Carta a los Reyes; esta sí que sí


                ¿Qué sería del mundo sin la ilusión de la Navidad? Se llamen Reyes Magos, o se tate de Papá Noel, las niñas y niños de todo el mundo esperan por estas fechas sus regalos, jurando y perjurando que se han portado bien. El mundo del cine se hace eco de ello, aunque es verdad que Los Reyes Magos pierden por goleada frente a Santa Claus en cuanto a protagonizar películas. Cosas de nuestra cultura audiovisual, que bebe más de fuentes anglosajonas que de otras. Pero, al fin y al cabo, el Espíritu de la Navidad es siempre el mismo.

                En nuestro teatro la Navidad se nota poco, salvo por la rebaja de los señalamientos y, desde hace un año, la “inhabilitación” de esos días que, con las vacaciones escolares, convertían la conciliación familiar en un deporte de alto riesgo

                Hoy, como cada año, en Con mi toga y mi tacones, que somos más fan de los Reyes Magos, les escribo mi carta. Y como es una carta toguitaconada, pediré las cosas que afectan a nuestro escenario, que de pedir la paz en el mundo ya se ocupa mucha más gente. Aunque, visto lo visto, con bien pobres resultados.

                Como no podía ser de otro modo, lo primero que hay que pedir es la renovación del Consejo General del Poder Judicial, que casi lleva más tiempo en funciones que el plazo para el que fue elegido. Y ya sé que no debería pedirse a los Reyes porque hay mecanismo establecido para ello, pero, como quiera que no hay manera de que del modo que tendría que ser natural no hay manera, tendremos que acudir al sobrenatural. Que ya sabemos que los Magos de Oriente todo lo pueden.

                Otra de las cosas que es necesario pedir es algo que no es directamente para Toguilandia, pero con la cual Toguilandia mejoraría y sobre todo descansaría. Y no es otra cosa que convencer a todo el mundo y, sobre todo, a la clase política, de que el Derecho Penal es de verdad la última ratio y no la primera. Es decir, que los asuntos no se solucionan yendo al juzgado a denunciarlo todo. Que, aunque parezca una perogrullada, lo que es delito es delito, y lo que no, no. Y usar la fiscalía o los juzgados como el comodín del público nos da más trabajo del que nos podemos permitir. Que ya tenemos bastante con lo que tenemos.

                Y hablando de lo que tenemos, habrá que hablar también de lo que no tenemos, que son tantas cosas que necesitaría varios tomos de la enciclopedia Espasa para detallarlo. Pero que nadie se asuste, que tengo una buena capacidad de síntesis, y podría resumir lo que necesitamos en una sola palabra: todo. O bien, emulando a Jesulín de Ubrique, podría expresar nuestras carencias en dos palabras_ Im presionante.

                Pero concretaré un poco más. Necesitamos más juzgados, con su magistrado o magistrada, su LAJ y sus funcionarios, más plazas de fiscalía, y una equitativa distribución de unas y otras. También necesitamos la mejora de algunas sedes que las hay que están que se caen a pedazos. Y, ya puestos, darle una repensada a la planta judicial que hay algunas cosas, sobre todo en cuanto a la reciente comarcalización de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, que claman al cielo.

                Y, por supuestísimo, pedimos a gritos la implantación racional de las nuevas tecnologías, que cuando nos llegan a Justicia ya son vejas. La gente que no es habitual de nuestras funciones alucina, pero todavía usamos cosas como el fax, la valija, el telegrama o el correo certificado con acuse de recibo, ese famoso papelito rosa. Tan rosa como los de los mandamientos de devolución, otra antigualla. O los cuños, que son pieza esencial por estos lares. Lo crean o no. Pero he de insistir en que esas cosas se hagan racionalmente, que de podo sirve que se empeñen en que hagamos declaraciones por videoconferencia si luego las videoconferencias tardan una media de cuarenta minutos en conectarse. Y eso si se logra, que no es siempre.

                Al hilo de esto, no estaría de más pedir una nueva ley de enjuiciamiento criminal que la que tenemos ya se ha ganado más que de sobra la jubilación, que después de 130 años ya les vale. Ahora bien, eso hay que pedirlo con la boca pequeña, que el papel es muy sufrido, y no vayamos a encontrarnos que nos cambian todo y no nos dan medios para llevarlo a cabo.

                ¿Y por qué digo esto? Pues porque veo venir que cualquier día nos caiga la instrucción para el Ministerio Fiscal y no nos den ni plazas, ni medios materiales, ni funcionarios ni na de na. Y eso sí que no. A mí si los Reyes me traen la Instrucción me parece estupendo, que ya lo hacen así en toda Europa y no ha venido el Apocalipsis, pero con las reformas que hagan falta, medios y dignidad. Porque si no es así sí que se nos caerá la justicia a pedazos.

                Y hasta aquí mi carta. No he pedido posits ni bolis como otros años, pero no porque tenga, sino porque ya he desistido y me los compro en el Todo a cien.

                Solo me queda el aplauso. Y ese será esta vez para Sus Majestades… pero cuando veamos si cumplen, que nos tienen muy abandonaditos

                Y, por supuesto, la ovación extra para @madebycarol, que me ha cedido una vez más su ilustración

Deformación profesional: Derecho a cachitos


              A veces estamos tan acostumbradas a ver unas cosas, que todo lo pasamos por ese filtro. Como Billy Elliot, que veía ballet donde debía de haber visto boxeo, o el protagonista de El club de los poetas muertos, que en cualquier cosa encontraba una razón para enseñar a sus alumnos. Y es que las cosas cambian según el prisma desde el que se miren.

              En nuestro teatro somos especialmente proclives a ver Derecho en todas partes. Y buena muestra de ello la tuve la pasada Nochevieja, en que, viendo y comentando un programa de televisión con una amiga -cada una desde un punto de España diferente- acabamos viendo cuestiones judiciales por todas partes.

              El programa era Cachitos, y no es la primera vez que dedicamos un estreno toguitaconado a un programa de televisión. Ya lo hicimos con Masterchef o Maestros de la costura, y también con las series en general, y hoy le toca a Cachitos Nochevieja. Así que vamos a ello.

              Mi amiga y yo no tardamos en encontrar reminiscencias jurídicas en algunos de los rótulos -a mi me gusta más llamarlos “cartelitos”- y pronto las veíamos a diestro y siniestro. Por supuesto, lo primero que llamó mi atención fue la referencia a la Fiscalía. Respecto del Dúo Dinámico, comentaban, con razón, que su repertorio -15 años, Lolita, Muy joven para amar- “debería tener una carpeta propia en la Fiscalía”. Al Derecho de menores se hacía referencia también al hilo de una actuación de Marta Sánchez rodeada de niñas y niños, donde decía “el Dejad que los niños se acerquen a mí, según el defensor del pueblo, tiene sus riesgos”.  Y ojo, que el tema seguía, y la alusión al Defensor del pueblo también, esta vez con Georgie Dan y los ocultos -o no tanto- mensajes sexuales de sus aparentemente inocentes temas. Y es que, además de Derecho de Menores, está claro que a los guionistas les gusta el Derecho Constitucional

               Y no era la única referencia, aunque fuera implícita a la fiscalía. ¿O no era claramente una alusión a nuestra función acusadora la reproducción de la canción de los Hombres G Has sido tú? El dedo acusador nunca falta. Aunque Luis Miguel se empeñe en buscar otros culpables, por tontos que parezcan, como la noche, la playa o la lluvia. Pero las pruebas son las pruebas. Por eso rotularon respecto a los éxitos de Maná “No hay más preguntas, Señoría”.

              Y siguiendo con los delitos sexuales, referencias a mansalva. Desde María Jiménez, cuyo “Se acabó” -precedente del #MeToo- se erigió en un lema muchos años después, hasta la razón del uso de dicho lema, lo que rimaron refiriéndose al año 2023 como “el año en que adoramos a Vico y aborrecimos un pico”. Hasta la Ley del sí es sí tuvo su espacio, cuando dice de una actuación de cantante en solitario “este video pertenece a la época en que los piropos no estaban mal vito y los coreógrafos se morían de hambre”. Genial.

              No eran los únicos cartelitos donde veíamos delitos contra la libertad sexual. Porque ¿no podía ser un delito de grooming lo que decía de “Santa Lucía”, que “igual es un perfil de Tinder falso”. Y muy claro lo que comentan de un tema de Ketama “Cuando llegas de borrachera, hay dos opciones: no acostarte o escribirle a tu ex. Eligieron la correcta” Y tanto que sí.

              Aunque quizás lo que más me llamó la atención -para bien- fue la firme apuesta contra la Violencia de género. A propósito de un tema de Tom Jones, Delilah, decía el cartelito que pese a emplear un tono romántico, cuenta un asesinato machista. A continuación, recuerda a las 55 mujeres muestras por violencia de género este año y recuerda la necesidad de romper el silencio. Chapeau

              Hasta los autos de alejamiento y su quebrantamiento podrían tener una alusión velada con e tema de Ladilla rusa “A un metro y medio de ti” ¿O soy yo, que estoy obsesionada?

              También los delitos relacionados con derechos fundamentales tuvieron su espacio. El derecho a la intimidad, cuando decía que los Secretos no son tan Secretos desde lo de Pegasus. Y, desde luego, el derecho a la libertad de expresión y la condena de la censura con un cartelito en la actuación de Amaral que lo decía todo sin expresar una sola letra: solo el símbolo de los pechos.

              Otros temas penales que vimos con claridad fueron los delitos de odio, cuando en un vídeo de Barrio se habla, irónicamente a un barrio sin gentrificar; los delitos de daños, al reproducir un tema que decía “voy a pintar las paredes con tu nombre, mi amor” -también rayano en las coacciones o el acoso- o la agravante de disfraz cuando, a cuento de una actuación de Natalia Lafourcade, describe su maquillaje como “la finísima línea entre el maquillaje y la tanatopraxia”. Sin comentarios.

              Faltaba por citar una alusión directa a la rebelión, en un tema de Alejandro Sanz, y a la intoxicación plena e incluso el tráfico de estupefacientes, con un título tan poco sutil como Mescalina mi amor. Y, por descontado, al delito fiscal, cuando se habla de la declaración de la renta de Shakira, o de “cuando crees que no te ven” con Alejandro Sanz, cuando todo el mundo sabemos que Hacienda acaba enterándose de todo.

              El Derecho Internacional también estuvo presente cuando se comentó que ojalá la única guerra que tuviéramos fuera el apellido de Juan Luis, el cantante que buscaba visa para un sueño, o cuando se dice “hagamos el amor y no bombardeemos niños”. Derecho de gentes puro y duro.

              Y, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive el jurista. El Derecho laboral estuvo presente con relación al cantante Manolo Escobar del que, al interpretar el famoso “Chiquilla”, se habla de su apoyo a la Seguridad Social, o con Carmen Sevilla, de la que se decía que era la única artista que se puso años, lo que hizo para poder sindicarse.

              El Derecho Administrativo vino representado en Cecilia y su “Mi querida España”, en que, con un mapa con la división en provincias, se comenta que solo queda eso, la división. También hay, cómo no, alusión al uso de las lenguas cooficiales con un tema de Andrés Do Barro y otra de un grupo de folklore vasco. Y también hay Memoria histórica, referida en este caso a grupo Mecano.

              Para acabar, una clara referencia, a mi entender, a la equidad.  ¿O no es eso cuando se dice que “El del medio de los Chichos ya solo aparece en Cachitos: en un país de extremos no queda nadie al centro”? Pues con eso me quedo.

              Así que solo falta el aplauso. Y esta vez, no puede ser para nadie que no sea mi amiga y, por descontado, los guionistas del programa. Espero estar a la altura.

Adiós 2023: hola 2024


              Como cada año, toca el momento de hacer balance de lo que nos dio el año. Como en el cine hicieron Tú y yo, Cuando Harry encontró a Sally, pasaremos nuestra Noche de Fin de año despidiendo al que se va y dando la bienvenida al que llega. Es lo que toca.

              En nuestro teatro no se suele hacer balance a estas alturas, porque el año judicial, como el año escolar, empieza después del verano y acaba cuando los calores son insoportables. Aunque lo que sí sufrimos tanto en el fin del año judicial como en el fin del año natural, es ese síndrome del fin del mundo por el cual los expedientes inician una suerte de viaje de una a otra mesa porque nadie quiere que le pille el fin de año con causas pendientes. Cosas de Toguilandia.

              Pero hoy, como ya viene siendo costumbre en Con mi toga y mis tacones, dedicaremos esta función a dar un repaso a todas las cosas buenas que me ha reglado este año. O a casi todas, que seguro que algo se me pasa.

              El año 2023 empezaba bien. Todavía estaba recién estrenado cuando me llegaba la noticia de que era finalista del concurso de cuentos falleros de la Revista el Turista Fallero. Mi relato “Diferent”, escrito en valenciano, merecía la consideración del jurado hasta quedarse entre los mejores. Aunque el premio no fue para mí, no pierdo la esperanza de que lo sea este año.

              En el mes de febrero un precioso acto culminaba algo que conocía desde hacía unos meses: la concesión de la medalla de la policía local de l’Alcudia, un pueblo de Valencia al que no puedo estar más agradecida. Es un honor haber sido distinguida con tal condecoración.

              Continuaba el año con la entrega de los premios literarios de teatre en valencià que otorga Junta Central Fallera, de los cuales había resultado finalista en dos categorías. La concesión del tercer premio de microteatre y del tercer premio de Apropòsit infantil me llenó de gozo, aunque no me importaría mejorarlo. A ver si este año se puede.

              Y llegó marzo, con su Día de la Mujer, sus Fallas, y todas sus cosas buenas. Y no defraudó. Este año tuve el inmenso honor de que la ONCE en Valencia me considerara una mujer tan destacada como para hacerme entrega del original de su cupón del 8 de marzo, que guardo como oro en paño.

              Y, con los primeros petardos de las Fallas, asistí a la presentación del Llibret de la Falla Na Jordana, una de las más conocidas de Valencia por su actividad cultural, en el que contribuí con un cuento infantil llamado “Les lletres de Carla” que según me dijeron, les encantó. Y yo, claro está, encantada de colaborar.

              Cuando aun no había acabado el mes de marzo, una de mis criaturas veía la luz. Se trataba de El coche de bomberos , un cuento infantil que utiliza el símil de un coche de bomberos para hablar de niñas, niños e igualdad. Mi noveno libro, que pronto tendría más hermanitos.

              En efecto, el mes siguiente, en plena feria del libro, presentaba otra de mis nuevas criaturas, Bessones , mi primera novela para adultos en valenciano. Y, tras la repercusión que ha tenido, espero que no sea la última. La portada, como las ilustraciones del cuento fallero y del Coche de bomberos, han sido obra de madebycarol, mi ilustradora de cabecera y querida amiga. Gracias por secundar mis locuras.

              Y por supuesto, la temporada de concursos de microrrelatos no podía faltar. Por el día de las Bibliotecas, en el concurso organizado por la biblioteca de Massamagrell, mi microrrelato “Para siempre”, dedicado a Anna Frank, fuer ganador del primer premio. Y, después, en Sagunto, mi microrrelato “Boquerones en vinagre” fuer merecedor del tercer premio. Ambos están incluidos en la pestaña de Microrrelatos de este toguitaconado blog.

              Ya después del verano, una nueva alegría me inundaba de ilusión, de esa ilusión de todos los días que es la característica de la ONCE, que me distinguía con el premio Solidaridad en la categoría de persona destacada. Fue una alegría y un honor inmenso, recibido, además, en un acto precioso que nunca olvidaré. Soy muy afortunada.

              El mes de octubre también me tenía reservada una bonita sorpresa. En la celebración que el Consell Valencià de Cultura hace el día de las Escritoras, fui una de las escritoras escogidas para homenajear a otras escritoras. En mi caso, además, era muy especial para mi la escritora a la que me correspondió homenajear, Santa Teresa de Jesús, ya que, después de quince años estudiando en las teresianas, no podían hacer escogido mejor. Fue un acto maravilloso, en el que la igualdad y la cultura se daban la mano.

              Y el mes de noviembre, con todos los actos dedicados al Día contra la Violencia de Género, me hacía un regalo inolvidable. La Compañía Mujeres en construcción, de la que forma parte mi hija como coreógrafa y bailarina, recibía en premio Igualdad de la Unión de Trabajadores de la ONCE. Un premio en el que yo misma, como escritora de los textos, también tuve participación. Es una experiencia inigualable la de recibir un premio junto a mi hija. Lo aseguro.

              El último mes del año también tenía una agradable noticia, la de encontrarme incluida en la lista de las 25 mujeres más influyentes de nuestro país. Y nada menos que en el noveno puesto. ¿Se puede pedir más?

              Y como no todo es trabajar, ni siquiera escribir, el año ha venido coronado por esa otra pasión mía, el baile. En ballet y contemporáneo, además de varias actuaciones, fui distinguida junto con mis compañeras con el premio revelación del certamen Mediterráneo. Y en dansà y bailes regionales, cada día disfruto más, castañuelas incluidas. Que no se diga

              Y hasta aquí este repaso al año. El que viene, más y mejor, que ya hay varios proyectos en camino de los que no hablaré por no adelantar acontecimientos. Y concluyo con el aplauso, como siempre. Que dedico esta vez a todas las personas que, de uno u otro modo, me siguen, me leen o ambas cosas. Muchas gracias de nuevo y feliz 2024

LoteríaDeLaMadrina: Hagan juego


              El juego siempre paree tener connotaciones negativas. Y el cine y la literatura han contribuido a ello con obras como El jugador, Living las Vegas y, en el extremo opuesto, cintas como Los Bingueros. Y es que el azar nunca ha tenido demasiado buena fama.

              En nuestro teatro, los juegos de azar tienen su espacio, que más de una vez ha dado lugar a pleitos de importancia. Amigos o familia que rompen sus vínculos más estrechos para convertirse en enemigos acérrimos por culpa de un premio compartido a la lotería o a cualquier otro juego.

              Todavía recuerdo, cuando era muy pequeña y ni siquiera soñaba con mi toga y mis tacones, que mi padre celebraba una gran victoria como profesional. Había ganado el primer juicio en el que se reconocía el derecho de cobrar parte del premio de un bingo acumulado a la compañera de mesa con la que la afortunada compartía cartones. Mi padre estaba tan contento con aquello que hicimos una celebración por todo lo alto, aunque más aun lo estaba la clienta en cuestión que fue quien, al fin y al cabo, proporcionó el jamón con el que festejamos la victoria. Así que no todo lo que se relaciona con el juego ha de ser malo.

              Pero hay veces en que el juego no solo no es malo, sino que es bueno. Muy bueno, para ser exacta. Y, aunque haya quien ya se imagine de qué voy a hablar, que llegadas estas fechas y conociéndome pudiera ser, lo explicaré de nuevo. Porque la ocasión lo merece.

              La lotería de la madrina es una lotería especial, tan especial que siempre se gana con ella, aunque no toque. ¿Y cómo puede ser eso? Pues muy sencillo. Porque esta lotería no solo es un juego de azar, sino mucho más. Es la punta del iceberg de una inmensa obra social que nació tras el fallecimiento de la que fuera la primera fiscal de sala de Violencia de Género, Soledad Cazorla . Según ella dispuso se creó un Fondo de becas destinadas a sufragar la educación de aquellos niños y niñas que perdieron a su madre en un asesinato machista. Una gran necesidad de la que se habla poco.

              Imaginemos por un momento lo terrible que debe ser quedarse en una situación de orfandad por esta razón. Es difícil, pero tratemos de ponernos en la piel de estas niñas y niños. Y pensemos que, además de lo duro que debe ser vivir con esto toda la vida, deben enfrentarse a que su vida y sus rutinas se den la vuelta como un calcetín. Con una madre muerta y un padre en la cárcel, por ejemplo, las expectativas de estudiar una carrera, o un máster, o cualquier otra cosa, se esfuman. En muchos casos, además, al dolor hay sumar los problemas económicos. Y hay quien no ha tenido otro remedio que dejar los estudios y trabajar en lo que salga. Sobre todo, si hay otros hermanos a los que sacar adelante.

              Así que esta pandemia terrible que es la violencia de género suma a su reguero de dolor y muerte otras consecuencias más desconocidas. Todos esos niños y niñas que nunca llegarán a ser lo que podrían haber sido si la violencia machista no se hubiera cruzado en sus vidas. El mundo podría haber perdido a científicos notables, a médicas, arquitectas, deportistas o artistas de cualquier clase. Podrían ser muchos los descubrimientos que no se hubieran hecho y las obras que no se hubieran creado. Y nunca llegaríamos a saberlo.

              Y aquí es donde entra ese juego del que venía a hablar hoy, la lotería de la madrina. Con este juego lo que se sufragan son becas para esas criaturas cuyas vidas quedaron truncadas por la violencia de género. No podemos quitarles el dolor, pero sí podemos conseguir que sigan estudiando, y lleguen a ser lo que hubieran querido ser si sus madres no hubieran sido asesinadas. Y el mundo no se quedará sin sus descubrimientos ni sus obras. Así de sencillo y así de importante.

              Por eso decía al principio que en este juego se gana, aunque no toque. Porque el fin merece la pena. Sin duda.

              Ahora solo me queda el aplauso. Y, aunque lo daré a cualquiera que compre de esta lotería maravillosa de la que tengo el honor, un año más, de ser madrina, será todavía más grande si el número elegido es el mío. Con solo hacer clic, ya es nuestro. Pero dejo el enlace aquí abajo por si acaso. Que lo que abunda no daña

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert?s=08

#cuentosdeNavidad : La niña de hojalata


-Mamá ¿has tirado ya la carta a los Reyes?

-¿Por qué, hija?

-Dime -me apremiaba- ¿la has tirado?

            Mi hija suplicaba con un hilillo de voz, toda la que su precario estado de salud le permitía. A pesar de que solo tenía siete años recién cumplidos, hacía tiempo que vivía en tiempo de descuento. Su corazón, que siempre había sido un mal trabajador, se había vuelto tan perezoso que ya no servía para lo que fue concebido, y pedía a gritos un recambio. Un recambio que solo podía llegar por ese trasplante por el que hacía tiempo que suspirábamos.

-Bueno, aun no. Iba a tirarla hoy al correo. ¿es que te has olvidado de algo?

-No es eso, mami. Pero es que tengo que cambiar lo que he pedido -la angustia le teñía la voz- ¡Es muy urgente!

-Está bien, ahora mismo la traigo.

             Cogí de mi bolso la carta que mi hija había escrito con su letra recién estrenada. Estaba muy orgullosa de haber aprendido a leer y escribir a pesar de haber pasado casi toda su vida hospitalizada. Y yo, más orgullosa aún, claro está.

            Me pidió una goma de borrar y un lápiz y ante mis propios ojos, hizo algo que me dejó sin palabras. Borró la única petición de su carta a los Reyes, que apareciera ese donante por el que suspirábamos

-Mami, mi compañera de habitación, aquella niña mayor tan simpática, me explicó que para que yo tuviera un corazón nuevo tendría que morir otra niña. Y yo no quiero que nadie se muera por mi culpa.

              Tuve que tragar saliva y respirar hondo para disimular las lágrimas. Y le conté la historia que mi imaginación sacó a la luz para rescatarme

-Cariño, no te preocupes. ¿Te acuerdas del Mago de Oz? ¿Aquel cuento que leímos el otro día?

-Sí

-¿Y te acuerdas de que era lo que pedía el espantapájaros?

-Claro. Un cerebro

-¿Y el león?

-El león quería ser valiente -sonrió- Porque era un poco cobardica

-Así es. ¿Y qué pedía el hombre de hojalata?

-Pues…un corazón -se amplió su sonrisa- ¡Como yo!

-Exactamente

-Entonces -la alegría volvió a su carita cansada- ¿Yo soy la niña de hojalata?

                Se quedó aquel apodo para siempre. Incluso hoy, muchas navidades después de aquella, lo seguimos recordando. Los Reyes Magos le trajeron el corazón que pedía, y Papá Noel también arrimó el hombro para que no hubiera rechazo. Fueron las mejores navidades de nuestra vida, sin lugar a duda. Pero no pude evitar pensar en aquella otra casa donde, en un lugar desconocido, lloraban a la niña cuyo corazón le dio la vida a mi hija.

            Ella no lo supo entonces, se aferró a la historia de la niña de hojalata y siguió adelante. Pero en las primeras navidades de su nueva vida inauguró una tradición que desde entonces hemos seguido. Nuestro árbol de Navidad está siempre coronado con una estrella de hojalata que mi hija coloca el 24 de diciembre, en recuerdo de aquella niña.

            Hoy hace ya diez años de aquel día de Nochebuena en que nuestra vida cambió para siempre. Y, como siempre, hemos puesto la estrella de hojalata en el árbol. Y esperamos seguir haciéndolo muchas navidades más.

Equidistancia: ¿en el medio está la virtud?


              Hay un refrán que dice que “en el medio está la virtud”. El problema es, en muchos casos, saber dónde está ese punto intermedio que no siempre es fácil de encontrar. ¿Está Atrapada en el medio, En mitad de la noche, En mitad de la nada o En el centro de la tierra, como rezan varios títulos de películas? ¿O es como El del medio de los Chichos, al que todo el mundo canta desde que Estopa le dedicó un tema? Sea como sea, lo bien cierto es que el refrán no siempre se cumple. Aunque parezca lo contrario.

              En nuestro teatro pudiera parecer que vivimos en el reino de la equidistancia. O que debiéramos hacerlo, porque las sentencias, uno de los ejes fundamentales sobre los que pivotan nuestras funciones, deberían ser el paradigma del equilibrio, de ese justo punto medio que siempre buscamos. Pero, como ocurre con la igualdad, no siempre la justicia está en la mitad exacta entre las peticiones de ambas partes. Por eso es tan difícil impartirla.

              A modo de ejemplo, me quedaré con una resolución judicial que fue finalista a un premio de perspectiva de género, y que me parece muy ilustrativa al respecto. Se trataba del reparto de material higiénico para personas internas en un CIES -Centro de Internamiento e extranjeros- Lo fácil, y lo que se había hecho siempre, era asignar una cantidad exactamente igual por interno, fuera hombre o mujer. Y eso, que hubiera podido parecer justo a primera vista, no lo era en absoluto. Porque, como todo el mundo sabe, las necesidades en productos higiénicos de mujeres, sobre todo jóvenes en período fértil son muy superiores a las de os hombres. Así que repartir por la mitad era poco menos que darles a ellos un montón de frascos de espuma de afeitar para compensar el gasto en compres y tampones. De modo que aquí lo justo era asignar más a las mujeres para que tuvieran cada cual lo que necesitaba. Conciso, claro y contundente, como debe ser.

              En la vida diaria, dentro y fuera de Toguilandia, hay ejemplos de todos esto que vemos con frecuencia. Si hablamos de política, es evidente que a priori lo mejor es permanecer en un equilibrado centro que impida irse a extremismos. Pero lo complicado es saber qué es el centro en cada casi y qué son los extremismos. Y qué tienen de bueno o malo uno u otro. Y ahí seguimos, sin saber muy bien donde colocarnos para no meter la pata. O para meterla lo menos posible.

              Uno de los supuestos donde caben más malentendidos en torno a la equidistancia, es el que contrapone, de una manera incorrecta, feminismo a machismo. No son pocos quienes afirman que no son machistas ni feministas, sino personas, como si para ser una cosa u otra no se necesitara pertenecer al género humano. Pero hay que recordar que el feminismo busca la igualdad entre hombres y mujeres, y el machismo hace lo contrario. Así que no se puede permanecer en el medio. La única forma de actuar conforme a nuestra Constitución, que proclama entre los derechos fundamentales el de la igualdad, es asumir los postulados del feminismo, que no es otra cosa que el movimiento que lucha porque hombres y mujeres tengan los mismos derechos.

              Con otro ejemplo quedará más claro todavía. Imaginemos a alguien que afirma que no es racista ni antirracista, que se sitúa en el medio.  Suena absurdo, porque lo es. Ante la discriminación no cabe otra posición que la de situarse en contra, y en defensa de los derechos humanos. Aquí no hay centro que valga, como no lo hay si hablamos de homofobia, xenofobia, antisemitismo o cualquier otra causa de desigualdad. La cosa cae por su propio peso. ¿O no?

              Pero, situándonos en el corazón mismo de Toguilandia, podemos hablar de otras equidistancias, algunas positivas y otras no tanto. Imaginemos a alguien que pretende que nos gusten lo mismo el Derecho Civil y el Penal, o el Administrativo y el Contencioso. Pues, como dice otro refrán, quien mucho abarca poco aprieta, así que mejor inclinarse por alguna especialidad, aunque siempre sea bueno saber un poco de todo.

              Tampoco se puede estar a favor o en contra del delincuente, porque hay cuestiones en las que hay que posicionarse. Y el crimen es, desde luego, una de ellas. El problema es, una vez más, considerar cuando está probado. Y ahí sí que entra la igualdad de armas, y el considerar con la misma minuciosidad los argumentos a favor y en contra. Eso sí, si hay una duda sobre la culpabilidad, se quiebra de nuevo lo de la equidistancia, porque en Derecho penal rige la presunción de inocencia , que no es otra cosa que entender que no se puede condenar a alguien si no se considera absolutamente probada su culpabilidad. Algo que mucha gente confunde con otro principio capital de nuestro Derecho Penal, el in dubio pro reo, según el cual, en la duda entre dos interpretaciones jurídicas posibles, siempre hemos de inclinarnos por la que más favorezca al acusado o reo.

              Así que en el medio no siempre está la virtud. No siquiera en Toguilandia. Por eso pido hoy el aplauso para quienes cada día tratan de encontrar la justicia en su trabajo. Porque es una de las tareas más difíciles e importantes que hay.

Infradenuncia: omisión con consecuencias


              Hay silencios tan o más expresivos que algunos gritos. Así lo decía Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. Pero hay más silencios cinematográficos: Silencio roto, Silencio en la nieve o El silencio de un hombre. Y es que el Silencio, en la vida o en la pantalla, siempre tiene consecuencias.

              En nuestro teatro el silencio se canaliza de muchas maneras. Ya hablamos de algunas de ellas en otro estreno, pero hoy trataremos de uno especial, la infradenuncia, cuyas consecuencias jurídicas o, mejor dicho, la fala de ellas, es muy importante. Especialmente en delitos referidos a persona vulnerables, como la violencia de género o los delitos de odio, o cuando la denuncia es requisito de procedibilidad como ocurre en los delitos sexuales.

              Con carácter general, entendemos por situación de infradenuncia la que existe cuando los delitos denunciados son muchos menos que los delitos cometidos. Por supuesto que para llegar a esta conclusión se utilizan estimaciones aproximadas, puesto que, salvo que se haya seguido procedimiento de oficio porque los hechos hayan llegado a conocimiento del órgano judicial por otra causa, es difícil saber de aquello que no se ha denunciado.

              La situación, en cualquier caso, es diferente según se trate delitos perseguibles de oficio o perseguibles a instancia de parte. Cuando se trata de delitos privados -como a calumnia o la injuria- o semipúblicos -como los delitos contra la libertad sexual- la falta de denuncia tiene una consecuencia muy importante: el delito no puede perseguirse y por tanto queda impune. Y no solo eso, sino algo peor, el delincuente queda libre y en disposición de volver a repetir su crimen. Pensemos, sin ir más lejos, en una violación de una persona mayor de edad y en pleno uso de sus facultades. Si la víctima no denuncia, aunque haya testigos o grabaciones, no habrá manera de castigar al violador ni, por tanto de evitar que vuelva a cometer el hecho. Y si esa situación se repite en muchos casos hasta llegar a considerar que existe una situación de infradenuncia, serían un número considerable el de delincuentes impunes.

              Respecto a este tipo de delitos, los de carácter sexual, siempre surge la misma duda. ¿Hay muchos más ahora, o se denuncian mucho más? Pues es absolutamente imposible dar una respuesta objetiva, pero puede pensarse en una mezcla de ambas cosas. Con un ingrediente extra: el interés mediático que ahora, y sobre todo desde el caso de La Manada, es muy grande, y antes no lo era tanto. En cualquier caso, cabe preguntarse por qué las mujeres no denuncian y, sobre todo, hay que remover los obstáculos para que lo hagan. Y el procedimiento judicial, donde tienen que declarar varias veces con una victimización secundara importante, es un gran obstáculo. Cada vez se trata de suavizarlo, pero para muchas victimas el proceso sigue siendo un suplicio, y para evitarlo no denuncian.

              En cualquier caso hay que apuntar que nuestro sistema de perseguibilidad a instancia de parte de los delitos sexuales no es el único posible, y hay razones para plantearse un cambio. Entre ellas, la regulación del Convenio de Estambul, que se aleja de nuestro sistema para impulsar un mucho más cercano a la perseguibilidad de oficio.

              Pero tal vez los delitos donde es más evidente la situación de infradenuncia son, como he dicho, los de violencia de género y los relacionados con delitos de odio.

              Por lo que afecta a la violencia de género, se estima que se denuncian, aproximadamente, entre un 20 y un 30 por ciento de los delitos que se cometen. Las razones son muchas, que pueden concurrir solas o combinadas. La dependencia psicológica, la dependencia económica, el miedo a las posibles represalias, la falta de confianza en el sistema, la vergüenza o el temor a no ser creídas son algunas de las razones que llevan a las mujeres a no denunciar. Y habría que conocer las causas para encontrar la solución. Porque no podemos olvidar que la mayoría de mujeres asesinadas no habían denunciado.

              En cuanto a lo delitos de odio , todavía es más sangrante la cifra de infradenuncia. Hay estadísticas que estiman que se denuncian solo el 3 por ciento de los delitos, e incluso las más optimistas no pasan del diez por ciento. Eso significa que no conocemos ni la décima parte de estos delitos con las consecuencias que ello supone, tanto para las víctimas como para el resto de la sociedad. En este caso, las razones pasan, fundamentalmente, por la desconfianza en el sistema y por la vulnerabilidad de las víctimas, que les lleva a no denunciar. Pensemos, por ejemplo, en inmigrantes irregulares que no denuncian porque no se conozca su situación, o en indigentes que difícilmente acudan al sistema. También en este caso es importante remover las causas que originan esa situación de infradenuncia, entre ellas, asegurar la protección delas víctimas sea cual sea su situación, y fomentar la confianza en nuestro sistema. Fácil de decir pero no tan fácil de hacer.

              Y hasta aquí estos apuntes sobre una de las cuestiones que más preocupan en determinados delitos. El aplauso lo dejaremos para el día que esa situación cambie. Que esperemos que sea pronto.

Hay salida: De flor en flor


Hoy recupero este relato que en su día ganó el certamen Mujeres del Ayuntamiento de Benetusser, y que forma parte de mi antología Remos de plomo

Un mensaje de esperanza en este año en que la cifra de mujeres asesinadas es insoportable. Espero que os guste

DE FLOR EN FLOR

La primera vez que vi a Julia pensé que jamás había visto una cara tan radiante. Su sonrisa abierta y sus ojos brillantes asomaban por detrás de la enorme y exquisita orquídea blanca que yo misma le había entregado, y hasta me pareció ver deslizarse por su mejilla una lágrima que no podía ser sino de alegría. Me dio las gracias con una risa nerviosa y me entregó una propina desmesurada para lo que era habitual. Era una mujer feliz.

El suyo era el primero de los encargos que tenía para aquella mañana. Mi madre tenía un puesto de flores en el mercado, y yo la ayudaba haciendo el reparto un día tras otro. No era un mal trabajo. Aunque a veces era agobiante sortear el tráfico a bordo de una cochambrosa furgoneta que hacía ya mucho que vivió tiempos mejores, las caras de los destinatarios de mi mercancía, mayoritariamente mujeres, cuando la recibían, solía compensarme. Y a mí me gustaba imaginar las historias que se escondían detrás de aquellos ramos y centros de flores.

Julia me llamó la atención desde el primer día. El brillo de sus ojos al recibir aquella flor exquisita hubiera sido capaz de iluminar una ciudad entera.

No tardé demasiado en volverla a ver. Apenas habían pasado un par de meses desde aquel día volví a recibir el encargo de llevarle algo. Se trataba de un ramo de rosas rojas, veinticinco exactamente, tantas como años cumplía, según rezaba la tarjeta que ella misma abrió nerviosa ante mis ojos. Me alegré de volverla a ver. De nuevo sonreía, aunque me pareció advertir que sus ojos no brillaban de la misma manera que la primera vez. Pero pensé que quizás el tiempo transcurrido había deformado mi recuerdo.

Poco a poco, los encargos destinados a Julia pasaron a ser una constante en mi trabajo. Con mucha más frecuencia que cualquier otro cliente que nunca hubiéramos tenido, el hombre que enviaba flores a Julia usaba nuestros servicios. Mi madre, que jamás participaba en las entregas, decía que debía estar muy enamorado, y así debía ser. Pero a mí había algo que no me encajaba. Nunca volví a ver aquella cara de alegría que ella tenía el primer día, y a cada entrega parecía apagarse más y más su mirada.

Pese a todo, no empecé a sospechar lo que pasaba hasta transcurrido un tiempo. Al cabo de unos veinte días del día de su cumpleaños, fui de nuevo a llevarle un ramo. Esta vez se trataba de un bonito y alegre manojo primaveral, con lirios, claveles, margaritas y pequeñas flores de todos los colores. Sólo con verlas entraban ganas de reír. Pero Julia esa vez me abrió la puerta y sin apenas despegar los labios, tomó el regalo y susurró un simple “gracias”. Ni siquiera me dio propina alguna, ni creo que llegara a pensarlo. Sus ojos habían perdido el brillo casi por completo, aunque sus labios se esforzaban en esbozar una leve sonrisa.

A ese encargo le siguió otro, y otro, y otro más. Preciosos tulipanes amarillos, centros de flores exóticas, primorosas violetas. Y la mujer que los recibía parecía ganar años cada vez. Y tenía una permanente mueca de asco que fingía ser una sonrisa sin lograrlo. En un par de meses, apenas recordaba aquella Julia de mi primera entrega.

No tardó en llegar el día en que se confirmaran mis sospechas. Debía entregar un maravilloso ramo de rosas blancas de tallo largo a su nombre, pero en vez de a su casa, a la dirección de un hospital. Me maldije a mí misma. Sabía que ese día había de llegar, pero había mirado hacia otro lado. Y ahora Julia yacía en una clínica, seguramente con el cuerpo y el alma rotos.

Habían transcurrido unos días cuando el siguiente encargo me dejó helada. El último pedido recibido a nombre de Julia era una corona de flores. No volvería a ver la mirada de Julia. Había podido hacer algo por ella, y no lo hice. Lloré de rabia y dolor y me maldije a mí misma.

Nos dijeron que vendrían a recoger el pedido. Mi madre y yo nos sentamos a esperar sin pronunciar palabra, y, de pronto, nos quedamos boquiabiertas ante lo que vimos.

Julia, en persona, apareció allí y, tras pagar la corona ante nuestra mirada atónita, dijo que iba a enterrar su vida anterior. Su vida con él. Para eso quería la corona de flores.

No hemos vuelto a ver a Julia nunca más pero sé que ahora sus ojos brillarán de nuevo.

El santo al cielo: quedarse en blanco


              A todo el mundo se le ha ido alguna vez el santo al cielo o, lo que es lo mismo, se ha quedado el blanco. Y el cine, como siempre, se ha hecho eco de ello, porque el Olvido da mucho de sí. De hecho, la Amnesia es protagonista de muchas películas, con 50 primeras citas. Incluso un filme infantil como Buscando a Nemo aborda este tema. Y es que siempre hay olvidos que dan mucho que hablar.

              En nuestro teatro la memoria juega un importante papel para ingresar en nuestro mundo y para trabajar cada día en él, pero a todo el mundo se le ha ido alguna vez el santo al cielo. ¿O no?

              Cuando pedí ayuda para este estreno, la respuesta de una buena amiga fue instantánea. En broma -o no tanto-, me dijo “espera, que no sé que me habías dicho”. Fouché. En el mismo sentido, otro amigo me decía desde redes que a él el santo al cielo se le iba todos los días alguna vez. Como a la mayoría de la gente, aunque ni nos demos cuenta.

              Pero son numerosas las anécdotas que me han contado al respecto. Empezando por mí misma, ya he contado alguna vez de mis numerosos despistes , incluidos los de ir a otro juicio distinto del que me tocaba o a una hora o un día diferente. Pero algo que no he contado hasta ahora es que más de una vez se me ha id el santo al cielo y cuando me han dado la palabra no sabía si era el momento de elevar las concusiones a definitivas o e de dar la prueba por reproducida. Y no me ha quedado otra que poner cara de gatito desamparado y mirar a la sala y preguntar, fingiendo un aplomo que no tenía, algo como: ha dicho para conclusiones, ¿no?.

              Peor es lo que le ocurrió a un compañero, tal como me cuenta. Pasó quince minutos haciendo un alegato brillantísimo, hasta que el presidente de la Sala le recordó que estaba acusando a la víctima. Y entonces, ni corto ni perezoso, tomó aire y dijo: entiéndase aplicable todo lo que he dicho respecto del otro. Y salió del apuro con la cabeza muy alta.

              Por su parte, otro buen amigo, letrado en este caso, me cuenta como, con el santo en el cielo más que nunca, al ir a tomar la palabra, dijo “con la venia, señorita”, en lugar de Señoría. Y no contento con hacerlo una vez, lo repitió. A saber en qué estaría pensando.

              Al otro lado de estrados, me cuenta una amiga jueza que también por dos veces, llamó “bebé” a un abogado en Sala, colando la palabra en mitad de una frase el decirle que sabía que la ley no permitía lo que pretendía. Al darse cuenta, mi amiga quiso que se la tragara la tierra. Y no sé cómo acabaría la cosa, pero lo que es seguro es que la tierra no se la tragó porque estaba en la superficie cuando me lo contó, aunque ciertamente abochornada. Nadie es perfecto.

              Otra abogada amiga me cuenta algo que le sucedió en sus primeros tiempos de ejercicio. En un asunto de tráfico de drogas, preguntó al acusado qué hacía allí y le respondió con un lacónico “buscarme la vida”. Pero ella, en su bisoñez, insistió, preguntándole cómo la buscaba, momento en que el magistrado intervino para aclararle que todo el mundo sabía qué era buscarse la vida. Todo el mundo menos ella, al parecer, que se quedó tan planchada que no acertó una en todo el resto del juicio. Se quedó en blanco. Y no es para menos.

              También de un tráfico de drogas me cuenta otra abogada, que había pactado una conformidad alegando que la mujer le había pasado la droga al marido en prisión para él por razones de su adicción. Pero, llegado el momento, la buena mujer respondió que se la dio a su marido para él y sus amigos, por lo que la conformidad se fue al garete y a mi amiga se le fue el santo al cielo.

              Y es que hay que reconocer que a veces tardamos tanto en empezar que cuando vamos a hacerlo, ya no sabemos a qué veníamos. Eso me dice otra abogada desde Twitter, y la entiendo. A mí también me ha pasado. Aunque lo que más me pasa es que, después de una mañana con más quince juicios, uno detrás de otro, llega un momento en que me cuesta mantener la atención y se me va el santo al cielo. Para mí que, como decía José Mota, va a ser del riego. O del hambre, que en alguna ocasión me han empezado a hacer ruido las tripas y no he sabido dónde meterme.

              Y estos son solo algunos casos en que el santo se fue al cielo, o al infinito y más allá, como en Toy Story. No son todos los que están, pero si están todos los que son, y por eso el aplauso es hoy para todas las personas que desde redes o en persona me han contado todas estas anécdotas. Mil gracias

Valoración del riesgo: un caballo de batalla


              El riesgo, como el miedo, es algo muy subjetivo. Por más que haya factores que indiquen que existe, cada cual lo percibe de una manera. O, simplemente, no lo percibe, como el Juan sin Miedo del cuento. El riesgo es una parte importante de muchos géneros cinematográficos, especialmente cuando hablamos de cine de acción o de intriga. Y es que la adrenalina que producen cintas como Misión imposible, El cabo del miedo, Psicosis, El resplandor y otras muchas es algo que todo el mundo ha notado alguna vez.

              En nuestro teatro el riesgo es un ingrediente consustancial de buena parte de nuestras funciones, y siempre hay que tenerlo presente. Por eso valorarlo adecuadamente es tan importante. Pero, como sugiere el propio título de este estreno es uno de nuestros caballos de batalla. Pero no el único.

              La valoración del riesgo cobra especial relevancia en materia de violencia de género, y también en violencia doméstica, aunque el riesgo pueda existir en otros ámbitos. Pero hoy me centraré en este. Porque, por desgracia, de ello se habla mucho estos días, a propósito de los últimos asesinatos de violencia de género, en que las víctimas habían denunciado en su día, aunque no tenían ninguna medida en vigor cuando ocurrieron los hechos.

              Como ocurre cada vez que una tragedia de esta índole ocurre, los medios de comunicación, las redes sociales y los todólogos profesionales o amateurs se han lanzado a buscar culpables. Nada mejor que un chivo expiatorio para acallar nuestras conciencias. Y si ese chivo expiatorio lleva toga y puñetas, mejor que mejor.

              Hay a quienes les da igual lo que se explique o se deje de explicar por quienes estamos cada día a pie de obra. Nos cuelgan el sambenito del corporativismo y sanseacabó. Pero las cosas no son tan sencillas. Ojalá lo fuera, porque si conociéramos la causa estaríamos mucho más cerca de conocer la solución, aunque eso implicara llevarse alguna toga por delante. Pero eso no es así, y hay que decirlo. Me tachen de lo que me tachen.

              A modo de ejemplo de ese linchamiento mediático, contaré algo que me pasó con una usuaria de Twitter -hoy X-, socióloga según su perfil, empeñada en darme lecciones sobre la actuación judicial en casos de violencia de género. Y estoy segura de que sabrá mucho de sociología, pero de juzgados y leyes, ni idea. Y la diferencia entre ella y yo es que reconozco no saber nada de sociología, pero ella está segura de que sabía más de actuaciones judiciales que yo y todas mis compañeras y compañeros. Faltaría más.

              Pero volvamos al lío. En los juzgados de violencia de género, donde hemos de decidir de inmediato o en unas pocas horas, si se adopta una medida de protección es fundamental que valoremos cuál es el riesgo para esa víctima, puesto que las órdenes de protección -con su medida de alejamiento y prohibición de comunicación- exigen como requisito que exista tal riesgo. Y es lógico, porque son medidas cautelares , no penas.

              Y aquí es donde empiezan las confusiones. Ese riesgo lo valoran fiscal y órgano judicial porque son quienes, respectivamente, solicitan y adoptan la medida. Para hacer esa valoración que les lleva a esa decisión se pueden valer de la valoración previa que hace la policía, y también de la que hace la unidad de valoración integral, con el médico forense a la cabeza. Ambas son instrumentos de los que nos valemos para tomar la mejor decisión, pero no constituyen el oráculo de Delfos ni una verdad universal que haya que seguir a pies juntillas. La orden se adopta -o no- tras haber escuchado a víctima y autor, a testigos, si los hay, y haber analizado el resto de indicios. Por tanto, esa valoración policial y, en su caso, la forense, son un elemento más a tener en cuenta.

              Conviene explicar que la valoración policial se hace a partir de un cuestionario al que responde la víctima. Por tanto, depende mucho de la percepción que ella misma tenga de su situación y de si dice la verdad o si calla cosas. Solo así se comprende que podamos encontrarnos situaciones de riesgo extremo que una vez hechas las averiguaciones no resulte ser tan grave y l contrario. Y no nos podemos llevar las manos a la cabeza por ello.

              La valoración forense tiene en cuenta otros factores, y también tiene en cuenta al agresor. Por ello supone un instrumento complementario idóneo, aunque no siempre puede hacerse. Cosas de nuestra justicia y nuestros medios.

              Pero que nadie se lleve a engaño, Los juzgados no son órganos preventivos. Valoramos el riesgo y adoptamos medidas cuando hay indicios de haberse cometido un delito. Sin delito, por más riesgo que pueda haber, no podemos hacer nada, escapa de nuestra competencia. Serán otro tipo de medidas y de órganos los que actúen. Lo contaré con un ejemplo: si una mujer viene a un juzgado argumentando que está muerta de miedo porque su marido tiene varias armas, es muy violento y está fuera de sí sin para de gritar y romper cosas, la situación es claramente de riesgo, pero, al no existir un delito, no se puede adoptar un alejamiento. Cuestión distinta es que se llame a la policía, a los servicios sociales o a asistencia médica, pero judicialmente escapa de nuestra competencia.

              Otra cuestión es que, una vez juzgado el asunto, estas medidas se soliciten, y, en su caso, se impongan como pena. Si en ese juicio se confirman los indicios y hay una condena, se cambia la medida cautelar por la pena, y continua el alejamiento ahora en ese concepto y hasta la duración de la pena. No puede ser eterno. Si, por el contrario, no hay prueba y se absuelve, la protección termina. Y es que en la sentencia ya no se miden riesgos, sino que se imponen penas, las previstas en la ley para el delito cometido. Ni más ni menos.

              Por todas estas razones es por las que digo que en los Juzgados gestionamos el fracaso, porque actuamos cuando la prevención y la educación ha fallado. Ojalá no lo hubieran hecho. Ponemos vendas, pero no evitamos que haya herida. Así funciona el estado de Derecho, que asigna los juzgados y tribunales la función de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado.

              Y con esto cierro el telón por hoy. Espero haberme explicado y que esto no parezca una excusa. Si lo he logrado, os pido el aplauso. Si no, me triais tomates. Pero no muy fuerte. Por si acaso