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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Lenguaje: hacerse comprender


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                Cada profesión tiene su propia jerga. Una suerte de lenguaje que solo entienden los iniciados y que marca la diferencia entre los que son y los que no son. Palabras técnicas algunas, y otras pertenecientes al argot, que simplemente cambian su significado empleadas en el contexto de ese ámbito. Del teatro, casi todos conocemos eso de “desear mucha mierda” o el “que te rompas una pierna” en vez de desear suerte, como el resto de los mortales.

                Y si eso es así en la farándula, estoy segura de que en nuestro escenario ganamos por goleada. Manejamos un montón de conceptos y expresiones jurídicas, muchas ellas venidas del latín (lLatinajos: ¿erudición o pedantería?) que a veces hacen francamente incomprensible cualquier conversación a aquellos que no formen parte de la secta de los togados, y todavía más de la logia de los puñeteros. Y a veces olvidamos que lo que es de recibo entre los iniciados, es inconveniente entre quienes no lo son. Porque, como sabemos, nuestro público es la sociedad, y ésa ni sabe Derecho ni debe saberlo.

                Que la justicia emana del pueblo es algo que sabemos todos, que no en vano lo dice nada menos que nuestra Constitución. Pero, como decía, hay veces que olvidamos que es el pueblo su destinatario, y que mal puede entenderla si no entiende nuestro lenguaje, sea el empleado en las sentencias y dictámenes, o sea el usado en el juicio oral que, como también dice la Constitución, es público. Y muchas veces, se encuentran con unos galimatías que ni siquiera a los iniciados nos resultan fáciles de entender.

                Pero la pedantería no es patrimonio de la logia de los puñeteros, vaya que no. Dentro de la secta de los togados, también los Letrados caen en ello. Y, muchas veces con el deseo de impresionar a sus clientes, los impresionan tanto que creen que están oyendo a su abogado en un idioma más próximo al swuajilii que al español castizo –o a la correspondiente lengua cooficial, que nadie se me enfade-. Con diferentes resultados, eso sí. A algunos clientes hasta les gusta, como aquel que decía de su abogado que debía ser muy bueno, porque no había entendido ni una palabra de lo que dijo en su horita y media de informe. A otros, sin embargo, les desconcierta, como al que tuvo una amiga mía que acabó enfadadísimo con ella porque hasta el juez había visto que no lo hacía bien, y la había llamado “impertinente”. Y, por más que se esforzó en explicarle que lo que era impertinente era la pregunta, no hubo quien le bajara del burro. U otro que, atendido por una letrada de oficio que intentaba explicarle lo que más le convenía, preguntó delante de todos: “¿Y cuando me traen a un abogado de verdad?”

                Pero claro, hay clientes y clientes, que de todo hay en el justiciable. Y entre éstos, los hay que se creen en posesión de la verdad universal, y de la verdad jurídica en particular. Y no se cortan un pelo a la hora de aconsejar al propio letrado y hasta al juez o al fiscal llegado el caso. Y algunos, con su propia interpretación del lenguaje jurídico. Y entonces –¿o debería decir “a la sazón”?-, nos dicen muy serios que van a repelar la sentencia, porque su señoría lustrosísima se ha equivocado, que ya les dijo el vecino de su prima Mari Puri que eso era lo que había que hacer. Y mientras tanto, lo que tienen que ponerles es un auto de escarmiento, que de eso el vecino de Mari Puri también sabe un rato largo. Y ojito con lo que hacemos, no nos vayan a poner un corpus cristi, que eso se lo contó Francisquito el secretario, que no había manera de explicar que el secretario en cuestión se llamaba Antonio y en el papel lo que ponía era “el infrascrito”. Pero claro, doctores tiene la Iglesia.

                Y es que de aquellos polvos, estos lodos. Si no hablamos en un lenguaje comprensible, no se nos comprende. Y se nos reinterpreta al gusto del consumidor. Y, como me dijeron una vez, tenía que hacer preguntas sugerentes y cadenciosas, curiosa lectura de la prohibición de preguntas sugestivas o capciosas de las que habla la ley.

                Eso sí, otra cosa es lo que hablemos entre nosotros. Y ahí, además del lenguaje técnico, tenemos nuestro propio argot. Cuentan que hubo un tiempo en que se hacían PELOS, que era como se llamaba al procedimiento urgente de la ley que precedió a la del actual procedimiento abreviado, PALO para los amigos. Y hasta hace apenas unos días, íbamos a juicios de flautas, aunque a partir de ahora estamos yendo a los levitos (juicios de faltas, adiós pequeños, adiós) o, si se quiere, delititos. También decimos tranquilamente que nos vamos a sala a hacer una media pena, refiriéndonos a las prórrogas de prisión preventiva de aquellos condenados cuya sentencia pende de un recurso. Y en cuanto a las penas, todos sabemos lo que es la pena de banquillo o el traje a medida. Aunque esa es otra historia que ya revelaré en su momento. O tal vez no, que en el teatro siempre conviene mantener la intriga.

                De todos modos, agucemos nuestro ingenio, porque al ritmo desenfrenado que va el legislador, tendremos que seguir inventando nombres para todas aquellas cosas que se le ocurran. O, como sugiere mi compañero José María, cantar, a ritmo de merengue, eso de “Suavemente, derógame…” o el más movidito “Derógame otra vez..”, mientras sacudimos nuestras togas con donaire sin igual.

                Pero mientras tanto, cuidemos nuestro lenguaje. Y cuidarlo no es hacerlo tan alambicado que nadie lo entienda sino hacerlo tan comprensible que lo entienda todo el mundo. Porque de nada sirve servir al ciudadano si se habla en términos que éste no entienda ni tenga obligación alguna de hacerlo.

                Así que ahí va el aplauso de hoy. Para todos los que, teniendo el conocimiento que pocos tienen, lo hacen comprensible para todos. Porque la justicia es de todos y así debe ser siempre.

Justicia gratuita: derecho a los derechos


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                A la mayoría de personas les gusta el teatro. Unos géneros más y otros menos, pero todos hemos disfrutado de una buena película o una buena representación teatral. Pero hay algo más. Todos hemos aprendido, y aprendemos, de lo que vemos en el escenario. Y es que es cultura. Y la cultura es un bien al que debemos poder acceder todos. De ahí que, para aquellos que no pueden costearse la entrada, haya funciones gratuitas, y de ahí también las subvenciones que los artistas reciben, para poder realizar su labor. Aunque algunos no lo entiendan.

                En nuestro teatro pasa algo parecido. También la justicia, como la cultura, es un bien universal, al que todas las personas deben tener derecho. Que no lo digo yo, lo dice la Constitución, con eso de que la justicia emana del pueblo. Ya dije en su día que si la justicia era del pueblo, difícilmente se debería hacer pagar por acceder a ello, como ocurría con las malhadadas tasas (Tasas, el precio de la justicia.), ya reducidas, por fortuna, aunque no del todo eliminadas, como algunos quieren hacernos creer. Por poner solo un ejemplo, cualquier ONG debe seguir pagándolas, por más que sus fines sean los más loables del mundo. Pero ésa es otra historia…

                Y en nuestro teatro no siempre podemos entrar directamente en la función, sin más ni más. Al igual que en el teatro se necesita pasar por una taquilla –real o virtual-, ser recibido por un portero que controla la entrada, y encontrar el sitio con un acomodador, nuestra función también tiene sus perendengues. Y, en la mayoría de los casos, nadie puede ejercitar sus derechos, o defenderse de aquello que le reclaman, sin la concurrencia de unos profesionales: el abogado y el procurador. Profesionales pero seres humanos al fin y al cabo que, como tales, tienen la mala costumbre de comer, ir al médico, llevar a sus hijos al colegio y mil cosas más. Caprichosos que son, vaya. Así que han de cobrar por su trabajo, por extraño que pueda parecer.

                Y ¿qué pasa cuando esa persona que reclama sus derechos o ha de defenderse no tiene para pagarles? ¿Acaso se va a quedar sin función? Pues claro que no. Eso es algo que no podemos consentir, y de ahí la existencia de esa institución llamada justicia gratuita, muy relacionada con el turno de oficio, que ya tuvo su propio estreno (Turno de oficio, bomberos del Derecho) pero que no es exactamente lo mismo.

                La justicia gratuita es la obligación que tiene el estado de costear a estos profesionales a quienes acreditan insuficiencia de medios para litigar. Y obsérvese que hablo de obligación del Estado, y no de facultad. Porque no es una concesión graciosa, sino un derecho exigible. Y así lo debemos entender. Los ciudadanos somos los espectadores que reclamamos nuestra asistencia a la función, porque es una función de la que somos parte.

                Aunque muchos lo vendan de ese modo, la justicia gratuita no es una justicia low cost. Los abogados que atienden a sus clientes porque les corresponde por turno no son peores que los que cobran un pastizal. Es más, a veces so los mismos. Aunque corra el rumor de que si alguien no se gasta un dineral en un abogado no tendrá una buena defensa o representación. Y bien que he oído a varios potenciales clientes indignados porque quieren un abogado de pago, o un abogado “de verdad” –lo he oído más de una vez, o se quejan porque su letrado es de rebajas y el otro es de alta costura. Aunque muchas veces resulta que la ropa del mercadillo queda más apañada que la de Dior si la modista sabe sacarle partido o la percha la luce con donaire. Cosas de la vida.

                Siempre recuerdo un episodio que debió influirme más de lo que pensé en ese momento. Mi padre, abogado de vocación -al que dediqué mi post Abogados, estaba en casa viendo conmigo una serie de televisión llamada La huella del Crimen. El ya era mayor, y yo una niña, y asistíamos -esquivando los fatídicos dos rombos- ante ese televisor sin mando a distancia y con solo dos canales al capítulo llamado La Envenenadora de Valencia, la última mujer ajusticiada a garrote vil en España. A mí aquello me parecía algo muy lejano, pero mi padre lo acercó contándome que él en aquel entonces era pasante del letrado que defendía el caso. Y me dijo que aquel abogado se hizo cargo de la defensa de esa mujer, que no tenía donde caerse muerta -textual- porque estaba apuntado a una cosa llamada turno grave y amaba su oficio en general y el derecho penal en particular. Y que hasta la más terrible asesina tenía derecho a un juicio justo. Creo que aquello me marcó para siempre. Y, muchos años después, tuve la oportunidad de vivir una maravillosa segunda parte de aquella triste historia. Pero eso lo dejo para otro estreno, que la función debe mantener la intriga.

                Así que hoy sí hay aplauso, vaya sí lo hay. Y ovación y vuelta al ruedo para todos los que día a día hacen posible el derecho de todos a ejercitar sus derechos. Como hacía mi padre. Pero también hay abucheos y lluvia de tomates. Precisamente, para quienes se lo ponen difícil, que a buen entendedor… A cada uno lo suyo. Como es de justicia.

Pánico escénico: togas que tiemblan


pánico escénico

Todos hemos oído hablar alguna vez del pánico escénico. Algunos, inlcuso lo hemos podido ver alguna vez en algún escenario, más bien amateur que profesional. Pero en todas partes cuecen habas, y no hace mucho una famosa cantante se veía obligada a tomarse un descanso por haber sufrido semejante mal. ¿Y quien no ha vivido, como espectador o hasta como intérprete, esas funciones del colegio donde algún niño se queda literalmente petrificado en mitad del escenario, o sale corriendo en busca de su mami? Y es que el pánico escénico es lo que tiene.

Y en nuestro escenario se vive esto también de una manera intensa. Todos los hemos padecido, reconozcámoslo o no, y son variados los momentos en que ocurre. Así que, como me dispongo a revivirlos, preparémonos para esa película de terror, esa Pesadilla en Justicia Street que todos hemos vivido alguna vez.

El pánico escénico es un enemigo traidor. A algunos se empeña en acompañarlos muchas veces, y para otros aparece de repente, cuando nadie de lo espera. Pero siempre está ahí, agazapado, esperando a atraparnos entre sus garras. Las primeras veces que lo vemos emerger se retrotraen a los tiempos de estudiante. Las facultades de Derecho tienen la costumbre –muy razonable, por cierto- de agasajar a sus inquilinos con profusión de exámenes orales, y eso a veces te mete un susto en el cuerpo de los que hacen historia. ¿Quién no se ha quedado alguna vez paralizado, sintiendo cómo esos artículos del Código Civil o de la Ley de Procedimiento Administrativo que se sabía al dedillo se quedan paralizados en algún punto inexpugnable entre su estómago y su glotis y se niegan a salir al exterior en forma de palabras? ¿Quién no ha notado que se había instalado en su garganta un estropajo empeñado en absorber todo lo que una estaba dispuesta a decir? ¿Quién no ha vivido esa pesadilla en la que, en el momento del examen, un bromista malintencionado ha usado una goma de borrar con nuestro cerebro y lo ha dejado en blanco? Y lo pero, cuando una sale de allí con su frustración a cuestas, de pronto, los conocimientos salen de su escondite, el estropajo desparece o la goma de borrar se volatiliza. Pero ya no vale…

Pero, si en algún momento el pánico adquiere dimensiones mostruosas, es en el examen de oposición. Es como si al Gremlin peludito y simpático le hubiera caído encima el diluvio universal y se hubiera tornado el Gremlin malo pero en tamaño Godzilla. Y aparece un King Kong enfurecido dispuesto a aplastar nuestras aspiraciones como aplastaba edificios. Y nosotros más indefensos que la pobre rubia en lo alto del Empire State. Recuerdo que, el día en que estaba convocada para examinarme, empecé a destilar agua de modo descontrolado por los ojos y la nariz, sin que nadie haya encontrado aún una explicación médica razonable. Por suerte, me examiné al día siguiente, cuando ya el Dr. Jenkill había desplazado a Mr. Hyde. Pero he visto en ese trance a gente con verdaderos ataques de histeria que no lo han conseguido. Y es que es un enemigo tan fuerte a veces como los más de trescientos temas del temario.

Pero ahí no acaba la cosa. Y, cuando una cree –con oposición o sin ella- que, arriba de sus tacones y con flamante toga cual capa de Superman (togas, capas de superhéroe) puede comerse al mundo, resulta que el bichito reaparece. Y la sola visión de la Sala convierte el espectáculo en El Diablo viste de toga, y empieza un temblequeo que ríase usted del Terremoto de San Francisco. Y es que informar en sala no resulta fácil, al menos al principio. Y como el más tradicional de los actores, las mariposas revolotean en el estómago y una cree que no va a poder. Pero al final puede, vaya que sí, que no en balde es una superheroína con toga y tacones.

Y, como las epidemias, se expande y va hacia otros sitios. Como el temible virus de Contagio. E impide que gente valiosísima se decida a dar charlas o clases en la facultad o en otros foros, por temor a no estar a la altura. Sin percatarse que a veces no son otra cosa que maricomplejines que hay que sacudirse de encima como Terminator se sacudía a los enemigos. No solo por nosotros mismos, sino porque es una pena no compartir la experiencia y los conocimientos con aquellos que están empezando. Y aún diría más. En algunos casos, es hasta un acto de egoísmo, porque es casi una obligación transmitir a otros todo aquello que pueda hacer mejor nuestra Justicia. Y ya nos decían en el colegio aquello de que era un acto de misericordia “enseñar al que no sabe” o esa mantra que repiten a los niños que no quieren dejar su juguete, “compartir es vivir”

Así que adelante. ¿Quién dijo miedo? Las tablas del escenario nos están esperando. Con un público dispuesto a aplaudir a rabiar. ¿Vamos a defraudarlo?

Carpetas y carpetillas: papelería judicial


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          ¿Qué sería del teatro sin sus programas y sus carteles anunciadores? ¿Cómo prescindir de esos avisos en la taquilla que dicen “no hay entradas” o “función suspendida”? Y es que, por mucho que estemos en plena era tecnológico, y hoy casi todo se haga a través de Internet, hay cosas que perderían la magia sin la versión tradicional. Y sigue siendo imprescindible sentarse en el patio de butacas con un bonito programa impreso en colores para consultar.

                Por eso creo que hay alguien empeñado en que nosotros nunca perdamos la magia. Y de ahí que nos mantengan anclados al papel que, por más que hayan archivos informáticos, no desaparece. Y ya sé que desde las alturas nos han dicho eso de “el papel se va a acabar”, como el frotar del anuncio de detergente. Y ni lo uno ni lo otro. Las manchas de chocolate siguen empeñadas en quedarse en las camisetas como el papel sigue empeñado en quedarse en los juzgados. Y aquí no vale eso de “la mancha de mora con otra mora se quita”. Salvo que la magia dichosa haga aparecer la mora salvadora, que nunca se sabe.

                El caso es que si algo no ha cambiado desde que, por vez primera, mi toga y mis tacones se convirtieron en pareja inseparable, son las carpetas que sujetan los procedimientos y sus hermanas pequeñas, las carpetillas, en las que guardamos en las fiscalías lo más importante del procedimiento que necesitamos para ir a juicio. Y como no hay dos sin tres, pues a éstas les acompañan una legión de primos hermanos, dados en citaciones, notificaciones, edictos, requerimientos y papelillos varios. Y también unos primos lejanos, los carteles que, como si de una función se tratara, anuncian, convenientemente colocados con celo en la puerta, cosa tan necesarias como que el juicio se ha suspendido, que se celebrará en tal o cual sala, que hay que apagar el teléfono móvil, entrar por otra puerta porque la principal está rota, o cualquier otra cosa. Como una vista en los últimos días en las redes y que me tiene hablando sola: “cerrado por estrés térmico”. Alucinante. O, mejor dicho, carpetovetónico.

                Pero claro, como ya he dicho otras veces, nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal es un dinosaurio tan antiguo que probablemente su primera edición ya sea un incunable. Y para aquel entonces debía ser el colmo de la modernidad eso de atar con cuerda floja las piezas separadas. Que ya empiezan a ser eso, piezas de museo. Y en eso seguimos, y me temo que aún me quedan muchos estrenos que dedicarle.

                Pero no es solo la ley, no nos hagamos ilusiones. Porque bastaría cambiarla por otra, pensaría cualquiera. Pues va a ser que no. Porque su prima, la Ley de Enjuiciamiento Civil, ya es de este siglo y, aunque algo más modernilla sí que es, seguimos viendo las toneladas de papel campando por sus anchas en cualquier juzgado. Literalmente. Ocupando pasillos, sótanos, salas de vistas, despachos y cualquier otro sitio donde quede un centímetro cuadrado libre. O donde no quede ya, en una suerte de equilibrio que ni el mejor prestidigitador superaría. Se lo aseguro. Y si no lo creen, pasen y vean.

                Cada procedimiento da lugar a la apertura de una carpeta, generalmente de cartulina y de algún color aleatorio que suele –aunque no es preciso- identificar de facto a las que provienen de un mismo juzgado. Y dentro de éste, se distinguen también por colores según la clase de procedimiento o la fase del mismo. Un lenguaje de códigos aprendido perfectamente, que no en vano nos criamos con Epi y Blas, el Monstruo de las galletas y hasta Espinete, y que seguro repetirá la generación criada con los Teletubbies. Pues bien, dentro de esta carpeta, que va engordando de modo incontrolado como si hubiera asaltado una cadena entera de hamburgueserías, se van metiendo todas las copias de atestados, notificaciones, declaraciones, documentos y todo aquellos que pueda tener trascendencia en la causa, incluidos los poderes de los procuradores. Algunas, hasta varias veces, en una espiral de fotocopias sin fin capaces de cargarse buena parte de los árboles de la Selva Amazónica. Y cuando esa carpeta se hace grande, da a luz a una nueva, o a más, que acaban en hacerse clónicas por su volumen. Y allá van las carpetas, viajando de Herodes a Pilatos en sus distintos pases de juzgado a fiscalía y viceversa, viajando cómodamente instaladas en unos carritos de supermercado dignos de la mejor tecnología punta.

                Y además, como los huevos Kinder, a veces llevan sorpresa. Un sobre grapado en las actuaciones donde aparecen unas llaves, una cartera y hasta una navaja, que una se queda mirando sin saber si tocar o no, por si las moscas.

                Pero eso no es todo. Una vez entran en fiscalía, tenemos que abrir nuestra propia carpetilla, la hermanita pequeña de la carpeta, como decía. Y, por supuesto, volver a fotocopiar un montón de cosas para darle de comer y que ella también se ponga gordita. Y si se pasa, no hay problema, porque tenemos unas estupendas gomas para atarlas y que no se nos escape nada. Que estamos que lo tiramos, oiga. Aunque he de reconocer que hemos dado un gran paso, casi comparable con el de Amstrong al pisar la luna. Hemos pasado ya hace tiempo del tamaño cuartilla de antaño al tamaño folio, y del grosor de papel al de cartulina. Un gran paso para la justicia, sin duda alguna.

                Así que con este panorama, permítanme que mi toga, mis tacones y yo pongamos en duda eso de que se va a acabar el papel. Salvo, claro está, que nos lo anuncien debidamente con un cartel manuscrito a la puerta del Ministerio, con todos sus sello y firmas, y debidamente fijado con chinchetas.

                Mientras tanto, el aplauso es solo para quienes sufrimos, de un modo u otro, esa avalancha de papel. Porque me temo mucho que tardaremos en despedirnos de él.

Revisiones: ¡¡¡socorro!!!


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En el teatro, los guiones no suelen salir bien a la primera. Y a veces, aunque salgan, alguien se empeña en revisarlos, en darles otra vuelta, en hacer correcciones o en cambiar las cosas. E, incluso, hay quien se empeña en hacer nuevas versiones de una obra ya hecha, los famosos remakes que, salvo honrosas excepciones, no acaban sino siendo copias desvaídas del original. Y es que, claro, por más que no se esmere, es difícil que una nueva versión de Sabrina pudiera superar a la deliciosa Audrey Hepburn, o que los nuevos Angeles de Charlie borraran de nuestra memoria la serie nuestra infancia.

En nuestro espectáculo gustan mucho de las revisiones, remakes, versiones, retoques y cambios varios que acaban volviéndonos locos a los intérpretes. Y, sin darnos cuenta, nos vemos sumidos en uno que podríamos titular Juristas al borde un ataque de nervios, que ríase Almodóvar. Incluso hay veces que, de pronto, nos vemos trasladados a un obligado cambio de género y nos adentramos de lleno en el terror. Y, al abrir el BOE, una puede sentir cómo aparecen las garras de Freddy Kruger, o el mismísimo Jason, aunque no sea ni Viernes ni 13. Y el pánico se apodera de nosotros al ver cómo nuestras leyes se van convirtiendo en una suerte de Frankenstein hecho a base de trozos y retazos y parches, con quater, quinquies y vaya usted a saber qué más. Y cada reforma se nos aparece como un Drácula que nos chupa la energía. Porque un vampiro siempre es un vampiro, por más que nos lo dulcifiquen al estilo Crepúsculo. Y claro está, a mí me hacen tambalearme sobre mis tacones, toga en ristre. Y mucho me temo que no soy la única.

Y no se trata de que no tengamos experiencia en esto de las reformas, no. Desde los tiempos de la carrera, y sobre todo de la oposición, nos someten a un entrenamiento de alto rendimiento que ni el mejor personal training. ¿Quién no recuerda la angustia con que entonces vivíamos cada vez que a ese ente abstracto y muchas veces diabólico llamado “legislador” le daba por vomitar uno de sus productos? Sangre, dolor y lágrimas cada vez que lo hacía. Y eso sin exagerar, por supuesto, porque entonces albergábamos la esperanza de que el día en que vistíeramos la toga aquello acabaría. Craso error. Pronto descubrimos que el carrousel de las reformas es una tortura que no se acaba nunca. Y que, aún en el mejor de los casos, esto es, cuando estas reformas suponen una mejora –que, haberlos, haylos, aunque últimamente cueste encontrarlas-, siempre traen consigo ese trabajo extra que son las revisiones. Es lo que hay.

Pero hay momento, y momentos. Y éste es uno especialmente peliagudo, porque al legislador de turno le ha entrado un ataque de precipitación y está soltando sorpresas un día sí y otro también. Tanto, que da pavor abrir el BOE, que ya se sabe que cuando el BOE suena, reformas lleva… Y sí, es cierto que sobrevivimos a la entrada en vigor del Código Penal del 95, de la nueva Ley de Enjuiciamiento Civil, de la ley concursal y de todos los retazos que han convertido la vieja Ley de Enjuiciamiento Criminal en una colcha de patchwork. Pero es que ahora lo primero que hay que adivinar es cuándo entran en vigor cada una de las reformas, que no es cosa fácil.

Así que se me ocurre una idea, para ver si alguien comprende el alcance de todos estas veleidades reformistas. Podríamos mandar a una isla desierta a un montón de eso que se ha dado en llamar operadores jurídicos, elegidos, por supuesto, tras un esmerado casting, donde permanecerían aislados durante tres meses, sin más contacto con el exterior que algún Gran Hermano que les fuera dando todos los Boletines del Estado, Comunidades Autónomas, Provincias y publicaciones oficiales. Tendrían pruebas dificilísimas de superar, centradas en conseguir una lista lo más ordenada posible de todos los cambios legislativos, su alcance, a qué afectan, cómo se interpretan y cómo quedarían las leyes. Eso sí que es duro, y no lo que vemos en los reality shows al uso. Y no sé si alguien superaría la prueba. La verdad es que mi toga y mis tacones salen corriendo con solo pensarlo.

Así que voy a ver si hablo con Almodóvar para proponerle la idea, que no vamos a ser pobres hasta para pedir y me parece el más adecuado. Que de él saqué la idea de Juristas al borde de un ataque de nervios, constantemente preguntando ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, sin que La piel que habito soporte tanto cambio, lo que nos hace andar Entre tinieblas a la caza y captura de la disposición aplicable en cada caso y en cada momento. Y mientras, la pobre Constitución implorando que alguien Hable con ella, que otros tiempos amenazan con Volver y más vale pensar un poco las cosas que recurrir a La mala educación y sacar sapos y culebras por la boca cada vez que abrimos el dichoso Boletín, que es Matador. Pero mucho me temo que hay poco que hacer, que mis toga y mis Tacones cercanos tendrán que atarse los machos, o más bien las puñetas adonde me gustaría mandar a muchos en ocasiones.

Por eso hoy el aplauso va para todos aquellos que resulten Supervivientes de este reality show imaginario. Porque sin isla, sin encierro y sin tiempo habremos de conseguir salir victoriosos. Y seguro que, una vez más, lo lograremos. Aunque nos dejemos la piel en ello. O como dijo una famosuela de ésas que frecuentan los realitys, aunque nos dejemos la piel en el pellejo.

Informática: obsoleto atrezzo


cavernicola informático

Como todos sabemos, el atrezzo es una parte indiscutible de cualquier espectáculo, capaz de destruir la mejor labor de los mejores profesionales. Tomando prestado el símil de un buen amigo -notario, para más señas- sería como ver a la Taylor hacer de Cleopatra en chándal. Y, de paso, revivir su historia de amor y odio con Richard Burton, como a veces hacemos algunos de los protagonistas de nuestro teatro, como cuando jueces y fiscales, por ejemplo, nos empecinamos en tirarnos piedras en lugar de en colaborar. Pero claro, ésa es otra historia que será contada en otro momento.

Lo bien cierto es que un buen atrezzo es fundamental, y el nuestro no puede ser otro que un buen equipo, además de personal, de medios materiales. No sólo de bolígrafos, gomas, los deseados post-its (https://conmitogaymistacones.com/2014/12/05/medios-materiales-david-y-goliat/ ) y demás, sino unos buenos programas informáticos acompañados de unos ordenadores dignos que, a día de hoy, brillan por su ausencia. Y ahí seguimos, peleándonos a diario entre el Diplodocus 2.0 y el Homo Sapiens 3.0, que no en vano ha vuelto Parque Jurásico y buscan su sitio.

Me preguntaba mi amigo quién gestionaba en nuestro ámbito la firma electrónica. Aun no me he recuperado del ataque de risa que me produjo la pregunta. Y creo que él tampoco de la apoplejía que le ocasionó mi respuesta. Nada de eso. Seguimos con los sumarios atados con cuerda floja, con la valija, con las citaciones por telegrama y los cuños, sellos y firmas como manda nuestra también jurásica ley de Enjuiciamiento Criminal. Acabáramos.

Pero eso no es todo. Tenemos unos ordenadores del Pleistoceno que hacen juego con los programas informáticos que manejamos o, al menos, con la utilidad de los mismos. Porque, aunque parezca cosa de broma, ni todos los programas de las distintas fiscalías de España son iguales entre sí, ni compatibles, y mucho menos lo son con los de los respectivos juzgados. De modo que si se quiere consultar un auto del juzgado que tenemos enfrente, por ejemplo, no nos queda otra que llamar por teléfono o ir en persona, cogerlo, ponerle el cuño de salida y fotocopiarlo. Y eso si hay suerte y es día y hora laborable, porque si no, nada de nada. Aunque estés de guardia y lo necesites.

¿Sorprendente? Pues no tanto. Si una piensa que nos están vendiendo como el colmo de la modernidad las notificaciones vía sms, las piezas del puzzle empiezan a encajar. Solo vamos con cincuenta años de retraso, siendo benévolos. Y mientras tanto, seguimos bregando con un sistema donde los procedimientos se registran varias veces y reciben varios números, según el órgano en el que entren, de modo que buscarlos luego se convierte en una tarea que ni Paco Lobatón en los buenos tiempos de ¿Quién sabe dónde?. Pero eso es lo que hay.

Y claro, entre tanta complicación y tanta ineficacia, es difícil que entren ganas de aprender. Porque aún vivimos en una generación en la que la mayoría tenemos un cibertarugo dentro que pugna por salir y rebelarse. Y es que no hay nada que nos haga echarnos a temblar más que un anuncio -en el correo electrónico, por supuesto- que nos advierta de la enésima actualización del sistema. “Desastre seguro”, piensa una cruzando los dedos. Y acierta, con una capacidad de adivinación que ríanse ustedes de la Bruja Lola y sus dos velas negras. O, más bien, de la ochentera Bruja Avería, más cercana en el tiempo a nuestros sistemas.

Ignoro cuál es la mente pensante -o no pensante- que implantó este destarifo, que hace que muchos compañeros sientan, no sin razón, que acabamos siendo nosotros los que servimos al sistema, en lugar de ser lo contrario. Y así no hay quien avance.

Por eso, hoy, en vez de con un aplauso, acabaremos el estreno con una canción. De Los Miserables, nada menos, dicho sea sin ánimo de faltar. Y entonaremos ese I dreamed a dream pensando en el día en que ingresemos en el siglo XXI. Que ojala sea antes de que se acabe, Por cierto que, vista la edad de jubilación que nos quieren endosar, seguro que nos pilla trabajando

SENTENCIA: EL DESENLACE


final cuento

                Veíamos en los anteriores estrenos de nuestro teatro las diferentes partes del guión. Y, por supuesto, no hay función que se precie sin un final adecuado. Si el final no está a la altura, puede dar a traste el mejor de los espectáculos, y cargarse de un plumazo el trabajo de todos los protagonistas. Y eso no lo deberíamos consentir. Podemos tener un final apoteósico, tipo Mamma Mía, con los protagonistas dándolo todo con sus looks ochenteros o Un americano en París, con su música inolvidable y su no menos inolvidable coreografía, o un final exquisito y refinado, del tipo Muerte en Venecia, o emocionante, como esos planos en color de La lista de Schindler, o un  almibarado final feliz como el inolvidable Qué bello es vivir. Pero no podemos permitirnos que la cosa se acabe de mala manera, diciéndonos que todo fue un sueño y aquí no ha pasado nada, como hicieron en Los Serrano. O que nos aparezca de repente el Jason de Viernes 13 cuando creíamos que todo había terminado para amenazarnos con la quincuagésimonovena entrega. Eso sí que no.

                Nuestro particular The End viene marcado claramente con la sentencia. Con la posibilidad de algún remake vía recurso, claro, y hasta con la opción de recibir un premio o un tozolón de algún otro tribunal de más altas miras, nacional o hasta internacional, que todo es posible. Pero tiene que estar a la altura.

                Recuerdo las primeras sentencias que tuve ocasión de ver, siendo todavía estudiante. Un abigarrado compendio de “considerandos” y “resultandos” que nos dejaban alucinando que es  gerundio. Por suerte, aquella forma alambicada ya pasó a mejor vida, Ley Orgánica del Poder Judicial mediante. Pero todavía queda quien parece destinar sus sentencias a un grupo de elegidos, los que las entienden, en lugar de al ciudadano, que es a quienes se destinan. Y a veces se olvida que un lenguaje comprensible no le baja a uno del pedestal de los juristas sacrosantos, sino que debiera encumbrarlo a él. Porque hacer fácil lo difícil no es un defecto, sino un gran mérito. De hecho ¿a quién no le gustaría encontrar un texto donde las servidumbres legales o el censo enfitéutico resulten algo agradable de leer? ¿U otro donde se nos explique de una vez por todas en qué consiste ese oscuro delito de “exacciones ilegales”? Pues eso.

                Y es que en las sentencias hay de todo, como en botica. Aunque yo no he tenido la fortuna de tenerla en mis manos, he leído de algún juez que se lanzó a ponerlas en verso, y algún otro que dió una respuesta casi tan escatológica como lo era el motivo aducido por el imputado para no comparecer a juicio. Aunque justo es decir que la mayoría son buenas, y algunas excelentes. Pero ya se sabe que la noticia es que el hombre muerda al perro, y no lo contrario, así que solo salen en la prensa, además de las de los consabidos asuntos mediáticos, las que tienen algo de pintorescas. O la pintoresca interpretación que de ellas hace alguien, como ocurre con algún recorte de periódico que de vez en cuando se hace viral, como ese que dice que alude a una sentencia que tildaba de violencia de género despacharse una ventosidad y que nunca existió -es equivocada la referencia al juzgado de procedencia y el contenido de la sentencia, pero ésa es otra historia-.

                Siempre recordaré una sentencia, en los principios de mi andadura con toga y tacones, en la que una magistrada de una Audiencia ponía verde al instructor. No entendía muy bien por qué razón hablaban tanto de ella hasta que percaté del detalle de que la magistrada en cuestión no se había dado cuenta que el Juzgado del que provenía era el que ella ocupaba antes de ascender y el instructor en cuestión no era otro que ella misma. Cosas de la vida. Y también recuerdo otra en que el magistrado acababa poniéndose en libertad a así mismo, por un comprensible baile de formularios que le causó más de una chanza. Con buen humor, apostilló “menos mal que me he puesto en libertad y no en prisión…”

                Y es que, si algo han traído las nuevas tecnologías a la justicia, es la cortaypegamanía. Cortamos y copiamos trozos de jurisprudencia, o de otras sentencias o resoluciones como si no hubiera un mañana, y a veces sale lo que sale. Pero la acumulación de asuntos no deja otra salida, y bienvenida sea. No quiero ni pensar cómo lo harían si todas esas citas jurisprudenciales tuvieran que hacerlas copiadas letra a letra con la Olivetti y el papel de calco.

                Eso sí, hay que reconocer que se ha perdido parte de creación intelectual al caso concreto, a base de buscar en repertorios y cortar y copiar. Pero benditos mis bienes que remedian mis males, como dice el refrán.

                Pero, en cualquier caso, hora es de retomar ese aplauso que dejamos hibernado en los estrenos anteriores. Y dar una fuerte ovación a todos los que con sus buenas sentencias, hacen que el final de cada espectáculo esté a la altura. Que, por suerte, son muchos.

                         Y permitidme que hoy, con mis tacones y mi toga, a la que añado un crespón negro, dedique ese aplauso, ovación y vuelta al ruedo a alguien que dedicó su vida a hacer Justicia, con mayúscula, y no solo a poner sentencias, sino a compartir sus muchos conocimientos. A alguien que se dejó la vida en ello. Va por él, Angel Vicente Illescas Rus, Magistrado de la Audiencia provincial de Madrid, Sección Décima, que nos dejó hace apenas unos días Ya te echamos de menos.

lazo negro

Calificaciones: el nudo de la trama


fiscalita

Como veíamos en el anterior estreno de nuestra función (https://conmitogaymistacones.com/2015/06/16/denuncias-planteamiento/), todas las historias y todos los guiones tienen sus tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Y vimos cuál era el inicio, el planteamiento, ese que viene marcado por la interposición de la denuncia, la querella, la demanda o la reclamación de que se trate. Pero nuestra historia ha de seguir y hemos de marcar el momento en que empieza su desarrollo principal. Y ese punto viene fijado por las calificaciones de las partes, que nos sitúan en el punto de partida del acto central, que no es otro que el juicio. Así que aquí tenemos el nudo de la trama.

Calificar, o formular escritos de acusación, es la actividad por antonomasia del fiscal, aunque cada vez ampliamos más nuestras funciones hacia otros ámbitos (https://conmitogaymistacones.com/2014/07/25/fiscales-mucho-mas-que-acusadores-2/) como contamos en el estreno a nosotros dedicado. Pero no podemos perder de vista que, a día de hoy, gran parte de nuestro trabajo sigue estando en ello, como gran parte del abogado penalista continúa siendo la elaboración de escritos de defensa. Ahí es precisamente donde entramos en el clímax del argumento, donde marcamos el rumbo de la historia y si hasta el género será más cercano al drama descarnado o a la comedia amable.

Las calificaciones se hacen ordenaditas, en conclusiones numeradas y separadas, como manda nuestra vetusta Ley de Enjuiciamiento Criminal. Hechos, calificación jurídica, autor, circunstancias modificativas y pena, con una posible alusión a la responsabilidad civil. Y después una parte esencial, la petición de prueba, algo así como el libreto sobre el que se va a desarrollar la función: interrogatorio del acusado, testigos, peritos y documentos. Todo por su orden. Y cuidado con que no se nos olvide nada, porque luego la cosa puede no tener remedio, que ya contamos que esto no es Perry Mason y no podemos traer en el último momento el testigo sorpresa que haga virar el curso de los acontecimientos.

Aunque parezca mentira, lo más difícil de elaborar es esa conclusión primera, la de los hechos, porque hay que ser muy cuidadosa con su redacción. Cuando empezaba en esto, mi tutor me enseñó lo de “las tres c” : claro, conciso y contundente. Sin ninguna referencia a categorías jurídicas, y sin incluir nada que no tenga influencia en la calificación. Tampoco deberíamos mezclar los hechos con las pruebas, ni con las diligencias practicadas, como entradas y registros o transcripción de grabaciones. Nosotros redactamos unos hechos, por ejemplo, que Fulanito vendía heroína a terceros y para ello tenía su balanza de precisión; el hecho nunca sería que entró la policía e incautó la balanza de marras. Así me lo enseñaron y así lo intentó hacer, poniendo atención en que el verbo principal describa la acción delictiva del autor. Pero aún ateniéndonos a estas premisas, hay tantos estilos de calificar como fiscales en el universo mundo, y existen desde las largas y casi poéticas hasta las telegráficas. También depende mucho del delito de que se trate, que no es igual un maltrato habitual que una conducción etílica o un trapicheo de drogas, ni puede compararse un tirón en plena calle con una estafa piramidal.

Después viene la calificación jurídica, casi un silogismo. Tal o tales delitos, previstos en tal o tales preceptos legales y si es consumado o intentado. Y otro tanto cabe decir de la autoría, que fue Fulanito o Sotanito y, en su caso, en concepto de autor, cómplice o inductor. Tal cual.

Donde la cosa puede ponerse peliaguda es en las circunstancias. Que ahí caben muchas cosas, desde una alteración psíquica, con todas las posibilidades de afectación posible entre la exención total o la mínima rebaja, hasta cualquier clase de miedo, estado de necesidad o intoxicación de sustancias de cualquier tipo. Ese es el momento de alegar que el imputado tenía una melopea como un piano –juro que lo he oído textualmente en una sala de vistas-, que estaba enmonado –también lo he escuchado tal cual- o en pleno síndrome de abstinencia o cualquier otra. Y ahí también caben las agravantes entre las que, lamento decir que ya no se encuentran la premeditación, la nocturnidad o el despoblado, que gustan mucho a los medios, pero sí algunas otras, como el actuar por motivos racistas o xenófobos –entre los que en virtud de la última reforma se incluye también el género-, la reincidencia y otras varias.

Y una vez dadas las premisas, viene la petición de pena. Una sola por delito, que no se suman para hacer peticiones de 100 años de prisión, como les encanta decir a los periodistas.

En cualquier caso, como de una función se trata, hemos de tener cuidadín y no hacer spoiler. No podemos desvelar el final de la obra antes de que la misma se haya desarrollado por completo, porque nadie tendría interés en verla. O, lo que es lo mismo ¿para qué serviría entonces el juicio? Que no hay que olvidar que es precisamente en el juicio oral donde está la parte importante, aquello en donde se ha de apoyar lo que finalmente se decida. Y no lo digo yo, que lo dice nada menos que nuestra Constitución.

Pero no es el fiscal, ni, en su caso, las otras acusaciones, los únicos que hacen sus calificaciones. También las hace la defensa, generalmente en sentido negativo, aunque pueden admitir los hechos o redactar unos distintos, para concluir que no son delictivos o no merecen pena o la merecen atenuada en función de las circunstancias. A este respecto, he de confesar lo poco que me gustan esos escritos que solo dicen “Niego, Niego, Niego” a las diferentes conclusiones. Siempre recuerdo a un compañero que empezaba sus interrogatorio preguntando al acusado si no se llamaba como ahí ponía y, cuando éste decía sorprendido que sí, que ése era su nombre, comentaba como si tal cosa “pues su abogado lo niega” y causaba el pánico en la Sala. Pero, sin necesidad de llegar a estos extremos, habría que extenderse un poco más, digo yo. ¿O no?.

Y no puedo acabar esta representación sin referirme que a veces los papeles se cambian, y ni necesariamente el fiscal ha de acusar, ni el abogado defender. Porque el fiscal puede pedir la absolución, si piensa que es lo legalmente adecuado, y sostenerse la acusación únicamente por una de las partes.

Así que hoy si habrá aplauso. Pero no será todavía el definitivo. Sólo una ovación espontánea a la espera del desenlace final. Pero, si la representación lo merece, ¿por qué no parar en medio y aplaudir, aunque sólo sea un poco? Hagámoslo, que seguro que los actores se animan y se vienen arriba para el final, ese desenlace triunfal que nuestro público merece.

Denuncias: planteamiento


erase una vez

                Como nos enseñaban en el colegio, toda trama tiene tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Y, desde luego, todo buen guión debe tenerlo. Y si falla cualquiera de las tres partes, la función se nos viene abajo.

                Y, como siempre, en nuestro teatro no puede ser de otra manera. Nuestros guiones se dividen en tres partes muy diferenciadas, más, si cabe, que en las tablas del escenario al uso. Y así, empezamos con la denuncia, querella, demanda o similares, marcamos el nudo en las calificaciones de las partes, y acabamos con un desenlace como toca, la sentencia. Y de nosotros depende mantener el ritmo para que ninguna de las partes haga fracasar el espectáculo.

                La denuncia, la querella, o la demanda en su caso marcan el principio de la historia. Son el “Erase una vez..” de los cuentos, el “En un lugar de la Mancha..” del libro o, si se prefiere, el “Anoche soñé que volvía a Manderley..” de la película. Determinan el género de la obra, la duración de la misma, y hasta las posibilidades de triunfo o no. Porque, como sabemos, los cajones de los productores están llenos de guiones que no llegaron a ningún sitio, al igual que nuestros atiborrados archivos están llenos de asuntos a los que hubo que darle carpetazo.

                Lo que no podemos perder de vista es que la denuncia no es más que eso, el principio. No supone la imputación, ni la detención, ni la estigmatización de nadie. Ni siquiera esa pena de telediario que parece haberse puesto repentinamente de moda hasta el punto de requerir su abolición instantánea. Solo consiste en poner en conocimiento de aquel que tiene facultades para recibirla determinados hechos que le parecen reprobables a quien denuncia. Porque no hay que olvidar que quien denuncia no califica jurídicamente unos hechos, ni propone una pena. Para eso están otros. Y a veces se olvida, y la gente se llena la boca diciendo que ha denunciado a Fulanito o a Sotanita por esto o por aquello como si tuviera el poder en sus manos.

                Denunciar, lo que se dice denunciar, se puede denunciar todo, desde una abducción extraterrestre hasta la red de mafia internacional más espeluznante. Pasando por todo un abanico de opciones que harían las delicias del mejor guionista de Hollywood, de cualquier género imaginable, desde la comedia más hilarante hasta el drama más sangriento, pasando por el thriller psicológico, la peor de las tragedias, la comedia costumbrista y hasta el musical, si me apuran. Y por supuesto, la novela negra y las series de vecinos, un clásico en los ya casi extintos juicios de faltas.

                Y a lo largo de mi vida profesional, he visto, desde lo alto de mis tacones, y con toga o sin ella, denuncias de todo pelaje. Vecinos que constantemente se denunciaban entre sí por haber puesto un toldo de distinto color al estipulado, o que se dejaban el grifo abierto, o que tendían a deshoras –algunos, con chorro de lejía incluido destinado a estropear la ropa del rival- Y también supuestos paranormales que para sí quisiera Iker Jiménez, como un pobre hombre que venía todas las semanas al juzgado a contarnos que le visitaban los marcianos y le hacían toda clase de perrerías, incluida la violación por una oreja o la introducción de un chip en el ombligo. Y una atribulada esposa llegó a denunciar ante mí que su marido le era infiel con una mujer que necesitaba que la cargaran por las noches como si de un teléfono móvil se tratara, y nos pedía que se lo incautáramos. También me han solicitado órdenes de alejamiento de políticos y mandamases varios y mil cosas más. En esto casos, es evidente que el guión muere no más empezó, porque no hay manera de seguir rodando. O, como mucho, da para un entremés corto.

                Pero como no todo el monte es orégano, hay otras muchas denuncias que entrañan un verdadero drama humano,  un terrible asesinato, o una peligrosa trama de corrupción, o una red de trata de personas o tráfico de drogas. Y ahí tenemos que andar con cuidado para que no se nos vaya de las manos y poder hacer una gran función, como el público espera de nosotros.

                Y están, además, todas esas denuncias que son la mayoría, hechos pequeños o grandes que quizás no cambien el curso de la historia, pero sí de la vida personal del afectado. Robos, hurtos, estafas, lesiones, daños. Y también aquí hay que esforzarse. Porque hay muchas buenas películas que merecen ser vistas aunque nunca aspirarán a un Goya ni un Oscar.

                Otro tanto cabe decir de esos otros procedimientos que no son penales. Los que se inician por demanda u otro tipo de reclamación, se trate de la disolución de la mayor de las multinacionales o de la reclamación de la factura que le deben al churrero de la esquina. Todas merecen un espectáculo digno, y a nosotros corresponde conseguir que así sea. O hacer todo lo posible para ello, que no siempre nos lo penen fácil.

                Así que ahí estamos. Como escritores que con nuestra pluma hacemos que la historia pueda desarrollarse y tener un final feliz. Por eso, hagamos un pequeño aplauso de recibimiento, pero esperemos al final. Ojala se convierta en ovación.

Protocolos: problema y solución


sapos dancing flamenco

                El protocolo ha sido siempre algo muy importante. No hay acto, entrevista, estreno, homenaje o entrega de premios en que no estén fijadas unas normas de cómo y dónde sentarse, por qué orden entrar y qué sitio ocupar. La alfombra roja es una pasarela y un escaparate, y conviene tener todo atado y bien atado, así que los artistas han de atenerse a lo estipulado no vaya a ser que la cosa sea un desastre, televisado además. Aunque a veces hay alguien que se lo salta y regala momentos impagables a youtube, como aquel monumental cabreo de Fernando Fernán Gómez nadie sabe aún por qué, la descontrolada irrupción en el plató de un Fernando Savater poseído por un espíritu extraño, o el arrebato de umbralismo que ya ha creado historia porque el hombre solo quería hablar de su libro.

                Pero el protocolo, en singular, como conjunto de directrices para poner la venda antes que la herida y adelantarse al problema, tiene su plural, los protocolos, que, aunque no lo parezca, se encaminan al mismo fin. Y uno y otros son frecuentes en nuestro escenario. Habrá que ver si cumplen o no su cometido.

                Si tenemos la curiosidad de buscar en Google la palabra “protocolo” unido a cualquier tema jurídico, el buscador se desborda. Hay montones, de todos los ámbitos imaginables, de todos los temas posibles, con todos los niveles de detalle que queramos. ¿Sirven? Pues sí o no, que ya se sabe en este mundo nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira-

                En nuestro ámbito hay una afición desmedida a los protocolos. Y no digo yo que no sean útiles en muchos casos, que lo son, sobre todo teniendo en cuenta que es un mundo tan encorsetado que poco podemos movernos si no hay  un papel con muchos sellos y firmas de por medio. Y, cuando salimos de nuestro estrecho margen y nos metemos en otros mundos, pueden dar mucho de sí. Pautas de actuación respecto a colaboración con el personal sanitario, con entidades asistenciales o entre diferentes operadores jurídicos son, cuanto menos, un bonito abanico de buenas intenciones que, si se llevan a la práctica, pueden resolver más de un problema. Pero, a veces, la solución puede convertirse en parte del problema.

                ¿A quién no le han contestado alguna vez eso de “espere a que firmemos el protocolo” o “esto se solucionará cuando el protocolo esté firmado”?. Una frase estupenda, que deja al usuario de pasta de boniato pensando en si tendrá que hibernarse a la espera del protocolo cual Walt Disney a la espera del elixir de la eterna juventud. Y sin respuesta. Porque si una mujer maltratada necesita ayudas, o los padres de un enfermo mental un lugar donde internarlo con urgencia, no pueden esperar al protocolo de marras. Porque ya es ya.

                Y es que estas cosas se hacen esperar, que las cosas de palacio van despacio. Y entre que se juntan, hablan, debaten, firman, y se hacen la foto se nos va el tiempo del que no poseemos. Por más que la foto quede estupenda y salga en todos los periódicos.

                Pero alguien parece creer que ahí está la panacea de todos los problemas. Me contaba un compañero el otro día, sin saber si reir o llorar, cierto problema con las notificaciones y citaciones que, aunque parezca mentira, tardan más en llegar de un órgano de fiscalía o juzgado a otro de la misma ciudad que si fueran los protagonistas de La vuelta al mundo en 80 días. Porque, se crea o no, han de cruzar los puertos de varias mesas, registrarse varias veces, cubrirse de varios sellos de entrada y salida, y acaban por llegar fuera de plazo. Y, se crea o no también, se acordó hacer un protocolo para para que no volviera a pasar. Como lo leen. No dar una solución como el correo electrónico, el fax o hasta la paloma mensajera, si es preciso, no. Juntarnos, hablarlo, reunirnos, firmarlo y toda la parafernalia. Ahí queda eso.

                ¿Para cuando ingresaremos en la modernidad? ¿Para cuando nos desprenderemos de ese amor a sellos, cuños y firmas? ¿Para cuando aplicaremos de una vez eso de que la distancia más corta entre dos puntos en la línea recta? Espero no tener que contestar, como la canción, que Cuando los sapos bailen flamenco. O cuando las ranas críen pelo, que para el caso es lo mismo.

                Mientras tanto, y por si acaso, me voy al estanque, a ver la evolución de los batracios. No vaya a ser que aparezcan con melena y traje de faralaes y yo me lo pierda. Y, como Walt Disney, hibernaré mi aplauso para entonces.