Avatar de Desconocido

Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Antihéroes: reacción


facebook_1483791985636

Cuando hace apenas unos días enviábamos nuestra propia carta toguitconada a los Reyes Magos  le pedía una serie de cualidades destinadas a aguantar estoicamente todas las injusticias contra las que bregamos para hacer justicia. Paciencia, templanza, horas, un estómago forrado de amianto y nervios de acero, entre otras, para echarnos a la mochila los inconvenientes y seguir adelante. Cómo ser jurista y no morir en el intento, vaya. Algo así como una mezcla entre Superman o Superwoman y Santa Teresa de Jesús. O de cualquiera de los héroes y heroínas de los que está poblado el mundo del cine.

Pero hete tu aquí que encontré un comentario a ese estreno que me encantó, y, solicitado el oportuno permiso, que no hay que bromear con los derechos de autor, decidí toguitaconizarlo oportunamente y dedicarle un estreno. Gracias Silvia Fasan por la idea.

Se trataba de antihéroes. Como aquel de la serie de mi infancia que andaba siempre pasándolas canutas porque nunca le llegaron las instrucciones del traje de superhéroe. Algo parecido a lo que pasa con nuestras togas, que por más que sean capas de superhéroe  no vienen ni con libro de instrucciones, ni bola de cristal, ni varita mágica ni nada de nada. Y a improvisar tocan. Así que vamos a darle la vuelta a la tortilla.

Aunque necesitemos paciencia, para aguantar sin medios y sin plazas, tengamos también frente a eso audacia y osadía, y que no quede solo en resignación. Atrevámonos a gritar bien alto lo que ocurre, lo que falta y las pocas ganas que parecen haber en poner fin a esta situación. Que nuestra paciencia solo sea la tirita que tape la herida, pero que no dejemos de reclamar al cirujano que la cure.

En cuanto a esa templanza que pedíamos para  sobrellevar situaciones terribles, que sirva para templar los nervios y estar acertada a la hora de reclamar las soluciones, y no una manera de conformarnos con todo lo que tengan a bien echarnos encima.

Por lo que atañe a ese estómago forrado de amianto para sobrevivir a tantas situaciones injustas para las víctimas, que sea útil para no venirnos abajo ni caer en el desánimo mientras exigimos sus derechos sin desfallecer. Porque si quienes tenemos que hacerlo no estamos e condiciones, no podremos cumplir nuestra Misión.

Y esas 30 ó 40 horas que suplicábamos, que solo sean un parche para seguir adelante, para coseguir que las 24 con que vienen los días de serie sean suficientes para vivir, con toga y tacones y sin ellos, no vaya a ser que la sensatez y la cordura se queden en el camino. No caigamos en ser Yo, Robot sino Yo, Persona, con nuestros días y nuestras noches de ocio y de negocio.

Y que tampoco pase nada si los nervios de acero, de vez en cuando, se vuelven de gelatina. Así que los cambio por nervios de mercurio, como esas bolitas con las que jugaba de pequeña al romperse un termómetro, y que se adaptaban y volvían a ser líquido o sólido, según las circunstancias y el recipiente,  hasta que se derramaban.

Así que, queridos Reyes Magos, admítanme este recurso de aclaración que presento en tiempo y forma. Con su documento adjunto, que espero que no supere las megas que admite su sistema MagoNet, seguro que mucho mejor que el Lexnet de nuestros desvelos. Con un Otrosi que dice que eso de la sabiduría mejor lo dejan como estaba, que bien cierto es  que el saber no ocupa lugar.

Por todo lo anterior , a los Reyes Magos suplico que, teniendo por admitido este recurso en tiempo y forma, le den el trámite procedente, y concedan los deseos según lo formulado en el cuerpo de este escrito.

Y, como no podía ser de otra manera, el aplauso es a medias. Para todos los antihéroes que se pelean a diario con ese traje sin instruccciones, para que nunca dejen esa pelea. Y para Silvia, por servir de inspiración para este estreno. Gracias

Y uno extra para mi compañera Rocío, que me prestó a su fiscalita como imagen

 

Promesas: esperando


Broken Promises

Ha empezado un nuevo año. Y con él, como siempre, se ha abierto la veda de nuevos propósitos para empezarlo. O más bien de viejos propósitos reciclados, porque todo eso de dejar de fumar, apuntarse –o mejor dicho, ir- al gimnasio, hacer régimen, aprender idiomas y demás, no son más que un remake de cada año que empieza. En el teatro y en la vida. Como ocurre con otras cosas más intangibles, como tomarse las cosas con más calma, aprender a decir que no y cosas parecidas. Algo que nos prometemos todos los inicios de año y que al final quedan como Promesas Incumplidas.

A buen seguro que el teatro tiene su propio elenco de buenos propósitos, propios y ajenos. Propósitos que se mezclan y confunden con deseos, pero que acaban siendo el augurio de estrenar la mejor obra del mundo o tener el papel de su vida. Y, de parte de quienes deben hacerlo, esa promesa tantas veces aplazada de fomentar la cultura y el arte. Que siempre quedan en agua de borrajas, o casi. Es lo que hay. La cultura no se cuida siempre como se debiera.

Pero, como sabemos bien en nuestro escenario, no es la cultura la única que padece esas promesas que nunca se cumplen. En nuestro teatro tenemos en eso un máster. ¿Dónde quedaron las promesas dadas una vez y otra de creación de plazas, de dotación de medios para la Justicia? En Nada, como el título de aquella vieja película que recreaba la novela del mismo nombre. Aunque no A cambio de nada, que el precio a pagar es evidente. En nuestro esfuerzo y en la desazón del ciudadano, que se queda Esperando a Godot en versión jurídica

En esos momentos me acuerdo especialmente de los opositores. Siempre esperando que este año será el bueno, que por fin empezarán a hacer convocatorias de verdad y no de la Señorita Pepis. Que habrá un número de plazas suficiente para no imaginarse entrando con el cuchillo en los dientes para conseguir aprobar, como si fueran Rambo y no sintieran las piernas Pero otra vez va a ser que no. Que si quieres arroz, Catalina. Para jueces y fiscales, otra vez lo mismo. Y en la misma proporción, por cierto, qué no sé cómo prevén dar la instrucción a los fiscales y siguen convocando más plazas de jueces que de fiscales, aun cuando el ministro llegara a decir “que no descartaba” reconvertirlos. Aunque vaya a saber usted qué quería decir con eso. Me falta la piedra Ministreta para traducir esos jeroglíficos. Y, aunque no lo he comprobado personalmente, seguro que en las demás oposiciones pasa lo mismo. La vida sigue igual.

Pero es que a veces vivimos Vidas Paralelas. Por un lado, la realidad que nos cuentan. Por otro, la que sufrimos a diario. Solo así se entienden todas esas rimbombantes afirmaciones sobre expediente digital, papel 0, modernización y demás gaitas, y seguimos teniendo más papel que nunca. Con sus tomos, sus grapas y hasta sus cuerdas flojas, como está mandado. Y hasta con sus papelitos rosas que acreditan que ha llegado la notificación o no. Que estamos que lo tiramos, oiga. Eso sí, mientras, en una galaxia muy lejana, nos venden que el ciudadano podrá comprobar el estado de su procedimiento por Internet. Imagino al ciudadano en cuestión alborozado por saber que su juicio no se celebrará hasta dentro de un año o dos, con suerte, porque los juzgados siguen exactamente igual de atascados. Un gran avance eso de ahorrarse llamar a su abogado, que le podría haber dado esa información –en el caso de que se la hayan proporcionado, claro- Ahora solo falta que habiliten un número de teléfono para mandar sms nominando juzgados para ver a quién expulsan o salvan de la casa del Gran Hermano Judicial. Acabáramos. Su asunto está muy retrrasado pero nosotros se lo contamos. Por si acaso le quedaba alguna esperanza.

Y luego están las grandes promesas. Una de ellas, la de acabar con las tasas judiciales. Que por más que dijeron, ahí siguen para Pymes y ONG,s y, visto lo visto, dan ganas de decir eso de “Virgencita, que me quede como estoy”. Que con la excusa de que se pierde dinero, esta vez va a ser que tampoco las quitan. Una argumentación digna de alguien con de Una Mente Maravillosa. Y ahí seguimos, compuestos y con tasas.

Y hay más. Eso de que instruyamos los fiscales, que no voy a entrar en el fondo, pero tal cómo parece que quieren hacerlo, nuevamente imploro a la virgencita del inmovilismo. Aun cuando yo esté en teoría a favor de la instrucción del fiscal, como se hace en la mayoría de países, alguien me explica cómo, sin cambiar leyes ni medios. Aunque yo no sea Einstein –soy muy de letras- si tenemos diez huevos y los cambiamos de cesta ¿no seguirán siendo diez huevos? ¿podremos hacer por eso más tortillas?. Aunque, como soy de letras, igual me equivoco.

Así que hoy no hay aplauso. Me lo guardo para cuando cumplan en condiciones algo de lo que han prometido. Que ya es hora

Reyes 0.0: a ver así…


img_20161231_184829

De nuevo llega la noche de Reyes. Esa noche mágica para los niños y los no tan niños, que se aprovecha para pedir una lista de buenos deseos, de cosa materiales, o de lo típico, como la canción: salud, dinero y amor. Ahí es nada.

A los pobres Reyes Magos no les dedican demasiado protagonismo en el mundo del espectáculo, colonizado por la influencia anglosajona que hace competencia desleal con el Papá Noel que ellos llaman Santa Claus, y que dónde va a parar. Si es pura matemática: tres mejor que uno, como las ofertas del súper. Pero es lo que hay. Alguna película de animación, como Los Reyes Magos –título original donde las haya- o alguna otra como La noche de Reyes –más originalidad- y pare usted de contar. O alguna referencia en otras, como sucede en La vida de Brian, o en Jesús de Nazaret, que ví muchas veces en mi infancia de colegio de monjas, y de la que aún recuerdo a Fernando Rey haciendo de rey mago, imagino que porque me hizo gracia la coincidencia con el apellido. Estaba convencida que le habían elegido por eso, ya ves. Cosas de niñas.

Tal vez por eso, los Reyes se enfadan y no siempre nos traen todo lo que pedimos, que no somos conscientes del trabajazo que les damos. Pero yo no cejo, que la tenacidad ya me la trajeron de pequeña, y voy a insistir con la carta a los Reyes desde el escenario de Con Mi toga y Mis Tacones.

Como aún estoy esperando lo que le pedimos en otras ocasiones , se me ocurre que quizás confundimos a los pobres magos. Porque, claro, tanto pedirle possits, bolífrafos, grapadoras y folios cuando leen que ha llegado el Papel 0 , pudieron pensar que nuestras peticiones habían prescrito. O caducado, más correcto en Derecho. Así que hoy voy a aclarárselo.

Queridos Reyes Magos. Han de saber que lo del expediente digital y el papel 0 es a día de hoy una milonga y seguimos necesitando todos esos adminículos de papelería que llevamos pidiendo tanto tiempo. Por no hablar de impresoras, con su correspondiente tóner, ordenadores que no funciones a pedales y programas que funcionen de verdad, y no solo en lo que cuenta algún mandamás inspirado. Hágannos caso a quienes nos mojamos las rodillas y nos tenemos que remangar la toga.

Pero por si acaso no me creen, ahí van unas cuantas peticiones de las seguro tienen stock. De las de toda la vida.

Tráigannos paciencia para aguantar sin medios y sin plazas las avalanchas de papel –del de verdad-, y para soportar sin perder los nervios las promesas incumplidas cada vez que alguien va a contar a la prensa lo bien que va todo.

Tráigannos templanza para mantener el tipo, sin soltar la carcajada, cada vez que nos vemos ante alguna de esas anécdotas  que ya han protagonizado más de un estreno. Para mantener el gesto y la seriedad de las circunstancias si alguien monta en cólera porque cree que le llamaron “insolente” cuando se trataba de “insolvente” o si protestó enfervorizado porque él no era el “actor”, que se dedicaba a la fontanería. O cuando echan la bronca a su propia Letrada porque el juez la llamó “impertinente” cuando lo impertinente era su pregunta. Y tantas otras cosas.

Tráigannos un estómago forrado de amianto para asimilar la situación injusta de tantas víctimas, que a veces dan ganas de llevárselas a casa de pura impotencia. La vida a veces se empecina en hacerlo pasar tan mal a muchas personas…

Tráigannos unos nervios de acero para mantener la calma ante determinados delincuentes, cuyos hechos deleznables pueden llegar a hacer tambalearse los principios generales del derecho. Y, buena memoria, para recordar siempre que somos juristas, y que el estado de derecho está ahí para algo, aunque cosas como la violencia de género, la pornografía infantil o las violaciones nos revuelvan las entrañas.

Tráigannos cordura y sensatez para tomar las decisiones adecuadas para el justiciable, y una dosis extra de sabiduría para lograr hacérselo comprender.

Y tráigannos también unas retribuciones dignas, adecuadas y cobradas a tiempo, que reclamar una guardia o los emolumentos del turno de oficio no se convierta en una hazaña digna de Furia de Titanes.

Y, si aún les queda algo en las alforjas de sus camellos, no olviden dejarnos, para el caso de que todo lo demás no llegue, horas de más para que cada día alcance las 30 o 40, que a falta de pan buenas son tortas cuando no queda otra que suplir con esfuerzo la falta de medios.

Y, ya puestos, no se olviden de traernos una sonrisa, que eso siempre ayuda.

Así que hoy coloco mis tacones en la chimenea imaginaria de nuestro escenario, y pido un fuerte aplauso para esos Reyes Magos. A ver si recibiéndolo por anticipado tienen la energía suficiente para dejarnos todos esos regalos.

Feliz noche de Reyes.

 

#cuentosdeNavidad


dsc_0139-1

Hoy en Con Mi Toga Y Mis Tacones nos vestimos de Navidad para contar una pequeño cuento. Porque en Toguilandia también es Navidad…

Ahí va el nuestro, uno de tantos #cuentosdeNavidad
Un árbol sin estrella
Siempre había odiado los árboles de Navidad. Desde aquella noche lejana de su infancia en que el árbol dichoso se quedó sin encender. Ese día se acabó la Navidad para siempre. Sus padres fueron en busca de unos ardonos y nunca volvieron. Su madre le dijo que iban a buscar la estrella más brillante para coronar el árbol y, de pronto, le dijeron que las estrellas más brillantes ahora eran ellos. En lo alto del cielo, incapaces de venir a encender aquel maldito árbol que nunca jamás volvería a encenderse.
Su vida cambió por completo. Los abuelos se hicieron cargo, pero ya nada sería igual. Sus padres se esfumaron de su vida como el polvo de estrellas. Y nunca se habló más del tema ni se volvió a celebrar una maldita Navidad.
Pero el tiempo le puso en una encrucijada, que más tarde o más temprano había de llegar. Su hija sacudía sus coletas furiosa porque no ponían árbol de Navidad. Ella quería un abeto brillante lleno de espumillón y luces de colores, como sus compañeros de clase. Quería cantar villancicos y comer turrón como hacía todo el mundo. Y no se conformaba con los regalos que, para taparle la boca, venían haciéndole por estas fechas. Ya se habían acabado las excusas, y también se había acabado la vida de su bisabuela, que se marchó despacito en la mañana de la Nochebuena anterior, incapaz de soportar una vez y otra aquellas fechas que le horadaban el alma. Y su querido esposo no tardó en hacerle compañía, y apenas dos meses después su cuerpo abandonó este mundo, aunque su alma lo había hecho mucho antes.
La niña le explicó muy seria que ya tenía demasiadas estrellas en el cielo, y que ella quería tenerlas también en un árbol de Navidad. No hubo manera de convencerla, por más que recurrieran al chantaje emocional del recuerdo de quienes se habían ido, y al chantaje económico de un rutilante teléfono móvil de última generación. No quería nada. Solo quería celebrar la Navidad.
Y ahí estaba, en medio de un centro comercial, tratando de elegir un odioso árbol de Navidad, mientras su pareja intentaba compensar su mal humor con arrumacos a la niña. No quedaba otra solución. Consensuaron algo más discreto de lo que ella quería y a todas luces más llamativo de lo que hubiera querido, y se llevaron su nueva adquisición a casa.
Adornarlo fue una verdadera tortura, pero aguantó el tipo. Poco a poco, la cara iluminada de la niña iba despejando los nubarrones del alma. Casi sin darse cuenta, desfrunció el entrecejo con el que la había venido obsequiando, y al cabo del rato, ya faltaba poco para esbozar una sonrisa.
Pero fue un espejismo. De pronto, la cara de su madre volvió a aparecérsele, protestando porque se había empeñado en tener una bonita estrella, hasta que la convenció y marchó en su busca. Le cayeron las lágrimas otra vez más. Nunca se perdonaría aquel gesto caprichoso que acabó con la vida de sus padres para siempre. Nunca. Le dolía demasiado el recuerdo.
Mientras Angela leía en voz alta este cuento en su escuela, ganadora del primer premio de historias de Navidad de su ciudad, su padre permanecía en su butaca anegado en lágrimas. Su hija había sacado a la luz su propia historia, la historia de su vida. Le dió el abrazo más fuerte del mundo y fueron juntos a casa. Tenían algo por hacer.
Cuando llegaron, depositó junto al árbol incompleto una vieja caja de cartón, y se la entregó a Angela. Era su regalo de Navidad, un regalo que debió haberle hecho hacía mucho tiempo.
La niña lo abrió ceremoniosamente, consciente por alguna razón de la importancia de aquel regalo. En la caja, una vieja estrella de Navidad, algo oxidada y con las puntas maltrechas. La rescataron aquel aciago día de Nochebuena, entre el amasijo de hierros en que quedó convertido el coche de sus padres tras chocar con un conductor borracho que se dió a la fuga. Desde entonces languidecía en su caja esperando que alguien le diera el uso para el que fue hecha.
Angela cogió de la mano a su padre y, tras ponerle con un beso la estrella en su mano, le pidió que la usara para coronar su árbol incompleto. Y, tal vez fuera su imaginación, pero juraría que dos estrellas titilaron en el cielo.
Desde entonces nunca volvió a faltar en aquella casa la Navidad. Ni un árbol coronado por un estrella oxidada y de puntas maltrechas que ellos veían como la más hermosa del mundo.

Colaborar: entre el deber y el querer


img-20161226-wa0002

Ya hemos dedicado en otros estrenos de nuestro escenario un espacio a la solidaridad. Pero quizás sea siempre menos del que merece, más aún en los tiempos que corren. Nunca son suficientes las funciones benéficas, las aportaciones solidarias con trabajo o con dinero. Todo vale, y en estas fechas más que nunca, aunque debíeramos ser solidarios los 365 días del año. Pero no pidamos peras al olmo, y aprovechemos el momento. Y a ver si la Blanca Navidad nos hace recordar Que bello es vivir.

Y hoy la causa solidaria que traigo tiene mucho que ver con nuestro escenario, con sus personajes, y con esta humilde toguitaconada.

En otro de los estrenos hablé de Soledad Cazorla, la que fue la primera Fiscal de Sala de Violencia sobre la Mujer, y a la que seguimos echando de menos. Aunque, como todas las personas grandes, ni la muerte pudo con ella, ya que su espíritu sigue viviendo en el trabajo de todas las personas que tratamos de luchar cada día contra esta pandemia que es la Violencia de género. Y, no contenta con ello, como El Cid, sigue ganando batallas después de haber dejado este mundo. Y eso es lo que hoy vengo a contar.

La fundación Soledad Cazorla financia becas para los huérfanos y huérfanas de la violencia de género, esas criaturas que, además de con su dolor y su impotencia, tienen que seguir bregando con la vida y con las necesidades que conlleva. Que no son pocas, por cierto.

Desde la Fundación nos proponen un pequeño esfuerzo. Colaborar con la compra de un décimo de lotería para el sorteo de El Niño. Se trata de décimos amadrinados por personajes conocidos y por esta toguitaconada, que aunque nada tiene de cellebrity, a tenaz no le gana nadie. Y debe ser por eso.

Pero, con madrina o sin ella, se trata de colaborar para que esas criaturas no lo tengan todavía más difícil. Unas víctimas que no siempre son tan visibles como debieran y que no lo tienen nada fácil. Así que, aunque sea una gota en el oceáno, hoy me coloco mi toga y mis tacones para ponerme en modo pedigüeño. Y, por supuesto, os pido que colaboréis, si os es posible, comprando un décimo. O medio, o un cuarto, que también se puede buscar alguien con quien compartirlo, que ya nos decían en el cole eso de “compartir es vivir”. Y, si habéis tenido la suerte de pillar un pellizquito en la lotería de Navidad, esas devoluciones que no llevan muy lejos, pues es una buena idea para reivertir. Como sugirió rápidamente una querida amiga respecto de una lotería que compartimos.

La verdad es que podría deciros que compréis el número que amadrino, en un ejercicio de umbralismo de los que hago de vez en cuando. Pero no lo haré. Dadle al número que más os guste o al que más manía le tengais, al que coincida con el día del cumpleaños, de la boda o del pregón de vuestro pueblo. Pero colaborad, que no cuesta tanto y vale mucho.

Eso sí, sé que hago trampa. Porque tiene su aquel que diga que le deis a cualquier número y os plante en las narices una preciosa ilustración de @madebycarol, que siempre está presta a poner sus lápices y su talento a  mis locuras, y más aún cuando su causa es un motivo tan hermoso como éste. Si no me hacéis caso a mí, pués hacédselo a la preciosa muñequita que ella ha pintado ex profeso. Y, tal vez sea trampa, pero a veces el fin justifica los medios. Así que, venga, a rascarse el bolsillo.

Por todo esto, evidentemente, el aplauso no podía dedicárselo a otra persona que no fuera Soledad, que continúa luchando desde donde quiera que esté, y a quienes en su nombre se encargan de que su memoria permanezca viva. Pero añadiré un aplauso extra. El que desde Con Mi Toga y Mis tacones dedicamos a quien se anime a colaborar con esta noble causa. Y esta vez espero no dejar de aplaudir hasta que me sangren las palmas de las manos. E incluso después.

Adjunto el enlace para adquirir esta lotería solidaria. Mil gracias

http://www.playloterias.com/Web_2_0/la-loteria-de-la-madrina

Villancicos: zambombas togadas


img_20161223_164719

Otro año más llega la Navidad. El calendario sigue su curso inexorable y ya nos hemos plantado otra vez con los turrones, las comilonas, el cava y el maratón de regalos. Y es que la Navidad es lo que tiene, nos guste o no nos guste, todos caemos en sus fauces revestidas de espumillón con la banda sonora de los villancicos de fondo.

Por supuesto, en el mundo del espectáculo la Navidad es un verdadero filón. Almibaradas películas que hablan del espíritu de la Navidad, como la saga de Vuelve Papa Noel, o encantadoras e imprescindibles cintas como Love Actually o Que bello es vivir, pasando por la Gran Familia, con Chencho perdido en el mercado navideño. Y también comedias, más o menos ácidas o agriduclces, como Cuento de Navidad en sus múltiples versiones o El Grinch, en otras tantas. Pero hoy me voy a quedar con mi preferida para representar la Navidad, el Cascanueces, otra imprescindible, más aun para quien todavía añora sus tutús y sus puntas.

Pero no solo de música clásica vive el hombre, y los villancicos, machaca que machaca, son la verdadera banda sonora de la Navidad. Cada vez por cierto más anglosajonizados, que ya pocos se acuerdan del anuncio de la abuela dando la matraca con la botella de anís del Mono. Y tenía su aquel.

Por eso, como en Toguilandia no nos privamos de nada, desde Con Mi Toga y mis Tacones también queremos confeccionar nuestro propio mix de villancicos. Así que a agarrar la zambomba y la pandereta.

Pocas cosas nos identifican más que eso de “Hacia Belén va una burra”, si uno piensa en cómo se trasladan nuestros expedientes. Es cierto que ya no van en burra, pero sí en esos ingenios de la técnica moderna que son los carritos de súper, las sillas giratorias convertidas en transportines o los carritos-camarera. Pero claro, no podíamos esperar otra cosa de un procedimiento que se rige, eso sí, por normas de la época en que, efectivamente se iba en burra.

¿Y qué vamos a decir de “Noche de Paz”? ¿Acaso no es el leit motiv de todas las jornadas en que tenemos guardia?. Nada más deseado que una noche de paz total, en que nadie venga a visitar el juzgado porque no haga falta, y ni una sola llamada perturbe nuestros sueños –o mejor, nuestro duermevela-

Lo de «Navidad, Navidad, dulce navidad» ya es otra historia. Porque mucha cena fraternal, mucha comida y mucho espíritu navideño, pero todo el mundo parece desear que toque ese décimo que compartimos para no volver jamás. De hecho, una buena amiga nos había citado en Tonga si tal cosa pasaba. Y eso de que «un trineo deje oír la voz del cascabel» también tiene su cosa, que muchas voces se oyen por estos lares, pero poco tienen de dulces ni de cascabeleras. A ver qué dice una cuando el ordenador se cuelga, por ejemplo. Que da tiempo a zamparse un kilo de polvorones hasta que se vuelva a conectar.

Aunque lo de «Campana sobre campana» sí tiene algo de real. Seguro que cualquiera ha sufrido esas interrupciones tan oportunas en mitad de la guardia, de una declaración o de una vista, consistentes en el sonido de un móvil con el más variado motivo. Que sí, puede ser navideño, pero también el “Dame veneno que quiero morir” con el que me amenizaron un juicio por asesinato, o cualquier ritmo de reggaeton, salsa o lo que quiera que le guste al usuario. Por no hablar de ésos que tienen de tono de llamada un “Que te estan llamaaaaaaando” y hasta un “Cuñaoooooo, coge el móvil”. Poesía pura, vaya. Por más que en la mayoría de los juzgados haya un cartelito que diga que desconecten el móvil, tan invisible como la modernización de la justicia, al parecer.

Y hablando de ello, ¿Qué es lo que decimos cuando alguien nos habla de la digitalización de la justicia y el advenimiento de los medios necesarios? Pues que espere, que la están peinando. Justamente como la Virgen, entre cortina y cortina, mientras beben «los peces en el río»

Pero que nadie se alarme. Aunque panderetas y chinchines nos torpedeen la meninge, siempre nos queda eso de “ya vienen los Reyes”, y podemos pedirle estanterías, pósits, grapas, bolis y hasta un sistema informático que funcione y muchas plazas de jueces, fiscales, lajs y funcionarios. Por pedir que no quede, ya cargarán ellos con la responsabilidad. Y siempre tienen a la vieja con el aguinaldo para que les eche una mano, aunque no sé yo si estará para mucho después de darle con la cucharilla a la botella de anís del Mono.

Así que voy a ver si busco al Tamborilero y le digo que me acompañe por el camino que lleva a toguilandia. Y si se quiere apuntar algún pastorcillo o pastorcilla, pues bienevenidos sean. Y esta vez, en vez de aplauso, un redoble de tambores para quienes siguen trabajando porque la Justicia funciones pese a todo. Feliz Navidad

 

Intendencia: brillar por su no ausencia


fantasia3

Hemos dedicado muchos estrenos a casi todos los personajes del teatro. Principales y secundarios, visibles e invisibles, tangibles o intangibles, han ido desfilando con cada subida y bajada del telón. Pero en este escenario quedaba todavía una deuda. La del personal de intendencia y mantenimiento. Quienes limpian cada día o arreglan los desperfectos cuando surge la ocasión. Quienes cuidan que el teatro no se caiga a pedazos y conserve el lustre que merece.

Tanto las empleadas domésticas –porque casi siempre son mujeres- como los encargados de mantenimiento –porque casi siempre son hombres- han dado mucho juego al mundo del espectáculo. Desde Arriba y Abajo hasta Criadas y Señoras, pasando por la typical spanish Las que tienen que servir, con ese grito de “el señoriiito” saliendo de la voz atiplada de Gracita Morales que ha pasado a la historia. O, entrando en el universo masculino, el mayordomo de Lo que queda del día, el chófer que andaba Paseando a Miss Daisy o los chapuzas por excelencia, Pepe Gotera y Otilio y los protagonistas de Manos a la obra. Sin olvidar a las deliciosas escobas bailarinas de Fantasía, por supuesto.

En nuestro teatro, también existen las empleadas de limpieza y los encargados de mantenimiento. Y remarco el artículo femenino y masculino porque solo una excepción he visto en estos más de veinte años de toga y tacones. Y también remarco el hecho de que existan porque a veces parecen más transparentes que El hombre invisible. Sin darnos cuenta, a veces pasamos por el lado de las limpiadoras sin siquiera verlas, como si la bata de limpieza, y el carrito con el cubo y la fregona obraran el prodigio de hacerlas invisibles. Y son tan importantes como el que más.

Por lo que atañe a las empleadas de limpieza confieso que me gusta cruzarme con una de ellas en especial, que siempre tiene una sonrisa y un comentario amable. Sea la hora que sea y lleve el tiempo que lleve fregando los suelos que otros pisamos. Pero hay otras cosas que he aprendido a apreciar, como el tuneo de carritos. Alguna de las que frecuentan la Ciudad de la Justicia tiene más pongos que mi propia mesa de ordenador. Y más cuquis, aunque me cueste reconocerlo. Y, aunque es cierto que muchas veces no coincidimos en nuestro horario laboral, cuesta muy poco intercambiar una palabra amable y una sonrisa. Un ejercicio altamente recomendable, con ellas y con cualquiera. Que hay cada sieso por ahí que no mueve las comisuras de la boca ni con pinzas. Ellos se lo pierden.

En cuanto a los empleados de mantenimiento, esos que igual ponen un cuadro que un arreglan un enchufe, resultan más visibles. Particularmente porque los llamamos cuando los necesitamos con urgencia. Aunque a veces también paguen el mal humor por una tardanza que no es a ellos achacable, sino a la escasez de medios. La eterna canción. Todavía recuerdo la cara que le pusimos a uno que venía a ofrecernos el cuadro del nuevo rey, recién abdicado el anterior. Es cierto que él no tenía culpa alguna, pero que trajeran de inmediato el retrato cuando había una par de ventanas que llevaban un año sujetas con cinta aislante, desató el mal humor de más de uno y de una. Justificado, pero equivocado de destinatario. Y el pobre puso los pies en polvorosa lo más rápido que pudo. Por si las moscas.

Pero si hay una anécdota de estos personajes de nuestro teatro que recuerdo especialmente, es una que tuvo lugar en un partido judicial de mi primer destino. Días antes, había tenido lugar una visita del entonces Director General de Justicia, recién nombrado, en la que ofreció a los jueces y juezas del partido todo tipo de colaboración, proporcionándoles su número personal para que le telefonearan ante cualquier necesidad. Craso error. No había pasado ni una semana cuando las lluvias furiosas con que nos obsequia la climatología de mi Comunidad causaron tremendas inundaciones en la sede judicial, con el consiguiente peligro de pérdida de expedientes por naufragio, así que una juez, ni corta ni perezosa, telefoneó al número que les había dado el Director General, que prometió enviar un “equipo de salvamento”. Apenas media hora hacía que esperábamos, en medio de nuestra particular Aventura del Poseidón toguitaconada,  cuando apareció el equipo prometido. Y resultó no ser otra cosa que la misma empleada de limpieza que venía todos los días, eso sí, con un turbante recogiéndose el pelo, los pantalones remangados, un cubo algo más grande que el habitual y un par de toallas. Cuando nos dijo que ella era el “equipo de salvamento” que mandaba la Consejería, no supimos si reir o llorar. Aunque tampoco tuvimos demasiado tiempo para decidirlo, afanados entre achicar agua y colocar los expedientes en los estantes más altos para que se salvaran de la inundación.

Y es que, si algo permanece in illo tempore en nuestra Justicia no son leyes ni Códigos, sino la carencia de medios.

Así que hoy el aplauso va dedicado a quienes, sin tener un minuto de protagonismo en el escenario, se dedican entre bambalinas a que esté siempre todo lo limpio y arreglado que los medios permiten. Con sonrisa incluida.

 

Parentesco: lazos de sangre


draw-a-family-tree-step-10-version-2

El parentesco y la familia son una de las constantes de toda sociedad que se precie. Y de todos los submundos incluidos en ella, entre ellos, por supuesto, el del espectáculo. Tanto en la vida de ficción como en la real, las sagas familiares son habituales, y los apellidos se repiten en las carteleras. Pensemos en El Padrino, o en todas las series de sagas familiares que poblaron nuestras teles en una época, como Dinastía, Dallas, Los Colby, Falcon Crest o los más lejanos Bonanza. Y en el parentesco por matrimonio, que ha dado lugar a verdaderos dramas como Durmiendo con su enemigo o La Guerra de los Rose, rupturas convertidas en tragedias. O ese filón que trae consigo la violencia de género, como la escalofriante Te doy mis ojos.

Padres e hijos, maridos y mujeres, hermanos y hermanas. Y también en la vida personal. Sagas de actores como la del ya centenario Kirk Douglas y sus herederos, Martin Sheen y los suyos, hermanos –enemistados algunos- como Shirley McLaine y Warren Beatty o Joan Fontaine y Olivia de Havilland. O, si se prefiere algo mucho más cañí, nuestros Chunguitos, Azúcar Moreno y demás parentela. Y parejas, muchas parejas de actores, con hijos e hijas actores y hasta nietos actores. Que siga el espectáculo.

Y, como siempre, nuestro mundo no se sustrae a la influencia del parentesco. De hecho y de derecho. Real o jurídico.

La familia y el parentesco son tan importantes que dan lugar a una parte propia del Derecho Civil, con sus propios juzgados y todo. Y no solo eso. El parentesco, con su cómputo de grados, es otra parte importante, sobre todo a la hora de aplicar el derecho de sucesiones, con esas herencias que no dan tanto en juego como en las sagas televisivas, pero entre las que de vez en cuando, se podrían entresacar auténticos culebrones. No hace mucho me enseñaba un juez una reliquia que tuvo que rescatar de los archivos y desempolvar. Un testamento de más de un siglo de antigüedad, en el que se reconocía un hijo. Y, la verdad, aparte de la caligrafía de monje amanuense y las copias artesanales, tampoco la redacción y, sobre todo, la confección del expediente, se iba demasiado de algunas cosas que vemos hoy en día. Para hacérselo mirar.

Pero como no solo de derecho civil vive el jurista, también el derecho penal le da un gran protagonismo al parentesco. Desde la circunstancia mixta que lleva ese nombre, y que puede atenuar o agravar la pena –aunque confieso que nunca vi atenuarla- hasta la excusa absolutoria de determinados parientes en delitos patrimoniales. Y, aunque hoy ya no sé usen, términos como parricidio o uxoricidio conferían cierto caché a delitos tan terribles como el asesinato de un pariente directo o del cónyuge. Sin olvidar ese vestigio de otros tiempos que es la dispensa a declarar de determinados parientes, que tantas retiradas de denuncia supone en materia de violencia de género, con fatales resultados en más de un caso.

Y, como no nos privamos de nada, también la vida real de quienes vestimos toga viene determinada en muchos casos por el parentesco. Recuerdo que, cuando daba mis primeros pasos toguitaconados, un compañero me pidió que diera mis datos para una estadística de matrimonios mixtos que estaba elaborando el Consejo General del Poder Judicial. Pasmada me quedé, pensando qué sería aquello hasta que comprobé que eran los matrimonio de juez y fiscal, bastante frecuentes por estos lares –por experiencia lo digo-, al igual que de jueces o fiscales entre ellos, o con LAjs. La explicación es fácil, pese a que muchos piensen que somos endogámicos. Y es que, tras varios años encerrados de cara a los Códigos sin ver más que al preparador o los y las compañeros de fatigas opositoras, es más fácil acabar con alguien de este mundillo que de otros. Que los encuentros casuales y románticos en gasolineras o supermercados son muy peliculeros pero poco reales. Nosotros difícilmente vivimos eso de Un día Inolvidable. Los días de opositor eran más bien olvidables, aunque la mayoría no los hayamos olvidado.

Otro tanto ocurre entre abogados y abogadas, y entre todos los seres que poblamos Toguilandia. La facultad y el trabajo es lo que tienen.

Pero, cuidado. No se debe mezclar el trabajo y lo que no lo es, que más de uno ha acabado en agrias disputas con su pareja por su distinta posición en un asunto o por defender a los de su gremio. Más vale separar ocio y negocio, y quitarse la toga del cuerpo y de la mente antes de cruzar el umbral de casa.

Y, por supuesto, también están las sagas familiares. Y los retoños siguen la tradición familiar y se suceden apellidos entre togas y puñetas. Nada raro, que ya dice el refrán que de lo que se come se cría. Debe ser por eso que todavía hay quien me pregunta con extrañeza por qué mis hijas no se quieren dedicar al derecho, como si tuvieran el camino marcado por sus puñeteros papás. Pero en mi caso no habrá saga. Y no pasa nada.

Y, por si alguien se lo pregunta, sí. También hay sagas familiares al otro lado del banquillo, entre los que suelen acceder a los juzgados con las manos esposadas. Ojala esas sagas sí que se rompieran para siempre

Así que hoy el aplauso es para todos aquellos que viven su apellido con normalidad, a uno y otro lado de la toga. Porque, a veces, es más difícil de lo que se piensa.

Efectos especiales: reinventando


dsc_0040

Los efectos especiales siempre han sido parte esencial de cualquier obra. Cada día más avanzados, en algunos casos son tan espectaculares que llegan a comerse al guión de la película, sobre todo cuando de ciencia ficción o grandes catástrofes se trata. Desde los ya lejanos Aeropuerto 77 y sucesivos hasta toda la saga de Star Trek o La Guerra de las Galaxias, nada serían si fallasen esos efectos especiales. Hoy, los ordenadores han suplido -o complementado- al ingenio necesario, pero en su momento tenía su gracia usar dos cocos para emular el cabalgar de un caballo, o fingir el ruido de la lluvia con cualquier otro artificio, como nos contaban en películas como Cantando bajo la lluvia o Días de radio.

También nuestro teatro tiene sus peculiares efectos especiales, o, al menos el ingenio necesario para hacer que las cosas funcionen o fingir que todo va bien. Faltaría saber si nos encontramos más cerca de los tiempos del cine mudo, donde un pianista en la propia sala de proyecciones iba dando las notas necesarias en cada momento para crear el ambiente propicio, o si, por el contrario, estamos en pleno siglo XXI, donde los más avanzados ingenios tecnológicos nos transportan a cualquier ambiente real o imaginario con todo realismo en un nanosegundo.

La respuesta me temo que es obvia. Lo nuestro es más tipo McGyver, que con chicle, una horquilla y una goma del pelo arreglaba una nave espacial capaz de viajar a Saturno. Y, a veces, hasta tenemos problemas para encontrar el chicle, la horquilla y la goma de pelo.

Seguro que más de uno y de una vive esa situación entre el cine musical y el de terror que consiste en que la impresora se quede sin tóner. Además de la llamada consabida y la santa paciencia para esperarla, urgen soluciones inmediatas, entre las cuales la más popular consiste en extraer el tóner y agitarlo como si de una marca se tratara y fuéramos Antonio Machín cantando Dos Gardenias. Y listo. Al menos, un par de días de impresiones aceptables y otros cuantos necesitados de muy buena vista o gafas de aumento porque la tinta va desdibujándose y nos quedan los escritos como los pergaminos de El Nombre de la rosa.

Otro de los adminículos absolutamente necesarios en todo juzgado que se precie es el papel de celo o la cinta aislante. Con ella se puede desde arreglar un cable que no hace buen contacto -como el de la foto, obra de un compañero caritativo que acudió en mi auxilio- hasta atrancar una puerta para impedir que pase todo el mundo o lograr que no se cierre cuando se entra con el carrito de expedientes.

Y por supuesto, los carritos, todo un clásico. Desde el ya tradicional del súper al que ya dedicamos un estreno hasta todas las variedades imaginables de pseudo carritos, como una camarera de las de llevar la comida, o la silla-carrito, un sillón de despacho que se utiliza para transportar losexpedientes de uno a otro lado. Cosas del papel 0, ya se sabe.

Pero donde más he visto derrochar imaginación y auténtico bicolaje judicial es la confección de estanterias. A falta de las de verdad, desbordadas por la cantidad de causas acumuladas, hay quien se las ha ingeniado para, a base de carpetas de cartón y mucha cinta aislante, confeccionar verdaderas obras de ingeniería donde depositar y archivar los expedientes, algunos primorosamente ordenados. Pasen y vean.

Y hay más. Paraguas puestos del revés en el techo para impedir que las entradas y salidas de aire acaben llevando a alguien al hospital es otro de los escenarios habituales de nuestro día a día.

Y que nadie se crea que no tenemos recursos. No hace mucho, la repentina inundación del despacho del fiscal de guardia donde yo estaba fue rápidamente solucionada con un dique formado por cajas vacías y copias inservibles para contener el agua. Y válgame que hubo un par de funcionarios atentos y dispuestos, porque si no me hubiera visto obligada a tender las causas como hacía mi madre cuando metíamos por error un billete en la lavadora o se mojaban los deberes del cole.

Y luego están los clásicos: el posit y el típex, verdaderas joyas de las todavía, en plena era digital -según afirmar algunos- tenemos que echar mano para remediar entuertos.

Pero así seguimos. Con unos verdaderos efectos especiales, que no consisten en otra cosa que en dar apariencia  a las cosas de algo distinto de lo que son. Y eso hacemos, fingir modernidad con unos medios que distan mucho de serlo.

Así que hoy el aplauso es para quienes suplen con ingenio y ganas la falta de medios.  Ojala llegue el día en que puedan dar descanso a su incansable mente.

dsc_0030

 

Cuñadismo on Line: la saga continúa


barrio-sesamo-ordenador
No hace mucho dedicábamos un estreno al cuñadismo, ése que todo lo sabe. La famosa maestra Piñones, que de nada sabe y da lecciones. Y hete tú aquí que entre los comentarios encontré un denominador común, algo así como El hombre Invisible. El cuñadismo on line, que sale directamente del teclado pasa asentarse en la obstinación de quienes pretenden sentar cátedra sobre algo por la sola razón de haberlo leído en Internet. Rápido, fácil e indoloro. O no. Atrás quedaron los tiempos en que las enciclopedias las hacían sesudos señores, como los que acompañaban a Gary Cooper en Bola de fuego o a Danny Kaye en su remake, Nace una canción. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, como decían en La Verbena de la Paloma, y ya han quedado desfasados los alardes tecnológicos de una agobiada Sandra Bullock atrapada en La Red, o los festivos correos electrónicos de Tienes un email o El diario de Bridget Jones. Así que, se hable de lo que se hable, siempre hay algún enteradillo que cree saber más.
Como no podía ser de otro modo, en nuestro teatro reina ese tipo de cuñadismo. Tanto es así que, junto al cuñadismo  de primer grado y de segundo grado del que hablamos en su día, hay otro de tercer grado, como el parentesco, el cuñadismo on line. Ese que bebe directamente de las fuentes de Internet sin pararse siquiera a contrastar de dónde sale esa información. Y que, para colmo, la reinterpreta a su modo, arrimando generalmente el ascua a su sardina. Faltaría más.
La mayor parte de víctimas de esta especie, cuando de nuestro teatro hablamos, se encentran en los abogados y abogadas, que se ven obligados a sufrir en silencio –si no estallan, claro- toda clase de consejos, admoniciones y recetas varias para hacer su trabajo de parte de clientes que creen saber más que nadie. Y, aunque esto no sea un comercio y no sea aplicable al cien por cien lo de “el cliente siempre tiene razón”, no se les puede mandar al sitio donde les gustaría en ocasiones. Y hay que tragar árnica. Me contaba una abogada amiga el otro día que uno de sus clientes, no contento con decirle lo que debía hacer, llegó a sugerirle que él haría el escrito y ella no tendría más que firmarlo. Un chollo, vaya. Ni que decir tiene lo que ella le contestó acerca de su sugerencia.
Y es que los hay que saben de todo. Desde leyes extranjeras que, por alguna razón, ha tenido a bien ponerle ante sus narices San Google, y que deciden que son aplicables sin pararse a pensar en esos pequeños detalles de competencia y ámbito de aplicación de las leyes que nos enseñaron en ese extraño lugar llamado Facultad de Derecho. ¿Para qué  molestarse? Y hasta se ofenden si se explica que eso aquí no cabe. Y ojo, que es curioso. Todo el mundo entiende que aquí al ladrón no se le corta la mano porque ese no es –por suerte- nuestro entorno jurídico, pero se les nubla la vista cuando quieren que se aplique una resolución de Wisconsin que obliga a indemnizar en una cantidad millonaria porque el airbag del coche no funcionaba o porque las películas de cowboys nos ensañaban a fumar el más puro sabor americano. En alguna ocasión recuerdo haber oído que querían pedir que su asunto fuera visto por un jurado porque así lo elegían en las películas, o que se pactara con el fiscal general del estado para cambiar la acusación por la de homicidio en tercer grado por la misma razón. Y tan frescos.
Incluso hay quien se atreve a traer un modelo de contrato sacado de un formulario de vaya usted a saber dónde y que se rellene a su gusto. Ni más ni menos que les hacen a los médicos, eternos sufridores de esta plaga de cuñados on line, a los que les dicen qué medicamentos les han de recetar.
Pero si alguien cree que en el mundo de las puñetas andamos escasos de cuñadismo on line, se equivoca de medio a medio. Porque, si bien es cierto que cara a cara es más complicado, hay otros medios. Uno especialmente frecuente son las “cartas al novio” que nos llegan de prisión de los propios internos. En ellas no solo nos cuentan su vida, o una versión reinterpretada de la misma, sino que nos dan cumplida noticia de toda la jurisprudencia habida y por haber en materia de refundiciones de condena y cómputo de días a efectos de liquidación. Y que, como no escapará al avezado lector, siempre les favorece. Con lo que cuesta refundir condenas y a ellos les salen las cuentas como churros.
Siempre me acordaré de un escrito de un interno que solicitaba un habeas corpus porque se habían vulnerado sus derechos ya que el médico forense le había visitado con gafas de sol puestas. Acompañaba a su escrito, primorosamente manuscrito, una referencia a resoluciones totalmente desconocidas que jamás encontré, pero que merecían ser guardadas por lo pintorescas. Y a otro que, día sí y día también, freía a escritos a juez, fiscal, laj y quien se pusiera por delante para explicar que no podía cumplir su condena de muchos años de prisión por homicidio porque tenía todos los síntomas de la claustrofobia que había leído en Internet y no podía estar encerrado. Tal cual lo cuento.
Así que antes esas cosas una se plantea el tiempo que ha perdido para conseguir, encaramada en los tacones, vestir la toga. Con lo fácil que resulta echar mano de teclado y wi-fi. Pero es lo que tiene. Que afortunadamente, los títulos no se expiden con la facilidad que se buscan supuestas soluciones.
Por eso el aplauso va hoy para la santa paciencia de la que hay que echar mano para atender a esos cuñados sin perder las formas. Que, a veces, tiene casi el mismo mérito que estudiar la carrera.