Parentesco: lazos de sangre


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El parentesco y la familia son una de las constantes de toda sociedad que se precie. Y de todos los submundos incluidos en ella, entre ellos, por supuesto, el del espectáculo. Tanto en la vida de ficción como en la real, las sagas familiares son habituales, y los apellidos se repiten en las carteleras. Pensemos en El Padrino, o en todas las series de sagas familiares que poblaron nuestras teles en una época, como Dinastía, Dallas, Los Colby, Falcon Crest o los más lejanos Bonanza. Y en el parentesco por matrimonio, que ha dado lugar a verdaderos dramas como Durmiendo con su enemigo o La Guerra de los Rose, rupturas convertidas en tragedias. O ese filón que trae consigo la violencia de género, como la escalofriante Te doy mis ojos.

Padres e hijos, maridos y mujeres, hermanos y hermanas. Y también en la vida personal. Sagas de actores como la del ya centenario Kirk Douglas y sus herederos, Martin Sheen y los suyos, hermanos –enemistados algunos- como Shirley McLaine y Warren Beatty o Joan Fontaine y Olivia de Havilland. O, si se prefiere algo mucho más cañí, nuestros Chunguitos, Azúcar Moreno y demás parentela. Y parejas, muchas parejas de actores, con hijos e hijas actores y hasta nietos actores. Que siga el espectáculo.

Y, como siempre, nuestro mundo no se sustrae a la influencia del parentesco. De hecho y de derecho. Real o jurídico.

La familia y el parentesco son tan importantes que dan lugar a una parte propia del Derecho Civil, con sus propios juzgados y todo. Y no solo eso. El parentesco, con su cómputo de grados, es otra parte importante, sobre todo a la hora de aplicar el derecho de sucesiones, con esas herencias que no dan tanto en juego como en las sagas televisivas, pero entre las que de vez en cuando, se podrían entresacar auténticos culebrones. No hace mucho me enseñaba un juez una reliquia que tuvo que rescatar de los archivos y desempolvar. Un testamento de más de un siglo de antigüedad, en el que se reconocía un hijo. Y, la verdad, aparte de la caligrafía de monje amanuense y las copias artesanales, tampoco la redacción y, sobre todo, la confección del expediente, se iba demasiado de algunas cosas que vemos hoy en día. Para hacérselo mirar.

Pero como no solo de derecho civil vive el jurista, también el derecho penal le da un gran protagonismo al parentesco. Desde la circunstancia mixta que lleva ese nombre, y que puede atenuar o agravar la pena –aunque confieso que nunca vi atenuarla- hasta la excusa absolutoria de determinados parientes en delitos patrimoniales. Y, aunque hoy ya no sé usen, términos como parricidio o uxoricidio conferían cierto caché a delitos tan terribles como el asesinato de un pariente directo o del cónyuge. Sin olvidar ese vestigio de otros tiempos que es la dispensa a declarar de determinados parientes, que tantas retiradas de denuncia supone en materia de violencia de género, con fatales resultados en más de un caso.

Y, como no nos privamos de nada, también la vida real de quienes vestimos toga viene determinada en muchos casos por el parentesco. Recuerdo que, cuando daba mis primeros pasos toguitaconados, un compañero me pidió que diera mis datos para una estadística de matrimonios mixtos que estaba elaborando el Consejo General del Poder Judicial. Pasmada me quedé, pensando qué sería aquello hasta que comprobé que eran los matrimonio de juez y fiscal, bastante frecuentes por estos lares –por experiencia lo digo-, al igual que de jueces o fiscales entre ellos, o con LAjs. La explicación es fácil, pese a que muchos piensen que somos endogámicos. Y es que, tras varios años encerrados de cara a los Códigos sin ver más que al preparador o los y las compañeros de fatigas opositoras, es más fácil acabar con alguien de este mundillo que de otros. Que los encuentros casuales y románticos en gasolineras o supermercados son muy peliculeros pero poco reales. Nosotros difícilmente vivimos eso de Un día Inolvidable. Los días de opositor eran más bien olvidables, aunque la mayoría no los hayamos olvidado.

Otro tanto ocurre entre abogados y abogadas, y entre todos los seres que poblamos Toguilandia. La facultad y el trabajo es lo que tienen.

Pero, cuidado. No se debe mezclar el trabajo y lo que no lo es, que más de uno ha acabado en agrias disputas con su pareja por su distinta posición en un asunto o por defender a los de su gremio. Más vale separar ocio y negocio, y quitarse la toga del cuerpo y de la mente antes de cruzar el umbral de casa.

Y, por supuesto, también están las sagas familiares. Y los retoños siguen la tradición familiar y se suceden apellidos entre togas y puñetas. Nada raro, que ya dice el refrán que de lo que se come se cría. Debe ser por eso que todavía hay quien me pregunta con extrañeza por qué mis hijas no se quieren dedicar al derecho, como si tuvieran el camino marcado por sus puñeteros papás. Pero en mi caso no habrá saga. Y no pasa nada.

Y, por si alguien se lo pregunta, sí. También hay sagas familiares al otro lado del banquillo, entre los que suelen acceder a los juzgados con las manos esposadas. Ojala esas sagas sí que se rompieran para siempre

Así que hoy el aplauso es para todos aquellos que viven su apellido con normalidad, a uno y otro lado de la toga. Porque, a veces, es más difícil de lo que se piensa.

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