Abreviaturas: código toga


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Todas las profesiones tiene su jerga. Guiños, lugares comunes y dichos populares que tienen que ver con la materia forman parte del acervo con el que cargamos. Ya hemos visto otras veces que cosas como desear a alguien que se rompa una pierna, algo bastante desagradable en cualquier ámbito, es poco menos que un brindis por la buena fortuna en el teatro. Y, como ocurre de un tiempo a esta parte en todas partes, también tienen sus siglas, sus abreviaturas y sus acrónimos. Algunas, solo entendibles entre los iniciados, y otras, que ya han pasado al lenguaje popular. Como el ya famoso VIP, que ha cobrado tal significado propio que muchos no siquiera recuerdan que eran las siglas de Very Important Person.

Y en nuestro teatro no es que no podamos ser menos. Es que somos más. Entre tecnicismo, abreviaturas y frases de uso frecuente bien en lenguaje culto o bien coloquial hemos acabado creando una jerga que a veces nos vuelve incomprensibles para un no iniciado en la secta de las togas, El Club de los Togados Ciertos .Y casi sin darnos cuenta. Y no solo es nuestro lenguaje, con su propia terminología,  sus latinajos  y todo. Son muchas otras cosas que hacen que en ocasiones se necesite la Piedra Roseta judicial para entendernos. O ni así. Código Rojo, volamos hacia Justicia

¿Quién no nos ha oído hablar alguna vez de cosas como esepear, pasar a falta o a palo, ir al tesejota, pedir tebecés, incoar dip, bajar el tercio o hacer una media pena?. Cosas que decimos con toda naturalidad y que dejan a cualquier oyente ajeno como si se hubiera aparecido en la Torre de Babel. Y que, por su supuesto, tiene s explicación.

Se esepea cuando se sobresee provisionalmente una causa (de SP, obviamente), se pasa a falta o a palo cuando se transforma el procedimiento en juicio de faltas –hoy delito leve o, mejor, levito- o procedimiento abreviado, se va al Tribunal Superior de Justicia o se solicita la pena de trabajos en beneficio de la comunidad. Y, aunque cuando yo ingresé en la carrera ya se había derogado la obligación de forma PD, todavía signamos en ocasiones con ese PD que significa “por delegación”, al igual que utilizamos la V que, según los casos, quiere decir “Visado” o “visto”, que puede parecer lo mismo pero no lo es. Aunque no desvelaré mucho más del Misterio Fiscal, no vaya a acabar haciendo spoiler de mi propia carrera, que siempre hay que mantener algo de intriga o el espectáculo dejará de tener interés.

Por otro lado, cuando hablamos de bajar el tercio, no nos referimos a ir a la barra del bar y pedir una cerveza, por más que pueda parecer eso lo de pedir un tercio. En realidad no es otra cosa que la rebaja legal prevista en la ley en el caso que el investigado se conforme de inmediato y admita los hechos. Y tampoco tiene ninguna relación con la gastronomía ni las tapas eso de las DIP, por más que en otro ámbito se haya popularizado el término dipear para referirse a mojar algunas salsas –el rebañar de toda la vida- Pero nosotros no rebañamos nada, solo abrimos unas diligencias de investigación, aunque podamos acabar rebañando responsabilidades penales si toca, claro está.

En cuanto a la media pena, que tampoco crea nadie que son las rebajas de Enero. Es un modo de llamar coloquialmente a la vista de prórroga de prisión preventiva del condenado pendiente de recurso, que se puede prorrogar hasta la mitad de la pena impuesta. Mucho menos atractivo de lo que pudiera parecer, la verdad.

Recuerdo que cuando empecé mi vida toguitaconada, oía hablar a mis compañeros más veteranos de pelos y de palos. Con esa mezcla entre prudencia y miedo del que es Nuevo en esta plaza, me quedaba mirando esperando descifrar qué narices quería decir aquello, que no venía en ninguno de los más de trescientos temas que llevaba todavía tatuados a fuego en mi cerebro. No tardé en descubrir que con eso de PELO se referían al ya derogado procedimiento para el enjuiciamiento oral de delitos dolosos, menos graves y flagrantes, que fue declarado inconstitucional y sustituido por el PALO, el ya tan conocido procedimiento abreviado. Que, por cierto, es una contradicción en sí mismo, porque en muchos casos puede decirse de él cualquier cosa menos que sea abreviado –aunque hoy nos hayan tirado encima lo de la limitación del plazo de instrucción-, y menos aún que sea un procedimiento especial, como lo conceptúa la ley, cuando por él se juzgan la inmensa mayoría de los asuntos penales.

Pero si hay un rey indiscutible del lenguaje toguitaconado, ése es el verbo “evacuar”. El dichoso verbo, que todavía se emplea en gerundio para contestar escritos por muchos fiscales –“evacuando el traslado conferido”– tiene unas escatológicas connotaciones en el lenguaje común que hacen sonrojarse a más de uno. Y advierto que aunque pretendamos desterrarlo continúa inasequible al desaliento anclado en los modelos de nuestro sistema informático, el simpar Fortuny, al que alguna vez me he referido como Infortunyo por los quebraderos de cabeza que nos produce.

Y así seguimos. Hablando nuestra propia jerga, no exenta de alguna que otra broma. Como las de quienes todavía nos llaman a los fiscales Inmortales por cierto chiste que decía que no podíamos pasar a mejor vida. Y que pasó a la historia, visto lo visto.

Pero la vida hay que tomarla con humor. Por eso hoy el aplauso es para todos los que con su ingenio nos la hacen más agradable, añadiendo un apelativo amable a cualquier vocablo infumable. Porque una sonrisa siempre es de agradecer, aunque sea una sonrisa puñetera.

 

 

Concursos: la plaza justa


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En el mundo de la farándula los desplazamientos son algo normal. Giras, tournés, promociones, y bolos diarios forman parte de su día a día hasta el punto de haberse convertido en un clásico eso de viajar más que el baúl de la Piquer. Motivo de envidia para los de fuera y de hastío para los de dentro a partes iguales. Gajes del oficio.

Sin embargo, nuestro teatro es mucho más inmóvil. Sus escenarios se despliegan a lo largo y ancho de la geografía pero los protagonistas de cada uno de ellos tienden a variar poco, o al menos a eso aspiran la mayoría de ellos. A una ubicación estable que traiga consigo una vida familiar también estable. Lo que no siempre es fácil, máxime en los tiempos que corren.

Nunca se me olvidará lo que me contó una compañera a la que, en su primer destino, le dijeron con toda seriedad que anduviera con ojo, que allí los embarazos se decidían en Junta de Fiscales. Nunca supimos bien ni ella ni yo si aquello era en broma o en serio, pero dado que la carencia de personal en Justicia es un mal endémico desde que mundo es mundo, no me extraña que su jefe imprimiera bastante seriedad a la advertencia. Y, pese a que hace muchos años de aquello, la situación no ha mejorado. Más bien lo contrario, que desde que tuvieron a mal cortar de cuajo con los sustitutos, cada baja de un compañero se convierte en un verdadero drama para los que seguimos al pie del cañón. Y, mientras tanto, la edad de jubilación aumentando, que parece que nos quieran hacer protagonizar eso de Murieron con las botas puestas. Y lo que te rondaré, morena.

Pero, bromas aparte, los concursos –o más bien, la falta de ellos- son un auténtico motivo de angustia que deja en stand by muchos proyectos. El de comprar un piso, formar una familia o matricular a los hijos o hijas en el cole, nada menos. La vida del funcionario que se trate queda en modo pause a la espera de cuándo tengan a bien convocarlo y qué le llegue en la lotería del concurso. Y, cuando de una pareja de funcionarios –entiéndaseme en el sentido de trabajadores que perciben su sueldo con cargo a los presupuestos del estado- se trata, hay que hacer verdaderos encajes de bolillos, cuando no prestidigitación. No hace mucho que se consideró la posibilidad de los concursos subordinados, pero hasta entonces había que hacer un cálculo a la cuenta de la vieja de a ver a qué sitio no querría ir nadie, a ver si allí podía tener cabida la pareja en cuestión. O resignarse a vivir separados por cientos de kilómetros mientras esperamos a que se alineen los planetas y el escalafón nos permita juntarnos en algún punto del camino, ascensos mediante además. Y juro que no exagero lo más mínimo si digo que mis dos hijas nacieron al ritmo que el BOE nos impuso a sus padres. Porque, como quiera que una es organizada, conseguí acoplar mis embarazos a los respectivos concursos que nos trajeron a su padre y a mí al destino proyectado. Y de milagro no les puse de nombre Boetina I y Boetina II.

En mi caso, mi veteranía toguitaconada ya me ha dado alguna estabilidad, que alguna compensación tenía que tener eso de No pesan los años, pesan los trienios. Pero cada vez que leo las cuitas de mis compañeros más jóvenes esperando que salga un concurso, o que se resuelva, con más avidez que esperaban los hebreos el maná en Sinoué el Egipcio o Moisés, se me hace un nudo en el estómago. Y entiendo que les entren ganas de mandar las Diez Plagas a los responsables. Porque entre llamadas, confirmaciones off the record, correcciones y espera a que se publique, a uno se le van las energías. Y con ellas, alguna que otra mensualidad de alquiler, el plazo para la matrícula del colegio y hasta las ganas de trabajar. Comprensible.

Y todo esto sin entrar en las famosas resultas, que son algo así como un ejercicio de adivinación sin bola de cristal ni ouija que nos auxilie.

Pero así seguimos. Con la inseguridad de no saber adonde vamos a ir a parar en nuestro aparentemente seguro trabajo. Porque no deja de ser una paradoja que, siendo una de las razones que la gente sopesa a la hora de opositar la de esa seguridad en el puesto, acabemos pasando tanta fatiga. Gajes del oficio también en nuestro caso.

Eso sí. No creamos que este tema es algo que solo afecta a quien concursa o pretende hacerlo. Todos hemos visto cómo hay juzgados que languidecen a la espera de que los avatares de la diosa Fortuna cubran las vacantes de juez, fiscal, LAJ, forense o funcionarios, mientras los asuntos permanecen en una mesa durmiendo el sueño de los justos, habida cuenta que los sustitutos o interinos pasaron en muchos casos a la historia. Y eso perjudica a todos los profesionales y, por supuesto al ciudadano, que siempre resulta afectado cuando de Justicia se trata.

Así que hoy el aplauso no puede ser otro que para la santa Paciencia y para la Diosa Fortuna. Que son quienes, visto lo visto, tiene más que decir en este tema.

Lengua cooficial: convivencia


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Aparentemente, el arte es universal, y en cuanto a universal, debería ser entendido por todos, hablaran la lengua que hablaran. Pero eso que parece obvio, no lo es tanto según ante cuál de las musas nos encontremos, y Terpsícore y su teatro nos lo ponen más difícil en cuanto la representación incorpora un texto hablado y previamente escrito. Y ahí nos encontramos con los obstáculos con los que el mundo nos impone desde los tiempos de La Torre de Babel. Por eso hoy en día es impensable el actor que no hable un inglés cuanto menos aceptable, porque el idioma anglosajón se ha convertido de facto en la lengua en la que acaba entendiéndose todo el mundo. Sin perjuicio, por supuesto, de que cuanto más azúcar más dulce, y cuanto más idiomas se conozcan mejor irá la cosa.

Atrás quedaron los tiempos en que a los artistas les bastaba una caída de ojos y una sonrisa, como los que magistralmente empleaba la protagonista de La Niña de tus ojos. para llamar en el más puro andaluz al Doctor Güebels. Tanto es así que las vicisitudes idiomáticas ya han dado su fruto en el cine, como ocurre en Spanglish, con una Paz Vega navegando entre el andaluz y el inglés que a veces me viene a la cabeza en algún que otro juicio.

En nuestro escenario, al menos de momento, nada de inglés. Salvo algunas excepciones que por la población extranjera o por la universalidad de la materia es más que recomendable conocerlo, nos manejamos en perfecto castellano –o español, si se prefiere-, pero, en algunos sitios, con un elemento adicional: la lengua cooficial. Algo que muchas veces se presenta como un conflicto pero que en realidad no lo es tanto. O al menos nunca lo ha sido durante toda mi toguitaconada vida en una comunidad bilingüe.

He de decir que jamás de los jamases he tenido problema alguno de comunicación por razón de lengua. Y que, más allá de alguna anécdota reseñable, la cooficialidad ha transcurrido como una balsa de aceite, por más que reconozca que el castellano es más que preeminente en escritos y juicios. Pero también he de reconocer que he hecho interrogatorios en valenciano y hasta algún que otro juicio, incluido uno ante el tribunal del jurado, cuando las circunstancias de los que allí estaban lo han aconsejado. Y tan tranquilos.

También he conocido de algún juzgado cuyo secretario judicial –hoy LAJ-hacía sus escritos en valenciano. Y tan tranquilos también. Lo que no podemos olvidar es que estamos ante un servicio de ámbito nacional, con cuerpos de funcionarios de ámbito nacional, y que muchos pueden no conocer la lengua cooficial. Pero se soluciona del modo previsto en la ley y punto.

Eso sí, como siempre, hay veces que los medios juegan las malas psadas de costumbre, como no hace mucho en que se nos decía que la traducción oficial de un escrito del valenciano al castellano podría tardar unos cuantos meses. Curiosa burocracia, cuando cualquiera podríamos hacerla en un pis pas, máxime cuando hay multitud de funcionarios en posesión del título oficial de valenciano, habida cuenta que eso les da puntos a la hora de concursar. Y alguna que otra toguitaconada también, por cierto.

En cualquier caso, y como en todo, no dejan de suceder anécdotas curiosas. Cuando en mi primer destino encontré la palabra “palet” escrita en un atestado, creí volverme loca. Estaba convencida que aquello era valenciano y que debía traducirlo como “palito”, con lo cual el hecho no tenía sentido. Hasta que alguien me hizo ver que las cosas son más sencillas de lo que parecen y que no era otra cosa que la denominación de los materiales de construcción apilados. Que, por cierto, habían sido objeto de robo, como bien supondrá el avezado lector.

También recuerdo otra anécdota curiosa. Por aquel entonces, uno de los juzgados había pedido –y conseguido- un traductor de valenciano/castellano con carácter casi permanente. Y allí estaba el hombre traduciendo cosas que todos entendíamos. Fue difícil aguantar la risa alguna que otra vez ante cosas tan chocantes como un impagable “diu que sí” para traducirnos un “sí” como respuesta a una pregunta que, evidentemente, todos habíamos comprendido porque es exactamente igual en ambas lenguas.

Otra de las cosas que sucede a veces es que, cuando se le instruye al testigo de su derecho a utilizar alguna de las dos lenguas cooficiales, no acabe de entender lo que le dicen. Cuando, en perfecto castellano y con toda solemnidad, le dicen una retahíla de derechos que tiene, puede ofuscarse. Como le sucedió a una buena mujer que, tras estar durante gran parte del interrogatorio respondiendo en valenciano con aparente nerviosismo, nos preguntó “¿y cuándo puedo hablar castellano?”. La pobre señora, andaluza de nacimiento y valenciana de adopción, estaba sudando la gota gorda para responder en valenciano, porque había entendido que eso era lo que le decían cuando le explicaron lo de la lengua cooficial. Dio un respiro y, al hablar su lengua materna, comprobamos que no era nerviosismo sino padecimiento porque jamás había tenido que expresarse en esa lengua, aunque la entendía a la perfección. Cosa nada infrecuente por estas tierras, donde son comunes las conversaciones bilingües, en que cada uno habla lo que mejor le viene.

Así que, relax. Dos no riñen si uno no quiere. Y no pongamos trabas en donde no debe haberlas. Que bastante tenemos en Justicia con lo que tenemos

Por eso el aplauso no puede ser otro que no muy fuerte para todos los que, con sentido común y tolerancia, viven la cooficialidad de lenguas como una riqueza, no como un motivo de enfrentamiento. Que  con la que está cayendo ya hay más que suficientes problemas. ¿O no?

 

Sonrisa: arma poderosa


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Nada más cinematográfico que una buena sonrisa. Real o fingida, sincera o falsa, dulce o terrorífica, ocupan un espacio imprescindible en nuestro escenario. Y también fuera de él. Desde las almibaradas de Julie Andrews y su troupe de Sonrisas y lágrimas hasta la espeluznante de Jack Nicholson en El Resplandor, sin olvidar el famosos “Dientes, dientes” de una folklórica hoy caída en desgracia.

Sin embargo en nuestro escenario parece que no sabemos demasiado de eso. La imagen que proyectamos en el exterior es de seres adustos, vestidos de negro y muchas veces tratando de dar una imagen de seriedad que nos aleja del justiciable, nuestro público. Incluso de nuestros compañeros de reparto. Y eso puede llevarnos a transmitir una falta de empatía que desluzca nuestra función hasta el punto de no gustar al público al que va destinada.

Nuestro trabajo es importante, desde luego. Hacer justicia –o intentarlo, que no es poco- es algo tan trascendental que a veces da hasta miedo de pensarlo. Pero la justicia, como he dicho otras veces, emana del pueblo, y a él pertenece. Y no deberíamos hacer que pareciera ajena y distante.

Sonreir cuando procede cuesta poco. Y no añade fundamentos jurídicos de peso a nuestros dictámenes el hecho de caminar como si nos hubiéramos tragado el palo de una escoba. Además de que, como dice el refranero, se atrapan más moscas con miel que con hiel.

Pero que no se me malinterprete. No se trata de andar por ahí carcajeándose en todo momento. Hay ocasiones que requieren seriedad. Incluso hay veces en que cuesta terribles esfuerzos mantenerla, porque la ocasión lo merece y el respeto al justiciable también. Pero todos hemos pasado nuestros apuros cuando alguna anécdota curiosa turba la solemnidad del juicio o de la declaración pertinente. Móviles que rompen el silencio al ritmo de “Dame veneno, que quiero morir” o de la sintonía de La Guerra de las galaxias o Juego de Tronos, investigados que la llaman a una “Señorita” y hasta “Majestad”, testigos que piden la biblia para jurar sobre ella o levantan la mano derecha como si estuvieran en una película americana son muchas de las cosas en las que cuesta mantener la compostura. Pero no queda otra.

Pero en otros momentos, hay que relajar el gesto. Ser amable cuesta poco, y hace ganar mucho. Saludar o dar los buenos días cuando se pasa por el pasillo o se entra en el despacho, sonreir cuando una se cruza con el personal de mantenimiento, pedir por favor que se saque un expediente en lugar de exigirlo y pedir perdón cando los nervios le han puesto a una los pelos verdes y la paga el que más cerca tenía.

Reconozco que soy especialista en soltar sapos y culebras, sobre todo cuando el ordenador se empeña en mantener un pulso conmigo y empieza a hacerme sus gracietas de pedirme tropemil claves, colocar el dichoso circulito dando vueltas y, cuando he conseguido acceder a la anhelada pantalla, desparece como por ensalmo y vuelta a empezar. O cuando, a punto de irme de vacaciones, una inoportuna causa con preso destroza mis expectativas. Y últimamente, cuando el BOE o las noticias me dan cualquier sorpresa de esas a las que nos vamos acostumbrando. Y claro, pobre de quien se acerca en esos momentos. Si me dieran un euro por cada vez que he tenido que pedir disculpas por esas reacciones, sería millonaria.

Pero menos mal que tengo la amiga sonrisa para contrarrestarlas. La saco de paseo, y parece que todo se relativiza. Y que, además, es posible seguir trabajando aunque tengamos que seguir luchando contra los elementos. Como La Armada Invendible si hace falta.

Así que hoy el aplauso es para todos los que consiguen que nuestro teatro, pese a todo, siga funcionando, y lo haga de ese modo amable que hace todo más fácil. Aunque a veces sea francamente difícil.

Decorados: imaginación al poder


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Hemos hablado del escenario, del propio teatro y hasta de los exteriores. También del atrezzo, del vestuario y el maquillaje. Pero no habíamos dedicado todavía ningún estreno a los decorados, esa parte que a veces no percibimos pero que puede determinar el éxito o el fracaso de una obra. El piano de Sam de Casablanca, el carro de Lo que El Viento se llevó  o el teléfono de ET El Extraterrestre son una referencia por la que cualquier coleccionista mataría. Como el árbol de Navidad en cualquier representación del Cascanueces que se precie.

También nosotros tenemos nuestro propio decorado. En muchos casos, orgánico e institucional, personal en otras pero, las más de las veces tan improvisado e ingenioso que recuerda a aquel lema de Mayo del 68, Imaginación al poder.

Pero vayamos por partes. La salas de vistas tienen, o suelen tener, su bandera y su fotografía del rey, al igual que algunos despachos. Todavía recuerdo que no hace mucho, cuando cambiamos de rey por vez primera desde hace muchos años, surgió la necesidad –o no- de cambiar los retratos. Tenían que jubilar aquella imagen ya descolorida en que el rey aparecía en sus años mozos con placa, toga de terciopelo y medalla por otra nueva. Alguien del personal de mantenimiento pasó por mi despacho, como por otros muchos, preguntando si queríamos cuadro y una bandera nueva. ¿Nueva? Jamás he tenido y, entre otras cosas, ni me lo he planteado, porque no cabría en mi despacho. Pero igual que yo recuerdo su llegada, es posible que aquel empleado recuerde Por siempre jamás mi mirada propia de asesino en serie tras virar la cabeza como la niña de El Exorcista. Llevaba más de una año esperando que alguien viniera a colocarme un enchufe, mi compañera tenía la ventana rota y fijada con cinta aislante desde la noche de los tiempos y todos andábamos a la greña por una grapa que casara con la grapadora o por un triste taco de pósits. Pero parece que aquello no fue nunca prioridad y el cuadrito de marras sí. Y claro, mi fiscalita interior no pudo evitar revolverse encima de sus tacones. Ni que decir tiene que no se volvió a ver a aquel pobre señor por allí, y que en nuestros despachos no hay nada de eso. Ya lo tenemos decorado con tochos de expedientes, mucho más bonitos, dónde va a parar.

Y en las salas de vistas debiera haber, además del cuadro y la bandera, una campanita o timbre que es lo propio de la tradición judicial española. Nada de mazo, por más que la gente se lo crea. Eso es propio de la cultura anglosajona, como la peluca de los jueces, aunque parece que nos hayamos empeñado en exportarlo. Y en algunas, sobre todo si son antiguas, una pomposa cinta de pasamanería que separa los estrados del sitio donde está el banquillo del acusado. Incluso hay un cenicero escondido y un brasero a los pies, ambos inutilizados, en alguna sala vetusta, recuerdo de otros tiempos y que nadie ha quitado. Eso sí, en esa misma sala vetusta convive con estas reliquias un aparato climatizador del año de la pera que tira a duras penas y las inevitables palomas que con frecuencia entran por la ventana y entretienen a los señores magistrados. O enervan, según se vea. Lo que una amiga magistrada llama las palomas tesejoteras, y a las que, aunque no lo confiese, ha acabado cogiendo cariño.

Pero además de este decorado oficial está el extraoficial, ese que improvisamos a falta de nada mejor. Y que nadie crea que exagero, que hay cosas que dejarían en mantillas el vestido que se hizo Escarlata de la cortina de terciopelo verde -borlas incluidas- en Lo que el viento se llevó o ese otro que se confeccionó la protagonista de Ay Carmela con la tela floreada de un colchón. Y, a quien no me crea, que se dé un paseo por algún Juzgado de Mercantil donde a falta de estanterías suficientes se ha realizado un esmerado bricocartonaje judicial que ríase usted del tipo de Bricomanía, a base de cartones, cinta aislante e ingenio a partes iguales  (estupendos reportajes en el blog de Alberto Martínez de Santos No atendemos después de las dos). O que mire por cualquier dependencia donde el chorro de aire acondicionado amenaza con paralizar para siempre la garganta y las cervicales de quien esté por allí, y que ha sido desactivado mediante la colocación de paraguas invertidos que dan un curioso aspecto a los despachos. O también puede echar un vistazo a los calefactores o ventiladores que suplen las deficiencias de una climatización supuestamente inteligente. Por no hablar de los cubos que en algunos sitios forman parte del entorno para recoger el agua de las goteras, no vaya a crearse un entorno de estalagtitas y estalagmitas con el tiempo. Y suma y sigue.

Pero mis preferidos son los pongos -de «¿dónde pongo yo esto?»-. Esas tonterías con las que algunos alegramos nuestros despachos, como las que muestra la imagen, y a los que le tengo especial cariño vaya usted a saber por qué. Y reconozco que aún estoy esperando el perrillo de los ojos brillantes y un muelle en el cuello que veía en los coches en mi infancia y que me encantaría tener para ampliar mi colección de pongos. Aviso a navegantes.

Así que hoy el aplauso es para el ingenio de quien suple las deficiencias con buena voluntad y una dosis de humor. Y que no falte.

 

Conflictos: piedras al tejado


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Divide y vencerás. Un viejo dicho que siempre usan los más listos para ganar a los que no lo son tanto. O a los que, como dice la canción, piensan que “To er mundo e güeno”.Porque desde que el mundo es mundo, en el teatro y fuera de él, esto es algo que no falla. Convertirnos en Enemigos irreconciliables en vez de ser Mucho más que amigos cuando más lo necesitamos. Y olvidar una máxima que se repite, y en la que tantas veces está la clave del éxito. Desde los Tres Mosqueteros y su “Uno para todos y todos para uno” hasta el “Todos a una, Fuenteovejuna”, pasando por el sonsonete de una película que vi varias veces en la tele y se me quedó grabado, Botón de Ancla, “todos unidos, unidos todos, los venceremos de todos modos”.

Pero no es tan fácil. Y más cuando las cosas no van bien. Demasiadas veces llega el momento en que la corista quiere suplantar a la estrella y algún desalmado aprovecha para enemistarlas. Y al final, es la función la que es un desastre y el público quien pierde.

Y en nuestro teatro parece que de esto sabemos un rato largo. Como a perro flaco, todo son pulgas, siempre hay alguien que aprovecha el tirón para enfrentarnos entre nosotros y dejar de dirigir nuestra ira precisamente a quien la causa. Craso error que no nos lleva a ningún lado y nos hace perder fuerza.

Recuerdo que cuando empecé mi vida toguitaconada, recién llegada a mi primer destino, esperaba ansiosa los consejos de mis colegas más veteranos –cualquiera que llevara cinco minutos lo era-. Y me encontré con uno que me dejó pasmada: “aquí no nos hablamos con los jueces, se les recurre todo”. Ni que decir tiene que me quedé muerta, con lo que me gusta a mi el buenrollismo. Por no hablar de que bastante tenía con superar las pilas de papel que me estaban esperando como para entretenerme en encontrar motivos donde no los hubiera con tal de fastidiar a la carrera hermana. Por fortuna, la sangre no llegó al río ni era tan fiero el león como lo pintaban, y ni yo recurrí todos las resoluciones ni ellos tampoco lo hacían. Pero aquella bravuconada de los compañeros con más muescas en la toga ante quienes no más acabábamos de estrenarla decía mucho de lo que me iba a tocar vivir en lo sucesivo.

La vieja rivalidad entre jueces y fiscales es un clásico, parte leyenda y parte realidad. Pero no es la única. Fiscales y Abogados, LAJ,s y funcionarios, Abogados y Procuradores, titulares y sustitutos, todos haciendo uso de un corporativismo mal entendido –o no- mientras los verdaderos culpables de que la justicia no funciones se frotan las manos viendo el espectáculo. Quién trabaja más o quién trabaja menos, según se mire. Como si eso importara realmente en lugar de cómo se trabaja. Incluso, cuando las cosas se ponen feas, tirándonos los trastos entre nosotros en guerras fratricidas, en la discusión inútil si en una jurisdicción se sufre más que en otra, o si un destino es más ingrato que otro.

Y lo malo es que, en cuanto los ánimos se soliviantan, florecen las disputas. Y es difícil que los ánimos no estén soliviantados con la que está cayendo. Con una justicia paralizada a la espera de medios, de plazas y de condiciones dignas para todos. Y cuando digo para todos, me refiero a todos, no sólo a los que estamos a un lado de la barrera. A los que cobramos de la administración y a los que no, como los sufridos abogados de oficio reclamando día sí y día también la dignidad de su función. Y con razón. O como los opositores, que se dejan la vida entre reformas y carencia de plazas. O como los desahuciados sustitutos. Todos es todos

Acabamos de tener una muestra. Saltó la chispa de las revisiones por la ocurrencia de limitar la instrucción a seis meses con inversión cero, y empezaron a surgir aquí y allá focos del incendio. Fiscales que se quejan de LAJs o abogados que se quejan de fiscales, por poner un ejemplo. Y algún altavoz empeñado en dar aire al incendio y propagar las llamas en vez de buscar al verdadero culpable y llamar a los equipos de extinción. Y por más que luego lleguen las disculpas y las aclaraciones, perdemos un tiempo precioso y una energía no menos preciosa en dirigir nuestra ira en la dirección correcta.

¿Cuándo aprenderemos?. Yo reconozco que tal vez habite en Los Mundos de Yupi, pero ninguna queja tengo de la juez ni la LAJ con las que trabajo habitualmente, ni de la juez ni los funcionarios. Más bien lo contrario. Nos arremangamos las togas y nos mojamos las rodillas juntas si es preciso. Entiendo que somos un equipo y luchamos contra los malos. Y colaboran en el mismo sentido los funcionarios, los abogados, los procuradores y todos los que transitan por nuestro teatro. Solo así podemos tratar de hacer justicia, que ya bastantes palos nos ponen en las ruedas como para hacerlo más difícil.

Así que hoy, en vez de aplauso, me descolgaré con una invitación. La que hago a todos para que trabajemos juntos y también para que reivindiquemos juntos todo lo que nos falta. Que es precisamente lo que impide que ofrezcamos una función tan lucida como nos gustaría

Dejemos los tomates para quien realmente los merezca y, si hace falta, tirémoslos juntos. De lo contrario nos arriesgamos a que nos revienten en las togas y no lleguen a su destinatario.

Que como bien decía Cervantes, es desatino siendo de vidrio el tejado, tomar piedras de la mano para tirar al vecino…

 

 

 

Sedes: los pies sobre la tierra


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A lo largo de este recorrido por los recovecos del espectáculo hemos visto de todo. Desde las tablas hasta las bambalinas, desde los personajes más visibles a los más ocultos, desde lo más prosaico a los sentimientos más escondidos. Pero no habíamos hablado de esa gran caja que lo contiene todo, ese edificio donde se aloja nuestro teatro y sin el cual no podría existir. El Cinema Paradiso de nuestro día a día, y de nuestro revival también.

Por desgracia, cuando pienso en sedes judiciales – o de fiscalía, que también existen, como Teruel- lo primero que se me viene a la cabeza es aquello de Esta casa es una ruina. O el título de aquel ya vetusto concurso de televisión, Si lo sé no vengo. Y hasta ganas me entran de montar un concurso tipo Un millón para el mejor para ir viendo ejemplos, y a ver quién adivina El Precio Justo del presupuesto gastado en mejorar las instalaciones judiciales. Y pensando, se me ocurre ahora que eso del papel 0 igual les confundió, por eso de que somos de letras y nos cuesta sumar dígitos. O no.

La cuestión es que, al igual que no hay obra que se pueda representar sin un edificio o entorno que contenga el escenario y todo lo necesario, tampoco nuestra función se puede representar sin él. Y que cuanto más digno sea uno, más lucida será la otra. Y viceversa. ¿O alguien se imagina cómo quedaría El Rey Lear o Hamlet si las dependencias de palacio fueran cajas de cartón o escombros varios?

Pues eso. A nosotros nos toca muchas veces representar importantes obras entre ruinas, improvisar soluciones o hacer apaños.  Casi casi como el árbol de cartón de las funciones escolares de Navidad del tipo de Love Actually. Aunque por supuesto, ya quisiéramos en más una ocasión un atrezzo tan elaborado como aquel traje de crustáceo del hijo de una de las protagonistas, por más que confieso que nunca entendí muy bien qué pintaba en una representación navideña.

Y es que cuando de sedes judiciales se trata, de todo hay en la viña del señor. Desde algunas tan indignas que franquean -si no entran de lleno- en los límites de la salubridad laboral, hasta un tufo de pretendida opulencia que ha acabado quedándose en muchos casos en agua de borrajas. No hace falta que cite casos concretos, pero todos conocemos de buena tinta faraónicos proyectos de Ciudades de Justicia que están durmiendo el sueño de los justos. O más bien, de los injustos.

Pero no hace falta irse tan lejos. Recuerdo que en los años en que permanecí adscrita a uno de los partidos judiciales de mi fiscalía, tuve oportunidad de poder asistir hasta cuatro veces a la colocación de la primera piedra en las nuevas dependencias judiciales. Ni que decir tiene que, si no me fallan los cálculos -que ya he dicho que somos de letras- irán colocadas cuatro piedras, porque no hay más, si no es que mi sucesor ha tenido alguna otra oportunidad . Y claro a este paso, ni Keops, Kefrén y Micerinos juntas. Hasta podrían rodar La Momia allí, si dejan pasar un par de siglos.

Mientras tanto, hay sedes que se caen. Literalmente. Las he visto de todos los colores. Incluso con minúsculos habitantes del mundo animal dentro, campando por sus fueros. Por no hablar de problemas de accesibilidad, que eso ya son palabras mayores. Recuerdo un lugar donde la consulta del forense estaba en un cuarto piso sin ascensor. No es difícil imaginar lo cómodo que resultaba a todos los lesionados que tenían que ser visitados.

Fiscalías en plantas de edificios de vecinos, plantas bajas donde las goteras convierten a los cubos de agua en parte del mobiliario, techos que van desprendiendo cascotes y cosas parecidas se siguen viendo con mucha más frecuencia de la que se imagina. No hay más que bucear un poco entre recortes de prensa y aparecerán miles de ejemplos.

Y no solo eso. Es que incluso en los edificios casi nuevos y casi emblemáticos, es tan poco el presupuesto que se gasta en mantenimiento y tanta la improvisación que se ven cosas verdaderamente absurdas. En la Ciudad de la Justicia de Valencia, que tiene poco más de diez años, se construyó un aparcamiento para el furgón de presos en cuya puerta de acceso no cabía dicho furgón, sin ir más lejos. Si a eso añado que la solución fue cambiar los furgones, está casi todo dicho.

Y no sé por qué razón se empeñan en congelarnos o derretirnos debajo de nuestras togas. No sé por qué extraño motivo todos los edificios judiciales, o muchos de ellos, tienen seriás deficiencias en el sistema de climatización. Y pasamos del modo cocido al modo pingüino en un nanosegundo. Y no digo lo de Un pingüino en mi ascensor , como aquel grupo musical de hace un tiempo, porque lo de los ascensores también tiene su aquel. Que fallan tanto que a veces una no sabe si agradecer a la Administración de Justicia que cuide por su salud y por su econocmía: nos obliga a hacer ejercicio y nos ahorra un dinerillo en gimnasio. Para que encima nos quejemos, vaya.

Las anécdotas serían miles. Pero me quedo con dos. La primera, ocurrida en mis primeros años de fiscal. Tenía que por aquel entonces despachar un juzgado a unos kilómetros de la fiscalía -el escalafón es lo que tiene-, y estábamos en pleno verano, tiempo de fiestas patronales. Los toros se celebraban en la misma plaza que estaba el juzgado y juro por lo más sagrado que en más de una ocasión hube de correr sobre mis tacones para atravesar la improvisada plaza, maletín en mano y miedo en el cuerpo, porque nadie había previsto que aquella ubicación no era la más correcta. Porque, aunque fuera fiesta, los delincuentes tenían el mal gusto de no respetarla, y había que ir. La sede cambió, es cierto, pero hace mucho menos de lo se puede imaginar. Y sé que no he sido la única de tener que emular involuntariamente a un mozo pamplonica en plenos Sanfermines.

La segunda, de poco después. Recuerdo una visita de un Director general en que ofrecía su número de teléfono para cualquier contingencia. Al cabo de poco tiempo, el Juzgado se inundó, con una canitdad de agua que amenazaba convertirse en Niágara. Y la juez, no corta ni perezosa, echó mano de la tarjeta y llamó al susodicho Director General, que aseguró que mandaba de inmediato a un equipo para solucionar el tema. Y lo cierto es que no tardó mucho tiempo en llegar el prometido “equipo”. Que no era otro que la misma empleada de la limpieza de siempre debidamente equipada con…una fregona, un cubo y varias toallas.

Así que hoy el aplauso, como no podía ser de otro modo, va para todos los que achican agua, fumigan bichos, saltan obstáculos, suplen con ingenio las deficiencias de la climatización, y, pese a todo ello, trabajan como si estuvieran en las mejores condiciones posibles. Que ya nos vale.

 

 

 

 

 

Sistemática: el caos


sistemática

Los artistas tienen fama de anárquicos. Ya lo he dicho otras veces. Pero entre la anarquía simpática y el caos absoluto hay una línea que nunca se debe traspasar. La que distingue una buena de obra de un desastre absoluto. Porque hasta para improvisar hay que estar preparado. Y nadie pagaría una entrada por ver una obra cuyo nombre se ignora, o sin tener idea del elenco. Y menos aún, por algo en lo que sea imposible encontrar una mínima coherencia o línea argumental. Vive como quieras, desde luego. Pero que el espectador sea capaces al menos de saber que vives y qué es lo que quieres.

Y hay veces que los guiones de nuestro teatro dan esa sensación de anarquía. Y si nos descuidamos, acabamos cayendo en el caos. Y no es para menos.

Comentaba con un buen amigo la falta de sistemática absoluta de algunas de las líneas sobre las que se ha de basar nuestro espectáculo. Casi hicimos una porra. El, civilista de pro, apostaba por el Código Civil. Yo, que soy más jurista de sangre, vísceras y sexo, por la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Pero, sin ánimo de hacer spoiler, adelantaré que la cosa quedó en tablas. Y seguro que si se hubieran unido al debate otros actores de otras ramas de derecho, hubieran hecho su propia apuesta. Hagan juego señores. Que ya estoy oyendo la música de El Golpe y viendo a Redford y Newman juntos.

Pero nuestros Código son viejos, por no decir viejunos, y la obsolescencia es lo que tiene. Y ojo, que nadie piense que me quiero cargar todo el sistema jurídico español de una tacada. No pretendo tanto. Pero sí llamar la atención de algo que nos angusta. O al menos desahogarme. Blogterapia, que tampoco está mal.

Aún recuerdo que mi primer Código Civil, ése que me acompañó desde primero de carrera, estaba subtitulado como “el centenario de una gran obra legislativa”. Centenario. Y ya hace unos cuantos años. Tiempos en que nadie soñaba que existieran unas teclas desde las que yo escribiría algo que leerían desde cualquier punto del planeta. Si es que quisieran, claro. Pero la cuestión es que a veces buscar el precepto acertado se convierte en Misión Imposible, si pretendemos hacerlo haciendo uso de la lógica. Que se lo digan o no a los sufridos opositores. O, al menos, a mí cuando era tal, que me sentía invadida por El espíritu de la dislexia, porque el modo de ir situados los artículos, con saltos de más de 100 números entre preceptos que deberían estudiarse juntos, hacía esforzarse a mi capacidad nemotécnica Al Límite. Los años que estudiamos peligrosamente. Y ahí sigue, con pocas reformas o no demasiadas en comparación con otros, y cumpliendo años uno tras otro. Y con el botox adicional de las diferentes operaciones de estética legislativa le han insuflado.

Y por otro lado, nuestra ley de enjuiciamiento criminal. Retrotrayéndome también a mis tiempos de estudiante, recuerdo que en la Facultad no veía al Derecho Procesal pies ni cabeza. Eso de trocearlo en virtud de un programa preestablecido, de saltarse temas por problemas de tiempo, o de saltarse clases también –que la culpa no va a ser siempre de los demás- hizo que durante toda la carrera no diera con la sistemática del derecho procesal. Alguien me dijo que le vio su sentido cuando se metió de lleno en la oposición, y comparto por completo su visión. Y añado que esa otra obra centenaria anda pidiendo a gritos la jubilación porque no admite ni medio lifting más. ¿Exagero? Tal vez, pero que alguien me explique por qué se llama procedimiento abreviado a un proceso que pùede durar años, porque se le considera un proceso especial cuando por él se juzgan la inmensa mayoría de los delitos, y por qué se llama ordinario a un procedimiento –el sumario- cuyo uso es absolutamente extraordinario. Y eso por poner algún ejemplo. Sin entrar en esos cambios de nombres que nos vuelven tarumbas, y de los que el legislador no se acuerda de retocar en eso que llamamos preceptos concordantes. Así que no han desparecido referencias a las faltas, o a la pena correccional y hasta algún «imputado» sigue escapándose pese a que se hayan empeñado que la solución a los problemas de la justicia consiste en llamarlos «investigados».

Recuerdo también que hubo una reforma que se refería a las defraudaciones medidas en ecus, en el colma de la modernidad del legislador de aquel momento, y que ahí quedó por una buena temporada aunque semejante unidad monetaria nunca llegara a existir de facto. Y seguro que saldrían más ejemplos.

Y mientras volviéndonos locos con el GPS legislativo activado a ver si encontramos la norma aplicable en el tiempo, dada la afición reformista que ha invadido últimamente. Y plagados de bis, quater, y hasta quinquis, a pesar de que hay quien proscribe el uso del latín. Quizá habría que poner estos añadidos en esperanto, por si las moscas. Y programar ese idioma en el GPS que alguien debería inventar.

Así que hoy va un aplauso extra. Para los juristas, que con su brújula siguen empeñados en orientarse y orientarnos en este maremágnum del derecho. Y para los estudiantes, y especialmente, para los opositores, sufridas víctimas de estas cosas. Que la fuerza os acompañe.

Extensión:¿defecto o virtud?


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Hay un conocido dicho que reza eso de que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Y Shakespeare ya dijo que “la brevedad es el alma del ingenio” –cita ésta que he tomado prestada del perfil en redes de na buena amiga-. Y tanto la sabiduría popular como el dramaturgo británico tienen buenas dosis de razón. Pero el problema no es tan sencillo. Y estriba en saber cuál es la justa medida. Ni quedarse corto ni pasarse. Esto es, ni calvo ni siete pelucas.

El mundo del espectáculo da buenas muestras de ello. No sé qué moda se ha impuesto hace tiempo de considerar que las películas son mejores, y tienen más posibilidades de ser oscarizadas si su metraje excede de lo común. Y reconozco que a mí me aburren cuando se pasan de contemplativas. Seguro que a alguien le parece una herejía pero Pasaje a la India o Titanic me parecieron un tostón. Y a Ben Hur le quitaría media horita, la verdad. Aunque también he de decir que otras películas como a La Lista de Schindler o La Misión no le sobra ni medio minuto. Pero claro, para gustos hay colores. Aunque no estaría de más reconocer el mérito de contar en hora y media lo que otros necesitan tres horas para contar. Talento.

Y todo esto es algo que se traslada a las mil maravillas a nuestro escenario. Máxime ahora, que alguien ha tenido la ocurrencia de pretender limitar la extensión de los recursos por razones más logísticas que intelectuales. Y eso sí que no.

Hay que admitir que desde que el imperio del teclado ha irrumpido en nuestra vida, las cosas han cambiado. La creación intelectual cede muchas veces en defecto de un uso y abuso del corta-y-pega  y del uso de plantillas. Justo es reconocerlo. A uno y otro lado de los estrados, con puñetas en la toga o sin ellas. Pero no se puede simplificar y echar el tijeretazo sin más. Y, al igual que no tiene la misma complejidad una conducción etílica que un blanqueo de capitales, tampoco se puede tratar de igual modo a los recursos interpuestos.

Es cierto que todos, en sentencias, resoluciones y dictámenes varios, echamos mano de esos recursos y que a veces se engordan innecesariamente los escritos. Larguísimas introducciones sobre la presunción de inocencia o sobre el valor de la jurisprudencia se repiten un escrito tras otro, hasta el punto de llegar a saltárnoslo porque ya lo conocemos, tipo de letra, interlineado y párrafo incluido. Pero el derecho a expresarse es libre, y más aún cuando se trata del sacrosanto derecho de defensa. Y no se puede limitar simplemente con el pretexto de agilizar, porque sería reconocer que la celeridad es preferible a la calidad. Y menos aún por una razón informática, porque acaba convirtiéndonos en siervos del un sistema que estaba ideado para servirnos a nosotros.

Pero hay más. Y es una enorme paradoja. En tiempos en que nos venden el papel 0 como si se tratara del elixir de la eterna juventud, se les ocurre limitar el número de folios. A ver, señores, el expediente electrónico se supone que no se escribe el folios. Y que una de sus ventajas es su capacidad de almacenamiento ilimitado. Por no hablar del tipo de letra y demás zarandajas, que nada tienen que ver con Justicia ni derechos, que es de lo que se trata.

Cuando yo hacía mis prácticas como fiscal, mi adorado y llorado tutor me dio un consejo que no olvidaría nunca: empezar a ver el expediente “por el trasero”. Esto es, ir al final, leer de que dan traslado, o lo que se pide, y con esa perspectiva A Vista de pájaro, empezar a examinar folio a folio desde el principio. Porque cualquiera que esté familiarizado con esos enormes expedientes judiciales sabrá que, por largos que sean los escritos de cualquiera de los que en él intervenimos, eso es siempre es una mínima parte de los legajos. El grueso del volumen está en las mil y una copias del mismo escrito cada vez que se hace na citación, los tropecientos documentos que se aportan para cada cosa, con todos sus sellos y membretes, los poderes para pleitos y un montón de cosas más. Lo que llamamos “morralla”, y entre los cuales a veces es más difícil encontrar la miga que una aguja en un pajar. Así que en todo este maremágnum, que los escritos tengan 12 o 100 folios es el chocolate del loro. Ni más ni menos.

Así que, señores, no intenten arreglar la justicia con esas mindundeces, Como lo de limitar el uso del latín, al que ya dedicamos un estreno  mucho antes de eso y que, aunque a veces puede resultar pedante, no deja de tener su punto. Y que por cierto, podría resultar útil ahora porque comprime más las palabras y frases. Alea jacta est.

Por eso hoy estoy por no dar aplauso ni abucheo .Porque igual uso más caracteres de la cuenta. Que cada cual lo haga a su gusto. Eso sí, en times new roman y a doble espacio, por favor.

Más revisiones: ¡Auxilio!


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El mundo del espectáculo es proclive al recuerdo. Los remakes, las segundas partes, o los llamados Episodios 0 dan mucho juego y suelen ser agradables de ver. Y además, de nada se aprende más que de la experiencia, y, como reza un dicho “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” Quizás por eso el mundo del celuloide, y el del teatro, tengan tanta querencia a filmes históricos o que recrean otra épocas. Nuestro cine no sería nada sin películas que revisan una vez y otra nuestra reciente historia, la Guerra Civil y la posguerra. Como Ay Carmela, teatro dentro del teatro. Porque Las bicicletas son para el verano. Y, aunque no lo parezca, no todos somos Los Santos Inocentes.
Y, si de inocentes hablamos, tremenda inocentada nos han hecho en nuestro escenario con eso de las revisiones. Porque el afán revisionista ha ido más allá de ese al que ya nos tienen acostumbrados, el que surge de una reforma que hace revisar todo aquello a lo que pueda afectar, y al que ya le decíamos otro estreno pidiendo socorro
Pues bien, nuestra llamada de socorro no solo ha sido ignorada por el legislador -cosa a la que ya nos tiene acostumbrados, por cierto- sino que se ha refocilado en ello, endilgándonos unas revisiones extra al amparo de una reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que pretendía agilizar y hace todo menos darnos lo necesario para ello: medios materiales. No olvidemos la moda del disposicionadiciolaismo low cost, consistente en hacer preceptos pretendidamente ambiciosos en sus fines con una coletilla que dice que no supondrán dotación de medios materiales ni personales. Lo que en algunos sitios se traduce por mucho te quiero perrico, pero pan, poquico.
Y ahí estamos. Porque a pesar del grito desesperado que desde asociaciones y profesionales lanzamos de que suspendieran la entrada en vigor de semejante pesadilla, nos han respondido con eso de No habrá paz para los malvados y a jorobarse tocan. Y ni la tenue esperanza de que las urnas nos proporcionaran un Salvados por la campana ha visto la luz.
Así que, mientras desde determinados estamentos se presume de agilizar con la implantación del Papel 0 , la realidad es bien otra. La que consiste en que, por mor de esa reforma sin presupuesto, nos obliga a los fiscales a arremangarnos las togas e irnos al juzgado –o a los juzgados, que muchos fiscales llevan más de uno- a coger todos esos expedientes que son todo menos electrónicos. Con dos instrumentos fundamentales: el posit y el boli bic. Un verdadero prodigio de la tecnología, como todo el mundo sabe. Y, una vez desplazados a ese juzgado que en muchos casos dista muchos kilómetros de nuestro juzgado, encontrar un hueco donde poder plantificarnos a mirar tomos y tomos que en muchos casos jamás habían pasado por nuestras manos. Y no porque no hubiéramos querido, sino porque la ley no le prevé, ni más ni menos.
Me decían unos “compinches” cuando se lo contaba que me imaginaban con la toga llena de papelitos amarillos a modo de volantes cual si de traje de faralaes se tratara. Aún estoy ojiplática pensando si me han puesto un espía, porque deben haberme visto. Pero eso deberá pasar al secreto de sumario, me temo.
Y conste que esto no es llorar por llorar. Ni hacer corporativismo fiscaloide, que en todas partes cuecen habas. Que menudo trabajo han dado a los pobres LAJ que también han tenido que arremangarse para ir sacando todos esos expedientes a los que la ley ha puesto una bomba con temporizador incorporada. Y a los jueces que, después de que nosotros hayamos colocado el pósit, tendrán que poner la resolución acorde con el mismo. Y a los funcionarios, que tendrán que hacer lo propio. Y hasta el infinito y más allá.
Pero no solo a este lado del banquillo. Al otro lado, los abogados también ven como sus procedimientos tienen el temporizador colocado, y según sean acusación o defensa, puede venirles bien o mal. O no estar de acuerdo con esa declaración de complejidad  que se ha convertido en la varita mágica para conseguir un respiro, y tener que recurrirla no se sabe muy bien cómo. Y hacer entonces correr a su procurador, que ya se sabe que los juristas que se agobian unidos permanecen unidos.
Y mientras, en un universo muy lejano, afirman que esto sirve para agilizar. Sin pensar que sin más gente no se hace más trabajo. Y que los posits son pequeños, pero no son el Papel 0 que nos están vendiendo. Y que decir que se instruirá en seis meses es tan fácil como decir que se prohíbe el hambre en el mundo. hablar por no callar. Lo difícil es dar de comer sin tener pan.
Eso sí, las causas nuevas siguen entrando al mismo ritmo mientras nosotros prestamos atención a las estaban en camino. Y, dentro de otros seis meses, volveremos, si nadie lo remedia, a llenarnos las togas de papelitos amarillos a modo de volantes y a cantar a ritmo de sevillana eso de que no nos falte de na, que no que no….
Así que hoy el aplauso va para el posit, el boli bic y poco más. El abucheo lo dejo a gusto del consumidor. Y el grado del mismo también. No se corten.