Tenía que llegar y llegó. Nos cambiaron el programa informático, coincidiendo, además, con los cambios de la ley de eficiencia. Y no nos lo hanpuesto fácil, no, que no sé qué será cuando ruede, pero de momento parece que o las redas son cuadradas o los rieles no encajan. Por eso se me ocurrió, con al inspiración de un compañero que le ha compuesto un tema musical, tomar impulso remedando la célebre Canción del pirata. Con el permiso de Espronceda, por descontado.
Espero que, al menos, os saque una sonrisa, que buena falta nos hace
Con dos pantallas por banda Internet, a toda vela Mi neurona va que vuela hasta al Just@ poner fin.
Ese programa que llaman por su imposición, Temido en Justicia conocido del uno al otro confín
El cerebro se me hiela si el gadget no encuentro a tiempo O me pongo en movimiento
o algo malo va a pasar Y el Inspector desde lejos cantando alegre en la popa. Asia a un lado, al otro Europa Y en el mío, a trabajar
Y mientras, cerebro mío, no hay dolor Muevo el teclado con brío y a la vez con esperanza Igual mi mente ya alcanza y lo logro hacer mejor
Veinte causas hemos hecho Del derecho y del revés Me rendí sin condiciones a este Just@ Ya lo ves
Que es el Just@ mi tesoro Me he rendido, ya no hay más
Hoy en nuestro escenario un relato basad en uno de los bulos que se expandieron durante la Dana de Valencia.
Este relato mío forma parte del libro solidario de la editorial Vinatea Corazones de barro, una antología de diversas autoras y autores acerca de la tragedia que asoló Valenics el 29 de octubre de 2025
El bebé fantasma
Mamá ¿lo has visto?
¿El qué?
El bebé de Catarroja. Me lo han pasado por muchos chats, y por redes sociales. Hay un bebé perdido que han encontrado después de 3 días de la Dana. Y está solito, con la policía.
¿Eso cómo puede ser? Lo habrían puesto en todos los informativos. Los bebés no se pierden así como así. Y los padres revuelven Roma con Santiago para encontrarlos
Pues lo he vito, Y lo han dicho varios influencers a los que sigo. Y mi amiga Claudia, que siempre se entera de todo
No sé, hija. Yo también vi algo de eso, pero lo pasé por alto. No me fío
Pero mamá, imagina que hay unos padres angustiados sin su bebé. Y un bebé llorando solito con la policía. Hemos de hacer algo
Aunque no se lo quise reconocer, yo también andaba con la mosca tras la oreja con el asunto del bebé dichoso. Me había llegado por muchos medios y, por increíble que pudiera parecer, no podía dejar de imaginarme lo que sentirían unos padres sin su bebé perdido. Mi cerebro me decía que aquella historia hacía tantas aguas como la que había salido del barrando desbordado, pero mi corazón no podía dejar de estremecerse con la sola idea de que aquello fuera verdad.
Justo mientras pensaba en ello, mi teléfono móvil vibró, anunciándome que me había llegado un mensaje. Y ahí estaba otra vez:
“URGENTE
Ha aparecido un bebé en Catarroja. Si alguien sabe algo, que contacte para ver si encontramos a sus padres. El bebé está bien. (Está en la policía de catarroja)”
Me puse nerviosa otra vez. A pesar de que lo de escribir “catarroja” con minúscula revolvía a la profesora de lengua que llevaba dentro. A pesar de que mi instinto revolvía por dentro a la periodista que siempre anhelé ser. Y a pesar de que mi sentido común de persona adulta enviaba señales de alerta por todas partes. Porque la madre que soy se empeñaba en imponerse a todo eso y a imaginarse el dolor de aquella familia si la historia fuera real.
De modo que traté de que la profesora de lengua, la periodista frustrada, la persona sensata y la madre que llevaba en mi interior dejaran de pelearse y le dieran tregua para hacer mis averiguaciones, mientras mi hija no dejaba de apremiarme
Mamá ¿sabes algo del bebé?
Aun no, hija, aún no
Pero vas a buscarlo, ¿verdad?
Lo intentaré
Prométemelo -me dijo, no sé si más seria que enfadada- ¡Prométemelo!
Está bien. Te lo prometo
Ahora sí que me había metido en un buen lío. O encontraba a aquel bebé o demostraba que no existía. La madre se había impuesto de momento a la persona sensata, pero la persona sensata no estaba dispuesta a rendirse sin luchar. Así que me esmeré con las averiguaciones
Después de trastear con mi ordenador, mis temores parecían confirmarse. Si de verdad existía una historia tan jugosa, una historia donde el drama y la esperanza se mezclaban y movían los sentimientos era esta. Y estoy segura de que habría salido en todos los periódicos y en todas las cadenas de televisión. Pero nada. El bebé fantasma solo aparecía en redes sociales, en chats de WhatsApp y en historias de esos que llamaban influencers que tenían miles de seguidores y de cuya existencia yo no había tenido conocimiento hasta ahora. Lo más parecido que pude encontrar fueron las imágenes del salvamento de un bebé, pero eran reales y no se trataba de ningún niño perdido sino de una criatura perfectamente localizada. No podía permitirme mezclar churras con merinas.
En un momento dado, vi que la historia seguía. En alguna de las redes sociales a las que había hecho seguimiento aparecía un mensaje aparentemente esperanzador:
“me comentan que lo han encontrado y está con su familia”
Tuve la tentación de enseñárselo a mi hija y que dejara de darme la lata. Ya tenía su final feliz y se olvidaría del tema. Pero a mí la historia ya me había enganchado y no estaba dispuesta a dejarla ahí. Si los padres del bebé habían aparecido y lo habían recogido sano y salvo, cualquier cadena de televisión habría dado lo que fuera por tener la exclusiva, así que hice un zapping tan exhaustivo que casi se me borran las huellas dactilares. Pero nada. Seguíamos sin rastro del bebé fantasma.
Así que no tenía más remedio que ir a donde no tenía ninguna gana de ir. A los dichosos influencers, tiktokers o como se dijera. Así que, buscando, buscando, encontré otro sitio donde tirar del hilo, un foro de internet. La verdad es que eché un vistazo y descubrí que me daban grima la mayoría de los mensajes que encontré allí, con una mezcla de machismo, intolerancia, caspa y barbaridades. Pero hice de tripas corazón y seguí leyendo. Ahí estaba:
“bebé con vida encontrado en Catarroja con vida hoy”
Esta vez habían escrito “Catarroja” con mayúscula, pero, por lo demás, nada nuevo. Comentarios que mezclaban la crítica política con los insultos, machismo a tutiplén y poco o nada del bebé. Hasta que ese enlace me llevó a otro, esta vez de audio, de un tipo cuy nombre me sonaba familiar, aunque aún no sabía por qué
“Amigos, seguidores, difundid este audio. Se ha encontrado vivo un bebé en Catarroja. Está vivió, está alimentado, está en casa de quien se lo ha encontrado después de limpiar una zona, pero por si alguien está buscando un bebé ha aparecido un bebé en Catarroja. Vivo”
Mis sospechas crecían. El bebé estaba perfectamente, y se lo habían encontrado después de limpiar “una zona”. O sea, como quien encuentra una televisión o una mesa camilla. Después de tres días, el bebé está “alimentado”. A pesar de que mi hija, cuando era un bebé, necesitaba comer cada poco tiempo o soltaba unos alaridos que hubieran servido de sirena a los bomberos. La misma hija que seguía insistiendo con el tema
¿Sabes algo del bebé, mamá?
Hija, yo estoy buscando por todas partes, pero creo que es mentira
¿Mentira? ¿cómo alguien va a decir una mentira en una cosa así?
Pues no lo sé, cariño, pero la gente a veces hace estas cosas
¿Por qué?
Pues no sabría decirte. Por dinero, por llamar la atención, por dañar a alguien. No lo sé muy bien
No puede ser, mamá. Tú sigue buscando, por si acaso. Aunque alguien ha dicho que ya está con sus padres.
¿Lo ves? -insistí- Si fuera así habría salido en la tele
Puede ser -se quedó pensando- Pero, por si acaso, compruébalo. Por favor
Mientras hablaba con mi hija, caí en la cuenta de lo que me estaba dando vueltas a la cabeza. El nombre de aquel que había enviado el audio. Era el de un influencer del que habían hablado en televisión, uno al que habían pillado manchándose los pantalones de barro para salir en la tele y que pareciera que estaba dando el callo.
Ahora ya lo tenía claro. Era una burda y cruel mentira. Per me faltaba la parte más difícil: convencer a mi hija. Y, por fin, un golpe de suerte tomó forma en mi móvil. Ahí estaba una foto increíble, y un comentario que lo explicaba todo:
“La imagen del bebé rescatado en Catarroja está creada con Inteligencia artificial”
Desde luego, viendo esa imagen nadie con tres dedos de frente podía creer la noticia- El bebé en cuestión, en brazos de un agente uniformado, lucía limpio como una patena, sin una manche de barro y sonrosado y tranquilo. Todo lo contario que una podría esperar de una criatura que hubiera pasado tales penalidades en tres o cuatro días. Así que ya tenía algo que explicarle a mi hija, aunque lo que no podría explicarle es la razón por la que hacían esas cosas, porque no soy capaz de dar con ella
¿De verdad, mamá? -mi hija estaba a punto de llorar- ¿Cómo se puede ser tan malo?
No fui capaz de contestar, y la pregunta de mi hija quedó flotando en el aire. Todavía estaba oyendo su vocecita en mi cabeza cuando otro mensaje empezaba a llegarme por chats y redes sociales. Insistían en que en el aparcamiento de un centro comercial arrasado por la DANA iban a encont5rar un auténtico cementerio de cadáveres de personas atrapadas en sus coches. Se em encogió el alma de nuevo, aunque esta vez no duró mucho. Porque uno de los tipos que afirmaban semejante cosa hablaba de que habían expedido más de 700 tickets de parking de coches que no habían salido. Y ahí tuve la pista. Yo iba con frecuencia a aquel centro comercial y sabía que el aparcamiento era gratis, y no se expedía justificante alguno. Se lo habían inventado todo, como en el caso del bebé fantasma. Y, además, con todo el dolor que podían causar a las personas que hubieran perdido la pista de sus seres queridos por esa zona.
Entonces, me di cuenta. Unos de los que más insistía en la historia de los cientos de muertos del centro comercial era él. El mismo que enviaba el audio del bebé fantasma de Catarroja.
Lloré de rabia, de impotencia y de asco. Lloré tanto que mi hija llegó a asustarse y vino a mí con toda su inocencia
No llores, mamá. Al menos, no hay ningún bebé perdido. Y eso es una buena noticia. ¿no?
Tienes razón, hija
Y no te preocupes. Yo te defenderé siempre de la gente mala que inventa mentiras. Te lo prometo
Siempre es importante identificarse. Tener una buna tarjeta de visita, real o metafórica, es dar un paso importante para poder seguir adelante en el mundo del espectáculo. O en cualquier otro, por supuesto. Tanto, que Tarjeta de visita es un título de película, aunque también lo es La tarjeta de navidad, por no hablar de las tarjetas de memoria como soporte donde guardar películas.
En nuestro teatro los distintos tipos de tarjeta ha tenido y tienen mucha importancia, según las épocas. Tarjetas de visita, de crédito, de memoria, tarjetas criptográficas o digitales, tarjetas identificativas, de circulación, o de aparcamiento. Mil posibilidades que tienen Toguilandia para estos rectángulos de cartón o plástico. Así que vayamos por partes.
En primer lugar, están las tarjetas con las que nos identificamos hacia los demás. Los abogados y abogadas supongo que seguirán gastándolas, aunque atrás quedaron aquellas tan formales con letra inglesa y negro sobre blanco, que ahora llevan fotos, logo y cualquier cosa más. En fiscalía y judicatura en algún momento tuvimos de esas, hasta con escudo, aunque el presupuesto pronto se olvidó de darnos, si es que alguna vez nos llegó. Ahora ya nadie ni se lo plantea, se facilita la dirección de correo electrónico, y a volar. Y i no, siempre habrá un posit donde apuntar un teléfono. Y es que al final, los posit siempre resuelven la papeleta.
Ahora las tarjetas que gastamos son la criptográfica, o como se llame, para acceder a esos programas informáticos que pretenden mejorar nuestra vida, pero a veces nos sacan de quicio, y las de identificación, para entrar y salir de las dependencias judiciales cuando son necesarias. No deja de se4r curioso que, al menos en la Ciudad de la Justicia donde yo trabajo, la de Valencia, las tarjetas para aparcamientos en el Juzgado de Guardia siguen siendo de cartón como toda la vida. Un anacronismo que no acabo de explicarme.
No obstante, hay otro tipo de tarjetas que nos provocan muchos quebraderos de cabeza. Y la palma se la llevan, sin duda, las de crédito o débito. Son tarjetas muy útiles para nuestra vida diaria, pero, quizás precisamente por eso, su falsificación es uno de los delitos que con más frecuencia vemos, sobre todo por el procedimiento de clonación u otras maniobras digitales. Aunque he de decir que una de las cosas que más me ha llamado la atención es la capacidad que tienen los ladrones de reproducir un cajero automático para poder capturar las tarjetas y comete sus fechorías. En plena era digital, esa combinación de modus delictivo digital y analógico tiene su mérito.
También se falsifican otro tipo de tarjetas, como las que habilitan a las personas con discapacidad para aparcar, que ya les vale, o las de circulación de determinados vehículos. Hasta el tacógrafo se manipula, que no se diga. Y esto sí que es un clásico que poco cambia, aunque cambien los tiempos.
La cuestión es que, casi sin darnos cuenta, hemos evolucionado en esto de la misma manera que lo hemos hecho de la máquina describir al ordenador, y este viaje sí que no tiene vuelta atrás. Aunque a veces, cuando el ordenador no reconoce nuestra tarjeta, o nos dice que la contraseña ha caducado, o cualquiera otra cosa, den ganas de volver al Pleistoceno.
Pero es lo que hay. Y lo que hoy venía a contar, aunque no me olvido, por supuesto, del aplauso. Y hoy va dedicado a todas esas personas que hemos vivido todos estos cambios y sobrevivimos a ellos. Que, a veces, es una verdadera heroicidad.
En el mundo del espectáculo es frecuente dirigirse a los eventuales espectadores como “señoras y señores”, desdoblando el género. Así se llamaba, precisamente, un programa musical de los años 70, Señoras y Señores, del entonces imprescindible Valerio Lazarov. Otra de las formas habituales de dirigirse al público es con la fórmula “Damas y caballeros”, algo que hacen siempre los maestros de ceremonias como el de El gran Showman, entre otros muchos. Sin embargo, ni entonces ni ahora llamaba la atención esa forma de dirigirse al público.
En nuestro teatro no hay señoras y señores a lo que dirigirse, ni damas y caballeros a quienes exhortar a ver nuestras funciones, más allá del neutro grito de “¡audiencia pública!” con el que se da paso a quien quiera presenciar un juicio, siempre y cuando no se haya decretado la celebración a puerta cerrada, que es una excepción a la regla general de publicidad. Así es porque el principio general en nuestro Derecho es la publicidad en la fase de juicio oral, y la reserva durante la fase de instrucción.
Ciertamente, ese llamamiento como “audiencia pública” es de una neutralidad exquisita, pero no siempre ocurre así en nuestras funciones. Y hay que señalar que el lenguaje inclusivo o igualitario brilla por su ausencia mayoritariamente en Toguilandia, como veremos a continuación. Pero, en realidad, no tiene nada de extraño, porque la propia RAE, en este 2025, ha ratificado el uso del masculino genérico como inclusivo. Y es que a esos señores -porque la mayoría son señores- les cuesta avanzar en lo que a igualdad se refiere. Verdad verdadera.
Hasta hace no mucho, el Diccionario de la Real Academia recogía, como una de las acepciones de la palabra “Jueza”, el de “la mujer del juez”. Hubo de hacerse una campaña por parte de la asociación Mujeres Juezas, a las que se unieron otras entidades, para conseguir que se eliminara, en 2017. Otro tanto ocurría con la palabra “fiscala”, que también se utilizaba para la consorte del “fiscal”. De hecho, hay una anécdota que cuenta quien hoy es una de las fiscales _o fiscalas, que también está admitido- de Sala, referente a que, cuando fue a alquilar un piso en su primer destino, el arrendatario exigió que fuera a firmar su marido, el señor fiscal, ya que ella era la fiscala.
No obstante, aun hay quien se resiste a utilizar la palabra “jueza”. Y la palabra “fiscala” como referida a las miembros de la carrera fiscal, no acaba de implantarse. Yo misma uso habitualmente la de “la fiscal”, que también admite la RAE. Sin embargo, en nuestros formularios en los programas informáticos, no ocurre ni eso. Una y mil veces utilizan el término “El fiscal”, aunque seamos abrumadora mayoría las féminas. Y hay quien, como yo misma, se moleta en cambiarlo, y quine no lo hace, no sé si por desidia o porque sigue sintiéndose identificada con el masculino, aunque sea mujer.
Si es así, no sería un caso extraño. Hay casos de mujeres que se identifican a sí mismas como “la abogado” o “la presidente” por más que sea una discordancia de género entre el artículo y el sustantivo, porque en ambos casos no solo se admite, sino que es la correcta la forma femenina si de mujeres se trata. Y es que al final hay quine pretende ser más papisa que el Papa.
En cualquier caso, el lenguaje inclusivo no es solo el desdoblamiento de género que -hay que reconocerlo- a veces resulta cansino, por más que cueste bien poco pedir el interrogatorio de la acusada y el acusado, si los hay, en vez del de “los acusados”. El lenguaje igualitario busca utilizar formas en que nos identifiquemos tanto hombres como mujeres. Cosas tan simples como utilizar “Todo el mundo” o “la gente” por “Todos” o “los hombres”, o referirnos a “quienes” hacen tal cosa en lugar de a “los que “la hacen.
Y es que, aunque haya quine insista en que sea una tontería, lo que se nombra no existe. Y, si no, que cualquiera haga la prueba de teclear “fiscal” en Google y buscar imágenes y comprobará que, a pesar de que es un término que vale para ambos sexos y que ya ha habido dos Fiscales Generales del Estado, las imágenes son todas de hombres.
Para acabar, y para rebatir a quien pretenda alegar que el lenguaje inclusivo es una invención moderna, de las modernas de las feministas, además, traigo mis pruebas, que para algo soy jurista. Y son, nada más y nada menos, que un fragmento del Cantar de Mío Cid que habla de hombres y mujeres, de burgueses y burguesas. Así, sin que se les caigan los anillos. Y dejo la imagen para dar fe de ello.
Y ahora solo queda el aplauso. Y hoy es, lisa y llanamente, por quinees luchan cada idea por la igualdad en las pequeñas cosas. Porque cada una de ellas, por pequeña que parezca, supone un gran paso.
Normalmente, es importante ser fuerte, y otras veces, se necesita algo más. Por eso hay veces que son precisos refuerzos. No en balde nos decían en la saga de Star Wars eso de que la fuerza te acompañe. Y quizás también por eso no hay circo que se precie sin su forzudo, como en El gran showman o El mayor espectáculo del mundo
En nuestro teatro, la fuerza es necesaria siempre, a veces simplemente para salir adelante. Guardias agotadoras, recursos que no llegan, programas informáticos y ordenadores que fallan más que una escopeta de feria, juicios que se eternizan y clientes que pondrían a prueba la paciencia del mismísimo Job no son sino ejemplos diarios de esas cosas que no hay suplemento vitamínico que suficiente para aguantarlo. Justiciolín sería un buen nombre para quine inventara se medicamento, así que atención laboratorios que estoy dando una idea. Y gratis, que no se diga.
Pero, mientras llega el ansiado suplemento, algo hay que hacer para suplir las carencias. Y entre las medidas que ponen en marcha el Ministerio de Justicia o el Consejo General del Poder Judicial están los famosos refuerzos, que no son sino un parche para llevar los huecos que quedan por cualquier razón que no está prevista para cubrir con sustituciones o interinidades o para atender a necesidades extraordinarias derivadas de algunos casos que requieren de especial atención.
A lo largo de mi ya largo recorrido toguitaconado, he visto refuerzos extraordinarios para casos mediáticos de corrupción de los que en mi tierra valenciana sabemos mucho, por desgracia, y también por otros como el llamado caso Maeso, por el contagio masivo de hepatitis, por el terrible accidente del metro o, últimamente, por la no menos terrorífica Dana, cuyo expediente judicial sigue abierto y aun tardará en terminarse, me temo. Supongo que en todas partes donde se han encontrado con asuntos de especial trascendencia, ha ocurrido lo mismo.
Los refuerzos no son nuevos jugados, ni siquiera juzgados paralelos, sino un juez o jue, un laj Y/o un fiscal acompañados de los funcionarios y funcionarias que se establezcan. Si es que se establecen, claro, que no siempre ocurre, A veces el refuerzo es simplemente un magistrado -o magistrada- y el resto de actores de nuestro escenario hemos de ponernos las pilas para conseguir otro tanto. Que no siempre es fácil.
Hay otros casos en que los refuerzos provienen de necesidades extraordinarias. Un ejemplo son las vacaciones, que, por más que sean algo que sucede todos los años, siempre nos pillan con el pie cambiado y los juzgados llenos de papel y vacíos de personal que todo el mundo tiene derecho al descanso anual.
Otro de los casos que necesita refuerzos, y que nunca son suficientes, son los ocasionados por reformas legales que dan lugar a revisiones o a un incremento notable de papel. Tal conforme nos está ocurriendo ahora con la ley de eficiencia y que aun no sabemos cómo se gestionará. Porque quienes vivimos a pie de obra podemos cruzar muy fuerte los dedos, pero la experiencia nos ha enseñado que eso no sirven para otra cosa que nos sea para dislocárnoslos.
En definitiva, lo de los refuerzos es una buena medida para cuando llega un imprevisto que no se puede solventar de otra manera, pero lo realmente peligroso es que lo temporal se vuelva definitivo y lo contingente necesario, y se trate de un apaño para evitar crear nuevas plazas y nuevos juzgados, que buena falta nos hacen. O unidades judiciales o como quiera que se llamen ahora cuando entre en vigor la nueva ley, que aun no me hago a la idea de cómo se organizará la cosa.
Así que, hasta que llegue los verdaderos medios necesarios o, en su defecto, que se comercialice, el Justiciolín, nos conformaremos con los refuerzos. Y les daremos, además, el aplauso. No vaya a ser que nos los quiten.
Dice el refrán que más vale tarde que nunca. O que más vale llegar tarde que rondar cien años. Y a eso de llegar tarde se refieren varios títulos de películas como Llegas tarde o Cómo llegar tarde al trabajo o Más vale tarde que nunca. Y hasta un programa de actualidad en televisión se llama así: Mas vale tarde.
En nuestro teatro el tiempo tiene gran importancia, como pudimos ver en el estreno dedicado a los plazos, una de las piezas más esenciales al tiempo que angustiosas de Toguilandia.
También hablamos en su día de las suspensiones , y lo que suponen, depende de en qué parte del escenario toguitaconado se encuentra una, y lo que pretenda. En general, a profesionales, perjudicados y víctimas, las suspensiones suelen venirles mal, aunque en algunos casos sean inevitables. Sin embargo, cuando de investigados, procesados o acusados se trata, el interés puede ser el contrario, intentar una suspensión a cualquier precio con tal de dilatar el proceso y con él, a veces, lo inevitable, esto es, la condena. Aunque también en otros casos e acusado puede tener interés que el juicio se celebre de una vez, bien en su afán de demostrar su inocencia, o bien porque tiene oros intereses, como el dejar de ser preso preventivo y convertirse en penado para acceder a clasificación penitenciaria, con sus posibles beneficios y progresiones de grado.
Y es que, aunque pueda parecer lo mismo, suspensión y aplazamiento no son coincidentes. Es cierto que, para aplazar una vista, si es que ya está señalada, hay que suspenderle ineludiblemente, pero no toda suspensión supone un aplazamiento. Lo implica, sin duda, cuando hay un nuevo señalamiento, pero no tanto cuando se trata de una suspensión sine die, esto es, hasta que las ranas críen pelo en Román paladino.
En cualquier caso, hay aplazamientos a tan largo plazo que parecen suspensiones sine die, o poco menos. Y eso ocurre en más casos de los que nos gustaría por más que la voluntad de todas las partes no sea esa. Son casos en los que por cualquier causa se decreta la suspensión y el siguiente señalamiento se demora a más de un año – a veces más- por falta de hueco en las agendas de s. Y eso es absolutamente inadmisible. A ver si de una vez quien le pone el cascabel al gato de Lajusticia y crea el número suficiente de plazas y de medios para evitar estos dislates. Yo no pierdo la esperanza de que algún día ocurra. Aunque se me tilde de ilusa.
Pero los aplazamientos no solo son de señalamientos, aunque sean estos los que más duelan. Quienes ya llevamos años arrastrando la toga por el mundo, hemos presenciado varios casos de aplazamiento de entrada en vigor de leyes, por una u otra razón. En varias ocasiones nos hemos visto en el brete de que se creen juzgados y luego se aplace su entrada en funcionamiento, siempre por falta de previsión, de medios, o de ambas cosas a un tiempo.
En otros casos, lo aplazamientos son tantos que parecen el cuento de Pedro y el lobo, que nadie cree que lo tantas veces aplazado vaya a ponerse en marcha alguna vez. Un buen ejemplo es lo sucedido con el Registro Civil una y otra vez.
En cualquier de los casos, en ocasiones, lo del aplazamiento es, como diría mi madre, engordar para morir. O pan para hoy y hambre para mañana, como diría el refranero. Aunque también es verdad que mientras hay vida hay esperanza, y en más de un caso nos hemos encontrado con supuestos de indulto porque tras varios retrasos en la causa, cuando llega el momento de que el acusado es juzgado, ya ha cambiado su vida y se ha rehabilitado de modo que se hace ilusorio el fin de rehabilitación de la pena.
En definitiva, que siempre volvemos al mismo punto de partida. Esto es, si tuviéramos los medios que necesitamos, otro galo nos cantara. Por eso, el aplauso de hoy será para quienes, de un lado, luchan por conseguirlos, y, de otro, luchan por minimizar los efectos de nuestras carencias. Los tomates, ya sabemos para quién. Aunque siempre cabe repetir, con Escarlata O’Hara, que mañana será otro día
En el mundo del cine, hay escenas y también frases que han quedado grabadas en el imaginario colectivo para siempre jamás. Todo el mundo ha emulado alguna vez a Escarlata O’Hara levantando un puñado de tierra y poniendo a Dios por testigo de que nunca volverá a pasar hambre, como en Lo que el viento se llevó, o ha gritado eso de que “soy el rey del mundo” en la proa -¿o era la popa?- de un Titanic imaginario como si fuera Leonardo Di Caprio amarrando a Kate Winslett. Y, por supuesto, hemos jurado que iríamos hasta el infinito y más allá como en Toy Story, o hemos afirmado que en ocasiones vemos muertos como el niño de El Sexto sentido. Y esto solo por citar algunos ejemplos.
En nuestro teatro los momentos antológicos no son demasiados, o, al menos, no demasiado compartidos, porque para cada cual, hay algunos más importantes que otros. Ese momento en que te dicen que has aprobado la oposición, o la jura en nuestra profesión, o el resultado satisfactorio en ese asunto que tanta faena nos dio
No obstante, sí que hay algunos que forman parte de la memoria común de Toguilandia, entre los que me atrevería a destacar la llegada, en su día, de la primera Fiscal General del estada, y, bastante tiempo más tarde, de la primera presidenta del Tribunal Supremo y por ende del Consejo General del Poder Judicial. Más vale tarde que nunca.
Pero, además de esos hitos, hoy quería proponer una especia de juego, consistente en cómo aplicaríamos a nuestro mundo esos momentos cinematográficos antológicos a que he hecho referencia y algunos otros.
Confieso que yo me he sentido muchas veces Escarlata O’Hara y que, aun sin el polvo de Tara ni el traje de época que tanto me gusta -en especial el que ella se confeccionó con unas cortinas- he puesto a Dios por testigo de que no volvería a cometer algún fallo o a ser pillada en un renuncio, generalmente por falta de experiencia. Y, por supuesto, en el lado opuesto, también me he sentido la reina del mundo cuando un juicio me ha salido redondo. Y, si no me ha salido, y hay que recurrir, he afirmado que iría hasta el infinito y más allá. De hecho, tengo a gala haber llevado un caso en mi carrera profesional en que he repetido hasta 3 veces el mismo juicio, después de sucesivos recursos estimatorios que anulaban la vista y obligaban a realizarla de nuevo, hasta que, finalmente, me daban la razón. Más vale tarde que nunca.
Y no son esos los únicos momentos en que me he sentido protagonista de mi película imaginaria. Y, aunque la toga no tiene el vuelo de la falda de Marilyn en La tentación vive arriba, en alguna ocasión ha pasado algo que me ha convertido en el centro de atracción como ella. Y es que, como decía Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco, nadie es perfecto. Ni tan siquiera si tuviéramos el cuerpo de Ursula Andress con su bikini blanco en una de las escenas más famosas de la saga de 007, porque aquí ni hay agentes secretos ni tomamos Martini agitados ni revueltos, sino un café de máquina si es que hay un receso que nos lo permita.
Quienes llevamos años en Toguilandia atendiendo asuntos penales, seguro que hemos tropezado con algún delincuente cuya expresión nos ha puesto los pelos como escarpias como la imagen icónica de Jack Nicholson el El resplandor, aunque no hubiera una pareja de gemelas siniestras invitándonos a jugar con ellas.
Y es que, vengan como vengan, hay que tomarse bien las cosas. Nos hemos de plantar como el Travolta de Fiebre del sábado noche y demostrar que podemos con todo. Y que podemos aunque pasen los años, como él seguía pudiendo en su inolvidable baile con Uma Thurman en Pulp Fiction. O como podía, cambiando radicalmente de género, Ben Hur con su cuádriga, por más que las circunstancias fueran las más adversas.
Y a veces hay que tirarse a la piscina, aun a sabiendas de que pude no tener agua, y hacer lo que la protagonista de Dirty Dancing, lanzarse a brazos de Patrick Swayze y que sea lo que dios quiera. Que, con un partenaire así, seguro que la cosa sale bien.
En cualquier caso, y como quiera que trabajo mucho con los delitos de odio, nunca hay que olvidar el discurso de Chaplin en El Gran Dictador advirtiendo del riesgo, o, a más pequeña escala, el que una delicada Nathalie Wood hacía al final de West Side Story comprobando la tragedia que había causado el racismo. No podemos conformarnos con mirar, como hacía el protagonista de la primera parte de la Lista de Schlinder desde lo alto de un monte mientras se masacraba el gueto de Varsovia.
Pero si hay que quedarse con alguno de estos momentos, me quedo con Forrest Gump y, sobre todo, con su madre, cuando le hablaba de la caja de bombones en que consistía la vida.
Y hasta aquí estos momentos, entre los cuales es difícil escoger. Y seguro que a quine me lea se le ocurren más y hasta podemos hacer una segunda parte. Por eso, dedicaré el aplauso a todas las personas que los han hecho posibles, y a quienes los han emulado en nuestro mundo. Siempre nos quedará el Juzgado, como habría dicho Humphrey en Casablanca.
Uno de los sentimientos mas utilizados en el mundo del arte es la desesperación. Las caras descompuestas de obras como El grito o El Guernika están en el imaginario colectivo, sin ninguna duda. En el mundo del cine encontramos títulos como Desesperación, Desesperación y esperanza, Desesperada, sin olvidar, por supuesto, la novela de Stephen King en que se basó la película. Y es que da mucho de sí.
En nuestro teatro no podíamos ser menos, y la desesperación es plato de frecuente consumo. No en balde vivimos siempre Al borde del ataque de nervios. Y, a diferencia de las protagonistas almodovarianas, eso nos pasa tanto a mujeres como a hombres.
Y es que los plazos , las reformas, los señalamientos que coinciden , los juicios, las guardias , la necesidad de conciliar y todas las cosas con las que convivimos hacen que nuestra vida no tenga un minuto de sosiego. Y podría decir que n falta que nos hace, pero igual a alguien le entran ganas de matarme y no está el horno para bollos.
Por si alguien tiene dudas sobre los que digo, cogeré alguna de las frases más habituales sobre la desesperación y demostraré lo relacionadas que están con Toguilandia. Y ya al cerrar el telón me dais el aplauso si lo he conseguido.
Tal vez una de las frases más habituales que se usan a este respecto esla “ir a la desesperada”. Y a la desesperada vamos cuando no nos queda tiempo para prepara un juicio o interponer un recurso, o para hacer un dictamen o una sentencia cuando de Señorias se trata, y hacemos lo que podemos. Aunque, si de verdad hablamos de ir a la desesperada, es lo que vemos en algunas causas en que, aunque no tienen ni un pase, se pelean y se pelean hasta el final. Porque, como dice otro refrán, «Hasta el rabo todo es toro”. O, más sencillo, por si las moscas.
También escuchamos habitualmente eso de que “el que espera, desespera”. Y, lamentablemente, en el mundo de la justica esto es una realidad más común de lo que nos gustaría. Es tanto el colapso en algunos sitios y tantos los trámites a seguir que algo que aparentemente es sencillo puede tardar años. Y, ojo, no por culpa nuestra, que con los mimbres que tenemos bastante hacemos con hacer las cestas que podemos. Y para desesperación, no perdamos de vista lo que tarda nuestro tribunal constitucional en emitir determinadas sentencias, hasta el punto de que cuando llega, ya no hacen ni falta. Ejemplos recientes han sido las decisiones sobre los decretos de la pandemia, o los once años para decidir sobre una ley del aborto que ya no existía cuando se tenía que dictar sentencia. Para hacérselo mirar.
También en este sentido hay un dicho según el cual “no hay espera larga sino paciencia corta”. Y podría decir que es aplicable a lo que tardó en renovarse el Consejo General del Poder Judicial, pero entonces sería yo quien me estaría pasando doce pueblos. Y es que, aunque ahora ya esté renovado, no era de recibo que llegara a estar cinco años en funciones. Para desesperarse y mucho más.
No obstante, a mi siempre me gusta decir eso de “mientas hay vida hay esperanza”, que sirve como comodín del público casi para cualquier cosa. En términos toguitaconados, podemos decir que mientras una resolución no sea firme, podemos seguir recurriendo. Pero es que, incluso cuando es firme, podemos acudir a tribunales europeos, internacionales y, por supuesto, al Constitucional que, como hemos dicho más de una vez en estas funciones, no es poder judicial ni opera como recurso jurisdiccional, aunque muchas veces se haga ver así.
Así que hay que ser optimistas y pensar eso de que “A quien espera su bien le llega” porque, como sabemos, la esperanza es lo ultimo que se pierde. Esperemos que así sea. O, como dijo Thomas Fuller de manera más rimbombante, quedémonos con que “la desesperación infunde valor al cobarde” Y, valientes o cobardes -todo es relativo- demos nuestro aplauso a quienes no sucumben a la desesperación y siguen adelante. Que, como dijo Unamuno “Jamás desesperes, aun estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante”
Hay quien sostiene que las cosas duran los que tienen que durar, pero no siempre es así. Hay veces que se pasan y veces que no llegan, como ocurre también con el cine y el teatro. Hay películas que se hacen eternas, aunque no duren más de una hora, y otras que no se hacen largas en absoluto. Entre ellas, siempre recuerdo las grandes producciones clásicas como Lo que el tiempo se llevó o Ben Hur, pero también hay películas actuales que se encuentran en el mismo caso, como The Brutalist.
En nuestro teatro, el tiempo es un factor importante. Tanto, que hay un dicho que reza que “la justicia lenta no es justicia”, y tiene toda la razón. Porque esos procesos que se demoran en el tiempo hasta la extenuación difícilmente suponen una reparación, aunque sean conforme a las pretensiones de la parte.
En otro estreno hablábamos de la duración de los informes, haciendo referencia a la vertiente temporal consistente en el tiempo que empleamos para hacer un informe o un dictamen oral, y recalcando que hay de todo, como en botica. Hay quine se pasa y quine no llega, y también como siempre, en el punto medio está la virtud. Lo difícil es, claro está, encontrarlo.
Pero de lo que iba a hablar hoy en nuestra función era del tiempo que transcurre desde que se inicia una causa hasta que se termina y también de la duración de las vistas en sí mismas.
Si de juicios hablamos, encontramos de todo. Ya conté en el estreno dedicado a nuestros propios récords, que el juicio más corto que he celebrado duró exactamente 33 segundos, aunque hubo quine entonces me dijo que los había visto incluso más breves. Y es que nada es imposible.
También citaba entonces algunos de los más largos de los que guardo memoria en mi tierra, como l de “las niñas de Alcácer” o el asunto del accidente del metro, que, entre archivos y reaperturas, se resolvió tras la friolera de 13 años tras los hechos. Saliéndome de mi universo patrio, puedo aludir a lo que tarda muchos casos el Tribunal Constitucional en resolver hasta el punto de que, como ocurrió con el aborto, cuando se iba a decidir sobre su constitucionalidad, ya había sido sustituida esa ley por otra. Y es que en casos como esos ni siquiera se puede aplicar el dicho de “más vale tarde que nunca”.
La cuestión es que, lo queramos o no, nuestra justicia tiene fama de lenta. La lentitud de la justicia es el lugar común que todo el mundo le atribuye, sobre todo quienes viven fuera de Toguilandia. En ocasiones, esta afirmación no es del todo justa, porque en los juicios rápidos que se celebran en las guardias, por ejemplo, los asuntos se resuelven el mismo día o el siguiente en el que se producen o, como mucho, en una semana, cuando se trata de partidos judiciales más pequeños que celebran el denominado “octavo día”. Y, dicho sea de paso, a veces es incluso mejor, especialmente cuando se trata de delitos contra la seguridad vial por ingesta de bebidas alcohólicas, ya que algunos de nuestros angelitos llevan una melopea tal que en un día no es fácil que se les haya pasado. Aunque, bromas aparte, los juicios rápidos han sido un gran avance.
Lo que ya no es de recibo es que cuando en estos juicios no hay conformidad, se acaben señalando a muchos meses vista, porque la ley prevé que deberían hacerlo en menos de un mes. Pero ya sabemos, los medios -o, mejor dicho, la falta de ellos- son los que son.
Con mucha más frecuencia de lo que sería deseable, leemos quejas de profesionales que ven cómo sus asuntos se señalan a varios años vista por problemas de colapso de agenda. Y es algo tan penosamente habitual, que a día de hoy la atenuante de dilaciones indebidas es una de las que más se utilizan. Hasta el punto de que empezó considerándose una atenuante analógica y pasó a tener su formulación específica entre las atenuantes.
No obstante, no se puede generalizar. Hay órganos jurisdiccionales que no tiene n retraso alguno -juro que existen- y hasta pudo ciar un ejemplo de una sala a la que, en la última inspección, les dijeron, medio en broma medio en serio, que si corrían tanto el resto de compañeros le cogerían manía. Y es que hay que reconocer también que hay tan buenos profesionales que, con tener unos medios medianamente razonables, hacen maravillas. Verdad verdadera.
Y ahora, la que no se va a exceder de duración voy a ser yo, no vaya a ser que en ve de aplauso me caigan tomates. Y eso sí que no, que esas manchas no se van fácilmente de la toga.
Según el diccionario, friqui -o friki- es alguien extravagante, raro o excéntrico y, coloquialmente, una persona pintoresca o extravagante. Pero el frikismo tiene una gran relación con el mundo del cine y de la televisión. No en balde, e día del orgullo friki se celebra el 25 de mayo, con el motivo del lanzamiento de la película La guerra de las Galaxias, una ficción muy significativa para la comunidad friki. Además, las series de televisión están llenas de adorables -y no tanto- frikis, como los protagonistas de la inolvidable Big Bang Theory y, por supuesto, su secuela, El joven Sheldon.
En nuestro teatro podríamos entender que no hay frikismo, o entender que todos y todas en Toguilandia tenemos mucho de eso, según se vea. Pero vayamos por partes.
En primer lugar, no puedo olvidarme de esas personas que son parte de nuestro mundo y llevan a gala ser fans de Star Wars hasta la locura. Y citaré a dos de ellas a las que tengo especial cariño: Loreto Ochando, periodista de tribunales, y Yolanda Álvarez, abogada, compinche y mucho más, cuya pasión llega hasta el punto de hacerse llamar Princesa Leia en la red social X, antes Twitter.. A ambas va dedicado especialmente este estreno.
Pero, además de esas personas que cumplen con el primer mandamiento de frikismo, la devoción por la Guerra de las Galaxias y todo su mundo, podemos ver, a poco que rasquemos, alguna que otra manifestación más de frikismo.
Así, si partimos de la palabra “friki” como sinónimo de extraño o extravagante, podríamos decir que en nuestro escenario tenemos un filón. A poco que pensemos, seguro que nos vienen a la cabeza muchos personajes que tienen tantas peculiaridades que encajaría a la perfección en el concepto.
Por un lado, están los locos y locas de los Códigos y las sentencias, esos que son capaces de recitarte el Código Penal o el Código Civil o de encontrarte la sentencia adecuada a cada caso en un nanosegundo. En realidad, es aquello en lo que nos convertimos mientras estudiamos las oposiciones, y que luego se convierte en una parte de nuestro carácter. Ya he contado muchas veces que todavía no me he quitado algunas taras de la oposición, y m consta que no soy la única. Yo todavía sueño de vez en cuando que el ordenamiento jurídico me aplasta, y eso supongo que me convierte en una friki de primera clase. ¿O no?
Aunque más de una vez el frikismo viene de otras partes de estrados. En la realización de nuestra profesión, nos encontramos muchas veces con investigados y testigos cuyo aspecto ya denota por sí mismo que pertenecen a uno de esos colectivos rarunos que también entrarían en el concepto de “friki”.
Así, me he encontrado con testigos cuyo look recuerda al de los comics Manga, con sus coletas, sus zapatos enormes, y sus calcetines hasta las rodillas, junto con un maquillaje de los más peculiar. También me he encontrado a alguna chica gótica, con su ropa, su maquillaje y sus uñas negras, y a este respecto lo más curioso fue la cara de asombro -por decirlo de algún modo- del magistrado que la tenía ante sí, un señor mayor con la jubilación ya muy cerca que no daba crédito a lo que veían sus ojos y que no dejaba de mascullar que la gente ya no tenía respeto para venir a los juzgados.
Sin embargo, cuando de investigados se trata, en cuanto se ven con el agua al cuello se olvidan de cualquier extravagancia y tratan de ser lo más discretitos posibles para no causar mala impresión al tribunal, no vaya a ser que se topen con un magistrado como el que contaba antes.
Confieso que a mí más de una vez me gustaría tener mi espada láser para poder usarla a mis anchas, pero no hay manera. Y, aunque mis moños de fallera tienen cierta similitud con el peinado de la Princesa Leia, tampoco me he atrevido nunca a ir con ellos al trabajo. Aunque nunca sabe.
Y con esto acabo por hoy. Por supuesto, deseándoos que la suerte os acompañe y dedicando el aplauso a todas esas personas que no tienen problema en salirse de los moldes convencionales. Porque todo el mucho tenemos una parte friki.