Todo el mundo ha pensado alguna vez que hay cosas que solo les pasan a los demás. No sé si es inconsciencia, o algún tipo de defensa subconsciente, pero cuando sabemos de una accidente, de una catástrofe o de una enfermedad, nos comportamos como si la cosa no fuera con nosotros. Pero, como decía el título de una película multipremiada hace poco, puede suceder Todo a la vez en todas partes, incluso pueden ocurrir Cosas imposibles, hasta llegar a decir que Todo me pasa a mí. O, como decía Calimero, es una injusticia.
En nuestro teatro vemos cada día cosas de esas que la gente creía que no le iban a pasar. Y, cuando pasan, solo podemos tratar de compensar por lo sufrido, pero no evitarlo. Y es que el Derecho pone tiritas, pero no crea vacunas.
Precisamente, para anticiparnos a todas esas cosas que pueden pasar, aunque ojala no pasen, existen los seguros. O, para ser más exacta, el contrato de seguro. Por este contrato pagamos una prima a cambio de que, en el eventual caso de que suceda el supuesto que se asegura o sufra daños el objeto o persona asegurada, se cobre una indemnización que compense, al menos económicamente, la pérdida.
El seguro más frecuente es sin duda alguna, el de automóviles, especialmente el seguro obligatorio de daños a terceros y precisamente por eso, por ser obligatorio. Todos los vehículos a motor deben de estar asegurados. ¿Y qué pasa si no lo están? Pues, de una parte, que el que no contrató seguro ha de pagar por ello, lo que se traduce en una multa en la vía administrativa. Hubo un tiempo en que era una infracción penal pero resultó que la multa judicial -se trataba de una falta- era tan escasa, que salía mejor que las de la vía no judicial. Por eso, acabó derogándose el precepto y volviendo a la multa de toda la vida. ¿Y el tercero a quien se han causado daños? ¿No cobra? Pues para eso está el consorcio de compensación de seguros, aunque sus límites hacen que no siempre se cobre todo lo que se cobraría, pero algo es algo. Por su parte, ya se perseguirá al culpable para que resarza a quine pagó por él.
Pero hay muchos más tipos de seguros. Otro de los más frecuentes es el de hogar, que, aunque no sea obligatorio, acaba siéndolo para quien quiera tener una hipoteca, porque de no tenerlo el banco nos dirá que nanai de conceder hipoteca. Pero, mas allá de esto, no hay obligatoriedad, aunque sí conveniencia. Por desgracia, hemos podido comprobarlo en estos últimos días con el terrible accidente que ha asolado dos edificios de mi ciudad y ha conmocionado a España entera. Es cierto que la cantidad que se cobre de un seguro nunca sustituirá lo perdido, pero ayuda a compensarlo. Salvo, por supuesto, que se trate de vidas humanas, porque esa pérdida no hay dinero que la compense.
Por eso, si una lo piensa, es tan contradictorio el término “seguro de vida” para referirse al que se cobra a la muerte de una persona por quien haya designado como beneficiario. En realidad, ¿no debería llamarse seguro de muerte? Ahí lo dejo.
Tal vez no lo llamen así por no confundirlo por lo que muchas personas mayores llaman “seguro de los muertos”, que no es otra cosa que el seguro de decesos, muy popular para determinadas generaciones. Por más que haya quien piense que da mal fario, nuestros padres y abuelos eran capaces de quitarse de cualquier cosa para asegurarse un entierro como Dios manda. Faltaría más.
Aparte de esos, hay muchos más tipos de seguros. El de responsabilidad civil, por ejemplo, que cubre el eventual daño que se pueda causar en el ejercicio de una actividad y que, confieso, fue lo primero que contraté en cuanto me puse la toga. Por suerte, ni he tenido que usarlo jamás. Y esperemos que así siga siempre.
También es un tipo de seguro de responsabilidad civil el que cubre a los animales y los daños que estos causen, No es obligatorio, pero mu recomendable, desde luego.
Aunque a mí el tipo de seguro que siempre me llama la atención es el que artistas o deportistas famosos contratan respecto a partes de su cuerpo. Varias actrices, vedettes o modelos aseguran sus piernas, y también lo hacen futbolistas. O los brazos, si se juega a golf, o baloncesto. O cualquier otra parte de su anatomía, que no hace falta que especifique. Omo el que podría contratar, por ejemplo, un famoso actor porno. Que la imaginación haga el resto
La verdad es que hay mucha literatura acerca de estafas para cobrar el seguro, incluso asesinatos para cobrar su importe. Y sí, de vez en cuando nos encontramos con estos casos. Tal vez el más frecuente, las verdaderas denuncias falsas cuantitativamente preocupantes, las de que quien finge un robo -del teléfono móvil, por ejemplo- para que el seguro se haga cargo Pero ya se sabe que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, así que no suele quedar impune
Y, lo que es seguro ahora es que toca bajar el telón por hoy. Sin olvidarme, claro está, del aplauso, que hoy destino, valga la redundancia, al destino. Siempre que no nos traiga la desgracia de hacer la eventualidad que aseguramos. Crucemos los dedos
Hoy en Con Mi toga y Mi Tacones estamos de luto, como mi ciudad, mi querida Valencia. No se abre el telón, ni hay función
Solo un abrazo enorme para todas las víctimas, para toda la ciudad, y el agradecimiento más grande del mundo para quienes se lo juegan todo por lo demás
Y un aplauso a la solidaridad de todo el pueblo valenciano, que no ha dudado un momento en darlo todo
Gracias
Y gracias también, como siempre, a @madebycarol por plasmar en maravillosas imágenes lo que sentimos
La labor de inspeccionar existe en muchos ámbitos. No obstante, en el cine, cuando se habla de Inspección, se piensa automáticas en esos Inspectores que no ejercen propiamente esa función, sino una más relacionada con el crimen, tanto en clave amable, como el Inspector Gadget o el Inspector Clousseau de La Pantera Rosa, como en otras más formales como El inspector, Llamar a un inspector o El inspector general. Y es que, de uno u otro modo, inspeccionan.
En nuestro teatro, la referencia a la inspección tiene varios matices. Contamos, de un lado, con los inspectores de policía que son un apoyo fundamental de nuestras actuaciones en el ámbito penal, y, de otra parte, tenemos los servicios de inspección del Consejo General del Poder Judicial y de la Fiscalía, que es a las que vamos a dedicar este estreno. Algo desconocido por quienes no habitan Toguilandia, y también por muchos de sus habitantes.
Cuando se habla de Inspección, siempre evoco algo que nos pasaba en el colegio, allá por los tempos de mi más tierna infancia. Recuerdo que cuando nos avisaban que iban a venir los inspectores -no inspectoras, no por usar el masculino genérico sino porque siempre eran hombres- nos poníamos a temblar. Como si tuviéramos algo que ocultar, vaya. Y durante los días anteriores nos poníamos manos a la obra con el papel de lija para dejar los pupitres como los chorros del oro.
Pues bien, esa sensación de temor ante quien vaya a inspeccionar mis cuadernos del cole, es la que sigo experimentando cada vez que nos anuncian que viene la inspección. Como si no hubiera pasado el tiempo, por muy diferentes que sean las circunstancias.
A lo largo de mi vida toguitaconada he vivido varias inspecciones, tanto directamente cuando se hacen a fiscalía, como indirectamente, cuando lo inspeccionado es el Juzgado al que estoy adscrita. Y, aunque mi experiencia es buena, sigo sin desprenderme de encima de esa sensación mezcla de temor e incertidumbre de mis tiempos de pupitre y papel de lija. Debe ser alguno de esos traumas infantiles que harías las delicias de cualquier profesional de la psicología.
Para quien no lo sepa, tanto la Fiscalía como la Judicatura tienen sus propios servicios de inspección, y todos los órganos judiciales son inspeccionados con una cierta periodicidad, aunque nunca se sabe cuándo, y en ocasiones especiales por alguna causa justificada, que puede ser negativa, como sospechas de mal funcionamiento de un órgano, como de otro tipo, como ocurre en fiscalía cada vez que acaba el mandato de un fiscal jefe -o fiscal jefa-, especialmente si pretende la renovación. Como de muestra vale un botón, contaré que ahora mismo acabo de vivir una inspección del juzgado al que estoy adscrita de esas que se hacen de vez en cuando sin ninguna razón especial, y otra en mi Fiscalía porque el plazo de la jefatura está próximo a expirar.
Pero no todas las inspecciones vienen de lo más alto. Aunque tanto la Fiscalía como el Poder Judicial tienen su propio servicio de Inspección, también ejercen funciones inspectoras los órganos superiores de la Comunidad Autónoma, esto es, la Fiscalía Superior y el Tribunal Superior de Justicia, respectivamente, que también hacen inspecciones a los órganos de su jurisdicción por las mismas razones y tiempos que se han comentado antes.
¿Y qué hace la Inspección? Pues visar y revisar todo, y comprobar si las cosas están en orden, o hay algún problema, Y, si lo hay, si se debe a algo que hagamos, o que no hagamos o se debe a algo que tengamos o no tengamos y no dependa de nosotros, fundamentalmente medios personales y materiales.
Para realizar su función piden informes previos, revisan antes el sistema informático -si se deja- para saber si hay algún procedimiento especialmente retrasado, próximo a prescribir o con cualquier otra característica que merezca una atención especial, y, por lo demás, nos piden expedientes -o carpetillas en el caso de la fiscalía- aleatoriamente. Y miran, remiran y vuelven a mirar, como beben los peces en el río del villancico o poco menos. Y cuando acaban, emiten un informe. Dice la leyenda que quienes encabezan los respectivos órganos inspeccionados mantienen la respiración hasta que el informe llega hasta el punto de que, si viniera un inspector del libro Guinness , habría registrado ya varios récords de apnea, pero no lo he comprobado fehacientemente. Aunque no me extrañaría.
El informe es el colofón de la inspección. Puede ser favorable o desfavorable, aunque, generalmente, por favorable que sea, siempre pone algunos matices a mejorar para recordarnos que, como decían en Con faldas y a lo loco -aquí, con togas y a lo loco– nadie es perfecto.
Lo malo viene, como no se le escapará a nadie, cuando el informe es desfavorable. Y ahí si que hay que atarse los machos, porque puede acabar, incluso, en un expediente disciplinario, con todo lo que eso supone. Pasa poco, por suerte, pero pasa.
Y con esto, bajamos el telón por hoy. El aplauso se lo daré a los inspectores e inspectoras, que ahora, a diferencia de mis tiempos de colegio, sí las hay. Porque lo merecen y porque no vaya a ser que lean este post y me pongan una mala nota, Más vale prevenir que curar.
Hay un dicho que reza que más vale caer en gracia que ser gracioso, y es una verdad como un templo. Una verdad, además, que se hace patente con mucha claridad en el mundo del espectáculo. Cuántos artistas talentosos y preparados no alcanzan nunca la fama, y cuántos, sin tanto talento ni preparación, llegan a lo más alto por estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Para decir que Ha nacido una estrella hay que caer en gracia, desde luego. Y si se es gracioso, mejor que mejor. Siempre podemos cantar, con Lina Morgan, eso de Gracias por venir.
En nuestro teatro hay, desde luego, quien cae en gracia y quien es graciosa y también quien tiene ambas cosas. O ninguna, que aquí hay de todo como en botica. Pero también hay otras acepciones del término, y algunas estrictamente jurídicas.
Aunque ya hace mucho, hubo un tiempo que el Ministerio de Justicia no se llamaba así, sino Ministerio de Gracia y Justicia, porque incluía dentro de sus funciones la de ejercer el derecho de gracia, es decir, lo que comúnmente conocemos como amnistía e indulto . La primera, de candente actualidad y la segunda, de actualidad en otros momentos. Así que hoy, aunque e Ministerio no se llame así, el derecho de gracia sigue siendo potestad del poder ejecutivo. Y sigue ejerciéndose con mucha más frecuencia de lo que la gente pueda creer, porque las peticiones de indultos son abundantes, y, en algunos caos, resueltas positivamente por uno u otro motivo.
Otra acepción del término “gracia” muy usada en Toguilandia, es la del famoso “día de gracia”. Consiste, en esencia, en una especie de día extra sobre un plazo establecido para presentar cualquier escrito. Y he de decir que, aunque en Fiscalía ni siquiera existe ese concepto, cada día veo a abogados, abogadas y procuradores corriendo de una lado a otro como pollo sin cabeza porque se encuentran en el dichoso día de gracia y hay que presentar lo que sea sí o también. Y, aunque podría creerse que la cosa ha mejorado desde la llegada de las aplicaciones informáticas hay ocasiones en que la solución se convierte en el problema, como pasa más de una vez con Lexnet, y hay que acabar acudiendo al sistema tradicional de llevar las cosas en mano. Si se puede, claro está.
Muy relacionado con lo anterior, está una acepción parecida de “gracia”, que recuerdo de mis tiempos de estudiante en la facultad. Se trata de la convocatoria de gracia, esa convocatoria a la que podías presentarte a pesar de haber agotado teóricamente todas las posibilidades de aprobar la asignatura. No sé cuántas veces tenían que haberte suspendido para llegara a ese punto, pero sí que recuerdo a alguien que no tuvo más remedio que usarla, y que lo hizo con un nivel de angustia considerable, como si un temporizador imaginario estuviera advirtiéndole que la bomba podía estallar de un momento a otro. Curiosamente, no solo no estalló la bomba, sino que esa persona acabó aprobando una oposición de las más difíciles relacionada con aquella asignatura que se le atragantó. Paradojas de la vida.
Y como todo en la vida, también la gracia tiene un antónimo, la desgracia, y de eso en nuestro teatro sabemos mucho. De hecho, la mayoría de nuestras funciones se desarrollan en base a desgracias propias o ajenas, grandes o pequeñas. Algo que es evidente en el Der4echo Penal, pero que también pasa en otras jurisdicciones.
Per dejémonos de desgracias y vayámonos a la mejor e las acepciones de “gracia”, la que alude a algo divertido o hilarante. Y también de eso tenemos un rato en nuestro teatro, faltaría más. De hecho, son muchos los estrenos que hemos dedicados anécdotas y cosas que pasan . Aunque siempre me queda alguna por contar, porque se suceden un día tras otro. Hace nada, me decía un investigado muy compungido que se había quedado en el paro y solo cobraba el suicidio. Pero claro, lo podría haber solucionado si, como oí a otro, hubiera cobrado la herencia adyacente. Por no hablar del beneficio de exageración del pasivo insatisfecho, que eso lo leía negro sobre blanco gracias a una amable amiga tuitera que me lo trajo para mi repertorio taconil. Y lo he incorporado, como me dijo otra persona, sin más dilatación. Pues claro que sí. Aunque pocas cosas como el principio “hindú bio pro reo”, que no sé si es cosa del corrector o un anuncio de yogures que se ha colado en un escrito. Por si acaso, que no incoen Diligencias Rugentes, no vaya ser que pase algo.
Y hasta aquí el estreno de hoy. Lo acabaré con otra de las acepciones de “gracia”, que es la que se emplea en plural, y que deberíamos utilizar mucho más. Gracias. Gracias a quienes me leen, y a quienes me proporcionan esas anécdotas tan buenas. Aunque en ese caso, además del agradecimiento, les daré el aplauso. Qué sería de mí sin esas cosas.
Cada cosa tiene su importancia, poco o mucha, pequeña o grande. La literatura n os habla de La importancia de llamarse Ernesto, y el cine de La importancia de llamarse Oscar Wilde, aunque también habla de Pequeñas mentiras sin importancia o de Gente sin importancia. Y hasta de Una mujer sin importancia, aunque todas la tengamos. Pero no siempre lo reconocemos.
En nuestro teatro, más que en ningún otro sitio, todas las cosas tienen importancia, aunque haya a quien no se lo parezca, Por eso, para cada persona, “su juicio” es lo más importante del mundo, por nimio que sea el hecho que se juzga, o por escaso valor económico que tenga su pretensión. Todo importa.
Cuando pienso esto, siempre me acuerdo de la madre de una amiga mía, que se vio involucrada en un juicio de faltas de los de antes por una riña de vecinos que la pillo en medio, La pobre mujer estaba muy nerviosa, llevaba días sin dormir y llegó al juicio más de una hora antes de que empezara, llevando sus mejores galas. La buena mujer temblaba como una hoja, y de nada servía la voz pretendidamente tranquilizadora de su hija, la letrada que iba a representarla en juicio. Lo curioso -o no- es que esa hija bregada en mil batallas judiciales también estaba de los nervios. Y es que lo que para su madre era importante también lo era para ella. Cuando, pasado un tiempo prudencial, la otra parte no se presentó y dijeron que el asunto quedaba resulto de modo favorable para ella, la madre de mi amiga nos miró con cara de no entender nada, y preguntó, al borde de las lágrimas, si es que a nadie le importaba lo que tenía que decir ella. Y la verdad es que tuve que mentirle, porque me hubiera sentido muy mal si aquella mujer, vestida de punta en blanco para “su juicio”, se hubiera ido con la impresión de que, efectivamente, poco importaba lo que ella tuviera que explicar. Como no había venido la otra parte, no había juicio de faltas, y nadie se planteaba qué pasaba con los nervios y las noches de insomnio de esta señora que nos seguía mirando con los ojos como platos.
Y es que a veces, no somos conscientes de que el tiempo y las preocupaciones de la gente tienen importancia, y vamos a lo nuestro, sobre todo en esta Toguilandia saturada donde como nos entretengamos no llegamos a sacarnos las causas de encima. Pero en muchas ocasiones hay gente que viene citada como testigo que, después de esperar pacientemente su hora de declarar, son despachados con un “ya no hace falta” sin más explicaciones. O, peor aún, con un “se suspende” seguido de la aseveración de que volverá a ser citado. Y es que hay quien no cae en que estos ciudadanos que han perdido la mañana merecen, cuanto menos, una explicación, porque el tiempo que han perdido importa. Hay muchas señorías que les explican lo sucedido, pero a veces se nos olvida. Y no debería sí. Porque importa.
Y, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive la jurista. Por eso recordaré un caso que me impresionó mucho en su día y todavía me impresiona al recordarlo, ocurrido en la jurisdicción civil a un juez que conozco bien. Era la época en que afloraron, por decirlo de algún modo, todas aquellas acciones preferentes con las que algunos desalmados que trabajaban en Bancos se aprovechaban de algunas personas que les confiaban sus ahorrillos de toda la vida. Un matrimonio mayor esperaba, con la misma antelación que lo hacía en su día la madre de mi amiga en su día, a que se celebrara su juicio por aquello que les colaron en el Banco y les dejó desplumados. El juicio se retrasaba bastante porque eran muchas las víctimas que se habían visto en aquel caso, y la pareja esperaba con angustia. La señora, especialmente afectada, se colgaba del brazo de su marido hasta clavarle las uñas. Y, de repente, el hombre vio como la mano de su esposa dejaba de apretarla, y caía al suelo desplomada. Aquella mujer se moría de un infarto fulminante en la puerta de la sala de vistas donde, minutos más tarde, se celebraba el juicio por lo suyo. Ganó, pero ya nunca pudo saberlo. Y a su marido, que tanto le había importado perder todos sus ahorros, dejó de importarle aquello. Y es que hasta esas cosas que tanto importaban, pueden dejar de hacerlo.
De otra parte, si hay algo que me saque de mis casillas, son las personas que te piden algo y, si te descuidas, te perdonan la vida diciendo que no te cuesta nada. Así que, aviso a navegantes, si alguien me encuentra por ahí y no quiere que pase del Dr. Jekyll a Míster Hide que no me diga eso de “no te cuesta nada”. Porque a mí, como a todo el mundo, las cosas me cuestan. Me cuesta llevar a alguien a un sitio, atender a otro alguien, cambiar un día de guardia o de juicio, o dejar a la señora que solo lleva una botella de aceite pasar por delante de mi en la cola del súper. Otra cosa es que me compense hacer lo que sea, o que esté dispuesta a hacerlo por cualquier razón. Pero todo cuesta. Que quede claro.
Por eso hoy quiero romper una lanza por todas las personas que hacen las cosas a pesar de lo que cuesta. Pero el aplauso no se lo daré a todas ellas, solo a aquellas que, además, lo hacen como si no costara nada. Y con una sonrisa. Eso sí que importa
Todo el mundo hemos jugado alguna vez al Quién es quién, un juego donde se van eliminando aspirantes hasta adivinar a quién se refiere nuestra interlocutora. Y es que , aunque parezca sencillo, no siempre conocemos quién es quién y, sobre todo, qué hace cada cual. Incluso Quién es quien es el título de una película, aunque hay otros títulos que parecen contestar a esa pregunta como Yo soy esa. Soy tu fan, Soy el número cuatro, Somos campeones o Eres tú, entre otras muchas.
En nuestro teatro, parece que sabemos cuál es papel de cada cual, aunque fuera de él no siempre está tan claro. Incluso hay quien desde dentro ignora alguna de nuestras funciones.
En su día, intenté dedicara estrenos a quienes intervenimos en las representaciones de nuestra Toguilandia, pero aun así no siempre está tan claro como nos gustaría. Hablamos de la judicatura , de la fiscalía, de los secretarios judiciales de entonces y hoy LAJ, de la abogacía, la procura, médicos forenses o funcionarios. Pero nunca está de más hacer un repasito a todo esto.
Se me ocurrió cuando, hace unos días, vi en la cuenta de A hacer punyetas, que recomiendo mucho, una iniciativa tiktokera en que, aprovechando un hastag que estaba haciendo furor -o quizás no tanto, pero me vengo arriba enseguida-,#YoSoy, contaban las cosas que hace una jueza. Y las que no hace, que es casi más importante. Y como para estas cosas, soy envidiosa de lo más, quise hacer algo parecido con el trabajo de una fiscal.
Ahora bien, como quiera que llevo muy a rajatabla lo de “zapatero a tus zapatos” y que respeto la propiedad intelectual por la cuenta que me trae, descolgué el teléfono y, como en aquel viejo anuncio de peluquerías -Rupert, te necesito- le dije a Amparo que yo quería formar parte de esa fiesta toguitaconada.
Y dicho y hecho, bajó a mi despacho, y con cuatro cositas y muy buena maña por su parte, me grabó diciendo algunas de esas cosas que me veo obligada a repetir mucho más de lo que quisiera. Que soy fiscal, y no soy la mala de la película, ni una señora amargada que quiere condenas a cualquier recio, que no aspiro como en las pelis a ser gobernadora del Estado o que no voy a ascender a jueza porque judicatura y fiscalía son dos caras de la misma moneda, y, como en el caso de la moneda, de la misma categoría. Se me olvidó -o no- insistir en que no obedecemos órdenes del gobierno, aunque haya quine se empeñe en seguir diciéndolo, porque no tiene que ver que el sistema de elección del fiscal general del Estado con el trabajo de cada fiscal de trinchera. Del mismo modo que jueces y juezas en su labor diaria están fuera de las intrigas palaciegas del Consejo General del Poder judicial.
Pero, mejor, os enseño el vídeo, que quedó muy pero que muy apañado. Y hay que ver qué repercusión tiene, porque me ha escrito al respecto gente que hace tiempo que no veo, de dentro y de fuera de la carrera. Lo más pintoresco, que a una compañera con la que tomó café a diario, le llegó a través de su hermana, que ni es toguitaconada, ni vive en mi Comunidad Autónoma. Ventajas e las redes sociales, que también las tienen.
Y con más clics, veréis el de una jueza y otra, el de una abogada y el de dos LAJs, todas interpretes de nuestro teatro. Como en la canción, haces chas en el nombre y aparece en tu pantallita.
Así que esto es lo que quería compartir hoy. Pero no me olvido del aplauso, más que obvio, a las titulares de A hacer punyetas, que hacen mas por divulgar el Derecho que todos los manuales del mundo
Lo siento, hija mía, no puedo. Tendrías que estar arrepentida. ¿Acaso lo estás?
Por un momento, sintió que el mundo se derrumbaba sobre ella. Había puesto toda su esperanza en aquel momento, que había preparado con esmero.
Le costó decidirse, porque no había vuelto a pisar una Iglesia desde que huyó de su pueblo para no volver jamás. Pero ella siempre había creído en Dios. En el Dios de su madre y de su abuela, en el Dios misericordioso del que le hablaban las monjas en el colegio. En el Dios al que rezaba cada noche y cada domingo con su madre y sus hermanas en misa de doce. Se había hecho un velo nuevo para taparse la cabeza. El suyo se quedó en esa habitación que no volvería a ver, y tuvo que ir guardando retales de tul y de una hermosa puntilla de Valenciènnes que había usado para confeccionar un traje de cristianar que le habían encargado. Fue mientras lo hacía, recordando el que, un día que parecía muy lejano, le cosió a su hijo, cuando tomó la decisión de ir a la Iglesia. Fue guardando retales de puntillas y, tras teñirlas de negro, las cosió con primor. Y ahora las palabras de ese sacerdote le confirmaron que todo había sido inútil. No tenía perdón. Y ni el Dios de su madre y su abuela, ni el de las monjas ni el del cura del pueblo estaban dispuestos a dárselo.
Había preparado una y mil veces las palabras que le diría al sacerdote. Incluso las había ensayado ante el espejo del tocador que tan pronto le servía para arreglarse cada mañana como para hacer de improvisado probador de las labores de costura con las que se ganaba la vida. Pero había sido en balde.
Asunción siempre había sido una buena niña. Era buena hija, tal como le habían enseñado a ser. Por eso no puso ninguna objeción al marido que eligieron para ella, un chico mayor que le hacía la corte desde hacía tiempo. A ella no le gustaba demasiado, pero él la trataba bien y su madre insistía en que era un buen partido. Y así sería una boca menos que alimentar en casa y una ayudita para la maltrecha economía donéstica, que su futuro marido era de buena familia y tenía posibles. Así que no hubo más que hablar. Cuando apenas había cumplido dieciocho años, se casó con él, obediente y sin siquiera plantearse si quería hacerlo. También creía que era una buena esposa. Hacía todo lo que decía su marido y, tal conforme él anhelaba, no tardó ni un año en darle un hijo varón. Pero pronto empezó a pensar que algo debía estar haciendo mal, porque por más que se esmeraba en tener la casa impoluta, la comida a tiempo, y a su marido atendido tal como siempre vio hacerlo a su madre, él no se comportaba como ella hubiera esperado. La trataba con desdén, cuando no con desprecio y, en cuanto hubo tenido al niño, comenzó a insultarla abiertamente. Nada estaba a su gusto. Cualquier excusa era buena para recordarle lo inútil que era y lo poco atractiva que le resultaba.
Con el tiempo, no tardó en demostrárselo. Muchas noches aparecía en casa con lo que su madre siempre había llamado “mujeres de mal vivir” aunque a ella le parecían chicas indefensas que no tenían otro modo de ganarse la vida que satisfacer la lujuria de hombres como su esposo, y aun peores. Esas noches, la sacaba de malos modos de la cama y la obligaba a marcharse al cuarto de su hijo. Y ella se esforzaba en apretar bien su cabeza y la del niño contra la almohada para no oir los gemidos y las quejas de aquellas pobres chicas, ni los jadeos de su esposo.
Pero una noche no pudo más. Aunque siempre aguantó estoicamente aquello, ese día no pudo seguir haciendo oídos sordos. La chica gritaba pidiendo socorro, y la angustia de su voz traspasó su garganta para colarse en el corazón de Asunción. Y venció al miedo, y a todo lo que le habían enseñado, para entrar en la habitación y decir basta.
Lo que vio la dejó petrificada. Su marido azotaba sin piedad a aquella muchacha, más joven que ella, al tiempo que la llamaba “guarra” una y mil veces. La chica, desnuda a excepción de las piernas, en las que se arrugaban a la altura de los tobillos unas medias medio rotas, lloraba y suplicaba a partes iguales. Tenía hinchado el labio y manchas de sangre en diversas partes de su cuerpo. El la agarraba por detrás y le forzaba a atender sus deseos sexuales, sin que aparentemente se hubiera apercibido de la presencia de una estupefacta Asunción en el cuarto. Cuando la vio, trasladó su furia de objetivo, y fue cara a ella, mostrándole el mismo látigo con el que, un momento antes, estaba azotando a aquella chica. Le ordenó que se marchara si no quería recibir ella también. Y, lanzándole una infinita mirada de desprecio, azotó la espalda de la chica con aquel látigo que se usaba con las reses. Por una sola vez en su vida, Asunción no obedeció. Sacó fuerzas no se sabe de donde para arrebatarle aquel instrumento de sus manos y llevarse a la chica con ella. Pese a las quejas y protestas de su marido, que juraba que se acordaría de aquello, le curó las heridas, le devolvió su ropa y la llevó hasta la puerta, no sin antes darle un montón de monedas de las que guardaba en un bote de café.
Es todo lo que tengo. La chica no rechazó el dinero y musitó un “gracias” apenas audible.
Cuando regresó a la habitación, su esposo dormía boca arriba. Y Asunción,
entonces, comprendió el significado de la expresión “roncando como un cerdo”.
Ella no durmió en toda la noche. Tenía mucho miedo a lo que él pudiera hacerle al día siguiente, pero por encima de eso tenía una decisión tomada. Una decisión que debió tomar mucho tiempo atrás. Madrugaría, cogería sus cosas y a su hijo y se marcharía de allí para no volver.
Así lo hizo. Apenas amaneció, sin siquiera comprobar que si su marido seguía roncando tal conforme lo dejó, cogió al crío en brazos, y se sujetó a la espalda un hatillo con la parte de sus pertenencias que pudo meter. En apenas media hora, apareció ante la puerta de su sorprendida madre, que la recibió con sin demasiadas ganas.
Tratando de contener el llanto, el propio y el del niño, le explicó en pocas palabras que no aguantaba más a aquel patán huraño y desagradable, que cada día traía a casa una prostituta y que había amenazado con pegarle a ella como les hacía a esas desgraciadas. Ante su asombro, su madre le reprendió por haberse entrometido. Le decía que son cosas de hombres y deben quedar entre ellos, que ellos tienen otras necesidades y las mujeres no podían hacer otra cosa que resignarse y hacer como si no pasara nada. Incluso llegó a decirle que había tenido suerte de que su esposo vertiera su furia en aquellas muchachas descarriadas y les hubiera dejado en paz a ella y al niño. Y le insistió en que debería volver con él, a su casa, donde estaba su sitio.
Asunción se sintió más desamparada que nunca, pero ni por un momento se planteó la posibilidad de echar marcha atrás. No volvería jamás a aquella casa. Y su madre, ante su firmeza, cedió y, tras darle un abrazo desganado, le preparó una taza de café a ella y una de chocolate al niño. Se quedarían, de momento, pero había que buscar otra solución. Allí no había sitio ni dinero con que alimentar dos bocas más. Ella dio las gracias a su madre y se dispuso a buscar un medio de ganarse la vida y de sacar adelante a su hijo. Seguro que podría.
Esa misma mañana, Asunción dejó al crío durmiendo en casa de su madre y se dispuso a recorrerse el pueblo entero en busca de un trabajo. No tenía muchas letras, pero sabía cocinar, planchar, y lavar. Cosía y bordaba con primor y conocía los rudimentos para cuidar enfermos y parturientas. Podría emplearse de criada en cualquier casa, pero nadie le abrió ni siquiera la puerta. El pueblo era pequeño, y todo el mundo se conocía, así que lo primero que le pedían era el consentimiento de su esposo. Y sin él, no había nada que hacer.
Volvió a casa de su madre cansada y desanimada, pero en absoluto resignada. Al día siguiente tomaría el autocar que llevaba al pueblo de al lado y seguro que allí no era lo mismo. Cuando estaba a punto de contárselo a su madre y a sus hermanas, la más pequeña fue llorando hacia ella. Su marido había ido hasta allí a llevarse al niño. Y su madre se lo había entregado sin resistirse, asustada por la amenaza de denunciarle a ella y a quien la ayudara por abandono de familia.
Madre dice que debes volver con él, Asunción. Que es tu marido
Ni loca. Me marcharé lejos y volveré a por mi hijo. Como que me llamo Asunción
Entonces lloró todo lo que había estado aguantando. Eran lágrimas de pena, de rabia y, sobre todo, de impotencia. Nadie parecía entenderla. Y todas, su madre y sus hermanas, parecían asumir la injusticia de ser tratada como un guiñapo por el solo hecho de ser mujer. Y, por un momento, dio gracias a Dios por haber parido un niño, y no una niña. Un niño al que, según el recado que le envió su esposo por medio de su madre, no debería volver a acercarse si no quería que se la llevara la Guardia Civil.
Sobrevivió como pudo. Se marchó a la ciudad más cercana y allí, lejos de la gente que la conocía, se empleó haciendo faenas de costurera, planchadora y limpiadora, mientras ahorraba dinero para tratar de recuperar a su querido hijo. Una de las mujeres para las que trabajaba, una señora a quien todo el mundo tenía por excéntrica pero que a ella le parecía una buena persona, le preguntó por qué siempre estaba tan triste, y si no tenía a ningún pariente. Le inspiró confianza, y se sinceró con ella. Y no le falló la intuición. Aquella mujer la llevó hasta el despacho de un abogado amigo suyo, al que consultó sin tener que pagarle honorarios. Su gozo en un pozo. El abogado le dijo que tenía pocas posibilidades de recuperar a su hijo. Que era difícil, siquiera, que le dejaran verlo. En la España de entonces la patria
potestad de los menores correspondía a los padres, y una madre casada, y que hubiera abandonado el hogar como ella hizo no tenía ninguna posibilidad ante los tribunales. Asunción asintió, tratando de disimular lo destrozada que estaba. Luego, en el humilde cuarto donde vivía, lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Pensó en quitarse la vida, pero el Dios en que había creído, el Dios de su madre y de su abuela y de las monjas del colegio, no le permitió hacerlo. No podía sumar un pecado mortal que le hiciera ser tan infeliz en la otra vida como lo era en ésta.
Con el tiempo, Asunción se acostumbró a su tristeza. No pasaba un solo día sin pensar en su hijo, en lo que habría crecido lejos de ella. Y seguía rezando porque no se convirtiera en un energúmeno como su padre. Y, tal vez algún día las leyes cambiasen e hicieran justicia con ellos.
Se instaló en la ciudad. Se instaló en una pensión confortable cuya patrona la trataba como a una hija, y vivía de los trabajos que iba haciendo, si no con holgura, sí al menos sin estrecheces. Ahorraba cuanto podía para el día en que pudiera volver a estar con su hijo, para poder darle estudios y regalarle las cosas que ella nunca había tenido.
Se negaba a sí misma cualquier oportunidad de disfrutar de la vida. No tenía más entretenimiento que su trabajo y dar un paseo los domingos por la avenida principal de la ciudad. Y tampoco quería más. En su fuero interno, sentía que no lo merecía.
Pero a pesar de sus reticencias, no pudo impedir que la vida siguiera su curso. Y con ella, el cortejo del hijo de su patrona, un muchacho tan honrado y agradable que Asunción no veía siquiera la fealdad de su cara picada de viruela. El chico la invitaba a pasear, le traía dulces y castañas asadas en invierno y un día la invitó al cine. Ella nunca había estado en un cine, y no pudo resistirse a la curiosidad. Y le fascinó tanto el movimiento de las imágenes ante sus propios ojos, que apenas se dio cuenta de que su pretendiente le había cogido la mano, y que a ella le gustaba.
Se resistió mucho. No más paseos, ni cines, ni castañas asadas. Cuando se le acabaron las excusas, le contó su triste historia con la esperanza de que la repudiara y le dejara continuar con su vida y su desdicha a solas. Pero el chico, lejos de rechazarla, le prometió una nueva vida en la que la protegería para siempre. Y Asunción acabó concediéndose a sí misma la oportunidad que hasta entonces la vida le había negado.
Se marcharon a otra provincia, a un pueblo pequeño y alejado de todo lo que habían conocido. A él pareció no importarle tener que renunciar a la oportunidad de un trabajo en Alemania, donde a un primo suyo le iba de maravilla, porque ella, como mujer casada, necesitaba el permiso de su marido para ir al extranjero, y jamás lo obtendría. Y, aunque le dolió la certeza de que no volvería a ser madre, porque la viruela le dejó a él más secuelas que los cráteres que inundaban su cara, se resignó a ello. Ella ya tenía un hijo y algún día lo encontraría.
En el pueblo, comenzaron una vida apacible. Tenían una huerta pequeña y él ganaba un jornal extra trabajando las tierras de otras personas mientras ella seguía cosiendo y planchando cuando la requerían. Asunción era casi feliz, pero un sentimiento difuso, entre el dolor y la nostalgia por su hijo perdido y la culpa por no haberse quedado junto a él, le impedían disfrutar de la tranquilidad y del amor de quien ella consideraba su esposo.
Fue por ello por lo que, mientras cosía el traje de cristianar del hijo de la dueña de la tienda del pueblo, comenzó a tejer en su mente aquella idea que le llevó hasta el confesonario de la Iglesia de una ciudad cercana a su casa. Con su velo confeccionado con las puntillas sobrantes en el bolso, tomó el autocar y se fue hasta allí. Y le contó todo aquello al hombre oculto tras la celosía sin apenas levantar la cabeza. Se acusó a sí misma de conducta pecaminosa, por vivir con otro hombre estando casada, pero pensó que después de oir su historia, aquel hombre le daría, por fin, el perdón de Dios, en quien seguía creyendo.
Guardaba en su bolso, junto al velo, una caja envuelta en el papel manila con el que hacía patrones. En ella, dormía un pequeño fuerte de indios y vaqueros, lo que más le gustaba al niño que dejó, un juguete que compró con los primeros ahorros que tuvo, cuando aun tenía la esperanza de recuperar a su hijo. Y dentro, una carta que le llevó varios días de escribir, con la ayuda de aquella señora que un día lejano la acompañó a ver a un abogado, y con la que había seguido manteniendo contacto postal. Cuando tuvo que responder a la pregunta del sacerdote, supo que todo estaba perdido. No se arrepentía. Por nada del mundo hubiera dado marcha atrás ni hubiera hecho otra cosa cuando aquel energúmeno con el que se casó estuvo a punto de matar a una pobre chica. Por nada del mundo hubiera estado dispuesta a permanecer ni un solo minuto a su lado aunque, de no haber sido tan joven ni tan inocente, hubiera huido mucho más lejos, a algún lugar donde nadie pudiera quitarle a su niño.
Estrujó la caja, sintiendo el crujido del papel manila con el que estaba envuelta, y
volvió a guardarse el velo en su bolso. No lo usaría más.
No me arrepiento padre. Pero por Dios, no le cuente a nadie todo esto
Hija, estás bajo secreto de confesión. Ve en paz, y sigue rezando. La misericordia de Dios es infinita.
Aquellas palabras le sacudieron en parte su tristeza. Sin dejar de tocar la caja, salió de la Iglesia y, movida por un impulso, la dejó en un rincón, junto a la Sacristía. Tal vez algún otro niño podría disfrutar de aquel fuerte de indios y vaqueros que nunca sería para el suyo. Hacía ya veinte años de aquello. Asunción tenía una vida tranquila con quien siempre consideró su esposo, hasta el punto de que, cuando los periódicos contaban que con la nueva etapa política en España, se aprobaría el divorcio, ni siquiera se planteó que eso fuera con ella. Estaba bien como estaba, por más que no pasara un solo día en que no recordara a su hijo.
Sin embargo, nunca dedicó un solo pensamiento al hombre con quien se casó, al padre que le arrebató a su niño del modo más cruel. Hasta el día en que llegó aquella carta, que le revolvió el estómago y los recuerdos hasta casi hacerla vomitar.
No tenía ni idea de cómo la habían localizado. Le costó, incluso, reconocerse a sí misma en aquel apellido que jamás había vuelto a usar. Pero el contenido no dejaba ningún resquicio a la duda. Era ella, y la citaban para que compareciera ante un notario en calidad de viuda de quien fue su marido.
No le dolió lo más mínimo enterarse de su fallecimiento, aunque tampoco le causó especial alegría saberse viuda, y libre. Solo pensó que tal vez, en el despacho de aquel notario a muchos kilómetros de allí, pudiera reencontrarse con su hijo después de tanto tiempo. Y decidió que iría, por más que un temor nuevo le invadiera el alma. El temor a ser rechazada por aquel hijo al que no había visto desde el día en que su propia madre permitió que se lo arrebataran.
Cuando ya tenía preparada la maleta, y comprados los billetes de autobús y tren con que haría el viaje de inmediato, su esposo, el de verdad, le dijo que había encontrado un conductor amigo que le llevaría hasta la estación en coche, y así se ahorraría el penoso tramo de autobús.
En la puerta de su casa, un joven de unos veinticinco años, le esperaba sonriente.
Llevaba entre sus manos una vieja caja envuelta en papel manila amarillento.
Gracias por el fuerte. Ahora, por fin, podremos volver a jugar a indios y vaqueros. Lo guardé hasta que pudiera volver a verte.
El sacerdote que no le pudo dar la absolución, tampoco fue capaz de mantener el secreto de confesión. E, impresionado por la historia de Asunción, no paró hasta encontrar a aquel chico y hacerle llegar el regalo y el amor de su madre.
Y Asunción, por fin, supo que el Dios en que siempre creyó hacía mucho tiempo que le había perdonado. Le había perdonado aunque jamás hubiera vuelto a pisar ninguna Iglesia ni a colocarse el velo confeccionado con los restos de un traje de cristianar de un niño que no era el suyo.
Requerir a alguien consiste en exigirle en nombre de la autoridad, que haga o deje de hacer determinada cosa. Algo así como pedir algo, pero con más fuerza y más razón. Hay títulos de películas que parecen un requerimiento en sí mismo: Ven aquí, Márchate o Quédate conmigo son algunos de ellos. Y es que el solo uso del imperativo ya da cierto miedito.
En nuestro teatro requerimos mucho, pero con fundamento. Y el fundamento no es precisamente el perejil de Arguiñano, sino el principio de autoridad, algo que siempre está presente, aunque a veces parezca olvidado.
El principio de autoridad es, precisamente, el que fundamenta que determinadas conductas cometidas contra la autoridad y sus agentes- o funcionarios públicos, por extensión- sean más graves que cometidas contra cualquier otra persona. Así ocurre con el atentado o la resistencia a la autoridad o sus agentes, que consisten en acometer o hacer resistencia grave a dichos sujetos pasivos, y se castiga más gravemente que el acometimiento o la agresión a cualquier otra persona. Ahora bien, la víctima hade encontrarse en cumplimiento de las funciones de su cargo, porque si no es así, el autor respondería como en una agresión a cualquier particular. Ahí está el quid de la cuestión del principio de autoridad.
Pues bien, ese principio de autoridad es el que confiere fuerza a los requerimientos, que en derecho define la RAE como el acto judicial por el que se intima que se haga o se deje de ejecutar algo. Esa definición en general es válida, aunque los requerimientos no siempre son judiciales, y aunque se haga en nuestro ámbito, no siempre es el juez o jueza quien lo hace. Que se los digan los LAJ de todos nuestros partidos judiciales.
Dentro de los límites de Toguilandia se puede requerir a las personas de muchas cosas, con diversas consecuencias si no se hace caso, aunque las más de las veces la consecuencia directa sea la apertura de diligencias por delito de desobediencia contra quien ignora olímpicamente el requerimiento. Pero las más de las veces no significa siempre.
Imaginemos el caso en que se requiere al dueño de una discoteca para que no vuelva a abrirla en tanto no la haya insonorizado correctamente, En este caso, el requerimiento no lo hace la autoridad judicial sino administrativa, pero desatenderlo sí que constituiría delito de desobediencia, y acabaría siendo juzgado por la autoridad judicial. Y es que al final todos los caminos llevan a Roma. O, mejor dicho, a Toguilandia.
Ahora imaginemos que una persona ha sido condenada por sentencia a pena de trabajos en beneficio de la comunidad. El tribunal le requiere para que se presente en determinada fecha para que le comuniquen el plan de cumplimiento, y el tipo toma las de Villadiego y no aparece. En ese caso, estaríamos hablando desobediencia a la autoridad judicial. Pero si la pena era de prisión y se le requiere para que acuda determinado día para cumplirla, la consecuencia inmediata será poner a sujeto en busca y captura, y detenerlo en cuanto se le encuentre. Faltaría más.
Pero, como decía, no siempre el hecho desatender el requerimiento da lugar a un delito de desobediencia. Cuando el objeto del pasotismo del sujeto es una resolución que acuerda el alejamiento e , ignorando su contenido, va hasta el portal de la beneficiario de esa protección, lo que cometería sería un delito de quebrantamiento de medida cautelar, o de condena, según sea la resolución quebrantada.
También se comete quebrantamiento cuando, en el ejemplo del condenado a trabajos en beneficio de la comunidad, acudió en su día y se notificó del plan de ejecución, pero a mitad cumplimiento decidió hacer pellas. Que las sentencias hay que tomarlas muy en serio.
Un primo hermano de requerimiento, que siempre le acompaña, es lo que llamamos apercibimiento. Consiste en advertir al sujeto de que el incumplimiento del requerimiento llevará consigo consecuencias legales, principalmente la incoación de un procedimiento que puede llevarle a la cárcel. Poca broma.
No obstante, como decimos siempre, no solo de Derecho Penal vive la jurista, y hay requerimientos de otra naturaleza cuyas consecuencias no son tan radicales. Se puede requerir a alguien del pago de una multa de tráfico, y advertirle que de no hacerlo se le cobraran intereses y podrá embargársele la cuenta corriente. Por no hablar de los requerimientos de Hacienda, que nos ponen a temblar. Con el Fisco hemos topado.
Y, como a veces trasladamos el lenguaje jurídico a la vida diaria, hay un uso del concepto de requerimiento que siempre me ha llamado la atención. Se trata del de amamantar a los bebés a requerimiento, es decir, cuando lo pidan. Aunque hay quien prefiere llamarlo a demanda. Aunque yo me imagino con más facilidad a una criatura requiriendo a su madre que demandándola. ¿O no?
Y hasta aquí el estreno de hoy. Solo queda el aplauso, que hoy va para todos los requirentes. Que se de buna tinta la de tipos renuentes que se encuentran y las cosas que tiene que aguantar. Paciencia
No siempre es fácil decir que no. Hay incluso quien sostiene que es imposible, y hay incluso una película titulada Ella siempre dice sí, aunque haya otra cuyo título no está tan claro, y nos invita a hacerlo con una exclamación, Dí que sí. Y como en el cine hay de todo, también hay filmes que muestran exactamente lo contrario, como Sí, señor, la historia del hombre que a todo decía que no. Aunque, como siempre, en e medio está la virtud. Ni calvo ni siete pelucas.
En nuestro teatro nos vemos muchas veces en la encrucijada de decidir, y ahí está el tema a que quería dedicar hoy nuestro estreno. ¿Cómo acertar, tendiendo al sí o al no? ¿Cómo sabemos si hicimos lo correcto al aceptar una cosa, o nos equivocamos al rechazarla? Pues es complicado, pero hay que arriesgarse. A meter la pata y a algo casi peor, que alguien nos salga con el consabido “te lo dije”. Cuanto cansino hay por el mundo con esa frase a flor de labios.
No obstante, no todos los intérpretes de nuestras funciones estamos en la misma posición a la hora de aceptar o rechazar cosas. No es la misma la situación de la abogacía y la procura, que son profesiones liberales y necesitan tener clientes para salir adelante, que jueces, fiscales o LAJs, que no tenemos más cliente que la sociedad y no podemos aceptar o rechazar ningún caso más que por razones estrictamente procesales, como la falta de competencia
Pero hoy quería centrarme en una parte no profesional. O no tan profesional, al menos, como el despacho diario de asuntos y la celebración de juicios. Lo que es nuestro día a día. Y ahí sí que la posición de unos y otros habitantes de Toguilandia no es tan diferente,
En mi caso, me confieso siatodista de hecho y de derecho, y no tanto porque no sepa decir que no, sino porque no me da la gana hacerlo. Aunque a veces luego me arrepienta o al menos me pregunte a mí misma eso de ¿por qué narices me he metido en este berenjenal? Soy siatodista, por si alguien no ha caído aún en la etimología del palabro, porque digo sí a todo. O a casi todo, que nunca se pueden hacer afirmaciones absolutas.
¿Y a qué me refiero cuando hablo de decir que sí a todo? Pues, por redundante que resulte, a todo lo que se presente. Porque no hay nada que me guste más que un buen reto, sea profesional o se encuentre en las antípodas de Toguilandia. Y, encima, trato de disfrutar y sacar el jugo a todo, como ya he contado más de una vez. Disfrutona que es una.
Me referiré a algunos supuestos. Salvo que sea absolutamente imposible, nunca digo que no a colaborar, con una conferencia, mesa redonda o cualquier otra cosa, en actividades solidarias para fines que merecen la pena. También he participado y sigo haciéndolo en libros solidarios, y aúno la solidaridad con la literatura, otra de mis pasiones.
Pero no todo es altruismo. También suelo decir que sí a cursos, charlas y similares en los que puedo aportar algo. Con una excepción: soy una fiel seguidora del lema “zapatero a tus zapatos” y no me meto en temas que desconozca. Se puede ser decidida, pero la osadía tiene un límite. Y ponerme hablar de la usucapión contra tábulas, de la servidumbre de parada y partidor o de Derecho bancario, por poner algún ejemplo, no entra dentro de mis planes ni por todo el oro del mundo.
Y, como no solo de Derecho vive la jurista, hay muchas más cosas a las que decir que sí. Y digo que sí a todo tipo de danza, y a cualquier propuesta literaria, y a cualquier cosa que me divierta o que me permita aprender, o ambas a un tiempo. También digo que si a cualquier propuesta de reunión, cena, comida o actividad diversa que me aporte algo, aunque de un tiempo a esta parte sea un poco -solo un poco- más selectiva. Siempre digo lo mismo: dimelo con tiempo y me organizo. Porque la gestión del tiempo es la clave para conseguir llegara todo.
En definitiva, y como decía antes, puedo decir que no y sé hacerlo, pero las más de las veces no me da la gana. Aunque reconozco alguna vez debería pensarlo un poco mejor antes de lanzarme en pancha a todo. Qué le voy hacer si es lo que me pide el cuerpo.
Así que el aplauso de hoy se lo dedico a todas las personas que comparten conmigo este siatodismo. Porque en la inmensa mayoría de los casos vale la pena.
Se llaman comodines a esas cartas que, cuando se juega a cualquier juego de naipes, tiene un valor especial porque pueden sustituir a cualquiera. Por extensión, llamamos también comodín a cualquier cosa que pueda resolver algo que nos falte como los famosos comodines del público o de la llamada en concursos televisivos como ¿Quién quiere ser millonario?, que el cine mostraba en películas como Slumdog Millonaire o Quiz Show. Y es que, hasta el nombre del comodín en la baraja anglosajona, el Jocker, es el título de una laureada película.
En nuestro teatro, aunque no se trate de un juego, utilizamos comodines con más frecuencia de lo que creemos. Principios como el de presunción de inocencia o el In dubio pro reo -que, como insisto siempre, no son lo mismo-, se usan prácticamente para cualquier defensa. También vienen muy bien otro como el “iura novit curia” -los tribunales conocen el Derecho- para ahorrarse citar jurisprudencia.
El principio a que hoy dedico este estreno puede que sea el que más se utiliza como comodín, y no siempre correctamente. A veces una tiene la sensación de que el “favor minoris” o el “superior interés del menor” justifica absolutamente todo. Y no siempre es así. Un ejemplo reciente lo tenemos en las palabras de cierto ministro que, tras comprobar que una de sus decisiones ha sido objeto de reprobación en sentencia, alga haberla tomado en uso del principio del superior interés del menor. Lo que lleva a una pregunta que dejare en el aire. ¿quería decir que el tribunal que ha fallado no ha tenido en cuenta tal interés superior? Ahí lo dejo.
En principio, podría parecer qué decidir cuál es el interés superior del menor, que siempre es el más digno de protección, es cosa fácil. Pero, como suele concurrir en Derecho, no es oro todo lo que reluce, y del dicho al hecho hay un buen trecho.
Como decía, hay casos en que determinar qué es lo mejor para la niña o niño de que se trata puede resultar sencillo. Imaginemos que un menor se encuentra abandonado, pasando hambre, sed, frío y cualquier tipo de necesidad porque vive solo en la calle sin nada. Evidentemente, entre que el menor viva en esas condiciones o lo haga en un centro protegido por el Estado, con las necesidades cubiertas, es obvia la opción. El interés superior del menor nos lleva a intervenir y buscarle un lugar donde vivir con todo lo que necesite.
Ahora, avancemos un paso más en el supuesto. Pensemos que ese menor, que vive en esas condiciones, no está solo sino con sus padres, a los que adora que le adoran, aunque s situación económica sea paupérrima. Ahí la cosa se complica. ¿Es más adecuado al interés del menor que tenga un techo y sus necesidades cubiertas en un centro lejos de sus padres, o es mejor que siga con ellos, aunque no tenga todo lo que necesite? Pues la respuesta ya no es tan fácil, sobre todo si barajamos la posibilidad de una intervención de Servicios Sociales que mejore las condiciones de vida. Pero, si no hay una vivienda, parece que no queda otro remedio que separar a ese niño de sus padres, aunque en principio lo mejor para cualquier niño es estar junto a unos padres que le quieren. Aquí ya está claro que no esta tan claro lo que lo parecía. Para ponderar el favor minoris habrá que conocer muy bien las circunstancias de cada caso y las posibilidades de evolución. Ningún supuesto es igual a otro.
Y todavía podemos complicarlo un poco más. Imaginemos que ese menor tiene dos hermanas pequeñas que viven con él, junto a sus padres. Tal vez par ese niño quepa una solución intermedia, si se mejoran las condiciones de la vivienda, pero para su hermana pequeña, que es una bebé de meses y de salud delicada, no cabe esa opción. De ese modo y, aunque en principio el interés del menor recomienda siempre no separar a los hermanos, en este caso es muy probable que haya que hacerlo. De nuevo el estudio caso por caso nos dará las claves, aunque nunca sabemos al cien por cien qué decisión es la correcta.
Pues bien, todas estas cosas que en este ejemplo extremo cuestan tanto, se vuelven complicadísimas cuando los supuestos no son tan evidentes. Y eso nos pasa especialmente en el Derecho de Familia
En mi vida profesional, me he encontrado con apelaciones al interés general del menor de lo más peregrinas, por decirlo de algún modo. He tenido padres y madres que han utilizado el interés general del menor para solicitar a la jueza que decida que la niña sea fallera o no lo sea, o pertenezca a una comisión de falla u a otra. También he oído como se usaba el favor minoris para conseguir que el niño fuera a alemán en vez de inglés, a judo en vez de a fútbol o a piano en vez de a baile, y viceversa. Cosas que en realidad responden al gusto o al capricho de los padres y no de sus criaturas. Salvo supuestos excepcionales, como si nos encontramos ante el próximo Picasso al que no llevan a dibujo, o la futura Pavlova a la que privan del ballet. Pero Picasso o Pavlova hay muy pocos.
Y si seguimos avanzando en el plano de la exageración, que existe mucho mas de lo que la gente piensa, me he encontrado alegaciones al interés general del menor para escoger un traje de Comunión con lazo rosa que quería la madre frente al que quería el padre, sin lazo y con bordados, y hasta para decidir los pisos que debería tener la tarta. Verdad verdadera.
Un caso especialmente sangrante fue el de dos progenitores enfrentados y esgrimiendo el interés del menor como un arma arrojadiza, pretendiendo inscribir a la niña en dos colegios distintos, ambos religiosos, de principios similares y en la misma zona. Al final, consiguieron que se les pasara el plazo en uno y otro y que fuera el organismo autonómico correspondiente el que asignara un colegio a la niña, mucho más lejano a su domicilio y a lo que pretendían uno y otro. Así que quedó claro que el interés que les guio era el de cualquiera menos el de la menor.
Y hasta aquí, estas pequeñas notas que espero que hayan aclarado un poco la cuestión. El favor minoris es algo muy serio, no un cajón de sastre para meter cualquier pretensión. Por eso doy hoy el aplauso a quienes lo usan adecuadamente. Que no siempre es fácil.