
El paso del tiempo es un tema recurrente en el arte. Porque afecta a todo el mundo, nos guste o no. El cine ha sacado mucho partido a estos temas. Hay películas sobre personas de edad avanzada y sus problemas, como En el estanque dorado y otras que se centran en determinado tramos de edad, como la adolescencia y primera juventud de Rebeldes. Y, por supuesto, hay muchas que tienen como protagonistas a niños y niñas, como la saga de Solo en casa. También hay películas que tratan de la decadencia que la edad supone en el propio mundo del cine, como El crepúsculo de los dioses o ¿Qué fue de Baby doll?. Y es que, de un modo u otro, nadie escapa al paso del tiempo. Como lo vivamos es otra cosa.
En nuestro teatro, la edad tiene influencia en muchos más aspecto de los que pensamos. Ya dedicamos un estreno a la edad en su día, aunque lo que hoy quiero abarcar es otro tema, relacionado pero diferente, el edadismo. O lo que viene a ser la discriminación por edad.
Como decíamos, la edad tiene una influencia directa en Toguilandia. Lo 14 años marcan la responsabilidad penal de los menores , los 18 la de todo el mundo y hay demás edades diferentes para actos como ser testigo o emanciparse. Y, por arriba, entre los 65 y los 70, según profesiones, se fija la edad de jubilación, salvo jubilaciones anticipadas, por abajo, y prórrogas, por arriba, algo muy frecuente en nuestro mundo con la figura de los llamados “eméritos”, que existían mucho antes que el rey abdicado nos quitara el nombre. Cosas de la fama.
A modo de curiosidad, contaré que, aunque como fiscales tenemos, al igual que la judicatura, nuestra edad de jubilación “oficial” a los 70, con la posibilidad de prórroga de la que hablaba antes, nada hay previsto para la figura de Fiscal General del Estado. De hecho, cuando, allá por el año 2000 pertenecí al Consejo Fiscal, viví la jubilación de la carrera fiscal de quine era entonces Fiscal General del Estado que, sin embargo, siguió ostentando el cargo de Fiscal General. No diré nombres, pero quien tenga curiosidad tienen a San Google a su disposición.
Mucha gente, por no decir todo el mundo, hemos presenciado episodios de edadismo, o discriminación por edad mas o menos clara. Si aterrizamos en la carrera más pronto que la mayoría, o nuestro aspecto es demasiado “juvenil” siempre hay alguien que nos mira por encima del hombro con cierto aire de superioridad. La veteranía es un grado, sin duda, pero cuando se llega hasta ahí es porque se está preparada. Ya h contado alguna vez que cuando llegué a mi primer destino, junto a otras compañeras tan pipiolas como yo misma, alguien dijo, medo en broma medo en serio, que necesitan fiscales, no niñas. Qué le vamos a hacer.
No obstante, la discriminación por edad más preocupante es la que tiene lugar con las personas de cierta edad, a veces tan sutil que casi no nos damos cuenta. Seguro que hemos oído referirse a abogados u otros profesionales mayores diciendo que es “un abuelete” y que esa es la razón por la que hace determinadas cosas o no hace otras. Especialmente significativo es lo que sucede con el uso de las tecnologías, a las que algunas generaciones hemos llegado tarde y mal y que hacen que los nativos digitales nos miren con una superioridad rayan a veces en la condescendencia. Un poquito de empatía () siempre sería de agradecer.
Cuando se habla de estos temas, recuerdo una anécdota que todavía me hace mala sangre. Estábamos en la sala de la Audiencia Provincial y presidía un magistrado muy conocido por su agrio carácter, por decirlo de algún modo. El abogado de la defensa era un hombre mayor, probablemente al borde de la jubilación, que no se caracterizaba por la rapidez de reflejos. Como quiera que llegó una cuestión previa de considerable complejidad, el abogado, entre la presión que suponía la fama del presidente y la dificultad de estudiarse en unos minutos lo que necesitaba mucho tiempo, comenzó a balbucear de puro nerviosismo. Y entonces fue cuando el magistrado le soltó un exabrupto que recordaré siempre como ejemplo de lo que no se debe hacer, y le gritó delante de todo el mundo que lo que debería hacer es volver a la facultad, porque no sabía nada. Ver a aquel hombre, que podía haber sido mi padre, al borde de las lágrimas, es algo que recordaré toda mi vida. Y no para bien precisamente.
La discriminación por edad ha tardado en tener reflejo en nuestro Código Penal. La reforma operada en la ley de protección de l infancia y la adolescencia en 2021, popularmente conocida como “ley Rhodes” que introdujo entre los motivos de los delitos de odio y en la agravante de la misma naturaleza, la discriminación por edad, junto a la aporofobia () de qu también hablamos en su día. No quiere esto decir que toda discriminación por edad sea un delito, como no lo es cualquier otro tipo de discriminación que no reúna los requisitos del tipo, pero tiene enorme importancia a la hora de visibilizarla.
No hace mucho, y en relación con el fallecimiento de una otrora famosa presentadora de televisión, sus hijas dijeron que se vino abajo cuando la apartaron de las cámaras por, seún ellas, razón de su edad. Y también hace poco, un ex presidente del gobierno achacaba el hecho de que no se le hiciera e caso que él demandaba, a la edad. Será o no verdad, pero ahí está, como factor.
Así que tendremos que tener muy en cuenta estas cosas cuando se aparte a las personas por su edad o no se les atienda del modo que requieren sus circunstancias, o deje de otorgársele alguna prestación a la que tengan derecho por esa misma causa. Pensemos en lo que ocurriría si un profesional sanitario le negara la asistencia o la pospusiera porque considere que no merece la pena, o si la orden viniera de una administración pública. Para pensarlo, y mucho.
No son los único supuestos. Recordemos la reacción que desencadenó -con razón- la campaña montada por una persona mayor para que la atención en los bancos fuera personalizada para aquellos que nada saben por su edad de ordenadores ni t4eclados. El lema, “somos mayores, no tontos” lo decía todo.
Por todo eso, hago una llamada a la reflexión, más allá de lo que dice el Código penal. Porque las personas mayores se han ganado a pulso nuestro respeto y nuca debe faltarles. Por supuesto, el aplauso es hoy para quine recoja el guante. Que ya voy cumpliendo años y tendré que abonarme el camino. ¿no?








