Eventos: bodas, bautizos, comuniones


              Nada como un buen evento para disfrutar y afianzar vínculos, que nunca se sabe. Ben lo vemos en el cine, en películas como La boda de Muriel, Mi gran boda griega, La boda de mi mejor amigo o Cuatro bodas y un funeral. O en Las bodas de Luis Alonso, si tiramos de tradición.

              En nuestro teatro no es que abunden los eventos, pero haberlos, haylos. Y más de lo que pensamos. Que no se diga.

              En primer lugar, hemos de referirnos al papel de los Juzgados en determinados eventos de la vida. Así, mientras no se cambie definitivamente la regulación del Registro Civil y deje de llevarse por Juzgados de Primera Instancia -recordemos que no es función jurisdiccional sino asignada a jueces y magistrados como podría asignarse a otro órgano-, en Toguilandia se celebran bodas y, aunque no se celebran -poco hay que celebrar- sí se tiene una labor fundamental en los entierros, la de inscribir el fallecimiento.

              Sin embargo, aunque la labor de celebrar bodas no sea estrictamente jurisdiccional, sí que lo es, en cambio, la de hacer lo contrario, esto es dejarlas sin efecto o, dicho de otro modo, descelebrarlas. Los divorcios y similares -regulación de los efectos de la ruptura en parejas de hecho- son competencia de los juzgados de primera instancia, bien en su modalidad compartía con ot5ras materias o bien en su modalidad de juzgados exclusivos, que existe en algunas grandes ciudades y aun no tiene carta de naturaleza como juzgados propios. De la materia que tratan, el Derecho de familia, ya hablamos en otro estreno.

              De hecho, hay algunos divorcios que se convierten en el acontecimiento del juzgado de que se trate. Recuerdo con especial cariño la que se liaba en mi primer destino cada vez que acudían con alguna cuita de su divorcio una otrora famosa cantante y su esposo , peluquero y aspirante a famoso. No hace falta que diga mucho más.

              Por otro lado, hay que afirmar tajantemente que no existe el bautizo civil, aunque haya quienes se hayan empeñado en instituirlo. El Bautizo es una celebración religiosa y, aunque pueden coincidir en el tiempo con la inscripción en el Registro Civil, no siempre es así. Cada día son más frecuentes los bautizos donde los niños van por su propio pie, a diferencia de la inscripción en el Registro Civil que, si se hace como se debe, ha de ser recién nacida la criatura. Ahora bien, si de lo que se trata es de celebrar el nacimiento, pues ahí estamos. Valdría la inscripción en el Registro como excusa para la fiesta.

              Lo que no puede admitirse de ninguna manera, es la Comunión civil. Ahí si que n o hay paralelismo con ninguna ceremonia civil ni con ninguna inscripción. Así que si se quiere fiesta, y regalos y un traje bonito sin pasar por la sacristía, se monta y ya está. Pero sin buscar cómplices en nuestro teatro, que bastante tenemos con lo que tenemos.

              Pero, además de estos eventos en los que intervenimos por razón de nuestro oficio, hay otros de ora índole en que somos invitados e incluso protagonistas. Los más comunes son las jubilaciones, celebradas con ágape y regalo, como Dios manda, o en petit comité, para quienes prefieren la discreción. Juntas, o por separado, hay un tipo de celebraciones especialmente gozosas, la concesión de medallas, aunque más de una vez se trate de un evento agridulce, cuando se conceden a título póstumo.

              También son relativamente frecuentes y generalmente gozosas las despedidas por cambio de destino, porque normalmente se hace para mejorar, bien por razones personales, bien por razones profesionales, o bien por ambas a un tiempo.

              Y, por último, tenemos esos eventos tan personales como bodas, bautizos o comuniones, cuando nos une a quienes los protagonizan, además de la condición de colegas, la amistad. Aunque en esos casos siempre hay que recomendar guardar la compostura, que alguna copa de más y algún bailoteo pueden hacernos arrepentirnos a día siguiente. Que no se diga que las togas nos confunden

              Y con esto, acaba el evento de hoy. Aunque, para acabarlo del todo, falta el aplauso. Y lo dedico esta vez a quienes los protagonizan. Porque siempre viene bien para salir de la rutina.

Ruedas de reconocimiento: pillados


              Se puede conocer y reconocer a alguien. Y se puede reconocer a alguien que ya se conocía o a alguien a quine se vio por primera ver. En eso consiste la Identificación, como la película del mismo título, u otras como Identidad o No identificado. Y, por supuesto, Reconocimiento. Porque no siempre se puede permanecer en el anonimato.

              En nuestro teatro hay varias formas de reconocer al presunto autor de unos hechos delictivos. En ello consiste una de las pruebas fundamentales en nuestro Derecho. Y de ello va a tratar el estreno de hoy.

              Como decía, es importante identificar a las personas. Por eso, cuando empieza un juicio o una declaración se le hacen una serie de preguntas, las generales de la ley, a las que ya dedicamos una función.

              Sin embargo, esa batería de preguntas se les hacen a los testigos. Cuando de un investigado, sospechoso, acusado o procesado se trata, dado que puede acogerse a su derecho a no declarar, puede no contestar nada. Podría, incluso, decirnos una sarta de mentiras porque en nuestro Derecho los investigados no prestan juramento y, obviamente, no pueden cometer delito de perjurio. Ya lo he dicho muchas veces, las películas americanas son una cosa y la realidad del Derecho español, otra. Podría decir que por suerte o por desgracia, pero me inclino por la suerte, porque es preferible el garantismo patrio, por aburrido que resulte, que la espectacularidad americana.

              Pero de lo que hoy se trata es de hablar de las pruebas encaminadas a identificar al presunto autor. Entre ellas, la rueda de reconocimiento es la prueba reina, aunque no es la única. Algo que no siempre se entiende.

              Me explico. Si alguien pone una denuncia porque le ha atracado, y hay un sospechoso -o varios- de la comisión de los hechos, se practica una prueba llamada rueda de reconocimiento, consistente en que, previa colocación en las circunstancias adecuadas y respetando sus derechos y la intimidad de la víctima, esta reconoce -o no- al autor de los hechos. Normalmente, se le pregunta además si lo hace con toda seguridad y se practica una segunda rueda cambiando de posición a quienes la integran.

              Respecto de los integrantes de las ruedas, además del sospechoso, han de ser forzosamente personas que tengan unas características físicas similares, Es decir, que si el sospechoso es de baja estatura, no pueden ponerse en la rueda personas con talla de jugador de la NBA, y si es calvo, sería improcedente colocar a melenudos recalcitrantes -salvo que llevara peluca, claro-. Parece una perogrullada, pero así es.

              El reconocimiento en rueda suele ser algo así como la prueba del 9 de la multiplicación,  es decir, poco menos que irrefutable. Pero hay veces en que no es necesaria. Imaginemos que la víctima ya identifica al autor, bien por su nombre o bien por la relación que le une a él. Es lo que ocurre en los casos de Violencia de género, y también en la violencia doméstica. Si la víctima dice que quine le pegó fue su marido o su padre, para nada serviría una rueda de reconocimiento. Blanco y en botella ¿no?

              Pues bien, retomando los dos ejemplos anteriores, en el del atraco, nadie duda de que existe suficiente prueba, porque hay una declaración de la víctima y un reconocimiento en rueda y, en cambio, en el caso de la violencia de género, hay gente empeñada en repetir eso de que no hay prueba, por mas que exista el testimonio de la víctima igualmente y no se haya practicado rueda de reconocimiento por ser innecesaria.

              La práctica de esta prueba ha dado lugar a numerosas anécdotas, algunas de ellas muy jugosas. Una de ellas la contaba en el post dedicado a los ascensores, el caso de una victima que reconocía a su agresor no tanto por serlo sino por haber compartido ascensor minutos antes.

              En cuanto sus integrantes, a veces cuesta encontrar personas con similitud física, sobre todo si el sospechoso tiene un aspecto que se salga de lo común. Había un funcionario al que siempre se recurría a esos menesteres. Hasta que un día fue reconocido y, aunque luego resultó ser un error, se llevó tal susto que no volvió a ofrecerse.

              Por lo que afecta a la manera de practicarse, nunca me olvidaré de lo que hacían en un juzgado de mi primer destino. Como no tenían instalación apropiada, improvisaban un medio, el de utilizar un cartón con un agujero para mirar, y colocar a los integrantes de la rueda al otro lado del cristal de una puerta. Ingenio contra carencia de medios. Lo malo es que la solución improvisada fue bastante duradera en el tiempo.

              Y como olvidar un caso que me contaron en la escuela Judicial, que aun no sé si es leyenda urbana o responde a la verdad. Se trataba de un reconocimiento de penes, porque el presunto culpable tenía, al parecer, un tatuaje en salva sea la parte que la víctima reconoció, además, sin dudas.

              Lo que es incierto es algo que a veces empelamos como broma, y que puede que alguien haya creído. Se trata de decir que todos los integrantes de la rueda iban a cabeza descubierta y el autor con casco, “para que resulte inconfundible”. Es ovio que es un chascarrillo, pero lo cuento por si algún incauto lo creyó y se corre la voz, que nunca se sabe.

              Y con esto, bajo el telón por hoy. El aplauso lo dedico, sin necesidad de rueda alguna, a todos aquellos que reconozco como lectores y lectoras. Gracias por estar ahí

Ascensores: cuidado, cuidado


              Existe la creencia generalizada de que en los ascensores solo se habla del tiempo. Y el tiempo es, desde luego, un tema recurrente, pero no el único. Y pueden ocurrir muchas cosas dentro del mínimo espacio que ocupa un ascensor. Incluso había un grupo musical que en llamaba Un pingüino en mi ascensor y, en cuanto a películas, es algo tan recurrente que he encontrado, sin necesidad de mucho buscar, hasta tres que tienen por título, precisamente, El ascensor, aunque hay otros menos explícitos, como Un ático sin ascensor o Ascensor hacia el cadalso. Aunque, si de ascensores y películas se trata, ¿quién no recuerda la inquietante escena de El resplandor con aquellas gemelas ensangrentadas que nos invitaban a jugar con ellas?. Yo aun tengo pesadillas en que aparecen.

              En nuestro teatro, los ascensores tienen tanta influencia como en cualquier otro ámbito de la vida, aunque no nos demos cuenta. Puede una quedarse encerrada y necesitar un rescate, como el que conté en un estreno en su día y puede que, incluso, motive que se llegue tarde a un señalamiento con las consecuencias que eso tiene.

              Cuando el edificio judicial tiene muchos pisos, o los ascensores no van todo lo bien que debieran o ambas cosas a un tiempo, puede llegar a impedir que lleguemos a tiempo. Recuerdo cuando, en mis primeros tiempos de Fiscal en valencia, estábamos en un edificio de tropemil plantas y de cierta vetustez, las colas para coger uno de ellos -el que iba- superaban con mucho a las que hoy puede tener un concierto de Shakira o la firma de ejemplares de la última influencer de moda. Verdad verdadera.

              Y eso por no hablar de con quién puedes coincidir en el viaje ascendente o descendente. Ahora mismo me viene a l cabeza e caso de una víctima de robo con violencia que tuvo la desgracia de coincidir en el ascensor con el presunto autor, al que iba a tener que reconocer en rueda al cabo de un rato, aunque en ese momento ambos lo ignoraban. Lo que sucedió a continuación no tiene desperdicio. La chica en cuestión, preguntada si conocía a alguno de los integrantes de la rueda como el autor del delito, dijo, muy convencida, que desde luego. Cuando le preguntaron si estaba totalmente segura, dijo que cómo no iba estarlo, que era quien iba en el ascensor con ella. Cosas de Toguilandia.

              En otros casos, las coincidencias son especialmente violentas, y me he encontrado con divorcios que iban a ser de mutuo acuerdo que dejan de serlo porque ambos cónyuges han coincidido en el ascensor y han tenido su más y sus menos. Especialmente, si uno de ellos va acompañado de su nueva pareja que, la verdad, no sé qué falta hacía.

              Como decía antes, el tiempo atmosférico es un tema recurrente, pero no es el único, sobre todo si se va acompañado de alguien a quien se conoce a la hora de subir o bajar. En una ocasión, subía a mi juzgado a hacer los juicios de ese día y también entraron en el ascensor un par de chicos jóvenes que hablaban entre ello como si yo no estuviera allí. En su animada conversación hubo una frase que me hizo contener la risa. “A ver la cabrona de la fiscal lo que va  a decir hoy, que me ha dicho mi abogada que es una amargada de narices”. Ni que decir tiene que me bajé un piso antes de lo que pretendía en un principio y subí por las escaleras el piso restante. Así pude incrementar el efecto sorpresa que aquel chico, acusado en uno de mis juicios, y su amigo, iban a tener. Porque la cara que pusieron al verme entrar con la toga puesta fue de premio. Y la de la abogada, después de la escuchita de su cliente, todavía más. Si la tierra no se abrió a sus pies no fue porque no rezaran para ello.

              En otros casos, me he llegado a enterar del resultado de algún juicio en el ascensor, cuando abogado y cliente comentaban sobre la sentencia absolutoria o condenatoria o, caso de conocerme, me lo decían directamente. He de aclarar en este punto que, por un misterio propio de Cuarto Milenio, los y las fiscales somos los últimos en enterarnos de estas cosas. Lo juraría hasta con la Biblia delante si hiciera falta, como en las películas americanas.

              Aunque he de reconocer que lo momentos ascensoriles más incómodos ocurren cuando una, en el receso de un juicio con jurado, se encuentra con alguno de los que componen el tribunal. Esos minutos en que ambos miramos al infinito duran una eternidad. Y, además, en mi fuero interno no hago más que rogar porque no me pregunten nada. Por si las nulidades.

              Y con esto, se cierra el telón por hoy. El aplauso se lo daré a todas las víctimas propiciatorias de esos momentos incómodos y a quienes hacen lo posible por evitarlos. Que a veces, cuesta mucho.

Diminutivos: algo pequeñito


              Hay un dicho popular según el cual los buenos perfumes se guardan en envases pequeños. A lo que siempre hay alguien que responde que el veneno también. Pero, sea como sea, las miniaturas siempre han tenido su sitio en el cine y el resto de artes. Todavía recuerdo la serie de televisión titulada Los diminutos, la serie y la película dedicada a Los Pitufos u otros títulos como El caso de la mujer asesinadita. Sin olvidar, claro está a nuestro representante de hace unos años en Eurovisión que hace unos años lo fue con el tema “Algo Pequeñito”. Y es que, en ocasiones, menos es más.

              En nuestro teatro también hay espacio para las cosas pequeñas. Algunas, porque lo son por naturaleza. Otras, porque no conseguimos que sean mayores, como ocurre con nuestros medios personales y materiales, que ya quisiéramos que fueran muchos y muy grandes. Pero nos tenemos que conformar con nuestros despachitos, con lo que contenga. Y gracias

              En cuanto a esas cosas de las que hablamos directamente en diminutivo, encontramos algunas como las “vistillas”, nombre genérico que se da a aquellas diligencias que se celebran e vista pública pero no son juicios o vistas estrictamente, como las comparecencias de prisión o de medidas cautelares.

              Otro de los diminutivos que yo, al menos, uso mucho, es el de “levitos” para referirme a los delitos leves. Lo cierto es que es un término que adopté desde que dediqué un estreno a la despedida de sus antecesores, los juicios de faltas y dar la bienvenida a los nuevos juicios. Había también quien proponía llamarlos delititos, y, aunque ha prosperado menos, me parece un nombre precioso.

              También usamos con cierta frecuencia, al menos en el ámbito de fiscalía, el término “informito”, también referido a aquello que sin ser un informe exactamente, hemo de hacer para dar cuenta de algo o explicar alguna cosa. Sobre todo, si es otro compañero o compañera quien va a acudir a la vista de que se trate.

              Otra de esas cosas de las que en Fiscalía -creo que también en otros ámbitos- se habla en términos diminutivos son dos de nuestras pesadillas: los estadillos y las planillas. Por los primeros se nos obliga a hacer la estadística mensual, a pesar de que se supone que está todo registrado, las segundas reproducen el reparto de trabajo, que más de un disgusto no ha dado.

Eso sí, no nos liemos, que hay cosas que parecen diminutivos y no lo son. Las puntillas de nuestras puñetas no son, desde luego, el diminutivo de puntas. Solo faltaba

              Por otra parte, también hay algunos conceptos jurídicos que, aunque no se usan en diminutivo, si que suponen una reducción, como el caso de las eximentes incompletas o semieximentes, o la “media pena” o prórroga de la prisión preventiva hasta la mitad de la pena impuesta en la sentencia que aun no es firme

              No obstante, los diminutivos que más me gustan son aquellos con los que se pretende que algo que cuesta mucho o tiene mucha importancia no sea para tanto. Como hacía una tía mía, cuya dieta para adelgazar consistía en referirse a los alientos en diminutivo, tuvieran el tamaño que tuvieran. Así que se comía “una puntita” de pan, “un platito” de pasta o “un trocito” de chocolate. Y, claro está, adelgazar no adelgazaba, pero tampoco perdía el buen humor. Vaya lo uno por lo otro.

              Pues bien, a esta especie responden cosas como “es un escritito de nada”, “tienes un recursito para contestar” o mi preferida, “esto te cuesta un momentito”

              Porque el momentito es una nueva unidad de tiempo que mucha gente no conoce y que tiene unas características especiales. El momentito puede durar 5 minutos, o 5 horas, según los casos. Cuando alguien te pregunta si tienes un momentito para una consulta, suele ser un período de tiempo largo. Cuando, sin embargo, te dicen que eso lo solucionas en un momentito, suele llevar consigo una< exigencia de que el tiempo sea lo más reducido posible. El momentito es elástico y subjetivo, y depende de quien lo da y quien lo pide, Pero siempre suele salir alguien perjudicado. Así que cuidado.

              Y hasta aquí, el post de hoy. Esta fiscalita pide el aplauso, grande o pequeñito, para quienes en el día a día me dan estas ideas. Sin sus aportaciones, no habría estrenos en nuestro teatro.

Olvidar: entre el derecho y la memoria


              Los recuerdos forman parte de la vida y conforman nuestra memoria. Y su contrario, el olvido también. El género de los diarios o memorias es muy utilizado, tanto en el cine como en la literatura, algo así como e autorretrato en la pintura. Son muchos los títulos que recurren a ello: Memorias e una Geisha, Diario de Noa, entre otro muchos y, por supuesto, el Diario de Ana Frank.

              En nuestro teatro tanto la memoria como el olvido tienen su traducción jurídica. Además de los olvidos en los que, personalmente, incurrimos sus intérpretes, algunos motivos de hilaridad y otros exactamente de lo contrario, y a los que ya dedicamos un estreno en su día. Un estreno que hacía referencia, además, a un recuerdo de la infancia de toda una generación, el del niño que olvidaba los Donuts al ir al colegio y luego la cartera al grito de “Anda, la cartera”.

En Derecho, la memoria tiene su vertiente jurídica en la regulación de la Memoria democrática, lo que en su día se llamó Memoria histórica y que pretende, precisamente, que no caigan en el olvido las historias de aquellas personas que fueron tratadas injustamente, que fueron victimas de un régimen injusto cuyas consecuencias sufrieron ellas y sus familias. Son historias como las que contaba en el cuento dedicado a El enterrador, basado en un hecho real, o en Salvar al soldado Peris, pura ficción que podría haber sido realidad, o incluso en la reciente Un okupa en el panteón, que mezcla una y otra época en un intento de jugara a la memoria desde la desmemoria.

La Memoria democrática ha sido objeto de reciente regulación por la ley de 2022 en la que, entre otras cosas, se crea la Fiscalía de Derechos Humanos y Memoria democrática. Aunque se ha criticado el hecho de que la mayor parte de delitos que se pudieran conocer están prescritos y, además, no cuentan con un autor vivo contra e que dirigir la persecución penal, la cosa va más allá de eso. Se trata del derecho a preservar la dignidad e las victimas y sus sucesores, a través del reconocimiento de esa condición de víctimas. No basta con pasar página, por cuanto que eso puede suponer cerrar heridas en falso. Ya reza un dicho que “Aquellos que no pueden recordar su pasado están condenados a repetirlo”, frase tan conocida como desconocido su autor, George Santayana, filósofo madrileño profesor en Harvard. En una terrible y triste paradoja del destino esta frase estaba escrita en la entrada el bloque número 4 del campo de exterminio de Auschwitz. Precisamente, un lugar de infausto recuerdo dedicado ahora a la memoria de sus víctimas.

En esta misma línea, no está de más recordar otra frase memorable, atribuida en este caso a Cicerón, según la cual “Si ignoras lo que ocurrió antes de que tu nacieras, siempre serás un niño”. Una cita que convendría tener presente de vez en cuando, sobre todo para evitar ese riesgo de infantilización de sociedades donde lo tenemos casi todo hecho.

Aunque tal vez los peores olvidos, no estrictamente jurídicos, pero sí con considerables efectos en las vidas toguitaconadas, son los lapsus que sufrimos en exámenes. El fantasma del “quedarse en blanco” es la peor pesadilla de un opositor. Aunque quedarse en blanco a la hora de hacer un informe en sala le anda a la zaga. El famoso efecto “trágame tierra” sin que la tierra nos haga caso jamás. Al menos, que yo sepa.

Al otro lado del espejo, tenemos el derecho al olvido. Se trata de un derecho de nuevo cuño, nacido, sobre todo, al amparo de la eclosión de Internet y consiste en la pretensión de que determinados datos que se publicaron en un pasado desaparezcan de los buscadores, de modo que ya no se asocien a la persona que pretende ejercitarlo. Puede tratarse de fotografías de esas que se cuelgan en redes y que luego causan vergüenza propia y ajena con solo mirarlas o cosas más serias.

Ya desde hace tiempo, se ha llamado a la reflexión a esos padres que publican todo lo que afecta a sus hijos que, cuando crecen, se abochornan de verse de esa guisa. Y es que a veces se hacen fotografías que no hay por donde cogerlas. Juro que más de una vez celebro que en mi infancia no existiera Internet, porque no quiero llegara a imaginarme lo que saldría por allí. Alguna ventaja tendrían que tener las canas.

Pero, como decía, hay casos más serios, y no siempre se resuelve a favor de este derecho sino de todo lo contrario. En estos días hemos sabido de dos casos de este tipo. Por un lado, el de una de las personas que participó en el proceso que condenó a muerte a Miguel Hernández, a cuyos descendientes se les niega la pretensión por entender que prima el interés público sobre ese derecho al olvido.

El otro caso es el de una persona que fue condenado en su día por un homicidio y que, una vez cumplida la condena, pretende la desaparición de toda referencia a su persona en relación con el delito cometido y la condena. Tampoco en este caso le dan la razón los tribunales, por cuanto que entienden que prevalece la libertad de expresión e información sobre el derecho al olvido.

Y con esto, me despido por hoy. Pero no me olvido del aplauso, que va esta vez dedicado a quienes saben conservar la memoria de aquello que merece ser recordado. Y viceversa, que no es poca cosa.

Especial fallas: ¿De verdad quieres ser fallera?


Esta vez nuestro escenario se viste de poesía, peinetas y música, para traer algo especia por estas fiestas falleras: la poesía con la que una fallera de mi falla ganó el premio de declamación de Junta Central Fallera. Una poesía que hice con todo el cariño para ella, para dar un toque divertido a la fiesta y que hoy comparto en su versión original, en valenciano, y traducida al castellano (seguid leyendo, que al final está)

Y de nuevo, gracias a @madebycarol por prestarme su ilustración

Lo del aplauso, ya luego, si os apetece…

DE DEBÒ VOLS SER FALLERA?

Em van dir l’altre dia

Si volia ser fallera,

I vaig contestar: escolta’m

Fins de decidir-me, espera!

Digues què és el que he de fer

i a què estaré obligada

perquè abans de respondre

he d’estar assabentada.

Dona, tu no t’amoïnes

Que això és meravellós.

Pregunta’m i ja voràs

Com t’ho demanarà el cos.

Bé. Què passa amb els vestits?

I com he de pentinar-me?

Mira que soc delicada

i el cap no vull calfar-me

Res, dona, quatre drapets

I uns monyos ben arreglats

Que de segur que t’afanyes

I en no res els tens aviats!

A vore, explica’m allò

dels monyos i els quatre draps

que crec que estàs amagant-me

que això és més complicat.

No sigues exagerada,

Sols has de buscar teixit,

Manteletes, les sabates,

les peinetes i poc a poc, va eixint.

Sols això? I qui fa la confecció?

També, has de trobar modista,

perruquera i maquillatge.

Però com ets apanyada,

de seguida tens el tratge.

De seguida, dius? No creus

que m’estàs prenent el pèl

per tal que jo m’apunte,

com si això fora tot mel?

Perquè jo veig les falleres

que ploren. És l’emoció?

O tenen dolor de peus

I cansament a muntó?

Vinga dona, això no és res.

Bambolles i feridetes

I una miqueta de son

que enviem a fer punyetes.

Ferides, son i què més?

No sembla molt atractiu,

si li sumem els diners

que es d’allò més decisiu.

I encara resta saber

d’altres obligacions

que no ha de ser tot lluir,

Conta’m que pare atenció.

Doncs, has d’anar a les juntes

generals o directives,

que no et pots escaquejar

tot i que sigues qui sigues.

A més a més, ve el millor

Què no n’hi ha ja prou, Marieta?

D’això res xiqueta, també hi han activitats

Per a animar la falleta:

Teatre, campionats,

els balls i l’exaltació,

sense oblidar-se, és clar,

de fer la declamació.

No sé que passa, se n’ha anat

sense cap explicació.

Amb tot el que li he contat,

de segur serà emoció.

Tot i que fa ja vint díes

No ha tornat

a veure’m ni parlar-me.

No ho entenc! S’haurà posat

a preparar-se les coses

per a apuntar-se a fallera?

Potser, però sospite

que de ninguna manera

Que ha fugit -m’ha dit sa mare-

que de mi no vol saber.

Menuda desagraïda!

No sé què voldria fer.

No hi ha res més divertit

per a tot el veÏnat

que ser faller d’una falla.

I t’ho dic de veritat

Que estem bojos? Ja ho sabem.

Que debades  treballant? Cal arrimar l’ala.

Però cada any les falles esperem

amb el cor encés en flama!

DE VERDAD QUIERES SER FALLERA?


Me dijeron el otro día
Si quería ser fallera,
Y contesté: escúchame
Hasta decidirme, espera!

Dime qué es lo que he de hacer
y a que estaré obligada
porque antes de responder
tengo que estar enterada.

Mujer, que no te quite el sueño
Que esto es maravilloso.
Pregúntame y ya verás
Como te lo pide el cuerpo.


Bien. Qué pasa con los trajes?
Y como tengo que peinarme?
Mira que soy delicada
y la mente no quiero calentarme


Nada, mujer, cuatro trapillos
Y unos peinados muy apañados
Que a buen seguro que te apresuras
Y en nada los tienes preparados


A ver, explícame eso
de los peinados y los cuatro trapos
que creo que estás escondiéndome
que esto es más complicado.

No seas exagerada,
Solo tienes que buscar tejido,
Manteletas, los zapatos,
peinetas y poco en poco, va saliendo.


¿Solo esto? ¿Y quien hace la confección?

También, tienes que encontrar modista,
Peluquera y maquillaje.
Pero como eres apañada,
enseguida tendrás el traje


¿Enseguida, dices? ¿No crees
que me estás tomando el pelo
para que yo me apunte,
como si esto fuera todo miel?

Porque yo veo las falleras
que lloran. ¿Es la emoción?
¿O tienen dolor de pies
y cansancio a montón?


Venga mujer, esto no es nada.
ampolles y heriditas
Y un poquito de sueño
que enviamos a hacer puñetitas.


Heridas, sueño ¿y que más?
No parece muy atractivo,
si le sumamos el dinero
que es de lo más decisivo.

Y aun queda saber
otras obligaciones
que no tiene que ser todo lucir,
Cuéntame, que presto atención.


Pues, tienes que ir a las juntas
generales o directivas,
que no te puedes escaquear 
a pesar de que seas quién seas

Además, viene lo mejor

¿Que no hay ya bastante, Marieta?

De esto nada, niña,

 también han actividades
Para animar la falleta:

Teatro, campeonatos,
los bailes y la exaltación,
sin olvidarse, está claro,
de hacer la declamación.

No sé qué pasa, se ha ido
sin ninguna explicación.
Con todo lo que le he contado,
seguro que será emoción.


Pese a que hace ya veinte días
No ha vuelto
a verme ni hablarme.
¡No lo entiendo! ¿Se habrá puesto

a prepararse las cosas
para apuntarse a fallera?
Quizás, pero sospecho
que de ninguna manera

Que ha huido -me ha dicho su madre-
que de mí no quiere saber.
¡Menuda desagradecida!
No sé qué querría hacer.

No hay nada más divertido
para todo el vecindario
que ser fallera de una falla.
Y te lo digo de verdad

¿Que estamos locos? Ya lo sabemos.
¿Que en balde trabajamos? Hace falta arrimar el ala.
¡Pero cada año las fallas esperamos
con el corazón encendido en llama!

Cuento fallero: Esto no es Ninot Story


Hoy, como quiera que llegan las Fallas, nuestro teatro estrena un cuento que tiene que ver con las Fallas y con algo más. El Bullying y cómo salir de él. Los aplausos, como siempre, al final, si el cuento os gusta

ESTO NO ES NINOT STORY

(Relato finalista del concurso de relatos de El Turista Fallero, en su versión en valenciano, publicada íntegramente en el Llibret de la Falla Cádiz Denia)

– ¿Alguna pregunta? ¿Os ha quedado claro cuál es la tarea de los artistas falleros?

– Yo tengo una

– Di. ¿Qué quieres preguntar?

– Los muñecos… ¿despiertan por la noche? Como los juguetes de la película, ya sabes

– Ha, ha, ha. No hija, no. Esto no es Ninot Story

No era la primera vez que me lo preguntaban. Me gustaba mucho participar en actividades de formación escolar y explicar al alumnado cosas alrededor de mi pasión: hacer fallas. Una pasión que, afortunadamente, se había convertido en mi profesión.

Cada vez que escuchaba aquello, viajaba en el tiempo, y volvía a ser la niña que preguntaba a su padre lo mismo que me estaban preguntando ahora. Solo que yo sabía la respuesta antes de que él hablara. Después de toda una vida de convivencia con ninots de su taller, lo tenía claro

– Parece mentira que no lo sepas, hija. Los ninots son ninots. Su única vida consiste a formar parte de una falla y ser quemados el día de San José

– Si no los indultan…

– Esto es. Y si lo sabes tan bien, ¿por qué me preguntas?

– Es que… hay una niña a clase que está empeñada en que los muñecos cobran vida por la noche. Y me ha pedido pasar la noche a tu taller

– ¡Qué locura!

– Pero es que es la niña más popular. Si le digo que no…

– ¿Qué pasará?

– Me hará la vida imposible. Más aun de lo que me la hace

Mis padres sabían que yo no era demasiado feliz en la escuela. A pesar de que no los conté ni la mitad del que pasaba, se daban cuenta que las cosas no marchaban bien

– Haremos una cosa, Empar. Dile a tu compañera que podéis pasar la noche. Le dices que me has quitado las llaves del taller y que yo no sé nada. Tú concreta el día y ya me encargo yo del resto

– Gracias, padre

– Y otra cosa. A tu madre, ni una palabra. ¿Entendido?

– Está claro, padre. Ni una palabra

Hice lo que mi padre me había dicho y al siguiente viernes fuimos a pasar la noche al taller. Yo hice perfectamente mi papel de niña que hacía una traviesa y ella lo creyó. Lo que ella ignoraba era lo que pasaría esa noche. Y yo, la verdad, tampoco lo sabía.

El taller estaba a oscuras. Mi padre solo había dejado una bombilla desnuda y, si no fuera porque yo estaba más que acostumbrada a ver todo aquello, causaba respeto. Las sombras de los ninots se proyectaban en el suelo y dibujaban formas fantasmagóricas. Mi compañera tragaba saliva sin decir nada cuando de repente, vio algo que llamó su atención. Se acercó a unos ninots, estratégicamente iluminados y después de un rato, me gritó

– Vámonos, ya –estaba pálida y lloraba- No quiero volver nunca. ¡Venga!

– Está bien, nos vamos.

No tuve tiempo de mirar qué había visto, pero lo que estaba claro es que se había impresionado mucho

– Empar –me dijo una vez fuera del taller- Y de esto ni una palabra en la escuela

– Sí, pero…

– Si mantienes la boca cerrada no volveré a molestarte. Ni a ti ni a nadie. Te lo juro

Acepté el pacto, que ella cumplió a pies juntillas. A partir de ese momento se acabó su comportamiento de abuso y pasó a ser una niña más. Yo no comprendí qué había hecho que cambiara tanto hasta que vi la falla infantil que mi padre había plantado ese año. El tema era, precisamente, el acoso, a pesar de que nadie lo llamaba así todavía, y en la escena principal estaba el ninot de una abusadora que le parecía mucho a mi compañera. El resto eran escenas donde se veían los efectos de sus actos.

Ese día decidí ser artista fallera, como mi padre. Tendría el poder de hacer que la gente se viera reflejada en mi obra, como mi compañera, y pudiera reaccionar. Y esto era mucho mejor que hacer juguetes que se despiertan por la noche.

No prejuzguemos: las apariencias engañan


Hoy en nuestro teatro estrenamos un cuento, un cuento que forma parte de la antología Oro parece… de Generación Bibliocafé.

Las cosas no siempre son lo que parecen. Y nuestra protagonista puede dar fe de ello. Os invito a conocer su historia. Y, por supuesto, a aplaudirla si es de vuestro gusto

Un okupa en el panteón

No supe de la existencia de un panteón familiar hasta que murió mi abuela. Hasta entonces, me parecía algo de lo más reaccionario y casposo, y me reía de todas las personas que presumían de tener uno. Ni siquiera me gustaban los enterramientos. Nada más limpio y eclógico que una cremación.

Así se lo dije a mi madre, pero no hubo manera de convencerla

  • La abuela lo ha dejado muy claro en el testamento. Quiere que la entierren en el panteón familiar de Villamaguncia de la Sierra
  • ¿Villamagunicia de la Sierra? ¿Y eso donde leches está?
  • Pues, míralo en el Internet ese, hija. Creo que a unos 400 o 450 kilómetros de aquí
  • ¿Cómo dices? O sea, donde Cristo perdió la zapatilla, más o menos. ¿No?
  • No seas blasfema, hija

             Mi madre sabía que yo no creía en ninguna zarandaja de esas de la Iglesia desde que tomé la Primera Comunión, pero aun así no se privaba de darme lecciones de moral en cuanto podía. Por supuesto, de una moral de otra época, que me era totalmente ajena.

            Yo renegaba del pasado de mi familia. Me hubiera encantado pertenecer a una saga de republicanos represaliados, con algún cadáver en una fosa común o en una cuneta, con alguien fusilado en mi árbol genealógico o que, al menos, hubiera pisado la cárcel. Yo quería ser como mis compañeros de partido, que presumían, sacando pecho, de lo que habían hecho por la libertad sus antepasados, pero nada de eso. La mía era una familia burguesa de clase media, de esas que se consideran afectas al régimen, más por comodidad que por otra cosa. Y la verdad es que nunca quise indagar en el pasado de un abuelo que trabajó para varias instituciones de la dictadura. Tenía miedo de encontrar nada que me hiciera avergonzarme más.

            Y, encima, me encontraba con lo del panteón. Una mierda más con que ensuciar mi pasado. Pero no tuve valor para negarle a mi madre, destrozada por la muerte de la suya, que se cumpliera la última voluntad de aquella mujer que tan buena había sido siempre conmigo. A pesar de que su pasado no fuera el que a mí me hubiera gustado.

            Me fui sola al dichoso pueblo, para arreglar todo el papeleo del no menos dichoso panteón. Al día siguiente, en cuanto estuviera dispuesto todo lo del entierro, mi madre vendría montada en el coche fúnebre, que para algo llevaba mi abuela toda la vida pagando el seguro de decesos, el ”seguro de los muertos”, como ella lo llamaba. Quería que la enterraran con mi abuelo en aquel panteón perdido de la mano de Dios. Después de veinte años, volverían a estar juntos, aunque yo no entendiera por qué tenía que ser tan a desmano.

            Las sorpresas, sin embargo, no habían hecho nada más que empezar. En cuanto llegué a las oficinas municipales del pueblo, me atendió un funcionario que me hizo la pregunta más inesperada el mundo

  • ¿Y qué hacemos con el cuerpo que hay en el panteón?
  • ¿Con el de mi abuelo? Pues dejarle que siga descansando. No querrá usted que le saquemos a pasear
  • No, no -el hombre ignoró mi ironía- Me refiero al otro cuerpo
  • ¿Qué otro cuerpo?

             Lo que me faltaba. Había un okupa en el panteón de mi familia. Un cadáver okupa, para ser exacta. Aquello se estaba convirtiendo en una broma propia de una cámara oculta. Una broma macabra a más no poder.

            Pero no era una broma, no. Ahí mismo, según me dijo, había un esqueleto que, al menos, tenía veinte años de antigüedad. O quizás más. Porque no había ni un solo papel que diera ninguna pista de a quién pudiera pertenecer aquel cuerpo.

            Empecé a fantasear con que fuera alguna amante de mi abuelo o algún hijo secreto al que quisiera dar en la muerte la atención que no le había dado en vida. Tal vez por eso me negué desde el principio a desahuciarlo de su última morada. Si llevaba dos décadas con mi abuelo, no iba a separarle de él ahora.

            Dudé mucho si decirle algo a mi madre, pero opté por el silencio cobarde. Si mis figuraciones eran ciertas, más valía que mi madre siguiera en la bendita ignorancia. No había ninguna necesidad de ensuciar el nombre de su padre, muerto hacía tantos años.

            Me olvidé del tema hasta que, pasados un par de meses, volví al dichoso pueblo. Mi sorpresa, al visitar el panteón, fue mayúscula. Estaba lleno de flores. Flores frescas, no de esas de plástico tan duraderas como espantosas con las que la gente se permitía espaciar sin remordimientos sus visitas al cementerio. Me pregunté quién habría llevado aquella profusión de flores, y entonces me acordé del cadáver okupa. Tal vez aquel hijo ilegitimo, o aquella amante, tenían familia que se acordaban más de ellos que nosotros de la nuestra. No podía ser otra cosa.

            No obstante, la suerte quiso que anduviera por allí el enterrador, un hombre de edad indefinida que, según me dijo, tenía que haberse jubilado ya, pero no había querido. Era mi oportunidad

  • ¿Y siempre ha trabajado usted aquí?
  • Siempre, señora -respondió con orgullo- Como hizo mi padre y mi abuelo
  • Y entonces ¿sabe quién ha puesto estas coronas de flores en el panteón de mi familia?
  • ¿De su familia, dice? -se le abrieron unos ojos como platos- ¿Es usted la dueña del panteón rojo?

            En ese momento, fueron mis ojos los que se abrieron como platos. El panteón no era rojo, ni siquiera de un ladrillo de tonalidad rojiza. Era de color piedra desvaído, con un ángel de mármol pequeño y feo.

  • ¿Rojo?
  • Sí, rojo. ¿En serio no conoce la historia?

            El hombre no se hizo de rogar ni un momento para contármela. Allí no había un cadáver okupa, sino varios. Mi abuelo, que trabajaba en el Ayuntamiento del pueblo al acabar la Guerra Civil, compró el panteón con la esperanza de poder enterrar allí a su mejor amigo, fusilado a las puertas del cementerio porque pertenecía a un sindicato o algo parecido. Fue el padre del enterrador quien consiguió que el cuerpo no fuera a la fosa común, y pudieron enterrarlo de tapadillo en el panteón, adquirido, en teoría, para el descanso eterno de mi propia familia. Aquella historia pasó de boca en boca por los pueblos de la contornada, y fueron muchos los que obtuvieron de mi abuelo un hueco para sus propios muertos. Hasta que él mismo murió, ya lejos de allí, y quiso estar con su amigo, y con los amigos de su amigo

  • ¿Y nunca le pillaron?
  • Un par de veces estuvieron a punto -seguía contándome entusiasmado- Pero su fachada de alto funcionario del régimen y el silencio de toda una comarca impidieron que dieran con él. Nadie estaba dispuesto a traicionarle.

             Conforme avanzaba en su relato, yo lloraba de pena y de vergüenza. Pena, por no haber conocido apenas a aquel abuelo que se lo jugó todo, y vergüenza por haber renegado durante tanto tiempo de su apellido.

            Aquel 15 de abril nací de nuevo. Desde entonces, no falto un solo 14 de abril a mi cita en Villamaguncia de la Sierra. El panteón rojo se ha convertido en un lugar de obligada visita para quienes estudian la memoria democrática, y hasta se rumorea que lo van a declarar bien de interés cultural. En lo más alto, junto a ese ángel de mármol pequeño y feo, hemos puesto una placa con los nombres de todas las personas que están allí enterradas. Y hoy me enorgullezco de que en esa lista estén los nombres de mi abuelo y de su amigo. Y, por supuesto, de mi abuela que, sin decir nada, no dejó de pagar un solo año el canon por la conservación del panteón y, gracias a la cual, allí nunca faltaron flores frescas

Más letras: más equívocos para reír


                Ya lo hemos visto otras veces. Las letras tienen mucha importancia, y una de más o de menos pude cambiar el sentido del título de una película o de una novela. De hecho, ya jugó con ello Unamuno al crear sus nivolas. Y el mundo del cine, al titular películas como Letras explícitas, , Amor y letras o Las letras. Y por supuesto, Tú la letra y yo la música, que combina letras y notas musicales en una comedia que, además, hace reír. Que no está de más en estos tiempos.

                En nuestro teatro, tenemos mucho sitio para las letras, que de ellas vivimos. Pero, aunque no siempre pase, algunas veces también hacemos sitio a las risas, muchas de ellas a costa de equívocos en las palabras. Ya hablamos de ello en estrenos dedicados a letras y erratas, y hoy quería traer algún otro caso, para seguir cultivando la sonrisa, que siempre viene bien.

                En su día, recordamos la errata jurídica por antonomasia, ese joder judicial con el que salió publicada en el BOE la Ley Orgánica del Poder Judicial, como si a quien se encargaba de las publicaciones le hubiera traicionado el subconsciente de alguna manera Al igual que ocurre con otra errata típica de nuestro mundo: la de cambiar indulto por insulto. Bailes de letras que, además de cambiar el significado, provocan nuestra hilaridad. Afortunadamente.

                Así que empezaré arrimando el ascua a mi sardina, y recordaré esos cambios de letras que transmutan nuestra naturaleza. Hay quien nos convierte, mediante estos cambios, en seres etéreos e intrigantes, cuando nos llaman el “Misterio Fiscal”, y quien, olvidando una letra, nos convierte en todo lo contrario, en seres de lo más sexuado cuando aluden al “Ministerio Públco”. Solo faltaba aludir al órgano judicial como vi una vez, orgasmo judicial, para cerrar el círculo. Ahí lo dejo

                Ni siquiera la cúspide de la carrera se salva de estas cosas. El otro día, corrector mediante, alguien escribió Fiscal de Salsa por Fiscal de Sala. Y, si a eso le unimos el frecuente error que da lugar a referirse a los delitos de odio como delitos de ocio, ya tenemos la ecuación completa, entre la salsa y el ocio. Y, por si faltara algo, ahí está el Fiscal de medio ambiente como fiscal de miedo ambiente. O de ambiente, si nos sacudimos el miedo de encima. Tenemos la fiesta completa.

                Pero la verdad es que hay cosas que cambian mucho, y el predictivo ayuda a esos errores. Uno con el que hay que tener cuidado es el que consiste en sustituir la expresión “xenófobos” por “xenófagos”. Solo nos faltaba comernos a los extranjeros , como si no tuvieran bastante con ser discriminados. Y, también en el ámbito de los delitos de odio, en cuanto nos descuidamos el predictivo sustituye homófobos por homófonos, Como si tuvieran algo que ver el tocino y la velocidad.

                También es constante el empeño de los ordenadores en llevarnos hasta Cuarto Milenio, y tan pronto se vuelven las notificaciones telemáticas en telepáticas como se inician los procedimientos a instancia de Marte. Si es que no nos falta de na.

                Por otra parte, hay que tener mucho cuidado porque las teclas son traicioneras, y hay palabros de los nuestros que son delicadas si una se confunde. Pensemos en pena, por ejemplo, y en qué pasa si confundimos la última vocal. Pero bueno, todo se disculpa, especialmente si observamos desde el punto de vista subjuntivo. Seguro que es más interesante que el indicativo, que es aburrido hasta decir basta.

                Y cuidadín que no nos pillen con unas copas de más, que entonces es más fácil que se deslicen los errores. Y no nos hagan una prueba de alcoholebria, que entonces estamos perdidas.

                Para acabar, no olvidemos una de las palabras más usadas en nuestro teatro, y más susceptibles de equívocos. Las causas con preso. Las he visto convertidas en casas con preso, causas con prisa y, la mejor, causas compresa. Tal cual lo cuento.

                Y hasta aquí llega el estreno de hoy. Espero haber causado alguna que otra sonrisa, y, si no , espero que se me absuelva, no que se me absorba. Aunque no me olvido del aplauso, que será, sin duda, para todas las personas que me aportan estas pequeñas joyas. Sin ellas este blog no existiría.

Seguros: por si acaso


              Todo el mundo ha pensado alguna vez que hay cosas que solo les pasan a los demás. No sé si es inconsciencia, o algún tipo de defensa subconsciente, pero cuando sabemos de una accidente, de una catástrofe o de una enfermedad, nos comportamos como si la cosa no fuera con nosotros. Pero, como decía el título de una película multipremiada hace poco, puede suceder Todo a la vez en todas partes, incluso pueden ocurrir Cosas imposibles, hasta llegar a decir que Todo me pasa a mí. O, como decía Calimero, es una injusticia.

              En nuestro teatro vemos cada día cosas de esas que la gente creía que no le iban a pasar. Y, cuando pasan, solo podemos tratar de compensar por lo sufrido, pero no evitarlo. Y es que el Derecho pone tiritas, pero no crea vacunas.

              Precisamente, para anticiparnos a todas esas cosas que pueden pasar, aunque ojala no pasen, existen los seguros. O, para ser más exacta, el contrato de seguro. Por este contrato pagamos una prima a cambio de que, en el eventual caso de que suceda el supuesto que se asegura o sufra daños el objeto o persona asegurada, se cobre una indemnización que compense, al menos económicamente, la pérdida.

              El seguro más frecuente es sin duda alguna, el de automóviles, especialmente el seguro obligatorio de daños a terceros y precisamente por eso, por ser obligatorio. Todos los vehículos a motor deben de estar asegurados. ¿Y qué pasa si no lo están? Pues, de una parte, que el que no contrató seguro ha de pagar por ello, lo que se traduce en una multa en la vía administrativa. Hubo un tiempo en que era una infracción penal pero resultó que la multa judicial -se trataba de una falta- era tan escasa, que salía mejor que las de la vía no judicial. Por eso, acabó derogándose el precepto y volviendo a la multa de toda la vida. ¿Y el tercero a quien se han causado daños? ¿No cobra? Pues para eso está el consorcio de compensación de seguros, aunque sus límites hacen que no siempre se cobre todo lo que se cobraría, pero algo es algo. Por su parte, ya se perseguirá al culpable para que resarza a quine pagó por él.

              Pero hay muchos más tipos de seguros. Otro de los más frecuentes es el de hogar, que, aunque no sea obligatorio, acaba siéndolo para quien quiera tener una hipoteca, porque de no tenerlo el banco nos dirá que nanai de conceder hipoteca. Pero, mas allá de esto, no hay obligatoriedad, aunque sí conveniencia. Por desgracia, hemos podido comprobarlo en estos últimos días con el terrible accidente que ha asolado dos edificios de mi ciudad y ha conmocionado a España entera. Es cierto que la cantidad que se cobre de un seguro nunca sustituirá lo perdido, pero ayuda a compensarlo. Salvo, por supuesto, que se trate de vidas humanas, porque esa pérdida no hay dinero que la compense.

              Por eso, si una lo piensa, es tan contradictorio el término “seguro de vida” para referirse al que se cobra a la muerte de una persona por quien haya designado como beneficiario. En realidad, ¿no debería llamarse seguro de muerte? Ahí lo dejo.

              Tal vez no lo llamen así por no confundirlo por lo que muchas personas mayores llaman “seguro de los muertos”, que no es otra cosa que el seguro de decesos, muy popular para determinadas generaciones. Por más que haya quien piense que da mal fario, nuestros padres y abuelos eran capaces de quitarse de cualquier cosa para asegurarse un entierro como Dios manda. Faltaría más.

              Aparte de esos, hay muchos más tipos de seguros. El de responsabilidad civil, por ejemplo, que cubre el eventual daño que se pueda causar en el ejercicio de una actividad y que, confieso, fue lo primero que contraté en cuanto me puse la toga. Por suerte, ni he tenido que usarlo jamás. Y esperemos que así siga siempre.

              También es un tipo de seguro de responsabilidad civil el que cubre a los animales y los daños que estos causen, No es obligatorio, pero mu recomendable, desde luego.

              Aunque a mí el tipo de seguro que siempre me llama la atención es el que artistas o deportistas famosos contratan respecto a partes de su cuerpo. Varias actrices, vedettes o modelos aseguran sus piernas, y también lo hacen futbolistas. O los brazos, si se juega a golf, o baloncesto. O cualquier otra parte de su anatomía, que no hace falta que especifique. Omo el que podría contratar, por ejemplo, un famoso actor porno. Que la imaginación haga el resto

              La verdad es que hay mucha literatura acerca de estafas para cobrar el seguro, incluso asesinatos para cobrar su importe. Y sí, de vez en cuando nos encontramos con estos casos. Tal vez el más frecuente, las verdaderas denuncias falsas cuantitativamente preocupantes, las de que quien finge un robo -del teléfono móvil, por ejemplo- para que el seguro se haga cargo Pero ya se sabe que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, así que no suele quedar impune

              Y, lo que es seguro ahora es que toca bajar el telón por hoy. Sin olvidarme, claro está, del aplauso, que hoy destino, valga la redundancia, al destino. Siempre que no nos traiga la desgracia de hacer la eventualidad que aseguramos. Crucemos los dedos