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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Respeto: condena a crímenes de odio


orgullo gay

El respeto es esencial. Ni en el teatro ni en la vida podríamos vivir en paz sin él. Pero hay quien no lo hace. Y detesta lo que le parece diferente, lo que se escapa de sus escasas entendederas, quizás por ignorancia o por miedo.

Y si hay algo que da miedo y causa odio a lo largo de la historia es la orientación sexual distinta a lo que algunos consideran un patrón de normalidad y que no es sino otro modo de entender el amor. Los homosexuales o las lesbianas han sido objeto de persecución a lo largo de la historia y, cuando parecía que lo estábamos superando, una tragedia como la de Orlando nos recuerda que los tiempos del odio feroz no han acabado. Y no es sino una manifestación a gran escala de lo que pasa cada día en muchos puntos del planeta.

Desde Con mi toga y mis tacones no me extenderé en recordar que los crímenes de odio son execrables y que están duramente sancionados en nuestro Código Penal. Ya hablé de ello en mi estreno dedicado a Priscilla.

Así que hoy sólo quiero hacer mi pequeño homenaje a todos los que luchan contra la intolerancia, y a todos los que se enfrentan día a día al rechazo, aprovechando además el día del orgullo gay, o LGTB, como se prefiera.  Y, en lugar de con el habitual aplauso, lo haré con un relato. Desde el mayor de los respetos, y con toda mi admiración.

 

LAS PUNTAS DEL CUADRO

 

  • Alba, ¿ya tienes hecha la maleta? Solo quedan un par de horas
  • Ya voy, ya voy

Su voz sonaba débil, como si se fuera de entierro. La tía de Alba se dio cuenta enseguida y por eso llamó a la puerta y entró en la habitación antes de que ella le diera permiso

       -Alba, ¿qué es es lo que te pasa? Aun no has empezado a hacer la maleta

       -No lo sé, tía. No estoy bien. No sé si esto es lo que yo quiero

        -¿Que tienes, Alba? Cuéntamelo.

          -Creo que no estoy preparada, pero me da tanto miedo hablar con mi madre…

Alba hablaba con su tía en su habitación, bajo la mirada de aquel inquietante cuadro que siempre había estado allí, a la cabecera de su cama, presidiendo su vida. El cuadro era sencillo, solo una bailarina joven y delgada, muy pálida, que acariciaba unas zapatillas de puntas. Era de colores muy suaves, casi en blanco y negro, salvo las zapatillas, que eran del color de las berenjenas. Alba permanecía largos ratos mirando el cuadro, con sus ojos fijos en las zapatillas color berenjena. Nunca había comprendido por qué le influía de esa manera, pero era así.

 

De repente, la niña se encaramó sobre la cama y, de puntillas, decolgó el cuadro ceremoniosamente y lo depositó en el suelo

 

– Ahora ya podemos hablar, tía. Si veo el cuadro, me pongo demasiado nerviosa. Me intimida.

– ¿Y?

– Y no sé qué hacer. Ya sé que he estado toda mi vida preparándome para este momento, pero tengo la sensación de que ésta no es mi vida, es la de mi madre y, tal vez, la de la chica del cuadro.

– ¿De verdad no sabes nada de ella?

– De verdad. Salvo que su nombre es el mismo que el mío, claro. Y que seguro que mi madre me puso el nombre por ella. Toda la vida he estado obsesionada por el cuadro, pero nunca he sabido por qué.

– Pues siéntate, Alba. Ha llegado el momento de que conozcas la historia de la chica del cuadro.

 “La chica del cuadro no nació con el nombre de Alba, no; su nombre era Clara, aunque fue conocida en el mundo entero como Alba Saller. Tampoco era Saller su apellido, pero eso ya te lo contaré. Poco a poco.

 “Clara, o Alba, como gustes, era una chica dulce y divertida a quien gustaba bailar más que ninguna otra cosa de este mundo, pero que también disfrutaba con intensidad todas las demás cosas de la vida. Alba, no obstante, nació en el lugar equivocado en el momento equivocado, y muy pronto su espíritu libre chocó con los obstáculos de la época. La familia de Alba era conservadora en un  mundo conservador y su padre aceptó de buen grado que la niña bailara por afición, pero de ninguna manera que hiciera de este arte su profesión. En aquel tiempo, los “artistas” no estaban bien considerados en el mundo de las personas de orden. Y el padre de Alba se enorgullecía de ser la persona más de orden del mundo entero.

 “Clara no tuvo otro remedio que abandonar su casa cuando todavía era muy joven, ya que tenía claro no solo que quería ser artista, sino que era artista. Había nacido así, y no podía hacer otra cosa, porque Clara era una artista de los pies a la cabeza.

 “Como su talento era más que evidente, Clara, ya llamada Alba, no tardó en encontrar su sitio en una compañía de baile, en el extranjero, claro está. Y, como una cosa lleva a la otra, fue ascendiendo los escalones del éxito hasta convertirse en una estrella de la danza.

 “Así y todo, a pesar de que su familia la había repudiado, Alba trató de volver a verlos, en especial a su madre, a la que echaba mucho de menos. Su padre, más rígido que nunca, no lo consintió y en aquellos tiempos poco podía hacer una mujer contra las órdenes de su marido. Además, el padre de Alba se había enterado de la relación de ella con otra mujer, y prohibió absolutamente que ninguna persona de la familia se acercara a Clara. De hecho, sus hermanas nunca más volvieron a hablar con ella y su padre dijo a sus sobrinas, que adoraban a su tía, que había muerto de una enfermedad infecciosa. Aquella fue la última -y también la única- noticia que tuvieron de Clara, de la que ni siquiera conocían dónde murió, ni dónde fue su entierro, ni tampoco dónde estaría su sepultura.

 “Ya apenas se acordabna de la tía Clara cuando una de sus sobrinas vio el cuadro en una exposición. Nadie se lo había dicho, ni el nombre coincidía, pero la sobrina no dudó ni por un instante que aquélla era Clara. Trató de comprar el cuadro, pero era demasiado caro, porque su autora, Sybilla Saller, se había convertido en una artista muy conocida y valorada, y la cifra era demasiado elevada. La sobrina no cejó hasta conseguir el dinero para comprar el cuadro en una subasta y, desde entonces, está el cuadro en esta casa”

      -Entonces, la sobrina de Alba es…

       -Sí, Alba. Es tu madre, y también yo, claro. Pero fue ella la que no se dio por vencida hasta recuperar una pate de su querida tía. Por eso, cuando empezamos a ver tu afición por la danza, y tu talento, quizás nos engañamos soñando que Clara había regresado…

        -Y ¿dónde está Clara, o Alba, ahora?

         -Por desgracia, murió hace unos años. Al final, una enfermedad infecciosa se la llevó. Sybilla, su amor, jamás la abandonó y permaneció con ella hasta el último día.

           -¿Y no hablasteis tampoco con Sybilla?.

           -No quiso. Solo nos envió una caja envuelta, y un mensaje

           -¿Nada más?

            -Nada más. Estábamos esperando a la persona que había de abrirla

Dicho y hecho. Alba se encontró a solas con aquella caja. El mensaje rezaba “para mi bailarina” y Alba no dudó ni por un momento que ella era la persona adecuada. Dentro tan solo había una cosa: un par de zapatillas de puntas del color de las berenjenas.

Lo que Alba no sabía era que aquella caja envuelta era solo el último de los envíos de Sybilla Saller. Los anteriores fueron las cantidades de dinero necesarias para que Alba pudiera realizar siempre sus estudios de ballet aunque la situación económica de su familia no lo permitiera. Sin embargo, Alba no debía saberlo, porque Clara así lo había dispuesto. Y, al menos por una vez en la vida, respetaron su voluntad.

Alba tuvo que enjugarse las lágrimas y recordó de golpe todo lo que había sufrido para llegar hasta ahí. Primero, el enfrentamiento con su padre, al que no le gustaba lo más mínimo que se dedicara al ballet. Una vez convencido -o más bien resignado- su padre, de que su hija no estudiara “algo más serio”, sus problemas con los estudios, que sobrellevaba a duras penas debido a la cantidad de horas que dedicaba a la danza. Mientras, el sudor, el cansancio, y, por qué no decirlo, el dolor. El dolor de llegar a casa con los pies ensangrentados, llenos de heridas y ampollas, el dolor de las articulaciones que protestaban de tanto forzarlas, las uñas de los pies que se caían sin remedio una y otra vez… Y también el sacrificio, todas las fiestas que se había perdido, los cumpleaños que jamás celebró, las excursiones a las que nunca fue y los amigos, que poco a poco acababan huyendo de su vida porque no podía dedicarles un minuto de su tiempo. Y lo peor de todo, su eterna angustia porque no lograba todo lo que pretendía, porque no era suficientemente alta, ni hermosa, ni delgada. Sobre todo eso, la lucha constante porque su cuerpo parecía empeñarse en formar aquellas odiadas curvas que la alejaban del objetivo.

Y, de pronto, vio que sus dudas no giraban en torno a lo que ella quería hacer, sino en torno a aquello que temía no llegar a conseguir. Miró de nuevo a la chica del cuadro, su tía. Su cuerpo tampoco era demasiado delgado, ni largas sus piernas, pero toda ella era…divina. Y sí, era tan parecida a ella que no comprendía cómo no se había dado cuenta hasta ahora. Y, además, ahora tenía esas zapatillas del color de las berenjenas que la habían tenido hipnotizada toda su vida.

Y a partir de ese momento, Alba lo tuvo claro. Se iría a disfrutar de su beca para bailar en el extranjero, y triunfaría, seguro. Y haría su debut con sus zapatillas del color de las berenjenas.

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Nervios: eternos compañeros


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Dicen los artistas que jamás dejan de sentir mariposas en el estómago cada vez que salen al escenario. Es más, dicen que pobres de ellos si eso dejara de ocurrir: se habría acabado la magia. Y sin magia no es lo mismo. Porque si la representación se vuelve una sucesión de automatismos perfectamente estudiados, el arte dejará de ser arte. Siempre hay que dejar un espacio a lo nuevo, que cada función sea distinta, aunque tengamos el mismo guión y los mimos actores. Eso es el arte. Y por eso siempre atacan esas dichosa mariposas, entre agradables y molestas, pero imprescindibles.

En nuestro teatro también ocurre. O debería ocurrir. Si las sentencias consistieran en meter unos hechos, darle a un botón, y que salga la misma solución que en otros casos, sobraríamos los intérpretes. Bastaría un ordenador dotado de la memoria suficiente, y, que como un Gran Hermano Judicial, diera el resultado oportuno. Como si estuviéramos en una película de ciencia ficción en manos de la Nave Nodriza

Pero, por suerte, no es así, y nuestra función está más cerca de Mujeres al borde de un ataque de nervios que de Yo, Robot. Tratamos situaciones tan personales que es difícil, por no decir imposible, que encontremos dos supuestos exactamente iguales.

Quizás por eso nunca dejan de asaltarnos esas mariposas en el estómago antes de nuestros estrenos. Fiscales o Abogados que pasean por el pasillo antes de entrar en sala tras más de veinte años de ejercicio como si fuera su primera vez, noches sin pegar ojo, asuntos que acompañan al juez, o a cualquiera de los intervinientes hasta el borde mismo de su cama y que le asaltan por la noche sacándolo bruscamente de los brazos de Morfeo. Incluso antes de que lleguen las dichosas mariposas, y cando todavía está el gusano de seda en su crisálida. O en su capullo, aunque suene menos poético, pero bastante más real.

Y no es cuestión de entrenamiento, que de eso andamos sobrados. Desde el inicio de nuestros estudios llevamos el plan de un atleta de alto rendimiento. Exámenes y más exámenes, muchos de ellos orales, viendo como a una le sudan las palmas de las manos, le tiemblan las piernas y se tambalea sobre los tacones –si los lleva-, mucho antes de que éstos hagan tándem con la toga. Después, unas prácticas donde hay que empezar a tomar decisiones para tomar finalmente la gran decisión. Qué hago con mi vida. Con la esperanza, a veces, de ahorrarse todos esos malos tragos.

Pero vana ilusión. Los nervios seguirían ahí tomaras el camino que tomaras. Para los que decidimos opositar, como una prueba de fuego adicional, con esa zozobra de cuándo convocarán, cuántas plazas y si, finalmente, será una de ellas para mí. Y el viacrucis de exámenes donde los nervios son capaces de jugarnos las peores pasadas. Las más comunes, lenguas que se traban o parálisis momentánea, de ésa que te impide hacer nada, y que suele venir acompañada con su inseparable mente en blanco, que no hay en el mundo detergente que deje más blancas las mentes que la cercanía de un examen importante. Pero se pasa. Como se puede, pero se pasa. Y luego, medie oposición, máster, prueba de acceso o cualquier otra prueba, las mariposas siguen. Llegan las del debut. El primer informe, el primer juicio, la primera guardia, las primeras asistencias a declaraciones, la primera vez que solicitas una prisión o que te opones a ella. Y la vida y la libertad de las personas en juego, ahí es nada. Como para no tener un enjambre entero de avispas zumbando dentro de las tripas.

Recuerdo muy bien mi primera intervención en un juicio, todavía en prácticas. Y mucho me temo que la juez ante la que actué también la recordará mientras viva. Nada menos que tres cuartos de hora informando por algo tan complejo como un polizón en un tren. Esto es, alguien que no pagó en billete. Reconocido por él y el revisor, lo que no impidió que yo, entre trago y trago de agua que no conseguía deshacer el nudo de mi estómago, hiciera un tratado que ríase usted del Digesto. Ante la mirada atenta de mi tutor que me animaba mucho, a pesar del que el pobre debía estar más que harto de mi cháchara pedante. Y aun así, reincidí, como los delincuentes. Y en mi primera toma de declaración me tiré más de una horita preguntando a un detenido pillado in fraganti con un radiocasette –sí, existían- en una mano y la bujía con que había roto el cristal del coche en otra. Pero yo ahí, con las mariposas en el estómago y como si estuviera haciendo los mísimisimos juicios de Nüremberg en Vencedores y Vencidos.

Todavía sigo sintiendo ese revoltijo de tripas cuando voy a la sala, aunque la experiencia es un grado, claro. Y también siente esa ilusión del primer día que, anque cuesta, espero no perder nunca.

Por eso hoy el aplauso es para todos los que siguen peleando con el nudo en la garganta, la boca seca y el temblor de piernas para que hacer Justicia sea mucho más que un mero trámite. Y, cómo no, para los que lo sienten por vez primera. Que nunca lo pierdan.

 

 

Vergüenza: togas sonrojadas


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El que tiene vergüenza ni come ni almuerza. Eso es lo que cualquiera de nuestras madres nos dijo más de una vez cuando, en esa etapa de la vida en que todo parece un mundo, poníamos reparos a cualquier cosa so pretexto de que nos daba vergüenza. Y por el aro acabábamos pasando porque una madre en modo madre es algo tan difícil de sortear como La Gran Muralla China.

En el mundo del espectáculo es raro que la gente sienta ese tipo de vergüenza. Al menos a priori. Se supone que el descaro y la desenvoltura son señas de identidad de quienes se ganan la vida subiendo a un escenario. Aunque luego resulta que en las entrevistas muchos de ellos confiesan ser tímidos hasta el paroxismo. ¿Verdad o postureo? Pues de todo un poco, supongo. Aunque para los profanos,  o sufren la Metamorfosis del Dr. Jeckyll y Mr Hyde o resulta difícil pensar que sea compatible la timidez con enfrentarse a una sala llena de público.Misterios sin resolver, como aquella vetusta serie de televisión.

En nuestro teatro la cosa de la vergüenza ya es harina de otro costal. Por más que representemos una función en Sesión Continua, no todos tenemos un papel protagonista y algunos ni siquiera están ahí voluntariamente. Que se lo digan si no al imputado –perdón, investigado- y algún que otro testigo renuente. Por no hablar de los candidatos a miembros de jurado, algunos de los cuales darían la vida por no verse en semejante zapatiesto.

Pero a nosotros, al igual que a nuestros homónimos de la farándula, también nos ataca en ocasiones ese sentimiento de bochorno, de vergüenza, de apuro o de azoramiento, según los casos. Incluso a aquéllos que tenemos un papel que nos obliga a estar bajo los focos y centrando la atención en algún momento. Los fiscales y los abogados, sin ir más lejos, que tenemos que hacer nuestro informe oral ante la sala, a veces repleta de público y prensa y que, por más que lo preparemos, siempre podemos ser sorprendidos con cualquier circunstancia inesperada que nos deje fuera de juego. ¿Quién no se ha encontrado alguna vez con ese testigo sorpresa que no sabemos quién es y al que interrogamos con un lacónico “recuerda lo que ocurrió ese día”? ¿Quién no ha padecido que por un error de cualquier clase se ha ido a juicio con un procedimiento diferente del que se está celebrando y tiene que mantener el tipo como puede? ¿Y quien no ha sufrido esa pesadilla llamada “cuestiones previas” que se alegan al principio del juicio y que aportan algo totalmente desconocido? Y a poner cara de póker y hacer como si todo estuviera controlado mientras deseas que se abra un agujero ante tus pies y te trague la tierra. Como alguna vez que, tras una rueda de reconocimiento en la Instrucción donde el testigo reconocía al acusado sin género de dudas, se descuelga en el juicio diciendo que ese señor no era, que a él le ataracé un tipo bajito y éste tiene una estatura digna de jugador de la NBA. Y toca recomponerse y cambiarlo todo, no sin antes acordarse de lo divino y de lo humano.

Pero cuidado con lo que desees, que los deseos a veces se hacen realidad. Y conozco a una abogada a la que casi le sucedió  eso. La silla donde se sentaba se vino abajo literalmente y despareció de la sala como si la mismísima tierra se la hubiera tragado. Cuenta que no puede evitar ir a ese juzgado sin que alguien bromee con la situación, por más que el tiempo pase. Y claro, es inevitable ese sonrojo que todos conocemos.

Situaciones de este tipo hay muchas. Pero yo recuerdo con especial bochorno algo que me pasó cuando el escalafón me obligaba a viajar más que una vedette de varietés por los pueblos de mi jurisdicción. Y allá que me fui, acompañada además de los dos fiscales en prácticas que se suponía que tenían que aprender de mí, y que me enseñaron mucho más de lo que yo a ellos. Pasamos la mañana en el juzgado en una maratoniana sesión de juicios de faltas y, cuando fuimos al juzgado vecino a esperar a mi compañera, descubrí que los tacones que habían acompañado a mi toga toda la mañana se parecían tanto entre ellos como un huevo a una castaña. Llevaba en un pie un zapato salón azul marino, trenzado y con una puntera verde para más señas, y una sobrio mocasín marrón en el otro. Y ninguno se había atrevido a decir nada en toda la mañana, ni durante el viaje –de una horita de duración- Y aun hoy en día, niegan haberse percatado, en un ejercicio de elegancia que les honra. Así que acepté pulpo como animal de compañía y terminé el día de la manera más digna posible. Con mi toga y mis tacones…desparejados.

No hace mucho, a una abogada en la guardia se le escapó una frase dirigida a su cliente . “y que no me entere yo que te vuelves a acercar a esa diabla”. Como quiera que no pudimos reprimir la carcajada, me miró y me dijo “ahora voy a salir en un post, ¿verdad?”. Y tenía razón, cómo no.

Pero éstas son situaciones de vergüenza simpática. Aunque hay otras que dan vergüenza, y ya no son tan simpáticas. Como da el estado de algunos juzgados, dejados de la mano de Dios porque esto de la justicia interesa poco. O la que dan las consecuencias que genera alguna que otra reforma legislativa precipitada y con el regalo de una disposición adicional que prohíbe dotarla de presupuesto, esa moda del disposicionadicionalismo que tanto debería sonrojar a más de uno. O ese papel 0 que solo existe en la imaginación de algunos.

Y el colmo del bochorno son algunas declaraciones en modo happy flower con la que  pretenden seguir vendiéndonos que en este nuestro teatro todo funciona divinamente, y hay que ver lo ágiles y lo eficientes que nos hemos vuelto. Como si fueran los protagonistas de Hair y fuéramos a cantar todos Acuario de un momento a otro, dando palmas y exaltando el amor libre. Y no sé por qué, me ha venido a la cabeza el título de una película Enseñar a un sinvergüenza, dicho sea, por supuesto, sin señalar a nadie, que eso de señalar está muy feo y ya nos decían de niños que nos debería dar vergüenza.

Así que el aplauso va hoy destinado a los que sobrellevan esas situaciones de vergüenza simpática con dignidad y humor. De los otros, ni hablo, que hay silencios más elocuentes que cualquier discurso. ¿o no?

Abreviaturas: código toga


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Todas las profesiones tiene su jerga. Guiños, lugares comunes y dichos populares que tienen que ver con la materia forman parte del acervo con el que cargamos. Ya hemos visto otras veces que cosas como desear a alguien que se rompa una pierna, algo bastante desagradable en cualquier ámbito, es poco menos que un brindis por la buena fortuna en el teatro. Y, como ocurre de un tiempo a esta parte en todas partes, también tienen sus siglas, sus abreviaturas y sus acrónimos. Algunas, solo entendibles entre los iniciados, y otras, que ya han pasado al lenguaje popular. Como el ya famoso VIP, que ha cobrado tal significado propio que muchos no siquiera recuerdan que eran las siglas de Very Important Person.

Y en nuestro teatro no es que no podamos ser menos. Es que somos más. Entre tecnicismo, abreviaturas y frases de uso frecuente bien en lenguaje culto o bien coloquial hemos acabado creando una jerga que a veces nos vuelve incomprensibles para un no iniciado en la secta de las togas, El Club de los Togados Ciertos .Y casi sin darnos cuenta. Y no solo es nuestro lenguaje, con su propia terminología,  sus latinajos  y todo. Son muchas otras cosas que hacen que en ocasiones se necesite la Piedra Roseta judicial para entendernos. O ni así. Código Rojo, volamos hacia Justicia

¿Quién no nos ha oído hablar alguna vez de cosas como esepear, pasar a falta o a palo, ir al tesejota, pedir tebecés, incoar dip, bajar el tercio o hacer una media pena?. Cosas que decimos con toda naturalidad y que dejan a cualquier oyente ajeno como si se hubiera aparecido en la Torre de Babel. Y que, por su supuesto, tiene s explicación.

Se esepea cuando se sobresee provisionalmente una causa (de SP, obviamente), se pasa a falta o a palo cuando se transforma el procedimiento en juicio de faltas –hoy delito leve o, mejor, levito- o procedimiento abreviado, se va al Tribunal Superior de Justicia o se solicita la pena de trabajos en beneficio de la comunidad. Y, aunque cuando yo ingresé en la carrera ya se había derogado la obligación de forma PD, todavía signamos en ocasiones con ese PD que significa “por delegación”, al igual que utilizamos la V que, según los casos, quiere decir “Visado” o “visto”, que puede parecer lo mismo pero no lo es. Aunque no desvelaré mucho más del Misterio Fiscal, no vaya a acabar haciendo spoiler de mi propia carrera, que siempre hay que mantener algo de intriga o el espectáculo dejará de tener interés.

Por otro lado, cuando hablamos de bajar el tercio, no nos referimos a ir a la barra del bar y pedir una cerveza, por más que pueda parecer eso lo de pedir un tercio. En realidad no es otra cosa que la rebaja legal prevista en la ley en el caso que el investigado se conforme de inmediato y admita los hechos. Y tampoco tiene ninguna relación con la gastronomía ni las tapas eso de las DIP, por más que en otro ámbito se haya popularizado el término dipear para referirse a mojar algunas salsas –el rebañar de toda la vida- Pero nosotros no rebañamos nada, solo abrimos unas diligencias de investigación, aunque podamos acabar rebañando responsabilidades penales si toca, claro está.

En cuanto a la media pena, que tampoco crea nadie que son las rebajas de Enero. Es un modo de llamar coloquialmente a la vista de prórroga de prisión preventiva del condenado pendiente de recurso, que se puede prorrogar hasta la mitad de la pena impuesta. Mucho menos atractivo de lo que pudiera parecer, la verdad.

Recuerdo que cuando empecé mi vida toguitaconada, oía hablar a mis compañeros más veteranos de pelos y de palos. Con esa mezcla entre prudencia y miedo del que es Nuevo en esta plaza, me quedaba mirando esperando descifrar qué narices quería decir aquello, que no venía en ninguno de los más de trescientos temas que llevaba todavía tatuados a fuego en mi cerebro. No tardé en descubrir que con eso de PELO se referían al ya derogado procedimiento para el enjuiciamiento oral de delitos dolosos, menos graves y flagrantes, que fue declarado inconstitucional y sustituido por el PALO, el ya tan conocido procedimiento abreviado. Que, por cierto, es una contradicción en sí mismo, porque en muchos casos puede decirse de él cualquier cosa menos que sea abreviado –aunque hoy nos hayan tirado encima lo de la limitación del plazo de instrucción-, y menos aún que sea un procedimiento especial, como lo conceptúa la ley, cuando por él se juzgan la inmensa mayoría de los asuntos penales.

Pero si hay un rey indiscutible del lenguaje toguitaconado, ése es el verbo “evacuar”. El dichoso verbo, que todavía se emplea en gerundio para contestar escritos por muchos fiscales –“evacuando el traslado conferido”– tiene unas escatológicas connotaciones en el lenguaje común que hacen sonrojarse a más de uno. Y advierto que aunque pretendamos desterrarlo continúa inasequible al desaliento anclado en los modelos de nuestro sistema informático, el simpar Fortuny, al que alguna vez me he referido como Infortunyo por los quebraderos de cabeza que nos produce.

Y así seguimos. Hablando nuestra propia jerga, no exenta de alguna que otra broma. Como las de quienes todavía nos llaman a los fiscales Inmortales por cierto chiste que decía que no podíamos pasar a mejor vida. Y que pasó a la historia, visto lo visto.

Pero la vida hay que tomarla con humor. Por eso hoy el aplauso es para todos los que con su ingenio nos la hacen más agradable, añadiendo un apelativo amable a cualquier vocablo infumable. Porque una sonrisa siempre es de agradecer, aunque sea una sonrisa puñetera.

 

 

Concursos: la plaza justa


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En el mundo de la farándula los desplazamientos son algo normal. Giras, tournés, promociones, y bolos diarios forman parte de su día a día hasta el punto de haberse convertido en un clásico eso de viajar más que el baúl de la Piquer. Motivo de envidia para los de fuera y de hastío para los de dentro a partes iguales. Gajes del oficio.

Sin embargo, nuestro teatro es mucho más inmóvil. Sus escenarios se despliegan a lo largo y ancho de la geografía pero los protagonistas de cada uno de ellos tienden a variar poco, o al menos a eso aspiran la mayoría de ellos. A una ubicación estable que traiga consigo una vida familiar también estable. Lo que no siempre es fácil, máxime en los tiempos que corren.

Nunca se me olvidará lo que me contó una compañera a la que, en su primer destino, le dijeron con toda seriedad que anduviera con ojo, que allí los embarazos se decidían en Junta de Fiscales. Nunca supimos bien ni ella ni yo si aquello era en broma o en serio, pero dado que la carencia de personal en Justicia es un mal endémico desde que mundo es mundo, no me extraña que su jefe imprimiera bastante seriedad a la advertencia. Y, pese a que hace muchos años de aquello, la situación no ha mejorado. Más bien lo contrario, que desde que tuvieron a mal cortar de cuajo con los sustitutos, cada baja de un compañero se convierte en un verdadero drama para los que seguimos al pie del cañón. Y, mientras tanto, la edad de jubilación aumentando, que parece que nos quieran hacer protagonizar eso de Murieron con las botas puestas. Y lo que te rondaré, morena.

Pero, bromas aparte, los concursos –o más bien, la falta de ellos- son un auténtico motivo de angustia que deja en stand by muchos proyectos. El de comprar un piso, formar una familia o matricular a los hijos o hijas en el cole, nada menos. La vida del funcionario que se trate queda en modo pause a la espera de cuándo tengan a bien convocarlo y qué le llegue en la lotería del concurso. Y, cuando de una pareja de funcionarios –entiéndaseme en el sentido de trabajadores que perciben su sueldo con cargo a los presupuestos del estado- se trata, hay que hacer verdaderos encajes de bolillos, cuando no prestidigitación. No hace mucho que se consideró la posibilidad de los concursos subordinados, pero hasta entonces había que hacer un cálculo a la cuenta de la vieja de a ver a qué sitio no querría ir nadie, a ver si allí podía tener cabida la pareja en cuestión. O resignarse a vivir separados por cientos de kilómetros mientras esperamos a que se alineen los planetas y el escalafón nos permita juntarnos en algún punto del camino, ascensos mediante además. Y juro que no exagero lo más mínimo si digo que mis dos hijas nacieron al ritmo que el BOE nos impuso a sus padres. Porque, como quiera que una es organizada, conseguí acoplar mis embarazos a los respectivos concursos que nos trajeron a su padre y a mí al destino proyectado. Y de milagro no les puse de nombre Boetina I y Boetina II.

En mi caso, mi veteranía toguitaconada ya me ha dado alguna estabilidad, que alguna compensación tenía que tener eso de No pesan los años, pesan los trienios. Pero cada vez que leo las cuitas de mis compañeros más jóvenes esperando que salga un concurso, o que se resuelva, con más avidez que esperaban los hebreos el maná en Sinoué el Egipcio o Moisés, se me hace un nudo en el estómago. Y entiendo que les entren ganas de mandar las Diez Plagas a los responsables. Porque entre llamadas, confirmaciones off the record, correcciones y espera a que se publique, a uno se le van las energías. Y con ellas, alguna que otra mensualidad de alquiler, el plazo para la matrícula del colegio y hasta las ganas de trabajar. Comprensible.

Y todo esto sin entrar en las famosas resultas, que son algo así como un ejercicio de adivinación sin bola de cristal ni ouija que nos auxilie.

Pero así seguimos. Con la inseguridad de no saber adonde vamos a ir a parar en nuestro aparentemente seguro trabajo. Porque no deja de ser una paradoja que, siendo una de las razones que la gente sopesa a la hora de opositar la de esa seguridad en el puesto, acabemos pasando tanta fatiga. Gajes del oficio también en nuestro caso.

Eso sí. No creamos que este tema es algo que solo afecta a quien concursa o pretende hacerlo. Todos hemos visto cómo hay juzgados que languidecen a la espera de que los avatares de la diosa Fortuna cubran las vacantes de juez, fiscal, LAJ, forense o funcionarios, mientras los asuntos permanecen en una mesa durmiendo el sueño de los justos, habida cuenta que los sustitutos o interinos pasaron en muchos casos a la historia. Y eso perjudica a todos los profesionales y, por supuesto al ciudadano, que siempre resulta afectado cuando de Justicia se trata.

Así que hoy el aplauso no puede ser otro que para la santa Paciencia y para la Diosa Fortuna. Que son quienes, visto lo visto, tiene más que decir en este tema.

Lengua cooficial: convivencia


lenguas cooficiales

Aparentemente, el arte es universal, y en cuanto a universal, debería ser entendido por todos, hablaran la lengua que hablaran. Pero eso que parece obvio, no lo es tanto según ante cuál de las musas nos encontremos, y Terpsícore y su teatro nos lo ponen más difícil en cuanto la representación incorpora un texto hablado y previamente escrito. Y ahí nos encontramos con los obstáculos con los que el mundo nos impone desde los tiempos de La Torre de Babel. Por eso hoy en día es impensable el actor que no hable un inglés cuanto menos aceptable, porque el idioma anglosajón se ha convertido de facto en la lengua en la que acaba entendiéndose todo el mundo. Sin perjuicio, por supuesto, de que cuanto más azúcar más dulce, y cuanto más idiomas se conozcan mejor irá la cosa.

Atrás quedaron los tiempos en que a los artistas les bastaba una caída de ojos y una sonrisa, como los que magistralmente empleaba la protagonista de La Niña de tus ojos. para llamar en el más puro andaluz al Doctor Güebels. Tanto es así que las vicisitudes idiomáticas ya han dado su fruto en el cine, como ocurre en Spanglish, con una Paz Vega navegando entre el andaluz y el inglés que a veces me viene a la cabeza en algún que otro juicio.

En nuestro escenario, al menos de momento, nada de inglés. Salvo algunas excepciones que por la población extranjera o por la universalidad de la materia es más que recomendable conocerlo, nos manejamos en perfecto castellano –o español, si se prefiere-, pero, en algunos sitios, con un elemento adicional: la lengua cooficial. Algo que muchas veces se presenta como un conflicto pero que en realidad no lo es tanto. O al menos nunca lo ha sido durante toda mi toguitaconada vida en una comunidad bilingüe.

He de decir que jamás de los jamases he tenido problema alguno de comunicación por razón de lengua. Y que, más allá de alguna anécdota reseñable, la cooficialidad ha transcurrido como una balsa de aceite, por más que reconozca que el castellano es más que preeminente en escritos y juicios. Pero también he de reconocer que he hecho interrogatorios en valenciano y hasta algún que otro juicio, incluido uno ante el tribunal del jurado, cuando las circunstancias de los que allí estaban lo han aconsejado. Y tan tranquilos.

También he conocido de algún juzgado cuyo secretario judicial –hoy LAJ-hacía sus escritos en valenciano. Y tan tranquilos también. Lo que no podemos olvidar es que estamos ante un servicio de ámbito nacional, con cuerpos de funcionarios de ámbito nacional, y que muchos pueden no conocer la lengua cooficial. Pero se soluciona del modo previsto en la ley y punto.

Eso sí, como siempre, hay veces que los medios juegan las malas psadas de costumbre, como no hace mucho en que se nos decía que la traducción oficial de un escrito del valenciano al castellano podría tardar unos cuantos meses. Curiosa burocracia, cuando cualquiera podríamos hacerla en un pis pas, máxime cuando hay multitud de funcionarios en posesión del título oficial de valenciano, habida cuenta que eso les da puntos a la hora de concursar. Y alguna que otra toguitaconada también, por cierto.

En cualquier caso, y como en todo, no dejan de suceder anécdotas curiosas. Cuando en mi primer destino encontré la palabra “palet” escrita en un atestado, creí volverme loca. Estaba convencida que aquello era valenciano y que debía traducirlo como “palito”, con lo cual el hecho no tenía sentido. Hasta que alguien me hizo ver que las cosas son más sencillas de lo que parecen y que no era otra cosa que la denominación de los materiales de construcción apilados. Que, por cierto, habían sido objeto de robo, como bien supondrá el avezado lector.

También recuerdo otra anécdota curiosa. Por aquel entonces, uno de los juzgados había pedido –y conseguido- un traductor de valenciano/castellano con carácter casi permanente. Y allí estaba el hombre traduciendo cosas que todos entendíamos. Fue difícil aguantar la risa alguna que otra vez ante cosas tan chocantes como un impagable “diu que sí” para traducirnos un “sí” como respuesta a una pregunta que, evidentemente, todos habíamos comprendido porque es exactamente igual en ambas lenguas.

Otra de las cosas que sucede a veces es que, cuando se le instruye al testigo de su derecho a utilizar alguna de las dos lenguas cooficiales, no acabe de entender lo que le dicen. Cuando, en perfecto castellano y con toda solemnidad, le dicen una retahíla de derechos que tiene, puede ofuscarse. Como le sucedió a una buena mujer que, tras estar durante gran parte del interrogatorio respondiendo en valenciano con aparente nerviosismo, nos preguntó “¿y cuándo puedo hablar castellano?”. La pobre señora, andaluza de nacimiento y valenciana de adopción, estaba sudando la gota gorda para responder en valenciano, porque había entendido que eso era lo que le decían cuando le explicaron lo de la lengua cooficial. Dio un respiro y, al hablar su lengua materna, comprobamos que no era nerviosismo sino padecimiento porque jamás había tenido que expresarse en esa lengua, aunque la entendía a la perfección. Cosa nada infrecuente por estas tierras, donde son comunes las conversaciones bilingües, en que cada uno habla lo que mejor le viene.

Así que, relax. Dos no riñen si uno no quiere. Y no pongamos trabas en donde no debe haberlas. Que bastante tenemos en Justicia con lo que tenemos

Por eso el aplauso no puede ser otro que no muy fuerte para todos los que, con sentido común y tolerancia, viven la cooficialidad de lenguas como una riqueza, no como un motivo de enfrentamiento. Que  con la que está cayendo ya hay más que suficientes problemas. ¿O no?

 

Sonrisa: arma poderosa


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Nada más cinematográfico que una buena sonrisa. Real o fingida, sincera o falsa, dulce o terrorífica, ocupan un espacio imprescindible en nuestro escenario. Y también fuera de él. Desde las almibaradas de Julie Andrews y su troupe de Sonrisas y lágrimas hasta la espeluznante de Jack Nicholson en El Resplandor, sin olvidar el famosos “Dientes, dientes” de una folklórica hoy caída en desgracia.

Sin embargo en nuestro escenario parece que no sabemos demasiado de eso. La imagen que proyectamos en el exterior es de seres adustos, vestidos de negro y muchas veces tratando de dar una imagen de seriedad que nos aleja del justiciable, nuestro público. Incluso de nuestros compañeros de reparto. Y eso puede llevarnos a transmitir una falta de empatía que desluzca nuestra función hasta el punto de no gustar al público al que va destinada.

Nuestro trabajo es importante, desde luego. Hacer justicia –o intentarlo, que no es poco- es algo tan trascendental que a veces da hasta miedo de pensarlo. Pero la justicia, como he dicho otras veces, emana del pueblo, y a él pertenece. Y no deberíamos hacer que pareciera ajena y distante.

Sonreir cuando procede cuesta poco. Y no añade fundamentos jurídicos de peso a nuestros dictámenes el hecho de caminar como si nos hubiéramos tragado el palo de una escoba. Además de que, como dice el refranero, se atrapan más moscas con miel que con hiel.

Pero que no se me malinterprete. No se trata de andar por ahí carcajeándose en todo momento. Hay ocasiones que requieren seriedad. Incluso hay veces en que cuesta terribles esfuerzos mantenerla, porque la ocasión lo merece y el respeto al justiciable también. Pero todos hemos pasado nuestros apuros cuando alguna anécdota curiosa turba la solemnidad del juicio o de la declaración pertinente. Móviles que rompen el silencio al ritmo de “Dame veneno, que quiero morir” o de la sintonía de La Guerra de las galaxias o Juego de Tronos, investigados que la llaman a una “Señorita” y hasta “Majestad”, testigos que piden la biblia para jurar sobre ella o levantan la mano derecha como si estuvieran en una película americana son muchas de las cosas en las que cuesta mantener la compostura. Pero no queda otra.

Pero en otros momentos, hay que relajar el gesto. Ser amable cuesta poco, y hace ganar mucho. Saludar o dar los buenos días cuando se pasa por el pasillo o se entra en el despacho, sonreir cuando una se cruza con el personal de mantenimiento, pedir por favor que se saque un expediente en lugar de exigirlo y pedir perdón cando los nervios le han puesto a una los pelos verdes y la paga el que más cerca tenía.

Reconozco que soy especialista en soltar sapos y culebras, sobre todo cuando el ordenador se empeña en mantener un pulso conmigo y empieza a hacerme sus gracietas de pedirme tropemil claves, colocar el dichoso circulito dando vueltas y, cuando he conseguido acceder a la anhelada pantalla, desparece como por ensalmo y vuelta a empezar. O cuando, a punto de irme de vacaciones, una inoportuna causa con preso destroza mis expectativas. Y últimamente, cuando el BOE o las noticias me dan cualquier sorpresa de esas a las que nos vamos acostumbrando. Y claro, pobre de quien se acerca en esos momentos. Si me dieran un euro por cada vez que he tenido que pedir disculpas por esas reacciones, sería millonaria.

Pero menos mal que tengo la amiga sonrisa para contrarrestarlas. La saco de paseo, y parece que todo se relativiza. Y que, además, es posible seguir trabajando aunque tengamos que seguir luchando contra los elementos. Como La Armada Invendible si hace falta.

Así que hoy el aplauso es para todos los que consiguen que nuestro teatro, pese a todo, siga funcionando, y lo haga de ese modo amable que hace todo más fácil. Aunque a veces sea francamente difícil.

Decorados: imaginación al poder


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Hemos hablado del escenario, del propio teatro y hasta de los exteriores. También del atrezzo, del vestuario y el maquillaje. Pero no habíamos dedicado todavía ningún estreno a los decorados, esa parte que a veces no percibimos pero que puede determinar el éxito o el fracaso de una obra. El piano de Sam de Casablanca, el carro de Lo que El Viento se llevó  o el teléfono de ET El Extraterrestre son una referencia por la que cualquier coleccionista mataría. Como el árbol de Navidad en cualquier representación del Cascanueces que se precie.

También nosotros tenemos nuestro propio decorado. En muchos casos, orgánico e institucional, personal en otras pero, las más de las veces tan improvisado e ingenioso que recuerda a aquel lema de Mayo del 68, Imaginación al poder.

Pero vayamos por partes. La salas de vistas tienen, o suelen tener, su bandera y su fotografía del rey, al igual que algunos despachos. Todavía recuerdo que no hace mucho, cuando cambiamos de rey por vez primera desde hace muchos años, surgió la necesidad –o no- de cambiar los retratos. Tenían que jubilar aquella imagen ya descolorida en que el rey aparecía en sus años mozos con placa, toga de terciopelo y medalla por otra nueva. Alguien del personal de mantenimiento pasó por mi despacho, como por otros muchos, preguntando si queríamos cuadro y una bandera nueva. ¿Nueva? Jamás he tenido y, entre otras cosas, ni me lo he planteado, porque no cabría en mi despacho. Pero igual que yo recuerdo su llegada, es posible que aquel empleado recuerde Por siempre jamás mi mirada propia de asesino en serie tras virar la cabeza como la niña de El Exorcista. Llevaba más de una año esperando que alguien viniera a colocarme un enchufe, mi compañera tenía la ventana rota y fijada con cinta aislante desde la noche de los tiempos y todos andábamos a la greña por una grapa que casara con la grapadora o por un triste taco de pósits. Pero parece que aquello no fue nunca prioridad y el cuadrito de marras sí. Y claro, mi fiscalita interior no pudo evitar revolverse encima de sus tacones. Ni que decir tiene que no se volvió a ver a aquel pobre señor por allí, y que en nuestros despachos no hay nada de eso. Ya lo tenemos decorado con tochos de expedientes, mucho más bonitos, dónde va a parar.

Y en las salas de vistas debiera haber, además del cuadro y la bandera, una campanita o timbre que es lo propio de la tradición judicial española. Nada de mazo, por más que la gente se lo crea. Eso es propio de la cultura anglosajona, como la peluca de los jueces, aunque parece que nos hayamos empeñado en exportarlo. Y en algunas, sobre todo si son antiguas, una pomposa cinta de pasamanería que separa los estrados del sitio donde está el banquillo del acusado. Incluso hay un cenicero escondido y un brasero a los pies, ambos inutilizados, en alguna sala vetusta, recuerdo de otros tiempos y que nadie ha quitado. Eso sí, en esa misma sala vetusta convive con estas reliquias un aparato climatizador del año de la pera que tira a duras penas y las inevitables palomas que con frecuencia entran por la ventana y entretienen a los señores magistrados. O enervan, según se vea. Lo que una amiga magistrada llama las palomas tesejoteras, y a las que, aunque no lo confiese, ha acabado cogiendo cariño.

Pero además de este decorado oficial está el extraoficial, ese que improvisamos a falta de nada mejor. Y que nadie crea que exagero, que hay cosas que dejarían en mantillas el vestido que se hizo Escarlata de la cortina de terciopelo verde -borlas incluidas- en Lo que el viento se llevó o ese otro que se confeccionó la protagonista de Ay Carmela con la tela floreada de un colchón. Y, a quien no me crea, que se dé un paseo por algún Juzgado de Mercantil donde a falta de estanterías suficientes se ha realizado un esmerado bricocartonaje judicial que ríase usted del tipo de Bricomanía, a base de cartones, cinta aislante e ingenio a partes iguales  (estupendos reportajes en el blog de Alberto Martínez de Santos No atendemos después de las dos). O que mire por cualquier dependencia donde el chorro de aire acondicionado amenaza con paralizar para siempre la garganta y las cervicales de quien esté por allí, y que ha sido desactivado mediante la colocación de paraguas invertidos que dan un curioso aspecto a los despachos. O también puede echar un vistazo a los calefactores o ventiladores que suplen las deficiencias de una climatización supuestamente inteligente. Por no hablar de los cubos que en algunos sitios forman parte del entorno para recoger el agua de las goteras, no vaya a crearse un entorno de estalagtitas y estalagmitas con el tiempo. Y suma y sigue.

Pero mis preferidos son los pongos -de «¿dónde pongo yo esto?»-. Esas tonterías con las que algunos alegramos nuestros despachos, como las que muestra la imagen, y a los que le tengo especial cariño vaya usted a saber por qué. Y reconozco que aún estoy esperando el perrillo de los ojos brillantes y un muelle en el cuello que veía en los coches en mi infancia y que me encantaría tener para ampliar mi colección de pongos. Aviso a navegantes.

Así que hoy el aplauso es para el ingenio de quien suple las deficiencias con buena voluntad y una dosis de humor. Y que no falte.

 

Conflictos: piedras al tejado


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Divide y vencerás. Un viejo dicho que siempre usan los más listos para ganar a los que no lo son tanto. O a los que, como dice la canción, piensan que “To er mundo e güeno”.Porque desde que el mundo es mundo, en el teatro y fuera de él, esto es algo que no falla. Convertirnos en Enemigos irreconciliables en vez de ser Mucho más que amigos cuando más lo necesitamos. Y olvidar una máxima que se repite, y en la que tantas veces está la clave del éxito. Desde los Tres Mosqueteros y su “Uno para todos y todos para uno” hasta el “Todos a una, Fuenteovejuna”, pasando por el sonsonete de una película que vi varias veces en la tele y se me quedó grabado, Botón de Ancla, “todos unidos, unidos todos, los venceremos de todos modos”.

Pero no es tan fácil. Y más cuando las cosas no van bien. Demasiadas veces llega el momento en que la corista quiere suplantar a la estrella y algún desalmado aprovecha para enemistarlas. Y al final, es la función la que es un desastre y el público quien pierde.

Y en nuestro teatro parece que de esto sabemos un rato largo. Como a perro flaco, todo son pulgas, siempre hay alguien que aprovecha el tirón para enfrentarnos entre nosotros y dejar de dirigir nuestra ira precisamente a quien la causa. Craso error que no nos lleva a ningún lado y nos hace perder fuerza.

Recuerdo que cuando empecé mi vida toguitaconada, recién llegada a mi primer destino, esperaba ansiosa los consejos de mis colegas más veteranos –cualquiera que llevara cinco minutos lo era-. Y me encontré con uno que me dejó pasmada: “aquí no nos hablamos con los jueces, se les recurre todo”. Ni que decir tiene que me quedé muerta, con lo que me gusta a mi el buenrollismo. Por no hablar de que bastante tenía con superar las pilas de papel que me estaban esperando como para entretenerme en encontrar motivos donde no los hubiera con tal de fastidiar a la carrera hermana. Por fortuna, la sangre no llegó al río ni era tan fiero el león como lo pintaban, y ni yo recurrí todos las resoluciones ni ellos tampoco lo hacían. Pero aquella bravuconada de los compañeros con más muescas en la toga ante quienes no más acabábamos de estrenarla decía mucho de lo que me iba a tocar vivir en lo sucesivo.

La vieja rivalidad entre jueces y fiscales es un clásico, parte leyenda y parte realidad. Pero no es la única. Fiscales y Abogados, LAJ,s y funcionarios, Abogados y Procuradores, titulares y sustitutos, todos haciendo uso de un corporativismo mal entendido –o no- mientras los verdaderos culpables de que la justicia no funciones se frotan las manos viendo el espectáculo. Quién trabaja más o quién trabaja menos, según se mire. Como si eso importara realmente en lugar de cómo se trabaja. Incluso, cuando las cosas se ponen feas, tirándonos los trastos entre nosotros en guerras fratricidas, en la discusión inútil si en una jurisdicción se sufre más que en otra, o si un destino es más ingrato que otro.

Y lo malo es que, en cuanto los ánimos se soliviantan, florecen las disputas. Y es difícil que los ánimos no estén soliviantados con la que está cayendo. Con una justicia paralizada a la espera de medios, de plazas y de condiciones dignas para todos. Y cuando digo para todos, me refiero a todos, no sólo a los que estamos a un lado de la barrera. A los que cobramos de la administración y a los que no, como los sufridos abogados de oficio reclamando día sí y día también la dignidad de su función. Y con razón. O como los opositores, que se dejan la vida entre reformas y carencia de plazas. O como los desahuciados sustitutos. Todos es todos

Acabamos de tener una muestra. Saltó la chispa de las revisiones por la ocurrencia de limitar la instrucción a seis meses con inversión cero, y empezaron a surgir aquí y allá focos del incendio. Fiscales que se quejan de LAJs o abogados que se quejan de fiscales, por poner un ejemplo. Y algún altavoz empeñado en dar aire al incendio y propagar las llamas en vez de buscar al verdadero culpable y llamar a los equipos de extinción. Y por más que luego lleguen las disculpas y las aclaraciones, perdemos un tiempo precioso y una energía no menos preciosa en dirigir nuestra ira en la dirección correcta.

¿Cuándo aprenderemos?. Yo reconozco que tal vez habite en Los Mundos de Yupi, pero ninguna queja tengo de la juez ni la LAJ con las que trabajo habitualmente, ni de la juez ni los funcionarios. Más bien lo contrario. Nos arremangamos las togas y nos mojamos las rodillas juntas si es preciso. Entiendo que somos un equipo y luchamos contra los malos. Y colaboran en el mismo sentido los funcionarios, los abogados, los procuradores y todos los que transitan por nuestro teatro. Solo así podemos tratar de hacer justicia, que ya bastantes palos nos ponen en las ruedas como para hacerlo más difícil.

Así que hoy, en vez de aplauso, me descolgaré con una invitación. La que hago a todos para que trabajemos juntos y también para que reivindiquemos juntos todo lo que nos falta. Que es precisamente lo que impide que ofrezcamos una función tan lucida como nos gustaría

Dejemos los tomates para quien realmente los merezca y, si hace falta, tirémoslos juntos. De lo contrario nos arriesgamos a que nos revienten en las togas y no lleguen a su destinatario.

Que como bien decía Cervantes, es desatino siendo de vidrio el tejado, tomar piedras de la mano para tirar al vecino…

 

 

 

Sedes: los pies sobre la tierra


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A lo largo de este recorrido por los recovecos del espectáculo hemos visto de todo. Desde las tablas hasta las bambalinas, desde los personajes más visibles a los más ocultos, desde lo más prosaico a los sentimientos más escondidos. Pero no habíamos hablado de esa gran caja que lo contiene todo, ese edificio donde se aloja nuestro teatro y sin el cual no podría existir. El Cinema Paradiso de nuestro día a día, y de nuestro revival también.

Por desgracia, cuando pienso en sedes judiciales – o de fiscalía, que también existen, como Teruel- lo primero que se me viene a la cabeza es aquello de Esta casa es una ruina. O el título de aquel ya vetusto concurso de televisión, Si lo sé no vengo. Y hasta ganas me entran de montar un concurso tipo Un millón para el mejor para ir viendo ejemplos, y a ver quién adivina El Precio Justo del presupuesto gastado en mejorar las instalaciones judiciales. Y pensando, se me ocurre ahora que eso del papel 0 igual les confundió, por eso de que somos de letras y nos cuesta sumar dígitos. O no.

La cuestión es que, al igual que no hay obra que se pueda representar sin un edificio o entorno que contenga el escenario y todo lo necesario, tampoco nuestra función se puede representar sin él. Y que cuanto más digno sea uno, más lucida será la otra. Y viceversa. ¿O alguien se imagina cómo quedaría El Rey Lear o Hamlet si las dependencias de palacio fueran cajas de cartón o escombros varios?

Pues eso. A nosotros nos toca muchas veces representar importantes obras entre ruinas, improvisar soluciones o hacer apaños.  Casi casi como el árbol de cartón de las funciones escolares de Navidad del tipo de Love Actually. Aunque por supuesto, ya quisiéramos en más una ocasión un atrezzo tan elaborado como aquel traje de crustáceo del hijo de una de las protagonistas, por más que confieso que nunca entendí muy bien qué pintaba en una representación navideña.

Y es que cuando de sedes judiciales se trata, de todo hay en la viña del señor. Desde algunas tan indignas que franquean -si no entran de lleno- en los límites de la salubridad laboral, hasta un tufo de pretendida opulencia que ha acabado quedándose en muchos casos en agua de borrajas. No hace falta que cite casos concretos, pero todos conocemos de buena tinta faraónicos proyectos de Ciudades de Justicia que están durmiendo el sueño de los justos. O más bien, de los injustos.

Pero no hace falta irse tan lejos. Recuerdo que en los años en que permanecí adscrita a uno de los partidos judiciales de mi fiscalía, tuve oportunidad de poder asistir hasta cuatro veces a la colocación de la primera piedra en las nuevas dependencias judiciales. Ni que decir tiene que, si no me fallan los cálculos -que ya he dicho que somos de letras- irán colocadas cuatro piedras, porque no hay más, si no es que mi sucesor ha tenido alguna otra oportunidad . Y claro a este paso, ni Keops, Kefrén y Micerinos juntas. Hasta podrían rodar La Momia allí, si dejan pasar un par de siglos.

Mientras tanto, hay sedes que se caen. Literalmente. Las he visto de todos los colores. Incluso con minúsculos habitantes del mundo animal dentro, campando por sus fueros. Por no hablar de problemas de accesibilidad, que eso ya son palabras mayores. Recuerdo un lugar donde la consulta del forense estaba en un cuarto piso sin ascensor. No es difícil imaginar lo cómodo que resultaba a todos los lesionados que tenían que ser visitados.

Fiscalías en plantas de edificios de vecinos, plantas bajas donde las goteras convierten a los cubos de agua en parte del mobiliario, techos que van desprendiendo cascotes y cosas parecidas se siguen viendo con mucha más frecuencia de la que se imagina. No hay más que bucear un poco entre recortes de prensa y aparecerán miles de ejemplos.

Y no solo eso. Es que incluso en los edificios casi nuevos y casi emblemáticos, es tan poco el presupuesto que se gasta en mantenimiento y tanta la improvisación que se ven cosas verdaderamente absurdas. En la Ciudad de la Justicia de Valencia, que tiene poco más de diez años, se construyó un aparcamiento para el furgón de presos en cuya puerta de acceso no cabía dicho furgón, sin ir más lejos. Si a eso añado que la solución fue cambiar los furgones, está casi todo dicho.

Y no sé por qué razón se empeñan en congelarnos o derretirnos debajo de nuestras togas. No sé por qué extraño motivo todos los edificios judiciales, o muchos de ellos, tienen seriás deficiencias en el sistema de climatización. Y pasamos del modo cocido al modo pingüino en un nanosegundo. Y no digo lo de Un pingüino en mi ascensor , como aquel grupo musical de hace un tiempo, porque lo de los ascensores también tiene su aquel. Que fallan tanto que a veces una no sabe si agradecer a la Administración de Justicia que cuide por su salud y por su econocmía: nos obliga a hacer ejercicio y nos ahorra un dinerillo en gimnasio. Para que encima nos quejemos, vaya.

Las anécdotas serían miles. Pero me quedo con dos. La primera, ocurrida en mis primeros años de fiscal. Tenía que por aquel entonces despachar un juzgado a unos kilómetros de la fiscalía -el escalafón es lo que tiene-, y estábamos en pleno verano, tiempo de fiestas patronales. Los toros se celebraban en la misma plaza que estaba el juzgado y juro por lo más sagrado que en más de una ocasión hube de correr sobre mis tacones para atravesar la improvisada plaza, maletín en mano y miedo en el cuerpo, porque nadie había previsto que aquella ubicación no era la más correcta. Porque, aunque fuera fiesta, los delincuentes tenían el mal gusto de no respetarla, y había que ir. La sede cambió, es cierto, pero hace mucho menos de lo se puede imaginar. Y sé que no he sido la única de tener que emular involuntariamente a un mozo pamplonica en plenos Sanfermines.

La segunda, de poco después. Recuerdo una visita de un Director general en que ofrecía su número de teléfono para cualquier contingencia. Al cabo de poco tiempo, el Juzgado se inundó, con una canitdad de agua que amenazaba convertirse en Niágara. Y la juez, no corta ni perezosa, echó mano de la tarjeta y llamó al susodicho Director General, que aseguró que mandaba de inmediato a un equipo para solucionar el tema. Y lo cierto es que no tardó mucho tiempo en llegar el prometido “equipo”. Que no era otro que la misma empleada de la limpieza de siempre debidamente equipada con…una fregona, un cubo y varias toallas.

Así que hoy el aplauso, como no podía ser de otro modo, va para todos los que achican agua, fumigan bichos, saltan obstáculos, suplen con ingenio las deficiencias de la climatización, y, pese a todo ello, trabajan como si estuvieran en las mejores condiciones posibles. Que ya nos vale.