Anonimato: discreción o escondite


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Como nos decía la profesora de Fama, la fama cuesta… Y se supone que hay que pagar un precio por ella, el famoso Precio de la fama. Y es que aunque el espectáculo es un mundo donde, por naturaleza, se vive cara al público, no todos sus protagonistas gustan de compartir su vida privada con aquellos que comparten su trabajo. No debe ser cómodo no poder ir a un restaurante o a una playa sin que aparezca alguien dispuesto a pedir un autógrafo –algo anticuado- o un selfie, interrumpiendo a cada instante o estar constantemente perseguido por un enjambre de paparazzis por si fotografían algo digno de una Primera Plana. Hay a quien le gusta y quien lo detesta, y quienes simplemente se resignan a ello como parte del peaje a pagar por su profesión.

También hay quien, en busca de la máxima discreción posible, se parapeta en su intimidad como puede. Seguro que si viéramos a Martirio por la calle sin peineta y sus sempiternas gafas de sol, no la reconoceríamos, salvo que nos cantara eso del Chandal y los Tacones, arreglá pero informal. Y puede que tampoco reconociéramos a Alaska, sobre todo a la de los primeros tiempos, si se paseara con un vaquero, una camiseta y la cara lavada, y menos aún a su flamante esposo. Aunque quizás nunca paseen de esa guisa, que ya sabemos que ella defiende desde siempre eso de A quién le importa y él aquello de que Me da igual, me encanta….

En nuestro teatro, más allá de alguna que otra toga mediática , nadie nos reconoce a nuestro paso, una vez despojada de toga y tacones. Pero sí hay quien tiene mas o menos celo o discreción a la hora de darse a conocer fuera de estrados.

Hace apenas unos días, alguien de nuestro ámbito, celoso de su intimidad bajo el pseudónimo de Teniente Kaffe con el que escribe y se mueve en redes sociales, hacía referencia a otro no menos insigne tuitero oculto tras un nick, @AngryJuez. Hacía alusión a la genial frase de GomaEspuma que habla de mantenerse en el economato y que Angry tiene por bandera en su bio de twiter. Y a su propia opción de papapetarse tras el conocido personaje de la película Algunos Hombres Buenos. Por supuesto, todo el respeto del mundo a ambos –a los que admiro- y a su elección, tan válida como cualquier otra.

Personalmente, he escogido mostrarme a cara descubierta, con sus ventajas y sus inconvenientes, que de todo hay. Y aparte de ser “la de la toga y los tacones”, navego con mi bloggera barca virtual remando con mis cuentas de redes en nombre propio. Tratando, eso sí, de respetar unos límites, que quizás no tienen los que utilizan un pseudónimo. Como decía, ventajas e inconvenientes.

Pero más allá de cómo se comporte cada cual en redes sociales, hay otra vida más allá de Internet. La que vivimos cada día al ir al supermercado, coger el autobús, o tomemos una cerveza -¿o más?- en una terraza. Y en esa otra vida hay de todo. Yo soy partidaria de la naturalidad. Tengo a gala que, en realidad, no soy Fiscal, sino que trabajo de Fiscal, y soy otras muchas cosas en la vida. Pero es indudable que la circunstancia de ser o trabajar de fiscal también es parte de ella. Y, como siempre, en el punto medio está la virtud. El problema es encontrar ese punto medio.

En un extremo, sé de algún que otro compañero o compañera –en sentido amplio, no referido solo a fiscales- que llevan la toga puesta en el cerebro hasta para dormir. Incluso dudaría si la usan de pijama o tienen una bata de guatiné con puñetas. Me contaron de uno que en una tienda de muebles se identificó como fiscal al ir a ver una mesa. Ignoro si es una leyenda urbana, pero aún le doy vueltas a qué tendrá que ver una cosa con otra, y a qué santo venía esa afirmación. Y también es frecuente bromear con eso de “sacar el carnet” si hay algún incidente, aunque en honor a la verdad diré que nadie que yo conozca lo hace llegado el momento. Entre otras cosas, porque si nos pillan podría rozar el delito o hasta entrar de lleno en él.

En el otro extremo, compañeros que ocultan a cualquier precio en qué trabajan. Una buena vara de medir es lo que ocurre en un taxi. Se le da la dirección del juzgado y el taxista, si es cotilla o quiere dar conversación, pregunta si trabajamos allí. Hay quienes que dicen lacónicamente que son funcionarios, y dejan poco posibilidad al diálogo. Yo, como creo que ser fiscal no es más ni menos que ser tornero fresador, vendedora de fruta o dependiente de grandes almacenes, digo que soy fiscal tan ricamente. Aunque es cierto que en el pecado llevo la penitencia, y más de un chorreo me he llevado por ser tan “natural”. Como el taxista haya tenido una mala experiencia con la Justicia, me ha caído la del pulpo. Gajes del oficio.

Creo que, aún respetando a quienes prefieren no desvelar su profesión, hay que desacralizar esto de la Justicia. Que somos personas normales, por más que a veces no lo parezcamos. Y un exceso de mutismo puede interpretarse como algo cercano a la superioridad. Con la excepción, por supuesto, de quienes por su especial destino o por las circunstancias propias del momento –como ocurría en los tiempos más duros del terrorismo etarra- deban guardar todo el sigilo posible.

Se ha criticado en algunos ámbitos a un conocido juez por publicar sus resoluciones en twitter, donde interactúa con su nombre y apellidos. Cada cual que piense lo que quiera pero no sé cómo alguien no se plantea en qué Justicia nos movemos si las notificaciones tardan una vida y cualquiera pide publicarlas a un solo click. Quizás el debate debería girar en torno a otro tema: ¿por qué si hay medios tecnológicos para publicar de inmediato algo seguimos anclados en eso tan viejuno de citaciones, faxes, telegramas y papelitos rosas de acuse de recibo?. Pero posiblemente eso no interesa, y así seguiremos, mientras nos venden la moto del papel 0 que es como la niña de la curva: todos hablan de él pero nadie lo ha visto.

Así que hoy el aplauso va ir en varias direcciones. Dedicado a quienes consiguen lograr en equilibrio entre discreción y oscurantismo, entre naturalidad y afán de notoriedad. Cada palo que aguante su vela. Ser juez o jueza, fiscal, laj, letrado o letrada o cualquier otra profesión jurídica – o no jurídica- es importante, pero ser buena gente lo es mucho más. Y eso se puede ser desde el anonimato o desde la publicidad

 

Carga de trabajo: ilusionismo numérico


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Todos los trabajos tienen su propia carga a cuestas. Y cuando más vocacionales son, mayor puede llegar a ser ésta, por aquello de sarna con gusto no pica. Y claro está que pocas profesiones son tan vocacionales como la de artista. En parte por eso y en parte por el incierto futuro que parece acompañarles, se agarran a la cresta de la ola como Kate Winslett al tablón en el helado oceáno de Titanic porque no siempre hay un Leonardo di Caprio a mano para salvarles la vida. Y, cuando las cosas les van de cara, se llenan las agendas de bolos, promociones, estrenos y saraos varios, sacando horas de la chistera como si de una escena El Mago se tratara. La farándula tiene sus servidumbres.
Pero ¿qué pasa en nuestro teatro?. En Toguilandia compartimos la vocación, pero no siempre el incierto futuro, aunque quizás de esa hechura sí que tiene un traje quienes se sientan en ese lado de estrados donde no hay puñetas. Pero a uno y otro lado –las dos caras de la misma moneda- sufrimos los efectos de ese inmenso truco de ilusionismo que llaman carga de trabajo.
La carga de trabajo, en principio, no es otra cosa que la cantidad de trabajo que soportan cada órgano o institución o cada uno de sus titulares, sean quienes sean, y que repercute directamente en cómo sea nuestra función y nuestra labor en ella. Pero el verdadero problema no es qué es, sino cómo se cuenta. Y, lo que es peor, para qué sirven todos esos numeritos y qué hacen luego con ellos. Y ahí es donde empieza en verdadero ilusionismo.
Los números son un modo fácil de dimensionar las cosas. Como las Nueve semanas y media que todos recordamos, los 101 dálmatas, 12 monos o los 19 días y 500 noches de Sabina. Pero cuando las cosas no son tan fáciles de contar como el tiempo, los monos o los dálmatas, la cuestión se vuelve peliaguda. ¿Cómo traducimos en números el trabajo de la justicia? Difícil, difícil. Ahora me ves, ahora no
Habrá quien crea que es fácil. Se cuentan los autos, las sentencias, las providencias, los escritos de calificación, los informes o lo que sean, se suman y tacháaaaan… Aparece Juan Tamariz tocando su violín imaginario y nos trae el resultado al final de una ristra de pañuelos rojos. Pero las cosas nunca son lo que parecen y descubrimos que el tema tenía truco. Y mucho más burdo que los del famoso mago de la melena rizada.
Medir la carga de trabajo en el número de resoluciones es algo facilón y no da idea ni siquiera lejana de lo que se trabaja en realidad. No es lo mismo la sentencia dictada –¿por qué la llaman «dictada» cuando ya nadie las dicta?- tras un juicio de meses y centenares de tomos de documentos que la que se realiza tras un juicio de cinco minutos por haberse llevado al descuido un CD de Camela en la gasolinera de un área de servicio. Como no es igual calificar una alcoholemia que una estafa multitudinaria con ramificaciones en paraísos fiscales. Pero los palotes sí son iguales, y la idea real que de la justicia se lleva el justiciable es tan real como la chica partida en varios trozos de la caja del mago. Pura ilusión óptica.
Pero una vez puestos, la cosa parece que sirve, y no solo para medir la productividad de quiénes trabajamos, sino, lo que es casi peor, para decidir qué se hace a la hora de crear juzgados, de dotar de medios o de dar presupuesto. Alerta roja, Neptuno hundido. Y no sabemos hasta qué punto.
Dicen que los números no mienten. Y puede que así sea, pero sí que engañan. Y si no, veamos un ejemplo. Acabamos de escuchar las declaraciones del máximo responsable de nuestro teatro contándonos muy ufano lo que ha disminuido el trabajo a raíz de esa reforma procesal que se sacaron de la manga en la oferta last minute de la legislatura anterior. Sin gastarse un solo euro. ¿Magia? No. Simplemente, el resultado de un truco de ilusionismo numérico. Desaparecieron los sobreseimientos por autor desconocido y con ello la mitad de números de Diligencias previas de cada juzgado. Pero no disminuyó el trabajo a la mitad porque, simplemente, lo que se volatilizó fue el trabajo que apenas costaba trabajo y no el que cuesta sangre, dolor,lágrimas.. y horas. Pero la cifra se quedó en la mitad, conviertiendo el rey en as tras un abracadabra vía BOE. Y, para culminar el numerito, se suprimen las faltas –y no todas-, otra parte del pastel que apenas engordaba, dejando la nata y la mantequilla intactas en el plato.
Así que, chisgarabís, si el trabajo se ha reducido a la mitad, no hace ninguna falta más presupuesto, ni inversión ni interés. La vida es bella. Y los mundos de Yupi, más.
Pero los trucos de magia no son más que eso, trucos. Y el único número que habría que repetir es el 0. Y no del papel 0 que nos han querido vender, sino del número de juzgados creados en los últimos años. Cero patatero, para ser exactos.

Y hete aquí otro ejemplo del ilusionismo. ¿Quién no oyó hablar en su día de las famosasa trescientas plazas de jueces que nunca existieron? No era más que mera ilusión, las plazas existían, los titulares también, y el hecho de asignarles a cada titular una plaza -algunos todavía siguen siendo provisionales tras años desde que aprobaron- nos lo venden como creación. Como nos vendieron en su día la «creación» de un montón de juzgados de violencia sobre la mujer que no eran otra cosa que los ya existentesd con una cartel nuevo en la puerta y una pegatina nueva en las carpetas. O muchas de las veces que alguien se llena la boca proclamando a los cuatro vientos que se ha creado tal cual sección especialista en la fiscalía, y que las más de las veces no consiste en otra cosa que no sea añadirnos trabajos a los y las fiscales que ya existíamos
Pues bien. si de números se trata, cero es también el aplauso que merecen los responsables de estas cosas. Por no hablar de tomates, verduras o abucheos. Cada cual a su gusto.

Manías: vicios ocultos


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¿Hay alguien más maniático que los artistas? ¿Algo más extravagante que los divos y divas, cuando ejercen de tales? Seguro que a cualquiera se nos viene a la cabeza toda clase de peticiones rocambolescas y de manías chocantes, algunas inocentes y otras, no tanto. Recuerdo que leí en algún sitio que Alberto Closas gustaba de hacer petit point en los descansos de rodajes –quizás aprendió mucho de hacer de padre de tropemil hijos en La Gran Familia-, y que Arturo Fernández lleva consigo una lucecita quitamiedos sin la cual no duerme. También me vienen a la cabeza las imágenes de algún famoso desplazándose almohada en ristre porque no puede conciliar el sueño sin otro cojín que no sea el suyo o andando con una mantita a rastras, por no hablar de los altarcitos que se montan algunos en el camerino. Y éstas son manías chiquitas y confesables, que de las inconfesables no puedo hablar porque, como su propio nombre indica, no se confiesan.

En cuanto a las extravagancias, las hemos leído a miles. Exigir habitaciones plagadas de rosas azules, miles de botellas de agua mineral de determinada marca, prohibir el uso de determinados colores, de algún tipo de comida y hasta que pinten la habitación con los colores del arco iris, de la bandera pirata o forrada de pan de oro. Y , dependiendo del caché del artista, todo vale con tal de tenerlo feliz.

¿Y en nuestro teatro? ¿Tenemos manías y extravagancias?. Pues claro que sí, aunque son más bien baratitas, que no estamos para echar la casa por la ventana con docenas de heliotropos o litros de champán rosa, mientras miramos nuestros decorados propios de Esta casa es una ruina.

Las primeras son las relativas al estado de las mesas de despacho. Aunque confieso que yo padezco algo cercano al síndrome de Diógenes, conozco compañeros que no pueden sentarse si no han dejado las mesas limpias y ordenadas, hasta el paroxismo incluso.Al más puro estilo del Sheldon de Bing Bang Theory  Sé de algún togado que no puede soportar no tener los bolígrafos perfectamente alineados, o que le entran sarpullidos si los papeles no están en el orden que decidió. Yo, por mi parte, lo paso mal si no tengo un boli bic de punta fina –y están escaseando mucho, por cierto- y un taco de pósits cerca. Y me pongo histérica si me dejan encima de la mesa algo que, según mi criterio particular, deba ir en el armario, o si alguien osa cambiar de sitio mi alfombrilla del ratón, a la que tengo un especial apego por razones sentimentales, o si cambian de sitio a mis amados pongos

Algunas de estas manías se crean con el trabajo. Pero otras son taras que vienen de los tiempos de estudiante y especialmente de opositora, una dura prueba psicológica no solo para quienes estudiamos sino para nuestro entorno.

Quienes opositamos tenemos el convencimiento que el mundo gira a nuestro alrededor, y que el tiempo se mide en temas y días de cante. Y quienes conviven con nosotros, generalmente abnegadas madres –aunque también parejas, padres y hasta abuelas- no tienen otro remedio que resignarse a dar vueltas en torno nuestro o mandarnos a tomar viento fresco arriesgándose a cargar con la culpa eterna de que no hayamos aprobado.

En mi casa mi santa madre hacía la comida en función de si acababa o no tema o si iba a cantar, e incluso hay para quien el menú varía según toque no preparador. Yo tenía además una colección de subrayadores sin los cuales era imposible estudiar, y alguna vez le he hecho recorrerse varias papelerías hasta encontrarlos. También necesitaba determinado tipo de reglas, porque no soportaba los apuntes subrayados sin ella y algunas corrían la tinta, y eso era un desastre inminente. Y así mil cosas.

Luego estaba la cuestión de los números. Como quiera que todo el mundo traduce la oposición a términos numéricos –cuántos años llevas, cuántos temas cantas, cuántas veces te has presentado- una acaba obsesionándose  y llegó un momento que no podía ver una matrícula o el número de un autobús sin pensar si me sabía ese tema. Y, caso contrario, yendo corriendo a buscarlo. Estuviera donde estuviera. Una vez me marché de una boda por esa razón, aunque jamás se lo confesé a los novios y fingí estar indispuesta .y lo estaba, pero de la cabeza- Y también sé de un opositor que, en una de las escasas veces en que se sale a darlo todo –la despedida de soltero de un amigo- cogió una melopea de órdago y le dio por repetir hasta la saciedad el tema del tercero hipotecario. Verdad verdadera.

A este respecto, me permitiré dar un consejito a quienes están opositando. Nunca creais lo que es cuenten de alguien que lleva millones de temas por cantada, ni que aprobó en nos pocos meses. O es mentira y es como el numerito del perro y la mermelada de Ricky Martin en Sorpresa, sorptesa, que nadie ha visto aunque conoce a alguien que sí lo vio; o tiene truco y quien quiera que fuera llevaba estudiando extraoficialmente durante mucho tiempo antes.

Otra cuestión eran los amuletos o fetiches. Cualquier cosa podía serlo. Desde determinada ropa de la suerte, que había que ponerse para el examen aunque el tiempo atmosférico recomendara otra cosa, hasta cualquier medalla, muñeco, figurita o estampa. Recuerdo que una amiga me regalo un búho de la suerte que desapareció misteriosamente de mi casa. A mi madre se le cayó y se rompió y no se atrevió a confesarlo hasta que hube aprobado por miedo a que me diera un patatús.

Y luego está el capítulo de cómo estudiar y cómo descansar. Aunque yo fui siempre más de ruidos y compañía –tenía especial querencia a tener a Espinete de telón de fondo en el televisor, por alguna razón que aún no alcanzo a comprender-, hay quien no soporta los ruidos, quien se pone tapones, quien necesita determinada música o detesta tal otra. Un compañero me contó una vez que arrojó por el balcón el radiocassette con el que los obreros de su finca amenizaban sus horas de estudio. Por suerte, no le pillaron, porque sólo le faltaba haber tenido antecedentes penales y no poder presentarse al examen.

El caso es que todas estas cosas acaban dejando secuelas. Seguro que mucha gente se ve reflejada si no en todas, en algunas de ellas. Y en muchas otras, que darían para nos cantos estrenos más.

Pero de momento, dejésmolo ahí, sin olvidar el aplauso para los héroes y las heroínas que hemos sobrevivido a libros, apuntes, neuras y manías. Y que las seguimos arrastrando como podemos. Porque, con todo, valió la pena. Y un aplauso extra a Justito el Notario, cuyo post sobre su aniversario opositoril fue la espita que abrió el gas de mis recuerdos.

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Madrepantojismo: corazón y derecho


 

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Pocas cosas hay más típicas del mundo de la farándula que la figura de la madre de la artista. Aparece por doquiera que va, cuanto más folclórica mejor, cuidando de que La Niña de sus ojos esté bien cuidada, bien atendida y se luzca como es debido. En la realidad y en la ficción, que recuerdo bien a la madre de Romy Schneider haciendo de madre de su hija travestida en Sissi Emperatriz.

Por eso, en cuanto saltó de las redes el #RETOBLOG referido a la patria potestad digital, acepté rauda y veloz, cual Indiana Jones En busca del reto perdido. Que ya se sabe que a esta bloggera toguitaconada le va eso de El reto que vivimos peligrosamente.

El madrepantojismo -y, de un tiempo a esta parte, padrepantojismo también- es algo que cualquiera que tenga hijos o hijas ha experimentado alguna vez. Tu criatura es la más graciosa, la más pizpireta y la más fantástica que hay, y bien que estará darla a conocer al mundo. Una tentación en la que es fácil caer, de ahí que haya habido más de un incauto atrapado en una estafa por un supuesto book que pagaba a tocateja e iba a catapultar a su simpar vástago a la fama, por medio de anuncios o castings para los que sería avisado, y que nunca llegaron. Seguro que le suena a más de una y de uno.

Pero nos olvidamos que detrás de nuestros propios sueños y afanes de gloria hay una criatura a la que tal vez no hará ninguna gracia verse expuesta a tirios y troyanos. No hace mucho leía que una joven demandaba a sus padres por las fotografías que compulsivamente habían compartido en redes sociales mientras era menor, y que le habían hecho cargar con las mofas y befas de todo aquel que se hubiera asomado a Internet para verlas.

Que se lo digan si no a la famosa Andreíta, cuya obstinación en no comerse el pollo casi la convierte en un fenómeno mediático, y eso que por aquel entonces no existía la difusión que las redes proporcionan a cualquier cosa que se comparta en un nanosegundo. Lo bien cierto es que la niña en cuestión salía en teles y revistas día sí y día también, sin que nadie le preguntara y sin que sepamos tampoco qué opinaba al respecto su padre, otro habitual de la prensa del colorín. Lo que no sabe mucha gente es que semejante afán exhibicionista hizo que la fiscalía actuara para parar los pies a aquella madre demasiado orgullosa de su niña y de la simbólica corona popular con que algunos medios adornaban -y siguen adornando- su imagen. Pero claro, era mucho más entretenido permanecer a la espera, no solo del affaire del pollo, sino de las constantes incidencias en cada entrega y recogida de la criatura por sus progenitores, que hacerse eco de las acciones debidas en defensa del menor. La dictadura de las audiencias, supongo.

Y haciendo un poco más de Remember when, seguro que cualquiera recuerda las apariciones en el escenario de un mocito que apenas sabía andar, vestido de principe de Beukelaer y enredándose con los volantes del traje de su madre, que arrancaba una salva de aplausos en ese momento, clímax de la actuación. También ignoro lo que el muchacho en cuestión pensará ahora al verse, más allá de añorar la melenita estilo paje de la que no queda ni sombra. Pero tal vez sin esa sobreexhibición el futuro de ese muchacho, como de otros hijos e hijas de la farándula, hubiera podido ser distinto. O tal vez no, pero no les dejaron elegir.

Hoy en día la existencia de Internet en general y de las redes sociales en particular convierten lo que era casi patrimonio exclusivo de famosos y famosuelos en una difusión al alcance de cualquiera. Y, aunque cada vez parece protegerse -o intentarlo- más a los menores, hubo un tiempo en que ancha era Castilla, y los padres, e incluso quienes no lo eran, podían disponer de la imagen de sus criaturas sin ningún pudor. Por eso hace algún tiempo que a quienes somos padres nos hacen firmar un consentimiento en colegios, escuelas de arte o de deportes o cualquier otra entidad, donde consentimos -o no- a que la imagen de nuestros infantes pueda ser reproducida. Y aquí es dónde pueden empezar parte de los problemas. ¿quién decide sobre este extremo, si los padres están separados? ¿puede hacerlo uno solo de ellos? ¿puede conminársele a dar el consentimiento para, por ejemplo, que la criatura salga en el vídeo recuerdo del último año de guardería, o de la graduación del Instituto?

Sé que habrá quien no me crea, pero puedo prometer y prometo que esta humilde toguitaconada asite con más frecuencia de la que es soportable a incidencias de lo más rocambolesco en procedimientos de familia, embutidas como chorizos en tripa en ese cajón de sastre que son los articulos 156 y ss del Código Civil, con el 158 como estrella indiscutible .He asistido a pugnas intestinas entre progenitores porque cada uno quería apuntarlo a una falla distinta -incluyendo el color del traje de fallera de la niña-, porque uno quería que hiciera motociclismo y la otra fútbol, porque tenía que bailar ballet y no hip hop, porque le convenía más estudiar alemán que inglés, árabe que chino. Así que el día menos pensado me encontraré sentada en la sala recabando el consentimiento para salir en la grabación de la escuela de ballet, con el riesgo de que la niña salga a cuadraditos y no se aprecie su gracia ejecutando un pas de bourree. Tiempo al tiempo.

Pero, al otro lado del espectro, están los padres selfieadictos, ésos que aprovechan cualquier momento para inmortalizar a la criatura y, de paso, demostrar al mundo lo buen padre o madre que son. Los he visto en redes, en blogs y, lo que es peor, lo he visto aportado en forma de pantallazo en juicio para tratar de demostrar las capacidades de una u otro en la crianza.

Por suerte, desde la Constitución hasta las leyes -ley de protección del menor y la reciente ley de la infancia-, pasando por el propio estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal, nos confieren facultades para poder evitar estos desmanes. Pero podemos actuar cuando el mal está hecho. Recordemos si no el caso de Marta del Castillo y los adolescentes menores de edad que pasearon por platós hasta que alguien puso orden ley en ristre. Y ahí es donde el sentido común, que, como sabemos, es el menos común de los sentidos, debería actuar. Acordando entre los propios progenitores cuáles son los límites a los que se someten, y con la aprobación de la autoridad judicial, y el consenso del ministerio fiscal, si procede. Pero antes, como digo. Para que todas las Andreítas de la historia no sigan teniendo que explicar una y otra vez que nunca se comieron el pollo porque sabía a rayos y centellas.

Así que hoy, el aplauso, no puede ser otro que para los padres y madres que, con su sensatez y su cuidado, nos evitan tener que intervenir, togas mediante. Porque si hay algo difícil en el mundo, es criar educando. O educar criando, que en este caso, tanto monta monta tanto

Sanidad: batas y togas


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Pocos temas hay que den para tanta obra como la sanidad. Enfermos y médicos son protagonistas de infinidad de obras de teatro, películas y series de televisión y, por supuesto, novelas, empezando por la del título más obvio, El Médico. Doctor Zhivago, Despertares, Coma, Contagio, Alguien voló sobre el nido del cuco o Una terapia peligrosa nos acercan a médicos y hospitales; El Paciente inglés, El enfermo imaginario, Planta Cuarta o Maktub, nos aportan la perspectiva del enfermo. Como muchas otras, a las que hay que sumar las que tienen en la propia enfermedad a su protagonista, como la recientísima Un monstruo viene a verme. Sin olvidar, por descontado, las series de televisión, como Urgencias, Médico de familia, Hospital Central, La doctora Quinn, Fraiser o Un médico precoz. Y es que las batas blancas –o los pijamas verdes- tienen tirón, no puede negarse.

Y es que si hay algún sitio por donde todo el mundo ha pasado alguna vez, es por una consulta médica. La mayoría desde antes de nacer. Por eso no es extraño que en nuestro escenario aparezcan por cualquier sitio, aunque a veces ni siquiera seamos conscientes de ello.

Por supuesto que tenemos nuestra estrella con bata blanca, los –y las- médicos forenses , protagonistas absolutos de uno de los primeros estrenos de este teatro. Pero hay muchos más.

Cuando hablamos de Medicina y Justicia, lo primero que se nos viene a la cabeza a quienes vestimos toga, y también a quienes visten bata, son los famosos partes de lesiones. Esos impresos que nos mandan de centros de salud y hospitales y que hacen constar que alguien ha sido atendido por unos hechos que pudieran ser delictivos. Un gran saco donde cabe todo: accidentes de tráfico o domésticos, peleas en bares, violencia de género y doméstica, ajustes de cuentas, reyertas callejeras, abortos, mutilación genital, violaciones, siniestralidad laboral y hasta imprudencias médicas. Luego habrá que ver qué hay de delito en todo eso, y si la cosa acaba en éxito o fracaso judicial. Aunque en el lenguaje médico siempre me llamó la atención eso de “exitus”, que más bien debía ser “fracasus”, porque es eso lo que apuntan cuando el hecho acaba con la muerte del paciente.  Alguna vez me lo explicarán. O no. Que seguro que viene del latín, pero a mí me sigue chocando.

Y es que si hay en algo que se puede ver lo viejuno e ineficaz que es el sistema procesal y sus vetustas leyes, necesitadas de un geriatra a toda urgencia, es en esto. El parte de lesiones tiene unas cualidades esotéricas que le hacen desaparecer como si de un truco de prestidigitación se tratara. Como si estuviéramos viendo El Mago o Harry Potter en vez de El Médico o La Doctora Cole. Seguro que a cualquiera nos ha pasado. A los de blanco y a los de negro. Se rellena el parte en el centro sanitario, con sus copias y todas sus formalidades, se mete en el sobre, se entrega y se da al “enviar” por el ordenador. Y se pierde en algún agujero negro del espacio, y acaba dando lugar a otro procedimiento en otro juzgado de aquel adonde fue el atestado. Y aparece en el momento más insospechado, percatándonos entonces que se pueden haber incoado varias causas por el mismo hecho. Trabajo perdido, por supuesto. Algo tan frecuente que, cuando aparece en manos de la víctima, la policía, el letrado o quien sea, ganas entran de abrazarlo y decir eso de “Mi tesoooro…”. Y eso suponiendo que, una vez encontrado, esté hecho a ordenador o con una letra legible, que no sé que les dan en la Facultad de Medicina pero parece que escriben en sánscrito.

Pero como decía hay mucho más. Y mucho más allá de delitos que acaban en lesiones o muerte, sea cual sea la causa. Quienes hemos hecho guardias nos hemos encontrado alguna vez con esos problemones que vienen de la mano de una huelga de hambre, una transfusión de sangre o un explante de órganos, cuando falta el consentimiento de quien debe de darlo. Cuestiones entre la ética y la ciencia en las que acaba teniendo que intervenir un juzgado y que siempre nos pillan de sorpresa.

Y por supuesto, hay una segunda parte. La intervención de los galenos como estrellas rutilantes haciendo de peritos  en juicio. También tuvieron su propio estreno, y de ellos depende en muchos casos la diferencia entre una absolución o una condena, entre estimar una demanda o no hacerlo, entre ganar un pleito o perderlo. Malas praxis, imprudencias médicas, existencia de motivos para una baja, determinación de capacidad o establecimiento de una filiación, sin ir más lejos. Que no sólo a los artistas o toreros les reclaman hijos, no vayamos a creer.

Así que hoy el aplauso viene con fonendoscopio incorporado. Y es para todos los sanitarios cuya colaboración con la justicia hace que ésta sea no solo más justa sino también más humana. Porque la justicia también viste bata blanca.

Y una mención especial a Mercedes, «la foren» de la imagen que me la ha prestado generosamente

 

 

 

 

Barbarismos: ¿ok?


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Hoy en día, el mundo del espectáculo bebe fundamentalmente de fuentes anglosajonas. Eso, unido al esnobismo de hacer creer que se sabe más cuantas más palabrejas se usen, hacen que a veces las entrevistas o los reportajes acaben siendo galimatías de difícil comprensión para los no iniciados. Los remakes, spin off, flash back o making off, que ya van cobrando carta de naturaleza aunque sean fácilmente traducibles, se unen a la manía de meter anglicismos a punta pala para parecer más enteradilla, y se hacen selfies en lugar de autoretratos, make up en lugar de maquillarse o lucen un nuevo look en lugar de un nuevo aspecto, más flamante aún si practican el running o el spinning en lugar de correr o hacer bicicleta estática y llevan un estupendo modelito que no confesaran a nadie que consiguieron low cost en un outlet –saldo de toda la vida- que por algo son it girls. Faltaría más. Que para eso somos unos genios del Spanglish.

¿Hemos recogido esa tendencia en nuestro escenario? Pues eso parece, por paradójico que resulte. Y es que en un mundo que nutría sus raíces en el latín la última tendencia es eliminarlo, que no lo digo yo sino organismos internacionales. Y por más que, como veíamos en otro estreno, los latinajos pueden resultar pedantes, en ocasiones son difícilmente sustituibles. Que por más que lo piense no me resulta fácil imaginar a una defensa diciendo “en caso de duda hay que estar a favor del investigado” en vez de “in dubio pro reo”. Y menos aún decir que “el juez ha de conocer el Derecho”, que suena incluso grosero, en vez del exquisito “iura novit curia”. ¿Y como traducimos eso de “excusatio non petita, acusatio manifiesta”, que aunque no sea estrictamente jurídico, a veces viene al pelo? ¿”Te he pillao, bacalao”?. Difícil, difícil.

Pero lo que no deja de resultar curioso es que, al mismo tiempo que eliminamos el latín, y proscribimos a los Ticio, Cayo y Sempronio de nuestros tiempos de Universidad al ostracismo,  nos vendemos Por un puñado de sextercios a la invasión del Follow Me. Como se vendía el profesor de Derecho Romano de Estico. Están locos estos romanos, como dirían Asterix y Obelix.

En mis tiempos de estudiante, y más aún en los de opositora, me resultaba chocante introducir en algunos temas determinadas palabrejas. Llegado el momento, ni siquiera sabía si optar por la pronunciación tal cual sería en español, al más puro estilo Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí, o ponerme pedantilla y tratar de emular a Shakespeare, como si un Pigmalion imaginario me hubiera repetido hasta la saciedad que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla. Al final, nos quedábamos a mitad camino, tratando que eso pasara de lo más desapercibido. Recuerdo todavía que en mi examen de oposición, en que en Derecho Laboral tuve que hablar de la huelga y los conflictos colectivos, me daba hasta reparo la referencia al label, una práctica consistente en etiquetar determinados productos para dejar constancia del conflicto. Juraría que incluso bajé la voz para pronunciar aquella palabra.

Pero ahora, derivada de la globalidad del mundo en que nos movemos, aparecen anglicismos que tienen pinta de quedarse para siempre. A estas alturas, quien no sabe lo qué es el Compliance –o finge saberlo- no es nadie. Hasta la Fiscalía General del Estado se apresuró a sacar una instrucción sobre el tema, no vayan a pillarnos con el pie cambiado.

Y hay más ejemplos. Mi buen amigo notario amigo Francisco Rosales lleva varios días a vueltas en su blog con el crowfunding, que para mí no es otra cosa que la tradicional colecta, pero que a él le llevaba incluso a evocar a la usura, paradójicamente una institución cuya regulación data nada menos que de 1908.

Pero si hay una materia donde los palabros surgen como champiñones en una casa con goteras ésa es toda la que se relaciona con la informática. Parece ser que las raíces castellanas no casan bien con el software y el hardware y hay que hablar de phising o pharming para dar nombre a estafas mondas y lirondas cometidas pantalla mediante, de crackers –aunque la mayoría de gente hable de hackers– para referirnos a piratas informáticos y de malware para aludir a un sabotaje como un piano de grande.

Otro campo abonado para el anglicismo viene dado por el que se refiere a delitos con connotaciones sexuales. El sexting, esto es, difundir públicamente imágenes íntimas de la víctima, no ha encontrado vocablo español que traslade su significado por completo, pero constituye una clara amenaza o coacción –llegando al soborno a veces-y, si las imágenes íntimas se llegan a difundir, una revelación de secretos. Que todos relacionamos de inmediato con una concejala de un pueblo castellano -no de New Jersey, por cierto- que luego se ha convertido en habitual de realitys y prensa del hígado.

Pero ninguna falta hacía llamar stalking al acecho ni bulliyng al acoso, vaya. Y seguro que también encontramos término justo para otras prácticas repugnantes como el grooming –o child grooming, si se trata de menores- , esto es, engañar a alguien para conseguir acercarse con fines sexuales. Lo que se viene haciendo, por desgracia, por algunos desalmados, desde que el mundo es mundo, aunque no existiera Internet como vehículo.

En definitiva, nada nuevo bajo el sol. Ya desde hace mucho asumimos con normalidad cosas como el marketing, cuyo nombre se aleja bastante de la lengua de Cervantes. Y contratos como el de garaje, heredero de una lengua ajena pero ya totalmente asumido, o el factoring.

Así que ahí seguimos. Y mientras me tomo un muffin con un smoothie – o sea, una magdalena y un batido pagados a precio de oro-, daré el aplauso de hoy a quienes saben usar la erudición solo cuando es preciso, en latín o en inglés, en estrados o fuera de ellos. Porque en el término medio está la virtud, aunque a veces no sea fácil encontrarlo.

 

Llamadas: ¿sin respuesta?


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No todo es fácil para los artistas. Es más, para la mayoría de ellos es bien difícil simplemente salir adelante con su profesión. Solo unos privilegiados lo consiguen y solo una élite logran el estrellato, la fama y los ingresos millonarios. Los que más se ven, claro, pero son los menos. El resto, pasan la vida llamando puertas y encontrándolas cerradas. Autores que nunca vieron su obra publicada aunque luego fuera internacionalmente conocida como La Conjura de los Necios, o pintores como Van Gogh, ese Loco del Pelo Rojo que nunca soñó en vida que sus cuadros alcanzarían cifras de escándalo.

Y en nuestro escenario, cómo no, también existen las puertas cerradas. En uno y otro sentido, para todos los protagonistas, de dentro y fuera.

Las primeras puertas a las que llamamos quienes estábamos llamados a habitar Toguilandia son aquellas que nos llevarían a entrar en la logia de las togas, el Imperio del Sol o poco menos, visto desde fuera. Una carrera que a veces no resulta fácil y una vida laboral en la que, desde luego, nadie regala nada. Si se decide entrar a tumba abierta en el campo laboral, no hay camino de rosas que valga, salvo excepciones. Y ya nos podemos andar olvidando de esas películas donde la protagonista cuelga su placa en la puerta con la V de victoria en los dedos y empiezan a lloverle los clientes como agua de mayo. De eso nada. Aquí cuestan sangre, dolor y lágrimas, o poco más. Y conservarlos, otro tanto, que aunque no lo sufra en mis carnes sé de primera mano lo que puede llegar a sacar de quicio un cliente enquistado. Y días buenos y malos. Días de vino y rosas.

Pero donde quizás se siente más la sensación de estar llamando a una puerta cerrada es mientras se estudia una oposición. Esos días de encierro donde el acceso a La Tierra Prometida del aprobado y la plaza fija se ve más inaccesible que la Ciudad Prohibida de El ultimo emperador. Seguro que más de uno y más de una saben de qué estoy hablando. La Delgada linea roja que separa el aprobado del suspenso, el todo y la nada

Y las puertas cerradas tampoco para quienes gastamos puñetas terminan ahí. A veces, están cerradas a cal y canto cuando se pretende un traslado, y más aún si se trata de acceso a determinados puestos. Desde el techo de cristal a intrigas palaciegas, desde el escalafón hasta la jerarquía, un montón de muros infranqueables se nos plantan delante de las narices. Aunque, a veces, lo que parece imposible no lo es tanto, y se consigue acceder a lo que se pretende. No todo está perdido. Nunca digas nunca jamás

Pero también hay puertas cerradas al otro lado de estrados. Quizás las que más duelen y menos se comprenden. La de esa víctima que no logra una resolución que le satisfaga, sea por la razón que sea. Porque no se haya encontrado al culpable, porque la ley no contemple una solución a su problema, porque el colapso por falta de medios impida una pronta resolución –ya se sabe, justicia tardía no es justicia- o porque sea, sencillamente, imposible. ¿Cómo reparar el daño infligido a la familia de la persona asesinada? ¿Cómo resarcir a quien un desaprensivo ha esquilmado todo su patrimonio?. Claman Justicia, claro, pero no hay justicia que les devuelva lo perdido. Por más que se intente.

Y también hay otras puertas cerradas de ésas que no pueden abrirse ni queriendo. Situaciones tragicómicas, en gran parte causadas por ese dicho tan común y tan dañino. “esto es de juzgado de guardia”. Y claro, la gente se lo cree y piensa que en el Juzgado de guardia tenemos la varita mágica que soluciona todos los problemas. Y pasa lo que pasa. Yo he visto presentarse a una comunidad de vecinos enfadadísima para denunciar en el juzgado que el vecino del tercero había puesto un toldo distinto al que acordaron en junta. Y con una calavera pintada, nada menos. Y ahí estaban indignados pretendiendo que fuéramos a quitar el oprobioso toldo y le diéramos un escarmiento al díscolo vecino. No hubo modo de hacerles comprender que aquello no era cosa nuestra, pero que podrían entablar otro tipo de procedimiento. Y se fueron musitando acerca de nosotros toda clase de lindezas.

Grifos que se dejan abiertos, lejía sobre la ropa recién tendida, música más alta de la cuenta, gritos y hasta jadeos de placer de inequívoca causa han sido objeto de denuncias en el juzgado de guardia. Puertas cerradas, claro. No queda otra. Aun recuerdo a una señora que, a la vista de que no podíamos impedir que su vecino pusiera la música a toda pastilla, nos pidió con lágrimas en los ojos, que le convenciéramos al menos para que pusiera otra cosa que no fueran los Chunguitos, que los tenía aborrecidos. Pero me temo que la pobre mujer habrá seguido teniendo rumba para rato.

Hace apenas unos días viví una situación que me dio la clave de cómo se puede sentir el justiciable. De pronto, un investigado se me lanzó a los pies y comenzó a besármelos como si no hubiera un mañana. Ni estaba detenido ni el delito era grave, pero su desesperación sí que lo era, a la vista de su actitud. Ni que decir tiene que le supliqué que se levantara y traté de explicarle las cosas del mejor modo posible, pero no sé si salió muy convencido. El tiempo lo dirá, como dirá si por fin se abrió la puerta a la que llamaba.

Así que hoy el aplauso no puede ser sino para quienes tratan de franquear todas las puertas, por difícil que resulte, y también para quienes con paciencia y amabilidad hacen ver que no somos serenos con el manojo de llaves para abrir todas las puertas. Ojala así fuera.

Y, por descontado, un aplauso extra a @JulioAntonio48 artífice de la imagen que ilustra este estreno.

 

Coincidencias: ley de Murphy


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Los artistas, sobre todo los que han alcanzado cierto caché, tienen sus representantes para llevarles la agenda. Ellos gestionan sus entradas y salidas, dónde y cuándo aparecen y deciden si les conviene o no. Y, a buen seguro, deciden también a cuál acudir entre varios eventos que coinciden. Porque eso es inevitable. A veces son los astros que se posicionan y otras veces la falta de sentido común, y se reclama su presencia en varios sitios a la vez.. ¿Es más conveniente acudir al festival solidario, al prestigioso certamen, a la cena homenaje a un compañero, al estreno, a una fiesta conmemorativa, a un aniversario? Y como el don de la ubicación aun no ha sido inventado, llega el problema. Que, si de una estrella se trata, resolverá el agente sin molestar al divo o a  la diva.

Nosotros también sufrimos los efectos de la ley de Murphy. Tal vez una de las leyes que más se cumple –para algunos, en franca competencia con la ley del embudo, pero esperemos que no sea así- La tostada cae siempre del lado de la mantequilla y ya está el lío montado. Sálvese quien pueda.

La coincidencia de escenarios a las que acudir es un mal común en nuestro teatro. Especialmente de señalamientos. En eso abogados y procuradores tienen un máster y probablemente nos ganen por goleada, pero no son los únicos.

Seguro que quienes habitamos Toguilandia hemos vivido una y mil veces la misma escena. En la Sala, todos en nuestros puestos, y un avatar del destino impide la continuación del juicio. Hay que señalar un día para la continuación. Se masca la tragedia. El juez -o jueza- que preside empieza a hojear el libro de señalamientos. Tensa espera. Y entonces dice la frase mágica: comprueben sus agendas. Que a mí me suena a algo así como el “desenfunda forastero” del más típico de los westerns. Y los vaqueros se palpan el bolsillo, y sacan el móvil, la tablet, o, algunos todavía la agenda de papel de toda la vida. Y empieza el sudoku. Tal día tengo un juicio, yo tal otro tengo una declaración, pues yo ése estoy de guardia y aquél en un congreso. Y no hay modo de encontrar una fecha disponible dentro de los 29 dias siguientes, que es el plazo máximo que debe mediar entre sesión y sesión de un juicio empezado. Aunque al final, parece que la sangre no llega al río y consiguen la cuadratura del círculo. Y lo que parecía Misión Imposible, conseguir fijar el Día D, se logra.

Más difícil es, si cabe, en los casos en que el juicio no ha dado comienzo. Ahí no hay 29 días que valgan, hay que buscar fecha, cosa que a veces es más difícil que buscar una aguja en un pajar. Los señalamientos están encajados como piezas de un complicado puzzle, y tratar de que encaje otra en medio puede llevar al garete el invento. Así que, o se incrusta en una sesión ya teóricamente completa con el riesgo de acabar a las mil y monas o se pone cuando toca según la inexorable lista de espera. En ocasiones, hasta un año más tarde o más, que el colapso de algunos juzgados es lo que tiene. Eso sí, ahí el desenfunde de agendas es más relajado. Es difícil que coincidan señalamientos a tantos meses vista. O que se sepa en ese momento, claro.

Pero, lejanos o cercanos en el tiempo, cuando coinciden se suscitan verdaderos conflictos. Porque hay normas, claro, pero tantas como criterios para interpretarlas. Tienen preferencia las causas con preso sobre las que no lo son, la jurisdicción penal a la civil, los señalamientos hechos con más tiempo a los menos previsores, la violencia de género o los menores sobre otras materias, la guardia a lo que no lo es, el juicio con jurado a otros juicios, y, ahí va la bomba, lo urgente sobre lo demás. Combine usted todos los criterios y si le sale, habrá ganado premio. Porque he visto a más de una Letrada o Letrado tratar de explicar en vano que esta víctima de hoy es la que heredó de la guardia de ayer porque la atendió en comisaría, por más que hoy no esté de guardia, mientras en otro juzgado tiran de su toga porque ellos tienen un preso y el teléfono se quema con llamadas de ese juzgado donde le señalaron hace ocho meses. Para volverse locos.

Y no crean que a los fiscales no nos pasa. Menos, y de otra manera, pero nos pasa. Como, por el contrario de lo que piensa el mundo, no pertenecemos a un juzgado si no que actuamos en varios –aquel o aquellos donde estemos adscritos, mas juzgados de lo penal, salas, jurados, guardias y demás- cuando llega el momento de desenfundar revólveres, cruzamos los dedos. Porque a nosotros nos dicen aquello de “que venga un compañero, que el fiscal es único”. Y no digo yo que no, pero, único y todo, no nos han dotado aún de un chip que transmita al cerebro de un fiscal la parte de juicio que hizo otro u otra, ni lo que llevaba estudiado. Y a veces no nos queda más remedio que tirarnos a la piscina a riesgo de que no haya agua, aguantando la respiración para que no nos pillen en un renuncio. Porque claro, lo de sustitutos para cubrir estos problemas pasó a la historia cuando la tijera recortadora decidió defenestrar a la mayoría, con más precisión que Eduardo Manostijeras

Y si ya hablamos de cursos de formación o de congresos, respecto de los que no sólo tenemos derecho a ir sino también obligación de formarnos, que el cielo nos asista. O hay algún colega que se apiade de ti o ya estás renunciando a formarte. En nuestro caso, además, con un lindo papelito que justifica que lo hacemos por necesidades del servicio. Aunque más bien habría que decir por la falta de él.

Recuerdo una ocasión en que, existiendo una sala de refuerzo en aquélla a la que estaba asignada, nadie previó la posibilidad de que señalaran ambas al unísono, como si fueran los mismísimos Chicos del Coro. No había fiscal libre y se decidió dejarlo a la suerte, esto es, a cruzar los dedos -tenemos ya calambres de tanto cruce- para que uno de los dos señalamientos acabara en conformidad o se suspendiera. Así fue, pero eso de subir y bajar escaleras haciendo trozos de juicio en salas diferentes, casi me cuesta un paro cardíaco. Y aun tengo taquicardia de recordarlo. Taquicardia que, por cierto, se me fue de golpe siendo sustituida por un fuerte instinto asesino cuando alguien me dijo eso de “¿ves como podías?”. Pues eso.

Así que hoy el aplauso no es para Murphy ni su famosa ley, sino para los supervivientes a ella. Para los que pese a todo salen del entuerto aunque tengan que disimular lla mancha de mantequilla de la tostada

 

Danza: del tutú a la toga


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A lo largo de estos más de dos años de estrenos en nuestro gran teatro de la Justicia, hemos visto de todo. Desde las estrellas más rutilantes hasta el último y más olvidado figurante, desde el director al tramoyista, han ido desfilando por nuestras tablas, y también sus sentimientos, sus problemas y sus alegrías. Y seguirán haciéndolo, que aun queda mucha tela por cortar y esta modista tiene hilo y aguja de sobra mientras siga habiendo espectadores.

Pero, a pesar de la debilidad de esta humilde directora de pista por la danza, aún no había dedicado función alguna a la misma. O quizás por eso. Y el acompañamiento de baile es lo que da sentido a muchas obras, cuando no se convierte por sí misma en el tema de la trama. Las zapatillas rojas, El Cisne Negro, Billy Elliot, El último bailarín de Mao, Flashdance, Fiebre del Sábado Noche, Dirty Dancing, A chorus line, Fama, Noches de Sol.. y así hasta una lista interminable. Y luego están esas otras películas en las que nada sería igual sin danza: la escena de la azotea de West Side Story, el dùo de Grease, el tango de las asesinas de Chicago, los saltos entre los troncos de Siete novias para siete hermanos. Y no solo musicales. ¿Qué sería de Pulp Fiction sin el baile que se marcan Uma Thrman y Travolta, o de Perfume de Mujer sin el tango de Al Pacino?

En nuestro teatro no bailamos. Ya me gustaría a mí, que llevé tutú y zapatillas de puntas antes que toga y tacones. Pero quizás por eso, a veces imagino nuestras actuaciones en términos bailados.O bailables. Y cómo la propia danza, nunca son iguales.

Cuando todo transcurre como es debido, es como si estuviéramos ante un ballet de corte clásico. Evolucionamos al ritmo de una coreografía pautada, como las bailarinas de El lago de los cisnes, aunque cambiemos el vaporoso tul blanco por el solemne raso negro. E incluso, a veces, con nuestra Odile y nuestra Odette, el cisne negro y el banco, el autor y la víctima. Imaginemos un juicio por asesinato, por violación o por cualquier otro hecho terrible de los que tenemos la desgracia de andar sobrados.

Otras veces, cuando oímos a las víctimas en el juzgado de guardia, es inevitable pensar eso de “su vida es un tango”, de pro encadenamiento de tragedias. Me ocurre con muchas víctimas de violencia de género, pero también con otras. Su historia se podría contar a golpe de pasos del tango más intenso y sentido que imaginarse pueda.

¿Y cómo no pensar en un reggaetón cuando, en mitad de una declaración, escuchas a hombres que se creen con derecho a humillar a su mujer, solo porque es suya, y hasta a mujeres que asumen ese papel y que, en muchos casos acaban retirando las denuncias? No sé si perrean, pero, a veces, me parece oir de fondo la sintonía de una machacona canción que repite “eres mía, mía, mia”. Un peligro que, por cierto, acecha a nuestra juventud.

Pero no todo es triste, intenso ni negativo. En ocasiones, cuando el asunto acaba en una confomidad a satisfacción de todos –los hay, incrédulos, los hay-, me siento como si fuéramos a arrancar a cantar y bailar como si de un musical se tratara. Oh, what a beatiful morning, o what a beatiful day… Probad a imaginarlo. Igual creamos tendencia y los acuerdos se hacen coreografiados. Todo es cuestión de proponerlo.

También a veces, cuando de menores se trata y el hecho no pasa de ciertos límites, los imagino a ritmo de hip hop, o intentando arreglar sus diferencias en una batalla de break dance. Ojala lo hicieran siempre así y su escenario nunca fuera el nuestro.

.        Y. según sean los protagonistas, podríamos añadir una danza imaginaria a nuestras funciones. La multiculturalidad de la sociedad moderna y, por tanto, de los actores de nuestra función, nos lleva a imaginar Salsa, Bachata, ritmos africanos, danza de vientre y hasta valses vieneses o danzas húngaras. E incluso sevillanas o una jota, si me apuran, que nuestro folklore en bien rico.

Así que hoy, el aplauso es por todos los bailarines de nuestro teatro, aquellos que con sus evoluciones armoniosas saben seguir el ritmo de la música y arrancar los aplausos del público. Porque al ritmo de la música de la Justicia no es fácil, desde luego.

Puertas adentro: la intrahistoria


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Es evidente que el teatro, como espectáculo que es, vive de puertas para adentro. De lo que ve el público, lo que desarrolla en el escenario ante nuestros ojos. Fuera quedan lo que ocurre entre bambalinas y más allá, en las vidas de todos los que lo conforman y que nadie puede ver ni mucho menos sentir, por más que siempre haya algún Objetivo indiscreto –o no tanto- que pretenda hacernos creer que nos descubre sus vidas y sus almas. Lo que el ojo no ve es esa parte a la que nunca tendremos acceso. Como las propias vidas de los actores, muchas veces prefabricadas para dar una imagen que nada tiene que ver con la realidad. Como aquel Rock Hudson que nos vendían como prototipo de determinados clichés hasta que su forzosa salida del armario por culpa de una enfermedad maldita nos estalló en la cara. Gigante. Vaya que sí. Como otras miles de historias que nunca conoceremos.

Y si en algo es prolijo nuestro teatro, en esas historias ocultas, esa intrahistoria que esconde detrás de cada función, por no decir de cada toga. Hay miles de esas historias en las vidas de cada uno de los protagonistas, fijos o eventuales, protagonistas o secundarios. Y, si interpretan bien sus papeles, nadie se dará cuenta. Ya se sabe. Show must go on.

Aun antes de llevar la toga, ya existen detrás de códigos y apuntes muchas mochilas con las que cargar. Detrás de cada estudiante y, muy especialmente, detrás de cada opositor, un mundo de vivencias grandes y pequeñas tratan de alterar la rutina, a veces para siempre. El fallecimiento de un ser querido o una ruptura sentimental pueden introducir un terremoto de magnitudes incalculables en la calma chicha del enclaustramiento propio de quienes opositan. Solo reponerse de ello  puede suponer un esfuerzo titánico. Pero a veces hay más. He conocido casos en que la pérdida de un padre ha supuesto tener que dejar los estudios de golpe por una cuestión económica o compatibilizarlos con un trabajo que supone un obstáculo más en el camino. O enfermedades propias o ajenas, que hacen batallar en varios frentes distintos. Furia de titanes. Y el tiempo jugando siempre en contra.

Pero si hay una intrahistoria que me ha impresionado en mi vida toguitaconada, ésa es la de Amelia, nombre imaginario para una persona real. Tras su toga de juez de malos tratos en la lejana Bolivia, escondía un rosario de sufrimiento y superación. Un marido que la maltrataba, la difícil decisión de denunciarlo tras mucho meditar y un terrible desenlace. El marido de Amelia se suicidó tras ser imputado, y el mundo se le cayó encima. No solo la familia de él le echó la culpa sino que su propia familia le dio la espalda. Cambió de ciudad, donde sigue batallando día a día por sacar adelante a sus hijos y porque otras mujeres no padezcan el infierno por el que ella pasó. Una heroína anónima a la que tuve el honor de conocer y que me marcó para siempre.

Aunque quizás donde más intrahistorias existen es en las vidas de aquellos que acuden a nuestro escenario en busca de Justicia. Por un lado, no siempre les dejamos explayarse todo lo que quisieran. De una parte, la premura de tiempo y la necesidad de ceñirnos a los hechos controvertidos, de otra, incluso los propios consejos de su letrado, que le insta –acertadamente- a callar algunas cosas que le puedan perjudicar. Y, por otro lado, sus propios sentimientos. Mujeres que no declaran contra su pareja, hijos que no declaran contra sus progenitores, víctimas de agresión sexual a quienes la angustia les bloquea el recuerdo. Dramas que quedan soterrados y que incluso llevan a renunciar a juicios en pro de una conformidad que evite revivir tanto dolor.

Y, por supuesto, también puede haber dramas terribles detrás de algunas personas que haya cometido un delito. Pasados terribles, adicciones o vivencias que marcan. Algo especialmente doloroso cuando de menores se trata.

Aunque no todo es dolor. También hay entre bambalinas anécdotas que se guardan para evitar males mayores. Recuerdo en una de mis primeras guardias a un joven delincuente a quien su letrada no sabía cómo callar la boca porque, sorprendido con el radio cassette -sí, existía-de un coche recién sustraído, estaba empeñado en contarnos que él era mucho más hábil, y que en la mayoría de los casos no le habíamos pillado. Por suerte para el, su atribulada abogada consiguió que cerrara la boca antes de que saliera de allí imputado por una sucesión de robos que le habían salido niquelados. Salvado por la campana.

Las historias son infinitas. Por eso hoy la ovación es para quienes llevan a cuestas su intrahistoria y siguen adelante. A uno y otro lado del estrado. De puertas para adentro, como la imagen que ilustra este estreno, cedida generosamente por @JulioAntonio48. Gracias.