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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Banderas: más que símbolos


              Parece mentira, pero algo tan teóricamente inocuo como un pedazo de tela, ha dado lugar, y sigue dando, a muchos de los mayores conflictos de la humanidad. Las banderas, representen lo que representen, levantan pasiones y provocan guerras. Y eso lo vemos en el cine y televisión a cada momento. ¿Quién no recuerda las batallas entre Azules y grises en la Guerra de Secesión de Estados Unidos, la unión de los sudafricanos bajo una misma bandera en Invictus o el nacimiento del símbolo de la bandera LGTBI en Pride? ¿Quién no tiene en la cabeza escenas de norteamericanos mano en pecho llorando ante su bandera así con cualquier excusa?

              En nuestro teatro, la presencia de banderas, como de otros emblemas, es más que anecdótica. La bandera de España junto a la de la Comunidad Autónoma correspondiente presiden -o deben presidir- las salas de vistas, y también los despachos oficiales. Es una cuestión institucional, claro está. Otra cosa es que más de una vez en los despachos no quepan ni colgando del techo y, por supuesto, es cuestión de prioridades. Donde se amontonan los expedientes en un equilibrio que desafía todas las leyes de la física es difícil penar siquiera en dejar un hueco para banderas, con su pie y todo.

              A este respecto recuerdo una anécdota de los tiempos en que el actual rey emérito abdicó en su hijo, el actual rey. No tardaron ni un día en hacer una visita a los despachos preguntando si queríamos cambiar el cuadro. Como quiera que no tenemos tal cosa, nos ofrecían uno, a lo que los pobres que cumplían dicho encargo debieron llevarse alguno respuesta indeseada, por decirlo de alguna manera. Cuando llevan meses sin arreglarte una ventana, o sin funcionar la calefacción o con ordenadores del Pleistoceno, lo del cuadro suena como a chiste. Verdad verdadera.

              Pero esas no son las únicas banderas con incidencia en nuestro trabajo. Como mucha gente sabe, los ultrajes a la nación española, y a sus símbolos y emblemas, entre los cuales, por supuesto, se encuentra la bandera española, son constitutivos de delito, aunque es un tema que ha despertado polémica. De hecho, ha habido resoluciones contradictorias en caso de quema de banderas españolas, o de fotografías del jefe del Estado.

              Por desgracia, nuestra bandera no suscita el mismo sentimiento de pertenencia que se tiene en otros países. La patrimonialización que el régimen anterior hizo de la misma ha creado un clima que flaco favor le hace a nuestro emblema que, nos guste o no, acaba siendo identificada con una sola parte del espectro político. De poco sirve que se repita una y otra vez que se trata de la bandera constitucional, la realidad es la que es. Y, aunque, de uno y otro lado deberían hacerse esfuerzos para cambiarla, no es esa la tónica.

              Más de una vez me han preguntado si el hecho de portar banderas preconstitucionales o banderas pertenecientes a régimen u organizaciones totalmente proscritas, como las que llevan estampados símbolos nazis, es delictiva. Y hay que responder que no lo es, si esa exhibición no va acompañada de actos que inciten o difundan el odio contra determinados colectivos, o que humillen personas por su pertenencia a tales. Pero eso no significa que sea lícito llevarlas, por descontado. Hay que dejar claro, una vez más, que no todas las cosas ilícitas o prohibidas son delito, y no serlo no las convierte en legales. En estos casos nos encontraremos con infracciones administrativas, según la legislación nacional o autonómica aplicable, y se castigarán por lo general con multas. Que, repito, no son penas sino sanciones administrativas.

              Pero la bandera nacional no es la única que puede tener influencia en Toguilandia. No hace mucho se suscitaba la cuestión de si podían ponerse en la fachada de un Ayuntamiento banderas arco iris, representativas del colectivo LGTBI, cuando se conmemoraba la celebración del orgullo . Y , en sentido contrario, si el hecho de quitarlas de un balcón donde ondeaban constituye delito.

              En cuanto a lo primero, hay que insistir en que es absolutamente legítimo que en un edificio público ondee una bandera de este tipo, desde luego, sin que ello signifique que sustituyan las banderas oficiales de la institución de que se trate.

             Respecto al hecho de quitar una bandera de estas características, cabría decir lo mismo que antes. Esto es, que el mero hecho de quitarla no es delictivo, si no va acompañado de actos constitutivos de incitación al odio o de humillación de una persona o grupo por pertenencia al colectivo en cuestión, o de cualquier otro delito por invadir una vivienda ajena o causar daños en un edificio. Y, como en el otro caso, eso no quiere decir que el hecho sea lícito. Hay vida más allá del Código Penal.

              No son las únicas cuestiones que se plantean. Otra cuestión interesante es qué pasa cuando lo que se quema es una bandera de otro estado, ya que aquí no se puede hablar de ultrajes a la nación española. Pues de nuevo habrá que concluir que si no va acompañado de otras conductas delictivas, el hecho en sí es atípico, sin perjuicio de que quepa actuar en otra vía.

              Y hasta aquí, estas pequeñas reflexiones sobre un tema que ahora mismo está a la orden del día. Ojala llegara un momento en el que el uso de la bandera no fuera patrimonio de nadie. Hasta entonces, dejaremos el aplauso en suspenso. A ver si hacen algo por evitarlo

Nostalgia: letras y recuerdos


Hoy nuestro teatro no va a hablar de actualidad, que bastante polarizada está como para añadir leña al fuego. Hoy comparto un relato autobiográfico. Aquí hay muchas notas que empezaban a pintar la mujer en la que me convertí

Espero que os guste

LA LECTORA

          No tengo un recuerdo claro de cuándo aprendí a leer. Solo recuerdo el momento en que ya leía. Todavía no iba al colegio, que se negaba a admitir en septiembre a niñas que no tuvieran los cuatro años cumplidos, por más que los fuera a cumplir en el año escolar. Son las cosas que pasan por nacer en Navidad. Y fue esa Navidad, precisamente, la que tuve uno de los mejores regalos de mi vida.

          La lectura fue el regalo que me hizo mi abuelo, con el que me llevaba la friolera de noventa años, poco antes de irse. Recuerdo tardes al sol en la terraza, meciéndonos en el balancín mientras mirábamos las cartillas escolares que no sé bien de dónde sacó. No me acuerdo de haber aprendido a leer, pero me acuerdo de que leía. Desde entonces y para siempre.

          Mi abuelo se fue, pero me dejó su regalo, un regalo que he conservado como oro en paño, y que me ha convertido en lo que soy. Me regaló una nave en el que viajar a donde quisiera, una máquina del tiempo que me transportaba a cualquier época y una varita mágica con la que podía convertirme en quien quisiera. Me regaló una herramienta de poder y un instrumento de placer con una sola indicación: que lo cuidara. Y jamás falté a la promesa de hacerlo.

          Con mi regalo por bandera, fui atravesando las fases de la vida. Leía aquellos cuentos troquelados de La ratita presumida y Los tres cerditos. Oía a mi madre pedir al lobo de los Siete Cabritillos que enseñara la patita por debajo de la puerta. Y veía como, poco a poco, las letras ganaban espacio a las ilustraciones hasta dejarlas casi inexistente. Me hacía mayor al tiempo que crecían mis lecturas.

          Llegaron los tiempos de Enid Blyton. Los Cinco, Los siete secretos, Santa Clara y mis preferidos, la serie de Torres de Malory. La de noches que pasé releyendo con la linterna debajo de las sábanas e imaginando que yo era Darrell Rivers, alumna del internado de Torres de Malory. Hasta que hubo un momento en que no tuve bastante. Sin darme cuenta, igual que no me di cuenta de cuándo empecé a leer, tampoco supe cuándo empecé a escribir mis propios cuentos, pero llegó un día en que escribía. Y ya no paré nunca

          Mientras tanto, seguía leyendo todo lo que cayera en mis manos. Los clásicos del colegio, aquellas novelas rosas que mi madre guardaba de otra época, los cómics encuadernados de mi hermano o las enciclopedias por fascículos que mi padre atesoraba y encuadernaba, de los más variados temas. Estaban los Episodios Nacionales y la Historia de la Literatura Española que ahora han pasado a ser parte de mi tesoro personal, pero también estaba El hombre y la tierra, Manos maravillosas, Historia del arte, Historia de España o Bricolaje. Nada se me resistía.

          Mis relatos empezaron a aparecer, aquí y allí, al igual que aparecían poesías de amores adolescentes, poesías que querían ser como la Margarita de Rubén Darío que mi madre recitaba y que, a sus noventa y seis años, todavía recita de memoria. Ni sé las veces que leí las Rimas y leyendas de Bécquer por devoción después de que, por obligación, tuviera que leerlas en el colegio.

          Pero el destino quiso que diera un paso más. Las circunstancias me llevaron a otros lugares de la mano de unos libros que yo jamás hubiera escogido. Fue el día en que me convertí en lectora, con mayúsculas. La lectora de mi padre.

          Cuando yo tendría unos diez años, los ojos de mi padre se apagaron. Esos ojos, que tanto se habían alimentado de letras, por obligación por su profesión de abogado, y por devoción por su condición de apasionado lector, fueron perdiendo su luz poco a poco hasta no ser capaz de distinguir ni el cartel de la farmacia, el más grande y llamativo de nuestro barrio.

          De nuevo ignoro el día en que empecé a leer para él, pero si me acuerdo de estar leyendo en voz alta. Primero fueron revistas y diarios. Mi padre, fiel suscriptor de los dos periódicos más leídos de nuestra Valencia, Levante y Las Provincias, necesitaba estar al día de todo. Y en varias versiones, que eran el modo de conocer lo más próximo a la verdad, como él decía. Mientras yo estaba en el colegio, oía las noticias en radio y la televisión y, cuando yo podía, se las leía de ambos periódicos. Los fines de semana, cuando las clases del colegio y las de ballet me dejaban tiempo, las leíamos enteritas, de cabo a rabo, incluidos los deportes de los equipos regionales. Solía aderezarlos con historias de cuando él jugaba al fútbol en regional, o de cuando iba con mi madre a ver los partidos de fútbol, o los encuentros de boxeo o lucha libre, que ella aborrecía.

          Cada semana, esperábamos el Teleradio, la revista que comentaba los programas de la única televisión existente. Celebrábamos juntos los estrenos que venían y nos indignábamos cada vez que la sinopsis contaba más allá de lo que debía, algo que entonces se llamaba simplemente “hacer la puñeta” y hoy se llama “spoiler”, un anglicismo que creen que queda más fino. Si mi padre se enterara que usaban tal término, estoy segura que dejaría de comprar la revista, Por eso, entre otras cosas, le ocultaba gran parte de los reportajes del Super Pop, que me dejaba comprarme si le traía a tiempo la revista de la televisión.

          Y, como una cosa lleva a otra, llegó el día en que me encontré leyendo algo más que prensa. Tampoco sé cómo surgió, pero me recuerdo a mí misma recostada en la cama de mis padres, leyéndole El cuarto protocolo, de Frederic Forsyth, un libro que jamás hubiera leído si no fuera porque se trataba de uno de sus autores favoritos, y me había convertido en sus ojos.

          A ese siguió otro, y otro más. Todas las novelas que nunca hubiera leído cayeron en mis manos para que él no dejara de disfrutar del regalo de la lectura. Impostaba mi voz, cambiaba los tonos y hasta trataba de hacer las voces que imaginaba que los personajes tendrían. Leímos a Hemingway y su Fiesta, a Zane Grey, leímos Coma y otras obras de Robin Cook, esos thrillers médicos que han resultado menos ficción de los que parecían, y muchos más.

También leímos juntos algunos de los libros que eran lectura obligada en el colegio. Una parte del Quijote o La Celestina, y Crimen y castigo, de Dostoievski, que descubrimos y disfrutamos al mismo tiempo. Y recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, como leímos, comentamos y criticamos Tiempo de silencio y El Jarama

Con el correr del tiempo, sé que gran parte de lo que soy se lo debo a esos tiempos. El tesoro de la cultura fue una herencia inestimable, y la práctica y la dicción que adquirí han sido parte importante del bagaje de mi profesión, tanto para aprobar el examen oral como para hablar en público. Sin saberlo, o quizás sabiéndolo, mi padre me estaba proporcionando los mejores mimbres para hacer la más fantástica de las cestas.

No obstante, él siempre dijo que lo que más le gustaba leer era lo que yo escribía, aunque fueran ripios con ínfulas de poemas románticos.

Mi recuerdo preferido es el de aquel día en que le leí el relato con el que había ganado el concurso que organizaba Manantial, una conocida librería de Valencia. El tema que escogí era el terrorismo, y estaba escrito en forma de carta que un terrorista escribía a su madre. La parte que a él más le gustaba era, precisamente, la que no había escrito yo. Era una frase garrapateada por el presidente del jurado de aquel premio, que decía “nunca dejes de escribir”. Ese día mi padre me hizo prometérselo.

Lo hice, Y hoy, como cada día desde entonces, lo estoy cumpliendo.

Frases maternales: ¿madres a la cárcel?


              Las madres son lo más importante del mundo. O casi. Por eso el cine les dedica tantas películas. Todo el mundo recuerda filmes como Todo sobre mi madre, Mater amantísima, El hijo de la novia y, por supuesto Mamá cumple cien años. Y es que, como dice el refrán, madre no hay más que una

              En nuestro teatro, las madres tienen tanta influencia como en cualquier otro ámbito, aunque, como sucede siempre, no sean visibles. Ya hablamos de ello en el estreno dedicado a las madres en general y en el referido al Derecho materno, esa fuente del Derecho no reconocida pero que siempre acaba apareciendo por algún sitio.

              Pero hoy vamos a dedicarnos a analizar esas frases que todas las madres dicen -también algunos padres, aunque suelen ganar ellas por goleada- y que nos han marcado. ¿Cometerían nuestras madres un delito? Vamos a verlo.

              ¿Cómo calificaríamos esa advertencia materna de que si no nos dormimos vendrá el coco, que incluso ha motivado una canción? ¿Es una amenaza? Podría parecerlo, pero la madre sabe que el coco no existe, por lo cual no es una amenaza de un mal. Será, en todo caso, una coacción, por cuanto se le impide al niño permanecer despierto con el anuncio de un mal inexistente. Otro tanto cabe decir del hombre del saco, aunque hay quine dice que está basado en un suceso real y en algún momento pudiera responder a una amenaza real. Pero, la verdad, no me imagino a ninguna madre buscando a tal individuo en el caso de que lo conociera, con lo cual volvemos al supuesto anterior.

              Cuestión distinta son las advertencias relacionadas con las zapatillas o chanclas maternas, que tienen la mala costumbre de volar en dirección al hijo o hija. Pero aquí hay varios supuestos. ¿No es lo mismo avisar –“a que me quito la zapatilla”-, preguntar –“quieres que me quite la zapatilla?”- o afirmar –“te voy a dar con la zapatilla”- Solo este último caso sería constitutivo de amenaza, aunque no siempre. Cuando la advertencia venia seguida del efectivo golpe con la zapatilla, este mal trato de obra absorbería la amenaza, siempre siguiendo las reglas generales del Derecho Penal.

              Un caso especial se da cuando la advertencia involucra a funcionario públicos, como cuando las madres dicen que, si cruzan el semáforo en rojo, se los llevará la policía a la cárcel. Esto es, sin duda, una falsedad, aunque al ser ideológica y no cometerla un funcionario, sería impune. Otra cosa es si la policía en general se sentía ofendida y decidía ejercitar una demanda civil contra las madres por derecho al honor. Pero no quiero dar ideas. Más que nada, porque mi propia hija usaba algo parecido para asustar al monitor de natación cuando le decía que se tirara de cabeza, y le decía que si la obligaba su mamá le metería en la cárcel. Ni que decir tiene que el monitor habló conmigo y yo quise que me tragara la tierra, pero también es cierto que dicho monitor hoy es abogado en ejercicio. Quién sabe si aquello no influyó en su vocación.

              Otra de las frases maternas que más ha amargado nuestra existencia, en particular en verano, era la de que esperáramos dos horas tras haber comido para meternos en el agua porque podía darnos un corte de digestión. En este caso, habrá que aplicar a las madres el beneficio de la duda, y será de aplicación la doctrina del error. Entonces mucha gente creía que eso era así. Lo que, desde luego, sabían que no iba a pasar, pero nos decían igualmente era lo de que si nos tragábamos un chicle se nos pegarían las tripas, o que si nos metíamos una semilla por la nariz nos crecería un árbol dentro. Aquí sí podríamos pedirles responsabilidad por habernos creado un trauma respecto a los chicles, las semillas y las plantas.

              Y hablando de traumas, todavía no me he quitado de encima el que me causaban cada vez que, si no me acababa la comida, me culpaban poco menos que del hambre en el mundo. “Tú no te comes las lentejas, con la de niños que hay muriéndose de hambre…” Nunca entendí qué relación tenía lo uno con lo otro, y una vez que dije en el comedor del colegio que les dieran las lentejas a ellos, me castigaron. Y lo bien cierto es que nunca he vuelto a tomar lentejas. Así no me arriesgo a que haya niños pasando hambre por mi culpa.

              Aunque si hay una coacción verdadera es la que se ejerce con las criaturas en cuanto se acerca la Navidad. Cada vez que hacíamos algo, nos advertían de que los Reyes nos estaban viendo y coartaban nuestra libertad. Algo que se ha duplicado con la adopción de Papá Noel. Como si no tuviéramos bastante con lo del Ratoncito Pérez durante todo el año.

              Pero las madres también cometían otros delitos, particularmente el de detención ilegal. Tenían cierta costumbre de mandarnos al cuarto o de castigarnos sin salir que es, sin duda alguna, un atentado contra nuestra libertad ambulatoria. Y eso por no hablar de cuando el castigo incluía irse a la cama sin cenar o sin postre, que ya rozaría los límites del abandono de familia. Y es que las madres tenían muchos recursos.

              Para acabar, estaba el tema del chantaje psicológico. ¿Quién no ha oído a su madre decir que le vas a matar de un disgusto? ¿O que se va a ir al extranjero? Eso nos hacía entrar en pánico y pasar por lo que hubiera que pasar. Faltaría más.

              Ta vez lo peor de todo es que estas frases se transmiten aun sin quererlo. En nuestra infancia, siempre afirmábamos que nunca diríamos tales cosas, y con, el tiempo, todas nos hemos descubierto a nosotras mismas repitiendo esas frases de nuestras madres, aun sin quererlo. Debe ser ley de vida.

              Así que tal vez nuestras madres fueran unas delincuentes sin saberlo. Pero siempre han estado amparadas por una causa de inimputabilidad por no exigibilidad de otra conducta. Y es que ser madre es lo que tiene. Por eso, el aplauso de hoy es para ellas, para todas las madres presentes, pasadas y futuras. Porque lo merecen

Interrelaciones: amistad, enemistad y viceversa


              Había una canción en los 80 que, jugando con un trabalenguas decía que los amigos de mis amigas son mis amigos. Pero no todo el monte es orégano. En las relaciones interpersonales podemos ser desde Friends hasta Amistades peligrosas, pasando por Enemigos irreconciliables. Y es que, en el cine, como en la vida, Todo es posible en domingo. O en sábado, o en lunes, claro está.

              En nuestro teatro, las relaciones interpersonales son la raíz de todo, dentro y fuera de estrados. Pero hoy no vamos a hablar de las relaciones que dan lugar a tantas de las funciones que representamos cada día, sino de otra cosa tan importante o más. Las relaciones entre todos esos personajes imprescindibles que, aun con un papel de reparto, somo imprescindibles en cada función.

              Más de uno y de una, sobre todo por parte de quienes no son habituales de Toguilandia, se preguntará cómo nos llevamos entre nosotros. Como se relaciones jueces y juezas y fiscales, cómo nos llevamos entre nosotros y con los LAJs, y como estos se llevan con funcionarios y funcionarias, y viceversa, así como la naturaleza de nuestras relaciones con otros personajes habituales como médicos forenses o intérpretes. Y por supuesto, como son las relaciones de todos con la abogacía y la procuraduría. Un melón que me dispongo a abrir hoy. Por si acaso, cuerpo a tierra.

              En primer lugar, hablaré de las relaciones entre las carreras judicial y fiscal. Aunque pudiera parecer otra cosa, porque tenemos la misma formación y categoría profesional, además de haber aprobado la misma o similar oposición, hay a veces unas rencillas difícilmente explicables. Nos autodenominamos carreras hermanas, pero siempre hay alguien que añade que Dios dijo que fuéramos hermanos, pero no primos. Y mientras desde la fiscalía solemos achacar a la judicatura cierta prepotencia -se oye mucho eso de que no se quitan la toga ni para dormir-, desde el otro lado suelen sacar ese chiste que tan odioso resulta, de que los fiscales somos Los inmortales porque no podemos pasar a mejor vida. Y ni una cosa ni otra son ciertas. O al menos, no como regla general, que tenemos de todo, como en botica.

              De lo que no cabe duda es que una buena relación entre juez/a y fiscal es una de las claves del buen funcionamiento de un juzgado. Y a veces, hay que ceder y adaptarse para lograrlo. Las cosas no caen del cielo, y las buenas relaciones tampoco. Por contar una anécdota, recordaré mis primeros tiempos toguitaconados, en que, al llegar a mi primer destino, me dijeron que allí “no nos hablábamos con los jueces”. Ni que decir tiene que mi estupefacción fue mayúscula, puesto que una de las razones que me llevó allí fue el hecho de que mi entonces novio, juez, llevaba un juzgado próximo geográficamente. Por supuesto, no hice caso, y no solo no apliqué esa máxima en mis relaciones personales sino tampoco en las profesionales. Y nunca me he arrepentido de ello, por cierto.

              Pero que nadie se enfade, que he dicho que es una de las claves, pero no la única. Otras de las patas del banco esenciales es la relación con el LAJ. La casi desconocida figura de Letrado o Letrada de la Administración de Justicia -antes Secretarios Judiciales- es fundamental para que un juzgado funciones, y sus relaciones con los otros togados del juzgado -juez, fiscal y LAJ llevan toga, y también puñetas cuando le corresponde- y con el funcionariado determinan que el barco llegue a buen puerto. De hecho, más de una vez sirve de puente entre ambos para que el barco pueda navegar.

              Y, si de navegar se trata, es difícil hacerlo si no se rema en el mismo sentido. Y en eso de remar, funcionarios y funcionarias del juzgado tienen mucho que decir. Su buen hacer puede llevar adelante un juzgado por colapsado que parezca, y lo contrario podría llevar a desastre al mejor de los juzgados. Así que, nunca mejor dicho, aviso a navegantes.

              ¿Y qué pasa con los Médicos forenses? ¿Pertenecen al Juzgado o son una institución externa? Pues ni sí, ni no sino todo lo contrario. Aunque hubo un tiempo en que cada juzgado tenía su forense, aunque lo compartiera con otro juzgado, hoy se integran en los Institutos de Medicina Legal y atienden a los juzgados según especialidades y su propio sistema de reparto. Pero, sea cual sea el sistema, lo que está claro es que una relación fluida hace que las cosas salgan. Que es de lo que se trata.

              ¿Y qué pasa cuando necesitamos un intérprete? Pus que, dependiendo del idioma, cuestan más o menos de encontrar. Hay algunos a los que vemos tan frecuentemente que forman parte de nuestro entorno toguitaconado, y otros que, si se trata de un idioma no demasiado usado, cuestan tanto de encontrar como Wally. Una buena fórmula es, de un lado, el respeto a su labor y, de otro, la paciencia, que muchas veces si tardan no es por su culpa si no por causas ajenas a su voluntad. Cosas de la carencia de medios o de la ineficaz distribución de estos.

              Aunque, si de relaciones interpersonales se trata, lo más peliagudo son las relaciones con Abogados, abogadas y procuradores. Las especiales características de su función, que comparten con nosotros la labor de administración de Justicia, pero se diferencian en que no tienen estructura funcionarial, hacen que no siempre seamos todo lo comprensivos que debiéramos los unos con los otros. Y los señalamientos son uno de los puntos calientes del conflicto. Unos tienen que esperar más de lo debido por la acumulación de señalamientos, y otros no entienden que hacer doce juicios en una mañana no es lo mismo que hacer uno solo. Y, aunque la fórmula mágica no existe, confieso que yo tengo una pócima que funciona. Se llama respeto, y cuando la combinamos con empatía, hace que las cosas fluyan mucho mejor de lo que a primera vista pudiera parecer. Y todo esto es aplicable, por supuesto, a las relaciones con la Procura, que comparte mucho de lo dicho respecto a la Abogacía. Otra cosa son las relaciones entre ellos, pero ahí no pienso meterme, no vaya a ser que salga escaldada. Que más sabe la diabla por vieja que por diabla.

              Y hasta aquí, este pequeño repaso de las relaciones en nuestro mundo. Evidentemente, hay excepciones, y hay quienes se llevan como el perro y el gato. Para ellos, los tomates. Los aplausos, para quienes lo hacen bien. Y ovación extra, si le añaden una sonrisa, que siempre lo mejora todo

Musicales: Cantando bajo los Códigos


              El género musical es uno de los más celebrados del cine y del teatro. De hecho, los musicales cuelgan el cartel de No hay entrada con mucha frecuencia, y hay algunos, como El rey LeónEl Fantasma de la Ópera que no dejan de batir récords de representaciones. Y los que batirán.

              En nuestro teatro, obviamente, no representamos musicales. Pero a veces tenemos más relación con algunos títulos de lo que pensamos. No olvidemos que Priscila y Cabaret ya protagonizaron sendos estrenos en su día, relacionados, además, con los delitos de odio, como también lo estaba un cuento inspirado en West Side Story

              Pero no son los únicos musicales que podemos citar en Toguilandia. Empezando por el principio, como se empiezan las cosas, nadie me negará que más de una vez hemos empezado el día, como Mecano, gritando eso de que Hoy no me puedo levantar. Y es que cuesta, como la Fama de aquella profesora que no paraba de decir en cada representación que íbamos a empezar a pagarlo con sudor. Y no mentía, vaya, que más de un soponcio nos hemos llevado en algún juicio que nos ha hecho exclamar Mamma mía en todos los idiomas posibles.

              Los temas jurídicos, como decía, parece que no tienen cabida en el musical, pero a poco que rasquemos, aparecen. Ya he hablado del odio y la desigualdad de Cabaret, por el nazismo y toda su carga de discriminación, de Priscila, reina del desierto, por la homofobia, y de West Side Story, por el racismo. Incluso podemos hablar de discriminación por el aspecto físico en la aparentemente almibarada La bella y la bestia.  Pero no solo los delitos de odio tienen protagonismo.

              Incluso, en su día, se acusó de blasfema la obra de Jesucristo Superstar, es decir, lo que hoy sería un delito contra los sentimientos religiosos. Y que decir de lo que se cuestionó Hair, con su exaltación de la libertad de todo tipo. Menos mal que algo hemos avanzado.

              La jurisdicción de menores, en especial en su rama de protección, tendría un gran protagonismo, si se lo permitieran , en Annie o en Los chicos del coro, y en la de reforma en alguna de las gamberradas de los protagonistas de Grease que, aunque no lo pareciera, se suponía que eran menores de edad porque iban al instituto. Como también iban, sin tanto desfase entre la edad real y la de ficción, los protagonistas de High School Musical. También es menor de edad, obviamente, la protagonista de Mathilda.

              Y, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive el jurista, así que podemos darnos un paseo por la jurisdicción laboral con la huelga del padre de Billy Elliot y sus compañeros, o con el paro que es el leit motiv de Full Monty. Que no se diga.

              Además, como ocurre siempre, en Derecho hemos de hacer una labor de visibilizar las cosas que no son visibles, como las fatigas que pasan los protagonistas de Los Miserables simplemente por hacer nacido en el lugar y el tiempo equivocado. Y, hablando de invisibles, nadie más invisible que El fantasma de la ópera.

              Pero, si queremos un verdadero tratado de Derecho Penal hecho musical, no podemos dejar de citar Chicago donde, además, se exalta la igualdad de género incluso a la hora de cometer los peores crímenes, con ese antológico tango de las asesinas que no tiene desperdicio.

              No obstante, cuando de musicales y Toguilandia se trata, siempre recuerdo una anécdota que me atañía personalmente. Cuando yo me examiné de la oposición, como quiera que había un caso práctico, aprobábamos la parte teórica y aun nos quedaba un trago. En mucho casos era casi un trámite, porque coincidía el número de aprobados con el número de plazas a asignar. Pero no fue así en mi tribunal, donde teníamos que pelear 40 personas para la mitad de plazas. Alguien muy ingenioso nos bautizó como Los 40 principales y con ese nombre nos quedamos hasta que la corrección del caso práctico, la suerte, o lo que sea, nos redujo a la mitad exacta que debíamos ser. Cosas que no se olvidan, sobre todo por lo que me supusieron.

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. Ya sé que no será como el musical de Queen, de Elvis o de Michael Jackson, pero podemos llamarle el musical de Toguilandia. Y dar e aplauso, por supuesto, a todos y todas sus protagonistas. Gracias por estar ahí.

Colegas: en lo bueno y en lo mejor


                Son muchas las series dedicadas a profesiones como Periodistas, Urgencias o Policías, pero si hay una profesión que atrae a las cámaras como pocas es la de las gentes que vivimos del crimen, dicho sea en el mejor de los sentidos posibles. La ley de los Ángeles, Suits, Anillos de oro, Turno de oficio, Ally Mc Beal o muchas más nos enseñas desde distintos puntos de vista el día a día de la abogacía, la judicatura o la fiscalía, juntos con quienes nos acompañan en este viaje, aunque se vean menos como LAjs o funcionarios.

                Nuestro teatro es el escenario en que nos movemos día a día, con funciones diarias que son más o menos conocidas. Pero hay una parte totalmente desconocida, que es lo que ocurre detrás de las bambalinas. Y hoy quería dedicar este estreno -lo prometido es deuda- a una parte tan desconocida como real. Aunque no sabría decir si frecuente.

                Tengo la suerte de tener una excelente relación con abogados y abogadas que trabajan en mi materia, en este caso, la violencia de género. Sé que voy a romper más de un mito, porque existe la creencia que profesionales de uno y otro lado de estrados nos peleamos como perros y gatos. Por un lado, jueces versus fiscales, por otro, quizás aun más mitificado, letrados/as versus fiscales. Como si el hecho de mantener posturas encontradas en los tribunales nos convirtiera en enemigos irreconciliables. De hecho, leo a veces cosas, fundamentalmente en redes sociales, de las que parece que tenemos que odiarnos y criticarnos a toda hora.

                Por fortuna, mi experiencia es diferente, y la función de hoy es la prueba evidente de que es así. Mi relación -y la de otras compañeras- con quienes componen la Sección de Violencia del ICAV ha sido, dese aquellos duros tiempos del comienzo, inmejorable. Somos colegas remando en el mismo barco, el de hacer justicia y ayudar a las víctimas, nos pongan los hechos en el sitio que nos pongan. No siempre pensamos lo mismo, pero nuestro fin es siempre el mismo.

                El otro día celebrábamos la despedida de quien ha sido durante 8 años la presidenta de las Sección de Violencia de Género del Colegio de la Abogacía de Valencia, y tuvo la ocurrencia de juntarnos a un grupo en el que estábamos jueces y juezas, abogados y abogadas y fiscales. Por supuesto, no es la primera vez que nos reunimos con propósito festivo, que son muchos años de compartir esfuerzos, frustraciones y, sin lugar a duda, amistad. Esa amistad que surge de los principios compartidos y del trabajo en común. Esa rara avis que hay que cuidar cada día.

                Hemos compartido estrados, guardias, cursos, congresos, reivindicaciones y, claro está, algún momento lúdico festivo, que no todo iba a ser trabajar. Nos hemos tragado las ganas de llorar y hemos tenido que aguantar alguna vez las ganas de reír de esas anécdotas sin las cuales no podríamos seguir adelante. De hecho, algunas de las que he compartido en todo este tiempo de togas y tacones ha venido de todas estas personas que no dudan en contarme cualquier cosa curiosa que sucede para que yo acabe diciendo eso que ya se ha convertido en un cásico: a los tacones vas.

                Y la despedida -más bien u hasta siempre, porque ella seguirá ahí al pie del cañón- fue buena prueba de ello. Como dijo uno de los asistentes, cuando le llegó el turno de palabra, fue muy significativo. Nada más llegar el mensaje en que nos convocaba a la reunión-cena-despedida-yloquesurja nadie tardó más de un nanosegundo en confirmar asistencia, a pesar de lo complicado de nuestras vidas. Ya quisiera más de un presidente de sala semejante unanimidad para señalar una vista que venga bien a todos los intervinientes.

                Y las expectativas se cumplieron. Las risas y el buen ambiente fueron tónica general, como lo han sido siempre, y como lo atestiguan las fotos, y no dudo en que alguna que otra lagrimita cuando hicimos entrega de una palca homenaje con la frase que habíamos compuesto entre todos, y que aquí reproduzco:

“Gracias Alicia, por tu magnífico trabajo, tu gran dedicación, y tu leal amistad. Nuestra querida presidenta siempre en nuestros corazones”

                Creo que no hay modo mejor de expresarlo. Como dijo otra de los asistentes, no éramos jueces, fiscales y abogados. Somos un grupo de compañeros y compañeras unidos por el empeño de hacer lo mejor por esas víctimas de violencia de género que son el día a día de nuestro trabajo. Por hacer, en definitiva, eso que es y ha sido siempre nuestra vocación, la justicia.

                No me enrollo más, o la lagrimita la sacaré al final yo. Prometí un post y, como no podía ser de otra manera, aquí está. El aplauso, esta vez es para Alicia, y también para ese sentimiento común que hemos ido cimentando a lo largo de tanto tiempo. Y lo que nos queda.

Vidas paralelas: microteatro


Hoy, nuestro teatro es más teatro que nunca. Una pequeña pieza con la que quiero contar muchas cosas y hacer pensar muchas más . Así que para no hacer spoiler no adelanto nada, me limito a abrir el telón. Los aplausos espero que vengan al final

MARIA- Cómo me cuesta levantarme cada día. Me angustia quedarme en casa y me da miedo salir de ella. No sé cómo he llegado hasta aquí, pero me acuerdo tanto de los tiempos del colegio, del instituto, de las quedadas con las amigas… Es como si hubieran pasado siglos, y yo no fuera la que fui. Y es que me gusta tan poco la imagen que veo en el espejo, que cualquier día los tapo todos con una sábana

ANA- Qué bonito es levantarse cada día. Siempre pienso que me van a pasar cosas buenas, y, si no me pasan, las invento. O convierto en buenas las que no lo son tanto. El mundo tiene tantas cosas bonitas de las que disfrutar que tengo que tener los ojos bien abiertos para no perderme ninguna. A veces me acuerdo de mis amigas del cole, Cualquier día monto una cena para contarnos cómo nos va

-ANA Qué alegría verte. ¿Cómo te va? Precisamente quería llamarte para que nos viéramos y recordar viejos tiempos

– MARIA Hace tanto de eso…

– ANA Qué va. Si parece que fue ayer. Tomamos un café y hablamos

– MARIA No puedo

– ANA ¿por qué?

– MARIA No sé

– ANA Venga, vente

– MARIA Vale. Pero solo un café. Tengo que irme enseguida

– ANA ¿A casa?

– MARIA Bueno, sí (en voz baja) A la cárcel más bien

(Pasan tiempo juntas)

-ANA¿Por qué estás tan triste?

-MARIA Y tú ¿por qué siempre estás feliz?

-ANALa vida es hermosa

-MARIA  No lo es. La vida es una carga pesada. No hago nada bien, no acierto nunca, no valgo para nada

– ANA¿Quién te ha dicho eso?

-MARIA  Lo sé. Él lo repite siempre. Por eso estoy sola

– ANA No estás sola. Me tienes a mí, y todo un mundo por descubrir. Ven. Te lo enseñaré

– MARIA No sé si atreverme

– ANA Tienes que hacerlo

– MARIA ¿Y si me arrepiento?

– ANA Te arrepentirás si no lo haces. ¿Vienes?

– MARIA Está bien. Pero no me dejarás sola

– ANA Nunca. Dame la mano y volemos. El mundo nos espera

Matemáticas: nuestras operaciones


              Las matemáticas, según nos han dicho desde la infancia, son necesarias para ser alguien en la vida. Tanto que son muchas las películas que se basan en ellas, entre las que citaré, sin ánimo de exhaustividad, La teoría del todo, Figuras ocultas, El indomable Bill Hunting o El Código Da Vinci. Y es que, nos pongamos como nos pongamos, dos más dos siempre son cuatro. ¿O no?

              En nuestro teatro poco tenemos que ver con las matemáticas, al menos a priori. La inmensa mayoría de los habitantes de Toguilandia, nos declaramos “de letras” sin ningún tapujo y nos bloquemos como aparezcan más de tres números juntos si no son para citar artículos del Código Civil , del Penal o de cualquier otra ley. Y no nos damos cuenta de que, como nos decían desde la infancia, las matemáticas están en todas partes. Hasta en Toguilandia. Y los números también, que hasta tuvieron su propio estreno.

              Cuando estudiaba en la Facultad, recuerdo que había una asignatura llamada “economía” -ignoro si hoy seguirá existiendo o tendrá un nombre diferente- que trataba de enseñarnos algunos rudimentos e esta materia a aquellos alevines de juristas que aun no sabíamos muy bien qué hacer con nuestras vidas. El profesor entró por primera vez en nuestra aula y llenó la pizarra de números, Cuando, ante nuestra cara de estupefacción, trató de explicarnos algo de un logaritmo, ya no pudo conseguirlo. La reacción inmediata de la clase, sin previo acuerdo, fue levantarnos y no volver a aparecer por allí, porque aquel profesor ignoró olímpicamente la razón por la que muchas y muchos estábamos allí: porque éramos de letras.

              Al final, y cada cual como pudo, aprobamos la asignatura. En mi caso, me aprendí de memoria todas las fórmulas que aquel incauto trataba de enseñarnos, con su desarrollo y su gráficos. Y aquí paz y después gloria.

              Pero, sin darnos cuenta, también en Toguilandia sumamos, restamos, multiplicamos y dividimos. Y seguro que, de haber sabido de esos logaritmos que tanto gustaban a aquel profesor que abandonamos cruelmente, también los usaríamos, pero no es el caso. O no, al menos, el mío.

              Así a bote pronto, se me ocurren materias en las que es imprescindible la calculadora, aunque ahora ya casi nadie tenga una como la de mis primeros tiempos toguitaconados. Sería imposible dedicarse, por ejemplo, al Derecho Financiero sin usar las matemáticas, y también pueden resultar útiles en ámbitos donde se manejan cantidades de dinero como ocurre con el Derecho Mercantil.

              Pero no solo eso. Todo el mundo en Toguilandia nos vemos e el brete de calcular indemnizaciones, matemática de la de toda la vida, sobre todo cuando del baremos de accidentes de tráfico se trata. No queda otra que multiplicar el valor de cada punto por los puntos que calcula el forense según las secuelas y los días de curación. Un ejercicio casi como los problemas de matemáticas del colegio.

              También hay que usar la calculadora cuando se trata de la fase de  ejecución de sentencias, particularmente cuando hay que hacer liquidaciones de condena, tanto de días de prisión o de alejamiento como de toras medidas. En este caso, tras aplicar la condena la número de días del año, se le resta el tiempo abonable por hacer sufrido presión preventiva u otra medida cautelar.

              Y, por descontado, están las liquidaciones de intereses, las juras de cuentas o los cálculos de las cuotas, que nos obligan a sacar a las matemáticas de paseo de nuevo.

              Y otro tanto cabe decir de los procesos que tienen por objeto repartir patrimonios, como las particiones de herencia o las liquidaciones de régimen matrimonial. Y ahí no cabe lo que de quine parte y reparte se queda con la mejor parte, claro. Para evitar eso es para lo que estamos.

              Por cierto, hablando de sumas, no pudo dejar de comentar la costumbre de muchos medios de comunicación de sumar las penas de prisión de un solo proceso como si no hubiera un mañana. Suman todas las que se piden a todos los acusados, sin tener en cuenta que la pena es personal, y que, además, tiene sus límites. 30 años en concreto, en nuestro derecho, además de otras reglas a aplicar como el hecho de que no se supere el triplo de la más grave, o los límites de la prisión preventiva, diferente según sea la pena asignada al delito de que se trate. Y, sin tener en cuenta todas esas cosas, es como vemos titulares que anuncian que se impusieron en sentencia 1000 años de prisión y que nos dejan de pasta de boniato, o poco menos.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Con él, sumo uno más y espero seguir sumando seguidores. En cuanto al aplauso, es, por supuesto, para quienes me leen cada semana. Ojala se multipliquen

Edadismo: ¿pesan los años?


              El paso del tiempo es un tema recurrente en el arte. Porque afecta a todo el mundo, nos guste o no. El cine ha sacado mucho partido a estos temas. Hay películas sobre personas de edad avanzada y sus problemas, como En el estanque dorado y otras que se centran en determinado tramos de edad, como la adolescencia y primera juventud de Rebeldes. Y, por supuesto, hay muchas que tienen como protagonistas a niños y niñas, como la saga de Solo en casa. También hay películas que tratan de la decadencia que la edad supone en el propio mundo del cine, como El crepúsculo de los dioses o ¿Qué fue de Baby doll?. Y es que, de un modo u otro, nadie escapa al paso del tiempo. Como lo vivamos es otra cosa.

              En nuestro teatro, la edad tiene influencia en muchos más aspecto de los que pensamos. Ya dedicamos un estreno a la edad en su día, aunque lo que hoy quiero abarcar es otro tema, relacionado pero diferente, el edadismo. O lo que viene a ser la discriminación por edad.

              Como decíamos, la edad tiene una influencia directa en Toguilandia. Lo 14 años marcan la responsabilidad penal de los menores , los 18 la de todo el mundo y hay demás edades diferentes para actos como ser testigo o emanciparse. Y, por arriba, entre los 65 y los 70, según profesiones, se fija la edad de jubilación, salvo jubilaciones anticipadas, por abajo, y prórrogas, por arriba, algo muy frecuente en nuestro mundo con la figura de los llamados “eméritos”, que existían mucho antes que el rey abdicado nos quitara el nombre. Cosas de la fama.

              A modo de curiosidad, contaré que, aunque como fiscales tenemos, al igual que la judicatura, nuestra edad de jubilación “oficial” a los 70, con la posibilidad de prórroga de la que hablaba antes, nada hay previsto para la figura de Fiscal General del Estado. De hecho, cuando, allá por el año 2000 pertenecí al Consejo Fiscal, viví la jubilación de la carrera fiscal de quine era entonces Fiscal General del Estado que, sin embargo, siguió ostentando el cargo de Fiscal General. No diré nombres, pero quien tenga curiosidad tienen a San Google a su disposición.

              Mucha gente, por no decir todo el mundo, hemos presenciado episodios de edadismo, o discriminación por edad mas o menos clara. Si aterrizamos en la carrera más pronto que la mayoría, o nuestro aspecto es demasiado “juvenil” siempre hay alguien que nos mira por encima del hombro con cierto aire de superioridad. La veteranía es un grado, sin duda, pero cuando se llega hasta ahí es porque se está preparada. Ya h contado alguna vez que cuando llegué a mi primer destino, junto a otras compañeras tan pipiolas como yo misma, alguien dijo, medo en broma medo en serio, que necesitan fiscales, no niñas. Qué le vamos a hacer.

              No obstante, la discriminación por edad más preocupante es la que tiene lugar con las personas de cierta edad, a veces tan sutil que casi no nos damos cuenta. Seguro que hemos oído referirse a abogados u otros profesionales mayores diciendo que es “un abuelete” y que esa es la razón por la que hace determinadas cosas o no hace otras. Especialmente significativo es lo que sucede con el uso de las tecnologías, a las que algunas generaciones hemos llegado tarde y mal y que hacen que los nativos digitales nos miren con una superioridad rayan a veces en la condescendencia. Un poquito de empatía () siempre sería de agradecer.

              Cuando se habla de estos temas, recuerdo una anécdota que todavía me hace mala sangre. Estábamos en la sala de la Audiencia Provincial y presidía un magistrado muy conocido por su agrio carácter, por decirlo de algún modo. El abogado de la defensa era un hombre mayor, probablemente al borde de la jubilación, que no se caracterizaba por la rapidez de reflejos. Como quiera que llegó una cuestión previa de considerable complejidad, el abogado, entre la presión que suponía la fama del presidente y la dificultad de estudiarse en unos minutos lo que necesitaba mucho tiempo, comenzó a balbucear de puro nerviosismo. Y entonces fue cuando el magistrado le soltó un exabrupto que recordaré siempre como ejemplo de lo que no se debe hacer, y le gritó delante de todo el mundo que lo que debería hacer es volver a la facultad, porque no sabía nada. Ver a aquel hombre, que podía haber sido mi padre, al borde de las lágrimas, es algo que recordaré toda mi vida. Y no para bien precisamente.

              La discriminación por edad ha tardado en tener reflejo en nuestro Código Penal. La reforma operada en la ley de protección de l infancia y la adolescencia en 2021, popularmente conocida como “ley Rhodes” que introdujo entre los motivos de los delitos de odio y en la agravante de la misma naturaleza, la discriminación por edad, junto a la aporofobia () de qu también hablamos en su día. No quiere esto decir que toda discriminación por edad sea un delito, como no lo es cualquier otro tipo de discriminación que no reúna los requisitos del tipo, pero tiene enorme importancia a la hora de visibilizarla.

              No hace mucho, y en relación con el fallecimiento de una otrora famosa presentadora de televisión, sus hijas dijeron que se vino abajo cuando la apartaron de las cámaras por, seún ellas, razón de su edad. Y también hace poco, un ex presidente del gobierno achacaba el hecho de que no se le hiciera e caso que él demandaba, a la edad. Será o no verdad, pero ahí está, como factor.

              Así que tendremos que tener muy en cuenta estas cosas cuando se aparte a las personas por su edad o no se les atienda del modo que requieren sus circunstancias, o deje de otorgársele alguna prestación a la que tengan derecho por esa misma causa. Pensemos en lo que ocurriría si un profesional sanitario le negara la asistencia o la pospusiera porque considere que no merece la pena, o si la orden viniera de una administración pública. Para pensarlo, y mucho.

              No son los único supuestos. Recordemos la reacción que desencadenó -con razón- la campaña montada por una persona mayor para que la atención en los bancos fuera personalizada para aquellos que nada saben por su edad de ordenadores ni t4eclados. El lema, “somos mayores, no tontos” lo decía todo.

              Por todo eso, hago una llamada a la reflexión, más allá de lo que dice el Código penal. Porque las personas mayores se han ganado a pulso nuestro respeto y nuca debe faltarles. Por supuesto, el aplauso es hoy para quine recoja el guante. Que ya voy cumpliendo años y tendré que abonarme el camino. ¿no?

Cortesía: lo prometido es deuda


              En las relaciones entre las personas no siempre somos capaces de ser todo lo agradables que debiéramos. Más de una vez la educación brilla por su ausencia, y así nos va. Si siguiéramos, como sugiere el título de una película y su novela homónima, las Normas de cortesía, otro gallo nos cantaría. Porque, como dice el refrán, lo cortés no quita lo valiente.

              En nuestro teatro, la cortesía está presente, aunque menos veces de lo que debería estar. El estrés de la profesión, los plazos, el colapso, y esas historias tan duras que forman parte de nuestro mundo hacen que más de una vez presenciemos salidas de tiesto que no vienen a cuento. Y es que la paciencia es una gran virtud, pero hubo quien hizo pellas el día que la repartían. Estoy segura.

              En realidad, este estreno es, como sugiere el título, una deuda que contraje el otro día con dos abogadas, corteses y amables además de buenas profesionales. Y, medio en broma medio en serio, surgió la idea de este post, y aquí está el resultado.

              Los hechos fueron los siguientes. Nos encontrábamos en una sesión de juicios que, por esas razones que nadie se espera pero que tantas veces ocurren, arrastraba un retraso considerable. El señalamiento estaba bien hecho, calculando los tiempos, todo el mundo fue puntual y ninguna circunstancia extraordinaria podía hacer prever que la cosa se retrasase, pero cada juico duró más de lo que habíamos previsto que durara -informes que se alargan, citación de testigos en el acto de la vista- y al final se arrastraba un retardo de padre y muy señor mío. Y aquí llegamos al momento que protagoniza la historia.

              Quedaban dos juicios, uno de ellos se preveía largo, y era sin intervención del Ministerio Fiscal. El último era en rebeldía, es decir, que duraría muy poco tiempo. Yo le planteé a la jueza si podía adelantarse ese y ella, obviamente, me dijo que habría que ver qué decían las partes del anterior, que estaban en su derecho a que el suyo fuera antes, por largo que fuera. En mi descargo, añadiré que la demandante, a la vez que víctima -hablo de un Juzgado de Violencia sobre la Mujer- también tendría que esperar mucho tiempo para que luego su juicio durara apenas unos minutos. Así que planteamos la cuestión a las abogadas del juicio presuntamente largo.

              ¿Y que pensaríais que dijeron? Pues eso, que ningún problema, que lo entendían. Con mi mejor sonrisa, les dije que las tendría presentes en mis oraciones. Y una de ellas, con una sonrisa todavía mejor que la mía, dijo que se conformaba con que le dedicara un post. Y la verdad, no solo me hizo mucha gracia, sino también mucha ilusión. Que mis reflexiones toguitaconadas den lugar a estos detalles tan simpáticos es un buen incentivo para seguir sentándome de cara al ordenador dos veces por semana.

              En honor a la verdad, no es la primera ni espero que la única vez que me pasa algo así. Y en este caso he sido el sujeto pasivo de la cortesía, pero en otros trato de ser el sujeto activo, y tampoco tendría ningún inconveniente en ceder mi turno en el caso contrario. Pero no está de más decirlo. En este mundo tan polarizado, en que, por menos de nada, si le preguntas a alguien que cómo está, te contesta con un “pues anda que tú” tenemos que fomentar la armonía. Si no queremos hacer ricas a las farmacéuticas fabricantes de tranquilizantes y ansiolíticos, que ya ganan bastante.

              Comentaba el otro día una buena amiga en twitter -perdón, X- que este mundo necesita más “buenos días” y gracias” y menos tensión. Y tenía toda la razón. Ese mismo día, la empleada de la gasolinera donde reposté me deseó un buen día y empujó al karma para que lo tuviera, lo aseguro.

              Es un ejercicio fácil y barato. Y, además, según dice quien sabe, muscularmente cuesta más un gesto de enfado que una sonrisa Así que ¿por qué no lo ponemos en práctica desde ya? ¿por qué nos empeñamos en contar los pasos que damos cada día y no las frases amables? Así que, señoras y señores inventores, ingenien un sonrisómetro. Y a ver si alguna influencer lo pone de moda. En Toguilandia y fuera de ella.

              Y con esto me despido por hoy. Ojalá este estreno sirva para que ejercitemos más la cortesía. Si es así, mi aplauso para quien la ponga en práctica. De lo contrario, hoy no tiraré tomates para no ser descortés. Pero nunca se sabe lo que pueda hacer mañana.