Letras: cambios que trascienden


         Todas las letras tienen su valor. Los grandes de la literatura no habrían sido nada sin todas y cada una de las letras del abecedario, y tampoco habría sin ellas guiones de cine. Incluso a veces, ellas mismas son las protagonistas. Lo era La letra escarlata, y también era el cincuenta por ciento de Tú la letra, yo la música. Por no hablar de su valor en concursos de televisión, como Cifras y letras o Pasapalabra. Y es que una letra vale un tesoro.

En nuestro teatro, vivimos de las letras. Con ellas –en muchos casos, con muchas más de las necesarias- hacemos nuestros informes. Y la mayoría de quienes habitamos Toguilandia pertenecemos a esa parte del espectro estudiantil cuando, en plena adolescencia, nos clasificaban en Ciencias y Letras. No es casualidad que a la abogacía se les llame “Letrados” y que, desde la reforma, los antiguos secretarios judiciales hayan pasado a llamarse Letrados –y letradas- de la Administración de Justicia, aunque ya nos hayamos acostumbrado a referirnos a su profesión como LAJs.

Hoy, sin embrago, quería demostrar el valor que una letra puede tener en el significado de una palabra, y lo que cambian las cosas de otra en Toguilandia.

El ejemplo clásico de lo que cambia una letra es lo que sucedió con la publicación de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que lo llamó Joder judicial, como si fuera una broma del destino. Claro, que en todas parte cuecen habas, y no es extraño que en algún sitio se refieran a la fiscalía como el Ministerio Púbico. Incluso no hace mucho en una comunicación oficial se hablaba del escroto de acusación del Ministerio Fiscal. Parece que el subconsciente traiciona a alguien.

En ocasiones, esa letra rebelde da lugar a curiosas polisemias, que incluso llegar a se antinomias. La diferencia entre indultar a alguien e insultarlo es obvia, como obvio el abismo que media entre acatar la Constitución y atacarla.

En otros casos, es el corrector el que juega malas pasadas, porque, además se niega a admitir algunas palabras. Al señor Google no le da la gana que las notificaciones sean telemáticas, y prefiere las telepáticas. Claro que yo, si me dan a escoger, también. Igual que escogería que algo fuera homófono en vez de homófobo, otro de los términos que al corrector se le resisten, pero la realidad es tozuda, y ahí están los delitos de odio para demostrarlo. Aunque alguna vez bailen una letra y se les llame delitos de oído. Y es que al odio no podemos hacer oídos sordos

Cuando la medicina se junta con el Derecho, los resultados son curiosos. A los pobres forenses he visto llamarles desde médicos fluorenses a florenses, así que una no sabe si hacen esgrima o brillan en la oscuridad como las virgencitas de plástico que traían de souvenir de Lourdes, Quizás por ello en un informe habló de la santidad de las lesiones. O tal vez por eso un can sea capaz de firmar un informe, que algún informe pericial hemos visto realizado por el perrito. Algo que puede ser preocupante cuando se trata de determinar los daños y prejuicios, con lo difícil que es determinar los que tiene en su fuero interno cada cual. Y ojo, que del informe puede depender que se dicte una medida de alojamiento, o de alelamiento, o de escarmiento incluso. Porque lo de alejar se nos ha quedado corto

Los informes periciales dan mucho de sí, desde luego. No leerlos bien da lugar a hablar de cosas como las huellas genitales, que miedo da imaginar cómo se tomarían. O de que una persona sea inmutable, porque puede ser interesante saber si va a cambiar o no, pero lo que realmente interesa es que sea o no imputable. Esto es, que se le pueda atribuir un hecho punible, que no ponible como si fuera un traje. Tal vez por ahí se explique lo de la mutablidad.

Aunque el perrito no es el único animal que aparece por Toguilandia. De vez en cuando, tropezamos en algún escrito con las famosas tarjetas de cerdito, que deben ser como o la versión digital de la hucha de toda la vida. Y es que no hay como hacer las cosas de forma elefante, con clase u estilo.

Una clase y estilo que les falta a quienes cometen un robo con virulencia, especialmente llamativo en tiempos de pandemia. Aunque también lo pueden haber cometido con fuerza, valiéndose de una cizaña, como reza el correspondiente atentado de la policía. Y, si el muchacho conducía borracho, nada como hacer constar que hacía heces por la carretera para intentar que se le absorba por el robo, aunque se coma una condena por seguridad vital como un piano. Y eso, por más que se declare disolvente y diga que no puede pagar multa alguna. Ni siquiera cuando se encuentre en panadero desconocido

El proceso también tiene sus cosas, y si cuando empieza el juicio se plantean cuestiones perjudiciales en vez de prejudiciales, mal vamos. Como mal vamos cuando ese denunciante a quien pregunta si ratifica se arme un lío y diga que no rectifica nada, faltaría más, Su Señorita. Que era todo tal como el flas que mandó al despacho de la abogada, y el burroflas que ella mandó al contrarío. Acabáramos.

Pero estas cosas no solo pasan en Derecho Penal. Es bien conocido el caso del magistrado de lo contagioso administrativo, que tenía que resolver sobre la legalidad o no de conminar a las personas sin salir de casa. Aunque al final, algo tenía que ver porque conminados a encerrarnos fuimos todo el mundo.

Menos conocido es el caso de quien, en vez de hablar de la delación de la herencia, la cambió por una inoportuna f, que cambiaba todo ¿De nuevo el subconsciente? Ahí queda la pregunta

Y ahí queda, también, el aplauso, Dedicado una vez a más y mis compañeras y compañeros que con sus aportaciones han hecho posible este estreno. Y estas sonrisas, espero.

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