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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Comodines: estoy reunida


                Hay cartas en la baraja que sirven para sustituir a cualquier otra. Por extensión, pasa lo mismo en otros juegos, y al final en cualquier circunstancia de la vida. El comodín, o el Jocker, título de una afamada película, no solo es una especie de payaso, sino un salvoconducto para salir airosa de situaciones comprometidas. Sean las que sean.

                En nuestro teatro también tenemos nuestros propios comodines. Tanto para situaciones relacionadas con el trabajo, como para otras. Podríamos decir ue son excusas, a las que ya dedicamos un estreno , pero son mucho más que eso. Y, a veces, absolutamente imprescindibles.

                ¿Quién no ha dicho alguna vez que si pregunta determinada persona no está, o está reunida, o en cualquier otro sitio porque no quiere atender a determinadas personas? Que levante la mano. Como esa situación por la que todo el mundo ha pasado alguna vez en la que, tras decir a su hija que si llama alguien diga que no está, se encuentra con que la niña mete la pata diciendo, con toda su inocencia “mi mamá me ha dicho que le diga que no está”. Seguro que nos suena.

                Cuando de trabajo se trata, hay una de esas frases comodín tan usada, que a veces resulta difícil de creer, aunque sea verdad. Se trata de decir eso de “está reunida”. Incluso hay quien la tiene puesta en su perfil de whatsapp, por si alguna llamada inoportuna. Y sí, en muchas ocasiones estamos reunidas, pero al final, de tanto usarla, resulta poco creíble, Como el famoso cuento del lobo.

                No obstante, hay variantes. La reina de las variantes toguitaconadas es la de “esta en juicio” o, todavía mejor “está en sala”. Y conste que, en el caso de los ficales, es verdad la mayoría de veces, que nuestras togas viajan más que el baúl de la Piquer. Pero también me consta que mucha gente no lo cree. Y es que alguna vez confieso que no es verdad. Pero guardadme el secreto.

                Otra variante consiste en decir que tenemos algún servicio, aunque no siempre se entiende bien. Recuerdo que en una ocasión una funcionaria dijo que yo no estaba en el despacho porque estaba en un servicio. Cuando llegué del servicio en cuestión, me encontré a la persona que quería hablar conmigo esperando más de una hora, según me dijeron. Cuál no seria mi sorpresa cuando me explicó que me había esperado porque le dijeron “que estaba en el servicio”. No quiero ni pensar lo que pasaría por la mente de que la persona, si creyó que pase más de una hora en el baño. Cosas que pasan.

                Otra confusión que ocurre muchas veces es la que tenía lugar cuando era opositora. Mi madre, bien para que no me molestaran mientras estudiaba, bien porque era verdad, decía muchas veces que estaba cantando, o que no podía ponerme porque ese día tenía que cantar. Y claro, la gente que no conoce este mundo estaba convencida de que me había apuntado a un coro o me dedicaba a la ópera. Incluso hubo quine dijo por lo bajini que era una pena que me hubiera dejado la oposición por algo tan inseguro como la música. Mas cosas que pasan.

                También hay un comodín del que echamos mano más de una vez. Se trata de que, ante una visita o una conversación que suponemos pesada o más larga de lo que quisiéramos. Inventemos un código para que alguien nos saque de ese trance. En mi caso, le hago un gesto a una funcionaria que conoce el paño, y sabe que, pasado determinado lapso de tiempo, debe entrar en mi despacho y decirme que me llaman de la sala, o de la guardia, para que la visita se dé por aludida y se marche. Aunque también esto tiene sus riesgos. Una vez la funcionaria me dijo que me llamaban de la guardia y, como veía que no le hacía caso me lo repitió hasta cuatro veces. Yo no le hacía caso, pensando que era la señal acordada, y que, como la conversación me interesaba, no hacía falta concluirla. Al final, me tuvo que decir que me llamaban de la guardia “pero de verdad”. Y así era. Y es que fui yo quien caí en mi propia trampa, y pensé que era una excusa y no una realidad. Y, claro, se destapó el pastel

                Y hasta aquí, estas pequeñas reflexiones sobre la manera de esquivar una conversación incómoda. El aplauso es hoy para todas esas personas que nos sirven de cómplices para conseguirlo. Mil gracias

Teatro: que comience el espectáculo


Hoy, en lugar de un post, y como homenaje al teatro, os hago llegar el poema con el que gané el premio al mejor poema inédito de Junta Central Fallera. Incluyo la versión original en valenciano, y su traducción al castellano.

Y quiero agradecer a quine lo declamó, Celia Sanchis Salcedo, por transmitir mis palabras de una forma tan hermosa, y a mi falla Cádiz Denia por confiar en mí

(Poema original SUSANA GISBERT GRIFO Falla Cadis-Denia-Germanies-Sueca)

Guanyador del premi de Junta Central Fallera al millor poema inèdit categoría senior

TÍTOL: Que comence l’espectacle

AUTORA: Susana Gisbert i Grifo

Que comence l’espectacle!

Que isquen els actors a escena!

Perquè passe el que passe

l’art sempre paga la pena

Soc una amant del teatre.

eixa és la meua passió

poder transmetre a la gent

tota la meua emoció.

Igual té que tinga música,

o que siga una tragèdia,

que conte una fita histórica,

o romàntica comèdia.

Cante, balle, cride, plore,

fent de vella o de xiqueta,

si el paper m’agrade molt

o si sols una miqueta.

Jo estaré per al que calga,

siga d’actriu de suport,

siga d’actriu principal

i fins d’acomodador

El que importa és que el teatre

per cap cosa ha de parar.

Ni la crisi, ni pandèmies

ho han pogut ofegar.

Mira que va ser difícil

sobreviure als entrebancs!

Però quan hi ha vocació

res pot fer malbé els plans

d’eixir cada dia a escena,

de tindre en el enteulat

el lloc on poder gaudir

fugint de la realitat.

Ja ho va dir Rodolf Sirera

Que quan et pica el verí

del teatre, no hi ha manera

d’escapolir-se d’ací.

Un dia seré sirena,

un altre seré criada,

l’altre seré la comtessa

o una dona enamorada

Balls, cançó, monòlegs, diàlegs.

Tot això he d’interpretar

I per descomptat no oblide

que hui he de declamar.

A Hollywood o a la falla,

davant de públic nombrós

o de unes poques persones.

Igual té, és meravellós.

Vos el recomane a tots

encara que té un perill:

Quan t’enganxes, cada dia,

quan et mires a l’espill

penses, qui seré hui?

A qui hauré d’interpretar?

Te’n adones que no saps

 ni qui eres de veritat

Però això no importa, és clar,

perquè no hi ha res millor

que gaudir de l’espectacle

quan està fet amb amor

I l’amor no em faltarà

en cada interpretació

i també, per descomptat,

en esta declamació

Si damunt, jo guany un premi

és la guinda del pastís.

Siga Goya, saragüell

o una copeta d’anís.

Que no hi ha premi millor,

vos el dic de veritat

que l’aplaudiment del públic

que sempre esperem guanyar.

Perquè agradar al públic

que és agraït i estimat

és el millor del millor.

I es complirà el que he somniat

tantes vegades al llit

pensant en l’escenari

en què hui estic declamant

D’allò més extraordinari!

Per això, repetiré:

Que comence l’espectacle!

Que isquen els actors a escena!

Perquè passe el que passe

L’art sempre paga la pena

TÍTULO: Que empiece el espectáculo

(traducción al castellano)

¡Que empiece el espectáculo!

¡Que salgan los actores a escena!

Porque pase lo que pase

el arte siempre vale la pena

Soy una amante del teatro.

esa es mi pasión

poder transmitir a la gente

toda mi emoción.

Igual da que tenga música,

o que sea una tragedia,

que cuente un hito histórico,

o romántica comedia.

Canto, bailo, grito, lloro,

haciendo de vieja o de niña,

si el papel me gusta mucho

o si solo un poquito.

Estaré para lo que haga falta,

sea de actriz de reparto,

sea de actriz principal

y hasta de acomodador

Lo que importa es que el teatro

por nada ha de que parar.

Ni la crisis, ni pandemias

lo han podido ahogar.

¡Y mira que fue difícil

sobrevivir a las trabas!

Pero cuando hay vocación

nada puede echar a perder los planes

de salir cada día a escena,

de tener en el escenario

el lugar donde poder disfrutar

huyendo de la realidad.

Ya lo dijo Rodolf Sirera

Que cuando te pica el veneno

del teatro, no hay manera

de escabullirse de aquí.

Un día seré sirena,

otro seré una criada,

el otro seré condesa

o mujer enamorada

Bailes, canción, monólogos, diálogos.

Todo esto he que interpretar

Y por supuesto no olvido

que hoy tengo que declamar.

En Hollywood o en la falla,

ante público numeroso

o ante unas pocas personas.

Igual da, es maravilloso.

Os lo recomiendo a todos

aunque tiene un peligro:

Si te enganchas, cada día,

cuando te miras al espejo

piensas, ¿quién seré hoy?

¿A quien tendré que interpretar?

Te percatas de que no sabes

ni quién eres de verdad

Pero esto no importa, está claro,

porque no hay nada mejor

que disfrutar del espectáculo

cuando está hecho con amor

Y el amor no me faltará

en cada interpretación

y también, por supuesto,

en esta declamación

Si encima, yo gano un premio

es la guinda del pastel.

Sea Goya, saragüell

o una copita de anís.

Que no hay premio mejor,

os lo digo de verdad

que el aplauso del público

que siempre esperamos ganar.

Porque gustar al público

que es agradecido y estimado

es lo mejor de lo mejor.

Y se cumplirá el que he soñado

tantas veces en la cama

pensando en el escenario

en que hoy estoy declamando

¿De lo más extraordinario!

Por eso, repetiré:

¡Que empiece el espectáculo!

¡Que salgan los actores a escena!

Porque pase lo que pase

El arte siempre vale la pena

Eventos: bodas, bautizos, comuniones


              Nada como un buen evento para disfrutar y afianzar vínculos, que nunca se sabe. Ben lo vemos en el cine, en películas como La boda de Muriel, Mi gran boda griega, La boda de mi mejor amigo o Cuatro bodas y un funeral. O en Las bodas de Luis Alonso, si tiramos de tradición.

              En nuestro teatro no es que abunden los eventos, pero haberlos, haylos. Y más de lo que pensamos. Que no se diga.

              En primer lugar, hemos de referirnos al papel de los Juzgados en determinados eventos de la vida. Así, mientras no se cambie definitivamente la regulación del Registro Civil y deje de llevarse por Juzgados de Primera Instancia -recordemos que no es función jurisdiccional sino asignada a jueces y magistrados como podría asignarse a otro órgano-, en Toguilandia se celebran bodas y, aunque no se celebran -poco hay que celebrar- sí se tiene una labor fundamental en los entierros, la de inscribir el fallecimiento.

              Sin embargo, aunque la labor de celebrar bodas no sea estrictamente jurisdiccional, sí que lo es, en cambio, la de hacer lo contrario, esto es dejarlas sin efecto o, dicho de otro modo, descelebrarlas. Los divorcios y similares -regulación de los efectos de la ruptura en parejas de hecho- son competencia de los juzgados de primera instancia, bien en su modalidad compartía con ot5ras materias o bien en su modalidad de juzgados exclusivos, que existe en algunas grandes ciudades y aun no tiene carta de naturaleza como juzgados propios. De la materia que tratan, el Derecho de familia, ya hablamos en otro estreno.

              De hecho, hay algunos divorcios que se convierten en el acontecimiento del juzgado de que se trate. Recuerdo con especial cariño la que se liaba en mi primer destino cada vez que acudían con alguna cuita de su divorcio una otrora famosa cantante y su esposo , peluquero y aspirante a famoso. No hace falta que diga mucho más.

              Por otro lado, hay que afirmar tajantemente que no existe el bautizo civil, aunque haya quienes se hayan empeñado en instituirlo. El Bautizo es una celebración religiosa y, aunque pueden coincidir en el tiempo con la inscripción en el Registro Civil, no siempre es así. Cada día son más frecuentes los bautizos donde los niños van por su propio pie, a diferencia de la inscripción en el Registro Civil que, si se hace como se debe, ha de ser recién nacida la criatura. Ahora bien, si de lo que se trata es de celebrar el nacimiento, pues ahí estamos. Valdría la inscripción en el Registro como excusa para la fiesta.

              Lo que no puede admitirse de ninguna manera, es la Comunión civil. Ahí si que n o hay paralelismo con ninguna ceremonia civil ni con ninguna inscripción. Así que si se quiere fiesta, y regalos y un traje bonito sin pasar por la sacristía, se monta y ya está. Pero sin buscar cómplices en nuestro teatro, que bastante tenemos con lo que tenemos.

              Pero, además de estos eventos en los que intervenimos por razón de nuestro oficio, hay otros de ora índole en que somos invitados e incluso protagonistas. Los más comunes son las jubilaciones, celebradas con ágape y regalo, como Dios manda, o en petit comité, para quienes prefieren la discreción. Juntas, o por separado, hay un tipo de celebraciones especialmente gozosas, la concesión de medallas, aunque más de una vez se trate de un evento agridulce, cuando se conceden a título póstumo.

              También son relativamente frecuentes y generalmente gozosas las despedidas por cambio de destino, porque normalmente se hace para mejorar, bien por razones personales, bien por razones profesionales, o bien por ambas a un tiempo.

              Y, por último, tenemos esos eventos tan personales como bodas, bautizos o comuniones, cuando nos une a quienes los protagonizan, además de la condición de colegas, la amistad. Aunque en esos casos siempre hay que recomendar guardar la compostura, que alguna copa de más y algún bailoteo pueden hacernos arrepentirnos a día siguiente. Que no se diga que las togas nos confunden

              Y con esto, acaba el evento de hoy. Aunque, para acabarlo del todo, falta el aplauso. Y lo dedico esta vez a quienes los protagonizan. Porque siempre viene bien para salir de la rutina.

Ruedas de reconocimiento: pillados


              Se puede conocer y reconocer a alguien. Y se puede reconocer a alguien que ya se conocía o a alguien a quine se vio por primera ver. En eso consiste la Identificación, como la película del mismo título, u otras como Identidad o No identificado. Y, por supuesto, Reconocimiento. Porque no siempre se puede permanecer en el anonimato.

              En nuestro teatro hay varias formas de reconocer al presunto autor de unos hechos delictivos. En ello consiste una de las pruebas fundamentales en nuestro Derecho. Y de ello va a tratar el estreno de hoy.

              Como decía, es importante identificar a las personas. Por eso, cuando empieza un juicio o una declaración se le hacen una serie de preguntas, las generales de la ley, a las que ya dedicamos una función.

              Sin embargo, esa batería de preguntas se les hacen a los testigos. Cuando de un investigado, sospechoso, acusado o procesado se trata, dado que puede acogerse a su derecho a no declarar, puede no contestar nada. Podría, incluso, decirnos una sarta de mentiras porque en nuestro Derecho los investigados no prestan juramento y, obviamente, no pueden cometer delito de perjurio. Ya lo he dicho muchas veces, las películas americanas son una cosa y la realidad del Derecho español, otra. Podría decir que por suerte o por desgracia, pero me inclino por la suerte, porque es preferible el garantismo patrio, por aburrido que resulte, que la espectacularidad americana.

              Pero de lo que hoy se trata es de hablar de las pruebas encaminadas a identificar al presunto autor. Entre ellas, la rueda de reconocimiento es la prueba reina, aunque no es la única. Algo que no siempre se entiende.

              Me explico. Si alguien pone una denuncia porque le ha atracado, y hay un sospechoso -o varios- de la comisión de los hechos, se practica una prueba llamada rueda de reconocimiento, consistente en que, previa colocación en las circunstancias adecuadas y respetando sus derechos y la intimidad de la víctima, esta reconoce -o no- al autor de los hechos. Normalmente, se le pregunta además si lo hace con toda seguridad y se practica una segunda rueda cambiando de posición a quienes la integran.

              Respecto de los integrantes de las ruedas, además del sospechoso, han de ser forzosamente personas que tengan unas características físicas similares, Es decir, que si el sospechoso es de baja estatura, no pueden ponerse en la rueda personas con talla de jugador de la NBA, y si es calvo, sería improcedente colocar a melenudos recalcitrantes -salvo que llevara peluca, claro-. Parece una perogrullada, pero así es.

              El reconocimiento en rueda suele ser algo así como la prueba del 9 de la multiplicación,  es decir, poco menos que irrefutable. Pero hay veces en que no es necesaria. Imaginemos que la víctima ya identifica al autor, bien por su nombre o bien por la relación que le une a él. Es lo que ocurre en los casos de Violencia de género, y también en la violencia doméstica. Si la víctima dice que quine le pegó fue su marido o su padre, para nada serviría una rueda de reconocimiento. Blanco y en botella ¿no?

              Pues bien, retomando los dos ejemplos anteriores, en el del atraco, nadie duda de que existe suficiente prueba, porque hay una declaración de la víctima y un reconocimiento en rueda y, en cambio, en el caso de la violencia de género, hay gente empeñada en repetir eso de que no hay prueba, por mas que exista el testimonio de la víctima igualmente y no se haya practicado rueda de reconocimiento por ser innecesaria.

              La práctica de esta prueba ha dado lugar a numerosas anécdotas, algunas de ellas muy jugosas. Una de ellas la contaba en el post dedicado a los ascensores, el caso de una victima que reconocía a su agresor no tanto por serlo sino por haber compartido ascensor minutos antes.

              En cuanto sus integrantes, a veces cuesta encontrar personas con similitud física, sobre todo si el sospechoso tiene un aspecto que se salga de lo común. Había un funcionario al que siempre se recurría a esos menesteres. Hasta que un día fue reconocido y, aunque luego resultó ser un error, se llevó tal susto que no volvió a ofrecerse.

              Por lo que afecta a la manera de practicarse, nunca me olvidaré de lo que hacían en un juzgado de mi primer destino. Como no tenían instalación apropiada, improvisaban un medio, el de utilizar un cartón con un agujero para mirar, y colocar a los integrantes de la rueda al otro lado del cristal de una puerta. Ingenio contra carencia de medios. Lo malo es que la solución improvisada fue bastante duradera en el tiempo.

              Y como olvidar un caso que me contaron en la escuela Judicial, que aun no sé si es leyenda urbana o responde a la verdad. Se trataba de un reconocimiento de penes, porque el presunto culpable tenía, al parecer, un tatuaje en salva sea la parte que la víctima reconoció, además, sin dudas.

              Lo que es incierto es algo que a veces empelamos como broma, y que puede que alguien haya creído. Se trata de decir que todos los integrantes de la rueda iban a cabeza descubierta y el autor con casco, “para que resulte inconfundible”. Es ovio que es un chascarrillo, pero lo cuento por si algún incauto lo creyó y se corre la voz, que nunca se sabe.

              Y con esto, bajo el telón por hoy. El aplauso lo dedico, sin necesidad de rueda alguna, a todos aquellos que reconozco como lectores y lectoras. Gracias por estar ahí

Ascensores: cuidado, cuidado


              Existe la creencia generalizada de que en los ascensores solo se habla del tiempo. Y el tiempo es, desde luego, un tema recurrente, pero no el único. Y pueden ocurrir muchas cosas dentro del mínimo espacio que ocupa un ascensor. Incluso había un grupo musical que en llamaba Un pingüino en mi ascensor y, en cuanto a películas, es algo tan recurrente que he encontrado, sin necesidad de mucho buscar, hasta tres que tienen por título, precisamente, El ascensor, aunque hay otros menos explícitos, como Un ático sin ascensor o Ascensor hacia el cadalso. Aunque, si de ascensores y películas se trata, ¿quién no recuerda la inquietante escena de El resplandor con aquellas gemelas ensangrentadas que nos invitaban a jugar con ellas?. Yo aun tengo pesadillas en que aparecen.

              En nuestro teatro, los ascensores tienen tanta influencia como en cualquier otro ámbito de la vida, aunque no nos demos cuenta. Puede una quedarse encerrada y necesitar un rescate, como el que conté en un estreno en su día y puede que, incluso, motive que se llegue tarde a un señalamiento con las consecuencias que eso tiene.

              Cuando el edificio judicial tiene muchos pisos, o los ascensores no van todo lo bien que debieran o ambas cosas a un tiempo, puede llegar a impedir que lleguemos a tiempo. Recuerdo cuando, en mis primeros tiempos de Fiscal en valencia, estábamos en un edificio de tropemil plantas y de cierta vetustez, las colas para coger uno de ellos -el que iba- superaban con mucho a las que hoy puede tener un concierto de Shakira o la firma de ejemplares de la última influencer de moda. Verdad verdadera.

              Y eso por no hablar de con quién puedes coincidir en el viaje ascendente o descendente. Ahora mismo me viene a l cabeza e caso de una víctima de robo con violencia que tuvo la desgracia de coincidir en el ascensor con el presunto autor, al que iba a tener que reconocer en rueda al cabo de un rato, aunque en ese momento ambos lo ignoraban. Lo que sucedió a continuación no tiene desperdicio. La chica en cuestión, preguntada si conocía a alguno de los integrantes de la rueda como el autor del delito, dijo, muy convencida, que desde luego. Cuando le preguntaron si estaba totalmente segura, dijo que cómo no iba estarlo, que era quien iba en el ascensor con ella. Cosas de Toguilandia.

              En otros casos, las coincidencias son especialmente violentas, y me he encontrado con divorcios que iban a ser de mutuo acuerdo que dejan de serlo porque ambos cónyuges han coincidido en el ascensor y han tenido su más y sus menos. Especialmente, si uno de ellos va acompañado de su nueva pareja que, la verdad, no sé qué falta hacía.

              Como decía antes, el tiempo atmosférico es un tema recurrente, pero no es el único, sobre todo si se va acompañado de alguien a quien se conoce a la hora de subir o bajar. En una ocasión, subía a mi juzgado a hacer los juicios de ese día y también entraron en el ascensor un par de chicos jóvenes que hablaban entre ello como si yo no estuviera allí. En su animada conversación hubo una frase que me hizo contener la risa. “A ver la cabrona de la fiscal lo que va  a decir hoy, que me ha dicho mi abogada que es una amargada de narices”. Ni que decir tiene que me bajé un piso antes de lo que pretendía en un principio y subí por las escaleras el piso restante. Así pude incrementar el efecto sorpresa que aquel chico, acusado en uno de mis juicios, y su amigo, iban a tener. Porque la cara que pusieron al verme entrar con la toga puesta fue de premio. Y la de la abogada, después de la escuchita de su cliente, todavía más. Si la tierra no se abrió a sus pies no fue porque no rezaran para ello.

              En otros casos, me he llegado a enterar del resultado de algún juicio en el ascensor, cuando abogado y cliente comentaban sobre la sentencia absolutoria o condenatoria o, caso de conocerme, me lo decían directamente. He de aclarar en este punto que, por un misterio propio de Cuarto Milenio, los y las fiscales somos los últimos en enterarnos de estas cosas. Lo juraría hasta con la Biblia delante si hiciera falta, como en las películas americanas.

              Aunque he de reconocer que lo momentos ascensoriles más incómodos ocurren cuando una, en el receso de un juicio con jurado, se encuentra con alguno de los que componen el tribunal. Esos minutos en que ambos miramos al infinito duran una eternidad. Y, además, en mi fuero interno no hago más que rogar porque no me pregunten nada. Por si las nulidades.

              Y con esto, se cierra el telón por hoy. El aplauso se lo daré a todas las víctimas propiciatorias de esos momentos incómodos y a quienes hacen lo posible por evitarlos. Que a veces, cuesta mucho.

Diminutivos: algo pequeñito


              Hay un dicho popular según el cual los buenos perfumes se guardan en envases pequeños. A lo que siempre hay alguien que responde que el veneno también. Pero, sea como sea, las miniaturas siempre han tenido su sitio en el cine y el resto de artes. Todavía recuerdo la serie de televisión titulada Los diminutos, la serie y la película dedicada a Los Pitufos u otros títulos como El caso de la mujer asesinadita. Sin olvidar, claro está a nuestro representante de hace unos años en Eurovisión que hace unos años lo fue con el tema “Algo Pequeñito”. Y es que, en ocasiones, menos es más.

              En nuestro teatro también hay espacio para las cosas pequeñas. Algunas, porque lo son por naturaleza. Otras, porque no conseguimos que sean mayores, como ocurre con nuestros medios personales y materiales, que ya quisiéramos que fueran muchos y muy grandes. Pero nos tenemos que conformar con nuestros despachitos, con lo que contenga. Y gracias

              En cuanto a esas cosas de las que hablamos directamente en diminutivo, encontramos algunas como las “vistillas”, nombre genérico que se da a aquellas diligencias que se celebran e vista pública pero no son juicios o vistas estrictamente, como las comparecencias de prisión o de medidas cautelares.

              Otro de los diminutivos que yo, al menos, uso mucho, es el de “levitos” para referirme a los delitos leves. Lo cierto es que es un término que adopté desde que dediqué un estreno a la despedida de sus antecesores, los juicios de faltas y dar la bienvenida a los nuevos juicios. Había también quien proponía llamarlos delititos, y, aunque ha prosperado menos, me parece un nombre precioso.

              También usamos con cierta frecuencia, al menos en el ámbito de fiscalía, el término “informito”, también referido a aquello que sin ser un informe exactamente, hemo de hacer para dar cuenta de algo o explicar alguna cosa. Sobre todo, si es otro compañero o compañera quien va a acudir a la vista de que se trate.

              Otra de esas cosas de las que en Fiscalía -creo que también en otros ámbitos- se habla en términos diminutivos son dos de nuestras pesadillas: los estadillos y las planillas. Por los primeros se nos obliga a hacer la estadística mensual, a pesar de que se supone que está todo registrado, las segundas reproducen el reparto de trabajo, que más de un disgusto no ha dado.

Eso sí, no nos liemos, que hay cosas que parecen diminutivos y no lo son. Las puntillas de nuestras puñetas no son, desde luego, el diminutivo de puntas. Solo faltaba

              Por otra parte, también hay algunos conceptos jurídicos que, aunque no se usan en diminutivo, si que suponen una reducción, como el caso de las eximentes incompletas o semieximentes, o la “media pena” o prórroga de la prisión preventiva hasta la mitad de la pena impuesta en la sentencia que aun no es firme

              No obstante, los diminutivos que más me gustan son aquellos con los que se pretende que algo que cuesta mucho o tiene mucha importancia no sea para tanto. Como hacía una tía mía, cuya dieta para adelgazar consistía en referirse a los alientos en diminutivo, tuvieran el tamaño que tuvieran. Así que se comía “una puntita” de pan, “un platito” de pasta o “un trocito” de chocolate. Y, claro está, adelgazar no adelgazaba, pero tampoco perdía el buen humor. Vaya lo uno por lo otro.

              Pues bien, a esta especie responden cosas como “es un escritito de nada”, “tienes un recursito para contestar” o mi preferida, “esto te cuesta un momentito”

              Porque el momentito es una nueva unidad de tiempo que mucha gente no conoce y que tiene unas características especiales. El momentito puede durar 5 minutos, o 5 horas, según los casos. Cuando alguien te pregunta si tienes un momentito para una consulta, suele ser un período de tiempo largo. Cuando, sin embargo, te dicen que eso lo solucionas en un momentito, suele llevar consigo una< exigencia de que el tiempo sea lo más reducido posible. El momentito es elástico y subjetivo, y depende de quien lo da y quien lo pide, Pero siempre suele salir alguien perjudicado. Así que cuidado.

              Y hasta aquí, el post de hoy. Esta fiscalita pide el aplauso, grande o pequeñito, para quienes en el día a día me dan estas ideas. Sin sus aportaciones, no habría estrenos en nuestro teatro.

Olvidar: entre el derecho y la memoria


              Los recuerdos forman parte de la vida y conforman nuestra memoria. Y su contrario, el olvido también. El género de los diarios o memorias es muy utilizado, tanto en el cine como en la literatura, algo así como e autorretrato en la pintura. Son muchos los títulos que recurren a ello: Memorias e una Geisha, Diario de Noa, entre otro muchos y, por supuesto, el Diario de Ana Frank.

              En nuestro teatro tanto la memoria como el olvido tienen su traducción jurídica. Además de los olvidos en los que, personalmente, incurrimos sus intérpretes, algunos motivos de hilaridad y otros exactamente de lo contrario, y a los que ya dedicamos un estreno en su día. Un estreno que hacía referencia, además, a un recuerdo de la infancia de toda una generación, el del niño que olvidaba los Donuts al ir al colegio y luego la cartera al grito de “Anda, la cartera”.

En Derecho, la memoria tiene su vertiente jurídica en la regulación de la Memoria democrática, lo que en su día se llamó Memoria histórica y que pretende, precisamente, que no caigan en el olvido las historias de aquellas personas que fueron tratadas injustamente, que fueron victimas de un régimen injusto cuyas consecuencias sufrieron ellas y sus familias. Son historias como las que contaba en el cuento dedicado a El enterrador, basado en un hecho real, o en Salvar al soldado Peris, pura ficción que podría haber sido realidad, o incluso en la reciente Un okupa en el panteón, que mezcla una y otra época en un intento de jugara a la memoria desde la desmemoria.

La Memoria democrática ha sido objeto de reciente regulación por la ley de 2022 en la que, entre otras cosas, se crea la Fiscalía de Derechos Humanos y Memoria democrática. Aunque se ha criticado el hecho de que la mayor parte de delitos que se pudieran conocer están prescritos y, además, no cuentan con un autor vivo contra e que dirigir la persecución penal, la cosa va más allá de eso. Se trata del derecho a preservar la dignidad e las victimas y sus sucesores, a través del reconocimiento de esa condición de víctimas. No basta con pasar página, por cuanto que eso puede suponer cerrar heridas en falso. Ya reza un dicho que “Aquellos que no pueden recordar su pasado están condenados a repetirlo”, frase tan conocida como desconocido su autor, George Santayana, filósofo madrileño profesor en Harvard. En una terrible y triste paradoja del destino esta frase estaba escrita en la entrada el bloque número 4 del campo de exterminio de Auschwitz. Precisamente, un lugar de infausto recuerdo dedicado ahora a la memoria de sus víctimas.

En esta misma línea, no está de más recordar otra frase memorable, atribuida en este caso a Cicerón, según la cual “Si ignoras lo que ocurrió antes de que tu nacieras, siempre serás un niño”. Una cita que convendría tener presente de vez en cuando, sobre todo para evitar ese riesgo de infantilización de sociedades donde lo tenemos casi todo hecho.

Aunque tal vez los peores olvidos, no estrictamente jurídicos, pero sí con considerables efectos en las vidas toguitaconadas, son los lapsus que sufrimos en exámenes. El fantasma del “quedarse en blanco” es la peor pesadilla de un opositor. Aunque quedarse en blanco a la hora de hacer un informe en sala le anda a la zaga. El famoso efecto “trágame tierra” sin que la tierra nos haga caso jamás. Al menos, que yo sepa.

Al otro lado del espejo, tenemos el derecho al olvido. Se trata de un derecho de nuevo cuño, nacido, sobre todo, al amparo de la eclosión de Internet y consiste en la pretensión de que determinados datos que se publicaron en un pasado desaparezcan de los buscadores, de modo que ya no se asocien a la persona que pretende ejercitarlo. Puede tratarse de fotografías de esas que se cuelgan en redes y que luego causan vergüenza propia y ajena con solo mirarlas o cosas más serias.

Ya desde hace tiempo, se ha llamado a la reflexión a esos padres que publican todo lo que afecta a sus hijos que, cuando crecen, se abochornan de verse de esa guisa. Y es que a veces se hacen fotografías que no hay por donde cogerlas. Juro que más de una vez celebro que en mi infancia no existiera Internet, porque no quiero llegara a imaginarme lo que saldría por allí. Alguna ventaja tendrían que tener las canas.

Pero, como decía, hay casos más serios, y no siempre se resuelve a favor de este derecho sino de todo lo contrario. En estos días hemos sabido de dos casos de este tipo. Por un lado, el de una de las personas que participó en el proceso que condenó a muerte a Miguel Hernández, a cuyos descendientes se les niega la pretensión por entender que prima el interés público sobre ese derecho al olvido.

El otro caso es el de una persona que fue condenado en su día por un homicidio y que, una vez cumplida la condena, pretende la desaparición de toda referencia a su persona en relación con el delito cometido y la condena. Tampoco en este caso le dan la razón los tribunales, por cuanto que entienden que prevalece la libertad de expresión e información sobre el derecho al olvido.

Y con esto, me despido por hoy. Pero no me olvido del aplauso, que va esta vez dedicado a quienes saben conservar la memoria de aquello que merece ser recordado. Y viceversa, que no es poca cosa.

Especial fallas: ¿De verdad quieres ser fallera?


Esta vez nuestro escenario se viste de poesía, peinetas y música, para traer algo especia por estas fiestas falleras: la poesía con la que una fallera de mi falla ganó el premio de declamación de Junta Central Fallera. Una poesía que hice con todo el cariño para ella, para dar un toque divertido a la fiesta y que hoy comparto en su versión original, en valenciano, y traducida al castellano (seguid leyendo, que al final está)

Y de nuevo, gracias a @madebycarol por prestarme su ilustración

Lo del aplauso, ya luego, si os apetece…

DE DEBÒ VOLS SER FALLERA?

Em van dir l’altre dia

Si volia ser fallera,

I vaig contestar: escolta’m

Fins de decidir-me, espera!

Digues què és el que he de fer

i a què estaré obligada

perquè abans de respondre

he d’estar assabentada.

Dona, tu no t’amoïnes

Que això és meravellós.

Pregunta’m i ja voràs

Com t’ho demanarà el cos.

Bé. Què passa amb els vestits?

I com he de pentinar-me?

Mira que soc delicada

i el cap no vull calfar-me

Res, dona, quatre drapets

I uns monyos ben arreglats

Que de segur que t’afanyes

I en no res els tens aviats!

A vore, explica’m allò

dels monyos i els quatre draps

que crec que estàs amagant-me

que això és més complicat.

No sigues exagerada,

Sols has de buscar teixit,

Manteletes, les sabates,

les peinetes i poc a poc, va eixint.

Sols això? I qui fa la confecció?

També, has de trobar modista,

perruquera i maquillatge.

Però com ets apanyada,

de seguida tens el tratge.

De seguida, dius? No creus

que m’estàs prenent el pèl

per tal que jo m’apunte,

com si això fora tot mel?

Perquè jo veig les falleres

que ploren. És l’emoció?

O tenen dolor de peus

I cansament a muntó?

Vinga dona, això no és res.

Bambolles i feridetes

I una miqueta de son

que enviem a fer punyetes.

Ferides, son i què més?

No sembla molt atractiu,

si li sumem els diners

que es d’allò més decisiu.

I encara resta saber

d’altres obligacions

que no ha de ser tot lluir,

Conta’m que pare atenció.

Doncs, has d’anar a les juntes

generals o directives,

que no et pots escaquejar

tot i que sigues qui sigues.

A més a més, ve el millor

Què no n’hi ha ja prou, Marieta?

D’això res xiqueta, també hi han activitats

Per a animar la falleta:

Teatre, campionats,

els balls i l’exaltació,

sense oblidar-se, és clar,

de fer la declamació.

No sé que passa, se n’ha anat

sense cap explicació.

Amb tot el que li he contat,

de segur serà emoció.

Tot i que fa ja vint díes

No ha tornat

a veure’m ni parlar-me.

No ho entenc! S’haurà posat

a preparar-se les coses

per a apuntar-se a fallera?

Potser, però sospite

que de ninguna manera

Que ha fugit -m’ha dit sa mare-

que de mi no vol saber.

Menuda desagraïda!

No sé què voldria fer.

No hi ha res més divertit

per a tot el veÏnat

que ser faller d’una falla.

I t’ho dic de veritat

Que estem bojos? Ja ho sabem.

Que debades  treballant? Cal arrimar l’ala.

Però cada any les falles esperem

amb el cor encés en flama!

DE VERDAD QUIERES SER FALLERA?


Me dijeron el otro día
Si quería ser fallera,
Y contesté: escúchame
Hasta decidirme, espera!

Dime qué es lo que he de hacer
y a que estaré obligada
porque antes de responder
tengo que estar enterada.

Mujer, que no te quite el sueño
Que esto es maravilloso.
Pregúntame y ya verás
Como te lo pide el cuerpo.


Bien. Qué pasa con los trajes?
Y como tengo que peinarme?
Mira que soy delicada
y la mente no quiero calentarme


Nada, mujer, cuatro trapillos
Y unos peinados muy apañados
Que a buen seguro que te apresuras
Y en nada los tienes preparados


A ver, explícame eso
de los peinados y los cuatro trapos
que creo que estás escondiéndome
que esto es más complicado.

No seas exagerada,
Solo tienes que buscar tejido,
Manteletas, los zapatos,
peinetas y poco en poco, va saliendo.


¿Solo esto? ¿Y quien hace la confección?

También, tienes que encontrar modista,
Peluquera y maquillaje.
Pero como eres apañada,
enseguida tendrás el traje


¿Enseguida, dices? ¿No crees
que me estás tomando el pelo
para que yo me apunte,
como si esto fuera todo miel?

Porque yo veo las falleras
que lloran. ¿Es la emoción?
¿O tienen dolor de pies
y cansancio a montón?


Venga mujer, esto no es nada.
ampolles y heriditas
Y un poquito de sueño
que enviamos a hacer puñetitas.


Heridas, sueño ¿y que más?
No parece muy atractivo,
si le sumamos el dinero
que es de lo más decisivo.

Y aun queda saber
otras obligaciones
que no tiene que ser todo lucir,
Cuéntame, que presto atención.


Pues, tienes que ir a las juntas
generales o directivas,
que no te puedes escaquear 
a pesar de que seas quién seas

Además, viene lo mejor

¿Que no hay ya bastante, Marieta?

De esto nada, niña,

 también han actividades
Para animar la falleta:

Teatro, campeonatos,
los bailes y la exaltación,
sin olvidarse, está claro,
de hacer la declamación.

No sé qué pasa, se ha ido
sin ninguna explicación.
Con todo lo que le he contado,
seguro que será emoción.


Pese a que hace ya veinte días
No ha vuelto
a verme ni hablarme.
¡No lo entiendo! ¿Se habrá puesto

a prepararse las cosas
para apuntarse a fallera?
Quizás, pero sospecho
que de ninguna manera

Que ha huido -me ha dicho su madre-
que de mí no quiere saber.
¡Menuda desagradecida!
No sé qué querría hacer.

No hay nada más divertido
para todo el vecindario
que ser fallera de una falla.
Y te lo digo de verdad

¿Que estamos locos? Ya lo sabemos.
¿Que en balde trabajamos? Hace falta arrimar el ala.
¡Pero cada año las fallas esperamos
con el corazón encendido en llama!

Cuento fallero: Esto no es Ninot Story


Hoy, como quiera que llegan las Fallas, nuestro teatro estrena un cuento que tiene que ver con las Fallas y con algo más. El Bullying y cómo salir de él. Los aplausos, como siempre, al final, si el cuento os gusta

ESTO NO ES NINOT STORY

(Relato finalista del concurso de relatos de El Turista Fallero, en su versión en valenciano, publicada íntegramente en el Llibret de la Falla Cádiz Denia)

– ¿Alguna pregunta? ¿Os ha quedado claro cuál es la tarea de los artistas falleros?

– Yo tengo una

– Di. ¿Qué quieres preguntar?

– Los muñecos… ¿despiertan por la noche? Como los juguetes de la película, ya sabes

– Ha, ha, ha. No hija, no. Esto no es Ninot Story

No era la primera vez que me lo preguntaban. Me gustaba mucho participar en actividades de formación escolar y explicar al alumnado cosas alrededor de mi pasión: hacer fallas. Una pasión que, afortunadamente, se había convertido en mi profesión.

Cada vez que escuchaba aquello, viajaba en el tiempo, y volvía a ser la niña que preguntaba a su padre lo mismo que me estaban preguntando ahora. Solo que yo sabía la respuesta antes de que él hablara. Después de toda una vida de convivencia con ninots de su taller, lo tenía claro

– Parece mentira que no lo sepas, hija. Los ninots son ninots. Su única vida consiste a formar parte de una falla y ser quemados el día de San José

– Si no los indultan…

– Esto es. Y si lo sabes tan bien, ¿por qué me preguntas?

– Es que… hay una niña a clase que está empeñada en que los muñecos cobran vida por la noche. Y me ha pedido pasar la noche a tu taller

– ¡Qué locura!

– Pero es que es la niña más popular. Si le digo que no…

– ¿Qué pasará?

– Me hará la vida imposible. Más aun de lo que me la hace

Mis padres sabían que yo no era demasiado feliz en la escuela. A pesar de que no los conté ni la mitad del que pasaba, se daban cuenta que las cosas no marchaban bien

– Haremos una cosa, Empar. Dile a tu compañera que podéis pasar la noche. Le dices que me has quitado las llaves del taller y que yo no sé nada. Tú concreta el día y ya me encargo yo del resto

– Gracias, padre

– Y otra cosa. A tu madre, ni una palabra. ¿Entendido?

– Está claro, padre. Ni una palabra

Hice lo que mi padre me había dicho y al siguiente viernes fuimos a pasar la noche al taller. Yo hice perfectamente mi papel de niña que hacía una traviesa y ella lo creyó. Lo que ella ignoraba era lo que pasaría esa noche. Y yo, la verdad, tampoco lo sabía.

El taller estaba a oscuras. Mi padre solo había dejado una bombilla desnuda y, si no fuera porque yo estaba más que acostumbrada a ver todo aquello, causaba respeto. Las sombras de los ninots se proyectaban en el suelo y dibujaban formas fantasmagóricas. Mi compañera tragaba saliva sin decir nada cuando de repente, vio algo que llamó su atención. Se acercó a unos ninots, estratégicamente iluminados y después de un rato, me gritó

– Vámonos, ya –estaba pálida y lloraba- No quiero volver nunca. ¡Venga!

– Está bien, nos vamos.

No tuve tiempo de mirar qué había visto, pero lo que estaba claro es que se había impresionado mucho

– Empar –me dijo una vez fuera del taller- Y de esto ni una palabra en la escuela

– Sí, pero…

– Si mantienes la boca cerrada no volveré a molestarte. Ni a ti ni a nadie. Te lo juro

Acepté el pacto, que ella cumplió a pies juntillas. A partir de ese momento se acabó su comportamiento de abuso y pasó a ser una niña más. Yo no comprendí qué había hecho que cambiara tanto hasta que vi la falla infantil que mi padre había plantado ese año. El tema era, precisamente, el acoso, a pesar de que nadie lo llamaba así todavía, y en la escena principal estaba el ninot de una abusadora que le parecía mucho a mi compañera. El resto eran escenas donde se veían los efectos de sus actos.

Ese día decidí ser artista fallera, como mi padre. Tendría el poder de hacer que la gente se viera reflejada en mi obra, como mi compañera, y pudiera reaccionar. Y esto era mucho mejor que hacer juguetes que se despiertan por la noche.

No prejuzguemos: las apariencias engañan


Hoy en nuestro teatro estrenamos un cuento, un cuento que forma parte de la antología Oro parece… de Generación Bibliocafé.

Las cosas no siempre son lo que parecen. Y nuestra protagonista puede dar fe de ello. Os invito a conocer su historia. Y, por supuesto, a aplaudirla si es de vuestro gusto

Un okupa en el panteón

No supe de la existencia de un panteón familiar hasta que murió mi abuela. Hasta entonces, me parecía algo de lo más reaccionario y casposo, y me reía de todas las personas que presumían de tener uno. Ni siquiera me gustaban los enterramientos. Nada más limpio y eclógico que una cremación.

Así se lo dije a mi madre, pero no hubo manera de convencerla

  • La abuela lo ha dejado muy claro en el testamento. Quiere que la entierren en el panteón familiar de Villamaguncia de la Sierra
  • ¿Villamagunicia de la Sierra? ¿Y eso donde leches está?
  • Pues, míralo en el Internet ese, hija. Creo que a unos 400 o 450 kilómetros de aquí
  • ¿Cómo dices? O sea, donde Cristo perdió la zapatilla, más o menos. ¿No?
  • No seas blasfema, hija

             Mi madre sabía que yo no creía en ninguna zarandaja de esas de la Iglesia desde que tomé la Primera Comunión, pero aun así no se privaba de darme lecciones de moral en cuanto podía. Por supuesto, de una moral de otra época, que me era totalmente ajena.

            Yo renegaba del pasado de mi familia. Me hubiera encantado pertenecer a una saga de republicanos represaliados, con algún cadáver en una fosa común o en una cuneta, con alguien fusilado en mi árbol genealógico o que, al menos, hubiera pisado la cárcel. Yo quería ser como mis compañeros de partido, que presumían, sacando pecho, de lo que habían hecho por la libertad sus antepasados, pero nada de eso. La mía era una familia burguesa de clase media, de esas que se consideran afectas al régimen, más por comodidad que por otra cosa. Y la verdad es que nunca quise indagar en el pasado de un abuelo que trabajó para varias instituciones de la dictadura. Tenía miedo de encontrar nada que me hiciera avergonzarme más.

            Y, encima, me encontraba con lo del panteón. Una mierda más con que ensuciar mi pasado. Pero no tuve valor para negarle a mi madre, destrozada por la muerte de la suya, que se cumpliera la última voluntad de aquella mujer que tan buena había sido siempre conmigo. A pesar de que su pasado no fuera el que a mí me hubiera gustado.

            Me fui sola al dichoso pueblo, para arreglar todo el papeleo del no menos dichoso panteón. Al día siguiente, en cuanto estuviera dispuesto todo lo del entierro, mi madre vendría montada en el coche fúnebre, que para algo llevaba mi abuela toda la vida pagando el seguro de decesos, el ”seguro de los muertos”, como ella lo llamaba. Quería que la enterraran con mi abuelo en aquel panteón perdido de la mano de Dios. Después de veinte años, volverían a estar juntos, aunque yo no entendiera por qué tenía que ser tan a desmano.

            Las sorpresas, sin embargo, no habían hecho nada más que empezar. En cuanto llegué a las oficinas municipales del pueblo, me atendió un funcionario que me hizo la pregunta más inesperada el mundo

  • ¿Y qué hacemos con el cuerpo que hay en el panteón?
  • ¿Con el de mi abuelo? Pues dejarle que siga descansando. No querrá usted que le saquemos a pasear
  • No, no -el hombre ignoró mi ironía- Me refiero al otro cuerpo
  • ¿Qué otro cuerpo?

             Lo que me faltaba. Había un okupa en el panteón de mi familia. Un cadáver okupa, para ser exacta. Aquello se estaba convirtiendo en una broma propia de una cámara oculta. Una broma macabra a más no poder.

            Pero no era una broma, no. Ahí mismo, según me dijo, había un esqueleto que, al menos, tenía veinte años de antigüedad. O quizás más. Porque no había ni un solo papel que diera ninguna pista de a quién pudiera pertenecer aquel cuerpo.

            Empecé a fantasear con que fuera alguna amante de mi abuelo o algún hijo secreto al que quisiera dar en la muerte la atención que no le había dado en vida. Tal vez por eso me negué desde el principio a desahuciarlo de su última morada. Si llevaba dos décadas con mi abuelo, no iba a separarle de él ahora.

            Dudé mucho si decirle algo a mi madre, pero opté por el silencio cobarde. Si mis figuraciones eran ciertas, más valía que mi madre siguiera en la bendita ignorancia. No había ninguna necesidad de ensuciar el nombre de su padre, muerto hacía tantos años.

            Me olvidé del tema hasta que, pasados un par de meses, volví al dichoso pueblo. Mi sorpresa, al visitar el panteón, fue mayúscula. Estaba lleno de flores. Flores frescas, no de esas de plástico tan duraderas como espantosas con las que la gente se permitía espaciar sin remordimientos sus visitas al cementerio. Me pregunté quién habría llevado aquella profusión de flores, y entonces me acordé del cadáver okupa. Tal vez aquel hijo ilegitimo, o aquella amante, tenían familia que se acordaban más de ellos que nosotros de la nuestra. No podía ser otra cosa.

            No obstante, la suerte quiso que anduviera por allí el enterrador, un hombre de edad indefinida que, según me dijo, tenía que haberse jubilado ya, pero no había querido. Era mi oportunidad

  • ¿Y siempre ha trabajado usted aquí?
  • Siempre, señora -respondió con orgullo- Como hizo mi padre y mi abuelo
  • Y entonces ¿sabe quién ha puesto estas coronas de flores en el panteón de mi familia?
  • ¿De su familia, dice? -se le abrieron unos ojos como platos- ¿Es usted la dueña del panteón rojo?

            En ese momento, fueron mis ojos los que se abrieron como platos. El panteón no era rojo, ni siquiera de un ladrillo de tonalidad rojiza. Era de color piedra desvaído, con un ángel de mármol pequeño y feo.

  • ¿Rojo?
  • Sí, rojo. ¿En serio no conoce la historia?

            El hombre no se hizo de rogar ni un momento para contármela. Allí no había un cadáver okupa, sino varios. Mi abuelo, que trabajaba en el Ayuntamiento del pueblo al acabar la Guerra Civil, compró el panteón con la esperanza de poder enterrar allí a su mejor amigo, fusilado a las puertas del cementerio porque pertenecía a un sindicato o algo parecido. Fue el padre del enterrador quien consiguió que el cuerpo no fuera a la fosa común, y pudieron enterrarlo de tapadillo en el panteón, adquirido, en teoría, para el descanso eterno de mi propia familia. Aquella historia pasó de boca en boca por los pueblos de la contornada, y fueron muchos los que obtuvieron de mi abuelo un hueco para sus propios muertos. Hasta que él mismo murió, ya lejos de allí, y quiso estar con su amigo, y con los amigos de su amigo

  • ¿Y nunca le pillaron?
  • Un par de veces estuvieron a punto -seguía contándome entusiasmado- Pero su fachada de alto funcionario del régimen y el silencio de toda una comarca impidieron que dieran con él. Nadie estaba dispuesto a traicionarle.

             Conforme avanzaba en su relato, yo lloraba de pena y de vergüenza. Pena, por no haber conocido apenas a aquel abuelo que se lo jugó todo, y vergüenza por haber renegado durante tanto tiempo de su apellido.

            Aquel 15 de abril nací de nuevo. Desde entonces, no falto un solo 14 de abril a mi cita en Villamaguncia de la Sierra. El panteón rojo se ha convertido en un lugar de obligada visita para quienes estudian la memoria democrática, y hasta se rumorea que lo van a declarar bien de interés cultural. En lo más alto, junto a ese ángel de mármol pequeño y feo, hemos puesto una placa con los nombres de todas las personas que están allí enterradas. Y hoy me enorgullezco de que en esa lista estén los nombres de mi abuelo y de su amigo. Y, por supuesto, de mi abuela que, sin decir nada, no dejó de pagar un solo año el canon por la conservación del panteón y, gracias a la cual, allí nunca faltaron flores frescas