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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Perspectiva: a los pies del mundo


           

¿Cómo veríamos el mundo si nos hubiera tocado vivir otra vida? Algo así es lo que quería contar hoy, a través de un relato. Ojala sirva para, además de disfrutar, reflexionar un poco, que nunca está de más.

A LOS PIES DEL MUNDO

            Vivo a los pies del mundo, como no podía ser de otra manera. Soy una zapatilla.

Y no, no hablo en sentido figurado. Es más, no hablo en ningún sentido porque, como todo el mundo sabe, las cosas no pueden hablar, y las zapatillas no somos una excepción. Pero las cosas, a veces, conseguimos que alguien con la suficiente imaginación nos haga de voz, aunque no tengamos boca. Y yo tengo muchas cosas que contar, porque vivir a los pies del mundo da una perspectiva diferente.

Me convertí en lo que soy hoy, una deportiva bastante lujosa, en un lugar remoto. Debe ser muy lejano por el tiempo que tardé, y las vicisitudes pasadas, hasta lograr llegar a algún sitio. Era un cuartucho pequeño, oscuro, mal ventilado y hacinado de gente. Nunca, nunca, estaba vacío. Constantemente se oía ruido mecánico, y las conversaciones eran pocas y en voz muy baja, como en susurros. Las personas que allí había eran de todas las edades, desde niños hasta ancianos, y muy pocas veces levantaban la cabeza. Yo entonces no podía comparar, pero, después de todo lo que he visto, puedo describir aquel lugar como infinitamente triste. Y, lo que más me llamaba la atención era que todos, absolutamente todos, iban descalzos. Que ya es contradicción que la gente que hacía calzado no llevara zapatos en sus pies, pero así era. En cuanto a lo que allí decían, no lo sé muy bien. También ignoraba yo, por aquel entonces, que la gente hablara en lenguas diferentes, y aunque las zapatillas lujosas, como yo, podamos ser muy listas, aún no estaba preparada para entenderlo todo. Pero, en cualquier caso, se hablaba poco y se trabajaba mucho, un run run incesante sólo interrumpido, muy de vez en cuando, por voces más altas de alguien que daba las órdenes en un tono airado.

Cuando ya estuve terminada, incluidos unos preciosos cordones morados que son todo mi orgullo, me metieron en un espacio oscuro, que hoy sé que es una caja, no sin antes notar que unos deditos pequeños se encargaban de introducir mis preciosos cordones por los correspondientes orificios.

Después de esto, la oscuridad. En mi caja, junto a mi pareja que, aunque es igual de bonita que yo, no es ni la mitad de lista, noté como caían sobre nosotras miles de bultos, como nos llevaban de un lado a otro para finalmente, muy apretadas, instalarnos en algún espacio oscuro, pequeño y sin ventilación, donde permanecí mucho tiempo. Ahora estoy en condiciones de afirmar que era el contenedor en el que viajaría hasta mi destino final, en otro continente muy lejos de aquel donde había tomado forma.

Por fin llegué a mi destino. Me cogieron, siempre dentro de mi caja y junto a mi muda gemela, y me apilaron nuevamente, esta vez con mayor comodidad y espacio, y con un número mucho más reducido de compañeros de viaje. Y fui a caer en una habitación cerrada, pero mucho más bonita de todo lo que hasta entonces había conocido. Por lo que decían las personas que nos llevaban, aquello se llamaba almacén.

Pero no duró mucho mi estancia en aquel sitio. Muy pronto, alguien alzó la caja en donde me habían encerrado y la subió a otra habitación mucho más bonita todavía. Por fin, abrieron mi caja y me quedé extasiada ante lo que vi. Era un sitio brillante, con armarios de cristal donde la gente miraba, y varias personas igual vestidas y perfectamente calzadas que hablaban con todo el mundo con una sonrisa en la boca. Para mi alegría, me sacaron a mí –solo a mí- de mi cárcel de cartón y volvieron a meter en la caja a mi gemela, llevándosela nuevamente en dirección a aquel lugar llamado almacén. En cuanto a mí, una chica de manos suaves me cogió con cuidado, y, tras acariciarme, me dejó colgada en un estante, junto con otras muchas zapatillas, todas lujosas como yo, pero todas diferentes. Aquello era la gloria. Tenía un estante para mí sola, tenía luz, veía todo lo que pasaba y, encima, pasaban delante de mí un montón de personas, que me miraban y me admiraban.

Mi vitrina se convirtió en un maravilloso observatorio donde pasé parte de los mejores días que recuerdo. El ir y venir de gente era incesante, y la mayoría de los que pasaban me dedicaban al menos una mirada, muchas veces un comentario, e incluso me cogían, me tocaban y me acercaba a mi verdadero destino cuando alguien se atrevía a colocarme en su pie.

Estuve un buen rato en el pie derecho de una niña preciosa, que hablaba de mí como si fuera la cosa que más deseaba del mundo. Ella era maravillosa, y yo quería con todas mis fuerzas irme con ella, pero la mujer que iba con ella, más grande y de voz más fuerte, dijo autoritariamente que no, que yo valía mucho dinero, que ella no había sacado buenas notas y que no se merecía algo tan caro. Mi dueña ideal soltó una lagrimita y yo casi me muero del disgusto, pero tuve que resignarme a regresar a mi vitrina.

Hubo mucha más gente que trató de llevárseme y, casi siempre, acababan devolviéndome a mi sitio con la misma canción de que yo costaba demasiado. Hablaban de algo llamado crisis, que no sé lo que es, pero debe ser muy importante, ya que al nombrarlo todo el mundo se ponía serio y hacía gestos de asentimiento, incluidas las alegres dependientas que cuidaban de mí con tanto esmero

Ahora ya sé que aquellas chicas que se ocupaban de vigilarme constantemente eran las dependientas, y llegué a tomarles cariño. Hablaban mucho entre ellas. Una se llamaba María, y era alegre como el cascabel del cordón de una de mis compañeras de vitrina. Siempre contaba cosas divertidas, era cariñosa con todo el mundo, y en su cara habitaba sempiternamente una sonrisa. La otra, Deborah, sólo sonreía cuando atendía a la gente, y el resto del tiempo tenía una expresión sombría en la cara. Hablaba poco, aunque de vez en cuando contaba a María cosas en voz baja, y de cuando en cuando lloraba. Deborah venía a veces con unas gafas de sol muy grandes, y en un par de ocasiones pude ver como tenía un cerco morado alrededor del ojo, aunque entonces María la metía rápidamente en el cuarto de baño y le pintaba la cara con algo que lo disimulaba. Como yo podía escucharlas la mayor parte del tiempo, pronto supe que Deborah tenía un novio malísimo, que le pegaba hasta hacerle aquellos morados en los ojos y en otras partes del cuerpo, y que él era la causa de las lágrimas que ella derramaba. Yo odiaba a aquel ser que no había visto nunca, y no alcanzaba a comprender por qué Deborah seguía estando con él, pero, claro, yo sólo soy una zapatilla que no entiende de sentimientos. Un día, Deborah faltó a la tienda, y a partir de ahí no vino más. María se quedó sola, y se borró de su cara la sonrisa que siempre tenía. No pude saber qué había pasado, pero estaba segura de que aquel novio de Deborah tenía algo que ver. Pero no la volví a ver.

Después de la desaparición de Deborah, y de que miles de personas más me cogieran, me dejaran, me probaran, suplicaran por llevárseme o me rechazaran, María me cogió suavemente en sus manos, y me colgó un cartelito. No podía leerlo, pero no tardé en saber que ponía “cincuenta por ciento”, y ésa era una frase que hacía muy feliz a la gente.

Regresó la dueña que yo ansiaba, la chica maravillosa que lloró porque no me iba con ella, y consiguió convencer a la mujer que la acompañaba, a quien llamó “mamá” para que, esta vez sí, fuera a parar a sus pies. Ignoro si fue el cartelito que me habían colgado, o que la chica ya no tenía malas notas, o que la crisis aquella ya no existía, pero lo bien cierto es que no tardó ni cinco minutos en colocarme en su pie. Subieron a mi gemela, y abandonamos el lugar en los pies de mi nueva dueña, de la que pronto supe que se llamaba Inés. Me entristecí un poco al separarme de María, más aún cuando ella no me dedicó ni una sonrisa, pero lo olvidé, llevada por la dicha de haberme marchado con Inés.

Ahora veo el mundo desde abajo, casi todo el tiempo en los pies de Inés, que me hacen vivir aventuras fantásticas y conocer lugares que nunca había visitado. Y hoy me ha pasado algo fabuloso. Hemos ido al cine y, cuando íbamos a entrar, he visto una cara que me resultaba familiar. La chica que nos vendió la entrada era Deborah, Su pelo era de otro color, y ya no tenía cercos en los ojos ni llevaba gafas de sol. Y, lo mejor de todo, tenía pintada una sonrisa tan grande en la cara que casi me impide reconocerla.

Lo único que me daba pena era no poder buscar a María, la dependienta que tanto me cuidaba, y contárselo. Pero pronto descubrí que, aunque hubiera podido hacerlo, habría llegado tarde. Cuando pasamos una tarde por su tienda, su cara volvía a ser la de antes. Y su risa, también. Una chica sin cercos en los ojos ni gafas de sol se estaba probando unas zapatillas. Y, aunque no eran ni la mitad de bonitas que yo, por un momento las envidié.

Despenalización: entre la nostalgia y la sensatez


              No todas las conductas son igual de reprochables en todo momento y lugar. Aunque el espíritu de Los Diez Mandamientos, Charlton Heston incluido, permanezca invariable, hay otros Delitos y faltas, como los llamó en su día Woody Allen, que cambian según sea los tiempos. Hay películas que recogen en su propio título esos delitos universales, como No matarás, y otras que recogen los que son fruto de una época, como No desearás a la mujer del prójimo. Y es que el tiempo pasa para todo. Como contaba aquella serie de televisión, Crónicas de un pueblo que, metía a los telespectadores, de costadillo y porque no quedaba otro remedio, los artículos del Fuero de los Españoles

              En nuestro teatro vivimos con cierta frecuencia episodios de este tipo. Delitos que aparecen de nuevo cuño y también hechos que durante un tiempo fueron delito y dejan de serlo, con lo que eso supone a la hora de las famosas revisiones

              Quienes peinamos canas toguitaconadas vivimos un cambio importantísimo, la sustitución del texto refundido del Código Penal de 1973 -que en realidad era el Código de 1944, del franquismo, aunque con múltiples parches- por un Código nuevecito, el de 1995, el llamado Código de la democracia aunque se promulgara dieciséis años que nuestra Constitución. Y es que, si las cosas de palacio van despacio, cuando ese palacio es el de Justicia, van a ritmo de tortuga reumática y desganada.

              Pero, de vez en cuando, conviene recordar de dónde venimos para decidir adónde vamos. O adónde no vamos, que es todavía más útil. Y por eso dedicaré este estreno a recordar algunos de esos delitos que, por una u otra razón, dejaron una huella imborrable. En el bien entendido caso de que dejar una huella no siempre es positivo, claro está.

              En primer término, habría que recordar alguno de los delitos que el Código de 1995 barrió por ser propios de una época que nada tenía que ver ya con la democracia recién estrenada. En este grupo se encontrarían delitos como el de escándalo público, del que se pueden leer sentencias de lo más pintoresco. Y es que hay condenas por escándalo público por conductas realizadas sin público alguno y sin que escandalicen a nadie. Es el caso de unos muchachos que fueron pillados masturbándose en un paraje solitario por la guardia civil, que andaba escondida detrás de unos setos. También entrarían aquí besos y otras maniobras entre parejitas que no tenían más sitios donde dar rienda suelta a su amor que un coche o cualquier rinconcito.

              Al mismo espíritu de sociedad mojigata y pacata respondían los delitos de adulterio y amancebamiento, esto es, la infidelidad de toda la vida, que era delito. Ahora bien, en este caso se añadía un plus de machismo, que no nos falte de ná, porque a la mujer -adúltera- se le castigaba más duramente que al hombre -amancebado- además de que en el caso de ella bastaba un solo acto y en el de él había de ser continuado e el tiempo. A los señores la cana al aire les salía gratis, pero a las féminas, no. Faltaría más.

              En la misma línea estaban dos delitos donde el machismo y los estereotipos se hacían más que patentes. De una parte, la punición atenuada del uxoricidio en adulterio, esto es, que matar a la esposa porque era infiel solo se castigaba con pena de destierro. De otra, la punición también atenuada para la mujer que matara a su hijo recién nacido si lo hacía para ocultar su deshonra, el delito de infanticidio. Y es que la honra, como la honestidad, eran una valor fundamental. Por eso los delitos contra la libertad sexual se llamaban delitos contra la honestidad, y los atentados sexuales no violentos ni intimidatorios, abusos deshonestos. Y, entre ellos, el más característico, el estupro por engaño mediando promesa de matrimonio. El testimonio de toda una época hecho precepto penal.

              Por fortuna, también otras conductas se despenalizaron en cuanto asumimos que éramos una democracia, como el caso de la homosexualidad, ahora reconocida y protegida. Por desgracia, no todos los países han avanzado en esta materia, y todavía quedan muchos lugares donde la homosexualidad es castigada con duras penas, incluso con la muerte.

              Así, nuestra evolución democrática ha hecho que poco a poco se fueran destipificando conductas que estuvieron penadas en todas sus modalidades. Es el caso del aborto y de la eutanasia, que poco a poco fueron apagando el castigo a toda costa hasta conseguir el reconocimiento tanto del derecho al aborto como el derecho a la muerte digna. Respetando, por supuesto, los condicionamientos legales.

              También son fruto de otro tiempo delitos que tenían relación directa con una institución hoy no solo derogada sino desconocida para las últimas generaciones: el servicio militar, y, después, su sucedáneo, la prestación social sustitutoria. En los tiempos en que el Código anterior vivía todo su apogeo, había un delito de lesiones característico: el que cometía quien se autolesionaba para librarse del servicio militar. Algo que hace pensar en lo horrible que debía ser la perspectiva para algunos cuando eran capaces hasta de mutilarse para eludir ese trance. Luego estaba los delitos de insumisión, tanto por no ir a filas como por no presentarse a cumplir la prestación social. Otras cosa que tampoco conciben hoy en día y que hubo un tiempo que era el pan nuestro de cada día en las salas de vistas.

              Hay otro grupo de delitos que desparecen porque cambian los tiempos sin más, sin relación con el régimen político no las libertades. Entre estos, recuerdo el delito de cheque sin fondos, frecuentísimo en mis inicios en Toguilandia y que acabó despenalizándose al tiempo que la gente dejaba de usar de un mod generalizado cheques como medio de pago.

              Un caso curioso fue el de la tipificación, durante una época, de una conducta que se consideraba falta, la de conducir sin tener concertado seguro obligatorio para el vehículo. Pero fue una de esas cosas que devinieron inútiles y hasta contradictorias con su espíritu en la práctica. Como quiera que había una infracción administrativa consistente en conducir sin llevar la póliza de seguro, sancionada con una multa de mucho más cuantía que nuestras faltas, la gente acababa diciendo que no solo no lo llevaba sino que no lo tenía, y, como la jurisdicción penal es siempre preferente, se ahorraba el dinero de la multa de tráfico  cambio de una cantidad irrisoria o de unos no menos días irrisorio de arresto domiciliario.

              Aunque si hay una despenalización que ha vaciado los juzgados pero nos ha privado de anécdotas jugosas, esa es la de las faltas de injurias, que ahora solo son punibles en el ámbito de la violencia doméstica y de género. La de cosas graciosas que oímos en esos juicios de riñas entre vecinos, por más que a sus protagonistas no les hiciera ni pizca de gracia. Verdad verdadera.

              Y es que la despenalización de las faltas nos quitó mucha vidilla, aunque también nos quitara mucho trabajo, que es de lo que se trata. Sus herederos, los juicios por delitos leves -o levitos- no son ni la mitad de pintorescos. Es lo que hay. Recordemos, si no me creen, tipos tan curiosos como el del pastoreo abusivo o la suelta de animales en disposición de causar mal.

              Pero no pensemos que la despenalización es cosa de un tiempo. En cualquier momento y en cualquier lugar puede surgir alguna por las razones más diversas, por decirlo de algún modo. Recordemos lo que ha pasado con el delito de sedición, sin ir más lejos.

              Solo me queda el aplauso, antes de cerrar el telón de este estreno tan remember. Y será, por supuesto, para todas aquellas personas, juristas o no, que hayan vivido todos estos cambios y que sigan al pie del cañón. Un abrazo fuerte.

Sorteos: la suerte es lo que tiene


              Todo el mundo ha participado alguna vez en un sorteo. Por poco que nos gusten los juegos, siempre hay alguno en el que nos enganchan sin remedio. Sobre juegos y concursos son muchas las películas que se han hecho: Quiz show, Concurso, La ganadora, Slumdog millonaire y hasta Los juegos de hambre. Y a buen seguro que el tema seguirá dando de sí. Y es que la suerte nos pude tocar a todo el mundo.

              En nuestro teatro, aunque no lo parezca, la suerte puede jugar un papel importante. Porque, aunque la justicia no sea desde luego, una lotería, el factor suerte está presente en más de una ocasión. Y hasta los sorteos, como veremos.

              Aunque no sea algo que se reconozca abiertamente, todo el mundo que transita por Toguilandia se alegra o se entristece según sea el juez o jueza en que haya caído su asunto. Una cuestión puramente de suerte si se trata de la misma localidad, ya que se adjudican las causas según las normas de reparto que atiende, normalmente, a la fecha de los hechos o de la denuncia, y a la existencia o no de antecedentes en el juzgado.

              Y, aunque a mí no me lo reconozcan por razones obvias, estoy segura que tanto sus Señorías como el resto de intérpretes de nuestro teatro tendrán sus fiscales favoritos, frente a otros que preferirían no ver en su vida, al menos en estrados. También una pura cuestión de suerte que depende de las normas de reparto de fiscalía y de algo tan aleatorio cómo quién estaba de guardia en un día concreto.

              Además, como hay café para todos, hay letrados y letradas con los que trabajamos más a gusto y con los que menos y seguro que lo mismo pensará el justiciable del quien le haya tocado, sobre todo si es por turno de oficio.

              Pero ya la suerte empieza a influir en nuestra vida toguitaconada desde antes de llevar la toga. Si ya es decisiva en los exámenes de la facultad, en la oposición, donde los temas a desarrollar se eligen por estricto sorteo, es vital. Más de una y uno se hubiera cortado la mano después de ver la bola que había sacado de la bolsita donde se cocía nuestro futuro. Y al revés, aunque poca gente es capaz de reconocer, una vez con el aprobado en la mano, que tuvo suerte. Pero la tuvimos, sin duda, además de haber estudiado hasta dejarnos las cejas. Justo es reconocerlo.

              No obstante, hay casos en que el sorteo tiene efectos directos en las funciones de nuestro teatro. El más evidente es el de la elección de miembros del jurado para el procedimiento del mismo nombre, fruto de un primer sorteo bianual de todo el censo electoral del lugar, y de un segundo sorteo ya centrado en el caso concreto, al que luego se aplican las excusas y recusaciones hasta constituir el número mágico de 9 miembros y 2 suplentes. Actuar de jurado es para algunos una suerte y para otros una desgracia tremenda. Porque cada cual ve el mundo según le va, claro.

              Otro sorteo donde la gente suele acordarse de la madre de quien sacó su nombre es el de la constitución de las mesas electorales. Algo que nos puede suceder a cualquiera -o casi, porque algunas profesiones, como la mía, están exentas- y que suele sentar bastante mal. Sobre todo cuando, como va a ocurrir en nada, puede fastidiarte unas vacaciones o cualquier otro plan. Pero es una obligación ciudadana y como tal hay que tomarla.

              Otros casos en que el sorteo tiene importancia son lo que llamamos pomposamente las insaculaciones de peritos, que no son más que un sorteo entre los propuestos, o los que adjudican interventores en los procedimientos de insolvencia, que no es poca cosa.

              Al fin y al cabo, todo el mundo acaba jugando, lo quiera o no. Si no, comprobémoslo cuando el juzgado compra un décimo de lotería o juega a la primitiva o al cupón de la ONCE. Toda la gente quiere participar, aunque nunca se sabe muy bien si por la esperanza de que te toque o por la de que no toque a todo el mundo y nos quedemos fuera. Cosas de la naturaleza humana.

              Y con esto, cierro el telón por hoy. Pero antes daré el consabido aplauso, que no se me olvida y que hoy es, nada más ni nada menos, para quienes tuvieron la desgracia de que la suerte les fuera esquiva. Que, al menos, se lleven esto.

Sinceridad: ¿defecto o virtud?


              De niños nos enseñaban que había que decir siempre la verdad. Pero con el tiempo, esa afirmación no es tan absoluta, y la verdad no es siempre lo más conveniente. Sobre La verdad giran varios títulos de películas, como La verdad duele, Las dos caras de la verdad o Toda la verdad, por nombrar algunos. E igual pasa con su antagonista, la mentira, cuyo exponente universal es Pinocho, del que hay múltiples versiones cinematográficas.

              En nuestro teatro, la sinceridad no es siempre una virtud. Aunque tampoco podemos decir que siempre sea un defecto. Depende, como casi siempre, del papel que se interprete, es decir, del lugar que se ocupe en los estrados. O de la posición procesal, para ser más exacta.

              La gente que no frecuenta Toguilandia ignora muchas veces que la principal diferencia entre la declaración de un testigo y la de un acusado o investigado es la posibilidad de mentir o no o, dicho de otro modo, la obligación de decir la verdad.

               Aunque en nuestro Derecho a los testigos no se les hace jurar, como en las películas americanas, que dirán “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”, sí que se les recibe juramento o promesa de decir verdad, advirtiendo que el falso testimonio -es decir, mentir- está castigado con penas de cárcel. Solo hay una excepción, que es la situación en la que se encuentran las personas que tienen con el acusado una relación de pareja o parentesco. En ese caso, pueden acogerse a lo que se denomina dispensa legal, que hay que recordar que es una excepción a la regla general de obligación de declarar, no un derecho. No es comparable, por tanto, con el derecho que asiste a cualquier investigado de no declarar. Y, como ya he dicho algunas veces, es una pena, pero no hay Biblia, ni que ponerse la mano en el pecho ni nada de todo eso que hacen en las series americanas. Aunque sí que he visto a testigos empeñados en hacer todas esas cosas. Recuerdo a uno que llegó a arrodillarse y santiguarse antes de declarar, sin que nos diera tiempo a evitarlo y aguantando la risa a duras penas. Por estas, que son cruces.

Hay una anécdota que circula por ahí, que no sé si es leyenda urbana o verdad verdadera, pero que si no es cierta podría serlo. Estaba un acusado declarando toda clase de cosas increíbles cuando dijo «por mi santa madre, que en gloria esté se lo juro». Y hasta ahí, todo normal, si no fuera porque luego, cuando se acababa el juicio, una señora pidió permiso para acercarse al acusado, que ya se venía venir que iba a tener una larga estancia en prisión, y dijo «es que soy s madre». Y no, no estaba en la gloria, precisamente

También los hay que llevan un papel aprendido y de pronto se les ve el plumero. Hubo una testigo que, tras una declaración impecable, miró al acusado al marcharse y le dijo por lo bajini “¿lo he hecho bien?”. Lo que no sabía es que el micrófono del acusado estaba encendido y lo pudo oír toda la sala.

              En cambio, el investigado, o ya acusado en el juicio, tiene derecho a declarar o no declarar y, si lo hace , puede decirnos todas las mentiras que quiera porque no tiene obligación de decir verdad. Ahora bien, es recomendable no pasarse de castaño oscuro si no se quiere poner de los nervios al tribunal. Recuerdo a un magistrado que les solía decir que el derecho a no declarar contra sí mismo no consiste en tomar el pelo al tribunal.

              Pero hay veces que surgen arrebatos de sinceridad espontáneos que acaban variando el curso de los acontecimientos. Es algo que pasa con relativa frecuencia cuando l acusado hace uso de su derecho a la última palabra , con la cara de espanto que siempre pone su representación letrada. En ese trámite he oído destrozar una defensa en menos de un minuto, diciendo cosas como que “yo no agredí a mi mujer, solo la empujé”. No hace mucho, me contaron que en uso de ese derecho un acusado dijo muy enfadado que estaba indignado con su abogada, que él ya le dijo que viniera de testiga (sic) su prima y no su hermano, que ella mentía mucho mejor. Pero no me extenderé más en esto, que ya tuvo su propio estreno, aunque podría tener varios más.

              De todos modos, los arrebatos de sinceridad no siempre vienen del mismo lado. Había una magistrada a la que alguna vez se le escapaba un “que pase el condenado”, porque ya tenía decidido el contenido de la sentencia. Aunque, por supuesto que luego podría cambiar de idea. También he visto a más de una abogado o abogada que, ante casos evidentemente perdidos, no han sabido disimular y se les ha escapado un “no tengo nada que hacer”. Y, por supuesto,  a fiscales que dicen “yo, que usted, me conformaría” o lo contrario, como un “yo de usted no lo haría, forastero” propio del western más típico. Y es que en todas partes cuecen habas y, en Toguilandia, a calderadas.

              Así que yo recomiendo siempre que, antes de decir algo en este mundo nuestro, se respire hondo y se cuente hasta diez. Algo que vale también para oros ámbitos de la vida. Y mientras lo pensamos, no olvidemos el aplauso de hoy, dedicado a quienes, desde sus respectivo lugares, han de aguantar estos arrebatos de sinceridad y lo llevan de la mejor manera posible. Paciencia.

Insultos: ¿ofender es delinquir?


              Vivimos en una sociedad donde los insultos están a la orden del día, aunque no es cosa exclusiva de los tiempos que corren. Dostoievski ya titulaba a una de sus novelas El idiota y hay títulos de películas que no dejan lugar a dudas. Dos tontos muy tontos, La cena de los idiotas o El bueno, el feo y el malo son algunos de ellos, sin olvidar el que lo abarca todo, El insulto.

              En nuestro teatro los insultos, a uno y otro lado de estrados, están a la orden del día. Y cuando digo a uno y otro lado de estrados no me refiero a que acusados y acusadores, jueces y defensas están todo el día a la gresca diciéndose de todo, sino que las agresiones verbales pueden ser objeto de pleito o consecuencia del mismo. O ambas a un tiempo.

              La cuestión es si todas las ofensas pueden ser constitutivas de delito, y de qué delito en su caso. La respuesta es evidente desde el día en que desaparecieron aquellos juicios de faltas que tantos momentos hilarantes nos regalaron. En su día, hicimos juicios por hechos tan terribles como decir a una vecina que no se lavaba la faja, llamar “tonto de capirote” a alguien o decirle “que la tiene pequeña”, algo que hay quien considera la peor de las ofensas -tuve a un denunciado empeñado en demostrarnos lo contrario ante nuestro espanto-, amén de las consabidas palabrotas de las que tan variadas muestras tiene nuestra lengua. Aunque he de reconocer que una de mis preferidas es e término “filiputa”, una mezcla de valenciano y castellano, que cualquiera con un poco de imaginación puede suponer a qué se refiere.

              Como decía, las injurias leves desaparecieron con el adiós a los juicios de faltas, y hoy en día solo son punibles como delitos leves de injurias o vejaciones las que se cometen en el ámbito de la violencia doméstica o de género. Y necesitan, además, denuncia de la persona ofendida. Así que aunque oyéramos por el patio de manzana como do personas, aunque sean pareja o padre e hijo, se ponen a caer de un burro, de nada serviría denunciarlo si e ofendido no está por la labor de hacerlo. Es lo que tienen las infracciones penales perseguibles únicamente a instancia de parte.

              Esto, también, es aplicable a las injurias gravísimas, esas que podrían dar lugar a un proceso, que no existirá de no existir querella del injuriado o injuriada. Ahora bien, hay una excepción: las injurias proferidas a autoridades o funcionarios públicos por hechos relativos al ejercicio de su cargo no necesitan denuncia ni querella.

              La prima hermana de las injurias es la calumnia, otro modo de ofender a alguien que la gente suele confundir. Calumniar es imputar falsamente a alguien un delito, conociendo al falsedad o, como dice el Código de un modo muy poético “con temerario desprecio a la verdad”. Pero ha de tratarse de un delito concreto con unas circunstancias concretas, de modo que llamar a alguien “ladrón”, “corrupto” o “violador” no constituye calumnia aunque el robo, la corrupción o la violación sí sean delictivos. Esas expresiones serían una mera injuria. Para que sean calumnia tendría que afirmarse que Fulanito cometió tal robo o tal violación. O sea, lo que ahora llamamos fake news, que todo está inventado aunque haya quien crea que con darle un nombre rimbombante, preferentemente extranjero, ha inventado la cuadratura del círculo.

              En cualquier caso, la calumnia, como la injuria constitutiva de delito, también necesita querella y se extingue con el perdón del ofendido, algo que no ocurre con otros delitos perseguibles a instancia de pate, como los delitos cont5a la libertad sexual. Pero si una cosa tiene curiosa la calumnia, es lo que llamamos “exceptio veritatis”, que consiste en la exención de pena si se prueba que el delito presuntamente falso que imputaba al ofendido, resultó no ser falso. Pero ojo, que no todo vale y no se pueden mezclar cosas. Recuerdo un caso, en las antiguas faltas, donde el denunciado pretendía probar que su mujer le era infiel y que por eso el término “puta” no era un insulto sino una descripción. Y otro, más reciente, donde el acusado de llamar “guarra” a su mujer llegó a traer fotos de su casa hecha unos zorros con la pretensión de demostrarnos que ella no se ocupaba de las tareas domésticas como él entendía que debía hacerlo, como si él no pudiera pasar el mocho o poner la lavadora. Por no hablar del tipo al que me refería ant4es, emperrado en demostrarnos que eso de que la tenía pequeña era la peor de las mentiras,

              Por otro lado, hay ofensas que en virtud de la persona o la institución ofendida suponen un tipo penal diferente, como ocurre con las que se vierten contra la Corona o las instituciones del Estado.

              Por último, pero no menos importante, hay que hacer referencia a un tipo de insultos que sí podrían ser constitutivos de delito, aunque no siempre lo sean. Se trata de aquellas expresiones que podrían tener cabida en los llamados delitos de odio o, técnicamente, delitos cometidos con ocasión del ejercicio de los derechos fundamentales y libertades públicas. En ese caso, tanto si se incita al odio a determinada persona o colectivo por razones discriminación como si se comete un acto que entraña humillación por razón de racismo, homofobia, xenofobia y similares, podemos encontrarnos ante un delito que, además, no necesita denuncia ni querella. Ahora bien, no nos llevemos a engaño que cualquier insulto de esta índole no es delito, por racista u homófobo que resulte. Ha de formar parte de un discurso de odio e incitar al odio, o bien ha de entrañar, por las circunstancias, una humillación que va más allá de una mera ofensa, y esto es lo que resulta realmente difícil de probar. Y, por supuesto, el hecho ha de venir motivado por esa razón de discriminación.

              Y solo queda el aplauso. Permitidme que se lo dé hoy a todas las víctimas de estas agresiones orales, sean o no delito. Especialmente, cuando sean vulnerables

Cargados de razón: respuestas antológicas


                El humor es un remedio estupendo para cualquier mal, hasta para los más terribles. Conseguir sacar una sonrisa a quienes lo pasan mal es tan recomendable como meritorio. Pero, a veces, quienes logran esa sonrisa lo hacen con el convencimiento de que es verdad verdadera y no algo que provoque hilaridad. Y entonces, como se titulaba aquel viejo programa de televisión No te rías que es peor. O mejor, que nunca se sabe.

                En nuestro teatro nos encontramos cada día con personas que creen tener tanta razón que son capaces de contestar las mayores barbaridades como si se tratara de verdades irrefutables. Hasta el punto de que una llega a creer que viven en un universo paralelo donde las cosas son como creen y no como son en realidad. Y no hay quien les baje del burro.

                Muchas de las anécdotas que han protagonizado estrenos de nuestro escenario son de esta índole. Pero esto de las anécdotas es como el rayo que no cesa, y siempre pasa algo nuevo que merezca la pena compartir para regalarnos una sonrisa, que nunca viene mal. Y menos aún en Toguilandia.

                Tengo además la suerte de que mucha gente, sobre todo de este mundo nuestro, me envía esas cosillas que les pasan y que les han dejado de pasta de boniato. Porque, como nos decían, en el cole, compartir es vivir. Así que vamos a ello.

                Me llamaba ayer un compañero para contarme una de esas frases antológicas que podrán ser, incluso, el título de una novela o de una película. Hallándose metido de pleno en una averiguación de bienes un condenado por violencia de género resultó que tenía una casa que valía un potosí. Pero no estaba contento el hombre, y no por la condena, sino porque, según dijo ¿para qué quería un castillo si le faltaba su princesa? Una frase que, aunque a primera vista podría parecer romántica, podría ser un perfecto resumen del espíritu de la violencia de género, en un caso como este.

                Dentro de la misma materia, son bien conocidos casos donde los investigados llegan a reconocer que a sus mujeres -cuando no las llaman “parientas”, que los hay que lo hacen- les pegan “lo normal”. Incluso hubo uno que hizo un guiño al juez, que era varón, y masculló un “ya sabes…” que fue airadamente contestado por Su Señoría con un “yo no sé nada de eso que usted sugiere”. Me consta que tipo, no contento con su intervención autocondenatoria, para desesperación de su abogado, aún salió diciendo que el Juez era un sieso que no le había pillado la gracia. Como si tuviera alguna.

                Por otro lado, hay un clásico que vivimos en Toguilandia, pero no es exclusivo de nuestro mundo. Me refiero a la respuesta de algún acusado/detenido/investigado por homofobia de que cómo va a ser homófobo si tiene amigos homosexuales. Igual pasa con el racismo, porque ya se sabe que todo el mundo tiene un amigo de piel oscura del que echar mano, o algún inmigrante que es su amigo del alma. Como si tener determinados amigos -que vaya usted a saber si lo son- fuera un seguro o algo parecido.

                Pero vayamos con algunas de esas cosas ante las que es difícil mantener la compostura. Una amiga abogada me cuenta que el otro día un cliente, condenado por quebrantamiento, le decía “con la fuerza de Dios vamos a conseguir que me sustituyan la pena por trabajos en beneficio de la comunidad”. Mi amiga, sin perder las formas, le respondió “con la fuerza del Código Penal le digo a usted que no, que no va a ser posible”. Y así quedo la cosa. Ignoro si a la próxima el angelito, en vez de rezar a una imagen de Jesús lo hará a la versión comentada del Código Penal.

                Esta misma amiga me contaba que no hace mucho tuvo un cliente empeñado en que le arreglara lo de la independencia. Y ojo, que no era ningún rezagado del procés ni nadie que siguiera su estele. El pobre hombre solo quería que se le concedieran las ayudas de la ley de dependencia. Primo hermano del que se declaraba disolvente porque no tenía dinero para hacer frente a las indemnizaciones. Y no, no consiguió disolverlas.

                Para acabar, algo que viví hace unos días en mi misma mismidad. Una señora me decía que del golpe no sufrió lesiones, pero que después le salió un chinchón. Y para enfatizar el hecho de que era fácilmente apreciable, añadió que se veía a la lengua. Tal cual

                Y por hoy, aquí lo dejo. Espero haber logrado alguna sonrisa, que tan bien nos viene. Pero no me dejo el aplauso. Y se lo dedico, cómo no, a quienes me siguen facilitando estas cosillas. Mil gracias otra vez. Y, por supuesto, a @madebycarol, autora una vez de la ilustración que acompaña este estreno.

Mobbing: infierno laboral


              Hubo un tiempo en que se hablaba mucho del mobbing, o acoso labora. Es algo que ha existido siempre, como podemos ver en películas tan antiguas como Tiempos modernos, menos antiguas como El ladrón de bicicletas, y más modernas como El método o Dos días y una noche. Formas sutiles o menos sutiles de convertir el trabajo en un verdadero infierno.

              En nuestro teatro, el acoso laboral está contemplado como delito desde hace tiempo aunque, a decir verdad, no son demasiados los juicios que se celebran por esta causa. La jurisdicción laboral esconde entre las páginas de sus procesos muchos casos que han esquivado la vía penal bien porque sus víctimas no se han atrevido a denunciarlo o bien porque no se ha probado la verdadera causa del conflicto que se ventila. Y es que no es fácil par alguien de cuyo sueldo depende su familia dar el paso de arriesgarlo todo por un juicio cuyo resultado siempre es incierto.

              Pero el hecho de que no haya muchos procedimientos sobre la materia no quiere decir que el problema no exista. Ni que no lo sufran miles de personas en su día a día en el trabajo, uno de los lugares donde más tiempo de nuestra vida pasamos, si no el que más.

              A lo largo de mi carrera profesional, solo recuerdo haber llevado a juicio dos asuntos de este tipo, con resultado de tablas. Una condena y una absolución. Pero nunca se me olvidará la expresión de angustia con que una chica contaba las maquiavélicas maniobras con que su jefe le hacía la vida imposible. Cambios de horario, de puesto, humillaciones públicas y todo tipo de cosas que acabaron con una afectación psicológica de padre y muy señor mío. Y es que no es para menos.

              En muchos casos, se tiende a confundir, o a mezclar, el acoso laboral puro y duro con el que tiene connotaciones sexuales. El caso del jefe -o jefa, aunque sean las menos- que no asciende a su empleada, o que la relega en su puesto de trabajo, o que la amenaza con el despido si no accede a su solicitud sexual, es el más fácilmente imaginable, el que responde además al estereotipo y que hemos visto reproducido en películas y series. Pero no es el único caso. Se puede hacer mobbing a alguien sin necesidad de que el sexo gravite sobre sus cabezas. Por envidia, por maldad, para impedir que alguien destaque por encima o por cualquier otra razón.

              Para comprender cómo se sienten las víctimas, es preciso, como en tantos otros casos, hacer un ejercicio de empatía. No se puede frivolizar ni quitar importancia a determinados comportamientos con la simple excusa de que la jerarquía es lo que tiene y que, como dice el refrán “cuando seas padre comerás huevos”. Porque no todo vale.

              Es evidente que quien manda tiene que dar órdenes. Y quien está por debajo ha de acatarlas, pero todo tiene un límite. Habrá quien piense que en un entorno como el nuestro, donde los trabajadores y trabajadoras tienen reconocidos sus derechos y regulada la forma de ejercitarlos, no se puede dar semejante práctica. Pero se da, sin duda. En primer lugar, porque no todo el trabajo entra dentro de la norma, y quien no tiene más remedio que tirar de la economía sumergida está en una posición en que es difícil, si no imposible, reclamar nada. Pero incluso los empleos que se desarrollan con todos los parabienes legales, función pública incluida, son susceptibles de sufrir acoso laboral.

              Evidentemente, no se trata de algo que se detecte a simple vista, pero convierte el trabajo en un infierno, Conozco personas para las que, con solo entrar en el edificio donde trabajan, ya les entran sudores fríos, taquicardia y hasta ganas de vomitar.  La incertidumbre de no saber cómo te van a tratar de fastidiar cada día es difícilmente soportable. Y, aunque puedan resultar cosas baladíes, sumadas, hacen un mundo, Denegaciones de permisos o vacaciones por “necesidades de servicio”, cambios de turno, asignación de trabajos penoso, correcciones públicas y continuas, ninguneo, descalificación del modo de ejecutar la tarea son algunos ejemplos que parecen nimios pero no lo son en absoluto. Y, precisamente estos, por nimios, son los más difíciles de probar.

              Por supuesto que hay casos en que los medios son tan evidentes que es difícil no darse cuenta. El desprecio y las agresiones y humillaciones verbales, cuando son públicas, son difíciles de ocultar, y ni que decir tiene si se llega a la violencia. Pero una cosa es que algo se vea, y otra que, por parte de quienes lo presencian, no se haga como la avestruz, escondiendo la cabeza porque ojos que no ven, corazón que no siente. Y cualquiera se atreve a meterse cuando se arriesga a ser la próxima víctima, a perder el pan de sus hijos, o ambas cosas a un tiempo.

              Como decía antes, de un tiempo a esta pare, se habla poco de ello, pero ha habido incluso suicidios cuya causa última era el mobbing. Y no conviene olvidarlo, aunque no esté en el día a día de nuestros informativos.

              Por eso quería hoy dedicar este estreno a este tema. Y por eso daré mi aplauso a quienes no cierran los ojos ante ello. Y, por supuesto, a las víctimas. Ojala dejen de serlo

Mujeres y deporte: «Prohibidas pero no vencidas»


              Son muchas las películas que se han dedicado a gestas reales o ficticias en el deporte: Campeón, Carros de fuego, Invictus, Rocky y por supuesto, todas las ambientadas en los institutos americanos donde el deporte era uno de los ejes fundamentales, como ocurría en High School Musical y tantas otras. Pero, si hablamos de mujeres deportistas, los ejemplos se reducen considerablemente, aunque la excepción confirma la regla en citas como Tonya o Million Dollar Baby. Y una nunca sabe si es que no había mujeres o no se había hablado sobre ellas.

              En nuestro teatro puede parecer a primera vista que poca relación tenemos con el deporte femenino. Pero las apariencias engañan y además de que más de una habitante de Toguilandia haya hecho sus pinitos en las canchas, estamos hablando de igualdad, y la igualdad en Derecho siempre importa. O debería importar, que no es por casualidad que el precepto que la consagra sea uno de los más citados de nuestra Constitución.

              Hoy, de todos modos, me he quitado la toga, aunque no los tacones, a la hora de escribir este post, que no solo de juzgados vive la jurista. Y he tenido una experiencia que tenía que compartir con quienes leéis mis andanzas toguitaconadas. Sí o también.

              El pasado día 9 de mayo asistí, en el maravilloso enclave de la Biblioteca de la Dona de Valencia, a la presentación del libro de Carlos BeltránProhibidas pero no vencidas” , de editorial Desnivel. He de confesar que, aunque el libro ya estaba en mis manos desde hacía algún tiempo, tenía unas ganas locas de conocer personalmente a su autor, con el que he tenido un fructífera relación en redes sociales a través de nuestros respectivos perfiles de twitter . Como él dijo muy atinadamente, tenemos tantas cosas en común que hasta compartimos haters. Que no es moco de pavo, oiga. Por eso aprovecho para recomendar a quien no haya visitado su perfil que lleve corriendo sus deditos hacia allá, porque se va a encontrar historias tan interesantes como desconocidas sobre mujeres deportistas, hiladas con un toque de humor insuperable. Reconozco que yo me hice adicta desde el primer momento, y seguro que quien se pasee por ese espacio virtual entenderá esta adicción, de la que, por cierto, no tengo ninguna intención de desengancharme.

              Como no podía ser de otro modo, antes de la presentación aprovechamos para exprimir la desvirtualización que, como el propio Carlos me dijo, ya tocaba. No deja de sorprenderme el hecho de que, tras conocer y seguir a una persona en redes sociales, la realidad te muestre algo tan parecido a lo que imaginabas de él que es como si le conocieras de toda la vida. En este caso la desvirtualización fue exactamente así. Charlamos durante casi una hora junto a Anabel, referente de nuestro baloncesto y partenaire en la presentación, y se me pasó como si fueran cinco minutos. O menos

              Pero vayamos al grano o, mejor dicho, al papel y la tinta. No tengo ninguna intención de hacer spoiler sobre el libro porque todo el mundo debería leerlo sin que yo le estropee la experiencia. Y digo que debería leerlo porque, además de pasar unos ratos fabulosos, descubrían cosas que nunca se hubieran figurado. ¿O acaso alguien sabía que había mujeres profesionales del baloncesto en el siglo XIX? ¿O que había mujeres que además de ser campeonas olímpicas en varios deportes eran virtuosas concertistas de piano o eminentes médicas? ¿O que ha habido récords femeninos que no se han superado en cuarenta años, o mujeres que ostentaron los mejores tiempos, tanto de hombres como de mujeres, en gestas grandiosas? ¿O que fue la detención de una nadadora por su atuendo nada acorde con el puritanismo de la época lo que dio el empujón definitivo a los trajes de baño que hoy conocemos? Pues esto no es más que un aperitivo del banquete que nos espera con la lectura de “Prohibidas pero no vencidas”. Ahí es nada.

              Se preguntaba el autor, y yo con él, cuál sería la razón por la que no tenemos ni idea de lo que hicieron todas estas mujeres extraordinarias. Porque no es que no estuvieran, es que parece que la historia las haya querido borrar de sus páginas como si nunca hubieran existido. Y con ello se suma la invisibilización a las dificultades que muchas de ellas encontraron en la práctica de su deporte, puesto que llegaron a prohibírselo en más de una ocasión -de ahí el título-, aunque nunca se dieron por vencidas.

              En una sociedad donde, a pesar de que las leyes nos reconocen la más absoluta igualdad entre hombres y mujeres, la realidad nos muestra otra cara diferente, obras como la de Carlos Beltrán son imprescindibles. Por eso lo cuento. Porque, aunque parezca no tener nada que ver con el Derecho, no deja de ser un tratado perfectamente documentado sobre uno de nuestros derechos fundamentales, la igualdad. Y por eso tenía que protagonizar este estreno.

              Por eso hoy el aplauso no puede ser para otro que no sea para él, para Carlos Beltrán, el autor de  Prohibidas pero no vencidas. No sé si canta o baila, pero, como dijeron de Lola Flores en su día, no se lo pierdan

Nunca más: carta contra la violencia de género


Hoy comparto una carta que, aunque no es real, podría serlo. Un grito conta la violencia de género vista desde otro enfoque. Ojala nunca más pase

Este relato forma parte de la antología Mar de lija, el primero de mis libros

     Querido Victor

                  Probablemente, tú no sepas quién soy. Y si lo sabes, lo más seguro es que quieras tirar esta carta a la basura o, al menos, no seguir leyéndola. Pero, por favor, dame una oportunidad.

      Yo también me llamo Víctor aunque, para cuando esta misiva esté en tus manos, sería más correcto decir que me llamaba, porque ya habré dejado este mundo. He empezado a escribir esta carta hace mucho tiempo, pero me prometí hace mucho más que nunca lo haría, y hasta ahora, mi cerebro andaba ganado al corazón. Pero cuando sabes que te llega la hora, cambian mucho las cosas.

      No sé si alguien te habrá hablado de mí y, caso e que lo haya hecho, no habra sido en términos muy halagüeños. No quiero redimirme, sólo que conozcas la verdad y que te sirva para que nunca hagas lo que yo hice.

      Como ya habrás adivinado, soy tu padre. Al menos, soy tu padre biológico. Sé que otro hombre asumió mi función, al lado de tu madre y al tuyo, y estoy seguro que ha sido mejor para ti que si yo hubiera permanecido. Pero eso no me xime de nada, ni lo pretendo.

      Imagino que, a tu edad, alguien te habrá dicho que tu padre estuvo en la cárcel. Son cosas que la gente no puede o no quiere esconder siempre. Es cierto. Y lo merecía. Asumí mi castigo y el castigo adicional de una vida entera sin vosotros, y quizá eso fue lo único que hice cabalmente en mi vida.

      Yo quería a tu madre, y te adoraba a ti. Pero lo hacía a mi manera. Yo entonces no lo sabía, pero era incapaz de amar de verdad. Para mí, amar no era dar, era poseer. Tu madre y tú me perteneciáis, y no podía soportar que nada ni nadie compitiera por mi posesión. Tampoco aguantaba que ella te pudiera querer más que a mí. Así de necio fui, ignorante de que en un corazón como el de tu madre había sitio para los dos, y para el universo entero…

      Llevé muy mal el tiempo en que se dedicaba casi en exclusiva de ti. Tanto que un día, no recuerdo el motivo exacto, perdí los estribos porque tus necesidades se habían antepuesto a mi deseo. Lo siguiente, fue verla inconsciente en el suelo y a ti berreando aterrorizado. Quise escapar, pero antes de hacerlo, cuando fui a limpiarme la sangre al baño, vi en el espejo algo que me trastornó. Aquella imagen no era la mía, a quien vi fue a mi padre. A mi padre, sí, al ser que más he odiado en el mundo porque gritaba y pegaba a mi madre, porque nos insultaba a mí y a mis hermanas, a ellas sobre todo, a aquel ser que convirtió mi infancia en un infierno.

      Espantado, decidí remediar en lo que era posible aquel desastre en que había convertido mi vida, avisé a la Policía, a Urgencias, y me entregué.

      Afortunadamente, tu madre salió con vida, no sin muchos esfuerzos. Yo fui juzgado, reconocí los hechos y cumplí mi condena, algo menguada por el arrepentimiento que entendieron que tenía. Jamás quise volver a contactar con vosotros, aunque dudo que ni tu madre ni tú lo hubieráis aceptado si lo hubiese intentado. Ese fue mi peor castigo.

      De todos modos, nunca os perdí la pista. Mi hermana ha seguido informándome cumplidamente de tu vida, tus logros, tus estudios, tu boda y hasta del nacimiento de ese nieto que nunca conoceré.

      No te pido que me perdones. Sólo te ruego un último favor: mírate al espejo. Si sólo te ves a ti mismo, si no asoma ninguna imagen de quienes fueron tu padre ni tu abuelo y puedes mirar tu cara con la cabeza alta, por favor, pon una flor blanca junto a la lápida donde mi cuerpo está enterrado. Y así, por fin, mi alma descansará en paz.

                              Tu padre

Bessones: las gemelas aumentan la familia


              Son muchas las obras literarias y cinematográficas que parten de una pareja de gemelas o gemelos para desarrollar su trama .Entre ellas gemelos golpean dos veces, Vaya par de gemelas, Tú a Boston, yo a California, sin olvidar a las inquietantes gemelas de El Resplandor, protagonistas de muchas pesadillas. Y aquí no podíamos ser menos.

              Hoy no hablaré de lo que sucede en nuestro teatro, aunque sí en sus aledaños. Nuevamente he tenido el placer de presentar libro, y esta vez lleva por título “Bessones”, gemelas en valenciano, la décima criatura que se une a la familia .

              Hemos presentado el libro en el mejor enclave posible para ello: la Feria del libro de Valencia. Me han acompañado en la presentación Juan Nieto, periodista de sobra conocido, y Xavi Bellot, que junto con Manolo Gil son el alma de Vincle, la editorial que me ha dado la confianza para publicar en valenciano, donde ya publiqué Caratrista y Els cabells molt rulls. Pero ahora he dado una vuelta de tuerca más y me he decidido a escribir en valenciano una novela para personas adultas aunque, como dijo el propio Juan Nieto en la presentación, el libro se puede -y según él, se debe- leer desde el Bachillerato. Y no seré yo quien le contradiga.

              El libro empieza en uno de esos hitos de nuestra historia más reciente que todas las personas que vivimos recordamos: los atentados de las Torres Gemelas en Nueva York. Tras la conmoción del primer momento, la protagonista sigue sin recibir noticias de sus padres, cuya desaparición parece estar directamente relacionada con este acontecimiento, e inicia una búsqueda que la llevará a descubrir facetas absolutamente desconocidas de su madre y de su propia historia personal. Y hasta aquí puedo leer, como diría Mayra en el Un dos tres, no vaya a hacer un spoiler que frustre mis esperanzas de que queráis leer el libro. Que quiero enganchar, no desvelar.

              Pero, como la cabra siempre tira al monte, no puedo dejar de abrir boca con alguno de los temas que trata, que no son otros que esos temas sociales y de igualdad que siempre acaban impregnando todo lo que hago. Cuestiones como los bebés robados, abortos ilegales, agresiones sexuales o violencia de género son temas que se abordan en esta novela que, en cualquier caso, tiene por primera finalidad entretener y enganchar a quine la lea. Porque, como digo siempre, por muy bueno que sea el mensaje que se quiere transmitir con un libro, si el libro no engancha el mensaje no puede llegar. Y no sé si lo consigo, pero intentarlo, lo intento con todas mis fuerzas. O, mejor dicho, con todas mis letras.

No quiero olvidarme de una parte fundamental, que no por habitual no deja de ser un lujo, de mis obras: la colaboración de @madebycarol, autora de la maravillosa cubierta. Una envoltura excepcional para dar el mejor cobijo y tarjeta de presentación a la criatura

              Y hasta aquí, este ejercicio de umbralismo en estado puro. Pero no podía dejar de contarlo, como he hecho con cada una de mis criaturas, o me acusarán de tener predilección por alguna. Y ya sé sabe que a todas las hijas e hijos se las quiere por igual, con sus virtudes y sus defectos.

Y para que podáis comprobarlo, aquí dejo en enlace en la web de la editorial, aunque se pude comprar en librerías convencionales y virtuales

              El aplauso esta vez va a ser múltiple. Para Juan Y Xavi, que hicieron una presentación preciosa, para todo el público que quiso acompañarnos en persona, y cómo no, para quienes lean el libro, que les está esperando ansioso, y que espero que sean muchas personas. Mis Gemelas os esperan. Y yo con ellas