Los libros son parte de nuestra vida. No solo muchos de ellos, han acabado siendo películas o series, sino que en algunos casos son el propio leit motiv de algunas de ellas. Por poner algún ejemplo, citaré Fahrenheit 451, La ladrona de libros, La lectora o La librería. Y, por supuesto, un título que adoro La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey, que reúne ambas características: habla de libros y se basa en un libro, como algunos otros entre los citados.
En nuestro teatro, los libros son una constante. En su vertiente física, o en la digital, nadie puede ejercer como jurista sin haberse dejado los ojos en los textos y sin seguir dejándoselos, porque pocas materias son tan cambiantes como las leyes.
Pero hoy no pretendía hablar de esos libros jurídicos, sino de otros, los de ficción, esos que conoce todo –o casi todo- el mundo y cuyos títulos bien podrían formar parte de lo que ocurre en Toguilandia. Que conste que no son necesariamente libros sobre juicios. Y que, por descontado, no están todos los que son, pero sí son todos los que están.
Entre los títulos más relacionados con nuestro teatro está, desde luego, el de Crimen y castigo, que define al Derecho Penal en solo 3 palabras. El mismo autor, Dostoievsky, también tiene otro título que encaja a la perfección en otra figura jurídica, en este caso, la atenuante analógica por ludopatía, El jugador. Y es que no hemos inventado nada. Nada, como escribía Carmen Laforet.
Los delitos de odio y discriminación también tienen cabida en títulos literarios. Bastante de eso sufren los protagonistas del Romancero gitano, por antigitanismo, o de Los santos inocentes, por aporofobia. Y es que no hace falta meterse en La boca del lobo para encontrar estas cosas, por más que haya quien piense que hacen Mucho ruido y pocas nueces.
Además, ante determinados delitos hay que tener una buena dosis de Sentido y sensibilidad, y dejar atrás todo sesgo de Orgullo y prejuicio. Porque por más que aparezca Un tipo encantador, no es oro todo lo que reluce. Por eso hay que mirar bien lo que se ve y lo que no se ve, De todo lo visible y lo invisible.
Por supuesto, no hay que perder de vista el Derecho comparado a la hora de tomar decisiones. No es lo mismo que aparezca El caballero de Moscú que La chica danesa, un Poeta en Nueva York que en el mismísimo Londres. O que venga una extranjera a España a hacer La tesis de Nancy.
¿Y qué decir de esos casos en que la propia novela acaba dando nombre más popular a alguna figura penal? Algo que, de vez en cuando, pasa, como con la llamada cláusula de Romeo y Julieta o el síndrome de Lolita.
También es importante el tiempo. Hay veces que, tras varias suspensiones de un mismo asunto, una anda En busca del tiempo perdido, si no es que se resigna a dejarlo pasar, y conformarse con Lo que el viento se llevó. A veces, desde que se cometió el hecho hasta que se juzga, es tal La metamorfosis que ha sufrido el autor que es difícil reconocerlo.
¿Y que decir del domicilio, que agrava algunos delitos y configura otros? Y no hace falta que se viva en El palacio de la luna, en El castillo de Windsor, en la mansión de Rebeca o en la Casa de muñecas. Se puede vivir en La barraca, Entre naranjos y Cañas y barro para que el Derecho actúe. Incluso si se vive en Marte, sea Verde, Azul o Rojo.
No obstante, no hay que salir de El camino, que el Derecho es lo que tiene., Hay que aplicar los códigos legales, y no otros como El Código da Vinci o El Código de la vida, y quien lo hace ha de ser El juez –o la jueza, claro está- y comportarse como El hombre tranquilo por más que a veces den ganas de darse a La fuga. Os lo aseguro
Y hasta aquí, esta pequeña tontería sobre novelas y Derecho. Sé que faltan muchas, especialmente todas las que se dedican a detectives que descubren crímenes, como Mis Marple, Hércules Poirot, Pepe Carvalho, Montalbano o Petra Regalado, entre otros muchos. Pero ya tendrán su propio estreno. Mientras tanto, demos un aplauso a quienes escriben libros y, como no, a quienes los leen. Porque, como dijo alguien, quien no lee vive una vida, pero quien lee vive muchas.
No me iré sin aprovechas para invitaros a un paseo por mis criaturas . Ellas también esperan lectores y lectoras. Y en nada, crecerán
Las apariencias engañan. Hay cosas que parece que son algo que en realidad no son. Lo dice en refranero, y lo refleja en cine con títulos como Las apariencias o Falsas apariencias. Y es que no todo es lo que parece.
En nuestro teatro sabemos bastante de eso. Entre lo que cree la gente que hacemos en Toguilandia y lo que hacemos en realidad, dista a veces un mundo. En ocasiones, se debe a que nuestra cultura audiovisual se nutre fundamentalmente de series y películas anglosajonas, cuyo sistema judicial se parece bastante poco al nuestro. En otros, es la propia denominación de determinados órganos la que lleva a confusión. Y en Derecho, como en la vida, no es oro todo lo que reluce.
Y como el movimiento se demuestra andando, pensemos en un ejemplo reciente, el del TAD o Tribunal Administrativo del Deporte. No hay más que consultar la propia web del organismo en cuestión para saber que se trata de un órgano administrativo y no judicial, cuya función es revisar la actividad federativa en materia de dopaje, disciplina deportiva y garantía de la legalidad de los procesos electorales en nuestras actividades deportivas. O sea, nada de funciones jurisdiccionales. Nada de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado. Y, por supuesto, nada de judicatura profesional en su composición, no obstante lo cual, se han leído y escuchado verdaderas burradas al respecto por esos opinólogos que tanto hablan. Produce sonrojo leer determinados comentarios de quienes aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid para meterse con el poder judicial , venga o no venga a cuento. Hay quien se ha atrevido a escribir, desde la más absoluta ignorancia, comentarios del tipo “con lo machistas que son los jueces españoles, ya se sabe lo que van a hacer” y cosas parecidas. Y se quedan más a gusto que un arbusto,
Y es que con esto pasa lo que pasa con más cosas. Nadie las conoce ni son nada hasta que entran el ella un balón y unas botas con tacos. Lo vimos con el caso de los insultos racistas a un jugador, que cualquiera hubiera dicho que nunca hasta entonces se había hablado de delitos de odio, y lo vemos ahora con el caso de lo ocurrido en la final del Mundial de Fútbol femenino, que parece que ahora se descubre que hay algunas conductas que son agresión sexual, además de ser inadmisibles.
Un ejemplo de las dos cosas -el poder del fútbol y jueces que no son jueces- se ve claramente en una anécdota que presencié hace tiempo. Llegábamos a un evento, y un compañero de la carrera hermana se identificaba diciendo “soy el Juez de Liria” -Liria es una ciudad de Valencia que da nombre a un partido judicial-, a lo que alguien le contestó “pues aquí no se juega ningún partido de fútbol”. Aun me río al recordarlo, aunque la cosa tenía perendengues. Habían creído que se trataba de un juez de línea -o juez de línea- de los que actúan en un partido de fútbol. Mucho más importantes y conocidos, don va a parar.
No es el único caso que induce a confusión. Además de otros órganos administrativos, como el tribunal de Defensa de la competencia -que Wikipedia define como “órgano judicial autárquico”-, que, acertadamente, ha cambiado su denominación por la de “Comisión Nacional de la competencia”, o el Tribunal económico administrativo, hay más casos que inducen a confusión.
Un caso peculiar es el de los Jueces de paz, que forman parte de la estructura judicial, aunque no ejercen funciones jurisdiccionales y cuyos miembros no pertenecen al poder judicial. Sus funciones son esencialmente de auxilio a los órganos judiciales por medio de notificaciones, citaciones, y similares.
También pueden inducir a confusión los tribunales consuetudinarios y tradicionales , como el Tribunal de las Aguas de Valencia, reconocidos en la Constitución y que ejercen ciertas funciones jurisdiccionales, pero tampoco forman parte del poder judicial.
Para terminar, citaré dos casos tan conocidos en su existencia como desconocidos en su naturaleza. En primer término, el Consejo General del Poder Judicial. Como todo el mundo sabe, porque los informativos lo repiten como un latiguillo, es el órgano de gobierno de los jueces. Pero eso no significa que formen parte del poder judicial, cuya función es, como se ha dicho, juzgar y hacer ejecutar lo juzgado. En su composición hay miembros de la judicatura porque así lo establece la ley, pero cuando actúan como CGPJ no ejercen jurisdicción. Y, además, parte de sus miembros no pertenecen a la carrera judicial.
El otro caso es el del Tribunal Constitucional. Aunque se llame tribunal, aunque vistan con toga y pongan sentencias, y sus componentes se llamen magistrados y magistradas -muy pocas, por cierto- no pertenecen al poder judicial ni sus miembros son parte de la carrera judicial, aunque puedan provenir de ella. Su sistema de acceso y su composición nada tiene que ver con el poder judicial stricto sensu. Por más que, día sí, día también, haya políticos que, para criticar sus resoluciones, mezclen churras con merinas y, en una incorrecta generalización, se refieran a “todos los magistrados”.
Para acabar, un pequeño truco para deslindar el grano de la paja en lo que a tribunales respecta. En España, no hay más órganos judiciales que los que vienen enumerados y regulados en la Ley Orgánica del Poder Judicial. Que puede parecer una perogrullada, pero sirve. Y no todo el mundo lo sabe.
Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, como no, va destinado a quienes no confunden poder judicial con sus sucedáneos. Para el resto, los tomates.
Hoy, en nuestro teatro, un cuento. En estos días en que la Violencia de género nos está azotando con especial virulencia, un relato para leer y reflexionar
La ilustración, una vez más, es de @madebycarol y sus lápices mágicos
MARAVILLAS
– Cuando todo esto acabe, iremos a Maravillas
Era lo que le decía siempre su madre. Y lo que él repetía, sin saber muy bien qué significaba. Solo sabía, según me dijo, que era un lugar extraordinario, un lugar donde las madres y los niños pueden pasear tranquilos por la calle, donde pueden ir a la playa cada día y acostarse en su cama cada noche sin cerrar el pestillo ni atrancar la puerta. Un lugar donde las mamás no dormían con un cuchillo debajo de la almohada ni les imploraban a los niños que estuvieran callados. Un lugar donde nadie lloraba.
Me lo contó con toda la seriedad que es posible en un niño de ocho años, relajando por un momento su sempiterno ceño fruncido.
No pude sacarle ni una palabra más. Pero me quedé con una congoja dentro de mí que me hizo acudir inmediatamente al director del centro donde hacía las funciones de psicóloga, orientadora escolar y alguna que otra cosa. El director le quitó importancia al tema, aunque dijo que estudiarían el caso para tomar medidas si procedía. Y nada más.
Soñé esa noche con un lugar llamado Maravillas, y pude ver todos los rincones de sus playas, sus calles tranquilas y a aquel niño paseando de la mano de su madre tras regresar de la playa.
Al día siguiente, la radio que hace las veces de despertador me obligó a iniciar la jornada con una noticia sobrecogedora. En mi propia ciudad, un niño de ocho años y su madre habían sido asesinados por su padre.
Se me encogió el corazón y supe de inmediato, sin necesidad de escucharlo, el nombre de aquella madre y su hijo.
Solo pude hacer una última cosa por ellos. Asegurarme de que les enterraban en un lugar tranquilo, con playa y unas hermosas calles donde pasear. Un lugar llamado Maravillas. Un lugar en el que ya nunca podré verlos. Un lugar en el que yo nunca podré estar.
Engañar no es buena cosa, aunque a veces sí es rentable. Y, como pasa siempre, el cine se hace eco de ello con películas como El precio del engaño, Cita con el engaño o El engaño, mismamente. Y eso sin contar con los caos en que el engaño se convierte en estafa y da lugar a historias como La tonta del bote.
En nuestro teatro el engaño tiene distintas manifestaciones una de las cuales es aquella a la que hemos dedicado dos estrenos ya: el bulolegalismo, tano en su vertiente relacionada con el Derecho Penal como con el Derecho Civil. Pero, como no son los dos únicos campos del Derecho, quedaba una tercera parte dedicada a otros ámbitos jurídicos. Que ya se sabe que no hay dos sin tres.
Así que vamos al lío con esos bulos que no sabemos de donde vienen pero hay gente que defiende como si estuvieran escritas en piedra. Uno de ellos, tan incierto como injusto, es el de que la abogacía de pago es mucho mejor que el turno de oficio . Hay, incluso, quien insiste en que alguien no tiene derecho de defensa por no tener dinero. De hecho, me encontrado más de una vez con detenidos que protestaban exigiendo que vinieran “sus abogados” -otra leyenda urbana, como si tuviéramos un equipo a nuestra disposición- que son “de verdad” y no como esta que me ha tocado. También es verdad que ese supuesto equipo hay ocasiones que no llega nunca…por la sencilla razón de que no existe más allá de la imaginación del que lo reclama.
Otro bulo que me hace mucha gracia es el que insiste en que la bolsa que alguien porta no pude ser registrada porque es una extensión del domicilio y está protegida por su inviolabilidad. Como si no tuviéramos que enseñar su contenido en lugares tan comunes como supermercados, aeropuertos o hasta para entrar en un museo. Una interpretación un tanto pintoresca de lo de “la bolsa o la vida” de las pelis de vaqueros.
Tampoco es una extensión de nada el DNI, y aunque no sé de donde sale, sí sé hacia donde va ese bulo según el cual no nos lo pueden coger mientras lo llevemos en la mano. Faltaría más. Igual viene de ahí eso de “llevar el DNI en la boca” que tantas veces he escuchado.
Parecido a esto es lo del derecho de admisión que, desde luego, no puede ser derecho a la exclusión. Uno puede determinar que no entre alguien en su local, o que se le expulse, si escandaliza, arma follón o se comporta de modo incorrecto; también puede, con los permisos oportunos, limitar la entrada una determinada edad, pero lo que no pude es decidir, de modo arbitrario, que no entren personas conculcando el derecho de igualdad el que habla la Constitución. Un local nunca puede prohibir la entrada a quienes practiquen determinada religión, pertenezcan a alguna etnia o cualquier otra circunstancia similar. Es más, en ese caso incurrirían en un delito de odio específico, el de negar a alguien la prestación de una actividad por esas razones. Hay, incluso, quien habla creyéndose dueño de la verdad absoluta, de que hay leyes antiblancos, antihombres o antiheteros. Y lo peor es que hay quien les cree.
Otra creencia curiosa es la de que, si eres víctima de una clonación de tarjeta, te paga todo el seguro del Banco de España. Así que aviso a navegantes por si creían que así hay negocio, que nada de nada.
También hay determinadas prácticas que aconsejan cuñados y no son nada buen consejo, como la de no coger las notificaciones que llegan a casa porque así no consta notificado. La Administración tiene sistemas de notificación para cuando pasa eso, porque de lo contrario irían aviados. Y hablando de administración, tampoco es cierto ese bulolegalismo de que el silencio administrativo siempre es positivo. Lo del que calla otorga lo dice el refranero, pero no siempre el Derecho.
Hablando de esto, hay otra leyenda urbano-jurídica a propósito de las vacunasque cobró especial importancia en tiempos de COVID. Las vacunas, ni la del COVID ni ninguna, son obligatorias. Son recomendables e incluso pueden dar lugar a que no se permita la entrada a alguien en determinados lugares, como le ocurrió a un conocido tenista, pero no se puede obligar a ponérselas a nadie. Allá cada cual con las consecuencias.
Y tampoco está prohibido que los menores de 12 años anden solos por la calle, aunque no sea tampoco recomendable que lo hagan a determinada edad. Una cosa es que un niño no pueda quedar abandonado a su suerte en la vía pública, y otra muy distinta que no pueda ir a comprar el pan a la panadería de la esquina.
En cuanto a jueces, juezas y detenidos, también hay unos cuantos bulolegalismos que merecen mención. Uno de ellos, que me encantaría si no me cabreara profundamente, es que jueces y fiscales son amigos siempre y uno hace lo que el otro dice -no digo cual por no herir susceptibilidades- Lamento contradecir a más de uno, pero nos regimos por el imperio de la ley. Que somos personas muy aburridas y previsibles, vaya.
Y dejo para el final mi preferido, que dice nada más y nada menos que si en un espectáculo hay más intérpretes que personas en el público, la función debe suspenderse. Que no sé de donde sale, pero si sé donde no sale, en el BOE. Y puedo dar fe de alguna presentación de libro con un solo asistente en que el autor, con toda amabilidad y profesionalidad del mundo, dedicó su obra y si disertación al único asistente que, por cierto, quedó encantado. Pero como bulolegalismo, es de lo mejorcito
Y hasta aquí el estreno de hoy, la tercera parte de esta saga El aplauso se lo doy a quienes hicieron todas estas aportaciones. Mil gracias una vez más. Y la ovación extra, de nuevo, para @madebycarol, de quien he tomado prestada la ilustración. Que haría yo sin ella
Los delitos sexuales han existido siempre, por desgracia. Y siempre han llamado la atención hasta el punto de que son muchas las películas que traten de estos hechos horribles y de las vicisitudes de su persecución. Películas como Acusados o El color púrpura o series como Creedme son algunos ejemplos de ello
En nuestro teatro es evidente que a los delitos contra la libertad sexual dedicamos parte de nuestro tiempo, pero hoy no quería hablar exactamente de ello, sino de algo que está íntimamente relacionado y que no siempre se conoce: la necesidad -o no- de denuncia.
Según nuestro Derecho Penal, desde tiempo inmemorial, para perseguir los delitos contra la libertad e indemnidad sexual se necesita denuncia de la víctima. Sin dicha denuncia -o. en su caso, querella- no se puede perseguir al culpable, ni castigarlo, aunque el delito de violación se cometiera ante las mismas narices de un montón de personas y todas estuvieran dispuestas a testificar. Ni siquiera si se hubiera grabado y se contara con el testimonio gráfico. Es lo que llamamos requisito de procedibilidad
La pregunta del millón es la de siempre ¿Puede proceder de oficio el Ministerio Fiscal? Pues sí y no, que en Derecho todo es interpretable. Aunque en días como estos las redes sociales y las tertulias se llenen de sabihondos preguntando eso de ¿dónde está la fiscalía? venga o no venga a cuento. Y es que protestar es gratis, y poner verde a la fiscalía ni te cuento. Y no digo yo que siempre tengamos razón, pero muchas veces, sí.
Me explico. Como decía, para proceder por estos delitos, como por algún otro de los que hablaré luego, se necesita denuncia o querella siempre, pero, una vez iniciado el procedimiento, quien denunció o se querelló no puede echarse atrás. Algo así como Santa Rita, Rita, lo que se denunció ya no se quita. Y, si se echa atrás no solo no le valdría de nada, sino que tiene obligación de declarar testigo que es. Por esta razón estos delitos se llaman semipúblicos, aunque hay quien también los llama semiprivados. Para gustos los colores.
Ahora bien, ¿qué puede hacer el Ministerio Fiscal cuando no existe esa denuncia? Pues si las víctimas son menores, personas discapacitadas o desvalidas puede denunciar el Ministerio Fiscal, aunque hay que dejar claro que no tiene obligación de hacerlo, por más que sea lo que en general sea más coherente con la protección del menor. Y, desde luego, que lo diga uno o mil tuiteros o unos o varios políticos enardecidos tampoco lo convierte en obligación. Para evitar equívocos.
Hay otro caso en que la Fiscalía puede actuar, mucho menos frecuente y más difícil de explicar, que es el caso en que tras “ponderar los intereses en conflicto”, estime procedente interponer querella. Repito, querella, no basta denuncia. Pero claro, decir esto es fácil, solo consiste en cortapegar o parafrasear el Código. Lo verdaderamente difícil es determinar cuales son esos intereses en conflicto y cómo narices se hacer algo tan abstracto como “ponderar”. Y aunque la respuesta no es una verdad universal, hay que tener en cuenta las condiciones en que esté la víctima, sus posibilidades de denunciar y sus circunstancias personales. No es fácil mantener una acusación en contra del criterio de la víctima y, desde luego, los motivos han de ser muy claros. Como ejemplo para entenderlo, podría servir el caso de una víctima que no hubiera podido denunciar porque hubiera muerto, u otra de la que se sospeche que su falta de denuncia obedece a algún tipo de presión.
De todos modos, y para que nos tranquilicemos un poco, que no haya denuncia no significa que no se pueda investigar nada. La falta de denuncia no impide la realización de de diligencias a prevención. Lógico, no vaya a ser que si la víctima se decide a actuar pasado un tiempo, no haya nada quehacer porque no se investigó nada en su día.
La verdad es que, llegada a este punto, siempre me planteo lo mismo. ¿Por qué bienes mucho menos importantes como la propiedad merecen una protección absoluta y la libertad sexual no? Esto es ¿por qué los robos no necesitan denuncia y las violaciones sí? Pues lo lamento, pero no tengo respuesta, aunque mi madre siempre diga que siempre tengo respuesta para todo. Porque, por más íntimo que sea el hecho, no debería quedar a disposición de la víctima, especialmente si esa falta de denuncia implica dejar a un violador libre y en disposición de seguir delinquiendo. Ahora bien, lo que deberíamos es tener un sistema que asegurara que la denunciante no se va a ver sometida a un proceso tortuoso que multiplica hasta el infinito la victimización secundaria. Denunciar no debería ser incompatible con la posibilidad de pasar página lo más pronto posible.
Confieso que a mí el argumento de la intimidad no me convence. También podría decirse que pertenece a la esfera -intima la violencia de género, incluso si la víctima no quiere denunciar, y bien que nos llenamos la boca diciendo que es un delito público. Y lo es, pero con una excepción: los delitos sexuales en el ámbito de la pareja o expareja también necesitan denuncia o querella, Algo que no todo el mundo sabe.
Pero, como decía, los delitos sexuales no son los únicos que requieren denuncia. Hay otros como el impago de pensiones, descubrimiento y revelación de secretos o delitos contra propiedad intelectual o industrial, entre otros, y gran parte de los delitos leves como las amenazas o coacciones. Por su parte, hay delitos privados, que solo se persiguen previa querella, que es el caso de las injurias y calumnias contra particulares.
Y hasta aquí, estos pequeños apuntes sobre algo que no todo el mundo tiene claro. El aplauso se lo daré esta vez a todas las víctimas que tienen el valor de denunciar. Ojalá llegue un día en que se lo pongamos tan fácil que no sea un acto de valor, sino el ejercicio de un derecho sin más. Y la ovación extra, una vez más, a @madebycarol por esa ilustración hecha para ese caso que ha hecho que volvamos a plantear un tema tan delicado. Y para su protagonista, por supuesto
A veces, son mucho peores las medias verdades que las mentiras. Podría decirse, en palabras de título de película, que son Mentiras arriesgadas. Porque, por más que lo diga el refrán, no siempre es cierto que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. O, al menos, se tarda más de lo que se debería.
En nuestro teatro, como decíamos en el anterior estreno, nos regimos por el principio de legalidad, pero en la periferia hay quien quiere vender gato por liebre. O, lo que es lo mismo, decir que es una ley lo que no es más que un bulo, o una interpretación cuñadística de una norma.
Como ya hablamos de algunos de esos bulos en el Derecho Penal, hoy vamos a los del Derecho Civil, dentro del cual hay un apartado especial para una materia, la de Familia , que constituye un verdadero filón. Así que vamos al lío.
Una materia que da para mucho bulolegalimo es la de las sucesiones. Supongo que, por influencia de series de televisión, especialmente de sagas de familias muchimillonarias que disponía de bienes e hijos a su antojo, como Dinastía, Dallas o Falcón Crest, se han implantado en el imaginario muchas creencias falsas. Una de ellas es la que se puede desheredar a un hijo porque yo lo valgo, algo totalmente incierto porque la ley establece la obligación de dejar la legítima a hijos y descendientes y para privarlos de ella han de concurrir casusa tasadas, y bien gordas, como haber atentado contra la vida del testador. En línea con esto, tampoco se puede disponer de los bienes por testamento como uno quiera si se tiene hijos o descendientes porque, como decía, la legítima es obligada: aunque el vecino del quinto se haya portado fenomenal, se le pude dejar el tercio de libre disposición, pero nunca quitarle la legítima a hijo o hijas para dársela.
Otra creencia difundida es lo que muchos llaman en testamento recíproco entre cónyuges, algo así como dejarse todos los bienes mutuamente y, cuando el último de ellos falte, que sean para los hijos. Esto, que puede parecer muy razonable, no es legalmente posible. Los hijos e hijas suceden a los ascendientes, aunque el otro progenitor viva, y a este solo se le puede legar el usufructo de los bienes y el terco de libre disposición. Otra cosa es que, a la larga, esos bienes acaben en manos de los hijos una vez falten los dos progenitores, pero eso es producto de las sucesivas aplicaciones de la ley a cada momento, y no de n testamento mix, que es lo que sería esa disposición recíproca.
También está bastante extendido el bulo de que si una persona, con hijos de una anterior pareja se casa por segunda vez, tales hijos pierden su herencia. Podrán perder, en todo caso, esa parte de libre disposición si su padre hubiera decidido dejársela y cambiara de idea, pero nunca su legítima. Y es que ya he dicho que las series americanas han hecho mucho daño-
Hay otra materia donde los bulos corren como las sardinas por el monte de la canción infantil, la de los derechos al honor y a la intimidad, y la propiedad intelectual. Por más que la gente se empeñe en lo contrario, no se puede disponer de la imagen de cualquier con tal de que se encuentre en la vía pública, excepción hecha de lo que dice la ley para famosos y personajes conocidos en actos públicos. Tampoco se pueden reproducir sin permiso del autor compases de una canción.
El derecho de propiedad también tiene su aquel. No sé de dónde sale esto, pero si alguien os dice que os podéis quedar los frutos de un árbol del vecino si las ramas llegan a vuestra casa, es mentira. También es mentira que si te encuentras dinero en la calle te lo puedas quedar si es menos de 3000 euros; otra cosa es que nadie se entre, pero no deja de ser una apropiación indebida.
Y, por cierto, tampoco es cierto eso de que una propiedad no te pertenece si no está inscrita, aunque esa falta de inscripción dificulte las cosas. Cuantas terrenitos de huerta han legado abuelos a nietos sin que en el catastro constara nada, y cuántos pleitos ha habido después para determinar los lindes de esas propiedades que van dividiéndose con cada generación.
Y ojo con lo que hacemos, que tampoco es verdad que la propiedad de una cosa te dé derecho a quitársela por la fuerza a quien la tenga en su poder. Ya dije en otra ocasión que lo del perdón a quien roba a un ladrón es solo un refrán, no una ley. Como tampoco es verdad lo que dicen que las deudas ya no se pueden reclamar a los cinco años; dependerá de la deuda, de la cuantía, de la procedencia y de la naturaleza para determinar el plazo de prescripción.
Y de la propiedad a la familia, esa materia del que todo el mundo parece saber tanto porque tiene un cuñado que lo explica muy bien. Empecemos por lo más obvio, lo de conceder el divorcio. En España el divorcio no se ha de conceder por nadie, cualquiera se pude divorciar, aunque el otro cónyuge se niegue. Y las películas digan lo contrario. Y la infidelidad no es causa de divorcio; en realidad ni eso ni nada porque nuestro divorcio no es causal ni tiene culpables legalmente, sin perjuicio de lo que cada cual piense de su propio.
Y, como la ley no puede obligar a determinadas cosa, ya hace mucho tiempo que ni legal ni por costumbre existe el débito conyugal. El matrimonio no da derecho a tener sexo, aunque parece lo lógico tenerlo. Tampoco la ley obliga a vivir en la misma casa, pueden vivir en casas separadas si es su gusto, aunque lo suyo sea que, como dice también el refranero, el casado casa quiera. Y otro bulo anclado en películas como Matrimonio de conveniencia: casarse con una española no da automáticamente la nacionalidad, aunque se reducen los requisitos y años de residencia para obtenerla. Quedáis advertidos, por si alguien se había prometido solo con ese fin.
En cuanto a la custodia de hijos e hijas una vez roa la pareja, hay universo entero de bulolegalismo. No es cierto que todas las juezas den la custodia a las madres por una especie de solidaridad femenina, no hay más que echar un vistazo a la jurisprudencia para comprobarlo. Tampoco lo es que los niños y niñas decidan con quién se quedan a partir de los 12 años, esa edad determina el momento en que obligatoriamente sean oídos -pueden ser antes, si tienen suficiente juicio- pero eso no supone que se haga lo que ellos quieran, faltaría más. Si la gente supiera las razones que a veces tienen las criaturas para elegir un progenitor u otro alucinarías, a mi una niña me dijo que quería ir con su papá porque su mamá pasaba mucho rato quitándole piojos y su padre, no, o porque uno le obliga a hacer los deberes y otro no y hasta porque tal progenitor vive al lado de su amigo Juanito y eso le viene bien. Hay que oírlos, pero decide Su Señoría teniendo en cuenta todo, incluida la opinión del menor, pero no siguiendo eso a pies juntillas.
Cuando de custodia compartida se trata, los bulos se multiplican hasta el infinito. Cada caso es cada cual, pero es falso que, porque exista custodia compartida deje de haber obligación de pagar pensión, ni de atribución de la casa. Así que, si alguien se plantea pedirla para ahorrarse un dinerito, que lo reconsidere porque así no son las cosas. Y tampoco vale la pena que sigamos cruzando los dedos a la espera de que las criaturas cumplan 18 años para dejar de pagar pensión porque de eso nada, hay que seguir manteniendo a los hijos mientras lo necesiten.
Íntimamente relacionado con ello está el Derecho de familia derivado de casusa de violencia de género, donde el bulolegalismo florece por doquier. Aunque haya voces interesadas en repetir que una denuncia implica automáticamente que la mujer se quede casa, piso, hijos y paguita, eso no es así. Primero, no siempre se consideran probados los hechos, y sin ellos no hay consecuencias civiles. Y segundo, cada caso es un mundo, y es posible que procedan o no visitas -es excepción a la regla general, pero legalmente posible- o que el piso no se atribuya a la madre si no quiere o si no procede por toras razones, como que sea de otra persona. También es radicalmente falso que para los casos de violencia de género cambien las reglas de valoración de la prueba, algo que mucha gente dice pero que nadie es capaz de probar con un precepto…porque no existe.
Y para acabar, uno de mis preferidos. Si se cambia de sexo y quien antes era hombre pasa a ser mujer, no hace que el hecho que cometió en su día como hombre deje de ser juzgado como violencia e género, ni tampoco supone que, de repente recupere la custodia de sus hijos o el derecho de visitas del que se le privó por el hecho cometido. Si alguien se iba a cambiar de sexo por eso, que se vaya olvidando. Pero si aun así insiste, lamento comunicarle que las mujeres también pueden ser privadas de visitas. Así que mala suerte.
Hasta aquí, la segunda entrega de bulolegalismo. A la espera del tercero, dedicaré de nuevo el aplauso a quienes con sus aportaciones hacen posibles estas funciones. ¡Qué sería de este blog sin su generosidad!
Una mentira contada muchas veces puede acabar convirtiéndose en una verdad. Eso era lo que, al menos, decía una de las máximas de propaganda del nazismo, y ya hemos visto en muchas películas todo el horror que eso trajo consigo. El niño de Jojo Rabbit creía a pies juntillas lo que le decían de los judíos y otro niño, el de La vida es bella, creía lo que su padre le decía a pesar de la triste realidad de un campo de concentración. Aunque no hace falta ir tan lejos para comprobar el poder de algunos bulos. Más si tienen que ver con las leyes
En nuestro teatro rige, como sabemos, el principio de legalidad, aunque el verdadero problema estriba, a veces, en saber de qué legalidad se trata si atendemos a la fuente equivocada. Una fuente que cada vez más se sale de los límites de Toguilandia para entrar en el imperio de la todología y el sabelotodismo que vemos en tertulias y magazines varios.
En el anterior estreno, inventaba un palabro nuevo, el bulolegalismo, para referirme a esas cosas que la gente dice que son una ley, pero que jamás pasaron por el BOE ni por Código alguno. Y hete tú que se me ocurrió hacer una pequeña cuestación en Twitter -perdón, en X- y el resultado fue un hilo con aportaciones apasionantes, tantas que no bastará un estreno son tres, al menos. Y aquí está el primero, sobre el Derecho Penal fantasma.
En los últimos años los medios de comunicación se han empeñado en meternos por los ojos un delito que, en realidad es mucho menos frecuente de lo que quieren hacernos ver, la okupación . Y ojo con todas las cosas que afirman que dice la ley, tan absurdas como falsas. Dicen que si te okupana la casa, hay que mantener a los okupas 3 años hasta poderlos echar, y pagarles luz y agua. Los mismos o distintos opinólogos que la misma ley dice que no se les puede denunciar si pasan más de 48 horas, como si hubiera premio a la denuncia más rápida. Aunque mi preferida es la creencia de que basta con tener un justificante de que Telepizza ha traído una pizza a la casa okupada para que no te puedan echar. Y nosotros sin saberlo.
Y es que el paso del tiempo luce mucho en los bulos. Debe ser por eso que hay quien cree que hay una ley según la cual la desaparición de una persona no puede denunciarse hasta que ha pasado 24 o 48 horas o 3 días, según versiones. Y eso es algo que han visto en pelis americanas, pero que aquí nada de nada. Solo faltaba
Muy relacionado con el tema de la desaparición está otro de los bulos legales más difundidos, el de que si no aparece el cadáver no hay delito, algo que repitieron hasta la saciedad en casos tristemente famosos como el de Marta del Castillo o Marta Calvo. Por suerte, no solo es incierto, sino que hay un precepto del Código que contempla específicamente este supuesto, reformado tras el caso de El Nani, en la noche de los tiempos. Pero para qué queremos una buena verdad si tenemos una mentira más vistosa.
Por supuesto, los delitos de sangre -y cuanta más sangre, mejor- proporciona un filón a nuestros bulolegalistas. Los hay que explican, creyéndose cargada de razón, de la diferencia entre homicidio y asesinato está en la intención en vez de en las circunstancias. No me imagino yo al criminal pensando “quiero matarlo, pero no asesinarlo” o viceversa. Por no hablar de la tontería e «quería matarlo, pero poquito», que también he escuchado algina vez.
Con esto delitos, hay quien tiene en la cabeza un gazpacho jurídico considerable que mezcla la realidad con creencias, películas y Derecho de otra época. Es lo que ocurre cuando siguen hablando de asesinatos con premeditación y alevosía -la premeditación ya hace mucho que no es circunstancia del asesinato- o de los agravantes de nocturnidad y despoblado, muy aparentes pero inexistentes desde el Código del 95.
Algo parecido ocurre con el supuesto delito de abandono de hogar que, aunque existe en su modalidad de abandono de familia -en el 99 por ciento de los casos es por impago de pensiones- no implica que se castigue a quien se marche de casa sin más. Todavía veo a muchas parejas que siguen conviviendo pese a estar rota la relación porque algún cuñado les ha dicho que s se van les pueden acusar por abandono de familia. O que perderán el derecho a su parte en el piso, otra leyenda urbana muy difundida.
Al pasado pertenecen también otros delitos que para algunos están plenamente vigentes. Es el caso del desacato a la autoridad, el escándalo público o el parricidio. Ahora por más que alguien se escandalice de la conducta ajena, no hay delito que valga. Y en cuanto al parricidio, no es que matar a tu padre no sea delito -solo faltaba- sino que no tiene ya ese nombre, que, por otra parte, no se aplicaba solo a asesinatos de hijo a padres sino a la mayoría de supuestos de nuestra actual violencia doméstica.
Por otro lado, por culpa de las películas es por lo que hay mucha gente que sigue empeñada en que si e acusado mente comete delito de perjurio. Y, como su propio nombre indica, eso es imposible, porque los acusados en España no solo no declaran bajo juramento, sino que pueden mentir como bellacos. Y tampoco existe la prueba de polígrafo, por más que más de una vez me lo hayan pedido. Se siente
Y luego están esos inventos que siguen sin sacarme de mi asombro cada vez que alguien los saca a pasear. Uno de ellos es el delito contra la salud pública que, aunque se circunscribe a supuestos concretos, sobre todo de tráfico de drogas, hay quien se llena la boca diciendo que lo comete quien contagia la gripe, o el COVID, por no ponerse una mascarilla. Al mismo nivel está la afirmación de que 3 plantas de marihuana no son delito, se trate de macetitas en el balcón o de una plantación, y que ignoro de dónde puede salir.
En otras ocasiones, son las circunstanciasagravantes y atenuantes las que se inventan a la medida de quinen habla. Existe la creencia de que si alguien es cinturón negro en un arte marcial se convierte en arma blanca, y por ende puede dar lugar a la agravante de uso de instrumento peligroso. Por eso, desde que mi hija fue cinturón negro de judo, debo sentirme como si tuviera una catana en casa. O poco menos, que si aun fuera menor me acusarían de tenencia de armas prohibidas o poco menos. Otra circunstancia que da ligar a interpretaciones pintorescas es la legítima defensa, que hay quien afirma que si entran en tu casa no pasa nada si atacas al ladrón. Y que nadie se lleva engaño, pero aquí no vale lo de los 100 años de perdón. Ni 10 siquiera.
A interpretaciones pintorescas se deban otros bulos, como el que afirma que el valor de lo sustraído determina si estamos ante un hurto -menos de 400e- o un robo -más 400 €- cuando lo que diferencia es, solo si es hurto, que sea delito leve o menos grave, porque si hay videncia o intimidación el robo es siempre robo. A otra interpretación curiosa responde la afirmación de que si alguien se cambia de sexo se borra su historial penal porque es otra persona, o la de que los menores pueden hacer lo que les dé la gana porque son impunes. También estaría en esta categoría la afirmación falsa de que para que haya una violación la víctima ha de resistirse, lo que no sucede ni con la ley actual ni con la anteror.
Aunque si algo da lugar a bulolegalismos a cascoporro es la fase de ejecución de las penas. Afirmaciones como que con más de 70 años no se entra en prisión -se clasifica en tercer grado, pero vaya si se puede entrar- que por una primera condena no e va a la cárcel o que nadie va por penas inferiores a 2 años son habituales, confundiendo la posibilidad de suspensión de la pena, que es facultativa y necesita del cumplimiento de determinados requisitos, con una regla inexistente. También es absolutamente falsa una creencia muy extendida, la de que por buena conducta las condenas se reducen, ni la de que a partir de 2 años de prisión se dan todos los permisos del mundo. De ahí a la cantinela de que “los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra” no hay más que un paso. De los mismos creadores de que “si pagas fianza no vas a prisión” aunque hayas matado a Manolete.
El derecho procesal también tiene sus bulos. Uno de los más famosos es la presunción de veracidad de la policía, que no se regula en ningún sitio, que los Fiscales siempre acusamos, que doy fe de que no es así, o que las mujeres han de resistirse para que se considere probada una violación.
Y, cómo no, el tema de la prueba también da para mucho. No hay ninguna ley que diga que en casos de la palabra de uno contra la de otro no hay prueba -no olvidemos que el acusado puede mentir y el testigo está obligado a decir verdad-, o que no vale la declaración de un pariente o un amigo, sin perjuicio de que se valore esta relación y de que pueda acogerse a la dispensa a no declarar, si procede. Para acabar con este ámbito, no es cierto que la prueba de indicios no tena valor, más bien al contrario, a veces es definitiva para tomar una resolución, sobre todo cuando confirma una versión u otra. Eso sí, han de ser indicios, y no sospechas infundadas.
Para acabar este estreno, aludiré algunos bulos relacionados con el mal uso del lenguaje. En nuestro Derecho no hay libertad con cargos o sin ellos -es libertad provisional o definitiva-, las denuncias no sientan en el banquillo a nadie y las querellas, como las denuncia, o son criminales o no son. Aunque mi preferido es un bulo que no sé de dónde sale, pero no tiene desperdicio: si denuncias a alguien y va a la cárcel, has de pagar su manutención. Ahí queda eso.
Y hasta aquí, este primer estreno de bulolegalismo. Ya advierto que habrá más. Pero antes de eso, daré mi aplauso, que dedico a todas las personas que han aportado para esta recopilación. Sin ellas, no habrá función. Así que mil gracias. Y gracias también a @madebycarol, por su dibujo, que, como siempre, mejora mucho las cosas.
Vaya por delante que el término sabelotodismo no es mío. Ya me gustaría. Se lo leí el otro día en un artículo a Irene Vallejo y decidí adoptarlo, porque no puede ser más expresivo. Al César lo que es del César. Dicho esto, he de recordar que, hasta este momento, poco sabíamos de las cárceles de Tailandia más allá de lo que la saga de Bridget Jones quiso enseñarnos en el cine en Bridget Jones: Sobreviviré, una película que trataba, como s frecuente n el cine, de exprimir el éxito del Diario de Bridget Jones y que hoy, visto lo visto, me ha vuelto a la cabeza.
En nuestro teatro y, a pesar de lo que parezca si vemos la tele estos días, no hay mucha gente que sepa de Derecho tailandés. Ni de Sri Lanka, Burkhina Faso, Uzbekistán, Mali o Belice, por poner algún ejemplo. Al contrario, en Toguilandia cada día se valora más la especialización porque, como dice el refranero, quien mucho abarca poco aprieta. Por más que lo intente.
Pero, si salimos del imperio de las togas y nos trasladamos al imperio de las pantallas, florece el sabelotodismo con toda la fuerza del mundo. Ha ocurrido con el asesinato cometido en Tailandia presuntamente por el hijo -y nieto- de un famoso actor, pero no es la primera vez. Ni será la última, me temo. Las tertulias de magazines y programas varios se llenan de supuestos especialistas en Derecho tailandés y, lo que es casi peor, de esos sabelotodistas que igual hablan de esto, como de física nuclear, cambio climático, filosofía pura y hasta, si surge, de la cría del calamar salvaje. Nada se les resiste.
Llevamos todo el verano con este asunto, con corresponsales de todas las teles y periódicos enviados a Tailandia para seguir minuto-resultado hasta la más mínima noticia de ello, sea la comida que ha hecho el reo, las visitas que recibe o el corte de pelo que le han hecho. Incluso la casualidad – o no- ha hecho coincidir en las emisiones veraniegas de TVE dos reposiciones de series del padre del interfecto -el Ministerio del tiempo y La señora- y otras de su abuelo, la antológica Curro Jiménez. Así que no han hecho falta serpientes de verano. La realidad siempre supera a la ficción.
Sin embargo, no es el primer, ni el único caso, de las mismas características, pero, como el protagonista no tenía un árbol genealógico tan florido, otros pasan casi desapercibidos. O sin casi. En 2016 otro español fue condenado a pena de muerte en Tailandia por el asesinato de un empresario, aunque luego fue conmutada la pena, algo similar a lo que le ocurrió a otra mujer, condenada a muerte por tráfico de drogas, aunque ella acabó cumpliendo en España la pena de prisión tras serle también conmutada. Igualmente, hay otro español condenado por asesinato en Tailandia, cometido, por cierto, en la misma isla donde presuntamente se cometió el crimen de marras.
Por su parte, cerca de mil españoles cumplen condenas en cárceles extranjeras, una lista encabezada por Francia, Alemania y Marruecos, y donde el delito estrella es el de tráfico de drogas. Aunque tal vez los casos más conocidos, y no tanto por la fama de nadie sino por el empeño de su familia en demostrar su inocencia, sea el de Pablo Ibar, que finalmente esquivó la pena de muerte, pero sigue cumpliendo condena de cadena perpetua por unos hechos que siempre ha negado. Mejor suerte corrió, también en Estados Unidos, Joaquín José Martínez, quien ostenta el nada envidiable récord de ser el primer español que salió del corredor de la muerte y que, al final, obtuvo una sentencia de no culpabilidad.
Pero, con alguna excepción, poco se sabe de estas historias. No sé dónde estarían los especialistas en Derecho Tailandés que ahora afloran como hongos. Seguramente, se hallaban ocupados en otras especialidades a cuyo carro se subieron por mor de la actualidad informativa.
Eso era lo que ocurría no hace mucho, con la gestación subrogada, la adopción internacional y hasta el testamento ológrafo, a raíz del nacimiento de una criatura, presunta nieta de una famosa por la conjunción del semen de su difunto hijo y un vientre de alquiler. Por supuesto, es bastante conocido el hecho de que esta práctica -sea de quien sea el material genético- está prohibida en nuestro Derecho, pero la caterva de conocedores de la legislación estadounidense y de cómo aplicarla al caso aparecieron por doquier. Aunque lo mejor de ese caso fue la definición que la famosa en cuestión hizo del testamento ológrafo confundiéndolo con una manifestación de voluntad hecha de viva voz. Para quien no transite nuestro mundo, aclaro que el testamento ológrafo es algo que vemos en muchas películas: un escrito, generalmente a mano, donde el testador dispone, sin necesidad de formalidades, el destino de sus bienes. Quienes estudiamos la oposición lo conocemos por el testamento de Pacicos de mi vida, por referencia a una sentencia de 1918 donde la amada transmitía a su amado su fortuna con un “todo para ti, todo, para que me quieras siempre y nunca te olvides del cariño de tu Matilde”.
También surgen sabelotodistas a cada paso cuando de okupasse trata. Porque, sin empacho ninguno, confunden okupación con otras cosas como imago de rentas. Pero, sobre todo, porque han inventado una ley inexistente, que no se cortan en alegar, que se supone que dice algo así como que no podemos echar al okupa, que le debemos pagar los suministros durante 3 años y no sé que más. Seguramente tendremos que pagarle la fiesta de cumpleaños sin que siquiera nos deje un trocito de tarta. Vaya usted a saber cómo surgió esta manifestación de bulolegalismo,
Otro asunto que hizo correr ríos de tinta que, a su vez, regaron el florecimiento de sabelotodistas fue el de Juana Rivas, de la que pocos se acuerdan ahora, pero que ocupó horas y horas de programación de todo un verano. De pronto, todo el mundo conocía al dedillo el derecho italiano y, como no, los convenios internacionales que regulaban la sustracción de menores. A lo que añadían todo lo que su imaginación tuviera a bien.
Por último, contaré una anécdota, que deja bien a las claras que el sabelotodismo tiene el futuro asegurado. Estaba yo dando una charla a todo el alumnado de un pueblo, acerca de mis libros, de la violencia de género, y de lo que surgiera. Un muchachito de no más de 17 años, muy envalentonado, me dijo que lo que yo les estaba exponiendo acerca de la ley no era cierto. Traté de rebatirle, citándole el contenido de la ley, y él, ni corto ni perezoso, me dijo que yo no conocía la ley, pero que, si le proporcionaba mi dirección de correo electrónico, él me la enviaría para que la supiera. Tal cual lo cuento
Nada nuevo bajo el sol. En su día, ya hablamos de la todología , prima hermana del sabelotodismo. Y mucho me temo que seguiremos viendo ejemplos, incluso cuando todo el mundo haya olvidado el desgraciado asunto del crimen de Tailandia. Por eso el aplauso de hoy no puede ser otro que el que dedico a quienes no se dejan llevar por ese bulolegalismo -este palabro si es mío- del que hablaba antes Y de nuevo una mención a Irene Vallejo por ese término tan inspirador con el que he titulado este estreno, y, por supuesto, a @madebycarol, por prestarme una vez más su ilustración para este estreno
Hoy, en nuestro teatro un cuento de esos que no son reales… o tal vez sí. Y si no lo son, podían haberlo sido
DESCONCIERTO
Noche del 13 de noviembre de 2015. Uno de esos días que quedan grabados en la memoria colectiva para siempre. Uno de esos que, al correr del tiempo, dan lugar a reportajes donde se pregunta a la gente qué estaba haciendo en ese preciso momento. Y yo, por supuesto, no era una excepción. O eso pensé. Estaba, como cada noche, arrellanada en mi sofá, mirando sin ver la televisión. Repartía mi atención, tal como tenía por costumbre, entre las redes sociales y un libro, con la televisión como música de fondo. De pronto interrumpieron la emisión y, antes de que conectaran con París, las redes sociales ya me confirmaron lo que pasaba. Unos sangrientos atentados teñían de sangre y odio la capital de Francia, la ciudad del amor por excelencia. En menos de una hora, el mundo virtual se llenaba de crespones negros, de Torres Eiffeles enlutadas y de lágrimas sobre la bandera gala. Las noticias, que ahora sí atendía, desgranaban datos que iban goteando cifras de muertos y heridos, condenas institucionales y testimonios de personas cercanas al lugar del horror. Yo miraba con la boca abierta y el corazón en un puño, dando gracias porque ninguno de mis seres queridos estaba en París. O al menos eso era lo que pensaba entonces. Permanecía pegada a la pantalla cuando sucedió. Estaban llegando las primeras confirmaciones sobre la identidad de las víctimas. Como siempre, nuestros informativos prestaban especial atención a la posibilidad de que existieran víctimas españolas, como si por eso dolieran más. Dieron un par de nombres que no sería capaz de recordar. Y entonces la locutora, con voz impasible, incluía en su lista un nombre: Juan García. Como mi padre. Y como un montón de españoles más. Por eso di un pequeño respingo y seguí mirando sin dar importancia a aquello, pensando que no era más que una casualidad, fruto de lo común de nombre y apellidos. En unos pocos minutos, empezaron a desfilar por la pantalla imágenes de las personas cuyo fallecimiento se confirmaba, con sus nombres sobreimpresos. Y fue en ese momento cuando empezó mi pesadilla. Con el rótulo de “Juan García” aparecía la fotografía de mi padre. Tenía un poco más de pelo y no levaba las gafas que solía usar en los últimos tiempos, pero era él, sin duda. Debía de ser una instantánea tomada hacía un par de años, quizás más. No podía ser. Mi padre no había viajado a París. Lo más probable es que los responsables de los informativos hubieran sufrido un lamentable error, fruto de la precipitación del momento y de la frecuencia del nombre. Le llamaría y seguro que nos reiríamos a carcajadas de aquella confusión tan chusca. Tenía ya seleccionado en mi teléfono móvil el número de mi padre cuando se me cayó de las manos de la impresión. Entre las imágenes que escupía el televisor había otra fotografía de mi padre, esta vez en grupo, rodeado de unas personas que no conocía. “El español Juan García con su familia”, decía el locutor. Y ahí estaba mi padre rodeado de una mujer que no era mi madre, con unos hijos que no eran mis hermanos y una nieta que no era mi sobrina. No tenía ni idea de quiénes eran aquellas personas, pero él era, sin lugar a dudas, mi padre. No daba crédito a lo que estaba viendo. Con un nudo en la garganta y temblando de pies a cabeza, conseguí dar con el número de teléfono de mi padre, después de recoger el móvil, afortunadamente indemne tras el porrazo. Nada. “El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura”, decía una voz metálica. “Deje su mensaje después de que suene la señal”. Colgué antes de que la dichosa señal sonara. Podría dejar algún mensaje, pero no sabía qué decir. ¿Cómo explicar a un buzón de voz que estaba viendo en la tele a mi padre, con una familia a la que no conocía de nada? ¿Cómo iba a decir que le habían incluido en la lista de fallecidos, a él, que nunca había estado en París? Aquello tenía que tener una explicación, o ser una pesadilla de la que tardaba demasiado en despertar. Pero mi padre no contestaba al móvil y cada vez me estaba poniendo más nerviosa. Respiré hondo tratando de tranquilizarme y opté por intentarlo con el teléfono fijo. Al fin y al cabo, mi padre era de la antigua escuela y todavía lo usaba bastante. Crucé los dedos antes de marcar y aguanté la respiración. Cinco tonos, seis, ocho, diez. Nada. Nadie descolgaba el teléfono. Me esperé unos minutos y repetí la maniobra. Nadie al otro lado. Me repetía a mí misma que todo tendría una explicación. Pero estaba empezando a perder los nervios. Tendría que ir a su casa. Guardaba una llave para emergencias y, aunque nunca la había usado, había llegado el momento de estrenarla. Comencé a recriminarme a mí misma por hacer poco caso de mi padre. Ya hacía ocho meses que mi madre murió y, después de los primeros días en que tanto yo como mi hermano permanecimos junto a él a sol y a sombra, fuimos distanciando primero las visitas y luego las llamadas de teléfono. La verdad es que hacía una semana que no hablaba con él. El trabajo me absorbía, el poco tiempo que me quedaba lo destinaba a quedar con amigos, a mi pareja, a irme de viaje y a mil cosas que ahora me parecías superficiales. Sin darme cuenta, se me estaban llenando los ojos de lágrimas y el alma de remordimientos. Pensé en recurrir a mi hermano, Tal vez el sabría de mi padre. Incluso era posible que estuviera con él en esos mismos momentos, se aclarara todo y se acabara aquel despropósito. Mi padre estaba como loco con su nietecita, que andaba un poco débil de salud. Acababa de salir de una neumonía y se recuperaba en casa. Por eso era mejor no acudir aún a mi hermano. Por eso, y porque era difícil explicarle que mi padre había salido en la tele con unas personas desconocidas, incluido entre la lista de fallecidos en el atentado de París. Era demasiado absurdo como para traducirlo en palabras. Cogí un taxi para ir a la que fue mi casa hasta que me independicé. Aunque no estaba demasiado lejos y solía recorrer el trayecto andando, la prisa me acuciaba. Como siempre que iba allí, un nudo me apretaba la garganta recordando a mi madre. Pero ahora la sensación era diferente. Una mezcla entre pánico y vértigo me estaba poseyendo por momentos. Giré la llave en la cerradura notando como el corazón se me salía del pecho. Miré a derecha a izquierda, en todas las habitaciones. No sabía qué iba a encontrar, pero solo pensarlo me daba escalofríos. Recorrí la casa sin éxito en mi búsqueda. Ni sombra de mi padre. Y, lo que era peor, ni sombra de que ningún ser humano hubiera estado allí en varios días. Ni un cenicero lleno, a pesar de que mi padre había vuelto a fumar desde que mi madre nos dejó. Tampoco había restos de comida, de bebida ni vestigios de vida reciente. Cada vez estaba más alterada. Abrí los armarios, y me di cuenta de que era incapaz de saber si echaba en falta algo de su ropa. Había hecho poco caso a mi padre, mucho menos del que debía. Y, con los remordimientos cada vez más enganchados en el ánimo, continué registrando. Estaba a punto de marcharme cuando me di cuenta de la existencia de una papelera medio llena junto al escritorio. Me lancé en plancha sobre ella. Propaganda, periódicos atrasados, crucigramas hechos y, en el fondo, un par de copias de correo electrónico. Las cogí con aprensión y me invadió una náusea. Era el justificante de un billete de avión a París, de hacía cinco días. No tenía fecha de regreso. Las piezas empezaban a encajar. Mi padre había tenido la ocurrencia de irse a Paris y la mala suerte quiso que estuviera en el momento equivocado en el lugar equivocado. Todo encajaría si no fuera por aquella fotografía del telediario. Esa no era, desde luego, la imagen de un turista que acaba de llegar a Francia. Pero aquel hombre era mi padre y se llamaba como mi padre. Lo primero que pensé fue en marcharme hasta París y tratar de encontrar una explicación a aquello. Y, por supuesto, comprobar si la persona que figuraba entre las víctimas era, efectivamente, mi padre. Pero era extraño que nadie se hubiera puesto en contacto conmigo o con mi hermano, los únicos familiares directos. Me haría pruebas de ADN y todo lo que hiciera falta para confirmar si mi padre era una de las víctimas o se trataba de un terrible error. Pensé que quizás, mientras incluían su nombre en la lista de fallecidos, él podría encontrarse en algún hospital, malherido y desorientado. Tal vez el cuerpo del fallecido estaba irreconocible y le habían asignado esa identidad por una desafortunada coincidencia. Pero la fotografía desmoronaba todas mis conjeturas. Mientras volvía a casa, al oír la radio en el taxi, tuve una idea. Tal como sugerían en el programa que tenía sintonizado el conductor, acudiría a la embajada en busca de datos. Seguro que allí encontraba el hilo de donde tirar. Traté de dormir un poco, después de asegurarme de que no había mensajes en mi móvil, ni de mi padre ni de mi hermano. Antes, repetí las llamadas al móvil y fijo. Como imaginaba, con resultado infructuoso. A primera hora de la mañana, estaba esperando en la puerta de la embajada francesa a que abrieran las puertas. Había una cola discreta de personas que habían acudido en busca de noticias sobre sus seres queridos, con los que no habían podido contactar. Padres angustiados porque no habían localizado a sus hijos que estudiaban o pasaban unos días en París, familiares de residentes, y una chica que no dejaba de llorar, cuyo novio había ido de despedida de soltero allí, una semana antes de la proyectada boda. Por fin me llegó el turno.
Soy la hija de Juan García. Oí en televisión que estaba en la lista de fallecidos. Pero nadie ha contactado con nosotros.
¿Juan García García?
Si, sí.
Lo siento mucho, señora. ¿No se ha puesto en contacto con usted su hermana?
¿Cómo dice?
Su hermana. O su madre
Solo tengo un hermano, Y mi madre falleció hace ocho meses.
Perdone, debe haber un error. Juan García es un nombre muy común
Lo sé. Pero en la tele –empecé a llorar son control- vi su foto. Era mi padre, pero con otra familia. Y mi padre nunca ha estado en Francia –repetí, alzando la voz-
Tranquilícese, señora. Eso que dice no puede ser. Le parecería a usted que era su padre. Ya sabe, la impresión, los nervios…
Oiga –le grité- No me trate como una loca. Se empeñó en que me sentara y me tomara una tila preparada por una mujer del personal de la oficina. Ya no me quedaban fuerzas para rechazarla, aunque odiaba las infusiones, que me recordaban a mi madre. Me la tragué sin rechistar, mientras esperaba que viniera alguien, según me indicó la mujer que me había atendido. No tardó en llegar un hombre trajeado, con gesto compungido y una carpeta en las manos, cuyo contenido desparramó ante mí.
Mire –dijo mostrándome unos documentos oficiales en francés-. Juan García García, ciudadano hispano francés, con doble nacionalidad
Pero, oiga, mi padre es español, español. No ha estado nunca en Francia –le interrumpí-
Pues tranquila. Está claro que es un error. Este Juan Garcia tiene dos hijas y una mujer de nacionalidad francesa. Respiré aliviada. Aquello era una lamentable confusión y solo me quedaba encontrar a mi padre. Mi prioridad era ahora saber dónde estaba y si se encontraba bien. Todo habría acabado allí si no hubiera visto la fotocopia del documente de identidad asomando en la esquina de la carpeta. Aquella foto era, sin duda, la de mi padre. Pero decidí no decir nada. No me creerían. Había llegado el momento de actuar por mi cuenta. Una semana más tarde me encontraba en un avión, rumbo a París, sin saber muy bien qué era lo siguiente que haría. Ni mi hermano ni yo habíamos tenido más noticias de mi padre, y yo me limité a decir que me iba a Francia en su busca, porque había encontrado el resguardo de un billete. Omití todo lo relativo a su foto en el informativo junto a una familia desconocida, y su inclusión en el listado de fallecidos. Ni siquiera denuncié la desaparición. En la Embajada, una vez aclarado lo que, para ellos, fue un error comprensible, no me quisieron dar más información. Intenté saber algo sobre la familia de la foto, pero fue inútil. No estaban autorizados a darme esa información. Y además me dio la impresión de que no me tomaran en serio. Y no les culpo. Llegué a París, me instalé en mi pensión y encendí la tele mecánicamente, mientras pensaba cuál sería mi siguiente paso. En la pantalla estaban retransmitiendo un homenaje a las víctimas, con conocidos y familiares presentes. Estaba segura de que era una señal. Tenía que serlo. Me di prisa en localizar el sitio de la ceremonia Por suerte, distaba unos diez minutos. Si me daba prisa, todavía llegaría. Abordaría a la viuda o las hijas de Juan García, aquel ser que era mi padre y no lo era. Esperé pacientemente en la puerta a la salida de las familias. Una mujer, dos chicas de una edad parecida a la mía y una niña eran los familiares de Juan García. Cuando vi a la niña, casi me desmayo. Era clavada a mi sobrina. Una versión mejorada de mi niña, igual que ella antes de contraer la neumonía. Traté de acercarme, con el corazón a punto de estallar. Conseguí estar cerca de aquellas mujeres, pero una valla me impedía ir más allá.
¡¡¡¡Marina!!! Una voz muy conocida pronunció mi nombre. Y entonces se hizo todo negro. Me caí redonda. Alguien debió llamar a una ambulancia y no recuerdo más hasta que aparecí en una cama de hospital. Cuando abrí los ojos, casi vuelvo a perder la consciencia, y hasta la cordura. Mi padre estaba en la cabecera de mi cama, junto a la mujer que aparecía en las fotos con él. Pero estaba allí, vivito y coleando. Aquello no podía tener más explicación que el hecho de que mi mente había dejado de funcionar como tocaba. No me atreví a decir nada. Me veía ingresada en cualquier unidad psiquiátrica, ya no sabía si en Francia o en España.
Marina, te presento a tu tía Marie
¿Cómo? Mi padre nunca tuvo a una mujer en París, ni a otros hijos que no fuéramos mi hermano y yo. Sin embargo, sí que tenía una familia. El Juan García que murió en el atentado era su hermano, hijo de mi abuelo, quien había mantenido toda la vida a dos familias paralelamente. La de su mujer legítima, mi abuela, y la de aquella chica que servía en su casa y de la que estuvo toda la vida enamorado. Les prohibieron casarse y encontró el modo de mantenerla, tras emigrar ella a Francia. Su trabajo de representante con sus constantes viajes facilitaba las cosas. Mi abuela nunca supo de su existencia y mi padre, que descubrió hacía poco que tenía un hermano, viajó a Paris con la esperanza de conocerlo. No llegaron a verse. Mi tío le esperaba en la terraza de una cafetería cuando, como otras personas, fue asesinado en aquella noche fatídica. Solo le quedó de él una foto que era la viva imagen de sí mismo. Sin sus gafas y algo más joven que él. La foto que vi en el informativo. Me abracé a mi padre jurándome a mí misma que no volvería a dejar pasar un solo día sin llamarle. Mi tía Marie le tomó de la mano y se miraron a los ojos con una expresión que no supe interpretar. Entonces recordé que el pasaje de mi padre no tenía fecha de regreso.
La solidaridad es algo muy encomiable. Pero, más de una vez, se da la vuelta la tortilla y lo que empezó como una buena acción, nos devuelve cosas maravillosas que superan muestras expectativas. Los Milagros existen, y no hace falta ir a ningún Paraíso a buscarlos. A veces están micho más cerca de lo que creemos. Y es que podemos vivir en Un lugar llamado milagro sin saberlo siquiera.
En nuestro teatro la solidaridad existe y los milagros también, aunque en ocasiones nos cueste encontrarlos. Pero más allá de Toguilandia, todavía los encontramos mucho más. Y de eso es de lo que quería hablar hoy.
El milagro del que hablo hoy se llama Sidi y tiene nueve años. Su piel e de un precioso tono oscuro y sus ojos son dos cálidas chispas de color carbón. Y sé que me estoy poniendo cursi, pero no se me ocurre mejor manera de explicarlo. Si le conocierais, me entenderíais. Seguro.
Es el segundo verano en España de Sidi. El segundo verano que una familia tiene la fortuna de tenerlo acogido. Y en este caso, soy yo la que he tenido la suerte de que ser amiga de su familia de acogida. Una doble suerte, claro está: porque sean mis amigos, y porque eso me haya permitid conocer a Sidi.
Sidi viene de Sahara, es tierra de la que solo nos acordamos cuando algún conflicto nuestro la pone en titulares, a pesar de que allí viven en conflicto permanente, un conflicto en el que siempre son otros quienes quieren decidir por ellos, mientras les niegan muchas de esas cosas que creemos que nos corresponden por el simple hecho de haber nacido a este lado del globo terráqueo..
Pero no quiero hacer política no contar una historia triste, sino una historia alegre, muy alegre. Porque eso es lo que es cada momento de este niño fantástico. Me contaba su “madre” de acogida que el otro día se puso muy contento por el solo hecho de que empezó a llover y tocó las gotas de lluvia con las manos. También le hace feliz el agua del mar y, sobre todo, el agua de la piscina, de la que no saldría en todo el día. Y cada cosa nueva que descubre, es algo que redescubrimos los demás. Con él cobran nuevo significado cosas a las que no dábamos importancia.
Pero si Sidi está aquí junto a nosotros, es gracias a una iniciativa que funciona desde hace mucho tiempo. Se llama Vacances en pau -Vacaciones en paz- y lleva ya más de cuarenta años trayendo todos los veranos a niños del Sahara a pasar sus vacaciones en nuestra tierra, acogidos en familias que se ofrecen voluntarias para ello.
Que nadie se lleve a engaño pensando que es un atajo para la adopción, porque no se trata de eso- Sidi tiene padre y madre y una hermana preciosa. Tiene una familia extensa que le quiere y a los que quiere, y sus necesidades afectivas están cubiertas. Como todos estos niños y niñas, no necesitan una familia. Lo que necesitan es una oportunidad para conocer disfrutar de todas esas cosas a las que no tienen acceso. Lo que necesitan son unas vacaciones en paz.
Y eso es lo que hay que darles. Eso, y mucho amor, que ellos devuelven corregido y aumentado. Ahí es nada.
Ojalá Sidi, y muchas niñas y niños como él puedan disfrutar de muchas más vacaciones en paz. Y ojalá muchas familias decidan aceptar ese reto del que seguro que no se arrepienten. Las razones son muchas: conocer otra cultura, que nuestros propios hijos sepan valorar todo lo que tienen, que la criatura tenga las oportunidades que el destino le ha negado son algunas de ellas. Pero la esencial es una tan sencilla como que dar y recibir amor no tiene precio. Ni fronteras.
Por eso hoy, en este estreno atípico, quiero dar un doble aplauso. A Sidi, desde luego. Y a todas las familias que participan en estas acogidas, empezando por la de mis amigos