Esclavitud: cicatrices


(Retrato de Lucretia Mott. Joseph Kyle 1870)

En el mundo del cina, la esclavitud ha sido un tema recurrente. Desde la legendaria Lo que el viento se llevó hemos visto mil y una lecturas de este crimen contra los Derechos Humanos que no siempre ha recibido el rechazo que merece. La cabaña del Tío Tom, 12 años de esclavitud, El color púrpura, Django desencadenado o la serie Raíces con el inolvidable Kunta Kinte son algunos de los muchos filmes dedicados al tema

Hoy quiero compartir el relato que, inspirado en la figura de Lucretia Mott, realicé para la antología Visibilizarte III

Sirva como homenaje a todas las personas cuyo esfuerzo, tesón y sacrificio sirvió para abolir este crimen. Y para las que cada día siguen luchando para que los Derechos Humanos sean una realidad en todo el mundo

CICATRICES

– ¿Dónde está Hannah? No la veo por ningún sitio

         La pequeña Lucretia buscaba a su amiga con desesperación. No la conocía mucho tiempo, pero había hecho muy buenas migas con ella desde que la vio por vez primera en el jardín colindante con el suyo. Hannah era diferente a todas las niñas que había conocido. Tenía la piel del color del caramelo quemado y las ganas de saber cosas escritas en sus ojos enormes. Le contó que ella y sus padres habían venido desde muy lejos. Que habían sido esclavos y que su dueño les dio la libertad en el testamento

-¿Esclavos? ¿Qué es ser esclavo?

-Mira

Hannah se levantó el vestido y le mostró la espalda. Una telaraña de cicatrices la recorría. Lucretia se debatía entre la aprensión y la sorpresa.

Su amiga le contó que aquello se lo hizo el hijo de su dueño, un chico pálido y cruel que en nada se parecía a su padre, pero al que este le consentía todos los caprichos. Le pidió una jarra de limonada, y, como se le cayó al suelo al traerla, la azotó. Le dolió mucho y tardó en cicatrizar, pero, no obstante, se consideraba una niña con suerte. A ella solo le habían azotado una vez, pero a su hermano habían sido varias. Y su mejor amigo se había quedado cojo después de una paliza de su amo no sabía exactamente por qué causa.

-Pero eso no puede ser, Hannah. Los hombres no pueden ser dueños de otros hombres.

Después de aquel día, quedaron cada tarde. Hannah le hablaba de la tierra del Sur donde nació, y del lugar remoto donde habían nacido sus abuelos, y al que decía que algún día iría a visitar. Lucretia le enseñaba a leer y a escribir y, en su mapa de la escuela, le mostró dónde estaban los sitios de los que hablaba.

Pero un buen día Hannah desapareció, y Lucretia no volvió a verla. Nadie le dio explicación alguna, pero, escuchando detrás de las puertas, como era su costumbre, supo que alguien había obligado a Hannah y su familia a huir de allí.

Quiso buscarla, saber donde vivía para mandarle una carta, volver a tener contacto con ella, pero se esfumó. Conforme fue creciendo, Lucretia comprendió lo que había en la súbita desaparición de Hannah. Temió lo peor. Y aquella palabra que ella le enseñó, “esclavitud”, la acompañó siempre. Decidió dedicar su vida a acabar con ello, a que ninguna niña tuviera unas cicatrices como las que Hannah le enseñó un día en el jardín.

Muchos años más tarde, cuando Lucretia acabó de dar un discurso en su incansable campaña antiabolicionista, una mujer se acercó a ella. Tenía la piel del color del caramelo quemado y las ganas de saber escritas en sus ojos enormes. No necesitaron más que unos segundos para reconocerse, a pesar del tiempo transcurrido, y se fundieron en un gigantesco abrazo

-Gracias, Lucretia, por toda tu lucha

-No, Hannah, no. Gracias a ti por abrirme los ojos. Sin ti nada hubiera sido posible

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