Maestros (y maestras): aprender lo es todo


School lesson with the teacher at the blackboard. Classroom. Children at a school desk. Vector illustration, flat style

              De vez en cuando, cruza el universo cinematográfico alguna película sobre maestros o maestras. Y lo hace generalmente para dejarnos con el alma en vilo, porque, no sé cuál será la razón, pero hay historias realmente bonitas, como El club de los poetas muertos, La lengua de las mariposas o la reciente El maestro que prometió el mar. Y, cómo no, en nuestros recuerdos están quienes enseñaban en series como Querido maestro, Segunda enseñanza, La casa de la pradera o la vetusta Crónicas de un pueblo. Y es que son un pilar importante de cualquier sociedad.

              En nuestro teatro, como en todas partes, debemos mucho a quienes nos enseñaron por el camino, aunque no siempre sepamos reconocerlo. Solemos acordarnos de nuestros preparadores , de algún profesor de la universidad que nos marcó especialmente y, en algún caso, de la persona con quien hicimos algunas prácticas que nos han influido de modo particular. Pero todo ha influido en quienes somos hoy, desde el primer día que pisamos la guardería hasta hoy mismo. O, mejor dicho, hasta mañana, porque siempre hay alguien que te puede enseñar cosas nuevas.

             En mi caso, tengo un recuerdo bastante desdibujado de las profes que tuve en el Jardín de Infancia -entonces se llamaban así- aunque sí sería capaz de describir con todo lujo de detalles a la monja que fue mi tutora en primero de Primaria. Y no soy la única. Esta mujer tenía algo que marcó a varias generaciones. Y para bien.

              Del resto del colegio recuerdo a unas más y a otras menos -en mi caso, los profesores masculinos no llegarían hasta BUP, actualmente últimos cursos de la ESO- La verdad es que me acuerdo mucho más de las anécdotas con mis compañeras, de las gamberradas y las risas y también de los disgustos, como la vez en que nos pillaron con las manos en la masa cuando habíamos robado las preguntas de los exámenes finales. Es una de las batallitas preferidas cuando nos volvemos a juntar.

              Entre las cosas más hermosas que se puede decir a un maestro de la infancia, no tiene parangón la que en su día escribió Albert Camus al Señor Germain, quine fue su maestro, cuando recibió el Premio Nobel. Camus no olvidó la influencia que aquel hombre tuvo en todo lo que había logrado, y e dijo “Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiera sucedido nada de esto” Acababa diciéndole que nunca había dejado de ser su alumno agradecido. Os aseguro que si yo fuera aquel señor Germain, engordaría varios kilos cada vez que leyera aquella carta. Si es quela emoción me dejaba, vaya.

              Pero no todo el mundo tiene un señor Germain en su vida. O tal vez no supimos verlo y no es sino cuando una empieza la carrera cuando aparece figuras que marcan totalmente lo que será nuestro futuro profesional. En nuestro caso, para quienes estudiamos Derecho, la personalidad del profesor o profesora de cada asignatura podía hacerte dirigir tu rumbo en uno u otro ámbito del Derecho. O todo lo contrario, descartarlo. En mi caso, confieso que aunque siempre me gustó per se el Derecho Penal, hubo algunos docentes que me provocaron el efecto rechazo a su asignatura, y que me reafirmara en mi decisión. No diré de quién si de qué materia se trate, que los post los carga el diablo, pero es así. Ahí lo dejo.

              Como apuntaba al principio de este estreno, quienes hoy tenemos plaza fija en este teatro nuestro, contamos con una figura muy importante en nuestra vida: el preparador . En su día, ya dediqué una función a los preparadores y preparadoras, que hacen mucho más que prepararnos para aprobar una oposición. O esa es, al menos, mi experiencia. No repetiré las palabras que le dedicaba entonces, pero invito a quien quiera a leerlas.

              Otro de los momentos esenciales que pintan el camino de nuestro futuro destino en Toguilandia es el de las tutorías. En su día, pertenecí a la primera promoción de fiscales que hacía prácticas en diferentes fiscalías después del tiempo de Escuela Judicial. Algo que luego se repitió tanto en nuestra carrera como en la carrera hermana. La verdad es que no entiendo como se lanzaban a la vida toguitaconada sin prácticas previas, pero es lo que había. Y también conté en su día la influencia que mi tutor tuvo y sigue teniendo en mi vida profesional. Aunque haya transcurrido más de treinta años desde entonces.

              Tampoco había en mi tiempo período de prácticas en la carrera, eso que llamamos prácticum y que también tuvo su propio estreno. Sí que he tenido la experiencia del otro lado, desde la posición de tutora. Y estoy segura de que he aprendido más del alumnado e prácticas de lo que puedan haber aprendido de mí. Aunque confieso que el hecho de que haya quien después de pasar por mi despacho se haya decidido por opositar a la carrera fiscal me hace muy feliz. Quiero pensar que algo bueno habré transmitido.

              Y, hasta aquí, es estreno de hoy. Se lo quiero dedicar a todos los maestros y maestras, a preparadores y tutores que han pasado dejando huella en mi vida. Esta no es la carta de Camus, pero aquí va mi cariño y mi aplauso. Y otro más para quienes han pasado por mis manos. Gracias una y mil veces

Jóvenes 25 N: hay esperanza


              Hay veces en que la realidad te regala porciones importantes de esperanza. Como en el cine, la Esperanza está ahí, no es la Esperanza perdida que algunos creen. Siempre hay un Valle de la esperanza al que acudir. En el cine y en la vida

              En nuestro teatro hay ocasiones en que perdemos la esperanza. O casi. Pero a veces la vida nos regala momentos que nos la devuelve. Y eso sin salir de nuestros temas, aunque sí salgamos de nuestro terreno y nuestra zona de confort

              Me explico. Esta semana, en el marco de los actos celebrados por todo nuestro territorio para conmemorar el día contra la Violencia de Género, el 25 de noviembre, tuve una de esas experiencias. Me fui a un pueblo de Valencia, Montserrat, para encontrarme con el alumnado de tercer y cuarto de la ESO a propósito de la lectura de una de mis criaturas, Caratrista.

              Habían leído mi libro como una de las lecturas de este curso, y, aunque podrían haberlo hecho como una obligación más, el editor y yo nos quedamos boquiabiertos con la manera en que lo habían trabajado, tanto en el fondo como en la forma.

              Quizás quienes tienen hijos en edad escolar sepan perfectamente de que hablo cuando me refiero a una caja de lectura, pero yo lo desconocía por completo. Y la sorpresa no pudo ser mas agradable. En estas cajas que, además, tienen un aspecto muy atractivo, se analizan todos los aspectos del libro en cuestión, desde la autora hasta los personajes, desde el mensaje hasta los sentimientos. Una verdadera maravilla.

              No sé si alguien que no ha escrito libros puede imaginar lo que siente una autora cuando se encuentra ante adolescentes que saben casi más de mi criatura que yo misma, que le han dado tantas vueltas que no ha dejado un detalle por analizar. Pero puedo asegurar que es fantástico. Además del subidón de ego que supone oír mi propia biografía de unos labios tan jóvenes, comprobar que les ha llegado el mensaje que pretendía transmitir es emocionante. Y da sentido a mi obra por pedante que suene.

              Cuando yo ideé Caratrista, mi primera novela juvenil, tenía un propósito muy concreto. Además de entretener, que es un fin ineludible de cualquier cuento, lo que yo pretendía era llegar a personitas de una edad complicada, la infancia y la adolescencia. Quería que supieran lo que supone ser víctima de violencia de género -o de bullyng -, que se pusieran en la piel de la protagonista, que comprobaran que no es algo que pasa a otras personas, sino que le puede pasar a cualquiera. Quería que supieran qué hacer si se encontraban con una víctima, y como poderla ayudar.

              En definitiva, quería que supieran muchas cosas que hay adultos que aun no han asumido. Y, en este caso, pasaron el examen con nota, porque no solo habían hecho el trabajo, sino que todavía tuvieron ganas de preguntar sobre violencia de género, sobre libros, sobre justicia y sobre literatura, en un coloquio que resultó de los más apasionantes que he tenido. Verdad verdadera.

              Cuando veo esta juventud, me doy cuenta de que todavía hay esperanza, que no está todo perdido, que hay una generación con ganas de hacer cosa, sobre todo si tiene unas maestras y maestros que les guían en este terreno a veces tan resbaladizo.

              No son los únicos, por suerte. Esta misma semana también estuve en otro centro escolar donde pude compartir mi experiencia con el alumnado de Bachiller. Y también encontré mucho trabajo del profesorado y mucha semilla de esperanza por allí

              Cuando terminaron sus exposiciones sobre Caratrista, me regalaron las cajas, esas cajas de lectura que me dejaron asombrada, y las he fotografiado para compartirlas. Por supuesto, con su permiso. Pero no podía quedármelas para mí sola.

              Así es que este 25 N en vez de contar una historia de una víctima o explicar todas las cosas que hacemos y, sobre todo, que faltan por hacer, traigo un grito de esperanza. Y por supuesto, de agradecimiento. Así que el aplauso hoy es evidente. Va dedicado a todo ese profesorado que sabe que enseñar es más que dar los temas de las asignaturas de los programas y, sobre todo, al alumnado de ese instituto de Montserrat que confieso que me han conquistado.

Premio Igualdad: Mujeres en construcción


              A veces, el mundo el arte sirve para muchas más cosas que para dar satisfacción a los sentidos, que no es poca cosa. Hay películas que transmiten mensajes contra la violencia de género, como Te doy mis ojos, contra la homofobia como Pride o Te estoy amando locamente, o contra el racismo, como Arde Mississippi. Son unos pocos ejemplos del arte al servicio de la sociedad, sin perder un ápice de belleza y, por qué no decirlo, entretenimiento. Y hay veces en que, además, estas muestras traen consigo una satisfacción extra. Y acabo de vivir uno de estos momentos, y no quería dejar de contarlo.

              En nuestro teatro acostumbramos a ver nuestro reflejo en películas sobre juicios, pero no siempre el arte se interrelaciona de una manera directa con nuestro mundo. O no siempre sabemos verlo.

              Lo que hoy vengo a contar me afecta directamente. Se trata de la concesión del premio Igualdad de la Unión de Trabajadores de la ONCE a una compañía de danza y perfomance la que estoy muy vinculada. Y ahora contaré por qué.

              Hace algo más de cuatro años, nacía, casi por casualidad, una compañía artística llamada a hacer grandes cosas. Y no lo digo yo, en mi condición de madrepantojista entregada, sino que es así. Seguro que después de leer este estreno coincidís conmigo.

              Cuatro muchachas jóvenes, todas ellas artistas -dos bailarinas, una actriz y una música- decidieron utilizar su arma más poderosa, el arte, para concienciar sobre la igualdad y crear espectáculos que, además de calidad artística, t5ransmitieran un potente mensaje. Una apuesta arriesgada pero ilusionante.

              La cosa empezó cuando dos de ellas montaron una coreografía para un acto contra la Violencia de género. El tema gustó tanto que, en la presentación del libro Mujeres en Construcción (perdonen las molestias), del que yo soy una de las autoras, incorporaron texto y música para convertir aquella representación en un momento mágico. Y lo que nació para un proyecto concreto acabó convirtiéndose en el germen de toda una compañía artística, que adoptó el nombre de aquel libro, Mujer4es en construcción.

              A partir de ahí forjaron su primer espectáculo completo, Mujeres en construcción, destinado a difundir un mensaje en pro de la igualdad de género y en contra de la violencia de género. Tras su estreno, han sido muchas las ocasiones en que lo han presentado -y esperemos que lo sigan haciendo- tanto en s versión corta como larga, en escenario y en la calle, en Ayuntamientos y teatros de toda la geografía valenciana. Danza contemporánea de calidad, música en directo y composiciones y textos originales que he tenido el honor de escribir para ellas. Y no solo porque una de ellas sea mi propia hija, sino porque el proyecto merece la pena. Y mucho.

              En un par de años nació la segunda obra, Eternas, la consagración del grupo, con ot5ra apuesta más arriesgada, si cabe. Eternas rinde homenaje a mujeres artistas, nunca tan visibilizadas como sus homónimos varones, y aborda el tema de las enfermedades mentales y el suicidio. Una obra valiente y muy trabajada que también ha sido, y sigue siendo, objeto de varias representaciones. Y las que les quedan, estoy segura de ello.

              Ahora se ha hecho para ellas realidad el dicho de que todo esfuerzo tiene su recompensa que, aunque no siempre se cumple, a veces lo hace. El pasado 18 de noviembre de 2023 les fue entregado el premio Igualdad con e que la Unión de trabajadores de la ONCE quiere reconocer a quienes destacan en la lucha por la igualdad. En este caso, y en palabras de la propia organización, el jurado ha concedido el premio a un grupo de mujeres que bajo el nombre “Mujeres en construcción” buscan apoyar y concienciar sobre la necesidad de avanzar en la igualdad y en la lucha contra la violencia de género a través del teatro, la danza y la música.

              El acto fue precioso. Emotivo y perfectamente organizado, la entrega del galardón contó con las palabras de varias de las componentes del grupo, que destacaron que no es sino un incentivo en su propósito de luchar por la igualdad por medio del arte, uno de los mejores vehículos para conseguirlo Y, cómo no, culminó con la lectura de un manifiesto contra la violencia de género. Porque el movimiento se demuestra andando.

              Pero, como este es mi espacio personal, quería compartir algo que no reflejan las notas de prensa y artículos publicados a propósito del permio. Y es que, como ya he dicho en redes, si ver recibir a tu hija un premio es maravilloso, compartirlo con ella es jugar en otra liga. Mucho más que galáctica,

              Así es que llamadme umbralista -vengo a hablar de mi libro-, ególatra o madre caldosa. O todo a la vez. Pero tenía que contarlo Y, por supuesto dedicar el aplauso a estas Mujeres en construcción que estoy segura de que están llamadas a grandes logros. Porque lo merecen. Y aquí os dejo un enlace a su perfil en r4edes para que podáis comprobarlo solo con un clic

Normalidad : ¿lo acostumbrado?


              Es muy difícil saber lo que es normal y lo que deja de serlo. Depende del punto de vista y del patrón del que se parta. En el mundo del cine es tan evidente como que Normal es le título no de una sino de varias películas, aunque a mí me gusta más otro título, Requisitos para ser una persona normal. Aunque, cuando de normalidad y anormalidad se trata, siempre se me viene a la cabeza la desternillante El jovencito Frankenstein, y la elección del cerebro para la criatura como el de un tal A-Normal.

              En nuestro teatro podemos afirmar que la normalidad no existe, por definición. De hecho, lo que tratamos en cualquier caso es de restaurar el orden que un acto rompió, sea el que sea, y devolver las cosas al estado en que estaban, en la medida de lo posible. Es decir, a la normalidad. Porque lo nuestro parte siempre de la excepción.

              Cuando las cosas transcurren por sus cauces, decimos que lo hacen normalmente, y por eso, cuando dejan de hacerlo, acudimos a juicio. Cuando un delito nos causa un daño, o cuando una obligación se deja de cumplir, o un derecho que respetar. Accionamos para que las cosas vuelvan a la normalidad.

              Lo que ocurre es que, con todo lo que nos ha tocado vivir con la pandemia y la post pandemia, la excepción pasó a ser regla y se acuñó el término “nueva normalidad”, que no hacía otra cosa que dar tintes de normalidad a algo que no tenía nada de normal. Ni que estuviéramos sufriendo pandemias todos los días. Solo nos faltaría eso.

              Pero, como un día ya hace tiempo me comentaba una buena amiga, más de una vez tendemos a confundir lo normal con lo habitual. Y no es lo mismo. Cuando una cosa es normal es porque responde a unos patrones determinados y no se sale de la regla, de la norma, como se deduce de la propia palabra. Cuando es, sin embargo, habitual, no se alude a otra cosa que a la frecuencia con que se repite, esté bien, mal o regular, dentro o fuera de la norma. Si buscamos sus antónimos, el de “normal” sería “excepcional” -o «raro»-, mientras que el de “habitual” sería “infrecuente”.

              No obstante, mezclamos churras y merinas y pasa lo que pasa. Sobre todo, en nuestro escenario. Pensemos, sin ir más lejos, en la escasez de medios. Cuando señalan un juicio para dentro de dos años, podemos pensar que es normal, habida cuenta el colapso de medios personales y materiales en algunos sitios. Sin embargo, no debería ser normal, sino excepcional, por más que sea habitual. Lo normal debería ser que se señalara en unos meses.

              También exclamamos con resignación que es normal que nos dé problemas la informática, habida cuenta la vetustez de algunos de lo equipos y programas con los que trabajamos. Pero no tiene nada de normal. Lo normal sería que tuviéramos los mejores medios a nuestra disposición o, al menos, los mismos que tiene Hacienda. Porque lo que no es normal es que sea tan fácil el cumplimiento de nuestras obligaciones -si nos ponen una multa, nos embargan en un decir “Jesús”- y tan difícil el ejercicio de nuestros derechos -como seamos nosotros quienes pretendamos cobrar una deuda la inmediatez se evapora- Es lo que hay.

Y como de muestra vale un botón, en Toguilandia son normales cosas como el fax, los cuños o los telegramas, cuando en el resto del mundo son excepcionales o inexistentes. Y es que, más que normales son frecuentes. Anticuadamente frecuentes

              Recuerdo algo que me pasó en mis primeros tiempos toguitaconados. Me encontraba en un juicio interrogando a un acusado en cuyo vocabulario era habitual, en el más propio sentido de la palabra, el empleo de la palabra “normal” antes de empezar una frase, un modismo común a la zona a la que pertenecía, y que yo, tan bisoñita como era, ignoraba. Así que cuando le pregunté si pegó a su mujer y empezó su respuesta, como si tal cosa con “Normal”, monté el cólera. Le dije muy indignada que eso no era nada normal, mientras el resto de asistentes me miraban entre la estupefacción y la hilaridad. Porque aquel “normal” equivalía a un “verá usted” que todo el mundo veía tan normal, pero que no era normal sino habitual. Y mal empleado, además, aunque eso es otra historia. Algo así como el “obvio” con el que hoy nos contestan a casi toda la gente de determinada generación.

              Pero las cosas normales y las habituales pueden coincidir. De hecho, en un mundo ideal, deberían hacerlo. Y a mí lo que me gustaría es que quinen lea estas reflexiones vea normal darme un aplauso, y que esto sea tan habitual. Hoy y siempre, que de ilusión también se vive.

Banderas: más que símbolos


              Parece mentira, pero algo tan teóricamente inocuo como un pedazo de tela, ha dado lugar, y sigue dando, a muchos de los mayores conflictos de la humanidad. Las banderas, representen lo que representen, levantan pasiones y provocan guerras. Y eso lo vemos en el cine y televisión a cada momento. ¿Quién no recuerda las batallas entre Azules y grises en la Guerra de Secesión de Estados Unidos, la unión de los sudafricanos bajo una misma bandera en Invictus o el nacimiento del símbolo de la bandera LGTBI en Pride? ¿Quién no tiene en la cabeza escenas de norteamericanos mano en pecho llorando ante su bandera así con cualquier excusa?

              En nuestro teatro, la presencia de banderas, como de otros emblemas, es más que anecdótica. La bandera de España junto a la de la Comunidad Autónoma correspondiente presiden -o deben presidir- las salas de vistas, y también los despachos oficiales. Es una cuestión institucional, claro está. Otra cosa es que más de una vez en los despachos no quepan ni colgando del techo y, por supuesto, es cuestión de prioridades. Donde se amontonan los expedientes en un equilibrio que desafía todas las leyes de la física es difícil penar siquiera en dejar un hueco para banderas, con su pie y todo.

              A este respecto recuerdo una anécdota de los tiempos en que el actual rey emérito abdicó en su hijo, el actual rey. No tardaron ni un día en hacer una visita a los despachos preguntando si queríamos cambiar el cuadro. Como quiera que no tenemos tal cosa, nos ofrecían uno, a lo que los pobres que cumplían dicho encargo debieron llevarse alguno respuesta indeseada, por decirlo de alguna manera. Cuando llevan meses sin arreglarte una ventana, o sin funcionar la calefacción o con ordenadores del Pleistoceno, lo del cuadro suena como a chiste. Verdad verdadera.

              Pero esas no son las únicas banderas con incidencia en nuestro trabajo. Como mucha gente sabe, los ultrajes a la nación española, y a sus símbolos y emblemas, entre los cuales, por supuesto, se encuentra la bandera española, son constitutivos de delito, aunque es un tema que ha despertado polémica. De hecho, ha habido resoluciones contradictorias en caso de quema de banderas españolas, o de fotografías del jefe del Estado.

              Por desgracia, nuestra bandera no suscita el mismo sentimiento de pertenencia que se tiene en otros países. La patrimonialización que el régimen anterior hizo de la misma ha creado un clima que flaco favor le hace a nuestro emblema que, nos guste o no, acaba siendo identificada con una sola parte del espectro político. De poco sirve que se repita una y otra vez que se trata de la bandera constitucional, la realidad es la que es. Y, aunque, de uno y otro lado deberían hacerse esfuerzos para cambiarla, no es esa la tónica.

              Más de una vez me han preguntado si el hecho de portar banderas preconstitucionales o banderas pertenecientes a régimen u organizaciones totalmente proscritas, como las que llevan estampados símbolos nazis, es delictiva. Y hay que responder que no lo es, si esa exhibición no va acompañada de actos que inciten o difundan el odio contra determinados colectivos, o que humillen personas por su pertenencia a tales. Pero eso no significa que sea lícito llevarlas, por descontado. Hay que dejar claro, una vez más, que no todas las cosas ilícitas o prohibidas son delito, y no serlo no las convierte en legales. En estos casos nos encontraremos con infracciones administrativas, según la legislación nacional o autonómica aplicable, y se castigarán por lo general con multas. Que, repito, no son penas sino sanciones administrativas.

              Pero la bandera nacional no es la única que puede tener influencia en Toguilandia. No hace mucho se suscitaba la cuestión de si podían ponerse en la fachada de un Ayuntamiento banderas arco iris, representativas del colectivo LGTBI, cuando se conmemoraba la celebración del orgullo . Y , en sentido contrario, si el hecho de quitarlas de un balcón donde ondeaban constituye delito.

              En cuanto a lo primero, hay que insistir en que es absolutamente legítimo que en un edificio público ondee una bandera de este tipo, desde luego, sin que ello signifique que sustituyan las banderas oficiales de la institución de que se trate.

             Respecto al hecho de quitar una bandera de estas características, cabría decir lo mismo que antes. Esto es, que el mero hecho de quitarla no es delictivo, si no va acompañado de actos constitutivos de incitación al odio o de humillación de una persona o grupo por pertenencia al colectivo en cuestión, o de cualquier otro delito por invadir una vivienda ajena o causar daños en un edificio. Y, como en el otro caso, eso no quiere decir que el hecho sea lícito. Hay vida más allá del Código Penal.

              No son las únicas cuestiones que se plantean. Otra cuestión interesante es qué pasa cuando lo que se quema es una bandera de otro estado, ya que aquí no se puede hablar de ultrajes a la nación española. Pues de nuevo habrá que concluir que si no va acompañado de otras conductas delictivas, el hecho en sí es atípico, sin perjuicio de que quepa actuar en otra vía.

              Y hasta aquí, estas pequeñas reflexiones sobre un tema que ahora mismo está a la orden del día. Ojala llegara un momento en el que el uso de la bandera no fuera patrimonio de nadie. Hasta entonces, dejaremos el aplauso en suspenso. A ver si hacen algo por evitarlo

Nostalgia: letras y recuerdos


Hoy nuestro teatro no va a hablar de actualidad, que bastante polarizada está como para añadir leña al fuego. Hoy comparto un relato autobiográfico. Aquí hay muchas notas que empezaban a pintar la mujer en la que me convertí

Espero que os guste

LA LECTORA

          No tengo un recuerdo claro de cuándo aprendí a leer. Solo recuerdo el momento en que ya leía. Todavía no iba al colegio, que se negaba a admitir en septiembre a niñas que no tuvieran los cuatro años cumplidos, por más que los fuera a cumplir en el año escolar. Son las cosas que pasan por nacer en Navidad. Y fue esa Navidad, precisamente, la que tuve uno de los mejores regalos de mi vida.

          La lectura fue el regalo que me hizo mi abuelo, con el que me llevaba la friolera de noventa años, poco antes de irse. Recuerdo tardes al sol en la terraza, meciéndonos en el balancín mientras mirábamos las cartillas escolares que no sé bien de dónde sacó. No me acuerdo de haber aprendido a leer, pero me acuerdo de que leía. Desde entonces y para siempre.

          Mi abuelo se fue, pero me dejó su regalo, un regalo que he conservado como oro en paño, y que me ha convertido en lo que soy. Me regaló una nave en el que viajar a donde quisiera, una máquina del tiempo que me transportaba a cualquier época y una varita mágica con la que podía convertirme en quien quisiera. Me regaló una herramienta de poder y un instrumento de placer con una sola indicación: que lo cuidara. Y jamás falté a la promesa de hacerlo.

          Con mi regalo por bandera, fui atravesando las fases de la vida. Leía aquellos cuentos troquelados de La ratita presumida y Los tres cerditos. Oía a mi madre pedir al lobo de los Siete Cabritillos que enseñara la patita por debajo de la puerta. Y veía como, poco a poco, las letras ganaban espacio a las ilustraciones hasta dejarlas casi inexistente. Me hacía mayor al tiempo que crecían mis lecturas.

          Llegaron los tiempos de Enid Blyton. Los Cinco, Los siete secretos, Santa Clara y mis preferidos, la serie de Torres de Malory. La de noches que pasé releyendo con la linterna debajo de las sábanas e imaginando que yo era Darrell Rivers, alumna del internado de Torres de Malory. Hasta que hubo un momento en que no tuve bastante. Sin darme cuenta, igual que no me di cuenta de cuándo empecé a leer, tampoco supe cuándo empecé a escribir mis propios cuentos, pero llegó un día en que escribía. Y ya no paré nunca

          Mientras tanto, seguía leyendo todo lo que cayera en mis manos. Los clásicos del colegio, aquellas novelas rosas que mi madre guardaba de otra época, los cómics encuadernados de mi hermano o las enciclopedias por fascículos que mi padre atesoraba y encuadernaba, de los más variados temas. Estaban los Episodios Nacionales y la Historia de la Literatura Española que ahora han pasado a ser parte de mi tesoro personal, pero también estaba El hombre y la tierra, Manos maravillosas, Historia del arte, Historia de España o Bricolaje. Nada se me resistía.

          Mis relatos empezaron a aparecer, aquí y allí, al igual que aparecían poesías de amores adolescentes, poesías que querían ser como la Margarita de Rubén Darío que mi madre recitaba y que, a sus noventa y seis años, todavía recita de memoria. Ni sé las veces que leí las Rimas y leyendas de Bécquer por devoción después de que, por obligación, tuviera que leerlas en el colegio.

          Pero el destino quiso que diera un paso más. Las circunstancias me llevaron a otros lugares de la mano de unos libros que yo jamás hubiera escogido. Fue el día en que me convertí en lectora, con mayúsculas. La lectora de mi padre.

          Cuando yo tendría unos diez años, los ojos de mi padre se apagaron. Esos ojos, que tanto se habían alimentado de letras, por obligación por su profesión de abogado, y por devoción por su condición de apasionado lector, fueron perdiendo su luz poco a poco hasta no ser capaz de distinguir ni el cartel de la farmacia, el más grande y llamativo de nuestro barrio.

          De nuevo ignoro el día en que empecé a leer para él, pero si me acuerdo de estar leyendo en voz alta. Primero fueron revistas y diarios. Mi padre, fiel suscriptor de los dos periódicos más leídos de nuestra Valencia, Levante y Las Provincias, necesitaba estar al día de todo. Y en varias versiones, que eran el modo de conocer lo más próximo a la verdad, como él decía. Mientras yo estaba en el colegio, oía las noticias en radio y la televisión y, cuando yo podía, se las leía de ambos periódicos. Los fines de semana, cuando las clases del colegio y las de ballet me dejaban tiempo, las leíamos enteritas, de cabo a rabo, incluidos los deportes de los equipos regionales. Solía aderezarlos con historias de cuando él jugaba al fútbol en regional, o de cuando iba con mi madre a ver los partidos de fútbol, o los encuentros de boxeo o lucha libre, que ella aborrecía.

          Cada semana, esperábamos el Teleradio, la revista que comentaba los programas de la única televisión existente. Celebrábamos juntos los estrenos que venían y nos indignábamos cada vez que la sinopsis contaba más allá de lo que debía, algo que entonces se llamaba simplemente “hacer la puñeta” y hoy se llama “spoiler”, un anglicismo que creen que queda más fino. Si mi padre se enterara que usaban tal término, estoy segura que dejaría de comprar la revista, Por eso, entre otras cosas, le ocultaba gran parte de los reportajes del Super Pop, que me dejaba comprarme si le traía a tiempo la revista de la televisión.

          Y, como una cosa lleva a otra, llegó el día en que me encontré leyendo algo más que prensa. Tampoco sé cómo surgió, pero me recuerdo a mí misma recostada en la cama de mis padres, leyéndole El cuarto protocolo, de Frederic Forsyth, un libro que jamás hubiera leído si no fuera porque se trataba de uno de sus autores favoritos, y me había convertido en sus ojos.

          A ese siguió otro, y otro más. Todas las novelas que nunca hubiera leído cayeron en mis manos para que él no dejara de disfrutar del regalo de la lectura. Impostaba mi voz, cambiaba los tonos y hasta trataba de hacer las voces que imaginaba que los personajes tendrían. Leímos a Hemingway y su Fiesta, a Zane Grey, leímos Coma y otras obras de Robin Cook, esos thrillers médicos que han resultado menos ficción de los que parecían, y muchos más.

También leímos juntos algunos de los libros que eran lectura obligada en el colegio. Una parte del Quijote o La Celestina, y Crimen y castigo, de Dostoievski, que descubrimos y disfrutamos al mismo tiempo. Y recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, como leímos, comentamos y criticamos Tiempo de silencio y El Jarama

Con el correr del tiempo, sé que gran parte de lo que soy se lo debo a esos tiempos. El tesoro de la cultura fue una herencia inestimable, y la práctica y la dicción que adquirí han sido parte importante del bagaje de mi profesión, tanto para aprobar el examen oral como para hablar en público. Sin saberlo, o quizás sabiéndolo, mi padre me estaba proporcionando los mejores mimbres para hacer la más fantástica de las cestas.

No obstante, él siempre dijo que lo que más le gustaba leer era lo que yo escribía, aunque fueran ripios con ínfulas de poemas románticos.

Mi recuerdo preferido es el de aquel día en que le leí el relato con el que había ganado el concurso que organizaba Manantial, una conocida librería de Valencia. El tema que escogí era el terrorismo, y estaba escrito en forma de carta que un terrorista escribía a su madre. La parte que a él más le gustaba era, precisamente, la que no había escrito yo. Era una frase garrapateada por el presidente del jurado de aquel premio, que decía “nunca dejes de escribir”. Ese día mi padre me hizo prometérselo.

Lo hice, Y hoy, como cada día desde entonces, lo estoy cumpliendo.

Frases maternales: ¿madres a la cárcel?


              Las madres son lo más importante del mundo. O casi. Por eso el cine les dedica tantas películas. Todo el mundo recuerda filmes como Todo sobre mi madre, Mater amantísima, El hijo de la novia y, por supuesto Mamá cumple cien años. Y es que, como dice el refrán, madre no hay más que una

              En nuestro teatro, las madres tienen tanta influencia como en cualquier otro ámbito, aunque, como sucede siempre, no sean visibles. Ya hablamos de ello en el estreno dedicado a las madres en general y en el referido al Derecho materno, esa fuente del Derecho no reconocida pero que siempre acaba apareciendo por algún sitio.

              Pero hoy vamos a dedicarnos a analizar esas frases que todas las madres dicen -también algunos padres, aunque suelen ganar ellas por goleada- y que nos han marcado. ¿Cometerían nuestras madres un delito? Vamos a verlo.

              ¿Cómo calificaríamos esa advertencia materna de que si no nos dormimos vendrá el coco, que incluso ha motivado una canción? ¿Es una amenaza? Podría parecerlo, pero la madre sabe que el coco no existe, por lo cual no es una amenaza de un mal. Será, en todo caso, una coacción, por cuanto se le impide al niño permanecer despierto con el anuncio de un mal inexistente. Otro tanto cabe decir del hombre del saco, aunque hay quine dice que está basado en un suceso real y en algún momento pudiera responder a una amenaza real. Pero, la verdad, no me imagino a ninguna madre buscando a tal individuo en el caso de que lo conociera, con lo cual volvemos al supuesto anterior.

              Cuestión distinta son las advertencias relacionadas con las zapatillas o chanclas maternas, que tienen la mala costumbre de volar en dirección al hijo o hija. Pero aquí hay varios supuestos. ¿No es lo mismo avisar –“a que me quito la zapatilla”-, preguntar –“quieres que me quite la zapatilla?”- o afirmar –“te voy a dar con la zapatilla”- Solo este último caso sería constitutivo de amenaza, aunque no siempre. Cuando la advertencia venia seguida del efectivo golpe con la zapatilla, este mal trato de obra absorbería la amenaza, siempre siguiendo las reglas generales del Derecho Penal.

              Un caso especial se da cuando la advertencia involucra a funcionario públicos, como cuando las madres dicen que, si cruzan el semáforo en rojo, se los llevará la policía a la cárcel. Esto es, sin duda, una falsedad, aunque al ser ideológica y no cometerla un funcionario, sería impune. Otra cosa es si la policía en general se sentía ofendida y decidía ejercitar una demanda civil contra las madres por derecho al honor. Pero no quiero dar ideas. Más que nada, porque mi propia hija usaba algo parecido para asustar al monitor de natación cuando le decía que se tirara de cabeza, y le decía que si la obligaba su mamá le metería en la cárcel. Ni que decir tiene que el monitor habló conmigo y yo quise que me tragara la tierra, pero también es cierto que dicho monitor hoy es abogado en ejercicio. Quién sabe si aquello no influyó en su vocación.

              Otra de las frases maternas que más ha amargado nuestra existencia, en particular en verano, era la de que esperáramos dos horas tras haber comido para meternos en el agua porque podía darnos un corte de digestión. En este caso, habrá que aplicar a las madres el beneficio de la duda, y será de aplicación la doctrina del error. Entonces mucha gente creía que eso era así. Lo que, desde luego, sabían que no iba a pasar, pero nos decían igualmente era lo de que si nos tragábamos un chicle se nos pegarían las tripas, o que si nos metíamos una semilla por la nariz nos crecería un árbol dentro. Aquí sí podríamos pedirles responsabilidad por habernos creado un trauma respecto a los chicles, las semillas y las plantas.

              Y hablando de traumas, todavía no me he quitado de encima el que me causaban cada vez que, si no me acababa la comida, me culpaban poco menos que del hambre en el mundo. “Tú no te comes las lentejas, con la de niños que hay muriéndose de hambre…” Nunca entendí qué relación tenía lo uno con lo otro, y una vez que dije en el comedor del colegio que les dieran las lentejas a ellos, me castigaron. Y lo bien cierto es que nunca he vuelto a tomar lentejas. Así no me arriesgo a que haya niños pasando hambre por mi culpa.

              Aunque si hay una coacción verdadera es la que se ejerce con las criaturas en cuanto se acerca la Navidad. Cada vez que hacíamos algo, nos advertían de que los Reyes nos estaban viendo y coartaban nuestra libertad. Algo que se ha duplicado con la adopción de Papá Noel. Como si no tuviéramos bastante con lo del Ratoncito Pérez durante todo el año.

              Pero las madres también cometían otros delitos, particularmente el de detención ilegal. Tenían cierta costumbre de mandarnos al cuarto o de castigarnos sin salir que es, sin duda alguna, un atentado contra nuestra libertad ambulatoria. Y eso por no hablar de cuando el castigo incluía irse a la cama sin cenar o sin postre, que ya rozaría los límites del abandono de familia. Y es que las madres tenían muchos recursos.

              Para acabar, estaba el tema del chantaje psicológico. ¿Quién no ha oído a su madre decir que le vas a matar de un disgusto? ¿O que se va a ir al extranjero? Eso nos hacía entrar en pánico y pasar por lo que hubiera que pasar. Faltaría más.

              Ta vez lo peor de todo es que estas frases se transmiten aun sin quererlo. En nuestra infancia, siempre afirmábamos que nunca diríamos tales cosas, y con, el tiempo, todas nos hemos descubierto a nosotras mismas repitiendo esas frases de nuestras madres, aun sin quererlo. Debe ser ley de vida.

              Así que tal vez nuestras madres fueran unas delincuentes sin saberlo. Pero siempre han estado amparadas por una causa de inimputabilidad por no exigibilidad de otra conducta. Y es que ser madre es lo que tiene. Por eso, el aplauso de hoy es para ellas, para todas las madres presentes, pasadas y futuras. Porque lo merecen

Interrelaciones: amistad, enemistad y viceversa


              Había una canción en los 80 que, jugando con un trabalenguas decía que los amigos de mis amigas son mis amigos. Pero no todo el monte es orégano. En las relaciones interpersonales podemos ser desde Friends hasta Amistades peligrosas, pasando por Enemigos irreconciliables. Y es que, en el cine, como en la vida, Todo es posible en domingo. O en sábado, o en lunes, claro está.

              En nuestro teatro, las relaciones interpersonales son la raíz de todo, dentro y fuera de estrados. Pero hoy no vamos a hablar de las relaciones que dan lugar a tantas de las funciones que representamos cada día, sino de otra cosa tan importante o más. Las relaciones entre todos esos personajes imprescindibles que, aun con un papel de reparto, somo imprescindibles en cada función.

              Más de uno y de una, sobre todo por parte de quienes no son habituales de Toguilandia, se preguntará cómo nos llevamos entre nosotros. Como se relaciones jueces y juezas y fiscales, cómo nos llevamos entre nosotros y con los LAJs, y como estos se llevan con funcionarios y funcionarias, y viceversa, así como la naturaleza de nuestras relaciones con otros personajes habituales como médicos forenses o intérpretes. Y por supuesto, como son las relaciones de todos con la abogacía y la procuraduría. Un melón que me dispongo a abrir hoy. Por si acaso, cuerpo a tierra.

              En primer lugar, hablaré de las relaciones entre las carreras judicial y fiscal. Aunque pudiera parecer otra cosa, porque tenemos la misma formación y categoría profesional, además de haber aprobado la misma o similar oposición, hay a veces unas rencillas difícilmente explicables. Nos autodenominamos carreras hermanas, pero siempre hay alguien que añade que Dios dijo que fuéramos hermanos, pero no primos. Y mientras desde la fiscalía solemos achacar a la judicatura cierta prepotencia -se oye mucho eso de que no se quitan la toga ni para dormir-, desde el otro lado suelen sacar ese chiste que tan odioso resulta, de que los fiscales somos Los inmortales porque no podemos pasar a mejor vida. Y ni una cosa ni otra son ciertas. O al menos, no como regla general, que tenemos de todo, como en botica.

              De lo que no cabe duda es que una buena relación entre juez/a y fiscal es una de las claves del buen funcionamiento de un juzgado. Y a veces, hay que ceder y adaptarse para lograrlo. Las cosas no caen del cielo, y las buenas relaciones tampoco. Por contar una anécdota, recordaré mis primeros tiempos toguitaconados, en que, al llegar a mi primer destino, me dijeron que allí “no nos hablábamos con los jueces”. Ni que decir tiene que mi estupefacción fue mayúscula, puesto que una de las razones que me llevó allí fue el hecho de que mi entonces novio, juez, llevaba un juzgado próximo geográficamente. Por supuesto, no hice caso, y no solo no apliqué esa máxima en mis relaciones personales sino tampoco en las profesionales. Y nunca me he arrepentido de ello, por cierto.

              Pero que nadie se enfade, que he dicho que es una de las claves, pero no la única. Otras de las patas del banco esenciales es la relación con el LAJ. La casi desconocida figura de Letrado o Letrada de la Administración de Justicia -antes Secretarios Judiciales- es fundamental para que un juzgado funciones, y sus relaciones con los otros togados del juzgado -juez, fiscal y LAJ llevan toga, y también puñetas cuando le corresponde- y con el funcionariado determinan que el barco llegue a buen puerto. De hecho, más de una vez sirve de puente entre ambos para que el barco pueda navegar.

              Y, si de navegar se trata, es difícil hacerlo si no se rema en el mismo sentido. Y en eso de remar, funcionarios y funcionarias del juzgado tienen mucho que decir. Su buen hacer puede llevar adelante un juzgado por colapsado que parezca, y lo contrario podría llevar a desastre al mejor de los juzgados. Así que, nunca mejor dicho, aviso a navegantes.

              ¿Y qué pasa con los Médicos forenses? ¿Pertenecen al Juzgado o son una institución externa? Pues ni sí, ni no sino todo lo contrario. Aunque hubo un tiempo en que cada juzgado tenía su forense, aunque lo compartiera con otro juzgado, hoy se integran en los Institutos de Medicina Legal y atienden a los juzgados según especialidades y su propio sistema de reparto. Pero, sea cual sea el sistema, lo que está claro es que una relación fluida hace que las cosas salgan. Que es de lo que se trata.

              ¿Y qué pasa cuando necesitamos un intérprete? Pus que, dependiendo del idioma, cuestan más o menos de encontrar. Hay algunos a los que vemos tan frecuentemente que forman parte de nuestro entorno toguitaconado, y otros que, si se trata de un idioma no demasiado usado, cuestan tanto de encontrar como Wally. Una buena fórmula es, de un lado, el respeto a su labor y, de otro, la paciencia, que muchas veces si tardan no es por su culpa si no por causas ajenas a su voluntad. Cosas de la carencia de medios o de la ineficaz distribución de estos.

              Aunque, si de relaciones interpersonales se trata, lo más peliagudo son las relaciones con Abogados, abogadas y procuradores. Las especiales características de su función, que comparten con nosotros la labor de administración de Justicia, pero se diferencian en que no tienen estructura funcionarial, hacen que no siempre seamos todo lo comprensivos que debiéramos los unos con los otros. Y los señalamientos son uno de los puntos calientes del conflicto. Unos tienen que esperar más de lo debido por la acumulación de señalamientos, y otros no entienden que hacer doce juicios en una mañana no es lo mismo que hacer uno solo. Y, aunque la fórmula mágica no existe, confieso que yo tengo una pócima que funciona. Se llama respeto, y cuando la combinamos con empatía, hace que las cosas fluyan mucho mejor de lo que a primera vista pudiera parecer. Y todo esto es aplicable, por supuesto, a las relaciones con la Procura, que comparte mucho de lo dicho respecto a la Abogacía. Otra cosa son las relaciones entre ellos, pero ahí no pienso meterme, no vaya a ser que salga escaldada. Que más sabe la diabla por vieja que por diabla.

              Y hasta aquí, este pequeño repaso de las relaciones en nuestro mundo. Evidentemente, hay excepciones, y hay quienes se llevan como el perro y el gato. Para ellos, los tomates. Los aplausos, para quienes lo hacen bien. Y ovación extra, si le añaden una sonrisa, que siempre lo mejora todo

Musicales: Cantando bajo los Códigos


              El género musical es uno de los más celebrados del cine y del teatro. De hecho, los musicales cuelgan el cartel de No hay entrada con mucha frecuencia, y hay algunos, como El rey LeónEl Fantasma de la Ópera que no dejan de batir récords de representaciones. Y los que batirán.

              En nuestro teatro, obviamente, no representamos musicales. Pero a veces tenemos más relación con algunos títulos de lo que pensamos. No olvidemos que Priscila y Cabaret ya protagonizaron sendos estrenos en su día, relacionados, además, con los delitos de odio, como también lo estaba un cuento inspirado en West Side Story

              Pero no son los únicos musicales que podemos citar en Toguilandia. Empezando por el principio, como se empiezan las cosas, nadie me negará que más de una vez hemos empezado el día, como Mecano, gritando eso de que Hoy no me puedo levantar. Y es que cuesta, como la Fama de aquella profesora que no paraba de decir en cada representación que íbamos a empezar a pagarlo con sudor. Y no mentía, vaya, que más de un soponcio nos hemos llevado en algún juicio que nos ha hecho exclamar Mamma mía en todos los idiomas posibles.

              Los temas jurídicos, como decía, parece que no tienen cabida en el musical, pero a poco que rasquemos, aparecen. Ya he hablado del odio y la desigualdad de Cabaret, por el nazismo y toda su carga de discriminación, de Priscila, reina del desierto, por la homofobia, y de West Side Story, por el racismo. Incluso podemos hablar de discriminación por el aspecto físico en la aparentemente almibarada La bella y la bestia.  Pero no solo los delitos de odio tienen protagonismo.

              Incluso, en su día, se acusó de blasfema la obra de Jesucristo Superstar, es decir, lo que hoy sería un delito contra los sentimientos religiosos. Y que decir de lo que se cuestionó Hair, con su exaltación de la libertad de todo tipo. Menos mal que algo hemos avanzado.

              La jurisdicción de menores, en especial en su rama de protección, tendría un gran protagonismo, si se lo permitieran , en Annie o en Los chicos del coro, y en la de reforma en alguna de las gamberradas de los protagonistas de Grease que, aunque no lo pareciera, se suponía que eran menores de edad porque iban al instituto. Como también iban, sin tanto desfase entre la edad real y la de ficción, los protagonistas de High School Musical. También es menor de edad, obviamente, la protagonista de Mathilda.

              Y, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive el jurista, así que podemos darnos un paseo por la jurisdicción laboral con la huelga del padre de Billy Elliot y sus compañeros, o con el paro que es el leit motiv de Full Monty. Que no se diga.

              Además, como ocurre siempre, en Derecho hemos de hacer una labor de visibilizar las cosas que no son visibles, como las fatigas que pasan los protagonistas de Los Miserables simplemente por hacer nacido en el lugar y el tiempo equivocado. Y, hablando de invisibles, nadie más invisible que El fantasma de la ópera.

              Pero, si queremos un verdadero tratado de Derecho Penal hecho musical, no podemos dejar de citar Chicago donde, además, se exalta la igualdad de género incluso a la hora de cometer los peores crímenes, con ese antológico tango de las asesinas que no tiene desperdicio.

              No obstante, cuando de musicales y Toguilandia se trata, siempre recuerdo una anécdota que me atañía personalmente. Cuando yo me examiné de la oposición, como quiera que había un caso práctico, aprobábamos la parte teórica y aun nos quedaba un trago. En mucho casos era casi un trámite, porque coincidía el número de aprobados con el número de plazas a asignar. Pero no fue así en mi tribunal, donde teníamos que pelear 40 personas para la mitad de plazas. Alguien muy ingenioso nos bautizó como Los 40 principales y con ese nombre nos quedamos hasta que la corrección del caso práctico, la suerte, o lo que sea, nos redujo a la mitad exacta que debíamos ser. Cosas que no se olvidan, sobre todo por lo que me supusieron.

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. Ya sé que no será como el musical de Queen, de Elvis o de Michael Jackson, pero podemos llamarle el musical de Toguilandia. Y dar e aplauso, por supuesto, a todos y todas sus protagonistas. Gracias por estar ahí.

Colegas: en lo bueno y en lo mejor


                Son muchas las series dedicadas a profesiones como Periodistas, Urgencias o Policías, pero si hay una profesión que atrae a las cámaras como pocas es la de las gentes que vivimos del crimen, dicho sea en el mejor de los sentidos posibles. La ley de los Ángeles, Suits, Anillos de oro, Turno de oficio, Ally Mc Beal o muchas más nos enseñas desde distintos puntos de vista el día a día de la abogacía, la judicatura o la fiscalía, juntos con quienes nos acompañan en este viaje, aunque se vean menos como LAjs o funcionarios.

                Nuestro teatro es el escenario en que nos movemos día a día, con funciones diarias que son más o menos conocidas. Pero hay una parte totalmente desconocida, que es lo que ocurre detrás de las bambalinas. Y hoy quería dedicar este estreno -lo prometido es deuda- a una parte tan desconocida como real. Aunque no sabría decir si frecuente.

                Tengo la suerte de tener una excelente relación con abogados y abogadas que trabajan en mi materia, en este caso, la violencia de género. Sé que voy a romper más de un mito, porque existe la creencia que profesionales de uno y otro lado de estrados nos peleamos como perros y gatos. Por un lado, jueces versus fiscales, por otro, quizás aun más mitificado, letrados/as versus fiscales. Como si el hecho de mantener posturas encontradas en los tribunales nos convirtiera en enemigos irreconciliables. De hecho, leo a veces cosas, fundamentalmente en redes sociales, de las que parece que tenemos que odiarnos y criticarnos a toda hora.

                Por fortuna, mi experiencia es diferente, y la función de hoy es la prueba evidente de que es así. Mi relación -y la de otras compañeras- con quienes componen la Sección de Violencia del ICAV ha sido, dese aquellos duros tiempos del comienzo, inmejorable. Somos colegas remando en el mismo barco, el de hacer justicia y ayudar a las víctimas, nos pongan los hechos en el sitio que nos pongan. No siempre pensamos lo mismo, pero nuestro fin es siempre el mismo.

                El otro día celebrábamos la despedida de quien ha sido durante 8 años la presidenta de las Sección de Violencia de Género del Colegio de la Abogacía de Valencia, y tuvo la ocurrencia de juntarnos a un grupo en el que estábamos jueces y juezas, abogados y abogadas y fiscales. Por supuesto, no es la primera vez que nos reunimos con propósito festivo, que son muchos años de compartir esfuerzos, frustraciones y, sin lugar a duda, amistad. Esa amistad que surge de los principios compartidos y del trabajo en común. Esa rara avis que hay que cuidar cada día.

                Hemos compartido estrados, guardias, cursos, congresos, reivindicaciones y, claro está, algún momento lúdico festivo, que no todo iba a ser trabajar. Nos hemos tragado las ganas de llorar y hemos tenido que aguantar alguna vez las ganas de reír de esas anécdotas sin las cuales no podríamos seguir adelante. De hecho, algunas de las que he compartido en todo este tiempo de togas y tacones ha venido de todas estas personas que no dudan en contarme cualquier cosa curiosa que sucede para que yo acabe diciendo eso que ya se ha convertido en un cásico: a los tacones vas.

                Y la despedida -más bien u hasta siempre, porque ella seguirá ahí al pie del cañón- fue buena prueba de ello. Como dijo uno de los asistentes, cuando le llegó el turno de palabra, fue muy significativo. Nada más llegar el mensaje en que nos convocaba a la reunión-cena-despedida-yloquesurja nadie tardó más de un nanosegundo en confirmar asistencia, a pesar de lo complicado de nuestras vidas. Ya quisiera más de un presidente de sala semejante unanimidad para señalar una vista que venga bien a todos los intervinientes.

                Y las expectativas se cumplieron. Las risas y el buen ambiente fueron tónica general, como lo han sido siempre, y como lo atestiguan las fotos, y no dudo en que alguna que otra lagrimita cuando hicimos entrega de una palca homenaje con la frase que habíamos compuesto entre todos, y que aquí reproduzco:

“Gracias Alicia, por tu magnífico trabajo, tu gran dedicación, y tu leal amistad. Nuestra querida presidenta siempre en nuestros corazones”

                Creo que no hay modo mejor de expresarlo. Como dijo otra de los asistentes, no éramos jueces, fiscales y abogados. Somos un grupo de compañeros y compañeras unidos por el empeño de hacer lo mejor por esas víctimas de violencia de género que son el día a día de nuestro trabajo. Por hacer, en definitiva, eso que es y ha sido siempre nuestra vocación, la justicia.

                No me enrollo más, o la lagrimita la sacaré al final yo. Prometí un post y, como no podía ser de otra manera, aquí está. El aplauso, esta vez es para Alicia, y también para ese sentimiento común que hemos ido cimentando a lo largo de tanto tiempo. Y lo que nos queda.