Homenaje: El enterrador


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Hoy, víspera del aniversario del fusilamiento de las Trece Rosas, nos sumamos a su recuerdo con un relato sobre memoria histórica

Este relato está inspirado en la historia de Leoncio, el enterrador de Paterna, que se conoció como “el paredón de España”. Sirva como pequeño homenaje a los represaliados del franquismo enterrados en la fosa 112 y el resto de fosas comunes de Paterna y de toda España.

(Publicado en 2019 en la antología de Valencia Escribe “A punta de relato”)

 

EL ENTERRADOR

-No pueden llevárselo. ¿Qué delito ha cometido?

Eugenio gritaba desesperado viendo como irrumpían en su casa a media noche y se llevaban a su padre a empellones, como si fuera el peor de los delincuentes. Era un buen hombre, un buen padre y una buena persona, que le había dado todo lo que había podido en sus veinte años de vida. A él y a muchas personas más.

-¿Quieres saberlo? Pues vente tú también y verás el delito de él y todos los rojos como él 

Se llevaron también a Eugenio, pese a las protestas del padre. Se sabía perdido y no quería arrastrar con él a su hijo. Pero no pudo evitarlo. Arrastrados por sus captores, ambos recorrieron las calles de su pueblo, mientras desde cortinas y visillos se llevaban las manos a la cabeza.

El padre de Eugenio no regresó nunca. Al pobre muchacho le contaron que le hicieron elegir entre su vida y la de su hijo, y que él no lo dudó. A Eugenio le dieron una libertad que sabía a condena. Y que lo era.  El precio a pagar sería el peor de los trabajos. Sería el enterrador, quien echara tierra sobre las fosas comunes donde iban a parar desdichados como su padre tras ser fusilados. Le dijeron que tendría que enterrar a los suyos.

A Eugenio acabaron por secársele las lágrimas con el polvo de la tierra que cada día echaba sobre esos cuerpos. Tuvo que enterrar al tendero que de pequeño le regalaba dulces, al panadero que hacía aquellas tortas con las que se chupaba los dedos, y a muchos amigos. Incluso a la hija de unos vecinos con la que él soñaba para novia. Fue entonces cuando se le secaron los ojos. Cada día volvía a preguntarse qué delito habían cometido. Y cada día se marchaba a su casa sin respuesta.

Gracias a Eugenio supimos qué había sido de mi abuelo y dónde estaba enterrado. Un magro consuelo, pero consuelo al fin y al cabo. Muchas familias ni siquiera tienen eso.

Yo entonces era una niña, y no lo conocía. Pero nunca olvidaré su rostro desde aquel día en que nos entregó nuestra joya más preciada. Un viejo calcetín sucio y roto donde todavía podían verse las iniciales de mi abuelo, bordadas con primor por mi abuela. Al verlo, ella lloró y quiso abrazarle, darle algo de la poca comida que teníamos, hacer lo que fuera para pagarle. El, con la cabeza gacha, se marchó sin más. Y viéndole desde la ventana, le oí musitar algo sobre delitos que yo no entendía.

No lo volví a ver, aunque corrían por el pueblo historias contadas en voz baja sobre las cosas que traía Eugenio. Un trozo de camisa, un botón, un cordón de zapato. Cualquier cosa que ayudara a identificar a toda aquella gente y a dar a sus familias un lugar donde llorarlos.

Muchos años después, supe que estaba a punto de morir y quise hacer lo que llevaba tantos años demorando. Cogí el calcetín que mi abuela nos había dejado como herencia, y se lo mostré, dándole las gracias una y mil veces. Él sonrió, y juraría que vi escaparse su lágrima de sus ojos secos.

Eugenio murió días más tarde. Las personas que estaban con él en ese momento cuentan que, al marcharse, dijo una última frase

-Por fin he entendido cuál era el delito. Era el asesinato que cometieron con ellos.

 

 

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