Desconcierto: lo que nunca imaginamos


Hoy, en nuestro teatro un cuento de esos que no son reales… o tal vez sí. Y si no lo son, podían haberlo sido

DESCONCIERTO


Noche del 13 de noviembre de 2015. Uno de esos días que quedan grabados en la memoria colectiva para siempre. Uno de esos que, al correr del tiempo, dan lugar a reportajes donde se pregunta a la gente qué estaba haciendo en ese preciso momento. Y yo, por supuesto, no era una excepción. O eso pensé.
Estaba, como cada noche, arrellanada en mi sofá, mirando sin ver la televisión. Repartía mi
atención, tal como tenía por costumbre, entre las redes sociales y un libro, con la televisión
como música de fondo. De pronto interrumpieron la emisión y, antes de que conectaran con
París, las redes sociales ya me confirmaron lo que pasaba. Unos sangrientos atentados teñían de sangre y odio la capital de Francia, la ciudad del amor por excelencia. En menos de una hora, el mundo virtual se llenaba de crespones negros, de Torres Eiffeles enlutadas y de lágrimas sobre la bandera gala. Las noticias, que ahora sí atendía, desgranaban datos que iban goteando cifras de muertos y heridos, condenas institucionales y testimonios de personas cercanas al lugar del horror.
Yo miraba con la boca abierta y el corazón en un puño, dando gracias porque ninguno de
mis seres queridos estaba en París. O al menos eso era lo que pensaba entonces.
Permanecía pegada a la pantalla cuando sucedió. Estaban llegando las primeras
confirmaciones sobre la identidad de las víctimas. Como siempre, nuestros informativos
prestaban especial atención a la posibilidad de que existieran víctimas españolas, como si por eso dolieran más. Dieron un par de nombres que no sería capaz de recordar. Y entonces la locutora, con voz impasible, incluía en su lista un nombre: Juan García. Como mi padre. Y como un montón de españoles más. Por eso di un pequeño respingo y seguí mirando sin dar importancia a aquello, pensando que no era más que una casualidad, fruto de lo común de nombre y apellidos.
En unos pocos minutos, empezaron a desfilar por la pantalla imágenes de las personas cuyo fallecimiento se confirmaba, con sus nombres sobreimpresos. Y fue en ese momento cuando empezó mi pesadilla.
Con el rótulo de “Juan García” aparecía la fotografía de mi padre. Tenía un poco más de
pelo y no levaba las gafas que solía usar en los últimos tiempos, pero era él, sin duda. Debía de ser una instantánea tomada hacía un par de años, quizás más.
No podía ser. Mi padre no había viajado a París. Lo más probable es que los responsables
de los informativos hubieran sufrido un lamentable error, fruto de la precipitación del momento y de la frecuencia del nombre. Le llamaría y seguro que nos reiríamos a carcajadas de aquella confusión tan chusca.
Tenía ya seleccionado en mi teléfono móvil el número de mi padre cuando se me cayó de
las manos de la impresión. Entre las imágenes que escupía el televisor había otra fotografía de mi padre, esta vez en grupo, rodeado de unas personas que no conocía. “El español Juan García con su familia”, decía el locutor. Y ahí estaba mi padre rodeado de una mujer que no era mi madre, con unos hijos que no eran mis hermanos y una nieta que no era mi sobrina. No tenía ni idea de quiénes eran aquellas personas, pero él era, sin lugar a dudas, mi padre. No daba crédito a lo que estaba viendo.
Con un nudo en la garganta y temblando de pies a cabeza, conseguí dar con el número de
teléfono de mi padre, después de recoger el móvil, afortunadamente indemne tras el porrazo.
Nada. “El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura”, decía una voz
metálica. “Deje su mensaje después de que suene la señal”.
Colgué antes de que la dichosa señal sonara. Podría dejar algún mensaje, pero no sabía qué decir. ¿Cómo explicar a un buzón de voz que estaba viendo en la tele a mi padre, con una familia a la que no conocía de nada? ¿Cómo iba a decir que le habían incluido en la lista de fallecidos, a él, que nunca había estado en París? Aquello tenía que tener una explicación, o ser una pesadilla de la que tardaba demasiado en despertar. Pero mi padre no contestaba al móvil y cada vez me estaba poniendo más nerviosa.
Respiré hondo tratando de tranquilizarme y opté por intentarlo con el teléfono fijo. Al fin y
al cabo, mi padre era de la antigua escuela y todavía lo usaba bastante. Crucé los dedos antes de marcar y aguanté la respiración. Cinco tonos, seis, ocho, diez. Nada. Nadie descolgaba el teléfono. Me esperé unos minutos y repetí la maniobra. Nadie al otro lado. Me repetía a mí misma que todo tendría una explicación. Pero estaba empezando a perder los nervios.
Tendría que ir a su casa. Guardaba una llave para emergencias y, aunque nunca la había
usado, había llegado el momento de estrenarla. Comencé a recriminarme a mí misma por hacer poco caso de mi padre. Ya hacía ocho meses que mi madre murió y, después de los primeros días en que tanto yo como mi hermano permanecimos junto a él a sol y a sombra, fuimos distanciando primero las visitas y luego las llamadas de teléfono. La verdad es que hacía una semana que no hablaba con él. El trabajo me absorbía, el poco tiempo que me quedaba lo destinaba a quedar con amigos, a mi pareja, a irme de viaje y a mil cosas que ahora me parecías superficiales. Sin darme cuenta, se me estaban llenando los ojos de lágrimas y el alma de remordimientos.
Pensé en recurrir a mi hermano, Tal vez el sabría de mi padre. Incluso era posible que
estuviera con él en esos mismos momentos, se aclarara todo y se acabara aquel despropósito.
Mi padre estaba como loco con su nietecita, que andaba un poco débil de salud. Acababa de salir de una neumonía y se recuperaba en casa. Por eso era mejor no acudir aún a mi hermano. Por eso, y porque era difícil explicarle que mi padre había salido en la tele con unas personas desconocidas, incluido entre la lista de fallecidos en el atentado de París. Era demasiado absurdo como para traducirlo en palabras.
Cogí un taxi para ir a la que fue mi casa hasta que me independicé. Aunque no estaba
demasiado lejos y solía recorrer el trayecto andando, la prisa me acuciaba. Como siempre que iba allí, un nudo me apretaba la garganta recordando a mi madre. Pero ahora la sensación era diferente. Una mezcla entre pánico y vértigo me estaba poseyendo por momentos.
Giré la llave en la cerradura notando como el corazón se me salía del pecho. Miré a derecha a izquierda, en todas las habitaciones. No sabía qué iba a encontrar, pero solo pensarlo me daba escalofríos.
Recorrí la casa sin éxito en mi búsqueda. Ni sombra de mi padre. Y, lo que era peor, ni
sombra de que ningún ser humano hubiera estado allí en varios días. Ni un cenicero lleno, a
pesar de que mi padre había vuelto a fumar desde que mi madre nos dejó. Tampoco había
restos de comida, de bebida ni vestigios de vida reciente. Cada vez estaba más alterada. Abrí los armarios, y me di cuenta de que era incapaz de saber si echaba en falta algo de su ropa.
Había hecho poco caso a mi padre, mucho menos del que debía. Y, con los remordimientos
cada vez más enganchados en el ánimo, continué registrando.
Estaba a punto de marcharme cuando me di cuenta de la existencia de una papelera medio
llena junto al escritorio. Me lancé en plancha sobre ella. Propaganda, periódicos atrasados,
crucigramas hechos y, en el fondo, un par de copias de correo electrónico. Las cogí con
aprensión y me invadió una náusea. Era el justificante de un billete de avión a París, de hacía cinco días. No tenía fecha de regreso.
Las piezas empezaban a encajar. Mi padre había tenido la ocurrencia de irse a Paris y la
mala suerte quiso que estuviera en el momento equivocado en el lugar equivocado. Todo
encajaría si no fuera por aquella fotografía del telediario. Esa no era, desde luego, la imagen de un turista que acaba de llegar a Francia. Pero aquel hombre era mi padre y se llamaba como mi padre.
Lo primero que pensé fue en marcharme hasta París y tratar de encontrar una explicación a
aquello. Y, por supuesto, comprobar si la persona que figuraba entre las víctimas era,
efectivamente, mi padre. Pero era extraño que nadie se hubiera puesto en contacto conmigo o con mi hermano, los únicos familiares directos. Me haría pruebas de ADN y todo lo que hiciera falta para confirmar si mi padre era una de las víctimas o se trataba de un terrible error. Pensé que quizás, mientras incluían su nombre en la lista de fallecidos, él podría encontrarse en algún hospital, malherido y desorientado. Tal vez el cuerpo del fallecido estaba irreconocible y le habían asignado esa identidad por una desafortunada coincidencia. Pero la fotografía desmoronaba todas mis conjeturas.
Mientras volvía a casa, al oír la radio en el taxi, tuve una idea. Tal como sugerían en el
programa que tenía sintonizado el conductor, acudiría a la embajada en busca de datos. Seguro que allí encontraba el hilo de donde tirar. Traté de dormir un poco, después de asegurarme de que no había mensajes en mi móvil, ni de mi padre ni de mi hermano. Antes, repetí las llamadas al móvil y fijo. Como imaginaba, con resultado infructuoso.
A primera hora de la mañana, estaba esperando en la puerta de la embajada francesa a que abrieran las puertas. Había una cola discreta de personas que habían acudido en busca de noticias sobre sus seres queridos, con los que no habían podido contactar. Padres angustiados porque no habían localizado a sus hijos que estudiaban o pasaban unos días en París, familiares de residentes, y una chica que no dejaba de llorar, cuyo novio había ido de despedida de soltero allí, una semana antes de la proyectada boda. Por fin me llegó el turno.

  • Soy la hija de Juan García. Oí en televisión que estaba en la lista de fallecidos. Pero nadie
    ha contactado con nosotros.
  • ¿Juan García García?
  • Si, sí.
  • Lo siento mucho, señora. ¿No se ha puesto en contacto con usted su hermana?
  • ¿Cómo dice?
  • Su hermana. O su madre
  • Solo tengo un hermano, Y mi madre falleció hace ocho meses.
  • Perdone, debe haber un error. Juan García es un nombre muy común
  • Lo sé. Pero en la tele –empecé a llorar son control- vi su foto. Era mi padre, pero con otra
    familia. Y mi padre nunca ha estado en Francia –repetí, alzando la voz-
  • Tranquilícese, señora. Eso que dice no puede ser. Le parecería a usted que era su padre. Ya sabe, la impresión, los nervios…
  • Oiga –le grité- No me trate como una loca.
    Se empeñó en que me sentara y me tomara una tila preparada por una mujer del personal de la oficina. Ya no me quedaban fuerzas para rechazarla, aunque odiaba las infusiones, que me recordaban a mi madre. Me la tragué sin rechistar, mientras esperaba que viniera alguien, según me indicó la mujer que me había atendido.
    No tardó en llegar un hombre trajeado, con gesto compungido y una carpeta en las manos,
    cuyo contenido desparramó ante mí.
  • Mire –dijo mostrándome unos documentos oficiales en francés-. Juan García García,
    ciudadano hispano francés, con doble nacionalidad
  • Pero, oiga, mi padre es español, español. No ha estado nunca en Francia –le interrumpí-
  • Pues tranquila. Está claro que es un error. Este Juan Garcia tiene dos hijas y una mujer de
    nacionalidad francesa.
    Respiré aliviada. Aquello era una lamentable confusión y solo me quedaba encontrar a mi padre.
    Mi prioridad era ahora saber dónde estaba y si se encontraba bien.
    Todo habría acabado allí si no hubiera visto la fotocopia del documente de identidad
    asomando en la esquina de la carpeta. Aquella foto era, sin duda, la de mi padre. Pero decidí no decir nada. No me creerían. Había llegado el momento de actuar por mi cuenta.
    Una semana más tarde me encontraba en un avión, rumbo a París, sin saber muy bien qué
    era lo siguiente que haría. Ni mi hermano ni yo habíamos tenido más noticias de mi padre, y yo me limité a decir que me iba a Francia en su busca, porque había encontrado el resguardo de un billete. Omití todo lo relativo a su foto en el informativo junto a una familia desconocida, y su inclusión en el listado de fallecidos. Ni siquiera denuncié la desaparición.
    En la Embajada, una vez aclarado lo que, para ellos, fue un error comprensible, no me
    quisieron dar más información. Intenté saber algo sobre la familia de la foto, pero fue inútil. No estaban autorizados a darme esa información. Y además me dio la impresión de que no me tomaran en serio. Y no les culpo.
    Llegué a París, me instalé en mi pensión y encendí la tele mecánicamente, mientras
    pensaba cuál sería mi siguiente paso. En la pantalla estaban retransmitiendo un homenaje a las víctimas, con conocidos y familiares presentes. Estaba segura de que era una señal. Tenía que serlo.
    Me di prisa en localizar el sitio de la ceremonia Por suerte, distaba unos diez minutos. Si
    me daba prisa, todavía llegaría. Abordaría a la viuda o las hijas de Juan García, aquel ser que era mi padre y no lo era.
    Esperé pacientemente en la puerta a la salida de las familias. Una mujer, dos chicas de una
    edad parecida a la mía y una niña eran los familiares de Juan García. Cuando vi a la niña, casi me desmayo. Era clavada a mi sobrina. Una versión mejorada de mi niña, igual que ella antes de contraer la neumonía. Traté de acercarme, con el corazón a punto de estallar. Conseguí estar cerca de aquellas mujeres, pero una valla me impedía ir más allá.
  • ¡¡¡¡Marina!!!
    Una voz muy conocida pronunció mi nombre. Y entonces se hizo todo negro. Me caí redonda.
    Alguien debió llamar a una ambulancia y no recuerdo más hasta que aparecí en una cama de hospital.
    Cuando abrí los ojos, casi vuelvo a perder la consciencia, y hasta la cordura. Mi padre
    estaba en la cabecera de mi cama, junto a la mujer que aparecía en las fotos con él. Pero estaba allí, vivito y coleando. Aquello no podía tener más explicación que el hecho de que mi mente había dejado de funcionar como tocaba. No me atreví a decir nada. Me veía ingresada en cualquier unidad psiquiátrica, ya no sabía si en Francia o en España.
  • Marina, te presento a tu tía Marie
  • ¿Cómo?
    Mi padre nunca tuvo a una mujer en París, ni a otros hijos que no fuéramos mi hermano
    y yo. Sin embargo, sí que tenía una familia. El Juan García que murió en el atentado era su
    hermano, hijo de mi abuelo, quien había mantenido toda la vida a dos familias paralelamente.
    La de su mujer legítima, mi abuela, y la de aquella chica que servía en su casa y de la que
    estuvo toda la vida enamorado. Les prohibieron casarse y encontró el modo de mantenerla, tras emigrar ella a Francia. Su trabajo de representante con sus constantes viajes facilitaba las cosas.
    Mi abuela nunca supo de su existencia y mi padre, que descubrió hacía poco que tenía un
    hermano, viajó a Paris con la esperanza de conocerlo.
    No llegaron a verse. Mi tío le esperaba en la terraza de una cafetería cuando, como otras
    personas, fue asesinado en aquella noche fatídica.
    Solo le quedó de él una foto que era la viva imagen de sí mismo. Sin sus gafas y algo más
    joven que él. La foto que vi en el informativo.
    Me abracé a mi padre jurándome a mí misma que no volvería a dejar pasar un solo día sin
    llamarle.
    Mi tía Marie le tomó de la mano y se miraron a los ojos con una expresión que no supe
    interpretar.
    Entonces recordé que el pasaje de mi padre no tenía fecha de regreso.

Acogida: vacaciones en paz


              La solidaridad es algo muy encomiable. Pero, más de una vez, se da la vuelta la tortilla y lo que empezó como una buena acción, nos devuelve cosas maravillosas que superan muestras expectativas. Los Milagros existen, y no hace falta ir a ningún Paraíso a buscarlos. A veces están micho más cerca de lo que creemos. Y es que podemos vivir en Un lugar llamado milagro sin saberlo siquiera.

              En nuestro teatro la solidaridad existe y los milagros también, aunque en ocasiones nos cueste encontrarlos. Pero más allá de Toguilandia, todavía los encontramos mucho más. Y de eso es de lo que quería hablar hoy.

              El milagro del que hablo hoy se llama Sidi y tiene nueve años. Su piel e de un precioso tono oscuro y sus ojos son dos cálidas chispas de color carbón. Y sé que me estoy poniendo cursi, pero no se me ocurre mejor manera de explicarlo. Si le conocierais, me entenderíais. Seguro.

              Es el segundo verano en España de Sidi. El segundo verano que una familia tiene la fortuna de tenerlo acogido. Y en este caso, soy yo la que he tenido la suerte de que ser amiga de su familia de acogida. Una doble suerte, claro está: porque sean mis amigos, y porque eso me haya permitid conocer a Sidi.

              Sidi viene de Sahara, es tierra de la que solo nos acordamos cuando algún conflicto nuestro la pone en titulares, a pesar de que allí viven en conflicto permanente, un conflicto en el que siempre son otros quienes quieren decidir por ellos, mientras les niegan muchas de esas cosas que creemos que nos corresponden por el simple hecho de haber nacido a este lado del globo terráqueo..

              Pero no quiero hacer política no contar una historia triste, sino una historia alegre, muy alegre. Porque eso es lo que es cada momento de este niño fantástico. Me contaba su “madre” de acogida que el otro día se puso muy contento por el solo hecho de que empezó a llover y tocó las gotas de lluvia con las manos. También le hace feliz el agua del mar y, sobre todo, el agua de la piscina, de la que no saldría en todo el día. Y cada cosa nueva que descubre, es algo que redescubrimos los demás. Con él cobran nuevo significado cosas a las que no dábamos importancia.

              Pero si Sidi está aquí junto a nosotros, es gracias a una iniciativa que funciona desde hace mucho tiempo.  Se llama Vacances en pau -Vacaciones en paz- y lleva ya más de cuarenta años trayendo todos los veranos a niños del Sahara a pasar sus vacaciones en nuestra tierra, acogidos en familias que se ofrecen voluntarias para ello.

              Que nadie se lleve a engaño pensando que es un atajo para la adopción, porque no se trata de eso- Sidi tiene padre y madre y una hermana preciosa. Tiene una familia extensa que le quiere y a los que quiere, y sus necesidades afectivas están cubiertas. Como todos estos niños y niñas, no necesitan una familia. Lo que necesitan es una oportunidad para conocer  disfrutar de todas esas cosas a las que no tienen acceso. Lo que necesitan son unas vacaciones en paz.

                Y eso es lo que hay que darles. Eso, y mucho amor, que ellos devuelven corregido y aumentado. Ahí es nada.

              Ojalá Sidi, y muchas niñas y niños como él puedan disfrutar de muchas más vacaciones en paz. Y ojalá muchas familias decidan aceptar ese reto del que seguro que no se arrepienten. Las razones son muchas: conocer otra cultura, que nuestros propios hijos sepan valorar todo lo que tienen, que la criatura tenga las oportunidades que el destino le ha negado son algunas de ellas. Pero la esencial es una tan sencilla como que dar y recibir amor no tiene precio. Ni fronteras.

              Por eso hoy, en este estreno atípico, quiero dar un doble aplauso. A Sidi, desde luego. Y a todas las familias que participan en estas acogidas, empezando por la de mis amigos

Renordimientos: la mala memoria


Hoy, en nuestro escenario, un relato muy breve pero muy ilustrativo. Ojala además de entretener sirva para repensar algunas cosas

LA MALA MEMORIA

´-Entonces, ¿Quién le hizo eso es su novio?

-Era mi novio. Pero…

-Venga, no se ponga así. Todo el mundo sabe que las mujeres a veces exageran

-Pero él me violó. ¡Me violó!

.Vamos, vamos. Váyase a casa y seguro que hacen las paces y el día de mañana me lo agradece

A pesar de su mala memoria, el agente de policía A-27 nunca olvidaría la última frase que escuchó de la mujer aquella noche. Sobre todo, porque la siguiente vez que vio aquellos labios estaban tan amoratados como sus ojos, y fríos como el resto de su cuerpo, ya rígido.

Hacía ya diez años de aquello, pero el agente de policía A-27 todavía lo recordaba. A pesar de que en el sanatorio donde le trataban se quejaban de su mala memoria.

Le costaba acordarse de su nombre, pero nunca olvidó el de aquella mujer que, noche tras noche, se le aparecía en sus pesadillas para recordarle que no la había creído.

Duración: ¿Cuál es el límite?


              No es fácil acertar con el tiempo exacto que deben durar las cosas. Dice el refranero que Más vale llegar tarde que rondar cien años, pero también dice que Lo bueno, si breve, dos veces bueno, y, aún a riesgo de quedarse corto, este suele ser un buen consejo. Un buen consejo que deberían aprender los directores de cine que no sé por qué, se empeñan en hacer películas larguísimas como si la cantidad fura garantía de calidad. La mítica Lo que el viento se llevó, a la que no quitaría ni un minuto, con sus 3 horas y 58 minutos ostenta el tercer puesto de duración en el ranking de producciones hollywoodienses; las más largas son Cleopatra y el Hamlet de Kenneth Branagh. Como curiosidad, el récord absoluto lo tiene una película llamada Amra Ekta Cinema Banabo, una producción de Bangla Desh que dura la friolera de 21 horas y 5 minutos. La verdad es que no conozco a nadie que haya visto esta última pero, en cuanto a las otras, bien conocidas, cabe preguntarse si era necesario tanto metraje. Ahí lo dejo .

              En nuestro teatro, la duración de los escritos y, especialmente, de los informes, es un tema controvertido. Quienes nos dedicamos al Derecho tenemos fama -ganada a pulso- de una incontinencia verbal que no siempre nos beneficia. Veamos por qué.

              Cuando de escrito se trata, más de una vez seguimos la máxima de que el papel es muy sufrido, y escribimos más de los necesario. De hecho, ha habido iniciativas para reducir la extensión de los escritos, o de algunos de ellos, a los que ya dedicamos un estreno en su día. El mejor cómplice de los excesos de extensión es, sin duda, el cortaypega , que facilita enormemente que un dictamen o una sentencia se conviertan en un testamento. También ha ayudado mucho el advenimiento de los medios tecnológicos en las recopilaciones de jurisprudencia. No es lo mismo tener que buscar, tomo por tomo, el precedente adecuado y copiarlo tecleando letra a letra que hacer clic en un buscador y copiar y pegarlo sin más. No podemos negar que es una herramienta útil pero a veces hace que un documento resulte plúmbeo, con cita de veinte sentencias cuando bastarían un par, y mucha menos referencia la caso concreto de lo que sería deseable. Algo que nos tenemos que hacer mirar desde todos los puntos de estrados.

              Pero, más allá de los escritos, hoy me quería referir a la duración de las intervenciones orales, en las cuales es muy difícil poner el límite. Y quede claro, de momento, que lo que expongo es mi opinión y nada más que mi opinión. El debate ahí está.

              Lo primero que habría que tener en cuenta es la entidad del pleito. Partiendo de la base de que para el justiciable a  quien afecta, su juicio es esencial, no todos los casos son iguales. No es lo mismo una riña de vecinos o una reclamación de cantidad basada en un documento que un macrojuicio de corrupción, un asesinato múltiple o una caso de mala praxis con resultado de muerte, por poner algunos ejemplos. La complejidad para fijar los hechos y para aplicar el Derecho habrá de determinar el tiempo empleado, además de la pericia de los profesionales que intervienen. No cabe duda que hay personas capaces de decir mucho con pocas palabras, y viceversa.

              Tampoco es lo mismo informar ante un tribunal profesional que ante un tribunal de jurado En pura teoría, dado que el jurado ha de ser lego y en el tribunal profesional rige el principio iura novit curia -el juez debe conocer el Derecho, algo obvio-, las diferencias son esenciales. En la práctica, a los jurados hay que explicarles todo y, aunque tengan los testimonio de lo actuado a su disposición, son los informes los que determinarán en buena medida el sentido de su veredicto. Sin embargo, los tribunales profesionales tienen s propio criterio y el informe, aunque tiene importancia, no tiene el mismo valor. Hay incluso quine dice que las magistradas y magistrados hacen poco caso a los informes pero eso no es más que una leyenda urbana. Todo suma, o debería de hacerlo.

              Pero, y ahí está el quid de la cuestión, ¿Cuánto más largo es un informe hay más posibilidades de obtener una resolución favorables? Pues no y mil veces no. Por un lado, porque está estudiado que a partir de un determinado momento de un discurso, a la media hora o 45 minutos, la atención se dispersa, por lo que más vale haber dicho lo importante antes y evitar el riesgo de que cuando llegue pase desapercibido. Por otro, la sabiduría no se mide en minutos de oratoria, aunque a veces los clientes tengan esa idea equivocada. Siempre recordaré a la clienta que decía a su abogado al terminar este su perorata “Ha estado fenomenal, no me he enterado de nada y casi me duermo, pero se nota que sabe mucho”. Ignoraba la buena mujer que una de nuestras obligaciones es hacernos ent4ender, aunque quizá ‘empezó a comprenderlo cuando le notificaron la resolución desfavorable.

              Por otro lado, otra de las cuestiones candent4es es si Sus Señorías pueden cortar al letrado o fiscal o s pueden limitar la duración de sus informes. A mí nunca me ha pasado, pero sé de buena tinta de profesionales que se han encontrado con que el juez les ha advertido, antes de abrir la boca, de que tienen 5 minutos para su exposición o, más amablemente, les han rogado que sean breves, especialmente si hay varios juicios señalados a continuación. En mi opinión, limitar el tiempo a un numero de minutos es difícilmente admisible , pero advertir de que se sea breve no lo es tanto, sobre todo si el advertido ya ha incurrido en repeticiones innecesarias a lo largo del juicio, algo que también pasa. Ahora bien, el hecho de que haya más juicios, por comprensible que sea, no es razón para limitar a nadie. El justiciable no tiene la culpa de que los medios sean los que sean y se tengan que hacer señalamientos maratonianos si no queremos que el retraso sea aun mayor de o que es. De nuevo la vieja historia de la carencia de medios contamina nuestro trabajo.

              Es un equilibrio difícil desde luego. Y confieso que en esos momentos en que las cosas se hacen más largas de lo que deben me alegro mucho de ser fiscal y no jueza. Admiro la paciencia con que algunas señorías aguantan lo que yo no sé si aguantaría sin saltar. Porque otra de las cuestiones de difícil solución es la decisión de cuándo es adecuado interrumpir al profesional para que “reconduzca” su informe y cuando no debe hacerse en absoluto. A veces habría que darle a los jueces y juezas una pértiga para hacer ese ejercicio de funambulismo.

              Y hasta aquí el estreno de hoy, no vaya a ser yo quien cometa el error de excederme en la extensión. El aplauso, este sí, largo, se lo doy a quienes consiguen ese difícil equilibro del que hablaba. Mi enhorabuena.

Tiempo libre: destoguitaconado


              No todo en la vida va a ser trabajar. El ocio es tan importante como en negocio y el cine bien lo sabe, que convierte las vacaciones en tema de películas para disfrutar durante las vacaciones. Así ocurre en cintas como 12 fuera de casa y en la reciente Vacaciones de verano, pertenecientes al llamado género familiar. Aunque no se puede hablar de vacaciones veraniegas sin dejar de nombrar la mítica serie Verano azul. Si no lo hacemos, Chanquete no nos lo perdonará, esté donde esté.

              En nuestro teatro también cerramos por vacaciones. Y llega el momento de dedicar tiempo a lo que antes solo se podían dedicar migajas. Y también a hacer todas esas cosas que teníamos pensado hacer y a las que nunca les llegaba el turno. O sea, nuestras Asignaturas pendientes.

              Pero empecemos por el principio. ¿Qué gusta de hacer el personal toguitaconado cuando cuelga la toga y se calza zapatillas? Pues, esencialmente, las mismas cosas que el resto del mundo. Aunque tengamos nuestras rarezas, no voy a negarlo. Si no las tuviéramos, probablemente no nos habríamos dedicado a esto.

              Hay cosas que le gustan prácticamente a todo el mundo. Son las típicas a las que se dedican las vacaciones, aunque tienen muchas variantes. Y ahí está el intríngulis. La primera de ellas es viajar. Es extraño quine no ha dedicado todo o parte de sus vacaciones a los viajes. Pero hay muchas variantes: desde viaje familiares a aventuras, desde viajes  a sitios lejanísimos a un traslado a pocos kilómetros de casa, desde viajes que apuran todo el tiempo de vacaciones hasta pequeñas escapadas. Todo vale. Aunque, si hablamos de viaje toguitaconado, valdrían cosas como fotografiarse en los palacios de justicia -yo tengo esa manía- o hacerlo delante de monumentos que constituyan hitos del Derecho. Por ejemplo, yo hice algo así en el Louvre ante el Código Hammurabi. No me llaméis friki

              Otra de las aficiones comunes a la humanidad, y también a los habitantes de Toguilandia, es la lectura. El verano es tiempo de poder dedicar a esta sana afición el tiempo que no le dedicamos en invierno. Es momento de dar oportunidad a todos esos libros que están apilados en las mesitas de noche esperando su turno. Y ahí también para gustos hay colores. Hay quien devora novelas negras, quien se decanta por sesudos ensayos o por la filosofía, por libros de relatos o por obras sobre viajes. Pero, por supuesto, también está el súmmum del frikismo, que sería el de quienes dedicarán este tiempo a leer artículos o libros jurídicos. Confieso que a mí se me ponen los pelos como escarpias solo de pensarlo, pero para gustos hay colores.

              Primo hermano del gusto por la lectura está el gusto por la escritura. Y ahí reconozco que yo enloquezco. Llevo todo el curso escribiéndome encima, y ahora me desquito. Mi cabeza necesita vaciar memoria, como si fuera un ordenador o un móvil, y pasar a papel todas esas ideas que mi imaginación va fabricando durante el invierno. Mi particular vicio incorregible. O mi adicción, de la que no pienso deshabituarme nunca. Que me apliquen si quieren la atenuante o la eximente completa

              Y como estamos en confianza, me atrevo a hacer una confesión. Yo hablo con  mis personajes. Y es que, como quiera que vienen a verme, sería una descortesía no hacerlo. Suelo pasear con ellos por la playa cada mañana, y aunque a veces me orientan sobre qué evolución tendrán en la trama, lo más frecuente es que vengan a echarme la bronca poque salen poco en ese capítulo que escribí el día anterior, o porque hacen cosas que no les gustan. Verdad verdadera, aunque haya quien piense que es motivo suficiente para avisar a los loqueros.

              Otra de las ocupaciones vacacionales frecuentes son los deportes y actividades físicas varias. En mi caso, sustituyo la danza -no hay clases en agosto, aunque algo practico- por otras actividades como pasear o nadar. Pero hay quine se toma el mes de vacaciones como si estuviera entrenando para la Olimpiada, y luego llegan las lesiones. Así que cuidadin. Y cuidadin también con quienes disfrutan de deportes extremos como puénting, rafting y todas esas cosas terminadas en ing. Que queremos volver a septiembre con todas nuestras extremidades en su sitio.

              Para acabar, no me olvido de quienes disfrutan retomando actividades manuales, como el ganchillo o el bordados de nuestras abuelas. Sea punto de cruz, macramé o bolillos, ánimo, que estas cosas relajan mucho. Y, si son bolillos, siempre se puede aprovechar para hacer unas puñetas estupendas Y sé qué habrá quien no entienda que esto sirva para relajarse, pero yo lo entiendo. De hecho, durante la oposición, me teí una mantilla que todavía uso para ir a la Ofrenda. Más frikismo en mi vida

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso lo podría dar a todas las personas que toman las vacaciones pero mejor haré lo contrario, y se lo daré a quienes no tienen vacaciones ahora. Al menos, eso se llevan.

Barbie: no somos muñecas


         El mundo de los juguetes en general y de las muñecas en particular siempre ha tenido mucho atractivo, y no solo para niñas y niños. En estos días se habla mucho de la película Barbie, aunque hay otras películas de juguetes famosas, como la saga de Toy Story –su frase “hasta el infinito y más allá, ya forma parte del lenguaje común- o, al otro lado del espectro, la de Chucky, el muñeco diabólico, que hasta novia tiene. Y es que es difícil imaginar una infancia sin muñecas.

En nuestro teatro, obviamente, ya hace tiempo que dejamos de jugar con muñecas, aunque de vez en cuando pasan cosas que nos recuerdan aquellos tiempos pasados. Yo, por mi edad, soy más de la generación de Nancy, pero seguro que todas las personas que paseamos nuestras togas nos identificamos con ella o con cualquier otra, como Barbie o Bratz –para las más jóvenes- con bebés como Nenuco o Baby Mocosete o el diminuto Barriguitas o con machotes de pelo en pecho como Madelman o Geyperman. Sin olvidar, por supuesto, a Pin y Pon o a los imprescindibles Clics de Playmóbil, alguna de cuyas imágenes han ilustrado nuestros estrenos. Como los han ilustrado, cómo no, todas esas muñecas a las que mi madre –u otras madres- han vestido con toga y puñetas, empezando por mi propia Nancy, la auténtica, aquella con la que tanto jugué de niña y que ahora preside la estantería de mi despacho con su toga y sus tacones.

Pero no hay más que abrir los ojos para comprobar que, aunque no lo creamos, sí que hay muñecos por Toguilandia. Igual, hasta por la noche montan alguna fiestecita como sus compañeros de Toy Story. Recuerdo que, en los primeros tiempos de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, cuando andábamos improvisándolo todo, nos encontramos con que no sabíamos muy bien qué hacer cuando las víctimas venían acompañadas de sus criaturas, a las que no iban a dejar solas. Entonces, decidimos traer los juguetes que ya hubieran desechado nuestras hijas e hijos, y los colocamos en una salita que constituyó la primera sala de espera para la infancia. Y la verdad es que fue todo un éxito a coste cero. Y es que, muchas veces, querer es poder. Y, a falta de medios, soluciones imaginativas.

Ahora, por fortuna, cada vez se ven más ejemplos de salas amables donde niños y niñas se sientan lo menos mal posible dadas las circunstancias. Y, aunque aun nos queda camino en esta vía, quizás a día de hoy el ejemplo más paradigmático venga constituido por las cámaras Gesell, destinadas a recibir declaración testifical a menores en un ambiente agradable y guiados por un profesional de la psicología en vez de un señor o señora vestido con un batín negro, como me llamaron a mí una vez en juicio.

La verdad es que a mí me sigue provocando ternura ver a esas criaturitas que llegan al juzgado de la mano de su madre y agarradas a su osito de peluche, su muñeca, o cualquier otro juguete que les dé seguridad. Algunas cosas siguen iguales por mucho que pase el tiempo. En más de una ocasión he visto a funcionarias hablando al osito, dándole de comer o acunándole para que su pequeña propietaria se tranquilizase.

Pero no todo son ternura y sonrisas. Como a veces pasa en los pleitos de familia, en que las partes se enzarzan por las cuestiones más nimias, he visto peleas que empezaron porque no metió el muñeco del nene en la mochila o porque lo entregó al otro progenitor sucio o roto, con el consiguiente disgusto de su pequeño propietario. En un caso, trajeron al osito casi despedazado, con su relleno de trapo saliéndose por las costuras y sin un ojo, y reconozco que tuve un pellizco en el alma pensando en la carita de la pobre niña cuando le viera así. Cursi que es una, que le vamos a hacer.

Pero volviendo a Barbie, la de la película y la que ha estado en las casa de cualquier niña, es una invitación a la reflexión. Una reflexión, de una parte, sobre los estereotipos físicos que en más de una caso, esclavizan a las personas hasta hacerles hacer verdaderas barbaridades, y, de otra, en el largo camino hacia la igualdad y a inmundo donde las mujeres –y también los hombres, podamos ser lo que queramos sin que nadie nos estigmatice por nuestro sexo. Ahí es nada.

Y, con esto, se cierra el telón por hoy. El aplauso se lo daré esta vez a todas esas madres que confeccionaron las togas de nuestras muñecas, y no solo por eso, sino porque antes pusieron toda la carne en el asador para que sus hijas pudiéramos lucirlas y ejercer nuestro oficio. Nunca se lo agradeceremos bastante.

Control ¿Cuándo vuelves?


Hoy, en nuestro teatro, un relato para leer y reflexionar. No diré más por no hacer spoiler

¿CUÁNDO VUELVES?

-¿Cuando vuelves?

Todas las noches lo mismo. Él, insistiendo en que regresara. Y ella, a punto de claudicar, arrepentida de la decisión que nadie comprendía. Pero cada nuevo día, después de descansar, se reafirmaba en ella.

Lo tenía todo. O al menos, eso parecía. Un trabajo que le gustaba y una pareja envidiable. Que aquel profesor atractivo y simpático hubiera reparado en ella, una simple alumna más de su clase de la facultad era algo por lo que, según su madre, debía dar gracias a Dios cada día.

Por eso no recibió más que reproches cuando aceptó aquel trabajo en una ciudad pequeña donde no iba a tener ni la mitad de oportunidades, donde cada noche se acostaría sola y se levantaría más sola aún en cualquier cuartucho de un piso compartido.

También ella lo pensaba más de una vez. Pero entonces se recordaba a sí misma por qué se marchó. Estaba harta. Harta de vivir a la sombra del catedrático brillante que no solo le chupaba la energía sino que se quedaba con el fruto de todo su esfuerzo. Su tesis, mil veces demorada, iba perdiendo trozos que él se quedaba y publicaba con su nombre. Le decía que debía sentirse satisfecha de que el prestigio  de él sirviera de paraguas a las ideas de ella, que ya llegaría su momento. Pero el tiempo pasaba y él volvía a retrasarlo una vez y otra.

Lo recordaba en su habitación, un pequeño cuarto alquilado a una mujer mayor, que vivía allí y ejercía de casera y madre a partes iguales. Le asignó la que dijo ser mejor habitación de la casa. Y lo era. Un cuartito agradable de cama recia y cortinas floreadas presidido por un cuadro.

El cuadro la fascinó desde el primer día. Era el retrato de una mujer corriente, hecho por un pintor corriente, con un marco corriente. Pero tenía algo que la atraía sin remedio. Y debió ser recíproco, porque el cuadro parecía empeñado en llamar su atención. Cuando no se torcía, se caía al suelo misteriosamente, o aprovechaba cuanquier ráfaga de aire para golpearse contra la pared y alertarla con el ruido.

Estaba decidida a guardarlo cuando preguntó a su casera por el retrato. Era, según dijo, Remedios, la esposa de Antonio Malpartida, escritor local de reconocido prestigio. Ella no era gran cosa, pero él la quiso tanto que, tras su muerte no volvió a escribir una sola letra. Ni siquiera la concesión del premio Cervantes le animó a volver a escribir. El cuadro lo donó alguien al museo, y ella se hizo con él por cuatro duros, cuando quienes gestionaban el museo decidieron vender algunas de las cosas que no exponían

Tras conocer su historia, decidió darle una nueva oportunidad a Remedios. No descolgaría el cuadro. Le haría compañía. Así se lo dijo al lienzo, advirtiéndole que se dejara de sobresaltos o iría al altillo.

No le hizo caso. El cuadro seguía moviéndose. Hasta el día en que ella no pudo más. El cuadro cayó con un enorme estrépito, dándole un susto de muerte. Se levantó de la cama, lo cogió y le hizo sitio en el fondo del armario.

  • Lo siento, Remedios. Hasta aquí hemos llegado.

         Fue entonces cuando lo descubrió. En la parte trasera del marco, algo alteraba el tacto suave del papel que forraba el lienzo. No pudo resitirse y, tran toquetear un rato, rascó con la uña hasta hacer un pequeño agujero en el papel. Asomaba algo que parecía un documento. Rasgó más, y consiguió sacarlo. Era un papel descolorido, doblado en varios pliegues. Con el corazón palpitando, descubrió una carta manuscrita con una firma. Remedios.

          Era una especie de testamento, destinado “a quien lo encuentre”. La mujer del cuadro contaba que su excelso marido jamás escribió ni una sola letra de sus libros. Fue ella la única autora y, aunque en principio lo hicieron por acuerdo porque sería más fácil publicar a un hombre que a una mujer, él incumplió su promesa de dar a conocer el secreto. Primero lo iba demorando y después se negó. Incluso la obligaba a seguir escribiendo hasta que ella no pudo más y decidió quitarse la vida. Antes de hacerlo, escribió esa confesión que dejó oculta en el cuadro que donó anónimamente al museo.

          Con lágrimas en los ojos, volvió a colgar el cuadro. Guardó la carta y la miró.

          Mientras, la pantalla de su móvil parpadeaba

  • ¿Cuando vuelves?
  • Nunca.

Planta: y no es un vegetal


              Nuestra lengua castellana tiene muchas palabas polisémicas, y “planta” es una de ellas. Si hablamos de las plantas que cuidaba El jardinero fiel, nos referimos al mundo vegetal; sin embargo, si usamos la palabra en el sentido que lo hacía el título de la película Cuarta planta, su significado es el de piso o altura de un edificio. Pero aún hay más

              En nuestro teatro la planta tiene todavía más significados. Además de que podamos tener tiestos con flores, con mejor o peor fortuna según la ubicación del despacho y la dedicación de sus ocupantes, y de que dichos despachos estén situados en uno u otro piso, hay otro tipo de planta que es esencial en Toguilandia: la planta judicial.

              La planta judicial es algo así como la madre del cordero de todos los juzgados de España. Es una suerte de mapa toguitaconado que establece en qué localidades hay juzgados, qué tipo de juzgados y cuántos son, e incluso a qué categoría pertenecen las magistradas o magistrados que los sirven.

              Es evidente que la organización de un poder del Estado, como es el judicial, requiere de un plan elaborado en que se tengan en cuenta factores demográficos y geográficos para que la Justicia consiga llegar a todo el mundo en iguales condiciones. Algo que en algunos lugares todavía es una utopía, porque no funciona igual un juzgado mixto de un pueblo pequeño -ya hablamos de ellos largo y tendido- que un juzgado especializado de una gran ciudad. Y tiene todavía menos que ver con uno de los órganos centrales que tiene su sede en Madrid.

              Para analizar esta cuestión no podemos perder de vista algo que hemos dicho muchas veces en nuestras funciones. Esta organización la llevamos arrastrando desde el siglo XIX, cuando la mayoría de los traslados se hacían en coche de caballos y no había otro medio de comunicación entre unos y otros que el correo -que también iba en coche de caballos- o el telégrafo. Paradójicamente, las resoluciones judiciales recibieron nombres que parecían pensados para recordar esas cosas, como Autos y Diligencias, También es herencia de esa época la decisión sobre las ciudades que eran cabeza de partido judicial, en virtud de unos criterios de importancia y población que ahora tal vez no tengan. Y es que hemos cambiado mucho, de una sociedad fundamentalment4e agraria a la actual, en que muchos niños no han visto un pollo más allá de que viene envasado en el súper.

              Según la planta judicial, y yendo de abajo a arriba, encontramos, en primer término, los juzgados de primera instancia e instrucción, los famosos juzgados mixtos de pueblo que igual conocen de un desahucio, de una herencia, de un robo de cosechas o de un asunto de corrupción urbanística, además de hacer servicio de guardia con una considerable frecuencia -incluso algunos, permanente-. A algunos de estos, por si no tenían bastante, les añadieron las funciones de Registro Civil o las de violencia de Género, que en las grandes ciudades tiene su propio -o sus propios- juzgados especializados. No es de extrañar que quienes están en este tipo de destino -que suele o solía ser el primero– huyan de allí como de la peste en cuanto surge una oportunidad.

              El siguiente escalón viene constituido por los Juzgados de primera instancia -civil- y de instrucción -penal-, ya separados, que es como están en las capitales de provincia y otras ciudades de importancia por el número de habitantes u otras circunstancias.

              Escalando más, encontramos ya en ciudades -aunque no sean capitales de provincia- los Juzgados de lo penal, órganos de enjuiciamiento, que comparten esta función con las Salas de la Audiencia Provincial, según la pena sea más o menos grave. Las salas, a su vez, tienen también sus competencias civiles, en vía de recurso. Y por arriba de ellas, el Tribunal Superior de Justicia y más arriba, el Supremo.

              En este esquema se introducen, además, los Juzgados de lo Social y de lo Contencioso, y más arriba de ellos, las salas correspondientes del Tribunal Superior de Justicia y el Tribunal Supremo.. Y tambien es el caso de los Juzgados de lo Mercantil Y, por supuesto, de los Juzgados de menores, una jurisdicción un tanto peculiar procesalmente porque es el Ministerio Fiscal quien instruye. Curiosamente, son que nadie se lleve las manos a la cabeza, como ocurre con gran parte de la judicatura cuando se habla de atribuir la instrucción a la fiscalía.

              Y, para acabarlo de arreglar, aparecieron en 2006 los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, que en unos sitios son especializados y en otros son añadidos de competencia a otros juzgados.

              También, como champiñón extraño, la Audiencia Nacional, que determina su competencia en función de la materia en vez de en función del territorio, Su necesidad o no es un debate que se abre de vez en cuando.

              Por otra parte, hay en capitales de provincias, juzgados especializados que realmente no lo son. Son juzgados como los de ejecutorias -que en realidad son juzgados de lo penal-, lo de familia o incapaces -en realidad son juzgados civiles- o los de Registro Civil -un órgano judicial realizando funciones no jurisdiccionales—Pero no son especializados propiamente.

              Y, para controlar la ejecución de las penas, también están los juzgados de vigilancia penitenciaria, aunque las penas en principio se ejecutan por el juzgado que dictó la sentencia.

              Por último, y por debajo de todos, en los lugares donde no hay juzgado de primera instancia e instrucción, hay juzgados de paz, cuyos titulares no pertenecen a la carrera judicial y hace tareas, fundamentalmente, de notificación.

              En definitiva, un esquema bien armado pero que necesita ser revisado con mucha más frecuencia que lo hace. Sobre todo, para aumentar el número de juzgados, que siempre se necesitan más de los que hay y se crea uno cuando ya hacen falta tres. Y así nos va.

              Y hasta aquí, este pequeño repaso de nuestra peculiar planta. El aplauso queda esperando a que por quien corresponda adapte de una vez la planta judicial a la realidad. Que ya sería hora

9 años: casi nada


                No sé si el número 9 tiene algo especial. A mí siempre me vienen a la cabeza lo de los 19 días y 500 noches de Sabina, y por supuesto, las inolvidables 9 semanas y media pero también hay películas que juegan con esta cifra: 9 días, Número 9 o, simplemente 9. Y 9 era también el número del canal autonómico de Valencia, mi tierra, y todavía lo tenemos en el dial nº 9 aunque ahora se llame Apunt. Por algo será.

                En nuestro teatro no sé si el 9 puede tener alguna trascendencia especial, aunque a buen seguro lq tendrá para los condenadoS a 9 años, 9 meses o 9 días de prisión o de localización permanente. O de multa , que también se mide en días aunque sea una pena económica.

                Pero hoy no iba a hablar de penas, sino de una gran alegría. El blog cumple 9 años, ahí es nada, y hay que celebrarlo como toca. Tal como venimos haciendo cada año llegado el 18 de julio. Que, la verdad, ya podía haber estado más fina para elegir el día, pero es lo que hay. Me consuelo pensando que ese día se celebra Santa Marina, mi segundo nombre según mi partida de nacimiento hasta que lo hice desaparecer de mi DNI, por razones prácticas más que por otra cosa.

                No voy a retrotraerme a aquel día, hace ahora nueve años, en que decidí convertir mi informe preliminar para el tribunal del Jurado, donde comparaba nuestra actuación con la que desarrolla en las tablaS del escenario. No imaginaba, aquel día lejano en que abría el telón por primera vez, que iba a seguir semana tras semana, inasequible al desaliento, contando las cuitas y las alegrías de Toguilandia, compartiendo relatos y tratando de poner humanidad a un mundo que todavía parece muy lejano.

                No sé si lo he conseguido, pero lo bien cierto es que cada semana un montón de personas siguen leyendo mis cosas, haciendo comentarios y compartiendo impresiones. Y yo, tan feliz.

                Este ha sido un año peculiar -por llamarlo de algún modo- para la Justicia. Ha sido, sin duda alguna, el año de las huelgas, celebradas o anunciadas. Dieron el disparo de salida  los LAJ , en una vuelta de tuerca que nadie creyó que llegara después de mucha negociación infructuosa. Fue como el cuento del lobo, tantas veces se dijo que la cosa podría acabar en huelga que nadie pareció tomarlo en serio. Pero llegó, y causó lo que por su propia naturaleza causa una huelga: molestias a todo el mundo. Y, aunque es cierto que en ocasiones se podía haber gestionado mejor, y avisar al menos de las suspensiones en que profesionales y justiciables habían de hacer un desplazamiento considerable, se desarrolló del modo que se ha de desarrollar una huelga. Solo que en Justicia no estamos acostumbrados a eso.

                Pero, como dice el refrán, nunca dura la alegría en la casa del pobre, y jueces y fiscales quisieron -¿quisimos?- subirnos a un carro que no habíamos puesto en marcha. Y de nuevo la sombra de la huelga empezó a planear por Toguilandia, aunque al final la sensatez se impusiera y no llegara la sangre al río. Esperemos que mantengan lo negociado y no quede todo en agua de borrajas, que yo, como Santo Tomás, hasta que no lo vea no lo creeré.

                Y, como no hay dos sin tres, el funcionariado quiso hacer valer también sus legítimas aspiraciones y ellos sí se pusieron en huelga. Una huelga que al final ha quedado un poco descafeinada por la incertidumbre que han generado los resultados electorales y el adelanto de las elecciones generales en pleno verano, pero que también ha causado sus efectos.

                PoR su parte, los Médicos forenses también hacían algún órdago que tampoco ha florecido. De momento.

                Y, como guinda del pastel, ese colectivo que no hace huelga pero sí se moviliza, y con razón: la abogacía. Y, en especial, el turno de oficio, cuya fundamental función no acaba de ser reconocida de un modo digno, acorde con su importancia. El cuento de nunca acabar.

                Así que las tablas de nuestro escenario se han enfrentado a suspensiones de funciones, tal como pasa en el mismísimo Hollywood, con la huelga de guionistas a la que se han unido actores y actrices. Para que luego digan que no acerté con el paralelismo con la farándula.

                Este último año, además, nos hemos visto afectados por otro acontecimiento excepcional que, aunque suena más lejano, acaba influyendo en todo: la guerra de Ucrania. Esa invasión que se suponía que iba a durar cuatro días y ya lleva más de un año, y lo que te rondaré morena. Con la crisis que trae consigo. Y ya sabemos que, en cuanto hay crisis, la justicia, la hermanita pobre de la Administración, se resiente.

                Per hoy es día de celebración, así que dejemos por un día las miserias y vayamos a lo que vamos. Os invito a ese feedback que tanto agradezco. Contadme sin miedo, aunque sea para criticar. Por favor

                No me olvido del aplauso. Y esta vez ha de ser, cómo no, para el público fiel que me lee todas las semanas. Aunque suene a tópico, sin ese público este teatro no tendría sentido. Y, por descontado, un aplauso extra para @madebycarol que, una vez más, ilustra mis palabras. Mejorándolas, claro está.

Censura: ni de lejos


         Todo el mundo ha oído hablar alguna vez de la censura. Y el mundo del arte en general y del cine en particular la ha sufrido en sus carnes. Recordemos la famosa Ley McCarthy quien dio lugar al macartismo y a la tristemente famosa caza de brujas norteamericana reflejada en películas como La lista negra, El puente de los espías, Caza de brujas o Buenas noches y buena suerte. En España, nos duró la cosa bastante más, y se censuraron o mutilaron películas como Viridiana, Muerte de un ciclista o El crimen de Cuenca, entre otras muchas. Y de ellas hablaron, en tono de comedia, Historias de la frivolidad o La corte del Faraón, por no hablar de los famosos dos rombos con los que nos enviaban a la cama a los niños y niñas de toda una generación. Y es que la tijera hacía mucho daño

En nuestro teatro no hay, a día de hoy, censura, ni puede haberla porque, como bien sabemos, la Constitución consagra, entre los derechos fundamentales, la libertad de expresión. Ya le hemos dedicado más de un estreno

Pero a veces, cuando más a salvo creemos estar, saltan noticias que nos ponen a temblar. Y es que atacar la libertad de expresión es atacar directamente a uno de los fundamentos de la democracia. Ni más ni menos.

Como unas ya tiene una edad, todavía recuerdo, como flashes de mi infancia, los secuestros de algunas publicaciones de las que hablaban en el Telediario. A mi mente de niña le llamaba la atención aquello, no por lo que significaba en realidad, sino porque imaginaba un secuestro de película en toda regla, con encapuchados entrando en los quioscos y llevándose las revistas por las bravas. Ahora pienso que ojalá fuera tan fácil.

También recuerdo haber oído alguna vez a mis mayores hablando en voz baja de alguien que se había ido a un lugar llamado Perpiñán a ver alguna película subidita de tono, que el sexo ya se sabe que era el peor de los pecados. Pero no se podía preguntar, que por menos de nada te mandaban a la cama, aunque los dos rombos no hubieran hecho su aparición.

Con el tiempo, ese tipo de censura acabó en nuestro país, pero no estaba todo ganado. La libertad de expresión tiene su antagonista muchas veces en el derecho a la intimidad y los paparazzi, en aquella época sin móviles, campaban por sus fueros. Y no hablo de la prehistoria, aunque casi. En mis primeros años de fiscal, recuerdo algo que me pasó que todavía me hace reír. Una famosísima de la época había sido pillada en una infidelidad, y según parece, todo el mundo sabía que determinada revista iba a publicar las fotos. El día anterior a la supuesta publicación, se anuncio en uno de los pioneros de los programas del hígado, Tómbola, que iban a contarlo, y la famosa de turno se personó en el juzgado al que pertenecía el lugar donde se hacía el programa pretendiendo la cancelación de la emisión. Pero hete tú aquí que el programa era en directo y no teníamos a mano la bola de cristal para adivinar lo que dirían, así que aquello no era factible, para indignación de la famosísima infiel. Y lo más gracioso de todo es que yo misma, que estaba de guardia, tuve que explicarle al juez quién era la famosísima y por qué lo era, porque debía ser de aquellos que, como ha sugerido un Magistrado del tribunal Supremo hace nada, dedicaba los viernes a leer jurisprudencia y nada más.

También pasó aquella oleada, y ahora vivimos una época del “vale todo” en cuanto a cotilleos se refiere, ya que cualquiera, con un móvil en la mano, puede grabar o fotografiar cualquier cosa, y además son los propios famosos quienes se autopublicitan a través de las redes sociales. Con excepciones, como todo, que quine quiere mantener su intimidad lo hace y tiene todo el derecho a reclamar si la invaden.

Ahora nos encontramos con una época de zozobra, fundamentalmente por dos lados. Por una parte, hay quien se empeña en estar en posesión de la verdad e imponer su pensamiento – ¿o la falta de él? – y, en actitudes que recuerdan más al pasado que al siglo XXI, prohíben publicaciones, suspenden actuaciones por el terrible pecado de enseñar un pecho o cancelan funciones de obras que llevan representándose más de cincuenta años. Un peligro.

De otro, está la cuestión de lo políticamente correcto. Se nos ha vuelto la piel tan fina en algunas cosas que, de tanto exagerar, se llega al ridículo, o casi. Porque bien está revisar programas o películas donde se frivolizara, por ejemplo, la violencia de género, pero no podemos llegar al punto de pretender reinterpretar los libros de Los cinco o los cuentos de toda la vida. Con saber leer las cosas con perspectiva y sensatez, sería suficiente.

Lo peor es que ambas cosas producen que a veces caigamos en la más peligrosa de las censuras, la autocensura. Lo verdaderamente lamentable vendrá el día en que dejemos de hacer o decir algo por miedo a lo que pueda pasar. Porque la autocensura no hay tribunal ni sentencia que pueda impedirla.

Y hasta aquí el estreno de hoy, sin censura alguna. El aplauso es, por supuesto, para quienes ejercen cada día su libertad de expresión asumiendo el riesgo que pude suponer. En algunos países del mundo, la propia vida.