Subjetividad: lo más complejo


              Si hay algo difícil de conocer a ciencia cierta, son los sentimientos. No hay modo de conocerlos con certeza, porque nos llegan a través de cómo los vive cada sujeto, si los oculta o los exagera. Salvo, claro está, que utilicemos la licencia artística que puede permitirse el cine, como hace en la película Del revés. Pero al margen de a ciencia ficción, si hay Alegría o Dolor y gloria, depende de quién lo cuenta y como se vive.

              En nuestro teatro los sentimientos están muchas veces a flor de piel. Pero los sentimientos, si no se reflejan en hechos, no tienen relevancia jurídica. Como ocurre con los pensamientos, que ya dice el viejo brocardo jurídico que el pensamiento no delinque.

              Pero eso no significa que la subjetividad no tenga trascendencia. La tiene, sin duda, en figuras tan esenciales como el dolo y la culpa, sea civil o sea penal. Y vaya por delante que si es difícil determinar si existe el dolo -o intención de cometer el hecho- en el ámbito delictivo, mucho más lo es cuando entramos en el ámbito del Derecho Civil. A modo de aproximación, y en pincelada gruesa, consiste en la posibilidad de imaginarse las consecuencias de determinado acto y, aun así, hacerlo.

              Sin embargo, ojalá fuera así de sencillo. Nos habríamos despachado de un plumazo una de las cuestiones más complejas del Derecho. Por eso, y como este teatro no pretende ser un tratado jurídico sino un humilde acercamiento a algunas cuestiones de Toguilandia, vamos a agarrar el toro por los cuernos. O por los sentimientos, que no se diga, aunque en un sentido diferente al de los nuestros propios, que ya tuvieron su propio estreno.

              Ya se ha aludido antes al dolo y la culpa -o imprudencia, en el Código Penal anterior- la madre del cordero en lo que al Derecho Penal afecta. No en balde el Código empieza su articulado, desde la noche de los tiempos, diciendo que no hay pena sin dolo ni culpa. Lo que implica que no se comete delito si no existe la intención de causarlo o, al menos, la posibilidad de representarse sus consecuencias. Si alguien tira a la basura un bote de insecticida -por supuesto, en el contenedor correspondiente- no puede responder del envenenamiento de una personas que abre el contenedor y la bolsa de basura y se bebe su contenido. Más sencillo aun, tampoco se respondería de suministrar determinado alimento a alguien que sea alérgico, salvo que conociera esa alergia y lo hiciera a sabiendas de sus resultados fatales.

              Pero el Derecho Penal riza el rizo todavía más cuando introduce lo que conocemos como elementos subjetivos del tipo. Se trata de un especial componente de la intención que convierte en delito una conducta que en otro caso podría no serlo. Los más conocidos son el ánimo de lucro y el ánimo libidinoso, aunque hay otros. Pero empecemos por ahí.

              El ánimo de lucro es característico de los delitos patrimoniales -o delitos contra la propiedad en el Código anterior y en otros ordenamientos- y consiste, ni más ni menos, que en la intención de obtener una ganancia. Como siempre, un ejemplo lo explica mejor. Si yo cojo el jarrón chino de casa de una amiga puedo hacerlo por varias razones. Podría ser porque está a punto de caerse y quería evitar su fractura, o para gastar una broma a mi amiga,  pero podía hacerlo porque quiero quedármelo. Solo en este último caso estaré cometiendo un delito de hurto, o de robo -si hay fuerza en las cosas o violencia o intimidación en las personas-. Aunque, vistos algunos jarrones, podría ser hasta un favor, desde luego. Pero no entraré en eso, claro. Ya lo probaría si fuera acusada por ello.

              De todos modos, y para evitar algún comentario tiquismiquis, aclararé que la jurisprudencia tiene declarado desde la noche de los tiempos que ese ánimo de lucro no es necesario que suponga enriquecimiento efectivo. Volviendo al jarrón chino, no hace falta que lo venda, con el gozo contemplativo bastaría, si es que tanto me gusta. Aunque hay quien no lo entienda.

              El ánimo de lucro se traduce en nuestros escritos de calificación y sentencias en frases definitorias, algunas de ellas rimbombantes y heredadas de otro tiempo. Se habla de intención de enriquecerse a costa de lo ajeno, ánimo de enriquecimiento ilícito o cosas similares. Pero nunca “ánimo de lucro” expresamente, porque esa expresión forma parte del tipo y no se pueden introducir conceptos jurídicos en los hechos. Pejigueros que somos, vaya.

              El otro elemento subjetivo más característico es el ánimo libidinoso. En este caso el Código no lo exige expresamente, pero sí lo hace implícitamente, al hablar de cosas como “acceso carnal”. Pero tampoco aquí las cosas son tan sencillas. Es evidente el ánimo con el que actúa quien viola a otra persona, pero no es tan fácil saberlo en quien da una palmada en el trasero. No hay más que pensar las que nos hemos llevado algunas generaciones de nuestros mayores, exentas por completo de toda intención sexual. Los cómics de Zipi y Zape contenían una gran variedad de esas prácticas nada libidinosas

              Hay un caso paradigmático que merece la pena ser comentado, por ilustrativo. Cuando se reformaron los delitos sexuales para introducir la violación por vía anal, allá por lo ochenta, el tipo hablaba de penetración anal, bucal o introducción de objetos. El espíritu parecía claro, pero en la práctica nos podíamos encontrar con conductas tan poco sexuales como la de meter una cuchara en la boca a la fuerza, algo que las madres y padres venimos haciendo con la papilla de nuestras criaturas poco comedoras desde tiempo inmemorial. Así que para evitar equívocos por la aplicación literal hubo que introducir una modificación que añadiera la coletilla “por las dos primeras vías” limitando la introducción de objetos a la vía vaginal o anal. Por si las moscas… o las papillas.

              En el caso del ánimo libidinoso se introduce en los dictámenes y sentencias con su expresión literal -no proscrita porque el Código no la emplea-, otras como “ánimo lúbrico” o giros más floridos como “intención de satisfacer sus lúbricos deseos” o “ánimo de obtener placer sexual”. O cualquier otra similar. Depende de lo barroco de la pluma del jurista.

              Además de estos, hay otros elementos subjetivos del tipo, como la intención de causar daño en determinadas falsedades, o el hecho de cometer el hecho “a sabiendas” en supuestos como algunos tipos de prevaricación o malversación. Y, por supuesto, el animus iniurandi -de injuriar- que marca la diferencia entre un delito y una simple expresión, especialmente difícil cuando de animus jocandi -de broma- se trata. Que se lo digan si no a más de un artista.

              También hay supuestos donde, aun sin ser un elemento subjetivo específico, hay que hacer constar la intención porque forma parte del delito, como el caso de lo delitos contra la vida. Hay que dejar claro el ánimo de matar, lo que no siempre es fácil y marca una línea finísima entre las lesiones consumadas y el homicidio o asesinato intentado.

              ¿Y cómo probamos esos elementos subjetivos o ánimos específicos? Pues he ahí el quid de la cuestión. En casos como el homicidio, la jurisprudencia habla de arma utilizada, de lugar de las lesiones o de la existencia de amenazas previas. En otros, no está tan delimitada la cuestión, pero lo que está claro es que hay que ir caso por caso.

              Y que a nadie se le ocurra que la solución está en el polígrafo, o máquina de la verdad. Eso queda para las películas americanas y programas de televisión más o menos morbosos. Pero nuestro Derecho no lo admite. Aunque hace unos días un detenido me lo pedía a gritos y se fue muy mosqueado porque no le hicimos caso. Por supuesto, y para acabarlo de arreglar se acogió a la Quinta enmienda, faltaría más. Lástima que aquí eso no sirva de nada porque, entre otras cosas, no tenemos tal enmienda sino una Constitución bien garantista.

              Ahora ya toca bajar el telón. Por supuesto, con toda la intención de concluir este estreno, no sin antes dar el aplauso para todas y todos los operadoras jurídicas que cada día se ven en un brete para desbrozar la verdadera intención del culpable. O de quien no lo es, claro. Ahí está el mérito.

Admiración: lo que nunca decimos


         Los seres humanos somos los seres más protestontes que hay. Nos gusta tanto quejarnos que olvidamos eso que dice el refrán castizo: una de cal y otra de arena. El cine reproduce Mis quejas hacia Dios, hacia los hombres y hacia quien sea y pocas veces somos capaces de hacer públicos los Aplausos.

En nuestro teatro reproducimos este comportamiento como nadie. Nos quejamos del contrario, de compañeros y compañeras, de funcionarios y de quien se presente cuando mete la pata –o cuando creemos que la ha metido- pero pocas veces nos detenemos a agradecer una buena atención, un buen trabajo o un esfuerzo. Y no debería ser así.

Por eso hoy estoy dispuesta a remediar ese error y, aprovechando un caso mediático y un trabajo ejemplar, voy a manifestar abiertamente mi admiración a quien la merece. A pesar de que sé de buenísima tinta que le van a asaltar las ganas de asesinarme por hacerlo, porque es acérrima enemiga de cualquier tipo de notoriedad. Pero aquí estoy yo para contarlo. Porque también sé que es tan buena gente que seguro que me perdona, y lo que de veras sería imperdonable es quedarme callada.

Mi compañera Socorro Zaragozá –digo su nombre porque ha salido en toda la prensa y no descubro nada- es una fiscal de raza y vocación, de las que cada día hacen su trabajo y pelean porque la ilusión no se escape por la ventana del despacho junto con la impotencia por la falta de medios y la desesperación por todos esos trámites burocráticos que nos impiden dedicarnos a lo que realmente importa.  Más allá de exquisiteces jurídicas, de las que podría echar mano sin ningún problema, su objetivo es siempre proteger a las víctimas, a las más vulnerables. Es decir, dar voz a quienes no la tienen. Y eso es precisamente lo que ha hecho en ese juicio que todo al mundo ha seguido de uno u otro modo, el que ha tenido lugar en Valencia por la muerte de Marta Calvo y dos mujeres más, Arliene y Lady Marcela, además de por numerosos delitos sexuales respecto de ellas y muchas otras mujeres, hasta un total de treinta. Concluido con una condena por los treinta hechos como treinta soles.

Confieso que la idea no es del todo mía. Mi compañero Héctor a quien ya dediqué un estreno en su día, fue quien me sugirió que escribiera sobre ello y, aunque en principio me resistí por respectar los deseos de discreción de la protagonista, luego pensé que es algo que debería saberse. De hecho, decidí darle voz a él también, el fiscal más joven de nuestra fiscalía, para que cuente cómo lo ha vivido, ya que él asistió a varias de las sesiones del juicio. Estas son sus palabras.

Como fiscal de la última promoción, ver a  Socorro en todas las sesiones del maratoniano  juicio en las que pude colarme fue una auténtica lección del tipo de fiscal al que quiero llegar a ser algún día. Admiro sus ganas y su ilusión, Y sobre todo el trato tan humano que ha dado a las víctimas, personas tan vulnerables como son las prostitutas, y a las que ha defendido con tanto arrojo pero sin levantar la voz.

Pero, lejos de hacer corporativismo, también he decidido recabar las palabras de personas que hacen de la objetividad en la información su oficio. La prensa, tantas veces denostada en Toguilandia porque no nos gusta algo que han publicado, coincide plenamente con lo que digo. Y como de muestra vale un botón, aquí dejo las palabras de Loreto Ochando, veterana periodista de tribunales, actualmente en El Plural y La sexta, entre otros

  Conozco a Soco desde hace 15 años. Considerada una fiscal dura en Sala por la mayoría, es la persona más empática que he visto con una toga y unas puñetas. Sus palabras al principio del juicio de Marta Calvo humanizaron a las grandes olvidadas: las prostitutas. Esas mujeres de las que solo nos acordamos cuando cambia la Ley. Pero no nos fijamos en sus problemas, nos metemos con los políticos. Viendo los debates del Congreso una sólo puede pensar: más Socorros Zaragozá y menos mamarachos con traje. Gracias Soco por tu trabajo diario con las víctimas. Siempre estás detrás, pero aunque no quieras eres la sombra que nos cobija, que nos defiende y que nos representa. Gracias, gracias y mil veces gracias

Y no es la única. Teresa Domínguez, jefa de sucesos y tribunales del diario Levante y decana del periodismo de tribunales en Valencia, que no solo no se ha perdido una sesión sino que ha seguido el caso desde el minuto 0, nos dice:

No dudó en dar un paso al frente cuando a la Fiscalía le llegó, al principio de todo, que la abogada de la madre de Marta Calvo había pedido unir todas las causas en una. Iba a ser un trabajo ímprobo y único en una Fiscalía española. Un caso con jurado sin precedentes. No solo no miró a otro lado, sino que ha sido, durante el proceso y en el juicio, la voz y la defensa públicas de esas once mujeres (diez, al final) hasta liderar incluso la batida judicial contra el predador que elegía a sus víctimas como quien busca “piezas de caza perfectas”, ese acertado término acuñado por Socorro Zaragozá. Gracias, Soco, por mostrarle al mundo la especial vulnerabilidad de las mujeres prostituidas, por defender su dignidad y sus derechos y, sobre todo, por demostrar que todas las víctimas son iguales a los ojos de la ley. Por ser su voz y su protectora. De todas.

No obstante, quizás los testimonios más importantes sean los de nuestros jefes, en una carrera donde, como todo el mundo sabe, existe la jerarquía aunque, como el mundo no sabe, no es un problema sino en muchos casos un punto de apoyo.

Teresa Gisbert, Fiscal superior de la Comunidad Valenciana, también nos aporta su testimonio

Para mí es un orgullo que Socorro Zaragoza forme parte del Ministerio Fiscal, no solo porque, como tengo comprobado desde hace muchos años, es una magnífica profesional y de nuevo se ha evidenciado durante las largas sesiones del juicio, si no porque además representa perfectamente lo que constituye la esencia y es un sello de l@s fiscales, la defensa de la víctimas y la empatía con ellas como Soco, de nuevo, ha puesto de manifiesto con su actuación.

Y, como no podía ser de otro modo, también nuestro jefe directo, José Ortiz, Fiscal jefe de la Fiscalía provincial de Valencia, hace otro tanto.

La Fiscal Socorro Zaragozá, adscrita a la Sección de Violencia de Género, de Protección de Víctimas y a la Sección de Jurado, asumió de forma voluntaria las diversas causas. Tras estudiar detenidamente su estado y elementos de prueba procedió a su acumulación asumiendo personalmente la actuación ante el Tribunal del Jurado. Lejos de buscar un protagonismo mediático y, solo guiada por su profesionalidad, rigor y buen hacer, actuó con un único referente, el estricto respeto a la legalidad y a la defensa del interés público, especialmente el de las víctimas. El resultado final no puede ser sino  la más completa satisfacción del deber cumplido

Aunque probablemente la mejor manera de conocer el trabajo de alguien es preguntar a quienes comparten su día a día. A este respecto, las palabras de Angeles Martínez Marzal, compañera de ella y mía en la sección de violencia sobre la mujer, dicen a la perfección algo que es compartido.

Cuando propios y extraños valoran el trabajo de un fiscal, resulta frecuente que sólo cuente el resultado, sea este el que sea. 

Sin embargo, los compañeros de profesión vemos otra realidad muy distinta. La que empuja a un fiscal, que por lo común debe trabajar con un asunto muy complicado, a dejar al lado otras oportunidades profesionales, a tener que hacer cambios de servicios con otros compañeros, y a postergar su vida familiar y personal, para conseguir  atender al procedimiento del que se ocupa. Si además de todo ello, la fiscal desempeña su trabajo con decisión, buen ánimo, sin que sus obligaciones laborales diarias no queden desasistidas, y agradeciendo de continuo el apoyo que los demás le prestan, entonces nos tenemos que quitar el sombrero y sentir mucho orgullo hacia nuestra compañera. Un orgullo muy sano que mantenemos con firmeza, a pesar de encontrarnos en tiempos difíciles para nuestra profesión

Y otro tanto podemos decir de las de Pilar Tomás, que también estuvo en la sección con nosotras aunque actualmente encabeza la sección de lo contencioso y laboral

Admiración a mi amiga y compañera ¿por ? Dirían mis hijas .

Por ser como es , valiente , arriesgada y trabajadora . 

En su actuación diaria revela que la protección a la víctimas supera el mimetismo de la indemnización ,consigue restaurar la dignidad dañada y pérdida en los supuestos graves y más aún que esa dignidad sea reestablecida cuando la víctima ha fallecido .

Un abrazo amiga

Por último, no quiero cerrar el telón sin explicar a quienes no conocen la figura del Ministerio Fiscal unas cuantas cosas. Cuando llevamos un asunto de importancia como este, posiblemente el jurado más largo y complejo en número de cuestiones que se ha celebrado, no es nuestro único trabajo. Durante toda la instrucción de la causa, que no es poca cosa, simultaneamos con el juzgado al que estamos adscritas sin ningún tipo de exención. Solo nos suplen mientras la celebración y a la vuelta encontramos de nuevo el papel de nuestro juzgado esperándonos. Es algo duro, que no todo el mundo sabe. Nada que ver, por descontado, con ese fiscal de las películas centrado en un único asunto y con una pléyade de adjuntos para ayudarle. Qué más quisiéramos. Por eso tiene especial mérito el conocimiento de un asunto como este que, además, asumió de modo voluntario y sin protesta alguna.

Y hasta aquí este estreno. Espero estar presente en el siguiente, si mi amiga y compañera no ha acabado conmigo después de dedicarle este post y, por supuesto, el aplauso. Yo a partir de ahora no hago otra cosa cada vez que me preguntan a qué me dedico, saco pecho y digo con orgullo “soy fiscal, como mi amiga Socorro”.

Sustituciones: ¿qué hacemos?


Nadie es indispensable, por más que algunas veces así lo creamos, o lo queramos creer. Ya reza un dicho antiguo que «Hasta Don Preciso acabó en el cementerio», y no le falta razón. Por eso hay que tener muy claro quién nos sustituye, si nos pasa algo. Y ojo con no hacer chapuzas como la de aquellas series como Dinastía, donde solucionaban la espantada de una actriz con una “resurrección” de su personaje encarnado en una actriz distinta con subterfugios como un accidente, con operación de estética y amnesia incluida. La necesidad de que existan Sustitutos es una realidad y hay que tenerla prevista para evitar improvisaciones y parches

              En nuestro teatro, como en tantas otras partes, esta necesidad se siente cada día. Quienes habitamos Toguilandia tenemos la mala costumbre de enfermar, tener hijas e hijos, y hasta -oh, barbaridad- irnos de vacaciones. Aunque ahí estén los asuntos y sus plazos, inasequibles al desaliento, poniéndonoslo difícil.

              Sé que estoy a punto de meterme en un jardín por el que me va a costar pasar y más aún salir con bien, pero me voy a arriesgar. Mis tacones son capaces de atravesar jardines mejor de lo que parece. O de intentarlo, al menos. Porque en estos temas entramos muchas veces en el reino del yoísmo o yomasismo –“pues lo mío es peor”- en vez de recordar que remando a la vez el barco avanzará más rápido.

              Pero vayamos por partes. Y empecemos, cómo no, por Sus Señorías. ¿Qué pasa si un juez o jueza falta a su juzgado por alguna razón justificada como una enfermedad? Pues antes, en la noche de los tiempos, la cosa estaba prevista, entraban en juego los sustitutos y sustitutas , que ya tuvieron su propio estreno, la mayoría de los cuales fueron tan injustamente cesados. Papá Estado decidió ahorrar, allá en 2013, y que las sustituciones se hicieran dentro de la misma carrera, voluntariamente si había quien quisiera, y forzosamente en caso contrario. La solución resultó ser, como tantas, una chapuza que aún arrastramos. Sustituir a un compañero supone duplicar un trabajo ya de por sí colapsado, con el consiguiente perjuicio no solo para la salud del afectado, sino para la Justicia y el Justiciable. Porque, nos pongamos como nos pongamos, una persona no puede hacer el trabajo de tres sin que el trabajo y la persona se resientan. Es lo que hay.

              En la carrera hermana, o sea, la mía, hay más de lo mismo. La desaparición de los sustitutos nos afectó de la misma manera a la fiscalía y la solución chapucera también. A día de hoy nos encontramos con jueces y fiscales que tienen que interrumpir sus vacaciones para hacer la guardia, y conozco casos muy cercanos de juezas que llevan lustros sin poder disfrutar de más de 9 días seguidos de vacaciones. Y así es imposible desconectar, desde luego, además de que tampoco se puede hacer el mínimo plan si no es a costa de la compañera de al lado. Y otro tanto cabe decir de las LAJs, que para esto hay café para todas. Y para todos.

              Por supuesto, se trata de situaciones que no superarían en la empresa privada una inspección de trabajo. Es más, acabaría siendo un juez o una jueza quien resolvería sobre la sanción a esa empresa mientras que la nuestra, la Administración de Justicia, sigue haciendo lo que le da la gana. Porque de donde no hay no se puede sacar. Y no me refiero a lo que más de una y uno estará pensando sino a algo más simple, los medios. Porque si ya de por sí no hay suficientes jueces, o fiscales, o LAjs, menos aún habrá de los que echar mano para sustituciones.

              Esas cosas dan lugar a que, más veces de las que quisiéramos, se quedan las mesas multiplicando asuntos durante el verano que nadie despacha y que nos esperan a la vuelta como si fuéramos niños que no han hecho los deberes y tienen que pagar su castigo haciéndoos corregidos y aumentados.

              Y es que esa unidad de medida, la mesa, tiene mucha importancia en Toguilandia. ¿Cuántas veces no habremos visto que una causa se estanca porque está en la mesa de un funcionario de baja y no han provisto su sustitución? Pues eso.

              Pero, con todo y con eso, estos problemas no son nada si los comparamos con lo que les ocurre a los abogados y, especialmente, a las abogadas que tienen la ocurrencia de ser madres. Porque, en pleno siglo XXI, siguen luchando para conseguir cosas tan simples como que les suspendan los señalamientos cuando dan a luz o están de baja maternal y no resulten penalizadas por eso con una pérdida de clientes. Y sí, la empatía de Sus Señoría es importante, pero eso no debería suplir una previsión legal que, a día de hoy

Realidades y ficciones: no todo vale


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Hoy en nuestro teatro, teatro dentro del teatro en un relato para pensar que fue publicado en su día en la revista literaria Registros

REALIDADES Y FICCIONES

  • ¿Usted le dijo que no quería? ¿Lo dejó claro desde el primer momento?
  • ¿Cómo se atreve a dudar de eso? Me violó. Me violaba cada noche. Venía a mi cama cuando todo el mundo dormía y me decía que, si se lo contaba a alguien, mataría a mi madre
  • Entonces no le dijo que no quería ¿no? Lo que hizo fue acceder a sus deseos por miedo a que cumpliera sus amenazas

La mujer miró fijamente a la cámara y dejó que las lágrimas corriesen por su cara como si aquello no fuera con ella. Los millones de espectadores que veían el programa lloraban con ella, aunque fuera dos meses después de que ella vertiera todas aquellas lágrimas en un estudio, con la sola presencia del equipo de grabación y, por supuesto, de la maquilladora, atenta a que pudieran fluir y ser creíbles sin dejar un cerco negro a su paso que estropearía el plano.

Tras este momento de emoción, paró la emisión de la entrevista y devolvieron la conexión al estudio, donde un grupo de tertulianos del más diverso pelaje comentaban la jugada como si se tratara del último gol de Messi. Y, como no podía faltar la dosis de publicidad, el presentador anunciaba el sorteo de un viaje de Nueva York para quien acertara la pregunta que, a través de los rótulos que corrían por debajo de las imágenes, aparecería a lo largo del programa. Mientras lo decía, el rostro de la famosa bañado en lágrimas se quedaba congelado presidiendo el plató como fondo de pantalla.

En una sala anexa, las encargadas de analizar la audiencia se llevaban las manos a la cabeza. Habían previsto que aquello fuera un tanto importante para la cadena, pero los resultados obtenidos superaban sus previsiones de largo. La audiencia se había disparado y las interacciones en redes sociales se habían multiplicado por el infinito. Sonrieron y chocaron las palmas de sus manos, ajenas al rostro congelado de la famosa anegada en lágrimas que las miraba, sin verlas, desde el otro lado del estudio.

El tiempo de tertulia acabó y retomaron la retransmisión de la entrevista. La imagen de la famosa se descongeló y siguió hablando y llorando, llorando y hablando, sin que en ningún momento hubiera surcos negros de máscara de pestañas que afearan la imagen. La verdad es que se plantearon dejarlos, pero tras un sesudo estudio sobre el efecto que ello produciría en el público, se decidió que luciera su cara limpia. Los surcos desviarían la atención de las lágrimas y restarían emoción al momento.

Ajena a todo ello, la famosa seguía vertiendo su dolor en diferido ante las cámaras

  • Cuando mi padre empezó a visitarme por las noches, yo tenía catorce años. Lo recuerdo bien porque aquella misma tarde habíamos celebrado mi cumpleaños. Siguió haciéndolo hasta que cumplí los dieciocho y pude irme de casa
  • Pero usted era una niña prodigio. Ya era famosa a esa edad y ganaba dinero. Podría haber pedido ayuda, haberlo contado a alguien…
  • ¿Lo dice en serio? Mi padre era mi tutor legal, se quedaba todo el dinero que yo cobraba y lo administraba ¿Qué podía hacer una niña?

Ya no parecía triste, sino enfadada. Enfadada con el entrevistador, con su padre y con el mundo. Su rostro se crispó en una expresión extraña antes de que la pantalla volviera a congelarlo para dar paso a la tertulia. Varias periodistas, una psicóloga y una abogada analizaban cada una de sus palabras mientras en la sala anexa las encargadas de analizar la audiencia se frotaban las manos. Aquello marchaba viento en popa.

Esta vez la tertulia duró menos tiempo porque había que dejar tiempo para la tanda de anuncios, casi diez minutos de publicidad de pizzas congeladas, pomada para las hemorroides, una aplicación de compra y venta de ropa usada, comida dietética y un par de detergentes que competían por lavar más blanco que ningún otro. A la vuelta, la cara de la famosa volvió a descongelarse, pero no abandonó su gesto crispado. Había que reconocer que impresionaba. Impresionaba mucho.

Ante la pantalla, la famosa desgranaba todas las amenazas, todas las advertencias y todas las cosas que su padre le decía para convencerla de que accediera en silencio a sus perversiones. Le dijo que mataría a su madre y, cuando esto ya no funcionaba, le advirtió que haría lo mismo que a ella a su hermana pequeña si ella se negaba. Lo de su madre dejó de asustarle desde el momento en que, tras tratar de contarle el infierno para el que estaba pasando, le dijo una frase que le heló el alma

  • Hija mía, hay cosas que hay que aguantar por el bien de la familia

A partir de entonces el padre hubo de cambiar el objeto de sus amenazas para asustarla. Y no tardó nada en pulsar la tecla adecuada. Fue decirle que su negativa convertiría su hermanita en su sustituta en sus juegos de cama, y lograr que nada cambiara. Hasta aquel día.

Estaba a punto de cumplir los dieciocho, y tenía previsto marcharse de casa en el mismo momento en que su mayoría de edad fuera efectiva. Le denunciaría por lo que le había hecho, para vengarse y para que se hiciera justicia, pero, sobre todo, para conseguir que le alejaran de su hermanita y esta no tuviera que padecer un suplicio como el suyo.

  • Fui una ingenua creyendo que él no se imaginaría algo así. Ahora sé que lo tenía todo estudiado para que mi mayoría de edad no acabara con la gallina de los huevos de oro, pero entonces eran tantas mis ganas de marcharme que no veía más allá de esa puerta de casa que deseaba atravesar a cualquier precio
  • Pero él era quien administraba sus bienes ¿verdad?
  • Claro que lo era. Él fue quien me apuntó a la agencia de modelos infantiles, quien gestionó a partir de ahí mi carrera artística, quien contactó con productores y directores de cine. Me lo recordaba constantemente, Como si fuera su labor y no mi talento lo que me había hecho ganar dinero a espuertas. Un dinero del que no había visto ni un céntimo, por cierto
  • Pero no le faltaba de nada…
  • Claro que no. Ni a mí ni a nadie en mi casa. Yo era la única que aportaba dinero a la economía doméstica, pero mi padre me hacía creer que quien trabajaba era él y lo mío era poco que menos que divertirme
  • ¿Y no se divertía rodando películas o dando conciertos?
  • Al principio, sí. Pero cuando se convirtió en una obligación, cuando ya no podía ir al colegio, ni jugar con niñas de mi edad ni hacer nada de lo que se supone que hacen las niñas, empezó a fastidiarme
  • ¿Hasta qué punto le fastidiaba?
  • Acabé odiándolo

De nuevo se congeló la imagen. Consiguieron dejarla en una cara de cansancio infinito, como si el peso del mundo entero descansara sobre sus espaldas.

En la sala anexa empezaron a alarmarse. Desde que la famosa había dejado de hablar de abusos sexuales para aludir a abusos personales y profesionales, la audiencia había descendido a la carrera. Había que hacer algo. Le comunicaron la mala nueva al presentador a través del pinganillo, para que cambiara las tornas de la tertulia. Por fortuna, se trataba de un profesional todo terreno, capaz de llevarse las cosas adonde quería sin que los demás se apercibieran. Fue un acierto contar con él, a pesar de su caché estratosférico.

Desde producción, tomaron una decisión inesperada. Se saltaron las partes de la entrevista en que seguía hablando de los despilfarros del padre de la famosa con el dinero que la niña ganaba. No se dejaba ni uno de los tópicos: coches de lujo, prostíbulos, juego, fiestas millonarias. Todo ello sufragado por una joven estrella que solo deseaba dejar de serlo.

Pero nada de ello salió por televisión. La audiencia mandaba y la audiencia pedía sexo, Y eso era lo que iba a tener

  • Cuando mi padre descubrió la maleta y las cosas que tenía preparadas, montó en cólera.
  • ¿Le pegó?
  • Ojalá fuera eso, Consiguió que mi madre y mi hermana se fueran de allí, y me arrojó en la cama con toda la fuerza de sus 110 kilos, Me penetró por delante y por detrás, no una sino varias veces. Sangré, pero confieso que no sentía dolor físico. Lo único que me dolía era el alma
  • ¿Por eso intentó suicidarse?
  • Bueno… Eso solo fue la gota que colmó el vaso.

El programa de aquel día terminó con esa frase. Mientras, en su sofá, la famosa observaba la pantalla con el corazón encogido, sin querer atender a la multitud de mensajes de colapsaban su teléfono móvil.

          La llamada la sacó de su ensimismamiento. Sonó el teléfono fijo, aquel artefacto que estaba mudo salvo para alguna fastidiosa publicidad de ofertas de telefonía, seguros o cualquier otra cosa. Pero algo la impulsó a descolgar. De inmediato, se arrepintió de haberlo hecho, pero ya era tarde. La voz de él llenaba la estancia y rompía el ensalmo

  • Supongo que, después de todo lo que has dicho de mí, habrás previsto cómo darme mi parte del pastel…
  • ¿Tu parte? Olvídame
  • ¿Cómo voy a olvidarte, si eres mi amada hija? Procura que me llegue, o serás tú quien no se olvidará de mí. Ya me conoces

Colgó. No quiso escuchar más. Cruzó los dedos con la esperanza de que se tratara de sus bravatas de siempre. Pero el miedo la inundó de nuevo.

Pasaron dos semanas y no volvió a saber de él. Los datos de audiencia del programa eran extraordinarios, pero la persecución a la que le sometieron los medios de comunicación también fue extraordinaria. No era la primera vez, pero nunca se acostumbraba a ello. No obstante, sabía que el temporal pasaría, como siempre. Tenía que pasar.

Aquella noche, la famosa se sirvió una copa de vino blanco antes de sentarse en el sofá, Se disponía a paladearlo cuando el rostro que más odiaba en el mundo apareció en la pantalla de su televisión. Solo con verlo, tuvo arcadas y le costó mucho evitar el vómito allí mismo.

Al día siguiente, el cuerpo de la famosa reposaba en una sala de autopsias donde dos forenses concluyeron que había muerto por sobredosis de barbitúricos.

Las portadas de los diarios se repartieron el espacio entre la noticia de su fallecimiento, y el bombazo del programa del día anterior donde su padre había afirmado que todo lo que contó era un montaje preparado por ambos.

Ni siquiera dedicó una mínima parte de la suculenta cifra obtenida en comprar una corona de flores para ella.

Octleaños: como el primer día


      Es bueno conservar las tradiciones. Siempre que las tradiciones sean buenas. Y no cabe duda de que la de celebrar los aniversarios lo es. Hay que celebrarlo, se haga al ritmo del Cumpleaños feliz del Parchís de mi infancia, ya convertido en un clásico, al del Feliz feliz en tu día de Los payasos de la tele, otro hit de mi infancia, o al mucho más sensual Happy Birthday Mr President de Marilyn. Porque en los tiempos que corren no andamos sobradas de motivos de celebración y cuando los hay, hemos de aprovecharlo. Que no se diga.

      En nuestro teatro estamos de aniversario. Un 18 de julio de 2014 se abría por primera vez el telón de este Gran teatro de la Justicia y desde entonces ha acudido fiel a su cita dos veces por semana, haga frío o calor, en vacaciones o en tiempo de trabajo, esté triste o esté contenta esta humilde toguitaconada. Y ahí seguiremos, mientras haya público. Show must go on.

      La verdad es que cuando me embarqué en esta aventura no pensé que fuera a durar tanto, ni que me fuera a dar tantas alegrías. Este año, además, estamos de enhorabuena. A las dos nominaciones de años anteriores, hay que sumar el premio al mejor blog en categoría personal en los premios 20 blogs, por conseguidos. Ya dice el refrán que a la tercera va la vencida. Y es que a mí a persistente no me ganan. Eso que algunos llamarían “pesada” y que mi madre me decía que no era pesadez sino tenacidad. Y a una madre no hay que contradecirla.

      Blog en ristre, hemos compartido todo tipo de acontecimientos, en Toguilandia y fuera de ella, aunque todo lo que pase en el exterior repercute en nuestro teatro. Hemos repetido hasta la saciedad -y lo que te rondaré, morena- los problemas derivados de la falta de medios, los avatares de las leyes que han ido promulgándose y derogándose y de sentencias de todos los colores, los cambios en nuestro modo de trabajar y hemos seguido casos mediáticos por uno u otro motivo. Nos hemos hecho eco de acontecimientos judiciales como la tan peleada derogación de las tasas para las personas físicas o la llegada a la cúpula de la Fiscalía General del Estado de una mujer, seguida de dos más, aunque la carrera hermana no nos da todavía ese gusto. Seguimos con perplejidad no exenta de disgusto -por no llamarlo de otro modo- la fosilización de un Consejo General del Poder Judicial que ya lleva tres años de prestado y que no sabemos si se prolongará otro cumpletogas más. Y, por supuesto, no he olvidado aromatizarlo con buenas dosis de anécdotas, que un poco de humor siempre viene bien en nuestro mundo de togas negras y cortinajes de terciopelo.

      El mundo exterior tampoco nos lo ha puesto fácil. Quién nos iba a decir en aquel ya lejano 2014 que íbamos a vivir cosas tan impensables como una pandemia, una guerra o la erupción de un volcán. Porque lo de la crisis y la inflación siempre es más previsibles, aunque no lo sean tanto las causas. Eso sí, no descartemos la invasión extraterrestre o el apocalipsis zombi porque, visto lo visto, no hay que descartar nada. A mí, la verdad, que me pille bailando. Y pudiéndolo contar por aquí, que no es poca cosa lo de tener dos citas semanales con desconocidas y desconocidos que ya forman parte de mi vida.

      En todo este tiempo han pasado cosas muy hermosas de las que dejé constancia en los tacones. Reconocimientos y otras alegrías que me gusta compartir con la gente que quiero, porque creo que la felicidad compartida es más felicidad. Me quedo con eso, y también con los abrazos que han ido apareciendo de personas de cuya existencia no tenía ni idea. Y, por supuesto, con esa pregunta que se ha convertido en otro cásico: Ah, pero ¿tú eres la de los tacones?

      No me olvido de quienes se marcharon, y que también dejaron su impronta en las funciones de nuestro teatro. Ya han pasado a formar parte de él, y lo seguirán siendo por siempre.

      Pero que no se hagan ilusiones mis trolls y haters, que haberlos haylos, porque esto no es una despedida. Aquí seguiré después de estos ocho años, que ya dice ese refranero del que tanto echo mano que con esto y un bizcocho hasta mañana a las ocho. O a las nueve, o a las diez, o a la hora que sea. Mi toga y mis tacones continuarán con sus dos estrenos semanales, con sus momentazos y sus libros, y sus artículos y sus microrrelatos mientras el cuerpo aguante y haya público que quiera que sigan. Y para ese público fiel es, precisamente, el aplauso de hoy. No os doy miles de gracias, sino infinitas.

#HistoriasDeAnimales: Partida


Partida

Me costó adaptarme a mi nueva vida. Sobre todo, me costó acostumbrarme a la comida. O, mejor dicho, a la falta de ella. Acostumbrada a que nunca me faltara en el plato, mi nuevo estatus me supuso un suplicio. Tenía que ganármela, y eso era nuevo para mí. Tan nuevo como tener que conformarme con cualquier cosa a pesar de que le repugnara a mi fino paladar y a que cayera como una bomba en mi no menos fino estómago, después de años de vida regalada. Pero no pude hacer otra cosa. Las circunstancias me pusieron en el brete de tomar una decisión y sabía que esa era la más acertada. Aunque doliera.

Les echaba de menos. Sobre todo, a las niñas. Echaba en falta hasta sus caprichos, que tantas veces me parecieron incomprensibles. A veces, cuando no podía más, me colocaba junto a su ventana y las observaba desde lejos, en silencio, y trataba de evitar que me saliesen las lágrimas.

No me quedó otra salida que partir, para no partirme en dos, o para que no me partieran ellos. Se me rompía el corazón de oír sus discusiones, de escuchar gritos y reproches donde antes solo había cariño y arrumacos, pero la cosa no tenía remedio.

No fue fácil, pero sabía que no podía seguir así. La obsesión de él por colmarme de manjares iba a acabar con mi salud física, y la de ella de llevarme a los sitios más extraños llena de lazos y con collares cuajados de adornos acabaría con mi salud psíquica. Así que, después de unos meses de andar de un lado a otro, tomé la única decisión posible. Y una noche, aprovechando la oscuridad que siempre fue mi mejor cómplice, crucé el umbral para no volver.

Nunca pensé que llegaría a convertirme en una sin techo, pero no aguantaba más. El hecho de que tuviera que ser un juez quien determinara cómo habría de ser mi vida fue la gota que culminó el vaso. Mi existencia se había vuelto una esclava del calendario y nada más me hacía a la idea de permanecer en un sitio me llevaban a otro, y así una semana tras otra. Yo solo anhelaba permanecer en el mismo lugar, con mis cosas, mi comida, mi mantita y mi sofá, con un paseo de vez en cuando y, como mucho, un traslado a la playa cuando hacía calor y a la ciudad cuando dejaba de hacerlo.

Lo peor eran los gritos. Que si me había dado de comer demasiado, o demasiado poco, que si me llevaba más limpia o más sucia, que si ya no me portaba tan bien como antes. Y la culpa taladrándome las orejas. Ellos se echaban las culpas uno a otro, pero yo llegué a creer que la culpa la tenía yo. Porque las niñas lloraban sin consuelo y de nada servía acariciarles ni ponerles mi mejor cara ni hacerles arrumacos. Ya no me hacían caso.

Ahora, cuando a veces me asomo a la ventana y las veo llorar, o discutir, o gritar, me pregunto si me echaran de menos tanto como yo a ellas. Me pregunto si ellas habrán sufrido tanto como yo con todo esto, y si seguirán sufriendo. Y solo de pensarlo se me hace un nudo en el estómago.

Antes éramos felices. Pero cuando las cosas empezaron a ir mal, me convertí en un problema. Se lo oí decir a los dos. Por eso le dijeron a aquel juez que no me conocía de nada que tenía que arreglar lo que ellos habían estropeado, Y fue cuando estableció los turnos en que uno y otro disfrutarían de mi compañía.

Al principio, creí que aquello sería una bicoca. Que tratarían de mimarme para demostrar con quién debería quedarme, pero lo convirtieron en una competición. Y yo lo último que desea en el mundo era convertirme en un trofeo con el que se golpearan el uno al otro.

Por eso me marché. Ahora vivo en un garaje abandonado, y como de lo que puedo encontrar. Con el tiempo he aprendido a buscarme la vida y, aunque me falten las comodidades de antaño, nadie me usa para dañar a nadie.

Ha sido difícil, y lo sigue siendo. Pero sigo pensando que es mejor vivir tranquila en un garaje abandonado que ser el objeto de discordia en una casa de lujo. Sobre todo, si una es una gatita siamesa necesitada de cariño.

Tenía que partir. De lo contrario, me repartirían hasta dejarme partida en dos mitades.

Qué molesta IV. Forenses, Policías et al


      La sabiduría popular dedica refranes a los primeros, los segundos y hasta los terceros. Pero cuando llegamos al cuarto lugar, parece haberse quedado sin resuello, o, mejor dicho, sin letras. Más allá de que con un seis y un cuatro se forme la cara de tu retrato, como enseñan a los niños. Pero el cine no se olvida, y hasta hay una película cuyo título es un expresivo Soy el número cuatro. Aunque, si realmente queremos algo fuera de serie, Los cuatro fantásticos. A ver quién los supera,

      Veíamos en las tres entregas de esta serie qué molesta a cada quien en nuestro teatro. Pero aún no estaba toda la munición gastada, como se han encargado de avisarme por varios medios. Y, por supuesto, además de agradecer como siempre las intervenciones, les pedí paciencia. Cada cosa a su tiempo.

      Uno de los primeros en contestarme a mi llamada de auxilio tuitera fue un buen amigo notario, que, aunque no frecuenta físicamente Toguilandia por su oficio sí que tiene por razón de este una gran relación con nuestro teatro. Se quejaba, y con razón, de lo poco que valoramos sus esfuerzos para realizar actos que acaban quitándonos trabajo. Las bodas serían un buen ejemplo y, aunque no el único, tal vez el más vistoso. Quizás merecerían por sí solas un estreno, aunque ahora nos conformemos por sustituir el tradicional Vivan los novios por un viva a mi amigo el notario y a su profesión.

      Más cerca físicamente de Toguilandia aunque no siempre en las tablas nos encontramos con una profesión indispensable para el desempeño de nuestro trabajo. La que desempeñan los miembros de las Fuerzas y cuerpos de seguridad que, aunque ya tuvieron su propio estreno, no habían tenido la oportunidad de ver plasmadas sus quejas. Y no son pocas cosas ni infundadas, precisamente.

      Se quejan, y con razón, quienes custodian a los presos y detenidos en calabozos de algunos «detalles» de los que a veces no nos damos cuenta, como llamar para que suban al preso y tenerles luego esperando media hora e los pasillos, de los retrasos omnipresentes y de faltas de miramiento con cosas como notificar en calabozos lo que se podría notificar en prisión sin las consiguientes esperas y relevos de turno. A eso añadiría yo, de mi propia cosecha, las situaciones violentas en que se les llega a poner cuando, estando esperando con el detenido custodiado, mandamos al letrado o letrada a hablar con él ahí en mitad del pasillo. En esos casos yo prefiero cederles el despacho y ser juez y fiscal quienes nos salgamos, pero no todo el mundo lo hace.

      Otra cosa que, además, roza la falta de educación, es no dar opción a los miembros de FFCC que custodian al preso a sentarse, porque ni silla haya para ofrecerles o, lo que es peor, ni siquiera se cae en ello. Vaya esto como recordatorio para estos olvidos y como mea culpa por si acaso. No cuesta nada pensarlo.

      Por último, en lo que a esta parte afecta, dejo algo que creo muy importante. Quienes custodian al detenido o preso son quienes conocen de su peligrosidad y, por tanto, quienes deben decidir si permanece esposado o se le retiran las esposas. Cuando Su Señoría toma una decisión en contra de su criterio, se sienten ninguneados, pero, además, en peligro innecesario. A este respecto, recuerdo algo que pasó cuando todavía estaba en prácticas en que, retiradas las manillas, el detenido se dedicó a arrojarnos todo lo que tenía a mano, incluida la pesada mesa de un juzgado de guardia de los de antes. Tuvieron que reducirle y lo hicieron bien y rápido, aunque probablemente si se hubiera atendido el consejo de mantenerlo esposado, nos hubiéramos ahorrado una escena desagradable. Y un bautizo de realidad, en mi caso.

      Por su parte, los y las forenses, que también tuvieron su propio estreno, no se han privado de transmitirme algunas de sus quejas. Se quejan, y con razón, de los apremios por plazos imposibles -lo quiero para ayer- y, por otro lado, de las esperas para entrar a juicio. También he oído algunas de sus quejas en el sentido de los informes que se les piden, más de una vez fuera de su competencia. Cosas como informes sobre la credibilidad de una persona mayor de edad y en plenas facultades, a los que la única respuesta médicamente posible es que puede mentir como cualquiera. En otros casos es la materia: se pide erróneamente informe sobre imputabilidad, cuando el forense puede informar sobre el estado de las condiciones intelectivas y volitivas del sujeto en el momento de cometer el hecho, pero la decisión sobre si es o no imputable corresponderá, en última instancia, al juez o jueza, con informe de la fiscalía, por descontado.

      En algunos casos, es la propia ley la que lo pone complicado, como ocurre con las lesiones y el concepto de tratamiento médico, que difiere en su dimensión médica y jurídica. Como sabemos quienes nos dedicamos a esto, para la Medicina recetar un analgésico o limpiar una herida es un tratamiento que, para el Derecho, a los efectos del delito de lesiones, no es. Como siempre, el divorcio de los términos jurídicos hace difícil comprender ciertas cosas.

      No obstante, no podemos olvidar que los médicos forenses y otros peritos al servicio de la administración de justicia, como psicólogos no son los únicos peritos que actúan en nuestro teatro. Hay otros que aportan las partes y que se quejan precisamente de eso, esto es, de que, sea cual sea su cualificación y su currículum, se les cuestiona por el hecho de ser “de parte”. Y hay que reconocer que a veces pasa.

      A ello voy añadir mi propia queja, que estoy segura de que comparten muchos y muchas peritas. Y es a que pronuncien mal su cargo, añadiendo un acento en la e al pronunciarlo que a mí me pone de los nervios. Llamadme tiquismiquis, pero es así.

Y hasta aquí, el post y la saga, salvo error u omisión, que siempre puede legar alguien que con sus quejas dé para otro estreno. Mientras tanto, aquí lo dejo, con el aplauso, una vez más, para quienes han cont5ribuido a hacerlo posible. Ml gracias.

Qué molesta … (III) : LAJS y función pública


              Si segundas partes nunca fueron buenas según el refrán, si se trata de terceras partes ya la cuesta se vuelve empinada. Sin embargo, el mismo refranero dice que no hay dos sin tres y a la tercera va la vencida. En el mundo del arte, no disgusta tanto el número 3. Y así, aunque Tres eran tres las hijas de Elena -y ninguna era buena- también era tres Las tres gracias de Rubens y tres tablas las que componen los trípticos tan frecuent4es en la pintura. En el cine -y antes en la tele- tres son Los ángeles de Charlie y tres también Las tres mellizas. Así que podemos asumir el riesgo de lanzarnos a una tercera parte Sin miedo a nada. Que sea lo que Dios quiera.

              Ya vimos en los dos estrenos anteriores lo que, dentro de nuestro teatro, molestaba a miembros de la judicatura, de la fiscalía y de la abogacía. Pero ahí no se quedan los protagonistas de Toguilandia. Nos quedan algunos por ver que tienen tanto o más derecho a molestarse. Así que vamos al lío.

              Respecto de los LAJS, letrados y letradas de la Administración de Justicia, hay quien se siente molesto incluso por el nombre. Así me lo reconoce una LAJ tuitera, que no se siente cómoda con esta denominación. Es cierto que la anterior, la de Secretarios judiciales también daba pie a muchos equívocos, entre ellos el más conocido y molesto el de confundir la función de secretario o secretaria judicial con la de secretaria del juez, y entender que, como en la canción de Mocedades, tan pronto estaba para servir un café, como para comprar un ramo de flores a una invitada a quien se quiera obsequiar. Ayudó bastante a esta deformación la segunda parte de la serie Turno de oficio, que no hacía honor a su celebrada antecesora y que dio lugar, incluso, a una queja formal del colectivo. Y con razón.

              Sé que a muchas LAJS, y así me lo han dicho más de una vez, les molesta sobremanera esa manía de alguna de las partes de interrumpir en mitad de un interrogatorio para, supuestamente, enfatizar, diciendo “que conste en acta”. Por supuesto, como he oído responder con una buena educación no exenta de ironía, en acta consta todo, y esa frase, llevada a sus últimas consecuencias, supondría poner en tela de juicio la profesionalidad de quien es responsable de dicha acta. Pero en la actualidad, con la grabación de los juicios, la frasecita de marras se convierte en una solemne tontería porque es obvio que consta eso y todo. Solo faltaba que se anduviera seleccionando qué grabo y qué no. No obstante, de vez en cuando sigo oyéndolo. Y sigo mirando al LAJ con una sonrisa de resignación.

              En cualquier caso, una de las quejas más comunes de los LAJS es el desconocimiento de su labor, de su categoría y de su importancia en el proceso. Y eso no solo por parte de quienes van al Juzgado sino también por parte de las instituciones, que no siempre han sabido reconocerlos. Baste decir que a la trascendental función de ser depositarios de la fe pública judicial -algo así como nuestros notarios- y quienes tienen encomendada la custodia de los autos y la dirección de la oficina judicial, se le ha sumado desde hace tiempo la posibilidad de dictar importantes resoluciones en diversos ámbitos, algo que antes solo competía a Sus Señorías. Esto hade suponer una redistribución del trabajo, pero también una potenciación de la figura del LAJ. Que sea en buena hora.

              Y, si los LAJs se quejan de falta de reconocimiento, cuando se trata de funcionarios y funcionarias sus quejas son todavía más generalizadas. No son pocos quienes lamentan que no siempre se dirigen a ellos con la educación correspondiente, aunque también aquí hay de todo. Confieso que también he escuchado quejas en sentido contrario, aunque mi experiencia siempre ha sido de lo más exquisita.

              Las quejas de quienes pertenecen la función pública de Toguilandia van también en otros sentidos, además de la sempiterna falta de medios que nos agobia a todos. Como funcionarios, padecen el problema de la necesidad de un concurso para acercarse a casa y organizar su vida, que no siempre llega a tiempo. Y, si de interinos o interinas se trata, se añade la incertidumbre de un futuro incierto. Nada que no pase en otros ámbitos de la Administración.

              Pero lo que, al parecer, no ocurre en otros ámbitos, es la división escalafonal y las fórmulas de cortesía tan marcadas. Me cuenta alguien desde twitter que es fue una de las cosas que más le llamó la atención: la rigidez en el uso del usted, en las fórmulas de cortesía y en los formalismos varios. Y es que en Toguilandia siempre hemos sido un poco rancios, la verdad. Aunque poco a poco vayamos modernizándonos. Pero confieso que a mí también me chocaba cuando llegué a este mundo. De la noche a la mañana pasé de ser una mindundi, a oír como me llamaban Doña Susana personas que me doblaban la edad. Y confieso también que siempre que lo oía pensaba en Susanita, mi tocaya amiga de Mafalda.

              Aunque una de las quejas que más me han dolido como mujer es la de una funcionaria que cuenta que en su puesto de trabajo, los sesgos machistas persisten de tan modo que, a pesar de que sus compañeras y su compañero tienen la misma categoría, todo el mundo da por bueno que ellas sean quienes atiendan el teléfono o al público y cosas semejantes, y él se dedique a lo que se considera “importante”, la tramitación de las causas sin que nadie le moleste. No creo que sea generalizado pero el machismo todavía campa por sus fueros en muchos sitios. Esperemos que pronto sea una mera anécdota de tiempos pasados.

              Hasta aquí, unas pinceladas de algunas de las cosas que molestan a dos colectivos tan importantes. Gracias de nuevo a quienes desde redes han hecho posible con sus aportaciones la redacción de este post. Suyo es el aplauso de hoy.

Qué molesta…(II) Fiscalía y judicatura


          Después del uno, el dos, suelen decirnos cuando se nos amontona la faena. Y, aunque en el mundo del espectáculo se diga que nuca segundas partes fueron buenas, a veces sí lo son. Y no hay que ser El juez para juzgarlo ni hacen falta Doce hombres sin piedad para acreditarlo.

Ya vimos en la anterior entrega de esta serie cómo había unas cuantas cosas que molestan a abogados y abogadas en nuestro teatro. A la recíproca, también desde las otras partes de estrados tenemos nuestras manías, nuestra filias y nuestras fobias, algunas justificadas y algunas injustificables. De todo, como en botica.

Una vez más, escribo este post con la inestimable colaboración de juristas twitteros. Ahora bien, como decía en el anterior, las señorías puñeteras en redes, vengan de las fiscalías o de la judicatura, somos muchas menos. Lo que hace todavía más de agradecer las aportaciones, que sumo a mi propia experiencia. Que sea lo que Dios quiera.

Se quejan algunos magistrados y magistradas de alguna que otra trampita procesal que yo también he detectado. Se trata de pedir una aclaración que es casi como un recurso. O sin casi. Pretender convertir la posibilidad de aclarar en una suerte de tercera instancia está fuera del propósito de dicha institución. Y tampoco lo está eso que llaman “complemento” y que se convierte en un cajón de sastre. Aunque tampoco está bien que las sentencias sean tan parcas que necesiten de aclaraciones siempre. Ni calvo ni siete pelucas.

Otra de las cosas que pueden llegarnos a sacar de quicio son los escritos o informes innecesariamente kilométricos. En Justicia, donde, habida cuenta la carencia de medios, el tiempo es oro, se hace más real que nunca lo de que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Repetir y repetir la misma idea no hace más que agotar la paciencia de Sus Señorías. Aunque esta paciencia a veces sea bien corta. Sobre todo, cuando no queda otra que celebrar quince juicios en una misma mañana. Si papá estado tuviera a bien darnos más medios, probablemente esa paciencia podría estirarse como un chicle de buena calidad y las repeticiones no crisparían tanto, pero es lo que hay. En cualquier caso ¿para qué usar una hora en lo que se puede decir en 10 minutos? No se trata de mermar el derecho de defensa sino de optimizar el tiempo que, como sabemos, es un bien escaso.

Tanto en la judicatura como en la fiscalía hay una cosa que nos pone de los nervios. Que no contesten a lo que preguntamos, que se vayan por los cerros de Úbeda o que se atropellen unos letrados a otros. A mí, particularmente, como fiscal, me molesta que informen mirándome a la cara y dirigiéndose a mí cuando el informe se dirige a Su Señoría, sobre todo, cuando se hace con gesto desafiante para decirme de todo menos guapa. Eso sí, “en estrictos términos de defensa”, una especie de comodín del público donde hay quien cree que cabe todo. Incluso la prepotencia, una mal del que se quejan de todos los lados de estrados, venga de donde venga. Y con razón

Otra de las cosas en las que coincidimos es en lo que nos molesta la cantidad de señalamientos que hay que poner cada día porque no nos queda otra si no queremos señalar a cuatro años vista. Lo malo de esto es que al final, nos enfrenta en vez de unirnos. La abogacía se queja de que se acumulan retrasos insufribles y, quienes permanecemos en la sala ventilándonos un juicio tras otro llega un momento en que no damos más de nosotros mismos. Yo siempre digo que cuando llega la hora de comer me falla el riego. Además de que me hacen unos ruidos la tripa que esto segura que se podrían escuchar en toda la Ciudad de la Justicia.

Al Ministerio Fiscal, además, nos toca mucho las narices que se olvide de notificarnos las cosas, o de decirnos que algo se ha suspendido. O, lo que es peor, el famoso juicio sorpresa cuyas citaciones nunca llegaron. Reconozco que cubrir el expediente lo cubrimos porque nos llaman y el pobre al que pillen de incidencias hace lo que puede, pero nunca lo que hubiera hecho si le hubieran dejado prepararse el juicio. Es lo que hay. También me altera mucho que digan que continuemos el juicio que empezó otro porque el Ministerio Fiscal es único. Será único, pero no tenemos los cerebros interconectados. Aún. Y sin haber leído los autos no nos llegan por telepatía.

Aunque si quieres molestar a un fiscal, hay dos cosas con las que ganas su enemistad eterna: si le dices que es menos que el juez o si le repites la matraca de las órdenes del gobierno.

Por supuesto, a Sus Señorías les molestaras si haces exactamente lo contrario: decir que el fiscal trabaja más o cuestionar su independencia.

Tontunas nuestras porque mientras nos peleamos por un quítame ahí esas pajas, seguimos sufriendo una carencia de todo de la que, por costumbre o resignación, ni siquiera nos quejamos, Y eso sí sería para ponerse de los nervios.

Por último, he de afirmar que tanto a jueces y juezas como a fiscales nos molesta e indignan los problemas de la abogacía a la hora de cobrar el turno de oficio. Creer que es solo problema de ellos es un error de bulto. Y tenía que decirlo para dar al menos un pequeño espaldarazo a sus reivindicaciones

La lista de quejas podría ser eterna, aunque al final todo se reconduce a lo mismo: la Justicia es la hermanita pobre de la Administración. Y por eso voy a dar el aplauso de hoy a quienes tienen claro que remamos en el mismo barco y, sobre todo, no caen en el error de pelearnos entre nosotros mientras los problemas siguen ahí. No demos el gusto de distraer la atención de lo verdaderamente importante

Qué molesta … (I) : abogacía


                De vez en cuando está bien hacer Examen de conciencia y saber qué cosas molestan a los demás. Para no repetirlas, claro, no para criticar por criticar, aunque tomarse las cosas con un poco de humor siempre viene bien. Cuando mezclamos cine y derecho, vemos esas cosas que hay que evitar para acabar como en La guerra de los Rose, o para no entrar en una espiral de ira como en Un día de furia. Mejor prevenir que curar.

                En nuestro teatro, dadas las diferentes tribus que transitamos por las tablas con intereses contrapuestos cuando no directamente enfrentados, es difícil no chocar. Por eso, para que los pequeños vicios no se conviertan en males irremediables, he decidido dedicar una serie de estrenos a esas cosas que irritan al resto para tratar de evitarlas o de comprenderlas. Algunas tienen solución, otras no tanto. Pero, como siempre, mejor buscar soluciones que buscar culpables. Aunque, si hay que reconocer algo, se hace. Que no se diga.

                Esta saga empieza por una pequeña semilla que lancé al vuelo en redes sociales, y que encontró abono y riego como para plantar varios bosques. Por eso he decidido que, como El padrino tenga varias entregas. Y empezar por quienes más han contado y cantado. Como diría Robert de Niro en El cabo del miedo: Abogaaaado

                He de decir que agradezco la enorme colaboración con mi experimento del colectivo de la abogacía tuitera. Han ganado por goleada, no sé si porque son los más numerosos, los más sinceros o quienes tiene más motivos para quejarse. Pero así es. Y así se lo agradezco, aunque en algunos casos tenga que servir para tomar nota, de uno u otro lado, o esto no tendría más sentido que ejercitar un derecho que, aunque no reconocido con carácter constitucional, debería de estarlo: el derecho al pataleo.

                Hay que reconocer que gran parte de estas quejas provienen de un mal común: la falta de medios. A ello le debemos, al menos en gran parte, cosas que molestan tanto como el señalamiento a varios años agradezco, vista, la demora en dictar sentencia o el no cumplimiento de los plazos. Y aquí empieza una cuestión espinosa.

                Me dice una amiga abogada con todo el cariño no exento de puyita, que una de las cosas que más le molesta es que los y las fiscales nos pasemos los plazos por el forro de la toga. Razón tiene en el fondo, pero no tanta en la dirección del tiro.  Aseguro al mundo que, en la mayoría de los casos, los plazos no se cumplen por nuestra parte por imposibilidad absoluta por cosas tan absurdas como que cuando la resolución llega a nuestra mesa ya está el plazo pasado o que los juzgados escupen tantas causas a la vez -la última vez que las conté eran más de 30 para calificar con la misma fecha- que ni dedicando las 24 horas del día lo lograríamos. Y esto no tiene solución mientras el sistema siga siendo el que es y los medios los que son. Al pan, pan y al vino, vino, aunque me pregunto ¿por qué siempre la queja va en este sentido y nadie le cuenta al juez o jueza los días par dictar sentencia, que también están previstos? Ahí lo dejo. En cualquier caso, sí he de decir que para causas con preso o recursos cumplimos los plazos escrupulosamente. Y si no, ahí sí que hay que entonar el mea culpa.

                Cuestión distinta es la de puntualidad. Yo tampoco entiendo que se señale a las 9 y se empiece a las 10, si no hay una causa justificada. Y si la hay, que se explique. Y esto me vale, por supuesto, para cualquiera de las partes, Y para los investigados que a veces creen que en vez de a un juicio les han llamado para un pic nic

                Otra de las quejas frecuentes y que me da mucha pena es la falta de respeto y la prepotencia. En todos los sentidos, pero ya sabemos quine tiene la sartén por el mango. Remamos en el mismo barco, aunque con los agujeros de la madrea y lo viejo que es el cascarón se escora de cualquier de los lados y el día menos pensado se hunde.

                Y un clásico: no dejar hablar al letrado o letrada o interrumpirle. Aquí, por supuesto, hay que encontrar el punto medio donde está la virtud y que tan difícil es de hallar. No se pude cortar con el bisturí toguístico como se hace muchas veces, pero tampoco se pueden repetir las mismas cosas hasta la saciedad. Quizás la tolerancia en uno y otro sentido mejoraría si en vez de tener que celebrar por parte de juez y fiscal 15 juicios –o más- en una mañana se celebraran 5, pero los módulos con los que nos ahogan son así. Y si se señalara menos, el retraso en los señalamientos también se multiplicaría. La pescadilla que se muerde la cola. Pero, por supuesto, hay un parámetro: la educación y el respeto. Y eso nunca se debe sobrepasar.

                Y cuando de muchos juicos hablamos surge otro clásico. La molestia que para muchos letrados y letradas supone que fiscal y juez estén dentro de la sala antes del juicio. Pero así lo prevé nuestro Estatuto, como expliqué en su día (en realidad, deberían venir del juzgado a por nosotros cuando esté todo listo, cosa que nunca se hace) y, sobre todo, hay una cuestión práctica. Si celebramos 20 juicios en una mañana, sería poco operativo entrar y salir cada vez. En mi experiencia, cuando la abogada de dos juicios ha sido la misma, también se ha quedado dentro. Y tan pichi.

                Cuestión distinta es el colegueo y las risas fuera de lugar. Se puede hablar distendidamente -juro que casi siempre de temas por completo ajenos- sin que dé la sensación de que hay un contubernio del que el letrado es, cuando entra, un convidado de piedra. Y si lo hacemos así, nos lo hemos de hacer mirar. Para mí fue muy ilustrativo lo que una juez me dijo de una operación de menisco que padeció. Contaba que mientras la intervenían, con anestesia local, los médicos hablaban de fútbol, y eso le hacía sentirse fatal, como si la ignoraran a ella y su rodilla. Entonces pensó que tal vez los acusados, u otros profesionales se sentían así cuando hablábamos de otra cosa. Y tratamos de cambiar nuestros hábitos para no caer en el síndrome del menisco de Su Señoría. Rectificar es de sabios.

                Otra de las cosas con muchos matices es lo relacionado con las conformidades. No seré yo quine niegue que hay veces que las representaciones letradas se sienten más que presionadas a conformarse por determinadas actitudes. Y que, desde luego, tener que negociar delante del juez o jueza no es de recibo.. Prácticas que también hemos de hacernos mirar, porque no solo es lo que se hace, sino lo que puede parecer, aunque no sea. O se ausenta el magistrado de la sala o la fiscal sale fuera, si es que no hay salita ex profeso Otra cosa para tomar nota. Y nuevamente el comentario de siempre. Si la saturación no fuera tal, el interés en hacer conformidades a toda costa rebajaría bastante. ¿O no?

                Por último, en este resumen rápido, hablaré de la falta de atención y sus derivados. Es terrible estar informando y sentir que nadie te escucha, desde luego, y a veces nos sentimos así. Y sé que más aún se sienten los miembros de la abogacía que ven que, una vez terminó el fiscal, empieza la impaciencia y, lo peor de todo, lo de mirar el móvil sin disimulo. Y aunque es cierto que a veces es necesario -mensajes urgentes y hasta consulta de Códigos on line– en la mayoría de casos se distingue el ocio del negocio. Aunque no se llegue al extremo de la política pillada jugando al Candy Crush

                Y hasta aquí, un breve resumen de esas quejas, todas justas, aunque no siempre enfocadas a la raíz: la precariedad de medios. Que, ojo, nunca justifica, sin embargo, la mala educación ni las faltas de respeto. Al César lo que es del César. Sirva este ejercicio no para hacernos sangre sino para apercibirnos de nuestros “vicios”, de una parte, y para comprender algunas prácticas inevitables.

                Por eso, el aplauso de hoy no podría ser otro que el que dedico a todos y todas las usuarias de una trilogía fantástica: educación, respeto y comprensión. Ahí es nada