Colores: para gustos.


         Según un conocido dicho popular, para gustos, los colores. Y aunque algo hay de eso, no es oro todo lo que reluce. Los colores no solo dependen de los gustos sino del valor que les asignemos o la idea con la que lo relacionamos, como tan bien nos mostraba la película Del revés, donde la alegría, la ira o la tristeza tenían un color preasignado. Y es que los Colores no siempre son lo inocentes que parecen, sino que pueden dar mucha más información de lo que creemos. Pensemos, si no, en el abrigo rojo de la niña de la Lista de Schindler o por qué The Artist se rodó en blanco y negro.

En nuestro teatro, también el color puede tener más influencia de lo que en principio parece. En la Ciudad de Justicia de Valencia, sin ir más lejos, se dividieron las zonas por colores. El rojo para la jurisdicción penal, el azul para los juzgados civiles y el amarillo para los temas laborales. Recuerdo que en Twitter comentaba un abogado que se ponía la corbata a juego con la zona y, por ende, con la jurisdicción. Y es que, como decía, para gustos, los colores.

¿Por qué se eligieron estos tonos y no otros? ¿Responde a alguna razón concreta, o al mero azar? La verdad es que lo ignoro, aunque una siempre tiende a pensar que el rojo, que inmediatamente conduce a evocar sangre y pasión, se pensó que era el color adecuado para esos asuntos que yo llamo de sangre, sexo y vísceras y que a mí personalmente tanto me gustan. Lo del azul y el amarillo, ya no sabría decir, aunque seguro que quien lo diseñó algo tendría en la cabeza para llegar a esa conclusión.

De todos modos, nada es inmutable y no son colores todo lo que reluce. De un lado, porque las necesidades de espacio han hecho que los Juzgados de lo mercantil tengan que quedarse en esa zona rojo pasión que tan poco parece corresponderles y que los de lo contencioso compartan color con sus colegas sociales y civiles. De otro, porque en Toguilandia somos como somos, y no nos vamos a poner un marchamo de alegría así nos maten. Así que, que se olvide quien estuviera imaginando un edificio lleno de colores, porque estos solo los verá en los directorios, y en el número indicador de la planta correspondiente, junto a los flamantes ascensores de cristal. El resto es tan gris y aburrido como es tantas veces la Justicia.

Aunque los colores no solo afectan a los edificios. También existe un código no escrito en las pegatinas con las que nos advierten algunas cosas inaplazables de determinados expedientes, a las que ya dedicamos un estreno. Las causas con preso, o las urgentes por otros motivos tienen que ser necesariamente rojas, como la alerta de los semáforos. Los posits, que también tuvieron su estreno y que siguen siendo imprescindibles, siguen siendo amarillos en su mayor parte, no sé si por casualidad o por asociación al ámbar de precaución de los mismos semáforos. Y el verde, que suele identificarse con paso libre, no se utiliza apenas, que cada cual saque sus propias conclusiones. Tal vez por eso sobran siempre tantos bolis bic verdes en las cajas de material.

Las carpetillas de fiscalía también se impregnan de alguna manera de ese código de colores, y aunque mayoritariamente son de un neutro blanco o amarillo, creo que es por razones prácticas: no hace tanto escribíamos los extractos sobre ellas, a mano, y leer sobre una superficie de color hace doblemente difícil el trabajo de interpretación del manuscrito que a veces, ni con piedra Rosetta se desentrañaba del todo. No obstante, en algunas cosas se notan los cambios. En mi fiscalía, por ejemplo, las carpetillas para los juzgados de violencia son rosas para los asuntos civiles y moradas para los penales, con las connotaciones que ambos colores tienen. Y las carpetillas civiles son azules, a juego con los paneles indicadores de esa jurisdicción.

Lo que nunca he acertado a adivinar es con que criterio deciden en cada juzgado el color de las cartulinas de sus expedientes. Generalmente, hay un color por tipo de procedimiento, según esté en Diligencias Previas, o ya se haya transformado a Juicio por Delito Leve, procedimiento Abreviado o sumario ordinario, cada cual con su color propio. Eso, que facilita la faena cuando se despacha siempre el mismo juzgado, puede llegar a volvernos tarumba como haya un cambio o una equivocación al poner la carátula. Y puede parecer una tontería pero es así. De hecho yo, que no es que sea la persona más ordenada del mundo, me ordeno los asuntos por colores. Que nada tienen que ver en este caso con los gustos, por más que lo diga el dicho.

Hay otros casos en que los colores los aportamos desde fuera del material de Toguilandia. Se nos ponen las mejillas – la cara entera- rojas cuando pasamos vergüenza o alguna situación abochornante, sea a una u otra parte de estrados. O nos ponemos también rojo de ira cuando los planetas se alinean para que todo nos salga mal. Y palidecemos, pasando del blanco folio al azul, cuando nos encontramos con una situación inesperada ante la que no sabemos qué hacer. O cuando estamos tristes, como el gato de la canción de Roberto Carlos.

A estos códigos de colores hemos de sumar los que por convención tienen algunas materias o ámbitos, como el arco iris del colectivo lgtbi o el violeta de la lucha contra la violencia de género. Temas ambos que han sido objeto de varias de nuestras funciones.

En definitiva, que la elección de colores no siempre es tan inocente ni depende tanto de los gustos como se cree. Pero, en cualquier caso, el aplauso hoy se lo daré a quienes los usan para borrar en la medida de lo posible de nuestras vidas ese gris que a veces pesa tanto en el ánimo. Gracias

Trastornos de conducta alimentaria: testimonio


Hoy en Con Mi Toga Y mis Tacones adelantamos un día la fecha de estreno porque tenemos una invitada muy especial. . Hoy, 2 de junio, es el día de lucha contra los transtornos de la conducta de la alimentación y alguien a quien quiero y respeto se ha puesto en contacto conmigo proponiéndome que sirviera de vehículo a su experiencia. Y claro, no solo le he dicho que sí sino que la quiero y la respecto todavía más.

Celia ha compartido su período de prácticas conmigo, y he sido enormemente afortunada de tenerla a mi lado. Como ella y su compañera Sara dicen, yo soy mamá pato y ellas mis patitas. Y hoy sy una mamá pato especialmente orgullosa. Podría decir que el patito feo se convirtió en cisne sino fuera que el cisne siempre estuvo ahí.

Aquí os dejo la experiencia de Celia y el dibujo de @madebycarol para ilustarla. No creo que deje indiferente a nadie. Pero no dejéis de compartirla, es posible que estemos salvando vidas. O mejorándolas, como Celia ha mejorado la mí desde el mismo momento en que se empeñó, por tierra, mar y aire, en hacer el Practicum conmigo. Ni que decir tiene que el aplauso hoy es para ella

Qué rápido pasa cuando no te estás dando cuenta”


Hace casi un año que empezó toda esta aventura, o pesadilla a la que puedo llamar TCA.
Es curioso como funciona la mente, pero lo más curioso es el cuerpo. Hace unos meses ni
siquiera sabía lo que era somatizar.
Pues bien, para los que no lo sepáis, el cuerpo reacciona de formas muy distintas frente a
los sentimientos que tenemos y acumulamos por dentro. Algunos lloran, otros tienen
problemas de piel, otros con su vello, y en otras ocasiones los problemas emocionales se
convierten en problemas con la comida.
Todo esto para variar de la mano de un diagnóstico de depresión y de ataques de ansiedad
constantes.
Y empieza la aventura a la que más le temes, no te puedes explicar como has pasado de
ser una de las personas más feliz y vital de este mundo a convertirte en una sombra más,
que toma más medicamentos y pastillas que una farmacia.
No comprendes como algo que siempre has apreciado se convierte en una lucha interna
cada día, como cada comida se ha convertido en una discusión con tu familia, como un
plato te asusta más que la muerte y como lloras cada día por lo vacía y rota que te sientes
por dentro.
Empiezan los psicólogos, los psiquiatras, las preguntas, el esconderte y el fin de la vida
social. Empiezas a tener que dejar a un lado todo aquello que te hacía feliz, porque tan solo
un paso en tu vida puede llegar a matarte. Porque te pasas más horas en urgencias por las
veces que te has desmayado, que en un bar con tus amigas.
Empiezan las pérdidas de memoria, la caída del cabello, las capas de ropa térmica incluso
en pleno marzo, la pérdida de la regla y la ropa grande.
Y te preguntas constantemente, como ha podido pasar esto, pero sobre todo, como no he
podido darme cuenta de lo que estaba pasando y como no he podido pedir ayuda.
Y me reitero, que peligroso es somatizar, que peligroso es sufrir algo que te rompe por
dentro en un momento puntual de tu vida y ser incapaz de contarselo a la gente que te
quiere, porque cuando no cuentas un problema o una preocupación puede acabar
derivando en algo tan serio como esto.
Quién me iba a decir, que el fallecimiento de mi abuela, la persona que más quería en este
mundo iba a venir acompañado del peor año de mi vida, un año en el que la mitad de mis
recuerdos no existen, en los que pilotaba una persona que no era yo. En los que era una
cáscara vacía que se dejaba llevar por el viento. Porque alejar a mi familia y amigos era lo
mejor que podía hacer por ellos.
Un año en el que todo era sentimiento de insuficiencia, en los que no tenía ganas de comer,
o incluso de levantarme de la cama.
Esta enfermedad me ha traído tantas cosas malas.
Hace poco me preguntaron, que si alguna vez me había planteado si quería volver a estar
así de delgada. Porque claro antes de empezar la recuperación, tantísimas personas me
dijeron lo guapísima que estaba y lo delgada y estupenda que me había quedado. Que
pena que no supieran que detrás de ese cuerpo tan bonito que ellos veían había una
depresión de caballo, un sentimiento de soledad y una persona rota por completo.
Y obviamente mi respuesta es clara, JAMÁS en la vida volvería a permitirme a mi misma
estar en la situación en la que empecé esto. No sólo porque he aprendido a exteriorizar mis
problemas y mis sentimientos sino, porque esta enfermedad me ha costado la vida. Y no
solo la mía.
Esta puta enfermedad ha tenido a toda mi familia llorando delante de una báscula, ha tenido
a todos mis amigos llorando cada vez que me abrazaban, ha tenido a mi abuelo
apoyándome y tocándome en la espalda mientras lloraba delante de una tortilla francesa. Y
ha tenido a toda la gente que me rodea preocupada por mí.
Es importante que un TCA no solo afecta al paciente sino también a su entorno y seres
queridos.
Porque pasé de ser un torbellino de energía a ser la persona con menos luz de este mundo,
porque acabó temporalmente con mis sueños, y con mi vida social.
Vivía en una constante línea roja que significaba que tu vida corre peligro, donde cada
miércoles tienes que subirte en una báscula, donde te hacen preguntas.
No podía durante un tiempo ni siquiera salir de casa, tenía prohibido entrar a la cocina, cada
gramo de la comida se pesaba, no te levantabas hasta que se acaba el último grano de
arroz del plato, y cada visita al médico era un nuevo medicamento para la lista.
También podría decir que esta enfermedad me ha traído cosas buenas, para ser concretos,
me ha hecho ver la maravillosa familia que tengo, lo increíbles que son mis amigos, que han
celebrado cada logro y me han apoyado en cada recaída. Y el novio de 10 que tengo a mi
lado, que ha pasado horas y horas en mi sofá en la época que no podía ni moverme, ha
seguido cada pauta de cocina que le han dado y me hace sentir querida y preciosa cada día
del año.
Y es que qué curioso, cuanto aprendes con estas cosas, te das cuenta de lo importante que
es la vida, lo bonita que es y lo mala que es esa nube que no te deja ver las cosas como
son.
Yo he sido capaz de quitar esa nube de mi cabeza, hay días en los que vuelve, como es
normal, pero ya están las personas que me quieren alrededor para hacer que se disipe lo
más rápido posible.
Con esto quiero darle la visibilidad que se merece a una enfermedad tan tabú. Qué poco se
habla de ella y que importante es, porque jolin cuanto daño puede hacer a cualquier
cabecita inquieta.
No me avergüenza ni la cantidad de medicamentos que me tomo al día, ni lo grande que me
viene la ropa en algunas ocasiones, ni tener que comer con un tenedor especial, ni tampoco
reconocer que he tenido y puede que aún tenga depresión y un TCA.
Ayer la nutri me dijo que en septiembre me dan el alta, y lloré como una de las personas
más felices de este planeta, soy consciente de todo el camino que me queda por recorrer,
pero es una batalla que no estoy dispuesta a perder, porque mi vida y mi gente es
demasiado increíble y valiosa como para dejarlas marchar.
Porque soy físicamente una hormiguita que tiene dentro una leona que necesita ver mucho
mundo sola con una mochila y dar todo lo bueno que tiene dentro a los demás.
Y porque no me da la gana que algo tan pequeño pueda con una persona tan tan grande.
Y quiero acabar diciendo, que de verdad, un cuerpo o un sentimiento no merece tanto la
pena, que lo que está por fuera es tan solo la cáscara que esconde lo que realmente
importa.
No somos la piel que habitamos, mira tu cuerpo, no hay hogar como tú.
Todo lo que necesito existe ya en mí.
“gracias”

Mascarillas: sanseacabó (o casi)


Las mascarillas han dado mucho de sí. Todavía seguimos llevándolas en los últimos sitios donde aún es obligatoria: transporte público, centros médicos y farmacias. Los últimos de Filipinas. Pero hubo un tiempo en que marcaban la línea entre la vida y la muerte. Y por eso dieron tanto de sí, hasta para quienes aprovechan cualquier desgracias en su propio beneficio.

Hoy, desde nuestro teatro, les diremos adiós como toca, con un relato que, una vez más, pretende hacer reflexionar además de conmover. Ojala lo consiga

MASCARILLAS

Aquella era la última caja que quedaba. Cuando se hizo el pedido, nadie pensaba que fuera a pasar lo que pasó. Solo uno de los médicos más veteranos del hospital advirtió, cuando llegó el primer paciente de esa “gripe rara”, que aquello podía ser más gordo de los que imaginaban. Pero nadie le hizo caso. Le tacharon, una vez más, de “viejo chocho” y hubo incluso quien dijo que haría bien en pedirse la jubilación anticipada y retirarse.

Y, de repente, ya no había remedio. El que todos habían tildado de “viejo chocho” pasó a considerarse un visionario, aunque eso no le sirvió de nada cuando su cuerpo acabó por dar la razón a sus predicciones. Un poco de tos, otro poco de fiebre y esa sensación de ahogo que le oprimía el pecho fue lo último de lo que fue consciente antes de convertirse, oficialmente, en el primer médico contagiado de Covid 19

Mientras permanecía en la Unidad de Cuidados Intensivos de su propio hospital, haciendo de funambulista en el alambre que separaba la vida de la muerte, se desataba el caos que él predijo. Su hija, en medio de la tragedia, todavía fue capaz de bromear con ello

  • Tenéis suerte de que papá esté inconsciente. Si no lo estuviera, estaríamos oyendo a cada rato eso de “os lo dije”. Y lo tendríamos merecido

Su hija Lía trabajaba como residente en el mismo hospital que él. Ahora se arrepentía mucho de haberse unido a la masa de compañeros que tildaban a su padre de alarmista. Y no hacía más que rezar a todos los dioses de mundo para que su padre saliera adelante y poder pedirle perdón. Jamás pensó que anhelaría escuchar una bronca suya, pero lo deseaba como ninguna otra cosa.

Pensaba en ello mientras trataba de distribuir la última caja de mascarillas a la espera de que llegara el siguiente envío. Se habían convertido en un bien escaso, casi en un objeto de lujo.

Miró la procedencia. Tenía una leyenda con caracteres chinos, o eso le parecía, aunque no sabía nada de caligrafía oriental. Se preguntaba quiénes habrían fabricado esas mascarillas, y si lo habrían hecho antes de que estallara la pandemia mundial, esta hecatombe horrorosa que solo su padre había podido anticipar

Ella no podía saberlo, pero esa caja de mascarillas fue la última que se hizo en un taller clandestino de una superpoblada ciudad china. Cada día, acudían Li, de quince años, y su hermana pequeña, y pasaban más de catorce horas en un claustrofóbico local sin ventanas, donde se sentaban ante sus máquinas de coser para fabricar mascarillas. Li, que era mayor, ya había pasado al equipo de las trabajadoras que cosían las partes importantes, y se dedicaba a terminar aquellos rectángulos con pliegues de color verde claro, uno tras otro, uno tras otro. Su hermanita, sin embargo, se limitaba a poner las gomas. Todavía no había “ascendido”.

Cuando les dijeron que no deberían volver más, Li se enfadó mucho. Sabía que su trabajo era necesario en casa, y que no se podían permitir estar varias semanas sin cobrar porque, desde luego, un taller como el suyo no les daba derecho a nada. Simplemente, no existían. Si hubieran existido, su actividad se hubiera considerado esencial y habrían podido seguir con su actividad, pero no era el caso. La fábrica tenía una parte “legal” en la planta baja, y esa es la que continuaría. Las trabajadoras del sótano se quedarían en el limbo. Ahora que eran frecuentes las inspecciones, no podían permitirse que descubrieran aquel secreto que albergaban las tripas de la fábrica.

Así es como lo que hasta entonces había sido el taller en que trabajaban Li y su hermana, junto con muchas niñas más, volvió a convertirse en el almacén de la fábrica, lo que siempre había sido “oficialmente”. Y allí se quedó la última caja de mascarillas en la que habían trabajado.

Quiso la casualidad que aquella última caja fuera también la última que quedaba en el hospital en el que trabajaban Lía y su padre. Lía estudió Medicina porque siempre admiró a su padre, pero ahora lo admiraba más que nunca. Solo lamentaba no habérselo dicho más veces y esperaba que no fuera tarde para enmendar su error.

Mientras el padre de Lía se aferraba a la vida a través de un respirador ignoraba que, a muchos kilómetros de allí, la hermanita de Li mantenía la misma lucha a miles de kilómetros de allí. La niña, que siempre había tenido problemas de asma, fue la primera de la casa en caer y su familia esperaba que fuera la única. No se podían permitir otra persona enferma en la casa, donde ya había otra persona de riesgo, su madre, también aquejada desde niña por una enfermedad respiratoria. Por suerte, Li, el día en que se les despidieron de la fábrica, se hizo con un paquete de mascarillas para proteger a su familia, que las llevaba hasta para estar en casa.

Lía, en el otro extremo del planeta, también se había abastecido de unas cuantas mascarillas antes de que todo estallara. Su padre se había puesto tan pesado con el tema que acabó por hacerle caso y llevar una caja a casa, donde temían mucho que la abuela se contagiara. Por eso, también Lía estaba siempre en casa con la mascarilla puesta. No se perdonaría que su querida abuela enfermara por su culpa. Ya tenían suficiente con lo de su padre.

Lía era afortunada. Podía ver a su padre, al menos de vez en cuando. Era la única persona de la familia que podía permitírselo, aun con todas las precauciones, debido a su trabajo. También su padre era de los pocos pacientes afortunados que podían recibir, aunque fuera en esas condiciones, la visita de su hija. Fue ella quien empezó, para hacer una visita a su padre, la última caja de mascarillas, esas mascarillas que, a muchos kilómetros de distancia, habían fabricado unas niñas que pisaban su taller clandestino por última vez

Li, sin embargo, no tenía tanta suerte. Aunque estuviera bien provista de mascarillas, no podía visitar a su hermana. Sabía de ella por los partes periódicos del hospital y seguía temiendo por su vida. Li la echaba tanto de menos que se sentía como si le hubieran arrancado un trozo de sí misma.

Aunque parezca mentira, Lía sentía exactamente lo mismo que aquella niña china a la que no conocía de nada. Y, como ella, cada noche se acostaba con la esperanza de que el nuevo día trajera buenas noticias. Y así un día tras otro, mientras las últimas cajas de mascarillas, en uno y otro extremo del mundo, se iban agotando.

Cuando le dieron la noticia, Lía no podía creerlo. Tampoco podía creerlo Li cuando le dieron el parte esa mañana.

El padre de Lía ya no necesitaba el respirador. Pronto sería trasladado a planta, hasta su completa recuperación. Lo peor había pasado

La hermana de Li tampoco necesitaba ya el respirador. Pronto sería incinerada, cuando el colapso en las funerarias lo permitiera. Le había pasado lo peor.

Cuando todo aquello terminó y llegó el momento de traducir el horror en cifras, el padre de Lía pasó a formar parte de la maravillosa estadística de personas que había superado la enfermedad. Sus compañeros y compañeras del hospital le habían hecho un recibimiento lleno de cariño y aplausos cuando, superada la pandemia, volvió a incorporarse a su puesto de trabajo de siempre. Aquella última caja de mascarillas ya se había agotado hacía tiempo, pero ya no existía ningún problema de abastecimiento, a pesar de que, como siempre, las usaban continuamente.

La hermanita de Li, por el contrario, nunca formó parte de ninguna estadística oficial. Su muerte, como otras muchas en su tierra, no fue computada, y su hermana tuvo que ir, casi a hurtadillas, a hacer cola para recoger la urna con sus cenizas. En su casa recibieron aquella urna en silencio, y en silencio le hicieron un homenaje porque no estaban permitidas manifestaciones públicas de duelo. De nada les sirvieron las últimas mascarillas fabricadas por aquella niña que ya no estaba allí

No obstante, aquellas no fueron las únicas mascarillas que fabricó Li. Cuando pasó lo más grave y las cosas volvieron a ser casi como antes, la llamó su antiguo jefe. Le ofrecía la posibilidad de volver a tener un trabajo frente a la máquina de coser con la que elaboraba mascarillas. Le hubiera gustado negarse, decir que aquellas condiciones eran indignas, que había perdido a su querida hermana y no estaba dispuesta a acabar ella misma igual, pero no podía permitírselo. Con la educación que le habían enseñado desde pequeña, Lí le agradeció a su jefe que contara con ella y dijo que acudiría al día siguiente. En ningún momento le preguntó aquel hombre por su hermana.

Cuando llegó a la fábrica, se llevó la mayor sorpresa de su vida. Habían sido tapiadas las escaleras que conducían al taller del sótano, y cegada la minúscula puerta clandestina por la que ella y su hermana entraron tantas veces. Ante su asombro, fue su propio jefe quien la condujo a su nuevo puesto de trabajo, una mesa con una máquina de coser justo al lado de la ventana que daba a la calle. Cuando llegó, sus compañeras le dieron el aplauso más largo que Li había escuchado nunca. Un aplauso que sabía que no le pertenecía a ella, sino a su hermana.

Lía se quedó mirando la nueva remesa de mascarillas que les habían llegado. No sabía por qué razón, le llamó la atención que, aunque parecían iguales, no lo eran, La leyenda en caracteres orientales era diferente. Si Lía hubiera podido leerla, hubiera sabido que era la garantía de que esas mascarillas habían sido fabricadas con estricto cumplimiento de todos los derechos laborales.

El tiempo pasó y llegó el momento en que el padre de Lía se jubilaba. Lo hizo a regañadientes, porque amaba demasiado su trabajo como para abandonarlo de una manera voluntaria. Su hija Lía le organizó una despedida por todo lo alto, en el mejor restaurante de la ciudad. Costó mucho guardar el secreto para preservar la sorpresa, porque su padre siempre había sido muy bueno para anticiparse a las cosas, pero lo consiguieron.

Cuando entraron, una camarera les sirvió un par de copas de cava mientras el resto de familia, personal del hospital y amistades varias, aparecían como de la nada gritando “¡¡¡¡Sorpresa!!!!”

El ignoraba que aquella joven camarera de rasgos orientales era la misma muchacha que, con solo catorce años, había fabricado las mascarillas con las que su hija pudo entrar en la Unidad de Cuidados Intensivos a visitarle. Aquella última caja de mascarillas que guardaban como oro en paño y que nunca sabrían que fueron las últimas fabricadas en aquel taller clandestino.

Tampoco sabría nunca que aquella chica, escrupulosa donde las hubiera, siempre preparaba la comida provista de mascarilla, por si acaso. Una mascarilla proveniente de una fábrica donde ya nadie volvería a tener que sentarse a trabajar sin que se respetaran sus derechos.

Descendencia: seguir nuestros pasos


                La familia marca siempre. Marca, incluso más, la ausencia de ella, para quienes han tenido la desgracia de no conocerla. Y, cómo no, seguir los pasos que marcaron quienes nos precedieron es una elección de futuro, a veces voluntaria, a veces forzosa y, las mas de las veces una mezcla de ambas. Lo hemos visto en muchas series de sagas familiares, Dinastía, Los Colby, Falcon Crest, Dallas. Hijos o hijas que trataban de igualar o superar a sus progenitores y progenitores que no se resignaban a que sus vástagos no siguieran sus pasos. Y en el extremo más radical, la famiglia de son Vito Corleone, El padrino.

En nuestro teatro tenemos fama de endogámicos, de casarnos entre nosotros y convertir a nuestras criaturas en réplicas toguitaconadas de papá, mamá, o ambos. Una fama que no siempre responde a la realidad y que, además, ha sido injustamente criticada, teniendo en cuenta que a nuestros puestos de trabajo se accede por oposición. Nadie hereda la fiscalía o la judicatura, aunque bien que nos tranquilizaría poder dejar nuestro puestos a nuestros hijos como ocurre en las empresas familiares. Pero. Como mucho, podemos dejarles la toga, pero el derecho a usarla solo pueden ganarlo por sí mismos.

Como decía, lo de la herencia toguitaconada tiene más de leyenda urbana que de otra cosa. Es cierto que tengo compañeros y compañeras que tienen un padre o una madre de la carrera, pero son una minoría. La mayoría aparecieron aquí sin ningún precedente familiar, incluso en algunos casos siendo los primeros en tener una carrera universitaria en su familia. Y, de otra parte, también es verdad que algunos hijos del gremio eligen entrar en nuestro teatro, pero también son legión quienes tienen aspiraciones distintas. Mis hijas, sin ir más lejos. Y, por supuesto, no todos los hijos e hijas de Toguilandia consiguen aprobar la oposición, aunque haya quien se empeñe en vender la mentira de que basta con el apellido para hacerse un huevo en este difícil mundo.

No obstante, tengo la sensación de que siempre tenemos que estar disculpándonos por nuestros orígenes o nuestras circunstancias. La endogamia, por ejemplo, se explica con facilidad. Habida cuenta que pasamos los mejores años de nuestra juventud encerrados entre cuatro paredes quemándonos las pestañas entre Códigos y apuntes, las posibilidades de conocer a alguien que se pueda convertir en nuestra pareja no son muchas. Salvo que el príncipe –o la princesa- azul se aparezca en la gasolinera o en el súper, lo más fácil es que tropecemos con él en el preparador, en la escuela judicial o en cualquiera de nuestros destinos una vez aprobados. Tan sencillo como eso.

Igual de sencillo que es entender que si unas criaturas ven en su casa a papá o mamá hablando de Derecho, se planteen al menos la posibilidad de seguir sus pasos. Como ocurre con médicos, farmacéuticos o maestros. Pero en su caso parece lo normal y en el nuestro se critica. La otra posibilidad es que salgan disparados en la dirección más opuesta posible, claro está. Para gustos, colores.

Pero aun diré más. Todo el  mundo asume con naturalidad que el hijo o la hija de un empresario o un banquero herede la empresa familiar, para la cual no ha hecho más mérito que nacer en el lugar adecuado y el momento adecuado y aprovechar, en su caso, la formación que hayan podido darle. En cambio, en nuestro caso, a pesar de que no hay más modo de acceder que una durísima oposición, sigue campando la sospecha. Como si los hijos de magistrados o fiscales no fueran capaces de aprobar la oposición por si solos. Y ese es un mensaje que me indigna, porque se sigue repitiendo el manta de que en esta carrera todo el mundo tiene apellido compuesto y relacionado con el derecho por más que esté probado que en las últimas promociones más de un 80 por ciento son de familias totalmente ajenas a Toguilandia

Ser como papá o mamá es una aspiración que todo el mundo ha tenido alguna vez. Luego, se les pasa. O no. A mi hija pequeña, por ejemplo, lo único que le debemos haber transmitido es que esto es aburridísimo y da mucho trabajo. O, lo que aun es peor, que tiene una madre una tanto chalada porque se emociona si habla de asesinatos o puñaladas. De todo hay en la viña del señor.

No me extenderé más por hoy. El aplauso lo daré por igual a quienes siguen y a quienes no siguen la senda paterna, siempre que estén recorriendo su propio camino. Si no es así, que lo repiensen. Antes de que sea tarde

Cámara café: lo que el ojo no ve


         Hace unos años, tuvo gran éxito una serie de televisión cuyos protagonistas eran los trabajadores de una empresa y cuyas escenas se rodaban exclusivamente en el momento en se encontraban ante la máquina de café de la oficina, haciendo lo que llamamos un kit kat, o un receso. La serie tuvo tanto éxito que se ha convertido en película , Cámara café, y sus intérpretes cimentaron carreras que hoy están consolidadas. Y es que la máquina de café daba para mucho.

En nuestro teatro también contamos con esos ratitos. Ya hablamos en otros estrenos de los ratos muertos y de los recesos pero en este caso no se trata exactamente de eso, aunque tenga mucha relación. Se trata de saber, o de imaginar, que veríamos si ante la máquina de café hubiera una cámara que lo inmortalizase todo. Aunque luego quisiéramos que se nos tragase la tierra.

Lo primero que hay que destacar es que las máquinas de café, o de lo que quiera que sea el brebaje que venden, son el lugar más democrático de Toguilandia. Por ellas pasa, sin distinción de togas ni puñetas, cualquiera que quiera o necesite chutarse una dosis de cafeína extra. Y si, además, no está en las dependencias de acceso exclusivo para trabajadores, todavía se democratizan más. Teóricamente, podría estar sacando un café el juez junto al presunto delincuente al que ha de juzgar en un rato, con lo violento que puede resultar.

La verdad es que yo, que soy bastante aficionada a la dichosa maquinita, nunca me he encontrado en ese caso, aunque sí he coincidido con algún miembro del jurado que estaba juzgando el juicio en el que yo estaba interviniendo. Y no deja de ser curiosa nuestra reacción: un “hola” en voz bajita, un mirar hacia otro lado, y un silencio incómodo en el que los minutos se hacen eternos. Ni siquiera puedes salir del paso con una de esas conversaciones de ascensor que versan sobre si va a llover o hay una ola de calor, por si las moscas, no vaya a creer alguien que estás contaminando el futuro veredicto.

Confieso que estoy enganchada a una de las opciones de la máquina llamada “café irlandés”, que poco tiene que ver con el exquisito combinado del mismo nombre. Ni nata, ni whisky, ni granito de café de adorno ni nada. Se trata de cortadito de café con leche con un poquito de esencia que, eso sí, huele muy bien, como si Juan Valdés y Johnny Walker se hubieran aliado para hacer más llevadera la mañana. Más de una vez he visto alguna cara extraña o algún conato de cuchicheo cuando paseo mi brebaje oloroso en el medio metro de espacio del ascensor. A buen seguro que alguien se pregunta que hace la borrachilla de la fiscal pimplando de buena mañana. Y nada más lejos de la realidad, claro. Aunque a veces entren ganas

La cuestión es que delante de esas máquinas se desarrollan conversaciones de lo más variopinto. Desde las de pura cortesía, que empiezan por preguntar qué tal estás y acaban interesándose por el día de trabajo, hasta las más suculentas que cuentan algún asunto escabroso o un cotilleo digno del Hola. He presenciado encendidos debates políticos, dramas humanos y reencuentros inesperados. Y es que, aun estando en el mismo edificio, ahí pueden coincidir con  personas a las que no has visto en meses, incluso en años. Verdad verdadera.

En las máquinas a las que solo tenemos acceso el personal de Toguilandia, los temas oscilan entre lo personal y lo profesional. En ellas me he enterado, por mí o por alguna que ha estado allí, de alguna ruptura sentimental o de los líos en que se había metido tal o cual familiar. Y, por supuesto, he presenciado cómo ponían verde a algún compañero o compañera, o a jueces, fiscales o lajs pensando que no había moros en la costa. Y en esos casos mejor hacerse gotica de agua, como dice una buena amiga, y pasar desapercibida. Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra.

Y para meteduras de pata sonadas, una que recuerdo de hace mucho tiempo, cuando en la misma máquina de café coincidía personal y público. Allí, mientras sacaba mi brebaje, escuché como un señor explicaba a otro lo que tenía que decir en juicio. “Tú dí que estabas delante, aunque no sea verdad”. Cuando entramos en la sala para celebrar un juicio de faltas de los de antes, y el amigo entregado reconoció a la mujer que estaba bajo la toga –o sea, yo- como la que había estado en la máquina de café, su cara fue un poema. Antes de empezar mi interrogatorio, le recordé que había jurado decir verdad y que el falso testimonio podía estar penado con pena de cárcel. Tras mi generoso acto de refrescarle la memoria, el señor respondió que no había estado en el lugar de los hechos y no sabía nada. Y entonces la cara que fue un poema fue la de su amigo el denunciado. Imagino que luego tendrían una conversación sobre los riesgos de hablar más de lo debido ante desconocidos. Y seguro que ya no lo hacían ante una máquina de café concurrida.

En otra ocasión pasó algo parecido pero no tuve tanta suerte. Uno de los cafeadictos decía a su acompañante  que, aunque lo había negado todo “le había dado una hostia al denunciante porque se lo merecía”. Lástima que no supe en qué juzgado celebraron tal juicio. Y tampoco supe nunca, por supuesto, el contenido de la sentencia aunque deseo de todo corazón que fuera condenatoria.

Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso lo voy a dedicar a todas las personas que, co sus conversaciones de café, lo han hecho posible, aunque también a quienes se cuidan de que las máquinas funciones y estén a punto. Porque yo no puedo vivir sin mi cafetito a media mañana

Despistes: no tengo remedio


El despiste es algo que exaspera a quien lo presencia y desespera a quien lo padece. Aunque a veces produce una hilaridad más que considerable. Y ahí, por supuesto, aparece un verdadero filón para el cine. Desde el estereotipo del sabio despistado de El profesor chiflado o los viejecitos y encantadores catedráticos de Bola de fuego a títulos que dejan tan poco lugar a dudas como Despistadas o Despiste ministerial, el despiste y sus consecuencias suele dar buenos resultados. Menos, claro está a quien lo sufre. Pero eso es otro cantar.

En nuestro teatro el despiste es tan habitual como en el resto de ámbitos. Aunque las consecuencias puedan ser a veces peores. Pensemos en que se nos pase por alto un señalamiento o el plazo para presentar un recurso porque nos hayamos confundido de día o de hora. Porque pasar, pasa. Y también pasa en el otro sentido: más de una vez me he encontrado con que las partes están citadas para el mismo juicio a horas y hasta en días distintos porque alguien se despistó a la hora de enviar o emitir las citaciones. Y la rabia que da.

La verdad es que yo compito con ganas al trofeo de despistada toguitaconada del año. O del siglo. Ya conté en el estreno dedicado a la vergüenza aquella ocasión donde pasé la mañana con unza zapato de cada modelo y color y, lo pero de todo, sin darme cuenta hasta la hora de volver. Y eso es solo una muestra de algo que me pasa desde pequeñita. Y cada vez que pienso que lo he controlado, pasa algo que me recuerda que no, que mi despiste genético sigue ahí.

El otro día había conseguido cita para renovarme el pasaporte, y estaba pletórica porque no está nada fácil conseguirlo. Pues cuál no sería mi decepción cuando, armada y pertrechada del correo electrónico que me confirmaba la cita previa y tras reclamarle al policía porque no aparecía en la lista del día, me indicó que si leía bien vería que mi cita era para el día anterior. Y lo pero no es que yo leyera mal, sino que vivía con un día de retraso en el calendario. Es decir, que estaba convencida que estábamos a martes cuando ya estábamos a miércoles. Y, como castigo, tuve que volver a pedir cita, y a día de hoy aún no lo he conseguido. Todo por mi proverbial despiste.

Como decía antes, lo de confundirse con los señalamientos es uno de los grandes riesgos de quien padece este desajuste, y sus consecuencias pueden ir desde el desastre más absoluto por no haber ido cuando se debía, a las risas más desaforadas por exactamente lo contrario. Todavía se ríen de mí quienes presenciaron uno de mis momentos gloriosos. Bajaba yo, con mi toga a mis tacones, a la sala de vistas, con algo de antelación por si las moscas o, traducido a términos toguilándicos, por si las conformidades y comprobé que allí no había nadie. Me felicitaba a mí misma por mi previsión hasta que empecé a mosquearme. Que, pasada la hora no estuviera ni siquiera el funcionario encargado de tener todo a punto era sospechoso. Pero que no estuviera el acusado, ni su abogado ni el de la otra parte era absolutamente inaudito. Permanecí un rato más por allí, paseando mi indignación por las salas colindantes y comprobando de paso si habían cambiado el lugar de celebración, pero nada. Así que llamé al juzgado con los brazos en jarras pidiendo explicaciones por lo sucedido y por aquel retraso inexplicable. Ni que decir tiene que los brazos se me bajaron de inmediato cuando me dijeron, conteniendo la risa, que el señalamiento era el día siguiente. Solo puede balbucear, disimulando mi bochorno, que menos mal que no era el anterior.

Pero el despiste no es exclusivo de los mementos togados. Hay otros que también tienen lo suyo. Tengo unas amigas que cada vez que recuerdan en qué consiste “hacer un María” se parten de risa. Y es porque les conté algo que me pasó y que, aunque me hizo pasar un mal rato en su momento, luego ha dado mucho juego. Tenía que hacer una charla, junto con otras ponentes, sobre las Sinsombrero, para lo cual cada una se había preparado una faceta de su entorno. A mí me tocó en el reparto, obviamente, el ámbito de la justicia, y hablé de ello, tal como me lo había preparado, con toda la solvencia y dedicación que pude. Pero a continuación alguien dijo que hablaríamos cada una de una mujer y que la mía era María Zambrano. Tras superar la sorpresa, comprobé que había olvidado leer la segunda parte del correo, donde se me asignaba tan ilustre autora. Y en ese momento me encontraba en una mesa, ante un atril y un micrófono en una sala llena de público y sin un triste apunte del que echar, Así que le eché valor y, entre lo que recordaba, lo que pude pillar en una ojeada fugaz a SanGoogle y mi cara dura, salí del paso, y lo hice empezando con una frase que se ha convertido en un clásico entre nosotras: María escribía como una mujer. Y, al fin y al cabo, tenía razón.

Y es que eso de dar ponencias y conferencias da mucho de sí. En otra ocasión, me encontré con que el tema que había preparado -los delitos de odio- nada tenía que ver con el que habían anunciado y para el que me pidieron la intervención, que era la trata. Menos mal que conozco el tema y pude salir del paso de un modo más o menos digno. De hecho, parece que ni se notó y que los espectadores quedaron contentos. Y yo, una vez pasado el apuro, más.

Aunque a veces no es mi despiste sino los hados informáticos los que provocan los desaguisados. En un Congreso mi presentación a power point se empeñó en desaparecer y tuve que hablar “a pelo” porque no tenía ni una nota escrita. Y creo que también saqué el tema adelante. O eso espero.

La verdad es que siempre creo que estas cosas no me volverán a pasar, pero vuelven Y cada vez que subo a un tren compruebo varias veces los datos. Porque las he hecho de todos los colores: desde presentarme un día antes hasta subirme en un tren distinto y aparecer en otra provincia. Y, por supuesto, un clásico, perder el viaje por haberme confundido de hora

Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que nadie se despiste a la hora de leerlo. Ni tampoco a la hora de dar el aplauso, que va destinado esta vez a todas las personas que han padecido mis despistes y los de cualquiera. Gracias por la comprensión y la paciencia, que tanto se agradecen

Y una vez más, la ovación extra es para @madebycarol, que siempre tiene una imagen adecuada para ilustrar mis palabras

Eurovisión: Vivo calificando


Los festivales de música existen desde que el mundo es mundo, desde luego, y por eso películas y obras de teatro se hacen eco de ello. La vida sigue igual nos contaba el triunfo de Julio Iglesias con el tema del mismo nombre en el Festival de Benidorm -hoy reseteado en el Benidorm Fest- y, mucho más recientemente Eurovisión:la historia de Fire Saga, nos hablaba del Eurofestival en clave de comedia, precisamente en el único año en que no pudo celebrarse, pandemia mediante, el 2020. Y es que, querámoslo o no, el festival de Eurovisión ha sido una constante en nuestras vidas. Y más aun después del casi-triunfo de Chanel tras muchos años de sequía eurovisiva.

            Tal vez haya quién se pegunte qué narices tiene que ver nuestro teatro con semejante evento. Y tal vez tengan razón como las cosas no siempre son lo que parecen, hoy propongo este juego de relaciones músico jurídicas con un toque friki. Y, por supuesto, invito a quien quiera a participar.

            En Toguilandia es cierto que no hacemos festivales , pero no es menos cierto que tenemos nuestra propia selección para ser parte de este mundo. Ahí está la carrera, y, para quien quiera una toga con puñetas en el lado fijo de estrados, la oposición. No hay casting más exigente, os lo aseguro. Y a más de uno y una se le ha escapado un gallito como el que hizo tristemente famoso a nuestro representante de la edición de 2017, Manel Navarro, o ha acabado su participación con los 0 points que nos hicieron renegar en su día de Remedios Amaya y de quien manejaba su barca.

            La verdad es que aunque Julio Iglesias participó con Gwendoline, hay otro título suyo, que ganó otro festival, el de Benidorm, que parece escrito para describir la situación de nuestro teatro en todas las épocas: La vida sigue igual. Aunque a veces nos encontramos cada desastre que parece nuestro particular Waterloo, por más que no nos quede otra que decir que Voy a quedarme. Qué vamos a hacer si no. Y qué va a hacer la ciudadanía cada vez que haya que detener a un Bandido. ¿Deccirle que Baile el chiqui chiqui como el Chiquilicatre? Pues eso.

            No podemos negar que este año hemos recibido un chutazo de energía, con ese tercer puesto de Chanel, pero hemos tenido que sufrir muchos palos antes, por más Euphoria que pusiéramos cada año. Algo parecido a lo que nos sucede cada vez que el ministro de turno nos promete medios materiales y plazas, y luego nos deja como nos deja, diciendo Hallelujah si no nos quitan algo, practicando el Virgencita que me quede como estoy. Porque hay que reconocer que en este mundo vivimos un poco como esas Marionetas en la cuerda que tienen que hacer esfuerzos para no caerse.

            No obstante, siempre hay quien se empeña en mirar la vida con optimismo y va cantando La la la por donde quiera que vaya, que eso de Vivir cantando nos fue muy bien en su día, aunque fuera Al fin del camino. Ya lo decía Peret: Canta y sé feliz. Por eso otro de nuestros representantes repetía lo de Enséñame a cantar una y otra vez, mientras que Su canción, con Betty Missiego y su coro de niños nos dejó a los niños y niñas de la época al borde del colapso con ese segundo puesto que fue primero hasta la última votación.

            Pero no pensemos que todo es tradicional y rancio. Ya vimos que la parejita edulcorada  que nos cantaba Tu canción hacía un papelón, mientras que otras visiones alternativas triunfaban, como la propuesta de Conchita Wurst, con sus lentejuelas y su barba. Y es que, por qué no, Eurovisión es una buena excusa para reivindicar la igualdad, y más en modo Diva, y también para abrirnos los ojos en temas como el bullyng, convirtiéndonos en Héroes o en Toys. Y, por descontado, sobre los horrores de la guerra, que han sido los que, según todos los eurosabihondos, ha llevado a Ucrania y su Stefania al triunfo en 2022.

            Aunque, tratándose de un festival europeo, no podemos olvidar la vocación de transnacionalidad del Derecho Europeo, que podía ser a lo que cantaba Rosa en su Europe’s livings a cellebration. Aunque para los británicos la cosa no era para tanta celebración, y, si hubiera que dedicarles alguna canción tras el Brexit, seguro que sería Quédate conmigo, o, mejor, Vuelve conmigo. Y quizás nos contestarían que La fiesta terminó.

            Incluso podemos ver un trasunto de las órdenes de busca y captura finalizadas con éxito cuando Mocedades cantaban Eres tú, y un modo de responder el de Raphael Yo soy aquel. Y, si se trata de esos habituales con los que tantas veces nos encontramos, alguien acabará diciéndoles, una vez atraviesan las puertas de juzgado de guardia que Volverá.

            Y qué decir del amor, que tantos títulos genera, y que, en algún caso, estarían cerca de ser protagonistas de alguno de nuestros procesos. Pues que no sea siempre así, pero esa insistencia en decirle a la ex pareja Vuelve conmigo, o buscar a alguien para hacerle el encargo de Dile que la quiero pueden rozar el acoso, como ese empeño en decir que Voy a quedarme o Guarda tus besos para mí. Habría que saber mucho del fondo de la historia, claro.

            Y con esto, acabo este pequeño divertimento jurídico eurovisivo que, si no otra cosa, espero que haya ayudado a esbozar una sonrisa. Y, en vez de aplauso, esta vez será un Congratulations en que dedique a todos esos artistas que nos han alegrado la vida. Bravo samurais

Modas: vintage jurídico


              

  La moda ha sido tema, principal o secundario, de numerosas películas y series. ¿Quién no recuerda aquella marimandona Meryl Streep de Pret a Porter, o los looks que creaban tendencia de Sexo en Nueva York? Y es que, aparte de que para el éxito de cualquier obra es necesaria una cuidada puesta en escena, incluida la moda de la época, la moda en sí misma puede ser la protagonista absoluta. Pensemos, si no, en cualquier entrega de premios donde el posado en la alfombra roja de las estrellas de turno es tan importante como el concurso mismo.

En nuestro teatro, además de lo que respecta al vestuario, bastante poco creativo y al que ya hemos dedicado algún estreno, también hay modas, aunque no lo parezca. Para quien no lo crea, basta con echar la vista atrás respecto de cosas de las que se hablaba mucho dentro y fuera de Toguilandia y que hoy han quedado pasadas de moda. O vintage, que queda mucho más bonito.

Uno de los peligros de esas modas es lo que se ha dado en llamar legislar a golpe de telediario. De repente, un tema es objeto, con razón o sin ella, de una atención desmedida de los medios, y parece que no queda otra que apresurarse con una modificación legislativa, que no se diga. Y es que el BOE es muy sufrido. Y cuando se casa con la todología , muy peligroso también.

Ahora mismo se me viene a la cabeza un caso del que ahora apenas se habla, pero en su momento dio lugar a una alarma social superlativa. Era el caso de los llamados conductores suicidas, que parecía responder a una moda de conductas extremas y apuestas, consistente en conducir en contradirección por una autopista o vía de gran densidad, con el peligro que supone y los terribles resultados que puede implicar. Lo bien cierto es que esas conductas fueron, afortunadamente, flor de un día, pero no había informativo que no hablara de alguna. Y, aunque el Código ya tenía un perfecto encaje de estas conductas entre los delitos contra la seguridad del tráfico –ahora seguridad vial- se empeñaron en hacer un precepto específico para contentar a propios y extraños. Sin explicar, claro está, que la regla de la irretroactividad de la ley penal no es posible en perjuicio de reo.

Y, no hace nada, antes de que pandemia y guerra colmaran espacios en las noticias, nos hablaban día y sí y día también de los okupas, como si la ocupación de inmuebles no fuera un delito ya existente y sancionado. Pero claro, la alarma social sale barata y rápidamente se hacía creer que cualquiera que faltara media hora de sus casa podría encontrársela okupada y no tener, además, posibilidad de recuperarla. Después, mirando con ojos jurídicos, resultaba que muchas de las supuestas ocupaciones que denunciaban no eran sino impagos del alquiler, y que muchos de los denunciantes indignados no eran los propietarios sino unos vecinos molestos por el comportamiento de quien estuviera en la casa. Afortunadamente, en este caso el BOE no llegó a hacerse eco, pero sí fueron muchas las horas de información, las tertulias jurídicas y hasta las notas de servicio destinadas a un tema que desapareció de los telediarios en cuanto algo más atractivo llenó su espacio. Eso sí, suponiendo generosos ingresos a las empresas de seguridad que fabricaban alarmas, dicho sea de paso.

También recuerdo que, en un momento en que surgió una verdadera alarma por la existencia de asesinatos que tenían relación con los juegos de rol, empezó a hablarse de estos como si fueran el mismísimo demonio, y como si el solo hecho de practicarlo te convirtiera en un asesino en potencia. Otra moda que acabó en humo, como tantas otras.

Pero a veces no son los medios de comunicación sino la realidad la que da lugar a que surjan determinadas modas en los tipos delictivos. Quienes tenemos cierta edad seguro que nos acordamos de haber hecho juicio tras juicio por robos de radíocasete en el coche. Claro está que se trataba de unos artilugios que se extraían con relativa facilidad, y que daban lugar a que en muchos casos, los propietarios anduviéramos de un lado a otro con nuestro radiocasete en la mano para evitar disgustos. En esa misma época otro de los delitos frecuentes era la utilización ilegítima de vehículo de motor, o robo de uso, que ahora ha pasado a ser una reliquia. Nadie, o casi nadie, coge un coche ajeno para dar una vuelta, y, además, la tecnología actual de los coches no lo pone fácil.

Recuerdo con mucha tristeza la época en que los atracos a farmacias, o los robos usando una jeringuilla que decían infectada de SIDA eran habituales. La época más negra del consumo de heroína combinada con un SIDA entonces incurable hicieron estragos. No había día que no archiváramos varias ejecutorias por la defunción del reo.

Y si de modas hablamos, no podemos olvidar esas cosas de las que todos los días nos hablaban como una realidad y que siguen siendo una quimera. Me refiero, obviamente, al llamado Papel 0 y la famosa digitalización que se supone que era inminente, y aún seguimos cargando con expedientes de tomos y tomos. Eso sí, lo de referirse al Papel 0 quedó aparcado en el rincón del olvido.

Los ejemplos serían muchos, y no descarto volver a este tema. Pero por hoy cerramos el telón. Eso sí, sin olvidar el aplauso, dedicado, cómo no, a quienes no se dejan llevar por las modas y modismos. Si cundiera el ejemplo, otro gallo nos cantara

Consejo Fiscal: un gran desconocido


El saber no ocupa lugar, reza un conocido dicho. Pero no siempre sabemos de todas las cosas, incluso ignoramos algunas que nos son muy cercanas. La sabiduría no puede ser infinita, y hay cosas que escapan a nuestro conocimiento. Y no hace falta ser Dos tontos muy tontos para desconocer algunas cosas

En nuestro teatro, a poco que rasquemos, encontramos grandes desconocidos. Y el Consejo Fiscal es uno de ellos. Seguro que no todo el mundo en Toguilandia sabría exactamente decir qué es, y poca gente fuera de aquí. Y es que si la figura del Ministerio Fiscal es desconocida más allá de lo que vemos en las películas, su máximo órgano representativo es poco menos que un Expediente X. Por más que aparezca en nuestros más importantes textos legales.

En una primera aproximación, podríamos decir que el Consejo Fiscal es a la fiscalía lo que el Consejo General del Poder Judicial a la judicatura. Pero solo sería una aproximación, porque las diferencias son muchas y de muy diverso calado.

Ambos consejos se asemejan en que forman parte de la cúpula de las respectivas carreras, y en que entre sus funciones hay atribuciones tan importantes como informar de las leyes que se proyectan en determinadas materias. Pero sus diferencias son muchas, y van desde la composición hasta las funciones, aunque tal vez la más trascendente sea que el órgano de los jueces tiene autonomía presupuestaria y el Consejo fiscal no la tiene, lo que marca con rotundidad sus posibilidades de acción, y todavía más las de no acción.

También hay otra diferencia profunda en el carácter de sus decisiones. Las del Consejo Fiscal nunca son vinculantes al tratarse de un órgano meramente consultivo. Cosa distinta es que, si la máxima representación de la carrera informa en un sentido, parezca de sentido común seguir su criterio, por más que quien sea Fiscal General del Estado pueda hacer lo que le venga en gana, incluso ignorar olímpicamente el criterio del Consejo. Algún ejemplo de ello recuerdo, y seguro que no soy la única.

Sin embargo, quizás la mayor peculiaridad de este órgano nuestro sea la composición y el modo de elección. El Consejo Fiscal lo forman 12 miembros, 11 más la Fiscal General. Todos -salvo el o la Fiscal General del Estado han de ser fiscales en activo, algo que nos diferenciaba de quienes formaban el Consejo de la carrera hermana, aunque ahora se ha matizado. A diferencia del Consejo General del Poder Judicial, donde hay vocales de procedencia judicial y de otras carreras jurídicas, en nuestro Consejo solo hay fiscales en activo, y además no hay ninguna exención de funciones, lo cual supone una carga de trabajo considerable a tratarse de un extra sobre nuestras ya sobrecargadas espaldas. Esta situación era opuesta al consejo de la judicatura hasta que una reforma limitó la exención de otras funciones a la comisión permanente.

Pero en el aspecto en el que más llama la atención la diferencia es en el sistema de elección. 9 de los 12 miembros son escogidos entre miembros de la carrera fiscal de todas las categorías. Son los llamados vocales electos, por contraposición de los natos, que lo son por su cargo -Teniente fiscal del Tribunal Supremo, Jefe de la Inspección Fiscal y Fiscal General del Estado-. Se trata, además, de listas abiertas, con lo cual se puede votar a candidatos de diferentes candidaturas, incluidos independientes, con la peculiaridad de que no es necesario votar tantos candidatos como puestos a llenar.

La verdad es que todo esto parece muy idílico a primera vista, pensando en un sistema donde los fiscales elijan a los fiscales, pero la realidad no es muy distinta de lo que ocurriría en otros casos. Se da la paradoja de que en varios casos los Fiscales Generales del Estado designados en su momento habían sido también elegidos como miembros del Consejo Fiscal por la carrera. Esto es, que el Gobierno tomó una decisión a la hora de nombrarlos muy similar a la que tomamos los fiscales. Y eso tampoco supuso ninguna ventaja, la verdad. Lo siento por los jueces, que tienen puestas sus esperanzas en un cambio de sistema, pero las cosas son así. Tiempo al tiempo,

Por otro lado, no deja de ser curioso que, mientras todo el mundo tiene siempre en la boca lo de la dependencia de los fiscales del poder político, como si no pusiéramos un visto sin que nos llamaran de Moncloa para darnos permiso, nuestro sistema de elección es interno, al contrario de lo que ocurre con el de los jueces, cuya independencia parece no cuestionar nadie. Ahí lo dejo, para la reflexión.

En cualquier caso, el desconocimiento del gran público acerca de nuestro órgano representativo es un buen indicador de la importancia que se nos da. Por desgracia.

En realidad, la labor más característica de este Consejo es la de informar sobre los nombramientos de los puestos discrecionales en la carrera. Ahí es donde el juego de mayorías y de equilibrio o desequilibrio entre asociaciones -hasta ahora, dos, y a partir de estas últimas elecciones, tres- entra en liza, con consecuencias realmente importantes porque, como dije antes, aunque el resultado de la votación no es vinculante, lo normal es seguirlo y, de no hacerlo, debería explicarse muy bien

Ojalá algún día nuestro Consejo, además de un sistema de elección que parece ser del gusto mayoritario, tenga una importancia y unas funciones que nos permita tener nuestro sitio en Toguilandia. Pero de momento aún queda camino

Eso sí, que nadie intente enterarse de la actividad del Consejo Fiscal a través de redes, porque lo tiene claro. La cuenta de Twitter tiene su último mensaje fechado en 2016. Esperemos que no sea un presagio de la modernidad de nuestra institución y de su potencial, porque mal vamos entonces. O igual leen esto y deciden activarlo. O borrar la cuenta, nunca se sabe

Y hasta aquí estas pequeñas pinceladas sobre un órgano desconocido en buena parte. Ya solo queda el aplauso. Y esta vez se lo daré a quienes trabajan por el bien de la carrera y de quienes la componemos. Ojalá sean muchos y muchas

Llegar a tiempo: la ausencia


Hoy en nuestro escenario rescato un cuento que, lamentablemente, está tan de actualidad como cuando lo escribí. Y es que el dicho de «mejor tarde que nunca» no siempre se cumple. Hay veces en que el tiempo es oro, y nuestra reacción también.

Espero que os guste- Está incluido en mi antología Remos de plomo y se hizo una lectura en público el día de la movilidad, a la que pertenece la imagen

Relato galardonado con el premio del público en el concurso “Busseja la ciutat” organizado por Descriu.org y la EMT Valencia, 2018 e incluído en el libro «Valencia en línia» de editorial. Descriu en su versión original en valenciano

LA AUSENCIA

No sé por qué, pero me llamó más la atención su primera ausencia que su primera presencia. Quizás me acostumbré a verla sin darme cuenta, como a tantos otros pasajeros que, un  dia tras de otro, iban arriba y abajo

No sé tampoco qué día fue el primero que la vi, pero sabía prefectamentee cuál fue el último. Ayer. Porque hoy tampoco estaba. Y un escalofrío acompañaba su ausencia

En principio, ella no era máas que de las personas que ya estaban sentadas en su asiento cuando yo subía, a las 7.15 exactamente, al autobús número 5. Siempre llevaa una bolsa enorme, y no sé cómo ni cuándo, empecé a fabular con qué cosas llevaría dentro.

Por su expresión la primera vez que la miré a la cara, debían de ser cosas bonitas. Tenía una sonrisa esplendorosa y, cuando a veces giraba la cabeza hacia donde yo estaba, su cabellera se movía. Y yo también sonreía.

Poco a poco, su sonrisa se fue apagando. Ya solo parecía cuando alguien decía “buenos días”. Y un día, solo dos meses más tarde, ya no rspondía a los saludos, ni siqueira con la cabeza. Ya no se giraba nunca ni movía la cabellera y, como quine no quiere la cosa, su sonrisa había dejado paso a una llamativa tristeza

Juraría que un día la vi llorar. No me atereví a preguntarle, pero dejé de fabular con el contenido de su bolsa y comencé a hacerlo con el conrenido de su corazón. Ya solo miraba al suelo del autobus, como si no hubiera ninguna otra cosa que le interesara.

Fue entonces cuando yo abandoné mi costumbre de llegar al autobús con el tiempo justo, y madrigaba más con tal de estar el primero en la cola para subir. Ssí lograba un asiento a su lado. De ese modo descubrí sus marcas. Las tenía en la cara, en los braazos y en las piernas. Aquela chica tenía moretones por distintas partes de su cuerpo, según el día. Incluso creo que que una vez vi una en su cuello, que ella trataba de tapar con un pañuelo cuando la miraba fijamente. Y también llevaba gafas de sol, aunque hiciera un día en que la lluvia no dejara asomarse ni un solo rayo. Ccreo que fue entonces cuando decidí buscar la ocasión propicia ara preguntarle.

No pude hacerlo. Ella no volvió. Y, de nuevo, me recorrió un escalofrío

No me equivocaba. Exactamente a las 7.35, cuando yo bajaba del autobús como l hacía días antes junto a ella, escuchaba en la radio una noticia: una mujer había sido asesinada por su marido en Valencia. Antes de ver su fotografia en la prensa, ya sabia que era ella. Y me maldije a mí mismo por siempre.

Yo continúo viajando en el autobús número 5 cada día. Y cada día, su asiento vacío me recuerda mi silencio cómplice.