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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Éxito ¿lo contrario del fracaso?


              Todo el mundo sabe lo que es el éxito. O al menos, cree saberlo, y todo el mundo lo desea. Aunque, a veces, las cosas no son tan sencillas. El cine nos enseña como ir En busca de la felicidad, aunque no siempre encontremos El secreto de mi éxito, o el de cualquiera. O cómo llegar a Un lugar llamado Paraíso.

              En nuestro teatro, como en cualquier otro ámbito, el éxito y su antagonista, el fracaso -de ese hablaremos en el siguiente estreno- existen, aunque no tengan siempre el mismo significado. Porque si todas las cosas son relativas, concpe3tos como estos lo son todavía más.

              La primera vez que, en los alrededores de nuestro teatro, nos tropezamos con el éxito y con la sombra de su contrario, es, precisamente, antes de entrar en él. Primero, durante la carrera y luego, y, sobre todo, mientras una estudia la oposición, todo lo que una quiere en la vida es aprobar, y a eso se reduce su perspectiva del éxito. Aprobar las oposiciones equivale a éxito como suspenderlas a fracaso. Un silogismo que entonces teníamos muy claro, aunque luego nos damos cuenta de que no hay verdades absolutas.

              Pero tampoco me voy a poner metafísica ni negar la evidencia. Cuando una lo apuesta todo a una carta, como hace cuando una prepara la oposición, el aprobado s todo un éxito. Pero suspender no siempre es un fracaso, aunque en ese momento nos lo parezca.

              Una vez dentro, hay que dar un paso más. No podemos adocenarnos y pensar que con haber aprobado está todo hecho. En realidad, no es más que el pistoletazo de salida de lo que será nuestra vida en Toguilandia, un largo camino lleno de todo. De risas y penas, de ratos buenos y malos, de mucho trabajo y poco descanso. Y de hacer, de una vez por todas, aquello para lo que llevábamos toda la vida preparándonos.

              Es entonces cuando nuestra vida toguitaconada empieza a jalonarse de éxitos y fracasos, pequeños y grandes. Pero ¿qué podemos considerar un éxito? ¿Se mide el éxito en resultados o hace falta otra cosa? Pues, como siempre, ni sí ni no sino todo lo contrario.

              Como fiscalita que es una, cada vez que se consigue una sentencia condenatoria, o la estimación de un recurso, los aplausos en mi interior resuenan con mucho énfasis. Imagino que es lo mismo que ocurre a abogadas y abogados y otros operadores jurídicos. Y también lo que ocurre a jueces u juezas cuando les confirman una sentencia, sobre todo s esta les ha dado mucho trabajo.

              Ya lo he comentado otras veces, pero pocas sensaciones tan inmediatas de satisfacción como la que tiene una en el momento en que escucha el veredicto condenatorio de un juicio de jurado. Juro que por mucho que pase el tiempo, nunca me desaparecen esas palpitaciones que me entran cuando estoy esperando que el portavoz del tribunal del jurado lea el veredicto.

              Sin embargo, hay éxitos que no son tan tangibles y a la larga, se valoran mucho más. Y hoy me gustaría comentar a algunos de ellos.

              Por ejemplo, considero un éxito que alumnos y alumnas que han estado en prácticas conmigo, no solo aprendan, sino que quieran hacer un trabajo como el mío. Transmitir mi amor a la profesión, y una vocación que no siempre es fácil de cumplir es muy emocionante, y lo experimento cada año cuando hay prácticums que tras estar conmigo quieren se fiscales, como cuando tengo fiscales en prácticas y les contagio mi pasión por especialidades como los delitos de violencia de género o los de odio.

              Aunque la satisfacción más real, más pura, y más verdadera es la que una tiene cuando, tras una actuación judicial complicada, la víctima te da las gracias, o un abrazo, o te dice que se siente mejor. O cuando los padres de una persona asesinada te dicen que su hija ahora descansa en paz gracias a tu trabajo, o incluso cuando una persona investigada o condenada se rehabilita. Ya hablé en su día de los abrazos como tesoros impagables, pero, conforme pasa el tiempo, cada día los valoro más. Porque ni somos de piedra ni podemos serlo.

              Siempre he dicho, y mantengo, que el día en que las cosas que pasan por delante de mis ojos en el juzgado no me impresionen, deberé de colgar la toga y dedicarme a otra cosa. Y lo mantengo. Por eso quiero dar hoy mi aplauso a todas las personas que siguen sintiendo ese pellizco. Porque es el verdadero éxito toguitaconado.

Cariátide: mujeres que nos sostienen


Hoy rescato un relato que, en su versión en valenciano, ganó el premio del Ayuntamiento de Valencia en 2009. Espero que os guste y, por supuesto, ganarme el aplauso

Relato ganador del Primer Premio del VIII Concurso de Narrativa Breve del Ayuntamiento
de Valencia (Concejalía de Bienestar Social) de 2009, «Mujeres construyendo la ciudad»

CARIÁTIDE

—Abuela, ¿qué quiere decir cariátide?
—Mira, hija, cariátide es una figura de mujer que sostiene un edificio…
Eso era lo que yo escuchaba cuando giré la llave en la cerradura y entré en casa. Mi
hija estaba con su abuela, mi madre, que se hacía cargo de la niña mientras yo estaba
trabajando en el Ayuntamiento. Mi madre continuaba dándole toda clase de explicaciones en
torno a las cariátides, hasta que yo recogí las cosas de mi hija para irnos a nuestra casa.
Cuando volvíamos, la niña me preguntó, curiosa, cómo era posible que su abuela
supiera tantas cosas sobre la construcción. De pronto, pensé que había llegado el momento
de contar a la niña la historia de los abuelos, el secreto mejor guardado del mundo.
Rosa, mi madre, a los ojos de todos se había dedicado tan solo al cuidado de la
familia, lo cual no era poco, pero había detalles de su vida que eran desconocidos para casi
todo el mundo. Nació en plena Guerra Civil, y pasó la misma hambre de niña que la mayoría
de los otros niños de la época. A trancas y barrancas, sus padres lucharon para que la niña
consiguiera estudiar mucho más allá de lo que entonces hacían las mujeres. Rosa era muy
espabilada y le gustaban muchísimo los libros, a pesar de que las penurias de aquellos
tiempos no le permitían tener todos los que hubiera deseado. No obstante, su sueño se
rompió: el dinero no llegaba a todo y muy pronto sus padres no tuvieron otro remedio que
sacrificar los estudios de uno de los hijos. Y, claro está, le tocó a Rosa, que era chica, pese a
que sus dos hermanos varones eran peores estudiantes que ella. Los padres pensaban que
Rosa, que era una joven guapa y bien plantada, podía tener un buen futuro si se casaba con
algún buen partido. Así que Rosa se puso a trabajar para poder ayudar en las necesidades de
la familia.
Aquello fue un duro golpe para ella, pero no menguó su hambre de sabiduría.
Cuando sus padres ya comenzaban a perder la esperanza de hacer un buen matrimonio para
la chica, sucedió eso que ellos vieron como un milagro… y que realmente lo fue más de lo
que nunca hubieran imaginado. Rosa se puso a salir con un chico que, aunque no era ningún
figurín, le gustaba, e incluso era del gusto de sus padres. Su familia no era rica, pero
tampoco estaban mal de dinero, lo cual no era poco en los tiempos que corrían y, además, él

estudiaba ingeniería y tal vez el día de mañana ganara bastante dinero. Así que todos
contentos, los padres, la niña, y las familias enteras.
Lo que no llegaron a conocer nunca era el hecho de que José, que era como se
llamaba el novio, compartía totalmente los estudios con Rosa, que aprovechó los libros y
todo el material que tenía José para estudiar por su cuenta. Rosa estudiaba cuando José tenía
cualquier examen, como si ella también tuviera que hacerlo, y él era feliz de poder darle a su
novia todos aquellos conocimientos que el destino le había robado. Y, poco a poco, cuando
José acabó sus estudios, Rosa sabía tanto o más de ingeniería que él.
Se casaron muy pronto y, dos años más tarde —¡cómo tarda esta niña!, decían sus
padres— se quedó embarazada. Mientras tanto, José tenía mucho éxito en su trabajo, porque
tenía ideas muy innovadoras, e incluso se comentaba que estaba escribiendo un libro sobre
sus investigaciones. Eso era cierto, aunque solo en parte. Y es que lo que nadie sabía era que
quien tenía las ideas era su propia mujer, y también era ella la que preparaba el libro. José y
Rosa formaban un tándem fabuloso en que él, que era un gran artesano, ponía en práctica los
fantásticos proyectos de ella. Los trabajos de José, hechos para la mejora de las
construcciones de la ciudad, eran recibidos con un arrollador éxito y él quiso animar a su
esposa para que publicara el libro y se diera a conocer.
A pesar de la ilusión de ambos, una vez más, la condición de mujer de Rosa marcó su
destino. Ninguna editorial quería publicar el libro de investigación de una persona que
carecía de título y que encima era mujer. Entonces su marido tuvo una idea: lo publicarían
con pseudónimo. Rosa fue más allá y le pidió que pusiera su nombre a la obra. Y él, pese a
que en principio le sabía mal hacerlo porque no quería disfrutar de un mérito que no le
correspondía, acabó accediendo.
El libro, que hacía serios estudios en torno a la construcción de edificios que
conseguían reducir los costes considerablemente, fue un éxito total. De hecho, con sus
planos se construyeron muchas viviendas a un precio razonable, lo cual facilitaba que todas
las personas de la ciudad que antes no podían permitirse tener su propia casa pudieran
acceder a una vivienda digna. A ese libro le siguieron otros más, siempre firmados por José,
y cada vez gozaban de mejor acogida. Su aportación al crecimiento de la ciudad y, sobre
todo, a la mejora de las condiciones de vida de todas las personas, que ahora podrían tener
agua, luz y comodidades en sitios hasta entonces impensables y a precios asequibles,
convirtió a José en un profesional admirado en todo el mundo.
Cuando José ya era mayor y estaba enfermo, le dedicaron una calle en su ciudad,
premio que él recibió con un poco de vergüenza, aunque su mujer estaba bien orgullosa.

Toda la gente pensaba que era porque José era humilde, pero nunca nadie llegó a sospechar
la verdadera causa…
Poco tiempo después, José empeoró de su enfermedad y, como veía acercarse la
Parca, confesó a su hija Ana el secreto de su éxito, al tiempo que le pidió que diera a conocer
al mundo la verdad de sus méritos. Ana estuvo a punto de hacerlo, pero su madre se opuso
de una manera feroz, y le hizo prometer que nunca contaría a nadie quién era la auténtica
autora de los libros. Rosa no cedió de ningún modo y, finalmente, solo hizo una concesión:
«únicamente se lo puedes decir a tus hijos».
Así que, como consideró que había llegado el momento, le contó toda la historia a su
hija, de principio a fin. La niña estaba asombrada, no tanto porque su abuela fuera una mujer
tan importante, sino porque nadie había querido hacerle caso por el solo hecho de ser mujer.
Desde ese momento, vio a su abuela con nuevos ojos, como también veía con nuevos ojos el
recuerdo de su abuelo, tan compenetrado con ella que, como pudo, permitió que consiguiera
los sueños que la sociedad le robaba, aunque fuera de forma incompleta.
La abuela, que siempre les había cuidado, y que todavía lo hacía para que sus padres
pudieran dedicarse a todo lo que les hiciera falta, había resultado aún más importante de lo
que ella pensaba. Sin ella, no solo su familia sino también la ciudad entera, no sería la mitad
de próspera y de bonita que era hoy.
—Entonces, mamá —dijo la niña—, la abuela es como una cariátide
—¿Por qué dices eso?
—Porque ella es una mujer que, sin que nadie lo supiera, ha estado sosteniendo el
techo de la ciudad, además del de nuestra familia. Y, ¿sabes? Yo también quiero ser una
cariátide, pero quiero que todo el mundo lo sepa.
Entonces, me hice una promesa a mí misma. Nunca en la vida permitiría que mi
hija, ni ninguna otra mujer, se tuviera que ocultar bajo el nombre de un hombre. Se lo
debía a mi madre. Yo también quería ser una cariátide.

100: increíble pero cierto


              Hay una conocida película cuyo título escuché siendo niña y que me parecía algo increíble. Se trataba de Mamá cumple cien años y a la niña que yo era en aquel 1979 en que se estrenó aquello le parecía ciencia ficción, aunque no hubiera platillos volantes, extraterrestres o seres fantásticos. Pero me parecía imposible que alguien llegara a esa edad. Sin embargo, la realidad siempre supera la ficción.

              Tal vez a alguien le parezca que no estoy hablando de nuestro teatro, pero no es así. Porque sin esa persona que hace hoy una semana cumplía cien años, yo no estaría contando ahora misma estas cosas, ni con mi toga y mis tacones ni sin ellos. Porque, simplemente, no existiría. Porque soy tan afortunada que par mí se ha hecho realidad el título de aquella película. Mi mamá ha cumplido cien años.

              No es la primera vez que hablo de ella. Ya le dedique un estreno por el día e la madre, y a ella y a todas las madres del mundo me refería cuando hablaba del derecho casero , ese Derecho que inventaron las madres y que a veces tiene mucho más de justicia que la que se aplica e los tribunales. O, como cualquier madre diría, ni justicia, ni justicio.

              Como decía, mi madre cumplió cien años y, además, tengo la suerte de que lo haya hecho en buena forma, en pleno uso de sus facultades intelectivas y volitivas y con un más que envidiable estado de salud teniendo en cuenta su año de nacimiento. Y por eso hemos disfrutado de una fiesta -o, mejor dicho un fiestón- que me apetecía compartir con quienes cada semana se asoman a estas páginas para leerme. Que no todo va a ser quejarse y reivindicar.

              Como no podía ser de otra manera, tuvo un regalo especial. Además, claro está, de una celebración fantástico, incluida la llegada sorpresa de su nieta desde el extranjero y culminada con una tarta con forma de máquina de coser de las de toda la vida, la que utilizaba para coser a mí y a todas sus clientas vestidos maravillosos y que siguió utilizando para vestir a sus nietas de falleras.

              Y ese regalo seguro que les resulta familiar a quienes siguen habitualmente mis aventuras y desventuras toguitaconadas. Porque no es otro que la imagen que ilustra este post, realizada, como tantas otras de este espacio, por @madebycarol, que quiso sumarse a nuestra fiesta aportando este maravilloso regalo que tanto gustó a su destinataria. Como no podía ser de otro modo.

              No obstante, y por alguien se pregunta todavía qué tiene que ver mi madre con Toguilandia, responderé encantada. Porque, a pesar de no haber pisado una Facultad, como tantas mujeres de aquella generación a la que todo les estaba vedado, mi madre sabe más de Justicia que muchas personas con un doctorado. A la fuerza ahorcan.

 En primer término, porque ser esposa, nuera, madre y tía de juristas ya debería convalidar alguna asignatura. Pero, sobre todo, por una circunstancia a la que ya he aludido varias veces. Cuando mi padre perdió la vista, fue mi madre la que le prestaba sus ojos para leer sumarios y preparar informes, y sus piernas para ir de un juzgado a otro. Y eso da muchas más tablas que muchas horas de clase, desde luego.

En segundo lugar, porque sin ella yo no estaría aquí haciendo lo que hago. Porque reconozco, y siempre reconoceré, que un porcentaje importante de mi aprobado en la oposición de fiscal le corresponde a ella, que me apoyó, acompañó y me financió con tanta paciencia como cariño. Que aguantar a una opositora no es cualquier cosa. Cualquier madre o padre en esta situación seguro que lo confirma

Pero, sobre todo, porque tiene un sentido de la Justicia que le nace desde dentro y que espero que haya conseguido inculcarme. También tiene unos valores que serían dignos de estar en cualquier Declaración de Derechos Humanos y que reconozco que me han servido mucho y me siguen sirviendo para tomar cada una de las decisiones que he tomado en mi vida profesional. Y lo que te rondaré morena

Así que aquí queda eso. La función de hoy tenía que ser esta. Y el aplauso para ella, mi madre. Que se merece eso y mucho más

Pasado: ¿fue siempre mejor?


              Hay un dicho según el cual cualquier tiempo pasado fue mejor– Pero no siempre es cierto, aunque el cine tire de nostalgia con frecuencia, en titulo como Nostalgia, Retorno a Brideshead, Regreso al futuro y muchas más.

              En nuestro teatro recordamos de vez en cuando el pasado, pero hay que reconocer que no solo no siempre fue mejor. Incluso a veces fue mucho peor. Por eso, bien está revisar lo bueno y lo malo de aquello recuerdos.

              Así, por nade del mundo volvería a los tiempos de la máquina de escribir y el papel de calco, cuando los ordenadores ni estaban ni se esperaban. Los ordenadores y los programas informáticos han supuesto un avance del que apenas ni siquiera somos conscientes, pero no hay más enfrentarse a una caída del sistema en una guardia o en una sesión de juicios para darse cuenta de que las no tan nuevas tecnologías se han vuelto imprescindibles.

              Sin embargo, hay cosas de esa época que hemos perdido y que si que merecería la pena recuperar. Entonces, los dictámenes eran, generalmente, mucho más cortos, pero mucho más directos. Es decir, que, como la jurisprudencia había que buscarla pasando las páginas de papel de biblia de tomos pesadísimos, y copiarla letra a letra. Así que prescindían de todas esas cosas que hoy se ponen mediante corta pega () y hablaban mucho más del caso de que se trata. O sea, más creación intelectual y menos reproducción automática. Y eso sí que se echa de manos.

              En cuanto a los medios materiales, en mis primeras épocas de fiscal solía encontrarme en despachos donde compartía espacio con cinco o más personas. En la mayoría de los casos, con un solo teléfono para todos. Hoy, afortunadamente, las cosas han cambiado y aunque hay compañeros que siguen compartiendo despacho, quedaron atrás aquellos espacios compartidos donde era imposible trabajar. Y eso, por supuesto, no se puede echar de menos.

              Lo que sí echo de menos de aquellas situaciones es la ayuda y el compañerismo. Si alguien tenía una duda, cosa que suele pasar, la preguntaba y resolvíamos casi de manera colegiada. Y otro tanto cabe decir cuando se necesitaba una ayudita de cualquier tipo. Algo que con la vida actual se está perdiendo. Cada cual vamos a la nuestra, y eso no es bueno. O no es bueno si supone prescindir por completo de los demás.

              Otra de las cosas que recuerdo con una mezcla de ternura y angustia es la inseguridad de los primeros tiempos en Toguilandia. Cuando una llega y se sienta por primera vez en el despacho o se pone la toga también por vez primera, siente un miedo a no estará a la altura que no podía ni imaginarse cuando estudiaba la oposición y todo el horizonte se limitaba a aprobar. Pero, por más que una se supiera de memoria todos los Códigos habidos y por haber, la bisoñez impedía aplicarlos con soltura. Recuerdo que mi primer visto me costó tres cuartos de hora, y eso después de que mi compañera lo mirara y refrendara mi decisión, como yo la suya.

              Ahora la veteranía es un grado y podemos sacar adelante casi cualquier cosa, aunque no nos la hayamos estudiado, y hacerlo con dignidad. Pero nos falta la alegría y las ganas de esos primeros tiempos, y eso siempre se echa de menos, Como se echan de menos también las ganas de aprender. A veces hay que hacer un esfuerzo y tratar de recuperarlas.

              Actualmente nos quejamos de lo inadecuado de algunas de nuestras sedes. Pero no tenemos ni idea de cómo eran algunas d ellas no hace tanto tiempo. A mi tío, en su primer destino como médico forense, le dijeron que un juzgado era provisional y cuando mi marido llegó al mismo juzgado en su primer destino, cuando mi ti llevaba tiempo jubilado, seguía siendo el mismo. Y si entonces se caía a pedazos, años después ni cuento. Hoy en día ya cambió por un edificio mejor, pero costó muchos años. Y es que he conocido hasta plagas de ratas que se comieron el registro civil, o de chinches y pulgas que había que fumigar. Verdad verdadera.

              Por supuesto, nada de eso se puede echar de menos. Pero sí causa nostalgia nuestra disposición a salir adelante fuera como fuera, combinando la necesaria reivindicación con el trabajo sin perder la ilusión. Y ahora es esa ilusión la que muchas veces nos falta.

              Podría poner más ejemplos, pero por hoy aquí lo dejo por hoy. Con un aplauso, por supuesto, que va dedicado esta vez a quienes saber encontrar el equilibrio entre la nostalgia y el futuro, entre lo viejo y lo nuevo sacando lo mejor de cada cosa. Un ejercicio de prestidigitación muy meritorio

Recusación: ¡fuera de ahí!


              No siempre es fácil quitar de en medio a las personas que molestan. Canciones, obras literarias y cinematográficas inventan mil maneras d inventar a alguien a marcharse, Los Amaya cantaban a ritmo de rumba “Vete”, el cine dice cosas como ¡Fuera de aquí! y hasta una serie de televisión se titulaba Quítate de ahí pa ponerme yo. Y es que no siempre es fácil permanecer e el sitio correcto en el momento adecuado

              En nuestro teatro no hay un modo directo de quitar a alguien que se cree que puede no ser tan justo como debiera, pero sí hay un modo jurídico. O varios. En Derecho procesal estudiamos la declinatoria y la inhibitoria, destinadas a pedir a un juez, jueza o tribunal que dejen de conocer de una causa, o que pasen a conocer de la que no llevan, según la perspectiva desde la que se vea. Y son instrumentos jurídicos que manejamos a diario.

              En efecto, cuando se entiende que un tribunal no es competente por la materia o por el lugar, se puede inhibir, de oficio o a instancia de parte, al que estima competente. Y viceversa, el que cree que lo es puede reclamar su competencia del otro.  También puede surgir la discrepancia por cuestiones de reparto que no es competencia en sentido stricto, sino unas normas de atribución entre juzgados de igual competencia material y territorial, y que a veces son tan intrincadas que parecen un jeroglífico. A este respecto, conviene recordar que en estas cuestiones no se requiere informe del Ministerio Fiscal, ya que no se trata de competencia en sentido estricto. O sea, que ni Visto ni nada, aunque no son pocas las veces que nos lo remiten.

              Pero hoy iba a hablar de otra figura parecida pero no igual No se trata de competencia del juzgado o tribunal, sino de causas que impiden, o deberían impedir, que el titular de un órgano jurisdiccional conociera de un determinado asunto. En ese caso, se pide la abstención del juez, jueza, magistrado o magistrada, que hade resolver sobre el asunto.

              Tratándose del miembro del Ministerio Fiscal de que se trate, no se puede, sin embargo, recusar, sino que no queda otra que pedirle amablemente -o no tan amablemente, lo aseguro-, que se abstenga del asunto, y es el aludido quine ha de hacer un informe aceptando la “sugerencia” o no, con el beneplácito de su respectivo fiscal jefe. Así que, aviso a navegante, a los fiscales no se nos recusa, sino que se nos requiere de abstención. En lo que tiene la ley.

              Por otro lado, también jueces y fiscales podemos abstenernos sin necesidad de que nadie nos lo diga, o nos lo “sugiera”. Si vemos que estamos incursos en una de las causas legales, pues procedemos en consecuencia. Y no es que sean cosas raras ni inconfesables son que hay motivos tan objetivos que no plantean ningún problema. Sería el caso y que nos encontramos quienes tenemos nuestra pareja dentro del mismo ámbito profesional -esta es una profesión con una endogamia considerable- y esta ya ha intervenido en el pleito en cuestión.

              Y es que, como decía, lo de la endogamia es frecuente, y hay numerosos matrimonio o parejas de jueces con fiscales, con abogados o abogada o con LAjs, con todas las combinaciones posibles. Y ojo, no es que no nos gusten las personas que se dedican a otras cosas fuera del ámbito legal, sino más bien que, con años de encierro en una oposición, es difícil encontrar pareja en otro sitio que no sea la facultad, el preparador o la Escuela Judicial. Y, aunque siempre hay quine encuentra en años en una gasolinera o en el súper, pus no es lo más habitual. Por poder, podíamos encontrarlo hasta em First Dates. Y seguro que sería un puntazo de audiencias.

              Las causas de recusación y de abstención están tasadas, así que no vale decir que fulanito me cae mal o yo le caigo mal, o no me gusta nada como resuelve. La mayoría son objetivas, como la incompatibilidad por parentesco a la que he hecho referencia, u otras como haber sido denunciado o denunciante respecto a alguna de las partes. Aunque ahí la cosa empieza a tener su aquel porque, en teoría, bastaría con denunciar al juez o magistrado por cualquier cosa, aunque luego se archive, para quitarlo de en medio. Espero que no me lea nadie con intenciones aviesas y le esté dando ideas, porque solo faltaba eso. Que ya está la vida político judicial muy tensa como para tensarla aún más.

              Sin embargo, hay otras causas de incompatibilidad, que dan lugar a abstención y recusación, que no son tan objetivas o que, al menos, pueden dar lugar a problemas de interpretación. Se trata, como no, de la amistad íntima y la enemistad manifiesta.

              En cuanto a la amistad íntima, tiene su puntito el saber a qué tipo de intimidad se refiere. Tiene que ir, sin duda alguna, más allá de una mera amistad por estrecha quesea, porque de lo contrario, nadie podría resolver cuanto tiene cierta veteranía. Yo, sin ir más lejos, llevo muchos años trabajando con la misma juez, y es evidente que si seguimos es porque estaos a gusto y hemos creado vínculos de amistad. Pero eso no me va a impedir ser imparcial, porque si no, acabáramos. Así que está pensado para casos de amistad que van más allá de eso. Aunque sin necesidad que la intimidad traspase determinadas barreras físicas. Faltaría más.

              Lo de la enemistad manifiesta tiene más perendengues, si cabe. No basta con que se trate de alguien con quien una se lleva mal son que ha de ser del dominio público, de ahí lo de manifiesto, y ha de tener cierta entidad esa enemistad. No haberle dado la razón a alguien no debería ser suficiente para ello. Salvo que el motivo de no dársela fuera algo diferente, en cuyo caso ya traspasaríamos fronteras muy resbaladizas.

              Otra de los motivos de abstención y recusación es el interés directo o indirecto en la causa. Si es directo es más claro, porque nos afecta directamente. El indirecto ya es más difícil de discernir, pero habría que ver si la resolución de ese pleito puede afectar a algún otro que tengamos pendiente y que nos afecte personalmente, por ejemplo. No siempre es fácil.

              Y, por último, una causa que en su día dio mucho que hablar, lo que llamamos la contaminación. Por supuesto, no se trata de que no reciclemos l basura ni llenemos de humo nuestro lugar de trabajo, son de cosas más sutiles que nada tiene que ver con la atmósfera. Son los casos en que un juez ya resolvió en alguna instancia sobre ese asunto, y los más habitual es que ocurra en casos de recursos, sobre todo si se ha cambiado de destino. Todavía recuerdo lo que nos reímos vendo a un magistrado de una audiencia que, sin darse cuenta de que la sentencia que se había apelado la había puesto él mismo en su destino anterior, un juzgado de instrucción, la revocaba sin cotarse un pelo en señalar lo equivocado que estaba el juzgador de instancia, No daré más datos, que luego todo se sabe. Pero este era un caso claro de abstención.

              Y hasta aquí, estos pequeños apuntes sobre un tema que da para mucho. El aplauso, pro supuesto, es hoy para quienes conocen sus propios límites y se mantienen en ellos. Que son la mayoría, pero no está de más reconocerlo de vez en cuando.

Orientación: ¿dónde estoy?


              Hoy en día parece que el hecho de orientarse es relativamente fácil. Cualquier dispositivo móvil nos indica donde está el Norte o el Sur, dónde nos encontramos y cómo se va a cualquier sitio. Pero no siempre fue así y, aún cuando lo es, el hecho de encontrarse Perdidos es motivo de numerosas películas o series, como la del mismo nombre, la reciente La sociedad de la nieve o su predecesora, Viven. Y, ni que decir tiene como se las veían para orientarse en 1492 o en La conquista del Oeste.

              En nuestro teatro, la buena orientación no parece una de las cualidades necesarias para ser buen jurista, aunque a la hora de la verdad todo vale. Si no, que me lo digan a mí, que debía hacer pellas el día que la repartían y aun tengo dificultades para distinguir la derecha de la izquierda. Y no me refiero a la política.

              Voy a contar algo que la gente que me conoce sabe de sobra. Carezco por completo de sentido de la orientación. Es más, si hubiera que calificar el mío en una escala del 1 al 10, sería menos 10. Y esto es algo que me ha dado lugar a vivir numerosas anécdotas dentro y fuera de Toguilandia. Y hoy voy a contar algunas.

              Cuando estaba en mi primer destino, y como suele suceder cuando una es la última del escalafón, tuve que hacer numerosos juicios de faltas de los de entonces en pueblos y ciudades de a contornada, a los que iba con mi vehículo de motor. Y ojo, sin Google maps, que entonces ni estaba ni se le esperaba. Pues bien, había a un juzgado al que no sabía llegar hasta que descubrí que estaba a junto al mercado. No había mas que seguir  las señoras con cesta o carrito para llegar. Aunque lo hiciera a paso de tortuga reumática para desesperación de otros conductores. Incluso llegó un momento que me dejaban aparcar en el mismo prking que los proveedores, y allí llegábamos mi coche y yo. Y así, entre col y col…toga.

              Otras de mis hazañas gloriosas la compartí con unas buenas amigas volviendo de dar una conferencia en otra provincia. Como quiera que estábamos muy animadas hablando, le quitamos la voz al navegador y acabamos yendo en dirección tan contraria que casi nos pasamos de provincia. Todavía nos reímos al recordarlo.

              Y hablando de navegadores, siempre me pone de los nervios esa manía de decir que nos vayamos al norte o al Oeste, como si yo supiera donde está. No suelo llevar mi brújula, ni mi astrolabio. Y si los llevara, tampoco sabría usarlo, la verdad.

              Mención aparte merece el Google maps de mi hija, que ya se ha quedado con el nombr4e de “Jenny, la poligonera”, porque no sabemos por qué razón, siempre nos acaba mandando a algún polígono. Le encantan, lo juro.

              Aunque no necesito irme tan lejos. En mi propia Cuidad de la Justicia, en la que ya llevo trabajando más de veinte años, confieso que sigo perdiéndome. En cuanto subo en un ascensor que no es el mío, aparezco en cualquier juzgado sin saber qué hago allí ni como he llegado. Y tengo que disimular diciendo cualquier tontería. Pero ya sé que no cuela, y que es difícilmente explicable la presencia de una fiscalita penalista hasta la médula en un juzgado de lo social o de lo contencioso. Pero me sigue pasando.

              Aunque no debo ser la única. Tengo acusados que me alegan algo parecido cuando les pillan con las manos en la masa. Recuerdo uno que decía que no sabia como había llegado a la casa donde le habían pillado robando tras entrar por la ventana, ni se explicaba que hacía con aquellos enseres en sus manos. Misterios sin resolver.

              Pero los mejores de estos son los encausados por quebrantamientos de medida cautelar o pena de alejamiento. Ya he tenido más de uno que me alega que no sabía que estaba tan cerca de casa de su ex novia, o que no conocía otro camino para llegar a su casa o que, simplemente, se había perdido y, oh casualidad, había aparecido en la puerta del trabajo de su ex. Y es que les pasan cosas muy curiosas.

              También hay víctimas, o testigos, y hasta profesionales que alegan como causa de su tardanza o de su incomparecencia el hecho de haberse perdido. Pero esto si qu no cuela. Que si no me pierdo yo, con la facilidad que tengo, no se pierde nadie para llegar a los Juzgados. Verdad verdadera.

              Y con esto, bajo el telón por hoy, que, por suerte, sí sé donde está. El aplauso se lo daré a quine inventara el Google maps, que ha cambiado mi vida y la de todas las personas tan desorientadas como yo. Es lo mínimo.

Canciones infantiles: madredelamorhermoso


              Las películas infantiles son un género que constituye un filón sin fin -siempre habrá niños y niñas pare verlas y papás y mamás para acompañarles- pero no siempre son tan educativas ni tan duces como creemos. Pensemos en el pobre Marco buscando a su madre, e Bambi con su madre asesinada por un cazador o en el dramático final de Marcelino pan y vino. Por no hablar de la muerte de Chanquete en Verano azul, que traumatizó a toda una generación, o la del payaso de Zampo y yo, que traumatizó a la anterior.

              En nuestro teatro lo que ocurre no es cosa de niños, ni andamos cantando canciones infantiles, pero a buen seguro que las que cantábamos en nuestros primeros años de vida nos marcaron de alguna manera, aunque ni siquiera nos demos cuenta. Y hoy no pasarían el más mínimo filtro.

              Confieso que la idea de este estreno no es mía, o no totalmente, no vaya a caer en mi propia trampa y a aplicárseme la ley de propiedad intelectual. La verdad es que vi un video de una graciosísima influencer -o creadora de contenido, o como se diga- que, bajo el título de “lo de las canciones”, comentaba, en clave de humor, la inocencia con la que canturreábamos verdaderas barbaridades sin ser conscientes de nada.

              En concreto, el post en cuestión hablaba de canciones como Don Federico, al que ya dediqué una historia, que, según cantábamos, mató a su mujer, la hizo picadillo y la puso en la sartén También se refería a la de la calle 24, donde una vieja mató un gato con la punta del zapato, al pobre Marco gritando “No te vayas, mamá” o Heidi preguntando cosas imposibles a su abuelito gruñón. Y, por supuesto, del barquero que decía que las niñas bonitas no pagan dinero.

              Pero hay muchas más. Haciendo palmas cantábamos que en la plaza redonda había una zapatería donde las niñas guapas iban a tomarse la medida, para lo cual se levantaban la faldita y se les veía la pantorrilla y el zapatero, pues va y se caía de la silla. Casi nada. Y es que no nos enterábamos. Si no, a qué santo hubiéramos berreado mientras saltábamos a la goma que Popeye el marinerito no sabe tocar el pito, y yo que lo sé tocar no me lo quiere dejar.

              Si se cantaba la Lecherita, hacíamos una oda a la violencia doméstica, porque mi mamá me pega y yo le pego a ella, dice la letra. Y si saltábamos con Don Melitón, un canto al maltrato animal, porque tenía tres gatos y los hacía bailar en un plato. Por no hablar de Antón Pirulero, que fomentaba el desnudo porque el que no atendía el juego había de pagar una prenda.

              Aunque si en algo son tremendas as canciones infantiles son a la hora de perpetuar los estereotipos. Los payasos de la tele, a los que adorábamos, sabían mucho de eso, con esa niña que no podía jugar ningún día de la semana porque tenía que lavar, que fregar o que planchar, mientras que todos iban en el coche de papá, que era siempre el que conducía, mientras que los buenos guisos los hacía Porrompopom Manuela, y por eso le iban a poner el mejor piso. De todos modos, y en descargos de Gaby, Fofó y Miliki diré que, muchos años después, reeditaron sus grandes éxitos en versión igualitaria. La niña por fin podía jugar, y el coche ya no solo lo conducía papá. Al César lo que es del César.

              Paradójicamente, las nanas, las canciones destinadas a hacer dormir a las criaturas, daban más miedo que otra cosa. Se le decía al niño que si no dormía vendría el Coco y se lo comería, nada menos. Y hay otra en valenciano que decía que el niño se caía de la cuna y se quedaba cojito. Casi nada.

              ¿Y qué decir de canciones tan populares como los villancicos? La Virgen, venga peinarse entre cortina y cortina con el panorama que tenía por delante, San José hecho un cuadro porque los ratones le robaban los calzoncillos y, mientras tanto, la burra cargada de chocolate yendo hacia el portal como si tal cosa. Y no olvidemos el toque de racismo cuando a los dos Reyes magos llamados Melchor y Gaspar les sigue un negrito al que todos llaman el Rey Baltasar.

              Y aquí no acaba todo. Seguro que a más de una y de uno le vienen a la cabeza otras canciones populares tan políticamente incorrectas como estas. Po eso no descarto otro estreno y estoy abierta a nuevas aportaciones, aunque hoy lo dejo aquí. Eso sí, sin olvidarme del aplauso, dedicado a aquellas niñas y niños que, con toda nuestra ingenuidad cantábamos sin darnos cuenta de qué decíamos, Bendita inocencia

Em deien Caratrista: Guía de actuación


              A veces, toca que una misma sea la protagonista de la película y de eso va a ir nuestro estreno de hoy. Una nueva criatura ve la luz, convirtiéndose en el número 10 de mis libros y, como buena madre, tendré que contar su bautizo como corresponde.

              Em deien Caratrista (Me llamaban Caratrista) trae causa de su predecesora, otra de mis criaturas, Caratrista , publicada en 2019. En esa ocasión daba el doble salto mortal en cuanto a mi ocupación de juntaletras, y publicaba por primera vez para un público infantil y adolescente y además lo hacía, también por vez primera, en valenciano. Siempre tendré que agradecer a la editorial Vincle que no dudara ni un momento en apostar por mí, aun cuando de Caratrista, por más que estuviera en mi cabeza, no había escrito ni una línea. Pero, como comentábamos el mismo día de la presentación, estamos en la misma onda. Yo quería publicar un cuento que ayudara a niñas, niños y adolescentes, a comprender y actuar contra la violencia de género, y ellos querían publicarlo. Así de sencillo y así de complejo.

              Caratrista funcionó y sigue funcionando para el fin con el que había concebida: entretener y enseñar. Porque sin conseguir enganchar a la lectura con una historia que entretenga, no es posible enseñar nada, por más loable que sea su propósito.

              En estos ya cinco años de andadura, Caratrista y sus protagonistas ha visitado casas, bibliotecas, colegios e institutos, y sé a ciencia cierta que vive en muchas de sus estanterías y continúa entreteniendo y enseñando. Y, la verdad, nada me podía hacer más feliz.

              Pero Lucía, aquella niña a la que apodaron Caratrista y su inseparable amiga Carla, como todas las niñas, tenían que crecer y tenía que cambiar su modo de ver el universo. Y es una pena que nos lo perdiéramos, porque aun le quedaba mucha diversión y mucha pedagogía por aportar. Así que me puse manos a la obra y dejé volar, una vez más, mi imaginación.

              Ahora Lucía, Carla y sus compañeros y compañeras ya son adolescentes. Por eso, ya no solo pueden ver la violencia de género dentro de una pareja de personas adultas, sino que pueden convertirse en parte de una pareja y por ello puede ocurrir…lo que ocurre. No haré spoiler, que sería tirar piedras a mi propio tejado y eso sí que no.

              Así que, una vez escita la historia, hechas las fantásticas ilustraciones de @madebycarol, que nunca me falla, y terminado todo el complejo proceso en que consiste publicar un libro, Em deien Caratrista ha visto la luz. Y la ha visto, como no podía ser de otro modo, en el paraíso de los libros, la Feria del Libro, ese lugar mágico que cada año nos regala miles de historias en unos pocos metros.

              El libro ha nacido con buena estrella. Porque ha tenido un padrino de lujo, Juan Magraner, esa voz que nos despierta cada día desde la Cadena Ser en Valencia a tantas y tantas personas. Una voz magnífica que hace juego con el resto de su persona, os lo aseguro. Y os lo asegurarán todas las personas presentes en la presentación que, por fortuna, fueron muchas.

              Es precisamente, de Juan Magraner la definición de Em deien Caratrista como una guía de actuación. Una guía de actuación contra la violencia de género en la adolescencia, por supuesto. Y así nos lo contó, por si alguien tenía alguna duda.

              No acompañó Xavi Bellot, por parte de Vincle, a nuestro lado de la mesa, y muchas personas, algunas a las que conocía y otras a las que no, pero todas estoy segura que amigas ya de aquella niña a la que un día llamaron Caratrista, y que se nos ha hecho mayor y comprometida.

              De nuevo, gracias, gracias, gracias y gracias. Caratrista y sus amigas y amigos os esperan en las librerías. Y yo os espero con mi lápiz afilado para firmar un ejemplar a quien quiera. Por si acaso, os dejo el enlace aquí para ir abriendo boca:

Em deien Carattrista

              Y el aplauso, que no se me olvida, es hoy para todas las personas que han hecho posible este sueño, con su colaboración, con su apoyo, con su presencia o de cualquier otra manera.  Gracias otra vez

No hablarse: el látigo de la indiferencia


              Hay relaciones que nacen y mueren como si nada. Y otras que por alguna razón fueron tan fuertes que no pueden cortarse sino de forma abrupta. Y qué más abrupto que dejarse de hablar entre quienes un día fueron íntimos. Esto ha ocurrido en el mundo del cine entre famosos hermanos como Warren Beatty y Shirley Mc Lane u Olivia de Havilland y Joan Fontaine. Así, ni siquiera los intérpretes de películas tan inolvidables como Esplendor en la hierba, Irma la dulce, Lo que el viento se llevó o Rebecca se libran de esta maldición. Y es que siempre hay quienes se llevan Como perros y gatos

              En nuestro teatro podemos decir que, como en todas partes, cuecen habas- Y, aunque en las relaciones interpersonales hay de todo, más de una vez se enquistan las cosas y acaban con un muro de silencio de por medio. Porque, como dice el refranero, no hay mejor desprecio que no hacer aprecio.

              Una de las enemistades más clásicas que hay en Justicia es la que supuestamente existe entre jueces y fiscales. Aunque sería mejor decir que ente algunos jueces y algunos fiscales, porque por fortuna, y pese a la leyenda urbana que existe, no es la regla general. Somos carreras hermanas y, como en todas las relaciones entre hermanos, hay muchas discusiones, pero también mucho cariño. ¿Cómo no va a haberlo si en algunos casos, como el mío, jueza y fiscal compartimos juzgado más de veinte años?

              No obstante, las rencillas existen. De hecho, existen tanto que en mi primer destino me dijeron nada más llegar que “a los jueces, ni agua”. Lo cual suponía para mí un problema gordo, porque mi entonces novio -hoy marido- pertenecía y pertenece a la carrera hermana. Eso sí, puedo decir que al final no llegó la sangre al rio.

              Pero hay relaciones toguitaconadas que son francamente tormentosas. Recuerdo un juzgado donde estuve adscrita en que el juez y el secretario -entonces se llamaba así, aunque hoy se llame LAJ- no se dirigían la palabra. La situación era tan tensa que llegaron al punto de colocar sus mesas para la celebración de juicios de modo que se sentaba uno de espalas a otro, con la consiguiente estupefacción -por no decir hilaridad- de quienes acudían a su sala de vistas.

              También he conocido algún que otro caso en que, según Radio Patio, LAJ y Su Señoría llegaron a las manos, pero como quiera que no hubo condena, respetaré la presunción de inocencia y me limitaré a cantar con la gran Raffaella Carrá lo de “Rumore, rumore”.

              En cuanto a las relaciones entre jueces o juezas y fiscales, y aun cuando la regla general es que son buenas o cuanto menos cordiales, también he visto situaciones peores que La guerra de los Rose. Incluso hay quienes se odian o se adoran según temporadas, sin que una sepa muy bien a qué atenerse en cada caso. Lo mejor, como diría una buena amiga, hacerse gótica de agua.

              Aunque a veces las peores refriegas son las que se dan ente astillas de la misma madera o, lo que es lo mismo, entre colegas de la misma carrera. En ocasiones, influyen las aspiraciones de unos u otros a acceder a determinados cargos. Intrigas palaciegas de las que nuestro teatro no se libra. Otras, alguna rencilla por un asunto profesional en el que chocaron sus criterios. Y otras, sencillamente, la falta de química. Porque las togas y las puñetas no necesariamente unen.

              Y mutatis mutandis, como decimos en forma de latinajo, otro tanto cabe decir e mi propia carrera, e imagino que de cualquier otra.

              En mi experiencia personal, puedo decir que hay personas que lo ponen francamente difícil. Porque hasta a mí misma, que me cuesta más callar que cualquier otra cosa, no me ha quedado otra que azotar con el látigo de mi indiferencia a algún compañero o compañera. No daré datos ni nombres porque no hace ninguna falta. Y por la intimidad, y la protección de datos y demás, qué caramba.

              Y aquí acaba el estreno de hoy, después del que espero que todo el mundo me siga dirigiendo la palabra. Aunque no olvido el aplauso, dedicado a quienes son capaces de superar sus rencillas y conseguir fundir el hielo. Que es difícil pero no imposible

Lo analógico: ¿Qué pasaría si…?


              El cine, y el arte en general, es un ejercicio de imaginación. Y, la verdad, es que las ya no tan nuevas tecnologías cada vez nos dejan menos lugar a la imaginación, aunque nos aporten cosas muy positivas. Ahora causa hasta un poco de hilaridad pensar en lo modernas que parecían películas como Tienes un email o La red, y es que en pocos años hemos avanzado más de lo que hubiéramos imaginado. Pero ¿qué pasaría si alguien despertara y se encontrara, como si de Regreso al futuro se tratara, esta época, directamente venido de los años 70, sin ordenadores personales, ni Internet, ni nada de nada?

              En nuestro teatro, y por más que nos quejemos -con razón- de la falta de medios, lo bien cierto es que es difícil imaginar el día a día sin ordenadores ni programas informáticos. De hecho, si algún día se cuelgan en la guardia es el acabose y, aunque podamos hacer las cosas a mano, el retraso, al no tener modelos, sería considerable, y el registro y la consulta de antecedentes, imposible. Por no hablar de las diligencias que se hacen por medios telemáticos, que sería impracticable. Un desastre en toda regla, vamos.

              Pues bien, veamos que le pasaría a una fiscalita imaginaria que, por capricho de alguna máquina del tiempo, se viera trasladada de los años 70 a la actualidad.

              Nuestra fiscalita llegaría al juzgado y podría encontrarse necesitada, por ejemplo, de un modelo de informe del tipo que sea. Por supuesto, lo pediría a una compañera, que le diría que claro, que lo tenía colgado en el sistema. Y la pobre fiscalita, por más que mirara puertas y ventanas en busca de una cuerda imaginaria, no encontraba nada colgado. Ni siquiera clavado con chinchetas en un corcho, que era lo que creía que era “el sistema”, porque no había corcho por ningún sitio. Si no encontró ni el tablón de edictos que se suponía que debía haber a la puerta de todos los juzgados.

              Cuando nuestra fiscalita, tímidamente, le dice a su compañera que no lo encuentra, esta solícita, le dice que enseguida lo sube, y ella se queda tranquila. Aunque de pronto, empieza a dudar, porque están en el mismo piso, pero tal vez su compañera se equivocó. Pero, después de mucho rato, nadie subía, así que se decidió a preguntar a otro compañero.

              Le costó un rato encontrar a alguien, porque la mayoría de sus compañeros hacían cosas muy raras, y parecía que, en vez de trabajar, estaban viendo la tele en unas pantallas bastante pequeñas, como la que tenía su madre en la cocina para ver La casa de la pradera mientras su padre veía los partidos de fútbol. Pero al final encontró a uno que, muy solícito, la atendió. Le dijo que buscara en la red, que allí lo encontraría todo, así que ella se puso manos a la obra a buscar alguna red por allí. Le extrañó, pero igual la usaban para guardar expedientes o modelos. Pero, tras mucho buscar, no encontró ni sombre de red alguna, y se quedó como estaba. Sin poder hacer nada.

               Entonces llegó lo peor, si cabe. Pensó que, ya que no entendía a sus compañeros, habría algún funcionario que le solucionara la papeleta. Se fue hasta una chica joven, con pinta de espabilada, y le dijo que sacara la máquina de escribir que le iba a dictar. La cara de aquella muchacha era para haberla visto. Y la de nuestra fiscalita, para qué contar.

              Al final, un señor mayor se apiadó de ella y le explicó que había unos aparatos que hacían lo mismo que las máquinas de escribir. Se llamaban ordenadores, aunque a ella no le parecía que ordenaran nada. Dónde estuvieran los archivadores de toda la vida, que se quitaran aquellos cachivaches.

              Pero se calló y siguió adelante. Como lo que le habían dicho que hiciera era un informe para no ponerse a la expulsión -que manera más fina de llamar al destierro de toda la vida-, se puso a dictarle a aquel funcionario mayor tan dispuesto. Tras dictarle un informe sencillo, le dijo que le dejara espacio para la firma. Cuál no sería su sorpresa al escuchar que la firma tenía que electrónica. A ver dónde encontraba ella ahora un boli enchufado a la corriente para firmar.

              Mientras lo buscaba, cayó en un detalle. ¿Cómo era posible que hubiera tantas mujeres fiscales, si solo eran veinte en la carrera? Eso era raro, rarísimo. ¡Si tenían hasta cuarto de baño propio!

              Con tantos problemas, decidió irse a casa. Mañana sería otro día, pero aun le quedaba una sorpresa. Al salir, otro compañero le señalaba a una jueza bastante joven, y le dijo muy serio que era muy buena en redes y tenía muchos seguidores. Pero la verdad es que por más que miró, ni vio la dichosa red, ni vio que ninguna persona le siguiera, así que volvió a preguntar. El fiscal, un tanto atónito, le explicó que tenía muchos “likes” y ella se quedó de pasta de boniato. Qué presuntuoso, decir las cosas en inglés. Y solo para explicar que sus sentencias debían ser muy buenas y gustaban mucho. Con lo fácil que era explicarlo.

              La fiscalita desapareció y nadie supo más de ella. Estoy segura de que la máquina del tiempo la recogería de nuevo, y ahora estará escribiendo a mano, dictando y archivando en carpetas de cartón. Y reclamando un cuarto de baño para mujeres, claro. Sin saber que, en unas cuantas décadas, las cosas serían totalmente diferentes,

              Y hasta aquí, este pequeño ejercicio de imaginación. Espero que haya servido para ser conscientes de lo que hemos cambiado. Y sin dejarme, como no, el aplauso para esas pioneras que nos abrieron camino no hace tantos años.