Futuro: despejar la incógnita


                Desde que estamos en esta extraña situación de pandemia, pienso más que nunca en las películas de Ciencia ficción. Ni los marcianitos y las naves espaciales de La guerra de las galaxias, Star Trek, Mars Atack o Independece Day, ni las sesudas invitaciones a la reflexión de El día después, El planeta de los simios o Blade runner nos pusieron en antecedentes de algo así. Sí lo hicieron algunas ficciones médicas, como la casi profética Contagio que, pese a que tiene una década, algunos pretendieron colar como actual y que, al fin y a la postre, se ha venido en revender como la película que predijo el coronavirus. Y no digo yo que no, pero la cosa es que cuando acaba -no haré spoiler- tampoco nos resuelve esa duda sobre qué pasará cuando el bicho, por fin, desparezca.

Si algo caracteriza a nuestro teatro, es su nula capacidad de anticipación. Si hacemos viajes en el tiempo, siempre los son para adentrarnos en siglos anteriores, y nunca para intentar la aventura del futuro. Hasta la chica del anuncio de la lejía tiene más vista, que, después de tanto quejarme de que trajera del futuro una simple lejía, va a resultar que tenía razón, so tenemos en cuenta la importancia de la desinfección en nuestra época.

Ya dedicamos un estreno a los futuribles post pandemia, escrito en un momento en que pensábamos que el peor de nuestros problemas era el confinamiento, y que en cuanto acabara podríamos recuperar nuestra vida. La bofetada de realidad, como no podía ser de otro modo, fue épica, eso sí, disfrazada de eso que llaman la Nueva normalidad, que ni es nueva ni normal.

¿Por qué digo que la nueva normalidad no tiene nada de nueva ni de normal? ¿O sea, lo que vía latinajo llamaríamos contradictio in terminis? Vayamos por partes, y cuando caiga el telón, veremos si tenía razón.

En cuanto a la supuesta novedad de la medidas, y por más que a nuestras generaciones nos parezca algo extraordinario, el confinamiento era un método que ya se usaba en tiempos de La peste, así que nadie ha descubierto nada. También es verdad que, haciendo honor al dicho, más vale no cambiar aquello que funcione y, está claro que a falta de vacuna o tratamiento, es el método más efectivo. Porque no olvidemos que el resto de restricciones, como reducir el número de personas en las reuniones o restringir los horarios, no son sino hermanas pequeñas del primo de Zumosol que es el confinamiento, La otra medida estrella, la mascarilla, puede resultar muy novedosa, pero no hay más que ver fotos de la gripe del 18 para comprobar que, aunque eran más bien mascarotas que mascaritas, taparse nariz y boca ya era una opción. Y, por supuesto, la tercera pata del banco, la higiene, es recomendable siempre, especialmente cuando de enfermedades se trata. Por tanto, de nuevo nada, Más viejo que la tos, que diría mi madre.

Ahora veamos qué tiene de normal. ¿Es normal que las personas no nos relacionemos más que con una determinada distancia de por medio? ¿Qué los niños y niñas no se toquen al jugar? ¿Tiene algo de normal no poder jugar al “Tú la llevas”, al “Pilla, pilla” o a pídola, no poder practicar judo o bailar en parejas? ¿Es normal hablar enmascarados, no vernos la expresión de la boca y hasta no pintarnos los labios? ¿O acaso es normal no poder llenar teatros, estadios o salas de conferencia cuando el público lo desea? Nada de esto es normal y, si lo fuera, habría que desnormalizarlo enseguida. Y ese es el problema, que no se puede.

Por eso, más que nueva normalidad, se trata de una espera obligada, de un poner nuestras vidas en pause hasta que una normalidad nuevecita de verdad nos devuelva lo que nos quitó el bicho.

Ha pasado un tiempo razonable -ya medio año-, y seguimos en espera, como con tantas cosas ocurre últimamente. Y hay que procurar que esa espera sea, con las normas ineludibles a la nueva normalidad, lo más parecida a la vieja normalidad en todo aquello que perdimos. Que, en Toguilandia, se traduce fundamentalmente en retraso e incertidumbre. Casi nada,

A nadie se le escapa el colapso que el confinamiento supuso. Juicios y todo tipo de actos judiciales que quedaron postergados para cuando los tiempos lo permitan, que pensábamos que sería pronto. Pero, llegada la hora de la verdad, los tiempos no están para echar cohetes y las medidas de seguridad permiten llegar hasta donde lo permiten. Por eso, habrá que ir pensando qué hacer con esos macrojuicios , o, simplemente, juicios que, sin llegara a macros, tienen a muchos intervinientes y carecen de un espacio donde celebrarlos con las actuales normas de aforo y distancia. ¿Quedarán suspendidos per secula seculorum a la espera de una vacuna? ¿Nos veremos en supuestos de prescripción y correspondiente impunidad por esta causa? Pues no me gustaría responder que sí, aunque cuesta ver la luz al final del túnel.

Además, están todos los demás, los que podrían celebrarse pero que ven distanciarse su fecha. Si antes existía colapso, imaginen que será con la acumulación de lo no celebrado y de lo por celebrar. Porque, aunque tratemos de recuperar tiempo yendo de un juicio a otro como pollo sin cabeza, no se pude. Hay que poner bolsitas nuevas en los micrófonos a cada declaración, desinfectar cada vez y guardar unas distancias que no permiten que haya gente esperando en la puerta. Conclusión, que donde celebrábamos 15 juicios ahora hacemos 5. Y retraso más retraso es retraso al cuadrado, por más que yo sea de letras.

Por supuesto, como todo el mundo sabía menos quien tomó la decisión, lo de habilitar agosto, además de para hacer las cosas todavía más dificiles a profesionales de la abogacía y la procura, no sirvió de nada, Fueron unas no-vacaciones absolutamente inútiles

Ahora me pregunto qué pasará mañana. ¿Podremos celebrar los juicios de jurado, que pueden ir acumulándose a la espera de tiempos mejores, donde medios y espacio lo permitan? ¿Recuperaremos algún día el tiempo perdido, o seguiremos en su busca, como si fuéramos Proust mirando la magdalena?

Aunque sin necesidad de ir más, lejos, sigo preguntándome qué va a pasar cada vez que alguien presente síntomas, o dé positivo, y tengan que mandarnos a casa a todas las personas que compartimos juicio, guardia, declaración o café. ¿Se suspenderán nuevamente los juicios? ¿Irán tirando de sustituciones hasta que no quede uno en la lista? Pues eso. Y eso por no hablar de investigados o testigos, que a esos no hay quien les sustituya. Porque no me imagino yo a ninguna Señoría diciendo que no le ha venido el testigo del robo, pero tiene uno de un accidente de tráfico que igual me hace un apaño. Y es que, nos guste o no, poco apaño tiene lo que no tiene apaño. Como mucho, remiendo, y gracias.

Así que ahí seguimos, esperando. Y tratando de sobrevivir a la espera, en todos los sentidos, que no es poca cosa. Por eso, el aplauso es hoy para quienes cada día sobreviven con una sonrisa. Aunque cueste verla debajo de la mascarilla..

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