Esperanza: se busca


Dedos-cruzados

Los artistas, o quienes aspiran a serlo, viven constantemente en una especie de zozobra. Las expectativas forman parte de su vida sin poder evitarlo. Lograr su primer papel cuando aún no ha debitado, obtener un papel protagonista luego, conseguir un Oscar, un Goya, un Tony, una Palma de oro o cualquier otro premio, y vuelta a empezar. Siempre esperando participar en la obra de su vida, y después esperando no bajar el listón. De Ha nacido a una estrella a no caer en el Crepúsculo de los dioses, pasando por Que siga el espectáculo. Siempre con el corazón en vilo.

En nuestro teatro también compartimos esa continua sensación de estar en vilo, de vivir con la esperanza de lograr esto o aquello. Primero, conseguir terminar los estudios, la carrera, con sus cursos y sus prácticas. Después, quienes elegimos ese camino, aprobar la oposición, que no es moco de pavo. Y si se opta por tirarse a la arena del ejercicio profesional, lograr la formación e instalarse, que tampoco es poca cosa. Ahí es donde tenemos nuestro momento Ha nacido una estrella, ese momento donde creemos que está todo hecho cuando la cosa no ha hecho nada más que empezar.

Y, cuando apenas nos ha dado tiempo a saborear las mieles del triunfo, casi sin darnos cuenta, entramos en la siguiente fase. Que siga el espectáculo. Y empezamos a desear fervientemente alcanzar un destino mejor, o  consolidar el despacho en su caso, y comenzar a situarnos cerca de aquello que suponíamos que sería nuestro objetivo cuando alcanzáramos la meta. Éxitos profesionales, mejores casos, nombramientos o destinos más atractivos. Seguimos esperando.

Y aunque nos situemos, la espada de Damocles sigue ahí. Porque no hay que dormirse, no vaya a ser que llegue la fase el Crepúsculo de los dioses, que hay que evitar a toda costa. Y esperamos que las cosas sigan bien y sobre todo que vayan a mejor.

Pero esas esperanzas no lo son todo. Hay esperanzas grandes y pequeñas, comunes e individuales. Y quienes transitamos por nuestro escenario, seguimos con la esperanza a cuestas, aunque a veces cuesta tanto conservarla que me parece que cualquier día aparece en un cartel pegado a la pared con la leyenda “Wanted”, o “Se busca”, como en las clásicas películas del Oeste.

¿Y que esperamos? Pues seguro que la mayoría, lo mismo. Que tengamos una Justicia eficaz y con medios, que la Justicia sea Independiente y que sea efectiva y, desde luego, que sea igual para todos. Que por fin entremos en el siglo XXI y no tengamos que encomendarnos a todos los santos para que las notificaciones lleguen, los programas informáticos funcionen o los juicios se puedan celebrar en un tiempo razonable. Parece fácil ¿no?

Pues no. Como quiera que quienes tienen que proveer de medios, que quienes hacen las leyes y quienes organizan el cotarro no escuchan o no quieren escuchar, seguimos como seguimos. Esperando y esperando. Y ya se sabe que el que espera, desespera. Y pobres de nosotros si llegamos a ese punto.

Yo espero que algún día no demasiado lejano se creen plazas de jueces, fiscales, LaJs y funcionarios, se recuperen los sustitutos perdidos, se valore de una vez el turno de oficio, se faciliten medios dignos y adecuados a los tiempos y se legisle de un modo razonable. Espero que la Justicia deje de ser la Cenicienta de la Administración, y de recoger las migajas que dejan sus hermanastras poderosas, como Hacienda, que siempre tiene el vestido más lujoso mientras ella se lo tiene que confeccionar con harapos. O, en otro caso, que venga el Hada Madrina y a golpe de varita, diga aquello de “todo se arregla con solo decir Dibidibadibidú”.

Pero mucho me temo que va a ser que no. Así que mientras tanto, me quedo con la esperanza de que no se me cuelgue el ordenador más de lo soportable, de que no me falten grapas, possits o bolis, que los fallos de la climatización no eleven la temperatura de mi despacho más allá de lo soportable, o de que no le pase nada a ninguna de mis compañeras, no me toque sustituirla. Y por supuesto, que no se retrasen en los pagos más de lo admisible, como ha venido sucediendo con el turno de oficio y ocurre a veces con la retribución de guardias, porque nuestras familias tienen la mala costumbre de comer todos los días. O como con la paga extra de 2012, que aún venimos recuperando a trozos, tarde y mal, y ya no da para comprar los turrones de aquellas Navidades.

Así que el aplauso es, desde luego, para todos los que pese a todo, conservan la esperanza. De las cosas pequeñas y las grandes, que todo importa. Y mientras tanto, por si acaso, iré colgando el cartel de “Se Busca” en las puestas batientes del Saloon de nuestra Justicia.

Independencia: la meta


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El mundo del arte siempre ha gustado de los temas románticos. Y pocos temas hay que lo sean tanto como la Independencia. Así, con mayúsculas. Casi siempre la identificamos con la lucha de un territorio por mantenerse libre de injerencias o de invasiones. Con más o menos matices, y más o menos estilos. Desde el Curro Jiménez de mi infancia luchando cada domingo contra los franceses, hasta los galos de Astérix y Obelix defendiendo la aldea gala, desde las mil versiones de un idealizado Garibaldi hasta la defensa terrícola de Independence Day, pasando por las luchas contra cualquier invasión paranormal, sean zombies, ultracuerpos o cualquier otra cosa. Sin olvidar, por supuesto, el filón de la Guerra de la Independencia americana, entre el Norte y Sur y Lo que el viento se llevó, o la descolonización, que ha dado metraje de sobra.

Pero no toda independencia es la territorial. La independencia es un concepto demasiado amplio para circunscribirlo a ello. La independencia es la personal, la institucional y cualquier postura que trate de mantenerse firme en su sitio frente a cualquier injerencia. Un concepto positivo, más allá de los matices políticos con los que se usa el término hoy en día, limitado a un espacio y tiempo determinado. Y en los que, desde luego, ni quiero ni debo entrar.

Nuestro teatro tiene su propia especialidad en los que a independencia se refiere. La independencia judicial. Un término del que se usa y se abusa, y una aspiración legítima de nuestro Estado de Derecho. Pero también un concepto en el que se mezclan y confunden otros, deliberada o inconscientemente. Independencia, imparcialidad o jerarquía son ingredientes de una misma ensalada que a veces se mezclan sin orden ni concierto y dan lugar a platos incomestibles. O no.

La independencia judicial es, como decía, una aspiración irrenunciable de todo estado democrático. Sin un poder judicial independiente, la separación de poderes se convierte en papel mojado y se nos desmorona el edificio porque cae una de sus patas. Montesquieu en Caída libre. Seguro que en eso todos estamos de acuerdo. El problema es saber en qué consiste esa independencia, y distinguirla de otros conceptos. Y no siempre es fácil.

La independencia supone, en esencia, que los jueces cumplan su papel de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado con libertad, basados en el principio de legalidad y que no sean perturbados ni influidos por otros elementos, esencialmente políticos. Algo que, se crea o no, hacen cada día la inmensa mayoría de los jueces españoles. Y en lo que coadyuvamos todos. Los fiscales, sin ir más lejos, máximos garantes de la independencia judicial según dice la ley y por más que muchos lo ignoren o lo pongan en duda. Pero claro, es comprensible. La propia ley no lo pone fácil, cuando dice que estamos integrados con independencia en el poder judicial. Un galimatías que deja rumiando a más de uno. Y no sin razón.

La cosa es que cada día más oímos que la justicia está politizada. No sin razón. Pero la razón no es tanta cuando nos colocan el sambenito a todos según la decisión que tomemos. No hay decisión judicial, o informe del fiscal, que afecte a responsables políticos sin que el comentarista o el todólogo de turno no achaque el sentido de tal decisión a la presunta adscripción política que supone a quien la firma, o a un telefonazo de las más altas instancias. Y de eso nada, monada.Al menos en el mundo de los mortales. Por éstas que son cruces.

Como diría aquél, puedo prometer y prometo que en gran parte de las investigaciones judiciales que involucran alcaldes, ignoramos a priori a qué partido pertenece. Y no es cuestión de ignorancia. Cualquiera sabe quién dirige el consistorio de Madrid, Valencia o Barcelona, pero es imposible conocer quién lo hace en Villaconejillos de Arriba. Salvo que sea el que aparece en el anuncio del detergente lavando con una gota la paella gigante, claro.

Y en cuanto a la llamada, también puedo prometer y prometo que en casi un cuarto de siglo toguitaconada, nunca la he recibido. Y no se crean que a veces no me gustaría, que aprovecharía para decirle cuatro cosas al responsable de turno. Y de paso, para pedirle pósits y bolis de punta fina, que está la cosa malica.

Quizá el quid de la cuestión esté en distinguir entre quienes nos mojamos las rodillas en salas de vistas y juzgados, y quienes tienen otras funciones. Y aclarando además que ni todos los miembros del Consejo General del Poder Judicial son jueces ni están ejerciendo funciones jurisdiccionales –aunque tras la última reforma algunos las simultanean-. A diferencia de los miembros del Consejo Fiscal, por cierto, que han de ser necesariamente fiscales en activo. Cosa que no ha de ser el Fiscal General del Estado, que ni siquiera tiene por qué pertenecer a la carrera fiscal –aunque así era en los dos últimos casos- Tal vez esta aclaración despeje la duda de que el modo de su nombramiento no tiene por qué afectar a la imparcialidad o no de quienes trabajamos día a día en cada juzgado.

Así que el sistema falla en la cúspide. Debería darse una vuelta de tuerca –o más de una- a ese sistema. Al modo de nombramiento y, sobre todo, a cómo se hace en la práctica. El papel es muy sufrido, y el mérito y capacidad para los nombramientos de una cierta enjundia son unos principios rectores objetivos. El problema, como siempre, está en cómo se interpreta. Y ahí en dónde la independencia puede empezar a tambalearse. Porque por más vueltas que se a un destornillador, poco se puede conseguir si el tope está pasado de rosca.

Y lo que ocurre en muchos casos es que se interpretan las decisiones según convenga al interpretante. Pondré un ejemplo. En un asunto que duró años y años, contra un alto cargo de una ciudad que tiene un aeropuerto sin aviones, se ha dicho hasta la saciedad que se cambiaban los jueces para que ninguno hurgara en la llaga. Desconociendo algo básico: que lo instruía un juzgado de entrada, mal dotado y peor retribuido, donde los jueces aterrizaban en su primer destino y huían como alma que lleva el diablo a un destino mejor dejando el juzgado tan vacío como lo estaba de aviones el aeropuerto en cuestión. Y ninguna culpa tenían de eso cada uno de los jueces que por allí cayeron.

Por supuesto, de todo hay en la viña del señor. Pero desde este escenario hoy quería romper una lanza por todos los que día a día hacen su trabajo con más ganas que medios y ajenos a llamadas e intrigas palaciegas, que ya tienen bastante con lo que tienen. Para ellos va el aplauso. Dirijan sus tomates hacia arriba. Así, igual, acertamos. Sólo es cuestión de puntería.

 

Urgencias:¿verdadero o falso?


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Las prisas no son buenas consejeras. Eso dice el refranero, y eso nos dicen una vez y otra cada vez que el tiempo apremia, y eso decimos a su vez a todo aquel que nos insta a que las cosas se terminen para anteayer. Pero no todas las urgencias son tan urgentes como parecen, y hay que andarse con cuidado para no confundir las prisas con la precipitación.

En el mundo del espectáculo lo saben bien.  Películas que llevan gestándose años suelen obtener buenos resultados, mientras que las que usan del tirón para estrenar aprovechándose de las circunstancias suelen acabar en el rincón del olvido, por más que en un primer momento hayan despertado muchas expectativas. Ya se sabe, vísteme despacio que llevo prisa. O Roma no se hizo en un día.

En nuestro teatro nos sentimos a veces como protagonistas de esa serie de médicos tan conocida, Urgencias. Esperando la que cae para enchufar goteros, mascarillas, y correr pasillo arriba a lo largo del Hospital Central, versión patria de la serie americana. Y olvidamos que no todas las cosas son urgencias y, si de médicos se trata, en muchas ocasiones hay que acudir al Médico de Familia y hacer cada cosa a su tiempo. Despacito, y buena letra. Piano, piano en lugar de Deprisa, deprisa.

Pero claro, ya sabemos que en Toguilandia andamos apremiados por el síndrome del fin del mundo, que tiene lugar, indefectiblemente, dos veces al año: en Navidad y en Verano, en Diciembre y en Julio. Así que cuando los bikinis empiezan a empujar con fuerza para salir de los cajones o el espumillón empieza a brillar en los escaparates, hay que prepararse. La Apocalipsis Judicial llega de nuevo.

Todo el mundo se siente aquejado por una inquietud desaforada que hace que los expedientes inicien un baile frenético. Danzad, danzad, malditos. Y atrápame este expediente como puedas que las mesas tienen que quedarse limpias no vaya a ser que aterricen las naves del Independence Day en nuestros despachos y no encuentren sitio para aterrizar.

Puen no. Guárdenme el secreto, pero después del mes de julio llega el de agosto y después, créanlo o no, septiembre. Y seguimos trabajando, aunque la máquina seismesizadora de la reforma Lecrim  nos haya agobiado un poco más, y los plazos sigan corriendo su inexorable curso. O sea, que El Día Después es lo mismo que el día antes, y el de antes de antes, y el de antes de antes..Y si miramos los medios con que contamos, hasta el siglo de antes.

El caso es que la gente parece no creerlo y se comporta como si no hubiera un mañana. Literal. Y aparece ese expediente del que una se había olvidado reclamando atención inmediata. Pero ojo, que hay trampa. No es oro todo lo que reluce. Ni urgente todo lo que parece serlo. Lo es una causa con preso, una petición de libertad, la entrega de unos hijos por un progenitor renuente para que pase su turno de vacaciones con el otro o un internamiento no voluntario, por poner algún ejemplo. En la guardia es urgente exactamente lo mismo que el resto del año: todo. Pero no es urgente lo que alguien quiere acabar por otro tipo de razones. Y ahí es donde viene el llanto y el rechinar de dientes.

Me contaba una buena amiga abogada de un cliente que llevaba meses sin dar señales de vida y de pronto se ha convertido en poco menos que su sombra, exigiendo que lo suyo se quede resuelto ya a pesar de que nunca hasta ahora había tenido el más mínimo interés en seguir con el asunto. Y no es ella sola. Aunque aquí no vale eso de que a mal de mucho consuelo de tontos.

Así que hoy no hay aplauso sino regañina. Dedicada a todos aquellos que confunden el inicio de las vacaciones con la llegada de los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis. A ellos va dedicada. Con todo mi cariño toguitaconado. O no.

 

 

Memoria histórica: Recordemos


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Si hay un tema que ha dado materia prima a nuestro cine, ésa es la Guerra Civil Española y sus consecuencias. El cine español del último medio siglo ha rememorado todo lo que no pudo hacer antes. Y hoy, por el día que es, 6 de agosto, me quedo con dos títulos, La Voz Dormida y Las Trece Rosas, de cuyo fusilamiento se cumple hoy años

Por eso, en homenaje a ellas y a todos los que quedan en cunetas y fosas comunes y por la memoria que a todos nos robaron y que muchos seguimos exigiendo recuperar, desde Con Mi Toga y Mis Tacones quiero hacerles este pequeño homenaje en forma de relato. Como dijo una de ellas, que la historia no borre sus nombres, ni los de tantas otras personas.

Como la vida es puro teatro, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. O no…

 

TRECE ROSAS BLANCAS

 

             En cuanto oí el timbre del teléfono supe que algo andaba mal. No es que yo sea una lumbrera, ni que tenga esos pálpitos que tanto salen en las novelas, no. Era una sencilla cuestión de sentido común. Mi hija no había vuelto a casa, la hora era era intempestiva y sonaba el teléfono fijo. Blanco y en botella, leche. Así que sólo deseé con todas mis fuerzas que lo que quisiera que pasara fuera lo menos malo posible. Y descolgué el auricular mientras cruzaba los dedos.

            Detenida. Eso era lo único con lo que me quedé de una insulsa conversación. Ponían en mi conocimiento que mi hija de dieciséis años estaba detenida junto a varios jóvenes más por participar en una manifestación ilegal. Me dijeron algo más, se refirieron a alteraciones del orden público, daños en el mobiliario urbano, desobediencia a agentes de la autoridad y una retahíla de cargos a los que ya no hice demasiado caso. Aunque sospechaba que algún día habría de pasar, mi conciencia de madre me estaba pegando martillazos sin parar.

            Me vestí a toda prisa mientras le daba vueltas a cómo se lo contaría a su padre. Llevaba tiempo advirtiéndome de que no le metiera esas cosas en la cabeza a la niña, que era demasiado joven para meterse en política. Pero yo le quitaba importancia. Incluso me reía de él, diciéndole que a cualquier cosa le llamaba “meterse en política”. Y era lo que pensaba, la verdad. No veía qué tenía de revolucionario que unos cuantos críos salieran a la calle y se sentaran en el suelo en protesta por los recortes y la falta de medios en su instituto y en tantos otros. E incluso la alenté a que participara, diciéndole que todos debemos protestar en defensa de lo que consideramos justo.

            Pero ahora me asaltaban las dudas. Tal vez su padre llevara razón y hubiera sido mejor dejar a la niña en su cómodo mundo, preocupada tan solo por tener el mejor teléfono móvil y la ropa más moderna, y dejarme de tonterías y de idealismos. Tal vez, incluso, debí llevarla a aquel carísimo colegio privado que me recomendaban en lugar de empeñarme en que fuera a un instituto público. Pero me era imposible. En cuanto venían a mi mente esas ideas, mis genes se rebelaban y me impedían dormir.

            Así que agarré al toro por los cuernos, y me dispuse a contarle lo que pasaba al padre de la criatura. Sabía de antemano que me iba a reprochar aquellas conversaciones con nuestra hija acerca de mis ancestros. Me había dicho una y mil veces que aquello debería estar muerto y enterrado. Pero yo no pensaba lo mismo. Estaba orgullosa y quería transmitirle mi orgullo a mi hija, ahora que podría presumir de ello sin jugarse la vida. O eso era al menos lo que yo creía.

            Fue cuando estrenaron aquella película, “Las Trece Rosas”, cuando vi la oportunidad de hablarle de su abuela, y no lo quise demorar más. Su avidez por conocer me espoleó y le conté lo que sabía, poca cosa,  pero suficiente para despertar su conciencia como en un día no tan lejano despertó la mía.

            Mi madre era una de tantas muchachas que habían estado en aquella prisión de Ventas Conocía bien a  aquellas trece muchachas que un mal día fueron sacadas de allí para emprender un viaje del que jamás regresarían. Era muy buena amiga de varias de ellas, las más jóvenes, más cercanas a ella, que ostentaba el dudoso mérito de ser la prisionera de menor edad. Y es que era una niña cuando entró en aquella cárcel, mucho más niña de lo que era mi hija cuando me decidí a contárselo. Y, desde luego, muchísimo más de lo que era yo cuando llegué a conocer la verdad.

            Mi madre se salvó de tener el mismo final que sus amigas, probablemente por sus pocos años, pero permaneció encerrada durante mucho tiempo. No obstante, una supuesta política aperturista del régimen hizo que saliera a tiempo de recomponer los pedazos de su vida y hasta tener una hija, aunque bastante tardía. El sufrimiento de todo aquel tiempo y el miedo que trataron de inocularle, unido a su afán de protegerme, hicieron que yo viviera en un mundo de mentiras y medias verdades hasta que exigí conocer su historia. Aun así, no me contó apenas nada más que los datos esenciales, que era una adolescente ilusionada por cambiar el mundo, que se unió a un grupo de chicas que organizaban actividades, que querían defender la república y hacían cosas tan perniciosas como asistir a reuniones informativas y organizar algunas fiestas. La pillaron con unas octavillas en el bolso, y a partir de ese momento empezó un calvario del que supe casi más por los libros que por ella misma. Creo que ella no quería recordar demasiado y cuando por fin hubiera querido, ya no era capaz de hacerlo. La edad y la enfermedad habían borrado todo aquello de su mente y sólo pude rellenar las lagunas con libros y películas.

            Y mientras oía sin escuchar la filípica con que el padre de mi hija se estaba despachando, seguía preguntándome si había hecho bien, si no hubiera debido hacer como mi propia madre y ocultarle mientras fuera posible todas aquellas cosas.

            Al llegar a comisaría, su cara me dio la respuesta. La niña estaba bien, aunque tenía una pequeña brecha en la frente que nadie quiso aclarar cómo se había producido. Nos la entregaron, tras firmar varios papeles donde nos citaban para que compareciera en el Juzgado de menores, y salimos de allí.

            Cuando cruzamos la puerta de la calle, un grupo de jóvenes la recibieron con aplausos, al tiempo que seguían gritando exigiendo la libertad de los que todavía permanecían en aquellas dependencias. Mi hija nos miró y se fue junto a ellos, mientras su padre trataba de impedírselo diciéndonos si no habíamos tenido suficiente. Pero se quedó allí, mientras él y yo la esperábamos en casa sin dirigirnos la palabra entre nosotros.

            Esta vez regresó sin contratiempos al cabo de unas horas, durante las cuales nos fue informando por mensajes de móvil de que todo iba bien.

            Al día siguiente, fui a buscarla nada más levantarme, pero ella ya no estaba en su cama, y pensé que habría salido a hacer cualquier recado. Así que me dispuse a ir yo sola al sitio donde pensaba llevarla.

            Al llegar, la sorpresa me dejó muda. Junto a aquella vieja tapia que tanto significaba, encontré a mi hija, de pie junto a la silla de ruedas de mi madre. Y, por primera vez en muchos años, el mundo real recuperó a aquella mujer que, sosteniendo una rosa banca en la mano, se abrazaba a su nieta diciéndole lo orgullosa que se sentía de ella.

            Junto a la tapia quedaron otras trece rosas blancas, idénticas a la que ella tenía.

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Burocracia: ¿lastre imprescindible?


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Los artistas son artistas. Y, salvo raras excepciones, poco les gustan las formalidades, los trámites y los papeleos varios. Y es comprensible, las musas son las musas y una no puede elegir el momento en que vengan a visitarla. Sería cómodo, desde luego, pero no veo factible poder decirle a la musa que aparezca únicamente de 8 a 2, debidamente provista de su carnet de musa, con sus pólizas o su chip electrónico. La verdad, no lo veo.
Pero sea como sea, y les guste o no a los artistas y a su inspiración, todas las cosas tienen su trámites, y cada día más. Los teatros necesitan sus papeles en regla, los espectáculos la consabida licencia, las ganancias sus impuestos, los trabajadores su alta y cada cosa en su sitio. Y no queda otra que pasar por el aro, o resignarse a que no pueda alzarse el telón.
También nosotros tenemos nuestros trámites burocráticos. Cosas supuestamente ideadas para ayudarnos y que a veces no son sino un obstáculo más en nuestra paciencia y nuestro tiempo. Una sobre otra, como si alguien se empeñara en ponernos a prueba. ¿Hasta cuanto son capaces de soportar los togadillos sin sacarlos de quicio?, es lo que deben preguntarse. Pero igual cualquier día se llevan una sorpresa, que todo tiene un límite. O no.
Y es que alguien pensará que exagero. Pero si me dieran un euro por cada hora que he perdido haciendo trámites que poco o nada tienen que ver con el trabajo que según la ley desempeño, estoy segura que tendría para dedicarme a la Dolce Vita sin necesitar de dar un palo al agua nunca más. Después, por supuesto, de haber tramitado con todos sus papeles mi excedencia. Pero no caerá esa breva. Si el estado nos diera un euro por cada hora tirada en esas cosas, a buen seguro estaría en la más absoluta de las miserias. Por siempre jamás.
Por eso, para demostrar que de exagerada, nada, y que más bien me quedo corta, solo daré algunas pinceladas. Porque si pintara el cuadro entero se acabarían las existencias de pintura. Y, sin duda alguna, la paciencia de los lectores.
Pero vayamos con un ejemplo práctico. La dichosa estadística –que ya tuvo su estreno- que nos obligan a rellenar periódicamente –cada mes en mi caso-. Y que a todos les toca. Cuando empecé mi vida toguitaconada, la rellenábamos a mano, con palotes. Cuando llegaron los ordenadores, y los programas informáticos, pensamos que el programa haría ese trabajo. Vana ilusión. Continuamos con los palotes, aunque, en un momento dado, nos obligaron a rellenarlas también informáticamente. Eso sí, después de haber anotado todo a mano con los mismos palotes que siempre. Doble faena. Y a cada actualización, más cosotosa se hace, más datos piden y más pegas ponen. Y lo mejor de todo es cuando, llegado el momento de la memoria anual, alguien te llama y te alerta de que los datos no coinciden. “Entonces, ¿tienen los datos salidos del programa?”, preguntó un compañero con inocencia. Y le contestaron que sí, de modo que una no alcanza a comprender para qué tanto palote si ya lo tenían en ese remoto lugar donde van a parar los datos del programa. El Triángulo de las Bermudas Judicial, ese sitio donde son abducidos los datos para no regresar jamás. Y solo se me ocurren dos respuestas: o no se fían del programa, o se trata de un método especial de tortura. O tal vez es una suerte de entrenamiento de alto rendimiento para una Misión Top Secret que aún no nos han desvelado.
Pero parece que este método está de moda y se va implantando. Tai chi jurídico. Con un masaje reiki que en vez de piedras gasta expedientes. Tal vez sea ese el espíritu que informó la creación de lexnet, y nosotros sin saberlo.
Y, como en todas partes cuecen habas, hay otros papelotes que me llaman la atención. Todos los que tienen que hacer los abogados del turno de oficio cada vez que hacen una asistencia. Allí se sientan con su carpeta llena de impresos, formularios y talones con su copia y todo, tratando de explicar al indignado detenido, o a la atribulada víctima a los que atienden, que por favor le firmen todo aquello porque lo necesitan. Y hasta a veces se tienen que prestar los papelitos los unos a los otros, porque es imprevisible la cantidad de asistencias de un día de guardia y tal vez se quedaron cortos. Quizás por ello esas declaraciones de cierto mandamás de que si no les pagan a tiempo es por problemas administrativos, que hay que tener perendengues para soltar eso y quedarse tan fresco. Con el calor que hace y lo caldeados que andan los ánimos.
Todo ello sin olvidar, por supuesto, esos prodigios tecnológicos que necesitamos en nuestro día a día y que son los sellos y membretes. Con sus fechas y sus colores, y su tinta que te mancha las manos como cuando el boli bic desparramaba su contenido en la mochila del colegio. Y que no se le ocurra a nadie prescindir de ellos, porque ya está el lío armado. Hasta el punto que son varias las resoluciones que, en caso de conflicto por cómputo de plazos, dan prevalencia a la fecha consignada en la estampación del sello que a la que consta en el ordenador. Modernidad en estado puro, vaya.
Y las dichosas copias. Que por más que nos quieran vender eso del papel 0, las copias se presentan en papel como toda la vida. Faltaría más. Ni que esto fuera la NASA.
Así que hoy el aplauso, aunque pudiera parecerlo, no es para los cuños, los posits, los impresos, las copias ni los palotes. Es para los que aguantamos todo eso sin decir por dónde opinamos que se podían meter todas estas gaitas quienes las idearon y quienes siguen inventándolas. Pero que no se confíen, que cualquier día alguien no podrá soportarlo más. Y pobre del que le pille cerca.

Trata: no hay trato


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Muchas son las obras que han tratado el tema de la prostitución y la trata de sereshumanos. Pero la vida real poco tiene que ver con la simpática Irma la Dulce o la almibarada Pretty Woman

Cercano el día contra la Trata nuestro escenario quiere expresar su más enérgica repulsa a este modo de esclavitud cruel y terrible.

Y lo hace de nuevo con un relato.

Vaya desde aqui la solidaridad con las víctimas y el aplauso a quienes luchan contra ello.

 

LA HERMANA QUE PERDI

Cuando recibí aquella llamada, no podía suponer que, además de perturbar mi sueño, iba a cambiar mi vida. Pensaba que era una de aquellas llamadas intempestivas con que de vez en cuando me obsequiaba algún cliente insatisfecho, o alguno que otro pillado en una fechoría. Es lo que tenía mi vida de abogada y, visto el nivel de mis asuntos, de abogada de causas perdidas.
Pero aquello no tenía nada que ver con mi oficio, ni con nada que me esperara en aquellos momentos. Aunque, en el fondo de mí misma, sabía que algún día llegaría algo así. Solo era cuestión de tiempo. Y, al parecer, el tiempo había llegado.
Cuando oí preguntar por mí al otro lado de la línea telefónica, ya me percaté que aquella no era una de esas conversaciones a las que estaba acostumbrada. Y, cuando me preguntaron si la conocía, mis sospechas se confirmaron. Y el corazón me empezó a latir a un ritmo desbocado, como si fuera a salírseme por la boca. Precisamente, ese corazón al que le faltaba un trozo desde que ella desapareció de mi vida.
Raquel era mi hermana melliza, mi otra mitad. Había sido una parte insustituible de mi vida. Y cuando desapareció, esa parte se fue con ella para no volver jamás. Pero siempre albergué la esperanza de que esa parte reaparecería en algún momento, y recuperaríamos el tiempo perdido. Y ahora esa llamada me decía que aquello nunca tendría lugar.
Me vestí a toda prisa y bajé a la calle para buscar un taxi. Estaba tan alterada que ni siquiera atiné a encontrar las llaves de mi coche. De todos modos, como no sabía dónde estaba la dirección que me facilitaron, sería lo mejor para encontrar el lugar.
Quien me llamó fue un policía, amigo de un amigo mío, al que conocía por mor de mi oficio. Me hizo el favor de darme la noticia antes de que me hicieran la comunicación oficial, aunque ante el contenido de la misma, no fui capaz de agradecerle el detalle. Pero eso era lo de menos.
Aquella voz desconocida me comunicaba que en una casa abandonada de un barrio marginal, habían hallado el cadáver de una mujer, cuyos apellidos coincidían con los míos. Su nombre era Raquel. Y no había ninguna duda de que era mi hermana, esa hermana que se me perdió un día para siempre. Aunque yo, por aquel entonces, pensaba que siempre era demasiado tiempo.
No especificó demasiado. Supongo que la delicadeza, o tal vez la confidencialidad de la llamada, le hizo ahorrarme detalles escabrosos. O tal vez no sabía más. Pero no tardaría en enterarme de todo. Y no sabía si prefería demorar el momento o acelerarlo.
El taxi seguía la carrera que me llevaba a aquel sitio. Aún no entiendo como aquel hombre podía conducir tranquilamente sin percatarse que me llevaba a un punto sin retorno. Y sin darse cuenta que estaba a punto del colapso. Pero, claro, él qué iba a saber. Aquel era su trabajo.
No tardamos en llegar. El sitio era francamente horroroso. Entre las pocas casas que había, ninguna se mantenía en condiciones habitables, y el resto eran chabolas rodeadas de basura y toda clase de desperdicios. Jamás hubiera imaginado que pudiera haber un sitio así en mi propia ciudad, pero no solo lo había, sino que me había tocado ir allí en busca de mi hermana… o de lo que quedara de ella.
Cuando llegué, ya estaba toda la parafernalia organizada. Coches de policía, varios agentes uniformados y la consiguiente cinta cercando el lugar. Respiré hondo, y me acerqué a uno de ellos identificándome como la hermana de Raquel. Me miró con una cara de infinita tristeza –o al menos eso me pareció- y me dijo que esperara. Habló con alguien y enseguida se acercó a mí una mujer policía que me dijo que la acompañara. Obedecí sumisa, y me encaminé junto con ella a lo más parecido a un lugar tranquilo que pudimos hallar por allí. Y entonces me contó todo.
Aquel era, como yo ya suponía, un lugar donde se refugiaba la gente que ya no tenía donde refugiarse. El tráfico de todo tipo de sustancias era una constante y, por desgracia también lo eran las reyertas y las muertes, en extrañas o no tan extrañas circunstancias. El caso de Raquel no era una excepción.
A aquella amable agente uniformada parecía costarle la vida proporcionarme toda aquella información. Pudiera decirse que casi sufría más que yo. Hube de asegurarle una y mil veces que hacía más de siete años que no había tenido ningún contacto con mi hermana para que siguiera con la historia sin dar por sobreentendido ninguno de los detalles escabrosos. Y se resignó finalmente a no ahorrarme ninguno de ellos.
Aquella mujer que identificaron como Raquel era una prostituta, vieja conocida de la policía. Ignoraba cómo habría llegado a ese punto, pero sabía con toda certeza que era adicta a la cocaína y a varias sustancias más. Trapicheaba con drogas, con efectos robados o con lo que surgiera con tal de sacar algo de dinero para sufragarse la adicción. Había pisado los calabozos varias veces, pero nunca había llegado a ingresar en prisión. Aunque, según la agente, tarde o temprano lo hubiera hecho de no haberle sucedido lo que le había sucedido. Aquello que aun no me había contado.
Habían encontrado el cuerpo de Raquel varios días después de su muerte. Las terribles condiciones higiénicas del lugar, y las veinticinco puñaladas que le habían asestado la habían dejado en un estado que no era nada recomendable que yo viera. En cualquier caso, me dijo que tampoco la reconocería con facilidad, dado el deterioro que ella había sufrido y el tiempo que hacía que yo no la veía. Estaba claramente identificada por su documentación y sus efectos personales, así que poco había que investigar. Y muchos policías la conocían más que de sobra.
Llevada por sus consejos, desistí de todo intento de ver el cuerpo sin vida de Raquel. Aunque nunca he sido especialmente aprensiva, preferí quedarme con la imagen que guardaba de mi hermana el día que desapareció de mi vida, aquel día más de siete años atrás.
Después de formalizar todos los trámites administrativos, asegurar que me haría cargo de las exequias y dejar mis datos personales para que me localizaran cuando fuera preciso, acepté el amable ofrecimiento de un coche para llevarme a casa, y abandoné aquel lugar que durante mucho tiempo poblaría mis pesadillas. Al fin y al cabo, allí ya no tenía nada que hacer.
Los días siguientes se me aparecen como envueltos en una bruma. Me pasé horas y horas buscando y rebuscando en mi casa todos los recuerdos de mi hermana que el rencor no había destruido. Me maldije una y mil veces por no haber cedido a la soberbia y haber podido ayudarle, y di gracias a que mis padres ya no estuvieran en este mundo y se hubieran evitado algo que a buen seguro les hubiera matado de no estar ya muertos. Y empecé a hacerme a la idea de que tendría que pasar el resto de mi vida con otra pesada carga más a cuestas.
A pesar de que mis amigos me recomendaban pasar página, estaba empeñada en reconstruir la vida de mi hermana. Quería saber a toda costa qué la había llevado a rodar por esa pendiente cuesta abajo hasta acabar de la peor manera posible. Pero, sobre todo, quería quitarme de encima ese insoportable peso que me hacía sentirme culpable. Aunque nunca lo reconocí, anhelaba a toda costa encontrar un responsable que aliviara mi conciencia y me dejara seguir adelante tranquila. Pero no había manera.
Aunque por mi trabajo tenía algún que otro contacto del que echar mano, estos no eran demasiado importantes y el hilo se rompía antes siquiera de haberlo tensado. Por más que daba vueltas y vueltas, las pistas empezaban hacía no más de dos años, en que Raquel empezó a aparecer en las fichas policiales como una prostituta drogadicta y acabada. Y, en efecto, tal como auguró la mujer policía que me atendió aquella noche, su aspecto poco tenía que ver con la hermana que un día tuve. Incluso pude llegar a cruzármela por la calle sin reconocerla en absoluto, tal era su cambio. Pero, al margen de eso, no fui capaz de encontrar a nadie que la conociera mínimamente, ni compañeras, ni novios, y ni siquiera el proxeneta que debía tener. Nada de nada.
También probé con la prensa. Aunque no eran infrecuentes asesinatos como el de ella, este tipo de asuntos siempre tenían un componente morboso que los convertía en atractivos. Tampoco me hizo falta buscar demasiado. Apenas habían pasado unas horas desde el momento en que abandoné lo que pomposamente llaman la escena del crimen, y un reportero me localizó. Para mi sorpresa, sabía todavía menos que yo acerca de Raquel. Y he de reconocer que con ello se me desplomó un mito, porque yo pensaba que la prensa lo sabía todo siempre. Pero intercambiamos los números de teléfono y acordamos mantenernos en contacto por si alguno de ambos llegábamos a saber algo más. Pero, aunque volvimos a hablar varias veces, ninguno dio con nada nuevo.
La vida siguió adelante con su curso inexorable, ajena a mí y a mi dolor. Y poco a poco, como pasa siempre, la herida cicatrizó dejando una nueva zona muerta en mi alma que, de vez en cuando, despertaba en mitad de la noche en forma de pesadilla. Pero, aparte de eso, continuaba con mi existencia normal, con la única concesión de acudir cada quince días al lugar donde había esparcido las cenizas de mi hermana, una pequeña playa de difícil acceso a la que íbamos de pequeñas con mis padres, un bonito sitio donde me permitía a mi misma dar rienda suelta a mi melancolía y, a veces, hasta a mis lágrimas.
Aunque solía estar sola, de vez en cuando coincidía con algún otro solitario. Y, conforme se acercaba el buen tiempo, a buen seguro que habría por allí más gente. Pero en mis últimas visitas, me pareció que siempre andaba rondando por allí la misma persona, un hombre de caracteres borrosos que solo llamaba la atención por su elevada estatura. Quizás arrastrara una pena como la mía, no sé. O simplemente era otro solitario al que le gustaban las olas y el olor a sal. Pero jamás llegábamos a cruzarnos.
Cuando se cumplieron seis meses de la muerte de Raquel, decidí hacer algo especial y le compré un ramo de rosas blancas que pensaba arrojar al mar en su memoria. Aunque no era gran cosa, era una manera de recordarla, de hacer algo por ella. Y me dirigí al paraje de siempre.
Aquel día no había ninguna otra persona por allí. Ni siquiera aquel gigante taciturno con el que nunca llegaba a cruzarme. Anduve un rato por allí, arrojé parsimoniosamente mis rosas de una en una al mar, y me dirigí adonde tenía aparcado mi coche para volverme a casa, como siempre hacía. Allí, sentada sobre el capó, había una niña pelirroja sosteniendo entre sus manos las rosas que yo había arrojado al mar, chorreando agua salada. No dijo nada, pero me las dio con una sonrisa y un papel doblado, y salió corriendo. En aquella nota solo había dos palabras: “Gracias. Raquel”
Después de leerla, traté en balde de encontrar a la niña. Y me volvía a casa sin atender apenas a la carretera por la que conducía. Comencé a tejer fantasías. Aquella niña era pelirroja, como mi hermana y como yo misma, y, por la edad, podría ser hija de cualquiera de nosotras. No tendría más de seis años, con lo cual Raquel podría haberla tenido sin que yo supiera de su existencia. Y tal vez yo hubiera podido ayudarlas si me hubiera preocupado más.
Me entró la tentación de marcar el número de aquel reportero, pero desistí. Algo me decía que aquello formaba parte de un secreto que no debería airear, e hice caso a mi intuición. Pero las dudas me carcomían, y llegué a ir cada día hasta aquella playa. Y estrujaba la nota entre mis manos como si al hacerlo fuera a aparecer la clave que buscaba.
Hasta que una tarde volvía cruzarme con el hombre alto y taciturno. Y esta vez si se acercó a mí y me preguntó en voz baja si era la hermana de Raquel. Yo asentí, y le seguí sin rechistar hasta el lugar que me indicó con la cabeza, con la certeza de que no iba a hacerme daño.
No era su chulo, como yo había llegado a imaginar. Pero sí había sido su cliente, aunque su aspecto no era el de alguien que necesitara pagar por tener sexo. Y efectivamente, no lo necesitaba. Pertenecía a una organización que pretendía ayudar a las mujeres que se ven obligadas a prostituirse y acabar con quienes las explotan. Consiguió conectar con Raquel y alejarla de aquello, hasta el punto que ella misma se involucró en la organización y trataba de ayudar a otras chicas que tenían menos suerte que ellas Tuvieron aquella preciosa criatura que me había traído las flores, y todo parecía ir bien. .Pero la descubrieron, y ella tuvo que esconderse, fingiendo que volvía a su vida anterior. Y el resto, era historia.
Las lágrimas me caían a raudales cuando, a mis espaldas, una mujer pelirroja me daba un fuerte abrazo al tiempo que me indicaba por señas que callase. Y entonces las lágrimas llegaron a ahogarme.
Aquel cadáver no era el de ella, sino el de una infeliz que le robó días antes la documentación. Pero les había dado la solución a sus problemas. Oficialmente muerta, ya nadie la buscaría para ajustarles las cuentas.
Nadie más sabe que Raquel vive. Y yo sigo yendo cada quince días a aquella playa solitaria donde arrojé las cenizas de una desconocida. Y hoy, un año después de aquello, un gigante taciturno sonríe mientras dos mujeres pelirrojas arrojan una docena de rosas blancas al mar.

rosa blanca

Mayores: ¿olvidados?


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Cuando se piensa en el mundo del espectáculo, la mente viaja rápidamente al glamour, a la alfombra roja y a cierto estereotipo de belleza relacionado con personas de determinada edad. Las más rutilantes estrellas del panorama cinematográfico son jóvenes y bellas, más aun si de mujeres hablamos. Aquí parece que se lleva más lo de que el tiempo no pasa en balde que eso de veinte años son nada…
Pero no todo es así. Hay artistas que llevan su arte a las tablas hasta edades avanzadísimas. Siempre tuve debilidad por Aurora Redondo, actuando con más de 90 años, y este mismo año, sin ir más lejos, estaba nominada al Goya a la mejor actriz revelación toda una señora nonagenaria, Antonia Guzmán, por A Cambio de nada. Y es normal, ¿Cómo si no interpretar a tantos personajes de edad que han deleitado a la audiencia?. Desde El Abuelo hasta El Estanque Dorado, de Abuelo Made in Spain y toda la saga de Paco Martínez Soria a Sofia Petrillo y el resto de Las Chicas de Oro, pasando por los maduros románticos de Cartas a Julieta o los Puentes de Madison. Solo por citar a algunos. ¿O acaso tendría algún sentido nuestra Heidi de la infancia sin su abuelo, el cascarrabias pero tierno Viejo de los Alpes?
También en nuestro teatro tenemos grandes momentos con personajes mayores, abuelos o no. Ya he contado en más de una ocasión mi primer juicio, por la violación de una octogenaria realizada por un chico joven. Toda la vida llevaré conmigo a aquella buena mujer, que se negaba a contarme lo ocurrido porque yo era soltera, y no debía escuchar ciertas cosas. Y que solo se avino a declarar cuando le juré que tenía novio y me casaría en breve.
En honor a la verdad hay que decir que las personas de cierta edad siempre -o casi siempre- llegan a juicio antes de tiempo, perfectamente ataviadas para la ocasión, y con una buena dosis de nervios. Nunca las ví acudir con chanclas y atuendo de playa, como veía con frecuencia a muchos de los habituales de los juzgados de zonas de costa, que una no sabía si estaba en un juicio o en un after hour. Y en más de una ocasión, les he visto acudir al juzgado con sus nietos, en esa función de abuelos cuidadores que la sociedad actual les ha regalado, explicando tan ufanos que debían cuidar a la criatura, que no se la iba a llevar su hija al trabajo.
Y a una señora octogenaria corresponde una de las mejores descripciones que he oído nunca para identificar al autor de una atraco. “Tenía la tez y el pelo morenos, pero como de haber sido rubio de pequeño”. Glorioso. Ni que decir tiene que el delincuente fue localizado y dio con sus huesos en prisión por una temporada.
Pero no siempre sus intervenciones en nuestro teatro son tan tiernas. Y más de una vez me han hecho irme a casa con el corazón encogido, entre la pena y la indignación. Abuelos coraje que luchan como titanes por el derecho a ver a sus nietos, o por localizarlos. El espíritu de las Abuelas de Mayo. O, en otras ocasiones, de los Iaioflautas, que ser mayor no implica desistir de luchar por los derechos.
Y la peor parte viene cuando su aterrizaje en Toguilandia responde más a un tema social que judicial. O a una mezcla de ambos. Siempre recordaré un juicio de faltas por el lamentable episodio desencadenado en plena calle cuando los familiares de un señor de mucha edad que iba en silla de ruedas se pelearon por a quién le tocaba –o mejor, no le tocaba- llevárselo a casa en el mes de agosto, y acabaron dejándolo tirado en mitad de la acera con su silla de ruedas y su equipaje. Por supuesto que hube de contener muy mucho a la fiscalita destroyer que llevo dentro para no decirles lo que opinaba de ellos.
También he sido testigo de otros episodios igual de lamentables en guardias de Navidades, en que ha llegado a venir el pobre hombre al juzgado en pijama, sin saber muy bien dónde había de ir. Y de desaprensivos que les esquilman el patrimonio fingiendo simplemente que a cambio les darán un poco de cariño. Y es que la soledad es muy mala compañera de viaje, y más aun si ese viaje es el último.
Y quizás lo peor de todo lo que he visto ha venido de la mano de esa fuga de la memoria que acompaña en muchos casos a la edad. Y aún se me eriza todo de recordar a un anciano que, perdido el juicio totalmente por el Alzheimer, cometió el peor de los crímenes con la persona a la que más quiso. Un verdadero drama, que tal vez hubiera acabado de otro modo si contáramos con centros y medios suficientes para atender estos casos antes de que suceda la tragedia.
Por todo eso el aplauso de hoy va dedicado a todos los que dedican su vida al cuidado de estas personas. Y para ellos, por supuesto. Porque una sociedad que no respeta a sus mayores es incapaz de respetarse a sí misma.

Humor: el séptimo sentido


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La comedia es uno de los géneros más celebrados en el teatro y el cine. Acompaña en tiempos de bonanza y ayuda a evadirse cuando las cosas no van todo lo bien que deberían. Incluso cuanto más reprimido está un pueblo, más prolifera el humor en los escenarios. A veces, porque es el único vehículo para colar ideas que no pasarían determinados filtros censores -pensemos en El Verdugo y la carga de profundidad que escondía tras el habilísimo uso del humor y la ironía-. Otras veces, porque ya tenemos bastante con la que está cayendo, y más vale echarse unas risas y olvidarse de todo, aunque sea por unas pocas horas.

Tal vez a un espectador ajeno a nuestro teatro se le podría antojar frívolo que echáramos mano del sentido del humor. Que, entre asuntos que de por sí son tremendos, y lo tremendo que le resulta a cualquiera verse mezclado en un juicio, poco espacio debe quedar para el humor. Pero en ocasiones no queda otra salida. Y tenemos que echar mano de El Séptimo Sentido, y liarnos la toga a la cabeza para poder sobrevivir. Amanece, que no es poco.

Que no se me malinterprete. No se trata de reírnos del justiciable, sean investigados o testigos, sino de diluir un poco ese guiso que tantas veces resulta demasiado concentrado. Porque somos humanos, y porque no debemos dejar de serlo.

Tengo una compañera que a todo le saca punta. Sea un juicio de faltas –u hoy, levitos- o el más complicado de los sumarios, siempre encuentra un rescoldo al buen humor, un detalle que hace sonreír y se agradece. Y la juez con la que trabajo suele recibir a los menores haciéndoles reír mostrándoles su propia torpeza con determinadas asignaturas para relajar el ambiente.

El sentido del humor no pude forzarse, pero si hay situaciones que lo llaman a gritos. No hace mucho, ante las dificultades de un abogado para acceder a calabozos para entrevistarse con su cliente, de nombre Aladin, le sugerí que probara diciendo “Abrete Sésamo”. No dio resultado, obviamente, pero al menos quitamos hierro a una guardia infernal en el doble sentido material y climatológico, porque aguantar tropemil horas de un sábado de julio en pleno estrés térmico tiene su aquel.

Ya he contado otras veces algunas anécdotas de las miles que día a día no suceden en los juzgados. Y es que eso de estar Abierto hasta el amanecer da para mucho. Hace apenas unos días, me explicaba un señor muy compungido que no podía pagar nada porque solo tenía lo del suicidio. Alertada, le pregunté si tuvo algún intento de autolisis que le hubiera dejado secuelas. Y cuando me explicó, muy ufano, que se refería al suicidio de desempleo, la que tuvo que emplearse a fondo fui yo, más que nada porque me debatía entre estallar en carcajadas o desear que se me tragara la tierra. Por supuesto, lo tomamos con todo el humor que pudimos, sin faltar, por descontado, al respeto al compungido señor.

Otro alarde de sentido del humor, a la vez que de humanidad, es el que hacía una juez a la que conocí hace mucho tiempo que, en sus visitas a residencias de enfermos psiquiátricos, asumía sin complejos la personalidad que le atribuían en su confusión. Trataba de Su Majestad al enfermo que en sus delirios de grandeza, aseguraba ser el rey, y todos contentos.

Otra juez, hace ya bastante tiempo, me contó que en su primer destino, y dado que ella era joven y parecía serlo aún más, se vio increpada por n testigo que le dijo “morena, tráeme un café”. Sin alterarse lo más mínimo, se fue a la máqina y trajo el café en cuestión, ante la estupefacción de los funcionarios. Luego, con la bebida humeante en sus manos, le dijo al testigo que tomara asiento, le hizo las advertencias legales y tras hacerle hincapié en la obligación de decir verdad, le espetó “y eso porque lo dice la ley, no porque le haya invitado a café”. Ni que decir tiene que aquella juez, titular de un juzgado conflictivo en un partido no menos conflictivo, se ganó de golpe el respeto de todos los presentes. Mucho más que si hubiera hecho valer su posición de modo autoritario y formal.

Y, aunque lo he contado más veces, siempre recuerdo a aquel juez que, tras reprender al denunciado por entrar con gafas de sol y obligarle a quitárselas, le dijo que en esa sala de vistas solo la fiscal tenía derecho a llevarlas, en alusión a mi sempiterna costumbre de llevarlas en la cabeza, y evitando, con sentido del humor, la inmediata contestación de aquel denunciado que ya andaba abriendo la boca y señalándome con el dedo, a mí y a mis fantásticas gafas polarizadas.

Otra más de la situaciones en que hubimos de salir con sentido del humor fue en una ocasión en que alguien, tras asegurar que podía auxiliarnos para entendernos con una denunciante, una rusa que sabía español “pero poco”, nos sorprendió con que su “traducción” consistía en hablar castellano a grandes gritos y con aspavientos. Ante ello, el entonces Secretario Judicial –hoy LAJ- le dijo tranquilamente: no pongo en duda su capacidad de interpretación, pero necesitamos a alguien con título oficial. Y tan tranquilos.

Pero muestras de sentido del humor hay a diario. En mi agradecimiento eterno a quien se ocupa de los medios materiales por proporcionarnos sauna gratis en virtud del sistema de climatización, por ahorrarnos el gimnasio estropeando los ascensores para que hagamos ejercicio subiendo y bajando escaleras, por ayudarnos a prevenir el Alzheimer obligándonos a memorizar miles de claves, o por facilitarnos uso ejercicios de relajación fabulosos con la práctica que supone esperar a que se conecte el sistema informático sin perder los nervios. No sé de qué nos quejamos, la verdad.

Así que al menos el sentido del humor no falte. Por eso el aplauso va para todos los que lo utilizan con inteligencia cada día. Porque hacen más agradable el mundo. Y ya se sabe: se cazan más moscas con miel que con hiel.

 

 

 

Cumpletogas feliz: #TaconesON


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Ayer hizo exactamente dos años que se alzó por vez primera el telón de nuestro Gran Teatro de la Justicia. Aunque parezca un tópico, parece que fue ayer cuando me asaltó a la cabeza esta idea que fue tomando forma y que ahora forma parte de mi vida de un modo que no me podía imaginar. El veneno de la escritura bloggera se me ha metido en la piel hasta debajo de las uñas, y he llegado a un grado de deformación toguitaconada que veo post allá donde quiera que estoy. En ocasiones veo post…y no soy la única.

De entonces a acá, han sido muchas las anécdotas relacionadas con los símbolos que son enseña de esta bitácora, hasta el punto que a veces parece que haya perdido hasta mi nombre para ser “la de la toga y los tacones”, como me han llamado más de una vez. Claro que tiene una ventaja. Para ir de incógnito, no he de hacer otra cosa que descalzarme o, a lo sumo, calzarme unas manoletinas o hasta unas zapatillas de deporte. Pero no lo verán sus ojos. Antes muerta que sencilla.

Así que para hacer un Flash Back como corresponde, me retrotraeré en el tiempo hasta el día del nacimiento de la criatura. Andaba yo publicando acá y allá, donde me daban cobijo y me picó el gusanillo bloggero, con más fuerza que el virus de Contagio. Gracias a Loreto Ochando y a Salvador Viada, que me cedieron generosamente su espacio y me prestaron unas alas que aún no les he devuelto. Ni pienso, vaya. La cuestión es que me entró la necesidad imperiosa de volar por mí misma, aparte de mis incursiones en algún que otro medio.

Y dicho y hecho. La idea apareció de pronto, cuando preparaba el informe previo de un Jurado. Una, que siempre ha querido ser artista, tuvo la ocurrencia de explicar a los miembros del jurado cómo se desarrollaría el juicio como si de una función de teatro se tratara. Una función en que ya estábamos los personajes, el decorado, el guión, el director, los decorados, el atrezzo y todo lo necesario. Una función a la que solo faltaba el final, el que escribirían ellos cuando dieran su Veredicto Final.

Y convertí esa idea en mi propio escenario. Estrenando en dos funciones semanales, que nunca han faltado desde el mismo día de la inauguración. Y que, mientras de mí dependa, seguirán sin faltar. Solo restaba ponerle nombre. Quería algo cinematográfico, y andaba dándole vueltas al nombre de Con Togas y A lo Loco. Así se lo comenté a un buen amigo, que en un nanosegundo dijo: “Tacones. Tus tacones no pueden faltar”. Y acudió a mi mente la simpar Martirio, con su chándal y sus tacones, arreglá pero informá… Y voilà. La criatura ya estaba lista para venir al mundo.

El último paso era quedaba darle forma. Unos tacones de lunares y una muñeca Nancy, la que llenó de sueños mi infancia, con una toga. Ninguna de las dos cosas me pertenecían, lo confieso. Tuve que quitar la muñeca de la portada porque alguien se puso en contacto conmigo diciendo que la imagen, que capturé como libre en Internet, le pertenecía. Me despedí de ella, que conflictos los justos, y me apresuré a hacerme con mi propia marca de fábrica, la foto de mi hija de bebé con una toguita que le confeccionó mi madre y aún conservo. Y la verdad es que me gusta más. Tanto que, a pesar de que tengo mi propia Nancy togada –buena soy yo cuando se me mete algo en la cabeza-, la usé de imagen de un post pero mantengo a mi niñita togada en la portada.

  Los tacones son otra historia, como diría una buena amiga. Una historia que adoro y que hoy voy a compartir. Aunque los de la imagen no eran míos, ahora soy la feliz propietaria de unos idénticos. Porque alguien que se ha convertido en una querida amiga, tuvo el detalle de regalármelos cuando nos conocimos personalmente, en un curso en el que iba yo de ponente. Y se han convertido en un símbolo. Mis zapatos mágicos. Con ellos puestos, puedo con todo. Y llevo a mi querida Mayte conmigo.

Y así se fue fraguando esta pequeña historia, la de un teatro que me ha dado muchas alegrías. La primera, el regalo de la amistad de alguien muy especial, que salió en mi defensa cuando un tuitero se empecinaba en criticarme. Y ahí seguimos también. Como almas gemelas, conectadas por una especie de chip que ya quisiera tener la mismísima NASA. Al igual que muchas otras personas, que se han acercado a mí a través del blog y me han hecho regalos excelentes. El dibujo contra la violencia de género que hizo la sobrinita de una lectora, los comentarios cariñosos y halagüeños, la fidelidad de muchos seguidores y hasta la posibilidad de asistir al estreno de Cabaret, un momento inolvidable.

Y por supuesto, curiosas vivencias. Desde un pretendiente que usó la mensajería del blog para hacerme proposiciones deshonestas, hasta personas que me han parado en sala, en los juzgados, en cursos y hasta en la calle diciendo lo que les apetecía conocerme. Solo me falta firmar autógrafos, pero tiempo al tiempo. Hay un abogado que me insta a irme a casa si me ve un martes o un viernes, porque “toca post”, y alguna otra que, ante una metedura de pata o un chascarrillo, me ha dicho “y ahora me hará un post”. Y lo hice, vaya que sí, y encantada. También sé de alguna que otra juez que insta a sus funcionarios a leerme, como si fueran los deberes del cole. Gracias otra vez

  Gracias también a todos los que habéis contribuido contando anécdotas, o incluso siendo parte de las mismas. Y a los lectores fieles, a la cabeza de los cuales está mi infatigable madre, que protagonizó el estreno más leído en la historia de Con Mi Toga y Mis Tacones. Gracias a todos los que me reblogueais, que comentáis, que me enlazáis en twitter o facebook y a los que me hacéis el honor de incluir el mío entre los enlaces de vuestros propios blogs, como la UPF, asociación a la que pertenezco, o Paco, mi notario preferido, que me ha hecho el honor de ser mi artista invitado en un par de ocasiones, como también lo hizo mi compañera Carmen. Esta es su casa. Y, por supuesto, gracias a mis infatigables compinches en el activismo tuitero y a mis compañeros fiscales, que siempre me acompañan en este viaje.

Así que hoy, como siempre, no podía acabar de otro modo que con un aplauso muy fuerte. Para todos esos lectores que os habéis convertido en amigos. Algunos, como mi querida Inma, hasta el punto de perder su tiempo en confeccionar las imágenes que ilustran este estreno cumpleañero. Y ésas que me servís de Guarida, siempre al pie del cañón y dispuestas a leer, escuchar y echarnos unas risas. O un baile. Mi toga, mis tacones y yo os queremos a todos. Y ahí seguiremos. Hasta que el cuerpo aguante

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Trolls: haberlos, haylos


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Las estrellas siempre han tenido sus admiradores. Y junto a ellos muchas veces surge otra especie no tan agradable: los acosadores. Personas que, llevadas por un odio desmedido o por una admiración mal entendida, se dedican a torpedear la vida de los famosos en cuestión hasta extremos muchas veces insoportables. O hasta las últimas y más terribles consecuencias, como le sucedió a John Lennon

También tenemos la versión sibilina, la del que parece amigo y acaba poniendo la zancadilla para apropiarse de algo. Eva al desnudo. La vieja historia de siempre.

Pero con la llegada de las nuevas tecnologías que ya no son tan nuevas y se llaman TIC, como si fuera un guiño incontrolado, tenemos un nuevo tipo de acosador, acechador, o pesado de los de toda la vida. El troll, que yo sigo imaginándome como aquellos monstruitos feos y con los mocos colgando que salían en David el Gnomo. Y de eso también saben mucho los famosos, acostumbrados a desenvolverse en redes sociales para hacerse visibles y ganar seguidores. O perseguidores, por eso de que más vale que hablen mal de alguien que no hablen nada. El clásico Ladran luego cabalgamos.

Y nosotros, en la humildad de nuestro teatro, también tenemos los nuestros. Reales y virtuales. Y mixtos, como el sándwich. Que no nos falte de na, que no, que no… Que estamos que lo tiramos. Y como las meigas, hay quien no cree en ellos, pero haberlos, haylos.

Entre nuestros perseguidores reales hay algunos que son un clásico. Recuerdo uno que hasta hace nada se colocaba en la puerta de los juzgados con una soga atada al cuello reclamando justicia por un asunto antiguo, del que ignoro por completo el contenido. El cartel que llevaba era tan largo que era imposible abarcarlo de una ojeada, ni de dos. Ni siquiera de tres. Pero allí permaneció, primero en la sede de los antiguos juzgados, luego en del Tribunal Superior de Justicia y más tarde en la nueva –ya no tan nueva, ni cronológica ni materialmente- Ciudad de la Justicia. Y aunque hay quien cuenta que más de una vez perdió las formas, yo jamás lo vi hacerlo. Aunque confieso que jamás leí entero su cartel, que, con él, pasó casi a formar parte del mobiliario urbano.

También hay otro tipo especialmente pesados. Los que psiquiatría llaman querulantes y pasan el tiempo presentando denuncias infundadas hasta que alguien les diagnostica y toma medidas. Recuerdo uno que día tras día interponía denuncias contra el mismo juez, todas ellas escritos con máquina Olivetti y en folios amarillos y que, en sus ratos libres, permanecía inasequible al desaliento en la puerta de su juzgado reclamando ser atendido o, simplemente, increpando a quienes pasaban acerca de lo mal que funcionaba la justicia. Y así un día tras otro.

Luego están los que envían cartas, generalmente manuscritas, afirmando saber a ciencia cierta quien mató a Kennedy o nuevos datos del Crimen de Cuenca o de cualquier otro asunto judicial famoso. Algunos, incluso, con artes quirománticas de por medio o apariciones divinas. Que no sabemos la manía que tiene de aparecerse la Virgen haciendo revelaciones insospechadas.

Pero también hay trolls más modernos. De esos que nos amargan la vida o pretenden hacerlo. Ultimamente, hay algunos empeñados en cobrar notoriedad apareciendo por detrás de las retransmisiones en directo de televisión con una pancarta de “Stop Feminazis”. Hecho que repiten en charlas y conferencias que gustan de reventar con la dichosa pancarta, y que ha dado lugar a varias intervenciones policiales.

Y, para acabar, están los que se mueven en las redes. Gente que, bajo una identidad anónima, se dedican a torpedear a diestro y siniestro, venga o no venga a cuento, y aunque sepan menos de Derecho que yo de Física Cuántica. Y, para acabar de ilustrar el panorama, está el modelo controlador, y no precisamente aéreo. Que si tuiteo en horas de trabajo o dejo de hacerlo, que si cuál es mi horario, que si entro o si salgo. Como si tuviera que dar explicaciones en twitter de si programo tuits, si descanso tras la guardia o si tengo permisos o vacaciones o salgo a almorzar y hago lo que me viene en gana. Que ni el CNI y  Anacleto, agente Secreto haciendo equipo. Pero bueno, al fin y al cabo se lee lo que escribo, aunque sea para ponerme verde. Algo es algo.

Lo bien cierto es que estos personajes anónimos pueden acabar por sacarnos de quicio. Es difícil cohonestar eso de tratar de ser cercano y accesible con aguantar las continuas ráfagas de insultos y malos modos. Y todavía son peores las insinuaciones, como las que nos caen día sí día también por unos existentes insistentes, empeñados en que quien lucha contra la violencia de género está a favor de todos los demás tipos de maltrato. Y nos sueltan en la cara –o mejor, en el perfil- noticias de hombres o niños maltratados o de mujeres asesinas como si eso nos pareciera fantástico. Ignorando que incluso en algunos de esos casos que escupen en mi cuenta como si fueran veneno, he sido yo misma la fiscal que acusó y obtuvo una condena. Pero no les daré el gusto de responder, que ya se sabe eso de que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. No existen.

Así que hoy el aplauso para todos los que, haciendo gala de la paciencia del santo Job, aguantan troles reales o virtuales. Porque el ciudadano necesita saber que somos personas de carne y hueso, que sienten y padecen, y no conseguirán que nos volvamos a nuestra concha. Acabáramos.

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