Salvamento: rescate toguitaconado


              No son pocas las películas que tienen por tema el salvamento de alguien, generalmente en circunstancias peligrosísimas solo al alcance de unos pocos héroes. Hay que Salvar al soldado Ryan, vivir el Armagedon o La aventura del Poseidón o responder a una Alerta roja, Neptuno hundido, y superar mil millones de obstáculos por tierra, mar y aire. Aunque  mí confieso que el que más me impresiona sigue siendo el pedrusco gigante de Indiana Jones. Antigua que es una.

              Esta misma semana tuve la oportunidad -por llamarla de alguna manera- de vivir un rescate, versión toguitaconada, que, aunque pueda parecer a pequeña escala para mi fue tremendo en ese momento. Y, por cierto, todo ocurrió cuando trataba de llegar a nuestro teatro.

              Conste que la historia la conté en tamaño resumido en un hilo de twitter, pero como parece que mi público pedía más, aquí está, un estreno en primera persona. Y con moraleja, así que habrá que leer hasta el final. No queda otra.

              Hallábame yo, como cada día, subida a mi coche, con mi troller lleno de expedientes y mis ojos aún con legañas, dentro del ascensor de mi garaje. Porque, señoras y señores, mi garaje es de esos en los que se mete el coche con la conductora dentro, de esos que cualquiera ve por vez primera, incluida yo, y exclama ¡Qué horror, qué agobio! Yo no soy una excepción y, aunque me daba taquicardia cada vez que estaba dentro, l cosa durqa poco y la tenía casi superada. Hasta hoy

              Hete tú aquí que el ascensor de marras se para, exactamente, entre el segundo y el primer sótano. Después de proferir alguna que otra maldición, me dije a mi misma que no pasaba nada. Ahí mismo estaba el número de emergencias de la empresa y un botón que se supone que te conecta con alguien de inmediato. Se supone.

              Así que a ello. Cogí mi móvil, con un discreto 30 por ciento de batería, y tecleé el número que ponía en la pared. Y ¡sorpresa!. No hay red disponible, no se pueden efectuar llamadas. El corazón empezó a acelerárseme, pero ahí estaba el botoncito dorado, brillante, con su auricular dibujado y la leyenda “presione hasta que contacten con usted”. Y, menos mal que no le hice caso, porque después de esguinzarme el dedo a base de apretar, comprendí que servía lo mismo apretar ese botón que apretar la punta de nariz. Eso sí, mi nariz hubiera acabado roja como un tomate y el botoncito seguía igual de brillante e inmaculado.

              Confieso que ahí empezó la taquicardia seria, ayudada por una claustrofobia no diagnosticada con la que llevo conviviendo desde siempre. Y los gritos de socorro que dejaban a Pepe Pótamo y su grito hipohuracanado en un aprendiz. De hecho, estoy segura de que si me graban y lo usan en un casting, me gano la protagonista de la Dama de las Camelias o poco menos. Pero energía desperdiciada porque en un segundo sótano no me oía ni el Tato.

              Pensé por un momento en que alguien podría necesitar su coche, alojado en el mism garaje, y oírme. Pero tenía pocas esperanzas, porque es un garaje pequeño y con tan pocas plazas que podían pasar horas hasta que apareciera alguien. Y, mira tú por donde, en Fiscalía tampoco me iban a echar en falta porque era uno de esos rarísimos días en que no he sido bendecida con un lote de juicios, de guardia, de incidencias ni de cualquier otra cosa. Por no tener, ni una cita con algún abogado para conformidad, con lo que les gusta venir…

              Así que, llegada a ese punto tuve una visión. Y nada reconfortante, por cierto. Me veía como a José Luis López Vázquez en La cabina, esa pesadilla que Antonio Mercero trasladó de su imaginación a nuestras noches de insomnio. Y no quiero hacer spoiler, pero ya sabemos cómo acababa el pobre.

              Con lágrimas como puños empeñadas en salir de mis ojos, de pronto, vi la luz. O una lucecita, al menos. Algún que otro whatsap llegaba, aunque la mayoría se quedaban con el circulito que dice que no ha llegado a quien debía. Así que me lancé a enviar mensajes a un grupo de whatsap, uno donde, precisamente, pensaba que había posibilidades de ser leída. Porque la profesión de quienes lo componen, abogados y abogadas en ejercicio y su afición a redes y similares, hacían presumir que me atenderían. Mandé un angustiado “¿me leéis?” inmediatamente respondido por Yolanda, una de las compinches del grupo. Como si hubiera abierto la espita, empecé a soltar frases concisas (pensaba que mejor llegaría un mensaje corto que largo) diciendo que estaba encerrada, que no podía salir y no tenía cobertura pero sí mucho miedo. Y la operación rescate empezó a rodar, aunque yo entonces no lo sabía, porque no todos los mensajes llegaban.

              ¿Y el 112? Os preguntaréis. ¿No es cierto que puede contactarse aunque no se tenga tarjeta, ni cobertura? Pues si y no, Porque contactar, contactaba, pero ni ellos me oían ni yo a ellos. Y si me oían no podían transmitírmelo.

              Me acerqué lo más que pude a la puerta, contorsionándome como la bailarina que llevo dentro para salir del coche e tan reducido espacio, a ver si mejoraba la cobertura. Y bingo. Llegaron de golpe varios mensajes del grupo de whatsapp, que me decían que habían pedido ayuda. Y, como me fío, empecé a respirar un poco. Pero solo un poco

              Yo no sabía que mientras me dejaba las cuerdas vocales por si acaso alguien pasaba por el garaje, el dispositivo de emergencia amiguil se había puesto en marcha, Aun deben estar flipando en el 112 de Cáceres y en Ponferrada porque les pidieran ayuda para el mismo cent4ro de Valencia (del Cid, no de Valencia de Alcántara provincia de Cáceres). Mi hija tampoco entendía como le llamaban desde Galicia y Ponferrada para pedirle la ubicación de un garaje que estaba exactamente a 100 metros de ella, mientras que desde Jaén seguían dándome apoyo

              Lo que sí supe es que llegaban los bomberos, porque consiguieron llamarme y que les escuchara. Cuando por fin les vi, me parecieron dioses. Bueno, y aún me lo parecen. Por fin fuera, tras casi una hora que me pareció muchas más.

              Y como dicen, este cuento tiene moraleja. Y no es otra que, por más que denosten las redes sociales, pueden resultar maravillosas. Y no tanto por lo que sean, sino porque son el instrumento que emplean personas como este puñados de amigas que consiguieron que esto haya pasado de ser un drama, a una anécdota más. Mil gracias

              No me olvido del aplauso. Y esta vez, además de a mis maravillosos compinches, se lo doy, con ovación especial, a esos bomberos cuya visión me pareció lo más hermoso que había visto en mucho tiempo. Y no lo digo -o no solo- en el aspecto físico. Ya sea que lo mío solo era un pequeño salvamento, pero era el mío, y ahí estaban. Como están siempre que se les necesita.

1 comentario en “Salvamento: rescate toguitaconado

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