#cuentosdeNavidad


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Hoy en Con Mi Toga Y Mis Tacones nos vestimos de Navidad para contar una pequeño cuento. Porque en Toguilandia también es Navidad…

Ahí va el nuestro, uno de tantos #cuentosdeNavidad
Un árbol sin estrella
Siempre había odiado los árboles de Navidad. Desde aquella noche lejana de su infancia en que el árbol dichoso se quedó sin encender. Ese día se acabó la Navidad para siempre. Sus padres fueron en busca de unos ardonos y nunca volvieron. Su madre le dijo que iban a buscar la estrella más brillante para coronar el árbol y, de pronto, le dijeron que las estrellas más brillantes ahora eran ellos. En lo alto del cielo, incapaces de venir a encender aquel maldito árbol que nunca jamás volvería a encenderse.
Su vida cambió por completo. Los abuelos se hicieron cargo, pero ya nada sería igual. Sus padres se esfumaron de su vida como el polvo de estrellas. Y nunca se habló más del tema ni se volvió a celebrar una maldita Navidad.
Pero el tiempo le puso en una encrucijada, que más tarde o más temprano había de llegar. Su hija sacudía sus coletas furiosa porque no ponían árbol de Navidad. Ella quería un abeto brillante lleno de espumillón y luces de colores, como sus compañeros de clase. Quería cantar villancicos y comer turrón como hacía todo el mundo. Y no se conformaba con los regalos que, para taparle la boca, venían haciéndole por estas fechas. Ya se habían acabado las excusas, y también se había acabado la vida de su bisabuela, que se marchó despacito en la mañana de la Nochebuena anterior, incapaz de soportar una vez y otra aquellas fechas que le horadaban el alma. Y su querido esposo no tardó en hacerle compañía, y apenas dos meses después su cuerpo abandonó este mundo, aunque su alma lo había hecho mucho antes.
La niña le explicó muy seria que ya tenía demasiadas estrellas en el cielo, y que ella quería tenerlas también en un árbol de Navidad. No hubo manera de convencerla, por más que recurrieran al chantaje emocional del recuerdo de quienes se habían ido, y al chantaje económico de un rutilante teléfono móvil de última generación. No quería nada. Solo quería celebrar la Navidad.
Y ahí estaba, en medio de un centro comercial, tratando de elegir un odioso árbol de Navidad, mientras su pareja intentaba compensar su mal humor con arrumacos a la niña. No quedaba otra solución. Consensuaron algo más discreto de lo que ella quería y a todas luces más llamativo de lo que hubiera querido, y se llevaron su nueva adquisición a casa.
Adornarlo fue una verdadera tortura, pero aguantó el tipo. Poco a poco, la cara iluminada de la niña iba despejando los nubarrones del alma. Casi sin darse cuenta, desfrunció el entrecejo con el que la había venido obsequiando, y al cabo del rato, ya faltaba poco para esbozar una sonrisa.
Pero fue un espejismo. De pronto, la cara de su madre volvió a aparecérsele, protestando porque se había empeñado en tener una bonita estrella, hasta que la convenció y marchó en su busca. Le cayeron las lágrimas otra vez más. Nunca se perdonaría aquel gesto caprichoso que acabó con la vida de sus padres para siempre. Nunca. Le dolía demasiado el recuerdo.
Mientras Angela leía en voz alta este cuento en su escuela, ganadora del primer premio de historias de Navidad de su ciudad, su padre permanecía en su butaca anegado en lágrimas. Su hija había sacado a la luz su propia historia, la historia de su vida. Le dió el abrazo más fuerte del mundo y fueron juntos a casa. Tenían algo por hacer.
Cuando llegaron, depositó junto al árbol incompleto una vieja caja de cartón, y se la entregó a Angela. Era su regalo de Navidad, un regalo que debió haberle hecho hacía mucho tiempo.
La niña lo abrió ceremoniosamente, consciente por alguna razón de la importancia de aquel regalo. En la caja, una vieja estrella de Navidad, algo oxidada y con las puntas maltrechas. La rescataron aquel aciago día de Nochebuena, entre el amasijo de hierros en que quedó convertido el coche de sus padres tras chocar con un conductor borracho que se dió a la fuga. Desde entonces languidecía en su caja esperando que alguien le diera el uso para el que fue hecha.
Angela cogió de la mano a su padre y, tras ponerle con un beso la estrella en su mano, le pidió que la usara para coronar su árbol incompleto. Y, tal vez fuera su imaginación, pero juraría que dos estrellas titilaron en el cielo.
Desde entonces nunca volvió a faltar en aquella casa la Navidad. Ni un árbol coronado por un estrella oxidada y de puntas maltrechas que ellos veían como la más hermosa del mundo.

Colaborar: entre el deber y el querer


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Ya hemos dedicado en otros estrenos de nuestro escenario un espacio a la solidaridad. Pero quizás sea siempre menos del que merece, más aún en los tiempos que corren. Nunca son suficientes las funciones benéficas, las aportaciones solidarias con trabajo o con dinero. Todo vale, y en estas fechas más que nunca, aunque debíeramos ser solidarios los 365 días del año. Pero no pidamos peras al olmo, y aprovechemos el momento. Y a ver si la Blanca Navidad nos hace recordar Que bello es vivir.

Y hoy la causa solidaria que traigo tiene mucho que ver con nuestro escenario, con sus personajes, y con esta humilde toguitaconada.

En otro de los estrenos hablé de Soledad Cazorla, la que fue la primera Fiscal de Sala de Violencia sobre la Mujer, y a la que seguimos echando de menos. Aunque, como todas las personas grandes, ni la muerte pudo con ella, ya que su espíritu sigue viviendo en el trabajo de todas las personas que tratamos de luchar cada día contra esta pandemia que es la Violencia de género. Y, no contenta con ello, como El Cid, sigue ganando batallas después de haber dejado este mundo. Y eso es lo que hoy vengo a contar.

La fundación Soledad Cazorla financia becas para los huérfanos y huérfanas de la violencia de género, esas criaturas que, además de con su dolor y su impotencia, tienen que seguir bregando con la vida y con las necesidades que conlleva. Que no son pocas, por cierto.

Desde la Fundación nos proponen un pequeño esfuerzo. Colaborar con la compra de un décimo de lotería para el sorteo de El Niño. Se trata de décimos amadrinados por personajes conocidos y por esta toguitaconada, que aunque nada tiene de cellebrity, a tenaz no le gana nadie. Y debe ser por eso.

Pero, con madrina o sin ella, se trata de colaborar para que esas criaturas no lo tengan todavía más difícil. Unas víctimas que no siempre son tan visibles como debieran y que no lo tienen nada fácil. Así que, aunque sea una gota en el oceáno, hoy me coloco mi toga y mis tacones para ponerme en modo pedigüeño. Y, por supuesto, os pido que colaboréis, si os es posible, comprando un décimo. O medio, o un cuarto, que también se puede buscar alguien con quien compartirlo, que ya nos decían en el cole eso de “compartir es vivir”. Y, si habéis tenido la suerte de pillar un pellizquito en la lotería de Navidad, esas devoluciones que no llevan muy lejos, pues es una buena idea para reivertir. Como sugirió rápidamente una querida amiga respecto de una lotería que compartimos.

La verdad es que podría deciros que compréis el número que amadrino, en un ejercicio de umbralismo de los que hago de vez en cuando. Pero no lo haré. Dadle al número que más os guste o al que más manía le tengais, al que coincida con el día del cumpleaños, de la boda o del pregón de vuestro pueblo. Pero colaborad, que no cuesta tanto y vale mucho.

Eso sí, sé que hago trampa. Porque tiene su aquel que diga que le deis a cualquier número y os plante en las narices una preciosa ilustración de @madebycarol, que siempre está presta a poner sus lápices y su talento a  mis locuras, y más aún cuando su causa es un motivo tan hermoso como éste. Si no me hacéis caso a mí, pués hacédselo a la preciosa muñequita que ella ha pintado ex profeso. Y, tal vez sea trampa, pero a veces el fin justifica los medios. Así que, venga, a rascarse el bolsillo.

Por todo esto, evidentemente, el aplauso no podía dedicárselo a otra persona que no fuera Soledad, que continúa luchando desde donde quiera que esté, y a quienes en su nombre se encargan de que su memoria permanezca viva. Pero añadiré un aplauso extra. El que desde Con Mi Toga y Mis tacones dedicamos a quien se anime a colaborar con esta noble causa. Y esta vez espero no dejar de aplaudir hasta que me sangren las palmas de las manos. E incluso después.

Adjunto el enlace para adquirir esta lotería solidaria. Mil gracias

http://www.playloterias.com/Web_2_0/la-loteria-de-la-madrina

Villancicos: zambombas togadas


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Otro año más llega la Navidad. El calendario sigue su curso inexorable y ya nos hemos plantado otra vez con los turrones, las comilonas, el cava y el maratón de regalos. Y es que la Navidad es lo que tiene, nos guste o no nos guste, todos caemos en sus fauces revestidas de espumillón con la banda sonora de los villancicos de fondo.

Por supuesto, en el mundo del espectáculo la Navidad es un verdadero filón. Almibaradas películas que hablan del espíritu de la Navidad, como la saga de Vuelve Papa Noel, o encantadoras e imprescindibles cintas como Love Actually o Que bello es vivir, pasando por la Gran Familia, con Chencho perdido en el mercado navideño. Y también comedias, más o menos ácidas o agriduclces, como Cuento de Navidad en sus múltiples versiones o El Grinch, en otras tantas. Pero hoy me voy a quedar con mi preferida para representar la Navidad, el Cascanueces, otra imprescindible, más aun para quien todavía añora sus tutús y sus puntas.

Pero no solo de música clásica vive el hombre, y los villancicos, machaca que machaca, son la verdadera banda sonora de la Navidad. Cada vez por cierto más anglosajonizados, que ya pocos se acuerdan del anuncio de la abuela dando la matraca con la botella de anís del Mono. Y tenía su aquel.

Por eso, como en Toguilandia no nos privamos de nada, desde Con Mi Toga y mis Tacones también queremos confeccionar nuestro propio mix de villancicos. Así que a agarrar la zambomba y la pandereta.

Pocas cosas nos identifican más que eso de “Hacia Belén va una burra”, si uno piensa en cómo se trasladan nuestros expedientes. Es cierto que ya no van en burra, pero sí en esos ingenios de la técnica moderna que son los carritos de súper, las sillas giratorias convertidas en transportines o los carritos-camarera. Pero claro, no podíamos esperar otra cosa de un procedimiento que se rige, eso sí, por normas de la época en que, efectivamente se iba en burra.

¿Y qué vamos a decir de “Noche de Paz”? ¿Acaso no es el leit motiv de todas las jornadas en que tenemos guardia?. Nada más deseado que una noche de paz total, en que nadie venga a visitar el juzgado porque no haga falta, y ni una sola llamada perturbe nuestros sueños –o mejor, nuestro duermevela-

Lo de «Navidad, Navidad, dulce navidad» ya es otra historia. Porque mucha cena fraternal, mucha comida y mucho espíritu navideño, pero todo el mundo parece desear que toque ese décimo que compartimos para no volver jamás. De hecho, una buena amiga nos había citado en Tonga si tal cosa pasaba. Y eso de que «un trineo deje oír la voz del cascabel» también tiene su cosa, que muchas voces se oyen por estos lares, pero poco tienen de dulces ni de cascabeleras. A ver qué dice una cuando el ordenador se cuelga, por ejemplo. Que da tiempo a zamparse un kilo de polvorones hasta que se vuelva a conectar.

Aunque lo de «Campana sobre campana» sí tiene algo de real. Seguro que cualquiera ha sufrido esas interrupciones tan oportunas en mitad de la guardia, de una declaración o de una vista, consistentes en el sonido de un móvil con el más variado motivo. Que sí, puede ser navideño, pero también el “Dame veneno que quiero morir” con el que me amenizaron un juicio por asesinato, o cualquier ritmo de reggaeton, salsa o lo que quiera que le guste al usuario. Por no hablar de ésos que tienen de tono de llamada un “Que te estan llamaaaaaaando” y hasta un “Cuñaoooooo, coge el móvil”. Poesía pura, vaya. Por más que en la mayoría de los juzgados haya un cartelito que diga que desconecten el móvil, tan invisible como la modernización de la justicia, al parecer.

Y hablando de ello, ¿Qué es lo que decimos cuando alguien nos habla de la digitalización de la justicia y el advenimiento de los medios necesarios? Pues que espere, que la están peinando. Justamente como la Virgen, entre cortina y cortina, mientras beben «los peces en el río»

Pero que nadie se alarme. Aunque panderetas y chinchines nos torpedeen la meninge, siempre nos queda eso de “ya vienen los Reyes”, y podemos pedirle estanterías, pósits, grapas, bolis y hasta un sistema informático que funcione y muchas plazas de jueces, fiscales, lajs y funcionarios. Por pedir que no quede, ya cargarán ellos con la responsabilidad. Y siempre tienen a la vieja con el aguinaldo para que les eche una mano, aunque no sé yo si estará para mucho después de darle con la cucharilla a la botella de anís del Mono.

Así que voy a ver si busco al Tamborilero y le digo que me acompañe por el camino que lleva a toguilandia. Y si se quiere apuntar algún pastorcillo o pastorcilla, pues bienevenidos sean. Y esta vez, en vez de aplauso, un redoble de tambores para quienes siguen trabajando porque la Justicia funciones pese a todo. Feliz Navidad

 

Intendencia: brillar por su no ausencia


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Hemos dedicado muchos estrenos a casi todos los personajes del teatro. Principales y secundarios, visibles e invisibles, tangibles o intangibles, han ido desfilando con cada subida y bajada del telón. Pero en este escenario quedaba todavía una deuda. La del personal de intendencia y mantenimiento. Quienes limpian cada día o arreglan los desperfectos cuando surge la ocasión. Quienes cuidan que el teatro no se caiga a pedazos y conserve el lustre que merece.

Tanto las empleadas domésticas –porque casi siempre son mujeres- como los encargados de mantenimiento –porque casi siempre son hombres- han dado mucho juego al mundo del espectáculo. Desde Arriba y Abajo hasta Criadas y Señoras, pasando por la typical spanish Las que tienen que servir, con ese grito de “el señoriiito” saliendo de la voz atiplada de Gracita Morales que ha pasado a la historia. O, entrando en el universo masculino, el mayordomo de Lo que queda del día, el chófer que andaba Paseando a Miss Daisy o los chapuzas por excelencia, Pepe Gotera y Otilio y los protagonistas de Manos a la obra. Sin olvidar a las deliciosas escobas bailarinas de Fantasía, por supuesto.

En nuestro teatro, también existen las empleadas de limpieza y los encargados de mantenimiento. Y remarco el artículo femenino y masculino porque solo una excepción he visto en estos más de veinte años de toga y tacones. Y también remarco el hecho de que existan porque a veces parecen más transparentes que El hombre invisible. Sin darnos cuenta, a veces pasamos por el lado de las limpiadoras sin siquiera verlas, como si la bata de limpieza, y el carrito con el cubo y la fregona obraran el prodigio de hacerlas invisibles. Y son tan importantes como el que más.

Por lo que atañe a las empleadas de limpieza confieso que me gusta cruzarme con una de ellas en especial, que siempre tiene una sonrisa y un comentario amable. Sea la hora que sea y lleve el tiempo que lleve fregando los suelos que otros pisamos. Pero hay otras cosas que he aprendido a apreciar, como el tuneo de carritos. Alguna de las que frecuentan la Ciudad de la Justicia tiene más pongos que mi propia mesa de ordenador. Y más cuquis, aunque me cueste reconocerlo. Y, aunque es cierto que muchas veces no coincidimos en nuestro horario laboral, cuesta muy poco intercambiar una palabra amable y una sonrisa. Un ejercicio altamente recomendable, con ellas y con cualquiera. Que hay cada sieso por ahí que no mueve las comisuras de la boca ni con pinzas. Ellos se lo pierden.

En cuanto a los empleados de mantenimiento, esos que igual ponen un cuadro que un arreglan un enchufe, resultan más visibles. Particularmente porque los llamamos cuando los necesitamos con urgencia. Aunque a veces también paguen el mal humor por una tardanza que no es a ellos achacable, sino a la escasez de medios. La eterna canción. Todavía recuerdo la cara que le pusimos a uno que venía a ofrecernos el cuadro del nuevo rey, recién abdicado el anterior. Es cierto que él no tenía culpa alguna, pero que trajeran de inmediato el retrato cuando había una par de ventanas que llevaban un año sujetas con cinta aislante, desató el mal humor de más de uno y de una. Justificado, pero equivocado de destinatario. Y el pobre puso los pies en polvorosa lo más rápido que pudo. Por si las moscas.

Pero si hay una anécdota de estos personajes de nuestro teatro que recuerdo especialmente, es una que tuvo lugar en un partido judicial de mi primer destino. Días antes, había tenido lugar una visita del entonces Director General de Justicia, recién nombrado, en la que ofreció a los jueces y juezas del partido todo tipo de colaboración, proporcionándoles su número personal para que le telefonearan ante cualquier necesidad. Craso error. No había pasado ni una semana cuando las lluvias furiosas con que nos obsequia la climatología de mi Comunidad causaron tremendas inundaciones en la sede judicial, con el consiguiente peligro de pérdida de expedientes por naufragio, así que una juez, ni corta ni perezosa, telefoneó al número que les había dado el Director General, que prometió enviar un “equipo de salvamento”. Apenas media hora hacía que esperábamos, en medio de nuestra particular Aventura del Poseidón toguitaconada,  cuando apareció el equipo prometido. Y resultó no ser otra cosa que la misma empleada de limpieza que venía todos los días, eso sí, con un turbante recogiéndose el pelo, los pantalones remangados, un cubo algo más grande que el habitual y un par de toallas. Cuando nos dijo que ella era el “equipo de salvamento” que mandaba la Consejería, no supimos si reir o llorar. Aunque tampoco tuvimos demasiado tiempo para decidirlo, afanados entre achicar agua y colocar los expedientes en los estantes más altos para que se salvaran de la inundación.

Y es que, si algo permanece in illo tempore en nuestra Justicia no son leyes ni Códigos, sino la carencia de medios.

Así que hoy el aplauso va dedicado a quienes, sin tener un minuto de protagonismo en el escenario, se dedican entre bambalinas a que esté siempre todo lo limpio y arreglado que los medios permiten. Con sonrisa incluida.

 

Parentesco: lazos de sangre


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El parentesco y la familia son una de las constantes de toda sociedad que se precie. Y de todos los submundos incluidos en ella, entre ellos, por supuesto, el del espectáculo. Tanto en la vida de ficción como en la real, las sagas familiares son habituales, y los apellidos se repiten en las carteleras. Pensemos en El Padrino, o en todas las series de sagas familiares que poblaron nuestras teles en una época, como Dinastía, Dallas, Los Colby, Falcon Crest o los más lejanos Bonanza. Y en el parentesco por matrimonio, que ha dado lugar a verdaderos dramas como Durmiendo con su enemigo o La Guerra de los Rose, rupturas convertidas en tragedias. O ese filón que trae consigo la violencia de género, como la escalofriante Te doy mis ojos.

Padres e hijos, maridos y mujeres, hermanos y hermanas. Y también en la vida personal. Sagas de actores como la del ya centenario Kirk Douglas y sus herederos, Martin Sheen y los suyos, hermanos –enemistados algunos- como Shirley McLaine y Warren Beatty o Joan Fontaine y Olivia de Havilland. O, si se prefiere algo mucho más cañí, nuestros Chunguitos, Azúcar Moreno y demás parentela. Y parejas, muchas parejas de actores, con hijos e hijas actores y hasta nietos actores. Que siga el espectáculo.

Y, como siempre, nuestro mundo no se sustrae a la influencia del parentesco. De hecho y de derecho. Real o jurídico.

La familia y el parentesco son tan importantes que dan lugar a una parte propia del Derecho Civil, con sus propios juzgados y todo. Y no solo eso. El parentesco, con su cómputo de grados, es otra parte importante, sobre todo a la hora de aplicar el derecho de sucesiones, con esas herencias que no dan tanto en juego como en las sagas televisivas, pero entre las que de vez en cuando, se podrían entresacar auténticos culebrones. No hace mucho me enseñaba un juez una reliquia que tuvo que rescatar de los archivos y desempolvar. Un testamento de más de un siglo de antigüedad, en el que se reconocía un hijo. Y, la verdad, aparte de la caligrafía de monje amanuense y las copias artesanales, tampoco la redacción y, sobre todo, la confección del expediente, se iba demasiado de algunas cosas que vemos hoy en día. Para hacérselo mirar.

Pero como no solo de derecho civil vive el jurista, también el derecho penal le da un gran protagonismo al parentesco. Desde la circunstancia mixta que lleva ese nombre, y que puede atenuar o agravar la pena –aunque confieso que nunca vi atenuarla- hasta la excusa absolutoria de determinados parientes en delitos patrimoniales. Y, aunque hoy ya no sé usen, términos como parricidio o uxoricidio conferían cierto caché a delitos tan terribles como el asesinato de un pariente directo o del cónyuge. Sin olvidar ese vestigio de otros tiempos que es la dispensa a declarar de determinados parientes, que tantas retiradas de denuncia supone en materia de violencia de género, con fatales resultados en más de un caso.

Y, como no nos privamos de nada, también la vida real de quienes vestimos toga viene determinada en muchos casos por el parentesco. Recuerdo que, cuando daba mis primeros pasos toguitaconados, un compañero me pidió que diera mis datos para una estadística de matrimonios mixtos que estaba elaborando el Consejo General del Poder Judicial. Pasmada me quedé, pensando qué sería aquello hasta que comprobé que eran los matrimonio de juez y fiscal, bastante frecuentes por estos lares –por experiencia lo digo-, al igual que de jueces o fiscales entre ellos, o con LAjs. La explicación es fácil, pese a que muchos piensen que somos endogámicos. Y es que, tras varios años encerrados de cara a los Códigos sin ver más que al preparador o los y las compañeros de fatigas opositoras, es más fácil acabar con alguien de este mundillo que de otros. Que los encuentros casuales y románticos en gasolineras o supermercados son muy peliculeros pero poco reales. Nosotros difícilmente vivimos eso de Un día Inolvidable. Los días de opositor eran más bien olvidables, aunque la mayoría no los hayamos olvidado.

Otro tanto ocurre entre abogados y abogadas, y entre todos los seres que poblamos Toguilandia. La facultad y el trabajo es lo que tienen.

Pero, cuidado. No se debe mezclar el trabajo y lo que no lo es, que más de uno ha acabado en agrias disputas con su pareja por su distinta posición en un asunto o por defender a los de su gremio. Más vale separar ocio y negocio, y quitarse la toga del cuerpo y de la mente antes de cruzar el umbral de casa.

Y, por supuesto, también están las sagas familiares. Y los retoños siguen la tradición familiar y se suceden apellidos entre togas y puñetas. Nada raro, que ya dice el refrán que de lo que se come se cría. Debe ser por eso que todavía hay quien me pregunta con extrañeza por qué mis hijas no se quieren dedicar al derecho, como si tuvieran el camino marcado por sus puñeteros papás. Pero en mi caso no habrá saga. Y no pasa nada.

Y, por si alguien se lo pregunta, sí. También hay sagas familiares al otro lado del banquillo, entre los que suelen acceder a los juzgados con las manos esposadas. Ojala esas sagas sí que se rompieran para siempre

Así que hoy el aplauso es para todos aquellos que viven su apellido con normalidad, a uno y otro lado de la toga. Porque, a veces, es más difícil de lo que se piensa.

Efectos especiales: reinventando


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Los efectos especiales siempre han sido parte esencial de cualquier obra. Cada día más avanzados, en algunos casos son tan espectaculares que llegan a comerse al guión de la película, sobre todo cuando de ciencia ficción o grandes catástrofes se trata. Desde los ya lejanos Aeropuerto 77 y sucesivos hasta toda la saga de Star Trek o La Guerra de las Galaxias, nada serían si fallasen esos efectos especiales. Hoy, los ordenadores han suplido -o complementado- al ingenio necesario, pero en su momento tenía su gracia usar dos cocos para emular el cabalgar de un caballo, o fingir el ruido de la lluvia con cualquier otro artificio, como nos contaban en películas como Cantando bajo la lluvia o Días de radio.

También nuestro teatro tiene sus peculiares efectos especiales, o, al menos el ingenio necesario para hacer que las cosas funcionen o fingir que todo va bien. Faltaría saber si nos encontramos más cerca de los tiempos del cine mudo, donde un pianista en la propia sala de proyecciones iba dando las notas necesarias en cada momento para crear el ambiente propicio, o si, por el contrario, estamos en pleno siglo XXI, donde los más avanzados ingenios tecnológicos nos transportan a cualquier ambiente real o imaginario con todo realismo en un nanosegundo.

La respuesta me temo que es obvia. Lo nuestro es más tipo McGyver, que con chicle, una horquilla y una goma del pelo arreglaba una nave espacial capaz de viajar a Saturno. Y, a veces, hasta tenemos problemas para encontrar el chicle, la horquilla y la goma de pelo.

Seguro que más de uno y de una vive esa situación entre el cine musical y el de terror que consiste en que la impresora se quede sin tóner. Además de la llamada consabida y la santa paciencia para esperarla, urgen soluciones inmediatas, entre las cuales la más popular consiste en extraer el tóner y agitarlo como si de una marca se tratara y fuéramos Antonio Machín cantando Dos Gardenias. Y listo. Al menos, un par de días de impresiones aceptables y otros cuantos necesitados de muy buena vista o gafas de aumento porque la tinta va desdibujándose y nos quedan los escritos como los pergaminos de El Nombre de la rosa.

Otro de los adminículos absolutamente necesarios en todo juzgado que se precie es el papel de celo o la cinta aislante. Con ella se puede desde arreglar un cable que no hace buen contacto -como el de la foto, obra de un compañero caritativo que acudió en mi auxilio- hasta atrancar una puerta para impedir que pase todo el mundo o lograr que no se cierre cuando se entra con el carrito de expedientes.

Y por supuesto, los carritos, todo un clásico. Desde el ya tradicional del súper al que ya dedicamos un estreno hasta todas las variedades imaginables de pseudo carritos, como una camarera de las de llevar la comida, o la silla-carrito, un sillón de despacho que se utiliza para transportar losexpedientes de uno a otro lado. Cosas del papel 0, ya se sabe.

Pero donde más he visto derrochar imaginación y auténtico bicolaje judicial es la confección de estanterias. A falta de las de verdad, desbordadas por la cantidad de causas acumuladas, hay quien se las ha ingeniado para, a base de carpetas de cartón y mucha cinta aislante, confeccionar verdaderas obras de ingeniería donde depositar y archivar los expedientes, algunos primorosamente ordenados. Pasen y vean.

Y hay más. Paraguas puestos del revés en el techo para impedir que las entradas y salidas de aire acaben llevando a alguien al hospital es otro de los escenarios habituales de nuestro día a día.

Y que nadie se crea que no tenemos recursos. No hace mucho, la repentina inundación del despacho del fiscal de guardia donde yo estaba fue rápidamente solucionada con un dique formado por cajas vacías y copias inservibles para contener el agua. Y válgame que hubo un par de funcionarios atentos y dispuestos, porque si no me hubiera visto obligada a tender las causas como hacía mi madre cuando metíamos por error un billete en la lavadora o se mojaban los deberes del cole.

Y luego están los clásicos: el posit y el típex, verdaderas joyas de las todavía, en plena era digital -según afirmar algunos- tenemos que echar mano para remediar entuertos.

Pero así seguimos. Con unos verdaderos efectos especiales, que no consisten en otra cosa que en dar apariencia  a las cosas de algo distinto de lo que son. Y eso hacemos, fingir modernidad con unos medios que distan mucho de serlo.

Así que hoy el aplauso es para quienes suplen con ingenio y ganas la falta de medios.  Ojala llegue el día en que puedan dar descanso a su incansable mente.

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Cuñadismo on Line: la saga continúa


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No hace mucho dedicábamos un estreno al cuñadismo, ése que todo lo sabe. La famosa maestra Piñones, que de nada sabe y da lecciones. Y hete tú aquí que entre los comentarios encontré un denominador común, algo así como El hombre Invisible. El cuñadismo on line, que sale directamente del teclado pasa asentarse en la obstinación de quienes pretenden sentar cátedra sobre algo por la sola razón de haberlo leído en Internet. Rápido, fácil e indoloro. O no. Atrás quedaron los tiempos en que las enciclopedias las hacían sesudos señores, como los que acompañaban a Gary Cooper en Bola de fuego o a Danny Kaye en su remake, Nace una canción. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, como decían en La Verbena de la Paloma, y ya han quedado desfasados los alardes tecnológicos de una agobiada Sandra Bullock atrapada en La Red, o los festivos correos electrónicos de Tienes un email o El diario de Bridget Jones. Así que, se hable de lo que se hable, siempre hay algún enteradillo que cree saber más.
Como no podía ser de otro modo, en nuestro teatro reina ese tipo de cuñadismo. Tanto es así que, junto al cuñadismo  de primer grado y de segundo grado del que hablamos en su día, hay otro de tercer grado, como el parentesco, el cuñadismo on line. Ese que bebe directamente de las fuentes de Internet sin pararse siquiera a contrastar de dónde sale esa información. Y que, para colmo, la reinterpreta a su modo, arrimando generalmente el ascua a su sardina. Faltaría más.
La mayor parte de víctimas de esta especie, cuando de nuestro teatro hablamos, se encentran en los abogados y abogadas, que se ven obligados a sufrir en silencio –si no estallan, claro- toda clase de consejos, admoniciones y recetas varias para hacer su trabajo de parte de clientes que creen saber más que nadie. Y, aunque esto no sea un comercio y no sea aplicable al cien por cien lo de “el cliente siempre tiene razón”, no se les puede mandar al sitio donde les gustaría en ocasiones. Y hay que tragar árnica. Me contaba una abogada amiga el otro día que uno de sus clientes, no contento con decirle lo que debía hacer, llegó a sugerirle que él haría el escrito y ella no tendría más que firmarlo. Un chollo, vaya. Ni que decir tiene lo que ella le contestó acerca de su sugerencia.
Y es que los hay que saben de todo. Desde leyes extranjeras que, por alguna razón, ha tenido a bien ponerle ante sus narices San Google, y que deciden que son aplicables sin pararse a pensar en esos pequeños detalles de competencia y ámbito de aplicación de las leyes que nos enseñaron en ese extraño lugar llamado Facultad de Derecho. ¿Para qué  molestarse? Y hasta se ofenden si se explica que eso aquí no cabe. Y ojo, que es curioso. Todo el mundo entiende que aquí al ladrón no se le corta la mano porque ese no es –por suerte- nuestro entorno jurídico, pero se les nubla la vista cuando quieren que se aplique una resolución de Wisconsin que obliga a indemnizar en una cantidad millonaria porque el airbag del coche no funcionaba o porque las películas de cowboys nos ensañaban a fumar el más puro sabor americano. En alguna ocasión recuerdo haber oído que querían pedir que su asunto fuera visto por un jurado porque así lo elegían en las películas, o que se pactara con el fiscal general del estado para cambiar la acusación por la de homicidio en tercer grado por la misma razón. Y tan frescos.
Incluso hay quien se atreve a traer un modelo de contrato sacado de un formulario de vaya usted a saber dónde y que se rellene a su gusto. Ni más ni menos que les hacen a los médicos, eternos sufridores de esta plaga de cuñados on line, a los que les dicen qué medicamentos les han de recetar.
Pero si alguien cree que en el mundo de las puñetas andamos escasos de cuñadismo on line, se equivoca de medio a medio. Porque, si bien es cierto que cara a cara es más complicado, hay otros medios. Uno especialmente frecuente son las “cartas al novio” que nos llegan de prisión de los propios internos. En ellas no solo nos cuentan su vida, o una versión reinterpretada de la misma, sino que nos dan cumplida noticia de toda la jurisprudencia habida y por haber en materia de refundiciones de condena y cómputo de días a efectos de liquidación. Y que, como no escapará al avezado lector, siempre les favorece. Con lo que cuesta refundir condenas y a ellos les salen las cuentas como churros.
Siempre me acordaré de un escrito de un interno que solicitaba un habeas corpus porque se habían vulnerado sus derechos ya que el médico forense le había visitado con gafas de sol puestas. Acompañaba a su escrito, primorosamente manuscrito, una referencia a resoluciones totalmente desconocidas que jamás encontré, pero que merecían ser guardadas por lo pintorescas. Y a otro que, día sí y día también, freía a escritos a juez, fiscal, laj y quien se pusiera por delante para explicar que no podía cumplir su condena de muchos años de prisión por homicidio porque tenía todos los síntomas de la claustrofobia que había leído en Internet y no podía estar encerrado. Tal cual lo cuento.
Así que antes esas cosas una se plantea el tiempo que ha perdido para conseguir, encaramada en los tacones, vestir la toga. Con lo fácil que resulta echar mano de teclado y wi-fi. Pero es lo que tiene. Que afortunadamente, los títulos no se expiden con la facilidad que se buscan supuestas soluciones.
Por eso el aplauso va hoy para la santa paciencia de la que hay que echar mano para atender a esos cuñados sin perder las formas. Que, a veces, tiene casi el mismo mérito que estudiar la carrera.

De estreno: Mar de lija


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El momento del estreno es, sin duda alguna, el punto culminante de la vida de un artista. La criatura va tomando forma, desarrollándose en la mente, reclamando espacio y al final, quiere salir y que todo el mundo la vea. Ya no se conforma con habitar las fantasías de quien la crea, la concibe o fabula con ella. Y, si ese día llega, no hay alfombra roja suficientemente brillante para expresar todo lo que supone. Los estrenos son parte esencial del mundo del espectáculo, pero cada uno tiene la magia de ese instante que quedará en la memoria para siempre. Esperanza y gloria.

En nuestro teatro, los estrenos se suceden día a día en cada juicio, en cada guardia, en cada declaración. Ese es nuestro mundo. Pero a veces, una pasarela imaginaria se tiende entre uno y otro y ese universo de togas y puñetas se traslada hasta la alfombra roja para pisar con los tacones en él. Y empieza la magia.

Esta humilde toguitaconada acaba de tener esa inolvidable experiencia. Por eso, me tomo la licencia de despojarme de la toga y calzarme unos tacones más altos que nunca para compartir ese momento mágico. Y a hacer umbralismo en su más genuina manifestación: hoy vengo a hablar de mi libro.

El 1 de diciembre de 2016 quedará en mi memoria grabado para siempre en letras doradas. Mucho más que cualquier cabecera de cartel de la película más laureada. Ese día, en el valenciano y tradicional Casino de Agricultura de Valencia, hice realidad un sueño que llevaba acariciando desde que tengo conciencia. La presentación de mi primer libro. De ficción y en solitario, rodeada y arropada de un montón de personas que me hicieron el mejor regalo imaginable: compartir conmigo ese instante.

Mi criatura tiene por título “Mar de Lija”. Un título que dice mucho y que se gestó ya hace tiempo, y en el que tiene mucho que ver mi querida Rosario Raro, que depositó una semilla fuerte y empeñada en germinar en aquellos talleres del añorado primer local de Bibliocafé, con José Luis y Fernanda siempre pendientes de todo. Mil gracias a los tres por ese primer empujón, y por seguir ahí.

El resto, vino solo. Todas las mujeres que reman por las páginas de Mar de Lija, luchando contra las adversidades, hicieron el resto. Ellas querían salir a la luz, y tuve la suerte de que se subieran al teclado de mi ordenador y me dictaran lo que querían contar. Ellas ya traían la barca y los remos para navegar en ese mar que pintó mi buena amiga Eva Molla, derrochando su talento en una portada que no podía expresar mejor sus historias.

Así que me tomaré otra licencia. Al consabido umbralismo añadiré una dosis de Almodovarismo y, como si hubiera oído aquel Peeedro que Penélope Cruz grabó en nuestro disco duro para siempre, me permitiré esa licencia: la de las dedicatorias y agradecimientos. A Mauro Guillén, editor y amigo, que se convirtió desde el minuto 0 en depositario de mis locuras, al equipo de Telos con Angeles Pavía como cabeza visible que limaron las aristas del texto para que saliera redondo. Y, por supuesto, a Miguel Lorente, que hizo un prólogo que me sigue poniendo los pelos como escarpias.

No me arriesgaré a que estas líneas se conviertan en otro libro agradeciendo a todas las personas que estuvisteis allí, algunas de ellas después de recorrer muchos kilómetros para estar conmigo. Pero levantar la cabeza y ver una sala repleta, con caras que han formado parte de mi vida es una sensación difícil de explicar. Hay que vivirla. Gracias por ese regalo. Y también gracias a quienes sin estar físicamente sentasteis vuestro corazón en las butacas. Os aseguro que notaba vuestra presencia.

Y gracias también a la Vicepresidenta del Consell, Mónica Oltra, por acceder a amadrinar a la criatura, y hacer una presentación preciosa.

En cuanto a las dedicatorias, a mi familia y en particular a mi madre, de la que ya he hablado en este espacio y que es una de esas mujeres que ha remado como nadie en ese Mar de lija. Su espíritu gravita en muchas de sus páginas. Y tenerla allí sentada aplaudiendo fue todo un lujo.

Y, por supuesto, a todas las mujeres cuyas vivencias han dado forma al libro. Con un recuerdo  muy especial para aquellas que nunca podrán leerlo porque pasaron a formar parte de esa cifra de la vergüenza que nos sigue azotando. Aquellas cuyos remos se partieron mientras seguían luchando contra ese mar adverso.

Mar de Lija es un sueño hecho realidad. Un sueño del que formáis parte muchas personas. Incluidas aquellas que, aun sin conocerme personalmente, quisisteis estar ahí. Para vosotros y vosotras es el aplauso de hoy. Un aplauso empañado por lágrimas de emoción y por el escozor de la sal de ese Mar de Lija.

Gracias.

 

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Adjunto el enlace de Mar de Lija en Amazon, por si alguien quiere sumergirse en el desde Internet

Tranquilidad: Misión Cumplida


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El mundo de la farándula nunca ha sido un remanso de paz. Más bien lo contrario. Un ritmo frenético, la incertidumbre de lo que pasará mañana y de si se ascenderá del anonimato al éxito o por el contrario se caerá del cielo del reconocimiento al abismo de ser ignorado en un nanosegundo. Todos recordamos historias de actores o cantantes que los fueron todo y tuvieron finales bien tristes. Hace apenas unos días mi buena amiga @MJLetrada nos despertaba desde las redes la conciencia ante el caso de un conocido actor que andaba leyendo poemas en el metro. Y es que por vertiginoso que sea el día, hay que dormir tranquilo. Y el mejor somnífero es una conciencia que le haga juego. Ya sabemos: si Pepito Grillo duerme a pierna suelta, Pinocho podrá relajarse también.

Nuestro teatro es especialmente proclive a instalar en nuestro subconsciente Historias para No dormir, como el título de aquella aplaudida serie. Situaciones, circunstancias o decisiones que, lo queramos o no, se colocan entre nuestras cabezas y la almohada, en ese momento del día en que una se ha despojado de toga y tacones. Y se empeñan en acompañarnos en nuestro paseo diario por el mundo de Morfeo, amenazando con que lo que pretendíamos que fuera El Sueño Eterno de esa noche se convierta en Pesadilla en Toga Street.

Y, como decía, el único somnífero ante ese agente patógeno es una conciencia tranquila. La del trabajo bien hecho, aun cuando los resultados no hayan sido los pretendidos. La de haber hecho todo lo que se podía y más. En calidad y cantidad. En la forma y en el fondo.

En cuanto a la cantidad, cualquiera lo sufrimos a diario. Estando como están las cosas en Toguilandia, con acumulaciones de trabajo y juzgados colapsados a diestro y siniestro y con esa curiosa ley de Murphy  que hace que todo se junte en el momento más inadecuado, seguro que a cualquiera le es familiar esa sensación de acostarse pensando en la cantidad de trabajo que queda pendiente. Y entonces es cuando los expedientes vienen a visitarte, con sus carpetas multicolores, sus pósits pegados, sus etiquetas que alertan de urgencias varias y sus grapas en equilibrio inestable amenazando con desmoronarse en cualquier instante. Papel 0  en estado puro, vaya, bailando como locos en La noche de las causas vivientes. Unos Zombies muy particulares que, en ocasiones, dan más miedo que los originales. Sobre todo porque no se terminan con el despertador y el desayuno sino que ahí siguen en las mesas, desafiándonos para que les hinquemos el diente so pena de acompañarnos otra noche más. Y es que una se programa pensando que el día tiene más de 24 horas y el chasco es morrocotudo. No le da la vida.

Pero como hay que ser moderna y digitalizarse, también las pesadillas están dispuestas a pasar por la pátina informática. Y sé de alguna que ve interrumpidos sus Dulces Sueños por recuerdos de notificaciones de Lexnet y e dichoso circulito girando, capaz de hipnotizarnos anres de que se descargue el documento. Si es que llega a hacerlo, claro está

Pero la verdadera tranquilidad viene del trabajo bien hecho en calidad jurídica y sobre todo humana. Esa víctima que te da las gracias después de un juicio, o la que después de varios años sigue acordándose de la letrada que le ayudó a sacar la cabeza del agua, flotar y finalmente, llegar a tierra firme. La felicitación de un colega –en el más amplio sentido togitaconado-, o la confirmación en forma de sentencia. Y eso vale también para los jueces, que pueden ver santificada su decisión original por el órgano superior y hasta por el Tribunal Supremo cuando toca.

Pero, a veces, son unas pocas palabras las que te reconcilian con el mundo y te permiten dormir a pierna suelta más que una tonelada de barbitúricos. El otro día recibí dos de esos mensajes que te hacen saltar las lágrimas. Uno de ellos, de alguien que fue víctima de violencia de género y todavía pelea con los flecos de su historia, que se siguen enganchando en su vida. Simplemente me decía que, tal como un día me prometió, por fin se había decidido a contar su experiencia en público para ayudar a otras mujeres en su situación, y adjuntaba en enlace a la noticia que confirmaba su valentía. Mil gracias por compartirlo.

La otra era de alguien que, después de mucho tiempo, se había decidido a denunciar las humillaciones que venía padeciendo.. Me recordó otra ocasión en que una víctima a quien no conozco se dirigió a mí a través de las redes sociales para que le hiciera llegar a una compañera de otra ciudad que algo que había hecho le había salvado la vida. Tal como suena. Ni que decir tiene que se lo hice llegar a toda prisa a mi compañera y que ambas lloramos de emoción. Porque, por si alguien lo duda, las togas también lloran.

Así que hoy, en lugar de aplauso, enviaré desde aquí un deseo. Que nunca se acaben esos somníferos de buen trabajo que nos regalan noches de sueño reparador. Que buena falta hace.

Y, por supuesto, sin olvidar un aplauso extra para @JulioAntonio48, autor de la preciosa fotografía que ilustra este estreno

 

 

 

 

Cuñadismo: para qué estudiar


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Uno de los clásicos no escritos de la vida es lo que muchos llaman cuñadismo, algo así como todólogos de andar por casa. ¿Quién no tiene un cuñado o cuñada –o en su defecto, suegra, vecina y similares- que lo sabe todo, todo y todo, como el papá de la niña del anuncio? De cuñados anda el cine lleno, y por partida no doble sino múltiple. Si no, que se lo digan a los de Siete novias para siete hermanos, Doce en casa o La gran familia y sus secuelas. O a aquel Con ocho basta de mi infancia. Que siempre complicaban las cosas cuando un ser ajeno turbaba la paz familiar al tratar de formar parte de la secta familiar por la vía de la unión de hecho o de derecho. Hasta el paroxismo del suegrismo de El Padre de la novia. Y ojo, a buen seguro que las inseparables Vaya par de gemelas de una duplicada Lina Morgan o los imposibles Los Gemelos golpean dos veces no se hubieran llevado tan bien con la aparición de un tercero. Sin duda.

Nuestro teatro vive el cuñadismo de forma muy particular, y especialmente intensa. Y, por supuesto, sin necesidad de que el extraneus –hasta término jurídico tenemos, oiga- tenga una verdadera relación por consanguinidad o afinidad. En nuestro caso cabe la interpretación extensa –aunque hablen de Derecho Penal- e incluye a todo aquél que sabe lo que no está en los escritos. Entre otras cosas, porque en los escritos no suele estar los que dicen, por más que una busque.

Y, como todo buen parentesco con tintes jurídicos, también podemos distinguir grados, como nos enseñaban en Derecho de Sucesiones. Y así, tendríamos el cuñadismo de primer grado, que el boca oreja de toda la vida, y el de segundo grado, que es el que parte de tertulianos, opinadores profesionales y hasta supuestos influencers del más variado pelaje. La vieja del visillo en sus más variadas manifestaciones, con el permiso de José Mota. Que visillear es deporte nacional.

De cuñadismo de primer grado tenemos ejemplos todos los días. ¿Qué abogado no se ha encontrado a algún cliente que pretende saber más que él y le discute todas sus decisiones porque conoce a alguien que le ha contado que la prima de una compañera del vecino del quinto ganó un pleito haciendo las cosas de otra manera? Nunca olvidaré la cara de una letrada que, tras dedicar una hora a tratar de explicar a su defendido por dónde iban los tiros, tuvo que aguantar que aquél dijera delante de juez, fiscal y LAJ que quería «un abogado de verdad», no a ésa que le habían traído que no servía para nada. También recuerdo a una amiga letrada a quien su cliente puso verde a la salida afirmando que hasta el juez la había llamado impertinente. Y no hubo modo de convencerle que lo impertinente era una de las preguntas que hizo. Pero claro, su cuñada le había explicado muy bien qué tenía que decir la abogada y no le había hecho ningún caso, y así le lució el pelo. Literal.

En otro caso recuerdo con tristeza que lo que el cliente en cuestión rechazaba era la condición de mujer de la letrada, porque aquello era violencia de género y las mujeres solo dábamos la razón a las mujeres por serlo, que ya le contó un hermano de su cuñado lo que hacíamos allí. Seguro que nos pintó con sombrero de bruja y removiendo los códigos en el caldero de pez mientras hacíamos conjuros sólo para fastidiarles.

Pero que nadie piense que estas cosas solo les pasan a colegas del otro lado del banquillo. A quienes vestimos toga con puñetas también nos vienen con ésas. No es inusual que aparezcan denunciantes presumiendo de ir cargados de razón alegando leyes inexistentes, o interpretaciones de casos teóricamente iguales y que se parecen uno a otro como un huevo a una castaña. A mí me han llegado a decir que “usted es mi fiscal y tiene que hacer lo que yo diga”. Por supuesto, les he invitado amablemente a ponerse mi toga –nunca mis tacones- y a informar en juicio mientras yo me limaba las uñas o me dedicaba a la cría del calamar salvaje. Pero ni así.

Y es que muchos de estos conocimientos les vienen del cuñadismo de segundo grado. De todos esos catedráticos que andan sueltos que estudiaron en la universidad de Sálvame, en la Ana Rosa´s School o en la Twitter University College, de conocida fama mundial. Y que tan pronto saben como hacer la partición de la herencia de un famoso como te amenazan con ponerte un alejamiento –así, ellos solitos, sin juez ni nada- o con la famosa querella criminal, como si existieran las querellas civiles. Y que les encanta eso de acogerse a la Quinta Enmienda o denunciar por delito de perjurio, ambas cosas tan lejanas a nuestro derecho como Leganés del famoso monstruo.

Así que a armarse de paciencia, que no queda otra. Con un aplauso muy fuerte para quienes sobreviven al cuñadismo sin reaccionar contra el cuñado como le pide el cuerpo. Que a veces es bien difícil.