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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Refuerzos: parches y esparadrapo


              Normalmente, es importante ser fuerte, y otras veces, se necesita algo más. Por eso hay veces que son precisos refuerzos. No en balde nos decían en la saga de Star Wars eso de que la fuerza te acompañe. Y quizás también por eso no hay circo que se precie sin su forzudo, como en El gran showman o El mayor espectáculo del mundo

              En nuestro teatro, la fuerza es necesaria siempre, a veces simplemente para salir adelante. Guardias agotadoras, recursos que no llegan, programas informáticos y ordenadores que fallan más que una escopeta de feria, juicios que se eternizan y clientes que pondrían a prueba la paciencia del mismísimo Job no son sino ejemplos diarios de esas cosas que no hay suplemento vitamínico que suficiente para aguantarlo. Justiciolín sería un buen nombre para quine inventara se medicamento, así que atención laboratorios que estoy dando una idea. Y gratis, que no se diga.

              Pero, mientras llega el ansiado suplemento, algo hay que hacer para suplir las carencias. Y entre las medidas que ponen en marcha el Ministerio de Justicia o el Consejo General del Poder Judicial están los famosos refuerzos, que no son sino un parche para llevar los huecos que quedan por cualquier razón que no está prevista para cubrir con sustituciones o interinidades o para atender a necesidades extraordinarias derivadas de algunos casos que requieren de especial atención.

              A lo largo de mi ya largo recorrido toguitaconado, he visto refuerzos extraordinarios para casos mediáticos de corrupción de los que en mi tierra valenciana sabemos mucho, por desgracia, y también por otros como el llamado caso Maeso, por el contagio masivo de hepatitis, por el terrible accidente del metro o, últimamente, por la no menos terrorífica Dana, cuyo expediente judicial sigue abierto y aun tardará en terminarse, me temo. Supongo que en todas partes donde se han encontrado con asuntos de especial trascendencia, ha ocurrido lo mismo.

              Los refuerzos no son nuevos jugados, ni siquiera juzgados paralelos, sino un juez o jue, un laj Y/o un fiscal acompañados de los funcionarios y funcionarias que se establezcan. Si es que se establecen, claro, que no siempre ocurre, A veces el refuerzo es simplemente un magistrado -o magistrada- y el resto de actores de nuestro escenario hemos de ponernos las pilas para conseguir otro tanto. Que no siempre es fácil.

              Hay otros casos en que los refuerzos provienen de necesidades extraordinarias. Un ejemplo son las vacaciones, que, por más que sean algo que sucede todos los años, siempre nos pillan con el pie cambiado y los juzgados llenos de papel y vacíos de personal que todo el mundo tiene derecho al descanso anual.

              Otro de los casos que necesita refuerzos, y que nunca son suficientes, son los ocasionados por reformas legales que dan lugar a revisiones o a un incremento notable de papel. Tal conforme nos está ocurriendo ahora con la ley de eficiencia y que aun no sabemos cómo se gestionará. Porque quienes vivimos a pie de obra podemos cruzar muy fuerte los dedos, pero la experiencia nos ha enseñado que eso no sirven para otra cosa que nos sea para dislocárnoslos.

              En definitiva, lo de los refuerzos es una buena medida para cuando llega un imprevisto que no se puede solventar de otra manera, pero lo realmente peligroso es que lo temporal se vuelva definitivo y lo contingente necesario, y se trate de un apaño para evitar crear nuevas plazas y nuevos juzgados, que buena falta nos hacen. O unidades judiciales o como quiera que se llamen ahora cuando entre en vigor la nueva ley, que aun no me hago a la idea de cómo se organizará la cosa.

              Así que, hasta que llegue los verdaderos medios necesarios o, en su defecto, que se comercialice, el Justiciolín, nos conformaremos con los refuerzos. Y les daremos, además, el aplauso. No vaya a ser que nos los quiten.

Aplazamientos: mejor tarde que nunca


                            Dice el refrán que más vale tarde que nunca. O que más vale llegar tarde que rondar cien años. Y a eso de llegar tarde se refieren varios títulos de películas como Llegas tarde o Cómo llegar tarde al trabajo o Más vale tarde que nunca. Y hasta un programa de actualidad en televisión se llama así: Mas vale tarde.

              En nuestro teatro el tiempo tiene gran importancia, como pudimos ver en el estreno dedicado a los plazos, una de las piezas más esenciales al tiempo que angustiosas de Toguilandia.

              También hablamos en su día de las suspensiones , y lo que suponen, depende de en qué parte del escenario toguitaconado se encuentra una, y lo que pretenda. En general, a profesionales, perjudicados y víctimas, las suspensiones suelen venirles mal, aunque en algunos casos sean inevitables. Sin embargo, cuando de investigados, procesados o acusados se trata, el interés puede ser el contrario, intentar una suspensión a cualquier precio con tal de dilatar el proceso y con él, a veces, lo inevitable, esto es, la condena. Aunque también en otros casos e acusado puede tener interés que el juicio se celebre de una vez, bien en su afán de demostrar su inocencia, o bien porque tiene oros intereses, como el dejar de ser preso preventivo y convertirse en penado para acceder a clasificación penitenciaria, con sus posibles beneficios y progresiones de grado.

              Y es que, aunque pueda parecer lo mismo, suspensión y aplazamiento no son coincidentes. Es cierto que, para aplazar una vista, si es que ya está señalada, hay que suspenderle ineludiblemente, pero no toda suspensión supone un aplazamiento. Lo implica, sin duda, cuando hay un nuevo señalamiento, pero no tanto cuando se trata de una suspensión sine die, esto es, hasta que las ranas críen pelo en Román paladino.

              En cualquier caso, hay aplazamientos a tan largo plazo que parecen suspensiones sine die, o poco menos. Y eso ocurre en más casos de los que nos gustaría por más que la voluntad de todas las partes no sea esa.  Son casos en los que por cualquier causa se decreta la suspensión y el siguiente señalamiento se demora a más de un año – a veces más- por falta de hueco en las agendas de s. Y eso es absolutamente inadmisible. A ver si de una vez quien le pone el cascabel al gato de Lajusticia y crea el número suficiente de plazas y de medios para evitar estos dislates. Yo no pierdo la esperanza de que algún día ocurra. Aunque se me tilde de ilusa.

              Pero los aplazamientos no solo son de señalamientos, aunque sean estos los que más duelan. Quienes ya llevamos años arrastrando la toga por el mundo, hemos presenciado varios casos de aplazamiento de entrada en vigor de leyes, por una u otra razón. En varias ocasiones nos hemos visto en el brete de que se creen juzgados y luego se aplace su entrada en funcionamiento, siempre por falta de previsión, de medios, o de ambas cosas a un tiempo.

              En otros casos, lo aplazamientos son tantos que parecen el cuento de Pedro y el lobo, que nadie cree que lo tantas veces aplazado vaya a ponerse en marcha alguna vez. Un buen ejemplo es lo sucedido con el Registro Civil una y otra vez.

              En cualquier de los casos, en ocasiones, lo del aplazamiento es, como diría mi madre, engordar para morir. O pan para hoy y hambre para mañana, como diría el refranero. Aunque también es verdad que mientras hay vida hay esperanza, y en más de un caso nos hemos encontrado con supuestos de indulto porque tras varios retrasos en la causa, cuando llega el momento de que el acusado es juzgado, ya ha cambiado su vida y se ha rehabilitado de modo que se hace ilusorio el fin de rehabilitación de la pena.

              En definitiva, que siempre volvemos al mismo punto de partida. Esto es, si tuviéramos los medios que necesitamos, otro galo nos cantara. Por eso, el aplauso de hoy será para quienes, de un lado, luchan por conseguirlos, y, de otro, luchan por minimizar los efectos de nuestras carencias. Los tomates, ya sabemos para quién. Aunque siempre cabe repetir, con Escarlata O’Hara, que mañana será otro día

Momentos antológicos: los inolvidables


 En el mundo del cine, hay escenas y también frases que han quedado grabadas en el imaginario colectivo para siempre jamás. Todo el mundo ha emulado alguna vez a Escarlata O’Hara levantando un puñado de tierra y poniendo a Dios por testigo de que nunca volverá a pasar hambre, como en Lo que el viento se llevó, o ha gritado eso de que “soy el rey del mundo” en la proa -¿o era la popa?- de un Titanic imaginario como si fuera Leonardo Di Caprio amarrando a Kate Winslett. Y, por supuesto, hemos jurado que iríamos hasta el infinito y más allá como en Toy Story, o hemos afirmado que en ocasiones vemos muertos como el niño de El Sexto sentido. Y esto solo por citar algunos ejemplos.

En nuestro teatro los momentos antológicos no son demasiados, o, al menos, no demasiado compartidos, porque para cada cual, hay algunos más importantes que otros. Ese momento en que te dicen que has aprobado la oposición, o la jura en nuestra profesión, o el resultado satisfactorio en ese asunto que tanta faena nos dio

No obstante, sí que hay algunos que forman parte de la memoria común de Toguilandia, entre los que me atrevería a destacar la llegada, en su día, de la primera Fiscal General del estada, y, bastante tiempo más tarde, de la primera presidenta del Tribunal Supremo y por ende del Consejo General del Poder Judicial. Más vale tarde que nunca.

Pero, además de esos hitos, hoy quería proponer una especia de juego, consistente en cómo aplicaríamos a nuestro mundo esos momentos cinematográficos antológicos a que he hecho referencia y algunos otros.

Confieso que yo me he sentido muchas veces Escarlata O’Hara y que, aun sin el polvo de Tara ni el traje de época que tanto me gusta -en especial el que ella se confeccionó con unas cortinas- he puesto a Dios por testigo de que no volvería a cometer algún fallo o a ser pillada en un renuncio, generalmente por falta de experiencia. Y, por supuesto, en el lado opuesto, también me he sentido la reina del mundo cuando un juicio me ha salido redondo. Y, si no me ha salido, y hay que recurrir, he afirmado que iría hasta el infinito y más allá. De hecho, tengo a gala haber llevado un caso en mi carrera profesional en que he repetido hasta 3 veces el mismo juicio, después de sucesivos recursos estimatorios que anulaban la vista y obligaban a realizarla de nuevo, hasta que, finalmente, me daban la razón. Más vale tarde que nunca.

Y no son esos los únicos momentos en que me he sentido protagonista de mi película imaginaria. Y, aunque la toga no tiene el vuelo de la falda de Marilyn en La tentación vive arriba, en alguna ocasión ha pasado algo que me ha convertido en el centro de atracción como ella. Y es que, como decía Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco, nadie es perfecto. Ni tan siquiera si tuviéramos el cuerpo de Ursula Andress con su bikini blanco en una de las escenas más famosas de la saga de 007, porque aquí ni hay agentes secretos ni tomamos Martini agitados ni revueltos, sino un café de máquina si es que hay un receso que nos lo permita.

Quienes llevamos años en Toguilandia atendiendo asuntos penales, seguro que hemos tropezado con algún delincuente cuya expresión nos ha puesto los pelos como escarpias como la imagen icónica de Jack Nicholson el El resplandor, aunque no hubiera una pareja de gemelas siniestras invitándonos a jugar con ellas.

Y es que, vengan como vengan, hay que tomarse bien las cosas. Nos hemos de plantar como el Travolta de Fiebre del sábado noche y demostrar que podemos con todo. Y que podemos aunque pasen los años, como él seguía pudiendo en su inolvidable baile con Uma Thurman en Pulp Fiction. O como podía, cambiando radicalmente de género, Ben Hur con su cuádriga, por más que las circunstancias fueran las más adversas.

Y a veces hay que tirarse a la piscina, aun a sabiendas de que pude no tener agua, y hacer lo que la protagonista de Dirty Dancing, lanzarse a brazos de Patrick Swayze y que sea lo que dios quiera. Que, con un partenaire así, seguro que la cosa sale bien.

En cualquier caso, y como quiera que trabajo mucho con los delitos de odio, nunca hay que olvidar el discurso de Chaplin en El Gran Dictador advirtiendo del riesgo, o, a más pequeña escala, el que una delicada Nathalie Wood hacía al final de West Side Story comprobando la tragedia que había causado el racismo. No podemos conformarnos con mirar, como hacía el protagonista de la primera parte de la Lista de Schlinder desde lo alto de un monte mientras se masacraba el gueto de Varsovia.

Pero si hay que quedarse con alguno de estos momentos, me quedo con Forrest Gump y, sobre todo, con su madre, cuando le hablaba de la caja de bombones en que consistía la vida.

Y hasta aquí estos momentos, entre los cuales es difícil escoger. Y seguro que a quine me lea se le ocurren más y hasta podemos hacer una segunda parte. Por eso, dedicaré el aplauso a todas las personas que los han hecho posibles, y a quienes los han emulado en nuestro mundo. Siempre nos quedará el Juzgado, como habría dicho Humphrey en Casablanca.

Desesperación: no nos tiremos al tren


                Uno de los sentimientos mas utilizados en el mundo del arte es la desesperación. Las caras descompuestas de obras como El grito o El Guernika están en el imaginario colectivo, sin ninguna duda. En el mundo del cine encontramos títulos como Desesperación, Desesperación y esperanza, Desesperada, sin olvidar, por supuesto, la novela de Stephen King en que se basó la película. Y es que da mucho de sí.

                En nuestro teatro no podíamos ser menos, y la desesperación es plato de frecuente consumo. No en balde vivimos siempre Al borde del ataque de nervios. Y, a diferencia de las protagonistas almodovarianas, eso nos pasa tanto a mujeres como a hombres.

                Y es que los plazos , las reformas, los señalamientos que coinciden , los juicios, las guardias , la necesidad de conciliar y todas las cosas con las que convivimos hacen que nuestra vida no tenga un minuto de sosiego. Y podría decir que n falta que nos hace, pero igual a alguien le entran ganas de matarme y no está el horno para bollos.

                Por si alguien tiene dudas sobre los que digo, cogeré alguna de las frases más habituales sobre la desesperación y demostraré lo relacionadas que están con Toguilandia. Y ya al cerrar el telón me dais el aplauso si lo he conseguido.

                Tal vez una de las frases más habituales que se usan a este respecto esla “ir a la desesperada”. Y a la desesperada vamos cuando no nos queda tiempo para prepara un juicio o interponer un recurso, o para hacer un dictamen o una sentencia cuando de Señorias se trata, y hacemos lo que podemos. Aunque, si de verdad hablamos de ir a la desesperada, es lo que vemos en algunas causas en que, aunque no tienen ni un pase, se pelean y se pelean hasta el final. Porque, como dice otro refrán, «Hasta el rabo todo es toro”. O, más sencillo, por si las moscas.

                También escuchamos habitualmente eso de que “el que espera, desespera”. Y, lamentablemente, en el mundo de la justica esto es una realidad más común de lo que nos gustaría. Es tanto el colapso en algunos sitios y tantos los trámites a seguir que algo que aparentemente es sencillo puede tardar años. Y, ojo, no por culpa nuestra, que con los mimbres que tenemos bastante hacemos con hacer las cestas que podemos. Y para desesperación, no perdamos de vista lo que tarda nuestro tribunal constitucional en emitir determinadas sentencias, hasta el punto de que cuando llega, ya no hacen ni falta. Ejemplos recientes han sido las decisiones sobre los decretos de la pandemia, o los once años para decidir sobre una ley del aborto que ya no existía cuando se tenía que dictar sentencia. Para hacérselo mirar.

                También en este sentido hay un dicho según el cual “no hay espera larga sino paciencia corta”. Y podría decir que es aplicable a lo que tardó en renovarse el Consejo General del Poder Judicial, pero entonces sería yo quien me estaría pasando doce pueblos. Y es que, aunque ahora ya esté renovado, no era de recibo que llegara a estar cinco años en funciones. Para desesperarse y mucho más.

                No obstante, a mi siempre me gusta decir eso de “mientas hay vida hay esperanza”, que sirve como comodín del público casi para cualquier cosa. En términos toguitaconados, podemos decir que mientras una resolución no sea firme, podemos seguir recurriendo. Pero es que, incluso cuando es firme, podemos acudir a tribunales europeos, internacionales y, por supuesto, al Constitucional que, como hemos dicho más de una vez en estas funciones, no es poder judicial ni opera como recurso jurisdiccional, aunque muchas veces se haga ver así.

                Así que hay que ser optimistas y pensar eso de que “A quien espera su bien le llega” porque, como sabemos, la esperanza es lo ultimo que se pierde. Esperemos que así sea. O, como dijo Thomas Fuller de manera más rimbombante, quedémonos con que “la desesperación infunde valor al cobarde” Y, valientes o cobardes -todo es relativo- demos nuestro aplauso a quienes no sucumben a la desesperación y siguen adelante. Que, como dijo Unamuno “Jamás desesperes, aun estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante”

Prolongación: el tiempo que necesitamos


              Hay quien sostiene que las cosas duran los que tienen que durar, pero no siempre es así. Hay veces que se pasan y veces que no llegan, como ocurre también con el cine y el teatro. Hay películas que se hacen eternas, aunque no duren más de una hora, y otras que no se hacen largas en absoluto. Entre ellas, siempre recuerdo las grandes producciones clásicas como Lo que el tiempo se llevó o Ben Hur, pero también hay películas actuales que se encuentran en el mismo caso, como The Brutalist.

              En nuestro teatro, el tiempo es un factor importante. Tanto, que hay un dicho que reza que “la justicia lenta no es justicia”, y tiene toda la razón. Porque esos procesos que se demoran en el tiempo hasta la extenuación difícilmente suponen una reparación, aunque sean conforme a las pretensiones de la parte.

              En otro estreno hablábamos de la duración de los informes, haciendo referencia a la vertiente temporal consistente en el tiempo que empleamos para hacer un informe o un dictamen oral, y recalcando que hay de todo, como en botica. Hay quine se pasa y quine no llega, y también como siempre, en el punto medio está la virtud. Lo difícil es, claro está, encontrarlo.

              Pero de lo que iba a hablar hoy en nuestra función era del tiempo que transcurre desde que se inicia una causa hasta que se termina y también de la duración de las vistas en sí mismas.

              Si de juicios hablamos, encontramos de todo. Ya conté en el estreno dedicado a nuestros propios récords, que el juicio más corto que he celebrado duró exactamente 33 segundos, aunque hubo quine entonces me dijo que los había visto incluso más breves. Y es que nada es imposible.

              También citaba entonces algunos de los más largos de los que guardo memoria en mi tierra, como l de “las niñas de Alcácer” o el asunto del accidente del metro, que, entre archivos y reaperturas, se resolvió tras la friolera de 13 años tras los hechos. Saliéndome de mi universo patrio, puedo aludir a lo que tarda muchos casos el Tribunal Constitucional en resolver hasta el punto de que, como ocurrió con el aborto, cuando se iba a decidir sobre su constitucionalidad, ya había sido sustituida esa ley por otra. Y es que en casos como esos ni siquiera se puede aplicar el dicho de “más vale tarde que nunca”.

              La cuestión es que, lo queramos o no, nuestra justicia tiene fama de lenta. La lentitud de la justicia es el lugar común que todo el mundo le atribuye, sobre todo quienes viven fuera de Toguilandia. En ocasiones, esta afirmación no es del todo justa, porque en los juicios rápidos que se celebran en las guardias, por ejemplo, los asuntos se resuelven el mismo día o el siguiente en el que se producen o, como mucho, en una semana, cuando se trata de partidos judiciales más pequeños que celebran el denominado “octavo día”. Y, dicho sea de paso, a veces es incluso mejor, especialmente cuando se trata de delitos contra la seguridad vial por ingesta de bebidas alcohólicas, ya que algunos de nuestros angelitos llevan una melopea tal que en un día no es fácil que se les haya pasado. Aunque, bromas aparte, los juicios rápidos han sido un gran avance.

              Lo que ya no es de recibo es que cuando en estos juicios no hay conformidad, se acaben señalando a muchos meses vista, porque la ley prevé que deberían hacerlo en menos de un mes. Pero ya sabemos, los medios -o, mejor dicho, la falta de ellos- son los que son.

              Con mucha más frecuencia de lo que sería deseable, leemos quejas de profesionales que ven cómo sus asuntos se señalan a varios años vista por problemas de colapso de agenda. Y es algo tan penosamente habitual, que a día de hoy la atenuante de dilaciones indebidas es una de las que más se utilizan. Hasta el punto de que empezó considerándose una atenuante analógica y pasó a tener su formulación específica entre las atenuantes.

No obstante, no se puede generalizar. Hay órganos jurisdiccionales que no tiene n retraso alguno -juro que existen- y hasta pudo ciar un ejemplo de una sala a la que, en la última inspección, les dijeron, medio en broma medio en serio, que si corrían tanto el resto de compañeros le cogerían manía. Y es que hay que reconocer también que hay tan buenos profesionales que, con tener unos medios medianamente razonables, hacen maravillas. Verdad verdadera.

Y ahora, la que no se va a exceder de duración voy a ser yo, no vaya a ser que en ve de aplauso me caigan tomates. Y eso sí que no, que esas manchas no se van fácilmente de la toga.

 Frikismo: rarunos y otras especies


Según el diccionario, friqui -o friki- es alguien extravagante, raro o excéntrico y, coloquialmente, una persona pintoresca o extravagante. Pero el frikismo tiene una gran relación con el mundo del cine y de la televisión. No en balde, e día del orgullo friki se celebra el 25 de mayo, con el motivo del lanzamiento de la película La guerra de las Galaxias, una ficción muy significativa para la comunidad friki. Además, las series de televisión están llenas de adorables -y no tanto- frikis, como los protagonistas de la inolvidable Big Bang Theory y, por supuesto, su secuela, El joven Sheldon.

              En nuestro teatro podríamos entender que no hay frikismo, o entender que todos y todas en Toguilandia tenemos mucho de eso, según se vea. Pero vayamos por partes.

              En primer lugar, no puedo olvidarme de esas personas que son parte de nuestro mundo y llevan a gala ser fans de Star Wars hasta la locura. Y citaré a dos de ellas a las que tengo especial cariño: Loreto Ochando, periodista de tribunales, y Yolanda Álvarez, abogada, compinche y mucho más, cuya pasión llega hasta el punto de hacerse llamar Princesa Leia en la red social X, antes Twitter.. A ambas va dedicado especialmente este estreno.

              Pero, además de esas personas que cumplen con el primer mandamiento de frikismo, la devoción por la Guerra de las Galaxias y todo su mundo, podemos ver, a poco que rasquemos, alguna que otra manifestación más de frikismo.

              Así, si partimos de la palabra “friki” como sinónimo de extraño o extravagante, podríamos decir que en nuestro escenario tenemos un filón. A poco que pensemos, seguro que nos vienen a la cabeza muchos personajes que tienen tantas peculiaridades que encajaría a la perfección en el concepto.

              Por un lado, están los locos y locas de los Códigos y las sentencias, esos que son capaces de recitarte el Código Penal o el Código Civil o de encontrarte la sentencia adecuada a cada caso en un nanosegundo. En realidad, es aquello en lo que nos convertimos mientras estudiamos las oposiciones, y que luego se convierte en una parte de nuestro carácter. Ya he contado muchas veces que todavía no me he quitado algunas taras de la oposición, y m consta que no soy la única. Yo todavía sueño de vez en cuando que el ordenamiento jurídico me aplasta, y eso supongo que me convierte en una friki de primera clase. ¿O no?

              Aunque más de una vez el frikismo viene de otras partes de estrados. En la realización de nuestra profesión, nos encontramos muchas veces con investigados y testigos cuyo aspecto ya denota por sí mismo que pertenecen a uno de esos colectivos rarunos que también entrarían en el concepto de “friki”.

              Así, me he encontrado con testigos cuyo look recuerda al de los comics Manga, con sus coletas, sus zapatos enormes, y sus calcetines hasta las rodillas, junto con un maquillaje de los más peculiar. También me he encontrado a alguna chica gótica, con su ropa, su maquillaje y sus uñas negras, y a este respecto lo más curioso fue la cara de asombro -por decirlo de algún modo- del magistrado que la tenía ante sí, un señor mayor con la jubilación ya muy cerca que no daba crédito a lo que veían sus ojos y que no dejaba de mascullar que la gente ya no tenía respeto para venir a los juzgados.

              Sin embargo, cuando de investigados se trata, en cuanto se ven con el agua al cuello se olvidan de cualquier extravagancia y tratan de ser lo más discretitos posibles para no causar mala impresión al tribunal, no vaya a ser que se topen con un magistrado como el que contaba antes.

              Confieso que a mí más de una vez me gustaría tener mi espada láser para poder usarla a mis anchas, pero no hay manera. Y, aunque mis moños de fallera tienen cierta similitud con el peinado de la Princesa Leia, tampoco me he atrevido nunca a ir con ellos al trabajo. Aunque nunca sabe.

              Y con esto acabo por hoy. Por supuesto, deseándoos que la suerte os acompañe y dedicando el aplauso a todas esas personas que no tienen problema en salirse de los moldes convencionales. Porque todo el mucho tenemos una parte friki.

#Relato: Regreso al pasado


(Comienza con una adolescente cargando con una vieja maleta)

  • ¿Qué es esto, mamá?
  • ¿De dónde lo has sacado?
  • Estaba en el trastero. Me ha caído encima cuando buscaba cosas viejas con qué disfrazarme…
  • Tíralo –imperativa- Tíralo a la basura inmediatamente
  • Pero… Me gusta –abre la maleta y saca una prensa de ropa gastada- Me puede servir
  • Tíralo –dice con menos energía- Por favor…

La niña ignora el ruego de su madre. Continúa sacando objetos de la maleta. Un abrigo y un jersey viejos, unaas botas,varias prendas de ropa interior anticuadas y muy gastadas, algunas fotos antiguas, un rudimentario botiquin con vendas, un frasco de mercomrina reseco y unaas pastillas sin identificar, y un sobre lleno de papeles amarillentos. – ¿Qué pasa mamá?. ¿Estás llorando?

  • Que va, Algo se metió en el ojo
  • No es verdad. Lloras. A mí no me engañas. ¿Qué tiene esta maleta?
  • ¿De verdad quieres saberlo?
  • Sí, por favor. ¿Qué es?
  • Esa maleta es mi pasado. Ni más ni menos
  • ¿Tan pocas cosas?
  • Está llena de cosas que no se ven, ni se pueden tocar. Está llena de dolor
  • ¿Dolor? ¿Y por qué nunca me lo has contado?
  • Si tú quieres… No lo hice antees porque eras demasiado pequeña, y era demasiado horrible. Pero tal vez ha llegado el momento de que sepas la verdad.

Es cierto que nací en un pueblo pequeño de un país a muchos kilómetros de aquí. Y cierto es también mi nombre de pila, casi lo único cierto de la hitoria que inventé para ocultar la realidad.

Llegué aquí sola, después de dar muchas vueltas por lugares que no conocía y cuyo nombre nunca llegaré a saber. Me captaron en mi país, con la promesa de un trabajo que nunca llegó. Iba a ser secretaria, o recepcionista, o algo así. La necesidad de salir de allí y el hambre que pasaba mi familia hicieron que me agarrara a aquella oferta como a un clavo ardiendo. Me creí a pies juntillas todo lo que me dijeron, y me embarqué en un vuelo sin retorno hacia el infierno.

  • ¿Hacia el infierno?
  • Tal cual. La amabilidad de aquel hombre que me ofrecia trabajo se acabó en el mismo momento en que el vuelo despegó. A partir de entonces, tanto a mí como a las otras chicas con las que viajaba, nos trataron como una basura. Tanto, que llegué a creer que solo era eso, una basura.

Nada más llegamos a tierra firme nos metieron en una camioneta y nos llevaron a una casa en medio de la nada. Nos obligaron a desnudarnos y nos manosearon para comprobar la mercancía. Hasta los dientes, como si fuéramos caballos. A una chica menuda que no paraba de llorar le dieron bofetón tan fuerte que se golpeó contra el suelo. Se la llevaron de allí, inconsciente. Y nos advirtieron que eso era lo que nos esperaba si protestábamos o desobedecíamos

  • ¿Y ella?
  • Jamás la volvimos a ver. A continuación sacaron un papel con una ristra de números, donde se suponía que constaba nuestra deuda con ellos. Por el billete de avión, los papeles y no sé cuantas cosas más. La cifra era imposible de pagar, y nos dijeron que les pagaríamos trabajando. Y que se quedaban nuestros pasaportes como garantía hasta que pagáramos nuestra deuda
  • ¿trabajando de qué?
  • Ya te lo puedes imaginar. En ese momento supimos que no seríamos secretarias ni recpecionistas. Por si teníamos dudas, nos dieron nuestros “uniformes”, unos pedazos de tela de raso y encaje barato
  • Qué horror, mamá
  • Cada día era peor que el anterior. En la casa se turnaban para violarnos, y por la noche nos trasladaban a un club de alterne donde tipos babosos nos usaban como si fuéramos objetos. Al principio, ttataba de soportar aquello del modo menos malo posible, pensando en ganar el dinero suficiente para saldar mi deuda y largarme de alli. Tardé un tiempo en darme cuenta que aquello era imposible. A la hipotética deuda se sumaban intereses, e intereses de intereses y cada vez era mayor.
  • ¿Y no podias escapar?
  • Me amenazaron con matarme y, cuando ya me dio igual porque la muere era mejor que vivir así, comenzaron a amenzarme con matar a mi familia. Hubo una chica que trató de escapar y la cogieron y le pegaron una paliza de la que tardó en recuperarse varios meses. Al cabo de un tiempo, le enseñaron un recortee de periódico de nuestro país. Su hermana pequeña había sido encontrada muerta “en extrañas circunstancias”
  • ¿Y a tu familia?
  • No les hicieron nada, que yo sepa. Yo estaba tan asustada que obedecía a todo lo que me decían, me acostaba con tantos tipos babosos cuantos tocaba, accedía a tener relaciones con ellos cuando querían. Llegó un momento en que yo misma me daba más asco que todos ellos juntos. Quise quitarme la vida, pero me tenían vigilada. Hasta conseguí unas pastillas, ésas de la maleta, y pensaba tomármelas en un descuido que nunca llegó. Hasta el día que cambió todo
  • ¿Qué paso?
  • Me quedé embarazada. Tuve la suerte de que me permitieran quedarme al niño, de que no mme obligaran a abortar como hicieeron a otras compañeras. Pero lo que creía que era un pequeño descanso, fue un desgarro más. Me enseñaron al niño y, acto seguido, me dijeron que se lo llevaban, que ya tenían la venta apalabrada. No pude hacer nada. Nada –llora sin parar-
  • Continué haciendo aquel asqueroso trabajo, por llamarlo de algún modo, como una autómata,, un día tras otro, de un club a otro, sin sentir apenas otra cosa que asco de mí misma. Hasta que volví a quedarme embarazada. Notaba las patadas del bebé dentro de mí y, en vez de restarme energía, era como si me la insuflara poco a poco. Y conseguí huir
  • ¿Cómo?
  • Estudié el recorrido que hacíamos, esperé el día propicio y embauqué a nuestro carcelero, que nos acompañaba a todas partes, mientras le hacían efecto aquellas pastillas que guardé y le puse en un vaso de whisky. Me tiré en marcha de la furgoneta cuando cruzábamos un pueblo, y corrí y corrí, y grité y grité. Fue tal el alboroto que decidieron no bajar a buscarme. Al menos, entonces. Por una sola vez en mi vida, la fortuna me sonrió en forma de una buena persona que me llevó a la comisaría.
  • ¿Y no te persiguieron?
  • Pacté con la policía, les proporcioné toda la información que tenía. Pasé mucho tiempo escondida mientras tus patadas dentro de mí me seguían dando fuerza. Y en otro sitio, en otro lugar, empecé una nueva vida, aunque cada noche revivía aquella vida antigua que todavía puebla mis pesadillas. Por eso…
  • Por eso me llamaste Libertad

Cierra la maleta y abraza a su madre. Juntas la agarran y la lanzan lo mása lejos posible

Anís: un nuevo compañero


Son muchas las películas y series protagonizadas por animales y, en concreto, por perros. De Rin tin tin a Rex, de Beethoven, uno más en la familia a Mira quién habla también, pasando por La dama y el vagabundo, 101 dálmatas o el inefable Pluto de Disney, son muchos los canes que pueblan nuestro imaginario colectivo. Y, cómo no, nuestros referentes audiovisuales.

En nuestro teatro no podíamos ser menos, desde luego. Ya dedicamos algún estreno a perros reales, como Peseta, el `perro que ayuda a los niños en juicios, o ficticios, como Salomón, el perro que simboliza esas peleas tan absurdas por las custodias. Pero hoy traemos a un ser canino muy especial que, a partir de este momento, va a formar parte de la fiscalía de Valencia en particular y de la Administración de Justicia en general. Porque ya era hora.

¿Quién es este protagonista? Pues nada más y nada menos que Anís, el perro guía de mi amigo y compañero -por ese orden- Héctor , el primer fiscal invidente en nuestra historia, que ya tuvo su propia función en nuestro teatro.

Aun sin saberlo, ya hacía tiempo que esperábamos a Anís. Héctor hacía tiempo que lo tenía solicitado y quienes le queremos hacía tiempo que deseábamos que este momento llegase, por lo que supone de independencia para él, y de verdadera inclusión para todo el mundo. Bien está que una institución como la nuestra, que lucha por la igualdad, pueda ser un referente a la hora de poner en practica las medidas para hacerla real y efectiva. Y eso es lo que significa Anís.

Pero, más allá de la parte jurídica de la cuestión, me gustaría hablar de la parte humana, por más paradójico que resulte tratándose de un perro. Tal vez Anís no lo sepa, pero quien es hoy ya su dueño, ha pasado una temporada de los nervios entre la ilusión de integrarlo en su vida y el miedo a no conseguirlo. Me llegó a decir que lo pasó casi peor que para aprobar el examen de la oposición, y no me extraña. Y seguro que a Anís tampoco porque no hay más que mirarlo para darse cuenta de que es un perro muy listo, Listísimo. Además de bonito a rabiar.

Hemos recibido a Anís con los brazos abiertos, como no podía ser de otra manera. La mañana de su llegada, todos y todas las compañeras de la fiscalía de Valencia encontrábamos en el correo una nota de servicio de la fiscal jefa dando la bienvenida al nuevo compañero. Y en el poco rato que he podido estar con él -me hubiera quedado toda la mañana, pero hay que trabajar- he visto llegar a varias compañeras dispuestas a conocerlo y saludarlo.

Por supuesto, las cosas no aparecen de la nada. La llegada de Anís no ha sido fruto de la magia ni de la suerte. La implicación de la ONCE, de una parte, en que un compañero invidente pueda ejercer su trabaja con igualdad a la que tiene derecho, y de la Fiscalía, por otro, para hacerlo posible, han dado como resultado esa estampa tan especial. La imagen de Héctor, con su toga, Anís con su arnés, y la justicia con su balanza a plena rendimiento,

En este día tan importante para ellos, Anís y su dueño no estaban solos. Con ellos estaba su instructora, Pilar Legido -Pipi, para los amigos- dispuesta a ayudarnos a familiarizarnos con la situación y con Anís. Para empezar, acabando con una leyenda urbana que todo el mundo tenía interiorizada, la de que no se puede tocar a los perros guía. Pues sí, se les puede acariciar, siempre y cuando no estén trabajando, es decir, cuando están sentados descansando o no están realizando su labor de guía. También nos ha dicho que no es conveniente distraerlo cuando está guiando a su dueño, porque ha de concentrarse en lo suyo. Como cualquiera de nosotros, vaya, aunque a veces se nos olvide.

Yo he acariciado a Anís y pienso seguir haciéndolo. Porque es un perro precioso que me tiene enamorada, porque realiza, como todos los perros guía, una labor fantástica, y porque es un orgullo para mí que mi fiscalía sea la primera en la Administración de Justicia en dar un paso tan importante.

No obstante, no me olvido de que estamos en Toguilandia, y aquí hablamos de hecho, pero también de Derecho. Y hay que recordar a todo el mundo que la jurisprudencia tiene declarado que los perros guías son una prolongación de su dueño, y, por tanto, no se los puede prohibir ni restringir la entrada en ningún sitio adonde su propietario vaya. Tanto es así que ya existen casos de condenas por delito de odio a quienes se han negado a que suban a un coche o a que entren en algún local. Así que, aviso a navegantes. Por si las moscas.

Aunque seguro que este aviso no hace ninguna falta. No creo que nadie en su sano juicio -nunca mejor dicho- pueda negarle algo a Anís. Porque solo con mirarte, te desarma. Os invito a que lo comprobéis personalmente y, si no podéis, en la imagen que ilustra este post.

Y con esto, bajo el telón por hoy. Eso sí, sin olvidarme del aplauso, más que obvio. Que va dedicado, sin duda, a Anís, pero también a su deño, a su instructora, y a esa familia que lo ha tenido en acogida hasta que ha tenido la madurez para formarlo. Todos ellos son las piezas de un puzle que, unidas, forman la imagen de igualdad a que todas las personas aspiramos. O deberíamos aspirar.

 Religión: más que creer


En estos días en que tantos ríos de tinta y horas de emisión se han gastado con la muerte de un Papa y el nombramiento de su sucesor, nos damos cuenta de la importancia de la religión en la vida, se crea o no Y, cómo no, en las artes. El cine estrenó no hace mucho Cónclave, una película que no puede ser más adecuada a las circunstancias, aunque existían ya otras sobre el tema, como Las sandalias del pescador o los dos Papas. Aunque también otras religiones obran protagonismo en las pantallas, como ocurre en películas como Ghandi, La semilla de la higuera sagrada y muchas más.

En nuestro teatro, la religión juega un importante papel, aunque pueda no parecerlo porque desde la Constitución de 1978 el Estado es no confesional. Pero todavía quedan reminiscencias de aquello, si bien ahora hay que unir a la religión católica -o cristiana en general- otras que son igualmente objeto de protección. Porque el verdadero bien jurídico es la libertad religiosa.

En una época pasada, cuando el Estado si tenía confesión, la católica, había un catálogo de delitos que se referían específicamente al ultraje de sus dogmas, como era el caso de la blasfemia. Ahora se han convertido en delitos contra los sentimientos religiosos y protegen la práctica -o la no práctica- de cualquier religión, aunque en la práctica el porcentaje de causas incoadas por esta vía se refieren al cristianismo. Puede que tenga que ver la existencia de un grupo de abogados que se dedican concretamente a estos menesteres, pero es solo una teoría, claro está.

A este respecto, son conocidos algunos casos como los de la llamada procesión “del coño insumiso” o las diligencias abiertas contra un presentador de televisión por sus bromas acerca de la antes llamada Cruz de los Caído, o la de otra presentadora con una estampita de la vaquita del Gran Prix, que fueron archivadas. También fue en su día conocida la condena de un artista por su modo de plasmar la imagen de Jesucristo. De todo hay en la viña del Señor, nunca mejor dicho. Aun cuando, según parece, soplan nuevos vientos para este tipo de delitos y hay en ciernes una reforma que no sé en qué acabará. Y es que nuestro peculiar modo de meter el dedo en la llaga como Santo Tomás no es otra que la publicación en el BOE. Y a ella habrá que esperar.

Especialmente curioso es, en sede de estos delitos, el de profanación de sepulturas. Si la gente conociera los casos de ritos satánicos y cosas curiosas que aparecen de vez en cuando en los cementerios, alucinaría. Como alucinamos en Toguilandia cuando no encontramos con uno de estos casos. Que no son muchos, pero haberlos haylos. Como las meigas.

No obstante, no es este capitulo el único caso en que el bien jurídico religión resulta protegido. También lo está con toda claridad en la regulación de los llamados delitos de odio . Y digo llamados porque como ya conté en su día, no hay ningún precepto de nuestro Código Penal donde los llame así expresamente, aunque sepamos de qué se trata más que de obra.

 En este apartado sí que aparecen infracciones referentes a diferentes religiones, aunque no sea el motivo de discriminación por el que existen más denuncias. Hay casos en el que la religión viene íntimamente ligada a una cultura o un origen geográfico, étnico o nacional, como sucede con el antisemitismo o la islamofobia. En el primer caso, el motivo es expresamente citado en nuestro Código, en el segundo no lo es, pero tiene cabida en la discriminación por religión, y, en su caso, también por origen nacional o incluso por racismo. Habrá que ver si con el tiempo acaba teniendo mención expresa.

En otros casos, es la religión sin más connotaciones la que da lugar al delito de odio. Yo me encontrado con casos en que la religión discriminada era la de los testigos de Jehová, por ejemplo.

Pero como no solo de Derecho Penal vive el jurista, recordemos también las implicaciones de la religión en otros ámbitos del Derecho, Particularmente ocurre con el Derecho de Familia, ya que son varios casos en los que se reconoce la validez de matrimonios celebrados con los ritos de otra religión, además del conocidísimo y tradicional supuesto de los efectos civiles del matrimonio canónico. Y, correlativamente a esto, la posibilidad de reconocer efectos, si concurren los requisitos, a las sentencias de nulidad canónica.

Por supuesto, esto es lo que ocurre en nuestro teatro, En los escenarios de otros países, la cosa cambia totalmente y tenemos muchos ejemplos de estados que se rigen por la religión o, mejor dicho, por una determinada interpretación de la religión que choca con los Derechos Humanos tal como los conocemos. Pensemos en lo que ocurre en Afganistán o en Irán, sin ir más lejos.

Así que, aunque parezca que no, la religión nos afecta, no lo podemos negar. Como no podemos negar el aplauso a quienes aplican los preceptos que regulan la libertad religiosa sin sombra de sectarismo y desde la perspectiva de los Derechos Humanos. Porque es lo que toca

Innominados: delitos sin nombre


              Es importante conocer las cosas por su nombre, pero, aunque es lo común, no siempre ocurre así. En su día ya cantó Bob Dylan que El hombre puso nombre a los animales, pero no solo a ellos, sino a todas y cada una de las criaturas, y también de lo demás. Aunque a veces, pueda haber cosas que queden innominadas, como contaba aquel musical que ya forma parte de la historia del cine, La leyenda de la ciudad sin nombre u otros títulos como La calle si nombre o Los sin nombre.

              En nuestro teatro nos encanta poner nombre a las cosas. Nos cuesta reconocer delitos o figuras jurídicas que no tengan denominación hasta el punto de que, cuando no lo tienen, enseguida les buscamos un apelativo, como ocurre con los denominados contrataos innominados que, al menos cuando los estudié en la oposición, en realidad sí que tenían nombre, aunque carecieran de regulación específica. Y es que en Toguilandia somos especiales.

              Como ya hemos comentado algunas veces, en muchos casos el divorcio entre las denominaciones populares, gramaticales o coloquiales y las jurídicas dista un mundo, Y luego la gente se arma los líos que se arma, Por no hablar de los opinólogos varios, que tanto me dan que hablar en nuestras funciones. Así que ha llegado el momento de aclarar algunas cosas. Seguro que hay quien se lleva más de una sorpresa.

              Así, en estos días en que tanto se ha hablado de un posible sabotaje en el caso del robo del cobre que armó la de San Quintín en las líneas ferroviarias, es interesante saber que el sabotaje como tal no se regula en el Código Penal, porque en ninguno de sus artículos se usa ese vocablo. Lo cual no quiere decir que sea impune, sino que hay que encajarlo en alguno de los delitos que sí se regulan, como los daños, los desórdenes públicos o incluso las coacciones, según los casos.

              Otros términos que también es de uso común, sobre todo en películas, pero que el Código ignora, es el soborno, que no tiene regulación concreta y se habrá de encajar en figuras como el cohecho o las amenazas condicionales. Y otro tanto existe con el chantaje.

              Tampoco existe la difamación, a pesar de que los medios de comunicación lo usan constantemente. Se trataría de injurias o calumnias y, de no ser delito, de vulneraciones de derecho al honor, aunque no suene tan glamuroso

              Un caso parecido es el del perjurio, que les encanta en las serie americanas de juicios pero que no existe en España. Lo que existe es el falso testimonio, cuando de testigos se trata, pero es imposible que existe el perjurio por cuanto que no hay obligación de jurar, que desde hce mucho se da a elegir entre jurar o prometer.  Y más claro aún es el caso de los acusados que, como tienen derecho a no declarar contra sí mismos y no han d declarar bajo juramento, pueden decir impunemente mentiras tan grandes como catedrales. Aunque haya señorías que se enfaden por ello. Y no les falte razón en más de un caso.

              Otro grupo de delitos sin nombre vendría dado por los homicidios o asesinatos de determinadas personas. Ya no se regula expresamente el parricidio, que gramaticalmente sería matar al padre pero que para el Código anterior era matar a cualquier pariente, pero eso no significa que este hecho no se castigue del modo más duro posible. Tampoco hay referencia expresa al infanticidio, que para el diccionario es matar a un niño pero que el Código del franquismo definía como la muerte de un  recién nacido por su madre para ocultar su deshonra por lo que le anidaba una condena muy reducida. Hoy matar a un niño es un asesinato como la copa de un pino. Como debe ser.

              De otra parte, y aunque haya quien crea lo contrario, no hay punición expresa del feminicidio. Matar a una mujer es igual de reprochable que matar a un hombre, y dependerá de las circunstancias que ese homicidio o asesinato se grave por alguna razón, aunque entre esas circunstancias se encuentra también la agravante de género desde 2015, y la de sexo desde mucho antes.

              Caso parecido, aunque no igual, es el del magnicidio, que, sin regulación concreta, sí qu tiene su reflejo cuando existen tipos agravados para los atentados contra determinados cargos del Estado.

              El siguiente paquete de delitos sin nombre vendría dado por aquellos respecto de los cuales popularmente se usa el nombre anglosajónbarbarismo – como stalking, grooming, bullyng o sexting, que han entrado a formar parte de nuestros delitos pero sin emplear el anglicismo. Me atrevería a decir que por fortuna.

              Caso especial es el de la llamada okupación cuya regulación para nada coincide con lo que nos venden -y asustan- en medios de comunicación. Y, por supuesto, el nombre es más pomposo pero menos ilustrativo: usurpación de inmueble.

              Supuestos peculiares son esos casos en que la palabreja popular no se usaba y se introduce de golpe en el Código encajándolo como una pieza de puzle forzada. Algo así pasó con términos como violación o secuestro.

              Y por último, algo que mucha gente no sabe. Hay delitos archiconocidos a los que el Código no se atreve a nombrar, aunque si los castiguen. Y eso pasa con figuras tan conocidas como los delitos de odio o la violencia de género. Ni un solo artículo del Código Penal emplea esos términos, por sorprendente que parezca. O no

              Hasta aquí ese breve repaso. Seguro que hay más casos, y os animo a que me lo conteis, y os leo en comentarios, como dicen las influencers. Mientras, saco a pasear el aplauso. Aunque mejor me lo guardo para cuando decidan que la gramática y el Derecho hagan las paces. Que ya es hora