Gafes: lagarto, lagarto


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El mundo del espectáculo es supersticioso. O tiene, al menos, fama de serlo. De hecho, una de sus supersticiones más comunes, la creencia de que el  color amarillo es gafe, dicen que procede de que ése era el color que vestía Molière en la representación de El Enfermo Imaginario donde murió, y lo bien cierto es que la creencia de que ese color da mala suerte ha traspasado las tablas del escenario y se tiene por un lugar común en muchos ámbitos. Casi nadie se enfrentaría a un momento importante de su vida vestido de ese color, y, de hacerlo, seguro que hay alguien que le mira cruzando los dedos y diciendo eso de “lagarto, lagarto..” Se evita, aunque solo sea por si acaso. Aquello de las meigas: yo no creo en ellas, pero haberlas, haylas.

El Gafe -título de una vieja película española- es una personaje recurrente en todos los ámbitos y reuniones. Esa persona a la que alguien -con razón o sin ella- le colgó el sambenito de que atraía a la mala suerte. Y a partir de ahí, solo queda alimentar la leyenda, y achacar al pobre al que le cayó encima el estigma todos los males del universo. Que si rebuscamos, seguro que algo tuvo que ver en el asesinato de Kennedy o en la muerte de Manolete. Recuerdo a un cantante español que de pequeña me llamaba poderosamente la atención por la cantidad de dientes que le cabían en la boca que cargaba con esa fama allá donde fuera. No sé qué habrá sido de él aunque, por si las moscas, no escribiré su nombre. Pero quizá la llegada de otros cantantes que han superado con creces su puesto a la cola de Eurovisión debería redimirle. O no.

Y, por supuesto, también en nuestro teatro tenemos nuestros gafes. Reales o imaginarios, grandes o pequeños, todos hemos caído en ese ritual de cuidar los pequeños detalles, no vaya a ser que pase algo. Salvo que tengamos a mano el amuleto mágico, el antídoto contra el mal de ojo, o mejor, el mal de toga en nuestro caso.

Confieso que en su día, mi entonces novio y también opositor, llegó a considerarme gafe. Y, después de un par de experiencias fallidas en las que le acompañé a examinarse, decidió que a la siguiente iría sin mí. Ni me atreví a rechistar, y me quedé en casita esperando los resultados que, mira por dónde, esta vez fueron buenos. Estoy segura que mi ausencia no influyó en absoluto, pero nunca llegaremos a saber que habría pasado de obcecarme en ir, aunque hubiera sido con una ristra de ajos colgada del cuello para contrarrestar el mal fario a modo de amuleto.

Y, si de amuletos se trata, también podría escribir un tratado toguitaconado. O mejor, pretoguitaconado. Ya hable del San pancracio que me acompañó en los exámenes, como otros llevaban a Santa Rita Santa Gema o San Nicolás, hasta el punto que un compañero dijo que incluso podía oír a toda la corte celestial pelándose por ver a quién ayudaba más, en función de las promesas que opositores y familiares les habían hecho.  Pero la cosa se pone algo más peliaguda cuando el amuleto en cuestión es una prenda de ropa, más aún si entre un examen y otro cambia la estación y la temperatura. Recuerdo a otro de mis compañeros emperrado en llevar a los exámenes escritos su jersey de la suerte. Un suéter primaveral -de los que llamamos de entretiempo- ideal para la bonanza climatológica de mi tierra, pero que casaba mal con un examen en enero, en Zaragoza, a unos cuantos grados bajo cero. Pero ¿quién dijo miedo?. Mi compañero se fue con su jersey de hilo, aterido porque nos obligaron a quitarnos el abrigo -no vaya a ser que lleváramos “chuletas”, que entonces nada de pinglanillos- e hizo su examen. Salió triunfante, si así se puede considerar a quien acaba el día con un aprobado y una pulmonía. Pero ahí sigue, con su toga aunque sin tacones y la salud restablecida.

También tenemos nuestros gafes particulares. ¿Quién no ha experimentado que jueces o funcionarios digan que tal o cuál fiscal le da suerte en las guardias, o que se lamenten de que venga tal otro porque atrae las desgracias? Y otro tanto cabe decir de los que pensarán de abogados, o éstos de nosotros. Reconozco que yo también tengo mi top ten de profesionales que traen buena o mala suerte, aunque nunca desvelaré el secreto no vaya a ser que los hados se enfaden y me echen mal de ojo. Y eso sí que no.

Pero además de estos existen otros gafes. Unos que apuntan más alto. Y a los que tal vez estamos culpando injustamente del estado de la justicia. Porque quizás, el hecho de que haya juzgados que se caen a pedazos, o que el trabajo entre a cascoporro, o que los ordenadores se empeñen en no funcionar y el maldito lexnet se ande cayendo cada dos por tres se deba a eso, a un gafe. Al mismo que impide que se creen plazas, o que hizo que desaparecieran un montón de sustitutos al grito de abradacabra. Ese que ha hecho que, de repente, fiscales y LAJs anden a la greña por un quién se come el marrón de las revisiones de nada. Un gafe. O probablemente más de uno.  Solo es cuestión de dar con ellos.

Pero, mientras tanto, seguiremos peleando contra los elementos, y los gafes. Grandes o pequeño, reales o irreales. No vaya ser que cambien el color de las togas al amarillo y la liemos más. Lagarto, lagarto… Y, por descontado, sin olvidar el aplauso de hoy. Que va para quienes con el amuleto del trabajo y el esfuerzo consiguen cada día conjurar la mala suerte de unos medios precarios. Nada más y nada menos.

 

Calor: togas fuera


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Parece un tópico. Verano, calor, vacaciones, piscina o playa. Lo típico, aunque no tanto para el mundo del espectáculo. Porque para los artistas lo típico de verdad es pasar el verano entre galas, bolos y funciones extra. Lo que se llama hacer el agosto. Y con la canción del verano de música de fondo, cómo no. Y, por descontado, los rigores estivales haciendo estragos. En el calor de la noche…o del día, vaya. Es lo que toca.

Pero nosotros también tenemos nuestro verano, rigores estivales incluídos. Porque la delincuencia no se toma un respiro y eso de Que la detengan es más que una canción del verano en nuestro teatro. Y estemos en la costa, o seamos de los que entonan el Aquí no hay playa, toca trabajar. Que aquellas vacaciones de 3 meses de nuestros tiempos estudiantiles pasaron ya hace mucho a la historia. Y El largo y cálido verano también viste de toga. O debería. Porque largo no sé si será, pero lo de cálido le queda corto.

Saltaban a las redes sociales hace días varios cartelitos pulcramente fijados en las puertas de los juzgados acerca del calor. Aunque parezca increíble, los sistemas modernos de climatización aún no han arribado a la Justicia, porque para los presupuestos somos más invisibles que el protagonista del anuncio de Daykin, el aire acondicionado para más inri. Y así, un juzgado de Sevilla saltaba a la fama porque se vieron obligados, en primer término, a eximir de toga a los profesionales, so pena de que les diera un jamacuco a todos y, más tarde, a suspender los juicios más allá de la una del mediodía porque, por más que nos repitieran en Mayfair Lady eso de que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla, el calor no lo aguanta ni Superman, aunque se quite las mallas.

Y no ha sido el único. Juzgados de Madrid saltaban a la palestra por la misma razón, y a ellos se sumaban otros. Yo, sin ir más lejos, confieso que en mi Juzgado celebramos sin toga ya hace días, que una juez, una Laj y una fiscal a la parrilla no son plato del gusto de nadie. Y conste que no excluyo a los compañeros letrados, aunque ellos tienen el pobre consuelo de recibir la purga de las altas temperaturas en más pequeñas dosis al celebrar un juicio y poder salir a respirar y no media docena o más seguidos. Pobre consuelo, como decía.

Y es que nuestra particular Escuela de calor florece por lo ancho y largo de la geografía judicial española. Tal vez influya el hecho de diseñar edificios acristalados como si estiviéramos en Finlandia en ciudades que alcanzan más de cuarenta grados. Y así, estoy segura que en mi despacho a determinadas horas podríamos cocer mejillones solo con dejarlos en la mesa –si hacemos sitio entre el Papel 0, claro-. Invito al que quiera a comprobarlo, que igual podemos reeditar aquel concursito veraniego del Qué apostamos. Todo es ponerse. Igual, hasta sacábamos para un abanico o un ventilador, que buena falta nos hacen.

Puede ser que algún lector despistado piense que exagero. O que estoy hablando de los tiempos de mi abuelo, que ahora hay una climatización inteligente estupenda. Pero no. La inteligencia de la climatización en muchos juzgados estoy segura de que no pasaría ningún test psicotécnico. Y eso donde la hay, o donde funciona, que aquí la regla se vuelve excepción.

Aun se me ponen los pelos como escarpias de recordar las guardias del pasado verano, donde quien hizo su agosto fue el propietario de la tienda multiprecio cercana –versión cuqui del todo a cien de toda la vida- a base de vender ventiladores de los más variados modelos a funcionarios achicharrados. Y, por supuesto, del hipermercado de al lado, que rápidamente se subió al carro, y no precisamente al de transportar expedientes que tan famoso lo ha hecho. La cosa se solucionó relativamente pronto, probablemente por aquello de haber sido cocinero antes que fraile, ya que por estas latitudes algún cargo de la administración había sufrido en sus carnes hacía muy poco el cocimiento toguitaconado, pero eso no dejó de ser un parche en un sistema que nos recuerda que, por más que Las bicicletas son para el verano, los juzgados no parecen serlo.

Y así seguimos. Quizá algo mejor que en mis primeros tiempos, donde recuerdo que a un juez le abrieron un expediente por celebrar sin toga, por más que haberlo hecho con ella hubiera sido, cuanto menos, insalubre. O cuando un director general de cuyo nombre no quiero acordarme nos respondió ante la demanda de aire acondicionado para una fiscalía de la costa que eso era un lujo, no una necesidad, y me preguntó si acaso tenía aire acondicionado en mi casa. Confieso que jamás supo la respuesta, porque me levanté de aquella reunión y me largué dando un portazo. Pero eso es otra historia, como diría una querida amiga.

Lo malo es que la cosa queda como una anécdota graciosa –o más bien sudorosa- y es mucho más. Y no es más qe el trasunto de poco o nulo interés que suscita la Justicia y las condiciones en las que trabajamos quienes en ella estamos. Porque, lamentablemente, los medios materiales hacen juego con la climatización. O con la falta de ella, que aún es peor.

Así que hoy, en vez de aplauso, me gustaría regalar abanicos. Con su escudo y sus puñetas, si hace falta. Pero, mientras tanto, nos conformaremos con una enorme ovación a todos los que pasan los rigores estivales y continúan en la brecha. Y todavía mejor, si mantienen la sonrisa. Al menos no se les quedará congelada.

 

El Día D: Recuerda…


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El Dia D la Hora H. Todos tenemos nuestro particular Desembarco de Normandía. Ese día que marca un antes y un después en nuestras vidas, que nunca volverán a ser igual. Y, de vez en cuando, tenemos nuestro personal momento para recordar, como en Rebeca, eso de Anoche soñé que volvía a Manderley. Ese momento en que repasamos nuestro Diario de Noa y echamos la vista atrás para repasar lo que fue y, por qué no Lo que pudo haber sido y no fue. Volver. Que 20 años no es nada…

Mi particular Día de la Victoria tiene, como si de un presagio escénico se tratara, nombre de película, Nacida el 4 de Julio. Porque un 4 de Julio de un ya lejano año, en pleno fragor olímpico, gané mi propia medalla de oro. Esa que me daba derecho a montar mi vida tal como había previsto. O casi.

Aún recuerdo como si fuera ahora la Llamada. La que me hizo desde Madrid –por supuesto, con un teléfono fijo y público, que eso de los móviles ni soñarlo- un recién aprobado Médico forense que estaba en su período de prácticas en la Escuela Judicial, como entonces se llamaba. Por suerte, La Cabina no fue en ese caso presagio de un final terrible, como el de aquel José Luis López Vázquez que pobló de pesadillas la infancia de más de una – confieso que desde que vi aquella película, siempre me entraban sudores fríos al meterme en alguna-, sino todo lo contrario. Mi amigo forense me comunicaba que estaba en La Lista. Esa lista que culmina los sueños de las 150 personas que figurábamos en ella. Después de hacérselo repetir tropemil veces, conseguí creerlo. Y noté, con una certeza real, como el botón de stand by que estaba anclado en el magnetófono de mi vida por fin se soltaba dando entrada, por fín, al de play. Hoy, pasados más de veinte años, no puedo evitar recordar ese momento cada vez que me cruzo con aquel médico forense que hizo de Miguel Strogoff con un final feliz.

Aunque final, final, tampoco puede decirse que fuera. Aquello no era sino el principio de una existencia nueva, el pistoletazo de salida para empezar la carrera Con mi toga y mis tacones. Camina o Revienta

Como si fuera ayer mismo, recuerdo el frenesí de llamadas, desde el teléfono de mi casa a todos aquellos compañeros que estaban en el mismo caso. Tuvimos suerte, y todos estábamos incluídos en aquel listado mágico. Más arriba o más abajo, pero dentro. Precisamente, el día del cumpleaños de Una de los nuestros, que no pudo tener mejor regalo. Entre risas histéricas y llanto no menos histéricos, íbamos contando a todo aquel que quisiera oírlo –o que no-, la hazaña que habíamos culminado. Porque era eso, una verdadera hazaña. Habíamos escalado por el Everest y habíamos llegado a la cima. Algo cuya comprensión quizás solo esté al alcance de quien ha pasado por semejante trance, pero que es inigualable. Lo juro.

Atrás quedaban años de angustia, de nervios, momentos de bajón y muchísimas horas encerrados entre cuatro paredes, sin más perspectiva que el próximo cante –dos veces por semana, sin fallar llueva o haga sol- y el número de temas que íbamos a llevar. Llegar al preparador, hacerlo lo mejor posible y vuelta a empezar. Y así una semana tras otra, un mes tras otro, un año tras otro, en un eterno Día de la Marmota que parecía que nunca fuera a terminar.

  Atrás quedaban también las enfervorecidas consultas al BOE, en una biblioteca y pasando aquellas finísimas hojas de letra abigarrada, a la búsqueda de la ansiada convocatoria. Las llamadas a alguien de Madrid para que te dijeran cómo iban y cuándo te tocaba, los paseos por el Tribunal Supremo, las novenas de nuestras madres o nuestras abuelas, las promesas, los dedos cruzados hasta tener calambres, los amuletos y hasta las supersticiones.

Reconozco que me fui a examinarme con una imagen de San Pancracio que me regaló una tía mía, de un palmo de alto y con perejil incluido. Y que tuve el cuajo suficiente para colocarlo encima de la mesa, ante la estupefacción no solo de mis compañeros sino de los encargados de cuidarnos en aquel primer examen escrito. Pero no se atrevieron a decir nada, aunque aun deben recordar a aquella loca que andaba con un San Pancracio de un palmo de alto, perejil incluido. Y por cierto, la misma tía que me lo regaló entonces, apareció en mi casa aquel 4 de Julio con un precioso regalo: unas puñetas de bolillos restauradas del ajuar de su abuela. Aunque aun tardaría en ascender, las guardé y me han acompañado hasta hace bien poco. Y no solo eso, fueron hasta portada de un libro, como conté en el estreno a ellas dedicado. Hoy esas puñetas, vueltas a restaurar, están cuidadosamente guardadas para volver a ser protagonistas en cualquier momento. Mientras, luzco otras, no menos bonitas ni menos queridas, regalo de una buena amiga y de un enorme valor sentimental.

También recuerdo como si fuera ahora la cara de otro de mis compañeros, que se cantó sus temas el día anterior a mí, y que se marchó cariacontecido porque el ujier dijo, al final de la sesión, que no había aprobado nadie. Sin saber que el funcionario en cuestión no leyó bien y que su nombre estaba escrito en el tablón. Había aprobado aquel segundo examen y, aunque apenas lo conocía, no dudé un momento en recorrer los pasillos del Tribunal Supremo gritándole la buena nueva. Un momento inolvidable para ambos. Tanto que fue la anécdota que él escogió para contar en la fiesta que hicimos para conmemorar los veinte años de nuestra promoción.

Mi madre se gastó una pequeño fortuna en Moet Chandon para celebrarlo con la familia. Hasta entonces, nunca lo había probado. Y aun hoy, cada vez que veo una botella o tengo una copa de champán, revivo en mi garganta el gusto de aquel día.

Hace ya mucho tiempo y, echando la vista atrás, puedo decir que valió la pena, y que sigue valiéndola. Que, aunque nos quejemos o nos veamos a veces invadidos por el desánimo, compensaba y sigue compensando. Y espero que lo siga haciendo mucho tiempo más. Por eso el aplauso lo dedico hoy a todos los que me acompañaron en ese viaje. Y especialmente, cómo no, a mi padre, que no pudo llegar a vivir ese día, aunque estoy segura que se tomó su copa de champán allá donde estuviera, y brindó con nosotros. Y me atrevería a decir que todavía escucho a veces el tintineo de su copa brindando cuando me pongo la toga subida a mis tacones.

Impotencia: el fantasma


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Todos lo hemos vivido alguna vez. Si hay un fantasma que se presenta sin previo aviso y juega a ahogarnos entre sus cadenas, no nos llevemos a engaño. No es El Fantasma de la Opera ni el encantador Casper, ni los que agobiaban al niño de El Sexto Sentido o salían de la tele para llevarse a la Carolyn de Poltergeist. Es la impotencia, que aparece en el momento menos pensado e invade nuestras vidas con una fuerza que intenta desbordarnos. Y no hay Ghostbusters que nos puedan quitar esa sombra de encima.

No dudo ni por un momento lo mal que debían sentirse los artistas en un tiempo no tan lejano, cuando las tijeras de un censor daban al traste con todo aquello que querían decir. Aquel contumaz regodeo de la concupiscencia del que hablaba el cura de La Corte del Faraón, y por el que había que pasar sin remedio. También debe doler sobremanera al genio del artista la falta de dinero o, en su caso, de financiación, para llevar a la práctica esa gran idea que acabará durmiendo el sueño de los justos si el vil metal no aparece.

Y de eso sabemos un rato en nuestro teatro. La impotencia se instala en los huecos de nuestras togas y pugna por expandirse y quedarse adentro a vivir. Y, como todos los intrusos, llega cuando nadie la espera, aunque nos resistamos, y por múltiples razones.

A veces, simplemente nos pasa como a esos artistas talentosos pero más pobres que una rata de los que hablábamos.  Quisiéramos hacer miles de cosas, luchar contra los malos como soñábamos desde niños, y no siempre podemos. ¿Cómo vamos a poder, si se empeñan en ponérnoslo difícil? Porque que me explique alguien cómo enfrentarse a tremas complicadísimos de ingenieria financiera, de mafias o de grupos organizados sin más medio que un ordenador que a veces se rebela, y el imprescindible boli bic, y el taco de posits, si hay suerte y los hay. ¿Cómo afrontar asuntos de cientos de investigados, y miles de miles de euros con unos medios materiales y personales como los que tenemos.? Pues eso, haríamos muchas cosas, pero no siempre se puede. Aunque se intenta, que nadie se crea, que hay más Quijotes con toga por metro cuadrado de lo que nadie se podría imaginar.

Otras veces es la propia ley la que se nos planta con los brazos en jarras y nos trae la impotencia de su mano. Supuestos en que ya no se puede perseguir un delito porque haya prescrito, porque han desaparecido las pruebas o porque por una u otra razón se han declarado nulas. La famosa fruta del árbol envenenado que nos deja el sabor amargo de la manzana de Blancanieves. La impotencia de saber que se ha cometido un delito y no poder probarlo. Y no poder siquiera hacer como el cazador del cuento, que no mató a la princesa y engañó a la madrastra haciéndole creer que sí lo hizo. Nosotros no tenemos un corazón de repuesto para poder usar ante la malvada reina.

Pero hay otro tipo de impotencia peor, si cabe. La que se siente ante el presunto culpable al que hemos de dejar en libertad por falta de pruebas mientras su víctima sigue sintiendo el miedo en la garganta. Un miedo contagioso, que se nos pega a la piel y nos acompaña en sueños, y ante el que tenemos difícil escapatoria. En ocasiones veo muertos… ¿Cómo explicarle a una víctima de un delito sexual, a una mujer maltratada o a una madre que ha perdido a su hijo que no podemos seguir adelante? ¿Cómo conjugar ese dolor si apenas podemos soportar el nuestro propio? Habrá quien diga que son gajes del oficio, pero son esos momentos en los que una piensa que malditos gajes y maldito oficio.

Y si hay algo que instala la impotencia en el disco duro de nuestros cerebros y, lo que es peor, en el centro mismo de nuestros sentimientos, es el silencio de una víctima para declarar contra su agresor, si éste es su pareja, -o su hijo, o su padre-. Algo que la ley permite y que nadie se ha decidido a cambiar, por más que se ha demandado por activa y por pasiva. Y que sabemos que puede determinar un resultado nefasto para esa propia víctima. Se hace lo que se puede, pero en contra de la voluntad de ella es difícil llevar a buen puerto la nave del proceso. Y son esos momentos en que una marcha a casa con los dedos cruzados y sigue manteniéndolos así hasta que no los siente a costa de calambres. Que no le pase nada. ¿Quién no se ha quedado pensándolo más de una vez, quien no ha pasado una noche en vela por eso? Y nos sigue pasando, por más que el tiempo y la veteranía añadan muescas a nuestras togas. Aunque peor sería si no nos pasara…

Por eso, el aplauso de hoy va dedicado a todos los que siguen sintiendo la impotencia de no hacer todo lo que quisieran.  Porque ahí está la espita que abre el grifo para seguir intentándolo. Y, aunque no siempre querer es poder, siempre se puede intentar Lo imposible. Y, a veces, se consigue.

Valentía: visibles e invisibles


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Valientes hay en muchos sitios. En el mundo del espectáculo y fuera de él. Súper héroes y súper heroínas, grandes y pequeños. Algunos, bien visibles en películas y obras de teatro, esos que visten capa y hasta llevan los calzoncillos por fuera de la ropa –cosa absurda donde las haya, por cierto-. Y otros y otra, con pequeños gestas que nadie ve pero que valen mucho más. Héroes.

El artista de verdad es valiente. El arte es cultura, es educación, y la educación, como dijo Mandela, es el arma más poderosa para cambiar el mundo. Invictus. Quizás por eso han pagado a veces tan caro defenderlo. El tiro en la frente en Ay Carmela, el final de El Club de los Poetas Muertos, el de Rebeldes del Swing y tantos otros. El riesgo que atraviesa ese padre de La Vida Es Bella para expandir la vida de la música en la muerte de un campo de concetración. Pequeños y grandes valientes, que nada tiene que ver con Superman o con La Mujer Maravilla pero son mucho más supermaravillosos. Como todos esos Héroes, anónimos o no, que salvan vidas día a día.

Pero nosotros también tenemos los nuestros. Actores principales y secundarios que dan día a día lecciones de valentía. Con toga y sin toga, con tacones y sin ellos. Y en ocasiones no los distinguimos aunque los tengamos en las propias narices.

Más de una vez me han preguntado si no sentimos miedo. Si al pedir un montón de años de prisión para un asesino, si al acusar o condenar a alguien poderoso o desmontar una red de tráfico de drogas o una mafia de trata de personas o cualquier otra cosa deleznable no tememos represalias. Y por supuesto, en ocasiones hay un punto de miedo. O más, mayor cuanto más alto se dispara, como, por razones obvias, debe ocurrir a los compañeros de la Audiencia Nacional. Pero las más de las veces, no pasa nada. Por fortuna. Y no vivimos nuestra profesión con miedo. Quizás porque la amamos, pero también porque no es tan fiero el león como lo pintan y eso de que vayan a buscar al juez, al fiscal, al abogado o al policía que hizo que alguien acabara con sus huesos en la cárcel es cosa de películas. No somos Los Angeles de Charlie. Ni ganas tampoco, aunque confieso que en mi infancia hubiera matado por ser una de ellas.

Pero hay héroes y heroínas que no siempre se ven, y que, sin toga y sin saber de leyes, dan sentido a la Justicia. Con mayúsculas. Empleados –o empleadas- públicos que se lo juegan todo al denunciar la corrupción de quienes les rodean en vez de sucumbir a ella o guardar un cómodo silencio, quienes intervienen en mitad de una agresión para impedirla, aunque acaben recibiendo ellos mismos, quienes destapan fraudes grandes o pequeños, o quienes persiguen al atracador jugándose su propia integridad. Más de los que parecen. Recuerdo no hace mucho que me robaron el bolso por la calle, y a mis gritos acudieron tantas personas que entre todas consiguieron reducir al atracador y recuperar mis pertenencias. Personas a las que jamás había visto y a las que no he vuelto a ver pero que no dudaron un momento. Y que no salen en ninguna película ni nadie habla de ellos.

También hay personas admirables que vemos día a día sin darnos cuenta de su enorme valor. Un valor que no conocen ni ellas mismas. Me refiero a esas valientes que se sobrepusieron a su miedo  y denunciaron a quien las maltrataba. A esas que tuvieron que dar en un día la vuelta a su vida como un calcetín, y contarnos una y otra vez un suplicio que ni siquiera eran capaces de reconocer ante ellas mismas, que se tienen que enfrentar a la incomprensión y a una inexplicable vergüenza, que tienen que escuchar a gente que dice que se pretenden aprovechar de la ley, y que tienen que soportar, además, las presiones para retirar la denuncia incluso de su propia familia. A ésas que miran hacia delante aunque el miedo las atenace por dentro. Porque no solo tienen la heroicidad de un hecho, sino que viven en continuo estado de valentía. Y no solo porque con ello se salvan a ellas y a sus hijos, si los tienen, sino porque con su decisión alientan a otras a que también lo hagan, salvando más vidas de las que creen.

Créanme si les digo que son heroínas. Y son heroínas en un mundo donde hay hay mujeres que siguen diciendo que prefieren ser apalizadas para que sus hijo sigan comiendo del sueldo de su torturador. Frase que he oído, por desgracia, no una vez ni dos.

Por eso hoy mi aplauso va para todos esos héroes anónimos. Y especialmente para ellas, que ni siquiera son conscientes de su valentía.

Y para una en especial, a la que dedico este estreno. Ella ya sabe quién es, y con eso me basta. Porque ella son todas. Gracias por enseñarme tanto.

 

 

 

Cansancio: enemigo a la vista


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Todos nos hemos sentido cansados alguna vez. Qué digo alguna vez, hay días que nos sentimos cansados en todo momento, incluido el tiempo que dedicamos a dormir. Y no el Sueño Eterno, precisamente, que con 5 o 6 horitas tenemos que tirar para adelante. En el teatro y en la vida.

En el teatro no tiene nada de raro que los artistas lleguen a sentirse cansados. Por más que desde fuera veamos un mundo de glamour, debe de ser agotador repetir un día tras otro la misma función, en ocasiones con las dos funciones diarias. Debe ser agotador trabajar cuando todos se divierten y salir de gira y pasar meses sin ver a los seres queridos. Aunque compense. Pero hay un cansancio peor que el físico. El del hastío. Cuando ya no hay mariposas en el estómago y la ilusión se toma unas vacaciones. Interpretar papeles que no gustan, acudir a saraos que no apetecen solo por ser vistos, y hasta hacer algún que otro montaje en pro de una promoción que venden como necesaria. Cosas que se ven menos desde fuera, pero que deben hacer mella. Recordemos si no aquellas escena de un Fernando Fernán Gómez espetándole improperios a un admirador. O ya ex admirador, visto lo visto.

También en nuestro teatro tenemos un poco de ambos. Del físico y del anímico, que es peor. Y es un enemigo a batir. Porque si quienes participamos en la función no damos todo lo que podemos, o nos dejamos llevar por la apatía, corremos el riesgo de convertir la Justicia en mera burocracia y quien pierde es nuestro público, el ciudadano.

Claro está que el cansancio físico es inevitable. En un mundo donde en muchos casos los horarios son una quimera, las horas robadas al sueño, al solaz o a la familia pueden acabar pasando factura. Recuerdo a nuestros estimados espectadores que hasta hace nada jueces, fiscales y LAJs ni siquiera teníamos reconocido el derecho al descanso tras una guardia de 24 horas, de una semana o de un fin de semana entero. Y que aún teniéndolo ya reconocido, al menos en parte, muchos no hacemos uso porque los medios personales no lo permiten. Y aún hay más: estamos a vueltas de si nos reconocen algún derecho derivado de la sentencia que reconoció una compensación económica por no haber tenido ese descanso al que teníamos derecho al juez que tuvo arrestos y ganas para pleitear sobre ello.

Y los abogados, aun lo tiene peor, o al menos igual aunque sea de otro modo. Como son sus amos y señores, si no trabajan no solo no cobran, sino que se les pueden marchar los clientes, con los que no es extraño ver a alguna letrada dando el pecho a su bebé en los tiempos muertos de la guardia. Porque, recuerdo a algunos que, aunque hay guarderías, allí no amamantan. Y porque hay que trabajar, so pena de verse sin Nada en la Nevera.

Pero como decía, ese no es el peor cansancio. El peor cansancio es el que viene de la mano de la desilusión y la abulia. Y lo malo son quienes contribuyen a ello dándonos unos medios tan penosos que nos hacen sentirnos como Don Quijote ante los molinos de viento. Esos molinos llamados plazos de instrucción, lexnet, sistema informático, reformas sin presupuesto, penuria de medios, falta de personal y mil cosas más. Y aquí no hay Dulcinea que valga, que no me imagino yo a un ministro viniendo a conquistarnos vestido de posadera con corpiño y enagua. Ni aunque fuera ministra, vaya. Aunque si nos trajera ordenadores, plazas, sedes dignas, sistemas informáticos en condiciones y a los sustitutos que eliminaron, bien podría venir vestido –o vestida- de lagarterana que a buen seguro le haríamos la ola.

Aunque a veces hay que reconocer que hay cosas que te reconcilian con el mundo y te dan más energía que una tonelada de complejos vitamínicos. Esa víctima que te da las gracias por haberle ayudado a salir del pozo del maltrato, esa persona que ha recuperado un dinero que veía perdido gracias a la acción eficaz de su abogado, esos perjudicados que ven por fin reconocido su derecho por una sentencia judicial, el menor que se ha reintegrado a la sociedad, los que ven que quien les destrozó la vida debe pagar por ello…Y entonces, el cansancio se diluye y la satisfacción te pinta una sonrisa profiden en la boca para poder seguir tirando hacia adelante.

Pero señores, tampoco hace falta que nos lo pongan tan difícil, que todo tien un límite, y los Cuatro fantásticos andan ocupados salvando el mundo para podernos echar una mano en todo momento.

Así que hoy el aplauso es para todos los que a base de ilusión, ganas y esfuerzo, ponen al mal tiempo buena cara y vencen al cansancio, físico o anímico. Para los que se levantan cada mañana diciéndose a si mismos “a por ellos, que son pocos y cobardes” ¿Quién se apunta?

Vocabulario: toguitaconidiccionario


 

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Ya lo hemos dicho. Todas las profesiones tiene su jerga. El teatro la tiene, y también el nuestro. Pero dentro de él, siempre hay frases, palabras o expresiones que alguien acuña y se quedan ahí, como su pequeña aportación. Sea el artista o su personaje. La parte contratante de la primera parte evoca inmediatamente a Groucho Marx, en su ya famoso camarote de Una noche en la Opera, que cualquiera identifica rápidamente con un lugar lleno de gente. Y si hablamos de apatrullar la ciudad, rápidamente pensamos en Torrente en cualquiera de sus variadas entregas. Y en la tele, frases como un poquito de por favor, o ésta nuestra comunidad nos levan inmediatamente a una conocida serie de vecinos. Los ejemplos son miles, tantos como artistas hay, nadie renuncia a su propio vocabulario, que se crea incluso de un modo inconsciente.

También en nuestro escenario contamos con el nuestro. Algunas muestras vimos cuando hablábamos del código toga aunque hay muchas más, y las que vendrán, claro, al ritmo que les da por reformar y cambiar cosas.

Pero hoy voy a ir un poco más allá. Y haré un poco de umbralismo, esto es, hablaré de mi libro. De ese vocabulario toguitaconado que se ha ido gestando a través de muchos post.

Por supuesto, si hay una palabra reina en este blog, esa es togitaconado. Me toguitacono para ir a Sala igual que a veces me destoguitacono, que no solo de pan vive el hombre. Y, cuando no hay tacones en los togados, encontramos a los destaconitogados, que, según el caso, pueden ser o no toguipuñeteros. Y por supuesto, cuando hace falta, echo mano del clonador justiciero y me despliego en mis tres personalidades: Fiscalita, Taconita y servidora. Aunque reconozco que mi fiscalita interior siempre acaba por salir, hable quien hable.

Pero pongamos en marcha la Piedra roseta judicial -o sea, la Piedra Justicieta-o mejor, la Piedra Taconeta para poder entendernos. Y hagamos, de paso, un poco de blogterapia, qe nunca viene mal. Instalemos en nuestros dispositivos móviles la aplicación toguitaconadora y despeguemos.

La verdad es que estos últimos tiempos me lo han puesto fácil para tener que creer mi propio vocabulario. Las reformas express, hechas a toda prisa, no solo han hecho preciso un GPS legislativo para encontrar la legislación aplicable sino que han activado mi imaginación. Algo de bueno tenía que tener esa reformitis aguda, que de malo ya nos ha traido una lowcostización de la justicia por ese virus de disposicionadicionalismo que consiste en añadir una disposición adicional que dice que de dinero, nasti de plasti. Y que deja a Toguilandia sin recursos. O con unos pocos, como nuestra famosa y necesaria positprudencia, esas notas en posit que en ocasiones valen más que cualquier base de datos.

Y así, nos hemos encontrado con los levitos –o delititos– dignos herederos de nuestros añorados juicios de faltas. Con el investigado, que ha susititido al imputado y que nos sume en la zozobra de cómo se dirán algunas cosas, como el auto de investigación, que se pone cuando como resultado de la investigación se atribuye un hecho a alguien. Y si no, ¿qué se hace?, ¿se desinvestiga?. Y claro, en esos cosas no nos queda otra que hamletear en un mar de dudas o hacer un ejercicio de brujalolismo. O esperar que el todólogo de turno nos lo cuente, que siempre hay un listo que habla por la tele y sabe más que nadie. O acudir a la twiteroteca, fuente eterna de conocimiento como todos sabemos.

Otra de las aportaciones de las ultimas reformas ha sido la máquina seismsizadora, esto es, un ingenio que pretende convertir en seis meses lo que los medios materiales no permiten hacer en ese tiempo. Causándonos una tendinitis cruzadédica de tanto cruzar los dedos a la espera de que no pase nada peor. Que después de tropemil  -o hijoemil, o muchomil– reformas, ya anda una curada de espanto.

También nos hemos encontrado con el fenómeno Ruedas 0, hijo putativo de esa quimera llamada papel 0 y la realidad del papel arrastrado en los carritos de super. Y, por supuesto, con otro fenómeno llamado belenestabilización de la justicia, dado en los medios donde cualquiera opina de justicia como si fuera un catedrático. Incluido el vecino, en ese ejercicio de vecinismo que todos hemos vivido.

Pero no todo iba a ser malo. Tenemos para animarnos la vida nuestros pongos, con los que aderezamos los despachos, por más que resulten extogavantes. Y tenemos también nuestras propias estrellas de las togas, Napoleón Togaaparte.

Y con todo y con eso, seguimos adelante. Entre ojiplática y toguientusiasmada, como suele pasar, hacemos guardias, juicios y lo que se presente e intentamos mantener el buen humor, la ilusión y las ganas. Tanto que, a veces, a base de mimarnos y darnos ánimos, somos casi casi yonkis de Mimosín.

Pero que no decaiga. Arriba las togas. Seguiremos poniendo imaginación e ilusión. Y mientras tanto, podremos en marcha el ovacionador togitaconado.

 

Respeto: condena a crímenes de odio


orgullo gay

El respeto es esencial. Ni en el teatro ni en la vida podríamos vivir en paz sin él. Pero hay quien no lo hace. Y detesta lo que le parece diferente, lo que se escapa de sus escasas entendederas, quizás por ignorancia o por miedo.

Y si hay algo que da miedo y causa odio a lo largo de la historia es la orientación sexual distinta a lo que algunos consideran un patrón de normalidad y que no es sino otro modo de entender el amor. Los homosexuales o las lesbianas han sido objeto de persecución a lo largo de la historia y, cuando parecía que lo estábamos superando, una tragedia como la de Orlando nos recuerda que los tiempos del odio feroz no han acabado. Y no es sino una manifestación a gran escala de lo que pasa cada día en muchos puntos del planeta.

Desde Con mi toga y mis tacones no me extenderé en recordar que los crímenes de odio son execrables y que están duramente sancionados en nuestro Código Penal. Ya hablé de ello en mi estreno dedicado a Priscilla.

Así que hoy sólo quiero hacer mi pequeño homenaje a todos los que luchan contra la intolerancia, y a todos los que se enfrentan día a día al rechazo, aprovechando además el día del orgullo gay, o LGTB, como se prefiera.  Y, en lugar de con el habitual aplauso, lo haré con un relato. Desde el mayor de los respetos, y con toda mi admiración.

 

LAS PUNTAS DEL CUADRO

 

  • Alba, ¿ya tienes hecha la maleta? Solo quedan un par de horas
  • Ya voy, ya voy

Su voz sonaba débil, como si se fuera de entierro. La tía de Alba se dio cuenta enseguida y por eso llamó a la puerta y entró en la habitación antes de que ella le diera permiso

       -Alba, ¿qué es es lo que te pasa? Aun no has empezado a hacer la maleta

       -No lo sé, tía. No estoy bien. No sé si esto es lo que yo quiero

        -¿Que tienes, Alba? Cuéntamelo.

          -Creo que no estoy preparada, pero me da tanto miedo hablar con mi madre…

Alba hablaba con su tía en su habitación, bajo la mirada de aquel inquietante cuadro que siempre había estado allí, a la cabecera de su cama, presidiendo su vida. El cuadro era sencillo, solo una bailarina joven y delgada, muy pálida, que acariciaba unas zapatillas de puntas. Era de colores muy suaves, casi en blanco y negro, salvo las zapatillas, que eran del color de las berenjenas. Alba permanecía largos ratos mirando el cuadro, con sus ojos fijos en las zapatillas color berenjena. Nunca había comprendido por qué le influía de esa manera, pero era así.

 

De repente, la niña se encaramó sobre la cama y, de puntillas, decolgó el cuadro ceremoniosamente y lo depositó en el suelo

 

– Ahora ya podemos hablar, tía. Si veo el cuadro, me pongo demasiado nerviosa. Me intimida.

– ¿Y?

– Y no sé qué hacer. Ya sé que he estado toda mi vida preparándome para este momento, pero tengo la sensación de que ésta no es mi vida, es la de mi madre y, tal vez, la de la chica del cuadro.

– ¿De verdad no sabes nada de ella?

– De verdad. Salvo que su nombre es el mismo que el mío, claro. Y que seguro que mi madre me puso el nombre por ella. Toda la vida he estado obsesionada por el cuadro, pero nunca he sabido por qué.

– Pues siéntate, Alba. Ha llegado el momento de que conozcas la historia de la chica del cuadro.

 “La chica del cuadro no nació con el nombre de Alba, no; su nombre era Clara, aunque fue conocida en el mundo entero como Alba Saller. Tampoco era Saller su apellido, pero eso ya te lo contaré. Poco a poco.

 “Clara, o Alba, como gustes, era una chica dulce y divertida a quien gustaba bailar más que ninguna otra cosa de este mundo, pero que también disfrutaba con intensidad todas las demás cosas de la vida. Alba, no obstante, nació en el lugar equivocado en el momento equivocado, y muy pronto su espíritu libre chocó con los obstáculos de la época. La familia de Alba era conservadora en un  mundo conservador y su padre aceptó de buen grado que la niña bailara por afición, pero de ninguna manera que hiciera de este arte su profesión. En aquel tiempo, los “artistas” no estaban bien considerados en el mundo de las personas de orden. Y el padre de Alba se enorgullecía de ser la persona más de orden del mundo entero.

 “Clara no tuvo otro remedio que abandonar su casa cuando todavía era muy joven, ya que tenía claro no solo que quería ser artista, sino que era artista. Había nacido así, y no podía hacer otra cosa, porque Clara era una artista de los pies a la cabeza.

 “Como su talento era más que evidente, Clara, ya llamada Alba, no tardó en encontrar su sitio en una compañía de baile, en el extranjero, claro está. Y, como una cosa lleva a la otra, fue ascendiendo los escalones del éxito hasta convertirse en una estrella de la danza.

 “Así y todo, a pesar de que su familia la había repudiado, Alba trató de volver a verlos, en especial a su madre, a la que echaba mucho de menos. Su padre, más rígido que nunca, no lo consintió y en aquellos tiempos poco podía hacer una mujer contra las órdenes de su marido. Además, el padre de Alba se había enterado de la relación de ella con otra mujer, y prohibió absolutamente que ninguna persona de la familia se acercara a Clara. De hecho, sus hermanas nunca más volvieron a hablar con ella y su padre dijo a sus sobrinas, que adoraban a su tía, que había muerto de una enfermedad infecciosa. Aquella fue la última -y también la única- noticia que tuvieron de Clara, de la que ni siquiera conocían dónde murió, ni dónde fue su entierro, ni tampoco dónde estaría su sepultura.

 “Ya apenas se acordabna de la tía Clara cuando una de sus sobrinas vio el cuadro en una exposición. Nadie se lo había dicho, ni el nombre coincidía, pero la sobrina no dudó ni por un instante que aquélla era Clara. Trató de comprar el cuadro, pero era demasiado caro, porque su autora, Sybilla Saller, se había convertido en una artista muy conocida y valorada, y la cifra era demasiado elevada. La sobrina no cejó hasta conseguir el dinero para comprar el cuadro en una subasta y, desde entonces, está el cuadro en esta casa”

      -Entonces, la sobrina de Alba es…

       -Sí, Alba. Es tu madre, y también yo, claro. Pero fue ella la que no se dio por vencida hasta recuperar una pate de su querida tía. Por eso, cuando empezamos a ver tu afición por la danza, y tu talento, quizás nos engañamos soñando que Clara había regresado…

        -Y ¿dónde está Clara, o Alba, ahora?

         -Por desgracia, murió hace unos años. Al final, una enfermedad infecciosa se la llevó. Sybilla, su amor, jamás la abandonó y permaneció con ella hasta el último día.

           -¿Y no hablasteis tampoco con Sybilla?.

           -No quiso. Solo nos envió una caja envuelta, y un mensaje

           -¿Nada más?

            -Nada más. Estábamos esperando a la persona que había de abrirla

Dicho y hecho. Alba se encontró a solas con aquella caja. El mensaje rezaba “para mi bailarina” y Alba no dudó ni por un momento que ella era la persona adecuada. Dentro tan solo había una cosa: un par de zapatillas de puntas del color de las berenjenas.

Lo que Alba no sabía era que aquella caja envuelta era solo el último de los envíos de Sybilla Saller. Los anteriores fueron las cantidades de dinero necesarias para que Alba pudiera realizar siempre sus estudios de ballet aunque la situación económica de su familia no lo permitiera. Sin embargo, Alba no debía saberlo, porque Clara así lo había dispuesto. Y, al menos por una vez en la vida, respetaron su voluntad.

Alba tuvo que enjugarse las lágrimas y recordó de golpe todo lo que había sufrido para llegar hasta ahí. Primero, el enfrentamiento con su padre, al que no le gustaba lo más mínimo que se dedicara al ballet. Una vez convencido -o más bien resignado- su padre, de que su hija no estudiara “algo más serio”, sus problemas con los estudios, que sobrellevaba a duras penas debido a la cantidad de horas que dedicaba a la danza. Mientras, el sudor, el cansancio, y, por qué no decirlo, el dolor. El dolor de llegar a casa con los pies ensangrentados, llenos de heridas y ampollas, el dolor de las articulaciones que protestaban de tanto forzarlas, las uñas de los pies que se caían sin remedio una y otra vez… Y también el sacrificio, todas las fiestas que se había perdido, los cumpleaños que jamás celebró, las excursiones a las que nunca fue y los amigos, que poco a poco acababan huyendo de su vida porque no podía dedicarles un minuto de su tiempo. Y lo peor de todo, su eterna angustia porque no lograba todo lo que pretendía, porque no era suficientemente alta, ni hermosa, ni delgada. Sobre todo eso, la lucha constante porque su cuerpo parecía empeñarse en formar aquellas odiadas curvas que la alejaban del objetivo.

Y, de pronto, vio que sus dudas no giraban en torno a lo que ella quería hacer, sino en torno a aquello que temía no llegar a conseguir. Miró de nuevo a la chica del cuadro, su tía. Su cuerpo tampoco era demasiado delgado, ni largas sus piernas, pero toda ella era…divina. Y sí, era tan parecida a ella que no comprendía cómo no se había dado cuenta hasta ahora. Y, además, ahora tenía esas zapatillas del color de las berenjenas que la habían tenido hipnotizada toda su vida.

Y a partir de ese momento, Alba lo tuvo claro. Se iría a disfrutar de su beca para bailar en el extranjero, y triunfaría, seguro. Y haría su debut con sus zapatillas del color de las berenjenas.

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Nervios: eternos compañeros


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Dicen los artistas que jamás dejan de sentir mariposas en el estómago cada vez que salen al escenario. Es más, dicen que pobres de ellos si eso dejara de ocurrir: se habría acabado la magia. Y sin magia no es lo mismo. Porque si la representación se vuelve una sucesión de automatismos perfectamente estudiados, el arte dejará de ser arte. Siempre hay que dejar un espacio a lo nuevo, que cada función sea distinta, aunque tengamos el mismo guión y los mimos actores. Eso es el arte. Y por eso siempre atacan esas dichosa mariposas, entre agradables y molestas, pero imprescindibles.

En nuestro teatro también ocurre. O debería ocurrir. Si las sentencias consistieran en meter unos hechos, darle a un botón, y que salga la misma solución que en otros casos, sobraríamos los intérpretes. Bastaría un ordenador dotado de la memoria suficiente, y, que como un Gran Hermano Judicial, diera el resultado oportuno. Como si estuviéramos en una película de ciencia ficción en manos de la Nave Nodriza

Pero, por suerte, no es así, y nuestra función está más cerca de Mujeres al borde de un ataque de nervios que de Yo, Robot. Tratamos situaciones tan personales que es difícil, por no decir imposible, que encontremos dos supuestos exactamente iguales.

Quizás por eso nunca dejan de asaltarnos esas mariposas en el estómago antes de nuestros estrenos. Fiscales o Abogados que pasean por el pasillo antes de entrar en sala tras más de veinte años de ejercicio como si fuera su primera vez, noches sin pegar ojo, asuntos que acompañan al juez, o a cualquiera de los intervinientes hasta el borde mismo de su cama y que le asaltan por la noche sacándolo bruscamente de los brazos de Morfeo. Incluso antes de que lleguen las dichosas mariposas, y cando todavía está el gusano de seda en su crisálida. O en su capullo, aunque suene menos poético, pero bastante más real.

Y no es cuestión de entrenamiento, que de eso andamos sobrados. Desde el inicio de nuestros estudios llevamos el plan de un atleta de alto rendimiento. Exámenes y más exámenes, muchos de ellos orales, viendo como a una le sudan las palmas de las manos, le tiemblan las piernas y se tambalea sobre los tacones –si los lleva-, mucho antes de que éstos hagan tándem con la toga. Después, unas prácticas donde hay que empezar a tomar decisiones para tomar finalmente la gran decisión. Qué hago con mi vida. Con la esperanza, a veces, de ahorrarse todos esos malos tragos.

Pero vana ilusión. Los nervios seguirían ahí tomaras el camino que tomaras. Para los que decidimos opositar, como una prueba de fuego adicional, con esa zozobra de cuándo convocarán, cuántas plazas y si, finalmente, será una de ellas para mí. Y el viacrucis de exámenes donde los nervios son capaces de jugarnos las peores pasadas. Las más comunes, lenguas que se traban o parálisis momentánea, de ésa que te impide hacer nada, y que suele venir acompañada con su inseparable mente en blanco, que no hay en el mundo detergente que deje más blancas las mentes que la cercanía de un examen importante. Pero se pasa. Como se puede, pero se pasa. Y luego, medie oposición, máster, prueba de acceso o cualquier otra prueba, las mariposas siguen. Llegan las del debut. El primer informe, el primer juicio, la primera guardia, las primeras asistencias a declaraciones, la primera vez que solicitas una prisión o que te opones a ella. Y la vida y la libertad de las personas en juego, ahí es nada. Como para no tener un enjambre entero de avispas zumbando dentro de las tripas.

Recuerdo muy bien mi primera intervención en un juicio, todavía en prácticas. Y mucho me temo que la juez ante la que actué también la recordará mientras viva. Nada menos que tres cuartos de hora informando por algo tan complejo como un polizón en un tren. Esto es, alguien que no pagó en billete. Reconocido por él y el revisor, lo que no impidió que yo, entre trago y trago de agua que no conseguía deshacer el nudo de mi estómago, hiciera un tratado que ríase usted del Digesto. Ante la mirada atenta de mi tutor que me animaba mucho, a pesar del que el pobre debía estar más que harto de mi cháchara pedante. Y aun así, reincidí, como los delincuentes. Y en mi primera toma de declaración me tiré más de una horita preguntando a un detenido pillado in fraganti con un radiocasette –sí, existían- en una mano y la bujía con que había roto el cristal del coche en otra. Pero yo ahí, con las mariposas en el estómago y como si estuviera haciendo los mísimisimos juicios de Nüremberg en Vencedores y Vencidos.

Todavía sigo sintiendo ese revoltijo de tripas cuando voy a la sala, aunque la experiencia es un grado, claro. Y también siente esa ilusión del primer día que, anque cuesta, espero no perder nunca.

Por eso hoy el aplauso es para todos los que siguen peleando con el nudo en la garganta, la boca seca y el temblor de piernas para que hacer Justicia sea mucho más que un mero trámite. Y, cómo no, para los que lo sienten por vez primera. Que nunca lo pierdan.

 

 

Vergüenza: togas sonrojadas


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El que tiene vergüenza ni come ni almuerza. Eso es lo que cualquiera de nuestras madres nos dijo más de una vez cuando, en esa etapa de la vida en que todo parece un mundo, poníamos reparos a cualquier cosa so pretexto de que nos daba vergüenza. Y por el aro acabábamos pasando porque una madre en modo madre es algo tan difícil de sortear como La Gran Muralla China.

En el mundo del espectáculo es raro que la gente sienta ese tipo de vergüenza. Al menos a priori. Se supone que el descaro y la desenvoltura son señas de identidad de quienes se ganan la vida subiendo a un escenario. Aunque luego resulta que en las entrevistas muchos de ellos confiesan ser tímidos hasta el paroxismo. ¿Verdad o postureo? Pues de todo un poco, supongo. Aunque para los profanos,  o sufren la Metamorfosis del Dr. Jeckyll y Mr Hyde o resulta difícil pensar que sea compatible la timidez con enfrentarse a una sala llena de público.Misterios sin resolver, como aquella vetusta serie de televisión.

En nuestro teatro la cosa de la vergüenza ya es harina de otro costal. Por más que representemos una función en Sesión Continua, no todos tenemos un papel protagonista y algunos ni siquiera están ahí voluntariamente. Que se lo digan si no al imputado –perdón, investigado- y algún que otro testigo renuente. Por no hablar de los candidatos a miembros de jurado, algunos de los cuales darían la vida por no verse en semejante zapatiesto.

Pero a nosotros, al igual que a nuestros homónimos de la farándula, también nos ataca en ocasiones ese sentimiento de bochorno, de vergüenza, de apuro o de azoramiento, según los casos. Incluso a aquéllos que tenemos un papel que nos obliga a estar bajo los focos y centrando la atención en algún momento. Los fiscales y los abogados, sin ir más lejos, que tenemos que hacer nuestro informe oral ante la sala, a veces repleta de público y prensa y que, por más que lo preparemos, siempre podemos ser sorprendidos con cualquier circunstancia inesperada que nos deje fuera de juego. ¿Quién no se ha encontrado alguna vez con ese testigo sorpresa que no sabemos quién es y al que interrogamos con un lacónico “recuerda lo que ocurrió ese día”? ¿Quién no ha padecido que por un error de cualquier clase se ha ido a juicio con un procedimiento diferente del que se está celebrando y tiene que mantener el tipo como puede? ¿Y quien no ha sufrido esa pesadilla llamada “cuestiones previas” que se alegan al principio del juicio y que aportan algo totalmente desconocido? Y a poner cara de póker y hacer como si todo estuviera controlado mientras deseas que se abra un agujero ante tus pies y te trague la tierra. Como alguna vez que, tras una rueda de reconocimiento en la Instrucción donde el testigo reconocía al acusado sin género de dudas, se descuelga en el juicio diciendo que ese señor no era, que a él le ataracé un tipo bajito y éste tiene una estatura digna de jugador de la NBA. Y toca recomponerse y cambiarlo todo, no sin antes acordarse de lo divino y de lo humano.

Pero cuidado con lo que desees, que los deseos a veces se hacen realidad. Y conozco a una abogada a la que casi le sucedió  eso. La silla donde se sentaba se vino abajo literalmente y despareció de la sala como si la mismísima tierra se la hubiera tragado. Cuenta que no puede evitar ir a ese juzgado sin que alguien bromee con la situación, por más que el tiempo pase. Y claro, es inevitable ese sonrojo que todos conocemos.

Situaciones de este tipo hay muchas. Pero yo recuerdo con especial bochorno algo que me pasó cuando el escalafón me obligaba a viajar más que una vedette de varietés por los pueblos de mi jurisdicción. Y allá que me fui, acompañada además de los dos fiscales en prácticas que se suponía que tenían que aprender de mí, y que me enseñaron mucho más de lo que yo a ellos. Pasamos la mañana en el juzgado en una maratoniana sesión de juicios de faltas y, cuando fuimos al juzgado vecino a esperar a mi compañera, descubrí que los tacones que habían acompañado a mi toga toda la mañana se parecían tanto entre ellos como un huevo a una castaña. Llevaba en un pie un zapato salón azul marino, trenzado y con una puntera verde para más señas, y una sobrio mocasín marrón en el otro. Y ninguno se había atrevido a decir nada en toda la mañana, ni durante el viaje –de una horita de duración- Y aun hoy en día, niegan haberse percatado, en un ejercicio de elegancia que les honra. Así que acepté pulpo como animal de compañía y terminé el día de la manera más digna posible. Con mi toga y mis tacones…desparejados.

No hace mucho, a una abogada en la guardia se le escapó una frase dirigida a su cliente . “y que no me entere yo que te vuelves a acercar a esa diabla”. Como quiera que no pudimos reprimir la carcajada, me miró y me dijo “ahora voy a salir en un post, ¿verdad?”. Y tenía razón, cómo no.

Pero éstas son situaciones de vergüenza simpática. Aunque hay otras que dan vergüenza, y ya no son tan simpáticas. Como da el estado de algunos juzgados, dejados de la mano de Dios porque esto de la justicia interesa poco. O la que dan las consecuencias que genera alguna que otra reforma legislativa precipitada y con el regalo de una disposición adicional que prohíbe dotarla de presupuesto, esa moda del disposicionadicionalismo que tanto debería sonrojar a más de uno. O ese papel 0 que solo existe en la imaginación de algunos.

Y el colmo del bochorno son algunas declaraciones en modo happy flower con la que  pretenden seguir vendiéndonos que en este nuestro teatro todo funciona divinamente, y hay que ver lo ágiles y lo eficientes que nos hemos vuelto. Como si fueran los protagonistas de Hair y fuéramos a cantar todos Acuario de un momento a otro, dando palmas y exaltando el amor libre. Y no sé por qué, me ha venido a la cabeza el título de una película Enseñar a un sinvergüenza, dicho sea, por supuesto, sin señalar a nadie, que eso de señalar está muy feo y ya nos decían de niños que nos debería dar vergüenza.

Así que el aplauso va hoy destinado a los que sobrellevan esas situaciones de vergüenza simpática con dignidad y humor. De los otros, ni hablo, que hay silencios más elocuentes que cualquier discurso. ¿o no?