Vidas paralelas: microteatro


Hoy, nuestro teatro es más teatro que nunca. Una pequeña pieza con la que quiero contar muchas cosas y hacer pensar muchas más . Así que para no hacer spoiler no adelanto nada, me limito a abrir el telón. Los aplausos espero que vengan al final

MARIA- Cómo me cuesta levantarme cada día. Me angustia quedarme en casa y me da miedo salir de ella. No sé cómo he llegado hasta aquí, pero me acuerdo tanto de los tiempos del colegio, del instituto, de las quedadas con las amigas… Es como si hubieran pasado siglos, y yo no fuera la que fui. Y es que me gusta tan poco la imagen que veo en el espejo, que cualquier día los tapo todos con una sábana

ANA- Qué bonito es levantarse cada día. Siempre pienso que me van a pasar cosas buenas, y, si no me pasan, las invento. O convierto en buenas las que no lo son tanto. El mundo tiene tantas cosas bonitas de las que disfrutar que tengo que tener los ojos bien abiertos para no perderme ninguna. A veces me acuerdo de mis amigas del cole, Cualquier día monto una cena para contarnos cómo nos va

-ANA Qué alegría verte. ¿Cómo te va? Precisamente quería llamarte para que nos viéramos y recordar viejos tiempos

– MARIA Hace tanto de eso…

– ANA Qué va. Si parece que fue ayer. Tomamos un café y hablamos

– MARIA No puedo

– ANA ¿por qué?

– MARIA No sé

– ANA Venga, vente

– MARIA Vale. Pero solo un café. Tengo que irme enseguida

– ANA ¿A casa?

– MARIA Bueno, sí (en voz baja) A la cárcel más bien

(Pasan tiempo juntas)

-ANA¿Por qué estás tan triste?

-MARIA Y tú ¿por qué siempre estás feliz?

-ANALa vida es hermosa

-MARIA  No lo es. La vida es una carga pesada. No hago nada bien, no acierto nunca, no valgo para nada

– ANA¿Quién te ha dicho eso?

-MARIA  Lo sé. Él lo repite siempre. Por eso estoy sola

– ANA No estás sola. Me tienes a mí, y todo un mundo por descubrir. Ven. Te lo enseñaré

– MARIA No sé si atreverme

– ANA Tienes que hacerlo

– MARIA ¿Y si me arrepiento?

– ANA Te arrepentirás si no lo haces. ¿Vienes?

– MARIA Está bien. Pero no me dejarás sola

– ANA Nunca. Dame la mano y volemos. El mundo nos espera

Matemáticas: nuestras operaciones


              Las matemáticas, según nos han dicho desde la infancia, son necesarias para ser alguien en la vida. Tanto que son muchas las películas que se basan en ellas, entre las que citaré, sin ánimo de exhaustividad, La teoría del todo, Figuras ocultas, El indomable Bill Hunting o El Código Da Vinci. Y es que, nos pongamos como nos pongamos, dos más dos siempre son cuatro. ¿O no?

              En nuestro teatro poco tenemos que ver con las matemáticas, al menos a priori. La inmensa mayoría de los habitantes de Toguilandia, nos declaramos “de letras” sin ningún tapujo y nos bloquemos como aparezcan más de tres números juntos si no son para citar artículos del Código Civil , del Penal o de cualquier otra ley. Y no nos damos cuenta de que, como nos decían desde la infancia, las matemáticas están en todas partes. Hasta en Toguilandia. Y los números también, que hasta tuvieron su propio estreno.

              Cuando estudiaba en la Facultad, recuerdo que había una asignatura llamada “economía” -ignoro si hoy seguirá existiendo o tendrá un nombre diferente- que trataba de enseñarnos algunos rudimentos e esta materia a aquellos alevines de juristas que aun no sabíamos muy bien qué hacer con nuestras vidas. El profesor entró por primera vez en nuestra aula y llenó la pizarra de números, Cuando, ante nuestra cara de estupefacción, trató de explicarnos algo de un logaritmo, ya no pudo conseguirlo. La reacción inmediata de la clase, sin previo acuerdo, fue levantarnos y no volver a aparecer por allí, porque aquel profesor ignoró olímpicamente la razón por la que muchas y muchos estábamos allí: porque éramos de letras.

              Al final, y cada cual como pudo, aprobamos la asignatura. En mi caso, me aprendí de memoria todas las fórmulas que aquel incauto trataba de enseñarnos, con su desarrollo y su gráficos. Y aquí paz y después gloria.

              Pero, sin darnos cuenta, también en Toguilandia sumamos, restamos, multiplicamos y dividimos. Y seguro que, de haber sabido de esos logaritmos que tanto gustaban a aquel profesor que abandonamos cruelmente, también los usaríamos, pero no es el caso. O no, al menos, el mío.

              Así a bote pronto, se me ocurren materias en las que es imprescindible la calculadora, aunque ahora ya casi nadie tenga una como la de mis primeros tiempos toguitaconados. Sería imposible dedicarse, por ejemplo, al Derecho Financiero sin usar las matemáticas, y también pueden resultar útiles en ámbitos donde se manejan cantidades de dinero como ocurre con el Derecho Mercantil.

              Pero no solo eso. Todo el mundo en Toguilandia nos vemos e el brete de calcular indemnizaciones, matemática de la de toda la vida, sobre todo cuando del baremos de accidentes de tráfico se trata. No queda otra que multiplicar el valor de cada punto por los puntos que calcula el forense según las secuelas y los días de curación. Un ejercicio casi como los problemas de matemáticas del colegio.

              También hay que usar la calculadora cuando se trata de la fase de  ejecución de sentencias, particularmente cuando hay que hacer liquidaciones de condena, tanto de días de prisión o de alejamiento como de toras medidas. En este caso, tras aplicar la condena la número de días del año, se le resta el tiempo abonable por hacer sufrido presión preventiva u otra medida cautelar.

              Y, por descontado, están las liquidaciones de intereses, las juras de cuentas o los cálculos de las cuotas, que nos obligan a sacar a las matemáticas de paseo de nuevo.

              Y otro tanto cabe decir de los procesos que tienen por objeto repartir patrimonios, como las particiones de herencia o las liquidaciones de régimen matrimonial. Y ahí no cabe lo que de quine parte y reparte se queda con la mejor parte, claro. Para evitar eso es para lo que estamos.

              Por cierto, hablando de sumas, no pudo dejar de comentar la costumbre de muchos medios de comunicación de sumar las penas de prisión de un solo proceso como si no hubiera un mañana. Suman todas las que se piden a todos los acusados, sin tener en cuenta que la pena es personal, y que, además, tiene sus límites. 30 años en concreto, en nuestro derecho, además de otras reglas a aplicar como el hecho de que no se supere el triplo de la más grave, o los límites de la prisión preventiva, diferente según sea la pena asignada al delito de que se trate. Y, sin tener en cuenta todas esas cosas, es como vemos titulares que anuncian que se impusieron en sentencia 1000 años de prisión y que nos dejan de pasta de boniato, o poco menos.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Con él, sumo uno más y espero seguir sumando seguidores. En cuanto al aplauso, es, por supuesto, para quienes me leen cada semana. Ojala se multipliquen

Edadismo: ¿pesan los años?


              El paso del tiempo es un tema recurrente en el arte. Porque afecta a todo el mundo, nos guste o no. El cine ha sacado mucho partido a estos temas. Hay películas sobre personas de edad avanzada y sus problemas, como En el estanque dorado y otras que se centran en determinado tramos de edad, como la adolescencia y primera juventud de Rebeldes. Y, por supuesto, hay muchas que tienen como protagonistas a niños y niñas, como la saga de Solo en casa. También hay películas que tratan de la decadencia que la edad supone en el propio mundo del cine, como El crepúsculo de los dioses o ¿Qué fue de Baby doll?. Y es que, de un modo u otro, nadie escapa al paso del tiempo. Como lo vivamos es otra cosa.

              En nuestro teatro, la edad tiene influencia en muchos más aspecto de los que pensamos. Ya dedicamos un estreno a la edad en su día, aunque lo que hoy quiero abarcar es otro tema, relacionado pero diferente, el edadismo. O lo que viene a ser la discriminación por edad.

              Como decíamos, la edad tiene una influencia directa en Toguilandia. Lo 14 años marcan la responsabilidad penal de los menores , los 18 la de todo el mundo y hay demás edades diferentes para actos como ser testigo o emanciparse. Y, por arriba, entre los 65 y los 70, según profesiones, se fija la edad de jubilación, salvo jubilaciones anticipadas, por abajo, y prórrogas, por arriba, algo muy frecuente en nuestro mundo con la figura de los llamados “eméritos”, que existían mucho antes que el rey abdicado nos quitara el nombre. Cosas de la fama.

              A modo de curiosidad, contaré que, aunque como fiscales tenemos, al igual que la judicatura, nuestra edad de jubilación “oficial” a los 70, con la posibilidad de prórroga de la que hablaba antes, nada hay previsto para la figura de Fiscal General del Estado. De hecho, cuando, allá por el año 2000 pertenecí al Consejo Fiscal, viví la jubilación de la carrera fiscal de quine era entonces Fiscal General del Estado que, sin embargo, siguió ostentando el cargo de Fiscal General. No diré nombres, pero quien tenga curiosidad tienen a San Google a su disposición.

              Mucha gente, por no decir todo el mundo, hemos presenciado episodios de edadismo, o discriminación por edad mas o menos clara. Si aterrizamos en la carrera más pronto que la mayoría, o nuestro aspecto es demasiado “juvenil” siempre hay alguien que nos mira por encima del hombro con cierto aire de superioridad. La veteranía es un grado, sin duda, pero cuando se llega hasta ahí es porque se está preparada. Ya h contado alguna vez que cuando llegué a mi primer destino, junto a otras compañeras tan pipiolas como yo misma, alguien dijo, medo en broma medo en serio, que necesitan fiscales, no niñas. Qué le vamos a hacer.

              No obstante, la discriminación por edad más preocupante es la que tiene lugar con las personas de cierta edad, a veces tan sutil que casi no nos damos cuenta. Seguro que hemos oído referirse a abogados u otros profesionales mayores diciendo que es “un abuelete” y que esa es la razón por la que hace determinadas cosas o no hace otras. Especialmente significativo es lo que sucede con el uso de las tecnologías, a las que algunas generaciones hemos llegado tarde y mal y que hacen que los nativos digitales nos miren con una superioridad rayan a veces en la condescendencia. Un poquito de empatía () siempre sería de agradecer.

              Cuando se habla de estos temas, recuerdo una anécdota que todavía me hace mala sangre. Estábamos en la sala de la Audiencia Provincial y presidía un magistrado muy conocido por su agrio carácter, por decirlo de algún modo. El abogado de la defensa era un hombre mayor, probablemente al borde de la jubilación, que no se caracterizaba por la rapidez de reflejos. Como quiera que llegó una cuestión previa de considerable complejidad, el abogado, entre la presión que suponía la fama del presidente y la dificultad de estudiarse en unos minutos lo que necesitaba mucho tiempo, comenzó a balbucear de puro nerviosismo. Y entonces fue cuando el magistrado le soltó un exabrupto que recordaré siempre como ejemplo de lo que no se debe hacer, y le gritó delante de todo el mundo que lo que debería hacer es volver a la facultad, porque no sabía nada. Ver a aquel hombre, que podía haber sido mi padre, al borde de las lágrimas, es algo que recordaré toda mi vida. Y no para bien precisamente.

              La discriminación por edad ha tardado en tener reflejo en nuestro Código Penal. La reforma operada en la ley de protección de l infancia y la adolescencia en 2021, popularmente conocida como “ley Rhodes” que introdujo entre los motivos de los delitos de odio y en la agravante de la misma naturaleza, la discriminación por edad, junto a la aporofobia () de qu también hablamos en su día. No quiere esto decir que toda discriminación por edad sea un delito, como no lo es cualquier otro tipo de discriminación que no reúna los requisitos del tipo, pero tiene enorme importancia a la hora de visibilizarla.

              No hace mucho, y en relación con el fallecimiento de una otrora famosa presentadora de televisión, sus hijas dijeron que se vino abajo cuando la apartaron de las cámaras por, seún ellas, razón de su edad. Y también hace poco, un ex presidente del gobierno achacaba el hecho de que no se le hiciera e caso que él demandaba, a la edad. Será o no verdad, pero ahí está, como factor.

              Así que tendremos que tener muy en cuenta estas cosas cuando se aparte a las personas por su edad o no se les atienda del modo que requieren sus circunstancias, o deje de otorgársele alguna prestación a la que tengan derecho por esa misma causa. Pensemos en lo que ocurriría si un profesional sanitario le negara la asistencia o la pospusiera porque considere que no merece la pena, o si la orden viniera de una administración pública. Para pensarlo, y mucho.

              No son los único supuestos. Recordemos la reacción que desencadenó -con razón- la campaña montada por una persona mayor para que la atención en los bancos fuera personalizada para aquellos que nada saben por su edad de ordenadores ni t4eclados. El lema, “somos mayores, no tontos” lo decía todo.

              Por todo eso, hago una llamada a la reflexión, más allá de lo que dice el Código penal. Porque las personas mayores se han ganado a pulso nuestro respeto y nuca debe faltarles. Por supuesto, el aplauso es hoy para quine recoja el guante. Que ya voy cumpliendo años y tendré que abonarme el camino. ¿no?

Cortesía: lo prometido es deuda


              En las relaciones entre las personas no siempre somos capaces de ser todo lo agradables que debiéramos. Más de una vez la educación brilla por su ausencia, y así nos va. Si siguiéramos, como sugiere el título de una película y su novela homónima, las Normas de cortesía, otro gallo nos cantaría. Porque, como dice el refrán, lo cortés no quita lo valiente.

              En nuestro teatro, la cortesía está presente, aunque menos veces de lo que debería estar. El estrés de la profesión, los plazos, el colapso, y esas historias tan duras que forman parte de nuestro mundo hacen que más de una vez presenciemos salidas de tiesto que no vienen a cuento. Y es que la paciencia es una gran virtud, pero hubo quien hizo pellas el día que la repartían. Estoy segura.

              En realidad, este estreno es, como sugiere el título, una deuda que contraje el otro día con dos abogadas, corteses y amables además de buenas profesionales. Y, medio en broma medio en serio, surgió la idea de este post, y aquí está el resultado.

              Los hechos fueron los siguientes. Nos encontrábamos en una sesión de juicios que, por esas razones que nadie se espera pero que tantas veces ocurren, arrastraba un retraso considerable. El señalamiento estaba bien hecho, calculando los tiempos, todo el mundo fue puntual y ninguna circunstancia extraordinaria podía hacer prever que la cosa se retrasase, pero cada juico duró más de lo que habíamos previsto que durara -informes que se alargan, citación de testigos en el acto de la vista- y al final se arrastraba un retardo de padre y muy señor mío. Y aquí llegamos al momento que protagoniza la historia.

              Quedaban dos juicios, uno de ellos se preveía largo, y era sin intervención del Ministerio Fiscal. El último era en rebeldía, es decir, que duraría muy poco tiempo. Yo le planteé a la jueza si podía adelantarse ese y ella, obviamente, me dijo que habría que ver qué decían las partes del anterior, que estaban en su derecho a que el suyo fuera antes, por largo que fuera. En mi descargo, añadiré que la demandante, a la vez que víctima -hablo de un Juzgado de Violencia sobre la Mujer- también tendría que esperar mucho tiempo para que luego su juicio durara apenas unos minutos. Así que planteamos la cuestión a las abogadas del juicio presuntamente largo.

              ¿Y que pensaríais que dijeron? Pues eso, que ningún problema, que lo entendían. Con mi mejor sonrisa, les dije que las tendría presentes en mis oraciones. Y una de ellas, con una sonrisa todavía mejor que la mía, dijo que se conformaba con que le dedicara un post. Y la verdad, no solo me hizo mucha gracia, sino también mucha ilusión. Que mis reflexiones toguitaconadas den lugar a estos detalles tan simpáticos es un buen incentivo para seguir sentándome de cara al ordenador dos veces por semana.

              En honor a la verdad, no es la primera ni espero que la única vez que me pasa algo así. Y en este caso he sido el sujeto pasivo de la cortesía, pero en otros trato de ser el sujeto activo, y tampoco tendría ningún inconveniente en ceder mi turno en el caso contrario. Pero no está de más decirlo. En este mundo tan polarizado, en que, por menos de nada, si le preguntas a alguien que cómo está, te contesta con un “pues anda que tú” tenemos que fomentar la armonía. Si no queremos hacer ricas a las farmacéuticas fabricantes de tranquilizantes y ansiolíticos, que ya ganan bastante.

              Comentaba el otro día una buena amiga en twitter -perdón, X- que este mundo necesita más “buenos días” y gracias” y menos tensión. Y tenía toda la razón. Ese mismo día, la empleada de la gasolinera donde reposté me deseó un buen día y empujó al karma para que lo tuviera, lo aseguro.

              Es un ejercicio fácil y barato. Y, además, según dice quien sabe, muscularmente cuesta más un gesto de enfado que una sonrisa Así que ¿por qué no lo ponemos en práctica desde ya? ¿por qué nos empeñamos en contar los pasos que damos cada día y no las frases amables? Así que, señoras y señores inventores, ingenien un sonrisómetro. Y a ver si alguna influencer lo pone de moda. En Toguilandia y fuera de ella.

              Y con esto me despido por hoy. Ojalá este estreno sirva para que ejercitemos más la cortesía. Si es así, mi aplauso para quien la ponga en práctica. De lo contrario, hoy no tiraré tomates para no ser descortés. Pero nunca se sabe lo que pueda hacer mañana.

Genuflexión: ser mujer en tiempos difíciles


Hoy en Con MI toga y Mis Tacones os traigo un relato, con el que quise contar una historia de mujeres de todos los tiempos. No es una historia real, pero perfectamente podría serlo. El aplauso al estreno de hoy lo dejo en suspenso. El público es quien ha de decidir. Ya se sabe que el público siempre tiene razón

GENUFLEXIÓN

-Ya sabes, nos veremos en la Iglesia.

– ¿Y cómo sabré cuándo salir a tu encuentro? Yo iré con ellas, como siempre

-La señal será la genuflexión. Cuando me veas hacerla de cara al sagrario, será el momento de salir. Te esperaré en la puerta de detrás. No me falles

            No había vuelto a entrar en una Iglesia desde aquel día. Y me había costado. En cuanto crucé el umbral, el olor a incienso me trajo aquella conversación antigua. Ya no olía a cera quemada. Las velas con bombillitas de encendido automático habían sustituido a los cirios de toda la vida, pero el resto era igual. Y yo, por un momento, volví a ser aquella chiquilla que fui. La chiquilla asustada y emocionada a un tiempo que nunca volvería a ser.

            Por aquel entonces, en el pueblo pocas salidas teníamos más allá de ir a misa. Yo iba con mi madre y mis hermanas cada domingo, y nos turnábamos para acompañar a mi madre el resto de los días. Desde que mi padre murió en aquel accidente de tractor, la misa se convirtió en diaria para mi madre, y en obligatoria al menos una vez por semana para todas. Era curioso, aunque en casa nunca habíamos sido religiosos, aquel tractor que volcó tirando al suelo a mi padre, también volcó totalmente nuestras vidas. Especialmente la mía.

            Me asfixiaba en aquel ambiente. Y me sentía mal por asfixiarme. Y eso me asfixiaba aun más en un bucle sin fin. Por eso cuando él apareció vi las puertas del cielo abiertas. Ignoraba entonces que las puertas del cielo se confundían demasiado a menudo con las del mismísimo infierno. Y allí fui de cabeza, y en él fui quemándome como las velas que ardían cada día en la iglesia del pueblo.

            Era forastero. Procedía de un pueblo cercano, pero en aquel ambiente era como si hubiera llegado de Marte en una nave espacial que, en este caso, era un cochecito astroso que nos parecía el no va más de la modernidad.

            Temblando de miedo y excitada como si fuera a cruzar el espacio, acudí a la puerta trasera de la iglesia, después de la genuflexión, el santo y seña. El me esperaba allí, con su cabello engominado y su traje varias tallas grande, que a mí me parecía que le sentaba como un guante. Me lo hubiera parecido aunque llevara puesto un saco de arpillera.

-¡Has venido! Dudaba de que llegaras a hacerlo

No habría faltado por nada del mundo

            Me dejé llevar. El amor, el ansia de aventura y aquella asfixia que me atormentaba me habían dado alas. No le pregunté dónde íbamos, ni cuando llegaríamos. Confiaba ciegamente en él.

            No sospeché nada ni siquiera cuando empezó a criticar mi vestimenta. Es más, pensé que tenía razón. Aquellas batas cosidas a mano por mi madre y cerradas hasta el cuello eran capaces de espantar la libido del más pintado. Pero él había sabido encontrarme debajo de ellas. Y eso me convertía en la más afortunada de las mujeres. O eso era lo que creí desde el primer momento en que me dirigió la palabra a la salida de misa y ante la cara de infinito reproche de mi madre.

            Me dormí en el coche. Tal vez por eso todavía no soy capaz de identificar el apeadero donde nos metimos en un tren. Tampoco pregunté nada. Estaba ilusionada con esa nueva vida que me esperaba, lejos de iglesias, de batas abotonadas hasta el cuello y de la asfixia con la que me levantaba cada día.

            Empecé a inquietarme cuando me dejó en aquella habitación con una mujer maquillada como una puerta. Iba vestida -o, mejor dicho, desvestida- con una cantidad de tela tan pequeña que con una bata de las que cosía mi madre hubieran salido veinte piezas. Pero tampoco la tela tenía nada que ver con las que usaba mi madre. Ni con ninguna otra que hubiera visto hasta entonces, salvo en las películas que de vez en cuando traían al cine del pueblo.

            En cuanto a él, no tardó en cambiar. Conforme nos alejábamos del pueblo, su amor se desvanecía. Cuando llegamos al destino, ni siquiera le quedaba un ápice de amabilidad. Y, una vez me depositó, como si de un trasto se tratara, en aquel cuartucho, dio paso a la crueldad. Sin tapujos

-No sé a quién le puede ir ese rollo “cateta”, pero tendrás éxito entre un sector de nuestros clientes, esos que no se pueden quitar de la frente la marca de la boina aunque lleven un Rolex en la muñeca. Lo supe en cuanto te vi.

           Me quedé perpleja. No daba crédito a lo que oía. ¿Clientes? No tenía ni idea de a qué clase de clientes se refería, ni cuál sería su negocio, pero no me gustaba. Tenía claro que esa música no sonaba bien. Desafinaba más que las beatas que cantaban a voz en grito en la iglesia del pueblo que había dejado atrás

            Me dejó sola. Aquella mujer de la ropa minúscula se marchó con él, y solo me dirigió una frase

-Ve acostumbrándote. Esta noche te libras, pero mañana tú también trabajarás.

           No quería ni pensar en qué consistiría aquel trabajo, pero estaba segura de que quería salir de allí. Y todavía era tan ingenua como para pensar que era libre para hacerlo. Sin embargo, no tardé en percatarme de que estaba encerrada. La habitación estaba cerrada a cal y canto y, además, había un tipo vigilando en la puerta, enorme y con cara de pocos amigos. No tenía salida. Quise gritar, pero nadie me oía. Quise llorar y no tenía lágrimas.

            Estuve durante todo el día siguiente con un nudo en el estómago y otro en el alma, a la espera de saber en que consistía el trabajo del que él me había hablado. Mi compañera de habitación no abrió la boca, ni siquiera para despintarse de la cara ese rictus de amargura del que no podía desprenderse, aunque se le hubiera despintado todo el maquillaje. Aun no lo sabía, pero pronto tendría yo otro idéntico.

            Vino a por mí apenas había anochecido. Me trajo un vestido tan mínimo como el de mi compañera. Picaba y olía mal, pero no me atreví a decir nada. Me lo puse sin rechistar, espoleada por un cuchillo enorme con el que él no dejaba de señalarme. Un rato antes me había dejado claro que no dudaría en usarlo si le desobedecía o trataba de huir. Y yo no tenía ninguna duda de que lo haría.

-Has tenido suerte. A este tipo lo que le gusta es que se la chupen

-¿Qué?

-Que se la chupen, paleta. ¿No vas a decirme que nunca has hecho una mamada?

-No -dije tragándome las lágrimas- Nunca

-Pues ya sabes. Te arrodillas, le desabrochas el pantalón, y te pones su polla en boca. Puedes hacer una genuflexión de esas, que la has ensayado mucho en la iglesia.

            Aquel día aprendí a llorar para dentro, a tragarme las lágrimas para que nadie las notara. Y, por primera vez en mi vida, quise estar en misa de doce más que ninguna otra cosa del mundo.

               No puedo decir que me acostumbrara a esa vida, pero sí que me resigné. Aquella solo fue la primera noche de muchas. Aprendí a hacer muchas otras cosas, con genuflexión o sin ella, y llegué a un punto en que solo rezaba a ese dios que me dejó tirada para que no me hicieran daño. Porque había tipos a los que les gustaba hacer sangre.

            Y un día pasó lo que tenía que pasar. Me quedé embarazada, a pesar de que ponía los medios que me obligaban a usar para evitarlo. Pero, como decía mi madre, tanto va el cantarico a la fuente que al final se rompe.

            Quisieron que abortara. Yo no sé si quería, pero nadie me pidió opinión y me llevaron a un sitio horrendo, lleno de sangre y de olor nauseabundo. Pero algo pasó, y no pudieron intervenir, así que me quedé con mi tripa y mi angustia. Aun no podía saberlo, pero ese día cambió todo.

            Cuando tuve a mi bebé, su cuerpecito diminuto y tibio sobre mi pecho me inyectó la fuerza que nunca había tenido, la fuerza para salir de aquello. Costara lo que costara. Tenía que darle a esa criatura una vida mejor que ese simulacro que yo vivía desde el día que una genuflexión en la iglesia de mi pueblo torciera mi destino.

            Lo intenté de diferentes maneras. Me arriesgué, incluso, a usar a alguno de mis clientes como medio para romper mis cadenas, pero aquello solo me supuso una paliza de la que casi no salgo viva. Hasta el día que una redada en el local en busca de droga fue mi tabla de salvación. Nos dijeron que permaneciéramos escondidas y calladas, pero yo me lancé en brazos del policía, le dije todo lo que sabía y le obligué a subir hasta las habitaciones donde una chica extranjera recién llegada se hacía cargo de mi pequeña, un bebé de solo unos meses, para que yo pudiera subir a darle de mamar. Eso me salvó.

            Lo siguiente no fue fácil. Viví amenazada durante mucho tiempo, de escondite en escondite, temiendo por mi vida y, sobre todo, por la de la niña, pero dispuesta a darnos a ambas una oportunidad.

            Costó, pero lo logramos. Me ayudaron a forjarme una nueva vida, y me proporcionaron trabajos de limpieza y cuidado de personas mayores que daban para seguir tirando. Conseguí que mi hija pudiera estudiar y labrarse un futuro. Y, al final, puedo decir que fuimos felices durante bastante tiempo, aunque confieso que nunca me quité de encima una sensación de asco de mí misma que me asfixiaba como me asfixió en un día muy lejano el olor a incienso y a cera quemada de la iglesia de mi pueblo.

            Mi abuela me contó todo esto de tirón, sin que una sola lágrima saliera de sus ojos, pero con la cara más triste que haya visto nunca

-Y esta es la razón por la que nunca hemos tenido más familia. Los lazos de sangre se rompieron el día que, con una genuflexión como santo y seña, dejé mi pueblo. Desde entonces nunca volví a entrar en una iglesia. Hasta hoy. Porque también en eso ella me ha hecho cambiar. Incluso después de muerta.

            Mi madre había dejado este mundo después de una corta pero contundente enfermedad que se la llevó en apenas unos meses. Mi abuela, casi centenaria pero con la lucidez de una treintañera, se lamentaba una y otra vez con sus lágrimas lloradas hacia adentro

-Ninguna madre debería sobrevivir a sus hijos

Y tenía razón.

           Lo que no le conté nunca es que, a pesar de que traté por todos los medios de contactar con nuestra familia de sangre, nunca la perdonaron a ella y se negaron a tener relación alguna con su hija ni conmigo, su nieta.

            Cuando, días después del entierro de mi madre fui al pueblo y entré en su iglesia, me giraron la cara. Por supuesto, después de hacer la genuflexión de cara al sagrario.

            Había desobedecido a mi abuela, que me hizo prometer que jamás haría una genuflexión, pero fue la última vez. Nunca más me arrodillé ante nada o ante nadie. Ni siquiera cuando, unos meses después, mi abuela nos dejara para siempre. La lloro a diario, pero nunca me arrodillaré ante su tumba. No me lo perdonaría.

Amnistía: la cuestión


              Todo el mundo cree saber lo que es una amnistía. De hecho, ha habido algunas históricas como la nuestra del año 1977, que marcó una época y que como tal dio lugar a varios títulos en el cine, como Modelo 77. Más allá de nuestro país, encontramos títulos como Amnistía o Argentina 1985, entre otras. Y es que el cine siempre refleja la realidad histórica más o menos reciente.

              En nuestro teatro parece difícil que, a priori, nos encontremos con algún caso en nuestro día, pero no cabe duda de que, con la que está cayendo, en pasillos y cafetería es frecuente tea de atención. Y no es para menos.

              Pediré disculpas por la frivolidad, pero no puedo evitar contar una anécdota de mi infancia. Una infancia de niña de la Transición que no se enteraba de nada y que fue comprendiéndolo todo con el paso del tiempo. Pues bien, no sé si es algo que oía yo, o que alguien se quiso quedar conmigo y me lo contó así, pero es oír esa palabra y recordar un cántico que me hacía mucha gracia “libertad, amnistía y un chalé para mi tía”, Nunca he sabido si ese grito realmente existió o fue mi imaginación, pero lo que bien puede imaginar quine me lea es la cara de mis padres cuando me vieron llegar a casa gritando semejante lema. Y es que todo tiene su anécdota, por denso que parezca el tema. No hay más que rastrear un poco en la memoria. Y en el sentido del humor por descontado.

              En estos días un tanto convulsos, se habla de “amnistía” con una connotación negativa, como una exigencia de alguien para que otro alguien logre algo -a bue entendedor…- y cuyo encaje constitucional cuestionan varias voces, más o menos autorizadas, con más o menos razón. Porque, como bien sabemos en nuestro teatro, en Derecho todo es opinable.

              Sin embargo, la palabra Amnistía la primera evocación que nos trae, más allá de estas veleidades políticas. es positiva. De hecho, una de las organizaciones de Derechos Humanos más asentadas y prestigiosas se llama Amnistía Internacional. A ella se deben varios hitos de lucha por los derechos de todas las personas en situaciones francamente opuestas a todo lo que huela a libertad.

              Por otro lado, las leyes de amnistía han supuesto, con más o menos acierto según el caso, la manera de acabar con un régimen dictatorial y atravesar la frontera de la democracia. Es el caso de nuestra Ley de Amnistía de 15 de octubre de 1077. Ley 46/77, a punto de cumplir 46 años. No está de más recordar lo que amnistiaba aquella ley, destinada a eliminar todo lo relacionado con delitos políticos de la dictadura. Así, amnistiaba:

a) Todos los actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día quince de diciembre de mil novecientos setenta y seis.

b) Todos los actos de la misma naturaleza realizados entre el quince de diciembre de mil novecientos setenta y seis y el quince de junio de mil novecientos setenta y siete, cuando en la intencionalidad política se aprecie además un móvil de restablecimiento de las libertades públicas o de reivindicación de autonomías de los pueblos de España.

c) Todos los actos de idéntica naturaleza e intencionalidad a los contemplados en el párrafo anterior realizados hasta el seis de octubre de mil novecientos setenta y siete, siempre que no hayan supuesto violencia grave contra la vida o la integridad de las personas.

              Un espíritu parecido tenía la denominada ley de punto final argentina y otras similares, con más o menos acierto en su redacción y en su interpretación.

              Pero ¿qué es en realidad la amnistía? Según la Wikipedia es un instrumento jurídico del Poder Legislativo, que tiene por efecto la posibilidad de impedir en un periodo de tiempo el enjuiciamiento penal y, en algunos casos, las acciones civiles contra ciertas personas o categorías de personas con respecto a una conducta criminal «específica» cometida antes de la aprobación de la amnistía; o bien, la anulación retrospectiva de la responsabilidad jurídica anteriormente determinada. Por s parte, la RAE, la define, de forma corta, concisa y contundente como “Perdón de cierto tipo de delitos, que extingue la responsabilidad de sus autores”. Otra definición, que me aporta San Google, es la que considera la amnistía como “Derogación retroactiva de la consideración de un acto como delito, que conlleva la anulación de la correspondiente pena”.

              De modo que sus fundamentales características serían la retroactividad, su referencia a supuestos determinados y que tiene lugar sin necesidad de que los hechos o las personas hayan sido enjuiciados, lo que la diferencia del indulto, que siempre se refiere a penas impuestas por sentencia firme y que ya tuvo su estreno.

              El quid de la cuestión a fecha de hoy es si la amnistía tiene encaje constitucional o, es contraria a nuestra norma suprema. Y es difícil, si no imposible, dar una respuesta en barbecho. ES imposible saber si una eventual ley es inconstitucional si la ley siquiera existe. Habrá que esperar al momento, si se produce, en que se apruebe tal ley.

              ¿Y tiene encaje la figura jurídica en abstracto en nuestra Constitución? Pues no me queda otra que hacer un ejercicio de galleguismo ni si, ni no ni lo contrario. Es cierto, como se ha dicho, que la Constitución no la prohíbe, como no prohíbe tantas otras cosas, porque tendría que ser infinita para abarcar todos lo supuestos posibles, Lo que hay que discernir es si su aplicación vulnera algún precepto constitucional, fundamentalmente los que hacen referencia a derechos fundamentales. Y eso es imposible saberlo sin conocer los términos en que eventualmente se redacte. Y si no, a ver quién es la guapa que presenta un recurso de inconstitucionalidad contra una ley que no existe. Sería un recurso de inconstitucionalidad fantasma, y, o han cambiado mucho las cosas, o esto no está previsto en los supuestos susceptibles de recurso. Es lo que hay

Con todo, lo que es una auténtica lástima es que algo diseñado para zanjar una etapa e instaurar la concordia se utilice como un instrumento para logar exactamente lo contrario. La manzana de la discordia

              Y con esto, acabo estas disertaciones, aunque del tema se seguirá hablando largo y tendido. Por eso daré mi aplauso solo a quienes piensas antes de hablar en los medios, que cada día son menos. Al resto, tomates. Y sin amnistía posible

Presión: cuando no se llega a todo


              Vivir al límite de nuestro aguante es algo que nos sucede cada día más. El cine ha reflejado lo que es estar Bajo presión, aunque no es el único título que refleja esta sensación. La insoportable levedad del ser nos atenaza, a veces bajo El insoportable peso de un talento descomunal. En otras, acabamos con Un día de furia, y todo se va al carajo. Y es que cuando no se aguanta más, es difícil seguir adelante.

              En nuestro teatro es frecuente encontrarnos bajo presión. De hecho, mucho más frecuente de lo que debiera. Plazos, señalamientos que se solapan o acumulación de trabajo son algunos de los factores que lo motivan, a lo que hay que sumar la autoexigencia de cada cual, que puede llegar a límites insoportables

              Si nos fijamos en cada uno de los colectivos que formamos parte de Toguilandia, veremos que todos tenemos nuestras propias causas y niveles de presión. Y es que en todas partes cuecen habas y en nuestro teatro a calderadas.

              La judicatura y la fiscalía nos sentimos presionados desde el primer momento en que nos ponemos la toga por el colapso de muchos juzgados. De hecho, cuando menor es la veteranía mayor es la carga de trabajo porque cuando aterrizamos en este mundo siempre nos toca lo peor. Y lo peor, en nuestro caso, es más trabajo y menos medios. Y mucha, mucha presión. He conocido personas a punto de dejar la carrera en estos destinos casi malditos. Pero sobrevivimos. Qué remedio.

              Aunque quizás donde la presión es mayor es en las causas con preso, que, además de poderse llamar causas con prisa, queman. Literalmente. Uno de los primeros consejos que se nos dan al llegar a este mundo es ese de que nunca se nos pase el plazo de prisión preventiva. Y para eso, hay que despachar la causa con toda la celeridad posible. Y con la que no es posible, también.  Por si las moscas.

              Otro tanto ocurre con los LAJ , aunque no siempre nos acordemos de ellos. En su caso, la presión extra puede venir motivada por el hecho de tener que manejar las cuentas de los juzgados, que en algunos casos pueden alcanzar cifras de vértigo o en la llevanza de los registros, como el famosos SIRAJ -referente a medidas de protección de violencia doméstica y de género-, que parece que siempre pide pan.

              Y, por si todo esto fuera poco, tenemos la dichosa estadística como una espada de Damocles sobre nuestras espaldas. Porque tanto da que nuestro trabajo conste registrado en todos los programas informáticos del mundo -Lexnet, Cicerone y similares, Fortuny-, que a la hora de la verdad hay que presentar una estadística que poco dista de la de mis primeros días, con palotes. Es incluso peor, porque ahora los palotes hay que meterlos en otro programa informático nada amigable, por decir con suavidad. Ya tuve oportunidad de contar en otro estreno estos absurdos que siguen amargándonos la existencia y restando tiempo a lo reamente importante. A ver si alguien lo soluciona de una vez. Y a ver si, de paso, dejan de devolvérnoslos por tonterías como me ocurría el otro día en que desde las altas instancias me devolvían una estadística porque consideraban incompatible que hubiera hecho un juicio en una Sala y unas comparecencias de medida cautelar en un Juzgado. Y tuve que explicar -en el hueco previsto para ello, faltaría más- que los días tienen 24 horas y se puede hacer una cosa por la mañana y otra por la tarde, en la guardia. Elemental, querido Watson.

              Pero hay más operadores jurídicos en nuestro escenario, que sufren la presión tanto o más. Se trata, de una parte, de la Abogacía y, de otra, de la Procura, siempre corriendo de un lado a otro. La existencia de plazos, los fallos de Lexnet y la falta de comprensión de algunas Señorías cuando les coinciden señalamientos hacen que su vida se desarrolle con mucha frecuencia al borde del ataque de nervios, cuando no directamente en él.

              Incluso hay quienes de ellos insisten en que les apretamos demasiado para que lleguen a una conformidad, aunque yo no soy quién para dar esto por cierto. Quedémonos con lo de que más vale un mal acuerdo que un buen juicio, y corramos un tupido velo en cuanto al resto, Más nos vale.

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. No presionaré a nadie para dar el aplauso, pero bien lo merecemos quienes vivimos cada día bajo presión. Y mucho me temo que ahí seguiremos. No nos queda otra

Alzheimer: un cuento especial


Relato ganador del 2º premio del Certamen Literario AFAEX “Más allá de la memoria”
(Lucha contra el Alzheimer) Badajoz, 2013

LA VUELTA DE CLARA

—Te traigo todos estos cuentos. Quizás alguien los podrá utilizar.

—Pero, ¿qué ha pasado?

—Ya no los necesito…


Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas en ese momento. Pero desde que entró por
la puerta yo ya sabía que algo terrible le había pasado. Y no me equivocaba.
Lucía era uno de los pocos clientes habituales que tenía mi modesta librería de barrio.
Desde hacía mucho tiempo, más del que podía recordar, Lucía visitaba mi pequeña tienda todos los viernes del año, sin faltar ni uno, y se llevaba un libro de cuentos infantiles. Eran para una sobrinita suya llamada Clara a la que jamás vi, pero me gustaba imaginarla junto a una niña pequeña que esperaba ansiosa la vista de su tía con el cuento que cada semana le regalaba. Yo fantaseaba con aquella criatura que, más allá de la tecnología de su tiempo, sabía disfrutar de la lectura. Y escogía los mejores cuentos, los más bonitos, los más brillantes, para no decepcionar a aquella niña a la que nunca conocería.
Fue aquel día cuando supe que jamás tendría oportunidad de conocerla. Lucía simplemente
asintió cuando le pregunté si Clara se había ido para siempre. Y me entristecí más de lo que era capaz de reconocer con la idea de que Lucía ya no visitaría mi local…
No fue hasta unos meses más tarde cuando supe que Lucía nunca tuvo una sobrina. Por
casualidad, apareció en mi librería una amiga suya, que en un par de ocasiones le había
acompañado. Como la recordaba, le pregunté por ella, y me interesé sobre si había superado la pérdida de su sobrina Clara .La amiga me miró con cara de infinita sorpresa y me dijo que la sobrina en cuestión nunca existió. Cuando vio mi expresión, creo que comprendió lo que pasaba, y me invitó a un café, que acepté sin dudar

Supe por boca de su amiga que los cuentos infantiles que compraba Lucía no eran par ninguna niña, sino para una mujer de más de ochenta años, su abuela. Abuela y nieta siempre habían estado muy unidas, y Lucía estuvo más pendiente de ella que nadie cuando el tiempo empezó a arrebatarle la memoria. Mucho antes de que el médico diagnosticara la fatídica enfermedad, Lucía ya intuyó lo que pasaba. Primero fueron pequeños olvidos, luego, dificultad en encontrar las palabras adecuadas en cada momento y, antes de que se quisieran dar cuenta, una fuerza más poderosa que un ciclón acabó borrando la mayoría de los conocimientos que le había llevado aprender toda una vida. A Lucía le costó asumirlo, pero más aún le costaba resignarse a tratar a su querida abuela como otros hacían, como un animalillo al que se cuidaba con cariño pero al que no se comprendía. Lucía se empeñó en entrar en su mundo, en seguir compartiendo con ella tardes de merienda y charla, y al final lo consiguió. Encontró la clave el día que su abuela, que ya hacía tiempo que no la reconocía, la llamó Clara, y la reprendió por llevar los labios pintados.

Lucía le siguió la corriente, y se percató de que la trataba como si ambas fueran niñas pequeñas, escondiendo sus secretos a sus madres. Así que le preguntó a la suya quién era Clara y aunque le costó un poco, finalmente lo descubrió. Clara fue la amiga de la infancia de su abuela, una niña que vivía en la casa vecina y con la que compartió sus juegos hasta que un día desapareció, recién cumplidos los once años. Jamás supo qué fue de ella, pero en aquella época convulsa, en plena Guerra Civil, cualquier cosa podría haberle pasado, podría haber muerto en algún bombardeo, o haberse exiliado del país con sus padres, o incluso podría ser alguno de aquellos niños de la guerra que enviaron a Rusia de los que hablaron los periódicos.

Así que, como la caprichosa memoria de su abuela se obstinó en volver a aquel tiempo, ella decidió ser su compañera de viaje y asumir la personalidad de Clara, la amiga perdida. La cosa funcionó y, aunque no siempre la reconocía como Clara, la mayoría de los días su abuela era feliz volviendo a la infancia con su amiga del alma, y ella también lo era. Precisamente por eso, pensó que leer libros juntas sería una gran idea y, como en casa no encontró ninguno que le pareciera adecuado, empezó a frecuentar la librería en busca de cuentos que le gustaran. Resultó ser una gran idea. Era maravilloso verla disfrutar con aquellas páginas de Caperucita, Cenicienta, La Sirenita o Los Tres Cerditos como si no conociera la historia, y Lucía supo disfrutar con ella como si también volviera a ser una niña. Su madre no entendía cómo no lo pasaba mal viendo cómo aquella mujer que estudió tanto, que fue una de las primeras en tener una carrera universitaria, que fue una pionera en su tiempo, hacía cosas propias de una niña de menos de ocho años. Pero Lucía no pensaba así, Lucía era feliz de poder seguir disfrutando de su abuela y de haber encontrado la manera de meterse en su mundo.

Pero aquel cuerpo de ochenta años ya no pudo aguantar la vitalidad de una mente de ocho, y un día, sin que nadie pudiera remediarlo, quiso saltar como la niña que llevaba dentro y se quebró su cuerpo envejecido. Sobrevivió a la caída, pero no a la operación para restaurar sus huesos fracturados. Y se marchó de ese mundo que ya no era el suyo, dejando a Lucía un vacío más grande del que nadie pudiera imaginar.

Ahora ya hace un par de años que Lucía perdió a su abuela, y quiero pensar que yo le ayudé a superarlo. Tras conocer la historia que encubría la sobrina imaginaria, la busqué. Pronto di con ella, y le conté lo que sabía, y lo que me habían impresionado ella y su fantástica relación con esa abuela a la que idolatraba. Y poco a poco, también nosotros iniciamos una fantástica relación.

Pero quería hacer algo especial que le devolviera la alegría, un regalo que nadie podría hacerle. Y tuve suerte. Indagando por el barrio, no me fue difícil encontrar lo que buscaba.

Y hoy precisamente, el día en que Lucía y yo vamos a unir nuestras vidas, voy a darle mi regalo….


Cuando Lucía ha entrado y ha visto a una desconocida mujer mayor, se ha quedado muy
sorprendida. Pero como yo ya sabía, sus palabras le han devuelto algo que había perdido dos años
atrás:
—Hola Lucía. Me ha encantado saber que has ocupado mi sitio en mis juegos de niña. Gracias
por devolverme a una infancia que siempre añoré…
Aquella mujer era la verdadera Clara, que no había muerto en ningún bombardeo ni se
había ido a Rusia. Simplemente, emigró junto con sus padres en busca de cobijo en el pueblo de unos familiares, en donde apenas les afectó la guerra. Hacía ya mucho tiempo que regresó a la ciudad, pero nunca volvió a coincidir con su amiga de la infancia. Y ahora, Lucía se la había devuelto. Y Lucía había reencontrado a su abuela en los recuerdos de Clara. Y eso no se lo arrebataría nadie. Al final, el olvido que quiso invadir la mente de su abuela había perdido la partida.

Orden de protección: la medida


              Hay que proteger a quien lo necesita. Eso es algo que no se discute, y que tienen, como todo, reflejo en el cine. Encontramos desde Una protección venenosa hasta un almibarado Programa de protección de princesas, pasando por el título de una seri de éxito, Los protegidos. Y es que la seguridad -o la falta de ella forma parte de la vida.

              En nuestro teatro proteger a las víctimas es una de las prioridades, sin duda. Pero de las diferentes maneras de protegerlas, a las que ya dedicamos varios estrenos cuando hablamos de las medidas cautelares (prisión, alejamiento , medidas económicas …) hay una que merece capítulo aparte, porque todo el mundo cree que sabe lo que es, pero hay más de un error, dentro y fuera de Toguilandia y, sobre todo, en medios de comunicación con todólogos a toda mecha.

              ¿Qué por qué escribo esto ahora? Podría decir que porque el número de mujeres asesinadas en lo que va de 2023 es para hacérnoslo mirar, pero no es solo por eso. Resulta que en uno de esos ratos en que una puede ver la tele -ahora que se puede ver en directo, a la carta, e redes o en donde sea- oigo a una tertuliana supuesta experta jurídica diciendo algo que me hizo girar la cabeza como a la niña de El Exorcista. Refiriéndose al asunto de Jenni Hermoso soltó, ni corta ni perezosa, que el juez le había dado una orden de protección. Y no contenta con eso, añadió que era, para redondear, una orden de protección integral porque además de otorgarle el alejamiento, le daba también la prohibición de comunicación. Y se quedó más a gusto que un arbusto. O que un bosque entero, vaya.

              Supongo que quienes sean legos en Derecho pensarán que aquí está la tiquismiquis de turno poniéndole pegas a todo. Pero no es eso -o no solo, que un poco tiquismiquis puede que sea- sino que, si hay alguien experto en leyes, no se las puede inventar, porque luego la gente se las cree y pide cosas que son imposibles.

              Pero vayamos por partes. La orden de protección es una medida cautelar creada para proteger a las víctimas de violencia doméstica y violencia de género, tal como las entiende la ley, es decir, para las víctimas de violencia en la pareja o expareja -sean hombres, mujeres o parejas del mismo sexo- o de actos cometidos por su entorno familiar más próximo -ascendientes, descendientes, hermanos en algunos casos y personas vulnerables del núcleo familiar-. Con esto, me cargo de un plumazo dos leyendas urbanas, una por defecto y otra por exceso. No se creó solo para las mujeres, como defienden los negacionistas de la violencia de género, ni tampoco es aplicable a todos los casos de violencia contra mujeres si no existe tal vínculo, como el caso de la futbolista mentada.

              La orden de protección es integral no porque al alejamiento le sume la prohibición de comunicación como decía la opinóloga, sino porque incluye medidas civiles y penales. Esto es que, además del alejamiento y prohibición de comunicación que son las más habituales, pueden incluir otras como la prisión o la retirada de pasaporte en la vía penal y -y aquí el carácter integral- otras propias de un proceso de familia como atribución de domicilio, custodia de las hijas e hijos, régimen de visitas o pensión. Aquí está precisamente la novedad de las órdenes de alejamiento frente a cualquier otro tipo de medida cautelar, sus múltiples facetas. Y esto no es un capricho del legislador, sino la clave que permite a las mujeres empezar una nueva vida sin su maltratador. De poco serviría denunciar si no se quedaran resueltas, aun provisoriamente, todas estas cuestiones que, de no solucionarse, perpetúan el vínculo entre maltratador y maltratada. Es, por otro lado, evidente que no es para nada el caso que comentaba la señora aludida.

              Distinta de la orden de protección es la medida de alejamiento y prohibición de comunicación o auto de alejamiento, para abreviar, aunque también contenga la prohibición de comunicar. Esta medida es a la que se refería la buena señora, pero no le pareció suficientemente chulo el nombre y le dio otro, que para eso está. Y, por cierto, tampoco se llama orden de alejamiento. Ni mucho menos orden de alojamiento, auto de escarmiento ni prohibición de no aproximación, que sería como obligación de acercarse. Y más de una vez he oído esos nombres.

              También conviene repetir que los alejamientos -se llamen o no órdenes- los pene el juez o la jueza, pero no los particulares. Esa frase -o, mejor dicho, amenaza- de “te voy a poner un alejamiento que te vas a acordar” no es más que una bravuconada, porque se pueden solicitar, pero se otorgan o no, que no son churros. Y tampoco se quitan a voluntad, por más que haya quien insista en que “ella me ha quitado el alejamiento” para excusarse si vuelve a estar junto a la que fue su víctima. Quiera o no quiera ella -en violencia de género, muchas mujeres no son conscientes del riesgo que corren y perdonan a su maltratador- sin una resolución judicial que lo deje sin efecto, el alejamiento sigue ahí, y no respetarlo es cometer un delito de quebrantamiento. Además, si el alejamiento no es medida cautelar sino pena, n siquiera la autoridad judicial puede dejarlo sin efecto. Así que las víctimas no pueden poner ni quitar nada. Que quede claro.

              Así que hoy no hay aplauso sino tomates para quien desinforma. Y, como decía un magistrado en mis primeros tiempos toguitaconados in dubio, pro estudio

Premio Solidaridad: Gracias Grupo social ONCE


                Hoy este teatro mío no va a empezar como siempre, porque no se me ocurren títulos de películas que describan como me hicieron sentir, más allá de uno solo: Felicidad. Nada más y nada menos.

                Y es que el día 14 de septiembre de 2023 se quedará fijado en mi memoria como uno de esos momentos felices por los que vale la pena vivir. En un entorno tan maravilloso como Caixafórum, en plena Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia -y enfrente de la misma Toguilandia, la Ciudad de la Justicia- me hacían entrega del premio Solidaridad, que concede el grupo social ONCE, en la categoría de persona física. Según su propia nota, el premio se concede a Susana Gisbert Grifo “por su dilatada trayectoria en la defensa de los derechos de las mujeres y su incansable lucha por la erradicación de la Violencia de género desde la sencillez y el rigor”

                ¿Puede decirse más bonito? ¿Puede sentirse alguien más feliz de lo que me siento yo en estos momentos? Difícil, si no imposible.

                Y, por si la sola concesión fuera poco, el acto fue realmente precioso, de esos a los que una no quitaría ni podría nada. Bajo el título de “Próxima estación porvenir”, la gala nos transportaba a una estación de tren, donde, como como cada una de las paradas se nos contaban historias de superación que nos ponían los pelos como escarpias. Como colofón, en cada una de estas estaciones recogíamos un premio, y a mi me tocó la última. Podría decir que por aquello de que “el que ríe el último ríe mejor” si no fuera porque ayer reía todo el mundo. No era para menos.

                En las estaciones anteriores a la mía me acompañaron la Fundación Anar, Caixa Popular, la Clínica Jurídica para la Justicia Social de la Facultad de Derecho y el Programa 400 de APunt TV. Solo echar u vistazo a estos premiados da una idea de lo honrada que me siento por compartir con ellos esta distinción.

                No puedo reproducir literalmente el contenido de mi discurso de agradecimiento, porque, como tengo por costumbre, no llevaba papeles analógicas o digitales que leer ni notas de que echar mano. En estos casos, prefiero que hable el corazón y así es como lo hice, y voy a tratar de reproducir lo que dije o, al menos, su esencia.

                «La verdad es que, cuando una se enfrenta a ocasiones como estas, le pasa como a esos actores y actrices que llevan toda su vida ensayando el discurso que darán cuando les llegue el Oscar o el Goya y, llegado el momento, se encuentran con que les sobran las ideas y les faltan las palabras.

En mi caso, no es fácil, que me falten las palabras, pero, por si acoso la emoción hace de las suyas, no puedo dejar de decir cuatro cosas importantes

La primera, como no podía ser de otra manera, es mi agradecimiento mas sincero. Si cualquier premio es una alegría, cuando el premio proviene de una entidad que, como el Grupo social ONCE, dedica su existencia a conseguir la igualdad de oportunidades para las personas con discapacidad visual o cualquier otro tipo de discapacidad, la alegría se multiplica por infinito. Muchísimas gracias una y mil veces.

En segundo lugar, y como me ocurre siempre que me encuentro en este foro, me he de acordar de mi padre al que, aunque no podáis ver, sé que está aquí. Por él, y por todas las historias que le leía cuando sus ojos ya no podían leerlas, he llegado a ser lo que hoy soy.

Y, cómo no, hablando de viajes, he de dedicar el premio a quienes me han acompañado siempre en el camino. Mi familia y mis amigas. No se pude llegar a ningún sitio sin unos buenos compañeros de viaje, y yo tengo los mejores.

Por último, quiero que este galardón sirva para rendir homenaje a todas las víctimas de violencia de género y a todas las personas que sufren algún tipo de discriminación. Por ellas vale la pena seguir adelante«

Y hasta aquí, el estreno de hoy, con la historia más bonita del mundo. Mi aplauso es, desde luego, para el grupo social ONCE por toda su labor, y por contar conmigo para este trayecto. Mil gracias otra vez. Seguimos