Confusiones: errores personales


                Quien tiene boca se equivoca. Y quien tiene ojos, también, sobre todo en estas épocas en que ir embozado es obligatorio. Pero las confusiones de este tipo no son cosa de ahora, y el cine y el teatro dan buena cuenta de ello. Los cambios entre gemelos son una buena fuente de inspiración, sean las niñas de Tú a Boston, yo a California, o la comedianta de Lina Morgan en Vaya par de gemelas. Aunque no hace falta que se trate de personas idénticas, en muchos casos el equívoco viene de la torpeza o el despiste de quien trata con ellas y en otros de la conveniencia de guionistas o productores ante el plante de la estrella que ya no quiere seguir en una serie. O por supuesto, de las exigencias del argumento, por increíble que parezca, como cuando nadie reconocía a Hannah Montana porque simplemente se ponía una peluca. Y ojo, que hasta los más infalibles pueden caer, como acreditan títulos como El cielo se equivocó.

                En nuestro teatro los equívocos existen, y con más frecuencia de la que nos gustaría. O con menos, que hay que reconocer que muchas veces nos proporcionan un rato de risas, que buena falta nos hacen.

                En Derecho hay una figura jurídica que se refiere a este tipo de confusiones, el error in personam. Lo estudiábamos durante la carrera y la oposición y daba mucho de sí cuando preparábamos el caso práctico -quienes lo tuvimos- porque tenía su aquel. Se trataba de una modalidad del error de hecho en que el autor confundía a su víctima con otra persona y, convencido de esa identidad distinta, cometía el error. La cosa tenía enjundia, especialmente, cuando se trataba de delitos de propia mano, como el extinto parricidio, en que la pena se elevaba porque el muerto o la muerta era padre, madre, hijo, hija o esposa. La verdad es que la imaginación se disparaba, y no podíamos dejar de pensar en casos dignos de Falcon Crest o Dinastía, donde el asesino ni siquiera sabía que aquel a quien disparaba para quedarse los viñedos era el realidad su padre, con quien tuvo una aventura clandestina quien hasta entonces consideraba su santa madre y resultó no ser tan santa.

                No sé si alguien se ha encontrado con un asunto de este tipo, pero yo no he visto nada así en mi más de cuarto de siglo como fiscal, y bien que lo siento. Podría haberme servido de inspiración para alguna novela. Lo que sí he visto es otro tipo de errores más pedestres, de estos que si los protagonizas te producen un deseo irrefrenable de que la tierra se abra a tus pies, y si los presencias no pueden contener la carcajada.

            Ya he contado alguna vez el caso de un juez amigo que se puso a si mismo en libertad al bailar el nombre del imputado -entonces se llamaba así-  con el suyo. Lo mejor fue su respuesta cuando le advirtieron del error, porque, con toda su tranquilidad, dijo que menos mal que se había puesto en libertad, por qué a ver qué hacía si se metía en prisión y tenía que desobedecerse a sí mismo. Por supuesto, no es un caso único. Todo el mundo que habita Toguilandia ha visto alguna vez como un procurador era llamado como testigo, como decretaban el alejamiento respecto de la letrada o cómo le requerían al fiscal para prestar fianza. Las prisas y el cortaypega es lo que tienen,

           Así, una compañera me cuenta cómo interesó que se practicara la liquidación de condena respecto de una persona que resultó no ser otra que la atribulada LAJ, aunque otra lo supera, pues la pidió para el magistrado. Será cuestión de puñetas.

 Otra compañera me comenta acerca de algo que sucede con alguna frecuencia en la vorágine de los juicios rápidos en la guardia: que dirija su acusación contra el letrado. Afortunadamente, son errores que se corrigen pronto si una se apercibe pero, en otro caso, pueden arrastrarse a lo largo del proceso con consecuencias imprevisibles a la hora de citaciones a juicio,

Otro de mis generosos compañeros me cuenta lo que le pasó hace algún tiempo. En un juicio, el policía fue contestando correctamente a todas las preguntas que le hacía acerca de una intervención, con seguridad y detalles al máximo. Interrogatorio perfecto y prueba de cargo total. Como no podía ser de otra manera, el fiscal en cuestión acabó muy satisfecho la prueba, pero su alegría se frustró al llegar el turno de la defensa. Primera pregunta: ¿realizó usted las mediciones e hizo la inspección ocular? Respuesta: “No. Fue mi compañero X, yo me limité a hacer el atestado con los datos que él me daba. Por eso lo conozco al pie de la letra, pero nunca estuve en el lugar” Mi compañero deseó firmemente que la tierra le tragara, aunque, por fortuna, su deseo no se hizo realidad y podemos seguir disfrutando de sus vivencias. Eso sí, la sentencia fue absolutoria por falta de pruebas. El baile de números al citar al policía nos jugó una mala pasada.

                Pero como no solo de derecho penal vive el jurista, también hay errores fatales en el derecho civil. Este le sucedió a un compañero que acudía a un juicio ordinario previo paso del protagonista por el quirófano para el cambio de sexo. A punto de comenzar la sesión, mi compañero preguntó extrañado por el demandante, al que no veía. Su bochorno fue morrocotudo al descubrir que la estupendísima señora que él había tomado por la procuradora no era otra persona que ese demandante por el que preguntaba. Tragó saliva y se juró a sí mismo pensar las cosas antes de meter la pata,

             También los errores se dan por parte del justiciable. Cuando llegué a mi primer destino junto con dos compañeras, dado que no estaban acostumbrados a fiscales mujeres ni menos tan jóvenes como éramos -o parecíamos- solían preguntarnos por el fiscal. Más de una vez aprovechamos la tesitura para señalar a nuestro compañero varón del despacho de al lado y escurrir el bulto.

               Por último, no podía faltar un clásico. Conforme me relata otra compañera, a veces el bochorno es inevitable. Como en su caso que, extrañada porque un letrado con el que acababa de hablar hacía nada volvía a su despacho, le dijo que mantenía lo dicho anteriormente, cuando había hablado con ella. El, con una sonrisa, le explicó que no la había visto ni hablado con ella y, ante su cara de estupefacción, le explicó que tenía un gemelo, también abogado. Porque no solo pasa en las películas

               No obstante, mi anécdota preferida a este respecto fue la de un habitual del juzgado que, citado por enésima vez como denunciado en un juicio de faltas, se despacho con su proverbial cara dura diciendo a una joven que por allí había: morena, tráeme un café. La morena resultó ser la juez recién incorporada y quien quiso entonces que se abriera la tierra bajo sus pies fue él. Por supuesto, lo reconoció todo y aceptó sin chistar la condena que se impuso. Con sentencia in voce, por descontado.

                Hasta aquí, algunos de estos errores que no son sino la punta del iceberg de nuestros despistes. El aplauso, una vez más, para la generosidad de mis compañeros y compañeras que me cuentan estas cosas maravillosas. Y la ovación extra, para @madebycarol, que me ha prestado su ilustración Mil gracias una vez mas.

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