Multa: a pasar por caja


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Ya lo decía el mismísimo Quevedo desde antiguo. Poderoso caballero es Don Dinero. Y no le faltaba razón. Tal vez por eso en el teatro, como en la vida, hay tantos argumentos basados en motivos económicos. Toma el dinero y corre,  Dólares, La muerte tenía un precio, o El color del dinero por citar algunas. Aunque, como título monetario, prefiero el castizo 1 franco 14 pesetas de nuestro cine. Y es que El poder del dinero es mucho.

En nuestro teatro el dinero aparece de múltiples maneras y es el protagonista de varias jurisdicciones, particularmente la civil. Pero este estreno no va a tratar de las cuestiones monetarias como objeto del pleito, sino como pena o como sanción. Y va a ser el Derecho Penal, una vez más, la estrella de esta función.

La pena de multa es, desde siempre, una de las penas posibles a imponer según nuestro ordenamiento. Y, aunque haya a quien rascarse el bolsillo le sea especialmente doloroso, no es en teoría de las peores penas que se pueden imponer. La pena de multa es mucho menos gravosa para el penado que cualquier otra pena, porque ésta solo afecta al patrimonio y las otras afectan a derechos tan fundamentales como la libertad. No obstante, no hay verdades absolutas, como veremos a continuación.

En este tema, lo primero que hay que aclarar es la diferencia entre lo que comúnmente conocemos como “multas” y la pena de multa impuesta en un juicio penal. Las multas de tráfico, esas que nos llenan de rabia porque nos han pillado con el carrito del helado, no son penas. Aunque a veces, si se lían mucho las cosas, pueden acabar en cosas peores.  No olvidemos que esa escena que tantas veces vemos en las películas, de alguien tratando de sobornar al policía para que no le ponga la multa, es delito en nuestro Código penal. Como también lo es el hecho de quedarse con su importe, como hizo en su día el otrora flamante marido de la hija de una folclórica.

Tampoco las multas impuestas en el ejercicio de otras actividades son penas, como las que sancionan a algunos locales por no cumplir las normas sobre horario, ruidos o cualquier otra cosa, o esas tan temidas que pone Hacienda. Estas multas, aunque su importe sea a veces mucho mayor que el de una pena, tienen diferencias con estas, entre otras, que no suponen antecedentes penales que te impidan sacarte la licencia de armas o presentarte a oposiciones, por ejemplo. Lo que ocurre es que el cálculo de las multas responde a muchos factores y no siempre se acierta. Recuerdo un ejercicio práctico que nos pusieron en la Escuela judicial sobre un horno que vendía bocadillos y bebidas a lo largo de toda la noche infringiendo las normas sobre horario comercial y que, aún siendo sancionado cada fin de semana por volver a abrirlo, lo hacía porque le salía a más a cuenta pagar una multa tras otra y continuar con la actividad, que obedecer y no ser multado. Y es que el resopón tras una noche de juerga salía muy rentable

Y, como decía, al lado de estas, están las multas penales. Que, por el modo en que se calculan, arrojan muchas veces cantidades ridículas en relación con las circunstancias. Recuerdo que, cuando no tener el seguro obligatorio del coche era ilícito penal, la pena de multa era irrisoria en relación a la que ponía hasta entonces la Administración por el mismo hecho. Y, como es norma de Derecho, cuando un hecho puede ser punible en dos vías, hay que optar por una u otra, siendo la penal la preferente. Por eso el precepto duró poco, porque a la Administración le salía la torta un pan. Era más barato no tener seguro que no llevarlo encima.

Las multas penales se calculan -salvo en el caso de ser proporcionales- por el sistema de días multa. Esto significa que se asigna un valor a la cuota diaria en función de los recursos del obligado. Pero eso es pura teoría, porque en la práctica, imposibilitados de averiguar uno por uno  el patrimonio de cada denunciado, se acaba acudiendo a unos estándares, fijados en general por aproximación. Lo que no se puede interpretar, como hizo en su día un periódico, es que una multa de 20 días con cuota diaria de 10 euros quiera decir que el penado tenga que ir cada día al Juzgado con 10 euros en la mano. Pero juro que no solo lo publicaron así sino que llegaron a intentar un seguimiento del famoso en cuestión yendo a pagar sus 10 euritos diarios. Infructuoso, huelga decirlo.

Pero la cosa no es tan sencilla. Además de la multa por cuota diaria, está la multa proporcional, la que se impone, por ejemplo, en los delitos de tráfico de drogas según la cantidad incautada y su valor. Y existen, también otros casos de multa que no son penas propiamente dicha. Es lo que ocurría con la sustitución de determinadas penas no graves por multa, que fue dejada sin efecto por la reforma del Código penal de Julio de 2015. Ahora la multa es una de las posibles reglas de conducta a imponer como condición en el caso de que se suspenda la pena a una persona -por ser delincuente primario y no estar castigado a más de 2 años de prisión, generalmente- y, además,solo puede imponerse si entre ellas no existe una relación económica como la de pagar una pensión. Un puzle que hay que ir cuadrando y cuyas piezas nunca acaban de encajar bien.

Otra cosa importante a aclarar es que la multa se paga siempre después de la responsabilidad civil. Esto es, si alguien tiene que indemnizar por las lesiones causadas al lesionado, esto se paga antes que la multa. No se vale ser listillo, pagar la multa y quedar insolvente. Que no nos tomen por tontos.

Por último, no hay que olvidar que la multa impagada no se queda así. Se sustituye por responsabilidad subsidiaria, esto es, 1 día de privación por cada 2 cuotas no satisfechas. Esta advertencia ha dado lugar a verdaderos milagros presenciados por mí y por cualquiera en Toguilandia. Insolventes a perpetuidad que, ante la amenaza de la prisión, sacaban, oh milagro, dinero de debajo de las piedras. De ahí la importancia de que primero cobren las víctimas.

Así que ahí queda eso. El aplauso, una vez más,para quienes aplican las penas en general y la de multa en particular, con ponderación y equilibrio. Que aunque lo parezca, no es fácil

Animaladas: no comparemos


 

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En el mundo del arte siempre han tenido micho éxito las historias de animales, especialmente cuando nos empeñamos en que se comporten como personas. Desde las fábulas de Samaniego hasta las películas Disney con El libro de la selva a la cabeza, pasando por toda clase de cuentos, perros y gatos, burros, pájaros, osos, monos, serpientes, ratones, patos, cisnes y cualquier especie animal han tomado vida en las pantallas haciéndonos reír o llorar, adoptando modos casi humanos, en la mayoría de los casos vía dibujos animados. En otras ocasiones, sin embargo, los animales son animales, y como tales se presentan en las pantallas, bien con la crueldad de Los pájaros, con la ternura de Bailando con lobos o con el realismo de La vida de Pi.

  En nuestro teatro, los animales tienen poca presencia. Ya dedicamos un estreno a algunos caos en que valía la pena intentarlo, como el de la perra Peseta  o los perros que acompañan y protegen a víctimas de violencia de género. Pero en general no tenemos demasiada generosidad con nuestros amigos de pelo y plumas y seguimos utilizando comparaciones y lugares comunes que no les dejan en un lugar demasiado airoso.

Un ejemplo reciente y muy utilizado es el del término “manada”. Es obvio que, diccionario en mano, manada es un rebaño pequeño de ganado que está al cuidado de un pastor, o bien un conjunto de ciertos animales de una misma especie que andan reunidos. Sin embargo,con solo googlear la palabra, los primeros resultados de las búsquedas hacen referencia a la desgraciadamente famosa “manada” de Pamplona, y a todas las que le han seguido, o sea, a un conjunto de varones que abusan o agreden sexualmente en grupo a una sola mujer. Y me pregunto yo qué habrán hecho los pobres rebaños o conjuntos de animales para cargar con este sambenito de por vida por culpa de unos humanos. Y es que nos referimos más de una vez a conductas reprochables como propias de animales cuando no lo son.-o no lo son siempre- ¿Por qué nos referimos a que tal o cual delincuente era una verdadera bestia o un animal? La verdad es que no lo sé, pero sería para hacérnoslo mirar

En otros casos, las comparaciones con animales vienen en forma de insultos, y por esa vía llegan hasta Toguilandia. Y, además en estos casos sale bastante peor parado el género femenino que el masculino. En violencia de género sin ir más lejos, es muy frecuente que el acusado se haya referido a su pareja como “zorra” o “perra”, términos muy ofensivos cuando se emplean en femenino y no tanto si se hacen en masculino. Otro tanto ocurre con otros animales, como el lagarto; todo el mundo sabe lo que implica llamar a una mujer “lagarta” y más aún si es con el superlativo “lagartona”

No siempre nos traen las “animaladas” de fuera. A veces, la propia Justicia o sus protagonistas recurren al mundo animal para describir ciertas cosas. Así, la alusión a la tortuga o al caracol para hablar de la lentitud de la Administración de Justicia o la evocación del cangrejo y su marcha en retroceso para referirse a reformas que supongan una involución. Y por supuesto, la comparación con un dinosaurio como metáfora de la decrepitud de medios y de algunas leyes. Y ya, si nos referimos a los intérpretes de nuestro teatro, todo el mundo sabe a qué se refiere si de alguno se dice que “hace el ganso” o “hace el perro”. Y  tan injusto es tildar a estos animales de vagos por naturaleza, como hacerlo como generalización de muchos humanos.

A veces también se utiliza a los animales como sujeto pasivo– o mejor dicho, objeto- de algunos delitos. No olvidemos cuando determinado ministro se refería a los “robagallinas” con un deje de desprecio, tanto al delincuente como sobre todo a la clueca, con lo mona que es Turuleka poniendo un huevo, poniendo dos, poniendo tres… Pero no podemos perder de vista que, para el Derecho, los animales siempre han tenido consideración de objetos, bajo el raro nombre de “semovientes” y se les aplicaba en Derecho Civil tal régimen jurídico. Parecía que esta legislatura iba a acabar con esto, pero el modo abrupto de su terminación ha hecho que no culmine la reforma planteada en esta materia.

Donde sí cambió hace tiempo la consideración de los animales como sujetos pasivos de Derecho es en el Derecho Penal, aunque todavía falte andar un buen trecho en este camino. Pero hay que reconocer que hemos pasado de que matar un animal fuera considerado una falta de daños -o delito de daños, según el valor económico en que se tasara el animal- a que exista un delito de maltrato de animales con entidad propia. Por supuesto, quedan muchas lagunas legales por llenar, como la necesidad de que sean “domésticos” para que se considere cometido el delito, pero parece que estamos en el camino de castigar a quienes cometan actos de barbarie con los animales.

Además del sentido metafórico, y de los animales como sujeto jurídico, hay otra presencia animal mucho más clara y molesta. La de ratones, cucarachas y otros seres que no son bienvenidos en nuestras instalaciones, pero cuyo estado les anima a tomar posesión del mismo. Y ojo, que si se alarga la cosa, podrían hasta adquirir por usucapión. Ya hablé en otro estreno de unas pulgas empeñadas en hacernos compañía en los juzgados, pero no son el único caso. Más de una vez he regresado de la guardia con varios recuerdos en forma de picaduras de un animal volante no identificado. También recuerdo hace algún tiempo que unos ratones en nada parecidos a Mickey y su compañera Minnie Mouse estaban dando buena cuenta de los archivos de Registro Civil.

Por último, quiero traer a este particular safari en que hemos convertido nuestro toguitaconado escenario una especie simpar, de todo el mundo conocida: la mosca cojonera. Se trata de una especie que se encarna en múltiples personalidades, y que tan pronto puede adoptar la forma de un profesional demasiado pelma, empeñado en recurrir lo irrecurrible o en hacer informes eternos, la de un juez que a todo pone pegas, la de un investigado al que no hay modo de investigar o la de cualquier otro y otra. Solo es cuestión de buscar, pero siempre está ahí.

En el extremo opuesto, también tenemos rémoras, que serían aquello o aquellas que no hacen otra cosa sino adherirse a quien le ha precedido en el uso de la palabra. Incluso aunque no le haya precedido nadie, que lo he visto alguna vez.

Por todo lo visto, hoy el aplauso será exequo. Dedicado de una parte, a quienes respetan e imitan las mejores virtudes animales y, de otra, a esos peludos que las inspiran. Gracias por partes iguales.

 

Selfie: autorretrato toguitaconado


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El autorretrato -que es en lo que en realidad consiste un selfie– no es nada nuevo. El mundo del arte los usa habitualmente, y no es raro el pintor que no cae en la tentación de aparecer en algún lugar de sus cuadros, como Velázquez en Las Meninas, o que, directamente, se autorretrata, y a su vez el cine retrata el autorretrato como el Van Gogh de El loco del pelo rojo. A veces, son directamente los retratos en su versión tradicional los que son el leit motiv de libros y obras, como La chica de la perla o Laura. Y tampoco podemos olvidar la afición al selfie cinematogáfico de entonces de un director, Hitchcock, aficionado como nadie a aparecer en algún instante de sus propias películas, como hacía en la tienda de animales de Los Pájaros.

En nuestro teatro, como seguimos siendo un poco viejunos, poco podemos hablar de selfies, aunque seguro que encontramos una figura afín y alguna que otra anécdota. Sin ir más lejos, el otro día una señora nos contaba que tuvo un accidente mientras hacía “sulfing”. No sabíamos qué pensar, porque ni la edad ni la apariencia física de la señora recordaban en nada la estética surfera y era difícil imaginarla “pillando olas”, y estuvimos expectantes hasta que nos lo aclaró: se estaba haciendo “un sulfing” con el móvil cuando dio un mal paso hacia atrás, tropezó y se cayó al suelo. Tal cual.

Aunque no sea lo más frecuente y se haga casi a hurtadillas, ya me he encontrado alguna vez a gente haciéndose un selfie en el pasillo donde espera para un juicio, o a la entrada del Juzgado de guardia. De momento, aún no he visto a nadie que lo haga dentro de la sala, pero igual lo veo cualquier día, porque, pese a los carteles pegados en la mayoría de ellas respecto a apagar o desconectar el móvil , es rara la sesión de juicios donde algún dispositivo no nos obsequia con su tono de llamada, que pueden ir desde el himno del equipo de fútbol de sus amores -aquí somos muy de “amunt València”,pero seguro que hay tantas versiones como equipos- hasta la última moda en reggaetón o una rumbita de lo más animada. Aún recuerdo un juicio por asesinato donde varias veces se interrumpió la declaración del testigo principal con un impagable “dame veneno que quiero morir” alternando con “el del medio de los Chichos”

Pero hay que tener cuidado. Los móviles los carga el diablo, como mucho antes de eso cargaba las grabadoras de todo tipo. Si no, que se lo cuenten a más de uno que ha tenido un disgusto por eso.

Y aunque pueda no parecerlo, cada vez más estas cosas se incorporan a los procedimientos en la misma medida que forman parte de nuestra vida diaria. Y se pueden usar de prueba, con cualquier tipo de intención. Como ejemplo, el del progenitor -sea padre o madre- que, para demostrar que, en contra de lo que dice el otro, sus criaturas están divinamente con él o ella, se dedican a la práctica del selfie como si no hubiera un mañana, y luego nos lo traen a juicio impresos a todo color. Pero, por más que quieran demostrar otra cosa, lo único que demuestran es que en ese momento determinado, un minuto de los miles que tiene cada día, esbozaron una sonrisa. Obviamente, bien tontos serían si trajeran una foto donde sus retoños estuvieran llorando o con gesto de pesadumbre.

También en los selfies está más de una vez la mecha que enciende el polvorín de una situación de violencia latente, especialmente en casos de violencia de género. Una foto con otra persona, y quien confunde amor con posesión cree tener razón suficiente para agredir o insultar a su pareja. Y, de hecho, más de un investigado nos lo dice como si estuviera cargado de razón: es que yo ví en su móvil la foto con otro chico. Algo muy frecuente, por desgracia.

Como he dicho antes, los móviles los carga el diablo, y los selfies a veces también. Y nunca está de más controlar cómo y con quién se fotografía una, sobre todo si el selfie viaja directamente a redes sociales sin solución de continuidad, como suele pasar. Que igual lo de aquella noche que estábamos de fiesta con un cubata en la mano y una diadema de unicornio en la cabeza era entonces muy gracioso, pero a tu jefe no se le parece tanto, y menos aún si ese día el protagonista del selfie no había ido a trabajar alegando una lumbalgia o cualquier otra cosa. Que parece que no, pero a veces pasa, y podría ser una estupenda prueba de cara a un eventual despido, por ponerse en lo peor.

No obstante, no quiero bajar el telón de la función de hoy sin hacer un pequeño ejercicio de selfie toguitaconado, o, lo que es lo mismo, de autorretrato de nuestro escenario. Más de una vez nos falta capacidad de autocrítica, nos creemos casi infalibles o podemos llegar a pensar que lo que hacemos es impecable y que no se puede hacer mejor. Y, aunque sea cierto que los medios -o la falta de éstos- no ayudan, nunca hay que perder la perspectiva porque siempre se puede hacer las cosas un poquito mejor, o al menos intentarlo. Por eso no estaría más que de vez en cuando nos imagináramos haciéndonos un selfie y pensáramos si pasaría la prueba del algodón de la subida a redes sociales. Ahí lo dejo

Así que solo queda el aplauso. El que hoy dedico a todas las personas de Toguilandia que sí pasarían esa prueba del algodón. Sea via selfie, o sulfing, que no está nada mal.

 

 

Techo de cristal: fallas e igualdad


 

Relato publicado en el llibret de la Falla Cadiz-Denia 2017-2018 (versión en valenciano)

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Incluido en la antología REMOS DE PLOMO

NINOTETA

 

Desde que me alcanzaba la memoria, siempre la habían llamado Ninoteta. Desde el principio no fue un apelativo cariñoso. Nada de nada. El nombre –o, quizás, apodo- venía de una burla que le hacían cuando era pequeña. No obstante, ella decidió darle la vuelta y convertirlo en su nombre, con todo el orgullo.

Era fallera desde siempre. Como su padre y su hermano, y como lo fue su madre antes de casarse y convertirse en “mujer de fallero”, esa categoría tan apreciada en nuestras comisiones falleras de principios de los 60. Cuando se casaban, las mujeres dejaban de ser falleras para convertirse en apéndices del hombre. Como pasaba también fuera de la falla.

Pero a ella aquello nunca le gustó. Un día le dijo a su madre que lo que quería ser era presidenta

  • Claro que sí, hija. Cuando seas mayor, tendrás un novio fallero y como será un hombre listo, será presidente. T tú presidenta, claro.
  • No, madre. Yo quiero ser presidenta. No la mujer de nadie
  • Qué cosas tienes, hija. Ya crecerás…

No hizo caso a su madre, aunque sabía que hablaba con la mejor intención. A ella le gustaba la organización de la falla, el presupuesto, dar al poco dinero que había el mejor destino. No tenía, desde luego, el más mínimo interés en preparar las cenas y adornar el casal. Y por eso se escondía bajo de una mesa para tratar de aprender.

Y, como no podía ser de otra manera, la sorprendieron. Y se rieron a su costa. Hasta un chico, con grandísimo desprecio, dijo que parecía un  ninot, ahí plantada. Fue entonces cuando otro le pudo el apodo.

  • ¿Ninot?. Ni siquiera eso, si solo es una mujercita de nada. En todo caso, Ninoteta

Ella no lloró, pese a que le costó mucho contener las lágrimas. Y se juró a sí misma que llegaría un día en que aquel chico tendría que tragarse sus palabras.

El tiempo pasó y Ninoteta creció. Por descontado, no se cumplió la profecía de su madre de que olvidaría su objetivo cuando fuera una mujer, consiguiera un fallero como Dios manda y empezaran a salir juntos. No le interesaba tener novio, fuera o no fallero. Simplemente, estaba ocupada con otras cosas como estudiar y aprender todo lo que pudiera. Lo que no había cambiado, sin embrago, era su amor por la falla. Ni su intención de ser presidenta

Cuando, ya mayor, pidió un cargo en la Junta Directiva, se rieron de ella. ¿Una mujer? Qué barbaridad. Pero, un año tras otro, volvía a plantearlo hasta el momento en que lo logró. Se haría cargo de la comisión femenina, pero ya era un paso adelante. Y comenzó una actividad frenética, en la que involucraba a las mujeres para tomar decisiones. Al principio eran pocas, las más jóvenes. Después se añadieron otras, y otras más. Y hasta as “mujeres de fallero” de toda la vida se hicieron fallera con tal de hacer más cosas que poner la mesa y elegir el color de los ramos de la Ofrenda. Y, por qué no, algunos hombres se unieron a ella y, en ocasiones, les pedían consejo para mejorar las cosas.

Ninoteta fue ascendiendo escalones casi sin darse cuenta. Y, un día de finales de los años 70., anunció la decisión para la que había luchado toda su vida. Se presentaría a la lección como presidenta.

Se montó un jaleo tremendo. Le ofrecieron el cargo de vicepresidenta con tal de que no se presentara. Pero no se conformó. Había llegado su momento.

Cuando terminó el escrutinio de votos que, por primera vez, fueron secretos, la gente no lo podía creer. Había ganado. Su candidatura tenía una diferencia de 3 votos con la otra. Tres votos que le sabían a gloria. Sería la primera presidenta de una comisión en la historia de las fallas.

Su adversario se quedó petrificado y tuvo que asumir su derrota. Como un ninot. No era otro que el que, un día muy lejano, la bautizó, entre risas, como “Ninoteta”

Fiesta: Fallas sin fallos


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Un año más llegan las Fallas. Nuestra Fiesta, aunque Hemingway no le dedicara una obra, como a los sanfermines, que aquí somos más de Cañas y barro -sin desmerecer a nadie- o La Barraca, que para eso hemos nacido Entre naranjos.

Perdonad una vez más el toque chauvinista y folklórico, pero ya sabéis que llegadas estas fiestas me destoguitacono para pasar a modo Peinetas ON. Y os contaré un secreto: este año, con más razón, que una de mis niñas es fallera mayor demuestra falla y esto aquí es fiesta gorda. No obstante, no quería dejar dedicarle un estreno especial en estos días en que en vez de leer fallos veo Fallas.

Sé que habrá quién se pregunte qué tendrán que ver una cosa y otra. Y tal vez tenga razón. Pero si me hacéis el honor de seguir leyendo, igual también lo encontráis. Una nunca deja a su fiscalita interior aparcada del todo, y menos aún a esa Taconita que lucha por ser cada vez más iguales.

Las Fallas son y han sido siempre el paraíso de la libertad de expresión. Nuestros monumentos, desde los más grandes -los que salen en prensa y tv- hasta las más humildes se basan en la sátira de cualquier acontecimiento o personaje. Y nadie se enfada, ni se preocupe, ni, mucho menos se querella. Aquí, cada 19 de marzo se queman actores y actrices, políticos, deportistas y famosos de cualquier ámbito sin que pase nada. Así ha sido siempre. Hay que reírse de todo, empezando por una misma. De hecho, aquí en Valencia hay un dicho que usamos mucho : cuidado con lo que haces, que sales en la falla.

También las fallas son una buena muestra de la libertad religiosa, y de cómo ha evolucionado ésta. Desde su inicio totalmente pagano a su asunción por el catolicismo oficial del régimen franquista -de esa época data nuestra Ofrenda-a una simbiosis actual que hace que tanto creyentes como ateos y descreídos se emocionen al depositar flores ante la imagen de la Virgen de los Desamparados.

Pero si algo me gusta cada día más demuestra fiesta, es la posibilidad de enmarcar un ambiente inclusivo, de constituir el sitio donde confluyen personas de lo más diverso en un universo de respeto y tolerancia. Sé que durante un tiempo las Fallas se impregnaron del machismo imperante en nuestra sociedad, y que eso todavía hace que haya quien las tilde de machistas. ¿Pero cómo no hacerlo en un régimen donde las mujeres éramos sujetos jurídicos de segunda clase?. Hoy, sin embargo, las fallas han lucido banderines contra la violencia de género, y contra la LGTBIfobia, premian los monumentos que favorecen la igualdad y asumen muchas iniciativas en este sentido. Y no puedo por menos que sentirme orgullosa de ello.

Otra de las características de estas fiestas, sobre todo si se viven en el ambiente de las comisiones falleras, es la convivencia intergeneracional. No conozco otro espacio donde se encuentren en el mismo espacio padres, madres, hijos, abuelos, nietas, cuñados y sobrinos sin que surja ningún tipo de conflicto. Un ejercicio de tolerancia como pocos.

Y no creamos que las fallas son un mundo happy sin normas ni sanciones. Una organización propia fija las bases y saltárselas tiene su sanción, con sus propios órganos que impiden en más de un caso el salto a los tribunales ordinarios. Todo un ejemplo de mediación o arbitraje cuando todavía nadie hablaba de ella.

No obstante, también aparecen flecos falleros por Toguilandia de vez en cuando. El que peor recuerdo, un pleito de familia donde ambos padres pretendían apuntar a la niña en comisiones de puntos opuestos de la ciudad y que acabó con la niña rogándonos en la exploración, que le borraran de todo lo que tuviera que ver con las Fallas.

Otro del que guardo memoria fue el de una vecina enfadada que tiró un cubo de agua sobre el escenario donde se representaban actuaciones, y que se desarrolló con toda la comisión dispuesta a reproducirnos el espectáculo en vivo y en directo.

Así que con esto termino hoy. Con un aplauso para mis queridas fiestas y para todas las personas que las hacen posibles. Y pidiendo un poco de paciencia a quienes las aborrecen -también tenemos nuestos Grinch-. Son solo unos días

PD Hoy el dibujo es mío

Vocación: llegada a Toguilandia


 

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La vocación es uno de los ingredientes necesarios para triunfar en el mundo del espectáculo, aunque no el único. Sin olvidar que siempre hay excepciones, si la vocación no va acompañada de talento y de mucho trabajo, puede quedarse en solo un sueño, y si se llega sin todo eso, encontrarnos con que Más dura será la caída. Sin duda es importante el momento en que Ha nacido una estrella, pero, como mucha gente recuerda, tanto o más difícil que llegar a la cima es mantenerse. Hay que recordar que, como en Eva al desnudo, siempre hay gente esperando para ocupar el sitio, y dispuesta a lo que sea por ello.

En nuestro teatro la vocación también existe, pero no aparece del mismo modo. Puede existir desde siempre, aparecer tarde o no aparecer nunca. Puede, incluso, que existan buenos profesionales sin pizca de vocación capaces de hacer un trabajo eficaz, pero sin ese plus nunca alcanzarán la excelencia que distingue lo correcto de lo extraordinario.

Todas las personas que conozco hemos tenido diferentes vocaciones a lo largo de nuestra vida. Que son, además, compatibles entre sí. Algunas quedan en un simple sueño, otras se confirman a lo largo de la vida y otras más persisten como una Asignatura pendiente. Ser cantante, actriz, bailarina o futbolista son los ejemplos típicos de lo que todos las niñas y niños hemos querido ser en algún momento, a lo que tal vez habría que añadir hoy en día lo de influencer o youtubber, que los tiempos cambian.

Yo confieso que colecciono un montón de vocaciones, algunas cumplidas, otras cumplidas a medias y otras esperando a realizarse. De ellas, la relacionada con el Derecho o con ser fiscal fue de las más tardías. Siempre quise -y sigo queriendo, por más imposible que sea- ser bailarina, pero hubo una época en que también quise ser peluquera y fantaseé con ser médica. También deseé desde siempre ser escritora, y eso sí, en ello estamos -nunca es tarde si la dicha es buena-. Pero, para vocaciones curiosas, la del hijo de una amiga, que contaba a quien quisiera oírle que quería ser reparador de ollas. Ante nuestra sorpresa, un día descubrimos la razón de esa curiosa vocación, que no era otra que haber escuchado un día a su madre, cuando llevaba a arreglar una olla, decir “a este precio con cuatro cacerolas que arreglen se hacen millonarios”. Y claro, el niño lo tomó al pie de la letra. Ignoro si a día de hoy sigue en las mismas o alguien le ha quitado eso de la cabeza y si algún día se hará millonario con las ollas, que nunca se sabe.

Yo llegué al Derecho por casualidad, o por inercia, como muchas personas. Hija y nieta de abogado, con un cerebro mucho más dotado para las letras que para los números y descartando a priori toda opción que desembocara en la docencia, pocas alternativas me quedaban. Si a eso le sumamos que la carrera que hubiera escogido -periodismo- no existía en mi ciudad y que mis amigas estaban en las mismas, la cosa estaba casi cantada. Porque, aunque quede poco profesional admitirlo, el hecho de ir con mis amigas a clase era otro factor determinante a mis diecisiete añitos.

Por fortuna, la carrera no me disgustó, se me dio bien y, en un momento dado, empezó a inocularme su veneno adictivo. Hacia la mitad, ya tenía claro que quería ser juez o fiscal y cuando descubrí lo que era ser fiscal, la vocación ya me había atrapado. Mejor tarde que nunca. Así que, una vez fijada la meta, ya no había más salida que empeñarse en recorrer el camino. Y tesón  no me faltó, a pesar de que las circunstancias se tornaron menos favorables de los que en principio cabía esperar. El resultado no me defraudó, y he decir que ni un solo día me he arrepentido de la decisión de ser fiscal ni del tiempo invertido en conseguirlo. Algo que repito mucho a quienes opositan o tienen la intención de hacerlo. Si queréis, poner toda vuestra vida en ello, aquí en el otro lado esperamos con ansia para recibiros.

Hasta aquí, mi pequeña historia. Aunque, mutatis mutandi -hablando de Derecho, algún latinajo habría que haber- otro tanto cabe decir respecto a la judicatura, notaría, Registro de la propiedad , Lajs o cualquier otra profesión, jurídica o no, de las que transitan por Toguilandia y sus aledaños. Conozco amigas que desde pequeñas querían ser abogadas y otras que lo descubrieron con el tiempo, pero sin ese extra que es la vocación, su trabajo no sería tan bueno.

Además, estas cosas tienen premio extra. Es posible -aunque sea difícil a veces por razón de tiempo- compaginar con otras vocaciones. Pintura, escultura, danza, escritura o corte y confección, por ejemplo. Y además, puede servir de vía para encauzar otras vocaciones, como, en mi caso, la inquietud que siempre tuve por los temas de igualdad y relacionados con la mujer. Y también la reivindicación, que ya en mi más tierna infancia apuntaba maneras cuando, con otras compañeras de colegio, montamos una manifestación en el patio porque no queríamos hacer la primera Comunión con hábito de monja. Y he de decir que nos salimos con la nuestra, y puedo demostrarlo con fotografías con mi flamante vestido de organdí.

Así que, quien tenga dudas, que sepa que es normal. A mí nunca se me apareció Ulpiano en sueños, y tampoco leía las Partidas sino el SuperPop -toma confesión,guardadme el secreto- y los libros de Los Cinco, que eran lo más en mi infancia, y aquí estoy.

Lo que nunca sabré es si al otro lado del banquillo de los acusados hay alguna clase de vocación, aunque siempre recuerdo con una sonrisa a un delincuente que me hablaba muy convencido de la tradición y el negocio familiar cuando era acusado de receptación por venta en establecimiento de objetos robados. Y era tal su firmeza, que casi nos convence, aunque al final no llegó la sangre al río, y cumplimos con nuestra vocación de hacer que se cumpliera la ley.

Por todo esto, hoy el aplauso es para todas las personas que luchan por convertir en profesión su vocación, para que persistan en ello, y también para quienes lo lograron,, porque nunca pierdan la ilusión del primer día. Aunque a veces cueste.

Y como siempre, una ovación extra para @madebycarol2 que, una vez más, ilustra con su vocación y su talento este estreno

 

Machismos cotidianos: cuento de Libertad


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Llega el 8 M y de nuevo en Con Mi Toga Y Mis Tacones queremos conmemorarlo -que no celebrarlo- de una manera especial. Me gustaría que llegara el día en que este blog publicara tal día como este un estreno normal, hablando de las cosas que pasan por nuestro mundo toguitaconado, sin necesidad de alertar a nadie sobre la necesidad de ponernos las gafas violetas, porque todo el mundo las llevara puestas de serie. Ojalá llegue pronto el día en que nada haga falta porque ya se ha roto el techo de cristal, se ha cerrado la brecha salarial y se ha acabado con la violencia de género, entre otras muchas cosas. Pero aún no es el momento.

Hoy este escenario, que ya ha dedicado varios estrenos a temas tan importantes, va a bajar hasta algo más usual, algo que pasa por delante de nuestras narices sin que apenas nos demos cuenta y que contribuye a que ser cada vez más iguales todavía sea una carrera de obstáculos. Los machismos cotidianos, eso que hay quien llama micromachismos y que no debieran llamarse así, porque el machismo es un enemigo grande y no hay machismos pequeños, como no hay racismo ni homofobia pequeña que haga hablar de microrracismo o de microhomofobia.

Os hablaré de ellos con un cuento, el Cuento de Libertad.

Abuela, ¿somos los hombres y las mujeres iguales en nuestra sociedad?

-¿Por qué me preguntas eso?

-La maestra nos ha mandado hacer un trabajo sobre la conquista de la igualdad en nuestra sociedad

-¿La conquista? – la abuela se quedó pensando- No me gusta ese término. Parece que ya lo hayamos conseguido todo

-¿Y no es así, abuela?

-Vamos a hacer una cosa, Libertad. Fíjate bien en las cosas que hacen hombres y mujeres a lo largo de un día y ve anotándolas. Y luego me traes tu redacción y hablamos

“7 de marzo. Mamá ha venido a despertarme para ir al cole. Tiene el desayuno preparado, para mí y para mi hermano, aunque a él le cuesta mucho tomarse la papilla. La pobre mamá se tiene que cambiar de ropa porque se la ha escupido toda. Menos mal que ahora trabaja solo unas horas porque pidió una cosa llamada “reducción de horas en el trabajo”, porque si no no llegaría a tiempo. Mientras mi hermanito sigue berreando, me bajo porque papá ya me espera en el coche.

Hoy tenía que ser un gran día, porque es el cumple de mi amiga Cecilia, y vamos a hacer una fiesta. Por eso ayer fui a la peluquería y me veía genial hasta que Rosa me fastidió como siempre. Dijo que con este pelo corto parezco un chico, y luego empezó a meterse con mi ropa. A mi no me gustan sus vestidos, son incómodos y no me dejan jugar a gusto, pero ella y varias de sus amigas siguen burlándose de mi chándal de Superman. Casi lloro, pero al final no les hago caso. La propia Cecilia viene a consolarme y me dice que no llore que pareceré una niña pequeña. Qué manía con lo de las niñas y los niños, si en casa quien más llora es el quejica de mi hermano.

Hoy toca clase de Matemáticas. Estamos aprendiendo a resolver problemas, pero sigo sin entender por qué siempre son Juanito y Luisito los que dan o quitan caramelos que hemos de sumar o restar. Le he preguntado a la profe por qué no son Luisita y Juanita, y me dice que eso no tiene importancia. Pero yo creo que sí la tiene.

Por fin llega la hora de la salida. Nos vamos al cumple de Cecilia. La verdad es que me he llevado un chasco, porque yo quería una ludoteca o un parque, y en vez de eso nos ha llevado a un sitio adornado de rosa y con mucha purpurina donde dice que nos van a maquillar y a disfrazar de princesas, con lo poco que me gustan a mí las princesas. Encima, solo ha invitado a niñas, así que ya me puedo ir olvidando de estar con Lucas, con quien tanto me divierto.

Al lado hay una cafetería donde la madre de Cecilia dice que hay sitio para los padres. Me pregunto si no habrá también sitio para las madres, que son mayoría, pero parece que lo aclara, y pueden ir también. Eso sí, no sé por qué las mamás se sientan todas juntas en un lado y los papás en otro. El camarero debe tener una bola de cristal, porque trae las bebidas y se las da a cada cual sin preguntarle. Deja el té y las pastas en el lado de las mamás y las cervezas en el de los papás.  Pero su bola de cristal debió de fallar porque la madre de Eva dice que ella quería cerveza y no té, y solo por eso la miran raro. No lo entiendo muy bien, deben ser cosas de mayores.

Me aburría bastante con lo de las princesas, así que me quedé mirando lo que hacían en la cafetería. De repente, todo el mundo se calló y las mamás hablaban en susurros. La hermana mayor de Ceclilia debió haberse caído, porque tenía una mancha de sangre en el pantalón pero, en vez de curarla, trataban de esconderla y de que nadie se enterara. No lo entiendo, porque cuando mi primo Antonio se abrió la barbilla y se hizo sangre, todo el mundo hablaba de ello a gritos, y contaba cómo se lo había hecho. Y digo yo que la sangre será igual ¿no?. Fui a preguntar qué le había pasado, pero nadie me lo quiso contar, me dijeron que eso son cosas que ya entendería cuando fuera mayor.

Cuando pasó un rato, varias de las mamás se fueron, diciendo que tenían que preparar la cena. Los papás se quedaron para acabarse sus cervezas. Me dio mucha pena por la madre de Eva que, aunque había llegado más tarde porque salía de la oficina, no pudo acabarse la suya, con lo que le había costado de conseguir. Ella también tenía que preparar la cena.

A mí me llevó papá a casa. Mamá no había podido venir porque mi hermanito no dejaba de llorar porque le dolían los dientes. Aunque no sé a qué dientes se referían, porque yo solo le veo uno, y muy chiquito.

Antes de irnos, Cecilia nos ha dado un regalito a cada una. Me he llevado un disgusto porque no eran chuches, sino un paquetito con un lazo. Al abrirlo, me he encontrado con algo que no me sirve para nada. Sé que son un par de pendientes, pero yo no tengo agujeros en las orejas. Cuando se lo he dicho, varias niñas me han mirado como con pena, y me han dicho que le diga a mi madre que me los haga, o Rosa seguirá burlándose de mí porque parezco un chico. Y la verdad, yo no sé qué tiene eso de malo, pero ni papá ni mamá me lo saben explicar. Estoy harta de que me sigan repitiendo que las cosas las entenderé cuando sea mayor.

Ya en casa, quería ver dibujos en el salón antes de acostarme, pero mamá dijo que no podía ser, que había fútbol y papá lo estaba viendo. Y así era, porque amarraba el mando a distancia como si fuera su tesoro. Fui a protestar, pero mamá me dijo que podíamos ver los dibujos juntas en la cocina. Qué remedio.

Me iba a acostar enfurruñada pero, como siempre, mamá vino a contarme un cuento y se me pasó. Aunque la pobre se quedó dormida antes que yo. Debía estar muy cansada de trabajar, cuidar al bebé, hacernos la cena y dejarlo todo listo para mañana. Así que no quise despertarla. Ni siquiera abrió los ojos cuando papá desde el salón, gritó “Goooooool”

 

-Abuela, aquí tienes la redacción.

-Y ¿qué conclusión has sacado? -preguntó la mujer tras leer el cuaderno de su nieta-

-Que tenías razón. No es una conquista. Es una lucha

-Y entonces, ¿ya sabes cómo vas a llamar a tu trabajo?

-Claro. Un cuento de Libertad

Así que hoy el aplauso es para todas. Para la pequeña Libertad y su abuela, para todas las mujeres, y una mención extra a @madebycarol2, autora de la ilustración que da marco a este cuento.

Feliz Día de la Mujer

 

Juicios rápidos: justicia exprés


alta velocidad

En el mundo del espectáculo el tiempo es relativo. Gracias a su magia, podemos viajar en un nanosegundo a nuestros más remotos antepasados, yendo a Altamira en busca del Cavernícola, En busca del valle encantado o de los protagonistas de Ice Age, o llegar a un futuro incierto como el del Planeta de los Simios.  Pero a veces, el tiempo se mide en términos más cercanos, y hay que ir Deprisa, deprisa o correr como locos en el autobús dae Speed. Y es que la velocidad es plato de gusto en muchas pantallas.

En nuestro teatro, aunque tenemos fama de ser más lentos que el caballo del malo, a veces hacemos nuestro lo de “desenfunda forastero” y nos ponemos las pilas en virtud de ese instrumento procesal llamado juicio rápido. Que, aunque haya a quien le extrañe, no solo los hay sino que suelen ser rápidos de verdad. Eso sí, sin confundir la rapidez con la precipitación, que luego pasa lo que pasa.

Según la ley que los regula, uno de tantos parches de nuestra viejecita ley de enjuiciamiento criminal, son los que se celebran en el propio juzgado de guardia por afectar a determinadas materias o ser, con carácter general, de instrucción sencilla. Aunque, como ocurre con el tiempo, también lo de la sencillez es relativo.

Entre los más frecuentes se encuentran los relativos a la conducción bajo los efectos del alcohol o de sustancias estupefacientes. Poco hay que instruir si contamos con un atestado bien hecho, con una prueba que da positivo -a veces no me explico cómo no rompen el etilómetro con las tasas tan altas que arrojan algunos-  realizada con todas las previsiones legales, y con todos los protagonistas en el juzgado. Esa parte es la que a veces más cuesta, porque es difícil que con la cogorza que llevan algunos se enteraran de que les han citado a juicio al día siguiente. Confieso que en alguna ocasión me he quedado con la sensación de que aún padecían algunos efectos de la intoxicación etílica. Pero, en la mayoría de casos, vienen y además se conforman. Pocas opciones les quedan cuando está tan claro, y, como quiera que el conformarse tiene premio -una rebaja de un tercio de la pena-, suele ser lo más conveniente. Aunque alguno, aún así, es renuente, y nos obsequian con excusas como que han bebido “lo normal” -un par de whiskys, una botella de vino y varias cervecitas antes, por ejemplo-, convencidos de que tienen toda la razón. También los hay empeñados en contar que les sentó mal un medicamento, y por más que les expliquemos que la tasa no mide lo que le afecta sino lo que han bebido, no parecen convencerse. Y hasta hay quien pretende hacer una demostración práctica de lo bien que está poniéndose a hacer una exhibición con un pie levantado, tratando de poner la mano entre la nariz y la rodilla, como han visto en alguna película. Pero no cuela.

Hay otros delitos que también estarían en el top ten de conformidades en la guardia. Los robos en que han sido pillados con las manos en la masa, los quebrantamientos de condena o de medidas cautelares, o los malos tratos en el ámbito de la violencia doméstica o de género. La conformidad es, en estos casos, el mal menor, aunque hay que dejar claro que no hay conformidad posible si el investigado no reconoce los hechos. He visto más de una vez palidecer a abogados y abogadas que, tras negociar con el fiscal y explicárselo pacientemente a su cliente, se ven en la situación de que éste se viene arriba y dice eso de “yo no he sido, pero mi abogado me ha dicho que me conforme”. A eso le suelen acompañar caras de estupefacción, y hasta alguna reprimenda del abogado, que se esfuerza en recordarle que eso no es lo que habían hablado. Y lo peor viene cuando lo intentan arreglar. Bueno, me reconozco culpable y me conformo… pero no he sido. Como si fueran el mismísimo Galileo después de abjurar de que la Tierra era redonda. Pero, a diferencia del científico, que se salvó de la Inquisición, nuestros investigados no se salvan de la pena que les toca.

No todos los juicios rápidos acaban con conformidad. Cuando no hay reconocimiento o cuando no se llega a un acuerdo, se realizan los escritos de calificación y el juicio se celebrará ante el juzgado de lo penal al cabo de poco tiempo. Y entonces, aunque cambie de opinión respecto a la conformidad, ya no hay rebaja que valga.

Pero no es juicio rápido todo lo que reluce. A pesar de que la ley, además de un límite material y de sencillez en la instrucción, establece un tope de pena imponible -3 años de prisión para conformidad, 5 en otro caso- en alguna ocasión me he encontrado cosas tan pintorescas como un atestado de “juicio rápido por violación” o “juicio rápido por tentativa de homicidio”, tal cual. Huelga decir que, en esos casos, no se puede hacer otra cosa que transformar en el procedimiento adecuado -Diligencias Previas o sumario-, lo que también se hace cuando hay que practicar alguna diligencia. Y, por arte de birlibirloque, el juicio rápido se vuelve  lento, o, al menos, no tan rápido como se presumía.

En cualquier caso, son curiosas las reacciones del justiciable cuando se celebran estos juicios. Algunos, ni siquiera son conscientes de que lo que se ha hecho es un juicio completo, y se quedan mirando su sentencia de conformidad con cara de interrogante, y hasta alguno exclama que cuándo le van a llamar para el juicio de verdad. Alguna vez he estado tentada de decirle que esto era un juicio de verdad, no de la señorita Pepis, pero en esos momentos más vale callarse, que no suele estar el horno para bollos.

No hay que negar que, a pesar de que tiene sus detractores, y de que no se puede juiciorapidizar cualquier delito ni forzar las conformidades, son un instrumento útil y que agiliza. Por eso, hoy el aplauso va destinado a todas y todos los profesionales de la justicia que,con su esfuerzo, consiguen que ésta salga adelante. Sea en alta velocidad, en cercanía o en media distancia.

#hombresyalgunasmujeres: no me esperes a cenar


 

NO ME ESPERES A CENAR

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Creo que he llegado a un punto sin retorno. No puedo seguir accediendo a todo lo que me pide. Al principio tenía gracia. El descubrimiento de cosas nuevas, la atracción por lo prohibido y esa manera suya de hacerme sentir la reina del universo me atraparon. Pero poco a poco la cosa fue subiendo de tono hasta alcanzar un nivel insoportable. Y ahora me veo atrapada y no encuentro el modo de salir.

No sé cómo pude ser tan tonta. Me dejé engatusar por aquellas palabras dulces y picantes a la vez, unas palabras que nunca había oído antes. Yo, que estaba harta de ser el patito feo entre mis amigas, de resignarme a que ellas encadenaran un novio tras otro mientras yo me limitaba a ejercer el papel de confidente, me encontraba de pronto en la situación opuesta. Era ahora la protagonista, la guapa, la deseada, la que contaba a las amigas mi historia de amor mientras ellas me escuchaban boquiabiertas. Paladeé por vez primera la sensación de ser envidiada en lugar de envidiar. Y me gustó. Tal vez fue lo que más me gustó de toda la historia.

Lo conocí en un chat de contactos. Hablamos de lo divino y de lo humano -más de lo humano que de lo divino- y tras un par de semanas, no me pareció extraño que me pidiera una foto. El también me enviaría una suya, claro.

Cuando vi la imagen de él que me devolvía la pantalla, me entraron sudores fríos. No podía creer que aquel Adonis de pelo rubio y pectorales marcados se hubiera fijado en mí, la feúcha, la sosa, la que siempre escuchaba eso de que te quiero solo como amiga.

Después, entré en pánico. A ver qué fotografía podría enviarle para no decepcionarle. Decidí recurrir a una de mis amigas, muy ducha con los programas de retoque de imagen, y entre las dos construimos un retrato que era yo sin ser yo. Una luz velada, un poquito de tijera en mis caderas y mi abdomen, correcciones la nariz y barbilla, y tacones de vértigo para parecer diez centímetros más alta y lo habíamos conseguido. Nadie se resistiría a aquella muchacha de la foto que era yo si ser yo.

Su respuesta no me defraudó. Demostró tanto entusiasmo por mí como yo por él. Todo parecía ir a pedir de boca. Seguíamos hablando de todo y de nada, y yo ya no podía vivir sin esas conversaciones. Soñaba con él y con el momento en que nos encontráramos, y a la vez temía que llegara. Así que fui demorando el momento mientras me ponía a dieta para parecerme a quien él creía que era yo.

Llegó un momento en que no se conformó con chatear. Teníamos simulacros de sexo a través de nuestras descripciones y un mal día me pidió una foto desnuda. Ya había adelgazado lo suficiente como para parecerme a la chica de la foto que era yo sin ser yo y, aunque me resistí un poco, acabé accediendo a sus ruegos. Me convenció, y me hice una foto en penumbra, desnuda, en la que apenas se veía mi rostro. El dijo que lloró de emoción al verme, y fui tan ingenua que lo creí.

Cada vez eran más frecuentes sus peticiones. Los ruegos se convirtieron en órdenes y las zalamerías en amenazas. Cuando quise poner fin, él ya tenía más de diez vídeos míos en actitudes íntimas, y me advirtió que, si dejaba de acceder a lo que me pedía, los difundiría por todo el instituto y los haría llegar a mis padres.

Así que no me quedó otro remedio que continuar. Ya solo me movía el terror, y cada vez me daba más asco a mí misma.

Hoy me ha exigido que nos veamos. Tengo miedo de ir, y también de no ir, porque se ha cuidado de advertirme lo que ocurrirá si falto a la cita. No veo salida. O más bien, solo veo una salida.

 

Nunca he sido partidario de hurgar en la intimidad de mi hija, pero aquel día una fuerza irresistible hizo que me asomara a la pantalla de su ordenador y me sentara a leer, como si un imán me atrajera sin remedio.

Conforme leía, la angustia se apoderaba de mí. En la última frase, el corazón parecía salírseme del pecho.

Rebobiné la cinta de las relaciones con mi hija los últimos meses. Me asusté pensando que preferí permanecer en la zona de confort, achacando los cambios a la adolescencia como un peaje indispensable en el cambio de niña a mujer ¿Cómo pude estar tan ciego?

No supe qué hacer hasta que me encontré aquella nota fijada con imán en la nevera: “no me esperes a cenar”.

El corazón me dio un vuelco. Solo podía significar una cosa. Tenía que evitarlo.

Le envié infinitos mensajes y llamadas. Sin respuesta. Apagado o fuera de cobertura. Desesperado, llamé a la policía y a emergencias. Traté de explicarme, pero un mensaje en la nevera y una frase en su ordenador no les parecían alarmantes.

Busqué entre la gente que conocía, recorrí las zonas que frecuentaba. Nada.

Al cabo de un rato, recibí un mensaje de mi hermana. Me urgía a que pusiera el informativo de la tele.

En la pantalla aparecía mi hija. Era la manifestación del 8 de marzo. La entrevistaban en directo. Ella hablaba muy segura de los derechos de las mujeres.

Tardó una hora más en llegar. No hizo falta preguntarle. Mi cara descompuesta, mi modo de recibirla como si hiciera siglos que no la había visto y la tapa levantada del ordenador fueron bastante expresivos.

-Papá, por dios. Solo es una historia que me cuenta una amiga. No te preocupes

Me había convencido cuando recibí un mensaje en mi móvil. Abrí el archivo adjunto y ví a mi hija desnuda. No pude seguir mirando.

Fui a su cuarto y la arropé como cuando era niña

-Pase lo que pase, estaré a tu lado.

#AbogadosON: más cosas que se oyen


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La figura del abogado -o abogada- es de las más utilizadas en la ficción. En unos casos, en su versión romántica, la de esos Caballeros sin espada dispuestos a todo de Philadelphia, Algunos hombres buenos o Arde Mississippi, decididos a salvar a su cliente de la acusación de Homicidio en primer grado, de la Pena de muerte o de la Cadena perpetua; o esa parte más oscura oculta en La Tapadera, entre otras muchas obras. Y, por supuesto, protagonistas de esas series inolvidables, desde Perry Mason a LA law, desde Anillos de oro a Turno de oficio, que despertaron más de una vocación.

En nuestro teatro, después de dedicar sendos estrenos a esas frases que tienen que oírse fiscales y jueces, no podíamos sino continuar la serie con las que tienen que oir los miembros de la abogacía. Como en los otros casos ,muchas de ellas están basadas en lugares comunes provenientes de la cultura audiovisual anglosajona y otras, directamente, de la imaginación. En cualquier caso, dan mucho juego que, en este caso, he de agradecer a las aportaciones que me han hecho desde redes sociales, además de mi propia experiencia toguitaconada y de hija y nieta de abogados.

Gran parte de estas perlas provienen de sus propios clientes. Hay que reconocerles que, como tienen una relación más directa con ellos, las posibilidades de oir cosas pintorescas se multiplica. Y la paciencia que han de tener, también, justo es reconocerlo.

El primer capítulo vendría dedicado a las quejas. Los letrados y letradas son de los seres más incomprendidos que hay en el mundo. Yo misma he sido testigo -o testiga, como Chus Lampreave- de cómo un investigado lanzaba exabruptos de su abogada del turno de oficio diciendo que a ver si le traían una abogada de verdad, porque no le gustó lo que ella le aconsejaba. Como no podía ser de otro modo, salí en su defensa diciendo que no podría tener mejor representación, a lo que el tipo se vino arriba diciéndome que estábamos compinchadas por ser mujeres. Y es que, aunque resulte increíble, hay hombres a quienes no les gustan un pelo las profesionales del sexo femenino. Eso le pasó a una abogada que, dispuesta a atender en el SOJ -Servicio de orientación jurídica-, tuvo que soportar que el cliente dijera que él quería al señor del despacho de al lado. Y, por más que explicara que tenía la misma carrera y los mismos o más años de experiencia, no quedó convencido.

Recuerdo con ternura a una compañera de carrera que salía cariacontecida de una de sus primeras vistas. Después de darlo todo en el juicio, tuvo que aguantar que su cliente le dijera “lo ha hecho tan mal que hasta el juez le ha llamado impertinente”. Huelga decir que lo impertinente era la pregunta que quería hacer, pero no hubo modo de explicárselo. Algo parecido le pasó a otra, que escuchó de boca de su representada que el juez le había llamado “incompetente”, cuando lo que había hecho era rechazar la declinatoria. Pero, como he dicho otras veces, el lenguaje no ayuda.

En otras ocasiones son los propios clientes los que no ayudan. El “soy inocente y quiero contar mi versión” le ha costado una condena a más de uno, que ignoró las recomendaciones de su Letrado de no declarar. Y es que a veces sus declaraciones son tan pintorescas que mejor cerrar la boca. Hay un clásico, el de “se clavó sola el puñal” con múltiples versiones. Una de ellas es la que cuenta una amiga abogada: se cayó sola y yo la recogí y la puse en la cama, seguramente fue entonces cuando se causó las lesiones. Otra, la historia del que contaba que le dijo al otro que fueran a pegarse al césped, que no se harían daño y, preguntado que pasó después, dijo que se pegaron en el césped y no se hicieron daño. Algo en que no estaba de acuerdo la parte contraria, claro está.

A veces pasan cosas que difícilmente dejan contener la hilaridad. Como un investigado que contaba muy convencido que lo que vendía eran paletillas. Nadie entendía qué relación tenía aquello con esa parte tan sabrosa del cordero hasta que explicó que paletillas eran esos paquetitos chiquitos donde se ponía la droga -o sea, papelinas- Visto para sentencia. Y ojo, que después de exhibiciones de este tipo, tiene que vérselas con argumentos fantásticos para no entrar en prisión como “es que yo ahí dentro me deprimo” o “no puedo entrar, que tengo claustrofobia”. La verdad es que se lo ponen difícil. Y más cuando lo intentan arreglar, como el acusado de alcoholemia que se explicaba diciendo que “solo” se había tomado dos gin tonics y un amaretto que es digestivo, oiga.

Confieso que más de una vez he compadecido a un Letrado por el papelón que le toca. De vez en cuando a algún juez se le escapa eso de “que pase el condenado” que debe hacer que se la baje el alma a los pies en un nanosegundo. Como debe ocurrir también si oyen cosas como “que pasen a juicio, que ya tengo puesta la sentencia y se la notifico enseguida”. Aunque sus señorías no siempre son tan duros, y, ante una petición de prisión denegada me cuentan que se oyó por lo bajini “es buen chaval”. Y es que un micrófono encendido es un enemigo peligroso.

Otra de las fuentes incuestionables de frases antológicas viene de la idea de la profesión que tiene la gente. Me cuenta una buena amiga abogada que, después de un buen rato comentando en el pasillo acerca del frío que hacía y otra trivialidades le tocó el turno de intervenir y que, al ponerse la toga, escuchó “anda, si no se pone la capa nunca hubiera dicho que era abogada”. Y es que hay quien cree que son de otro planeta, pero por si se les olvida, se lo recuerdan con un “compórtate, que eres abogado”, como si tuvieran que estar siempre con cara circunspecta y la toga puesta.

Pero si hay algo que la gente entiende con dificultad es la esencia misma del derecho de defensa. Por eso les pregunta cómo pueden defender a un terrorista/violador/asesino, como tienen valor para defender a un culpable o, directamente, si no pueden hacer objeción de conciencia. Pero las mejores frases vienen de la propia familia: “hija, con qué gente te juntas”o ¿”eres abogada para defender a inocentes o a todo quisqui?”.Pues a todo quisqui no sé, pero a todo quinqui aseguro que sí, que de eso se trata la cosa. Es lo que hay.

Para acabar, un ramillete de frases provenientes del desconocimiento de nuestros papeles en Toguilandia y la relación entre ellos. Probablemente, alimentada con esa escena de las películas americanas en que todo el mundo se pone en pie a la llegada de su señoría tras el anuncio de “preside el honorable juez x”. Así que hay quien se atreve a preguntar si una es abogada porque no consiguió ser juez o porque no aprobó la oposición. Y como hay quien no interioriza a un abogado o abogada haciendo de acusación, he llegado a oir que “parece un fiscal” o, aun mejor “¿si acusas mucho te puedes convertir en fiscal?”. Obvio la respuesta y la cara de estupefacción del interpelado, pero adelanto que si las miradas matasen hubiéramos tenido un levantamiento de cadáver en el acto.

Acabaré con una frase propia, la que dediqué a mi padre cuando era pequeña. “papá, qué es mejor, ser juez, fiscal o abogado?. Mi padre, aunque no era gallego sino valenciano de pura cepa, me respondió con otra pregunta “¿a quién quieres más, a mamá o a mí?”.Y entonces fue cuando usé por primera vez una frase que en el futuro pronunciaría miles de veces “no hay más preguntas”

Por todas estas razones, mi aplauso hoy es para todos los abogados y abogadas,en especial para quienes han contribuido con sus aportaciones a este estreno. Y cómo no, con ese pequeño guiño a mi padre que seguro que, desde donde esté, me estará leyendo. Y sonriendo, espero.