces tenemos desde fuera, aunque en otras ocasiones hacen suyo eso de “la unión hace la fuerza” y entonces son imbatibles, sea defendiendo un No a la Guerra, o leyes que les parezcan injustas, como la de propiedad intelectual, el IVA cultural o la Ley mordaza, por poner un ejemplo. Y cuando se unen, dada su repercusión, póngase a temblar, señores.

         ¿Y en nuestro teatro?¿Juntos o separados? ¿Compañeros o rivales?. Pues de todo hay en la viña del señor. Y a veces más de lo que debiera. Y así nos va ¿O no?

         En el gran teatro de la Justicia desperdiciamos un buen puñado de energías con rivalidades y confrontaciones absurdas. Jueces y fiscales, Fiscales y abogados, LAJ y jueces, Funcionarios y no funcionarios, abogados y procuradores, notarios y registradores… y así hasta el infinito y más allá, en una suerte de combinaciones y permutaciones inacabable. Casi guerras fratricidas, o al menos batallas. Kramer contra Kramer.

         No exagero. Los fiscales andamos siempre a la gresca con los jueces, y viceversa (jueces vs fiscales), que si yo trabajo más que tú, que si mi labor es más importante que la tuya, que si me recurres o no. Como siempre decimos, la carrera hermana. Aunque siempre apostillo eso de que Dios dijo que fuéramos hermanos pero no primos.

         También es una rivalidad histórica la de abogados y fiscales. Como si el hecho de sentarnos a lados diferentes del banquillo nos convirtiera en enemigos irreconciliables. Estrechez de miras de quienes lo ven así, estén a un lado u otro. Yo, que con mi toga y mis tacones acostumbro a compartir banco a uno y otro lado del banquillo –los abogados pueden ser defensa o acusación particular- doy fe –perdón a LAJ y Notarios por el intrusismo- de que se trabaja mucho mejor unidos que enfrentados. Porque al fin y al cabo, ambos somos un servicio público y nos debemos al ciudadano y a la justicia. Que los árboles no nos impidan ver el bosque.

         Y más y más. Los Secretarios –hoy LAJ– a veces entran en conflicto con los jueces, o con los funcionarios, por un quítame ahí esas pajas que esto me toca/no me toca a mí. Por fortuna, hay relaciones idílicas en estos campos, pero la excepción que confirma la regla siempre puede venir a entorpecer el objetivo: hacer justicia.

         Pero no todo van a ser tozolones, como diría una amiga. Que aquí estoy yo con mi batalla de flores, toga y tacones incluidos, para darle la vuelta a la moneda. La unión hace la fuerza. Lo estamos viendo hoy mismo, cuando la vorágine de reformas se nos come y una inasumible reforma del proceso penal nos ha dejado a todos mirando a Cuenca –o adonde sea-. De pronto, en un birlibirloque impensable hace nada, se unen todas las asociaciones de fiscales y los fiscales no asociados, se les adhieren los jueces, y empiezan a surgir apoyos y ayudas a diestro y siniestro. No hay más que darse un paseo por las redes sociales para ver que la generosidad y el compromiso de muchos en pro del bien común es capaz de barrer rivalidades y reticencias. Aunqe, por desgracia, a quien corresponde no entiende que le corresponda y no se quiere dar por aludido, como acabo de saber.

         Y esto solo es un ejemplo. Barbaridades como la imposición de las tasas judiciales –suprimidas pero no eliminadas-, la supresión de los sustitutos o la malhadada ley mordaza  ya habían ido sembrando la semilla de un consenso necesario. No importa quién empiece, de quién nazca o, si me apuran, quien se lleva el gato al agua. Lo que importa es la unión por un objetivo común. Como dijo una compañera, no se trata de luchar contra nadie, sino de hacerlo a favor de la justicia. Que no es moco de pavo.

         Así que ahí vamos. Troquemos Lo imposible en Un lugar llamado milagro. Porque el objetivo merece la pena y nos importa a todos. Y mucho.

         Por eso hoy dedico mi aplauso a todos los que con puñetas o sin ellas, con toga o sin ella, con o sin tacones, saben ver más allá de sus batallas pequeñas y luchan por una justicia justa, como debe de ser. Bravo por todos y cada uno de ellos. Y los tomates, ya se sabe…

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