
La Diversión no tiene buena fama. Parece que divertirse es lo contrario a estar haciendo algo productivo, como había los protagonistas de todas esas pelis americanas de universitarios gamberros y de evidente mal gusto, como las sagas de Porkys o Los Albóndigas. De hecho, y sobre toda la hora de dar premios, se valoran mucho menos las comedias, producidas para la diversión, que los dramas, cuanto más densos y profundos mejor. Pero, al fin y al cabo, el propio cine fue creado para la diversión y el entretenimiento. Y eso nunca se pude perder de vista.
En nuestro teatro, la diversión parece brillar por su ausencia. Y digo parece porque, entre temas tan serios y dolorosos, sería difícil imaginar alguna rendija por la que penetre el divertimento. Pero quienes habitamos Toguilandia sabemos que no es así, y, aunque eso no empece a que tomemos nuestro trabajo muy en serie, hay momentos en que la hilaridad aparece inevitablemente. Ya lo vimos en varios estrenos, salpicados de chascarrillos , anécdotas y sentido del humor
Como decía al principio, la diversión no tiene buena fama. Y eso me parece no solo injusto sino equivocado. Quien no se divierte acaba estando amargado, y la amargura no es una buena tarjeta de presentación en nuestro escenario. Estoy segura de que nuestras funciones serán mejores si quienes interpretamos los principales papeles no conseguimos divertirnos en alguna ocasión dentro o fuera de las tablas. O en ambos espacios.
En varios de nuestros estrenos hemos hablado de esas ocasiones en que es casi imposible aguantar la rosa, por las situaciones que se producen. Y seguro que vendrán más, pero hoy quería centrarme en la otra parte. En la diversión que debería suponer dedicarnos a un trabajo que nos gusta y que hemos elegido voluntariamente. Esto es, a divertirse trabajando, aunque pueda parecer una contradicción.
No obstante, algún hado travieso de los que andan por las ondas debía tener mezclados los ámbitos porque en el inefable Lexnet consignó como tipo de procedimiento, “zambullida”, como mostraba una querida amiga en Twitter. Yo, como ella, me pregunto qué tipo de procedimiento será este y como puede acometerse con la toga puesta. Quizás sería el momento de reclamar un traje de baño toguitaconado.
A veces, cuando el tedio y en cansancio me invaden -a mi también me pasa- me pregunto en qué momento dejé de divertirme con mi trabajo o, dicho de otra manera, de disfrutar de él. La verdad es que me suele durar poco, no más de una guardia muy pesada o de una sesión de juicios de esos que no hay por dónde cogerlos. Porque, para quien no lo haya vivido porque su papel en Toguilandia no se lo ha permitido, pocas cosas más pesadas que esas sesiones de diez y hasta veinte juicios, uno detrás de otro, cambiando constantemente de chip y sin tiempo ni de respirar.
Pero hoy no quería quejarme, sino reflexionar un poco. Creo que es necesario que recordemos por qué elegimos este camino de entre todos los posibles, y con la ilusión que lo hicimos. Porque incluso quienes optamos por el Derecho “porque es la carrera con más salidas” acabamos amando una u otra parte de este mundo y disfrutando con ello. Esa es, al menos, mi experiencia. Por fortuna, todavía hay cosas de mi oficio que me pirran. Tal cual. Y entonces me acuerdo de mi padre, que decía que el Derecho Penal era para disfrutar y el resto para dar de comer a la familia.
Yo, como mi padre, adoro el Derecho Penal. Y, ya lo he dicho alguna vez, en especial el Derecho penal de toda la vida, el de sangre, sexo y vísceras. Y, como he experimentado hace apenas un rato, calificar estos hechos, cuando además se complican con atenuantes, agravantes, grados de ejecución y de participación, y, el clásico, concurso de delitos o de normas, tiene su aquel. Dando vueltas al Código me he sorprendido a mí misma sonriendo, y es cuando me ha asaltado la idea de este post. Tenía que contarlo.
Aunque si hay algo que me hace disfrutar especialmente en mi trabajo, es el momento del juicio oral. Mantener los sentidos alerta para luego resumir lo que ha pasado y concluir en el informe me sigue generando adrenalina. Y si, además, actúo ante el tribunal del jurado, donde hay que afilar la lengua para hablar en términos comprensibles para personas legas en Derecho, mejor que mejor.
Otra de las cosas que hacen recordar que este trabajo puede hacernos felices es el momento en que llegan resoluciones favorables. En particular, cuando se trata de un recurso que has peleado una o varias veces. En una ocasión, he llegado a interponer tres recursos y repetir dos veces un juicio hasta que me dieron la razón, y aseguro que el subidón es mucho mayor que si hubieran atendido mis peticiones desde el primer momento. Y es que otro de los ingredientes de este trabajo es la tenacidad o, como diría una amiga, la testarudez o la cabezonería. No hay muro que no pueda romperse a cabezazos.
Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso es, por supuesto, para quienes saben divertirse dentro y fuera de estrados. Seguro que hacen su trabajo mejor.








