Hoy toca relato en nuestro teatro. Que no todo va a ser trabajar, como cuenta esta historia
Limpio como una patena
Lo dejaba todo limpio como una patena. Cada noche, al término de mi jornada laboral, recogía los bártulos y me disponía a vivir. Porque el tiempo que pasaba en la oficina no era vida, era solo un simulacro que me servía para pagar las facturas.
No podía seguir mucho tiempo así Cuando pintaba, pensaba en el poco rato que me quedaba para tener que ir a limpiar al despacho. Cuando limpiaba, me distraía recreando mi próxima creación.
Y un día pasó lo que tenía que pasar. Sin darme cuenta, fui llevándome las escobas al estudio y los pinceles a la oficina hasta que llegó el momento en que no podía hacer bien mi trabajo ni dar rienda a suelta a mi vocación.
Fue entonces cuando tuve la idea. Más bien, me asaltó. Mientras lloraba por mi torpeza, la imagen empezó a bailar en mi mente, a bailar sin parar. Plasmaría en una obra mis dos vidas, tal conforme habían quedado plasmadas en mi armario.
Hoy ha sido el primer día que he ido al despacho con alegría. Porque será la última vez que pise el suelo de parqué que tantas veces he limpiado. Ha llegado la hora de vivir. Y el éxito de mi última obra ha sido la llave para lograrlo.
Ni siquiera me he molestado en dejarlo todo limpio como una patena
Los cuentos han sido siempre de las más importantes maneras de contar historias y transmitirlas de generación en generación. Primero, de una manera oral, luego y escrita y, a partir de la existencia del cine, también a través de películas. ¿Quién no ha visto más de una vez películas como La Cenicienta, La sirenita, Los tres cerditos o Alicia en el país de las Maravillas, o más recientes como Wicked o Princesa por sorpresa? Pues eso.
En nuestro teatro, estamos para pocos cuentos. Aunque de vez en cuando hay investigados, y hasta otros habitantes de Toguilandia, que tienen más cuento que Calleja, como decía mi madre. Y más de una vez hemos estallado con un “déjate de cuentos”. O hemos tenido tentaciones de hacerlo, aunque nos hayamos contenido.
Pero hoy venía a hablar de unos cuentos que todo el mundo conoce, los cuentos clásicos. Y cómo esas historias, que repetimos hasta la saciedad, tienen una interpretación jurídica para ponerse a temblar. Veamos algunos de ellos.
Empecemos por Blancanieves y lo siete enanitos, cuyo titulo, ya por sí mismo, rezuma a discriminación que tira hacia atrás, así que ojito con los delitos de odio. Pero ahí no acaba todo, porque la propia Blancanieves allana una morada y se convierte en okupa, como quien no quiere la cosa. Eso sí, luego los dueños se lo hacen pagar con la más total ausencia de perspectiva de género, ya que ella lava y hace la comida mientras ellos trabajan Pero lo peor no es esto, lo peor es que tras la tentativa de asesinato cometida por la madrastra, con la agravante de disfraz, el príncipe comete una agresión sexual como un castillo, porque la besa contra su voluntad hallándose ella privada de sentido. Casi nada.
No era Blancanieves la única okupa. También lo fue Ricitos de oro, a pesar de sus tirabuzones rubios y su cara de ángel.
Y tampoco era el único caso de agresión sexual por falta de consentimiento. Pensemos en La bella durmiente, a la que el príncipe -qué manía de los príncipes de meterse donde no les llaman- besó aprovechando la siesta más larga de la historia.
Luego está el tema del maltrato animal. Dumbo, y lo que le pasa a su pobre madre y luego a él, son el paradigma, pero no es el único caso. La muerte de la madre de Bambi pofr el cazador es un acontecimiento que ha traumatizado a niñas y niños desde que el mundo es mundo -o desde que Disney es Disney-, aunque siempre podemos ver El libro de la selva para reconciliarnos con la manera de ver el mundo animal.
No obstante, habrá que ir con tiento, porque igual la iniciativa del Flautista de Hamelin hoy se vería como un delito contra el medio ambiente. Y que no e entere La ratita presumida, que igual es ella quien pone la denuncia.
Y si de animales se trata, siempre me acuerdo del bullyng que sufría el pobre Patito feo, que al final de feo no tenía nada.
También, respecto de los animales, habría que replantearse algunas cosas. ¿No es maltrato obligar a llevar a la pata Daisy o a Minnie Mouse esos zapatitos de tacón y esos lazos gigantes en el pelo? ¿O hacer que el pobre pato Donald vaya paseando con chaqueta pero el culo al aire? Ahí lo dejo.
Otro de los clásicos de los cuentos es el maltrato doméstico, especialmente a menores. Los padres de Hansel y Gretel los dejaron en mitad de bosque y se quedaron tan tranquilos y, aunque la culpa suele recaer sobre la malvada bruja, lo bien cierto es que los padres tienen toda la culpa. Una culpa que comparten también con los padres de Blancanieves y de Cenicienta, unos calzonazos como la copa de un pino. Porque la madrastra seguro que no empezó a tratar mal a Cenicienta cuando enviudó que alguna pista daría. Sin ir más lejos, ni nombre tiene la pobre chica.
Y lo que me plantea algunas dudas es el caso de Pinocho, del que se aprovechan varias personas pero que, como no se sabe si era de madera o de carne y hueso, ya no sabemos dónde encuadrarlo, porque maltratar a muñecos no es delictivo.
Son solo algunos ejemplos, pero a veces repetimos las cosas sin pensar en lo que suponen. O lo que podrían suponer, si los lleváramos a juicio.
Pero no lo haré. Solo me conformaré con dar el aplauso de hoy. Y eso va, desde luego, para quienes tienen el suficiente sentido común para no llevar las cosas al extremo. Porque ya dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos
Cuando se avecina un cambio, hay de todo. Desde personas que se empecinan en el más claro inmovilismo, que más vale malo conocido que bueno por conocer, hasta las que dicen que hay que cambiar a toda costa, y renovarse o morir- El cambio es lo que tiene y tanto eso como Renovarse o morir son títulos de película
En nuestro teatro, los cambios son muy mal vistos. Luego siempre nos adaptamos como podemos y hasta reconocemos a regañadientes que hay cosas que funcionan mejor. O, al menos, no peor. Si no fuera así, todavía continuaríamos con la máquina de escribir y el papel de calco. Y algo hemos mejorado, desde luego.
Hoy toca hablar de una reforma específica que acaba de entrar en vigor, y cuya magnitud, por razones obvias, aun no conocemos. Se trata de la ampliación de la competencia de los juzgados de violencia sobre la mujer a delitos cometidos fuera del ámbito de la pareja o expareja, como los delitos sexuales, la mutilación genital femenina, matrimonios forzados o la trata con fines de explotación sexual cuando la víctima es una fémina. Una modificación que nos han colado en la ley de eficiencia -debería ser eficacia, por cierto- pero que nada tiene que ver con ella. Más bien es un aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para meter otra reforma que estaba pendiente.
¿Y por qué digo que estaba pendiente? Pues porque es así, porque ya decía el Convenio de Estambul que había que incluir en la violencia de género todos los delitos cometidos conta la mujer por el hecho de serlo, como es el caso de los que hoy se amplían. Y el Convenio no hay que olvidar que es Derecho interno sin necesidad de transposición. Pero no solo eso. El pacto de estado contra las violencias machistas aprobado en 2017 también nos obligaba a ello, así que íbamos tarde. Había que coger el primer tren que pasara y que tuviera plazas libres, y ese tren han sido la ley de eficiencia. Ni más ni menos
Al hilo de esto cabe que nos preguntemos si esa decisión ha sido acertada. Como si no tuviéramos bastante con los cambios que se nos han caído encima, que ya ni siquiera conservamos los nombres de toda la vida, pera meter de rondó esta reforma que estaba pendiente. Y, desde luego, si he de contestar yo mi respuesta sería un tajante “no”. Mejor hubiera sido hacer una cosa detrás de otra, pero es lo que hay. Y, en Valencia, además, mezclado con la implantación del nuevo sistema operativo de tramitación procesal, el Justa , que nos trae por la calle de la amargura. Que no nos falte de na.
Pero hasta ahora solo hemos desgranado las razones legales de esta ampliación. Ahora hay que preguntarse si, formalidades aparte, esto es bueno o malo para las víctimas de estos delitos. Y ahí confieso que tengo el corazón partido. Por un lado, parece obvio que siendo la raíz común de todos estos delitos el machismo, esa naturaleza llevaría a meterlos en un mismo saco que, en nuestro caso, es un mismo juzgado, o tribunal, o sección o como puñetas se llame. A eso habría que añadir que, si se aspira a tener personal especializado, la formación en perspectiva de genero sería fundamental, y sirve para todos estos delitos.
Pero también es verdad que la problemática de una pareja donde ha existido una relación, en gran parte de los casos con cuestiones económicas y relacionadas con las hijas e hijos, poco tiene que ver con la de un hombre y una mujer que no se conozcan de nada, y, por ende, las cuestiones a resolver son esencialmente distintas.
Esto, precisamente, lleva a la cuestión que mas me preocupa. ¿Qué pasará cuando en un juzgado de guardia, más aun si no es exclusivo, tienen que resolver en un mismo da, además de varias órdenes de protección, un asunto relacionado con una agresión sexual grupal o especialmente complicada? Pues, aun a riesgo de hacer espóiler -ya admitido por la RAE- os diré que será un desastre. O las mujeres esperando su orden tendrán que esperar mucho más, o la mujer agredida sexualmente quedará para último lugar, con lo que la espera supone. Si a eso añadimos que los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, aunque sean exclusivos y de guardia diaria, se supone que solo cubre guarias de 12 horas y terminan a las 21.00 horas, las piezas del rompecabezas empiezan a saltar hasta hacer imposible el cuadro. Se quiera o no.
Pero al final, todo es cuestión de medios. O casi todo. Los pocos juzgados creados al efecto no van a paliar de ningún modo ese riesgo. Y, ya que habían decidido que era el momento, debería haberse provisto con muchos más medios. O la burbuja reventará en cualquier momento. Ojalá me equivoque
Y ahora solo me queda el aplauso. Pero va a ser un aplauso por omisión. Porque hasta que no vea cómo funciona la cosa, no hay aplauso ni abucheo que valga. Aunque si he de ser sincera, veo más cerca el segundo que el primero. El tiempo lo dirá
Hoy, en nuestro teatro, un cuento que escribí hace mucho tiempo y hoy rescato. Porque a veces hay que volver a ser niña
El Casting
Lucía siempre había sido una apasionada del baile. Le gustaba verlo, sentirlo y, sobre todas las cosas, bailar. Bailaba en todas partes: en casa, en la academia,en el colegio, en la calle y en cualquier sitio que pudiera. Desde pequeña había ido a clases de danza y los días en que podía bailar era feliz. No hacía mucho tiempo que se había enterado de la convocatoria de un “casting” para promocionar a jóvenes talentos, y no lo pensó dos veces. Tuvo que ahorrar el dinero de la inscripción y hacer una prueba para conseguir su pase, pero ya lo tenía en la mano: el pase que daba derecho a ir a ese casting. Pero, a pesar de todo el esfuerzo, Lucía no podía ir porque sus padres se lo habían prohibido por culpa de un inoportuno suspenso en Matemáticas. Y ella, que siempre había sido una buena niña, no se planteaba desobedecerles. Pero estaba relamente disgustada y triste. Ella sentía que aquélla era su oportunidad y se le iba a escapar por una tontería.
El día anterior al casting, cuando estaba en el colegio, se le acercó una compañera llamada Rosa, una niña muy popular que nunca antes se había dignado dirigirle la palabra, y, de modo soprendente para Lucía, trató de hacerse su amiga. Finalmente, le dijo que sabía lo del casting, y que a ella le gustaría acompañarla. Lucía tuvo que contarle lo del castigo, pero Rosa quitó importancia al hecho y le dijo que sus padres no se enterarían, que fingirían que iban al colegio y a la hora de vuelta estarían en casa. Y Lucía, como tenía tantas ganas de ir, se dejó convencer fácilmente.
Al día siguiente, tal como habían quedado, Rosa pasó a recoger a Lucía a la puerta de su casa y juntas fueron camino del lugar donde se celebraba el casting. Rosa estaba particularmente simpática con Lucía y ella se dejaba querer sin percatarse de la insistencia machacona de Rosa porque llevara el pase del casting en la mano.
Cuando estaban llegando, oyeron el grito de un niño. Volvieron la cabeza, y vieron un niño pequeño que estaba a punto de ser atropellado por un coche. Sin pensárselo dos veces, Lucía se lanzó al cruce donde estaba el chiquillo y consiguió evitar que le pasara nada al niño. Rosa, que le había seguido de mala gana, aprovechó el momento en que Lucía estaba pendiente del niño para arrebatarle el pase de la mano y marcharse corriendo en dirección al lugar donde iba a hacerse el casting.
Lucía se quedó desconcertada, con lágrimas en los ojos al percatarse que había sido traicionada, y preocupada por un niño pequeño, solo y asustado, que no paraba de llorar y de abrazarse a ella.
Lucía tenía varias opciones, pero todas ellas eran malas. Podía irse corriendo al casting, probar que el pase era de ella y no de Rosa, y conseguir presentarse, pero eso implicaba dejar abandonado a aquel niño indefenso. Podía marcharse al colegio como si nada hubiese pasado para que sus padres no la pillaran, pero así también dejaría al niño solo. Y podía ayudar al niño permaneciendo con él y llevarlo a la policía, pero eso supondría casi seguro que sus padres se enterarían y le caería un castigo aún peor. Con todo, decidió arriesgarse y ayudar al niño.
Lucía, que tenía muy buena mano para los niños, ya que era dulce y cariñosa, estuvo con él consolándole hasta que se tranquilizó un poco, y luego fue a buscar el puesto de Policía más cercano. Le atendieron enseguida, al ver de lo que se trataba, y Lucía tuvo la esperanza de poder dejar allí al niño y conseguir al menos volver a casa a tiempo de que no la descubrieran. Pero sus esperanzas se fueron al traste cuando el Policía, un señor mayor y malcarado que hacía llorar al niño con solo mirarle, le pidió que se quedara con ellos hasta que consiguieran dar con los padres del niño. Le dijo que con ella el nene estaba muy bien y que no se preocupara porque luego la llevarían a casa y explicarían lo sucedido a sus padres. Así que pasó lo peor que podía pasar: sus padres se enterarían seguro y, encima, no le había servido de nada porque era Rosa y no ella quien había acudido al casting. Pero, no obstante, dijo que sí, que se quedaría con el niño.
Al cabo del rato, Lucía consiguió que el niño empezara a perder el miedo, y poco a poco le sacaron algunos datos de sus padres que finalmente los llevaron a localizarlos. Después de haberles dado un bocadillo a cada uno, los padres del chiquillo, que habían sido avisados, acudieron a Comisaría y lo recogieron, y el Policía mayor y malcarado llevó a Lucía a su casa en un coche patrulla. Ella estaba muerta de miedo de pensar lo que dirían sus padres cuando vieran que, además de llegar tarde, lo hacía acompañada de la Policía. Por eso, convenció al Policía de que no subiera a su casa, que la dejara simplemente en la puerta, y ya vería ella qué explicaba.
Cuando llegó, las cosas no pudieron salir peor. Habían avisado del colegio diciendo que Lucía no había ido y, encima, su madre había visto desde el balcón cómo la traía la Policía. No la dejó explicarse, la envió a su cuarto y le dijo que, desde ese momento, se había quedado sin sus clases de baile.
Lucía se marchó a su habitación llorando. Estaba destrozada. Todo había sido un desastre: se había quedado sin el casting, Rosa le había engañado para quedarse con su pase fingiendo que quería ser amiga suya, sus padres estaban enfadadísimos y, lo peor de todo, le habían dejado sin sus clases de baile que eran lo que más le importaba del mundo.
Lucía asumió su castigo con poco ruido y muchas lágrimas. No volvió a intentar dar explicaciones porque, cada vez que lo hacía, su madre le interrumpía diciéndole que le había desobedecido al irse al casting sin permiso.
Apenas habían pasado un par de días cuando Lucía oyó que llamaban al timbre de la puerta en un momento poco habitual. Su madre abrió, le dijo que se quedara en su cuarto sin salir y estuvo mucho rato en el comedor hablando con unos señores a los que ella nunca había visto. Su padre acudió enseguida y se reunió con ellos también. Eran una pareja joven, con un aspecto estupendo, guapos y muy bien vestidos. Lucía no se imaginaba qué podrían estar hablando, pero, tal como estaban las cosas, no se atrevió a salir para poder oírlos. Estuvieron muchísimo tiempo en su casa hablando y ella cada vez tenía más curiosidad.
Al cabo de un rato, su padre entró en su habitación y le dijo a Lucía que saliera. Ella obedeció, temerosa de que le pudiera pasar algo aún peor, y se sentó calladita donde estaban ellos. De repente, la señora joven se fue hacia Lucía y le dio un fuerte abrazo, ante la sorpresa de ella, y comenzó a llorar diciendo “gracias” una y otra vez. El señor también le dio las gracias y le abrazó, aunque no tan efusivamente. Y lo que era más extraño aún, sus padres la miraban y sonreían.
Lucía no entendía nada y no hacía otra cosa que poner cara de asombro. Enseguida, empezó a enterarse de lo que pasaba. Aquellos señores elegantes eran los padres de Iván, el niño perdido, se habían enterado de lo sucedido y habían ido a casa de Lucía a darle personalmente las gracias. Explicaron que no habían ido antes porque les costó un poco dar con su dirección, pero finalmente se la había facilitado un policía mayor y malcarado. Estaban muy agradecidos a Lucía porque pensaban que había salvado la vida de su hijo Iván, un niño pequeño que se había escapado en un descuido de su niñera, y que si ella no hubiera estado allí le podía haber pasado algo. Lucía miró de reojo a su madre y vio que le caía una lagrimita.
Entonces el padre del niño tomó la palabra y le preguntó a Lucía cómo podían agradecerle lo que había hecho. Antes de que pudiera contestar, aquel hombre le dijo a Lucía:
-Hemos hablado con tus padres y nos han contado lo que te gusta el baile. Precisamente, nosotros somos los dueños de la empresa que organizaba ese casting, por eso nuestro hijo estaba por allí y con el desconcierto y la cantidad de gente se perdió. Habíamos pensado que, si quieres, podemos organizarte un pase para ti, ya que el día que se celebró no pudiste venir. ¿Qué te parece?
Lucía sonrió y miró a sus padres con gesto interrogante, y ellos enseguida asintieron con la cabeza. Lucía no podía ser más feliz. Al final, las cosas habían salido mejor de lo que hubiera imaginado.
Al día siguiente, mientras su madre le ayudaba a preparar la ropa para el casting, le dijo:
– ¿Has visto, Lucía? Esto ha sido gracias a que tomaste la decisión acertada, la de atender al niño, aunque te arriesgaras a un castigo y te quedaras sin el casting. Las buenas acciones siempre tienen su recompensa. Y, por cierto, por si te interesa saberlo, a Rosa la echaron por ir con una pase que no era suyo.
Adaptarse o morir, reza un conocido dicho Y tiene razón, más razón que un santo. El mundo del espectáculo se ha ido adaptando a las circunstancias, y así ha pasado del cine mudo de los primeros tiempos, con el Chaplin de El chico, el Buster Keaton de El maquinista de la general y tantos otros títulos, al cine sonoro, a partir de El cantor de jazz. También se pasó del blanco y negro al color, de los decorados de cartón piedra a los mejores efectos especiales, y del cinemascope al 3 D, aunque no haya acabado de implantarse. Aunque el término “adaptar” también tiene otra acepción en cine, el de las adaptaciones cinematográficas de textos dramáticos clásicos, como Romeo y Julieta o La Celestina, o las adaptaciones de novelas desde Don Quijote al ultimo best seller. Tanto es así que en los premios cinematográficos siempre hay uno al mejor guion adaptado.
En nuestro teatro, lo de “adaptarse o morir” es, prácticamente, el leit motiv que preside nuestra existencia. Nos adaptamos a las cambiantes leyes, nos adaptamos a los cambiantes avances tecnológicos, y nos adaptamos a cualquier incidencia real que venga, incluida la sempiterna carencia de medios.
En cuanto a la adaptación a los cambios legislativos, no nos queda otra. Constantemente el poder legislativo está dictando leyes nuevas, que derogan o modifican las existentes, respecto a las que no nos queda más remedio que ponernos al día. No en vano hay otra versión del dicho que lo formula como “renovarse o morir”. Aunque a veces, los episodios de motorización legislativa son tales, que lo de estar al día se convierte casi en una quimera. O sin casi.
Y en este punto, siempre me acuerdo de quienes están preparando las oposiciones. Todavía me angustio pensando en la sensación de pánico que me entraba cuando era opositora cada vez que oía en televisión que se avecinaba una reforma. Tal era mi desasosiego, que me daba igual lo positiva que fuera para la ciudadanía ni el avance que supusiera, porque para míe era una verdadera pesadilla. De hecho, para quienes tuvieron la desgracia de que les cayera una gran reforma mientras estudiaban, ese momento pudo suponer un punto de inflexión que en algunos cass determinó el abandono. Yo me salvé por los pelos del entonces nuevo Código Penal, pero otro tanto cabe decir de la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Civil, o de cualquier de esta índole que surja Nunca fue más real aquello de “Virgencita, que me quede como estoy”.
A quienes ya estamos en Toguilandia, sin embargo, nos angustian más las reformas que afectan a nuestro día a día y lo convierten en un carrusel. Las reformas que dan lugar a revisiones (que ya hemos visto varias), o las que cambian el sistema procesal como la que estamos sufriendo en estos mismos momentos con la ley de eficiencia y los tribunales de instancia. Y no quiero ni pensar lo que será si, finalmente, alguien le pone e cascabel al gato de la instrucción por el Ministerio Fiscal .
Por lo que atañe a los medios tecnológicos, estamos siempre en un ay. Y, si lo pensamos, nos hemos adaptado a muchas más cosas de lo que hubiéramos imaginado. Gran parte de quienes andamos por Toguilandia somo migrantes digitales, y eso si hemos llegad a migrara aunque a la fuerza ahorcan, Yo comencé mis días toguitaconados sin ordenador, luego me compré uno personal y aun tuve que esperar a que la Administración de Justicia hiciera otro tanto, que con un boli, un cuño y las máquinas de escribir que manejaban los funcionarios íbamos que volábamos. Luego llegó Internet, y los programas de gestión, diferentes según autonomías y divorciados entre fiscalía y juzgados. Ahora paree que los juntarán de nuevo, mientras nos afanamos en aprender y adaptarnos. Y estoy segura que lo conseguiremos, aunque sea con sangre, dolor y lágrimas. Y por supuesto, con más de un juramento en arameo. Son las cosas de nuestro teatro.
Aunque tal vez lo más costoso es adaptarnos a la carencia de medios que es santo y seña de la Justicia. Aun recuerdo como improvisaron n un juzgado un lugar para las ruedas de reconocimiento, con un cartón con un agujero para mirar pegado a una ventana. O como montamos una sala para las víctimas de violencia con los juguetes que sobraban a nuestras hijas e hijos. También se hicieron famosas las estanterías hechas de bricolaje judicial a partir de cajas de cartón, o los paraguas colgados del techo para moderar lo efectos de las salidas el aire acondicionado. Sobreviviendo, que es gerundio.
Así que, lo de adaptarse o morir es el pan nuestro de cada día. Y por eso el aplauso es para quienes se las ingenian para conseguirlo sin desfallecer en el intento. Porque las ganas y la vocación de servicio siempre acaban abriéndose paso.
Una de las épocas históricas que más metraje de películas ha ocupado es el Holocausto. El genocidio perpetrado por el nazismo ha dado lugar a películas como El pianista, La lista de Schindler, La decisión de Sophie, El diario de Anna Frank, Marco o El fotógrafo de Mathausen y a series como Holocausto o El Tatuador de Auschwitz, entre otras muchas, aunque para nuestra causa la más característica sea, sin duda, Vencedores y vencidos. Pero esto no es el único genocidio de la historia. Por desgracia.
En nuestro teatro, el tratamiento jurídico del genocidio es muy claro. Es un delito que tiene nombre propio en el Código Penal y en las declaraciones internacionales, y unas consecuencias jurídicas clarísimas tanto en el ámbito del derecho interno como en el del derecho internacional. Porque el genocidio se encuentra, sin duda, entre los peores crímenes que pueden cometerse, y hunde sus raíces jurídicas y ontológicas entre los delitos de lesa humanidad y los delitos de odio.
Pero ¿en qué consiste el genocidio y cuáles son sus consecuencias? Especialmente, ¿cuáles son las consecuencias de que un hecho se considere genocidio o no se considere tal? Ahí hay un debate que está haciendo correr en estos días no solo ríos de tinta sino fuertes enfrentamientos políticos que la gente de la calle no acaba de comprender. Porque nada mejor que llama alas cosas por su nombre. ¿O no?
Para eso, nada mejor que empezar las cosas por el principio. ¿Cuándo surgió el término genocidio y por qué? Pues, como era de suponer, aunque el hecho de exterminar a un pueblo es, por desgracia, tan viejo como la misma humanidad, se empezó a ponerle nombre a raíz del genocidio nazi. En los mismísimos juicios de Nuremberg el fiscal -cómo me gusta arrimar el ascua a mi sardina, confieso- ya utilizó el término, que había usado por vez primera Raphael Lemkin en una obra publicada en 1944, aunque no cristalizó en la sentencia. Sin embargo, en 1946 la ONU empleó por vez primera el término “genocidio” y en 1948 elaboró la Convenció para la prevención y sanción del delito de genocidio.
No obstante, el verdadero problema estriba en determinar a partir de cuándo un hecho se puede considerar genocidio más allá de los delitos particulares cometidos, como asesinatos, lesiones o daños. Y ello porque, según se le dé o no ese nombre, las consecuencias jurídicas son diferentes, según veremos.
Según la RAE, “genocidio” es “Exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”. Por su parte, la ONU lo define en su Convención de 1948 como “los actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”.
Nuestro Código Penal considera que hay genocidio cuando, con propósito de destruir total o parcialmente un grupo nacional, étnico, racial, religioso o determinado por la discapacidad de sus integrantes, se perpetraren delitos contra la vida, agresiones sexuales, lesiones graves, se sometiera a condiciones que pongan en peligro la vida o la salud, se hagan desplazamientos forzosos. Algo que parece fácil de determinar en teoría, pero en la práctica no lo es tanto, visto lo visto.
Y es que lo que ocurre es que la consideración de un hecho como genocidio supone unas consecuencias jurídicas determinadas. La primera, sería, generalmente, la asunción del procedimiento por parte de la Audiencia Nacional, si bien hay que tener en cuenta que la reforma de la justicia universal operada en 2014 limitó considerablemente esta vía en la jurisdicción española.
Asimismo, y en relación con la justicia más allá de nuestras fronteras, el hecho de que se impute a alguien un delito de esta índole tiene consecuencias en orden a una posible extradición, así como en la competencia para ser juzgado por tribunales internacionales como el Tribunal Penal Internacional.
Otra de las consecuencias importantísimas es la que se produce en orden a la prescripción. El delito de genocidio es imprescriptible, como no lo son, sin embargo, otros delitos graves como el asesinato, sin ir más lejos. Ni que decir tiene lo importante que puede ser a estos efectos, en que un hecho se podría perseguir incluso mucho tiempo después.
Y para acabar, haré referencia a otro efecto concreto en nuestro Derecho. Que un hecho sea catalogado de “genocidio” de una manera oficial, hace que el negacionismo pueda ser juzgado como delito de odio, siempre que se den los requisitos del mismo. El caso arquetípico es el del negacionismo del Holocausto, aunque no solo puede darse en ese caso.
Y hasta aquí, estos pequeños apuntes sobre la importancia de llamar a las cosas por su nombre. Y como solo queda el aplauso, lo destinaremos esta vez a quienes hoy y siempre luchan porque delitos contra estos no se produzcan. Ojalá alguna vez esta lucha produzca resultados
Es difícil pensar en cambios sociales o políticos sin que previamente la sociedad se movilice, pacíficamente o de modo no pacífico. Ejemplos os da la historia en muchos de sus momentos clave como la Revolución Rusa o la Revolución Francesa y en momentos esenciales en que la población se movía conta el racismo, contra la discriminación , contra la guerra o contra cualquier otra injusticia. Por supuesto, el cine da buenas muestras de ello, aunque solo citaré algunos títulos a modo de ejemplo: Ghandi, Arde Mississipi, Los miserables, Grita libertad o Los últimos días de Maria Antonieta, entre otra muchas.
En nuestro teatro no somos ajenos a las protestas, tanto desde uno como desde otro lado. Por un lado, y aunque no sean excesivamente frecuentes, de vez en cuando hemos visto como los profesionales nos alzábamos contra algunas decisiones. Por suerte, siempre de una manera pacífica. Faltaría más. Porque el ejercicio del derecho a protestar de forma pacífica es la única manera en que debemos hacerlo los y ls profesionales del Derecho.
En cuanto a nuestras posibles protestas, siempre que jueces o fiscales nos alzamos toga en alto surge una pregunta. ¿Tenemos derecho a la huelga? La pregunta surge a raíz de que la propia Constitución considera que muestro caso es una excepción a la regla general de que todos los trabajadores y trabajadoras tiene derecho a la huelga, algo que se confirma con el hecho de que el decreto reglador del derecho de huelga, nada menos que de 1977. Pero lo que dice la Constitución es que la ley regulará las peculiaridades del ejercicio del derecho a la huelga por nuestra parte, con lo cual no nos niega el derecho, sino que dice que ha de ser específicamente regulado. Como quiera que esta regulación específica ni está ni se la espera, hay que tomar una decisión sobre qué es lo que pasa si pretendemos ejercitar ese derecho constitucional. Hay quien entiende que la falta de regulación equivale a la imposibilidad del ejercicio del derecho, algo sí como una prohibición; hay por otro lado quine entiende lo contrario, que la falta de regulación no pude impedir el ejercicio de un derecho.
Mi opinión personal se acerca más a la segunda opción, si bien reconozco que el planteamiento de cómo llevarla cabo es difícil, porque hay que solventar cuestiones como detracción de emolumentos, servicios mínimos y demás que no están resueltos. Una duda que surge cada vez que llega la ocasión. La última de ellas, hace bien poco, por cierto.
Otra cuestión son las protestas en que intervenimos, más allá de la huelga. Está claro que podemos-y debemos, cuando toca- participar en protestas, manifestaciones y minutos de silencio. Otras cuestión es si podemos hacerlo ataviados con la toga, porque esta se reserva para juicios y actos oficiales. Ahí lo dejo. Menos al que lo de los tacones no lo cuestiona nadie, salvo, en u caso, el dolor de pies si el plantón es muy largo. Tpguitaconarse es lo que tiene.
Pero veamos qué es lo que pasa cuando cambiamos de lado de estrados. Esto es, cuando quienes protestan son quienes caen en nuestras manos y tenemos que decidir si hay ilícito penal o de otra índole y dónde están sus límites. Otro tema de candente actualidad, visto lo ocurrido en la Vuelta ciclista a España.
Cuando la ciudadanía se excede en el ejercicio legítimo de la protesta, podemos encontrarnos ante un delito de desórdenes públicos, además de los delitos particulares que, en su caso, se cometan, como lesiones o daños.
También es fundamental conocer la motivación, porque determinados motivos, fundamentalmente discriminatorios, podrían dar lugar al delito de odio o a la agravante correspondiente. Pero ojo, no cualquier cato de este tipo es delito de odio, ni se puede frivolizar con ellos.
Si buscamos casos reales, no puedo dejar de citar el de las manifestaciones del 9 de octubre de 2017 en Valencia, ya juzgadas, en las que el delito por el que finalmente hubo conformidad de la mayoría de acusados fue el de impedir el ejercicio del derecho de manifestación con la agravante de discriminación por ideología.
Pero, recordemos, esto es excepción, y no la regla. La mayoría de protestas tienen lugar por cauces pacíficos no hacen sino confirmar que nos encontramos en un estado democrático caracterizado por la pluralidad. Y que así siga.
Y hasta aquí, estos apuntes sobre el derecho a protestar pacíficamente y a no hacerlo de modo violento. Y pacífico es, también, mi aplauso para quienes ejercita ese derecho de la única manera que puede hacerse, pacíficamente. La democracia es lo que tiene.
No sé si desde que el mundo es mundo hay personas que por una u otra razón se enganchan sin remedio a algo, pero, desde luego, conforme el mundo evoluciona y existen más estímulos, hay más posibilidades de adicción. Durante mucho tiempo, la más temida de las adicciones era la droga, y hay muchas películas que muestran la terrible época de consumo de heroína y sus consecuencias, como Heroína, El pico, Historias del Kronen o la más reciente, Romería. Sin embargo, la adicción al alcohol, socialmente admitida, también da lugar a terribles consecuencias, como reflejaba la clásica Días de vino y rosas. Y no son las únicas. El juego, como ya reflejaba El jugador de Dostoievski o películas como Casino es otra de las grandes adicciones, la ludopatía, aunque cada vez surgen nuevas.
En nuestro teatro, las adicciones tienen un reflejo evidente en muchas materias, aunque sobre todo en lo que al Derecho Penal y la imputabilidad se refiere. No obstante, no todas se tratan del mismo modo ni producen los mismos efectos. Así que, como siempre, vayamos por partes.
Sin duda alguna, hay que empezar por la reina de las adicciones, especialmente por sus graves efectos en materia delictiva. Y esa no es otra que la drogadicción. La adicción a las drogas está contemplada específicamente en nuestro Código al hablar de “drogas tóxicas, estupefacientes y sustancias psicotrópicas”, y puede dar lugar a la exención total de la responsabilidad penal, a la semiexención o eximente incompleta o a una simple atenuante, siempre y cuando se tenga constancia de que el consumo de drogas alteraba en mayor o menor grado las condiciones intelectivas y volitivas del autor, es decir, su capacidad de entender y querer. Puede darse incluso el caso de que, aun constando que había consumido drogas, ese consumo no tenga trascendencia penal, bien porque no alteraba sus condiciones, o bien porque formaba directamente parte del delito, como ocurre en el caso de la conducción bajo los efectos de las drogas. Con esto, aprovecho para tratar de derribar un mito, el de que basta con drogarse para que un delincuente no entre en prisión.
Cuando de drogas se trata, la exención de responsabilidad puede venir por tres caminos: el primero, porque se esté tan pasado de rosca que uno no sea capaz de enterarse de nada -o de casi nada, si es eximente incompleta, o de poco si es atenuante analógica-; el segundo, porque tenga un síndrome de abstinencia -vulgo, “mono”- de mil pares de narices hasta el punto de necesitar delinquir para obtener la droga; y el tercer caso, porque sea un toxicómano de largo recorrido hasta el punto de causarle considerables efectos en su inteligencia y voluntad, con las gradaciones correspondientes.
Estos casos nos evocan la peor época de la heroína, con el reguero de muertes por sobredosis y SIDA que fueron el pan nuestro de cada día en las ejecutorias que despachábamos. En cuanto a la necesidad de obtener droga y delinquir para ello, aunque pudiera darse con cualquier adicción, es característica de esta, ya que, al no ser legal el consumo y ser delictiva la venta, el modo de obtenerlo es difícil y el precio puede ser astronómico. Em cualquier caso, no pensemos que la cosa se acabóen aquellos tiempos porque cada día surgen nuevas drogas cuyos efectos pueden ser tan perniciosos como los de la heroína pinchada en su día.
La otra adicción específicamente contemplada en nuestro Código, dentro del catálogo de las eximentes , con su posibilidad de exención completa, incompleta o moderada, es la del alcohol. Sus características son diferentes por cuanto que, al tratarse de una sustancia cuyo consumo y venta no solo no es ilegal, sino que está socialmente permitido, se desdibujan los casos antes expuestos con las drogas. Es difícil, por no decir imposible, encontrar a un alcohólico con un síndrome de abstinencia tal que le haga atracar una bodega, y también es difícil pensar que ha delinquido para subvenir su necesidad de alcohol, porque todo el mundo sabe que hay briks de vino baratísimos en cualquier supermercado. Sin embargo, la cuestión de la toxicomanía, aquí con el nombre propio de alcoholismo, es la más característica y sí que pude dar lugar a exenciones de responsabilidad importante por no encontrarse en sus cabales.
Aunque también aquí trataré de derribar un mito: no solo no basta emborracharse para no ir a la cárcel, sino que, en algunos casos, como la conducción alcohólica, es esa borrachera la que les puede llevar prisión. Y ya puesto, me atreveré con otro mito, el de la relación entre la violencia de género y el alcohol: es cierto que muchos maltratadores beben, pero cuando beben no pegan a cualquiera sino solo a sus mujeres, y son bien pocas las sentencias que atribuyen efectos de rebaja de la pena en violencia de género al consumo de alcohol. La frase, tantas veces repetidas por las víctimas “no fue él, sino el alcohol” es una tontería como un piano, si se me permite la expresión. Las botellas de whisky o de vino, o las latas de cerveza no maltratan a nadie, sino que lo hacen quienes se las beben. ¿O no?
Además de estas adicciones específicamente contempladas en el Código, hay otras tan frecuentes como estas. Tal vez la más conocida sea la de la ludopatía, o adicción al juego, que pude dar lugar a conductas muy graves, sobre todo por la desesperación de quine lo ha perdido todo y necesita dinero para seguir alimentando su adicción. Em este aso la vía de alegación para disminuir la pena sería la de la alteración psíquica, en sus diferentes gradaciones, puesto que no está recogida de modo expreso, aunque ya hay numerosa jurisprudencia que aborda el tema.
Sin embargo, hay otras adicciones de las que se habla mucho hoy en día y que aun no tienen un reflejo constatable en nuestro teatro. Claros ejemplos serían la adicción al sexo, la adicción a Internet o a las redes sociales u otras todavía más dudosas como la adicción a las compras. Estaría bueno pensar que existe una patente de corso para abastecerse de Luisvis, Manolos y cualquier otro capricho a costa de eximente de adicción. Por si hay alguien que se lo había planteado que vaya olvidándose. A otro perro con ese hueso, que en Toguilandia no nos chupamos el dedo.
No me olvido de una de las adicciones más frecuente y menos reprochada, como es la adicción al tabaco. Sin poner en duda el carácter adictivo de la nicotina y demás, lo que no se puede afirmar es que esta adicción tenga ninguna consecuencia legal. Al menos por ahora, que si avanza la tendencia legislativa que proscribe el uso del tabaco y empieza a subir su precio, habrá que ver lo que pasa a los tontos y tontas que sigan sin renunciar al fumeteo.
Las adicciones, por otro lado, dan lugar a considerables problemas a quienes las padecen y a sus familias, que las padecen tanto o más que ellos. Chicos que roban o pegan a sus padres por esta causa son un grave problema más social que jurídico. Y a menudo nos superan en el juzgado de guardia, ya que no tenemos solución a nuestra mano porque, como he dicho, el problema es social.
Y, por último, hay que reiterar eso de que no solo de Derecho Penal vive el jurista. Y, por eso, hay que resaltar que las adicciones y sus consecuencias de carácter psíquico pueden dar lugar a distintos grados de discapacidad con las consecuencias jurídicas correspondientes.
Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso se lo daré, sin duda alguna, a todas las personas que se dedican a tratar de revertir sus efectos mediante los programas de deshabituación. Pocas veces más merecido.
Nunca olvidaré aquel mes de septiembre. Lo estrenaba todo. Nueva ciudad, nuevo colegio, nuevos libros, nuevos compañeros y hasta nueva familia. Aunque lo de la familia, más bien era un reestreno, porque mi nueva familia era la misma que llevaba acogiéndome varios veranos, en una especie de ensayo general de la función definitiva, que empezaba ahora.
Estrenaba ropa, y mochila, y uniforme, y un chándal para hacer deporte de rayas azules y blancas que me encantaba. Estrenaba también un montón de material escolar, porque mi reestrenada familia no había escamoteado gastos y se había negado a que heredara nada del que, a partir de ahora, sería mi nuevo hermano mayor. Así que tenía un estuche lleno de lápices de colores, de bolígrafos, de gomas de borrar y de rotuladores de todas clases que no se me acabarían en varios cursos, así como libretas de todos los tamaños. No me faltaba detalle.
Pero, aunque todo aquello me gustaba, había algo que me hacía una ilusión especial. Permanecía en la estantería de mi nueva habitación, con la misma caja y con el lazo rojo que tenía el día que me lo regalaron.
Con cuidado, como una ceremonia mil veces ensayada, bajé la caja de la estantería y la abrí con cuidado. En su interior, dos zapatillas de ballet me miraban desafiantes, como llevaban varios días haciendo sin que yo respondiera a su llamada
En esta ocasión, sin embargo, todo era distinto. Porque ahora, por vez primera, podría estrenar mis dos zapatillas. Y no me importaba tener que encajar una de ellas en la prótesis que, por fin, se había acoplado a lo que algún día fue mi pierna izquierda, aquella que se quedó en mi país de origen junto a la que, hasta entonces, había sido mi familia.
Ahora ya podía decir que aquel mes de septiembre lo había estrenado todo.
Hubo un tiempo en que pensábamos que el entorno, la vegetación, las montañas, los ríos y hasta el frio y el calor eran cosas que venían dadas y eran invariables. Como Las cuatro estaciones de Vivaldi. Pero ya hace mucho que nos hemos dado cuenta de la capacidad humana para destrozar lo que la naturaleza nos da, para hacer que La selva esmeralda o El lago azul se conviertan en un enjambre de rascacielos o en unas aguas contaminadas y que El tesoro del Amazonas se pierda para siempre.
En nuestro teatro, ya hace algún tiempo que nos percatamos de la importancia del medio ambiente y así surgieron, de una parte, los delitos contra la flora y la fauna y, de otra, la Fiscalía de Medio ambiente, una de las primeras especialidades que vieron la luz en el sistema organizativo del Ministerio Público.
Los delitos contra el medio ambiente ya hace tiempo que existen y, aunque pueden compartir denominación, son de hecho variados en su objeto y en su modus operandi, máxime teniendo en cuenta que la especialidad no solo incluye este tipo de delitos sino también los relativos al patrimonio histórico con los que, si bien comparte reprochabilidad, no se parecen demasiado en su naturaleza.
Uno de los delitos más frecuentes en esta materia era la de realizar construcciones ilegales en parajes en los que no estaba permitido. Fundamentalmente, se trataba dl caso de quienes alzaba chalets en terrenos donde solo estaba permitida la construcción de casetas para aperos de labranza. Así, había veces en que lo que figuraba como el lugar donde guardar los instrumentos agrícolas se convertía en auténticos casoplones, y el pozo se tornaba poco menos que una piscina olímpica. Por no hablar de que allí no se cultivaba ya ni un triste tomate.
También en su día fueron frecuentes, sobre todo en determinadas zonas, los delitos de caza, la mayoría de los cuales han acabado siendo infracciones administrativas. Todavía recuerdo las veces que, en mi primer destino, tuve que calificar como delito el hecho de encender las luces del coche para cazar.
No obstante, lo más típico son las causas por contaminación en sentido amplio, sea de las aguas o la tierra por medio de vertidos, del aire por emanaciones o gases, o incluso contaminación acústica y hasta lumínica. Por supuesto, en estos casos, siempre teniendo en cuenta la barrera entre el ilícito administrativo y el penal, y también la posibilidad de pedir indemnización por la vía civil, que no solo de Derecho Penal vive el jurista
En cualquier caso, hay dos ramas de este tipo de delito que, aunque no llegan a desgajarse del todo, sí que adquieren sustantividad propia hasta el punto de tener sus propias especialidades dentro de la especialidad. Se trata del derecho relativo a los incendios forestales y al maltrato animal.
El maltrato animal ha ido ganando espacio en nuestro Derecho. De hecho, ha tenido una de las evoluciones más notables, teniendo en cuenta que, hasta no hace demasiado, el hecho de matar o lesionar un animal doméstico se consideraba delito -o falta, en su caso- de daños, puesto que los animales se consideraban al mismo nivel que los bienes muebles, como semovientes. Por suerte, a día de hoy se les considera seres sintientes y sujetos pasivos de un delito de maltrato que puede llegar a ser grave y a tener penas específicas, como la prohibición de poseer otro animal.
En cuanto a los incendios forestales, no hay más que echar un vistazo a lo que ocurre cada verano para percatarnos de la importancia del tema, cada vez mayor habida cuenta la realidad del cambio climático que tenemos encima. Hay que recordar que en un principio estos supuestos se juzgaban por el tribunal el jurado, aunque una posterior reforma eliminó esta especialidad procesal.
Estos casos son solo la punta del iceberg de un tema jurídico y social de capital importancia. Y esto es fundamental cuando nos enfrentamos a una emergencia climática cuyos resultados ya podemos apreciar en casos como la Dana de valencia o los incendios de carta generación.
Por todo eso, no podemos hacer otra cosa que dar nuestro aplauso a quienes se dedican a la defensa jurídica del medio ambiente. Porque se lo merecen