Yoismo: y yo más


                Sin duda alguna, si hay un mundo donde el ansia de protagonismo es protagonista, valga la redundancia, es el mundo del espectáculo. Entre quienes lo integran hay una dosis de narcisismo en mucho casos inevitable. Porque, aunque sean legión las actrices y actores que manifiestan adolecer de una enorme timidez, lo cierto es que se suben a un escenario con la pretensión de ser vistos por cuantas más personas, mejor. Yo, sin más , es el título de una película, aunque otras lo alargan con más adornos como Yo, mí, me conmigo o Yo, yo mismo e Irene. Y es que ser una misma es tan difícil a veces como no serlo.

                En nuestro teatro no podemos negar que las dosis de individualismo son importantes. Y eso porque, a pesar de tratarse de un servicio público, algo que nunca podemos olvidar, a veces nos cegamos ante la tentación de hacernos tan visibles que nos pasamos de frenada. Como siempre, el equilibrio es lo más difícil de encontrar, esa virtud que está en el punto medio del que siempre habla mi madre y a la que tengo puesta en busca y captura permanente.

                En estos días, después de haber vivido momentos tan duros como el confinamiento y todo lo que le ha seguido y continúa ahí, ya nos hemos resignado a que las cosas no son como pensábamos.. Cuando nos cerraron el mundo a cal y canto, teníamos el convencimiento de que saldríamos mejores, pero no ha sido así. En cuanto hemos asumido la situación, hemos vuelto a nuestro egoísmo de siempre. Ese ego que ya dediqué un estreno.

                En realidad, pensaba titular a esta función yomasismo, pero como el corrector se empeñaba en cambiarlo por “Tomasito” he acabado desistiendo. Si San Google no entiende mi palabro, es fácil que nadie más lo entienda. El yomasismo es esa manía que tenemos las personas de ser más que los demás, se trate de lo que se trate. Si sufren, sufrimos más, y si están felices, también lo superamos. Que no se diga, oiga.

                Si nos damos una vuelta por redes sociales, que es, a veces, como hacerlo en una plaza del pueblo gigantesca, nos daremos cuenta enseguida.. Si alguna persona cuenta su drama personal, sea el que sea, alguien retruca con un drama aún peor. Y si no tiene drama, cambia de tercio para arrimar el ascua a su sardina y hablar de su libro, como Umbral en la famosa entrevista. Un ejemplo claro lo tenemos cada día en lo que nos ocurre a quienes reivindicamos la lucha contra la violencia de género. No hay más que decir que lamentas el asesinato de una mujer para que salga el enfadoso de turno diciéndote de todo porque no lamentas cualquier otra desgracia, sea el asesinato de menores, los incendios forestales o la siniestralidad laboral. Y una tiene las espaldas anchas, pero no tanto como para que quepa todo sobre ellas.

                Por otro lado, siempre ha habido yomasistas de las enfermedades, algo que en tiempo de pandemia se multiplica por el infinito. Si cuentas que te duele la cabeza, hay alguien a quien le duele la cabeza, el trigémino y la ciática, y si el coronavirus te ha dejado sin olfato, alguien responderá que a su prima Puri le dejó sin poder andar ni hablar. Que no es que no sea cierto, pero tampoco hace falta. Cada cual tiene lo suyo.

                En época de pre vacaciones, con esa obsesión toguitaconada de dejar las mesas limpias como si fuera a implosionar la galaxia si queda un solo papel,, todo el mundo trabaja más que el vecino. Da igual que hagas diez juicios, que alguien hará veinte, ni que te señalen a dos años vista, porque alguien traerá su citación para dentro de tres años. Y, si de medios hablamos, más de lo mismo. Si yo no tengo bolis ni posits siempre habrá alguien que dirá que se le cae el techo. Y así una vez y otra. Y será cierto, pero yo seguríe sin poder escribir si no tengo un triste bolígrafo, aunque tenga techo

                La verdad es que siempre hay desgracias más grandes que la nuestra, porque todo es relativo. Pero el dolor, la pena o la desesperación también lo son, y si una persona está triste, desesperada o con ganas de tirarse al tren, poco le ayuda que le respondan que lo suyo no es nada, porque hay quien está peor. MI madre siempre me lo decía de niña cuando me quejaba de cualquier tontería y, generalmente, me importaba un pepino.  El  hecho de que hubiera desgracias muy grandes no paliaba la mía, por pequeñita que fuera.

                Deberíamos probar a cambiar el chip por el de la empatía y entender que la competitividad puede estar bien para hacer las cosas mejor, pero no para pretender ser más desgraciados. En realidad, quien te responde a tu angustia con la suya, corregida y aumentada, no hace otra cosa que conseguir que te sientas peor. El yomásismo no ayuda. Ya lo dice el refrán, que a mal de muchos consuelo de tontos. Y solo nos falta que, encima, nos llamen tontos

                Cuando pienso esto, siempre me acuerdo del chiste ¿Cómo estás? Pues anda que tú. Es lo que mi madre siempre llamaba tener la escopeta preparada. Y las escopetas, si se tienem cargadas, pueden acabar disparando contra nosotros mismos.

                En Toguilandia hay casos en que el yomasismo es una metedura de pata como un piano. Me acuerdo a este respecto de los antiguos juicios de faltas por peleas múltiples, con muchas personas de uno y otro lado como denunciantes y denunciados. Siempre había alguien que soltaba un “y yo más”, aunque fuera para decir que había insultado más o pegado más fuerte. Cosas de la naturaleza humana.

                Aunque el caso más insuperable es el del tipo que, peguntado por el juez si pegaba a su mujer, le respondió “¿Qué usted no pega a la suya?”. Sin necesidad de más pruebas el muchacho se cavó su propia tumba. En la que, por cierto, parecía querer meterse su letrada cuando le oyó

                El otro día viví una experiencia de este tipo con una víctima que se ponía tan a la defensiva que todo lo que le decíamos le parecía un ataque. Tuvimos que explicarle que no estábamos contra ella y que no le preguntábamos porque no la creyéramos si no para precisamente lo contrario. “Es que ustedes no saben lo que es esto”, nos decía, y nos costó lo que no está escrito hacerle comprender que, si le preguntábamos, era precisamente para saberlo. Lo que no podíamos hacer era decirle que nosotras lo pasábamos aun peor, porque no tenía sentido, además de ser incierto. Pero eso es, sin embargo, lo que vemos con frecuencia.

                Así que, la próxima vez que nos empeñemos en yyomasizar a alguien, pensémoslo antes. No podemos vivir en una eterna competición a ver quién sufre más o lo pasa peor.

                Por eso, el aplauso es hoy para todas esas personas que saben responder con un “cuéntame” en vez de con un “yo te cuento lo mío”. Aunque lo suyo pueda ser más, y hasta peor

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