Procedimientos penales II: procedimiento abreviado


              Las cosas pueden tener distintos tamaños. Pueden ser pequeñas y grandes, y durar poc o mucho. Y eso mismo se refleja en varios títulos de películas, obras y hasta canciones, como aquel Algo pequeñito que nos representó en un accidentado festival de Eurovisión. Y, en cuanto a la duración, El día más largo o La noche más corta son buenos ejemplos de ello.

              En nuestro teatro las cosas no siempre duran lo que tienen que durar. Y algunas leyes obsoletas y algunos medios escasos o inexistentes tienen la culpa de ello. Pero no era ese el objeto de este estreno, sino continuar con los tipos de procesos. Y ese del que vamos a hablar hoy tiene mucho que ver con estas cosas.

              Si el estreno anterior lo dedicaba al sumario, que es el denominamos proceso tipo y por el que se conocen los delitos sancionados con pena más grave salvo que sean competencia del tribunal del jurado, la función de hoy versará sobre un tipo de procedimiento cuyo nombre también es paradójico: el procedimiento abreviado.

              ¿Y por qué digo eso? Pues porque es así. Y quien no lo crea, que reflexione conmigo. El procedimiento abreviado se regula en nuestra ley de enjuiciamiento criminal entre los procesos especiales, cuando es el más común de todos. Más del 90 por ciento de los procesos penales que vemos cada día se sigue por Procedimiento Abreviado pro nuestra ley, erre que erre, a considerarlo especial. Y, por si esto fuera poco, lo llama Procedimiento abreviado, como si fuera una broma de mal gusto, cuando todo el mundo sabemos que muchos de estos procedimientos “abreviados” son bien extensos tanto en el tiempo como como el espacio: los hay que precisan de tomos y tomos -virtuales o físicos, que el papel 0 todavía es una utopía en muchos lugares- y que duran años y años. O ambas cosas, que también en Toguilandia una cosa lleva a la otra.

              Pero seré justa, que en nuestro escenario es lo que toca. El legislador no es que estuviera de broma, ni que se hubiera tomado algo y anduviera achispado a la hora de poner nombre a estos procesos, sino que tenía una buena casa. Y un buen motivo para llamarlo así. Me explico. Cuando nace el procedimiento abreviado, allá por el 1988, lo hace para sustituir a un proceso que se había creado en 1980 para abreviar los tiempos que suponía el sumario ordinario, simplificando los trámites. Pero mira tu por donde que el proceso no les quedó tan fino como debería, y el Tribunal Constitucional acabó anulando la ley que lo regulaba, por eso que hoy llamamos contaminación inquisitiva, que consiste en que el juez que instruye no debe fallar. Y es que claro, en el año 1980 aun no tenían muy interiorizado lo de la Constitución y se les escapaban algunas cosas.

              Así que hubo que hacer un proceso nuevo, que supliera la función de acortar los tiempos y los trámites pero que no tuviera los defectos del anterior. Y ahí es donde aparece el Procedimiento Abreviado para determinados delitos, que es como se llama el asunto. Aunque, con un nuevo guiño de la terminología, pronto pasó a denominarse coloquialmente PALO, por contraposición a su antecesor, a quien se había bautizado como PELO, porque lo de “proceso de la ley para el enjuiciamiento de delitos dolosos, menos graves y flagrantes” no había quine lo pronunciara dos veces seguidas.

              La cuestión es que lo que pretende este tipo de procedimiento es reducir trámites, así que desaparece el auto de procesamiento y por ello esa segunda declaración del presunto culpable llamada indagatoria, con lo que la fase intermedia se desdibuja, hasta el punto de no existir un doble traslado para instruirse y pedir -o no- la apertura del juicio oral y para hacer el escrito de calificación. Ambas cosas se hacen ahora en un único acto -un dos en uno, como las ofertas del súper- y, además, no salen de los muros del juzgado hasta el momento de elevarse para enjuiciamiento. Así visto, se entiende en qué consiste esa abreviatura que da nombre al proceso.

              Lo que ocurre es que la realidad -y no solo jurídica, sino también política, que el diablo todo lo enreda- han desvirtuado en cierto modo lo que se pretendía, y ha aparecido en algunos casos un remedo del auto de procesamiento, una especie de camino de en medio entre este y el auto de incoación de Procedimiento Abreviado, que algunos llamaron “auto de imputación” y que jurídicamente no está previsto. Para acabarlo de arreglar, se cambió la ley, mutando el término “imputado” por el de” investigado” y ahí se lio más la cosa. Con decir que se cita a alguien como investigado para investigarle porque hasta entonces lo que se hizo para llegar a esa conclusión no es investigar, está todo dicho. Lo digo todo y no digo nada.

              La cuestión es que este proceso es el más frecuente, el que se utiliza para la mayoría de los delitos. Y que ha sufrido avatares como la desdichada limitación del límite de instrucción que tantos quebraderos de cabeza nos trajo, aunque luego se matizara. Y es que, si la realidad y los medios fueran los que deben ser, el procedimiento habría cumplido mejor su objetivo de acortar plazos. Es lo que hay

              Y con esto, acabo por hoy. Aunque sin dejarme el aplauso. Que, mira por dónde, daré a todos los jueces y juezas instructores y a todas y todos los fiscales que ven más procedimientos abreviados que ninguna otra cosa del mundo. Al menos, el reconocimiento que no les falte.

Procedimientos penales I: sumario


              Todas las cosas necesitan de un trámite para llevarlas a efecto. Un Proceso, como el libro homónimo de Kafka y la película del mismo nombre. El juicio, título de otra película, dependerá del procedimiento por el que se conozca. Y, por supuesto, si de cine se trata, de si nos encontramos ante una producción americana u otra propia y, en este caso, si es fidedigna a nuestra realidad judicial, porque hay algunas que dejan bastante que desear al respecto.

              En nuestro teatro, el procedimiento es una parte esencial de cada una de nuestras funciones. Y, cuando de Derecho Penal se trata, los posibles procedimientos con los que nos encontramos son cuatro: el juicio por delitos leves, el procedimiento abreviado, el sumario y el juicio de jurado. A estos hay que añadir las diligencias urgentes que se incardinan dentro del ámbito competencial de las Diligencias previas del Procedimiento Abreviado, y e proceso de menores. A cada uno de ellos dedicaremos un estreno.

              Empezaremos por el sumario. Entre otras cosas porque se supone que es el proceso tipo, el que contiene la regulación de todo, a la que hay que acudir cuando en otros procedimientos alguna parte no tiene regulación específica. De ahí que su apellido sea “ordinario”, aunque es el procedimiento menos ordinario y más excepcional que hay. Curiosamente, la mayoría de asuntos penales se tramitan por el llamado procedimiento abreviado, que se regula entre los procedimientos especiales. Paradojas de tener una ley que ya no aguanta una reforma más para reventar por sus costuras.

              Pero no es esta la única paradoja. Sumario, según el diccionario de la RAE, el “resumen del contenido de algo” o “lo que está reducido a compendio”. Una definición que tiene más que ver con las ejecuciones o procesos sumarísimo de infausto recuerdo que con el procedimiento ordinario por delitos graves. Porque los sumarios, si algo tienen de característico, es que son de todo menos resúmenes. De hecho, la gran mayoría de ellos tienen varios tomos, además de la famosa pieza unida con cuerda floja a la que todavía hace alusión la ley. Y los tienen porque en muchos lugares de España, como en mi Comunidad Autónoma, el expediente judicial ni está ni se le espera.

              En esencia, el sumario es el procedimiento adecuado para conocer de los delitos castigados con pena superior a nueve años. Ahora bien, esta pena hay que entenderla en abstracto, no referida a la petición concreta teniendo en cuenta grado de ejecución, autoría y circunstancias modificativas. Esto es, un homicidio intentado será siempre competencia del procedimiento de sumario, aunque al bajarle uno o dos grados por tratarse de tentativa, la pena que se solicite sea inferior.

              Y es que, en la realidad, y a partir de la entrada en vigor del procedimiento de la ley del jurado, de 1995, el sumario ha quedado reducido al conocimiento de los delitos contra la vida intentados -los consumados van al jurado-, y los delitos más graves contra la libertad sexual, además de algunos supuestos agravados de tráfico de drogas y poco más.

              Pero el sumario es, en realidad, el procedimiento más completo. En él se reconocen perfectamente las fases -incluida la fase intermedia- y el momento en que el procedimiento se dirige contra una persona, el procesamiento. Ese auto de procesamiento es el que determina ese punto en que las cosas se empiezan a poner feas contra el sospechoso, sin perjuicio de la presunción de inocencia, porque ya está procesado, y eso es una cosa muye seria. En ese procesamiento se relatan los hechos por los que se pretende abrir el proceso contra la persona y constituía la verdadera línea roja que hoy se ha difuminado tanto en otros procedimientos.

              No obstante, es curioso que el vocabulario popular y periodístico prescinde de tecnicismos y sigue llamando procesado al investigado, y utilizando el verbo procesar, aunque no exista sumario ni, por ende, procesamiento. El procesamiento es exclusivo de este tipo de proceso.

              Cuando yo estudiaba la oposición, había un tema dedicado al procesamiento, donde le daban vueltas a la cuestión de si el procesamiento estigmatizaba al sujeto procesado. Ahora no se plantea semejante cosa, porque el estigma puede llegar mucho antes, con ese baile de términos entre la antigua imputación y la nueva investigación, que no es otra cosa que decidir que se va a investigar a alguien, y llamarlo “investigado” antes de empezar la investigación. O sea, un lío para quien no frecuente Toguilandia. Y para quien la frecuenta también.

              Para acabar, habrá que hablar de cómo es el juicio cuando el procedimiento que se instruyó fue un sumario. Y en esencia es igual, aunque bastante más tiquismiquis que otros procesos más sencillos. Conste como ejemplo que no hay cuestiones previas como en el Procedimiento Abreviado -aunque suelen admitirse por analogía-, se necesita siempre que los peritos vayan en pareja, como la Guardia Civil, y no cabe la conformidad si la pena es superior a seis años, aunque en la práctica se puedan hacer conformidades impropias admitiendo los hechos y modificando todas las partes las conclusiones según acuerdo.

              Y hasta aquí, estas líneas sobre el sumario. Solo me queda el aplauso para bajar el telón por hoy, y viene dedicado a todas y todos los operadores jurídicos que seguimos haciendo juicios por sumario. Porque siempre son delicados.

Fracaso ¿lo contrario del éxito?


                Pocos fantasmas hay más temidos que el fracaso. Y ronda al mundo del arte especialmente, donde su contrario, el éxito, puede ser flor de un día. Con razón dicen que lo difícil no es llegar sino mantenerse. Porque el cine está lleno de ejemplos, en la pantalla y fuera de ella. Películas como El crepúsculo de los dioses o ¿Qué fue de Baby doll? Son buenas muestras de ello.

                En nuestro teatro, el fracaso está tanto o más presente que el éxito. Sobrevuela nuestras cabezas y convive con todos los habitantes de Toguilandia tanto como el éxito, al que hace nada le dedicamos ya un estreno

                Pero ¿Cuándo estamos realmente ante un fracaso o cuando solo lo creemos? No es fácil la respuesta, pero hay algunos casos en que se ve con claridad. El de la oposición es, tal vez, el más evidente. Cuando una está estudiando y cree que no hay m´-as horizonte ante sus narices que el aprobado, no conseguirlo puede considerarse un fracaso. Pero no es del todo cierto. Aunque no se cumpla el objetivo que una se había trazado, lo que ha aprendido por el camino no cae en saco roto. Y sé de varias compañeras y compañeros que pasaron por ese duro trago y no solo salieron adelante, sino que lo hicieron reforzados. Puede ser volviéndolo a intentar, cambiando de oposición o llevando a otro camino nuestros paso profesionales. Cualquier opción es buena.

                Otra de las sensaciones más claras de fracaso es la se siente cuando se pierde un juicio. O cuando se cree que se ha perdido, porque en realidad, en los juicios no hay perdedores ni ganadores, por más que la conocida película sobre los Juicios de Nuremberg se titulara en España “Vencedores o vencidos”. En los juicios, en realidad, podemos conseguir que nuestras pretensiones sean o no satisfechas, que nos den la razón o no, pero ganar no ganamos, sino que gana la justicia. O así al menos debería ser. Porque si no nuestro teatro se limitaría a ser u partido donde jueces y juezas serían meros árbitros.

                Siempre que se habla de estas cosas me viene a la cabeza una anécdota. En un caso en que se enfrentaban dos abogados de postín, cuando uno de ellos se llevó el gato al agua, le dijo al otro, de manera muy deportiva, “hoy por ti y mañana por mí”, pero esto no pareció convencer al “perdedor”, que no salía de su gesto taciturno. Finalmente, este dijo “ya, pero es que mañana no estaré aquí”. El otro lo entendió como una frase hecha, pero no era así. El abogado sabía perfectamente que era su último juicio, y le supo especialmente mal que no le dieran la razón. Al cabo de un mes murió de un cáncer que llevaba arrastrando en silencio mucho tiempo, si saber que, en vía de recurso interpuesto por un compañero, la Sala de la Audiencia le dio la razón. O, bien pensado, tal vez sí que lo ha sabido desde allá donde esté.

                Pero además de estos hay pequeños y grandes fracasos cada vez que se intenta algo y no se consigue. Depende mucho, también, de donde se ponga cada cual e listón, pero los chascos siempre son posibles. Es lo que pasa cuando alguien no consigue acceder a ese destino que pretendía en un concurso , o a ese puesto, ese tribunal, esa fiscalía o esa jefatura que anhela. Aunque también es verdad que hay un dicho según el cual hay que tener cuidado con lo que se desea, no va a hacerse realidad. Y es verdad verdadera. Cuantas veces no nos habremos llevado una decepción tras obtener ese puesto ansiado. Pero, como también reza otro dicho, la vida es de los valientes, y el que no se arriesga no pesca.

                Para acabar, me referiré a aquellas madres y padres que se proyectan tanto en sus criaturas, que viven a través de ellos. Si juegan al fútbol, se convierten en los más entregados hinchas, y si cantan o baila en los más entregados fans. A veces hasta extremos que sobrepasan todas las líneas rojas, incluida la del Juzgado de guardia.

                Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso se lo daré a todas las personas que hoy se sienten fracasadas. Seguro que mañana las cosas serán de otro mod. Y mejores


Más allá de Toguilandia: ilusiones cumplidas


              Hay vida más allá del trabajo. Es un dicho que no siempre sabemos llevar a la práctica. Creemos que podemos hacer Todo a la vez en todas partes, como el título de la película, pero no nos damos cuenta de que no tenemos Todo el tiempo del mundo y que siempre nos quedamos cortas con Lo que queda del día.

              En nuestro teatro nos suelen pasar esas cosas. Nos llevamos el trabajo a casa, en nuestras mochilas, en nuestros trolleys o en nuestros ya obsoletos maletines, y dejamos por hacer cosas que verdaderamente nos ilusionan. Porque los fines de semana solo tienen 24 horas y no nos da la vida.

              Por eso vengo a contar hoy lo que vengo a contar. Ya hace tiempo, dedicaba un estreno al disfrute , importante tanto dentro como fuera de nuestro escenario. Pero hay otros escenarios donde no se lleva toga ni tacones y de eso venía a hablar hoy. Porque las cosas buenas hay que compartirlas.

              Contaba entonces mi reencuentro con el ballet, después de décadas sin practicarlo, aunque nunca dejara de disfrutarlo como espectadora. Y hoy confirmo que no ha sido flor de un día, como ocurre tantas veces, que una se apunta a cosas que luego abandona a las primeras de cambio. Los gimnasios saben muchos de eso, especialmente cuando se aproxima la operación bikini de cada año. ¿A que suena conocido?

              Pero no es mi caso. Yo volví para quedarme, y tuve la fortuna de encontrar a la mejor profesora -que además, casualmente, es mi hija, lo que no quita ni un ápice de su excelencia- y a las mejores compañeras. Hemos formado un equipo tal que no tenemos más límites que el infinito. Y más allá.

              Así que un buen día nos propuso actuar en un festival de fin de curso, después en alguna muestra y acto benéfico y de ahí, como una cosa que lleva a la otra, nos propuso participar en concursos. Nuestras primeras participaciones fueron muy edificant4es, con enormes aplausos de público y reconocimientos como revelación, a pesar de nuestros más de cincuenta. De hecho, triplicamos la edad de gran parte de los participantes, lo cual no solo no nos importa, sino que creo que ha sido objeto de reconocimiento con esos premios.

              Y hace nada, hemos rizado el rizo. Nos presentamos con una coreografía de repertorio clásico de puntas, El pájaro azul, a un certamen autonómico. Nuestra sorpresa fue pareja a nuestra alegría cuando nos clasificamos para la final nacional, y ya fue un auténtico éxtasis cuando nos hemos clasificado, con nuestro flamante tercer premio, para la final internacional.

              Además, no debió ser casualidad cuando, apenas una semana más tarde, en otro certamen, no solo premiaron nuestras dos coreografías -clásico y contemporáneo- sin o también nos reconocieron con un galardón al talento individual. Todo un subidón difícilmente descriptible. De hecho, todavía sigo en una nube.

              No puedo -ni quiero- negar que todo esto es fruto, además de la ilusión, del trabajo. Porque aunque haya un dicho según el cual sarna con gusto no pica, yo no diría tanto. La sarna siempre pica, aunque si gusta, una se aguanta. Y eso mismo pasa con el trabajo duro, máxime con unos cuerpos que ya no tienen quince años. Hay que trabajar mucho, pero merece la pena. No solo el resultado son también el camino. Porque bailar me hace feliz. Como a otros les puede hacer feliz pintar, esculpir, correr o hacer macramé.

              Así que eso es lo que hoy quería contar. Por una vez, no dedicaré este espacio a reivindicar medios o a contar qué hacemos en Togulandia. Más bien, a contar que hacemos fuera de este mundo, que siempre nos hará mejores cuando estemos en él. Por eso hoy mi aplauso es, lisa y llanamente, para la danza. Y, con una ovación extra, a mi proe, a mis compañeras, y a @madebycarol que, una vez más, ilustró nuestros sueños

Éxito ¿lo contrario del fracaso?


              Todo el mundo sabe lo que es el éxito. O al menos, cree saberlo, y todo el mundo lo desea. Aunque, a veces, las cosas no son tan sencillas. El cine nos enseña como ir En busca de la felicidad, aunque no siempre encontremos El secreto de mi éxito, o el de cualquiera. O cómo llegar a Un lugar llamado Paraíso.

              En nuestro teatro, como en cualquier otro ámbito, el éxito y su antagonista, el fracaso -de ese hablaremos en el siguiente estreno- existen, aunque no tengan siempre el mismo significado. Porque si todas las cosas son relativas, concpe3tos como estos lo son todavía más.

              La primera vez que, en los alrededores de nuestro teatro, nos tropezamos con el éxito y con la sombra de su contrario, es, precisamente, antes de entrar en él. Primero, durante la carrera y luego, y, sobre todo, mientras una estudia la oposición, todo lo que una quiere en la vida es aprobar, y a eso se reduce su perspectiva del éxito. Aprobar las oposiciones equivale a éxito como suspenderlas a fracaso. Un silogismo que entonces teníamos muy claro, aunque luego nos damos cuenta de que no hay verdades absolutas.

              Pero tampoco me voy a poner metafísica ni negar la evidencia. Cuando una lo apuesta todo a una carta, como hace cuando una prepara la oposición, el aprobado s todo un éxito. Pero suspender no siempre es un fracaso, aunque en ese momento nos lo parezca.

              Una vez dentro, hay que dar un paso más. No podemos adocenarnos y pensar que con haber aprobado está todo hecho. En realidad, no es más que el pistoletazo de salida de lo que será nuestra vida en Toguilandia, un largo camino lleno de todo. De risas y penas, de ratos buenos y malos, de mucho trabajo y poco descanso. Y de hacer, de una vez por todas, aquello para lo que llevábamos toda la vida preparándonos.

              Es entonces cuando nuestra vida toguitaconada empieza a jalonarse de éxitos y fracasos, pequeños y grandes. Pero ¿qué podemos considerar un éxito? ¿Se mide el éxito en resultados o hace falta otra cosa? Pues, como siempre, ni sí ni no sino todo lo contrario.

              Como fiscalita que es una, cada vez que se consigue una sentencia condenatoria, o la estimación de un recurso, los aplausos en mi interior resuenan con mucho énfasis. Imagino que es lo mismo que ocurre a abogadas y abogados y otros operadores jurídicos. Y también lo que ocurre a jueces u juezas cuando les confirman una sentencia, sobre todo s esta les ha dado mucho trabajo.

              Ya lo he comentado otras veces, pero pocas sensaciones tan inmediatas de satisfacción como la que tiene una en el momento en que escucha el veredicto condenatorio de un juicio de jurado. Juro que por mucho que pase el tiempo, nunca me desaparecen esas palpitaciones que me entran cuando estoy esperando que el portavoz del tribunal del jurado lea el veredicto.

              Sin embargo, hay éxitos que no son tan tangibles y a la larga, se valoran mucho más. Y hoy me gustaría comentar a algunos de ellos.

              Por ejemplo, considero un éxito que alumnos y alumnas que han estado en prácticas conmigo, no solo aprendan, sino que quieran hacer un trabajo como el mío. Transmitir mi amor a la profesión, y una vocación que no siempre es fácil de cumplir es muy emocionante, y lo experimento cada año cuando hay prácticums que tras estar conmigo quieren se fiscales, como cuando tengo fiscales en prácticas y les contagio mi pasión por especialidades como los delitos de violencia de género o los de odio.

              Aunque la satisfacción más real, más pura, y más verdadera es la que una tiene cuando, tras una actuación judicial complicada, la víctima te da las gracias, o un abrazo, o te dice que se siente mejor. O cuando los padres de una persona asesinada te dicen que su hija ahora descansa en paz gracias a tu trabajo, o incluso cuando una persona investigada o condenada se rehabilita. Ya hablé en su día de los abrazos como tesoros impagables, pero, conforme pasa el tiempo, cada día los valoro más. Porque ni somos de piedra ni podemos serlo.

              Siempre he dicho, y mantengo, que el día en que las cosas que pasan por delante de mis ojos en el juzgado no me impresionen, deberé de colgar la toga y dedicarme a otra cosa. Y lo mantengo. Por eso quiero dar hoy mi aplauso a todas las personas que siguen sintiendo ese pellizco. Porque es el verdadero éxito toguitaconado.

Cariátide: mujeres que nos sostienen


Hoy rescato un relato que, en su versión en valenciano, ganó el premio del Ayuntamiento de Valencia en 2009. Espero que os guste y, por supuesto, ganarme el aplauso

Relato ganador del Primer Premio del VIII Concurso de Narrativa Breve del Ayuntamiento
de Valencia (Concejalía de Bienestar Social) de 2009, «Mujeres construyendo la ciudad»

CARIÁTIDE

—Abuela, ¿qué quiere decir cariátide?
—Mira, hija, cariátide es una figura de mujer que sostiene un edificio…
Eso era lo que yo escuchaba cuando giré la llave en la cerradura y entré en casa. Mi
hija estaba con su abuela, mi madre, que se hacía cargo de la niña mientras yo estaba
trabajando en el Ayuntamiento. Mi madre continuaba dándole toda clase de explicaciones en
torno a las cariátides, hasta que yo recogí las cosas de mi hija para irnos a nuestra casa.
Cuando volvíamos, la niña me preguntó, curiosa, cómo era posible que su abuela
supiera tantas cosas sobre la construcción. De pronto, pensé que había llegado el momento
de contar a la niña la historia de los abuelos, el secreto mejor guardado del mundo.
Rosa, mi madre, a los ojos de todos se había dedicado tan solo al cuidado de la
familia, lo cual no era poco, pero había detalles de su vida que eran desconocidos para casi
todo el mundo. Nació en plena Guerra Civil, y pasó la misma hambre de niña que la mayoría
de los otros niños de la época. A trancas y barrancas, sus padres lucharon para que la niña
consiguiera estudiar mucho más allá de lo que entonces hacían las mujeres. Rosa era muy
espabilada y le gustaban muchísimo los libros, a pesar de que las penurias de aquellos
tiempos no le permitían tener todos los que hubiera deseado. No obstante, su sueño se
rompió: el dinero no llegaba a todo y muy pronto sus padres no tuvieron otro remedio que
sacrificar los estudios de uno de los hijos. Y, claro está, le tocó a Rosa, que era chica, pese a
que sus dos hermanos varones eran peores estudiantes que ella. Los padres pensaban que
Rosa, que era una joven guapa y bien plantada, podía tener un buen futuro si se casaba con
algún buen partido. Así que Rosa se puso a trabajar para poder ayudar en las necesidades de
la familia.
Aquello fue un duro golpe para ella, pero no menguó su hambre de sabiduría.
Cuando sus padres ya comenzaban a perder la esperanza de hacer un buen matrimonio para
la chica, sucedió eso que ellos vieron como un milagro… y que realmente lo fue más de lo
que nunca hubieran imaginado. Rosa se puso a salir con un chico que, aunque no era ningún
figurín, le gustaba, e incluso era del gusto de sus padres. Su familia no era rica, pero
tampoco estaban mal de dinero, lo cual no era poco en los tiempos que corrían y, además, él

estudiaba ingeniería y tal vez el día de mañana ganara bastante dinero. Así que todos
contentos, los padres, la niña, y las familias enteras.
Lo que no llegaron a conocer nunca era el hecho de que José, que era como se
llamaba el novio, compartía totalmente los estudios con Rosa, que aprovechó los libros y
todo el material que tenía José para estudiar por su cuenta. Rosa estudiaba cuando José tenía
cualquier examen, como si ella también tuviera que hacerlo, y él era feliz de poder darle a su
novia todos aquellos conocimientos que el destino le había robado. Y, poco a poco, cuando
José acabó sus estudios, Rosa sabía tanto o más de ingeniería que él.
Se casaron muy pronto y, dos años más tarde —¡cómo tarda esta niña!, decían sus
padres— se quedó embarazada. Mientras tanto, José tenía mucho éxito en su trabajo, porque
tenía ideas muy innovadoras, e incluso se comentaba que estaba escribiendo un libro sobre
sus investigaciones. Eso era cierto, aunque solo en parte. Y es que lo que nadie sabía era que
quien tenía las ideas era su propia mujer, y también era ella la que preparaba el libro. José y
Rosa formaban un tándem fabuloso en que él, que era un gran artesano, ponía en práctica los
fantásticos proyectos de ella. Los trabajos de José, hechos para la mejora de las
construcciones de la ciudad, eran recibidos con un arrollador éxito y él quiso animar a su
esposa para que publicara el libro y se diera a conocer.
A pesar de la ilusión de ambos, una vez más, la condición de mujer de Rosa marcó su
destino. Ninguna editorial quería publicar el libro de investigación de una persona que
carecía de título y que encima era mujer. Entonces su marido tuvo una idea: lo publicarían
con pseudónimo. Rosa fue más allá y le pidió que pusiera su nombre a la obra. Y él, pese a
que en principio le sabía mal hacerlo porque no quería disfrutar de un mérito que no le
correspondía, acabó accediendo.
El libro, que hacía serios estudios en torno a la construcción de edificios que
conseguían reducir los costes considerablemente, fue un éxito total. De hecho, con sus
planos se construyeron muchas viviendas a un precio razonable, lo cual facilitaba que todas
las personas de la ciudad que antes no podían permitirse tener su propia casa pudieran
acceder a una vivienda digna. A ese libro le siguieron otros más, siempre firmados por José,
y cada vez gozaban de mejor acogida. Su aportación al crecimiento de la ciudad y, sobre
todo, a la mejora de las condiciones de vida de todas las personas, que ahora podrían tener
agua, luz y comodidades en sitios hasta entonces impensables y a precios asequibles,
convirtió a José en un profesional admirado en todo el mundo.
Cuando José ya era mayor y estaba enfermo, le dedicaron una calle en su ciudad,
premio que él recibió con un poco de vergüenza, aunque su mujer estaba bien orgullosa.

Toda la gente pensaba que era porque José era humilde, pero nunca nadie llegó a sospechar
la verdadera causa…
Poco tiempo después, José empeoró de su enfermedad y, como veía acercarse la
Parca, confesó a su hija Ana el secreto de su éxito, al tiempo que le pidió que diera a conocer
al mundo la verdad de sus méritos. Ana estuvo a punto de hacerlo, pero su madre se opuso
de una manera feroz, y le hizo prometer que nunca contaría a nadie quién era la auténtica
autora de los libros. Rosa no cedió de ningún modo y, finalmente, solo hizo una concesión:
«únicamente se lo puedes decir a tus hijos».
Así que, como consideró que había llegado el momento, le contó toda la historia a su
hija, de principio a fin. La niña estaba asombrada, no tanto porque su abuela fuera una mujer
tan importante, sino porque nadie había querido hacerle caso por el solo hecho de ser mujer.
Desde ese momento, vio a su abuela con nuevos ojos, como también veía con nuevos ojos el
recuerdo de su abuelo, tan compenetrado con ella que, como pudo, permitió que consiguiera
los sueños que la sociedad le robaba, aunque fuera de forma incompleta.
La abuela, que siempre les había cuidado, y que todavía lo hacía para que sus padres
pudieran dedicarse a todo lo que les hiciera falta, había resultado aún más importante de lo
que ella pensaba. Sin ella, no solo su familia sino también la ciudad entera, no sería la mitad
de próspera y de bonita que era hoy.
—Entonces, mamá —dijo la niña—, la abuela es como una cariátide
—¿Por qué dices eso?
—Porque ella es una mujer que, sin que nadie lo supiera, ha estado sosteniendo el
techo de la ciudad, además del de nuestra familia. Y, ¿sabes? Yo también quiero ser una
cariátide, pero quiero que todo el mundo lo sepa.
Entonces, me hice una promesa a mí misma. Nunca en la vida permitiría que mi
hija, ni ninguna otra mujer, se tuviera que ocultar bajo el nombre de un hombre. Se lo
debía a mi madre. Yo también quería ser una cariátide.

100: increíble pero cierto


              Hay una conocida película cuyo título escuché siendo niña y que me parecía algo increíble. Se trataba de Mamá cumple cien años y a la niña que yo era en aquel 1979 en que se estrenó aquello le parecía ciencia ficción, aunque no hubiera platillos volantes, extraterrestres o seres fantásticos. Pero me parecía imposible que alguien llegara a esa edad. Sin embargo, la realidad siempre supera la ficción.

              Tal vez a alguien le parezca que no estoy hablando de nuestro teatro, pero no es así. Porque sin esa persona que hace hoy una semana cumplía cien años, yo no estaría contando ahora misma estas cosas, ni con mi toga y mis tacones ni sin ellos. Porque, simplemente, no existiría. Porque soy tan afortunada que par mí se ha hecho realidad el título de aquella película. Mi mamá ha cumplido cien años.

              No es la primera vez que hablo de ella. Ya le dedique un estreno por el día e la madre, y a ella y a todas las madres del mundo me refería cuando hablaba del derecho casero , ese Derecho que inventaron las madres y que a veces tiene mucho más de justicia que la que se aplica e los tribunales. O, como cualquier madre diría, ni justicia, ni justicio.

              Como decía, mi madre cumplió cien años y, además, tengo la suerte de que lo haya hecho en buena forma, en pleno uso de sus facultades intelectivas y volitivas y con un más que envidiable estado de salud teniendo en cuenta su año de nacimiento. Y por eso hemos disfrutado de una fiesta -o, mejor dicho un fiestón- que me apetecía compartir con quienes cada semana se asoman a estas páginas para leerme. Que no todo va a ser quejarse y reivindicar.

              Como no podía ser de otra manera, tuvo un regalo especial. Además, claro está, de una celebración fantástico, incluida la llegada sorpresa de su nieta desde el extranjero y culminada con una tarta con forma de máquina de coser de las de toda la vida, la que utilizaba para coser a mí y a todas sus clientas vestidos maravillosos y que siguió utilizando para vestir a sus nietas de falleras.

              Y ese regalo seguro que les resulta familiar a quienes siguen habitualmente mis aventuras y desventuras toguitaconadas. Porque no es otro que la imagen que ilustra este post, realizada, como tantas otras de este espacio, por @madebycarol, que quiso sumarse a nuestra fiesta aportando este maravilloso regalo que tanto gustó a su destinataria. Como no podía ser de otro modo.

              No obstante, y por alguien se pregunta todavía qué tiene que ver mi madre con Toguilandia, responderé encantada. Porque, a pesar de no haber pisado una Facultad, como tantas mujeres de aquella generación a la que todo les estaba vedado, mi madre sabe más de Justicia que muchas personas con un doctorado. A la fuerza ahorcan.

 En primer término, porque ser esposa, nuera, madre y tía de juristas ya debería convalidar alguna asignatura. Pero, sobre todo, por una circunstancia a la que ya he aludido varias veces. Cuando mi padre perdió la vista, fue mi madre la que le prestaba sus ojos para leer sumarios y preparar informes, y sus piernas para ir de un juzgado a otro. Y eso da muchas más tablas que muchas horas de clase, desde luego.

En segundo lugar, porque sin ella yo no estaría aquí haciendo lo que hago. Porque reconozco, y siempre reconoceré, que un porcentaje importante de mi aprobado en la oposición de fiscal le corresponde a ella, que me apoyó, acompañó y me financió con tanta paciencia como cariño. Que aguantar a una opositora no es cualquier cosa. Cualquier madre o padre en esta situación seguro que lo confirma

Pero, sobre todo, porque tiene un sentido de la Justicia que le nace desde dentro y que espero que haya conseguido inculcarme. También tiene unos valores que serían dignos de estar en cualquier Declaración de Derechos Humanos y que reconozco que me han servido mucho y me siguen sirviendo para tomar cada una de las decisiones que he tomado en mi vida profesional. Y lo que te rondaré morena

Así que aquí queda eso. La función de hoy tenía que ser esta. Y el aplauso para ella, mi madre. Que se merece eso y mucho más

Pasado: ¿fue siempre mejor?


              Hay un dicho según el cual cualquier tiempo pasado fue mejor– Pero no siempre es cierto, aunque el cine tire de nostalgia con frecuencia, en titulo como Nostalgia, Retorno a Brideshead, Regreso al futuro y muchas más.

              En nuestro teatro recordamos de vez en cuando el pasado, pero hay que reconocer que no solo no siempre fue mejor. Incluso a veces fue mucho peor. Por eso, bien está revisar lo bueno y lo malo de aquello recuerdos.

              Así, por nade del mundo volvería a los tiempos de la máquina de escribir y el papel de calco, cuando los ordenadores ni estaban ni se esperaban. Los ordenadores y los programas informáticos han supuesto un avance del que apenas ni siquiera somos conscientes, pero no hay más enfrentarse a una caída del sistema en una guardia o en una sesión de juicios para darse cuenta de que las no tan nuevas tecnologías se han vuelto imprescindibles.

              Sin embargo, hay cosas de esa época que hemos perdido y que si que merecería la pena recuperar. Entonces, los dictámenes eran, generalmente, mucho más cortos, pero mucho más directos. Es decir, que, como la jurisprudencia había que buscarla pasando las páginas de papel de biblia de tomos pesadísimos, y copiarla letra a letra. Así que prescindían de todas esas cosas que hoy se ponen mediante corta pega () y hablaban mucho más del caso de que se trata. O sea, más creación intelectual y menos reproducción automática. Y eso sí que se echa de manos.

              En cuanto a los medios materiales, en mis primeras épocas de fiscal solía encontrarme en despachos donde compartía espacio con cinco o más personas. En la mayoría de los casos, con un solo teléfono para todos. Hoy, afortunadamente, las cosas han cambiado y aunque hay compañeros que siguen compartiendo despacho, quedaron atrás aquellos espacios compartidos donde era imposible trabajar. Y eso, por supuesto, no se puede echar de menos.

              Lo que sí echo de menos de aquellas situaciones es la ayuda y el compañerismo. Si alguien tenía una duda, cosa que suele pasar, la preguntaba y resolvíamos casi de manera colegiada. Y otro tanto cabe decir cuando se necesitaba una ayudita de cualquier tipo. Algo que con la vida actual se está perdiendo. Cada cual vamos a la nuestra, y eso no es bueno. O no es bueno si supone prescindir por completo de los demás.

              Otra de las cosas que recuerdo con una mezcla de ternura y angustia es la inseguridad de los primeros tiempos en Toguilandia. Cuando una llega y se sienta por primera vez en el despacho o se pone la toga también por vez primera, siente un miedo a no estará a la altura que no podía ni imaginarse cuando estudiaba la oposición y todo el horizonte se limitaba a aprobar. Pero, por más que una se supiera de memoria todos los Códigos habidos y por haber, la bisoñez impedía aplicarlos con soltura. Recuerdo que mi primer visto me costó tres cuartos de hora, y eso después de que mi compañera lo mirara y refrendara mi decisión, como yo la suya.

              Ahora la veteranía es un grado y podemos sacar adelante casi cualquier cosa, aunque no nos la hayamos estudiado, y hacerlo con dignidad. Pero nos falta la alegría y las ganas de esos primeros tiempos, y eso siempre se echa de menos, Como se echan de menos también las ganas de aprender. A veces hay que hacer un esfuerzo y tratar de recuperarlas.

              Actualmente nos quejamos de lo inadecuado de algunas de nuestras sedes. Pero no tenemos ni idea de cómo eran algunas d ellas no hace tanto tiempo. A mi tío, en su primer destino como médico forense, le dijeron que un juzgado era provisional y cuando mi marido llegó al mismo juzgado en su primer destino, cuando mi ti llevaba tiempo jubilado, seguía siendo el mismo. Y si entonces se caía a pedazos, años después ni cuento. Hoy en día ya cambió por un edificio mejor, pero costó muchos años. Y es que he conocido hasta plagas de ratas que se comieron el registro civil, o de chinches y pulgas que había que fumigar. Verdad verdadera.

              Por supuesto, nada de eso se puede echar de menos. Pero sí causa nostalgia nuestra disposición a salir adelante fuera como fuera, combinando la necesaria reivindicación con el trabajo sin perder la ilusión. Y ahora es esa ilusión la que muchas veces nos falta.

              Podría poner más ejemplos, pero por hoy aquí lo dejo por hoy. Con un aplauso, por supuesto, que va dedicado esta vez a quienes saber encontrar el equilibrio entre la nostalgia y el futuro, entre lo viejo y lo nuevo sacando lo mejor de cada cosa. Un ejercicio de prestidigitación muy meritorio

Recusación: ¡fuera de ahí!


              No siempre es fácil quitar de en medio a las personas que molestan. Canciones, obras literarias y cinematográficas inventan mil maneras d inventar a alguien a marcharse, Los Amaya cantaban a ritmo de rumba “Vete”, el cine dice cosas como ¡Fuera de aquí! y hasta una serie de televisión se titulaba Quítate de ahí pa ponerme yo. Y es que no siempre es fácil permanecer e el sitio correcto en el momento adecuado

              En nuestro teatro no hay un modo directo de quitar a alguien que se cree que puede no ser tan justo como debiera, pero sí hay un modo jurídico. O varios. En Derecho procesal estudiamos la declinatoria y la inhibitoria, destinadas a pedir a un juez, jueza o tribunal que dejen de conocer de una causa, o que pasen a conocer de la que no llevan, según la perspectiva desde la que se vea. Y son instrumentos jurídicos que manejamos a diario.

              En efecto, cuando se entiende que un tribunal no es competente por la materia o por el lugar, se puede inhibir, de oficio o a instancia de parte, al que estima competente. Y viceversa, el que cree que lo es puede reclamar su competencia del otro.  También puede surgir la discrepancia por cuestiones de reparto que no es competencia en sentido stricto, sino unas normas de atribución entre juzgados de igual competencia material y territorial, y que a veces son tan intrincadas que parecen un jeroglífico. A este respecto, conviene recordar que en estas cuestiones no se requiere informe del Ministerio Fiscal, ya que no se trata de competencia en sentido estricto. O sea, que ni Visto ni nada, aunque no son pocas las veces que nos lo remiten.

              Pero hoy iba a hablar de otra figura parecida pero no igual No se trata de competencia del juzgado o tribunal, sino de causas que impiden, o deberían impedir, que el titular de un órgano jurisdiccional conociera de un determinado asunto. En ese caso, se pide la abstención del juez, jueza, magistrado o magistrada, que hade resolver sobre el asunto.

              Tratándose del miembro del Ministerio Fiscal de que se trate, no se puede, sin embargo, recusar, sino que no queda otra que pedirle amablemente -o no tan amablemente, lo aseguro-, que se abstenga del asunto, y es el aludido quine ha de hacer un informe aceptando la “sugerencia” o no, con el beneplácito de su respectivo fiscal jefe. Así que, aviso a navegante, a los fiscales no se nos recusa, sino que se nos requiere de abstención. En lo que tiene la ley.

              Por otro lado, también jueces y fiscales podemos abstenernos sin necesidad de que nadie nos lo diga, o nos lo “sugiera”. Si vemos que estamos incursos en una de las causas legales, pues procedemos en consecuencia. Y no es que sean cosas raras ni inconfesables son que hay motivos tan objetivos que no plantean ningún problema. Sería el caso y que nos encontramos quienes tenemos nuestra pareja dentro del mismo ámbito profesional -esta es una profesión con una endogamia considerable- y esta ya ha intervenido en el pleito en cuestión.

              Y es que, como decía, lo de la endogamia es frecuente, y hay numerosos matrimonio o parejas de jueces con fiscales, con abogados o abogada o con LAjs, con todas las combinaciones posibles. Y ojo, no es que no nos gusten las personas que se dedican a otras cosas fuera del ámbito legal, sino más bien que, con años de encierro en una oposición, es difícil encontrar pareja en otro sitio que no sea la facultad, el preparador o la Escuela Judicial. Y, aunque siempre hay quine encuentra en años en una gasolinera o en el súper, pus no es lo más habitual. Por poder, podíamos encontrarlo hasta em First Dates. Y seguro que sería un puntazo de audiencias.

              Las causas de recusación y de abstención están tasadas, así que no vale decir que fulanito me cae mal o yo le caigo mal, o no me gusta nada como resuelve. La mayoría son objetivas, como la incompatibilidad por parentesco a la que he hecho referencia, u otras como haber sido denunciado o denunciante respecto a alguna de las partes. Aunque ahí la cosa empieza a tener su aquel porque, en teoría, bastaría con denunciar al juez o magistrado por cualquier cosa, aunque luego se archive, para quitarlo de en medio. Espero que no me lea nadie con intenciones aviesas y le esté dando ideas, porque solo faltaba eso. Que ya está la vida político judicial muy tensa como para tensarla aún más.

              Sin embargo, hay otras causas de incompatibilidad, que dan lugar a abstención y recusación, que no son tan objetivas o que, al menos, pueden dar lugar a problemas de interpretación. Se trata, como no, de la amistad íntima y la enemistad manifiesta.

              En cuanto a la amistad íntima, tiene su puntito el saber a qué tipo de intimidad se refiere. Tiene que ir, sin duda alguna, más allá de una mera amistad por estrecha quesea, porque de lo contrario, nadie podría resolver cuanto tiene cierta veteranía. Yo, sin ir más lejos, llevo muchos años trabajando con la misma juez, y es evidente que si seguimos es porque estaos a gusto y hemos creado vínculos de amistad. Pero eso no me va a impedir ser imparcial, porque si no, acabáramos. Así que está pensado para casos de amistad que van más allá de eso. Aunque sin necesidad que la intimidad traspase determinadas barreras físicas. Faltaría más.

              Lo de la enemistad manifiesta tiene más perendengues, si cabe. No basta con que se trate de alguien con quien una se lleva mal son que ha de ser del dominio público, de ahí lo de manifiesto, y ha de tener cierta entidad esa enemistad. No haberle dado la razón a alguien no debería ser suficiente para ello. Salvo que el motivo de no dársela fuera algo diferente, en cuyo caso ya traspasaríamos fronteras muy resbaladizas.

              Otra de los motivos de abstención y recusación es el interés directo o indirecto en la causa. Si es directo es más claro, porque nos afecta directamente. El indirecto ya es más difícil de discernir, pero habría que ver si la resolución de ese pleito puede afectar a algún otro que tengamos pendiente y que nos afecte personalmente, por ejemplo. No siempre es fácil.

              Y, por último, una causa que en su día dio mucho que hablar, lo que llamamos la contaminación. Por supuesto, no se trata de que no reciclemos l basura ni llenemos de humo nuestro lugar de trabajo, son de cosas más sutiles que nada tiene que ver con la atmósfera. Son los casos en que un juez ya resolvió en alguna instancia sobre ese asunto, y los más habitual es que ocurra en casos de recursos, sobre todo si se ha cambiado de destino. Todavía recuerdo lo que nos reímos vendo a un magistrado de una audiencia que, sin darse cuenta de que la sentencia que se había apelado la había puesto él mismo en su destino anterior, un juzgado de instrucción, la revocaba sin cotarse un pelo en señalar lo equivocado que estaba el juzgador de instancia, No daré más datos, que luego todo se sabe. Pero este era un caso claro de abstención.

              Y hasta aquí, estos pequeños apuntes sobre un tema que da para mucho. El aplauso, pro supuesto, es hoy para quienes conocen sus propios límites y se mantienen en ellos. Que son la mayoría, pero no está de más reconocerlo de vez en cuando.

Orientación: ¿dónde estoy?


              Hoy en día parece que el hecho de orientarse es relativamente fácil. Cualquier dispositivo móvil nos indica donde está el Norte o el Sur, dónde nos encontramos y cómo se va a cualquier sitio. Pero no siempre fue así y, aún cuando lo es, el hecho de encontrarse Perdidos es motivo de numerosas películas o series, como la del mismo nombre, la reciente La sociedad de la nieve o su predecesora, Viven. Y, ni que decir tiene como se las veían para orientarse en 1492 o en La conquista del Oeste.

              En nuestro teatro, la buena orientación no parece una de las cualidades necesarias para ser buen jurista, aunque a la hora de la verdad todo vale. Si no, que me lo digan a mí, que debía hacer pellas el día que la repartían y aun tengo dificultades para distinguir la derecha de la izquierda. Y no me refiero a la política.

              Voy a contar algo que la gente que me conoce sabe de sobra. Carezco por completo de sentido de la orientación. Es más, si hubiera que calificar el mío en una escala del 1 al 10, sería menos 10. Y esto es algo que me ha dado lugar a vivir numerosas anécdotas dentro y fuera de Toguilandia. Y hoy voy a contar algunas.

              Cuando estaba en mi primer destino, y como suele suceder cuando una es la última del escalafón, tuve que hacer numerosos juicios de faltas de los de entonces en pueblos y ciudades de a contornada, a los que iba con mi vehículo de motor. Y ojo, sin Google maps, que entonces ni estaba ni se le esperaba. Pues bien, había a un juzgado al que no sabía llegar hasta que descubrí que estaba a junto al mercado. No había mas que seguir  las señoras con cesta o carrito para llegar. Aunque lo hiciera a paso de tortuga reumática para desesperación de otros conductores. Incluso llegó un momento que me dejaban aparcar en el mismo prking que los proveedores, y allí llegábamos mi coche y yo. Y así, entre col y col…toga.

              Otras de mis hazañas gloriosas la compartí con unas buenas amigas volviendo de dar una conferencia en otra provincia. Como quiera que estábamos muy animadas hablando, le quitamos la voz al navegador y acabamos yendo en dirección tan contraria que casi nos pasamos de provincia. Todavía nos reímos al recordarlo.

              Y hablando de navegadores, siempre me pone de los nervios esa manía de decir que nos vayamos al norte o al Oeste, como si yo supiera donde está. No suelo llevar mi brújula, ni mi astrolabio. Y si los llevara, tampoco sabría usarlo, la verdad.

              Mención aparte merece el Google maps de mi hija, que ya se ha quedado con el nombr4e de “Jenny, la poligonera”, porque no sabemos por qué razón, siempre nos acaba mandando a algún polígono. Le encantan, lo juro.

              Aunque no necesito irme tan lejos. En mi propia Cuidad de la Justicia, en la que ya llevo trabajando más de veinte años, confieso que sigo perdiéndome. En cuanto subo en un ascensor que no es el mío, aparezco en cualquier juzgado sin saber qué hago allí ni como he llegado. Y tengo que disimular diciendo cualquier tontería. Pero ya sé que no cuela, y que es difícilmente explicable la presencia de una fiscalita penalista hasta la médula en un juzgado de lo social o de lo contencioso. Pero me sigue pasando.

              Aunque no debo ser la única. Tengo acusados que me alegan algo parecido cuando les pillan con las manos en la masa. Recuerdo uno que decía que no sabia como había llegado a la casa donde le habían pillado robando tras entrar por la ventana, ni se explicaba que hacía con aquellos enseres en sus manos. Misterios sin resolver.

              Pero los mejores de estos son los encausados por quebrantamientos de medida cautelar o pena de alejamiento. Ya he tenido más de uno que me alega que no sabía que estaba tan cerca de casa de su ex novia, o que no conocía otro camino para llegar a su casa o que, simplemente, se había perdido y, oh casualidad, había aparecido en la puerta del trabajo de su ex. Y es que les pasan cosas muy curiosas.

              También hay víctimas, o testigos, y hasta profesionales que alegan como causa de su tardanza o de su incomparecencia el hecho de haberse perdido. Pero esto si qu no cuela. Que si no me pierdo yo, con la facilidad que tengo, no se pierde nadie para llegar a los Juzgados. Verdad verdadera.

              Y con esto, bajo el telón por hoy, que, por suerte, sí sé donde está. El aplauso se lo daré a quine inventara el Google maps, que ha cambiado mi vida y la de todas las personas tan desorientadas como yo. Es lo mínimo.