Refranes: interpretación toguitaconada


              Los refranes siempre han sido una fuente de inspiración. La sabiduría popular es evidente en muchas obras pero quizás la más característica en ello sea Don Quijote de la Mancha, en su versión original en novela, y en su múltiples versiones como musical –El hombre de la Mancha-, serie de dibujos animados o película.

              En nuestro teatro usamos más la sabiduría popular de lo que a priori parece y, de hecho, la dedicamos un estreno, dedicado sobre todo a aquellos refranes que tienen relación directa o indirecta con Toguilandia. Ahora vamos a dar un paso más ,y proponer una especie de juego se unirá a un refrán de carácter general una interpretación toguitaconada. Por supuesto, la mía, aunque, como dicen los influencers, os leo en comentarios. Así que, vamos allá.

Más vale pájaro en mano que ciento volando: si has conseguido una sentencia que te satisface aunque no totalmente, no te arriesgues a recurrir (al margen de la reformatio in peius). También valdría para las conformidades

Pájaro que vuela, a la cazuela: si tienes un buen acuerdo, tómalo y no le des vueltas

Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Especialmente aplicable a escritos e informes orales que tienen una longitud innecesaria. También podría predicarse de algunas sentencias (el cortaypega es peligroso)

No por mucho madrugar, amanece más temprano. Por más que adornes las cosas, que hagas la pelota o que des la lata de otro modo, lo que no tiene fundamento, no lo tiene

Más vale tarde que nunca. Aplicable a aquellos pleitos que tardan una eternidad, pero se resuelven satisfactoriamente. La aplicación práctica sería la apreciación de la atenuante de dilaciones indebidas

La cabra siempre tira al monte. Puede aludir al hecho de que un mismo tribunal siempre acaba resolviendo lo mismo en casos parecidos. Que es lo que en definitiva, fundamenta la alegación de la jurisprudencia llamada “menor”

A quien madruga, Dios le ayuda. Si llegas a la hora, incluso antes, y con los deberes hechos,  siempre te irá mejor. Aplicable también a Señorías.

A dios rogando y con el mazo dando. Evidentemente, si llevamos bien preparado el asunto, es más fácil tener suerte en la resolución que si no es así

Al saber le llaman suerte, que es lo que decimos para protestar cada vez que alguien nos dice que hemos tenido suerte en aprobar las oposiciones. Aunque algo de suerte siempre hace falta, se reconozca o no

Gallo que no canta, algo tiene en la garganta. Siempre que alguien que normalmente  hace informes interminables, guarda silencio, es que no tiene argumentos

En boca cerrada no entran moscas. O sea, que no se use el derecho a la última palabra que suele ser mortífero para el propio acusado

Mejor prevenir que curar. Es el leit motiv de la prevención general. No te pongas en situaciones de peligro, y evitará más de un paseo por los juzgados. Podría ser el estandarte de la jurisdicción de menores

Evita la ocasión y evitarás el peligro. Muy relacionado con lo anterior, podría tener su aplicación práctica en consejos relacionados con las malas compañías o con el consumo de alcohol o estupefacientes.

Año de nieves, año de bienes. De vez en cuando hay rachas en que siempre te dan la razón. Lamentablemente, también ocurre lo contrario

A perro flaco, todo son pulgas. Este sería exactamente el caso opuesto. No te dan la razón ni por casualidad. También vale para casos de confluencia de la ley de Murphy, en que si tienes un caso complejo, te entrarán varios más al mismo tiempo. Sobre todo, si están cerca las vacaciones

              Con esto, bajo el telón por hoy. Pero solo por hoy, porque habrá más entregas. Démosle mientras el aplauso al refranero, que es muy sabio.

Grandes catástrofes: Nuestra parte


         Uno de los géneros que más éxito ha tenido siempre es el de las grandes catástrofes. Son muchos los ejemplos: naufragios como el de Titanic o La aventura del Poseidón; accidentes aéreos como la serie que empezó con Aeropuerto 78, o La sociedad de la nieve; incendios como el de El coloso en llamas, o El túnel; catástrofes naturales como Lo imposible; fenómenos imprevisibles como Cuando ruge la marabunta; atentados terroristas como Las torres gemelas u 11 M o epidemias como Contagio o Estallido. Y eso son solo algunas de ellas, entre las que se encuentran las de ficción, las basadas en hechos reales y hasta las que navegan entre dos aguas. Que ya dicen con razón que la realidad siempre supera la ficción.

            En nuestro teatro las grandes catástrofes siempre tienen su sitio. A veces, se consigue algo, otras, no se consigue nada y, en todos los casos, nunca se logra lo más deseado, que la catástrofe de que se trate ni hubiera pasado. Pero pasan. Vaya sí pasan. Y hoy, con el telón de fondo de España quemándose en incendios forestales por los cuatro costados, me ha parecido un buen momento para recordar algunas de ellas. Así que vamos allá.

            Vaya por delante que no pretendo ser exhaustiva ni muchísimo menos. Solo quiero poner algunos ejemplos que por una u otra razón me impactaron en su día y no se han borrado de mi memoria. Seguro que cada cual tiene los suyos, pero en algunos coincidimos, sin duda. Sin duda, y por desgracia.

            En primer lugar, y por tratarse de casos de candente actualidad, me referiré a los incendios. En este momento lo que más pronto se nos viene a la cabeza son los incendios forestales que, aunque en la mayor parte de los casos no producen un gran número de víctimas, sí que producen consecuencias tanto a corto como a largo plazo gravísimas. Un gran número de ellos son provocados y, aunque hay que distinguir cuando se hace por dolo directo o por imprudencia -con esa zona intermedia del dolo eventual- los procedimientos suelen ser complejos y de diferentes resultados. Máxime cuando hasta 2015 se juzgaban por el tribunal de jurado.

            Pero no todos los incendios son forestales. En Valencia es de triste recuerdo el del edificio de Campanar que tuvo lugar en marzo de 2024, en el que perdieron la vida 10 personas y pudieron ser muchas más. Aun recordamos con los pelos como escarpias las imágenes de esa finca ardiendo en llamas y de rescates propios de película. No obstante, los hechos dieron lugar a un procedimiento penal que, tras varis idas y venidas, ha terminado en archivo. Y es que, como he dicho muchas veces, el Derecho Penal no tiene todas las respuestas.

            Aun está por ver si las tiene para un reciente y doloroso caso, también en mi tierra, el de las riadas provocadas por la dana de 29 de octubre de 2024. Una instrucción larga y laboriosa que aún no ha concluido y que, en cualquier casos, aunque no devolverá la vida a las 228 víctimas, sí que puede ayudar a satisfacerlas si sienten que se ha hecho justicia. Pero aun queda. Aunque no podemos olvidar que no es el primer macroproceso causado por los efectos catastróficos del agua, ya que algo parecido vivimos en los 80 con el juicio por el desbordamiento de la presa de Tous

            Y sin marcharme de mi Valencia, me referiré a otro de los casos más dolorosos por los que hemos pasado. El del accidente del metro de 3 de julio de 2006, que fue objeto de diferentes avatares judiciales a través de su larguísima instrucción, con archivos y reaperturas y que acabó con sentencia de conformidad en enero de 2020 para varios directivos de Ferrocarriles de la Generalitat Valenciana. De este caso, me quedo con lo que dijo la representante de la asociación de víctimas, que reclamaban justicia, y no venganza.

            Ahora ya me saldré del marco de mi comunidad para recordar catástrofes que impactaron a todo el mundo. Una de las que me impresionó en su día, aunque yo aun no había ingresado en Toguilandia ni tenía idea de hacerlo, fue la ocurrida en el camping de Los Alfaques en 1978, en que 215 personas perdieron la vida por causa de una fuga en un camión de propileno por causa de un accidente de tráfico, calificado como el peor. No obstante, los caos de accidentes con múltiples víctimas siempre son especialmente dolorosos y trabajosos en la vía judicial. En ese sentido, recuerdo uno que se juzgaba en mis primeros días toguitaconados: el del accidente Torreblanca en 1992.

            Aunque para accidentes de recuerdo doloroso, el del Yak 42 en mayo de 2003 en el que, al dolor por la muerte de lo seres queridos, todos ellos militares de vuelta de misiones en el extranjero. hubo que sumar la capuza realizada en la identificación de cadáveres, un episodio siniestro que es imposible de olvidar. Tampoco podremos olvidar el horroroso accidente del avión de Spanair de 20 de agosto de 2008, en el que murieron 154 personas.

¿y quien no recuerda el terrible accidente del Alvia precisamente el dia grande de Galicia? 79 muertos en 2013 y una sentencia 10 años más tarde de solo 2 años para,el maquinista y un cargo de adif que supieron a muy poco.

            No obstante, pocos recuerdos más dolorosos que los que todo el mundo tenemos de los atentados del fatídico 11M de 2004, donde 192 personas eran asesinadas por terroristas fanáticos que, en su mayoría, acabaron inmolándose aunque se juzgó y se condenó a otros en un juicio que tuvo 57 sesiones que acabaron con sentencia de octubre de 2007. También recordamos el horror de los atentados de Las Ramblas y Cambrils de 2017.

            No obstante, en este país no podemos hablar de terrorismo sin recordar el horror sembrado por la banda terrorista ETA durante el largo período en que estuvo activa, y si de catástrofes se trata, y aunque hubo varios atentados con múltiples víctimas, el más recordado a estos efectos por todo lo que supuso fue el de Hipercor en Barcelona en 1987, con 21 personas asesinadas y 45 heridas. Los juicios, acabados en condena, se celebraron en 1989 y 2003 en la Audiencia Nacional, el órgano competente para conocer de los casos de terrorismo.

            Y con esto cerro este catastrófico telón, aunque espero que el resultado no sea catastrófico. Seguro que cada cual hubiera elegido otros supuesto, pero admito sugerencias. Y aplausos, por supuesto

Nostalgia toguitaconada: viaje al centro de la Justicia


              Una de las fórmulas que nunca fallan en el mundo del espectáculo es tirar de nostalgia. Los remakes, por un lado -ahora mismo recuerdo el de West Side Story, el de  Sabrina, el de La Sirenita y muchos más- y los programas hechos de fragmentos de los que en su día vimos, como Cachitos o Viaje al Centro de la tele, dan buena fe de ello. Sin olvidar, por supuesto, las secuelas, precuelas y demás, y las reposiciones. Que, por cierto, ya se echa de menos la de Verano azul de estas vacaciones, que aun no la he visto asomar

              En nuestro teatro parece que no somos demasiado de reposiciones, aunque, bien mirado, hay muchas reformas que acaban siendo más de lo mismo, como un deja vu . Pensemos, sin ir más lejos, en la última reforma procesal, que cambia los juzgados de toda la vida por tribunales de instancia. ¿Serán los mismos perros con distintos collares? Pues habrá que darse un poco de tiempo para saberlo. Tengamos preparadas las palomitas de maíz por si acaso.

              En cualquier caso, lo que pretendía con este estreno es echar la vita atrás y recuperar algunos momentos que tuvieron mucha importancia en su día y hoy han quedado difuminados cuando no directamente olvidados.

              Así, a bote pronto. -que no a voz de pronto, que he escuchado más de una vez-, me acuerdo de una cuestión que hizo correr ríos de tinta y que dio lugar a una reforma ex profeso del Código Penal. Se trata de los denominados “conductores suicidas” que, aunque existir, existen, no han devenido un fenómeno de tanta frecuencia como se quería hacer ver. Por fortuna, claro está.

              Otro de los hits que se repetía como el ajoaceite durante un verano -y que todavía colean de cuando en cuando- es el de los llamados okupas. El delito de usurpación de inmuebles, conocido como okupación, aunque muchos de los casos que no vendían no eran tales, dio lugar a horas y horas de televisión en las que parecía que una se iba a comprar el pan y se encontraba su vuelta con una familia con el perro el canario y la abuela instalados en su piso.  Curiosamente, en los intermedios de esos programas solían anunciarse a diestro y siniestro empresas de seguridad con sus consiguientes alarmas. Pero a lo mejor era casualidad y yo soy una mal pensada.

              Por otro lado, entre los episodios toguitaconados que más han dado que hablar, están todos los que se relacionan con los juicios mediáticos, por una u otra razón.

              En unos casos, se trata de juicios que llaman la atención por la fama o el cargo de sus protagonistas. Recuerdo que en su día, antes de mi llegada a Toguilandia, el juicio de Lola Flores con Haciendo hizo que se llenaran horas y horas de emisión en un momento en que no había ni Internet ni redes sociales. La folclórica había llegado a pedir una peseta a cada español para pagar la multa que se le avecinaba. Años más tarde fue otra folclórica, Isabel Pantoja, la protagonista de las noticias por su juicio, también por cuestiones de dinero, pero totalmente diferentes de las que llevaron a los tribunales a la Faraona. Como todo el mundo sabe a estas alturas, la Lola de España no dio con sus huesos en prisión, pero sí lo hizo la Pantoja.

              Más recientemente, el caso que ha hecho correr ríos de tinta, megabytes de información y horas de televisión ha sido el de Daniel Sancho, hijo y nieto de conocidos actores, que ya cumple condena por haber asesinado y descuartizado a un hombre con el que tenía una relación en Tailandia.

              Hay otras ocasiones en que la atención mediática se debe al morbo que el caso causa, no siempre bien entendido. Asuntos como el de José Bretón, que asesinó a sus dos hijos e hizo desparecer lo cuerpos, el de las niñas Anna y Olivia, también asesinadas por su padre que arrojó sus cuerpos al mar, el del niño Gabriel, asesinado por su madrastra, o el de Rocío Wanninkhof, la menor por cuyo asesinato fue condenada injustamente la mujer con la que tenía una relación su madre, condenada por un jurado cuya sentencia se anuló después al aparecer el verdadero culpable.

              No me olvido de otro asunto aun no resuelto que dio lugar a muchas horas de informativos y tertulias durante un verano y que ha vuelto a estar en la palestra ahora mismo, el de Juana Rivas. Esperemos que se haga finalmente Justicia en este asunto, difícil como pocos.

              Y hasta aquí el episodio de hoy de nuestro particular Viaje al centro de la Justicia. Si hay aplauso, y petición popular, no descarto que haya más entregas. Espero sugerencias.

 Incendios: fuego criminal


              El fuego tiene muchas caras. Es el principio y e final de muchas cosas, y ejerce una fascinación como pocas cosas en el mundo. Puede dar la vida y puede quitarla, algo que tiene su reflejo en el cine en películas como En busca del fuego o El coloso en llamas, aunque en general el fuego y sus efectos dan lugar a numerosos títulos como Arde Mississippi, Fuego en el cuerpo, Ojos de fuego, El fuego de la vida, Casa en llamas o Las cenizas de Ángela, entre otras muchas.

              En nuestro teatro, también el fuego tiene múltiples caras, aunque en principio se nos venga a la cabeza la peor de ellas, la del delito de incendio. Y es que pocas cosas hay más impresionantes que ver los efectos del fuego sobre las cosas o, lo que es peor, sobre un cuerpo humano.

              Pero, como decía, el fuego tiene múltiples caras, también en Derecho. De hecho, hubo momentos históricos donde ser quemado en la hoguera era una pena, recordemos si no lo que hacía la Inquisición con aquellas mujeres que consideraba brujas y, en general, con cualquiera que no les pareciera que seguía sus estrictas normas, por más razón que tuviera. Por desgracia, la historia está llena de personas que cavaron injustamente su día en la hoguera.

              Ya hace muchísimo tiempo que nuestro Derecho no se plantea este tipo de penas, por desgracia. No solo eso, sino que la pena de muerte está proscrita en nuestro ordenamiento a partir de la entrada en vigor de la constitución, aunque no totalmente. Aunque suele olvidarse, la Constitución exceptúa de la prohibición de la pena de muerte “lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempo de guerra”. Por fortuna, ni estamos en guerra -al, menos en sentido literal- ni hay disposiciones para esa situación, así que por esto de puntillas. En cualquier caso, nada de fuego en este caso, más allá de las armas que se siguen usando en tantos conflictos bélicos en el mundo.

              Lo que sí hace nuestro Código Penal es imponer penas duras por el delito de incendio, en sus diferentes modalidades, o dotar de especial gravedad a otros delitos por el uso del fuego.

              Empezando por el asesinato, ni en e Código Penal anterior ni en el actual el fuego era una circunstancia que específicamente convirtiera el homicidio en asesinato, aunque en el Código de 1944 el incendio con resultado de muerte se consideraba asesinato expresamente. En la actualidad, la conclusión no sería muy diferente, puesto que la muerte dolosa de una persona mediante el fuego es, por esencia, alevosa, además de que probablemente también implicaría ensañamiento, por su evidente crueldad al causar sufrimientos innecesarios a la víctima. Por supuesto, otro tanto cabrá decir de cualquier otro delito cometido por medio del fuego, ya que tanto la alevosía como el ensañamiento también son agravantes genéricas.

              Probablemente, el caso más terrible que se nos venga la cabeza sea el del asesinato de Ana Orantes, a quien su marido asesinó prendiendo fuego a su casa con ella dentro días más tarde de que ella tuviera la valentía de denunciar en televisión la violencia de género que sufría. A ella le costó la vida, pero su caso fue el pistoletazo de salida para que la sociedad y el Derecho se tomara en serio el problema de la violencia machista y nos dotara de una legislación adecuada. Nunca será suficientemente recordada y homenajeada su figura.

              Pero hay casos en que el fuego tiene sus propios tipos delictivos. El delito de incendio, en alguna de sus modalidades, es de los más gravemente penados en nuestros Derecho. Tal cosa ocurre en el caso del incendio de casa habitada, todavía más grave n el caso de que se supiera que había gente dentro. Por supuesto que sí además, como consecuencia del fuego, se producen una o más muertes, tendrán el castigo correspondiente además del del delito de incendio.

              Cuando de daños se trata, existe también la mención específica de que el fuego sea el medio para causarlos, aunque a la hora de la penalidad se nos remita a la de los daños genéricos. El Código Penal anterior era más expresivo en este punto cuando hablaba de “daños, incendios y estragos

              No obstante, cuando se habla de delito de incendios, todo el mundo piensa en el pirómano de las películas, un ejemplar de delincuente que existe, pero que no es tan frecuente ni tan evidente como en la ficción. Entre otras cosas, en los incendios provocados encontramos normalmente otros intereses espurios que van más allá del placer que pueda producir a un perturbado ver cómo se queman las cosas

              Y, en este punto, hay que referirse obligatoriamente a los casos que más preocupan por sus consecuencias y su frecuencia, especialmente en verano. Se trata, claro está, de los incendios forestales, a los cuales el Código anuda importantes sanciones, aunque no siempre sean fáciles de perseguir. Y es que, aunque la mayoría son provocados por la mano del hombre, no siempre es con la expresa intención de causar tales males, y además hay veces en quelas circunstancias superan lo que alguien podría prever. Son muchos los casos de imprudencia por cosas tan aparentemente simples como hacer una barbacoa, tirar una colilla o quemar unos rastrojos. En estos casos, deslindar entre la imprudencia y el dolo eventual no siempre es fácil. Y recordemos, además, que durante mucho tiempo ha sido uno de los delitos reservados al tribunal del jurado, aunque desde 2015 se eliminaron de la competencia de este tipo de tribunales. Tan importantes son que hay un fiscal especifico en algunas fiscalías para esta materia

              Para acabar, no nos equivoquemos. No es lo mismo hacer fuego que estar quemados, una situación a la que ya dedicamos un estreno al hablar del síndrome de born out. Por algo se llamará así.

              Aunque lo que se dice acabar no puedo hacerlo sin dar mi aplauso. Y es, desde luego, para todas las personas que se juegan la vida luchando contra el fuego. Y, por supuesto, para Ana Orantes. Cualquier excusa es buena para recordarla.

 Pesimismo: la botella medio vacía


              No siempre es fácil mantenerse de buen humor. De hecho, a veces ni siquiera podemos evitar que nos llegue Un día de furia, como a Michael Douglas. Y es que los sentimientos son un carrusel, y si no, que se lo digan a la niña en cuyo interior se desarrollan las dos entregas -por el momento- de Del revés. O a cualquiera de nosotras. O al pobre pollito Calimero que siempre andaba lamentándose

              En nuestro teatro hay ocasiones en que cuesta la vida no dejarse vencer por el desaliento. Y aunque somos capaces de ver las cosas con optimismo y ver la botella medio llena, esta tiene a vaciarse con más frecuencia de l que nos gustaría. Y de la que debería.

              Hay caso en que recibir las noticias con optimismo o pesimismo es una simple cuestión de actitud personal. Podemos esperar el resultado de un recurso con el convencimiento de que nos van a dar la razón, o exactamente lo contario. O podemos ser personas normales y asumir que, como dice la canción de Amaral -y el dicho popular´Unas veces se gana y otras se pierde. Aunque hasta para esto hay versión optimista y hay quien lo reformula con el «unas veces se gana y otras se aprende” que, según parece, dijo por vez primera John C Maxwell.

              Otro tanto, y con más nervios aún, ocurre cuando se espera el veredicto de un asunto del tribunal del jurado Como quiera que ahí entran otros factores que escapan por completo de aquello a lo que estamos acostumbradas, que es el conocimiento por un tribunal profesional por el que se llevan la mayoría de los casos, la incertidumbre es todavía mayor. Y, como siempre, las personas optimistas esperan el veredicto seguras de que va a triunfar su tesis, y las pesimistas exactamente lo contario. Y luego, pasa lo que tenga que pasar, que no queda otra.

              No obstante, hay que reconocer que a menudo nos lo ponen muy complicado para no caer en las fauces del pesimismo, cuando no directamente de la depresión. Y cada nueva reforma nos pone a prueba. Pensemos si no en la última, con sus MASC, sus audiencias previas, sus tribunales de instancia y todas sus zarandajas que, de momento hacen perder los nervios a más de una y de uno.

              En cualquier caso, no es la única reforma que nos sacó de nuestras casillas y acabamos sobreviviendo. Recordemos, si no, todo lo que hemos sufrido cada vez que una nueva reforma del Código Penal se cernía sobre nuestras togas. Comprar Códigos nuevos -quienes seguimos necesitando tocar papel-, estudiar y, sobre todo las revisiones Las malditas revisiones, que ya llevamos unas cuantas, tantas que si hiciéramos muescas en nuestras togas seríamos como el sheriff más eficiente del Salvaje Oeste.

              Y, aunque las reformas, como todo, se pueden acometer con diferentes actitudes, quienes ya llevamos uno cuantos años en Toguilandia tenemos la experiencia de que, al menos a principio, las cosas van de tal manera que es difícil tomárselas con optimismo. Quizás si alguna de esas reformas trajera consigo un despliegue de medios que diera gloria, nos pareceríamos más a Alegría, la muñequita verde Del revés y menos a Tristeza, la muñequita azul. Por no hablar de Ansiedad o Ira, que a veces también nos poseen.

              ¿Y qué vamos a decir de los famosos sistemas informáticos, que, en vez de ir a la cabeza de la tecnología, como debiera, nos traen de cabeza, como no debieran? Y ahí nos tienen todo el día Calimereando, con el “es una injusticia” y «que´desgraciadito soy» en la boca. Y es que, en realidad, Calimero era un precursor de lo que ocurre en justicia sin saberlo, porque repetía mucho eso de que las cosas le pasaban porque los demás eran grandes y él chiquito, que tanto se parece a la frase que es un mantra de Toguilandia: la justicia es la hermanita pobre de la administración. O la primita huérfana, visto lo visto.

              Así que no amargo más a nadie con el pesimismo de hoy. Aunque el aplauso se lo dejo para quienes siguen siendo capaces de mirar las cosas con optimismo. Que ya tiene mérito

 Curriculum vitae: el historial


          En nuestros días, se está hablando constantemente de curriculums e historiales, en una ataque de titulitis de los que hacen historia. No obstante, la cuestión ni es nueva ni es ajena al mundo del cine. De hecho, hay una película de 2007 que tiene por título Curriculum, pero hay hasta cinco -si no más- filmes titulados Curriculum vitae.

          En nuestro teatro no damos demasiada importancia al curriculum. O, al menos, no tanto como en otros ámbitos. Probablemente porque buena parte de quienes protagonizamos sus funciones accedemos a nuestros papeles por oposición, para la cual, según sea el puesto, se requiere una determinada titulación que, o se tiene o no se tiene, sin que nadie valore a la hora de entrar si estamos en posesión de una docena de títulos universitarios más, de doce masters o del cursillo de natación de nuestros barrios.

              No obstante, sí que es cierto que hay un resquicio de lo anterior donde el currículo puede tener importancia. Se trata del posible acceso a la carrera judicial a través del tercer turno -un tercio de las plazas para juristas de reconocido prestigio con más de 15 años de antigüedad- o de la nueva regulación en vías de trámite, que amplía esa posibilidad de entrada a un cuarto turno -o lo reabre, porque ya había existido- para entrada en la carrera judicial para juristas con solo cinco años de antigüedad y donde se valorarán los méritos. Y ahí es donde entra, o puede entrar, el baile de títulos. La cosa no es baladí, porque ha sido uno de los motivos de la reciente huelga de jueces y fiscales y veremos como acaba. Tiempo al tiempo.

              Pero salgamos del foco de Toguilandia y volvamos a nuestro papel. ¿qué valor tienen esos currículums y qué consecuencias tiene falsearlos o inflarlos? Vamos, que nos vamos.

              En primer término, es preciso distinguir entre aquellas profesiones que requieren una titulación concreta para ejercerla y aquellas que no lo requieren, y el efecto en ambos casos de la falsedad.

              Cuando hablamos de profesiones como la Medicina o la Abogacía, ejercerlas sin estar en posesión del título constituye un delio de intrusismo y, si ese título se ha falsificado, un delito de falsedad, además. Hay, además, requisitos especiales en algunos casos, como el de la colegiación en la abogacía, que habilita para el ejercicio y cuya carencia puede dar lugar, si se ejerce la profesión, a la responsabilidad correspondiente, aunque no sea en la vía penal. Es decir, que no es lo mismo ser abogada o abogado que estar en posesión de un título que acredita haber estudiado el grado o la licenciatura en Derecho.

              Sin embargo, hay otras profesiones como la política, donde oficialmente no se exige absolutamente ningún título, universitario o no. Además, para acceder al cargo por el método más legítimo, el de las elecciones, no se aporta ningún historial en las papeletas o en la campaña, por más que se pueda, si se quiere, hacer valer como merito ante el electorado. De este modo, aunque haya una titulación universitaria que, al menos teóricamente, es la más apropiada para ejercer un cargo político, se pude tener cualquiera, e incluso ninguna. Esto implica que ejercer estos cargos sin título no constituye, desde luego, el delito de intrusismo del que hablaba antes.

              Otra cosa es que, en la declaración que hacen sobre su historial para que conste en las respectivas informaciones del Congreso, el Senado, o el organismo de que se trate, hayan hecho constar una titulación de la que carezcan. Esta mentira, sin llegar a constituir un delito de falsedad, sí que supone una responsabilidad clara y debería dar lugar a l consecuencias correspondientes. Pero eso son ellos y sus partidos quienes lo decidirán, y, en último término, el electorado, quien confirmará lo acertado o no de estas y otras decisiones.

              También es diferente la situación en que un título sea necesario para acceder a determinado cargo o para ascender en él. En ese caso podría incluso haberse cometido un delito de usurpación de funciones, pero habrá que ver en cada caso el título omitido y la necesariedad del mismo. Eso sí, falsificarlo sería un delito.

              Más allá de todo esto, está la picaresca. El vender como máster un cursillo de unos días, engordar un congreso como si fuera un curso o hacer pasar por una Universidad extranjera lo que no lo es. Y es que tenemos una titulitis aguda que ya ha pasado a ser crónica. Una costumbre que, por suerte, en Touguilandia aun no ha penetrado, probablemente porque no sirve de nada

              Por todo ello el aplauso es hoy, simple y llanamente, para quienes dicen la verdad. Porque, aunque hay quine lo diga la verdad nunca está sobre valorada. Como las vacaciones.

 Gran Prix: gincana de la justicia


              Es llegar el verano y la televisión se llena de concursos y programas “refrescantes”, además de emitir por enésima ver Verano azul, Faltaría más. Atrás quedaron las Mamá Chicho, las Caco Maravillao y todos aquellos engendros en que un personaje pintoresco nos hablaba desde un jacuzzi, y también parecen haber perdido fuelle las galas musicales donde la canción del verano erala estrella. Pero el Gran Prix sigue, inasequible al desaliento.

              En nuestro teatro no tenemos tiempo para muchos juegos. Pero confieso que, cuando el otro día veía una de las entregas del Gran Prix, se me ocurrió pensar en qué pasaría si nos planteáramos algo así en Toguilandia. O, mejor aún, me imaginé qué pruebas siente que tiene que pasar cualquier persona que nunca se haya visto en estas para que se conozca de su caso, sea el que sea.

              Para empezar, y a salvo de que ninguna asociación me denuncie como le pasó a una presentadora que mostró una estampita con la vaca del Gran Prix, empezaremos con la mascota. Y en nuestro teatro llamaremos a la vaquilla Justicieta, la que se mueve mucho para para quieta. Haciendo con ello un guiño a esas cosas que pasan en nuestro mundo, que nos meten muchas reformas pero no consiguen que la Justicia deje de ser lenta y  con pocos medios.

              Por supuesto, en vez de pingüipatos, ardillas o perritos pilotos, en Toguilandia seremos toguitaconditos, que para eso me invento yo el juego . Faltaría más.

              Para empezar, el ciudadano o ciudadana que pretende que sele haga Justicia, con mayúsculas, tiene que saber a donde ir. Y nada mejor que una buena gincana con varias pruebas para conseguirlo. El premio es, sin duda, la interposición de la demanda o denuncia. Así que empecemos.

              Imaginemos que nuestro concursante quiere resolver un tema relativo a la guardia y custodia de su hija y no sabe cómo hacerlo ni tiene dinero para consultar a un abogado. Puede que, llevado de la creencia general, se vaya al Juzgado de guardia, porque mucha gente piensa que por ahí entra todo. Por supuesto, le sacarán una tarjeta roja y le mandarán a la casilla de salida. Si hay alguien que se apiade de su alma, le enviará a la caseta de información, donde puede empezar su gincana. Ahí podrá rellenar los papeles relativos a la justicia gratuita, y cruzarlos dedos para que se la concedan, momento en el que empieza la siguiente fase de la ginkana, consulta con la abogada o abogado, presentación de la demanda y juicio, incluida posibilidad de medidas cautelares. Sin saber nunca cuánto tiempo va a haber entre prueba y prueba, por supuesto. Y, después de todo esto, la sentencia puede parecer que es el premio pero ojo, que como vía de recurso se anule, hay que volver a empezar la ginkana. No iba a ser tan fácil.

              Si se trata de una acción penal, las cosas son parecidas, aunque ahí sí que vale la denuncia en el Juzgado de Guardia, aunque siempre le pueden decir que es mejor que vaya a comisaría y da un paso atrás, o a fiscalía, y un paso adelante. Como si fuera de oca a oca.. Pero, una vez pasada esa pantalla, lo que ocurre con la sentencia es igual que en el caso anterior, incluida la posibilidad de volver a repetirlo todo.

              ¿Y cómo se sienten mientras quienes intervienen como profesionales? Pues el otro día, viendo el concurso, lo descubrí. Muchas veces es como si tuviéramos que atraviesa esos troncos locos para conseguir llevar el salmón a la otra orilla. Los troncos serían, sin duda, el sistema informático, la dificultad de encontrar al cliente, la accesibilidad o no del personal del juzgado, la admisión de las pruebas, la declaración de los testigos. Y, como una de esas pruebas que tienen doble valor, la incertidumbre de lo que pueda decir el investigado, para el caso de procesos penales, si hace uso del derecho a la última palabra.

              También tenemos nuestra patata caliente. Que, en este caso, no son preguntas y respuestas, sino los sucesivos trámites procesales que hay que ir pasando, donde la pelota va de un tejado a otro hasta que a alguien le explota. Y es cuando la otra parte gana. Aunque en Toguilandia ninguna victoria es completa.

              Y acabemos con los bolos. Nuestro propio juego de bolos consistiría en los diferentes casos que se llevan. Se tira el bolo, y se logra una resolución favorable, o no se consigue y nos comemos los mocos. Y eso una y otra vez. Con premio gordo para el asunto especialmente difícil, que sería el bolo dorad. Ojalá tengamos buena puntería.

              Y hasta aquí esta pequeña distracción veraniega toguitaconada. Espero que os haya entretenido. Si es así, me dais el aplauso. Si no, los tomates, que ahora en verano están bien buenos

Accesibilidad: no siempre se puede


              La discapacidad, o las diferentes capacidades y la lucha por superar las dificultades, siempre han atraído al mundo del cine. Bien sean basados en historias reales, como El milagro de Anna Sullivan o no, como Coda, La familia Bellier, Hijos de un dios menor, Rainman, Forrest Gump, Sorda, Campeones o su secuela CampeoneX, Mi pie izquierdo, Despertares o El zoo de cristal, entre otras muchas. La cuestión es que un tema que interesa. Y eso es bueno, siempre y cuando se plantea el tema de la accesibilidad

              En nuestro teatro, hasta no hace mucho ni siquiera nos planteábamos la existencia de personas con discapacidad desde el lado de los intérpretes fijos, las y los profesionales, aunque la discapacidad como materia de Derecho es bien visible. No en vano en varios partidos judiciales existe un juzgado que se ocupa exclusivamente de las personas con discapacidad. Y, por supuesto, hay una Fiscal de Sala exclusivamente encargada de esta materia. Como debe ser

              Pero lo que hoy quería plantear era, precisamente, el tema de la accesibilidad. Si Toguilandia es tan accesible como debiera y si removemos todos los obstáculos para que no lo sea. Y la respuesta puede sorprendernos. O no.

              Recuerdo que, en mis tiempos de prácticas en la carrera fiscal, estuve con un fiscal muy conocido que tenía una importante discapacidad y que, entre otras cosas, se desplazaba en silla de ruedas. Me sorprendió que, cuando le preguntamos por qué eligió el destino en el que prestaba sus servicios -la Audiencia Nacional- nos dijo, sin pensarlo un momento, que lo hizo porque era entonces el órgano judicial dotado de rampas. Tal como suena.

 Afortunadamente, las cosas han cambiado y ahora es difícil concebir cualquier edificio oficial, incluidos los dedicados a la Administración de Justicia, sin rampas y entradas accesibles. No obstante, no siempre ha sido así. En uno de los partidos judiciales de primer destino, la consulta del médico forense estaba en un cuarto piso son ascensor, lo cual tenía su aquel si pensamos en que el médico forense revisaba a personas que habían sufrido lesiones de todo tipo, incluyendo a quienes tenían dificultades de movilidad, que subían penosamente las escaleras con muletas, o tenían que ser alzadas a brazos por un familiar. Y, echando la vista atrás, no recuerdo que las primeras sedes de fiscalías donde he estado tuvieran ningún elemento de accesibilidad.

No obstante, y aunque la accesibilidad de este tipo ha cambiado, no se puede decir lo mismo para otras clases de discapacidad

Si hablamos de la discapacidad sensorial, ya me he referido varias veces a mi compañero Héctor, todo un campeón para conseguir ser el primer fiscal ciego, ahora siempre acompañado de su perro guía Anís, otro pionero . Pues bien, aunque el esfuerzo de la fiscalía, de la ONCe y de las autoridades ha sido importante para que pueda trabajar en condiciones, cada vez que surge algo nuevo, hay que pensar en cómo adaptarlo y si es posible. Y no siempre es fácil.

No nos hemos encontrado hasta ahora con un caso paralelo de discapacidad auditiva, o no al menos de la que no puede suplirse con audífonos o cualquier artificio técnico. Ignoro si fuera posible traducir a lengua de signos del mismo modo que Héctor posee un programa que traduce los documentos directamente a Braille. Habría que planteárselo-

En cuanto a discapacidades de tipo psíquico, la cosa es mucho más difícil, porque en la práctica es prácticamente imposible que una persona con discapacidad psíquica apruebe una oposición. Aunque, tal vez con una adopción adecuada, sería posible. Y del mismo modo que las personas con discapacidad tienen derecho a tener a su disposición a un facilitador para que les ayude a comprender su participación en la administración de justicia, en algún momento podría arbitrarse algo equiparable para otros ámbitos. Al menos, como posibilidad.

Así que la próxima vez que vayamos a un juicio, a una declaración o a una guardia, pensemos en cómo nos manejaríamos si no pudiéramos desplazarnos sin ayuda, si no viéramos o no oyéramos o si nos costar entender las cosas por cualquier motivo. Porque ponerse en la piel de los demás es empezar a comprenderles, y comprender que la igualdad es un derecho, no una mera declaración de intenciones.

Por eso hoy el aplauso es para quienes tienen esa capacidad de ponerse en la piel del prójimo. Porque solo así avanzaremos hacia la verdadera igualdad

Deportación: ¿es posible?


              Todo el mundo sabe, o cree saber, lo que significa «deportar», y más en los tiempos que corren, con Trump y su pelo naranja campando por sus fueros. De hecho, la deportación, o más bien, el riesgo de ser deportado ha sido tema de varias películas y series, como Matrimonio de conveniencia, Los deportados, Muy lejos o La isla de Ellis.

              En nuestro teatro, y, a pesar de lo que la gente que no lo visita mucho piensa, no se habla de “deportación” porque no es un término propio de nuestro Derecho. Más bien se habla de otros términos, como veremos a continuación, que no siempre responden a esa idea preconcebida y alimentada, como tantas cosas, por nuestro acervo cultural y audiovisual derivado de las películas norteamericanas.

              Para la Real Academia de la Lengua, deportar es “desterrar a alguien a un lugar, por lo general extranjero, y confinarlo allí por razones políticas o como castigo”. Y esta es una definición que nos conduce a términos jurídicos del pasado, como son el confinamiento o el destierro. De hecho, las penas de confinamiento y destierro eran penas que existían con el Código anterior .el Código del franquismo de 1944, y sus textos refundido de 1963 y revisado de 1973. No tenían especial relación con el hecho de ser una persona extranjera y, de hecho, se podían aplicar y de hecho se aplicaban para alejar a una persona del lugar donde se encontraban sus raíces, y se empleaba como castigo. Como ejemplo, por curioso -por decirlo de algún modo-  que parezca, era la pena que se imponía al uxoricida en adulterio, esto es, al hombre que matara a su esposa porque le estaba siendo infiel. El confinamiento era la otra cara de la misma moneda, porque consistía en no dejar salir a una persona de determinado ámbito territorial. Hoy estas penas no existen y lo único que es lejanamente parecido es l posibilidad de imponer una medida de seguridad consistente e prohibición de entrar en determinado territorio.

              Pero, RAE aparte, lo que el mundo en general entiende como “deportación”, un término que cada día emplean más nuestros políticos, consiste en el acto de obligar a retornar a un extranjero al lugar de donde llegó o, lo que es lo mismo, devolverle al sitio de donde vino. Un término que recuerda a otro del que se habló mucho durante un tiempo, las devoluciones en caliente, respecto de las cuales ya se pronunciaron los organismos y tribunales internacionales en el sentido de que no deben hacerse.

              El término “deportación” no existe en nuestro Derecho. Aunque haya quien crea que sí, y quien incluso lo utilice como amenaza. No es infrecuente que una de las más comunes amenazas que se hacen a las víctimas de violencia de genero por parte de su maltratador, cuando se trata de una mujer extranjera, es advertirle que hará que la deporten. Ni que decir tiene que eso no seria posible, pero ellas no lo saben. Por eso es tan importante una buena información. Si esta existiera, esas mujeres sabrían que, aun en el caso de que su situación en España sea irregular, el hecho de haber sido víctima de violencia de género hace que no solo no puedan ser expulsadas -que o deportadas- sino que se les facilita ayuda para su regularización. Algo que, por cierto, no ocurre con las víctimas de delitos de odio, y que motiva que muchas de ellas no denuncien por miedo a que salga a la luz su situación administrativa irregular y sea peor el remedio que la enfermedad.

              Así pues, y como adelantaba, en Derecho español lo que existe es la expulsión del territorio, y esta es una medida solo aplicable a personas extranjeras, nunca a españoles y españolas. La expulsión puede ser penal o administrativa, y dentro de cada una hay diversos tipos. Pero vayamos por partes.

              La expulsión administrativa es la que tiene lugar cuando la situación es irregular, o, como se dice comúnmente, la persona no tiene papeles. Puede correr paralela a la existencia de un procedimiento penal por otro motivo, pero si el delito no es grave, una vez ejecutada la expulsión, el procedimiento se archiva. Siempre y cuando el expulsado no vuelva, claro está.

              No obstante, uno de los problemas más difíciles es la situación en que se encuentran las personas pendientes de expulsión mientras esta no se materializa, en esos Centros de internamientos de extranjeros que más de una queja han suscitado.

              Y, como decía, además de la expulsión administrativa está la expulsión como sustitutiva de la pena, cuando se trata de penas inferiores a seis años de prisión. Es una expulsión de hasta 10 años y, si el ínclito vuelve, le tocará apoquinar con la pena.

              Por último, también cabe, para penas muy graves, que se cumpla una parte en nuestro país y después se expulse. Lo que viene a ser un “de todo un poco”, vaya.

              En cualquier caso, hay excepciones. No se puede expulsar a quienes han solicitado asilo o lo han obtenido, y tampoco a quienes son nacionales de una país en guerra o si volver a su país supone un riesgo efectivo para su vida. Pensemos, por ejemplo, en el caso de un homosexual al que se le obligara a regresar a un país donde la homosexualidad estuviera penada.

              En definitiva, que eso de deportar a diestro y siniestro que pretenden algunos no es posible. No va a serlo si atendemos a la Constitución, por suerte.

              Así que ahora no queda nada más que el aplauso. Y va dedicado esta a vez a quienes luchan cada día por los derechos de las personas migrantes, que lo tienen realmente difícil. No podemos bajar la guardia, que nos jugamos Derechos Humanos. Nad más y nada menos

Y van once: toguitaconeando que es gerundio


             Once es un bonito número. Había una canción infantil que decía que que el 11 eran dos soldados como el 22 son dos patitos. Y es que, cuando en cualquier cosa se supera el décimo aniversario, la cosa ya tiene trazas de seriedad y permanencia. Y, además, el once es un número que ha dado lugar a varios títulos de películas: 11 rebels, 11 minutos, 9/11 u Ocean’s Eleven, por decir algunas.

            En nuestro teatro no íbamos a ser menos. Y con mi toga y mis tacones cumple once años como once soles. Once años de funciones con risas y lágrimas, con cuentos y chistes, con críticas y explicaciones y con humor, mucho humor. Eso que nunca falte, por mal dadas que nos vengan las cartas.

            La verdad es que echo la vista atrás y parece que fue ayer, pero más de una década nos separa de la primera publicación , en esa que comparaba Toguilandia co el mundo del espectáculo, y la llamaba el gran teatro de la justicia. Y, semana a semana, hemos ido conociendo a los personajes que forman parte de nuestro toguitaconado mundo, y hemos ido entrando, sin miedo, en cada una de esas leyes y modificaciones con las que los distintos miembros del poder legislativo nos han ido obsequiando. Y, por desgracia, sean del color que sean, siempre una cosa en común; la administración de justicia a la cola de todas las demás. El sambenito de hermanita pobre no nos lo quitamos ni a tiros.

            En este tiempo esta fiscalita ha crecido al mismo tiempo que el blog. Y he querido hacer partícipes a quienes me obsequian con su atención leyéndome cada semana de todas esas circunstancias que, pasito a pasito, han ido conformando mi vida personal y profesional.

            Así, mientras una función sucedía a otra, esta fiscalita se iba abriendo paso en una especialidad que a día de hoy me apasiona, la de los delitos de odio y contra la discriminación, que se vienen a unirse a mi dedicación a la violencia de género y la igualdad y al gusto que siempre he tenido por la materia de la comunicación en nuestro mundo, que no es cosa sencilla.

            También  he tenido el honor de recibir algunos premios, dos de ellos dedicados al propio blog que bien se lo merece, después de haber recibido varias nominaciones. El de mejor blog en categoría pernal, en 2020, y el de mejor post jurídico, en 2022.

            De otra parte, este escenario ha sido testigo de mi crecimiento como escritora, una faceta de la que el propio blog es parte. En este momento son doce los libros que he publicado en solitario, aunque como primicia diré que hay uno en el horno, un par a punto de salir de mi cabeza, y un proyecto más esperando encontrar tiempo y espacio para ver la luz. Casi nada. ¿Cómo me iba a imaginar yo algo así cuando en 2016 salía a la luz mi Mar de Lija la primera de mis criaturas.

            Tal vez espoleada por esa faceta de escritora, he ido incorporando a este escenario una parte literaria, caracterizada, de un lado, por la sección de microrrelatos, que prometo actualizar en breve, y, por otro, con los distintos cuentos que, de vez en cuando, se convierten en el post del marte i del viernes. Incluso me he atrevido con la poesía, y no una sola vez. La última de ellas, muy reciente, cometí la osadía de intentar unir Derecho, critica, actualidad y humor en verso, dedicando un poema a nuestra última pesadilla, el programa informático Just@. Sin olvidar, por supuesto, la sección del blog que se hace eco de todos mis libros, y que no deja de crecer.

            Y, mientras siga habiendo quienes me leen, seguirá habiendo entregas de mi toga y tacones. Y, aunque es verdad que los blogs han dejado de ser lo más moderno para convivir con muchos otros medios de expresión, sobre todo relacionados con la imagen, ahí seguiremos. En algunos, incluso, colabora cada vez que me dejan, y me divierto mucho haciéndolo. Pero no se trata de rivales, sino de compañeros de viaje, porque en el ciberespacio toguitaconado hay sitio para muchos. Y ahí seguiremos mientras la gente quiera y cuerpo aguante.

            Así que hoy, el aplauso para quienes llevan once años leyéndome. Y para quienes se han incorporado en otro punto del camino. Mil gracias. O mejor dicho, once mil.