
El género de aventuras es uno de los más antiguos y celebrados del mundo del espectáculo. Desde El Zorro a Indiana Jones, desde andar En busca del arca perdida, Tras el Corazón Verde o en Las minas del Rey Salomón a conquistar América en 1492 o emprender La conquista del Oeste a rebelarse hasta las últimas consecuencias como Braveheart o El último mohicano . Con espada, machete, piedras, cuchillos o revólveres. O, lo que es mejor, con un cerebro despierto y la valentía y la locura haciendo equilibrios portentosos. Arriesgando, porque a veces el riesgo es el único Abrete Sesamo posible ante la cueva de Alí Baba, aunque no haya cuarenta ladrones flanqueando.
En nuestro teatro no tenemos machetes, ni pistolas ni cuchillos. Al menos no físicamente. Tenemos la toga, los tacones –o los mocasines- y las leyes, que a veces pueden abrir brechas en lugares tan inaccesibles como La tumba del Faraón. Aunque El regreso de la Momia nos ande corriendo detrás. Y hoy quiero dedicar este estreno a esos héroes y heroínas que derriban La Gran Muralla a base de arrojo legislativo.
Siempre me ha gustado lo que yo llamo el derecho creativo. Que no es otra cosa que usar la ley para dar soluciones a supuestos que no había previsto, y hacerlo del modo más justo posible. Con una legislación como la nuestra, en que muchos de los cuerpos jurídicos esenciales datan no del siglo pasado sino del anterior –ahí tenemos el Código Civil y la Ley de Enjuiciamiento Criminal, sin ir más lejos-, poner en marcha la imaginación forrada de Derecho se hace absolutamente necesario. O recomendable, al menos. Recordemos que el Código Civil aún contiene una detallada regulación sobre quién se queda el árbol que flota en un río o la isla que se forma en él o qué pasa cuando se escapan las abejas del panal o se halla un tesoro oculto, y que no hace mucho que el Código de Comercio hablaba de los piratas berberiscos o el Código Penal del español que sedujere tropa para que pasare a las huestes sediciosas o separatistas. Sin embargo, poco o nada prevén de nuevas –o no tan nuevas- realidades como los nuevos contratos surgidos del comercio internacional o el advenimiento de Internet. Así que toca hacer un ejercicio de imaginación y aplicar otras instituciones o los principios generales para darles cobertura.
Recuerdo que en mis tiempos de opositora había un tema dedicado a los contratos innominados. Leasing, factoring, franquicia o renting entraban en esa categoría, que ni siquiera había encontrado un nombre en castellano. El tiempo, y juristas valientes, han ido dando contenido y regulación a tales realidades y a las que después, a buen seguro, han ido surgiendo, para que los derechos de las personas nacidos de estos contratos no queden en un limbo jurídico. Me imagino un purgatorio de derechos esperando a una buena acción de un jurista les dé las alas para subir al cielo de los elegidos como el ángel de Qué bello es vivir.
Y no solo ocurre en ese mundo del derecho civil, ni en las relaciones entre particulares. En el universo penal, el de juristas de sangre, sexo y vísceras -que cada vez tiene más intersecciones con el derecho civil o mercantil, dinero mediante- también aparecen nuevas realidades que hay que castigar por antijurídicas, por más que no vengan específicamente reguladas en nuestro Código Penal. El bulliyng ya es una realidad jurídica, como lo es el sexting –esa conducta repugnante de difundir fotos o vídeos íntimos- que, sin embargo, ya habían sido contempladas por el derecho dentro de tipos como las amenazas o ese cajón de sastre de las coacciones o de los delitos contra la integridad moral para hacer cierta la consigna de El criminal nunca gana de las series de mi infancia. Y poco a poco vamos abriendo caminos con nuestro machete imaginario en la intrincada selva de las leyes.
Sin valientes con toga no hubieran podido hacerse frente a realidades como las preferentes, que tanto daño han hecho a muchas familias. Tampoco se hubiera abierto paso una jurisprudencia consolidada en delitos de medio ambiente y en muchas otras materias. Y valentía sin fin la de quienes en su día empezaron a perseguir la corrupción, sobre todo esa que se escudaba en una legalidad ficticia para robarnos a todos.
Yo recuerdo algunos casos donde más de uno me miraba como si llegara de una nave espacial dispuesta a invadir la Tierra, tal cual Independence day. Ocurrencias como considerar que matar a la mascota de la ex novia es violencia de género o echar mano de la función constitucional del fiscal para perseguir la publicidad sexista. Dos pequeños ejemplos a los que seguro que cualquiera podría añadir miles. E invito a que lo hagan, que no hay nada como aprender de los demás.
Así que hoy el aplauso es para quienes, sin más armas que la cordura y usando de una cintura jurídica envidiable, no solo aplican leyes sino que hacen con ellas Justicia. Con mayúsculas.
Y una ovación extra para @madebycarol1, una ilustradora fantástica a la que descubrí en las redes y que me ha honrado con la deliciosa imagen que ilustra este estreno. Mil gracias. Y que no sea la última
Archivo del Autor: gisbertsusana
#historiasdemiedo

Hoy en Con Mi Toga y Mis Tacones un post especial con motivo del Día de Difuntos.
Una #historiademiedo llamada Juzgado de Guardia
JUZGADO DE GUARDIA
Era su primera guardia desde que tomó posesión como juez. La suerte o la desdicha la mandaron a aquel pequeño pueblo donde no había otro juzgado que el suyo. Un sitio aburrido de puro tranquilo, cuya única pega era el aislamiento los meses de invierno. O eso era al menos lo que le contaron, porque acababan de empezar los primeros fríos. Casi tenía ganas de arrebujarse en una manta junto a la chimenea mientras veía caer la nieve fuera, algo impensable en la cálida ciudad de la que procedía.
Lo que no llevaba demasiado bien era lo de la soledad. Aquel caserón tan grande que había alquilado entusiasmada cuando fue de visita se le caía en encima y, aunque no se atrevía a confesarlo, cada noche pasaba miedo. Un miedo irracional y absurdo en una mujer adulta, pero que era superior a sus fuerzas. Pero confiaba en que acabaría acostumbrándose. Al fin y al cabo solo llevaba una semana allí.
Tal vez por eso se quedaba hasta tan tarde en el juzgado. Casi siempre había alguien por allí y sus muros le resultaban mucho más confortables que los de su casa. Así que si alguien le preguntaba, alegaba que quedaba trabajo pendiente, aunque lo llevaba todo al día. Y además, solía compartir esas tardes con la Secretaria Judicial –ahora llamada Letrada de la Administración de Justicia- que también fingía tener tarea y aparecía por allí a diario. En un par de días se convirtieron en inseparables.
El día de Difuntos empezaba su primera guardia. Había decidido quedarse en casa, porque en juzgados como en suyo bastaba con estar localizada. Comprobó que el teléfono móvil tenía batería y cobertura suficiente, y se dispuso a ver en el ordenador Don Juan Tenorio, como habían hecho siempre en casa de sus padres. No era como ir al teatro, pero le serviría para aplacar su morriña y ese sentimiento indefinido que se le metía por la nuca y le producía escalofríos. El miedo se empeñaba en hacerle compañía, por más que tratara de exorcizarlo con un chocolate caliente.
Nada más se instaló en el sofá, empezaron los ruidos. Sonaba como un jadeo, como si alguien respirara detrás de ella. Quiso quitarle importancia, se dijo a sí misma que sería el viento, o las tuberías, o cualquier otro sonido al que no estaba acostumbrada. Pero hubiera jurado que había alguien allí, observándola.
Sin dejar de temblar, se fue a la habitación, a comprobar si había dejado alguna ventana abierta. El payaso de felpa que se había llevado como recuerdo de su infancia parecía que le miraba con odio. Con las puntas de los dedos, lo tiró debajo de la cama. Se estaba poniendo histérica. Pensó en llamar a su reciente amiga, la secretaria judicial, pero seguro que se reiría de ella. Telefonearía a su hermana para calmarse, mientras esperaba que aquella sensación pasara. Pero cada vez era más fuerte.
Sonó el teléfono de la guardia. La llamaban del Juzgado, y le agradeció secretamente a aquel muchacho que hubiera montado la bronca en un bar que motivó su detención. Así que sin siquiera peinarse se puso las botas y recorrió las dos calles que le separaban del juzgado lo más aprisa que pudo. Cuando llegó allí su amiga la esperaba en la puerta. Y creyó que por fin se le pasaría aquel miedo que se le había metido en los huesos.
Así fue cómo me lo iba contando mi hermana por teléfono. Como no volvía a saber de ella, llamé a la policía. Lo que me dijeron me heló la sangre. En aquel Juzgado, la plaza de Secretaria Judicial estaba vacante hacía años, desde que la titular apareció muerta en extrañas circunstancias.
Cuando llamé ya era tarde. O casi. Mi hermana salvó la vida pese a la puñalada que llevaba en el costado. Pero el miedo se quedó con ella para siempre. Como se quedó la imagen de esa amiga que nadie más vio nunca.
Fronteras: derecho transnacional

El lenguaje del arte no tiene fronteras. Un dicho que nos han repetido hasta la saciedad, y que tiene mucho de cierto. Los artistas viajan, hacen bolos y giras y sus obras, todavía más. Hoy podemos estar viendo la misma película o el mismo concierto desde miles de puntos distantes a miles de kilómetros. Pero no es cosa de ahora, en La Niña de Tus Ojos la protagonista y su troupe viajaban hasta la Alemania nazi para rodar una película, y la modesta protagonista de Ay Carmela andaba de la Ceca a la Meca trasladando su rudimentaria función de una a otra trinchera.Y salvaban las fronteras como buenamente podían
Nosotros también tenemos parte de nuestro espectáculo allende nuestras fronteras. De ello se encarga especialmente un órgano específico, la Audiencia Nacional, aun con las trabas que la última reforma de la justicia universal puso por medio. Y también hay una especialidad propia para los ciudadanos de otra nacionalidad, la extranjería, que ya tuvo su propio estreno.
Pero las relaciones con otros países, con otros derechos y con ordenamientos supranacionales salpican aquí y allá nuestra actuación en los juzgados de los partidos judiciales de cada día, haciéndonos dar un respingo cada vez que aparecen. Porque, en la aldea global hacia la que nos dirigimos, nuestra Justicia sigue siendo más aldea que global. Es lo que hay. Aun estamos en los tiempos del Vente pa España, Pepe.
¿Quién no se ha encontrado con una comisión rogatoria que le ha complicado la existencia en procedimiento aparentemente sencillo? ¿Quién no se ha acordado de la parentela del imputado –perdón, investigado- o del testigo que se largó al extranjero? Porque si cambiar de partido judicial a veces complica las cosas, cambiar de país, y aun más de continente, eterniza el tiempo. Tanto es así, que nuestra flamante reforma de la ley de enjuiciamiento criminal lo contempla como una de las causas para declarar la complejidad y poder prorrogar el plazo de instrucción
Y ojo, la cosa no termina en cuando la comisión rogatoria vuelve, sino cómo lo hace. Una abre el sobre, casi como si fuera un sobre sorpresa de los que nos regalaban en la infancia, y cruza los dedos para que esté todo hecho, y en forma. Y, más veces de las que quisiera recordar, se encuentra con que no consta instrucción de derechos, presencia de abogado o cualquier otra cosa que en nuestro derecho vaya a desembocar en una nulidad más que segura. Y vuelta a empezar.
Luego está el tema de la traducción. Los intérpretes son un bien que a veces escasea –cortesía de quien debe proporcionar los medios- y hemos llegado a situaciones tan absurdas como que nos digan que van a tardar ocho meses en traducir un texto del inglés, por más que a veces el órgano instructor, el ministerio fiscal o cualquiera de las partes sabrían hacerlo perfectamente e incluso están en posesión del título que así lo acredita. Problema que se multiplica hasta el infinito como el idioma sea alguno de los que escasean los traductores más que la lluvia en el Sahara.
Hay situaciones especialmente estresantes. Recuerdo con angustia cuando en un día festivo llega un requisitoriado por la Audiencia Nacional para extradición. Lo primero que piensa una es en la mala suerte que tiene de que ese tipo haya aparecido justo en ese pueblito que pertenece a su partido judicial y en día tan señalado. Por supuesto, no hay manera de saber nada de la causa, porque no hay programa informática que lo permita y los métodos tradicionales –teléfono o fax- necesitan de una persona al otro lado y no la hay en días de fiesta –fuera de la guardia, claro- Y toca hacer poco menos que un auto de fe o un ejercicio de adivinación para decidir sobre la libertad o prisión del individuo. Un verdadero problema que he visto repetirse en más de un caso.
Y mientras tanto, en un universo muy lejano, me contaba hace nada un compi que vio un procedimiento mercantil contra una importantísima empresa donde constaba que Reino Unido había tardado en ejecutar la resolución cinco días. Más o menos, lo que tardan en llegar los expedientes desde mi despacho de fiscalía al juzgado que despacho, un par de plantas más arriba. Verdad verdadera.
Para rizar el rizo, cuando a alguien se le ocurre eso de plantear una cuestión prejudicial europea o acudir a esas instancias para hacer valer un derecho. Es como si le hubiera salido un cuerno verde en medio de la frente, lo aseguro. Incluso a veces, juraría que lo he llegado a ver.
Así que parece que en Justicia seguimos en los tiempos del landismo –dicho sea con todo el respeto a Alfredo Landa-, mirando hacia lo que queda allende los Pirineos como él miraba a las suecas en Benidorm.
Por eso hoy el aplauso es para quienes, pese a todo, no se rinden, y saltan las fronteras geográficas para que la Justicia no tenga fronteras. Aunque a nuestro derecho aún le quede la marca de la boina tatuada a fuego.
Anonimato: discreción o escondite

Como nos decía la profesora de Fama, la fama cuesta… Y se supone que hay que pagar un precio por ella, el famoso Precio de la fama. Y es que aunque el espectáculo es un mundo donde, por naturaleza, se vive cara al público, no todos sus protagonistas gustan de compartir su vida privada con aquellos que comparten su trabajo. No debe ser cómodo no poder ir a un restaurante o a una playa sin que aparezca alguien dispuesto a pedir un autógrafo –algo anticuado- o un selfie, interrumpiendo a cada instante o estar constantemente perseguido por un enjambre de paparazzis por si fotografían algo digno de una Primera Plana. Hay a quien le gusta y quien lo detesta, y quienes simplemente se resignan a ello como parte del peaje a pagar por su profesión.
También hay quien, en busca de la máxima discreción posible, se parapeta en su intimidad como puede. Seguro que si viéramos a Martirio por la calle sin peineta y sus sempiternas gafas de sol, no la reconoceríamos, salvo que nos cantara eso del Chandal y los Tacones, arreglá pero informal. Y puede que tampoco reconociéramos a Alaska, sobre todo a la de los primeros tiempos, si se paseara con un vaquero, una camiseta y la cara lavada, y menos aún a su flamante esposo. Aunque quizás nunca paseen de esa guisa, que ya sabemos que ella defiende desde siempre eso de A quién le importa y él aquello de que Me da igual, me encanta….
En nuestro teatro, más allá de alguna que otra toga mediática , nadie nos reconoce a nuestro paso, una vez despojada de toga y tacones. Pero sí hay quien tiene mas o menos celo o discreción a la hora de darse a conocer fuera de estrados.
Hace apenas unos días, alguien de nuestro ámbito, celoso de su intimidad bajo el pseudónimo de Teniente Kaffe con el que escribe y se mueve en redes sociales, hacía referencia a otro no menos insigne tuitero oculto tras un nick, @AngryJuez. Hacía alusión a la genial frase de GomaEspuma que habla de mantenerse en el economato y que Angry tiene por bandera en su bio de twiter. Y a su propia opción de papapetarse tras el conocido personaje de la película Algunos Hombres Buenos. Por supuesto, todo el respeto del mundo a ambos –a los que admiro- y a su elección, tan válida como cualquier otra.
Personalmente, he escogido mostrarme a cara descubierta, con sus ventajas y sus inconvenientes, que de todo hay. Y aparte de ser “la de la toga y los tacones”, navego con mi bloggera barca virtual remando con mis cuentas de redes en nombre propio. Tratando, eso sí, de respetar unos límites, que quizás no tienen los que utilizan un pseudónimo. Como decía, ventajas e inconvenientes.
Pero más allá de cómo se comporte cada cual en redes sociales, hay otra vida más allá de Internet. La que vivimos cada día al ir al supermercado, coger el autobús, o tomemos una cerveza -¿o más?- en una terraza. Y en esa otra vida hay de todo. Yo soy partidaria de la naturalidad. Tengo a gala que, en realidad, no soy Fiscal, sino que trabajo de Fiscal, y soy otras muchas cosas en la vida. Pero es indudable que la circunstancia de ser o trabajar de fiscal también es parte de ella. Y, como siempre, en el punto medio está la virtud. El problema es encontrar ese punto medio.
En un extremo, sé de algún que otro compañero o compañera –en sentido amplio, no referido solo a fiscales- que llevan la toga puesta en el cerebro hasta para dormir. Incluso dudaría si la usan de pijama o tienen una bata de guatiné con puñetas. Me contaron de uno que en una tienda de muebles se identificó como fiscal al ir a ver una mesa. Ignoro si es una leyenda urbana, pero aún le doy vueltas a qué tendrá que ver una cosa con otra, y a qué santo venía esa afirmación. Y también es frecuente bromear con eso de “sacar el carnet” si hay algún incidente, aunque en honor a la verdad diré que nadie que yo conozca lo hace llegado el momento. Entre otras cosas, porque si nos pillan podría rozar el delito o hasta entrar de lleno en él.
En el otro extremo, compañeros que ocultan a cualquier precio en qué trabajan. Una buena vara de medir es lo que ocurre en un taxi. Se le da la dirección del juzgado y el taxista, si es cotilla o quiere dar conversación, pregunta si trabajamos allí. Hay quienes que dicen lacónicamente que son funcionarios, y dejan poco posibilidad al diálogo. Yo, como creo que ser fiscal no es más ni menos que ser tornero fresador, vendedora de fruta o dependiente de grandes almacenes, digo que soy fiscal tan ricamente. Aunque es cierto que en el pecado llevo la penitencia, y más de un chorreo me he llevado por ser tan “natural”. Como el taxista haya tenido una mala experiencia con la Justicia, me ha caído la del pulpo. Gajes del oficio.
Creo que, aún respetando a quienes prefieren no desvelar su profesión, hay que desacralizar esto de la Justicia. Que somos personas normales, por más que a veces no lo parezcamos. Y un exceso de mutismo puede interpretarse como algo cercano a la superioridad. Con la excepción, por supuesto, de quienes por su especial destino o por las circunstancias propias del momento –como ocurría en los tiempos más duros del terrorismo etarra- deban guardar todo el sigilo posible.
Se ha criticado en algunos ámbitos a un conocido juez por publicar sus resoluciones en twitter, donde interactúa con su nombre y apellidos. Cada cual que piense lo que quiera pero no sé cómo alguien no se plantea en qué Justicia nos movemos si las notificaciones tardan una vida y cualquiera pide publicarlas a un solo click. Quizás el debate debería girar en torno a otro tema: ¿por qué si hay medios tecnológicos para publicar de inmediato algo seguimos anclados en eso tan viejuno de citaciones, faxes, telegramas y papelitos rosas de acuse de recibo?. Pero posiblemente eso no interesa, y así seguiremos, mientras nos venden la moto del papel 0 que es como la niña de la curva: todos hablan de él pero nadie lo ha visto.
Así que hoy el aplauso va ir en varias direcciones. Dedicado a quienes consiguen lograr en equilibrio entre discreción y oscurantismo, entre naturalidad y afán de notoriedad. Cada palo que aguante su vela. Ser juez o jueza, fiscal, laj, letrado o letrada o cualquier otra profesión jurídica – o no jurídica- es importante, pero ser buena gente lo es mucho más. Y eso se puede ser desde el anonimato o desde la publicidad
Carga de trabajo: ilusionismo numérico

Todos los trabajos tienen su propia carga a cuestas. Y cuando más vocacionales son, mayor puede llegar a ser ésta, por aquello de sarna con gusto no pica. Y claro está que pocas profesiones son tan vocacionales como la de artista. En parte por eso y en parte por el incierto futuro que parece acompañarles, se agarran a la cresta de la ola como Kate Winslett al tablón en el helado oceáno de Titanic porque no siempre hay un Leonardo di Caprio a mano para salvarles la vida. Y, cuando las cosas les van de cara, se llenan las agendas de bolos, promociones, estrenos y saraos varios, sacando horas de la chistera como si de una escena El Mago se tratara. La farándula tiene sus servidumbres.
Pero ¿qué pasa en nuestro teatro?. En Toguilandia compartimos la vocación, pero no siempre el incierto futuro, aunque quizás de esa hechura sí que tiene un traje quienes se sientan en ese lado de estrados donde no hay puñetas. Pero a uno y otro lado –las dos caras de la misma moneda- sufrimos los efectos de ese inmenso truco de ilusionismo que llaman carga de trabajo.
La carga de trabajo, en principio, no es otra cosa que la cantidad de trabajo que soportan cada órgano o institución o cada uno de sus titulares, sean quienes sean, y que repercute directamente en cómo sea nuestra función y nuestra labor en ella. Pero el verdadero problema no es qué es, sino cómo se cuenta. Y, lo que es peor, para qué sirven todos esos numeritos y qué hacen luego con ellos. Y ahí es donde empieza en verdadero ilusionismo.
Los números son un modo fácil de dimensionar las cosas. Como las Nueve semanas y media que todos recordamos, los 101 dálmatas, 12 monos o los 19 días y 500 noches de Sabina. Pero cuando las cosas no son tan fáciles de contar como el tiempo, los monos o los dálmatas, la cuestión se vuelve peliaguda. ¿Cómo traducimos en números el trabajo de la justicia? Difícil, difícil. Ahora me ves, ahora no
Habrá quien crea que es fácil. Se cuentan los autos, las sentencias, las providencias, los escritos de calificación, los informes o lo que sean, se suman y tacháaaaan… Aparece Juan Tamariz tocando su violín imaginario y nos trae el resultado al final de una ristra de pañuelos rojos. Pero las cosas nunca son lo que parecen y descubrimos que el tema tenía truco. Y mucho más burdo que los del famoso mago de la melena rizada.
Medir la carga de trabajo en el número de resoluciones es algo facilón y no da idea ni siquiera lejana de lo que se trabaja en realidad. No es lo mismo la sentencia dictada –¿por qué la llaman «dictada» cuando ya nadie las dicta?- tras un juicio de meses y centenares de tomos de documentos que la que se realiza tras un juicio de cinco minutos por haberse llevado al descuido un CD de Camela en la gasolinera de un área de servicio. Como no es igual calificar una alcoholemia que una estafa multitudinaria con ramificaciones en paraísos fiscales. Pero los palotes sí son iguales, y la idea real que de la justicia se lleva el justiciable es tan real como la chica partida en varios trozos de la caja del mago. Pura ilusión óptica.
Pero una vez puestos, la cosa parece que sirve, y no solo para medir la productividad de quiénes trabajamos, sino, lo que es casi peor, para decidir qué se hace a la hora de crear juzgados, de dotar de medios o de dar presupuesto. Alerta roja, Neptuno hundido. Y no sabemos hasta qué punto.
Dicen que los números no mienten. Y puede que así sea, pero sí que engañan. Y si no, veamos un ejemplo. Acabamos de escuchar las declaraciones del máximo responsable de nuestro teatro contándonos muy ufano lo que ha disminuido el trabajo a raíz de esa reforma procesal que se sacaron de la manga en la oferta last minute de la legislatura anterior. Sin gastarse un solo euro. ¿Magia? No. Simplemente, el resultado de un truco de ilusionismo numérico. Desaparecieron los sobreseimientos por autor desconocido y con ello la mitad de números de Diligencias previas de cada juzgado. Pero no disminuyó el trabajo a la mitad porque, simplemente, lo que se volatilizó fue el trabajo que apenas costaba trabajo y no el que cuesta sangre, dolor,lágrimas.. y horas. Pero la cifra se quedó en la mitad, conviertiendo el rey en as tras un abracadabra vía BOE. Y, para culminar el numerito, se suprimen las faltas –y no todas-, otra parte del pastel que apenas engordaba, dejando la nata y la mantequilla intactas en el plato.
Así que, chisgarabís, si el trabajo se ha reducido a la mitad, no hace ninguna falta más presupuesto, ni inversión ni interés. La vida es bella. Y los mundos de Yupi, más.
Pero los trucos de magia no son más que eso, trucos. Y el único número que habría que repetir es el 0. Y no del papel 0 que nos han querido vender, sino del número de juzgados creados en los últimos años. Cero patatero, para ser exactos.
Y hete aquí otro ejemplo del ilusionismo. ¿Quién no oyó hablar en su día de las famosasa trescientas plazas de jueces que nunca existieron? No era más que mera ilusión, las plazas existían, los titulares también, y el hecho de asignarles a cada titular una plaza -algunos todavía siguen siendo provisionales tras años desde que aprobaron- nos lo venden como creación. Como nos vendieron en su día la «creación» de un montón de juzgados de violencia sobre la mujer que no eran otra cosa que los ya existentesd con una cartel nuevo en la puerta y una pegatina nueva en las carpetas. O muchas de las veces que alguien se llena la boca proclamando a los cuatro vientos que se ha creado tal cual sección especialista en la fiscalía, y que las más de las veces no consiste en otra cosa que no sea añadirnos trabajos a los y las fiscales que ya existíamos
Pues bien. si de números se trata, cero es también el aplauso que merecen los responsables de estas cosas. Por no hablar de tomates, verduras o abucheos. Cada cual a su gusto.
Manías: vicios ocultos

¿Hay alguien más maniático que los artistas? ¿Algo más extravagante que los divos y divas, cuando ejercen de tales? Seguro que a cualquiera se nos viene a la cabeza toda clase de peticiones rocambolescas y de manías chocantes, algunas inocentes y otras, no tanto. Recuerdo que leí en algún sitio que Alberto Closas gustaba de hacer petit point en los descansos de rodajes –quizás aprendió mucho de hacer de padre de tropemil hijos en La Gran Familia-, y que Arturo Fernández lleva consigo una lucecita quitamiedos sin la cual no duerme. También me vienen a la cabeza las imágenes de algún famoso desplazándose almohada en ristre porque no puede conciliar el sueño sin otro cojín que no sea el suyo o andando con una mantita a rastras, por no hablar de los altarcitos que se montan algunos en el camerino. Y éstas son manías chiquitas y confesables, que de las inconfesables no puedo hablar porque, como su propio nombre indica, no se confiesan.
En cuanto a las extravagancias, las hemos leído a miles. Exigir habitaciones plagadas de rosas azules, miles de botellas de agua mineral de determinada marca, prohibir el uso de determinados colores, de algún tipo de comida y hasta que pinten la habitación con los colores del arco iris, de la bandera pirata o forrada de pan de oro. Y , dependiendo del caché del artista, todo vale con tal de tenerlo feliz.
¿Y en nuestro teatro? ¿Tenemos manías y extravagancias?. Pues claro que sí, aunque son más bien baratitas, que no estamos para echar la casa por la ventana con docenas de heliotropos o litros de champán rosa, mientras miramos nuestros decorados propios de Esta casa es una ruina.
Las primeras son las relativas al estado de las mesas de despacho. Aunque confieso que yo padezco algo cercano al síndrome de Diógenes, conozco compañeros que no pueden sentarse si no han dejado las mesas limpias y ordenadas, hasta el paroxismo incluso.Al más puro estilo del Sheldon de Bing Bang Theory Sé de algún togado que no puede soportar no tener los bolígrafos perfectamente alineados, o que le entran sarpullidos si los papeles no están en el orden que decidió. Yo, por mi parte, lo paso mal si no tengo un boli bic de punta fina –y están escaseando mucho, por cierto- y un taco de pósits cerca. Y me pongo histérica si me dejan encima de la mesa algo que, según mi criterio particular, deba ir en el armario, o si alguien osa cambiar de sitio mi alfombrilla del ratón, a la que tengo un especial apego por razones sentimentales, o si cambian de sitio a mis amados pongos
Algunas de estas manías se crean con el trabajo. Pero otras son taras que vienen de los tiempos de estudiante y especialmente de opositora, una dura prueba psicológica no solo para quienes estudiamos sino para nuestro entorno.
Quienes opositamos tenemos el convencimiento que el mundo gira a nuestro alrededor, y que el tiempo se mide en temas y días de cante. Y quienes conviven con nosotros, generalmente abnegadas madres –aunque también parejas, padres y hasta abuelas- no tienen otro remedio que resignarse a dar vueltas en torno nuestro o mandarnos a tomar viento fresco arriesgándose a cargar con la culpa eterna de que no hayamos aprobado.
En mi casa mi santa madre hacía la comida en función de si acababa o no tema o si iba a cantar, e incluso hay para quien el menú varía según toque no preparador. Yo tenía además una colección de subrayadores sin los cuales era imposible estudiar, y alguna vez le he hecho recorrerse varias papelerías hasta encontrarlos. También necesitaba determinado tipo de reglas, porque no soportaba los apuntes subrayados sin ella y algunas corrían la tinta, y eso era un desastre inminente. Y así mil cosas.
Luego estaba la cuestión de los números. Como quiera que todo el mundo traduce la oposición a términos numéricos –cuántos años llevas, cuántos temas cantas, cuántas veces te has presentado- una acaba obsesionándose y llegó un momento que no podía ver una matrícula o el número de un autobús sin pensar si me sabía ese tema. Y, caso contrario, yendo corriendo a buscarlo. Estuviera donde estuviera. Una vez me marché de una boda por esa razón, aunque jamás se lo confesé a los novios y fingí estar indispuesta .y lo estaba, pero de la cabeza- Y también sé de un opositor que, en una de las escasas veces en que se sale a darlo todo –la despedida de soltero de un amigo- cogió una melopea de órdago y le dio por repetir hasta la saciedad el tema del tercero hipotecario. Verdad verdadera.
A este respecto, me permitiré dar un consejito a quienes están opositando. Nunca creais lo que es cuenten de alguien que lleva millones de temas por cantada, ni que aprobó en nos pocos meses. O es mentira y es como el numerito del perro y la mermelada de Ricky Martin en Sorpresa, sorptesa, que nadie ha visto aunque conoce a alguien que sí lo vio; o tiene truco y quien quiera que fuera llevaba estudiando extraoficialmente durante mucho tiempo antes.
Otra cuestión eran los amuletos o fetiches. Cualquier cosa podía serlo. Desde determinada ropa de la suerte, que había que ponerse para el examen aunque el tiempo atmosférico recomendara otra cosa, hasta cualquier medalla, muñeco, figurita o estampa. Recuerdo que una amiga me regalo un búho de la suerte que desapareció misteriosamente de mi casa. A mi madre se le cayó y se rompió y no se atrevió a confesarlo hasta que hube aprobado por miedo a que me diera un patatús.
Y luego está el capítulo de cómo estudiar y cómo descansar. Aunque yo fui siempre más de ruidos y compañía –tenía especial querencia a tener a Espinete de telón de fondo en el televisor, por alguna razón que aún no alcanzo a comprender-, hay quien no soporta los ruidos, quien se pone tapones, quien necesita determinada música o detesta tal otra. Un compañero me contó una vez que arrojó por el balcón el radiocassette con el que los obreros de su finca amenizaban sus horas de estudio. Por suerte, no le pillaron, porque sólo le faltaba haber tenido antecedentes penales y no poder presentarse al examen.
El caso es que todas estas cosas acaban dejando secuelas. Seguro que mucha gente se ve reflejada si no en todas, en algunas de ellas. Y en muchas otras, que darían para nos cantos estrenos más.
Pero de momento, dejésmolo ahí, sin olvidar el aplauso para los héroes y las heroínas que hemos sobrevivido a libros, apuntes, neuras y manías. Y que las seguimos arrastrando como podemos. Porque, con todo, valió la pena. Y un aplauso extra a Justito el Notario, cuyo post sobre su aniversario opositoril fue la espita que abrió el gas de mis recuerdos.

Madrepantojismo: corazón y derecho

Pocas cosas hay más típicas del mundo de la farándula que la figura de la madre de la artista. Aparece por doquiera que va, cuanto más folclórica mejor, cuidando de que La Niña de sus ojos esté bien cuidada, bien atendida y se luzca como es debido. En la realidad y en la ficción, que recuerdo bien a la madre de Romy Schneider haciendo de madre de su hija travestida en Sissi Emperatriz.
Por eso, en cuanto saltó de las redes el #RETOBLOG referido a la patria potestad digital, acepté rauda y veloz, cual Indiana Jones En busca del reto perdido. Que ya se sabe que a esta bloggera toguitaconada le va eso de El reto que vivimos peligrosamente.
El madrepantojismo -y, de un tiempo a esta parte, padrepantojismo también- es algo que cualquiera que tenga hijos o hijas ha experimentado alguna vez. Tu criatura es la más graciosa, la más pizpireta y la más fantástica que hay, y bien que estará darla a conocer al mundo. Una tentación en la que es fácil caer, de ahí que haya habido más de un incauto atrapado en una estafa por un supuesto book que pagaba a tocateja e iba a catapultar a su simpar vástago a la fama, por medio de anuncios o castings para los que sería avisado, y que nunca llegaron. Seguro que le suena a más de una y de uno.
Pero nos olvidamos que detrás de nuestros propios sueños y afanes de gloria hay una criatura a la que tal vez no hará ninguna gracia verse expuesta a tirios y troyanos. No hace mucho leía que una joven demandaba a sus padres por las fotografías que compulsivamente habían compartido en redes sociales mientras era menor, y que le habían hecho cargar con las mofas y befas de todo aquel que se hubiera asomado a Internet para verlas.
Que se lo digan si no a la famosa Andreíta, cuya obstinación en no comerse el pollo casi la convierte en un fenómeno mediático, y eso que por aquel entonces no existía la difusión que las redes proporcionan a cualquier cosa que se comparta en un nanosegundo. Lo bien cierto es que la niña en cuestión salía en teles y revistas día sí y día también, sin que nadie le preguntara y sin que sepamos tampoco qué opinaba al respecto su padre, otro habitual de la prensa del colorín. Lo que no sabe mucha gente es que semejante afán exhibicionista hizo que la fiscalía actuara para parar los pies a aquella madre demasiado orgullosa de su niña y de la simbólica corona popular con que algunos medios adornaban -y siguen adornando- su imagen. Pero claro, era mucho más entretenido permanecer a la espera, no solo del affaire del pollo, sino de las constantes incidencias en cada entrega y recogida de la criatura por sus progenitores, que hacerse eco de las acciones debidas en defensa del menor. La dictadura de las audiencias, supongo.
Y haciendo un poco más de Remember when, seguro que cualquiera recuerda las apariciones en el escenario de un mocito que apenas sabía andar, vestido de principe de Beukelaer y enredándose con los volantes del traje de su madre, que arrancaba una salva de aplausos en ese momento, clímax de la actuación. También ignoro lo que el muchacho en cuestión pensará ahora al verse, más allá de añorar la melenita estilo paje de la que no queda ni sombra. Pero tal vez sin esa sobreexhibición el futuro de ese muchacho, como de otros hijos e hijas de la farándula, hubiera podido ser distinto. O tal vez no, pero no les dejaron elegir.
Hoy en día la existencia de Internet en general y de las redes sociales en particular convierten lo que era casi patrimonio exclusivo de famosos y famosuelos en una difusión al alcance de cualquiera. Y, aunque cada vez parece protegerse -o intentarlo- más a los menores, hubo un tiempo en que ancha era Castilla, y los padres, e incluso quienes no lo eran, podían disponer de la imagen de sus criaturas sin ningún pudor. Por eso hace algún tiempo que a quienes somos padres nos hacen firmar un consentimiento en colegios, escuelas de arte o de deportes o cualquier otra entidad, donde consentimos -o no- a que la imagen de nuestros infantes pueda ser reproducida. Y aquí es dónde pueden empezar parte de los problemas. ¿quién decide sobre este extremo, si los padres están separados? ¿puede hacerlo uno solo de ellos? ¿puede conminársele a dar el consentimiento para, por ejemplo, que la criatura salga en el vídeo recuerdo del último año de guardería, o de la graduación del Instituto?
Sé que habrá quien no me crea, pero puedo prometer y prometo que esta humilde toguitaconada asite con más frecuencia de la que es soportable a incidencias de lo más rocambolesco en procedimientos de familia, embutidas como chorizos en tripa en ese cajón de sastre que son los articulos 156 y ss del Código Civil, con el 158 como estrella indiscutible .He asistido a pugnas intestinas entre progenitores porque cada uno quería apuntarlo a una falla distinta -incluyendo el color del traje de fallera de la niña-, porque uno quería que hiciera motociclismo y la otra fútbol, porque tenía que bailar ballet y no hip hop, porque le convenía más estudiar alemán que inglés, árabe que chino. Así que el día menos pensado me encontraré sentada en la sala recabando el consentimiento para salir en la grabación de la escuela de ballet, con el riesgo de que la niña salga a cuadraditos y no se aprecie su gracia ejecutando un pas de bourree. Tiempo al tiempo.
Pero, al otro lado del espectro, están los padres selfieadictos, ésos que aprovechan cualquier momento para inmortalizar a la criatura y, de paso, demostrar al mundo lo buen padre o madre que son. Los he visto en redes, en blogs y, lo que es peor, lo he visto aportado en forma de pantallazo en juicio para tratar de demostrar las capacidades de una u otro en la crianza.
Por suerte, desde la Constitución hasta las leyes -ley de protección del menor y la reciente ley de la infancia-, pasando por el propio estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal, nos confieren facultades para poder evitar estos desmanes. Pero podemos actuar cuando el mal está hecho. Recordemos si no el caso de Marta del Castillo y los adolescentes menores de edad que pasearon por platós hasta que alguien puso orden ley en ristre. Y ahí es donde el sentido común, que, como sabemos, es el menos común de los sentidos, debería actuar. Acordando entre los propios progenitores cuáles son los límites a los que se someten, y con la aprobación de la autoridad judicial, y el consenso del ministerio fiscal, si procede. Pero antes, como digo. Para que todas las Andreítas de la historia no sigan teniendo que explicar una y otra vez que nunca se comieron el pollo porque sabía a rayos y centellas.
Así que hoy, el aplauso, no puede ser otro que para los padres y madres que, con su sensatez y su cuidado, nos evitan tener que intervenir, togas mediante. Porque si hay algo difícil en el mundo, es criar educando. O educar criando, que en este caso, tanto monta monta tanto
Sanidad: batas y togas

Pocos temas hay que den para tanta obra como la sanidad. Enfermos y médicos son protagonistas de infinidad de obras de teatro, películas y series de televisión y, por supuesto, novelas, empezando por la del título más obvio, El Médico. Doctor Zhivago, Despertares, Coma, Contagio, Alguien voló sobre el nido del cuco o Una terapia peligrosa nos acercan a médicos y hospitales; El Paciente inglés, El enfermo imaginario, Planta Cuarta o Maktub, nos aportan la perspectiva del enfermo. Como muchas otras, a las que hay que sumar las que tienen en la propia enfermedad a su protagonista, como la recientísima Un monstruo viene a verme. Sin olvidar, por descontado, las series de televisión, como Urgencias, Médico de familia, Hospital Central, La doctora Quinn, Fraiser o Un médico precoz. Y es que las batas blancas –o los pijamas verdes- tienen tirón, no puede negarse.
Y es que si hay algún sitio por donde todo el mundo ha pasado alguna vez, es por una consulta médica. La mayoría desde antes de nacer. Por eso no es extraño que en nuestro escenario aparezcan por cualquier sitio, aunque a veces ni siquiera seamos conscientes de ello.
Por supuesto que tenemos nuestra estrella con bata blanca, los –y las- médicos forenses , protagonistas absolutos de uno de los primeros estrenos de este teatro. Pero hay muchos más.
Cuando hablamos de Medicina y Justicia, lo primero que se nos viene a la cabeza a quienes vestimos toga, y también a quienes visten bata, son los famosos partes de lesiones. Esos impresos que nos mandan de centros de salud y hospitales y que hacen constar que alguien ha sido atendido por unos hechos que pudieran ser delictivos. Un gran saco donde cabe todo: accidentes de tráfico o domésticos, peleas en bares, violencia de género y doméstica, ajustes de cuentas, reyertas callejeras, abortos, mutilación genital, violaciones, siniestralidad laboral y hasta imprudencias médicas. Luego habrá que ver qué hay de delito en todo eso, y si la cosa acaba en éxito o fracaso judicial. Aunque en el lenguaje médico siempre me llamó la atención eso de “exitus”, que más bien debía ser “fracasus”, porque es eso lo que apuntan cuando el hecho acaba con la muerte del paciente. Alguna vez me lo explicarán. O no. Que seguro que viene del latín, pero a mí me sigue chocando.
Y es que si hay en algo que se puede ver lo viejuno e ineficaz que es el sistema procesal y sus vetustas leyes, necesitadas de un geriatra a toda urgencia, es en esto. El parte de lesiones tiene unas cualidades esotéricas que le hacen desaparecer como si de un truco de prestidigitación se tratara. Como si estuviéramos viendo El Mago o Harry Potter en vez de El Médico o La Doctora Cole. Seguro que a cualquiera nos ha pasado. A los de blanco y a los de negro. Se rellena el parte en el centro sanitario, con sus copias y todas sus formalidades, se mete en el sobre, se entrega y se da al “enviar” por el ordenador. Y se pierde en algún agujero negro del espacio, y acaba dando lugar a otro procedimiento en otro juzgado de aquel adonde fue el atestado. Y aparece en el momento más insospechado, percatándonos entonces que se pueden haber incoado varias causas por el mismo hecho. Trabajo perdido, por supuesto. Algo tan frecuente que, cuando aparece en manos de la víctima, la policía, el letrado o quien sea, ganas entran de abrazarlo y decir eso de “Mi tesoooro…”. Y eso suponiendo que, una vez encontrado, esté hecho a ordenador o con una letra legible, que no sé que les dan en la Facultad de Medicina pero parece que escriben en sánscrito.
Pero como decía hay mucho más. Y mucho más allá de delitos que acaban en lesiones o muerte, sea cual sea la causa. Quienes hemos hecho guardias nos hemos encontrado alguna vez con esos problemones que vienen de la mano de una huelga de hambre, una transfusión de sangre o un explante de órganos, cuando falta el consentimiento de quien debe de darlo. Cuestiones entre la ética y la ciencia en las que acaba teniendo que intervenir un juzgado y que siempre nos pillan de sorpresa.
Y por supuesto, hay una segunda parte. La intervención de los galenos como estrellas rutilantes haciendo de peritos en juicio. También tuvieron su propio estreno, y de ellos depende en muchos casos la diferencia entre una absolución o una condena, entre estimar una demanda o no hacerlo, entre ganar un pleito o perderlo. Malas praxis, imprudencias médicas, existencia de motivos para una baja, determinación de capacidad o establecimiento de una filiación, sin ir más lejos. Que no sólo a los artistas o toreros les reclaman hijos, no vayamos a creer.
Así que hoy el aplauso viene con fonendoscopio incorporado. Y es para todos los sanitarios cuya colaboración con la justicia hace que ésta sea no solo más justa sino también más humana. Porque la justicia también viste bata blanca.
Y una mención especial a Mercedes, «la foren» de la imagen que me la ha prestado generosamente
Barbarismos: ¿ok?

Hoy en día, el mundo del espectáculo bebe fundamentalmente de fuentes anglosajonas. Eso, unido al esnobismo de hacer creer que se sabe más cuantas más palabrejas se usen, hacen que a veces las entrevistas o los reportajes acaben siendo galimatías de difícil comprensión para los no iniciados. Los remakes, spin off, flash back o making off, que ya van cobrando carta de naturaleza aunque sean fácilmente traducibles, se unen a la manía de meter anglicismos a punta pala para parecer más enteradilla, y se hacen selfies en lugar de autoretratos, make up en lugar de maquillarse o lucen un nuevo look en lugar de un nuevo aspecto, más flamante aún si practican el running o el spinning en lugar de correr o hacer bicicleta estática y llevan un estupendo modelito que no confesaran a nadie que consiguieron low cost en un outlet –saldo de toda la vida- que por algo son it girls. Faltaría más. Que para eso somos unos genios del Spanglish.
¿Hemos recogido esa tendencia en nuestro escenario? Pues eso parece, por paradójico que resulte. Y es que en un mundo que nutría sus raíces en el latín la última tendencia es eliminarlo, que no lo digo yo sino organismos internacionales. Y por más que, como veíamos en otro estreno, los latinajos pueden resultar pedantes, en ocasiones son difícilmente sustituibles. Que por más que lo piense no me resulta fácil imaginar a una defensa diciendo “en caso de duda hay que estar a favor del investigado” en vez de “in dubio pro reo”. Y menos aún decir que “el juez ha de conocer el Derecho”, que suena incluso grosero, en vez del exquisito “iura novit curia”. ¿Y como traducimos eso de “excusatio non petita, acusatio manifiesta”, que aunque no sea estrictamente jurídico, a veces viene al pelo? ¿”Te he pillao, bacalao”?. Difícil, difícil.
Pero lo que no deja de resultar curioso es que, al mismo tiempo que eliminamos el latín, y proscribimos a los Ticio, Cayo y Sempronio de nuestros tiempos de Universidad al ostracismo, nos vendemos Por un puñado de sextercios a la invasión del Follow Me. Como se vendía el profesor de Derecho Romano de Estico. Están locos estos romanos, como dirían Asterix y Obelix.
En mis tiempos de estudiante, y más aún en los de opositora, me resultaba chocante introducir en algunos temas determinadas palabrejas. Llegado el momento, ni siquiera sabía si optar por la pronunciación tal cual sería en español, al más puro estilo Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí, o ponerme pedantilla y tratar de emular a Shakespeare, como si un Pigmalion imaginario me hubiera repetido hasta la saciedad que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla. Al final, nos quedábamos a mitad camino, tratando que eso pasara de lo más desapercibido. Recuerdo todavía que en mi examen de oposición, en que en Derecho Laboral tuve que hablar de la huelga y los conflictos colectivos, me daba hasta reparo la referencia al label, una práctica consistente en etiquetar determinados productos para dejar constancia del conflicto. Juraría que incluso bajé la voz para pronunciar aquella palabra.
Pero ahora, derivada de la globalidad del mundo en que nos movemos, aparecen anglicismos que tienen pinta de quedarse para siempre. A estas alturas, quien no sabe lo qué es el Compliance –o finge saberlo- no es nadie. Hasta la Fiscalía General del Estado se apresuró a sacar una instrucción sobre el tema, no vayan a pillarnos con el pie cambiado.
Y hay más ejemplos. Mi buen amigo notario amigo Francisco Rosales lleva varios días a vueltas en su blog con el crowfunding, que para mí no es otra cosa que la tradicional colecta, pero que a él le llevaba incluso a evocar a la usura, paradójicamente una institución cuya regulación data nada menos que de 1908.
Pero si hay una materia donde los palabros surgen como champiñones en una casa con goteras ésa es toda la que se relaciona con la informática. Parece ser que las raíces castellanas no casan bien con el software y el hardware y hay que hablar de phising o pharming para dar nombre a estafas mondas y lirondas cometidas pantalla mediante, de crackers –aunque la mayoría de gente hable de hackers– para referirnos a piratas informáticos y de malware para aludir a un sabotaje como un piano de grande.
Otro campo abonado para el anglicismo viene dado por el que se refiere a delitos con connotaciones sexuales. El sexting, esto es, difundir públicamente imágenes íntimas de la víctima, no ha encontrado vocablo español que traslade su significado por completo, pero constituye una clara amenaza o coacción –llegando al soborno a veces-y, si las imágenes íntimas se llegan a difundir, una revelación de secretos. Que todos relacionamos de inmediato con una concejala de un pueblo castellano -no de New Jersey, por cierto- que luego se ha convertido en habitual de realitys y prensa del hígado.
Pero ninguna falta hacía llamar stalking al acecho ni bulliyng al acoso, vaya. Y seguro que también encontramos término justo para otras prácticas repugnantes como el grooming –o child grooming, si se trata de menores- , esto es, engañar a alguien para conseguir acercarse con fines sexuales. Lo que se viene haciendo, por desgracia, por algunos desalmados, desde que el mundo es mundo, aunque no existiera Internet como vehículo.
En definitiva, nada nuevo bajo el sol. Ya desde hace mucho asumimos con normalidad cosas como el marketing, cuyo nombre se aleja bastante de la lengua de Cervantes. Y contratos como el de garaje, heredero de una lengua ajena pero ya totalmente asumido, o el factoring.
Así que ahí seguimos. Y mientras me tomo un muffin con un smoothie – o sea, una magdalena y un batido pagados a precio de oro-, daré el aplauso de hoy a quienes saben usar la erudición solo cuando es preciso, en latín o en inglés, en estrados o fuera de ellos. Porque en el término medio está la virtud, aunque a veces no sea fácil encontrarlo.
Llamadas: ¿sin respuesta?

No todo es fácil para los artistas. Es más, para la mayoría de ellos es bien difícil simplemente salir adelante con su profesión. Solo unos privilegiados lo consiguen y solo una élite logran el estrellato, la fama y los ingresos millonarios. Los que más se ven, claro, pero son los menos. El resto, pasan la vida llamando puertas y encontrándolas cerradas. Autores que nunca vieron su obra publicada aunque luego fuera internacionalmente conocida como La Conjura de los Necios, o pintores como Van Gogh, ese Loco del Pelo Rojo que nunca soñó en vida que sus cuadros alcanzarían cifras de escándalo.
Y en nuestro escenario, cómo no, también existen las puertas cerradas. En uno y otro sentido, para todos los protagonistas, de dentro y fuera.
Las primeras puertas a las que llamamos quienes estábamos llamados a habitar Toguilandia son aquellas que nos llevarían a entrar en la logia de las togas, el Imperio del Sol o poco menos, visto desde fuera. Una carrera que a veces no resulta fácil y una vida laboral en la que, desde luego, nadie regala nada. Si se decide entrar a tumba abierta en el campo laboral, no hay camino de rosas que valga, salvo excepciones. Y ya nos podemos andar olvidando de esas películas donde la protagonista cuelga su placa en la puerta con la V de victoria en los dedos y empiezan a lloverle los clientes como agua de mayo. De eso nada. Aquí cuestan sangre, dolor y lágrimas, o poco más. Y conservarlos, otro tanto, que aunque no lo sufra en mis carnes sé de primera mano lo que puede llegar a sacar de quicio un cliente enquistado. Y días buenos y malos. Días de vino y rosas.
Pero donde quizás se siente más la sensación de estar llamando a una puerta cerrada es mientras se estudia una oposición. Esos días de encierro donde el acceso a La Tierra Prometida del aprobado y la plaza fija se ve más inaccesible que la Ciudad Prohibida de El ultimo emperador. Seguro que más de uno y más de una saben de qué estoy hablando. La Delgada linea roja que separa el aprobado del suspenso, el todo y la nada
Y las puertas cerradas tampoco para quienes gastamos puñetas terminan ahí. A veces, están cerradas a cal y canto cuando se pretende un traslado, y más aún si se trata de acceso a determinados puestos. Desde el techo de cristal a intrigas palaciegas, desde el escalafón hasta la jerarquía, un montón de muros infranqueables se nos plantan delante de las narices. Aunque, a veces, lo que parece imposible no lo es tanto, y se consigue acceder a lo que se pretende. No todo está perdido. Nunca digas nunca jamás
Pero también hay puertas cerradas al otro lado de estrados. Quizás las que más duelen y menos se comprenden. La de esa víctima que no logra una resolución que le satisfaga, sea por la razón que sea. Porque no se haya encontrado al culpable, porque la ley no contemple una solución a su problema, porque el colapso por falta de medios impida una pronta resolución –ya se sabe, justicia tardía no es justicia- o porque sea, sencillamente, imposible. ¿Cómo reparar el daño infligido a la familia de la persona asesinada? ¿Cómo resarcir a quien un desaprensivo ha esquilmado todo su patrimonio?. Claman Justicia, claro, pero no hay justicia que les devuelva lo perdido. Por más que se intente.
Y también hay otras puertas cerradas de ésas que no pueden abrirse ni queriendo. Situaciones tragicómicas, en gran parte causadas por ese dicho tan común y tan dañino. “esto es de juzgado de guardia”. Y claro, la gente se lo cree y piensa que en el Juzgado de guardia tenemos la varita mágica que soluciona todos los problemas. Y pasa lo que pasa. Yo he visto presentarse a una comunidad de vecinos enfadadísima para denunciar en el juzgado que el vecino del tercero había puesto un toldo distinto al que acordaron en junta. Y con una calavera pintada, nada menos. Y ahí estaban indignados pretendiendo que fuéramos a quitar el oprobioso toldo y le diéramos un escarmiento al díscolo vecino. No hubo modo de hacerles comprender que aquello no era cosa nuestra, pero que podrían entablar otro tipo de procedimiento. Y se fueron musitando acerca de nosotros toda clase de lindezas.
Grifos que se dejan abiertos, lejía sobre la ropa recién tendida, música más alta de la cuenta, gritos y hasta jadeos de placer de inequívoca causa han sido objeto de denuncias en el juzgado de guardia. Puertas cerradas, claro. No queda otra. Aun recuerdo a una señora que, a la vista de que no podíamos impedir que su vecino pusiera la música a toda pastilla, nos pidió con lágrimas en los ojos, que le convenciéramos al menos para que pusiera otra cosa que no fueran los Chunguitos, que los tenía aborrecidos. Pero me temo que la pobre mujer habrá seguido teniendo rumba para rato.
Hace apenas unos días viví una situación que me dio la clave de cómo se puede sentir el justiciable. De pronto, un investigado se me lanzó a los pies y comenzó a besármelos como si no hubiera un mañana. Ni estaba detenido ni el delito era grave, pero su desesperación sí que lo era, a la vista de su actitud. Ni que decir tiene que le supliqué que se levantara y traté de explicarle las cosas del mejor modo posible, pero no sé si salió muy convencido. El tiempo lo dirá, como dirá si por fin se abrió la puerta a la que llamaba.
Así que hoy el aplauso no puede ser sino para quienes tratan de franquear todas las puertas, por difícil que resulte, y también para quienes con paciencia y amabilidad hacen ver que no somos serenos con el manojo de llaves para abrir todas las puertas. Ojala así fuera.
Y, por descontado, un aplauso extra a @JulioAntonio48 artífice de la imagen que ilustra este estreno.