YoSoy: quien es quien


Quién es quién? (español) desde 17,99 € | Febrero 2024 | Compara precios en  idealo

                Todo el mundo hemos jugado alguna vez al Quién es quién, un juego donde se van eliminando aspirantes hasta adivinar a quién se refiere nuestra interlocutora. Y es que , aunque parezca sencillo, no siempre conocemos quién es quién y, sobre todo, qué hace cada cual. Incluso Quién es quien es el título de una película, aunque hay otros títulos que parecen contestar a esa pregunta como Yo soy esa. Soy tu fan, Soy el número cuatro, Somos campeones o Eres tú, entre otras muchas.

                En nuestro teatro, parece que sabemos cuál es papel de cada cual, aunque fuera de él no siempre está tan claro. Incluso hay quien desde dentro ignora alguna de nuestras funciones.

                En su día, intenté dedicara estrenos a quienes intervenimos en las representaciones de nuestra Toguilandia, pero aun así no siempre está tan claro como nos gustaría. Hablamos de la judicatura , de la fiscalía, de los secretarios judiciales de entonces y hoy LAJ, de la abogacía, la procura, médicos forenses o funcionarios. Pero nunca está de más hacer un repasito a todo esto.

                Se me ocurrió cuando, hace unos días, vi en la cuenta de A hacer punyetas, que recomiendo mucho, una iniciativa tiktokera en que, aprovechando un hastag que estaba haciendo furor -o quizás no tanto, pero me vengo arriba enseguida-,#YoSoy, contaban las cosas que hace una jueza. Y las que no hace, que es casi más importante. Y como para estas cosas, soy envidiosa de lo más, quise hacer algo parecido con el trabajo de una fiscal.

                Ahora bien, como quiera que llevo muy a rajatabla lo de “zapatero a tus zapatos” y que respeto la propiedad intelectual por la cuenta que me trae, descolgué el teléfono y, como en aquel viejo anuncio de peluquerías -Rupert, te necesito- le dije a Amparo que yo quería formar parte de esa fiesta toguitaconada.

                Y dicho y hecho, bajó a mi despacho, y con cuatro cositas y muy buena maña por su parte, me grabó diciendo algunas de esas cosas que me veo obligada a repetir mucho más de lo que quisiera. Que soy fiscal, y no soy la mala de la película, ni una señora amargada que quiere condenas a cualquier recio, que no aspiro como en las pelis a ser gobernadora del Estado o que no voy a ascender a jueza porque judicatura y fiscalía son dos caras de la misma moneda, y, como en el caso de la moneda, de la misma categoría. Se me olvidó -o no- insistir en que no obedecemos órdenes del gobierno, aunque haya quine se empeñe en seguir diciéndolo, porque no tiene que ver que el sistema de elección del fiscal general del Estado con el trabajo de cada fiscal de trinchera. Del mismo modo que jueces y juezas en su labor diaria están fuera de las intrigas palaciegas del Consejo General del Poder judicial.

                Pero, mejor, os enseño el vídeo, que quedó muy pero que muy apañado. Y hay que ver qué repercusión tiene, porque me ha escrito al respecto gente que hace tiempo que no veo, de dentro y de fuera de la carrera. Lo más pintoresco, que a una compañera con la que tomó café a diario, le llegó a través de su hermana, que ni es toguitaconada, ni vive en mi Comunidad Autónoma. Ventajas e las redes sociales, que también las tienen.

                Así que aquí tenéis el enlace, a un solo clic.

                Y con más clics, veréis el de una jueza y otra, el de una abogada y el de dos LAJs, todas interpretes de nuestro teatro. Como en la canción, haces chas en el nombre y aparece en tu pantallita.

                Así que esto es lo que quería compartir hoy. Pero no me olvido del aplauso, más que obvio, a las titulares de A hacer punyetas, que hacen mas por divulgar el Derecho que todos los manuales del mundo

Pasado y futuro: Secreto de confesión


  • Padre, ¿no me da la absolución?
  • Lo siento, hija mía, no puedo. Tendrías que estar arrepentida. ¿Acaso lo estás?

Por un momento, sintió que el mundo se derrumbaba sobre ella. Había puesto toda su esperanza en aquel momento, que había preparado con esmero.

Le costó decidirse, porque no había vuelto a pisar una Iglesia desde que huyó de su
pueblo para no volver jamás. Pero ella siempre había creído en Dios. En el Dios de su madre y de su abuela, en el Dios misericordioso del que le hablaban las monjas en el colegio. En el Dios al que rezaba cada noche y cada domingo con su madre y sus hermanas en misa de doce.
Se había hecho un velo nuevo para taparse la cabeza. El suyo se quedó en esa
habitación que no volvería a ver, y tuvo que ir guardando retales de tul y de una hermosa
puntilla de Valenciènnes que había usado para confeccionar un traje de cristianar que le habían encargado. Fue mientras lo hacía, recordando el que, un día que parecía muy lejano, le cosió a su hijo, cuando tomó la decisión de ir a la Iglesia. Fue guardando retales de puntillas y, tras teñirlas de negro, las cosió con primor. Y ahora las palabras de ese sacerdote le confirmaron que todo había sido inútil. No tenía perdón. Y ni el Dios de su madre y su abuela, ni el de las monjas ni el del cura del pueblo estaban dispuestos a dárselo.

Había preparado una y mil veces las palabras que le diría al sacerdote. Incluso las
había ensayado ante el espejo del tocador que tan pronto le servía para arreglarse cada mañana
como para hacer de improvisado probador de las labores de costura con las que se ganaba la vida. Pero había sido en balde.

Asunción siempre había sido una buena niña. Era buena hija, tal como le habían
enseñado a ser. Por eso no puso ninguna objeción al marido que eligieron para ella, un chico mayor que le hacía la corte desde hacía tiempo. A ella no le gustaba demasiado, pero él la trataba bien y su madre insistía en que era un buen partido. Y así sería una boca menos que alimentar en casa y una ayudita para la maltrecha economía donéstica, que su futuro marido era de buena familia y tenía posibles. Así que no hubo más que hablar. Cuando apenas había cumplido dieciocho años, se casó con él, obediente y sin siquiera plantearse si quería hacerlo.
También creía que era una buena esposa. Hacía todo lo que decía su marido y, tal
conforme él anhelaba, no tardó ni un año en darle un hijo varón. Pero pronto empezó a pensar que algo debía estar haciendo mal, porque por más que se esmeraba en tener la casa impoluta, la comida a tiempo, y a su marido atendido tal como siempre vio hacerlo a su madre, él no se comportaba como ella hubiera esperado. La trataba con desdén, cuando no con desprecio y, en
cuanto hubo tenido al niño, comenzó a insultarla abiertamente. Nada estaba a su gusto.
Cualquier excusa era buena para recordarle lo inútil que era y lo poco atractiva que le
resultaba.

Con el tiempo, no tardó en demostrárselo. Muchas noches aparecía en casa con lo
que su madre siempre había llamado “mujeres de mal vivir” aunque a ella le parecían chicas
indefensas que no tenían otro modo de ganarse la vida que satisfacer la lujuria de hombres
como su esposo, y aun peores. Esas noches, la sacaba de malos modos de la cama y la obligaba
a marcharse al cuarto de su hijo. Y ella se esforzaba en apretar bien su cabeza y la del niño
contra la almohada para no oir los gemidos y las quejas de aquellas pobres chicas, ni los jadeos
de su esposo.

Pero una noche no pudo más. Aunque siempre aguantó estoicamente aquello, ese
día no pudo seguir haciendo oídos sordos. La chica gritaba pidiendo socorro, y la angustia de su voz traspasó su garganta para colarse en el corazón de Asunción. Y venció al miedo, y a todo lo que le habían enseñado, para entrar en la habitación y decir basta.

Lo que vio la dejó petrificada. Su marido azotaba sin piedad a aquella muchacha,
más joven que ella, al tiempo que la llamaba “guarra” una y mil veces. La chica, desnuda a
excepción de las piernas, en las que se arrugaban a la altura de los tobillos unas medias medio rotas, lloraba y suplicaba a partes iguales. Tenía hinchado el labio y manchas de sangre en diversas partes de su cuerpo. El la agarraba por detrás y le forzaba a atender sus deseos sexuales, sin que aparentemente se hubiera apercibido de la presencia de una estupefacta Asunción en el cuarto. Cuando la vio, trasladó su furia de objetivo, y fue cara a ella, mostrándole el mismo látigo con el que, un momento antes, estaba azotando a aquella chica. Le ordenó que se marchara si no quería recibir ella también. Y, lanzándole una infinita mirada de desprecio, azotó la espalda de la chica con aquel látigo que se usaba con las reses.
Por una sola vez en su vida, Asunción no obedeció. Sacó fuerzas no se sabe de
donde para arrebatarle aquel instrumento de sus manos y llevarse a la chica con ella. Pese a las quejas y protestas de su marido, que juraba que se acordaría de aquello, le curó las heridas, le devolvió su ropa y la llevó hasta la puerta, no sin antes darle un montón de monedas de las que guardaba en un bote de café.

  • Es todo lo que tengo.
    La chica no rechazó el dinero y musitó un “gracias” apenas audible.

Cuando regresó a la habitación, su esposo dormía boca arriba. Y Asunción,

entonces, comprendió el significado de la expresión “roncando como un cerdo”.

Ella no durmió en toda la noche. Tenía mucho miedo a lo que él pudiera hacerle al
día siguiente, pero por encima de eso tenía una decisión tomada. Una decisión que debió tomar mucho tiempo atrás. Madrugaría, cogería sus cosas y a su hijo y se marcharía de allí para no volver.

Así lo hizo. Apenas amaneció, sin siquiera comprobar que si su marido seguía
roncando tal conforme lo dejó, cogió al crío en brazos, y se sujetó a la espalda un hatillo con la parte de sus pertenencias que pudo meter. En apenas media hora, apareció ante la puerta de su sorprendida madre, que la recibió con sin demasiadas ganas.

Tratando de contener el llanto, el propio y el del niño, le explicó en pocas palabras
que no aguantaba más a aquel patán huraño y desagradable, que cada día traía a casa una
prostituta y que había amenazado con pegarle a ella como les hacía a esas desgraciadas. Ante su asombro, su madre le reprendió por haberse entrometido. Le decía que son cosas de hombres y deben quedar entre ellos, que ellos tienen otras necesidades y las mujeres no podían hacer otra cosa que resignarse y hacer como si no pasara nada. Incluso llegó a decirle que había tenido suerte de que su esposo vertiera su furia en aquellas muchachas descarriadas y les hubiera dejado en paz a ella y al niño. Y le insistió en que debería volver con él, a su casa, donde estaba su sitio.

Asunción se sintió más desamparada que nunca, pero ni por un momento se planteó
la posibilidad de echar marcha atrás. No volvería jamás a aquella casa. Y su madre, ante su
firmeza, cedió y, tras darle un abrazo desganado, le preparó una taza de café a ella y una de chocolate al niño. Se quedarían, de momento, pero había que buscar otra solución. Allí no había sitio ni dinero con que alimentar dos bocas más. Ella dio las gracias a su madre y se dispuso a buscar un medio de ganarse la vida y de sacar adelante a su hijo. Seguro que podría.

Esa misma mañana, Asunción dejó al crío durmiendo en casa de su madre y se
dispuso a recorrerse el pueblo entero en busca de un trabajo. No tenía muchas letras, pero sabía cocinar, planchar, y lavar. Cosía y bordaba con primor y conocía los rudimentos para cuidar enfermos y parturientas. Podría emplearse de criada en cualquier casa, pero nadie le abrió ni siquiera la puerta. El pueblo era pequeño, y todo el mundo se conocía, así que lo primero que le pedían era el consentimiento de su esposo. Y sin él, no había nada que hacer.

Volvió a casa de su madre cansada y desanimada, pero en absoluto resignada. Al
día siguiente tomaría el autocar que llevaba al pueblo de al lado y seguro que allí no era lo
mismo. Cuando estaba a punto de contárselo a su madre y a sus hermanas, la más pequeña fue llorando hacia ella. Su marido había ido hasta allí a llevarse al niño. Y su madre se lo había entregado sin resistirse, asustada por la amenaza de denunciarle a ella y a quien la ayudara por abandono de familia.

  • Madre dice que debes volver con él, Asunción. Que es tu marido
  • Ni loca. Me marcharé lejos y volveré a por mi hijo. Como que me llamo Asunción

Entonces lloró todo lo que había estado aguantando. Eran lágrimas de pena, de rabia
y, sobre todo, de impotencia. Nadie parecía entenderla. Y todas, su madre y sus hermanas,
parecían asumir la injusticia de ser tratada como un guiñapo por el solo hecho de ser mujer. Y, por un momento, dio gracias a Dios por haber parido un niño, y no una niña. Un niño al que, según el recado que le envió su esposo por medio de su madre, no debería volver a acercarse si no quería que se la llevara la Guardia Civil.

Sobrevivió como pudo. Se marchó a la ciudad más cercana y allí, lejos de la gente
que la conocía, se empleó haciendo faenas de costurera, planchadora y limpiadora, mientras ahorraba dinero para tratar de recuperar a su querido hijo. Una de las mujeres para las que trabajaba, una señora a quien todo el mundo tenía por excéntrica pero que a ella le parecía una buena persona, le preguntó por qué siempre estaba tan triste, y si no tenía a ningún pariente. Le inspiró confianza, y se sinceró con ella. Y no le falló la intuición. Aquella mujer la llevó hasta el despacho de un abogado amigo suyo, al que consultó sin tener que pagarle honorarios.
Su gozo en un pozo. El abogado le dijo que tenía pocas posibilidades de recuperar a
su hijo. Que era difícil, siquiera, que le dejaran verlo. En la España de entonces la patria

potestad de los menores correspondía a los padres, y una madre casada, y que hubiera
abandonado el hogar como ella hizo no tenía ninguna posibilidad ante los tribunales. Asunción asintió, tratando de disimular lo destrozada que estaba. Luego, en el humilde cuarto donde vivía, lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Pensó en quitarse la vida, pero el Dios en que había creído, el Dios de su madre y de su abuela y de las monjas del colegio, no le permitió hacerlo. No podía sumar un pecado mortal que le hiciera ser tan infeliz en la otra vida como lo era en ésta.

Con el tiempo, Asunción se acostumbró a su tristeza. No pasaba un solo día sin
pensar en su hijo, en lo que habría crecido lejos de ella. Y seguía rezando porque no se
convirtiera en un energúmeno como su padre. Y, tal vez algún día las leyes cambiasen e
hicieran justicia con ellos.

Se instaló en la ciudad. Se instaló en una pensión confortable cuya patrona la trataba
como a una hija, y vivía de los trabajos que iba haciendo, si no con holgura, sí al menos sin
estrecheces. Ahorraba cuanto podía para el día en que pudiera volver a estar con su hijo, para poder darle estudios y regalarle las cosas que ella nunca había tenido.

Se negaba a sí misma cualquier oportunidad de disfrutar de la vida. No tenía más
entretenimiento que su trabajo y dar un paseo los domingos por la avenida principal de la
ciudad. Y tampoco quería más. En su fuero interno, sentía que no lo merecía.

Pero a pesar de sus reticencias, no pudo impedir que la vida siguiera su curso. Y con
ella, el cortejo del hijo de su patrona, un muchacho tan honrado y agradable que Asunción no veía siquiera la fealdad de su cara picada de viruela. El chico la invitaba a pasear, le traía dulces y castañas asadas en invierno y un día la invitó al cine. Ella nunca había estado en un cine, y no pudo resistirse a la curiosidad. Y le fascinó tanto el movimiento de las imágenes ante sus propios ojos, que apenas se dio cuenta de que su pretendiente le había cogido la mano, y que a ella le gustaba.

Se resistió mucho. No más paseos, ni cines, ni castañas asadas. Cuando se le
acabaron las excusas, le contó su triste historia con la esperanza de que la repudiara y le dejara continuar con su vida y su desdicha a solas. Pero el chico, lejos de rechazarla, le prometió una nueva vida en la que la protegería para siempre. Y Asunción acabó concediéndose a sí misma la oportunidad que hasta entonces la vida le había negado.

Se marcharon a otra provincia, a un pueblo pequeño y alejado de todo lo que habían
conocido. A él pareció no importarle tener que renunciar a la oportunidad de un trabajo en
Alemania, donde a un primo suyo le iba de maravilla, porque ella, como mujer casada,
necesitaba el permiso de su marido para ir al extranjero, y jamás lo obtendría. Y, aunque le
dolió la certeza de que no volvería a ser madre, porque la viruela le dejó a él más secuelas que los cráteres que inundaban su cara, se resignó a ello. Ella ya tenía un hijo y algún día lo
encontraría.

En el pueblo, comenzaron una vida apacible. Tenían una huerta pequeña y él ganaba
un jornal extra trabajando las tierras de otras personas mientras ella seguía cosiendo y
planchando cuando la requerían. Asunción era casi feliz, pero un sentimiento difuso, entre el dolor y la nostalgia por su hijo perdido y la culpa por no haberse quedado junto a él, le
impedían disfrutar de la tranquilidad y del amor de quien ella consideraba su esposo.

Fue por ello por lo que, mientras cosía el traje de cristianar del hijo de la dueña de la
tienda del pueblo, comenzó a tejer en su mente aquella idea que le llevó hasta el confesonario de la Iglesia de una ciudad cercana a su casa. Con su velo confeccionado con las puntillas sobrantes en el bolso, tomó el autocar y se fue hasta allí. Y le contó todo aquello al hombre oculto tras la celosía sin apenas levantar la cabeza. Se acusó a sí misma de conducta pecaminosa, por vivir con otro hombre estando casada, pero pensó que después de oir su historia, aquel hombre le daría, por fin, el perdón de Dios, en quien seguía creyendo.

Guardaba en su bolso, junto al velo, una caja envuelta en el papel manila con el que
hacía patrones. En ella, dormía un pequeño fuerte de indios y vaqueros, lo que más le gustaba al niño que dejó, un juguete que compró con los primeros ahorros que tuvo, cuando aun tenía la esperanza de recuperar a su hijo. Y dentro, una carta que le llevó varios días de escribir, con la ayuda de aquella señora que un día lejano la acompañó a ver a un abogado, y con la que había seguido manteniendo contacto postal.
Cuando tuvo que responder a la pregunta del sacerdote, supo que todo estaba
perdido. No se arrepentía. Por nada del mundo hubiera dado marcha atrás ni hubiera hecho otra cosa cuando aquel energúmeno con el que se casó estuvo a punto de matar a una pobre chica. Por nada del mundo hubiera estado dispuesta a permanecer ni un solo minuto a su lado aunque, de no haber sido tan joven ni tan inocente, hubiera huido mucho más lejos, a algún lugar
donde nadie pudiera quitarle a su niño.

Estrujó la caja, sintiendo el crujido del papel manila con el que estaba envuelta, y

volvió a guardarse el velo en su bolso. No lo usaría más.

  • No me arrepiento padre. Pero por Dios, no le cuente a nadie todo esto
  • Hija, estás bajo secreto de confesión. Ve en paz, y sigue rezando. La misericordia de Dios
    es infinita.

Aquellas palabras le sacudieron en parte su tristeza. Sin dejar de tocar la caja, salió
de la Iglesia y, movida por un impulso, la dejó en un rincón, junto a la Sacristía. Tal vez algún otro niño podría disfrutar de aquel fuerte de indios y vaqueros que nunca sería para el suyo.
Hacía ya veinte años de aquello. Asunción tenía una vida tranquila con quien
siempre consideró su esposo, hasta el punto de que, cuando los periódicos contaban que con la nueva etapa política en España, se aprobaría el divorcio, ni siquiera se planteó que eso fuera con ella. Estaba bien como estaba, por más que no pasara un solo día en que no recordara a su hijo.

Sin embargo, nunca dedicó un solo pensamiento al hombre con quien se casó, al
padre que le arrebató a su niño del modo más cruel. Hasta el día en que llegó aquella carta, que le revolvió el estómago y los recuerdos hasta casi hacerla vomitar.

No tenía ni idea de cómo la habían localizado. Le costó, incluso, reconocerse a sí
misma en aquel apellido que jamás había vuelto a usar. Pero el contenido no dejaba ningún
resquicio a la duda. Era ella, y la citaban para que compareciera ante un notario en calidad de viuda de quien fue su marido.

No le dolió lo más mínimo enterarse de su fallecimiento, aunque tampoco le causó
especial alegría saberse viuda, y libre. Solo pensó que tal vez, en el despacho de aquel notario a muchos kilómetros de allí, pudiera reencontrarse con su hijo después de tanto tiempo. Y decidió que iría, por más que un temor nuevo le invadiera el alma. El temor a ser rechazada por aquel hijo al que no había visto desde el día en que su propia madre permitió que se lo arrebataran.

Cuando ya tenía preparada la maleta, y comprados los billetes de autobús y tren con
que haría el viaje de inmediato, su esposo, el de verdad, le dijo que había encontrado un
conductor amigo que le llevaría hasta la estación en coche, y así se ahorraría el penoso tramo de autobús.

En la puerta de su casa, un joven de unos veinticinco años, le esperaba sonriente.

Llevaba entre sus manos una vieja caja envuelta en papel manila amarillento.

  • Gracias por el fuerte. Ahora, por fin, podremos volver a jugar a indios y vaqueros. Lo
    guardé hasta que pudiera volver a verte.

El sacerdote que no le pudo dar la absolución, tampoco fue capaz de mantener el
secreto de confesión. E, impresionado por la historia de Asunción, no paró hasta encontrar a aquel chico y hacerle llegar el regalo y el amor de su madre.

Y Asunción, por fin, supo que el Dios en que siempre creyó hacía mucho tiempo
que le había perdonado. Le había perdonado aunque jamás hubiera vuelto a pisar ninguna
Iglesia ni a colocarse el velo confeccionado con los restos de un traje de cristianar de un niño que no era el suyo.

Requerimiento: más importante de lo que se cree


              Requerir a alguien consiste en exigirle en nombre de la autoridad, que haga o deje de hacer determinada cosa. Algo así como pedir algo, pero con más fuerza y más razón. Hay títulos de películas que parecen un requerimiento en sí mismo: Ven aquí, Márchate o Quédate conmigo son algunos de ellos. Y es que el solo uso del imperativo ya da cierto miedito.

              En nuestro teatro requerimos mucho, pero con fundamento. Y el fundamento no es precisamente el perejil de Arguiñano, sino el principio de autoridad, algo que siempre está presente, aunque a veces parezca olvidado.

              El principio de autoridad es, precisamente, el que fundamenta que determinadas conductas cometidas contra la autoridad y sus agentes- o funcionarios públicos, por extensión- sean más graves que cometidas contra cualquier otra persona. Así ocurre con el atentado o la resistencia a la autoridad o sus agentes, que consisten en acometer o hacer resistencia grave a dichos sujetos pasivos, y se castiga más gravemente que el acometimiento o la agresión a cualquier otra persona. Ahora bien, la víctima hade encontrarse en cumplimiento de las funciones de su cargo, porque si no es así, el autor respondería como en una agresión a cualquier particular. Ahí está el quid de la cuestión del principio de autoridad.

              Pues bien, ese principio de autoridad es el que confiere fuerza a los requerimientos, que en derecho define la RAE como el acto judicial por el que se intima que se haga o se deje de ejecutar algo. Esa definición en general es válida, aunque los requerimientos no siempre son judiciales, y aunque se haga en nuestro ámbito, no siempre es el juez o jueza quien lo hace. Que se los digan los LAJ de todos nuestros partidos judiciales.

              Dentro de los límites de Toguilandia se puede requerir a las personas de muchas cosas, con diversas consecuencias si no se hace caso, aunque las más de las veces la consecuencia directa sea la apertura de diligencias por delito de desobediencia contra quien ignora olímpicamente el requerimiento. Pero las más de las veces no significa siempre.

              Imaginemos el caso en que se requiere al dueño de una discoteca para que no vuelva a abrirla en tanto no la haya insonorizado correctamente, En este caso, el requerimiento no lo hace la autoridad judicial sino administrativa, pero desatenderlo sí que constituiría delito de desobediencia, y acabaría siendo juzgado por la autoridad judicial. Y es que al final todos los caminos llevan a Roma. O, mejor dicho, a Toguilandia.

              Ahora imaginemos que una persona ha sido condenada por sentencia a pena de trabajos en beneficio de la comunidad. El tribunal le requiere para que se presente en determinada fecha para que le comuniquen el plan de cumplimiento, y el tipo toma las de Villadiego y no aparece. En ese caso, estaríamos hablando desobediencia a la autoridad judicial. Pero si la pena era de prisión y se le requiere para que acuda determinado día para cumplirla, la consecuencia inmediata será poner a sujeto en busca y captura, y detenerlo en cuanto se le encuentre. Faltaría más.

              Pero, como decía, no siempre el hecho desatender el requerimiento da lugar a un delito de desobediencia. Cuando el objeto del pasotismo del sujeto es una resolución que acuerda el alejamiento e , ignorando su contenido, va hasta el portal de la beneficiario de esa protección, lo que cometería sería un delito de quebrantamiento de medida cautelar, o de condena, según sea la resolución quebrantada.

              También se comete quebrantamiento cuando, en el ejemplo del condenado a trabajos en beneficio de la comunidad, acudió en su día y se notificó del plan de ejecución, pero a mitad cumplimiento decidió hacer pellas. Que las sentencias hay que tomarlas muy en serio.

              Un primo hermano de requerimiento, que siempre le acompaña, es lo que llamamos apercibimiento. Consiste en advertir al sujeto de que el incumplimiento del requerimiento llevará consigo consecuencias legales, principalmente la incoación de un procedimiento que puede llevarle a la cárcel. Poca broma.

              No obstante, como decimos siempre, no solo de Derecho Penal vive la jurista, y hay requerimientos de otra naturaleza cuyas consecuencias no son tan radicales. Se puede requerir a alguien del pago de una multa de tráfico, y advertirle que de no hacerlo se le cobraran intereses y podrá embargársele la cuenta corriente. Por no hablar de los requerimientos de Hacienda, que nos ponen a temblar. Con el Fisco hemos topado.

              Y, como a veces trasladamos el lenguaje jurídico a la vida diaria, hay un uso del concepto de requerimiento que siempre me ha llamado la atención. Se trata del de amamantar a los bebés a requerimiento, es decir, cuando lo pidan. Aunque hay quien prefiere llamarlo a demanda. Aunque yo me imagino con más facilidad a una criatura requiriendo a su madre que demandándola. ¿O no?

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Solo queda el aplauso, que hoy va para todos los requirentes. Que se de buna tinta la de tipos renuentes que se encuentran y las cosas que tiene que aguantar. Paciencia

Siatodismo: decir siempre que sí


              No siempre es fácil decir que no. Hay incluso quien sostiene que es imposible, y hay incluso una película titulada Ella siempre dice sí, aunque haya otra cuyo título no está tan claro, y nos invita a hacerlo con una exclamación, Dí que sí. Y como en el cine hay de todo, también hay filmes que muestran exactamente lo contrario, como Sí, señor, la historia del hombre que a todo decía que no. Aunque, como siempre, en e medio está la virtud. Ni calvo ni siete pelucas.

              En nuestro teatro nos vemos muchas veces en la encrucijada de decidir, y ahí está el tema a que quería dedicar hoy nuestro estreno. ¿Cómo acertar, tendiendo al sí o al no? ¿Cómo sabemos si hicimos lo correcto al aceptar una cosa, o nos equivocamos al rechazarla? Pues es complicado, pero hay que arriesgarse. A meter la pata y a algo casi peor, que alguien nos salga con el consabido “te lo dije”. Cuanto cansino hay por el mundo con esa frase a flor de labios.

              No obstante, no todos los intérpretes de nuestras funciones estamos en la misma posición a la hora de aceptar o rechazar cosas. No es la misma la situación de la abogacía y la procura, que son profesiones liberales y necesitan tener clientes para salir adelante, que jueces, fiscales o LAJs, que no tenemos más cliente que la sociedad y no podemos aceptar o rechazar ningún caso más que por razones estrictamente procesales, como la falta de competencia

              Pero hoy quería centrarme en una parte no profesional. O no tan profesional, al menos, como el despacho diario de asuntos y la celebración de juicios. Lo que es nuestro día a día. Y ahí sí que la posición de unos y otros habitantes de Toguilandia no es tan diferente,

              En mi caso, me confieso siatodista de hecho y de derecho, y no tanto porque no sepa decir que no, sino porque no me da la gana hacerlo. Aunque a veces luego me arrepienta o al menos me pregunte a mí misma eso de ¿por qué narices me he metido en este berenjenal? Soy siatodista, por si alguien no ha caído aún en la etimología del palabro, porque digo sí a todo. O a casi todo, que nunca se pueden hacer afirmaciones absolutas.

              ¿Y a qué me refiero cuando hablo de decir que sí a todo? Pues, por redundante que resulte, a todo lo que se presente. Porque no hay nada que me guste más que un buen reto, sea profesional o se encuentre en las antípodas de Toguilandia. Y, encima, trato de disfrutar y sacar el jugo a todo, como ya he contado más de una vez. Disfrutona que es una.

              Me referiré a algunos supuestos. Salvo que sea absolutamente imposible, nunca digo que no a colaborar, con una conferencia, mesa redonda o cualquier otra cosa, en actividades solidarias para fines que merecen la pena. También he participado y sigo haciéndolo en libros solidarios, y aúno la solidaridad con la literatura, otra de mis pasiones.

              Pero no todo es altruismo. También suelo decir que sí a cursos, charlas y similares en los que puedo aportar algo. Con una excepción: soy una fiel seguidora del lema “zapatero a tus zapatos” y no me meto en temas que desconozca. Se puede ser decidida, pero la osadía tiene un límite. Y ponerme hablar de la usucapión contra tábulas, de la servidumbre de parada y partidor o de Derecho bancario, por poner algún ejemplo, no entra dentro de mis planes ni por todo el oro del mundo.

              Y, como no solo de Derecho vive la jurista, hay muchas más cosas a las que decir que sí. Y digo que sí a todo tipo de danza, y a cualquier propuesta literaria, y a cualquier cosa que me divierta o que me permita aprender, o ambas a un tiempo. También digo que si a cualquier propuesta de reunión, cena, comida o actividad diversa que me aporte algo, aunque de un tiempo a esta parte sea un poco -solo un poco- más selectiva. Siempre digo lo mismo: dimelo con tiempo y me organizo. Porque la gestión del tiempo es la clave para conseguir llegara todo.

              En definitiva, y como decía antes, puedo decir que no y sé hacerlo, pero las más de las veces no me da la gana. Aunque reconozco alguna vez debería pensarlo un poco mejor antes de lanzarme en pancha a todo. Qué le voy hacer si es lo que me pide el cuerpo.

              Así que el aplauso de hoy se lo dedico a todas las personas que comparten conmigo este siatodismo. Porque en la inmensa mayoría de los casos vale la pena.

Interés del menor: más que un comodín


              Se llaman comodines a esas cartas que, cuando se juega a cualquier juego de naipes, tiene un valor especial porque pueden sustituir a cualquiera. Por extensión, llamamos también comodín a cualquier cosa que pueda resolver algo que nos falte como los famosos comodines del público o de la llamada en concursos televisivos como ¿Quién quiere ser millonario?, que el cine mostraba en películas como Slumdog Millonaire o Quiz Show. Y es que, hasta el nombre del comodín en la baraja anglosajona, el Jocker, es el título de una laureada película.

              En nuestro teatro, aunque no se trate de un juego, utilizamos comodines con más frecuencia de lo que creemos. Principios como el de presunción de inocencia o el In dubio pro reo -que, como insisto siempre, no son lo mismo-, se usan prácticamente para cualquier defensa. También vienen muy bien otro como el “iura novit curia” -los tribunales conocen el Derecho- para ahorrarse citar jurisprudencia.

              El principio a que hoy dedico este estreno puede que sea el que más se utiliza como comodín, y no siempre correctamente. A veces una tiene la sensación de que el “favor minoris” o el “superior interés del menor” justifica absolutamente todo. Y no siempre es así. Un ejemplo reciente lo tenemos en las palabras de cierto ministro que, tras comprobar que una de sus decisiones ha sido objeto de reprobación en sentencia, alga haberla tomado en uso del principio del superior interés del menor. Lo que lleva a una pregunta que dejare en el aire. ¿quería decir que el tribunal que ha fallado no ha tenido en cuenta tal interés superior? Ahí lo dejo.

              En principio, podría parecer qué decidir cuál es el interés superior del menor, que siempre es el más digno de protección, es cosa fácil. Pero, como suele concurrir en Derecho, no es oro todo lo que reluce, y del dicho al hecho hay un buen trecho.

              Como decía, hay casos en que determinar qué es lo mejor para la niña o niño de que se trata puede resultar sencillo. Imaginemos que un menor se encuentra abandonado, pasando hambre, sed, frío y cualquier tipo de necesidad porque vive solo en la calle sin nada. Evidentemente, entre que el menor viva en esas condiciones o lo haga en un centro protegido por el Estado, con las necesidades cubiertas, es obvia la opción. El interés superior del menor nos lleva a intervenir y buscarle un lugar donde vivir con todo lo que necesite.

              Ahora, avancemos un paso más en el supuesto. Pensemos que ese menor, que vive en esas condiciones, no está solo sino con sus padres, a los que adora que le adoran, aunque s situación económica sea paupérrima. Ahí la cosa se complica. ¿Es más adecuado al interés del menor que tenga un techo y sus necesidades cubiertas en un centro lejos de sus padres, o es mejor que siga con ellos, aunque no tenga todo lo que necesite? Pues la respuesta ya no es tan fácil, sobre todo si barajamos la posibilidad de una intervención de Servicios Sociales que mejore las condiciones de vida. Pero, si no hay una vivienda, parece que no queda otro remedio que separar a ese niño de sus padres, aunque en principio lo mejor para cualquier niño es estar junto a unos padres que le quieren. Aquí ya está claro que no esta tan claro lo que lo parecía. Para ponderar el favor minoris habrá que conocer muy bien las circunstancias de cada caso y las posibilidades de evolución. Ningún supuesto es igual a otro.

              Y todavía podemos complicarlo un poco más. Imaginemos que ese menor tiene dos hermanas pequeñas que viven con él, junto a sus padres. Tal vez par ese niño quepa una solución intermedia, si se mejoran las condiciones de la vivienda, pero para su hermana pequeña, que es una bebé de meses y de salud delicada, no cabe esa opción. De ese modo y, aunque en principio el interés del menor recomienda siempre no separar a los hermanos, en este caso es muy probable que haya que hacerlo. De nuevo el estudio caso por caso nos dará las claves, aunque nunca sabemos al cien por cien qué decisión es la correcta.

              Pues bien, todas estas cosas que en este ejemplo extremo cuestan tanto, se vuelven complicadísimas cuando los supuestos no son tan evidentes. Y eso nos pasa especialmente en el Derecho de Familia

              En mi vida profesional, me he encontrado con apelaciones al interés general del menor de lo más peregrinas, por decirlo de algún modo. He tenido padres y madres que han utilizado el interés general del menor para solicitar a la jueza que decida que la niña sea fallera o no lo sea, o pertenezca a una comisión de falla u a otra. También he oído como se usaba el favor minoris para conseguir que el niño fuera a alemán en vez de inglés, a judo en vez de a fútbol o a piano en vez de a baile, y viceversa. Cosas que en realidad responden al gusto o al capricho de los padres y no de sus criaturas. Salvo supuestos excepcionales, como si nos encontramos ante el próximo Picasso al que no llevan a dibujo, o la futura Pavlova a la que privan del ballet. Pero Picasso o Pavlova hay muy pocos.

              Y si seguimos avanzando en el plano de la exageración, que existe mucho mas de lo que la gente piensa, me he encontrado alegaciones al interés general del menor para escoger un traje de Comunión con lazo rosa que quería la madre frente al que quería el padre, sin lazo y con bordados, y hasta para decidir los pisos que debería tener la tarta. Verdad verdadera.

              Un caso especialmente sangrante fue el de dos progenitores enfrentados y esgrimiendo el interés del menor como un arma arrojadiza, pretendiendo inscribir a la niña en dos colegios distintos, ambos religiosos, de principios similares y en la misma zona. Al final, consiguieron que se les pasara el plazo en uno y otro y que fuera el organismo autonómico correspondiente el que asignara un colegio a la niña, mucho más lejano a su domicilio y a lo que pretendían uno y otro. Así que quedó claro que el interés que les guio era el de cualquiera menos el de la menor.

              Y hasta aquí, estas pequeñas notas que espero que hayan aclarado un poco la cuestión. El favor minoris es algo muy serio, no un cajón de sastre para meter cualquier pretensión. Por eso doy hoy el aplauso a quienes lo usan adecuadamente. Que no siempre es fácil.

Premios blogs jurídicos: mejor post


              Todas las artes tienen sus propios premios. Los Oscar o los Goya del cine, el Cervantes o el Nobel de literatura son solo las muestras más visibles de ello. Y, aunque la satisfacción con la propia obra es un gran premio, si hay un reconocimiento público la satisfacción es aún mayor. Y, si no, que se lo digan a cualquier director, intérprete, guionista o técnico que se haya llevado alguna de esas preciadas estatuillas.

              En nuestro teatro también tenemos nuestros propios premios, y los premios a los blogs jurídicos organizados por José Ramón Chaves (@kontencioso) y su blog delajusticia.com,  y Globoversia son la mejor muestra de ello. Con varias ediciones a sus espaldas, este año se cumplía la quinta edición, y el 22 de enero de 2024 se convertía en un día que mi toga, mis tacones y yo nunca olvidaremos. Y que, como las cosas buenas, tenía que compartir con quienes tienen la generosidad de leerme semana a semana.

              Como quiera que desde Delajusticia.com, su autor describe con su habitual maestría la ceremonia , invito a todo el mundo a que le lea para saber cómo fue de cabo a rabo. Aunque mejor debería decir de cabo a anca, por la famosa rana de la Universidad de Salamanca, en cuyo paraninfo tuvo lugar el magnífico evento. Yo, por mi parte, seré como suelo, más subjetiva, y contaré mi visión toguitaconada del acto. Y de esa sonrisa de boba que aun no he conseguido que se me borre de la cara. Ni ganas.

              Cuando descubrí que mi post sobre Valoración del riesgo era uno de los semifinalistas de estos premios, no cabía en mi de gozo, entre la sorpresa y la alegría. La alegría, por razones obvias. La sorpresa, porque mi lenguaje coloquial y mi modo de escribir no siempre se han considerado todo lo “serios” que un tema como la justicia merecía, como conté en su día, allá por el año 2018, en mi post sobre lo jurídico

              Pero es que, además, el tema a que dediqué el post, la valoración del riesgo en los delitos de violencia de género, es un tema especialmente peliagudo en una materia que no siempre se considera Derecho del más sesudo. Pero como los juristas, en realidad, lo que hemos de hacer es tratar de dar solución a los problemas de la ciudadanía, siempre me he visto compelida a hablar de esa tragedia que mata cada año a tantas mujeres y que constituye el objeto de gran parte de mi vida profesional. Y por fin compruebo que este esfuerzo no ha sido en balde. Que ser, como dice mi madre, tenaz -bonito eufemismo con el que mi progenitora enmascara el “cabezota” de toda la vida- acaba dando mis resultados. Así que creo que es comprensible que la sonrisa de boba siga aquí en mi cara, pegada a la comisura de mis labios y asomándose a mis ojos. Por cursi que parezca que lo diga.

              Me gustaría, por todo esto, compartir el discurso de agradecimiento que hice. Pero que nadie se alarme, que fui tan estricta con el tiempo como la organización merecía. Así que ahí va:

 “Muchísimas gracias. Me hace muchísima ilusión que una cosa como un blog, que es una apuesta tan personal, sea objeto de este reconocimiento.

Cuando empecé con el blog, mi intención era acercar el Derecho, que era algo como muy lejana, a la ciudadanía. Paradójicamente, esto triunfó relativamente pronto en este ámbito pero, sin embargo, a la comunidad jurídica le costaba reconocer un blog con este título, con este cariz, un blog que no cita fechas ni números de sentencias ni de leyes como una apuesta deliberada. Y este es el momento en que por fin, se funden ambas cosas. Por ello, para mí es un placer y es un honor.

Por otro lado, en cuanto al artículo premiado, un artículo que habla sobre una materia a la que dedico gran parte de mi vida profesional, he de decir que este artículo fue escrito, como hago muchas veces, a raíz de una noticia de actualidad. Una mujer era asesinada por su pareja, y tenía una valoración de riesgo alta, por lo que la prensa y la opinión pública se preguntaban cómo podía ocurrir esto. Pasaba como pasaba en tantas ocasiones, que desde los medios de comunicación y redes sociales la gente se preocupa en buscar culpables y no en buscar soluciones. Y yo quise desde las trincheras de mi trabajo diario, hacer una reflexión honesta sobre qué es lo que falta y qué es lo que no falta, y como lo vemos quienes trabajamos en ello, para contribuir con el fin de aportar mi granito de arena para encontrar soluciones en vez de buscar culpables, a esta terrible tragedia que es la violencia de género.

Por eso, y para acabar, me gustaría, además de agradecer nuevamente al jurado y a la organización la concesión de este premio, dedicarlo a todas las mujeres víctimas de violencia de género, a las que dedico gran parte de mis esfuerzos profesionales y que, de corazón, desearía no tener que hacerlo.

Y hasta aquí, mis impresiones y mi pequeño discurso. Y, como siempre, he de acabar con el aplauso, que esta vez va dedicado a @kontencioso, delajusticia.com y Globoversia por la organización y la concesión del premio, así como a quienes votaron desde sus casas. Y la ovación extra para el resto de premiados: Hay Derecho, Nosoloaytos, Fiscalblog. Marcos Almeida; y los mencionados de honor: A golpe de tweet, blog de Derecho Público y de la competencia, Es de Justicia, Justito el notario y Litinet. Ha sido un honor que seáis mis compañeros y compañeras de viaje.

#concursodepoesía : Un mundo sin paz


UN MUNDO SIN PAZ



Sangra el mundo

Sangra

Por cada uno de sus poros

Sangra

Por cada trozo de mar

Sembrado de cadáveres

sepultados

 entre plásticos

y cosas desechadas

Sangra

Por cada niño muerto,

por cada niña vendida

 y anulada

Y por cada miembro amputado

que nunca volverá a ser carne

Sangra

Por cada mujer lapidada,

por cada hombre ejecutado

Y por cada niño huérfano

de una y otro

Sangra

Por los sueños

 que nunca se cumplirán,

por todos los libros por leer,

por los que ni siquiera se editaron

ahogadas sus letras en la nada

Sangra

Y espera el torniquete

que pare su hemorragia

de angustia y desespero

Y es que ese mundo en paz

que nos vendían

acabó entre los saldos

y las rebajas que nadie

va a comprar

Y todavía espera mientras sangra

para que lo salvemos

Antes

 de que se haya desangrado del todo.

Desencadenada: tecnología en positivo


Hoy en Con mi toga y mis tacones traigo un relato muy especial. El aplauso, os lo pido al final si os ha gustado

Relato ganador del 1er premio del Certamen de Literatura Mujeres de la Malvarrosa 2015

DESENCADENADA

         El día en que él me regaló aquel teléfono móvil me puse muy contenta. No era yo persona especialmente dada a las nuevas tecnologías, pero trataba de estar al día si me era posible, y aquello seguro que me facilitaba las cosas. Mi hija miraba aquel artefacto con algo de envidia, como si fuera el más preciado tesoro del mundo. Y yo, aunque en mi fuero interno habría preferido unos pendientes, o incluso un ramo de flores, agradecía aquel regalo, que era el primero que él me hacía desde hace tanto tiempo que ni me acordaba. Pero, por supuesto, nunca me habría atrevido a contárselo.

Cuando pensé aquello, de que hubiera agradecido un ramo de flores o unos pendientes, creo que fui consciente por vez primera de lo desdichada que me sentía. Tanto, que me había acostumbrado s aquella vida como si no tuviera derecho a nada mejor. A pesar de que tenía un trabajo enriquecedor, una hija maravillosa, una situación económica bastante desahogada y una salud más que aceptable, me sentía muy desgraciada. De hecho, él no dejaba de repetirme que no sabía por qué andaba siempre con esa cara de amargada cuando me tenía como una reina, me reprochaba que no me arreglara tanto como otras mujeres, me decía que no me cuidaba, y que no lo entendía, porque tenía la casa hecha unos zorros, y que si no fuera por él nos estaría ahogando la porquería.

Al principio, me dolían esas cosas. Poco a poco, me fui acostumbrando a ellas, aunque a veces me saltaban las lágrimas. Pero él también se había acostumbrado a ellas, y mis lágrimas le trían sin cuidado. Es más, últimamente, le enfurecían todavía más. Y yo solo callaba esperando que acabara aquel momento y pudiera proseguir con mi vida en paz. O más bien con ese simulacro de vida.

Me sentía como encadenada a aquella vida. Pero eran unas cadenas tan sutiles, que una no se daba cuenta que las llevaba si no trataba de avanzar más allá de lo que daban de sí. Y yo, aunque me costara reconocerlo, avanzaba bien poco. Cada vez menos. Y ya ni siquiera notaba esas cadenas.

Apenas hacía otra cosa que ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Cuando él llamaba y no estaba allí, me pedía tantas explicaciones que acabé por no salir apenas, por estar siempre disponible y localizada. Pero con eso no había bastante, y cuando llegaba, me reprochaba por lo sucia que, según el, estaba la casa, lo mal educada que estaba la niña, o por cualquier otra cosa que se le ocurriera. Y yo, poco a poco, me iba enredando en aquellas cadenas, y sólo trataba de evitar que no hubiera ninguna razón, real o imaginaria, de que él se enfadase.

Pero yo no me consideraba una mujer maltratada, ni mucho menos. ¿Cómo me iba a comparar yo con aquellas víctimas de ojos amoratados y miembros rotos, con aquellas mujeres apaleadas, apuñaladas o golpeadas hasta la muerte? ¿Yo, que a lo sumo había recibido algún empujón? ¿Yo, que tenía un trabajo, y una hija estupenda? ¿Yo, que simplemente recibía reproches que tal vez merecía? Si yo no tenía más que seguir sus reglas para tener una vida tranquila…

Y de pronto, aquel teléfono móvil cambió de aspecto ante mis ojos. Se volvió más brillante, más atractivo. Y vi en él la llave que abriría mis cadenas. Con él, podría moverme con más libertad, sin necesidad de estar siempre en casa para estar localizable y que él no se enfadara. Y mi hija me había explicado aquello de la mensajería instantánea, que me permitiría estar continuamente en contacto con mis amigos y compañeros aunque no pudiera asistir a sus reuniones. Y podría encontrar a amigos de otra época con más facilidad, porque pese a que tenía cuentas abiertas en varias redes sociales, no podía acceder a ellas con frecuencia, porque él era quien solía estar en el único ordenador que había en la casa.

Me apliqué, y me estudié las instrucciones de principio a fin, ante las carcajadas de mi hija. Me explicaba que aquel trasto era muy intuitivo, pero por más que me lo repetía, nada tenía que ver para mí la intuición con manejar aquel cachivache. Eso sí, con intuición o sin ella, conseguí hacerme con el manejo del móvil en un tiempo récord, y en un par de días ya tenía todos los contactos guardados, todas mis cuentas de redes sociales seleccionadas, y me agenda llena. Y me dispuse a dar un giro a mi vida.

Así que aquella semana, cuando mis compañeros de trabajo dijeron de tomar una cerveza, se sorprendieron de que yo me apuntara. Yo siempre declinaba la invitación con cualquier excusa, pero en realidad trataba de evitar que él llegara a casa y no me encontrara, y la cosa deviniera en bronca inevitable. Y le mandé un mensaje diciéndole que llegaría más tarde y que la comida estaba encima del banco de la cocina.

Todo fue estupendo, o así lo parecía. Y yo salía y entraba con esa pequeña libertad que había olvidado que existía. Estaba feliz, y no me separaba de mi móvil, como si se tratara de una tabla de salvación. Más que por las noches, en que lo dejaba cargando batería en la cocina.

Ese fue mi error. Al levantarme una mañana, e ir a coger mi preciado tesoro, él lo tenía en sus manos. Sus ojos estaban inyectados en sangre, fuera de las órbitas, y tecleaba furiosamente, mostrando mis conversaciones y pidiéndome explicaciones que no me permitía dar.

De pronto, todo se hizo oscuro. Lo siguiente que vi fueron las paredes blancas de una habitación de hospital, después de hacer un inmenso esfuerzo para abrir los ojos. Mi hija me tomaba la mano y lloraba en silencio.

Empecé a recordar retazos sueltos de lo sucedido. El, fuera de sí, me recriminaba que tenía un amante. Decía que llevaba tiempo sospechándolo y que por eso me había regalado el móvil, para poder tener las pruebas de mi traición. Tergiversaba todos mis mensajes, que se había aprendido de memoria y, de pronto, toda su furia se concentró en su manos, que se estrellaron una y otra vez contra mi cuerpo y, sobre todo, contra mi alma.

En su obcecación, no se dio ni cuenta de que no estábamos solos en la cocina. Mi hija se había despertado con los gritos y llegó en el momento justo para evitar que aquel estallido me llevara a un lugar más lejano que el hospital en el que me hallaba, a un lugar desde el que nadie regresaba.

Hoy, pasado el tiempo, no tengo más que agradecimiento para aquel regalo. Aunque mi hija trató de no nombrarlo siquiera porque era el desencadenante de la tragedia, yo no pienso eso. Aquel artefacto en realidad salvó mi vida. Sin él, jamás me hubiera dado cuenta de que estaba encadenada, de que esas cadenas cada día apretaban más y me estaba acostumbrando a ellas. Sin él nunca habría sido libre.

Y sin él, es posible que él nunca hubiera sido condenado. Mi hija lo cogió y fotografió su furia al tiempo que impedía que siguiera golpeándome. Y esa fue una prueba imbatible en el juicio. Y la llave que por fin abrió mis cadenas para siempre.

Investigación; nuestras claves


                En el mundo del cine y de la literatura gustan mucho las labores de investigación. Tanto se lleven a cabo desde la actividad privada como desde la pública. Todo el mundo recuerda detectives más o menos creíbles, desde Los Ángeles de Charlie a Miss Marple, desde Sherlock Holmes a el Halcón Maltés. Podríamos seguir dando nombres y títulos, pero no hace falta. De muestra vale un botón.

                En nuestro teatro, y especialmente en la jurisdicción penal, la investigación es la clave de todo. Lo que no está tan claro, sobre todo a partir de la reforma que cambió el nombre de imputado por el de investigado. Porque de las películas a la realidad hay un mundo.

                Lo primero que hay que aclarar, para quienes no acostumbren a frecuentar Toguilandia y sí las pantallas de cine y televisión, es que la investigación de campo, la que se ve en las películas, queda fuera de nuestra competencia. Jueces y fiscales trabajamos desde nuestros despachos y, aunque la ficción gusta mucho de sacarnos de allí y enviarnos a buscar pruebas por nuestra cuenta, eso no sucede en España- Y no porque seamos gandules, sino porque no nos toca. Lo llamen como lo llamen.

                En realidad, en nuestro escenario, la función de investigar fuera de los juzgados se lleva a cabo por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, eso sí, bajo las órdenes de judicatura y fiscalía. Nuestra labor empieza después, en los despachos. Por un lado, garantizando la constitucionalidad de las pruebas, en esas entradas y registros en cuya realización el LAJ es el absoluto protagonistas, como lo es del cotejo de los mensajes tras una autorización de intervención telefónica. Por otro, dando impulso al procedimiento, acordando qué es lo que corresponde hacer en cada caso, y cuando está concluida la tarea y corresponde pasar de una fase procesal a otra. Y, excepcionalmente, acordando la prórroga cuando en el plazo previsto no es previsible finalizar. Así, grosso modo -y no a Mato Groso, como me dijeron una vez- queda delimitada la primera fase, que en Derecho procesal llamamos instrucción y que acaba -o acababa- con la imputación- A partir de ahí se desarrolla la fase intermedia, que, aunque no siempre está muy definida, termina con la fase de enjuiciamiento, o sea, el juicio.

                La cuestión es que la terminología jurídica, como decimos muchas veces, no siempre coincide con la gramatical y, a veces, lo que hace es liarlo más. Ese fue el caso de la reforma que cambió el término “imputado” por el de “investigado” que, aun cuando tenía detrás unas motivaciones más bien ajenas a lo jurídico y relacionadas con los políticos implicados en casusas judiciales -mayormente de corrupción-, contribuyeron a agrandar el embrollo, cuando no a crearlo directamente.

                Así, si la instrucción se correspondía con la fase de investigación judicial, cuando se le recibe declaración a una persona como sospechoso o presunto culpable, llamarlo “investigado” es confuso. ¿Es que hasta entonces no se le investigaba? ¿Y, si no se le ha investigado, como se ha llegado a la conclusión de que procede tomarle declaración en tal concepto? ¿Se lo toma declaración como investigado para decirle que se le va a investigar? En fin, que yo sigo creyendo que lo de “imputado” era mucho más claro. De hecho, se sigue hablando por lo bajini de imputados e imputadas -que también hay, pero menos-. Pero igual son cosas mías.

                Para acabarlo de arreglar, nadie pensó -y, si lo pensó, Le importó un pimiento- el lío que podría suponer respecto de las diligencias preprocesales de fiscalía que se llaman, precisamente, diligencias de investigación penal -DIP para los amigos, para distinguirlos de las DP o Diligencias Previas de los Juzgados-. Así que un señor, puede venir a declarar como investigado por la fiscalía, para luego pasar al juzgado, donde, paradójicamente, se le recibe declaración como investigado para decirle que a partir de ahí se le va a investigar. Difícil de explicar ¿no?

                En cualquier caso, lo que ha de quedar claro es que nuestra labor es estrictamente jurídica y que, aunque a veces nos quitamos la toga para asistir a diligencias como un levantamiento de cadáver, no somos los encargados de localizar el cadáver en cuestión. Ni de detener al presunto asesino, aunque lo que sí podemos es acordar su detención. Pero tampoco esposamos a nadie mientras le leemos los derechos. N les decimos eso de que “todo lo que diga puede ser utilizado en su contra” porque eso no es propio de nuestro Derecho, aunque quede muy chulo en las películas.

                Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que haya quedado un poco más clara cuál es nuestra intervención en la investigación y en qué consiste- Si es así, espero haberme ganado el aplauso. De lo contrario, podéis tirar tomates. Pero que no estén muy verdes, por favor.

Bloqueo: sanseacabó


              Hay varias maneras de reaccionar ante algo que no nos gusta. O de no reaccionar, que también es un modo de hacerlo. Y, cuando no reaccionamos, es porque sufrimos un Bloqueo, término que ya dio nombre a una película en 1938. Poco podrían imaginar sus protagonistas de entonces las nuevas acepciones de esa palabra.

              En nuestro teatro, el bloqueo existe en sus diferentes acepciones. Aunque a veces ni siquiera nos demos cuenta.

              En primer término, todo el mundo en Toguilandia hemos sentido alguna vez lo que es padecer un bloqueo. De repente, las palabras se quedan atascadas en nuestras cabezas y se niegan a salir a la superficie o, lo que es lo mismo, no nos salen por más que nos esforcemos. Cualquiera que haya estudiado se ha encontrado con una situación de ese tipo, en la que, por más que nos hayamos preparado, nos quedamos en blanco. Y pobres de nosotras si eso nos ocurre en la oposición, porque un bloqueo en ese momento es una oportunidad perdida y, en el mejor de los casos, un año más hasta poder aprobar. Poca broma.

              Pero las posibilidades de sufrir un bloqueo no se acaban ahí. Están siempre presentes, y cada vez que tenemos un juicio importante, aparecen los nervios () que, si no se controlan, pueden dar con todo nuestro trabajo al traste. Son esas veces en las que se nos va el santo al cielo como ya contamos en otro estreno. Y no solo hay que tratar de evitarlo, sino que, si pasa, hay que estar preparada para salir adelante. Como esas veces en que aparece un testigo del que no sabíamos nada y empezamos con “¿Recuerda usted lo que pasó?’”, cruzando los dedos para que no solo lo recuerde, sino que nos lo recuerde a quienes estamos ahí, con la toga in albis.

              No obstante, hay otras acepciones de bloqueo, especialmente en nuestro mundo actual de redes sociales y amistades virtuales. Según el diccionario de la RAE, el bloqueo es sinónimo de una obstrucción o atasco, y también lo es de aislamiento, cerco, o sito. De modo que, combinando ambos, nos encontramos que bloquear a alguien es obstruirle, impedirle hacer algo para dejarle, finalmente, aislado.

              Si lo trasponemos esto al mundo digital, nos encontramos un concepto cada vez más fr4ecuente de bloqueo, el que tiene lugar cuando se impide a alguien acceder a nuestro teléfono o a nuestra cuenta de una determinada red social. Se puede bloquear en Whatsapp, y también en redes sociales como Twitter (hoy X), Facebook o Instagram, y se impide al bloqueado ver ninguna información de quien le ha bloqueado ni poderle contestar. Pero, cabe preguntarse ¿es conveniente bloquear a alguien que nos está acosando? La respuesta podría ser muy clara, pero en realidad no lo es tanto. Porque a veces las cosas no son lo que parecen.

              A lo largo de mi experiencia -ya, bastante considerable- en Toguilandia, me he encontrado con una pregunta recurrente por parte de alguno de los intervinientes en el juicio, en la declaración o en el acto de que se trate ¿Y usted bloqueó al investigado? O, más directa aun, ¿por qué no le bloqueó?

              Pues, como decía, las cosas no son tan sencillas. Cuidado con esos bloqueos, que son lo que nos pide el cuerpo en cuanto alguien nos molesta, porque en realidad lo único que conseguimos con ello es cerrar los ojos, para hacer realidad eso de “ojos que no ven, corazón que no siente”, pero eso no supone que la persona deje de insultarnos, aunque ya no pueda contactarnos, sino que no lo veremos. Y no es que la curiosidad mató al gato, sino que hay que estar prevenida. La información es el poder, como reza un conocido dicho.

              Pero aun hay más. Si bloqueamos podemos estar cargándonos la prueba. O la posibilidad de obtenerla, y a se sabe que en Derecho Penal sin prueba no vamos a ningún sitio. Tampoco puede reprocharnos nadie el que no lo hagamos hecho, aunque alguna vez se haya insinuado algo parecido. Nunca se pude culpar a la víctima.

              Por supuesto, aquí no hay fórmulas mágicas, ni recetas imbatibles. Cuando la molestia de las llamadas o mensajes es absolutamente insoportable, hay que plantearse el bloqueo, no sin antes preservar todo lo que enviado hasta entonces en aras a la fase probatoria del juicio. Pero, si no es algo absolutamente insoportable, conviene guardar y dejar al malo que desbarre, que cuanto más lo haga, más fácil nos pone la condena. Verdad verdadera.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero que nadie se quede bloqueado a la hora del aplauso, que buena falta nos hace. Sobre todo, si hemos sufrido un bloqueo