Consecuencias: dolor eterno


Hoy nuestro teatro estrena un relato que quiere llamar la atención sobre los efectos de las violencia de género en las hijas e hijos que la presencian aunque no les pongan una mano encima.

A ello dedicaba mi relato Azogue, que ganó el premio Carolina Planells de narrativa contra la Violencia de Género en 2020, y que ahora comparto

AZOGUE

Siempre me fascinó el armario del cuarto de mis padres. Lo había heredado mi madre de mi abuela, y esta a su vez puede que lo heredara de alguien, y tenía un enorme espejo de cuerpo y medio ante el que yo, mi madre, mi abuela y no sé cuántas mujeres más peinamos nuestros cabellos, maquillamos nuestras caras y aventuramos nuestros sueños. Solo aquel viejo espejo podía saber cuántos de aquellos sueños se habían cumplido y cuántos, como el azogue que hacía que un simple cristal nos devolviera nuestra imagen, se habían ido diluyendo hasta desaparecer.

                  El camión de la mudanza estaba a punto de llegar, y yo aun no me había decidido a desprenderme de aquel viejo mueble, que tantos momentos me había acompañado. Mi marido, sin embargo, tan pegado a la realidad siempre, no podía entender mi apego a aquel armario viejo y desvencijado que un día fue el mejor mueble que sus dueños habían tenido nunca.

-Mujer, por Dios. ¿No ves que está a punto de romperse? ¿Dónde quieres poner semejante cachivache?

-Bueno, ya le encontraremos sitio en casa

-¿En casa? -él subió el tono de voz, indignado- Ese trasto no sirve para nada y, además, seguro que tiene carcoma y la traspasa a todos nuestros muebles nuevos. Si ni siquiera el espejo sirve para reflejarse, de tan desportillado que está.

Tenía razón. El azogue, la magia que convertía un trozo de vidrio en un espejo, estaba levantándose por todas las esquinas. Dentro de poco se verían las tripas del del armario, despojado de su capa de magia y de misterio. Porque, para mí, siempre fue algo así. Aunque nunca fui capaz de reconocerlo ante mí misma ni, mucho menos, de hablar de ello en voz alta.

Aunque nadie lo sabía, yo estaba metida dentro del armario el día que pasó todo. Ya por aquel entonces el azogue del espejo empezaba a levantarse, y yo no tuve más que rascar un poco con la uña para convertir una esquina del armario en una mirilla casi perfecta. Aunque más de una vez me he arrepentido de ello.

Yo no me escondí a propósito porque pasara algo. Lo cierto es que me metía allí casi a diario, como si se tratara de mi cueva secreta, el lugar donde me alejaba de un mundo que me gustaba menos de lo que quería reconocer. Dentro de mi escondrijo, permanecía ajena a las cosas que pasaban en mi casa, y de las que yo no quería saber nada. Antes de descubrir mi escondite, lo evitaba tapándome los oídos con fuerza, y tratando de cantar una canción que ocultara todo sonido desagradable. Pero lo del armario era mucho mejor. Como yo siempre fui muy menuda, estaba tan cómoda que algún día hasta pegué una cabezadita en su interior, ajena al mundo exterior.

Aquel día me había metido dentro con un libro. Se llamaba “El tiempo vuelve” y la autora se llamaba Carmen, como mi madre. Era una novela de amor de las que a ella le gustaba leer y a mi padre no le gustaba que leyera, Lo había sacado a hurtadillas del cajón de la mesilla de mi madre, y había cogido mi preciada linterna para leerlo. La linterna me la trajeron los Reyes Magos después de mucho pedir y suplicar, porque, según decía mi madre, aquello no era un juguete para niñas. Ella hubiera preferido que pidiera una de aquellas muñecas de cara de porcelana y bucles dorados con que jugaban mis primas, pero a mí aquellas muñecas no me hacían ninguna gracia, incluso me daban un poco de miedo, aunque nunca se lo dije a mi madre por no darle un disgusto. No sabía yo por aquel entonces que nada de lo que dijera podría disgustarla, al lado de lo que vivía cada día.

No sé bien si me había llegado a quedar dormida o estaba tan absorta en mi libro robado que no me di cuenta antes, pero un golpe seco me sacó de mi ensimismamiento. No sé qué pudo pasar, aunque poco a poco puede reconstruir el rompecabezas de los hechos. Escuchaba un gemido casi inaudible que, tras mucho aguzar el oído, identifiqué como de mi madre. Oía, por encima de él y de cualquier otro sonido posible, la voz de mi padre, con una potencia atronadora, tan distinta de la que normalmente usaba conmigo que me costó admitir que proviniera de la misma garganta. Fue entonces cuando, rascando con la uña, di forma a la mirilla por la que tal vez nunca debí mirar

Hacía más de treinta años de aquello, pero todavía podía verse aquel hueco circular en la luna del espejo por el que me asomé al horror. Mi cuerpo ya no cabía dentro del armario, pero me bastó acercar el ojo al hueco circular para volver a vivirlo todo, como si me encontrara ante una pantalla de cine que volvía a proyectar la misma película muchos años después.

Mi padre se abalanzaba sobre mi madre sin piedad. Le gritaba palabras que yo entonces no entendía, pero que ahora cobraban todo su terrible significado. La llamaba ramera, fulana, zorra, puta, le decía que no había nacido la mujer que le hiciera aquello y pudiera salir viva, y le daba un golpe tras otro, un golpe tras otro, y otro más, al tiempo que la voz de ella se iba apagando hasta hacerse inaudible.

-¿Separarte has dicho? -bramaba él- ¿Separarte de mí? ¿Qué quieres, irte a follar con tu fulano como si no hubiera pasado nada?

-Juan, por favor -suplicaba, entre golpe y golpe- Solo quiero que nos vayamos cada uno por nuestro lado. No quiero tu dinero, ni la casa, ni nada. Solo que me dejes ir, y llevarme a la niña

-¿A la niña, dices? ¿para convertirla en una putita como tú? Eso será por encima de mi cadáver

-Pero si tú apenas le haces caso, si no juegas con ella, si no…

No pudo seguir hablando. Le cruzó la cara con una bofetada tan sonora que hizo temblar hasta el interior del armario. Temí que se volcara, o que se abriera la puerta y me descubriera. Tenía un miedo atroz de ese individuo que tenía la cara de mi padre, la voz de mi padre y los movimientos de mi padre, pero que no podía ser mi padre. No lo reconocía. O tal vez no lo quería reconocer.

Aquella frase fue la última que escuché de labios de mi madre. El golpe la estampó contra la mesilla de noche y un reguero de sangre se dibujó a lo largo de la habitación. Yo me quedé petrificada, incapaz de moverme, tragándome mi miedo, que me sabía a bilis y a culpa. Si mi madre no hubiera dicho que quería llevarme con ella, él no le habría dado aquel golpe. Al final, yo era la causante de toda aquella desgracia.

Por alguna razón, supe desde el primer momento que mi madre estaba muerta, que la cosa no tenia marcha atrás. Él, sin embargo, no parecía tan seguro. Se abrazó a su cuerpo exánime y le cogió la cara con las manos

-Carmen, por favor, no me hagas esto -lloraba- Perdóname, No puedo vivir sin ti. Despierta, por Dios, despierta.

Perdí la noción del tiempo. No sé cuánto rato permanecería abrazado a ella ni en que momento llamó a la ambulancia, si es que fue él quien lo hizo, pero aproveché el sonido de la sirena para escabullirme sin hacer ruido e irme a toda prisa a mi cuarto. Nadie podía saber que yo había estado allí. Nadie podía saber que yo tenía la culpa de la muerte de mi madre. Porque yo sabía que ella estaba muerta mucho antes de que el médico forense lo certificara.

Me encontraron en mi habitación, aparentemente ajena a todo. Había sacado de su caja por vez primera una de aquellas muñecas de porcelana con que mi madre anhelaba que jugase, y me enredaba una vez y otra sus bucles dorados en mis deditos, sin encontrarle ni pizca de gracia. No sabía por qué a mi madre le hacía tanta ilusión que jugara con ella, pero ahora ya nunca me lo podría explicar. No obstante, la agarré con fuerza como el último recuerdo de mi madre y me la llevé de la mano cuando mi tía Pura, su hermana, me llevó a su casa.

Yo entonces no lo supe, pero al día siguiente, el más famoso periódico de sucesos de la época traía una fotografía mía en su portada, cogida de la muñeca, con una cara de infinito desconcierto. El titular, al pie de mi imagen, decía “¿Crimen pasional o desdichado accidente?” Una pregunta que marcaría el curso de la investigación y del posterior juicio.

Me llevaron a casa de mi tía y allí permanecí durante muchos meses, rodeada de más cariño del que era capaz de dar. Mi tía, viuda y sin hijos, se deshacía en atenciones y mimos, pero yo me sentía como anestesiada. Cada noche, cuando dormía, volvía a escuchar como mi madre decía que se quedaría conmigo y como era esa frase la que desataba la tragedia y hacía correr el reguero de sangre que se me aparecía en sueños cada noche

La policía me preguntó, y también lo hizo un señor que trataba de ser simpático y que luego me dijeron que era el juez, pero yo repetía siempre lo mismo. Estaba jugando en mi habitación con mi muñeca y no vi nada, ni oí nada. Nada de nada.

También mi tía Pura me intentó sonsacar, con toda la delicadeza que podía, pero yo mantuve siempre la misma versión. El temor a hacerme más daño del que ya había sufrido hizo el resto. Nadie más insistió. Y mi padre fue juzgado sin que ninguna de las personas que intervenían se planteara llamarme a declarar en ningún momento.

Al cabo de un tiempo mi padre volvió y me dijo que por fin podríamos volver a estar juntos. Aunque yo no sabía entonces qué significaba, recuerdo que le dijo a mi tía que le habían absuelto y ella asintió con cara de pocos amigos. En ese momento creía que su expresión se debía a que tendría que separarse de mí, que había vivido más de un año en su casa, pero más tarde he imaginado que era mucho más que eso. Mi madre era su hermana y a buen seguro intuía muchas cosas de las que nunca me habló, ni creo que hablara a nadie.

Mi padre se esforzó durante un tiempo en convivir conmigo, pero un hombre de aquella época apenas tenía herramientas para sacar adelante a una niña a punto de entrar en la adolescencia que, además, había perdido a su madre. Poco a poco, fui pasando temporadas más largas en casa de mi tía Pura hasta que acabé instalándome allí de modo definitivo. Mi padre venía cada domingo y me llevaba a comer calamares a la romana y flan con nata a un restaurante que conocía, y me devolvía siempre antes de que se hiciera de noche.

Fue en casa de mi tía donde supe qué había pasado con mi padre. Descubrí por casualidad una carpeta que ella guardaba en un cajón con los recortes del periódico sobre la muerte de su hermana y el juicio. Allí fue donde vi mi fotografía en la portada agarrada a la muñeca y allí fue también donde leí cómo se había desarrollado el juicio. Mi padre fue acusado de la muerte de mi madre, causada al empujarla contra la mesilla de noche, pero el tribunal le absolvía esgrimiendo que se había tratado de un accidente doméstico. Según contaba el periódico, la sentencia decía que se trató de una discusión normal de un matrimonio con un final muy desgraciado.

Volví a mirar el viejo armario, que había reabierto mis heridas. Tal vez había llegado el momento de deshacerme de él, y de pasar página de una vez por todas. Quizás así lograría desprenderme de ese sentimiento de culpa que me atenazaba desde que tenía siete años y que me impedía conciliar el sueño si no me anestesiaba con ayuda química.

Miré su luna por última vez. Toqué de nuevo el hueco del azogue en que yo misma había esculpido una mirilla tanto tiempo atrás y eché un vistazo a su interior. Algo llamó mi atención. Arrumbado en una esquina, medio tapado con una vieja manta, había un libro. Lo cogí con cuidado y lo acaricié, sin dar crédito a lo que veía. El libro que leía aquella noche seguía allí, como si nada hubiera pasado. Y su título parecía quererme dar un mensaje. El tiempo vuelve.

De pronto, supe lo que tenía que hacer. Sin decir nada a nadie, me presenté en el Juzgado de Guardia

-Pero señora, no tiene sentido que usted denuncie un crimen cometido hace tantos años.

-¿Por qué?

-Ya no se puede hacer nada. El asunto está prescrito y, además, según cuenta usted misma, el autor fue absuelto.

Era verdad. No podía hacer nada para que juzgaran a mi padre que, además, había muerto hacía varios años. Pero quería rehabilitar la memoria de mi madre, que todo el mundo supiera lo que le había ocurrido. Y necesitaba su perdón para poder perdonarme a mí misma.

Por eso se lo conté todo a la periodista, y por eso todo el mundo sabe lo que pasó. Mucha gente no entendió por qué lo hacía, qué ganaba con desempolvar un pasado tan doloroso. Quizás si hubieran sabido que ese pasado seguía siendo presente para mí, me hubieran comprendido.

Aquella noche, tras cerrar por última vez el armario, dije que se lo llevaran. Fue la primera noche en que, después de tantos años, dormí a pierna suelta.

Migrantes: el dolor de las fronteras


                Cuando yo era niña, recuerdo que de vez en cuando salían en la tele imágenes de lo que entonces llamábamos emigrantes. No eran otra cosa que españoles que necesitaron cruzar nuestras fronteras para encontrar en otros países las oportunidades que el nuestro les negaba. Los representaba la imagen de un Juanito Valderrama en blanco y negro con maleta de cartón cantando El emigrante, o una folklórica Concha Piquer cantando En tierra extraña. Con el tiempo, pasamos de ser un país emisor de emigrantes a un país receptor de inmigrantes. Películas como Cartas de Alou nos cuentan la situación de estas personas que no han encontrado aquí la tierra prometida, pero siguen luchando tras llegar Al otro lado. Ahora ya nadie habla de inmigrantes ni emigrantes, sino de migrantes. O de refugiados, pese a que no tengan refugio, ni sientan que son Bienvenidos tras su Exodo.

                En nuestro teatro, la migración y el elemento extranjero están muy presentes, aunque no siempre sepamos verlo. Ya dedicamos un estreno a la extranjería y otro a esa inacabable tragedia de los refugiados, que coparon la atención `periodística durante un verano entero y cuyo drama, que sigue tan vivo como entonces, ha sido condenado al olvido.

                Ciertamente, la sociedad peca de una hipocresía considerable cuando hablamos de inmigración. El estereotipo del inmigrante es la persona que cruza nuestras fronteras en un patera, en los bajos de un camión o escondido en un contenedor de un barco, pero no identificamos como tales a quienes llegan en clase bussiness o incluso en avión privado para cobrar cantidades obscenas dando patadas a un balón, por más que sean tan extranjeros como aquellos. Eufemismos como llamarlos» jugadores no comunitarios» los alejan de una realidad que es tan suya como de ellos, la de la persona que viene de otro país, pero que está a años luz. Aunque en algunos casos se unan ambas vertientes, como en la historia de un jugador de primera división cuyos padres lo arriesgaron todo para llegar antes de que naciera.

                En Derecho la migración es un fenómeno poliédrico que puede ser visto desde varias facetas. La primera de ellas, le relacionada con su llegada y la posibilidad de permanecer o no aquí. Es una cuestión administrativa, aunque llega a tener bordes que interseccionan con el Derecho Penal y la labor en las guardias cuando hay que proceder a la expulsión. Porque la expulsión puede tener lugar como consecuencia de una infracción administrativa, por no tener papeles, esto es, estar de manera irregular. Y también puede ser impuesta como pena para determinados delitos, o como sustitución de otra pena. Volver a nuestro país les supondría cumplir esa pena que quedó en suspenso, no obstante lo cual hay quien lo hace.

                Es en ese momento donde interviene el Derecho Civil, porque la posibilidad de acabar adquiriendo la nacionalidad es un fin con el que muchos y muchas sueñan. Pero no es fácil, hay que cumplir los requisitos que fija el Código, entre ellos la residencia legal y continuada. Y ahí es donde muchas veces encontramos la pescadilla que se muerde la cola. No les dan trabajo en condiciones legales porque no tienen papeles y no tienen papeles porque no pueden acreditar que trabajen. Y, por supuesto, que no se les ocurra cometer ningún delito por leve que sea porque si hay antecedentes adiós a los ansiados papeles o a su renovación. Así que acaban relacionándose varios ámbitos del Derecho.

                Pero falta uno, tal vez el más delicado, Me refiero a la relación con los menores. Como hemos visto estos días, los migrantes menores de edad, aun sin papeles, han de ser tutelados inmediatamente por la entidad pública correspondiente. Pero el problema es cómo se determina si son menores o no, cuando no tienen documentos. Las pruebas forenses son casi el único medio, a través de la radiografía de muñeca o de otros huesos que puedan dar idea de su edad, eliminados como ha hecho con acierto la ley de infancia los exámenes físicos de genitales con obligación de desnudarse.

                Ahora bien, estas criaturas, que llegan solas hasta nuestras fronteras, se encuentran después con la estigmatización y el rechazo de ciertos sectores. La cosa empieza por despersonalizarlas sustituyendo su nombre por un acrónimo, el de menas, que equivale a menores extranjeros no acompañados. Después, tienen que sufrir que haya quien les culpe de todos los males y haga verter sobre ellos su odio y su desprecio, pudiendo llegar incluso, como hemos visto en algunos casos, a traspasar los límites de los delitos de odio De nuevo cruzamos de una jurisdicción a otra.

                Por último, es importante reconocer que en algunos casos nos encontramos con cuestiones de Derechos Humanos muy delicadas. Se trata de cuestiones que dan lugar a peticiones de asilo por varias razones, como pueden ser el riesgo en el país de origen de ser encarcelado o perder la vida. Es el caso de personas LGTBI en países donde la homosexualidad se castiga, de niñas que podrían ser sometidas a mutilación genital o matrimonios forzosos o de cualquier otro caso donde su vida o integridad peligre. De nuevo el Derecho Penal y el administrativo se cogen de la mano.

                Lo que nunca debemos olvidar es que se trata de personas, y de personas en situaciones tremendas. Nunca se deberían convertir en moneda de cambio política. Pero en Toguilandia no hemos de hacer otra cosa que salvaguardar su dignidad y sus derechos. Que no es poca cosa. Y por eso hoy el aplauso es para quienes así lo hacen con su trabajo diario. Con Toga o sin ella.

Superación: Bienvenido, Héctor


                Todos los sentidos son importantes, pero quizás al que más hacemos caso es a la vista. No hay prenda como la vista, reza un dicho y, desde luego, con razón. Pero también hay otro según el cual Nada es imposible. No son pocas las películas en que uno o varios de los protagonistas son invidentes. Audrey Hepburn estaba Sola en a oscuridad, o En la ardiente oscuridad, como diría Buero Vallejo. Y es que quienes viven en la La larga noche de los bastones blancos tienen mucho que decirnos. Tanto como nos dijeron quienes, en su día, se llamaron Hijos de un dios menor. En el cine y en la vida.

                En nuestro teatro no son demasiadas las situaciones de ceguera con las que nos encontramos. Y siempre, hasta ahora y salvo alguna excepción, a uno solo de los lados de estrados. Hemos visto víctimas invidentes en toda clase de juicios, sea previamente, o sea como consecuencia del hecho justiciables, y podemos lidiar con ello en juzgados como los de personas con discapacidad. Y, no hace mucho, se consiguió que las personas ciegas, que no podían formar parte del tribunal del jurado, puedan hacerlo. Un gran avance, pero quedaba mucho más, y ahora ha llegado.

                Esta semana he tenido el privilegio y la enorme suerte de compartir mi trabajo con Héctor. Héctor es ciego, pero eso no le impidió trabajar, trabajar y trabajar para lograr su ilusión: ser fiscal. Y en Valencia hemos tenido la fortuna de ser testigos de ´cómo se pone la toga por vez primera, cómo toma sus primeras declaraciones y sus primeras decisiones. Y de que comparta su ilusión en dosis mayúsculas.

                Lo confieso. No puede dejar de pensar en mi padre respecto del que ya conté que el destino le jugó la mala pasada de dejarle sin vista. El no se rindió, como no se rindió Héctor cuando un día se planteó que quería ser fiscal. Y estaría orgulloso de verle pasear por los pasillos de la Ciudad de la Justicia junto a mí, su hija.  Le hubiera encantado conocerlo. Le hubiera encantado ver cómo se maneja con autonomía y cómo la tecnología suple en muchos casos aquella labor abnegada de mi madre, que le leía los sumarios y los llevaba a un lado y otro. Y estoy segura que nos estará viendo allá donde esté y no dejará de sonreir.

                He tenido mucha suerte en compartir esta experiencia con su tutor principal, ya que conmigo solo estará unos días. Doy gracias por este chute de energía, de ganas y de humildad, que no es poca cosa. Porque lo primero que hice pensé que había sido meter la pata, cuando, a su primera llamada, contesté con un espontáneo “nos vemos” que me hizo luego darme de metafóricas bofetadas por mi falta de delicadeza. Al día siguiente, después de darle muchas vueltas, me quise disculpar por mi torpeza y recibí, en vivo y en directo, una de mis primeras lecciones. “Yo también lo digo -me dijo. porque, además, no solo se ve con la vista”. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me quedé sin palabra. Algo harto difícil, por cierto, para quien, como yo, no calla ni debajo del agua.

                Estoy muy orgullosa. Orgullosa de que este magnífico compañero haya elegido nuestra carrera, orgullosa de que haya escogido mi tierra para hacer sus prácticas y orgullosa de lo que me ha contado. Porque según él, todos los compañeros y compañeras con quienes ha estado, todas las funcionarias con quienes ha coincidido y todos los profesionales con quienes que ha trabajado le han tratado muy bien. Y eso, llamadme cursi, me hace muy feliz en un mundo donde parece que reina el egoísmo y la falta de humanidad. Esto me da esperanza y me devuelve la ilusión de mi primer día.

                Le gusta todo, quiere hacerlo todo y ningún trabajo le cansa. Una buena lección para recordar cuando nos quejamos porque tenemos demasiado juicios, o son demasiado pesados.

Y no solo es incansable sino que además lo hace muy bien. Tan bien, que el otro día le felicitaron cuando hizo los juicios de mi juzgado, algo que a mí no me había pasado nunca. Y no por el mérito de su esfuerzo y capacidad de superación, sino por el contenido de su brillante informe. Bien por él y por la generosa abogada que así lo dijo delante de todo el mundo.

                Solo me queda dar las gracias. Gracias Héctor, por recordarme lo bonita que pude ser la vida, lo hermosa que es nuestra profesión y la suerte que tengo. Gracias por sacar lo mejor de quienes compartimos esta experiencia contigo y gracias por tu curiosidad inagotable. Pero gracias, sobre todo, por inocularme la ilusión en dosis tan elevadas. Y gracias por traer a mi padre de vuelta, porque sé que estos días ha estado recorriendo los pasillos de los juzgados con nosotros.

                No me puedo olvidar de un agradecimiento extra a tu preparador porque desde el principio apostó por ti a pesar de todos los obstáculos. Más aun cuando a ese preparador fui yo quien lo preparé y admiro al fiscal en que se ha convertido, además de tenerle un cariño inmenso. Tampoco puedo dejar de lado la labor de todas aquellas personas que, desde el Centro de estudios judiciales, desde la Generalitat, desde la Fiscalía -en especial, nuestro Fiscal jefe y nuestra Fiscal superior- y desde cualquier otro sitio o entidad han puesto su granito de arena para que esto sea posible, aunque la playa sea obra tuya.

                Y ahora, como siempre, el aplauso. Y ese es, por supuesto, para Héctor y para todas las personas que, como él, no se dejan vencer por los obstáculos, por grandes que sean. Para las personas como él, y como mi padre. Porque durante toda la semana he sentido que éramos tres.

Confusiones: errores personales


                Quien tiene boca se equivoca. Y quien tiene ojos, también, sobre todo en estas épocas en que ir embozado es obligatorio. Pero las confusiones de este tipo no son cosa de ahora, y el cine y el teatro dan buena cuenta de ello. Los cambios entre gemelos son una buena fuente de inspiración, sean las niñas de Tú a Boston, yo a California, o la comedianta de Lina Morgan en Vaya par de gemelas. Aunque no hace falta que se trate de personas idénticas, en muchos casos el equívoco viene de la torpeza o el despiste de quien trata con ellas y en otros de la conveniencia de guionistas o productores ante el plante de la estrella que ya no quiere seguir en una serie. O por supuesto, de las exigencias del argumento, por increíble que parezca, como cuando nadie reconocía a Hannah Montana porque simplemente se ponía una peluca. Y ojo, que hasta los más infalibles pueden caer, como acreditan títulos como El cielo se equivocó.

                En nuestro teatro los equívocos existen, y con más frecuencia de la que nos gustaría. O con menos, que hay que reconocer que muchas veces nos proporcionan un rato de risas, que buena falta nos hacen.

                En Derecho hay una figura jurídica que se refiere a este tipo de confusiones, el error in personam. Lo estudiábamos durante la carrera y la oposición y daba mucho de sí cuando preparábamos el caso práctico -quienes lo tuvimos- porque tenía su aquel. Se trataba de una modalidad del error de hecho en que el autor confundía a su víctima con otra persona y, convencido de esa identidad distinta, cometía el error. La cosa tenía enjundia, especialmente, cuando se trataba de delitos de propia mano, como el extinto parricidio, en que la pena se elevaba porque el muerto o la muerta era padre, madre, hijo, hija o esposa. La verdad es que la imaginación se disparaba, y no podíamos dejar de pensar en casos dignos de Falcon Crest o Dinastía, donde el asesino ni siquiera sabía que aquel a quien disparaba para quedarse los viñedos era el realidad su padre, con quien tuvo una aventura clandestina quien hasta entonces consideraba su santa madre y resultó no ser tan santa.

                No sé si alguien se ha encontrado con un asunto de este tipo, pero yo no he visto nada así en mi más de cuarto de siglo como fiscal, y bien que lo siento. Podría haberme servido de inspiración para alguna novela. Lo que sí he visto es otro tipo de errores más pedestres, de estos que si los protagonizas te producen un deseo irrefrenable de que la tierra se abra a tus pies, y si los presencias no pueden contener la carcajada.

            Ya he contado alguna vez el caso de un juez amigo que se puso a si mismo en libertad al bailar el nombre del imputado -entonces se llamaba así-  con el suyo. Lo mejor fue su respuesta cuando le advirtieron del error, porque, con toda su tranquilidad, dijo que menos mal que se había puesto en libertad, por qué a ver qué hacía si se metía en prisión y tenía que desobedecerse a sí mismo. Por supuesto, no es un caso único. Todo el mundo que habita Toguilandia ha visto alguna vez como un procurador era llamado como testigo, como decretaban el alejamiento respecto de la letrada o cómo le requerían al fiscal para prestar fianza. Las prisas y el cortaypega es lo que tienen,

           Así, una compañera me cuenta cómo interesó que se practicara la liquidación de condena respecto de una persona que resultó no ser otra que la atribulada LAJ, aunque otra lo supera, pues la pidió para el magistrado. Será cuestión de puñetas.

 Otra compañera me comenta acerca de algo que sucede con alguna frecuencia en la vorágine de los juicios rápidos en la guardia: que dirija su acusación contra el letrado. Afortunadamente, son errores que se corrigen pronto si una se apercibe pero, en otro caso, pueden arrastrarse a lo largo del proceso con consecuencias imprevisibles a la hora de citaciones a juicio,

Otro de mis generosos compañeros me cuenta lo que le pasó hace algún tiempo. En un juicio, el policía fue contestando correctamente a todas las preguntas que le hacía acerca de una intervención, con seguridad y detalles al máximo. Interrogatorio perfecto y prueba de cargo total. Como no podía ser de otra manera, el fiscal en cuestión acabó muy satisfecho la prueba, pero su alegría se frustró al llegar el turno de la defensa. Primera pregunta: ¿realizó usted las mediciones e hizo la inspección ocular? Respuesta: “No. Fue mi compañero X, yo me limité a hacer el atestado con los datos que él me daba. Por eso lo conozco al pie de la letra, pero nunca estuve en el lugar” Mi compañero deseó firmemente que la tierra le tragara, aunque, por fortuna, su deseo no se hizo realidad y podemos seguir disfrutando de sus vivencias. Eso sí, la sentencia fue absolutoria por falta de pruebas. El baile de números al citar al policía nos jugó una mala pasada.

                Pero como no solo de derecho penal vive el jurista, también hay errores fatales en el derecho civil. Este le sucedió a un compañero que acudía a un juicio ordinario previo paso del protagonista por el quirófano para el cambio de sexo. A punto de comenzar la sesión, mi compañero preguntó extrañado por el demandante, al que no veía. Su bochorno fue morrocotudo al descubrir que la estupendísima señora que él había tomado por la procuradora no era otra persona que ese demandante por el que preguntaba. Tragó saliva y se juró a sí mismo pensar las cosas antes de meter la pata,

             También los errores se dan por parte del justiciable. Cuando llegué a mi primer destino junto con dos compañeras, dado que no estaban acostumbrados a fiscales mujeres ni menos tan jóvenes como éramos -o parecíamos- solían preguntarnos por el fiscal. Más de una vez aprovechamos la tesitura para señalar a nuestro compañero varón del despacho de al lado y escurrir el bulto.

               Por último, no podía faltar un clásico. Conforme me relata otra compañera, a veces el bochorno es inevitable. Como en su caso que, extrañada porque un letrado con el que acababa de hablar hacía nada volvía a su despacho, le dijo que mantenía lo dicho anteriormente, cuando había hablado con ella. El, con una sonrisa, le explicó que no la había visto ni hablado con ella y, ante su cara de estupefacción, le explicó que tenía un gemelo, también abogado. Porque no solo pasa en las películas

               No obstante, mi anécdota preferida a este respecto fue la de un habitual del juzgado que, citado por enésima vez como denunciado en un juicio de faltas, se despacho con su proverbial cara dura diciendo a una joven que por allí había: morena, tráeme un café. La morena resultó ser la juez recién incorporada y quien quiso entonces que se abriera la tierra bajo sus pies fue él. Por supuesto, lo reconoció todo y aceptó sin chistar la condena que se impuso. Con sentencia in voce, por descontado.

                Hasta aquí, algunos de estos errores que no son sino la punta del iceberg de nuestros despistes. El aplauso, una vez más, para la generosidad de mis compañeros y compañeras que me cuentan estas cosas maravillosas. Y la ovación extra, para @madebycarol, que me ha prestado su ilustración Mil gracias una vez mas.

Justicia diminuta: gran justicia


                Hay un dicho según el cual las cosas buenas se conservan en frascos pequeños, al que alguien –normalmente de elevada estatura o envergadura considerable- contesta que el veneno también. Ciertas ambas cosas, no podemos obviar el encanto del minimalismo, de las cosas pequeñas, que dan su juego en el cine. Hasta el punto que Carlño, he encogido a los niños fue un gran éxito de taquilla, como lo son cada vez que aparecen en escena seres tan chiquitos como Los Pitufos, Los diminutos, Pulgarcito o Garbancito.. Y es que Las pequeñas cosas es lo que tienen, Pequeños detalles, La alegría de las pequeñas cosas o mi preferida, Pequeña Miss Sunshine.

                En nuestro teatro las pequeñas cosas a veces dan grandes alegrías, aunque no siempre somos capaces de darnos cuenta  Sobre todo, no es fácil percatarse e la importancia que algunas cosas tienen para el justiciable simplemente porque nuestra escala de valores es diferente y también, porque no hacemos ese ejercicio de empatía necesario que es ponerse en la piel de otras personas.

                ¿Cuántas veces habremos oído esas frases que tanta rabia dan, que tal cosa es injusta o que no hay derecho a tal otra? Son expresiones que solemos utilizar en la vehemencia de la adolescencia, donde todo es urgente y nuestro mundo se reduce, salvo honrosas excepciones, a conjugar el yo mi me conmigo. El problema es que hay gente que no supera la adolescencia aunque su cuerpo siga sumando años, Y hasta trienios, que en todas partes cuecen habas.

                La versión reeditada de esa frase es el famoso “Qué hay de lo mío” que todo el mundo escucha con frecuencia en Toguilandia. Recuerdo que cuando, por primera vez hice una de aquellas visitas obligatorias de fiscal a presos preventivos, mis compañeros más veteranos me dijeron que aquello se reducía a escuchar la pregunta de marras, ¿Qué hay de lo mío? Una vez y otra. Lo que aprendí con la práctica, y bien rápido, por cierto, es que lo suyo podían ser muchas cosas. Desde la obvia de cuándo va a salir de allí o cuándo iría a verle su abogado a otras más pedestres pero que tenían su importancia o no, según se mire Recuerdo un interno bastante conflictivo que se empeñaba en que “le cambiaran de forense” porque el que iba llevaba gafas de sol y a él le gustaba verle los ojos. Claro ejemplo de cosa pequeña sin importancia, sobre todo si una comprobaba que el forense en cuestión nunca informaba lo que él pretendía, esto es, que no podía estar encerrado porque decía que tenía claustrofobia. Cosas que pasan.

                Pero había otras cosas que podían parecer pequeñas y no lo eran para ellos o ella. Saber si habían enviado una carta o había llegado un paquete podía ser esencial para un persona en prisión, sobre todo si era extranjera Todavía me acuerdo de una mujer, encarcelada por haber hecho de “mula” en el tráfico de drogas, que esperaba con ansia la llegada de un envío del álbum de fotos de la fiesta de quinceañera de su hija. Ni que decir tiene que en aquella época no había móviles que fotografiaran, por mucho que cueste imaginarlo ahora.

                Aunque las cosas también son pequeñas o no dependiendo de cómo se cuenten. Hace un tiempo se hizo viral la noticia de que una mujer había sido encarcelada por robar unos pañales en un supermercado. La verdad es que dicho así, impresionaba pensar en una pobre mujer haciéndose de ese modo con pañales ara su bebé porque no podía pagarlos. Si luego una analizaba las cosas, resulta que los pañales no eran sino una de las muchas cosas, y, sin duda, la más económica, de las, que se había llevado aquella amiga de lo ajeno, y no eran precisamente de primera necesidad. Además, si mal no recuerdo, el hecho de que fuera a prisión tenía mucho que ver con que aquello no era su primera condena y la existencia de antecedentes penales impedía la remisión de la pena. Una pena, por cierto, que la prensa contara aquella pequeñez de los pañales en lugar de explicar las cosas como eran.

                También recuerdo en aquella misma época en un programa de televisión de esos que gustan de poner a la justicia como un trapo, que acudió una señora indignada por el encarcelamiento de su hijo. Total, decía, había robado los neumáticos de un coche. Lo que no explicó la buena señora, y que yo sabía porque hice la calificación en su día, es que su angelito había puesto una navaja en el cuello del dueño del coche, un taxista, le había afanado la recaudación y se había llevado el coche un par de días y lo había dejado en un descampado en estado más que lamentable incluida la falta de los cuatro neumáticos. Así que, de nuevo, las ruedas eran una gota en el océano del delito.

                Como decía, hay cosas que parecen no tener importancia, pero tienen mucha para quienes la sufren. Y forma parte de nuestro trabajo apreciarlo y valorarlo en la medida adecuada, lo que no siempre es fácil. Me acuerdo más de una vez de uno de los antiguos juicios de faltas en que los hechos consistían en la acción de un vecino furibundo con la comisión fallera de bajo de su casa que, con la debida autorización, estaba celebrando un espectáculo de play backs. El vecino arrojó un par de cubos de agua con la suerte o la desgracia, según se mire, de que no solo pusieron perdida a la esforzada cantante amateur, sino que bañaron el equipo de música, que dejó de funcionar. Los daños no fueron muchos porque el equipo no era gran cosa y además tuvo un arreglo no demasiado caro, pero el daño fue mucho más que eso. Se quedaron sin posibilidad de celebrar nada con música durante esos cuatro días de las Fallas. Algo que ahora, después de que la pandemia nos las haya robado, apreciamos todavía más. Confieso que me costó explicarle por qué pedía perjuicios a la juez,, que era de Albacete, por cierto. Pero me entendió y, sobre todo entendió a aquella gente para la que los daños eran mucho más que daños.

                Y relacionado con las fallas, aunque podría ser con cualquier fiesta, hay otro ejemplo muy evidente. Un coche se estampaba contra un monumento recién plantado, con todas las piezas allí pero sin montar aún porque aun no había sido la Noche de la Plantà -15 de marzo- La falla quedaba destrozada y, el día que era, sin posibilidades de reparación ni sustitución. El esfuerzo y el dinero de todo el año echado a perder. Así que la indemnización que tasara solo el importe del monumento no haría justicia. El daño infligido era mucho mayor, y así había que valorarlo. Porque esas pequeñas cosas valen más que una fría factura.

Ya vemos que de muestra vale un botón, tan pequeño como esas cosas de las que hablamos. Tan pequeño como esta mini fiscalita que mi madre, a sus flamantes 97, me ha hecho con todo su amor, y su pericia. Para ella el aplauso de hoy, que es de todo menos pequeño

Libertad: no tomemos su nombre en vano


         Como he sido una niña de la Transición, nacida en el franquismo con todo lo que ello suponía, siempre que oigo la palabra “libertad” canturreo rápidamente “libertad, libertad, sin ira, libertad”, una canción del grupo Jarcha del año 75, pegadiza y con aires folklóricos, que se convirtió en la banda sonora de una época. La libertad, entonces, era una palabra sacrosanta, y así ha ondeado en el título de varias películas. Grita libertad, Dulce libertad, Nacida libre o, sencillamente, Libertad. Una palabra que, además, era el nombre de la amiga diminuta de Mafalda, con todo lo que supone.

En nuestro teatro la libertad se escribe con letras mayúsculas. Es el derecho por antonomasia que, además, tiene diversas variantes según el apellido. Libertad de circulación, de reunión, libertad ambulatoria, libertad religiosa o de culto y, por supuesto, libertad de expresión, el santo y seña de cualquier democracia.

Los derechos fundamentales y las libertades públicas vienen recogidas en nuestra Constitución y son, además, objeto del mayor grado de protección, tanto por los tribunales ordinarios como por el Tribunal Constitucional a través del recurso de amparo.

La libertad es una palabra con múltiples facetas. Una de ellas es la que contrapone libertad a esclavitud, la privación de libertad más absoluta. La esclavitud existió en muchas sociedades y fueron muchas las personas que dieron su vida para abolirla en distintos puntos del mundo, aunque siempre se nos vengan a la cabeza las plantaciones del Sur de Estados Unidos y, por supuesto, la Guerra de Secesión, que acabó, por fortuna, con ella. No obstante, no olvidemos que todavía quedan situaciones de esclavitud en el mundo, tanto laboral como esa lacra terrible de la esclavitud sexual, tan relacionada con la trata de personas y la prostitución.

No obstante, cuando en Toguilandia se habla de libertad,  casi todo el mundo piensa en lo mismo, en esa libertad que es el antónimo de la prisión, sea como medida cautelar o sea como pena. Siempre que pienso en ello me acuerdo de un juicio donde, dilucidándose varios años de prisión por tráfico de drogas, en el momento álgido de la declaración, sonó el móvil de una de las personas que se sentaba entre el público. La sintonía no era ni más ni menos que la canción de Los Chichos cuyo estribillo, a ritmo de rumba, repite una y otra vez eso de “libre, libre quiero ser quiero se quiero ser libre”. Tuvimos que hacer un gran esfuerzo para aguantar la carcajada, pero lo conseguimos. Y no resultó premonitorio, desde luego. Los acusados se marcharon derechitos al mismo centro penitenciario del que habían venido conducidos, aunque la prisión pasó de ser provisional a estar más cerca de ser definitiva, a falta de recurso. No hubo suerte tampoco en segunda instancia para el fan del trío rumbero.

Lo que sí hay que aclarar una y otra vez es que en España no existe la libertad con cargos y sin cargos. Eso es una cosa del proceso americano y por eso la oímos en las películas, aunque a la prensa le encanta. La libertad es provisional o definitiva, condicional o no, con fianza o sin ella. Lo de los cargos es una carga lingüística con la que nos toca bregar siempre.

Por otro lado, las causas donde se juega la diferencia entre libertad y prisión son preferentes y de máxima urgencia, Tanto, que, desde la perspectiva de quienes habitamos Toguilandia, pueden convertirse en la peor pesadilla cuando aterrizan en nuestra mesa justo antes de irnos de vacaciones o, lo que es peor aún, cuando el compañero o compañera a quien le correspondía está de vacaciones porque toca apechugar con ella. Gajes del oficio. Tanto que más de una vez usamos el juego de palabras que la convierte de causa con preso en causa con prisa.

En estos tiempos que nos ha tocado vivir, la libertad ha sido una de las víctimas del covid. Permanecimos encerrados durante un tiempo, con restricción de la libertad ambulatoria, y hasta ahora se han seguido manteniendo en mayor o menor medida de restricciones parciales por razones de salud y bajo el paraguas del instrumento jurídico adecuado, el estado de alarma. Algo que estudiábamos durante a carrera y la oposición y nunca pensamos que fuéramos a vivir, y mucho menos durante un año. Y es que nunca me cansaré de repetir eso de que la realidad siempre supera la ficción, incluido en el ámbito del Derecho.

En cualquier caso, la libertad que no se regula en ningún sitio es la de tomar una cerveza. Oyendo y leyendo alguna de las cosas que se leen y oyen cualquiera pensaría que es el súmmum de la libertad. Pobres de nuestros antepasados que lucharon y hasta perdieron la vida por ella si vieran el uso tan frívolo de la palabra.

Ya solo queda el aplauso. Y hoy se lo daré, con mucho gusto, a quienes usan la palabra “libertad” en su justa medida, sin banalizarla y ensuciarla. Ha costado mucho lograrla para frivolizar con ella.

Imposibles: ni cifras ni letras


                Ya hemos hablado otras veces de los juegos de palabras, o las palabras como juego, que dan mucho juego, valga la redundancia para títulos y titulares. Parafrasear al usar frases como No me chilles que no te veo o Gary Cooper que estás en los cielos o cambiar resultados lógicos por otros ilógicos, como en la sintonía de Los Serrano, 1+ 1 son 7 son algunos ejemplos. También se tiraba mucho de este recurso en aquel cine español de Esteso y Pajares, que daba a la vuelta a refranes para titular con frases como Los extremeños se tocan o La Lola nos lleva al huerto. Se trata, en definitiva, de usar el equívoco para despertar la hilaridad. Que se consiga o no, es otra historia. Y no La historia interminable, precisamente.

                En nuestro teatro los equívocos existen, como en cualquier otro ámbito. Ya hablamos de ello en algún estreno, como hablamos también de esos titulares que reproducen algunos de nuestros asuntos de un modo tan sui generis que es imposible no reírse. Por supuesto, tampoco me olvido de las erratas y de esos casos en que una letra puede cambiar tanto las cosas.

                Pero este tipo de cosas son una fuente inagotable, y siempre acaban apareciendo más y más que sería una pena no compartir. Y a eso dedicaremos hoy nuestra función. Una función que, por cierto, no podría existir sin todas esas aportaciones de amigos y amigas que, desde redes sociales, me han alegrado el día. Ya saben mi máxima: a los tacones, vas. Y, claro, lo prometido es deuda.

                Empezaré por el extraño caso del juzgado más grande del mundo. Y es extraño porque, cuando todo el mundo andamos reclamando más medios y más espacio, en este debe sobrarles. Debe ser por eso que en el escrito de demanda el suplico se dirige “Al Juzgadon”. Me encantaría saber donde está ese juzgado gigantesco. Seguro que no tienen problemas de limitación de aforo

                Por supuesto, no es el único juzgado peculiar. Leía no hace mucho que alguien se refería al Juzgado de Tercera Instancia. Que no sé por dónde andará porque, como es bien sabido, en nuestro derecho solo hay dos instancias, la que da nombre a los juzgados de entrada, y la que resuelve los recursos. Me dan ganas de cantarle, como la sevillana, lo de “mirala cara a cara que es la tercera” mientras taconeo y uso mi toga a modo de bata de cola. A falta de volantes, buenos son sus pliegues.

                Y, por si nos faltaba algo, ahí están los titulares de prensa, tan relacionados con Toguilandia que a veces son tan de letras como quienes aquí trabajamos. Será por eso que las cuentas no les salen, y nos encontramos con titulares como este: “seis de cada cuatro canarios creen que el Gobierno autónomo dedica pocos recursos a la lucha contra la delincuencia”. Y. la verdad, lo que no sé es cómo el gobierno en cuestión no llama rápidamente a Iker Jiménez para que localice a los canarios perdidos en algún agujero negro de las cuentas de este periodista, porque salir, no salen.

                Como tampoco salen las cuentas de los bebés que dio simultáneamente a luz una buena mujer. Según el diario parió 9 bebés de una vez. Hasta ahí todo correcto. Pero luego explica que 5 eran niños y 5 niñas, así que algo falla. Quizá ahí se encuentren los dos canarios que habían desaparecido de la noticia anterior. Habrá que averiguarlo.

                Y habrá que averiguar, también, qué cosas tan curiosas pasan en Cantabria donde, según un titular de prensa cuentan con 131,73 reclusos por habitante. No sabía yo que la delincuencia estuviera tan extendida por aquellos lares, pero de verdad compadezco a mis pobres compañeros, que no darán abasto

                Si es así, seguro que necesitan algún tratamiento médico para aguantarlo. Lo que sí que les recomendaría es que miraran bien qué médico les trata. Y que no sea ese forense cuyo dictamen circula por ahí y que queda a la espera de la santidad, porque eso es mucho esperar, sin duda, y el que espera desespera. Siempre y cuando, claro está, que no tenga que resolver una magistrado de lo contagioso administrativo, que es como rotularon a una señoría en televisión. Espero que ya le hayan vacunado, por el bien del justiciable.

De cualquier modo, cuidado, que por menos de nada se organizan unas guerras intestinales y eso tiene muy mal pronóstico. Igual tienen algo que ver con el señor que se declaró disolvente, porque no tenía bienes con qué pagar.

                Así que ahí queda eso. El aplauso se lo dedicaré hoy una vez más a quienes desde sus cuentas en redes, en persona o por cualquier otro medio, me hacen llegar estas cosas. Como veréis, lo de “a los tacones vas” era mucho más que una amenaza.

Esclavitud: cicatrices


(Retrato de Lucretia Mott. Joseph Kyle 1870)

En el mundo del cina, la esclavitud ha sido un tema recurrente. Desde la legendaria Lo que el viento se llevó hemos visto mil y una lecturas de este crimen contra los Derechos Humanos que no siempre ha recibido el rechazo que merece. La cabaña del Tío Tom, 12 años de esclavitud, El color púrpura, Django desencadenado o la serie Raíces con el inolvidable Kunta Kinte son algunos de los muchos filmes dedicados al tema

Hoy quiero compartir el relato que, inspirado en la figura de Lucretia Mott, realicé para la antología Visibilizarte III

Sirva como homenaje a todas las personas cuyo esfuerzo, tesón y sacrificio sirvió para abolir este crimen. Y para las que cada día siguen luchando para que los Derechos Humanos sean una realidad en todo el mundo

CICATRICES

– ¿Dónde está Hannah? No la veo por ningún sitio

         La pequeña Lucretia buscaba a su amiga con desesperación. No la conocía mucho tiempo, pero había hecho muy buenas migas con ella desde que la vio por vez primera en el jardín colindante con el suyo. Hannah era diferente a todas las niñas que había conocido. Tenía la piel del color del caramelo quemado y las ganas de saber cosas escritas en sus ojos enormes. Le contó que ella y sus padres habían venido desde muy lejos. Que habían sido esclavos y que su dueño les dio la libertad en el testamento

-¿Esclavos? ¿Qué es ser esclavo?

-Mira

Hannah se levantó el vestido y le mostró la espalda. Una telaraña de cicatrices la recorría. Lucretia se debatía entre la aprensión y la sorpresa.

Su amiga le contó que aquello se lo hizo el hijo de su dueño, un chico pálido y cruel que en nada se parecía a su padre, pero al que este le consentía todos los caprichos. Le pidió una jarra de limonada, y, como se le cayó al suelo al traerla, la azotó. Le dolió mucho y tardó en cicatrizar, pero, no obstante, se consideraba una niña con suerte. A ella solo le habían azotado una vez, pero a su hermano habían sido varias. Y su mejor amigo se había quedado cojo después de una paliza de su amo no sabía exactamente por qué causa.

-Pero eso no puede ser, Hannah. Los hombres no pueden ser dueños de otros hombres.

Después de aquel día, quedaron cada tarde. Hannah le hablaba de la tierra del Sur donde nació, y del lugar remoto donde habían nacido sus abuelos, y al que decía que algún día iría a visitar. Lucretia le enseñaba a leer y a escribir y, en su mapa de la escuela, le mostró dónde estaban los sitios de los que hablaba.

Pero un buen día Hannah desapareció, y Lucretia no volvió a verla. Nadie le dio explicación alguna, pero, escuchando detrás de las puertas, como era su costumbre, supo que alguien había obligado a Hannah y su familia a huir de allí.

Quiso buscarla, saber donde vivía para mandarle una carta, volver a tener contacto con ella, pero se esfumó. Conforme fue creciendo, Lucretia comprendió lo que había en la súbita desaparición de Hannah. Temió lo peor. Y aquella palabra que ella le enseñó, “esclavitud”, la acompañó siempre. Decidió dedicar su vida a acabar con ello, a que ninguna niña tuviera unas cicatrices como las que Hannah le enseñó un día en el jardín.

Muchos años más tarde, cuando Lucretia acabó de dar un discurso en su incansable campaña antiabolicionista, una mujer se acercó a ella. Tenía la piel del color del caramelo quemado y las ganas de saber escritas en sus ojos enormes. No necesitaron más que unos segundos para reconocerse, a pesar del tiempo transcurrido, y se fundieron en un gigantesco abrazo

-Gracias, Lucretia, por toda tu lucha

-No, Hannah, no. Gracias a ti por abrirme los ojos. Sin ti nada hubiera sido posible