Extranjería: el corazón en un puño


mafalda razas

                El teatro, y el arte en general, es un mundo vivo, abierto, tolerante, donde todos tienen sitio. Las tablas suelen dar cabida a artistas procedentes de cualquier punto del orbe, y la diferencia es muchas veces un valor añadido. Incluso la propia actividad artística es un buen salvoconducto para aquellos que necesitan salir de una situación adversa, como los bailarines de Noches de Sol o El último bailarín de Mao. Y hasta los choques raciales encuentran su punto entre la crítica social y el humor, en cintas tan deliciosas de ver como Adivina quién viene esta noche o la más reciente Dios mío, pero ¿qué te hemos hecho?. Pero la vida real no siempre es tan amable, como muchas veces nos recuerdan también muchas otras obras desde los escenarios.

                Desde nuestras tablas, vivimos esto con frecuencia. Es raro el día en que en los listados del Juzgado de Guardia no encontramos uno o varios nombres indudablemente extranjeros. Imputados, testigos, víctimas o denunciantes de diferentes delitos, y personas que son traídas por esas razones que llamamos de “extranjería”, que no son otra cosa que procedimientos administrativos por carecer de los ansiados papeles, o por no tener estos en regla. Cuestión nada despreciable, que da lugar a la correspondiente especialidad entre los Letrados y también a la existencia de una sección propia en la fiscalía.

                Por desgracia, el término “inmigrante” –o “migrante”- suele traernos a la cabeza imágenes de dolor, de sufrimiento, de pasarlas canutas para venir y muchas veces también para permanecer. Aunque el concepto abarca a todos aquéllos que no son de nuestro propio país, no parece incluirse en él a aquéllos que tienen una existencia más o menos regalada, como ocurre, por ejemplo, con estrellas del fútbol, por más que también sean extranjeros. No suelen ser éstos los que se asoman por nuestros escenarios.

                Muchas veces no nos hacemos cargo de lo que para estas personas supone la vida, una continua lucha, una cultura distinta, un idioma desconocido, y unas condiciones más que difíciles. Ni siquiera hace falta irse a supuestos de diferencia de lengua para encontrar un gran choque de culturas. Aún recuerdo a una mujer de un país de habla hispana que explicaba consternada que su marido la había violado a pesar de que ella le explicó varias veces que “aquí no pasaba como en su tierra, y eso no lo podía hacer”.

                Y eso no es todo. Falta de información, desarraigo, sufrimiento y ese eterno miedo que gravita como una espada de Damocles sobre muchas cabezas. Personas que se resisten a denunciar su situación por pavor a la propia mafia que las trajo hasta aquí, con la que arrastran una supuesta deuda que las encadena casi de por vida, u otras que temen que denunciar cualquier delito hará aflorar su situación y serán fulminantemente deportadas, como ven en muchas películas.

                Todavía recuerdo, con los pelos como escarpias, a una chica que consiguió escapar del club de alterne donde la obligaban a permanecer tras haberla traído a España, que se negaba obstinadamente a identificar a sus captores. Y a otra que contaba que el que prometió casarse con ella le obligaba a someterse todo tipo de prácticas sexuales porque le decía que con ese dinero la había comprado y podía hacer con ella lo que le viniera en gana. Tal como lo cuento.

                Y todos hemos oído cómo y en qué condiciones llegan muchas de estas personas. Hacinadas en contenedores, en los bajos de un camión, en embarcaciones inmundas. Y eso, claro, las que llegan, que ya sabemos por desgracia cuántas no llegan a conseguirlo.

                Una vez, un inmigrante, que ya había sido expulsado varias veces y había vuelto, nos decía que lo volvería a intentar. Asumía que su propia vida era su único patrimonio y que pensaba arriesgarla cuantas veces fuera. Tal cual.

                Y, ante todas estas cosas, debemos bebernos una buena ración de humanidad. Y no olvidar nunca lo difícil, dificilísimo que para muchos es llegar y sigue siendo permanecer. Y tratar de hacerlo más fácil, cada uno en la medida que pueda. Aunque, en honor a la verdad, las leyes y los medios no sean los que quisiéramos.

                Así que hoy el aplauso es para ellos. Para todos los que luchan por llegar, y para quienes les ayudan a permanecer. Eso sí, sin olvidar los minutos de silencio que hagan falta por quienes no lo lograron.

Conformidad: ¿En un Mercado Persa?


mercado persa (1)

Todos sabemos que ponerse de acuerdo es bueno. Que, en principio, es mejor pactar y llegar a una solución que enfrentarse y no llegar a ningún sitio. Aquí y en la China. Y bien que lo han vivido una vez tras otra en los escenarios, donde a veces, hay tanto ego por metro cuadrado que es casi imposible ceder a las exigencias de todos. Quién encabeza el cartel, cuándo es el estreno, los temas que se pueden tocar y los que no… No hace tanto que los guionistas y directores hacían verdaderos esfuerzos de prestidigitación para torear a la censura y conseguir sacar adelante el estreno como sea. Aunque la cosa quedara tan absurda que, como en la versión que en España se vio de Mogambo, el amante se convirtiera en casto hermano que, al fin ya la postre, acababa arrojando la sombra de un incesto mucho más inmoral que aquello que se trataba de evitar. Ay, aquel “contumaz regodeo de la concupiscencia” que repetía una y otra vez Agustín González en La Corte del Faraón

Y en nuestra función, cómo no, también tenemos nuestros acuerdos, nuestros pactos, nuestras transacciones. Tanto, que hasta el refranero nos ha concedido un lugar, al decir aquello que “más vale un mal acuerdo que un buen juicio”, o “pleitos pasen, más no por mi casa”. Y hasta cuentan que hay una maldición gitana que reza “juicios tengas, y los ganes”. Que, por cierto, nadie me ha echado nunca… Algo que da idea de lo importante que es en nuestras tablas llegar a una solución.

Más o menos abiertos, o encubiertos, los acuerdos existen en todas las ramas del Derecho. Más claros en el Derecho Civil, donde, al tener disponibilidad las partes, pueden accionar o retirar su acción cuando tengan a bien, con las excepciones que procedan. Incluso en aquellos casos, como ocurre en Familia, donde el interés público hace que las posibilidades de disposición de las partes sean más limitadas, existen procedimientos al efecto, como el tan usado divorcio de mutuo acuerdo.

Y también ocurre en otras jurisdicciones, como la Social, donde los pactos a la puerta de la sala de vistas son el pan nuestro de cada día. Y es que el refranero tiene mucha razón.

Pero donde muchas veces se discute más esta posibilidad de acuerdos es en la jurisdicción penal. La naturaleza pública de los derechos que se ventilan hace que el tema vaya mucho más allá del mero interés de las partes, y aquí los Fiscales alcanzamos un protagonismo indiscutible. Somos las estrellas de esas funciones, aunque nuestro co-protagonista, el Letrado contrario, tiene también un importantísimo papel. Y esperemos que no resultemos estrelladas. Y para eso, es fundamental que no perdamos de vista que, aunque aparezcamos con tintes de estrella, el verdadero protagonista es el acusado, y él tiene la última palabra. Y que también son importantes el resto de actores, aunque a veces lo olvidemos.

He de reconocer que el espíritu de este estreno no me vino por ciencia infusa. La experiencia de un buen amigo Notario como testigo de un juicio espoleó mis ganas. Y pensé que había cosas que explicar.

El estaba indignado, y con razón, porque, tras estar citado como testigo -aunque era además perjudicado-, acudió al juicio, esperó lo que tocaba en la puerta y, en un momento dado, le dijeron que podía irse, que el juicio había acabado sin que fuera necesario su testimonio, y sin que nadie le explicara qué había pasado. La cosa era sencilla de explicar, por lo habitual. Una conformidad entre acusación y defensa, y asunto concluido. El acusado reconoce los hechos y acepta la pena que, convenientemente rebajada, se le propone.

Así las cosas, puede parecer mal. Pero, bien explicada, resulta que tiene más ventajas que inconvenientes. El Fiscal ofrece una pena rebajada si el acusado reconoce los hechos, y ahorramos tiempo y dinero del contribuyente. Pero en el bien entendido caso que esa rebaja nunca puede salirse de los límites legales, que esto no es, aunque pueda parecerlo, el Mercado Persa que da título al estreno. Y tampoco es una película americana, de ésas en las que el fiscal del distrito ofrece cambiar la acusación de asesinato a homicidio involuntario o como quiera que ellos lo llamen.

Pero hay unos mínimos a los que debemos atender. Entre ellos, explicar a los testigos, y más si son perjudicados, qué es lo que ha pasado, por qué no han entrado, qué perspectiva tienen de cobrar en su caso y, por descontado, darles las gracias por haber comparecido. Cuestión de pura educación. Es cierto que a veces es muy difícil dedicar parte del tiempo que no tenemos -sobre todo si hay otros diez juicios esperando- a explicar todo esto. Pero ese tiempo sale a cuenta. Para conseguir, por ejemplo, que mi amigo el Notario lo comprenda y no se vaya echando pestes de todos nosotros.

Y también para alejar una idea que algunos parecen insinuar de vez en cuando. Que somos una panda de vagos y que conformamos con lo que sea con tal de ahorrarnos la faena. Y eso sí es mentira. Si se tiene en cuenta que nosotros, los fiscales, vamos con el juicio preparado -salvo que tengamos una bola de cristal-, poco ahorramos con no celebrar el juicio. Y otro tanto cabe decir del abogado. Porque el trabajo ya lo habíamos hecho antes.

Así que hoy sí que hay aplauso. Para todos los que no solo hacen bien su trabajo sino que son capaces de mostrar el cómo y el por qué. Para que nadie vuelva a pensar en nuestras conformidades como un Mercado Persa donde todo vale con tal de irse a casa un rato antes.

Sueños: togas off


SUEÑOS

                Dicen las estadísticas que las personas pasamos al menos una cuarta parte de nuestra vida durmiendo. Y así debiera ser, aunque a veces los avatares de nuestras funciones le roben a Morfeo más horas de las que debieran. Cualquier artista ha pasado horas de sus sueños elaborando discursos imaginarios para ese día que le entreguen el ansiado Oscar, o el Goya, aunque también ha vivido repentinas interrupciones de su descanso por ese guión que no recuerda o ese ensayo que nunca acaba de salir. Gajes del oficio. Los sueños son libres, y libres escapan a nuestro control, elaborando su propio mundo. A veces, Los Mundos de Yupi. Otras, al más puro estilo Pesadilla en Elm Street, y otras más, plácidas existencias paralelas como Mientras dormías.

                También ocurre, cómo no, en nuestro escenario, y quizás desde mucho antes de saber cuál es nuestro papel en la función. Porque, si hay algo que permanece para siempre, son esos sueños recurrentes que un día empezaron a aparecer en nuestras noches y nos siguen persiguiendo. Y todavía más, si cabe, a los que fuimos un día opositores. Una de las herencias que recibimos de esa época es precisamente ésa, la de esas manías que se incrustan y nos visitan cuando estamos más desprevenidos estamos.

                Son muchos, muchísimos, los que me han contado en diferentes versiones un sueño en el que no han acabado la carrera o no han aprobado la oposición por falta de una asignatura, sea el Derecho Romano, el Administrativo o la Filosofía del Derecho. Un compañero me contaba no hace mucho que, tras más de veinte años de fiscal, todavía se despierta de cuando en cuando pensando que no le vale el examen de oposición y que, curiosamente, lo único que le importaba era que tenía que volver a estudiarse la Ley de Procedimiento Laboral, vaya usted a saber por qué. Otra, me contaba que ayer mismo soñaba que tenía que volver a Barcelona, donde hizo su examen definitivo hace ya más de dos décadas. Y también son legión los que corren para llegar al examen y no llegan, o los que noche tras noche se caen a un precipicio que hay entre donde se encuentran y la sala donde hay que hacer las pruebas.

                También hay versiones variadas del día de la Marmota de Atrapado en el tiempo, en una suerte de remake jurídico que haría las delicias de algún guionista de Hollywood. Colegas que viven en sus sueños una y otra vez el día del examen, otros que ni siquiera llegan y ven repetirse en sus noches el momento angustioso en que no hay ningún taxi para llegar, o aquél en el que pierden el tren o el avión que les debería llevar.

                Hay gente que sueña que se le paralizan las manos y no puede coger las bolas del examen, o que pierde la voz y no puede cantar los temas, o que por alguna extraña razón no puede avanzar hasta la silla correspondiente. Temores que eludimos por el día y que nos visitan sin ninguna piedad por las noches. E incluso conocí un opositor que, en una de las escasas veces que salió y se excedió con las copas, cantaba a voz en grito el artículo 34 de la Ley Hipotecaria, ahí es nada.

                Pero ahí no se para la cosa. Otra compañera, enfrascada en un largo e importante juicio, me contaba hace poco que sueña noche tras noche que se encuentra en el mismo momento de cuestiones previas, y se despierta antes de que las hayan resuelto. Y eso una y otra vez.

                Yo también tengo mi experiencia, claro. Desde mis tiempos de opositora, el ordenamiento jurídico me persigue por las noches, y llega a alcanzarme, y a comenzar a aplastarme mientras yo lo evito angustiada contorsioniándome de un modo que para sí lo quisiera la mismísima Almudena Cid. Por suerte, siempre me despierto, entre sudores, cuando no ha logrado todavía su objetivo. Eso sí, puedo afirmar que tengo la suerte de ser una de las pocas personas que ha visto cómo es ese ordenamiento jurídico del que habla todo el mundo. Un auténtico privilegio.

                Y es que en ese tiempo en que abandonamos la toga y los tacones, nuestro inconsciente se apodera de nosotros. Así que aprovechémoslo para recibir ese aplauso que todos esperamos. Y que, por fin, se repita durante el día. Y que se prolongue y se vuelva ovación. Cuando ya hayamos subido a los tacones y nos pongamos la toga. Como debe ser.

Juicios de faltas: adiós, pequeños, adiós


adiós faltas

                Despedida. Un tema recurrente en el teatro. Adiós a la vida, Adiós a la armas, Adiós muchachos, o Adiós, pequeña, adiós, que he parafraseado para dar título a este estreno. Hay despedidas inesperadas, y otras que son Crónica de una muerte anunciada. Como la de aquí se trata, nuestros juicios de faltas. Aunque es una despedida que no parece tanto, según veremos.

Los juicios de faltas, ya lo he dicho otras veces, constituyen, al menos en parte, ese entremés tragicómico del teatro, esa pieza corta que tiene su punto de comedia. Aunque no siempre, claro.

A través del procedimiento de juicio de faltas todos hemos visto terribles dramas, como accidentes laborales, o de tráfico, que nada tienen de amable o de cómico, y que juzgan hechos que parten en dos la vida de las personas. Un pequeño juicio para un enorme hecho, en esos casos.

Pero, al margen de ellos, no podemos dejar de reconocer que los juicios de faltas nos han aportado las más suculentas anécdotas debajo de la toga. Y arriba de los tacones, en mi caso, claro está. Esas vecinas indignadas porque les echan la lejía tendedero abajo, porque la otra les dice que no se lavan la faja o que los pimientos siempre se le queman llenando de olor la escalera son todo un clásico.

O los partidos de fútbol, como un juicio en que tuve que presenciar como medio pueblo contendía con el otro y acaban emprendiéndola contra el pobre árbitro. En una de ésas, uno de los más de diez denunciados y denunciantes me dijo muy ufano que si yo hubiera presenciado ese penalti, seguro que también le hubiera atizado al colegiado, ante los asentimientos de los de uno y otro bando y la consternación de juez, fiscal y secretario.

¿Y quién no lleva, entre las muescas de su toga, tropemil juicios de faltas por otros tantos hurtos en establecimientos de la más diversa índole? Tenemos, incluso, un ranking de los visitantes más asiduos del juzgado por esta causa, y a alguna podríamos hacerle un recibimiento al más puro estilo años 70, como el que se hacía al turista que hacía un millón. Entre ellos, uno de mis favoritos, un chico que, acusado de llevarse un video juego, me dijo tan campante que la culpa era del comercio por dejarlo tan brillante, tan bonito y tan a la vista. Y tan fresco, claro.

Aunque nada comparable a otro, denunciado por la que un día fue su pareja por llamarle “mentirosa” a grandes gritos en un local público, muy concurrido. El hombre nos contó, hirviendo de indignación, que claro que se lo llamó, porque no le quedaba otra, ya que ella le había dicho que, al lado de su actual novio, él tenía entre las piernas una velita de cumpleaños. Y eso sí que no. Lo peor fue que trataron de dedicar el juicio a demostrar si efectivamente su atributo masculino era velita o cirio pascual, y perdóneseme la frivolidad. Y para los curiosos, la respuesta es no, nunca lo supimos. Por suerte, su letrado no se empeñó en alegar la exceptio veritatis..

Pero, anécdotas aparte, parece que hay que decirles adiós, si nada lo remedia, BOE mediante. Aunque, bien mirado, es una adiós en voz bajita, un adiós de andar por casa, porque a nuestros juicios de faltas les suceden sus nuevos primos, los delitos leves. Y, puesto que son los mismos hechos, juzgados por los mismos jueces, en un procedimiento parecido, y que, como sus antecesores, no generan antecedentes penales, no parece que la cosa cambie mucho, la verdad. Como dice el refrán, los mismo perros, con distintos collares. ¿O no? Aunque casi mejor me quedo con la terminología recién acuñada por un compañero –gracias, José María, por el copyright-, y puesto que son leves, y son delito, los llamaremos levitos. Igual así nos resultan hasta simpáticos.

No obstante, y por si acaso, nuestro más fuerte aplauso a todos esos juicios de faltas que tantas horas nos ocuparon y tantas anécdotas han hecho nacer. Antes de que los echemos de menos, que no sé, no sé, visto lo visto…

Y como ya se sabe, a rey muerto, rey puesto. Así que… ¡Hasta siempre faltas! ¡Hola levitos!.

Vacatio legis: leyes en stand by


tortuga

                Ya sé que eso de vacatio suena a vacaciones, así que sería muy fácil dar comienzo a este estreno hablando de que los protagonistas de cualquier función siempre necesitan un descanso. Pero no se trata de eso, o al menos no exactamente. Descanso necesita quien ha trabajado, y no es éste el caso. Porque lo que en Derecho conocemos como vacatio legis es el tiempo que media entre que una ley está publicada y ése otro en que empieza a aplicarse. Algo así como ese interludio entre que el guión está escrito, y el día del estreno. Pero con una diferencia: mientras que en el teatro pasarían ese tiempo de ensayo en ensayo, hasta ese ensayo general en que todo sale mal para que el día D salga perfecto, en nuestra función –salvo excepciones- no hay ensayo alguno. Y claro, muchas veces, así nos luce el pelo. O la toga, con puñetas o sin ellas.

                Cuando las normas empiezan a aplicarse, ya han pasado por un largo camino. Su estudio, la elaboración del texto, los informes preceptivos en cada caso –ésos que a veces se saltan para allanar el camino, por cierto- y el trámite parlamentario de rigor. Y, una vez dispuestas, su publicación en el BOE, con el plazo pertinente para que entren en vigor. Pero no todas las leyes son iguales, como no es igual un entremés teatral que una obra de varias horas de duración, huelga decirlo. Y cada guiso necesita su tiempo de cocción, aunque algunas veces quienes mandan parecen olvidarlo.

                La regla general es clara: las leyes entran en vigor a los veinte días de su publicación en el BOE, salvo que se disponga en ellas otra cosa. Pero como para toda regla hay excepción, dependerá de la enjundia de la misma, de su urgencia, o de la necesidad de adoptar medidas para su aplicación que se le conceda más o menos tiempo para permanecer en stand by. Y ahí fallan bastantes previsiones, no me atrevo a decir si por falta de estudio o por otras razones. Porque si es lo primero, como me dijo uno de los Magistrados con los que trabajé en mi primer destino, la solución es clara: in dubio…, pro estudio. Y si es lo segundo…Paso palabra, que no quiero líos.

                Lo bien cierto es que están las leyes standard, por decirlo de algún modo, ésas que entran en vigor a los 20 días, y que son la mayoría. Las leyes express, que son las que por su urgencia requieren de una aplicación más o menos inmediata. Y las leyes tortuga, las que prevén unos cambios tan grandes que necesitan de un tiempo mucho más prolongado para estar preparados cuando lleguen. Calcular si se trata de una tortuguita de agua, lentita pero ágil, o de un centenario galápago, es algo en el que el legislador a veces no parece muy ducho. Lo que me trae a la cabeza otra frase lapidaria de aquel mismo magistrado, que nos decía que cuando empezaba en esto, pensaba que el legislador era alguien por encima del pueblo, con el tiempo pasó a pensar que era uno más del pueblo, y que después había llegado a pensar que no era más que el tonto de ese pueblo. Dicho sea esto con todo el respeto a la institución del poder legislativo, elegida por todos nosotros a través de las urnas.

                Y así, por ejemplo, tenemos la Ley de Registro Civil, cuya entrada en vigor, que fiábamos larguísima, está a punto de llegar y nos ha pillado con los deberes por hacer, cruzando los dedos para que un milagro le impida entrar en escena como conté en el estreno a él dedicado (Registro Civil). Y ahora tenemos también la del Código Penal, una macroreforma que, aparte de ser más que criticable en muchos de sus aspectos más conocidos, contiene infinidad de disposiciones que harán que nos tengamos que poner las pilas, unas pilas que hacen que me den risa me dan las del conejito de Duracell. Y me sorprende –o no- que este tipo de reformas, que al menos cuentan con seis meses para su entrada en vigor, ha reducido el tiempo de vacatio exactamente a la mitad. O sea, un galápago tratado a modo de tortuguita de agua. Eso sí, estoy segura que con el presupuesto adicional para ello podremos sacar adelante la cosa a base de muchas mejoras en medios materiales y previsión de sustitutos. Porque, como todo el mundo sabe, 0 euros dan para mucho.

                Así que hoy no hay aplauso. Lo dejo en stand by o, mejor, en vacatio. Y ojo avizor no vaya a ser que al tratar de que un enorme galápago se comporte como una tortuguita de agua, lo convirtamos en una piraña. O en un tiburón.

Examen: pistoletazo de salida


FB_IMG_1425896652072

                Vivimos tiempos duros, y para cualquier cosa que hagamos tenemos que estar bien preparados. Los artistas no son una excepción, y atrás quedaron los tiempos en que cualquiera con talento y vocación se metía en el mundo de la farándula. Ahora, además de talento y vocación, es necesaria la formación. Y mostrarla y demostrarla en cada audición, en cada casting, en cada selección, quemando una fase tras otra hasta que solo quedan los mejores, los elegidos, los llamados para la gloria. Como esas sucesivas pruebas de A chorus line, o las sucesivas eliminaciones del maratón de baile de Danzad, danzad, malditos

                En nuestro teatro sucede exactamente igual. Desde el día que entramos en la Facultad, vamos superando etapas hasta llegar a la meta que cada uno se haya fijado. Vamos dejando gente en el camino y debemos seguir adelante sin mirar hacia atrás, es lo que tiene. Cualquiera de los personajes más o menos fijos de nuestra función lo ha experimentado en carne propia, y llegar a la meta es una sensación fabulosa, por más que sea una meta en cierto punto engañosa, porque no es el final de la maratón, sino el punto de partida de una nueva en la que hay que seguir corriendo, aunque sea a otro ritmo.

                Pero hoy quiero acordarme de un modo especial de una de las etapas más duras de esta carrera: el examen de oposición. Ese momento en que te juegas en un solo instante el fruto de años de esfuerzo, ese punto en que tu vida se divide en un antes y un después, esa línea que marca la diferencia entre los parias de la tierra y los elegidos. Casi nada. Algo que afecta no sólo al que se examina sino a todo ese mundo que gira a su alrededor: familia, pareja, preparador, amigos, compañeros. Todos esos proyectos que quedaron en suspenso hasta que llegue el momento. Cuando apruebe… esa frase que se repite varias veces al día.

                Porque un opositor es un superhéroe. Y conste que esa idea no es mía, sino de Marta, que me la cedió amablemente junto con la imagen que ilustra este post, y a la que estoy segura que pronto contaré entre mis compañeras. Que alguien me diga si no cómo llamaría a quien pasa todas las horas del día encerrado en su casa o en una biblioteca, con bata, chándal y zapatillas, con Códigos y apuntes por toda compañía, ajeno a que llueva o haga sol, ignorando si es laborable o festivo, y viendo cómo el resto del mundo, el que no oposita, sale a la calle, se divierte, hace planes o improvisa. Que vive, en una palabra.

                Tal vez alguno esté pensando que exagero. Pero seguramente nadie que lo haya vivido piense eso. Y recuerda cuando el tiempo se mide en días de cante, cuando ya no se usa el reloj sino el cronómetro, cuando se relacionan los números de los autobuses con el de los temas, cuando se tiene taquicardia cada vez que se avecina una reforma, cuando el BOE se convierte en una amenaza, cuando entra ansiedad porque se acabaron los pósits o el rotulador fosforescente que es imprescindible, cuando se vive un constipado como un drama porque el dolor de cabeza no deja estudiar, cuando un tema mal cantado es una tragedia de proporciones cósmicas, cuando los horarios de las comidas se viven en función del momento en que se acaba un tema, cuando las dudas perturban el sueño.  Verdaderos superhéroes y superheroínas. Más aún teniendo en cuenta que ese momento en que la vida cambie puede que no llegue nunca. El aprobado se convierte en un sueño inalcanzable, en el objetivo, en la medida de todas las cosas. Algo inalcanzable pero que hay que alcanzar a toda costa. Ya quisiera yo ver en ese trance a Superman, a Batman o a Catgirl. O a los tres juntos.

                Conozco muchos de esos superhéroes anónimos. Y a todos les deseo suerte. Pero, como si esto fuera un programa de radio, quiero dedicarles esta canción a algunos en especial, ahora que se aproxima su gran día. A mis chicos, que se han convertido en parte de mi vida. A Marta, dueña del copyright, y a Teresa –me tendré que acostumbrarle a apearle el diminutivo, que una Teresita togada no queda seria-. En definitiva, a todos ésos que sabéis quién es Pacicos, y lo enamorada que estaba su Matilde de él.

                El aplauso por eso se convierte hoy en ovación cerrada para todos esos superhéroes y superheroínas que se dejan las cejas, las horas y parte de la vida en la apuesta por un futuro incierto. Ya sabéis que os espero al otro lado. Os necesitamos mucho.

Penas: ¿represión o rehabilitación?


penas

                En el teatro, el premio y el castigo son cosa sencilla. El aplauso del público, o la ausencia de él, son la medida de todas las cosas, al margen de que, para endulzar más el pastel, se puedan obtener reconocimientos extra como premios u homenajes. Pero el público manda, y si a éste no le gusta la función, y no va a verla, ya pueden caer Palmas de Oro, Conchas de Oro, César, Goyas u Oscars, que la cosa no va bien. Y viceversa. Por más que se tilde de mala a una película, si es record de taquilla, pues como aquél, “ándeme yo caliente y ríase la gente”.

                Pero nuestro teatro no funciona así. O, al menos, no totalmente. Claro está que el reconocimiento del ciudadano, a quien servimos, debe ser lo más gratificante, aunque en realidad debiera serlo el deber cumplido, con reconocimiento o sin él. Pero, como ya vimos en otra entrada, tenemos hasta nuestros propios premios (medallas oscar en justicia https://conmitogaymistacones.com/2014/12/16/medallas-oscar-en-justicia/), aunque a la vista de algunos que se han dado últimamente, andan un poco de capa caída –sin desmerecer a quienes los ostentan dignamente, claro está-

                Pero aparte de los premios de esos intérpretes fijos que somos los profesionales, tenemos algo más. Esa consecuencia final que se aplica a uno de nuestros protagonistas, ése que forma parte esencial de la función a su pesar, el imputado –que en nada cambiará su nombre si nadie lo remedia- (imputado, protagonista a su pesar https://conmitogaymistacones.com/2014/07/22/imputado-protagonista-a-su-pesar/) La absolución o la condena y, si es ésta, la pena que en cada caso se le impone. Lo hemos visto mil veces en el cine, en películas como Cadena Perpetua, Pena de Muerte, Sin remisión o Celda 212. Y los vemos un día tras otros en los informativos.

                Ni que decir tiene que nuestra Constitución es clara al respecto. Las penas deben tender a la rehabilitación y reinserción social. Por más que algunos las confundan con venganza social y quieran un castigo a toda costa que ni resarce a la víctima ni rehabilita al culpable. Comprensible, por supuesto. Se entiende perfectamente que quien ha perdido a un ser querido por la acción de otra persona quiera los peores males para él, y que lo que diga la Constitución le importe un pimiento. Pero para eso estamos quienes aplicamos las leyes y, sobre todo, quienes las hacen, el poder legislativo, ése que hemos elegido entre todos desde que metimos nuestra papeleta en una urna. Y a esos últimos parece olvidárseles a veces cuál es su responsabilidad, que es ni más ni menos que hacer leyes justas, gusten o no gusten, y n contentar a algunos de cara a lo que puedan hacer el día de mañana cando hayan de volver a meter el papelito en una urna.

                Pero las penas no son sólo las más conocidas. Cualquiera ha oído hablar de la pena de muerte, desparecida en nuestro ordenamiento, aunque no del todo –queda la excepción de lo que dispongan las leyes en tiempo de guerra-, de la prisión –en otros momentos llamada presidio o reclusión, según el caso- y, últimamente, y por desgracia, de la cadena perpetua, dispuestas a hacer su entrada en nuestras vidas bajo el eufemismo de prisión permanente revisable. Pero hay muchas otras, y más que ha habido.

                Según nuestro Código Penal, las penas se dividen entre privativas de libertad y privativas de derechos. Algo que, por cierto, siempre me ha hecho gracia, como si la libertad no fuera un derecho y la prisión no fuera la pena privativa de derechos por antonomasia. Por otro lado, entre las penas privativas de derechos, se incluyen algunas como el famoso alejamiento y la prohibición de comunicación, que es obvio que afectan al derecho a la libertad, pero no se incluyen entre las penas privativas de libertad. Paradojas de la nomenclatura legal, que, de vez en cuando, necesitaría que le dieran una vuelta de sensatez.

                Pero exquisiteces lingüísticas aparte, lo cierto es que, en mis años de profesión, me he visto en el trance de pedir penas de los más variados nombres, aunque al final, como reza el dicho, de lunes a martes poco te apartes. Teníamos el arresto domiciliario de antaño, que producía consecuencias tan marcianas como obligar a quien ha sido denunciado por su mujer a no salir de la casa donde vive con ella, con consecuencias fácilmente imaginables, y que ha sido sucedido por la localización permanente, de tintes más razonables. Tuvimos durante una época el arresto de fin de semana, que se fue como vino, sin pena ni gloria. Y llegaron entonces los trabajos en beneficio de la comunidad, extraños en nuestro derecho pero que evocan imágenes de esos famosos americanos que tras ser pillados robando un anillo, o montando un buen escándalo, pasean su glamur limpiando calles. Y tenemos, también, la pena de multa, que un buen día se remozó para contarla en días, aplicando una cuota que pretendía ser adecuada a la capacidad económica del culpable pero que nos vemos obligados a calcular a ojímetro puro, que no resulta proporcionado el esfuerzo –en tiempo y dinero de los de todos- de hacer una averiguación patrimonial en toda regla para calcular la cuantía de la multa por acordarse del árbol genealógico del vecino. Y que, por cierto, a veces, ha dado lugar a pintorescas interpretaciones por algún medio de comunicación que explicaba, cargado de razón, que Fulanita había sido condenada a ir todos los días a llevar 10 euros al Juzgado. Y juro que no invento.

                Pero el sistema penológico es lo que tiene. En que, una vez superadas penas de otras épocas, la prisión es la estrella. Una prisión que, no lo olvidemos, debe, además de ser un castigo, encaminarse a la rehabilitación, por más que alguna última reforma lo haga cuanto menos difícil.

                Y es que una de las cosas que se quedan marcadas a quien lo ha vivido es el sonido de esa puerta de la cárcel al cerrarse a nuestras espaldas, aunque sólo se vaya de visita.

                Por todo eso, el aplauso de hoy es para todos aquellos que en su trabajo diaria pugnan por pedir y aplicar penas justas. Aunque a veces se lo pongan difícil.

Registro Civil: futuro imperfecto


RegistroCivil001

Todos tenemos una identidad. En el mundo del espectáculo muchas veces ésa no corresponde con la real, y es bien frecuente que se sustituya un prosaico María García por un mucho más glamuroso Bárbara Rey. Y es lógico. Imaginemos quién hubiera triunfado llamándose Edda Katlheen Van Heemstra Hepburn-Ruston, si nadie hubiera sido capaz de recordar su nombre, de no haberse cambiado para el mundo por el de Audrey Hepburn, del todo inolvidable. Pero la identidad verdadera, ésa con la operamos en nuestra vida diaria, con la que tenemos una nacionalidad, unos derechos y unas prerrogativas tiene que ser anotada, comprobada y comprobable. O dejaría de ser identidad.

Y es para eso para lo que sirve, desde tiempo inmemorial, el Registro Civil. Un archivo inmenso donde constan todos nuestros datos relativos al estado civil. Y que conste que estado civil no es eso que antes constaba en el DNI como casada o casado, o soltera o soltero, y que hacía, por cierto, que se llamara “señoritas” a las mujeres que no habían contraído nupcias, a pesar de que los hombres eran señores siempre. Cosas de un pasado casposo que, de vez en cuando regurcita alguien para pasmo de propios y ajenos.

Pero, como decía, el Registro Civil es como el Gran Hermano de toda nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte, pasando por matrimonios, divorcios, nacionalidad o vecindad civil. Incluso el propio nombre y apellidos o el cambio del mismo han de figurar en él. Todas esas cosas que conforman nuestro propio ser y que nos convierten en sujetos de derechos y deberes frente al Estado y frente a todos. Algo cuya importancia no se le escapa a nadie, como no puede ser de otra manera.

Y es precisamente esa importancia lo que hace indudable su carácter de servicio público. Y, por supuesto, la necesidad de que su llevanza sea encomendada a servidores públicos bien preparados. Precisamente por eso, eran desde tiempo ha llevados por jueces, bien en Juzgados dedicados de modo exclusivo a ello, como concurre en las grandes ciudades, o bien por Juzgados de Primera Instancia o mixtos. Con sus funcionarios, su Secretario Judicial y con la adscripción del Fiscal que les corresponda, como está mandado. Y hasta con su propio médico, antes perteneciente a un cuerpo propio y desde hace ya tiempo, integrado en el cuerpo de médicos forenses. Quién no se ha sentado alguna vez, en algún momento de su carrera, ante esos montones de expedientes de la más variada naturaleza. Esos novios que llegaban corriendo, expediente en mano, porque les llegaba la fecha de la boda y no estaba todo firmado, o esos impagables asuntos donde Eduvigis de la Adoración Bendita pretendía ser Jhessicca –con h intercalada, doble s y doble c, faltaría más- aportando para acreditarlo sus estampitas de la Comunión, el diploma del cursillo de natación y las cartas de sus amiguitas cuando estuvieron en el campamento de verano. Por no hablar de los a veces tan complicados expedientes de nacionalidad o la sospecha de matrimonios de conveniencia.

Pero mucho me temo que, de hacerse realidad lo que parece inevitable, estos recuerdos pasaran a convertirse sólo en eso, en recuerdos. Porque en el mes de Julio entrará en vigor la nueva ley reguladora del Registro Civil que hace que éste pase a manos de los registradores. Fuera los Juzgados de Registro Civil, pese a la cantidad de voces que, desde dentro y desde fuera, se han opuesto a semejante cosa y pese también a las contrapropuestas, como la de los Secretarios Judiciales, dispuestos a asumirlo.

Convertir lo público en privado es una opción peligrosa. Pero hacer que algo público se gestione de un modo privado todavía lo es más. Porque, por más que nos digan lo contrario, la sombra de Don Dinero es alargada, y sólo nos faltaba tener que pagar por hacer constar el mero hecho de existir.

Así que hoy, el aplauso se lo daremos urgentemente a quienes todavía llevan el Registro Civil, que mañana será tarde. Salvo, claro está, que Santa Eduvigis de la Adoración Bendita nos perdone el agravio de haberla convertido en Jhessicca y obre el milagro, claro. Porque entonces el aplauso sería para ella.

Sueldos: ¿justo pago?


dinero

                Si hay algo que diferencia a una verdadera estrella de alguien que no lo es, es la posibilidad de exigir una cantidad astronómica, además de cualquier otra extravagancia, como un camerino lleno con rosas de pitiminí de color aguamarina o toallas de hilo egipcio bordadas a punto de sombra con el nombre de los siete hijos en sánscrito. Cosas de la fama, y del precio de la misma. Y cosas que, si bien se ven en algunos escenarios del mundo de la farándula, nunca vemos ni veremos en el nuestro.

                En nuestro escenario las cosas son bien distintas, y a nadie se le pasaría ni lejanamente por la cabeza que pidiéramos que nos bordaran las togas con nuestro escudo heráldico, si así nos place, o con un inspirado ramillete de lentejuelas doradas. Es más, nos las tenemos que pagar nosotros, por más que nos obliguen a llevarlas y que nos sancionarían si celebráramos juicios sin ellas. Porque es nuestro escenario el vestuario se lo paga el actor, como tantas otras cosas.

                No obstante, mucho se ha hablado y se habla de lo que cobramos, y generalmente, en términos muy mal informados. O quizás desinformados, o puede que desinformando. Pero que nadie se altere. No voy a dedicar este estreno a lloriquear por lo mal pagados que estamos, ni a decir lo que merecemos. Es más, ni siquiera me aventuro a afirmar que estemos mal o bien pagados, porque en términos económicos todo es relativo, según con quien se compare. Pero, desde luego, lo que no se puede afirmar es que la justicia sea como la mujer de la copla, La bien pagá. Porque de eso, nada de nada.

                Al margen de lo que cobren los abogados –salvo que actúen por el turno de oficio-, que depende de muchas circunstancias, el salario que percibimos la mayoría de personajes de nuestra función proviene de los presupuestos generales del estado y está legalmente predeterminado. Somos servidores públicos y cobramos del Estado, algo que ya sabíamos cuando nos metimos en esta jungla y que tenemos asumido. Pero de ahí a insinuar que cobramos una fortuna hay un mundo. Y hay veces que es conveniente aclararlo, por si las moscas, por más que me hayan dicho desde pequeña que hablar de dinero es de mala educación. Porque, entonces, por una vez y sin que sirva de precedente, conviene ser un poquito maleducada.

                No voy a negar que somos en cierto modo privilegiados. Si se puede considerar un privilegio tener un puesto de trabajo fijo con un sueldo que permite vivir con dignidad, cosa que muchos matarían por conseguir en los tiempos que corren. Pero tampoco voy a ocultar que para lograrlo pasamos sangre, dolor y lágrimas cuando estudiábamos la oposición, mientras muchos de nuestros conocidos empezaban a forjarse un nombre en el ámbito laboral, y podían permitirse pagar un café sin necesidad de pedir el dinero a sus padres. E incluso hay quienes, en un acto de heroicidad suprema, trabajaban para costearse los estudios, y tampoco podían pagar ese café porque debían guardar lo que ganaran para pagar apuntes, libros y preparador. Seguro que quienes pasaron por una oposición saben de lo que hablo, y más aún lo saben quienes están sumergidos en ellas. Pregúntenles si no.

                Pero lo que me indigna, y de ahí que me decidiera a escribir este guión de hoy, son las insinuaciones que se hacen por aquellos que no tienen ni idea. Reconozco que la inspiración me vino de un comentario de una compañera de la carrera hermana al respecto, a la que agradezco el copyright. Y es que tertulianos y todólogos varios, al tiempo que nos ponen verdes y nos llaman de todo menos guapos, se atreven a decir que ya nos vale, con lo que cobramos. Que, en muchos casos, no es ni más ni menos que la mitad de lo que ellos perciben por escupir sus tontunas en cualquier programa. Y por ahí no paso.  Como no paso tampoco por aceptar calladita esa leyenda urbana de que trabajamos unas horitas y ganseamos el resto, como si el Juzgado fuera un balneario donde una va a pintarse las uñas y tomar cafelitos.

                Nosotros decidimos sobre el futuro de las personas, sobre si van a pasar el resto de su vida entre rejas, sobre si tiene que prohibirse a una persona acercarse a otra, si puede o no ver a sus hijos, sobre internamientos, sobre si alguien ha sido injustamente despedido o puede recuperar su puesto de trabajo, sobre si el banco les quitó sus ahorros y ha devolvérselos y sobre mil cosas más que nos acompañan a casa e invaden nuestros sueños. Pero se nos cuestiona, aunque se nos congele el sueldo cada vez que al mandamás de turno se le ocurra, aunque nos retengan todo lo retenible y no siempre se respeten nuestros derechos laborales.

                Cobramos un sueldo digno –faltaría más- pero nadie de nosotros se hará millonario con él, puedo asegurarlo. Mientras pagan cantidades obscenas a otros cuya mayor responsabilidad es que la pelota se meta en una portería. Y también a los que van a programas a ponernos verdes, sin ir más lejos, o a poner verde a cualquiera que se ponga a tiro.

                Y por cierto, nosotros no sólo no recibimos sobres, sino que ni siquiera podemos aceptar ni siquiera una caja de bombones, ni un ramo de flores. Que aún recuerdo a una juez amiga que le devolvió a una señora las toallas que le había bordado primorosamente a punto de cruz con sus iniciales, con tremendo disgusto de la pobre mujer, por aquello de no incurrir en cohecho. Ni una cesta de Navidad, vaya.

                Por eso, conviene faltar a la regla de que no hay que hablar de dinero, y dedicar un estreno a ello. Que, como dijo Quevedo, Poderoso caballero es Don Dinero.

Publicaciones: letras letradas


           libros

     Más tarde o más temprano, muchas de las estrellas, estrellitas y otros famosuelos que andan por la farándula caen en la tentación de escribir un libro. O, mejor dicho, de publicarlo, porque no siempre son ellos quienes lo escriben. Y lo hacen con mejores o peores resultados, desde los que, dotados de talento, hacen verdaderas obras maestras con su pluma, hasta los que se valen de su fama para hacerse con unos dinerillos vendiendo supuestas autobiografías. Muchos son los ejemplos de actores que han pasado a directores con notable éxito, como Clint Eatswood o Robert Redford,  o Itziar Bollain en el universo patrio, por citar a algunos. Y es que, por suerte, hay personas multifunción, como esas impresoras 3D que igual mandan un fax que te clonan el Códice Calixtino, y eso hay que aprovecharlo.

                También en nuestro mundo muchos sucumben –sucumbimos- a la tentación de ver nuestro nombre negro sobre blanco, intentando aportar algo a este mundo en el que nos movemos. O incluso, a otros mundos, que no es toga todo lo que reluce.

                Como, además, quienes vestimos toga con galleta y puñetas tenemos vetada casi cualquier otra actividad –la docencia y la publicación es la única salida de las salas de vistas sin tener que pedir la excedencia-, pues es una buena manera de conservar la cordura. O de perderla irremisiblemente, según se mire. Porque, por si no lo saben, ni siquiera podemos hacer eso de “Avon llama a tu puerta” u organizar reuniones de tupperware –o su moderna versión erótica- sin que nos caiga toda la furia disciplinaria de nuestras respectivas carreras.

                Así que escribir algo es una buena salida. Para estudiar, para darse a conocer al mundo -quienes tengan cosas que merezcan ser conocidas-, o, simplemente, para hacer terapia, que nunca viene mal. Además, en los tiempos que corren, con la facilidad para publicar en blogs o digitales o las posibilidades de autoedición, no hay que esperar que un sesudo editor decida que las palabras de una son dignas de salir a la luz. De muestra, este botón. Aunque hay que reconocer que nada como la magia de ver el propio nombre en un libro de papel, de ésos que hasta huelen y que, incluso en ocasiones, llevan una fotito que alimenta el ego que da gusto.

                Y es que los juntaletras togados somos legión. Y que así sea. Hay compañeros que hacen verdaderas maravillas por su utilidad o por su erudición jurídica, sea mediante recopilaciones de leyes y Códigos, comentarios, compendios o tratados doctrinales, que nos ayudan a sobrevivir en este maremágnum. Y otros que afilan sus lápices –o más bien sus teclados- con un toque de ironía que hace que seamos capaces de reírnos de nuestro propio mundo, más allá de pompas y solemnidades, quitando hierro a un universo que a veces parece lejano y antipático para volverlo un poco más cercano y agradable.

                Incluso hay algunos de nosotros que tenemos la osadía de salirnos de esta galaxia del mazo y la balanza por un rato e inventamos historias. Con más o menos fortuna, por supuesto. Pero con buena intención. Algo que, por cierto, recomiendo a todo el mundo.

                Así que hoy dedicaré mi aplauso a todos los que se atreven a compartir sus cosas con el mundo, a todos los que se desprenden de su toga y olvidan los expedientes por un rato para hacernos un poquito más felices. Porque un libro, sea de lo que sea, siempre es la llave que nos puede hace viajar a otros lugares. De la pericia del escribidor y de la imaginación del lector depende lo lejos que se pueda llegar. Hasta el infinito y más allá… ¿por qué no?. Sólo nosotros ponemos el límite.