Llamadas: ¿sin respuesta?


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No todo es fácil para los artistas. Es más, para la mayoría de ellos es bien difícil simplemente salir adelante con su profesión. Solo unos privilegiados lo consiguen y solo una élite logran el estrellato, la fama y los ingresos millonarios. Los que más se ven, claro, pero son los menos. El resto, pasan la vida llamando puertas y encontrándolas cerradas. Autores que nunca vieron su obra publicada aunque luego fuera internacionalmente conocida como La Conjura de los Necios, o pintores como Van Gogh, ese Loco del Pelo Rojo que nunca soñó en vida que sus cuadros alcanzarían cifras de escándalo.

Y en nuestro escenario, cómo no, también existen las puertas cerradas. En uno y otro sentido, para todos los protagonistas, de dentro y fuera.

Las primeras puertas a las que llamamos quienes estábamos llamados a habitar Toguilandia son aquellas que nos llevarían a entrar en la logia de las togas, el Imperio del Sol o poco menos, visto desde fuera. Una carrera que a veces no resulta fácil y una vida laboral en la que, desde luego, nadie regala nada. Si se decide entrar a tumba abierta en el campo laboral, no hay camino de rosas que valga, salvo excepciones. Y ya nos podemos andar olvidando de esas películas donde la protagonista cuelga su placa en la puerta con la V de victoria en los dedos y empiezan a lloverle los clientes como agua de mayo. De eso nada. Aquí cuestan sangre, dolor y lágrimas, o poco más. Y conservarlos, otro tanto, que aunque no lo sufra en mis carnes sé de primera mano lo que puede llegar a sacar de quicio un cliente enquistado. Y días buenos y malos. Días de vino y rosas.

Pero donde quizás se siente más la sensación de estar llamando a una puerta cerrada es mientras se estudia una oposición. Esos días de encierro donde el acceso a La Tierra Prometida del aprobado y la plaza fija se ve más inaccesible que la Ciudad Prohibida de El ultimo emperador. Seguro que más de uno y más de una saben de qué estoy hablando. La Delgada linea roja que separa el aprobado del suspenso, el todo y la nada

Y las puertas cerradas tampoco para quienes gastamos puñetas terminan ahí. A veces, están cerradas a cal y canto cuando se pretende un traslado, y más aún si se trata de acceso a determinados puestos. Desde el techo de cristal a intrigas palaciegas, desde el escalafón hasta la jerarquía, un montón de muros infranqueables se nos plantan delante de las narices. Aunque, a veces, lo que parece imposible no lo es tanto, y se consigue acceder a lo que se pretende. No todo está perdido. Nunca digas nunca jamás

Pero también hay puertas cerradas al otro lado de estrados. Quizás las que más duelen y menos se comprenden. La de esa víctima que no logra una resolución que le satisfaga, sea por la razón que sea. Porque no se haya encontrado al culpable, porque la ley no contemple una solución a su problema, porque el colapso por falta de medios impida una pronta resolución –ya se sabe, justicia tardía no es justicia- o porque sea, sencillamente, imposible. ¿Cómo reparar el daño infligido a la familia de la persona asesinada? ¿Cómo resarcir a quien un desaprensivo ha esquilmado todo su patrimonio?. Claman Justicia, claro, pero no hay justicia que les devuelva lo perdido. Por más que se intente.

Y también hay otras puertas cerradas de ésas que no pueden abrirse ni queriendo. Situaciones tragicómicas, en gran parte causadas por ese dicho tan común y tan dañino. “esto es de juzgado de guardia”. Y claro, la gente se lo cree y piensa que en el Juzgado de guardia tenemos la varita mágica que soluciona todos los problemas. Y pasa lo que pasa. Yo he visto presentarse a una comunidad de vecinos enfadadísima para denunciar en el juzgado que el vecino del tercero había puesto un toldo distinto al que acordaron en junta. Y con una calavera pintada, nada menos. Y ahí estaban indignados pretendiendo que fuéramos a quitar el oprobioso toldo y le diéramos un escarmiento al díscolo vecino. No hubo modo de hacerles comprender que aquello no era cosa nuestra, pero que podrían entablar otro tipo de procedimiento. Y se fueron musitando acerca de nosotros toda clase de lindezas.

Grifos que se dejan abiertos, lejía sobre la ropa recién tendida, música más alta de la cuenta, gritos y hasta jadeos de placer de inequívoca causa han sido objeto de denuncias en el juzgado de guardia. Puertas cerradas, claro. No queda otra. Aun recuerdo a una señora que, a la vista de que no podíamos impedir que su vecino pusiera la música a toda pastilla, nos pidió con lágrimas en los ojos, que le convenciéramos al menos para que pusiera otra cosa que no fueran los Chunguitos, que los tenía aborrecidos. Pero me temo que la pobre mujer habrá seguido teniendo rumba para rato.

Hace apenas unos días viví una situación que me dio la clave de cómo se puede sentir el justiciable. De pronto, un investigado se me lanzó a los pies y comenzó a besármelos como si no hubiera un mañana. Ni estaba detenido ni el delito era grave, pero su desesperación sí que lo era, a la vista de su actitud. Ni que decir tiene que le supliqué que se levantara y traté de explicarle las cosas del mejor modo posible, pero no sé si salió muy convencido. El tiempo lo dirá, como dirá si por fin se abrió la puerta a la que llamaba.

Así que hoy el aplauso no puede ser sino para quienes tratan de franquear todas las puertas, por difícil que resulte, y también para quienes con paciencia y amabilidad hacen ver que no somos serenos con el manojo de llaves para abrir todas las puertas. Ojala así fuera.

Y, por descontado, un aplauso extra a @JulioAntonio48 artífice de la imagen que ilustra este estreno.

 

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