Más coletillas: ¿ inevitables?


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Ya hace un tiempo se levantaba el telón de nuestro escenario para hablar de algunos lugares comunes o usos del lenguaje, lo que conocemos como coletillas o también latiguillos. También hablábamos entonces de su uso en el teatro y en la vida, en el espectáculo y en nuestro teatro. Seguro que cualquiera ha emulado alguna vez a Escarlata O´Hara poniendo a Dios por testigo en Lo que el viento se llevó, o ha usado el conocido Buenas Noches y buena suerte. Y hasta ha recordado al Tío de la Vara y ha dicho eso de “va a ser del riego” Y eso por citar algún ejemplo, de los muchos que hay.

Y, por supuesto, en nuestro estreno al efecto nos dejamos muchas de esas coletillas en el tintero. Y aunque diga el refrán eso de que segundas partes nunca fueron buenas, me arriesgo a continuar con el blog que vivimos peligrosamente y a exorcizar a la mala suerte.

Lo que pasa en que en muchas ocasiones ni siquiera nos damos cuenta de que las usamos. Así, tanto Abogados como Fiscales hemos dicho ás de mil veces eso de “elevar a definitivas” sin pensarlo siquiera, como de carrerilla. Sin caer en la cuenta de la cara del justiciable, que más de una vez mira hacia arriba cómo si se fuera a elevar algo a los cielos. Y con papel 0 o sin él, de elevar nada. Con los pies en el suelo y bien en el suelo.

Otro tanto ocurre con lo de dar la documental por reproducida. Confieso que, en ocasiones, ni siquiera sabemos bien de qué documental hablamos y lo empleamos mecánicamente sin comprobar si los números de folios coinciden o si se incluyeron todos los documentos que queríamos. Por supuesto, me refiero a cuestiones de mero trámite. Ni que decir tiene que una documental contable en la que se basa una acusación o una defensa o una tasación pericial que establezca la diferencia entre delito y falta –ahora, levito- se comprueba bien comprobada. Acabáramos. Pero eso de dar por reproducido es una costumbre que también deja patidifuso al lego que esté asistiendo a la vista.

Pero cuando realmente se encienden las alarmas es cuando se refieren a una como ilustre compañera o dignísima representante del Ministerio Fiscal. Entonces, hay que atarse los machos. Porque el chorreo que cae a continuación, con razón o sin ella, suele ser de órdago. Aunque a la salida nos saludemos tan ricamente. Gajes del oficio

Y para el otro lado del estrado, también caen las balas, que no se crea nadie. Esas frases ampulosas del tipo “no escapará a la sobrada preparación del juzgador” o “como muy bien conoce el tribunal” pueden esconder un “ a ver si conoces esta sentencia, majo”. Por supuesto, contestada cordialmente con un “el tribunal está sobradamente ilustrado” que nunca llegaremos a saber si responde a la realidad o si rápidamente se pondrá a buscar en una base de datos En busca de la sentencia perdida. Dice la leyenda que hay quien se ha atrevido a alegar jurisprudencia que no existe, con fecha y todo, pero nunca pude comprobar si era cierto o se trataba de algo como lo de Ricky Martin, la niña, el perro y la mermelada en Sorpresa, sorpresa.

A mí, personalmente, hay una frase en los alegatos que me hace ponerme a temblar. Y no es otra que “en aras a la brevedad”. Es oirla, y pensar en que el rato que me espera para terminar el juicio va a ser largo, largo. Y, si va acompañado de aquello de “no insistimos por no cansar al tribunal”, más todavía. Por más que el juez les espete otro de los latiguillos habituales, “sea breve, señor letrado”, que entiendo que debe poner nervioso a más de uno. Sobre todo, si lleva toda la mañana esperando para entrar a hacer su juicio.

Así que, como hacemos muchas veces, me afirmo y ratifico en lo dicho. Todo está bien usarlo en su justa medida. Pero no se debe abusar so pena de convertir el juicio en un automatizado galimatías en que el justiciable se queda con cara de boniato, sin haber entendido de la misa la media. Buscando encima al amigo invisible por esa manía de hablar de nosotros mismos en plural y en tercera persona, como si fuéramos un entrenador de fútbol. Y, por descontado, pediré el recibimiento del pleito a prueba para que me demuestren si esta humilde toguitaconada tiene razón o anda errada en sus apreciaciones. Por una vez, que juzgue quien lo lea en lugar de hacerlo el juez o jueza. Que para algo es mi escenario y me puedo tomar la libertad de repartir los papeles a mi gusto.

Eso sí, no diré como Lola Flores eso de “si me queréis, irse”, pero lo cambiaré por otra cosa. Si me queréis, no me volváis a repetir lo de que como soy fiscal acato órdenes del Gobierno. Que de eso ya se están encargando otros desde más arriba, mal que nos pese. Y en las trincheras no damos abasto para esquivar los tiros.

Y claro está, el aplauso, habitual coletilla de este teatro, es esta vez, como tantas otras, para quienes desde la profesionalidad usan estos lugares comunes lo justo y necesario. Porque en el equilibrio está la virtud. Aunque sea difícil encontrarlo.

 

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