#Septiembre : Estrenos


           Nunca olvidaré aquel mes de septiembre. Lo estrenaba todo. Nueva ciudad, nuevo colegio, nuevos libros, nuevos compañeros y hasta nueva familia. Aunque lo de la familia, más bien era un reestreno, porque mi nueva familia era la misma que llevaba acogiéndome varios veranos, en una especie de ensayo general de la función definitiva, que empezaba ahora.

            Estrenaba ropa, y mochila, y uniforme, y un chándal para hacer deporte de rayas azules y blancas que me encantaba. Estrenaba también un montón de material escolar, porque mi reestrenada familia no había escamoteado gastos y se había negado a que heredara nada del que, a partir de ahora, sería mi nuevo hermano mayor. Así que tenía un estuche lleno de lápices de colores, de bolígrafos, de gomas de borrar y de rotuladores de todas clases que no se me acabarían en varios cursos, así como libretas de todos los tamaños. No me faltaba detalle.

            Pero, aunque todo aquello me gustaba, había algo que me hacía una ilusión especial. Permanecía en la estantería de mi nueva habitación, con la misma caja y con el lazo rojo que tenía el día que me lo regalaron.

            Con cuidado, como una ceremonia mil veces ensayada, bajé la caja de la estantería y la abrí con cuidado. En su interior, dos zapatillas de ballet me miraban desafiantes, como llevaban varios días haciendo sin que yo respondiera a su llamada

            En esta ocasión, sin embargo, todo era distinto. Porque ahora, por vez primera, podría estrenar mis dos zapatillas. Y no me importaba tener que encajar una de ellas en la prótesis que, por fin, se había acoplado a lo que algún día fue mi pierna izquierda, aquella que se quedó en mi país de origen junto a la que, hasta entonces, había sido mi familia.

            Ahora ya podía decir que aquel mes de septiembre lo había estrenado todo.

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