Memoria: buscando a Dory


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Pocas cosa hay más útiles que la memoria. Mal lo deben pasar los actores si no la tienen bien desarrollada y no son capaces de recordar su papel. A salvo, claro está, de pinganillos y chivatos y los apuntadores de toda la vida, con su concha y todo. De éstos, mi preferido es, sin lugar a dudas, el de la Venganza de Don Mendo, que hace bueno el dicho de “muere hasta el apuntador”. Aunque también deben tener su punto los que usaban para rodar culebrones, que bien podían grabar veinte capítulos de golpe de Los Ricos también lloran sin que llegaran a secárseles las lágrimas. Y cómo olvidar esas películas en las que la propia memoria es la protagonista, como Memorias de Africa, Algo para recordar Memorias de una Gheisha. O el filón que supone para el cine la falta de memoria o la pérdida de ella, como Mientras dormías.

En nuestro teatro la memoria juega un papel fundamental. Sobre todo al principio, que es un buen pasaporte para abrirse  paso en la carrera y sobre todo, para  las oposiciones.. Aunque la memoria ha de ir siempre acompañada de un buen raciocinio, que con intépretes tipo Rain Man andaríamos aviados, por más que fuera capaz de aprender un listín telefónico de principio a fin. Sobre todo ahora, que los listines pasaron a ser una pieza de museo.

He de reconocer que tengo la suerte de tener una buena memoria. Y que ésta, por supuesto, me franqueó la entrada en Toguilandia, porque nuestras oposiciones, como todo el mundo sabe, se nutren esencialmente de la capacidad de recitar temas en tiempo fijado, sin pararse a pensar, y lo más adecuados a la dicción literal de la ley en cuestión. Confieso que, a punto de cumplir mis bodas de plata toguitaconadas, todavía soy capaz de cantar de corrido cosas que aprendí en mis tiempos de opositora, como las definiciones en latín de ley, de usufructo, de contrato y de unas cuantas cosas más, algunas de ellas inútiles. Sin ir más lejos, los artículos de un Código Penal que ya no existe, y cuyos preceptos todavía se ha negado a derogar mi memoria. De hecho, el español que sedujere tropa para pasarse al servicio de las tropas sediciosas o separatistas aún anda en el disco duro de mi cerebro ocupando espacio. Y menos mal que el Código Civil se mantiene, que también hay varios de sus artículos que continúan grabados a fuego, junto al inefable artículo 34 de la Ley Hipotecaria, todo un clásico aunque una sea fiscal y esencialmente penalista.

Por suerte para mi cordura, hay cosas que ya he olvidado, como las fechas de promulgación de cada uno de los Estatutos de las Comunidades Autónomas, que dejaron ojiplático al tribunal que me escuchaba y me valieron una buena nota, o todos y cada uno de los apartados de los artículos 149 y 150 de la Constitución, referidos a las competencias del Estado y de las Comunidades Autónomas. Hace tiempo que a este respecto regresé al mundo de las personas normales y tengo que consultarlo para recordar.

Después de tantos años, creo que me he recuperado de casi todas mis neuras, aunque siempre queda un poso. Y si no me acuerdo de lo que dice un artículo pues cojo el código, o el ordenador, tablet o similares y lo miro. Atrás quedaron los tiempos en que me despertaba en plena noche empapada en sudores fríos porque mi cerebro se negaba a procesar el más recóndito artículo de una no menos recóndita ley, y acababa levantándome de la cama y buscándolo, para luego darme de cabezazos contra la pared no sé bien si por no recordarlo o por no ser capaz de esperar al día siguiente.

Cuando el tiempo pasa, se pierden muchas cosas pero se gana en sentido común y en capacidad de razonar las cosas. Por suerte. Tengo una buena amiga que siempre dice que es Dory, la desmemoriada pececilla de Buscando a Nemo, no obstante es una excelente profesional. Y seguro que exagera con lo de Dory, aunque yo hago como si la creyera. Y reconozco que más de una vez me he  encontrado a mí misma Buscando a Dory.

Pero la memoria también tiene su espacio entre las leyes. Entre otras cosas, da nombre a una ley, la de Memoria Histórica, no tan presente en ocasiones como debiera, o a instituciones tan vetustas como las Infomaciones de perpetua memoria, que vaya usted a saber qué son. O eso de reanudar el tracto sucesivo, que no es otra cosa que reparar el episodio amnésico de algunos registros públicos. Por no hablar de la sempiterna Memoria de la Fiscalía, que año tras año llega para amargarnos la vida a jefes y a no tan jefes

Y no solo en la ley. Hay que recordar siempre de dónde venimos, lo que hemos conseguido y cuánto ha costado. No hace tanto que en nuestro país, por ejemplo, las mujeres no podíamos comprar un piso o irnos de viaje sin permiso de un hombre, ni acceder a determinadas carreras. Tampoco hace tanto que se negaba a la ciudadanía la capacidad de opinar como quisiera y hasta de pensar, vedando la posibilidad de pluralidad política de ningún signo. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí y aunque en muchas cosas aún queda camino, eso sí que no debemos olvidarlo nunca.

Así que ahí va el aplauso. Para quienes usan la memoria para no olvidarse de nuestros derechos. Que son los de todas las personas.

 

#historiasporlaigualdad


cuchilla

Por este 8 de marzo, desde el escenario de Con Mi Toga y Mis Tacones nos sumamos a a reividicación con una de esas #historiasporlaiguadad que ojala nunca hubiera de ser contada

 

CUCHILLAS

– Mamá, ¿Qué son cuchillas?

Con esa sencilla pregunta, mi hija abrió la caja de los truenos. Ya no hubo manera de cerrarla.

Traté de explicarle lo obvio. Que son unos instrumentos afilados que sirven para cortar, con los que, además, tenían que tener mucho cuidado las niñas pequeñas como ella. Pero no le convencieron mis explicaciones. Siguió preguntando para qué servían, y cómo se usaban. Y, aunque me extrañó la pregunta, seguí explicando con paciencia que las usaban los hombres para afeitarse, y también las mujeres y algunos hombres para depilarse y, a veces, para cortar papel u otras cosas. Pero insistí en que ella no debía usarlas. A no ser que  la supervisaran en el colegio.

Como me llamó la atención tanta curiosidad por algo tan nimio, quise seguir preguntándole. Y entonces me contó una historia que jamás una niña de nueve años debería saber. Y menos, vivir.

Al parecer, ese día en el colegio la profesora les había encargado un trabajo manual algo complicado. Las criaturas estaban emocionadas con aquella tarea, un pequeño monumento que deberían construir entre todos. Y les había dicho que, entre el material necesario, podrían traer cuchillas, siempre que las utilizaran con una persona adulta delante.

Según me contó la niña, de pronto, una de sus compañeras, Amina, rompió a llorar desconsoladamente. Repetía una y otra vez que las cuchillas eran malas, que ella no quería saber nada de eso, y que tampoco quería que nadie las usara. Y lloraba y lloraba sin parar.

La maestra se acercó a ella y trató de consolarla sin mucho éxito. La niña no paraba de llorar. Así que les dijo que cambiarían aquel trabajo hasta nueva orden. Que no harían el monumento cortando maderitas y que lo convertirían en un concurso de dibujo. Y entonces, aunque Amina pareció calmarse, el resto de la clase se enfurruñó. Les habían estropeado la diversión sin siquiera explicar por qué. Así que se enfadaron con Amina, a la que culpaban de haberles fastidiado la fiesta.

Amina era buena amiga de mi hija, aunque, según contaba, era demasiado tímida. No se relacionaba mucho con la gente y tenía siempre una expresión de temor pintada en sus grandes ojos oscuros.

Pero mi hija no se conformaba con dejar así las cosas, de modo que siguió insistiendo.Y, aunque Amina se resistía a contárselo, acabó sabiéndolo.

La niña vivía en casa de unos tíos suyos, que llegaron a España desde su tierra varios años antes. Había conseguido llegar tras una odisea tremenda. Y todavía tenía pesadillas al recordarlo. Por eso jamás hablaba de ello.

Hasta poco tiempo antes, había vivido en su país, rodeada de una madre que la adoraba pero que vivía supeditada al hombre que le asignaron por marido, el padre de Amina y de sus tres hermanas. La mayor de ellas despareció un día de la mano de su padre y de una mujer mayor a la que nunca habían visto y jamás volvió. En su casa nunca volvieron a hablar de ella. Era como si la tierra se la hubiera tragado. Al cabo de un tiempo, aquella mujer volvió a aparecer por su casa. Se llevó a Amina y a sus dos hermanas, dos mellizas un año menores que ella. Y, antes de que se dieran cuenta, estaban en una habitación donde solo había un camastro y una vieja cuchilla oxidada. De pronto, Amina recordó las historias que contaban otras niñas de viejas que les cortaban “ahí abajo” con un instrumento como aquel y les hacían mucho, mucho daño. Tanto, que algunas nunca volvían. Como su hermana mayor. Y, llevada de un impulso irrefrenable, quiso coger a sus hermanas y salir corriendo en cuanto se descuidaran. Ella logró huir, pero las mellizas no pudieron. Y escapó prometiéndoles que volvería a por ellas.

Amina tuvo suerte, si es que se podía llamar así. Una pariente la vio escondida entre unos árboles y comprendió lo que pasaba. Se hizo cargo de ella hasta ponerla en contacto con alguien que la llevaría a un sitio muy lejano, allá donde no cortaban a las niñas con cuchillas. Y le hizo ver que era imposible llevar a sus hermanas, como ella quería

Los siguientes días fueron una vorágine de preparativos, mientras Amina permanecía oculta  Antes de que se pudiera dar cuenta, estaba en una barca de goma, sin más equipaje que un chaleco salvavidas que su tía pagó a precio de oro. Amina recordaba aquella travesía como una pesadilla, aunque según dijeron luego, también tuvo mucha suerte. Habían conseguido llegar a tierra firme sin demasiados contratiempos, aparte de un frío atroz, una sed horrible y un miedo que se le quedó impregnado en la mirada para siempre. Cuando creían que estaban a salvo, una enorme valla les separaba de la tierra prometida. Otra vez cuchillas. Las que coronaban esa valla.

A partir de ahí, la memoria de Amina se borraba. Hasta el momento en que fue rescatada no sabía por quién. Alguien se encargó de buscar a esos tíos con los que vivía actualmente, cuyos datos había aprendido de memoria obligada por aquella pariente de su madre que la escondió cuando salió huyendo de aquella habitación con una cuchilla oxidada.

Esta es la historia que me refirió la maestra de mi hija, la  historia que le tuve que contar. La historia que una niña de nueve años no tendría que conocer nunca.

 

Llegó el día de la fiesta del colegio. La clase de mi hija exponían lo que parecían simples dibujos.

Pero quienes asistimos a aquella celebración escolar nunca la olvidaremos.Debajo de una pancarta de colores, se apilaban un montón de cartas de organismos nacionales e internacionales. Habían logrado dar a conocer la historia de Amina.

Cuando volvimos la cabeza, no podíamos creer lo que vimos. Dos niñas idénticas, algo más pequeñas que Amina, la abrazaban sin parar de llorar. Encima de ellas, lucía, más hermosa que ningún monumento la pancarta: “Que ninguna cuchilla corte nuestro derecho a vivir en igualdad”. 

Veteranía: la voz de la experiencia


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Dicen que la veteranía es un grado. Y que la experiencia es la madre de todas las ciencias. Y no les falta razón, aunque como todas las cosas, admite matices. En el mundo del espectáculo, son muy respetados los profesionales veteranos, con toda una vida de tablas y escenarios a sus espaldas, aunque también hay otros que se han visto relegados en su vejez al más triste de los olvidos. Pero son frecuentes los homenajes, premios honoríficos o menciones a esas trayectorias. Y aunque el cine suele nutrirse de personajes jóvenes, hay excelentes muestras de obras protagonizadas por personas mayores, como esa delicia titulada En el estanque dorado o las inolvidables viejecitas de Arsénico por compasión.

También en nuestro teatro la veteranía es un grado. O debe serlo. Y no me refiero aquí a quienes, desde la jubilación, siguen aportando su experiencia a través de escritos o de colaboraciones, que los hay y muy valiosos. Me refiero a un momento anterior, cuando la toga va perdiendo lustre y ganando muescas y, si de togados públicos se trata, la nómina creciendo en trienios.

Comentábamos varios compañeros hace unos días acerca de lo que el tiempo da, y lo que quita. Y si bien es cierto que, al tiempo que el tinte se va haciendo necesario en muchas de nosotras, e innecesario en muchos de ellos por falta de objeto, las facilidades para un buen destino crecen y el empuje de la juventud disminuye. Y no siempre es fácil equilibrar la balanza.

La veteranía y, en la función pública, su primo hermano el escalafón, dan opciones a escoger un destino cómodo, lejos de asfixias obligadas por la circunstancia de tener que conformarse con lo que quede –o con lo que nadie quiere- Pero también dan muchas tablas y muchos conocimientos que deben aprovecharse en pro de la justicia y del justiciable, y que es una pena desperdiciar. Y ahí entra en juego un factor de equilibrio, la ilusión, esa que no hay que perder nunca, como comentaba otro de mis compañeros que había aprendido de su preparador.

Entiendo que es penoso ver que alguien aprovecha su buen número en el escalafón solo para buscarse una vida lo más confortable posible. Incluso quien lo pueda usar para escaquearse lo máximo posible. Pero también es penoso meter a todos en el mismo saco y creer que cualquier destino se escoge, años mediante, en pro de pegarse la vida padre y no de dar un mejor servicio donde esa experiencia pueda ser aprovechada. Y ni una cosa ni otra. Hay excelentes profesionales que lo son hasta el mismo día de colgar la toga, y hay quienes no lo son desde el primer día en que se la pusieron. Por fortuna, los primeros ganan por goleada a los segundos.

Pero la veteranía no es solo escalafón. Entre los protagonistas de nuestro teatro que no forman parte de escalafón alguno –Letrados y Procuradores esencialmente- también la veteranía es un grado. Y podemos aprender mucho de esos abogados y abogadas –aunque menos- mayores que llevan una vida dentro de su toga. Ya he hablado otras veces de todo lo que aprendí de mi padre, aunque no tuve la fortuna de disfrutar mucho tiempo de él, y siempre me quedaré con el deseo de haber compartido estrados. No perdamos la oportunidad de preguntarles y aprender de ellos.

Recuerdo una vez, allá en la noche de los tiempos, en que un magistrado fue especialmente descortés –por decirlo de algún modo- con un letrado muy mayor que, aunque exquisito en sus formas, había tenido algún lapsus de memoria. En público, le dijo que debería volver a la Facultad. Nunca olvidaré la cara de aquel hombre al que había visto y admirado mil veces en Sala sintiéndose humillado ante semejante exabrupto. Y, aunque no lo hago muchas veces, lo busqué luego para darle la mano y decirle que hizo un buen trabajo. No lo era, pero podría haber sido mi padre.

La veteranía es relativa. Quienes andamos a medio camino entre un extremo y otro somos considerados veteranos por unos y bisoños por otros, dependiendo también de la edad media de la curia en ese tiempo y lugar. Algo así como los hermanos medianos de una familia numerosa, en el limbo entre ser el mayor de los pequeños o el pequeño de los mayores. Pero en vez de quejarnos unos y otros, deberíamos usar la experiencia de unos para aprender y el empuje de otros para contagiarnos. Reconozco que a mí los alumnos en prácticas siempre me insuflan un chute de energía extra y me dan más de lo que puedan recibir de mí, lo crean o no.

Por eso hoy el aplauso es para quienes valoran la experiencia como un privilegio sin perder la ilusión, y para quienes con la ilusión intacta, aprenden de ella. Y, por supuesto, para todos los perfiles senior , según terminología de nuevo cuño, que no son justamente apreciados. Dicho sea sin acritud alguna. O no

 

 

 

Gestos: comunicación no verbal


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Llevamos ya muchos estrenos en nuestro teatro, y en todos ellos hemos utilizado la palabra como instrumento esencial. Y esencial es, desde luego. Pero no todo se dice con palabras, y hasta muchas veces, las palabras contradicen al gesto, se diga lo que se diga.

Y si en todas partes es esencial el lenguaje no verbal, en el espectáculo es, si cabe, mucho más. Tanto, que hubo un tiempo en que no había sonido en el cine y el gesto nos lo tenía que transmitir todo. ¿Qué sería de nosotros sin ese andar característico de Charlot y la ternura de El Chico, sin la cara de palo de Buster Keaton o la galanura de Rodolfo Valentino? El cine nunca hubiera llegado a ser lo que era sin que le precediera el cine mudo, como nos recordaba, entre otras, Cantando bajo la lluvia y, en versión remember, las más modernas Blancanieves o The Artist. Aunque el gesto no se perdió con la llegada del sonido al cine. Lo que abunda, no daña, aunque a veces se pase de rosca, como las mil muecas de Jim Carrey en La Máscara.Pero una buena expresión vale una vida. Que me lo digan a mí, que aun veo en mis pseadillas la cara del Jack Nicholson de El Resplandor. O que se lo digan a la actriz de Hijos de un dios menor, merecidamente oscarizada aunque no pronunciaba ni una palabra en todo el filme. Pero, para gestos en el cine, la cara de los que parecieron premiados y no lo eran por La la land, en la ceremonia de los Oscar 2017, las de los que no parecían premiados y lo eran por Monnligh, y las de los atribulados presentadores del premio, Warren Beatty y Faye Dunaway

Y, aunque parezca que nuestro teatro pueda ser el reino de la palabra, dicha o escrita, muchas veces la comunicación no verbal dice más que el mejor de los informes. Y otras, no es que lo dice, sino que más bien lo contradice.

¿Que en menudo jardín me he metido? Tal vez, y acabe desvelando secretos inconfesables que hasta ahora escondía tras la máscara del disimulo. Pero, como ya he dicho otras veces, el mundo es de los valientes. También con toga y tacones.

Y puestos a confesar, confesaré. Seguro que más de uno y de una se ha dado cuenta, pero esas veces que se reproduce un informe de otro, o se afirma y ratifica, se hace con tan poca fe que el gesto nos delata. Otras, cuando nuestra presencia en juicio es debida a un imponderable de útima hora, de esos de “ve a juicio ya, que Fulanita se ha puesto enferma”, pasamos verdaderos malos tragos para sacar aquello adelante. Y aunque nuestra expresión diga que estamos convencidas a la vista del resultado de la prueba practicada en la sesión anterior del juicio, nuestro lenguaje no verbal dice que maldita sea mi mala suerte y ojalá no se den cuenta que no tengo ni repajolera idea de lo que pasó, más allá de las notas que haya dejado el compañero, cuando las hay. Porque por más que diga la ley que el Ministerio Fiscal es único, esto no es la Santísima Trinidad ni nos llega el espíritu en forma de paloma. Ojala así fuera.

Pero el lenguaje no verbal no es exclusivo del Ministerio Público, desde luego. Un clarísimo ejemplo es el del pobre letrado al que le ha tocado un cliente imposible, y que dice aquello de “siguiendo instrucciones de mi mandante”, que viene a equivaler a “no me queda más remedio que decir esto”, acompañado en ocasiones de una cara de perrillo apaleado que reconozco que me provoca ternura y empatía. Al otro lado del espectro, está el que se refiere al “estimado colega”, sea del Ministerio Público o de la acusación particular con una cara de pocos amigos que lo último que transmite es estima.

Y, arriba de estrados, todos hemos podido ver a jueces o juezas con caras de interés o expresiones de infinito aburrimiento. Y en casos, hasta dan un respingo. Como el que recuerdo que dio un juez bastante mayor cuando oyó en un juicio que la víctima se refería a la acusada como “su ex novia”, en un asunto donde la víctima en cuestión constaba como Manolo pero pasado el tiempo entre los hechos y el juicio había pasado a ser y parecer Manuela.

Y luego están los pequeños gestos. Recuerdo un secretario de judicial –ahora sería un laj- que, en cuanto concluía su labor, comenzaba a armar escándalo con las gomas, los clips y demás adminículos de papelería, aunque el resto estuviéramos concentrados en nuestros informes. Incluso una vez, jugando con un boli y la goma que sujeta el expediente, ésta hizo de tirachinas y me dio en plena cara. Y tuve que dominar muy bien el lenguaje no verbal para no ponerle cara de asesina en serie o que no me diera un ataque de risa. O ambos a un tiempo. Y algo parecido me pasa a mí cuando pierdo la paciencia, algo que la juez con la que trabajo nota de inmediato por el repiqueteo rítmico de mis tacones contra el suelo.

Pero donde más hay que emplear el lenguaje gestual es cuando se actúa ante el tribunal del jurado. Confieso que tengo un amplio repertorio de ojitos, levantadas de ceja y aspavientos con los que trato de comunicarme con los miembros del jurado. Que a veces tampoco pueden dominar el suyo, y sueltan más de un bostezo, por cierto, especialmente si están atendiendo a periciales complicadas. Cosas de la vida toguitaconada.

Aunque es verdad que a veces los gestos nos traicionan. Es difícil contener las ganas de levantarse la toga y dar vueltas por la sala de vistas abrazando a todo bicho viviente cual estrella balompédica cuando el testigo resulta fantástico a nuestros intereses o nos notifican una sentencia favorable en un asunto complicado. Y también es difícil disimular las ganas de volvernos invisibles cuando sucede lo contrario.

Por último, no podemos olvidar a nuestros protagonistas. La expresión de la víctima y su modo de transmitir credibilidad o lo contrario pueden ser determinantes. Como puede serlo también la cara del acusado, en particular cuando se le mira fijamente a los ojos, ejercicio que suelo poner en práctica. Y también reconozco que algunas miradas han llegado a darme escalofríos y hasta acompañarme en alguna pesadilla. Pero eso también son cosas de la vida toguitaconada.

Así que hoy en vez de aplauso, trataré de comunicarme de manera no verbal con una enorme sonrisa. Dedicada a todos aquellos que, con sus gestos, saben hacernos más agradable el trabajo. Que a veces cuesta mucho.

 

Cuentos: érase una vez


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No hay infancia sin cuentos. O no debería haberla. Cuando se recuerda la niñez, enseguida acuden a la memoria aquellos cuentos leídos o contados que nos hacían soñar y, sobre todo, nos invitaban a dormir, para alivio de nuestros padres. Y a los cuentos leídos o escuchados hay que sumar los vistos, a través de todas las representaciones que cine y teatro nos han brindado. Desde el viejo Marcelino, pan y vino hasta los más o menos modernos, muchos de ellos tuneados por la factoría Disney o en versiones mucho menos amables o almibaradas como las de Tim Burton. Para gustos hay colores y habrá quien prefiera ser Princesa por Sorpresa o Eduardo Manostijeras, pero siempre hay un cuento que viene a cuento.

Y hoy contaré uno muy especial. El de Taconita en el País de las Maravillas. ¿Me acompañáis? Advierto que la toga y los tacones son optativos, aunque siempre vienen bien.

Érase una vez una gentil toguitaconada que gustaba de dar largos paseos por su país, Toguilandia. A nuestra protagonista le gustaba explorar, investigar y adentrarse en todas partes, pero veía tantas cosas que luego no era capaz de recordarlas todas de golpe, y cuando quería contarlas había quien no le creía. Así que decidió llevarse su cuaderno y tomar nota de todo. Y éste es el resultado.

El cuaderno de Taconita no era un cuaderno al uso. En pleno siglo XXI en Toguilandia tenía algo que se llamaba Papel 0, que había sido fruto de un proceso muy bien estudiado llamado digitalización de la Justicia en el cual unos señores y señoras muy sesudos y bien asesorados consiguieron una justicia eficiente y rápida. Mientras lo ponían en marcha, cuenta la leyenda que se reían de un país muy lejano donde un invento llamado lexnet volvía Del revés a los operadores jurídicos, que acababan imprimiendo más papel que nunca en los juzgados. Pero en Toguilandia no pasaba eso, porque con MagicNet lo tenían todo solucionado. Por eso el cuaderno de Taconita no era más que su dispositivo móvil y su talento para plasmarlo. Del resto se encargaba la tecnología.

Así que armada y pertrechada con sus ganas, recorrió Toguilandia. Lo primero que visitó fue algo que llamaban Juzgado de guardia. Allí había hombres y mujeres instalados en unas magníficas dependencias que atendían con una sonrisa a los ciudadanos que acudían a consultar sus problemas. La leyenda decía que en aquel otro país ese juzgado se llenaba de hombres –y también mujeres- amarrados de las muñecas por algo que denominaban «esposas», porque habían cometido actos horribles que llamaban “delitos”. Pero no en Toguilandia. Allí, aunque sí que se veían muy de vez en cuando hechos horribles, eran tan excepcionales que casi nadie se acordaba. Porque en el país de Taconita la educación era tan buena que casi todo el mundo llegaba a la edad adulta bien aprendido. Y cuando había excepciones, había una ley que actuaba de inmediato, porque la Justicia tenía muchos más medios que cualquier otra Administración. Y eran la envidia de la Agencia Tributaria que, a base de que la gente pagara voluntariamente todos los impuestos, casi no tenía medios por no necesitarlos.

Siguiendo con su paseo, Taaconita de repente se encontró un monumento. En él, una mujer y un hombre sonreían en un plano de igualdad. Taconita se sorprendió, porque en su país nadie se imaginaba que en algún sitio los hombres y las mujeres no fueran tratados de la misma forma, pero se acercó al monumento y vio una placa, que rezaba que aquello era un homenaje a algo que existió en otra época, algo llamado Juzgados de Violencia sobre la Mujer, que habían cerrado por innecesarios. A ningún hombre de Toguilandia se le ocurriría hacerle nada a una mujer por el solo hecho de serlo. Valiente barbaridad. Taconita dejó una flor virtual de su dispositivo MagicNet y siguió andando.

Casi al lado del anterior, había otro monumento. Un monolito dedicado a aquellos que lucharon contra la corrupción. Nuestra heroína tuvo que buscar a través de la red pública de Internet a la que cualquiera podía acceder en qué consistía aquello. Cuando leyó que hubo en tiempo en que había políticos que malbarataban el dinero público, no podía creerlo. En Toguilandia aquello era impensable.

Y en su paseo, Taconita también pudo ver cómo se celebraban los juicios. Vio que, como suponía, un número parejo de hombres y mujeres conocían de asuntos que habían sucedido hacía apenas unos días. Salvo algunos especialmente complicados por las diligencias a practicar, que nunca tardaban más de dos meses porque había tanto personal, con tantos medios y tan preparado que las cosas casi corrían solas. Auxiliadas, por supuesto, de todo tipo de especialistas que acudían raudos a emitir su dictamen. Había una leyenda que decía que en otros tiempos se llegaron a tardar hasta años, pero Taconita no quiso creerlo. La gente a veces contaba enormes mentiras y exageraba demasiado. Acabáramos.

Por último, Taconita no quiso marcharse sin saludar a quienes allí trabajaban. Le encantó el ambiente de camaradería y colaboración. Juristas, mujeres y hombres, que actuaban como un equipo en pro de la sociedad aportando cada cual lo mejor de sí. Sin rivalidades ni desconfianzas, como los maledicentes decían que existieron en otro tiempo. Pero eso tampoco quiso creerlo Taconita, que había que ver qué cosas inventaban.

Así que Taconita se fue a su casa con su cuaderno mágico lleno de notas que usó en este cuento, Taconita en el País de las Maravillas.

Y esta humilde Toguitaconada no hace otra cosa que traerlo para estrenarlo en nuestro escenario. Lástima que no acabe como el Planeta de los Simios, descubriendo que ese planeta en realidad es el nuestro.

Por eso hoy el aplauso es precisamente para quienes, inasequibles al desaliento, hacen cada día todo lo posible para que Toguilandia sea como ese País de las Maravillas. O que, al menos, se parezca todo lo posible.

Y un aplauso extra para @JulioAntonio48 por cederme esa fotografia que ilustra el post. Posiblemente, una imagen que envidiarían en la mismísima Toguilandia.

 

Ironía: el recurso


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Dice el Diccionario de la Real academia que la ironía es una “burla fina y disimulada”. Pero como tercera acepción, da la “expresión que da a entender algo contrario o diferente a lo que se dice, generalmente como burla disimulada”. Y ésa es precisamente la acepción que me gusta, por lo que da de sí. Un recurso frecuentemente utilizado en las tablas del teatro, sobre todo cuando se trata de comedias, más inteligentes cuanto más usan de este recurso. El humor fino e irónico ha dado de sí grandes obras, y grandes momentos del cine, entre los que me quedo el de la subasta de Con La Muerte en los talones, o el propio título de Arsénico por compasión.

En nuestro teatro también usamos la ironía. A veces, cono puro instrumento de defensa, ante unos escenarios más propios de Los Albóndigas o de Porky´s que de la alta comedia. Pero, ante estas cosas, resulta un excelente instrumento de defensa. O de supervivencia, según como se mire.

Si repasamos el día a día, resulta más que obvio. Yo misma, vivo en una constante ironía. Porque, desde luego es irónica mi frase cuando digo, convenientemente toguitaconada, que estoy dando saltos de alegría ante la perspectiva de hacer quince juicios seguidos en una mañana. O cuando compruebo que en la guardia hay tropemil detenidos esperándome. También es pura ironía cuando nos encontramos varios compañeros en un fin de semana de guardia y nos saludamos comentando la alegría que nos supone vernos. Y, por supuesto, lo es también cuando, ante la llegada de una causa con preso de varios tomos justo el día antes de irme de vacaciones, exclamo, como si estuviera en la feria, eso de “que alegría, que alboro, otro perrito piloto”. Lo que advierto por si alguien me escucha en ese trance y cree que las actuaciones vienen con regalo incorporado, no vayan a creer que encima hay un cohecho.

Y, ya puesta a hacer advertencias, aprovecharé para hacer otra. Cuando esta hunilde toguitaconada dice eso de “y un jamón para la fiscal”, no quiere decir otra cosa que el tema no tiene por donde cogerlo. Por si las moscas. Aunque éstas vengan del mismísimo Jabugo.

Pero no solo fuera del escenario usamos tan fino recurso. Muchas veces se usan en el trámite de informe. Y más de lo que a veces nos damos cuenta. Siempre recordaré un juicio por una paliza propinada a un árbitro. Cuando el acusado se empeñaba en contarme que él solo protestó con toda educación ante las adversas circunstancias, le dije: “de modo que usted, viendo que el señor árbitro había pitado un penalty injusto en el último minuto, que además suponía la bajada de categoría de su equipo, puso los brazos en jarritas y reconvino con educación a dicho señor árbitro diciéndole que tal vez estaba cometiendo un error de apreciación”. Pero el acusado no debió pillar el tono porque me dijo “Exacto. Lo ha adivinado”. Añadiendo que después fue el propio árbitro quien se cayó al suelo y se rompió él solito la nariz. He de decir que la juez hubo de suspender por unos minutos la vista porque no podía para de reír, por más que intentaba disimular. Ante el ataque de la carcajada inminente, no hay ironía que valga.

Y también muchos de nuestros latiguillos son irónicos. Como ese que se refiere al adversario en el juicio –sea fiscal, defensa, o acusador particular- como “el insigne compañero”, que en realidad quiere decir qué mal rayo le parta y ojala se abra la tierra a sus pies y se lo trague. Y, por supuesto, estoy segura que esos “seré breve” que anteceden a una hora larga de informe oral son también pura ironía.

Pero no solo somos irónicos quienes vestimos toga. La ley también lo es muchas veces, y todavía más quienes se encargan de adoptar determinadas medidas. Por qué a ver si me explica alguien por qué llamaron abreviado a un tipo de procedimiento que pude durar muchos años y muchos tomos, u ordinario a ese sumario cuyo uso es extraordinario. O llamar Ministerio de Gracia y Justicia al encargado de tomar medidas que a más de uno le hacían de todo menos gracias. O titular así a la derogada ley de suspensión de pagos, cuando precisamente lo que pretendía es que no se suspendiera pago alguno. Cosas del legslador.

Y parecen haber tomado gusto a eso de la ironía. Porque seguro que es por esa razón por la que hacen referencia al Papel 0, que como todos sabemos, nada tiene de cero y mucho de papel. O llamar “modernización” a usar algo tan revolucionario como un SMS para notificar, o un pen drive como la pera limonera de los medios tecnológicos. Y tantos ejemplos cuantos queramos ver.

Probablemente sea ésa la razón por la que, a veces, no interpretamos bien lo que nos dicen. Y nos llevamos los chascos que nos llevamos. Pero interpretando en clave irónica, todo cobra sentido, y al menos sabremos a que atenernos. Así, siguiendo la definción de la RAE, podemos entender que cuando se nos dice que en un año desparecerá el papel, en realidad significa que desaparecerá cuando las ranas críen pelo, y cuando nos dicen que la reforma de la ley de enjuiciamiento criminal ha agilizado la instrucción, pues otro tanto. Como las manifestaciones continuas de que van a crear plazas de jueces y fiscales, y juzgados, que en realidad deben querer decir que esperemos sentados. Y es que no hay como tener la piedra justicieta para entender las cosas.

Y esto es lo que hay. Así que hoy el aplauso es para quienes, en lugar de echar sapos y culebras por la boca ante los contratiempos diarios, emplean una fina y educada ironía. Que siempre hace la vida más agradable. Dicho sea, esta vez, sin doble sentido.

 

Más coletillas: ¿ inevitables?


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Ya hace un tiempo se levantaba el telón de nuestro escenario para hablar de algunos lugares comunes o usos del lenguaje, lo que conocemos como coletillas o también latiguillos. También hablábamos entonces de su uso en el teatro y en la vida, en el espectáculo y en nuestro teatro. Seguro que cualquiera ha emulado alguna vez a Escarlata O´Hara poniendo a Dios por testigo en Lo que el viento se llevó, o ha usado el conocido Buenas Noches y buena suerte. Y hasta ha recordado al Tío de la Vara y ha dicho eso de “va a ser del riego” Y eso por citar algún ejemplo, de los muchos que hay.

Y, por supuesto, en nuestro estreno al efecto nos dejamos muchas de esas coletillas en el tintero. Y aunque diga el refrán eso de que segundas partes nunca fueron buenas, me arriesgo a continuar con el blog que vivimos peligrosamente y a exorcizar a la mala suerte.

Lo que pasa en que en muchas ocasiones ni siquiera nos damos cuenta de que las usamos. Así, tanto Abogados como Fiscales hemos dicho ás de mil veces eso de «elevar a definitivas» sin pensarlo siquiera, como de carrerilla. Sin caer en la cuenta de la cara del justiciable, que más de una vez mira hacia arriba cómo si se fuera a elevar algo a los cielos. Y con papel 0 o sin él, de elevar nada. Con los pies en el suelo y bien en el suelo.

Otro tanto ocurre con lo de dar la documental por reproducida. Confieso que, en ocasiones, ni siquiera sabemos bien de qué documental hablamos y lo empleamos mecánicamente sin comprobar si los números de folios coinciden o si se incluyeron todos los documentos que queríamos. Por supuesto, me refiero a cuestiones de mero trámite. Ni que decir tiene que una documental contable en la que se basa una acusación o una defensa o una tasación pericial que establezca la diferencia entre delito y falta –ahora, levito- se comprueba bien comprobada. Acabáramos. Pero eso de dar por reproducido es una costumbre que también deja patidifuso al lego que esté asistiendo a la vista.

Pero cuando realmente se encienden las alarmas es cuando se refieren a una como ilustre compañera o dignísima representante del Ministerio Fiscal. Entonces, hay que atarse los machos. Porque el chorreo que cae a continuación, con razón o sin ella, suele ser de órdago. Aunque a la salida nos saludemos tan ricamente. Gajes del oficio

Y para el otro lado del estrado, también caen las balas, que no se crea nadie. Esas frases ampulosas del tipo “no escapará a la sobrada preparación del juzgador” o “como muy bien conoce el tribunal” pueden esconder un “ a ver si conoces esta sentencia, majo”. Por supuesto, contestada cordialmente con un “el tribunal está sobradamente ilustrado” que nunca llegaremos a saber si responde a la realidad o si rápidamente se pondrá a buscar en una base de datos En busca de la sentencia perdida. Dice la leyenda que hay quien se ha atrevido a alegar jurisprudencia que no existe, con fecha y todo, pero nunca pude comprobar si era cierto o se trataba de algo como lo de Ricky Martin, la niña, el perro y la mermelada en Sorpresa, sorpresa.

A mí, personalmente, hay una frase en los alegatos que me hace ponerme a temblar. Y no es otra que “en aras a la brevedad”. Es oirla, y pensar en que el rato que me espera para terminar el juicio va a ser largo, largo. Y, si va acompañado de aquello de “no insistimos por no cansar al tribunal”, más todavía. Por más que el juez les espete otro de los latiguillos habituales, “sea breve, señor letrado”, que entiendo que debe poner nervioso a más de uno. Sobre todo, si lleva toda la mañana esperando para entrar a hacer su juicio.

Así que, como hacemos muchas veces, me afirmo y ratifico en lo dicho. Todo está bien usarlo en su justa medida. Pero no se debe abusar so pena de convertir el juicio en un automatizado galimatías en que el justiciable se queda con cara de boniato, sin haber entendido de la misa la media. Buscando encima al amigo invisible por esa manía de hablar de nosotros mismos en plural y en tercera persona, como si fuéramos un entrenador de fútbol. Y, por descontado, pediré el recibimiento del pleito a prueba para que me demuestren si esta humilde toguitaconada tiene razón o anda errada en sus apreciaciones. Por una vez, que juzgue quien lo lea en lugar de hacerlo el juez o jueza. Que para algo es mi escenario y me puedo tomar la libertad de repartir los papeles a mi gusto.

Eso sí, no diré como Lola Flores eso de «si me queréis, irse», pero lo cambiaré por otra cosa. Si me queréis, no me volváis a repetir lo de que como soy fiscal acato órdenes del Gobierno. Que de eso ya se están encargando otros desde más arriba, mal que nos pese. Y en las trincheras no damos abasto para esquivar los tiros.

Y claro está, el aplauso, habitual coletilla de este teatro, es esta vez, como tantas otras, para quienes desde la profesionalidad usan estos lugares comunes lo justo y necesario. Porque en el equilibrio está la virtud. Aunque sea difícil encontrarlo.

 

San Valentín: amor y Derecho


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Este año no he podido sustraerme. Aunque ya hemos pasado varios 14 de febrero desde que se alzara por vez primera el telón de Con Mi toga y Mis Tacones, hasta ahora había venido obviando la fecha porque no es demasiado de mi gusto. Y aunque el querubín con su arco y sus corazones puede tener su gracia, lo de las Flechas del amor de Karina y todas sus connotaciones mercantilistas me parecen un poco casposas.

Aunque es lo que hay y, como la ocasión la pintan calva, bien está que dediquemos un estreno al amor, que para tantas obras ha dado y sigue dando de si. Desde el clásico Romeo y Julieta –en versiones leída, vista, cantada o danzada- hasta la almibarada Love Story, desde Amor sin Fin hasta aquellos productos de una época en España titulados El día de los Enamorados o Vuelve San Valentín, donde una encantadora –hay que reconocerlo- Concha Velasco nos daba puntual nota, junto a Tony Leblanc, de todos los esterotipos posibles.

Pero a estas alturas muchos se estarán preguntando qué tiene que ver nuestro teatro con el amor, si es que nos vamos a poner el escudo de la toga en forma de corazón y, de uno a otro lado del banquillo, lanzarnos flechas empapadas en azúcar en lugar de espetarnos jurisprudencia y textos legales. Pero tranquilidad. Nada de eso. Seguiremos en nuestro universo toguitaconado como siempre, porque siempre estuvo en él el amor o el desamor en pareja. Porque forma parte de la vida y el derecho no es otra cosa que el modo de regularla.

La influencia del amor en nuestro teatro se ve por todas partes. Con su parte buena y con su parte no tan buena. Y hasta con su parte dramática. Y a una y otra parte de los estrados podemos encontrar corazones togados o destogados.

En primer lugar, pensemos en el matrimonio, o las relaciones de pareja no matrimoniales. En cuanto al primero, es imposible sin que intervenga el derecho en él. Necesariamente, un juez del registro civil -aunque ahora caben otras opciones, como un notario, y habrá que ver qué pasa con el futuro Registro Civil– ha de registrarlo e inscribirlo y, en muchos casos, celebrarlo. Que me lo digan a mí si no que cada viernes me veo sobresaltada por el ruido de las tracas con que lo celebran a la salida –en Valencia somos así-. Sigue llamándome la atención el revoloteo de novias, novios y familiares, con todas las modalidades de vestuario posibles, esperando su turno.

Y, aun cuando la pareja haya tomado la decisión de no casarse, tiene la posibilidad de juridificarlo inscribiéndose en el registro de parejas de hecho. Pura contradicción, porque si se inscriben, ya serían parejas de derecho, no de hecho, o al menos eso es lo que siempre he pensado. Aunque también están las que ni eso, pero, llegado el caso de ruptura, acaban aterrizando en el juzgado para repartirse bienes, y, sobre todo, para dar forma legal a los temas de la custodia de los hijos comunes. Y es que si en el amor interviene el derecho, en el desamor lo invade. Cualquiera que lleve derecho de familia tendrá la experiencia que es la jurisdicción perpetua, los asuntos que nunca se acaban. Separación, divorcio, nulidad, liquidación de la sociedad conyugal, medidas de hijos, modificaciones de las medidas, vistas de gastos extraordinarios, ejecución, oposición a la ejecución. Hasta el infinito y más allá. Incluso después de la muerte, vía herencia.

Pero no es solo en el derecho civil donde las togas irrumpen en los corazones, rotos o sin romper. Y, aunque diga el refrán que siempre hay un roto para un descosido, lo que hacemos nosotros es más bien un remiendo. Gestionar las crisis, como se pueda. Cuántos juicios de faltas habremos celebrado por cuestiones en las que subyacía una relación de pareja. Y no solo entre los miembros de la misma, sino entre sus padres, cuñados, amigos y demás. Porque eso de tres es multitud es una leyenda urbana.

En el derecho penal tenemos claros ejemplos de la influencia de esta relación. En el robo y en los delitos patrimoniales no violentos, la excusa absolutoria hace que no se pene al cónyuge que roba al otro. Y la ley de enjuiciamiento criminal permite que un cónyuge, o pareja, no declare contra el otro como testigo. Esa dispensa legal que ha permitido a tantas mujeres eso que popularmente se conoce por retirar la denuncia y quedar al albur de su maltratador.

Y, si hay una muestra dramática del desamor, ésa es la violencia de género. Ese drama que diariamente sufren muchas mujeres a manos de su marido, de su pareja o de quien lo fue y que sigue llenando los juzgados de papeles y de impotencia. Y también es muestra de ello la violencia doméstica, la que se ejerce por mujeres contra hombres en el ámbito de la pareja o en el seno de parejas homosexuales que, aunque no forme parte de la violencia doméstica y sea casuísticamente inferior, también existe. Y también tiene su reproche penal.

Pero, si hay algo donde se traiga el amor a colación a contratiempo, es en esas declaraciones que tanto hemos oído últimamente de mujeres formadas y preparadas que afirman tan ricamente que firmaban todo lo que su maridito les ponía delante. Como si ellas fueran tontas y con ellas, todas las mujeres. Y pase que, en otra época, las mujeres que eran herederas de una sociedad que no les permitía trabajar, viajar o comprar un piso sin permiso de su marido o de su padre, pudieran comportarse así. Pero esgrimir eso hoy en día, con una formación y una sociedad igualitaria, parece casi una burla. Y no debiera tener consecuencias en Derecho.

Así que hoy el aplauso no es para San Valentín. Ni siquiera para quienes se aman sin que su amor tenga que ser invadido por togas y puñetas. Hoy el aplauso es para todos los profesionales que, con toda la paciencia del mundo, se dejan el corazón en tratar de solucionar esos asuntos en que andan por medio corazones rotos. Porque remendar es a veces más difícil que coser.

 

 

 

Rutina: enemigo al acecho


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Son muchos los enemigos que rondan la vida de un artista, como si del Fantasma de la Opera se tratara. Desde la mala suerte hasta las críticas, desde una mala elección de un papel a un mal día en un casting, mil factores pueden convertir una carrera exitosa en un fracaso y viceversa. Pero si hay una cosa susceptible de matar al arte, eso es la rutina. Repetir las actuaciones como si fueran autómatas, viendo cómo las mariposas que deberían aletear en el estómago ni están ni se las espera, mata el duende. Y, sin duende, no hay arte. Como mucho, una fría corrección que no emociona a nadie. Y, cercano a ello, está el dichoso encasillamiento. Esos artistas que quedan tan marcados por un personaje que ya nadie les llama para hacer algo distinto. Atrapados en el tiempo. Una maldición que ha acabado con más de un niño prodigio, como ¿Qué fue de Baby Jane?.

En nuestro teatro, por más que el alma de artista se pueda quedar enganchada entre los pliegues de la toga, la rutina también es un riesgo. Y muy peligroso por cierto. A veces, entre medios precarios e inventos del tebeo, la ilusión  amenaza con volar por una ventana para no volver jamás. Y es difícil hacer un trabajo como el nuestro sin motivación. Hacerse, se puede. Pero hacerlo bien, no tanto. Porque es difícil convencer de algo en lo que no se cree.

Pero los enemigos nos rondan, y no son uno ni dos, que son Trescientos. Un verdadero ejército de impedimentos que, más de una vez, dan ganas de colgar la toga y hacerse churrero, como decía un compañero mío.

Cuando empezó mi vida toguitaconada, en un tiempo no tan lejano pero donde, se crea o no, aun se gastaban las máquinas Olivetti y el ordenar o el móvil eran puro lujo asiático, le hice prometer algo a una querida compañera y amiga. La cosa era sencilla. A la vista de determinadas prácticas encaminadas al escaqueo puro y duro, le hice comprometerse a que si algún día me veía hacer algo así, me daría un buen tozolón y, de no reaccionar, me ingresaría en el frenópatico de urgencia previa visita a la sección de incapacidades –hoy, de personas con discapacidad-. Y ojo, he de decir que ella ha cumplido. Sé que me vigila de cerca porque siento su aliento toguitaconado en mi nuca, y que siga. Para algo son las amigas, por muy puñeteras que sean -en el más literal de los sentidos-

Pero, como decía, no siempre es fácil sustraerse a la rutina que, en nuestro escenario, tiene una adalid fuerte y dispuesto a pelear duro contra la ilusión. La burocracia Esa cantidad de trabajos que poco o nada tienen que ver con el derecho, con el servicio a los ciudadanos ni con la atención de las víctimas. Palotes, estadísticas, cuños y modelos, en nuestro caso, y ese monstruo de varias cabezas llamado Lexnet  que, aunque se supone que venía a salvarnos la vida, a veces parece que está a punto de hacernos perder la paciencia de puro desespero. La cantidad de horas perdidas esperando que una pantalla se abra, un archivo se cargue u otro se envíe, son tiempo que dejamos de dedicar a lo verdaderamente importante. Y la ilusión amenazando con largarse, que a veces tiene muy poca paciencia.

Y aún hay más, y más profundo. No solo se trata de la forma, sino también del fondo. Esos baremos que parecen que valoran más la cantidad que la calidad, y que hacen que el corta y pega () se adueñe de nosotros más de lo que sería deseable. Porque bien está el uso, pero nunca el abuso, aunque a veces no queda otra que abusar so pena de que la calidad acabe dejándonos sin la cantidad que nos exigen. Y así seguimos.

Es verdaderamente penoso que muchas sentencias no solo sigan conteniendo ese latiguillo que empecé a ver en mis primeros días de fiscal, sino que lo hayan ampliado. Y que no es otro que eso de que “en este asunto se han contemplado todos los plazos, salvo el relativo a dictar resolución debido a la acumulación de asuntos” y que ahora he visto ampliado en algunos casos con una referencia a la desaparición de los sustitutos, una pérdida que sigue ahí .

Y mientras, en un universo muy lejano, el legislador se empeñó en reducir los plazos sin ampliar los medios, con esa reforma de la ley de enjuiciamiento criminal para limitar, simplemente con unas palabras, el tiempo de instrucción. Y en derecho, no basta un Abrete Sésamo para que se abra la cueva de Ali Baba. Porque, entre otras cosas, tenemos que enfrentarnos a mucho más que cuarenta ladrones.

Pero mientras no quede otra, que es lo que parece, tendremos que seguir pugnando porque la rutina no nos coma las ganas. Y por supuesto, sin dejar de sentir el aliento toguitaconado de mi compañera y amiga en la nuca.

Por eso, para ella va el aplauso. Y con ella, para todos los que día a día, y a pesar de los pesares, continúan luchando para que las mariposas sigan acudiendo a su estómago, y la rutina no acabe con ellas. Aunque a veces haya que sellar con silicona la ventana para que la ilusión no se marche para siempre.

Detectives: ojos que sí ven


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Pocas profesiones han dado tantos argumentos a obras de teatro, películas y series de televisión que la de detective. Un oficio que a priori imaginamos lleno de glamour y encanto y que en la vida real no lo es tanto. Desde El Halcón Maltés hasta Miss Marple, desde Hércules Poirot hasta Sherlock Holmes, desde Los Angeles de Charlie a Colombo o a la inefable Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen, son cientos los detectives que la ficción nos ha proporcionado. Con sus claros y sus oscuros. Y hasta en pareja, como Mc Millan y esposa, Luz de Luna o Remington Steele.

Pero la vida real es lo que tiene, que el glamour se acaba marchando por la ventana. Y, aunque es una bonita profesión, ni van en cochazos, ni vestidas a la última, ni siempre resuelven asuntos importantísimos allá donde la policía no supo. Pero es que, por suerte, tampoco tienen un homicidio por semana, como les ocurría a los televisivos héroes de nuestra infancia.

Y, aunque a veces no se sepa, tienen también su papel, a veces protagonista, en nuestra función . Todos hemos visto informes de detectives que forman parte de la documentación de un proceso, sea penal, civil o laboral. Y confieso que me sigue encantando ver esos cuños cruzados sonde pone “confidencial”, que me siguen transportando a aquellas series de televisión.

Pero, según me cuentan, del dicho al hecho hay un buen trecho, y eso de ponerse en la puerta una placa o recibir una llamada de cualquiera que quiere investigar o espiar al prójimo, es muy distinto de lo que se imagina. Actualmente y a la espera del Reglamento que desarrolle la Ley de Seguridad Privada, su campo de acción es restringido, y no pueden lanzarse a investigar a cualquiera. El solicitante tiene que demostrar un interés legítimo, y una relación que le autorice para adentrarse en la intimidad del otro. Ello es especialmente relevante en los casos en los que lo que se quiere probar, comprobar –o a veces descartar- es una presunta infidelidad o simplemente con quién se relaciona íntimamante determinada persona. Pues bien, por más ganas que tenga de saberlo el cliente, no hay nada que hacer si no acredita que es su cónyuge o su pareja de hecho inscrita como tal. Y aún así, respetando siempre los límites que el derecho a la intimidad conlleva. No obstante, me cuentan que en otro tiempo, la investigación de presuntas infidelidades de cara a un divorcio era un buen filón para la profesión, aunque hoy ya no sea de ese modo.

De aquella época data esta anécdota, totalmente verídica, que ha llegado hasta mí. Habida cuenta que la necesidad de prueba en juicio obligaba en ocasiones a que el detective compareciera como testigo en el mismo, se veían en situaciones comprometidas, por no decir extravagantes. Como una en que nuestro protagonista tuvo que relatar en la vista la práctica de una felación. Según sus propias palabras ”El detective, desde un lugar elevado, observó cómo los investigados se encontraban en el interior del vehículo, Dña. Mercedes tenía su cabeza a la altura del abdomen de D. Manuel, realizando un movimiento oscilante de forma reiterada, como si contestara de forma afirmativa a una cuestión planteada” La cosa fue tan sonada que cuando terminaron la vista, el juez le felicitó, partiéndose de risa, de cómo había descrito el episodio en cuestión.

Pero no todos los encargos son de esta índole. Otros de los frecuentes son los relativos a las bajas laborales, dada la picaresca de más de un espabilado en fingir un dolor o unas secuelas que no existían. Y no me extraña. Yo misma he visto cómo algún listillo llegaba a la consulta del forense con su collarín cervical y cara de agonía, y no más daba la vuelta a la manzana se desprendía del mismo con una agilidad que le podría llevar hasta el Circo del sol. Recuerdo también un trabajador que estaba de baja por lumbalgia y fue descubierto en la prensa del día siguiente portando el anda del Cristo de su pueblo sin nada que recordara su supuestamente dolorida espalda. Y son precisamente esas cosas las que tratan de demostrar con sus seguimientos, porque no siempre hay una fotografía en el periódico que desenmascare al pillo.

No obstante, mucha gente sigue teniendo la idea que nos han trasladado las películas y, unida a su propia fantasía, hace que les lleguen peticiones de lo más pintoresco de personas empeñadas en que están siendo seguidas y perseguidas por vaya usted a saber qué grupo perverso o secta satánica. Y, según me cuentan, con especial incidencia cuando la luna llena empieza a anunciarse. Ya se sabe, El poderoso influjo de la luna. Y no me extraña que se vean en situaciones más que curiosas, con las cosas que a veces vemos. Recuerdo en uno de mis anteriores destinos que teníamos un habitual de los juzgados empeñado en denunciar abducciones marcianas día sí y día también, especialmente a través del ombligo. Pobre del detective que tuviera que seguir a ET hasta su casa..

Así que hoy el aplauso es para estos protagonistas ocasionales de nuestro teatro, ni tan conocidos, ni tan televisivos como se imagina. Pero cuya labor es esencial en ocasiones para conducir la barca de la Justicia a buen puerto.

Y el aplauso especial para Octavio Morellá, que ha compartido conmigo sus vivencias profesionales para redactar este post. Mil gracias