Techo de cristal: fallas e igualdad


 

Relato publicado en el llibret de la Falla Cadiz-Denia 2017-2018 (versión en valenciano)

falleros espaldas

Incluido en la antología REMOS DE PLOMO

NINOTETA

 

Desde que me alcanzaba la memoria, siempre la habían llamado Ninoteta. Desde el principio no fue un apelativo cariñoso. Nada de nada. El nombre –o, quizás, apodo- venía de una burla que le hacían cuando era pequeña. No obstante, ella decidió darle la vuelta y convertirlo en su nombre, con todo el orgullo.

Era fallera desde siempre. Como su padre y su hermano, y como lo fue su madre antes de casarse y convertirse en “mujer de fallero”, esa categoría tan apreciada en nuestras comisiones falleras de principios de los 60. Cuando se casaban, las mujeres dejaban de ser falleras para convertirse en apéndices del hombre. Como pasaba también fuera de la falla.

Pero a ella aquello nunca le gustó. Un día le dijo a su madre que lo que quería ser era presidenta

  • Claro que sí, hija. Cuando seas mayor, tendrás un novio fallero y como será un hombre listo, será presidente. T tú presidenta, claro.
  • No, madre. Yo quiero ser presidenta. No la mujer de nadie
  • Qué cosas tienes, hija. Ya crecerás…

No hizo caso a su madre, aunque sabía que hablaba con la mejor intención. A ella le gustaba la organización de la falla, el presupuesto, dar al poco dinero que había el mejor destino. No tenía, desde luego, el más mínimo interés en preparar las cenas y adornar el casal. Y por eso se escondía bajo de una mesa para tratar de aprender.

Y, como no podía ser de otra manera, la sorprendieron. Y se rieron a su costa. Hasta un chico, con grandísimo desprecio, dijo que parecía un  ninot, ahí plantada. Fue entonces cuando otro le pudo el apodo.

  • ¿Ninot?. Ni siquiera eso, si solo es una mujercita de nada. En todo caso, Ninoteta

Ella no lloró, pese a que le costó mucho contener las lágrimas. Y se juró a sí misma que llegaría un día en que aquel chico tendría que tragarse sus palabras.

El tiempo pasó y Ninoteta creció. Por descontado, no se cumplió la profecía de su madre de que olvidaría su objetivo cuando fuera una mujer, consiguiera un fallero como Dios manda y empezaran a salir juntos. No le interesaba tener novio, fuera o no fallero. Simplemente, estaba ocupada con otras cosas como estudiar y aprender todo lo que pudiera. Lo que no había cambiado, sin embrago, era su amor por la falla. Ni su intención de ser presidenta

Cuando, ya mayor, pidió un cargo en la Junta Directiva, se rieron de ella. ¿Una mujer? Qué barbaridad. Pero, un año tras otro, volvía a plantearlo hasta el momento en que lo logró. Se haría cargo de la comisión femenina, pero ya era un paso adelante. Y comenzó una actividad frenética, en la que involucraba a las mujeres para tomar decisiones. Al principio eran pocas, las más jóvenes. Después se añadieron otras, y otras más. Y hasta as “mujeres de fallero” de toda la vida se hicieron fallera con tal de hacer más cosas que poner la mesa y elegir el color de los ramos de la Ofrenda. Y, por qué no, algunos hombres se unieron a ella y, en ocasiones, les pedían consejo para mejorar las cosas.

Ninoteta fue ascendiendo escalones casi sin darse cuenta. Y, un día de finales de los años 70., anunció la decisión para la que había luchado toda su vida. Se presentaría a la lección como presidenta.

Se montó un jaleo tremendo. Le ofrecieron el cargo de vicepresidenta con tal de que no se presentara. Pero no se conformó. Había llegado su momento.

Cuando terminó el escrutinio de votos que, por primera vez, fueron secretos, la gente no lo podía creer. Había ganado. Su candidatura tenía una diferencia de 3 votos con la otra. Tres votos que le sabían a gloria. Sería la primera presidenta de una comisión en la historia de las fallas.

Su adversario se quedó petrificado y tuvo que asumir su derrota. Como un ninot. No era otro que el que, un día muy lejano, la bautizó, entre risas, como “Ninoteta”

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