Récords: Guinness en Toguilandia


                Ser el más o el menos de cada cosa siempre es algo que llama la atención. Sea el hombre más alto, la mujer más delgada, la paella más grande, el libro más largo o el trayecto nunca hecho antes, son un buen alimento para pantallas y escenarios. Aquellas personas con características tan especiales que eran objeto de exhibición pública del modo más cruel eran las protagonistas de la escalofriante La parada de los monstruos, aunque El gran showman dulcificaba la mirada a esa misma realidad. Por su parte, otras películas han inmortalizado gestas como la de Lindberg en El espíritu de San Luis o la de Amelia Earhart, la aviadora y pionera. Y, por supuesto, el mundo del deporte es campo abonado para récords, que tan bien reflejan cintas como Carros de fuego o El héroe de Berlín, dedicada a Jesse Owens.

En nuestro teatro, podríamos tener nuestro propio Libro Guiness, el famoso libro de los récords que registra cosas tan normales como estrambóticas. Siempre me ha llamado la atención esas ansias de algunas personas de figurar en el libro de marras con las gestas más extrañas, como ser el que más tiempo resiste saltando a la pata coja con la nariz tapada, o haciendo el pino mientras se canta la sintonía de Heidi en japonés. Pero en nuestro caso, son gestas mucho más de andar por casa. Aunque no estaría mal instituir premios para quien consiga andar sobre las manos con la toga puesta, creo que no es el momento adecuado. Aunque nunca se sabe, e igual servía para subir los ánimos.

No me consta, desde luego, ningún registro oficial de récords, y si lo hay extraoficial no tengo conocimiento, aunque me encantaría tenerlo. Mientras tanto, repasaré algunos que se me ocurren

¿Cuál sería el juicio más corto de la historia? Confieso que más de una vez he puesto el cronómetro por mera curiosidad cuando anticipaba que iba a tener un juicio exprés, pero de los de verdad. No se trata de juicios rápidos, ni abreviados urgentes de los que regula la ley sino de una concatenación de circunstancias que convierten el juicio en un suspiro. En mi caso, el más corto que he cronometrado fue de 33 segundos, que es lo que tardamos en ratificar los escritos de un juicio de familia celebrado en rebeldía.

Sin embargo, no me atrevo a aventurar cuál ha sido el más largo, ni el procedimiento que más tiempo ha durado. Sin duda, la existencia de macrojuicios por tramas económicas y de corrupción estarán rozando esos límites, pero también pueden ostentarlo algún proceso por grandes atentados terroristas o por operaciones del más alto nivel de redes de narcotráfico. Lo que sí puedo decir es que cuando en un juzgado o en una fiscalía entra un asunto de esta índole, revoluciona todo el ritmo normal de ese juzgado, de la fiscalía o del despacho de abogados que se vea en él. Personalmente, recuerdo la duración del juicio por el asesinato de las niñas de Alcácer que, aunque no fuera el más largo, puede ostentar el triste récord de ser uno de los más conocidos y dolorosos y, sin duda, el que fue objeto de la peor cobertura mediática de la historia.

También recuerdo otro que no sé si será un récord absoluto, pero sí es una marca difícil de superar, la del asunto con más cambio de jueces a lo largo de su instrucción, que fue el llamado “caso Fabra”, que duró once años, con 9 jueces y 4 fiscales a lo largo de la investigación. A este respecto, aprovecharé para destrozar una leyenda urbana que ha existido al respecto. Hubo quien quería ver una mano negra en el continuo cambio de jueces, pero esa circunstancia no es sino fruto de la mecánica de concursos y destinos en la carrera judicial. Si un juzgado es maldecido por la suerte con un asunto de esta índole, se convierte en un juzgado indeseado, que siempre queda vacante y del que quien se ha visto forzado a coger por no tener otra opción, huye como el gato escaldado del agua caliente. Y es comprensible, sin duda.

Al otro lado del espectro, otro de los ejemplos de juicios que duran y duran, pero al revés del anterior, es el juicio por el accidente del metro de Valencia, en el que recayó sentencia tras la friolera de 13 años desde que sucedió. En este caso, fue el empeño de las víctimas, que nunca se conformaron con un archivo -aunque fuera con indemnización- sin una investigación exhaustiva, lo que logró que se reabriera una vez y otra hasta conseguir esa resolución que anhelaban. Usaré la frase de la presidenta de la asociación que las representaba para resumir este larguísimo proceso. Solo querían justicia, no venganza. Así de simple y así de grande.

En el ámbito más pedestre, podríamos preguntarnos cuántos juicios pueden llegar a celebrarse en una sola sesión, por ejemplo. Mi récord personal está en 33 juicios penales, en una de esas mañanas en mi primer destino de las que salimos vivas de milagro. Pero lo conseguimos. Alguna otra vez he igualado el récord, tanto en una sesión de los extintos juicios de faltas, como en una de juicios civiles de familia, pero nunca he llegado a superarlo. Aunque, visto lo visto, no lo descarto. Eso sí, sin hacer trampas. Los señalamientos solo para conformidades no cuentan como juicio. Que al final todo se sabe.

Hay, sin embargo, otros récords que son mucho más tristes. Con mucha más frecuencia de la que quisiéramos vemos señalamientos a tantos años vista que son de récord, como de récord son los retrasos en una justicia que, si siempre ha estado desbordada, hoy está a punto del colapso, o directamente sumida en él. La covid19 ha empeorado lo que parecía difícilmente empeorable. Juicios laborales por despidos que, cuando se celebren, pueden coincidir con la jubilación del trabajador implicado

Aunque, si de algunos récords podemos presumir, son de los de despropósitos. Aquellos juzgados creados para conocer exclusivamente de cláusulas abusivas consiguieron, por su naturaleza, el triste récord de colapsarse casi antes de nacer y las decisiones como la de habilitar y deshabilitar agosto son de récord de antología del disparate.

Son mucho los posibles récords. Pero solo se trataba de ver algunos ejemplos. Me gustaría aderezarlos con algo así como la paella judicial más grande y sabrosa, pero, mientras llega, no conformaremos con dar el aplauso a todas esas personas cuya profesionalidad de récord hace posible lo imposible. Que haberlas, haylas.

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