
Hay un dicho popular que reza que el que no tiene padrino no se bautiza. Gran verdad, aunque no hablemos de religión ni del sacramento del Bautismo. Tener a alguien que te introduzca en el mundo al que una aspira a veces no sólo es úitl sino necesario. Y en el teatro es más que eso. Aunque hay a quien el talento, la suerte, o ambos, le llevan a triunfar sin padrino o madrina conocidos, al menos para empezar es más fácil si se tiene un avalista detrás. Y si no, no hay más que echar un vistazo a la cantidad de apellidos del mundillo que se repiten. Eso sí, sin quitar mérito a nadie, que una cosa es tener la oportunidad y otra mantenerse, y eso ya es cosa del apadrinado. Y, si seguimos echando un vistazo, también podremos ver la cantidad de hijos, sobrinos o protegidos de alguien que vivieron eso de arrancada de caballo, parada de burro, y sobreviven a base de bolos en discotecas de tercera fila o ni eso.
Y si de cine y padrinazgo hablamos, imposible no recordar la saga de El Padrino. O, al otro extremo del espectro, a Lina Morgan en La llamaban La Madrina. A cada uno lo suyo.
Pero nosotros también tenemos nuestros padrinos y madrinas, que no se diga. Aunque no nos engañemos. No se trata de eso que algunos malpensados estarán rumiando, de si se necesita un enchufe trifásico para aprobar las oposiciones o para meterse en algún despacho. En cuanto a las oposiciones, son bastante más limpias que lo que muchos piensan, y les aseguro que sin unos cuantos años de estudio y angustia a partes iguales, de nada sirve en lustroso apellido. Y viceversa. Y créaseme que hablo con la solvencia que me da haber visto a mucha gente quedarse en el camino con su blasón jurídico a cuestas. En cuanto a los despachos de abogados, sin negar que tener acceso por alguno razón personal puede abrir puertas, ésas se cierran si el trabajo no es acorde a las expectativas o a la confianza depositada.
Y es que no me refería a esa clase de padrinos, aunque pueden coincidir. Me refería a los que todos tenemos para ese acto formal de vestir por primera vez la toga –con tacones o sin ellos-. Yo he tenido la fortuna de interpretar ese papel en varias ocasiones y lo cierto es que no deja de emocionarme. Esta mismo semana, sin ir más lejos.
En las profesiones jurídicas todos tenemos la obligación de jurar o prometer la Constitución, en un acto que suele resultar emocionante. Al fin y al cabo, supone el momento para el que llevamos preparándonos muchos años. Nos ponemos nuestras mejores galas –aunque la verdad es que poco se ven bajo la toga-, y estrenamos ese uniforme que se va a convertir en parte de nuestras vidas. Y, claro está, como todo bautismo, necesitamos padrinos. Y ahí es donde entramos quienes lo somos.
Por regla general, la honrosa función de padrino o madrina se realiza por quien preparó al que fue el opositor o por quien fue su tutor en las prácticas. A veces, es algún familiar que ya ingresó en la secta de las togas. Y hasta pueden ser dos. En cuanto a los abogados, les apadrina aquél con quien tienen relación por las mismas o parecidas razones. En cualquier caso, es un honor ser elegido para ese momento, que formará parte de la memoria real y de la historia gráfica de ese que un día fue un jurista en potencia y ya lo es en acto.
Y algunos afortunados, tenemos la doble suerte de amadrinar dos veces a la misma persona. Porque los jueces juran nuevamente la Constitución cuando ascienden a Magistrados. Y es un lujo que se vuelvan a acordar de quien estuvo con ellos en su día. Y más lujo aún que no lo hayan olvidado nunca, como tengo la fortuna de que me suceda a mí. Acabo de culminar mi segundo doblete. Y tan contenta. Que la cosa no es para menos. Me he toguitaconado adecuadamente, y he cumplido con la misma ilusión con la que yo juré un día, hace ya más tiempo del que a veces me gustaría. Y he visto las mismas caras que ví hace unos años, cuando daban sus primeros pasos judiciales sin las relucientes puñetas que hoy lucen.
Así que me apetecía dedicar hoy mi estreno a todos ellos. Y con ellos, a todos los que empiezan, y a los que siguen en la brecha con la misma ilusión que el primer día. Para ellos va el aplauso.
Eso sí, con un recuerdo especial para alguien. Porque para mamá gallina siempre es un placer que los pollitos ya vuelen por sí solos. Así que por eso, mi mención especial es para Irene, mi chica del doblete de hoy, para Prado, mi otra amadrinada, y para los que les antecedieron, Marta y Alvaro. Sin olvidar a Carmen, Rafa, Elena y Vicenta. Y a los que vendrán.
Ah, y para la tía de Irene que confeccionó a bolillos sus preciosas puñetas. Puñetera envidia la que tendrá todo el mundo al verlas










