Diversión: que no nos falte


              La Diversión no tiene buena fama. Parece que divertirse es lo contrario a estar haciendo algo productivo, como había los protagonistas de todas esas pelis americanas de universitarios gamberros y de evidente mal gusto, como las sagas de Porkys o Los Albóndigas. De hecho, y sobre toda la hora de dar premios, se valoran mucho menos las comedias, producidas para la diversión, que los dramas, cuanto más densos y profundos mejor. Pero, al fin y al cabo, el propio cine fue creado para la diversión y el entretenimiento. Y eso nunca se pude perder de vista.

              En nuestro teatro, la diversión parece brillar por su ausencia. Y digo parece porque, entre temas tan serios y dolorosos, sería difícil imaginar alguna rendija por la que penetre el divertimento. Pero quienes habitamos Toguilandia sabemos que no es así, y, aunque eso no empece a que tomemos nuestro trabajo muy en serie, hay momentos en que la hilaridad aparece inevitablemente. Ya lo vimos en varios estrenos, salpicados de chascarrillos , anécdotas y sentido del humor

              Como decía al principio, la diversión no tiene buena fama. Y eso me parece no solo injusto sino equivocado. Quien no se divierte acaba estando amargado, y la amargura no es una buena tarjeta de presentación en nuestro escenario. Estoy segura de que nuestras funciones serán mejores si quienes interpretamos los principales papeles no conseguimos divertirnos en alguna ocasión dentro o fuera de las tablas. O en ambos espacios.

              En varios de nuestros estrenos hemos hablado de esas ocasiones en que es casi imposible aguantar la rosa, por las situaciones que se producen. Y seguro que vendrán más, pero hoy quería centrarme en la otra parte. En la diversión que debería suponer dedicarnos a un trabajo que nos gusta y que hemos elegido voluntariamente. Esto es, a divertirse trabajando, aunque pueda parecer una contradicción.

              No obstante, algún hado travieso de los que andan por las ondas debía tener mezclados los ámbitos porque en el inefable Lexnet consignó como tipo de procedimiento, “zambullida”, como mostraba una querida amiga en Twitter. Yo, como ella, me pregunto qué tipo de procedimiento será este y como puede acometerse con la toga puesta. Quizás sería el momento de reclamar un traje de baño toguitaconado.

              A veces, cuando el tedio y en cansancio me invaden -a mi también me pasa- me pregunto en qué momento dejé de divertirme con mi trabajo o, dicho de otra manera, de disfrutar de él. La verdad es que me suele durar poco, no más de una guardia muy pesada o de una sesión de juicios de esos que no hay por dónde cogerlos. Porque, para quien no lo haya vivido porque su papel en Toguilandia no se lo ha permitido, pocas cosas más pesadas que esas sesiones de diez y hasta veinte juicios, uno detrás de otro, cambiando constantemente de chip y sin tiempo ni de respirar.

              Pero hoy no quería quejarme, sino reflexionar un poco. Creo que es necesario que recordemos por qué elegimos este camino de entre todos los posibles, y con la ilusión que lo hicimos. Porque incluso quienes optamos por el Derecho “porque es la carrera con más salidas” acabamos amando una u otra parte de este mundo y disfrutando con ello. Esa es, al menos, mi experiencia. Por fortuna, todavía hay cosas de mi oficio que me pirran. Tal cual. Y entonces me acuerdo de mi padre, que decía que el Derecho Penal era para disfrutar y el resto para dar de comer a la familia.

              Yo, como mi padre, adoro el Derecho Penal. Y, ya lo he dicho alguna vez, en especial el Derecho penal de toda la vida, el de sangre, sexo y vísceras. Y, como he experimentado hace apenas un rato, calificar estos hechos, cuando además se complican con atenuantes, agravantes, grados de ejecución y de participación, y, el clásico, concurso de delitos o de normas, tiene su aquel. Dando vueltas al Código me he sorprendido a mí misma sonriendo, y es cuando me ha asaltado la idea de este post. Tenía que contarlo.

              Aunque si hay algo que me hace disfrutar especialmente en mi trabajo, es el momento del juicio oral. Mantener los sentidos alerta para luego resumir lo que ha pasado y concluir en el informe me sigue generando adrenalina. Y si, además, actúo ante el tribunal del jurado, donde hay que afilar la lengua para hablar en términos comprensibles para personas legas en Derecho, mejor que mejor.

              Otra de las cosas que hacen recordar que este trabajo puede hacernos felices es el momento en que llegan resoluciones favorables. En particular, cuando se trata de un recurso que has peleado una o varias veces. En una ocasión, he llegado a interponer tres recursos y repetir dos veces un juicio hasta que me dieron la razón, y aseguro que el subidón es mucho mayor que si hubieran atendido mis peticiones desde el primer momento. Y es que otro de los ingredientes de este trabajo es la tenacidad o, como diría una amiga, la testarudez o la cabezonería. No hay muro que no pueda romperse a cabezazos.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso es, por supuesto, para quienes saben divertirse dentro y fuera de estrados.  Seguro que hacen su trabajo mejor.

Vacaciones soñadas: vacaciones destoguitaconadas


              Ya sabemos que hay muchas películas de vacaciones, o películas ambientadas en las vacaciones, o ambas cosas a la vez. Y series de televisión, con la ya clásica Verano azul a la cabeza. Y es que esa parte de nuestras vidas es esencial para hacer un kit kat o recargar pilas. Y aunque no todas sean tan deliciosas como Vacaciones en Roma, se hace lo que se puede.

              En nuestro teatro, las vacaciones son un momento que esperamos todo el año. Sobre todo, porque, antes de empezar a disfrutarlas en la medida en que se pueda, hay un momento de síndrome del fin del mundo en que parece que hay que dejar todo finiquitado al precio que sea. Como si en el Juicio Final nos fueran a tratar mejor por tener las mesas vacías.

              Por eso, este año he realizado una pequeña encuesta en redes sociales acerca de cómo serían las vacaciones soñadas de un o una jurista. Dejaba abiertas todas las posibilidades, desde hacer un viaje espacial con los protagonistas de Star Trek o La Guerra de las galaxias hasta dar una vuelta al mundo a lomos de un unicornio, pero mi gozo en un pozo. Las respuestas tenían tanto que ver con nuestro trabajo que hasta me dieron un poco de pena. Así que ahí van.

              Y como el refrán dice que el burro delante para que no espante, empezaré por mí misma. Mis vacaciones soñadas siempre serían en un lugar con playa, lo más idílica posible. Y, una vez allí, me dedicaría a pasear, a disfrutar del agua y del sol y, por supuesto, a escribir, que una no puede desprenderse de este vicio. Aunque, si aprieto un poco las tuercas de mi imaginación, me gustaría hacer un viaje en el tiempo y permitirme volver a una edad donde las mejores compañías de ballet se pelearan por mí como hacen los equipos de fútbol cada verano con algún divo del balompié. Y bailaría, bailaría y bailaría, sin que me dolieran los pies ni me pudiera en cansancio, que ya que el sueño es mío lo gestiono como quiero. Eso sí, no quiero ni pensar cómo sería la vuelta…

              Pero la mayoría de mis compañeros y compañeras no llegan tan lejos. Una juez amiga se conforma con irse sin papel en la mesa y volver del mismo modo, sin nada en la mesa. Un verdadero imposible. También los fiscales soñamos con mesas vacías, a la ida y sobre todo a la vuelta, hasta el punto de que apunta un compañero que la verdadera prueba del nueve es que al regreso hayas olvidado todas las contraseñas y se te bloqueen las aplicaciones Una fiscal, también buena amiga, me dice que sus vacaciones soñadas serían con un Código Penal en la maleta. Entiendo que en el último rincón de la maleta y sin sacarlo nunca de paseo, desde luego. Hay quien se atreve a ir más lejos y pide unas vacaciones sin móvil.

              Otra compañera jueza suela con viajar tan lejos que no se acuerde del trabajo. Y en el mismo sentido, dice un fiscal que sus vacaciones soñadas serían en cualquier lugar del mundo con una naturaleza lujuriosa y silencio absoluto, sin ninguna conexión con circulares, instrucciones y comunicaciones varias de la Fiscalía General y, para rizar el rizo, sin cobertura de móvil. Pura ciencia ficción.

              Por su parte, desde la abogacía, sobre todo, sueñas con unas vacaciones sin notificaciones, con Lexnet absolutamente muerto y, para más inri, con los plazos congelados. Casi nada. Y sé que alguien sumaría a eso una maleta llena de libros y leer sin parar cosas que nada que tengan que ver con el Derecho o, mejor dicho, con la aplicación del Derecho por nuestra parte.

              No obstante, he de decir que mi aportación preferida es la de una fiscal de mi tierra que propone, en una línea folklórica no exenta de rebelión, hacer una falla con todo lo que encontremos a nuestra vuelta, y terminarla con una cremà como dios manda, que para eso son las fallas. Algo que me recuerda una leyenda urbana que corría por ahí respecto a los destinos en islas, la de la diligencia de fondeo de todos aquellos procesos que nos amagan la existencia.

              En definitiva, bastante poca imaginación he encontrado para las vacaciones en Toguilandia. Habría que preguntarse cómo estaremos para que solo soñemos con armarios y mesas vacías, pero es lo que hay. Así que daré el aplauso a todos esos soñadores y soladoras toguitaconadas que me han ayudado con sus aportaciones. Ojalá nuestros sueños se hagan realidad y no haya papel a nuestro regreso. O, al menos, haya el mínimo posible.

Venganza: ¿ojo por ojo?


         Todo el mundo hemos oído hablar alguna  vez del hambre y sed de venganza. Y, salvo que seamos ursulinas descalzas, seguro que también lo hemos sentido alguna vez, aunque luego no lo llevemos a la práctica. O sí. Que nunca se sabe. La Venganza da título a más de una película, y es el argumento de otras muchas, La jungla de cristal, Centauros del desierto, Carrie o Balada triste de trompeta son algunos ejemplos, aunque hay muchos más. Ojo por ojo, entre ellas

En nuestro teatro la venganza no tiene, en principio, trascendencia jurídica, aunque en más de un caso nos la pueden intentar colar disfrazándola de atenuantes como la legítima defensa, el estado de necesidad o el arrebato u obcecación. Pero es difícil que cuele, la verdad sea dicha.

Entre los casos más terribles de venganza, recuerdo el de una mujer que, después de años de ser maltratada por su marido, cuando el maltrato no solo no era delito sino que había que aguantarlo porque las cosas eran así, acabó matándolo. Nunca supe si era el miedo a ser nuevamente agredida o una auténtica venganza pero, aunque fue condenada, se le aplicó una atenuante de legítima defensa incompleta que le rebajó sustancialmente la pena.

Aunque para casos terribles de venganza, el que cuenta la periodista –y amiga- Gema Peñalosa, en su libro Fuego, que relata un caso real ocurrido en un pueblo de Alicante, donde una mujer acabó quemando vivo al violador de su hija menor de edad, después de que este, tras salir de la cárcel, se jactara o poco menos de lo que hizo. Lo más doloroso de este caso es que el suceso original, la violación de la niña menor de edad entonces, no generó ninguna empatía en sus convecinos, generándola, sin embargo, el violador, pese a haber sido condenado. Visto desde fuera, es difícil no ponerse en la piel de aquella madre destrozada y justificar de algún modo su acción, pero no podemos caer en eso. La ley del Talión –ojo por ojo, diente por diente- no puede aplicarse en un Derecho civilizado como el nuestro.

Otro caso de venganza mal entendida que me impresionó mucho en su día -aún se me eriza el vello de recordarlo- fue el de un vecino que, harto de que el inquilino del piso de arriba no bajaran el volumen de la música tal como les había pedido, subió a su casa y, ni corto ni perezoso, le cortó el cuello con una catana que tenía colocada a modo decorativo sobre el cabezal de su cama. Ni que decir tiene que fue condenado y requetecondenado, sin que su explicación acerca de las preferencias musicales de la víctima tuviera ninguna incidencia en la pena, como no podía ser de otro modo. No obstante, recuerdo otro detalle curioso de este caso. El culpable, tras su acción homicida, volvió a colgar la catana, tras haber limpiado la sangre, en el mismo sitio. Y cuando le preguntaron por qué limpió la sangre dijo “que le daba pena de la catana, con lo bonita que quedaba en la habitación”. Tal cual lo cuento.

Por su parte, hay un tipo de venganza que ya ha adquirido carta de naturaleza en nuestro derecho como delito, la llamada porno venganza, que consiste, esencialmente, en desvelar datos íntimos de la víctima para dañarle. Sus modalidades más frecuentes son el sexting, en el que el autor envía vídeos o imágenes íntimas que en su día obtuvo con el consentimiento de la víctima –normalmente, porque tuvieron una relación de pareja o similar- poniéndola en la picota. Otro tipo es el que cometen quienes, tras sentirse despechados por la personan que amaron, se dedican a colocar su nombre y su teléfono en páginas de contactos anunciando servicios sexuales, lo que hace, entre otras cosas, que ella sea continuamente molestada por eventuales “clientes” en busca de tales servicios

Pero no todos los casos de venganza son terribles, por fortuna. He conocido algunos que hasta son susceptibles de despertar hilaridad, por lo pintoresco de sus planteamientos. Siempre recordaré a una buena mujer que, tras pensárselo mucho después de un rosario de procedimientos, dijo muy seria que accedía a que la custodia de su hija la tuviera su marido. “Así sabrá lo que es aguantarla y tendrá que lavarle la ropa y recoger todo lo que deja tirado”. Bonita venganza la de la buena mujer, aunque al final no la consumó y acabó quedándose con la custodia del angelito.

Especialmente curiosa fue la venganza perpetrada por una novia despechada contra su novio infiel. Se dedicó a repartir octavillas –entonces no había redes sociales- donde, simplemente, decía que Fulanito la tenía pequeña. Y ya sabemos que para algunos machitos este es el peor insulto que se puede recibir.

Y luego están esas venganzas de las riñas vecinales que tantas horas de juicios de faltas nos dieron, como la de la mujer que, para vengarse de su vecina, tiraba lejía cuando acababa de tender, echándole a perder la colada. Todo un clásico. O la del vecino que ponía cartelitos en el tablón de anuncios del edificio con indirectas del tipo “alguien deja los excrementos de su perro en el ascensor” o, la mejor “alguna vecina hace topless en su terraza”. Ahí lo dejo.

Y es que vengarse pude ser humano pero, a veces, es un delito. Por eso, hoy quiero dar el aplauso no a quienes se vengan sino a quienes tienen que juzgarlas. Porque en algunos casos como los que he contado, es francamente difícil.

Orgullo LGTBI : El traje de Comunión


Hoy en nuestro teatro conmemoramos, con el mundo, el día del orgullo. Y no se me ocurría hacerlo de mejor manera que con un pequeño homenaje en forma de relato, inspirado además, en una fotografía que una buena amiga colgó en redes y que me llevaba dando vueltas en la cabeza desde entonces. Por eso se la tomo prestada

El traje de comunión

            Cuando ayer recibí la llamada, de repente, lo comprendí todo.

            Creía que había olvidado aquella imagen, arrumbada en un rincón de mi memoria para siempre, pero, de pronto, volvió a mostrarse a mis ojos tan nítida como aquel día de hace casi veinticinco años. Pero ahora sí tenía sentido.

            Aún no sé muy bien por qué callé, pero ojalá no lo hubiera hecho. Creía que iba a evitar un disgusto, y, sin embargo, lo que hice fue no evitar una tragedia. Una tragedia de la que hoy, muy probablemente, hayamos vivido la escena final.

            Estaba dando uno de mis largos paseos por el monte cuando lo vi allí, desafiándome. Era un traje de comunión, de esos de marinerito de toda la vida. Hubiera sido blanco si las circunstancias no le hubieran añadido un poco de mugre y le hubieran robado el apresto, pero todavía conservaba su apresto. Colgaba, con su percha y todo, de una de las rejas que jalonan el camino al cementerio, y hasta tenía la funda de plástico con la que se suelen proteger las prendas más preciadas.

            El traje no era diferente a otros muchos, así que en un primer momento no lo reconocí. Pero cuando, un par de días más tarde, mi hermana me alertó de que el traje de comunión de mi sobrino había desparecido del armario donde lo guardaba, até cabos. Tampoco se necesitaba ser Sherlock Holmes, ciertamente, para relacionar mi hallazgo con lo que me contaba mi hermana, pero callé. Pensé que el niño habría hecho alguna gamberrada y quise protegerle. Tampoco a él le dije nada, y me olvidé del asunto hasta ayer mismo.

            Fue cuando mi hermana me llamó hecha un mar de lágrimas y de nervios. La vida de mi sobrino pendía de un hilo muy fino. Había ingerido tantas pastillas que, a pesar del lavado de estómago, era muy difícil que sobreviviera.

            No quise preguntar a mi hermana por qué, pero ella no quiso ocultármelo. Llevaba tiempo muy mal, según me contó.

-El pobre no se aclaraba. Ya hacía tiempo que nos venía diciendo que la naturaleza le hizo una putada, que su cuerpo no le pertenecía, y que necesitaba asumirlo de una vez, y hacer algo para cambiarlo

-¿Quieres decir que…?

              No me atrevía a acabar la frase. Sabía a lo que se refería, y sabía el impacto que para mi hermana y sobre todo para su marido, suponía aquello. Ellos, tan tradicionales, tan conservadores, tan católicos, apostólicos y romanos, nunca admitirían que su hijo fuera homosexual. Y mucho menos que quisiera cambiar de sexo, o de cuerpo.

            Mi hermana lloraba a mares, pero no dejaba de hablar

-Todo empezó con la dichosa comunión. El me dijo que quería llevar un traje como el de tu hija Elisa. Quería ser una princesa y no un marinero. Eso fue lo que me dijo. Yo creí que eran cosas de críos, y se le pasaría. Pero no se le pasó.

             En ese momento, volví a ver la imagen del traje de comunión abandonado en la reja como si lo tuviera ante mis mismos ojos. Aquella criatura de apenas nueve años no encontró otro modo de manifestarse que sacando del armario el símbolo de su desdicha. Y la desdicha se convirtió en tragedia con el correr de los tiempos.

            Hoy he ido a verle. Me han dejado estar con él apenas unos minutos, junto a esa cama llena de tubos y ese olor a muerte. Un olor que, por penetrante que fuera, no aplacaba el de mis remordimientos. Le he tomado la mano y he rogado a ese Dios en el que tanto cree mi hermana que el chico pudiera oírme

-Sabía lo del traje de comunión, pero no supe entenderlo. Pero ahora no te fallaré. Te lo juro

         Me ha mirado con los ojos muy abiertos, justo antes de que me advirtieran que de que el horario de visita se había acabado.

            Ahora solo queda esperar que ese cuerpo que tanto odia le dé una nueva oportunidad. Y que, con eso me la dé a también a mí. Aunque yo no la merezca.

Extravío: ¿Dónde están las llaves?


          Todo el mundo ha perdido cosas alguna vez Ya andaba en el cine Indiana Jones En busca del arca perdida y en la tele Marco buscando a su madre de los Apeninos a los Andes. Y durante mucho tiempo, Paco Lobatón buscaba personas desaparecidas en Quien sabe dónde. Porque nadie se resigna a perder algo y no salir a buscarlo

En nuestro teatro también se pierden las cosas. Aunque, la verdad sea dicha, menos de lo que pudiera parecer, si echamos un vistazo a esas mesas atestadas y a esos archivos a punto de reventar que la falta de medios y el colapso nos regalan como el pan nuestro de cada día.

Pero ¿qué pasa si un procedimiento se pierde? O, aun digo más ¿es cierto que se pierden expedientes, o es solo una leyenda urbana?

Vayamos por partes. Cuando algo desaparece, o, mejor dicho, no se encuentra –muchas de esas cosas acaban apareciendo- lo más fácil es que en el juzgado digan que están en Fiscalía. Fiscalía es como el comodín del público de los concursos de televisión, algo que se usa cuando como respuesta cuando no hay nada más a lo que acudir. E igual alguien se cree que es un agujero negro, algo así como un triángulo de las Bermudas judicial donde entran los expedientes sin dejar huella en el tiempo ni en el espacio. Y nada más lejos de la realidad. Como diría mi madre, las cosas no tienen patitas. Y en Fiscalía se registran las cosas en un programa independiente de los juzgados, así que dejan huella digital, siempre y cuando hayan llegado de verdad, claro está. En mi vida he visto muchos expedientes de los que “están en fiscalía” que han aparecido en cualquier sala, en otro juzgado, o que ni siquiera han llegado a salir del armario donde estaban. Hasta una vez aparecieron hechos cenizas en una valija que se quemó tras un accidente del camión que los transportaba de un partido judicial a otro.

Pero esto no es lo normal. Por milagroso que parezca, las cosas no suelen perderse, y cuando ocurre por fuerza mayor -como el caso del camión quemado- tienen una solución legal. De hecho, no hace muchos años en Valencia en un incendio en la Ciudad de la Justicia se quemaron expedientes de vario juzgados y pudieron rehacerse. No quedaba otra.

¿Cómo se hace? Pues mediante lo que se llama “reconstrucción” de autos, un término que responde a la realidad tanto como podríamos imaginar. De la misma manera manual y paciente que se restaura un cuadro o cualquier obra de auto, es como se reconstruye el expediente. Y para ello se acude, cómo no, a aquellos documentos y declaraciones documentada de las que tiene copia las partes y cuyo original ha desaparecido. En el peor de los casos, habrá cosas que tendrán que ser repetidas, pero en la medida de lo posible se van recuperando, tacita a tacita, los documentos que formaban parte de los autos.

Es cierto que hoy, cuando la digitalización es en muchos sitios una realidad y en todos debería serlo, es difícil que la pérdida de un papel tenga ese efecto devastador de antes. Pero sucede que, a veces es peor el remedio que la enfermedad y un fallo informático, casual o intencionado, puede hacer desaparecer año de trabajo. Y solo de pensarlo se pone los pelos como escarpias.

Para hacernos una idea, no tenemos más que recordar el horror en que se convierte un día de guardia cuando los ordenadores se declaran en huelga de teclas caídas. Porque ahora ya no sabemos ni podemos hacer nada si no es pantalla mediante. Pros y contras de la modernidad.

De todos modos, yo aconsejo guardar siempre, por lo que pueda pasar. Porque, como dice mi madre -aunque también lo diga el refranero-, quien guarda cuando tiene, tiene cuando quiere. Por si acaso

Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero que lo que se hayan extraviado no sean las ganas de leerme, pero, por si las moscas, no me dejo el aplauso. Y se lo dedico hoy a todos esos LAJs y funcionarios funcionarias que han tenido que soportar con paciencia esas reconstrucciones tan costosas. Son la prueba viviente de que todo tiene solución. O casi todo

Perspectiva: a los pies del mundo


           

¿Cómo veríamos el mundo si nos hubiera tocado vivir otra vida? Algo así es lo que quería contar hoy, a través de un relato. Ojala sirva para, además de disfrutar, reflexionar un poco, que nunca está de más.

A LOS PIES DEL MUNDO

            Vivo a los pies del mundo, como no podía ser de otra manera. Soy una zapatilla.

Y no, no hablo en sentido figurado. Es más, no hablo en ningún sentido porque, como todo el mundo sabe, las cosas no pueden hablar, y las zapatillas no somos una excepción. Pero las cosas, a veces, conseguimos que alguien con la suficiente imaginación nos haga de voz, aunque no tengamos boca. Y yo tengo muchas cosas que contar, porque vivir a los pies del mundo da una perspectiva diferente.

Me convertí en lo que soy hoy, una deportiva bastante lujosa, en un lugar remoto. Debe ser muy lejano por el tiempo que tardé, y las vicisitudes pasadas, hasta lograr llegar a algún sitio. Era un cuartucho pequeño, oscuro, mal ventilado y hacinado de gente. Nunca, nunca, estaba vacío. Constantemente se oía ruido mecánico, y las conversaciones eran pocas y en voz muy baja, como en susurros. Las personas que allí había eran de todas las edades, desde niños hasta ancianos, y muy pocas veces levantaban la cabeza. Yo entonces no podía comparar, pero, después de todo lo que he visto, puedo describir aquel lugar como infinitamente triste. Y, lo que más me llamaba la atención era que todos, absolutamente todos, iban descalzos. Que ya es contradicción que la gente que hacía calzado no llevara zapatos en sus pies, pero así era. En cuanto a lo que allí decían, no lo sé muy bien. También ignoraba yo, por aquel entonces, que la gente hablara en lenguas diferentes, y aunque las zapatillas lujosas, como yo, podamos ser muy listas, aún no estaba preparada para entenderlo todo. Pero, en cualquier caso, se hablaba poco y se trabajaba mucho, un run run incesante sólo interrumpido, muy de vez en cuando, por voces más altas de alguien que daba las órdenes en un tono airado.

Cuando ya estuve terminada, incluidos unos preciosos cordones morados que son todo mi orgullo, me metieron en un espacio oscuro, que hoy sé que es una caja, no sin antes notar que unos deditos pequeños se encargaban de introducir mis preciosos cordones por los correspondientes orificios.

Después de esto, la oscuridad. En mi caja, junto a mi pareja que, aunque es igual de bonita que yo, no es ni la mitad de lista, noté como caían sobre nosotras miles de bultos, como nos llevaban de un lado a otro para finalmente, muy apretadas, instalarnos en algún espacio oscuro, pequeño y sin ventilación, donde permanecí mucho tiempo. Ahora estoy en condiciones de afirmar que era el contenedor en el que viajaría hasta mi destino final, en otro continente muy lejos de aquel donde había tomado forma.

Por fin llegué a mi destino. Me cogieron, siempre dentro de mi caja y junto a mi muda gemela, y me apilaron nuevamente, esta vez con mayor comodidad y espacio, y con un número mucho más reducido de compañeros de viaje. Y fui a caer en una habitación cerrada, pero mucho más bonita de todo lo que hasta entonces había conocido. Por lo que decían las personas que nos llevaban, aquello se llamaba almacén.

Pero no duró mucho mi estancia en aquel sitio. Muy pronto, alguien alzó la caja en donde me habían encerrado y la subió a otra habitación mucho más bonita todavía. Por fin, abrieron mi caja y me quedé extasiada ante lo que vi. Era un sitio brillante, con armarios de cristal donde la gente miraba, y varias personas igual vestidas y perfectamente calzadas que hablaban con todo el mundo con una sonrisa en la boca. Para mi alegría, me sacaron a mí –solo a mí- de mi cárcel de cartón y volvieron a meter en la caja a mi gemela, llevándosela nuevamente en dirección a aquel lugar llamado almacén. En cuanto a mí, una chica de manos suaves me cogió con cuidado, y, tras acariciarme, me dejó colgada en un estante, junto con otras muchas zapatillas, todas lujosas como yo, pero todas diferentes. Aquello era la gloria. Tenía un estante para mí sola, tenía luz, veía todo lo que pasaba y, encima, pasaban delante de mí un montón de personas, que me miraban y me admiraban.

Mi vitrina se convirtió en un maravilloso observatorio donde pasé parte de los mejores días que recuerdo. El ir y venir de gente era incesante, y la mayoría de los que pasaban me dedicaban al menos una mirada, muchas veces un comentario, e incluso me cogían, me tocaban y me acercaba a mi verdadero destino cuando alguien se atrevía a colocarme en su pie.

Estuve un buen rato en el pie derecho de una niña preciosa, que hablaba de mí como si fuera la cosa que más deseaba del mundo. Ella era maravillosa, y yo quería con todas mis fuerzas irme con ella, pero la mujer que iba con ella, más grande y de voz más fuerte, dijo autoritariamente que no, que yo valía mucho dinero, que ella no había sacado buenas notas y que no se merecía algo tan caro. Mi dueña ideal soltó una lagrimita y yo casi me muero del disgusto, pero tuve que resignarme a regresar a mi vitrina.

Hubo mucha más gente que trató de llevárseme y, casi siempre, acababan devolviéndome a mi sitio con la misma canción de que yo costaba demasiado. Hablaban de algo llamado crisis, que no sé lo que es, pero debe ser muy importante, ya que al nombrarlo todo el mundo se ponía serio y hacía gestos de asentimiento, incluidas las alegres dependientas que cuidaban de mí con tanto esmero

Ahora ya sé que aquellas chicas que se ocupaban de vigilarme constantemente eran las dependientas, y llegué a tomarles cariño. Hablaban mucho entre ellas. Una se llamaba María, y era alegre como el cascabel del cordón de una de mis compañeras de vitrina. Siempre contaba cosas divertidas, era cariñosa con todo el mundo, y en su cara habitaba sempiternamente una sonrisa. La otra, Deborah, sólo sonreía cuando atendía a la gente, y el resto del tiempo tenía una expresión sombría en la cara. Hablaba poco, aunque de vez en cuando contaba a María cosas en voz baja, y de cuando en cuando lloraba. Deborah venía a veces con unas gafas de sol muy grandes, y en un par de ocasiones pude ver como tenía un cerco morado alrededor del ojo, aunque entonces María la metía rápidamente en el cuarto de baño y le pintaba la cara con algo que lo disimulaba. Como yo podía escucharlas la mayor parte del tiempo, pronto supe que Deborah tenía un novio malísimo, que le pegaba hasta hacerle aquellos morados en los ojos y en otras partes del cuerpo, y que él era la causa de las lágrimas que ella derramaba. Yo odiaba a aquel ser que no había visto nunca, y no alcanzaba a comprender por qué Deborah seguía estando con él, pero, claro, yo sólo soy una zapatilla que no entiende de sentimientos. Un día, Deborah faltó a la tienda, y a partir de ahí no vino más. María se quedó sola, y se borró de su cara la sonrisa que siempre tenía. No pude saber qué había pasado, pero estaba segura de que aquel novio de Deborah tenía algo que ver. Pero no la volví a ver.

Después de la desaparición de Deborah, y de que miles de personas más me cogieran, me dejaran, me probaran, suplicaran por llevárseme o me rechazaran, María me cogió suavemente en sus manos, y me colgó un cartelito. No podía leerlo, pero no tardé en saber que ponía “cincuenta por ciento”, y ésa era una frase que hacía muy feliz a la gente.

Regresó la dueña que yo ansiaba, la chica maravillosa que lloró porque no me iba con ella, y consiguió convencer a la mujer que la acompañaba, a quien llamó “mamá” para que, esta vez sí, fuera a parar a sus pies. Ignoro si fue el cartelito que me habían colgado, o que la chica ya no tenía malas notas, o que la crisis aquella ya no existía, pero lo bien cierto es que no tardó ni cinco minutos en colocarme en su pie. Subieron a mi gemela, y abandonamos el lugar en los pies de mi nueva dueña, de la que pronto supe que se llamaba Inés. Me entristecí un poco al separarme de María, más aún cuando ella no me dedicó ni una sonrisa, pero lo olvidé, llevada por la dicha de haberme marchado con Inés.

Ahora veo el mundo desde abajo, casi todo el tiempo en los pies de Inés, que me hacen vivir aventuras fantásticas y conocer lugares que nunca había visitado. Y hoy me ha pasado algo fabuloso. Hemos ido al cine y, cuando íbamos a entrar, he visto una cara que me resultaba familiar. La chica que nos vendió la entrada era Deborah, Su pelo era de otro color, y ya no tenía cercos en los ojos ni llevaba gafas de sol. Y, lo mejor de todo, tenía pintada una sonrisa tan grande en la cara que casi me impide reconocerla.

Lo único que me daba pena era no poder buscar a María, la dependienta que tanto me cuidaba, y contárselo. Pero pronto descubrí que, aunque hubiera podido hacerlo, habría llegado tarde. Cuando pasamos una tarde por su tienda, su cara volvía a ser la de antes. Y su risa, también. Una chica sin cercos en los ojos ni gafas de sol se estaba probando unas zapatillas. Y, aunque no eran ni la mitad de bonitas que yo, por un momento las envidié.

Despenalización: entre la nostalgia y la sensatez


              No todas las conductas son igual de reprochables en todo momento y lugar. Aunque el espíritu de Los Diez Mandamientos, Charlton Heston incluido, permanezca invariable, hay otros Delitos y faltas, como los llamó en su día Woody Allen, que cambian según sea los tiempos. Hay películas que recogen en su propio título esos delitos universales, como No matarás, y otras que recogen los que son fruto de una época, como No desearás a la mujer del prójimo. Y es que el tiempo pasa para todo. Como contaba aquella serie de televisión, Crónicas de un pueblo que, metía a los telespectadores, de costadillo y porque no quedaba otro remedio, los artículos del Fuero de los Españoles

              En nuestro teatro vivimos con cierta frecuencia episodios de este tipo. Delitos que aparecen de nuevo cuño y también hechos que durante un tiempo fueron delito y dejan de serlo, con lo que eso supone a la hora de las famosas revisiones

              Quienes peinamos canas toguitaconadas vivimos un cambio importantísimo, la sustitución del texto refundido del Código Penal de 1973 -que en realidad era el Código de 1944, del franquismo, aunque con múltiples parches- por un Código nuevecito, el de 1995, el llamado Código de la democracia aunque se promulgara dieciséis años que nuestra Constitución. Y es que, si las cosas de palacio van despacio, cuando ese palacio es el de Justicia, van a ritmo de tortuga reumática y desganada.

              Pero, de vez en cuando, conviene recordar de dónde venimos para decidir adónde vamos. O adónde no vamos, que es todavía más útil. Y por eso dedicaré este estreno a recordar algunos de esos delitos que, por una u otra razón, dejaron una huella imborrable. En el bien entendido caso de que dejar una huella no siempre es positivo, claro está.

              En primer término, habría que recordar alguno de los delitos que el Código de 1995 barrió por ser propios de una época que nada tenía que ver ya con la democracia recién estrenada. En este grupo se encontrarían delitos como el de escándalo público, del que se pueden leer sentencias de lo más pintoresco. Y es que hay condenas por escándalo público por conductas realizadas sin público alguno y sin que escandalicen a nadie. Es el caso de unos muchachos que fueron pillados masturbándose en un paraje solitario por la guardia civil, que andaba escondida detrás de unos setos. También entrarían aquí besos y otras maniobras entre parejitas que no tenían más sitios donde dar rienda suelta a su amor que un coche o cualquier rinconcito.

              Al mismo espíritu de sociedad mojigata y pacata respondían los delitos de adulterio y amancebamiento, esto es, la infidelidad de toda la vida, que era delito. Ahora bien, en este caso se añadía un plus de machismo, que no nos falte de ná, porque a la mujer -adúltera- se le castigaba más duramente que al hombre -amancebado- además de que en el caso de ella bastaba un solo acto y en el de él había de ser continuado e el tiempo. A los señores la cana al aire les salía gratis, pero a las féminas, no. Faltaría más.

              En la misma línea estaban dos delitos donde el machismo y los estereotipos se hacían más que patentes. De una parte, la punición atenuada del uxoricidio en adulterio, esto es, que matar a la esposa porque era infiel solo se castigaba con pena de destierro. De otra, la punición también atenuada para la mujer que matara a su hijo recién nacido si lo hacía para ocultar su deshonra, el delito de infanticidio. Y es que la honra, como la honestidad, eran una valor fundamental. Por eso los delitos contra la libertad sexual se llamaban delitos contra la honestidad, y los atentados sexuales no violentos ni intimidatorios, abusos deshonestos. Y, entre ellos, el más característico, el estupro por engaño mediando promesa de matrimonio. El testimonio de toda una época hecho precepto penal.

              Por fortuna, también otras conductas se despenalizaron en cuanto asumimos que éramos una democracia, como el caso de la homosexualidad, ahora reconocida y protegida. Por desgracia, no todos los países han avanzado en esta materia, y todavía quedan muchos lugares donde la homosexualidad es castigada con duras penas, incluso con la muerte.

              Así, nuestra evolución democrática ha hecho que poco a poco se fueran destipificando conductas que estuvieron penadas en todas sus modalidades. Es el caso del aborto y de la eutanasia, que poco a poco fueron apagando el castigo a toda costa hasta conseguir el reconocimiento tanto del derecho al aborto como el derecho a la muerte digna. Respetando, por supuesto, los condicionamientos legales.

              También son fruto de otro tiempo delitos que tenían relación directa con una institución hoy no solo derogada sino desconocida para las últimas generaciones: el servicio militar, y, después, su sucedáneo, la prestación social sustitutoria. En los tiempos en que el Código anterior vivía todo su apogeo, había un delito de lesiones característico: el que cometía quien se autolesionaba para librarse del servicio militar. Algo que hace pensar en lo horrible que debía ser la perspectiva para algunos cuando eran capaces hasta de mutilarse para eludir ese trance. Luego estaba los delitos de insumisión, tanto por no ir a filas como por no presentarse a cumplir la prestación social. Otras cosa que tampoco conciben hoy en día y que hubo un tiempo que era el pan nuestro de cada día en las salas de vistas.

              Hay otro grupo de delitos que desparecen porque cambian los tiempos sin más, sin relación con el régimen político no las libertades. Entre estos, recuerdo el delito de cheque sin fondos, frecuentísimo en mis inicios en Toguilandia y que acabó despenalizándose al tiempo que la gente dejaba de usar de un mod generalizado cheques como medio de pago.

              Un caso curioso fue el de la tipificación, durante una época, de una conducta que se consideraba falta, la de conducir sin tener concertado seguro obligatorio para el vehículo. Pero fue una de esas cosas que devinieron inútiles y hasta contradictorias con su espíritu en la práctica. Como quiera que había una infracción administrativa consistente en conducir sin llevar la póliza de seguro, sancionada con una multa de mucho más cuantía que nuestras faltas, la gente acababa diciendo que no solo no lo llevaba sino que no lo tenía, y, como la jurisdicción penal es siempre preferente, se ahorraba el dinero de la multa de tráfico  cambio de una cantidad irrisoria o de unos no menos días irrisorio de arresto domiciliario.

              Aunque si hay una despenalización que ha vaciado los juzgados pero nos ha privado de anécdotas jugosas, esa es la de las faltas de injurias, que ahora solo son punibles en el ámbito de la violencia doméstica y de género. La de cosas graciosas que oímos en esos juicios de riñas entre vecinos, por más que a sus protagonistas no les hiciera ni pizca de gracia. Verdad verdadera.

              Y es que la despenalización de las faltas nos quitó mucha vidilla, aunque también nos quitara mucho trabajo, que es de lo que se trata. Sus herederos, los juicios por delitos leves -o levitos- no son ni la mitad de pintorescos. Es lo que hay. Recordemos, si no me creen, tipos tan curiosos como el del pastoreo abusivo o la suelta de animales en disposición de causar mal.

              Pero no pensemos que la despenalización es cosa de un tiempo. En cualquier momento y en cualquier lugar puede surgir alguna por las razones más diversas, por decirlo de algún modo. Recordemos lo que ha pasado con el delito de sedición, sin ir más lejos.

              Solo me queda el aplauso, antes de cerrar el telón de este estreno tan remember. Y será, por supuesto, para todas aquellas personas, juristas o no, que hayan vivido todos estos cambios y que sigan al pie del cañón. Un abrazo fuerte.

Sorteos: la suerte es lo que tiene


              Todo el mundo ha participado alguna vez en un sorteo. Por poco que nos gusten los juegos, siempre hay alguno en el que nos enganchan sin remedio. Sobre juegos y concursos son muchas las películas que se han hecho: Quiz show, Concurso, La ganadora, Slumdog millonaire y hasta Los juegos de hambre. Y a buen seguro que el tema seguirá dando de sí. Y es que la suerte nos pude tocar a todo el mundo.

              En nuestro teatro, aunque no lo parezca, la suerte puede jugar un papel importante. Porque, aunque la justicia no sea desde luego, una lotería, el factor suerte está presente en más de una ocasión. Y hasta los sorteos, como veremos.

              Aunque no sea algo que se reconozca abiertamente, todo el mundo que transita por Toguilandia se alegra o se entristece según sea el juez o jueza en que haya caído su asunto. Una cuestión puramente de suerte si se trata de la misma localidad, ya que se adjudican las causas según las normas de reparto que atiende, normalmente, a la fecha de los hechos o de la denuncia, y a la existencia o no de antecedentes en el juzgado.

              Y, aunque a mí no me lo reconozcan por razones obvias, estoy segura que tanto sus Señorías como el resto de intérpretes de nuestro teatro tendrán sus fiscales favoritos, frente a otros que preferirían no ver en su vida, al menos en estrados. También una pura cuestión de suerte que depende de las normas de reparto de fiscalía y de algo tan aleatorio cómo quién estaba de guardia en un día concreto.

              Además, como hay café para todos, hay letrados y letradas con los que trabajamos más a gusto y con los que menos y seguro que lo mismo pensará el justiciable del quien le haya tocado, sobre todo si es por turno de oficio.

              Pero ya la suerte empieza a influir en nuestra vida toguitaconada desde antes de llevar la toga. Si ya es decisiva en los exámenes de la facultad, en la oposición, donde los temas a desarrollar se eligen por estricto sorteo, es vital. Más de una y uno se hubiera cortado la mano después de ver la bola que había sacado de la bolsita donde se cocía nuestro futuro. Y al revés, aunque poca gente es capaz de reconocer, una vez con el aprobado en la mano, que tuvo suerte. Pero la tuvimos, sin duda, además de haber estudiado hasta dejarnos las cejas. Justo es reconocerlo.

              No obstante, hay casos en que el sorteo tiene efectos directos en las funciones de nuestro teatro. El más evidente es el de la elección de miembros del jurado para el procedimiento del mismo nombre, fruto de un primer sorteo bianual de todo el censo electoral del lugar, y de un segundo sorteo ya centrado en el caso concreto, al que luego se aplican las excusas y recusaciones hasta constituir el número mágico de 9 miembros y 2 suplentes. Actuar de jurado es para algunos una suerte y para otros una desgracia tremenda. Porque cada cual ve el mundo según le va, claro.

              Otro sorteo donde la gente suele acordarse de la madre de quien sacó su nombre es el de la constitución de las mesas electorales. Algo que nos puede suceder a cualquiera -o casi, porque algunas profesiones, como la mía, están exentas- y que suele sentar bastante mal. Sobre todo cuando, como va a ocurrir en nada, puede fastidiarte unas vacaciones o cualquier otro plan. Pero es una obligación ciudadana y como tal hay que tomarla.

              Otros casos en que el sorteo tiene importancia son lo que llamamos pomposamente las insaculaciones de peritos, que no son más que un sorteo entre los propuestos, o los que adjudican interventores en los procedimientos de insolvencia, que no es poca cosa.

              Al fin y al cabo, todo el mundo acaba jugando, lo quiera o no. Si no, comprobémoslo cuando el juzgado compra un décimo de lotería o juega a la primitiva o al cupón de la ONCE. Toda la gente quiere participar, aunque nunca se sabe muy bien si por la esperanza de que te toque o por la de que no toque a todo el mundo y nos quedemos fuera. Cosas de la naturaleza humana.

              Y con esto, cierro el telón por hoy. Pero antes daré el consabido aplauso, que no se me olvida y que hoy es, nada más ni nada menos, para quienes tuvieron la desgracia de que la suerte les fuera esquiva. Que, al menos, se lleven esto.

Sinceridad: ¿defecto o virtud?


              De niños nos enseñaban que había que decir siempre la verdad. Pero con el tiempo, esa afirmación no es tan absoluta, y la verdad no es siempre lo más conveniente. Sobre La verdad giran varios títulos de películas, como La verdad duele, Las dos caras de la verdad o Toda la verdad, por nombrar algunos. E igual pasa con su antagonista, la mentira, cuyo exponente universal es Pinocho, del que hay múltiples versiones cinematográficas.

              En nuestro teatro, la sinceridad no es siempre una virtud. Aunque tampoco podemos decir que siempre sea un defecto. Depende, como casi siempre, del papel que se interprete, es decir, del lugar que se ocupe en los estrados. O de la posición procesal, para ser más exacta.

              La gente que no frecuenta Toguilandia ignora muchas veces que la principal diferencia entre la declaración de un testigo y la de un acusado o investigado es la posibilidad de mentir o no o, dicho de otro modo, la obligación de decir la verdad.

               Aunque en nuestro Derecho a los testigos no se les hace jurar, como en las películas americanas, que dirán “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”, sí que se les recibe juramento o promesa de decir verdad, advirtiendo que el falso testimonio -es decir, mentir- está castigado con penas de cárcel. Solo hay una excepción, que es la situación en la que se encuentran las personas que tienen con el acusado una relación de pareja o parentesco. En ese caso, pueden acogerse a lo que se denomina dispensa legal, que hay que recordar que es una excepción a la regla general de obligación de declarar, no un derecho. No es comparable, por tanto, con el derecho que asiste a cualquier investigado de no declarar. Y, como ya he dicho algunas veces, es una pena, pero no hay Biblia, ni que ponerse la mano en el pecho ni nada de todo eso que hacen en las series americanas. Aunque sí que he visto a testigos empeñados en hacer todas esas cosas. Recuerdo a uno que llegó a arrodillarse y santiguarse antes de declarar, sin que nos diera tiempo a evitarlo y aguantando la risa a duras penas. Por estas, que son cruces.

Hay una anécdota que circula por ahí, que no sé si es leyenda urbana o verdad verdadera, pero que si no es cierta podría serlo. Estaba un acusado declarando toda clase de cosas increíbles cuando dijo «por mi santa madre, que en gloria esté se lo juro». Y hasta ahí, todo normal, si no fuera porque luego, cuando se acababa el juicio, una señora pidió permiso para acercarse al acusado, que ya se venía venir que iba a tener una larga estancia en prisión, y dijo «es que soy s madre». Y no, no estaba en la gloria, precisamente

También los hay que llevan un papel aprendido y de pronto se les ve el plumero. Hubo una testigo que, tras una declaración impecable, miró al acusado al marcharse y le dijo por lo bajini “¿lo he hecho bien?”. Lo que no sabía es que el micrófono del acusado estaba encendido y lo pudo oír toda la sala.

              En cambio, el investigado, o ya acusado en el juicio, tiene derecho a declarar o no declarar y, si lo hace , puede decirnos todas las mentiras que quiera porque no tiene obligación de decir verdad. Ahora bien, es recomendable no pasarse de castaño oscuro si no se quiere poner de los nervios al tribunal. Recuerdo a un magistrado que les solía decir que el derecho a no declarar contra sí mismo no consiste en tomar el pelo al tribunal.

              Pero hay veces que surgen arrebatos de sinceridad espontáneos que acaban variando el curso de los acontecimientos. Es algo que pasa con relativa frecuencia cuando l acusado hace uso de su derecho a la última palabra , con la cara de espanto que siempre pone su representación letrada. En ese trámite he oído destrozar una defensa en menos de un minuto, diciendo cosas como que “yo no agredí a mi mujer, solo la empujé”. No hace mucho, me contaron que en uso de ese derecho un acusado dijo muy enfadado que estaba indignado con su abogada, que él ya le dijo que viniera de testiga (sic) su prima y no su hermano, que ella mentía mucho mejor. Pero no me extenderé más en esto, que ya tuvo su propio estreno, aunque podría tener varios más.

              De todos modos, los arrebatos de sinceridad no siempre vienen del mismo lado. Había una magistrada a la que alguna vez se le escapaba un “que pase el condenado”, porque ya tenía decidido el contenido de la sentencia. Aunque, por supuesto que luego podría cambiar de idea. También he visto a más de una abogado o abogada que, ante casos evidentemente perdidos, no han sabido disimular y se les ha escapado un “no tengo nada que hacer”. Y, por supuesto,  a fiscales que dicen “yo, que usted, me conformaría” o lo contrario, como un “yo de usted no lo haría, forastero” propio del western más típico. Y es que en todas partes cuecen habas y, en Toguilandia, a calderadas.

              Así que yo recomiendo siempre que, antes de decir algo en este mundo nuestro, se respire hondo y se cuente hasta diez. Algo que vale también para oros ámbitos de la vida. Y mientras lo pensamos, no olvidemos el aplauso de hoy, dedicado a quienes, desde sus respectivo lugares, han de aguantar estos arrebatos de sinceridad y lo llevan de la mejor manera posible. Paciencia.

Insultos: ¿ofender es delinquir?


              Vivimos en una sociedad donde los insultos están a la orden del día, aunque no es cosa exclusiva de los tiempos que corren. Dostoievski ya titulaba a una de sus novelas El idiota y hay títulos de películas que no dejan lugar a dudas. Dos tontos muy tontos, La cena de los idiotas o El bueno, el feo y el malo son algunos de ellos, sin olvidar el que lo abarca todo, El insulto.

              En nuestro teatro los insultos, a uno y otro lado de estrados, están a la orden del día. Y cuando digo a uno y otro lado de estrados no me refiero a que acusados y acusadores, jueces y defensas están todo el día a la gresca diciéndose de todo, sino que las agresiones verbales pueden ser objeto de pleito o consecuencia del mismo. O ambas a un tiempo.

              La cuestión es si todas las ofensas pueden ser constitutivas de delito, y de qué delito en su caso. La respuesta es evidente desde el día en que desaparecieron aquellos juicios de faltas que tantos momentos hilarantes nos regalaron. En su día, hicimos juicios por hechos tan terribles como decir a una vecina que no se lavaba la faja, llamar “tonto de capirote” a alguien o decirle “que la tiene pequeña”, algo que hay quien considera la peor de las ofensas -tuve a un denunciado empeñado en demostrarnos lo contrario ante nuestro espanto-, amén de las consabidas palabrotas de las que tan variadas muestras tiene nuestra lengua. Aunque he de reconocer que una de mis preferidas es e término “filiputa”, una mezcla de valenciano y castellano, que cualquiera con un poco de imaginación puede suponer a qué se refiere.

              Como decía, las injurias leves desaparecieron con el adiós a los juicios de faltas, y hoy en día solo son punibles como delitos leves de injurias o vejaciones las que se cometen en el ámbito de la violencia doméstica o de género. Y necesitan, además, denuncia de la persona ofendida. Así que aunque oyéramos por el patio de manzana como do personas, aunque sean pareja o padre e hijo, se ponen a caer de un burro, de nada serviría denunciarlo si e ofendido no está por la labor de hacerlo. Es lo que tienen las infracciones penales perseguibles únicamente a instancia de parte.

              Esto, también, es aplicable a las injurias gravísimas, esas que podrían dar lugar a un proceso, que no existirá de no existir querella del injuriado o injuriada. Ahora bien, hay una excepción: las injurias proferidas a autoridades o funcionarios públicos por hechos relativos al ejercicio de su cargo no necesitan denuncia ni querella.

              La prima hermana de las injurias es la calumnia, otro modo de ofender a alguien que la gente suele confundir. Calumniar es imputar falsamente a alguien un delito, conociendo al falsedad o, como dice el Código de un modo muy poético “con temerario desprecio a la verdad”. Pero ha de tratarse de un delito concreto con unas circunstancias concretas, de modo que llamar a alguien “ladrón”, “corrupto” o “violador” no constituye calumnia aunque el robo, la corrupción o la violación sí sean delictivos. Esas expresiones serían una mera injuria. Para que sean calumnia tendría que afirmarse que Fulanito cometió tal robo o tal violación. O sea, lo que ahora llamamos fake news, que todo está inventado aunque haya quien crea que con darle un nombre rimbombante, preferentemente extranjero, ha inventado la cuadratura del círculo.

              En cualquier caso, la calumnia, como la injuria constitutiva de delito, también necesita querella y se extingue con el perdón del ofendido, algo que no ocurre con otros delitos perseguibles a instancia de pate, como los delitos cont5a la libertad sexual. Pero si una cosa tiene curiosa la calumnia, es lo que llamamos “exceptio veritatis”, que consiste en la exención de pena si se prueba que el delito presuntamente falso que imputaba al ofendido, resultó no ser falso. Pero ojo, que no todo vale y no se pueden mezclar cosas. Recuerdo un caso, en las antiguas faltas, donde el denunciado pretendía probar que su mujer le era infiel y que por eso el término “puta” no era un insulto sino una descripción. Y otro, más reciente, donde el acusado de llamar “guarra” a su mujer llegó a traer fotos de su casa hecha unos zorros con la pretensión de demostrarnos que ella no se ocupaba de las tareas domésticas como él entendía que debía hacerlo, como si él no pudiera pasar el mocho o poner la lavadora. Por no hablar del tipo al que me refería ant4es, emperrado en demostrarnos que eso de que la tenía pequeña era la peor de las mentiras,

              Por otro lado, hay ofensas que en virtud de la persona o la institución ofendida suponen un tipo penal diferente, como ocurre con las que se vierten contra la Corona o las instituciones del Estado.

              Por último, pero no menos importante, hay que hacer referencia a un tipo de insultos que sí podrían ser constitutivos de delito, aunque no siempre lo sean. Se trata de aquellas expresiones que podrían tener cabida en los llamados delitos de odio o, técnicamente, delitos cometidos con ocasión del ejercicio de los derechos fundamentales y libertades públicas. En ese caso, tanto si se incita al odio a determinada persona o colectivo por razones discriminación como si se comete un acto que entraña humillación por razón de racismo, homofobia, xenofobia y similares, podemos encontrarnos ante un delito que, además, no necesita denuncia ni querella. Ahora bien, no nos llevemos a engaño que cualquier insulto de esta índole no es delito, por racista u homófobo que resulte. Ha de formar parte de un discurso de odio e incitar al odio, o bien ha de entrañar, por las circunstancias, una humillación que va más allá de una mera ofensa, y esto es lo que resulta realmente difícil de probar. Y, por supuesto, el hecho ha de venir motivado por esa razón de discriminación.

              Y solo queda el aplauso. Permitidme que se lo dé hoy a todas las víctimas de estas agresiones orales, sean o no delito. Especialmente, cuando sean vulnerables